06 junio, 2015

Declaración de amor ::: Clarice Lispector

DECLARACIÓN DE AMOR

[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para Un soplo de vida.]

Ésta es una confesión de amor: amo la lengua portuguesa. No es ella fácil. No es maleable. Y, como no fue profundamente trabajada por el pensamiento, su tendencia es la de no tener sutilezas y reaccionar a veces con un verdadero puntapié contra los que temerariamente osan transformarla en un lenguaje de sentimiento y vigilancia. Y de amor. La lengua portuguesa es un verdadero desafío para quien escribe. Sobre todo para quien escribe quitando de las cosas y las personas la primera capa de superficialidad.
A veces ella reacciona ante un pensamiento más complicado. A veces se asusta con lo imprevisible de una frase. Me gusta manejarla —como me gustaba estar montada en un caballo y guiarlo con las riendas, a veces lentamente, a veces al galope.
Yo quería que la lengua portuguesa alcanzase lo máximo en mis manos. Y este deseo todos los que escriben lo tienen. Un Camôes y otros iguales no bastaron para darnos para siempre una herencia de lengua ya hecha. Todos nosotros que escribimos estamos haciendo del túmulo del pensamiento algo que le dé vida.
Estas dificultades, nosotros las tenemos. Pero no hablé del encantamiento de lidiar con una lengua que no fue profundizada. Lo que recibí de herencia no me llega.
Si yo fuera muda, y tampoco pudiera escribir, y me preguntaran a qué lengua querría pertenecer, diría: al inglés, que es preciso y bello. Pero como no nací muda y pude escribir, se volvió absolutamente claro para mí que lo que yo quería realmente era escribir en portugués. Y hasta habría querido no haber aprendido otras lenguas: sólo para que mi abordaje del portugués fuera virgen y límpido.


[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para diálogo entre Macabea y Glória en la novela La hora de la estrella]


Esta é uma declaração de amor: Amo a língua portuguesa. Ela não é fácil. Não é maleável. E, como não foi profundamente trabalhada pelo pensamento, a sua tendência é a de não ter sutilezas e de reagir às vezes com um verdadeiro pontapé contra os que temerariamente ousam transformá-la numa linguagem de sentimento e de alerteza. E de amor. A língua portuguesa é um verdadeiro desafio para quem escreve. Sobretudo para quem escreve tirando das coisas e das pessoas a primeira capa de superficialismo. Às vezes ela reage diante de um pensamento mais complicado. Às vezes se assusta com o imprevisível de uma frase. Eu gosto de manejá-la – como gostava de estar montada num cavalo e guiá-lo pelas rédeas, às vezes lentamente, às vezes a galope.
Eu queria que a língua portuguesa chegasse ao máximo nas minhas mãos. E este desejo todos os que escrevem têm. Um Camões e outros iguais não bastaram para nos dar para sempre uma herança da língua já feita. Todos nós que escrevemos estamos fazendo do túmulo do pensamento alguma coisa que lhe dê vida.
Essas dificuldades, nós as temos. Mas não falei do encantamento de lidar com uma língua que não foi aprofundada. O que recebi de herança não me chega.
Se eu fosse muda, e também não pudesse escrever, e me perguntassem a que língua eu queria pertencer, eu diria: inglês, que é preciso e belo. Mas como não nasci muda e pude escrever, tornou-se absolutamente claro para mim que eu queria mesmo era escrever em português. Eu até queria não ter aprendido outras línguas: só para que a minha abordagem do português fosse virgem e límpida.


Crónica del 11 de mayo de 1968, Jornal do Brasil. En: Revelación de un mundo.
Traducción de Amalia Sato



08 marzo, 2015

Selva Almada (Argentina, 1973)



"Cuando empecé la facultad me fui a vivir con una amiga a Paraná, la capital de la provincia, a 200 kilómetros de mi pueblo. Teníamos poca plata, vivíamos en una pensión, bastante ajustadas. Para ahorrar, empezamos a irnos a dedo, los fines de semana cuando queríamos visitar a nuestras familias. Al principio siempre buscábamos algún chico conocido nuestro, también estudiante, que nos acompañara. Después nos dimos cuenta de que nos llevaban más rápido si éramos sólo chicas. De a dos o de a tres, sentíamos que no había peligro. Y en algún momento, cuando ganamos confianza, cada una empezó a viajar sola si no conseguía compañera. A veces, por lo exámenes, no coincidían nuestras visitas al pueblo. 

Nos subíamos a autos, a camiones, a camionetas. No subíamos si había más de un hombre adentro del vehículo, pero excepto eso no teníamos muchos miramientos. En cinco años fui y vine cientos de veces sin pagar boleto. Hacer dedo era la manera más barata de trasladarse y a veces hasta era interesante. Se conocía gente. Se charlaba. Se escuchaba, la mayoría de las veces: sobre todo los camioneros, cansados de la soledad de su trabajo, nos confiaban sus vidas enteras mientras les cebábamos mate. De vez en cuando había algún episodio incómodo. Una vez un camionero mendocino mientras me contaba sus cuitas me dijo que había algunas estudiantes que se acostaban con él para hacerse unos pesos, que a él no le parecía mal, que así se pagaban los estudios y ayudaban a los padres. La cosa no pasó de esa insinuación, pero los kilómetros que faltaban para bajarme me sentí bastante inquieta. Cada vez que me subía a un auto lo primero que miraba era dónde estaba la traba de la puerta. Creo que ese día me corrí hasta pegarme a la ventanilla y directamente me agarré a la manija de la puerta por si debía pegar un salto.

Otra vez un tipo joven, en un coche caro y que manejaba a gran velocidad, me dijo que era ginecólogo y empezó a hablarme de los controles que una mujer debía hacerse periódicamente, de la importancia de detectar tumores, de pescar el cáncer a tiempo. Me preguntó si yo me controlaba. Le dije que sí, claro, todos los años, aunque no era verdad. Y mientras siguió hablando y manejando estiró un brazo y empezó a toquetearme las tetas. Me quedé dura, el cinturón de seguridad atravesándome el pecho. Sin apartar la vista de la ruta, el tipo me dijo: vos sola podés detectar cualquier bultito sospechoso que tengas, tocándote así, ves.

Sin embargo, una sola vez sentí que realmente estábamos en peligro. Veníamos con una amiga desde Villa Elisa a Paraná, un domingo a la tarde. No había sido un buen viaje, nos habían ido llevando de a tramos. Subimos y bajamos de autos y camiones varias veces. El último nos había dejado en un cruce de caminos, cerca de Viale, a unos 60 kilómetros de Paraná. Estaba atardeciendo y no andaba un alma en la ruta. Al fin vimos un coche acercándose. Era un auto anaranjado, ni viejo ni nuevo. Le hicimos seña y el conductor se echó sobre la banquina. Corrimos unos metros hasta alcanzarlo. Iba a Paraná, así que subimos, mi amiga junto al hombre que conducía, un tipo de unos sesenta años; yo en el asiento de atrás. Los primeros kilómetros hablamos de lo mismo de siempre: el clima, de dónde éramos, lo que estudiábamos. El hombre nos contó que volvía de unos campos que tenía en la zona. Desde atrás no escuchaba muy bien y como vi que mi amiga manejaba la conversación, me recosté en el asiento y me puse a mirar por la ventanilla. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que sucedía algo raro. El tipo apartaba la vista del camino e inclinaba la cabeza para hablarle a mi amiga, estaba más risueño. Me incorporé un poco. Entonces vi su mano palmeando la rodilla de ella, la misma mano subiendo y acariciándole el brazo.

Empecé a hablar de cualquier cosa: del estado de la ruta, de los exámenes que teníamos esa semana. Pero el tipo no me prestó atención. Seguía hablándole a ella, invitándola a tomar algo cuando llegáramos. Ella no perdía la calma ni la sonrisa, pero yo sabía que en el fondo estaba tan asustada como yo. Que no, gracias, tengo novio. Y a mí qué me importa, yo no soy celoso. Tu novio debe ser un pendejo, qué puede enseñarte de la vida. Un tipo maduro como yo es lo que necesita una pendejita como vos. Protección. Solvencia económica. Experiencia. 

Las frases me llegaban entrecortadas. Afuera ya era de noche y no se veían ni los campos al borde de la ruta. Miré para todos lados: todo negro. Cuando me topé con las armas acostadas en la luneta del auto, atrás de mi asiento, se me heló la sangre. Eran dos armas largas, escopetas o algo así. Mi amiga seguía rechazando con amabilidad y compostura todas las invitaciones que él insistía en hacerle, esquivando los manotazos del hombre que quería agarrarle la muñeca. Yo seguía hablando sin parar, aunque nadie me prestara atención. Hablar, hablar y hablar, yo que no hablo nunca, un acto de desesperación infinita. Entonces lo mismo que me había helado la sangre, me la devolvió al cuerpo. Yo estaba más cerca que él de las armas. 


Aunque nunca había disparado una. Por fin las luces de la entrada a la ciudad. La YPF adonde paraba el rojo que nos llevaba al centro. Le pedimos que nos bajara allí. El tipo sonrió con desprecio, se corrió del camino y estacionó: sí, mejor bájense, boluditas de mierda. Nos bajamos y caminamos hasta la parada del colectivo. El auto anaranjado arrancó y se fue. Cuando estuvo lejos, tiramos los bolsos al piso, nos abrazamos y nos largamos a llorar."

Fragmento del libro Chicas muertas de Selva Almada

15 febrero, 2015

Misterio en San Cristóbal :: Clarice Lispector / Perfumes de carnaval

MISTERIO EN SAN CRISTÓBAL [CONTINUACIÓN]


 imagen: Antonio Berni




Detrás del vidrio oscuro de la ventana había un rostro blanco mirándolos.
El gallo se había inmovilizado en el gesto de quebrar el jacinto. El toro se había quedado con las manos todavía levantadas. El caballero, exangüe bajo la máscara, había rejuvenecido hasta encontrar la infancia y su horror. El rostro tras la ventana observaba.
Ninguno de los cuatro sabría quién era el castigo del otro. Los jacintos cada vez más blancos en la oscuridad. Paralizados, se miraban.
La simple aproximación de cuatro máscaras en la noche de mayo parecía haber repercutido en huecos recintos y aún en otros más, otros más que, sin ese instante en aquel jardín, quedarían para siempre en ese perfume que hay en el aire y en la inmanencia de cuatro naturalezas que el azar había indicado, señalando la hora y el lugar –todo en lo oscuro era una muda aproximación. Caídos en la emboscada, ellos se miraban aterrorizados: había sido transgredida la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se miraban con las alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y el rostro de la joven habían desatado la maravilla del jardín... Fue cuando la gran luna de mayo apareció.
Era un toque peligroso para las cuatro imágenes. Tan arriesgado que, sin un sonido, cuatro mudas visiones retrocedieron sin dejar de mirarse, temiendo que en el momento en que no se aprisionaran por la mirada, nuevos territorios distantes fuesen heridos y que, después del silencioso desmoronamiento, quedasen los jacintos dueños del tesoro del jardín.  Ningún espectro vio al otro desaparecer porque todos se habían retirado al mismo tiempo, lentamente, en puntas de pie. Apenas quebrado, sin embargo, el círculo mágico de los cuatro, libres de la vigilancia mutua, la constelación se deshizo con terror: tres bultos saltaron como gatos las rejas del jardín, y otro, asustado y agigantado, se apartó de espaldas hasta el límite de una puerta, desde donde, con un grito, se echó a correr.
Los tres caballeros enmascarados, que por la funesta idea del gallo pretendían sorprender en un baile alejado del carnaval, fueron un éxito en la fiesta ya comenzada. La música se interrumpió y los bailarines, aún enlazados, vieron entre risas a los tres enmascarados exhaustos detenerse como indigentes en la puerta. Finalmente, después de varias tentativas, los invitados tuvieron que abandonar el deseo de convertirlos en reyes de la fiesta porque, asustados, los tres no se separaban: uno alto, uno gordo y uno joven, uno gordo, uno joven y uno alto, desequilibrio y unión, los rostros sin palabras debajo de las tres máscaras que vacilaban independientes.
Mientras tanto, la casa de los jacintos se había iluminado toda. La joven estaba sentada en el comedor. La abuela, con sus cabellos blancos trenzados, sujetaba un vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija, mientras el padre recorría la casa. La joven no sabía explicar nada: parecía haberlo dicho todo en su grito. Su rostro se había empequeñecido, claro –toda la construcción laboriosa de su edad se había deshecho, era otra vez una niña. Pero en la imagen rejuvenecida de otra época, para horror de la familia, un hilo blanco había aparecido entre los cabellos de la frente. Como persistiera en mirar en dirección a la ventana, la habían dejado sentada reposando, y con candelabros en la mano, estremeciéndose de frío en los camisones, habían salido de expedición por el jardín.
Enseguida las velas derramaban su luz danzando en la oscuridad. Enredaderas alambradas se encogían, los sapos saltaban iluminados entre los pies, los frutos se doraban por un instante entre las hojas. El jardín, despierto del sueño, ora se engrandecía, ora se extinguía; las mariposas volaban sonámbulas. Finalmente, la vieja, buena conocedora de los canteros, apuntó a la única señal visible en el jardín que rehuía: el jacinto todavía vivo quebrado en el tallo... Entonces era verdad: algo había sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando.
Sólo los tres niños dormían aún más profundamente.
La joven poco a poco recuperó su verdadera edad. Sólo ella vivía sin escrutarlo todo. Los otros, que nada habían visto, se tornaron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era el frágil producto de muchos cuidados y de algunas mentiras, todo se deshizo y tuvo que rehacerse casi desde el principio: la abuela, otra vez dispuesta a ofenderse, el padre y la madre cansados, los niños insoportables, toda la casa pareciendo esperar que una vez más la brisa de la opulencia soplase después de la cena. Lo que sucedería tal vez en otra noche de mayo.   



Clarice Lispector


Misterio en San Cristóbal :: Clarice Lispector / Perfumes de carnaval

"Misterio en San Cristóbal" es un misterio para mí; fui escribiéndolo tranquilamente, como quien desenrolla un ovillo de hilo. No encontré la menor dificultad. Creo que la ausencia de dificultad vino de la propia concepción del cuento: su atmósfera tal vez necesitara de esa actitud mía de apartamiento, de cierta no-participación. La falta de dificultad capaz de haber sido técnica interna, manera de abordar, delicadeza, distracción fingida”. #ClariceLispector



MISTERIO EN SAN CRISTÓBAL [PARTE I]

En una noche de mayo –los jacintos rígidos cerca de la ventana– el comedor de una casa estaba iluminado y tranquilo.
          Alrededor de la mesa, por un instante inmovilizados, se encontraban el padre, la madre, la abuela, tres niños y una jovencita de diecinueve años. El rocío perfumado de San Caristóbal no era peligroso, pero el modo en que las personas se agrupaban en el interior de la casa tornaba arriesgado lo que no fuese el seno de una familia en una noche fresca de mayo. No había nada especial en la reunión: acababan de cenar y conversaban a alrededor de la mesa, los mosquitos en torno a la luz. Lo que volvía particularmente opulenta la cena, y tan despreocupado el rostro de cada persona, era que después de muchos años finalmente casi se palpaba el progreso de la familia: ya que en una noche de mayo, después de la cena, he aquí que los niños han ido cada día a la escuela, el padre conserva los negocios, la madre ha trabajado durante años en los partos y en la casa, la jovencita está equilibrándose en la delicadeza de su edad, y la abuela encontró su manera de ser. Sin darse cuenta, la familia miraba feliz el comedor, atentos al raro momento de mayo y su abundancia.
          Después cada uno se fue a su cuarto. La vieja se tendió gimiendo con benevolencia. El padre y la madre, cerradas todas las puertas, se acostaron pensativos y se adormecieron. Los tres niños, eligiendo las posiciones más difíciles, se quedaron dormidos en tres camas como en tres trapecios. La jovencita, en su camisón de algodón, abrió la ventana del cuarto y aspiró todo el jardín con insatisfacción y felicidad. Perturbada por la armónica humedad, se acostó prometiéndose para el día siguiente una actitud enteramente nueva que estremeciera los jacintos e hiciera que las frutas se conmovieran en las ramas –y en medio de su meditación se adormeció.
          Pasaron las horas. Y cuando el silencio parpadeaba en las luciérnagas –los niños suspendidos en el sueño, la abuela rumiando un sueño difícil, los padres cansados, la jovencita adormecida en medio de su meditación– se abrió la casa de una de las esquinas y de ella salieron tres enmascarados.
          Uno era alto y tenía una cabeza de gallo. El otro era gordo y se había vestido de toro. Y el tercero, más joven, a falta de ideas se había disfrazado de caballero antiguo y se había puesto una máscara de demonio, detrás de la cual surgían sus ojos cándidos. Los tres enmascarados cruzaron en silencio la calle.
          Cuando pasaron por la casa oscura de la familia, el que era un gallo y tenía casi todas las ideas del grupo, se detuvo y dijo:
―Miren.
          Los compañeros, que se habían vuelto pacientes por la tortura de la máscara, miraron y vieron una casa y un jardín. Sintiéndose elegantes y miserables, esperaron resignados que el otro completara el pensamiento. Finalmente el gallo agregó:
          ―Podemos cortar jacintos.
Aprovecharon la parada para examinarse, desolados, y buscar un modo de respirar mejor dentro de las máscaras:
          ―Un jacinto para que cada uno lo prenda a su disfraz ―concluyó el gallo.
          El toro se agitó inquieto ante la idea de tener que cuidar de un adorno más durante la fiesta. Pero, luego de un instante en que los tres parecían meditar profundamente para resolver la situación, sin que en verdad pensaran en cosa alguna, el gallo se adelantó, subió ágil por la reja y pisó la tierra prohibida del jardín. El toro lo siguió con dificultad. El tercero, pese a que dudaba, de un solo salto se encontró en el centro mismo de los jacintos, con un ruido sordo que hizo que los tres esperasen asustados: sin respirar, el gallo, el toro y el caballero del diablo escrutaron lo oscuro. Pero la casa continuabas entre penumbras y sapos. Y, en el jardín sofocado de perfume, los jacintos se estremecían inmunes.
          Entonces el gallo avanzó, podía cortar el jacinto que estaba al alcance de su mano. Los mayores, sin embargo, que se erguían cerca de la ventana –altos, rígidos, frágiles– cintilaban llamándolo. Hacia allí se dirigía el gallo, en puntas de pie, y el toro y el caballero lo acompañaron. El silencio los vigilaba.
Apenas había quebrado el tallo del jacinto más grande, el gallo se interrumpió helado. Los otros dos se detuvieron con un suspiro que los sumergió en ensoñación.


Cuento extraído de: Lazos de familia [1972] / Clarice Lispector, Buenos Aires: El cuenco de plata, 2010.



13 febrero, 2015

MILDRE HERNÁNDEZ (CUBA) Y ADELAIDA FERNÁNDEZ (COLOMBIA) - 56 PREMIO CASA DE LAS AMÉRICAS


Adelaida Fernández Ochoa, la escritora vallecaucana fue la ganadora del Premio Casa de las Américas en la categoría Novela, con la obra la La hoguera lame mi piel con cariño de perro, una historia que involucra fragmentos de la vida de la esclava de la historia de Jorge Isaacs.
El fallo del jurado distinguió la novela "por proponer una vuelta a África como un mítico retorno, en un tránsito que desarma con lúcida reflexión el conjunto de ilusiones que articulan el pensamiento esclavista”. 

"¿A qué hace referencia el título de la novela?

En el título de mi novela crepita la hoguera primigenia, la misma que nos hizo humanos, ella contiene todas las hogueras buenas, por fuera quedan la inquisición y los incendios. Esa hoguera también es la Casa. La casa de Nay y de la humanidad.

¿Cómo surgió la idea de plantear una historia a partir del personaje de la novela de Jorge Isaacs?

Se trata de la Otredad (condición de ser otro) que narra la historia no contada. Nay, en mi novela, es dueña de la palabra y de su vida, Nay se debe a sí misma. Esto no había sucedido en la novela colombiana. Ni Nay en ‘María’; ni Dominga de Adviento en ‘Del amor y otros demonios’; ni Sacramento o Narcisa en ‘La marquesa de Yolombó’; ni Andrea o Martina en ‘El alférez Real’; ni Rosa o Pía en ‘Manuela’; Ni Carmelita Durán en ‘Risaralda’ se narran a sí mismas. Analia Tu Bari, en La ceiba de la memoria, se narra pero se sienta de espaldas al mar que es símbolo de libertad suprema. Keyla, en Rencor, se narra pero ella es un Cristo sin redención. Y en Changó, el gran putas, la figura femenina es secundaria, ella da testimonio de la hazaña masculina. Todas esas novelas tienen la particularidad de ser escritas por grandes escritores. Todos hombres". 



Por su parte, Mildre Hernández, escritora cubana, recibió el Premio Casa de las Américas por su obra “El niño congelado”, en la categoría de Li­teratura para niños y jóvenes.

El jurado decidió por unanimidad otorgar el reconocimiento a El niño… por tratarse de “una obra risueña, paródica y desprejuiciada donde se muestra una cotidianidad que no es tranquilizadora, sino más bien surrealista, donde todo está a la vista del que quiera enterarse, sin mensajes aleccionadores, mediante guiños a una realidad plena de conflictos y contradicciones".


"-¿Existe para ti una literatura infantil? ¿Una LITERATURA? o simplemente ¿Literatura para personas?
Toda la literatura es para personas. Pero sí existe una para niños y una para adultos. Son códigos diferentes. No se le puede leer a un niño de cinco años, antes de dormir, capítulos de Ulises de Joyce o La montaña mágica de Thomas Mann… Ahora bien, un adulto sí puede deleitarse con filme de dibujos animados o con un cuento de Andersen. Y es que la buena literatura hecha para niños, sin ñoñerías ni falsas moralejas, es bien acogida por los adultos. Es ahí donde, en mi opinión, radica la grandeza de esta.
-¿Qué piensas de la infancia?
Tendría que volver a la mía para valorar muchas cosas de mi adultez con las que he tenido que convivir. Para muchos es la mejor etapa del ser, para mí la más triste, pues el niño está sometido a los caprichos, miedos, represiones y manipulaciones del adulto. Se menciona constantemente la ingenuidad en la infancia como el rasgo más bello, pero, en mi opinión, no es tan así. El niño no es muy ingenuo, lo que es muy indefenso y eso lo hace parecer ingenuo.
-¿Cómo concibes idealmente a un autor para niños?
Sin niños en su casa (ja, ja) ¿Para mí?: sincero con su obra, consecuente con su tiempo, que ponga su pasión por encima de su oficio (o al menos a la par).
-¿Reconoces en tu estilo alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?
Clásicos: Andersen. Creo parecerme mucho, sobre todo en los inicios, o cuando toco los temas del desamor o de los objetos que cobran vida. Contemporáneos: no lo sé, no se es completamente único. Todos bebemos de todos. Hasta las cervezas…
-¿Cuáles fueron tus lecturas de niña?
Ninguna. No leía. Solo los libros de clases y porque mi madre y la maestra me obligaban. La primera con un cinto, la segunda con una regla. Prefería mataperrear con los niños del barrio. También vivía en un campo con once casas, veintidós campesinos y cuatro vacas. Un libro era un objeto raro. Tenía uno solo con cinco páginas y… ¡ruso!" 





06 octubre, 2014

ANA PAULA MAIA (Brasil, 1977)



C  A  R  B  Ó  N    A  N  I  M  A  l
El fuego se multiplica siempre en fuego, y lo que lo mantiene vivo es el oxígeno, lo mismo que mantiene vivo al hombre. Sin oxígeno el fuego se extingue, y el hombre también. Así como el hombre, el fuego necesita alimentarse para permanecer ardiendo. Vorazmente devora todo alrededor. Si el hombre es sofocado, muere porque no puede respirar. La llama, si es apagada, muere también.
[…]
Las llamas se mantienen encendidas mientras queman un pedazo de madera, un colhón, cortinas, entre otros productos inflamables. Incluso, los seres humanos son un producto inflamable que mantiene al fuego crepitando por mucho tiempo. Ambos sobreviven de lo mismo, y, cuando se encuentran, quieren destruírse uno al otro; consumirse uno al otro. El hombre descubrió el fuego y desde entonces pasó a dominarlo. Pero el fuego nunca se dejó dominar.
[…]
El planeta es mensurable y transitorio. Así como el espacio para almacenar basura está acabándose, para inhumar los cadáveres también. De aquí a algunas décadas o unos cien años habrá más cuerpos debajo de la tierra que encima de ella. Estaremos pisando nuestros antepasados, vecinos, parientes y enemigos, como pisamos césped seco, sin importarnos. El suelo y el agua estarán contaminados por  necro cromo, un líquido que sale de los cuerpos en descomposición y que posee sustancias tóxicas. La muerte todavía puede generar muerte. Ella se esparce hasta cuando no es percibida.
[…]
Abalurdes es una ciudad clavada en un peñasco. El río está muerto y refleja el color del sol. No hay peces y las aguas están contaminadas. El cielo, incluso cuando es azul, se carboniza cuando cae la tarde. Una región cenagosa y helada los días de frío. En las áreas más alejadas todavía existen casas de albañilería, que son simples y descoloridas. La pavimentación es precaria en algunas partes aisladas de la ciudad, con resquicios de antiguo asfalto. La ruta principal está mal iluminada, sin señalización y con curvas pronunciadas que bordean largos despeñaderos.
Abalurdes es una región carbonífera. Funciona un ferrocarril que transporta el carbón mineral explotado en el territorio. El tiempo de explotación ya dura cincuenta años; el tiempo en que las miles de toneladas de carbón mineral siguen siendo extraídas.
Los hombres que viven en la región vuelven de las minas irreconocibles, revestidos de un hollín denso. Por todo el lugar la fina capa de de cenizas cubre las superficies. La otra parte de los trabajadores vive en alojamientos cercanos a las minas.
[…]
La oscuridad de una mina es húmeda, con constantes ruidos de goteras, inminencia de desmoronamiento y un aire muy pesado. Es una oscuridad que comprime los sentidos. Que dificulta la respiración. Poco a poco esos hombres se vuelven parte de ella; cubiertos por las sombras tóxicas del aire contaminado. Cuando está fuera de la mina, a Edgar Wilson le gusta prender un cigarrillo. Se acostumbró al sabor del hollín, a lo quemado, al fuego.  Con los hombres del alojamiento aprendió a fumar. Sin embargo, algunos hombres fuman dentro de la mina. Es imposible controlarlos a todos. Es difícil tratar con peones. Son hombres brutos, de índole primaria y reacios a la obediencia. Lidiar con peones es como apacentar burros en el desierto. El lugar de una mina de carbón es una especie de desierto. Aislado, sofocante, mucho polvo, e, incluso con tantos trabajadores, existe la soledad. La inmensidad de las extensas proporciones de tierras alrededor puede aplastar la condición humana que existe hasta en el más bruto de los hombres. Los burros son animales difíciles de dominar. Indomables, intentan derribar a quien se monte en ellos; y cuando lo derriban, lo pisotean y encima buscan morderlo. Son bestias en muchos sentidos, esos hombres y los burros.
Luego de tres horas escavando una pared de carbón incesantemente, Edgar Wilson para por poco tiempo para beber agua. El trabajo de los hombres de esa galería ya rindió dos vagones de carbón que son empujados sobre vías por dos hombres responsables por esta tarea. El sonido de los mazazos perforando el carbón es interminable. Todas las noches, cuando todo alrededor hace silencio, él puede oírlas. Edgar Wilson tiene una sensación eternizada por algunos escasos segundos. Es un extraño presentimiento el que lo hace mirar hacia atrás, encima del hombro. Una suave corriente de aire pasa por su espalda, muy suave, pero perceptible para sus sentidos aguzados. Las sombras se hacen todavía mas densas. Cuando se escava el carbón mineral, puede liberarse gas grisu, que es inodoro y formado por gas metano. Al ser inhalado no causa mareo ni otro síntoma, pero es de fácil combustión cuando se acumula en grandes cantidades. Una simple chispa de una lámpara sirve de mecha para la explosión. Los extractores que están dentro de la mina estuvieron apagados por dos días por la escasez de energía eléctrica y volverían a funcionar al fin de la tarde. Fue una ráfaga de viento que arrojó a los hombres a distancias de diez o doce metros y los apuntalamientos comenzaron a desmoronarse. El gas en combustión quema y provoca la muerte por sofocamiento, además de ser venenoso. Edgar Wilson abre los ojos, pero está ciego debido a la extrema oscuridad. Su linterna despareció cuando fue arrojada hacia las profundidades de la Tierra como un habitante de las fallas subterráneas. Sin vestigio mínimo de la luz, se levanta del charco de agua y lodo hacia donde fue lanzado. Haber caído en un charco de esos evitó que se quemara. Él sólo oye gritos de socorro, gemidos sofocados y se aterra por primera vez en toda su vida. Trata de guiarse por el sonido de las goteras. El humo es tan pesado y sólido como un muro de cemento. Se quita la camisa, la moja en el charco y la pone contra su cara en una especie de filtro para poder respirar.
Es imposible pensar en buscar a alguien en esas circunstancias, él necesita salir para volver y buscar a los demás. Piensa en todos los hombres que están allí abajo, que trabajaban como él. Balbucea una oración aferrado a una medalla en el cuello. Rompe la nube de humo mientras avanza contra ella y su esfuerzo hace que la atraviese impetuoso. La respiración parece extinguirse y la cabeza le late. Edgar avanza y siente el pecho dolorido, pesado, las piernas torpes. Sigue orando por el camino tenebroso y tocando los apuntalamientos destruídos. Camina ciego sin saber dónde queda la entrada del túnel. En la entrada principal, a la espera de socorro, hay otros hombres. Ellos se recogen en el suelo aterrados y solamente aguardan. Edgar Wilson cierra los ojos y piensa en el cielo azul. Si muriera, moriría con este recuerdo. Si saliera de allí, nunca más invadiría las entrañas de la Tierra y trabajaría bajo el sol todos los días. Nunca más se ausentaría de él.

de Carvão animal, (Editora Record,2009)

01 octubre, 2014

ANGÉLICA GORODISCHER:KALPA IMPERIAL

KALPA IMPERIAL


Retrato del Emperador
Dijo el narrador: —Ahora que soplan buenos vientos, ahora que se han terminado los días de incertidumbre y las noches de terror, ahora que no hay delaciones ni persecuciones ni ejecuciones secretas, ahora que el capricho y la locura han desaparecido del corazón del Imperio, ahora que no vivimos nosotros y nuestros hijos sujetos a la ceguera del poder; ahora que un hombre justo se sienta en el trono de oro y las gentes se asoman tranquilamente a las puertas de sus casas para ver si hace buen tiempo y se dedican a sus asuntos y planean sus vacaciones y los niños van a la escuela y los actores recitan con el corazón puesto en lo que dicen y las muchachas se enamoran y los viejos mueren en sus camas y los poetas cantan y los joyeros pesan el oro detrás de sus vidrieras pequeñas y los jardineros riegan los parques y los jóvenes discuten y los posaderos le echan agua al vino y los maestros enseñan lo que saben y los contadores de cuentos contamos viejas historias y los archivistas archivan y los pescadores pescan y cada uno de nosotros puede decidir según sus virtudes y sus defectos lo que ha de hacer de su vida, ahora cualquiera puede entrar en el palacio del Emperador, por necesidad o por curiosidad; cualquiera puede visitar esa gran casa que fue durante tantos años vedada, prohibida, defendida por las armas, cerrada y oscura como lo fueron las almas de los Emperadores Guerreros de la dinastía de los Ellydróvides. Ahora cualquiera puede caminar por los anchos corredores tapizados, sentarse en los patios a escuchar el agua de las fuentes, acercarse a las cocinas y recibir un buñuelo de manos de un ayudante gordo y sonriente, cortar una flor en los jardines, mirarse en los espejos de las galerías, ver pasar a las camareras que llevan cestos con ropa limpia, tocar con un dedo irreverente la pierna de una estatua de mármol, saludar a los preceptores del príncipe heredero, reírse con las princesas que juegan a la pelota en el prado; y puede también pararse a la puerta de la sala del trono y esperar su turno simplemente, para acercarse al Emperador y decirle, por ejemplo:
—Señor, a mí me gusta mucho el teatro, pero en mi pueblo no hay ningún teatro. ¿No te parece que podrías mandar que construyeran uno?
Probablemente Ekkemantes I se sonreirá porque a él también le gusta mucho el teatro y se pondrá a hablar con entusiasmo de la última tragedia en verso de Orab'Maagg que se estrenó en la capital hasta que alguno de sus consejeros le haga notar con una tosecita discreta que no puede pasarse una hora charlando con cada uno de sus súbditos porque entonces no le va a quedar tiempo para gobernar. Y probablemente el buen Emperador, que parece hecho sólo para la sonrisa y el gesto bonachón pero que supo empuñar las armas y manejarlas como el ángel de alas negras de la guerra cuando se trató de aniquilar en el Imperio la codicia y la crueldad de una casta maldita, le conteste al consejero que charlar una hora con cada uno de sus súbditos es una manera de gobernar, y no de las peores, pero que el señor consejero tiene razón y que para no perder más ese tiempo tan valioso, redacte el señor consejero un decreto que el Emperador firmará, en el que se mande construir un teatro en el pueblo de Sariaband. También es posible que el consejero abra mucho los ojos y diga:
—Señor, la construcción de un teatro, aun la de un teatro de un pueblo tan pequeño, es una empresa cara.
—Oh, bueno, bueno —dirá quizá el Emperador—, no nos vamos a andar fijando en eso. Aparte de que un teatro nunca es caro porque lo que pasa allí adentro enseña a las gentes a pensar y a comprenderse, alguna joya habrá en el palacio, algún tesoro en los sótanos, que pueda solventar los gastos. Y si no los hay, pidamos a todos los actores del Imperio que trabajen un solo día, una sola tarde, una sola función destinando lo que se recaude a la construcción del teatro de Sariaband en el que algunos de ellos actuarán alguna vez y en donde se consagrará algún día un hijo o una hija de ellos, o un discípulo al que en este momento están tratando de enseñarle las ciento once maneras de expresar el dolor en escena. Y cuando los actores nos digan que sí, levantaremos un teatro de mármol rosa de ése que se saca de las canteras de la provincia de Sariabb, y pediremos a los escultores de la Academia Imperial que tallen las estatuas de la comedia y la tragedia para flanquear la entrada.
Y el aficionado al teatro se irá contento, silbando, con las manos en los bolsillos y el paso ligero, y tal vez antes de llegar a la puerta del gran salón del trono oiga cómo el Emperador le promete a los gritos que él mismo en persona va a ir a la inauguración del teatro, y cómo el señor consejero chasquea la lengua desaprobando semejante trasgresión al protocolo.
Bien, bien, me he dejado vencer por las palabras, cosa que un contador de cuentos debe evitar cuidadosamente, pero yo he conocido el miedo y a veces tengo que asegurarme de que ya no hay por qué sentirlo, y el único medio a mi alcance es precisamente el sonido de mis propias palabras. A lo que yo quería llegar cuando empecé mi narración, era a lo siguiente: en ese palacio que todos ahora tenemos derecho a recorrer como si fuera nuestra casa, que lo es, en ese palacio, en el ala sur, en un salón que da a un bellísimo jardín hexagonal, hay un montículo informe de piedras viejas, polvorientas y manchadas. En otros recintos hay alfombras y muebles y espejos y cuadros, hay instrumentos de música, hay panoplias, hay enseres, hay almohadones y porcelanas, hay flores, hay libros, hay plantas en jarrones y en macetas. Allí no hay nada: es un salón vacío y desnudo, y las losas de mármol ni siquiera cubren todo el suelo sino que dejan en el centro un espacio de tierra apisonada en el que se levanta el montículo de piedras. No es que se trate de nada secreto ni prohibido, pero muchos de ustedes, buscando la salida o un lugar silencioso en el que sentarse a descansar y comerse el sándwich que llevan en la bolsa, habrán abierto la puerta de ese salón y se habrán preguntado qué quieren decir esas grises piedras desprolijas en un palacio tan bien cuidado, tan limpio y tan alegre. Bien, bien, amigos míos, yo se los voy a decir porque para eso estamos en este mundo los contadores de cuentos: no para frivolidades, aunque en ocasiones parezcamos frívolos, sino para contestar a esas preguntas que todos nos hacemos, y no a la manera del que cuenta sino a la manera del que escucha.
Larga es la historia del Imperio, muy larga; tanto que no alcanza la vida de un hombre dedicado al estudio y a la investigación, para conocerla por entero. Hay nombres, episodios, años y centurias que quedan en la sombra, que constan en algún folio de algún archivo listos para que alguna memoria los rescate y algún contador de cuentos les devuelva la vida alguna vez en un pabellón como éste para gentes como ustedes que se irán después a sus casas pensando en lo que se ha dicho y mirarán a sus hijos con orgullo y con un poco de tristeza. Además de larga, la historia del Imperio es complicada: no es un cuento fácil en el que se enumera un acontecimiento después de otro y en el que las causas explican los efectos y los efectos guardan proporción con las causas. No, no es así: la historia del Imperio está sembrada de sorpresas, contradicciones, abismos, muertes y resurrecciones. Y yo les digo ahora que esas piedras en un salón vacío del palacio del Emperador son precisamente la muerte, pero que también son la resurrección.
Porque el Imperio murió, muchas veces, con muchas muertes, lentas o súbitas, dolorosas o plácidas, ridículas o trágicas, pero murió, y se volvió a levantar de su muerte. Una de esas muertes, hace ya muchos miles de años, fue más profunda y más negra que las otras. No fue ridícula ni trágica: fue estúpida, desgarradora y demente. Y lo fue porque los hombres se mataron por la más fútil y peligrosa de las pasiones: por el poder, por ascender al trono de oro, sentarse allí y permanecer sentados el mayor tiempo posible. Un general ambicioso mató a un emperador inepto. La emperatriz viuda, que siempre había vivido en la sombra y de quien ni el nombre se recuerda, vengó a su marido y de paso despejó su propio camino hacia el trono matando al general con su espada regicida antes de que pudiera adueñarse del palacio. Después cultivó el resentimiento de los soldados sin jefe, cosa que podía hacer a la perfección porque ella conocía muy bien el resentimiento, los sublevó contra la oficialidad e hizo matar a todos los generales del Ejército Imperial, no fuera que a algún otro se le fuera a ocurrir la misma idea que al asesino de su marido. Los hermanos del emperador muerto se armaron y corrieron al palacio, según ellos en auxilio de la indefensa viuda, pero en verdad con el designio de ocupar el trono en vez de ella. Se alzaron las provincias del este en las que un noble arruinado que decía ser descendiente de una vieja dinastía, reclamaba su derecho a regir el Imperio. Alguien estranguló en su cama a la emperatriz y acuchilló a sus hijos, aunque se dijo que una niña había escapado a la matanza. De los pantanos y los bosques del sur subieron hordas de desarrapados que saquearon las ciudades aprovechando la confusión que sembraba el paso de los ejércitos. En el norte un charlatán dijo haber oído voces que bajaban del cielo y le ordenaban que se proclamara emperador y diera muerte a quienes se le opusieran, y lo malo fue que muchos le creyeron. En pocos meses se generalizó una guerra en la que los hombres llegaron a no saber y a no querer saber contra quién peleaban y en la que no se trataba de matar o morir sino de matar y morir. Hizo su aparición la peste. Un año después la población del Imperio se había reducido a menos de la mitad y esa fracción de la mitad seguía luchando, matando, incendiando y destruyendo. En la capital, unos oficiales del que había sido el ejército más orgulloso de todos los tiempos encontraron a una muchacha y dijeron que era la hija del emperador muerto que había sobrevivido a la noche del degüello. Quizá lo era, quizá no. La muchacha subió al trono, no entre pompa y fanfarrias sino entre hogueras y alaridos, y una vez allí trató de poner orden, primero en el palacio, después en las calles y las casas de la ciudad, y pareció que lo iba a conseguir. Pero los hombres de uniforme se alarmaron: si en vez de servirles de medio para gobernar, la presunta hija del emperador muerto se afianzaba en el trono, ninguno de ellos tendría ya oportunidad de ser emperador. Hicieron entonces todo lo posible para que sus planes fracasaran y sus órdenes no fueran obedecidas. Y cuando vieron que la muchacha era más hábil y más fuerte de lo que ellos habían supuesto, se reunieron en secreto y hablaron durante muchas horas de una noche. Así que ella murió; no me pregunten cómo porque nadie lo sabe. Era muy joven, tal vez era bella, aunque había pasado mucho tiempo escondida y mal alimentada, y había reinado durante cincuenta y cuatro días.
Bien, bien, todos ustedes tienen imaginación; no demasiada porque si así fuera no me necesitarían, pero la tienen. Piensen entonces en esa muerte del Imperio, vean las ciudades destripadas, los campos quemados, las calles desiertas; oigan el silencio, el viento que bramando hace caer las piedras sueltas de los edificios en ruinas. No hay alimentos, no hay agua potable, no hay vehículos, no hay medicamentos, ni alegría ni libros de texto ni música ni comunicaciones ni fábricas ni bancos ni tiendas elegantes ni poetas ni contadores de cuentos. No hay nada, ni siquiera un símbolo de poder por el cual luchar: el trono de oro se ha perdido, no existe, o si existe ha quedado sepultado bajo una montaña de cuerpos rotos y de desperdicios. La guerra también ha muerto y sólo queda el olvido. La población del Imperio ya no es la mitad de lo que fue: no quedan más que grupos de nómades embrutecidos que se abrigan con harapos arrancados a los cadáveres y se refugian entre paredes tambaleantes que aún sostienen restos de lo que fue un techo y se alimentan con lo que encuentran a su paso o con algún animal que cazan o a veces, si el frío los priva hasta de eso, con la carne del más débil o el más desprevenido del grupo. Y así vivieron, durante generaciones y generaciones. Hasta que de casi bestias desnudas y errantes, esos seres destruidos y enfermos empezaron a convertirse lentamente otra vez en hombres y reaprendieron a encender el fuego, a asar las carnes, a sembrar el grano, a modelar la arcilla y a enterrar a los muertos. También reaprendieron a luchar entre ellos, desgraciadamente. Las tribus se hicieron más numerosas, y hubo brujos, guerreros, jefes, cazadores, y hombres extraños que ahuecaban las cañas y soplaban para producir sonidos, y mujeres y muchachas que bailaban torpemente al ritmo de esos sonidos.
Bien, bien, mis queridos amigos que me escuchan, reflexionemos un poco ahora y pensemos que todo podría haber tomado otro rumbo y que los hombres podrían haber adoptado otra manera de organizarse que no fuera la del Imperio muerto. Tal vez en pequeños reinos, tal vez en ciudades independientes y soberanas, tal vez en comunidades pastoriles y agrícolas aferradas a la tierra, tal vez en sociedades teocráticas, tal vez en hordas depredadoras, quién sabe. La muerte es resurrección, pero ignoramos qué clase de resurrección hasta que no se ha producido y ya es demasiado tarde como no sea para meditar sobre lo que ha pasado y si nos es posible, aprender algo más sobre nosotros mismos. Bien, bien, ahora veamos por qué el Imperio renació como de un sueño y por qué comenzó otra vez a ser lo que había sido. Yo les voy a contar que hubo una vez un niño en una de esas tribus indecisas entre el arado y la lanza, un niño curioso al que llamaban Bib, que estaba particularmente dotado para arrancar sonidos a las cañas ahuecadas. Si alguien hubiera sido lo suficientemente sensible y perspicaz, si hubiera habido tiempo para algo más que el sustento, el fuego y la defensa, hubiera sido evidente que Bib tenía otras dotes especiales, algunas de ellas bastante acentuadas: por ejemplo, era desobediente. También era temerario y como ya les dije, era curioso. Era insaciablemente curioso. Cuando los otros chicos dormitaban al sol en hamacas tejidas con tientos, Bib levantaba la cabecita redonda para mirar las hojas de los árboles que se movían en el viento. Cuando los otros chicos gateaban alrededor de sus madres, Bib se deslizaba hasta la puerta de la choza y prestaba atención a lo que estaba pasando allá afuera. Cuando los otros chicos jugaban entre el barro y los animales, Bib iba hasta las ruinas y cavaba en busca de los objetos extraños que después limpiaba y escondía en un lugar secreto en el cual podía estudiarlos y agruparlos sin que nadie lo molestara.
Estaba prohibido andar entre las ruinas: era algo que les estaba prohibido a todos y especialmente a los chicos. Es cierto que a veces alguien iba, a veces, cuando se rompía un caldero o una lanza o un hacha o alguna otra cosa imprescindible. Pero entonces los hombres y las mujeres pedían permiso al Jefe o al Más Anciano para ir Allá a buscar con qué reemplazarlo. No, no, yo no sé por qué estaba prohibido, pero puedo imaginarlo. Es que esos muros altos aún, esas estancias laberínticas, esas enormes rejas trabajadas, en pie o caídas entre las malezas, esas aberturas anchas y altas como bocas de fieras, eran tan distintas de las frágiles construcciones de barro redondas, con un solo recinto, sin ventanas, con techos de paja, tan distintas, que la gente de la tribu sentía que ahí habitaba El Miedo. Bib era pequeño y flaco, había tenido varias enfermedades, había estado dos veces a punto de morir, no tenía aún fuerzas para levantar una lanza, pero ya sabía que el miedo habita en los hombres y no en las cosas, ni siquiera en los palacios derruidos. Él no sabía, claro está, que esas construcciones imponentes todavía a pesar del fuego, la locura y el tiempo, eran palacios. Tampoco había llegado gracias a la razón a concluir que el miedo es hijo de los hombres y no de las cosas, ni se lo había dicho claramente a nadie y ni siquiera a sí mismo. Pero lo sabía. Es que si no hubiera sido porque en el poblado se consideraba fuerte, sabio e inteligente a todo aquél que matara más animales y adversarios y que tuviera más hijos y más grano almacenado, se hubiera podido decir que Bib era la persona más fuerte, sabia e inteligente de la tribu.
Cuando los otros chicos salieron a cazar por primera vez con sus padres o sus abuelos o sus tíos o sus hermanos mayores, Bib también salió a cazar. Y entonces por primera vez los hombres y las mujeres del pueblo se fijaron en él y pensaron que quizá el hijo de Voro fuera algo más que un haragán que se pasaba el día y parte de la noche vagando quién sabe por dónde y soplando en una caña ahuecada que tenía cinco agujeros en vez de dos como las que se usaban para las danzas cuando comenzaban los largos días de sol. Porque Bib, pequeño y flaco como era, llevó al poblado más piezas que cualquiera de sus compañeros, incluso más que Itur que era ya casi un guerrero, con su cicatriz en la cara y sus espaldas anchas como el lomo de un carnero. Fue la única vez en su vida que Bib salió a cazar. Bien, bien, ya había probado que era un hombre y que por lo tanto nadie tenía por qué darle órdenes: dejó los animales muertos para que otros los desollaran y los asaran o los salaran por él, y se negó a mostrar el arma con la que les había dado muerte. Eso no tenía importancia, aunque a la gente, sobre todo a los hombres, les hubiera gustado saber con qué había producido esas heridas tan raras; era desusado, pero no tenía importancia porque se esperaba que cada muchacho que salía a cazar por primera vez fabricara sus propias armas, lo que suponía un cierto derecho a hacer con ellas después lo que se le diera la gana, incluso esconderlas a los ojos de los demás. Pero al otro día, amigos míos, ante el asombro y quizá el escándalo y seguramente el temor de todos los habitantes del pueblo, Bib salió de su choza y se fue caminando hasta las ruinas y sin pedir autorización a nadie pasó por las grandes aberturas y se perdió en la sombra, como tragado por El Miedo. Volvió a la tarde, llevando una carga tan pesada que lo hacía tambalearse a cada paso, entró a la choza frágil sin ventanas, y le entregó a su madre muchos objetos extraños y brillantes y le dijo que los usara. La mujer no sabía para qué servían esas cosas.
—Esto es para poner la comida y no se rompe nunca —dijo Bib—. ¿Te das cuenta? Lo golpeo y no se hace pedazos como los cuencos. Los mejores cuencos, aun los que fabrica Lloba, se rompen o se quiebran y filtran los líquidos. Esto no. No tengas miedo, no nos va a pasar nada si los usamos. Esto es para revolver las comidas: no revuelvas más con un palo ahuecado, esto es mejor, y tampoco se rompe ni se pudre. Esto puede servir para ponerlo al fuego a hervir caldos y carnes, pero es mejor que lo uses para guardar agua porque se calienta demasiado y podrías quemarte. Esto es para cortar el cuero: se pone un dedo acá y otro acá, se agarra el cuero con la otra mano y se hace así. Esto es para reflejar el sol, no, de ahí no, hay que agarrarlo de aquí y poner la superficie para arriba, no lo dejes caer porque esto sí se rompe. ¿Mágico por qué? No son más que nuestras caras, la tuya y la mía. Bueno, lo podemos poner así para que no refleje nada. Esto es para guardar cosas adentro pero es mejor que una bolsa porque se puede poner todo separado, acá las puntas de las flechas, acá los anzuelos, acá los cuchillos, acá las plumas y en está parte de abajo más grande, los abrigos para el invierno. Esto es para sentarse, o para subirse encima y alcanzar las ramas más bajas de los árboles. Esto es para sujetar la carne cuando quieras cortarla, así. Esto es para que te pongas alrededor del cuello en vez de esa sarta de huesos amarillos que te regaló Voro.
—Pero son de los animales que cazó antes de que nacieras —dijo ella.
—No importa —dijo Bib—, son feos y no son más que huesos viejos y resecos. Esto es más duro y más hermoso y brilla a la luz, ¿ves?
Y Bib siguió explicándole durante horas para qué servía cada una de las cosas que había traído. Mientras tanto afuera, los hombres más viejos y más valientes y más inteligentes de la tribu hablaban de lo que había hecho el muchacho. Y para cuando cerró la noche, uno de ellos se separó del grupo y se acercó a la choza de Bib y lo llamó.
—Aquí estoy —dijo él apareciendo en el hueco de la puerta.
—Bib, hijo de Voro —dijo el hombre—, lo que has hecho está muy mal.
—¿Por qué no te vas a dormir, viejo? —dijo Bib.
El hombre se enfureció:
—¡Vas a morir, Bib! —gritó—. Vamos a quemar tu casa y te vas a asar ahí adentro con tu madre y con todas esas cosas malditas.
—No seas estúpido —dijo el muchacho sonriendo.
El hombre volvió a gritar, abrió los brazos y se abalanzó sobre Bib, pero no llegó a tocarlo. Bib alzó la mano derecha y en esa mano había un arma pequeña y brillante. Bib disparó y el hombre cayó muerto.
Nunca más se habló de matar al hijo de Voro ni de quemar su casa repleta de cosas sacadas de las ruinas. Claro que los habitantes del poblado siguieron creyendo que Allá habitaba El Miedo, pero preferían enfrentar eso y no el arma de Bib. Era por esa razón que consentían en que todos los días, después de atender a los animales, a los niños que todavía no podían valerse por sí mismos y a los enfermos, Bib los dividiera en grupos y los llevara a cavar a las ruinas. Se habían terminado los tiempos en los que había que pedir autorización para ir a los palacios derruidos en busca de un remate de reja con el que reponer la cabeza de una lanza. También se habían terminado los tiempos del miedo, aunque ellos no lo sabían y aún creían y sostenían que no. Si bien es cierto que se negaron a reconstruir las estancias y trasladarse a vivir en ellas y que Bib no pudo convencerlos de que allí vivirían mejor y más seguros, también lo es que con las indicaciones del muchacho acarrearon piedras sueltas, vigas caídas y rejas enmohecidas, y las usaron para levantar nuevas viviendas de paredes y techos sólidos, con aberturas y tabiques interiores. Eso sí, Bib no dejó que tocaran la mayor de las construcciones entre las ruinas:
—Ésa es mi casa —decía—, algún día me voy a ir a vivir allí.
Los hombres y las mujeres de la tribu le decían que no lo hiciera, que por la noche iban a aparecer los demonios de la sombra y se lo iban a llevar con ellos, y Bib se reía un poco porque sabía que no hay demonios de las sombras y otro poco porque ya no lo amenazaban.
Bien, bien, ¿adonde nos lleva todo esto? Ya verán, mis buenos amigos, ya verán: nos lleva algo más allá en el tiempo, cuando ya todo el pueblo vivía en casas de piedra y comía en platos de oro y se servía el agua de ánforas de cristal, algunas ennegrecidas, otras con el pico roto o rajadas, en vasos o copas de plata, sobre mesas labradas a las que se había limpiado y raspado cuidadosamente. También dormían en camas a las que les faltaba el respaldo o una columna torneada o las patas, y en las que ponían las viejas mantas sobre los tirantes, pero verdaderas camas, anchas y largas, que ocupaban la habitación del fondo en las casas de piedra. Los viejos no se acostumbraban a esas cosas y así como a veces reclamaban sus cuencos de arcilla para comer, a veces también, en secreto, dormían en el suelo al lado de sus grandes camas. Pero Bib decía que las gentes poderosas y valientes dormían en camas y no sobre la tierra como animales que sólo sirven para trabajar y alimentar a sus dueños, y a los jóvenes y a los niños les gustaba sentirse valientes y poderosos.
Todo esto nos lleva también a saber que para cuando llegó el invierno los hombres habían terminado la construcción de una muralla que rodeaba las casas nuevas, los corrales, los depósitos de grano y las ruinas del miedo, cerrada, con un portón de hierro que habían tardado un mes en transportar y asegurar en su lugar. Por eso cuando la nieve y el hambre empujaron a otras tribus a salir en busca de alimento, a atacar, matar y robar, el pueblo de Bib resistió con éxito, persiguió a los asaltantes sobrevivientes y terminó por incorporar a algunos de ellos a la ciudad de piedra. Nadie lo sabía aún, ni siquiera lo sabía el hijo de Voro, pero el Imperio resucitaba.
Pasó el invierno y llegó la primavera, y pasó la primavera y llegó el verano. La ciudad de piedra cambiaba y se extendía rápidamente: hubo que demoler parte de la muralla y volver a levantarla mucho más lejos. Se encontraron entre las ruinas piedras chatas con las que se cubrieron los pasajes que quedaban entre las casas, y cuando las piedras de las ruinas se terminaron, los hombres salieron a buscar más, en otras ruinas o en depósitos naturales. Se hizo necesario construir embarcaderos en el río y cortar listones de madera y unirlos para hacer grandes embarcaciones en vez de ahuecar troncos para hacer canoas. Hubo que traer más piedras para levantar más casas, y despejar el centro para que los hombres se reunieran a intercambiar allí lo que fabricaban o lo que cosechaban. Alguien hizo una bandeja circular que se movía con la presión del pie sobre una palanca y modeló en pocos minutos con la ardilla que puso, una vasija para almacenar líquidos. Una mujer que tenía un hijo enfermo que no podía caminar, usó dos de los rodillos con los que se afirmaban las piedras chatas sobre la tierra, para poner encima una plataforma en la cual transportar al muchacho. Un hombre que tenía una familia numerosa elevó las paredes de su casa y le puso otro techo y una escalera interior. Los jóvenes se sentaban bajo los árboles alrededor de los viejos y preguntaban qué eran y para qué servían esos instrumentos delicados y raros que encontraban día a día entre las ruinas. A veces los viejos lo sabían, otras veces no, y entonces los muchachos lo descubrían por sí solos a fuerza de ensayar, lastimarse, equivocarse y volver a empezar. La cuestión es que protegidos y abrigados, bien alimentados y a salvo de enemigos y de animales salvajes, los habitantes de la ciudad crecían en número y en fuerza. Además, para la época de las lluvias ya no eran asaltantes los que llegaban: eran caminantes a pedir refugio o trabajo o a ofrecer lo que hacían y lo que sabían. Y cuando terminaron las lluvias y los campos se pusieron de un color verde muy oscuro y los hombres y las mujeres recogieron el grano y los frutos, sucedió algo muy importante.
El muchacho al que aún llamaban Bib quería, efectivamente, irse a vivir a la gran casa de piedra entre las ruinas porque los sueños que había soñado cuando era un chico y los propósitos que se había hecho cuando se convirtió en un hombre, todavía estaban allí, seguían existiendo entre las paredes que a él le parecían cada vez más orgullosas. De todas las otras ruinas, y del Miedo, ya muy poco iba quedando porque todo lo que había habido ahí, oculto o no, se utilizaba ahora en la ciudad para vivir o para construir. Sólo se levantaba como antes la gran construcción central en la que Bib trabajaba cubriendo la tierra con losas o descubriendo los viejos pisos descoloridos, tendiendo vigas para sostener nuevos techos, reparando, asegurando dinteles y paredes, observando y tratando de adivinar para qué servirían esos conductos de metal blando cuyas bocas asomaban entre las junturas de las piedras.
En esa gran casa, en una habitación clausurada por un techo desmoronado, Bib encontró un día de fines de verano un asiento gigantesco, pesado como una montaña, brillante como los platos que le había llevado a su madre en su primer día de hombre, incrustado de cuentas duras como las del collar que ella usaba desde entonces alrededor del cuello en lugar de la sarta de dientes de animales cazados por Voro en un invierno lejano cuando él aún no había nacido. Era tan grande ese asiento, tan imponente, tan macizo, tan desmesurado, que apenas parecía hecho para un hombre. Bib pensó que sería para un gigante. También pensó que él era un gigante. No era cierto, por supuesto, no por lo menos en cuanto al cuerpo: Bib seguía siendo un hombrecito flaco y no muy alto. Pero pensó eso, pensó que él era un gigante y que el asiento estaba hecho para él. Y subió los tres escalones de la base y se sentó. Solo, en el recinto en ruinas, en la oscuridad casi completa porque no había más luz que la que entraba por el boquete que el hijo de Voro había hecho en el techo caído contra la antigua entrada de la sala, allí, un bárbaro temerario, curioso y, desobediente, se sentó en el trono de oro de los señores del Imperio.
Bien, bien, créanme ustedes si les digo que una vez que estuvo sentado en el sillón del poder, Bib se convirtió en un gigante. Ah, no, mis amigos, no quiero decir que creció ni que engordó. Siguió siendo como era, más flaco y más bajo que los hombres de su edad, pero pensó intensamente en sí mismo, no ya como una persona aislada sino como parte de algo que aún no existía y que necesitaba de él para existir. Y ésa amigos míos, ésa es la clase de reflexiones que nos convierte en gigantes.
¿Para qué alargar más esta vieja historia? Hay mucho que hacer en las calles y en las casas de la ciudad; hay mucho que hacer en las ciudades y en los campos del Imperio, y algunos de ustedes estarán pensando que a este contador de cuentos le entusiasma demasiado lo que va contando. Bien, bien, eso no deja de tener su parte de verdad, pero tranquilícense: ya no queda mucho por decir. Queda por decir que llegó el otoño a la ciudad de piedra, y que pasó y llegó el invierno. Y que cuando llegó la nieve ya la ciudad se llamaba Bibarandaraina y recibía tributo de muchas ciudades nuevas, más precarias, más pobres, más pequeñas, más apresuradamente construidas, a las que en retribución defendía y protegía. En el centro de esa capital se alzaba el muy antiguo palacio, ocupado ahora por el Emperador Bibaraïn I llamado El Flautista, iniciador de la dinastía de los Vorónnsides, uno de los fundadores del Imperio. No encontrará nunca ninguno de ustedes un retrato del Flautista en los libros de historia ni en las interminables galerías que exhiben las efigies de tantos hombres y tantas mujeres que se sentaron en el trono de oro, porque ninguna pintura ni estatua quedó de él, si es que alguna vez hubo alguna. Sólo los contadores de cuentos que nos sentamos en las plazas o en los pabellones a narrar viejas historias, podemos imaginarlo tal como fue. Y si algo hace falta para recordarlo, no hay más que entrar al palacio del buen Emperador Ekkemantes I, buscar el recinto que da al jardín hexagonal y contemplar el último vestigio de otro palacio, uno que fue destruido por la guerra, como el Imperio, y que volvió a vivir, como el Imperio, hace muchos miles de años ya, gracias a un hombre demasiado flaco, demasiado curioso, demasiado desobediente.
Fue un buen emperador. No les diré que fue perfecto porque no lo fue; no, mis buenos amigos, ningún hombre es perfecto y un emperador lo es menos que cualquiera porque tiene en sus manos el poder, y el poder es dañino como un animal no del todo domesticado, es peligroso como un ácido, es dulce y mortal como miel envenenada. Pero sí les digo que fue un buen emperador. Sabía, por ejemplo, de qué lado de la moneda estaba el bien y de qué lado el mal, y eso ya es mucho saber. Sólo que él a veces tenía que optar por el mal porque el nacimiento de un Imperio es algo que escapa a los pensamientos, los sentimientos y las acciones de un solo hombre. Y así fue como lo primero que hizo fue organizar el ejército, cosa que es mala, para evitar desórdenes en las ciudades y pueblos semibárbaros y para proteger a quienes ya eran sus súbditos, cosa que es buena. Después de eso hizo sacar a la luz los restos del viejo Imperio allí donde hubiera rastros de su existencia, que los había a lo largo de todo el territorio, y les devolvió su lugar y su esplendor y gracias a ellos volvió a trazar los límites de las provincias. Y después eligió a los hombres mas perspicaces y los puso a descifrar el sonido y el significado de todo lo que se encontrara escrito en papel, en tela, en mármol o en metal. Recién entonces se fundaron escuelas y así como los hombres habían reaprendido a encender el fuego y a enterrar a los muertos, así reaprendieron a leer, a escribir, a establecer leyes, componer música, tallar engranajes, soplar el vidrio, soldar los metales, medir los campos, curar las enfermedades, observar el cielo, tender caminos, contar el tiempo, y hasta vivir en paz.
Todo eso se hizo en el lapso de una vida, sí, mis queridos amigos, así es. Una vida larga, muy larga, pero una sola. El Emperador Bibaraïn I se casó dos veces y tuvo catorce hijos, seis varones y ocho mujeres. Nunca aprendió a leer ni a escribir: decía que no le hacía falta, y quizá estaba en lo cierto. Pero a nadie que estuviera cerca de él se le permitió ser ignorante. Su segunda mujer, la Emperatriz Dalayya, aprendió la lectura y la escritura cuando tenía quince años, y a los treinta había escrito cuatro libros de crónicas en los que se documentaba todo lo que del viejo Imperio iba apareciendo en las excavaciones, con detalles precisos y con interpretaciones, inexactas las más de las veces, pero llenas de belleza e imaginación. Uno de sus hijos fue matemático y otro fue poeta y cantó la increíble vida de su padre y la muerte del viejo Imperio tal como él, que lo había visto resucitar, sentía que pudo haber sido. Todos sus otros hijos, todas sus hijas, fueron inteligentes, instruidos y capaces. Y hubo una hija que fue curiosa y desobediente como lo había sido un chico al que llamaban Bib en una tribu de bárbaros seminómades.
Y se dice, esto yo no lo puedo asegurar, mis buenos amigos, pero se dice que cuando llegó la muerte el viejo Emperador Bibaraïn la vio llegar y le sonrió y le preguntó si podía esperar un rato por él, y que ella esperó. No mucho, pero esperó. El viejo señor del nuevo Imperio se sentó en el trono de oro, llamó a su mujer, a sus hijos, a sus nietos, a sus ministros y a sus servidores, y les dijo que se moría. Nadie le quiso creer, nadie: tenía los ojos tan brillantes, la cabeza tan erguida, la voz tan segura, que nadie le quiso creer. Nadie, salvo una muchacha a la que le habían ordenado que se lavara y se peinara y se pusiera otro vestido para ir a ver a su augusto padre. Ella, que no había hecho ninguna de las tres cosas y que trataba de esconderse detrás de sus hermanos mayores, ella sí le creyó. El viejo Bibaraïn I El Flautista, sonrió y dijo que nombraba heredero del trono a su hija Mainaleaä, y que la Emperatriz Dalayya, su madre, sería Regente hasta que la muchachita despeinada llegara a la mayoría de edad. Y mientras un escribiente se afanaba con pluma y papel para que el Emperador firmara el decreto de sucesión y la orden de conservar mientras fuera posible el antiguo palacio, el viejo señor pidió una flauta y se puso a tocar. Cuando el escribiente le alcanzó el decreto, el Emperador lo firmó y después siguió tocando la flauta hasta que se acordó de la muerte que andaba por ahí esperándolo. Entonces alzó los ojos en medio de una nota muy aguda, la miró y le hizo un guiño. La muerte caminó hacia él y el viejo señor se murió, tocando la flauta, sentado en el trono de oro en el que se sentaron los gobernantes del Imperio más vasto y más antiguo que ha conocido el hombre.


Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires y vive en Rosario. De intensa vida literaria, colabora en diarios y revistas del país y del exterior. Ha recibido la beca Fullbright y los premios Emecé y Gilgamesh (España).
Ha publicado las novelas Opus dos, Kalpa imperial, Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara y Jugo de mango, y los conjuntos de cuentos Cuentos con soldados, Las pelucas, Bajo las jubeas en flor, Casta luna electrónica, Trafalgar y Mala noche y Parir hembra.
















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