Peligrosas palabras

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16 octubre, 2009

lazos de madre


Hebe Uhart
fragmento de “Leonor

Cuando Leonor era chica, su mamá hacía albóndigas de harina de mandioca. Las albóndigas de harina de mandioca son tan duras como si tuvieran plomo, secas como si fueran de arena y malignamente compactas. Si uno las come estando triste, hace de cuenta que come un páramo; si uno está contento, esa bola marrón, sin nada aceitoso, es un alimento merecido y vivificante.
Leonor creció y llegó a los dieciocho años. Su mamá le dijo:
—Hija, usted debe casarse. Cuando una se casa le dan una libreta, un hombre trae pan blanco y zapatos taco alto. Después se casa con ese polaco, le trae unos aros a la mamita.
Leonor dijo:
—Sí, mamita, pero el polaco muy grande es.
El polaco medía casi dos metros; todos los días arrancaba yuyos y los domingos ni iba al baile, trabajaba.
—¿Qué importa? –dijo la madre.
—Sí, mamita, yo me caso, pero me da vergüenza hablar delante de él.
—La vergüenza después se va (...). Usted le dice: “¿Querría un plato de porotos?”. Y un día comen porotos (...).
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Silvina Ocampo
Fragmento de“Viaje olvidado

Quería acordarse del día en que había nacido y fruncía tanto las cejas que las personas grandes la interrumpían para que desarrugara la frente. Por eso no podía nunca llegar hasta el recuerdo de su nacimiento.
Los chicos antes de nacer estaban almacenados en una gran tienda de París, las madres los encargaban y a veces iban ellas mismas a comprarlos (...).
Pero ella había nacido una mañana en Palermo haciendo nidos para los pájaros. No recordaba haber salido de su casa aquel día, tenía la sensación de haber hecho un viaje sin automóvil ni coche, un viaje lleno de sombras misteriosas, y de haberse despertado en un camino de árboles con olor a casuarinas donde se encontró de repente haciendo nidos para los pájaros (...).
Cuando su madre dijo que iba a abrir la ventana y la abrió, su rostro había cambiado debajo del sombrero con plumas: era una señora que estaba de visita en su casa. La ventana quedaba más cerrada que antes, y cuando dijo su madre que el sol estaba lindísimo, vio el cielo negro de la noche donde no cantaba un solo pájaro.
************************************************************************************* Angeles Mastretta
fragmento de "Volando: como las ballenas”

Nunca he podido pensar en los ires y venires de la maternidad sin estremecerme (...). Doy por sentado que, una vez adquirida, la maternidad es tan irrevocable como aún es versátil la paternidad.
Hace poco estuve cavilando estos dislates mientras miraba al árbol lleno de grillos que crece encima de mi ventana. Entonces no se me ocurrió mejor cosa que tirarme al llanto como si se tratara de cantar un tango.
Es un arce y lo sembré hace quince años acompañada por la euforia de mis dos hijos. Tengo una foto de esos días: estamos los tres juntos al remedo del árbol y yo luzco dueña de una paz meridiana. La tenía entre las manos. Al menos así lo recuerdo. Tenía también dos niños con invitados frecuentes y largos fines de semana para el cine, las excursiones, las fiestas en pijama, las tareas de recortar y pegar, el teatro y celebraciones con distinto disfraz. Entonces, además de hacerme líos con mi destino, un asunto que va igual que viene, descubrí la preñez que es de por vida (...).

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Inés Fernández Moreno
fragmento de “Madre para armar”

Lo primero que perdí fueron los pechos. Debió haber sido de forma muy gradual porque no recuerdo cuándo sucedió. Sólo sé que un día me miré en el espejo y ya no estaban allí. Se habían desvanecido, dejando una leve aureola nacarada como para recordar, de todas maneras, que habían existido.
Pienso que fue Cecilia la que se quedó con ellos, porque desde un principio ése pareció ser su privilegio. Mamó hasta el año y medio, usó chupete hasta los cuatro y pasar de la mamadera a la taza fue un triunfo para el que tuve que recurrir a todos los subterfugios. Sólo noté una chispa de reproche en la mirada de Andrés, que fue destetado cuando apenas tenía quince días, y no porque yo quisiera, sino porque el médico me lo indicó.
Los ojos, en cambio, me duraron mucho más (...). Mirar durante las noches que respiraran bien. Mirar las irritaciones de su piel. Mirar las vueltas de carnero. Mirar cómo se zambullían en el agua. Y después mirar sus deberes, sus éxitos deportivos, sus novias (...).
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Susana Silvestre
fragmento de “Hoy venimos a cantarte”


El cumpleaños de mi mamá se presentó justo en el momento en que yo buscaba la historia de mis abuelos paternos.
Mi hermana mayor no cesaba de repetir: “¿Te das cuenta, ochenta años? Quién sabe si nosotras llegamos”. Mi hermana más chica sonreía con cierta ostentación, como quien se siente en parte artífice de la hazaña; yo estaba más bien asombrada; mi hermano no decía nada pero aprobaba con circunspección nuestros sentimientos femeninos hacia su madre y, en fin, todos coincidíamos en celebrar el acontecimiento con una fiesta inusual. Había que organizarla y naturalmente teníamos opiniones diversas acerca de la cantidad de invitados, la calidad de las comidas, la sencillez o la distinción del salón.
No es que yo escatimara mi cuarta parte correspondiente pero la búsqueda de nuestros ancestros me llevaba a ocupar cualquier hueco de los preparativos para hablar de mi papá, que estaba muerto, en lugar de mi mamá, que estaba viva (...).

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Pilar Mañas Lahoz
fragmeto de “Cuevas

Ahora que lo he visto casi todo –varios mares y un océano, el cielo roto, la primavera, la muerte, los amaneceres, la pintura abstracta y la impresionista, bocas negras con hambre– (...), es cuando desearía volver a oír la voz grave y nítida de nuestra madre. Y ahora sé que aquella fue la única voz que me dio la medida exacta del puro silencio alegre en el que han de cumplirse algunos sueños.
Cuando éramos pequeños, pasábamos mucho frío. Tal vez era porque vivíamos en un pueblo con río en la Castilla severa, o porque nuestra casa estaba situada demasiado cerca del río y la humedad ascendía al atardecer como los brazos de un muerto mojado y helado y en esas tierras las gentes sólo acostumbraban calentarse con una estufa de carbón o un brasero. En esas fechas, muchos éramos los que vivíamos en un país recién derrumbado y pobre. Nuestra madre decía a menudo (...): “¿Queréis dejar de quejaros, señoritingos? Hay gente más pobre que nosotros (...). Y a comer, que se enfría el cocido”.
************************************************************************************ Angélica Gorodischer
fragmento de “Madre hay una sola”

Chiste que ha circulado ¿desde cuándo?, andá a saber, de hijas a hijos: “Madre hay una sola, por suerte”.
Como hija, siempre lo he deplorado: lástima, lástima que madre haya una sola. ¿Te imaginás si hubiera dos? ¿Si hubiera tres, trece, veintisiete, ciento cincuenta? Si hubiera cien, yo no estaría todavía llamando a la mía. Que no me oye, por supuesto.
Cuánto mundo, cuánto consuelo, cuánta alegría si muchas hijas tuvieran muchas madres y si yo pudiera contarle a una lo que me pasó con la otra y a otra lo que me dijo una (...). Una sola es demasiado. Dos, tres serían poco. Siempre estaríamos pidiendo más y quién dijo que no lo obtendríamos.
También es cierto que sí. Que sí qué. Que hay muchas madres. Pero escuchame, te estás contradiciendo (...), primero decís que hay una sola y que sería estupendo que hubiera más (...). ¿Y dónde está la contradicción? ¿O no sabés que dos cosas opuestas no son excluyentes? ¿Einstein, Heráclito, Shakespeare y Freud pasaron inútilmente por tu vida? (...).

de Madres por Madres 2007.

29 agosto, 2009

CARSON McCULLERS (EEUU,1917-1967)

La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella."

CARSON McCULLERS (De ‘La Balada del Café triste’, fragmento)

01 agosto, 2009

Sara Gallardo (Argentina1931-1988)


3_
Hago viajar. Cuidado, jinete. De lo que visitamos nada puede contarse. El más terrible de los reyes gime como un cordero. Nunca necesité de la belleza.
Soy la que viaja. Puerta de viajes.
Es verdad que me arriesgo; veo la muerte a cada paso. ¿Cómo sujetar a uno solo este mi cuerpo de mil vidas?
Nadie es tan joven ni tan vieja como yo.


(fragmento de Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul, en En el desierto, en El país del humo)

Sara Gallardo (1931-1988) nació y murió en Buenos Aires.Su fallecimiento se produjo el 14 de junio de 1988. Su primera novela, Enero (1958), situada ya en la “América salvaje, imposible de catequizar” que sería el escenario de todos sus relatos, le valió un inmediato reconocimiento de la crítica. Fue traducida al checo y al alemán.

Siguieron las novelas Pantalones Azules (1963), y Los galgos, los galgos (1968), que obtuvo un gran éxito, el Primer Premio Municipal y el Premio Ciudad de Necochea con un jurado compuesto por Leopoldo Marechal, Aldo Pellegrini y Juan Carlos Ghiano.
Eisejuaz (1971), alucinado monólogo de un indio mataco en busca de la santidad, y los relatos de El país del humo (1977) son habitualmente considerados sus obras maestras, ubicadas sobre el camino de Juan Rulfo o Mario de Andrade. La rosa en el viento (1979), su último libro, fue escrito en España, primero de una serie de países por los que erró, junto a sus hijos, hasta el fin de su vida.
Escribió una monumental y atípica obra periodística, para Confirmado, Primera Plana y otras revistas durante los años sesenta y setenta, y luego para La Nación, de la que fue corresponsal en Europa.
Publicó los relatos infantiles: Los dos amigos y
Teo y la TV, ambos de 1974, Las siete puertas, de 1975, y
¡Adelante, la isla! (1982) que incluye un breve texto autobiográfico.
Su Narrativa breve completa, editada en 2005 gracias a la labor de Leopoldo Brizuela, puso al lector frente a una escritura que consiguió eludir las modas críticas o del mercado con un estilo cortante y concentrado.
Reeditada –y agotada– hace un par de años, incorporada a una colección de literatura argentina dirigida por Ricardo Piglia –quien eligió la novela Eisejuaz–, también en esta década los libros de Sara Gallardo son difíciles de hallar: sólo con un golpe de suerte es posible toparse con alguno y, ahí sí, disfrutar de esa obra en la que conviven el campo y el resplandor leve de quienes soportan el vago estadio de no pertenecer a ningún lado.

Campo y resplandor, por Natalia Gelos. Suplemento CULTURA diario Perfil, junio 2008.
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0269/articulo.php?art=8009&ed=0269

18 julio, 2009

ESTHER ANDRADI (Argentina,1952)


Berlín es un cuento
fragmento

Le asombró la arquitectura de los distritos, lo compacto de las plazas y los árboles, la contundencia y belleza de los edificios antiguos. La calle de Potsdam iba a ser su barrio, su Kiez, como decían los berlineses. -Se pronuncia Kiiz-. No era poco para comenzar. Potsdam había sido una de las calles más emperifolladas de antaño. Ahora el muro la había quebrado en su geometría original que derivaba hasta el ombligo mismo de la antigua ciudad y había quedado como una extremidad amputada del tronco. Sin embargo, disimulaba con lujo sus mutilaciones. Aquí se codeaban bancos, medios de comunicación y burdeles. Al igual que depósitos bancarios, cheques o periódicos, el mercado ofrecía mujeres para todos los gustos. Forrado en cuero negro el torso, botas ídem y un látigo sostenido entre los dientes algunas. Con amplias faldas multicolores de gasa, melenas rubias y bucles florecidos otras, damas con trajecitos sastre en tonalidades grisáceas, blusas de seda y collar de perlas, robustas señoras en batón y chancletas, portando bolsa de plástico, como recién llegadas de hacer la compra, la mayoría. Cada una con su clientela. Y un galpón haciendo esquina con vidrios de colores rojo, azul, negro y violeta vendía ilusiones de carne, plástico y celuloide. “Somos el primer supermercado del sexo de la ciudad” anunciaba. Películas porno. Adelante mis valientes. Ropa interior a tiritas, vibradores todo tamaño para variados gustos y recovecos. Peepshows.

Un ejecutivo con su maletín.
Señores en todas las variantes del gris con atuendos de turistas.
Una dama con peluca afro y anteojos oscuros con marcos blancos.
Hombre disfrazado de mujer que se disfraza de hombre.
Un joven estudiante.
Muchachos en jeans y sandalias.
Una anciana emergida de un cuento de Perrault.
Una rubia de cuerpo entero enfundado hasta la rodilla en rojo satinado y zapatos taco aguja-plateados.
Un jubilado con bastón y su perro salchicha. Prohibido para animales. El perro que espere afuera.
Un rubio con chalina y melena al viento calzando botas de cazador.
Una pareja de recién casados, traje de novia y frac.
Un morocho robusto y un señor con barriga bastante más pequeño de estatura tomados de la mano, con gafas negras.
Todos ellos y todas ellas entraron y salieron de ese recinto de vidrios multicolores, el primer supermercado de sexo de la calle de Potsdam en el lapso de media hora. Abierto desde las cinco de la mañana, horario corrido.

*Fragmento de Berlín es un cuento. Alción, Córdoba, 2007.






Nació en Ataliva, Santa Fe, en 1952. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Católica de Rosario y en 1975 emigró a Perú. En Lima ejerció el periodismo escrito y publicó su primer libro. En 1980 viajó a Europa y se radicó en Berlín donde escribió guiones y reportajes para la radio y televisión alemanas. Desde entonces ha vivido alternativamente en Buenos Aires y en Berlín, donde reside hoy con su marido y su hija.
Publicó Ser mujer en el Perú (testimonios, en coautoría, Ediciones Mujer y Autonomía, Lima, 1978/Tokapu Editores, Lima, 1979), Chau Pinela (Cuentos, Ediciones Tigre de Papel, Lima, 1988), Come, éste es mi cuerpo: 30 textos eucarísticos 30 (Último Reino, Buenos Aires, 1991/ 1997), Tanta Vida (novela, Simurg, Buenos Aires, 1998), Sobre Vivientes (Simurg, Buenos Aires, 2001/ Uber Lebende/Sobre Vivientes, Español/alemán, teamart Verlag, Zürich, 2003), Berlín es un cuento (novela, Alción, Córdoba, 2007), compiló las antologías Vivir en otra lengua: literatura latinoamericana escrita en Europa (Ediciones Desde la Gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2007) y Comer con la mirada (Ediciones Desde la Gente, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires 2008). Sus cuentos y poemas fueron incluidos en numerosas antologías en diferentes países y lenguas y sus ensayos y entrevistas en diferentes revistas y suplementos culturales de Europa y América.


http://www.andradi.de/

14 junio, 2009

Libertad Demitrópulos(Argentina, 1922-1998)


La flor de hierro
(Fragmento)


Aristóbulo es el que periódicamente da cuerda al reloj de la plaza y después de podar los escuálidos rosales se dedica a esperar que pase el tiempo, para adelante, para atrás, un pasito del péndulo caminando para después del transcurrir, otro pasito deteniéndose en el recuerdo de las cosas que sucedieron cuando Medinas era un pueblo jovial, dado a las risotadas de chicos y grandes, acostumbrado a celebrar fiestas y saraos en salones brillantes y con un servicio de lunch contratado en la ciudad de San Miguel, que incluía una caterva de mozos y camareros que llevaban las bandejas con increíble destreza, causando la admiración de los mosqueteadores que desde afuera disfrutábamos de la fiesta más que los de adentro.
Al dar las doce el reloj de la plaza, la gente va desprendiéndose de la pereza proveniente del sol que cae castigando con su látigo a los indefensos faltos de sucedidos y esas otras cosas que a veces son necesarias para no aburrirse, y quién sabe si hasta la muerte no tendrá que jugar su papel de despertadora de letargos, mayormente si como sucede a veces hay que llamarla para que dé testimonio de la vida. Porque Medinas vive gracias a la muerte que viene en los coches fúnebres de la municipalidad del pueblo vecino, adornada con las flores amarillas del verano o con las estrellas federales arrancadas de las tapias ladrillosas. Llega levantando polvareda en los callejones cruzados de lagartijas que, en las siestas, revuelven la arena para un costado, para el otro, un estremecimiento que se hunde, otro que se levanta, y son las que llegan primero al cementerio para perderse entre el pasto que siempre por ahí está verde y crecido y no se sabe de qué, si aquí no hay agua más que la que mandan los del pueblo vecino a cambio de que los dejemos enterrar a sus muertos en nuestro cementerio.
En la plaza hace una hora larga que el opa Mafaldo está siguiendo el vuelo de las moscas de panza verde que le corretean por la oreja y deben decirle cosas que solamente él entiende porque mueve los labios como asintiendo y gustoso. Cómo será de gozador el opa que deja la sonrisa en la boca y ahí se le queda, babeando en hilitos que tienen burbujas que se inflan y revientan como los fuegos artificiales que tiran para la fiesta de la Merced.
Aristóbulo ya ha dejado la plaza a estas horas, sin terminar de limpiar los canteros, porque no soporta al opa que se sorbe las babas. Y si bien se priva de dejarlo estaqueado en el suelo debido a que es opa infradotado, no por eso deja de mostrarle un desprecio mayúsculo, para que quede bien sentado que en Medinas somos cuatro gatos pero no de la misma ralea. Y es claro, cómo van a ser iguales los descendientes del capitán encomendero de Acapayanta, don Gaspar de Medina, y un descosido cualquiera, uno de los que estaría adentro de los salones que otro que mosqueteaba entre la chamusquina. Eso es lo que no entienden muchos, cuando salen a dar la vuelta del perro por la plaza y se figuran que cualquier época del año es la fiesta de la Virgen que es cuando vienen tantos forasteros y corre el vino, y bailamos todos mezclados el tango y el chamamé, el gato y el bugui-bugui, la pachanga y el malambo y hasta se puede dar el caso de que venga contratado Palito Ortega y esté en carne y hueso acá en Medinas. Pero hay que saber distinguir que una cosa es que para la fiesta de la Merced nos olvidemos de nuestros malestares y diferencias y otra muy distinta cuando quedamos sólo los que estamos, es decir, los cuatro gatos de siempre.
Cuando era la encomienda de Acapayanta o Acapianta, había mucha gente en Medinas entre los indios encomendados, los hijos, las nueras y los nietos del capitán, más los vecinos que iban formando el pueblo. Tanta gente hubo que era una delicia vivir aquí, según me contaba mi abuelo a quien le supo contar el suyo. Hicieron un gran cementerio pensando que albergaría a muchísimos muertos. Pero se han muerto casi todos y nos sobra lugar. Imaginaron que Medinas se volvería como un gran hormiguero o mejor habrán pensado que sería un mariposero y ¿adónde habrían de irse a consumir esas multitudes sino a un gran cementerio? En cambio el del pueblo vecino ya se ha llenado de bote en bote y precisan la tierra para sembrar caña. Y nos los traen aquí:
—Mañana habrá agua. Preparen las tinajas y lugares.
—¿Quién murió, señor intendente?
—Esta vez es un ricacho. A prepararse, pues.
—¡Albricias! Muerto tenemos. Requiescat in pace...
Y nos preparamos alegremente para escuchar también el canto del agua corriendo por las acequias.
Así es Medinas. Un lujo triste. Un rescoldo ceniciento. Un orgullo entumecido.

Nació en Jujuy, en 1922 y murió en Buenos Aires en 1998. Se recibió de maestra y, aunque de salud muy frágil (tuvo fiebre reumática y varias operaciones del corazón), a los 18 años comenzó a ejercer la docencia. A fines de los años 40, llegó a Buenos Aires, trabajó en el hogar escuela Eva Perón y conoció a Evita, sobre quien más tarde escribió una biografía. Estuvo casada con el poeta Joaquín Giannuzzi, con quien tuvo dos hijas.Publicó Muerte, animal y perfume (Poemas. Agrupación Cultural Renacimiento, 1951/Ediciones del Dock, 2008), Los comensales (Novela. Testimonios, 1967), Poesía tradicional argentina (Huemul, 1972), La flor de hierro (Novela. Castañeda, 1978, Ediciones del Dock, 2004), Río de las congojas (Novela. Sudamericana, 1981/ River of Sorrows, White Pine Press, 1999/ Ediciones del Dock, 1996, varias reediciones), Eva Perón (Ceal, Buenos Aires, 1984), Sabotaje en el álbum familiar (Novela. Fundación Ross, 1984), Quién pudiera llegar a Ma-Noa (Crónica. Plus Ultra, 1986), Un piano en Bahía Desolación (Novela. Braga, 1994). Recibió el Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires 1981 y el Boris Vian 1997, ambos por Río de las congojas, considerada una novela clave de la literatura argentina. Organizó el Primer Congreso de Escritoras (Buenos Aires, 1988) e integró el jurado del Premio José Hernández, que entrega la Secretaría de Cultura de la Nación a autores nacidos en América latina, España, Brasil y Portugal.

http://www.audiovideotecaba.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/demitropulos_bio_es.php

11 mayo, 2009

Andrea Maturana (Chile, 1969)


Encuentro desigual

Lo conoció una noche en el bar. Desde entonces se sientan a la misma mesa.

Cuidado, porque vengo de otra parte.

No importa de dónde vengas.

Se toman de las manos, se observan.

Tanto tiempo sin amar; ya casi no recuerdan.

Ella elige un día. Lo arrastra hasta su puerta.

-No insistas.

Quiero que vengas.

La sigue y ambos entran.

Ella se desnuda, se le acerca.

El se deja tomar por la cabeza, se deja acariciar, la observa.

Ella sonríe hasta que llega a su frente. Se detiene allí, tuerce la mueca.

-¡Qué es esto! ¡Quién eres!

Siente dos cuernos que la aterran.

Te dije que era de otra parte, contesta.

Y la ve cómo se chamusca, cómo se quema.


Andrea Maturana es narradora, periodista, traductora y guionista de televisión. Obras:(Des) encuentros (Des)esperados ( 1992); El Daño ( 1997). “Encuentro Desigual” pertenece a la publicación de los talleres de minificción de la escritora chilena Pía Barros: Por un zapato roto.


08 marzo, 2009

Inés Bortagaray(Salto,1975)



A la mesa
Por Inés Bortagaray

El mantel es blanco. Cubre todas las esquinas de esta larga mesa de madera puesta a lo largo del jardín, y llega a rozar el suelo. Sobre el mantel hay platos, fuentes, cucharas, cucharones, cuchillos, servilletas, tenedores, botellas, jarras, flores, migas de pan. Alrededor estamos nosotros, la familia unida. Todos sentados a lo largo de esta gran mesa que ocupa dos parcelas de quinta, la nuestra y la de los otros, los parientes. No somos tan ruidosos como una familia italiana ni se hace el gran escándalo ni el borracho da la nota, pero igual somos borrachos. Todos tomamos vino, por ejemplo. La mesa está rota, cortada en dos, pero nadie parece notarlo. En el medio la mesa se corta y unas astillas sobresalen del mantel, lo rasgan antes del ruedo, emergen como púas. La mesa se corta en dos entre las dos parcelas. De un lado quedamos nosotros; del otro, los parientes.

La pequeña esposa de mi primo alto, el de boca mojada como un pez y orejas de cera rebosante, viene hacia mí desde la otra mesa con gesto de arrojo (tras los cristales gruesos de sus lentes aparecen los ojos de indignación de muchacha provinciana que aún a pesar del encierro se hace temer, la de la lengua ácida). Se para frente a mí y me increpa: ¿por qué dijiste que mi tía es puta? Yo le digo: yo no dije nada, momentito.

Momentito: estoy recordando.

Hace veintisiete años dije algo. Dije, mirando la foto de la boda de la tía de la actual esposa de mi primo, dije: esta es una puta. Yo había aprendido la palabra puta y la usaba por vanidad. Mi vanidad se debía a haber aprendido a usar con ligereza algo que no parecía tan liviano. La palabra. Esta es puta esta no es puta esta es puta. Yo no soy puta. Yo no soy una cualquiera.

Aunque sí, puede ser que lo haya dicho, mil perdones. Ella me mira y los ojos que veo son tan grandes, oh, qué grandes esos ojos que me miran detrás de los cristales engordados, cóncavos, amarillentos, y yo pienso que ya no son de ira esos ojos que ella tiene sino de tormento. Por qué esperar tanto tiempo para vengar a la tía puta, yo pienso. ¿Por qué me lo decís ahora, cuando ya pasó tanto tiempo? No demora, y dice, como si mordiera: Porque vos y tu madre y tu abuela tienen que tener un merecido. Yo sí demoro. ¿Un merecido por qué? Vuelve a morderme. No estar tan campantes, en esta mesa, cuando bien se sabe que son víboras. Me molesta más lo de campantes que lo de víboras. Yo no siempre salí ilesa de las críticas ajenas. Me cuido mucho de hacerlas, de decir: este es un vanidoso, aquella está llena de amargura. Es por eso que lo hago más conmigo que con el resto y entonces me digo: qué vanidosos que estamos hoy, cuánta amargura me vino encima.

Dejo de prestarle atención a la esposa de mi primo el de la saliva y miro a una niña de rizos rojos que se ha venido a sentar a mi lado. La miro y no sé quién es, de qué pariente es hija. Se sienta como señorita entre mi hermana y yo; las dos la miramos con sorpresa. No nos pelea ni tampoco está jugando. Parece haber encontrado el lugar exacto para ella. Las piernitas le oscilan sin llegar al piso. Las mueve como si bailara, y noto unos minúsculos pelos rosados en las rodillas, en el borde de piel que queda libre entre las medias caladas y el organdí del traje. Rozo con mi dedo sus rodillas y ella se estremece y se ríe. Entonces me arrodillo y ella salta de la silla y nos ponemos a jugar bajo la mesa. Dice que se llama Olinka y que su nombre es ruso como el de algunas princesas. Jugamos a hacer caras de las feas y yo le gano. Afuera sigue el barullo, pero se oye apagado por el peso del mantel. Afuera alguien dice: nuestra ensalada es por lejos la mejor. Olinka se saca los zapatos y las medias caladas y me muestra su pie. Se lo huele y me lo da para que yo también lo huela. Lo huelo y le digo: ay, qué pie más asqueroso. Después vamos a los pies de la familia y los olemos a todos. Algunos nos gustan y otros no. A ella le gustan más que a mí los pies de la familia. Los pies de mamá huelen rico. Tiene sandalias color café con tiras de cuero que se cruzan adelante. Mi hermana se rasca el empeine con la punta del zapato. Cuando acercamos las narices hace un movimiento brusco y le golpea el mentón a Olinka, que justo está oliendo. Olinka comienza a lloriquear y yo le tapo la boca con mi mano. En la mesa se hace silencio. Alguien ahoga una exclamación y se oye un zumbido.

Me acurruco entre las piernas estiradas de mi padre (sé que ahora yace satisfecho con la boca casi sonriente, plácida, y esos ojos de ausencia dichosa, de momento previo al desencanto) y atraigo a Olinka contra mi pecho como quien aprieta a un niño durante el estallido de una bomba. La discusión entre las mesas da comienzo entonces.





de El futuro no es nuestro Narradores de Latinoamérica nacidos entre 1970 y 1980
Prólogo y selección por Diego Trelles Paz




Inés Bortagaray(Salto, 1975)


Publicó su libro de relatos Ahora tendré que matarte (2001) en la colección Flexes Terpines, dirigida por Mario Levrero. A lo largo de 2004 escribió, junto a Adrián Biniez, los trece capítulos de la serie de televisión El fin del mundo, cuya idea original comparte con Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella. Ese año se publicó un relato suyo en Pequeñas resistencias 3, una antología del nuevo cuento sudamericano (Madrid, 2004). Entre mayo de 2005 y febrero de 2006 escribió, junto a Ana Katz, el guión de la película Una novia errante. Su segundo libro, Prontos, listos, ya, se reeditó en marzo de 2007.

Cuento mi libro.com