14 septiembre, 2015

Joan Didion:(E.E.U.U., 1934)


El año del pensamiento mágico
















Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió aparentemente –o realmente- un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos de la Singer Division del Beth Israel Medical Center, por entonces un hospital en la avenida East End (cerró en agosto de 2004), más conocido como el Beth Israel North o el Antiguo Hospital de Médicos; lo que pareció un caso de gripe invernal lo bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de Navidad había derivado en neumonía y choque séptico. Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma. He sido escritora toda mi vida. Como escritora, incluso de niña, mucho antes de que empezara a publicar lo que escribía, siempre tuve la sensación de que el significado radicaba en el ritmo de las palabras, las frases, los párrafos, una técnica para contener lo que pensaba o creía tras un refinamiento cada vez más impenetrable. Soy o he llegado a ser la forma en la que escribo; sin embargo, este es un caso en el que en vez de las palabras y sus ritmos desearía tener una sala de montaje equipada con un Avid, un sistema de edición digital en el que pudiera pulsar una tecla y la secuencia de tiempo se desintegrara para mostrarles simultáneamente todos los cuadros de la memoria que me asaltan en este momento y dejarles elegir las tomas, los diferentes comentarios al margen, las distintas lecturas de las mismas líneas. En este caso, para encontrar el significado, necesito más que palabras. En este caso necesito cualquier cosa que yo crea o me parezca inteligible, aunque sólo sea para mí misma.
Fragmento leído por Josefina Licitra en Lecturas en un minuto deLamujerdemivida.

06 junio, 2015

Declaración de amor ::: Clarice Lispector

DECLARACIÓN DE AMOR

[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para Un soplo de vida.]

Ésta es una confesión de amor: amo la lengua portuguesa. No es ella fácil. No es maleable. Y, como no fue profundamente trabajada por el pensamiento, su tendencia es la de no tener sutilezas y reaccionar a veces con un verdadero puntapié contra los que temerariamente osan transformarla en un lenguaje de sentimiento y vigilancia. Y de amor. La lengua portuguesa es un verdadero desafío para quien escribe. Sobre todo para quien escribe quitando de las cosas y las personas la primera capa de superficialidad.
A veces ella reacciona ante un pensamiento más complicado. A veces se asusta con lo imprevisible de una frase. Me gusta manejarla —como me gustaba estar montada en un caballo y guiarlo con las riendas, a veces lentamente, a veces al galope.
Yo quería que la lengua portuguesa alcanzase lo máximo en mis manos. Y este deseo todos los que escriben lo tienen. Un Camôes y otros iguales no bastaron para darnos para siempre una herencia de lengua ya hecha. Todos nosotros que escribimos estamos haciendo del túmulo del pensamiento algo que le dé vida.
Estas dificultades, nosotros las tenemos. Pero no hablé del encantamiento de lidiar con una lengua que no fue profundizada. Lo que recibí de herencia no me llega.
Si yo fuera muda, y tampoco pudiera escribir, y me preguntaran a qué lengua querría pertenecer, diría: al inglés, que es preciso y bello. Pero como no nací muda y pude escribir, se volvió absolutamente claro para mí que lo que yo quería realmente era escribir en portugués. Y hasta habría querido no haber aprendido otras lenguas: sólo para que mi abordaje del portugués fuera virgen y límpido.


[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para diálogo entre Macabea y Glória en la novela La hora de la estrella]


Esta é uma declaração de amor: Amo a língua portuguesa. Ela não é fácil. Não é maleável. E, como não foi profundamente trabalhada pelo pensamento, a sua tendência é a de não ter sutilezas e de reagir às vezes com um verdadeiro pontapé contra os que temerariamente ousam transformá-la numa linguagem de sentimento e de alerteza. E de amor. A língua portuguesa é um verdadeiro desafio para quem escreve. Sobretudo para quem escreve tirando das coisas e das pessoas a primeira capa de superficialismo. Às vezes ela reage diante de um pensamento mais complicado. Às vezes se assusta com o imprevisível de uma frase. Eu gosto de manejá-la – como gostava de estar montada num cavalo e guiá-lo pelas rédeas, às vezes lentamente, às vezes a galope.
Eu queria que a língua portuguesa chegasse ao máximo nas minhas mãos. E este desejo todos os que escrevem têm. Um Camões e outros iguais não bastaram para nos dar para sempre uma herança da língua já feita. Todos nós que escrevemos estamos fazendo do túmulo do pensamento alguma coisa que lhe dê vida.
Essas dificuldades, nós as temos. Mas não falei do encantamento de lidar com uma língua que não foi aprofundada. O que recebi de herança não me chega.
Se eu fosse muda, e também não pudesse escrever, e me perguntassem a que língua eu queria pertencer, eu diria: inglês, que é preciso e belo. Mas como não nasci muda e pude escrever, tornou-se absolutamente claro para mim que eu queria mesmo era escrever em português. Eu até queria não ter aprendido outras línguas: só para que a minha abordagem do português fosse virgem e límpida.


Crónica del 11 de mayo de 1968, Jornal do Brasil. En: Revelación de un mundo.
Traducción de Amalia Sato



08 marzo, 2015

Selva Almada (Argentina, 1973)



"Cuando empecé la facultad me fui a vivir con una amiga a Paraná, la capital de la provincia, a 200 kilómetros de mi pueblo. Teníamos poca plata, vivíamos en una pensión, bastante ajustadas. Para ahorrar, empezamos a irnos a dedo, los fines de semana cuando queríamos visitar a nuestras familias. Al principio siempre buscábamos algún chico conocido nuestro, también estudiante, que nos acompañara. Después nos dimos cuenta de que nos llevaban más rápido si éramos sólo chicas. De a dos o de a tres, sentíamos que no había peligro. Y en algún momento, cuando ganamos confianza, cada una empezó a viajar sola si no conseguía compañera. A veces, por lo exámenes, no coincidían nuestras visitas al pueblo. 

Nos subíamos a autos, a camiones, a camionetas. No subíamos si había más de un hombre adentro del vehículo, pero excepto eso no teníamos muchos miramientos. En cinco años fui y vine cientos de veces sin pagar boleto. Hacer dedo era la manera más barata de trasladarse y a veces hasta era interesante. Se conocía gente. Se charlaba. Se escuchaba, la mayoría de las veces: sobre todo los camioneros, cansados de la soledad de su trabajo, nos confiaban sus vidas enteras mientras les cebábamos mate. De vez en cuando había algún episodio incómodo. Una vez un camionero mendocino mientras me contaba sus cuitas me dijo que había algunas estudiantes que se acostaban con él para hacerse unos pesos, que a él no le parecía mal, que así se pagaban los estudios y ayudaban a los padres. La cosa no pasó de esa insinuación, pero los kilómetros que faltaban para bajarme me sentí bastante inquieta. Cada vez que me subía a un auto lo primero que miraba era dónde estaba la traba de la puerta. Creo que ese día me corrí hasta pegarme a la ventanilla y directamente me agarré a la manija de la puerta por si debía pegar un salto.

Otra vez un tipo joven, en un coche caro y que manejaba a gran velocidad, me dijo que era ginecólogo y empezó a hablarme de los controles que una mujer debía hacerse periódicamente, de la importancia de detectar tumores, de pescar el cáncer a tiempo. Me preguntó si yo me controlaba. Le dije que sí, claro, todos los años, aunque no era verdad. Y mientras siguió hablando y manejando estiró un brazo y empezó a toquetearme las tetas. Me quedé dura, el cinturón de seguridad atravesándome el pecho. Sin apartar la vista de la ruta, el tipo me dijo: vos sola podés detectar cualquier bultito sospechoso que tengas, tocándote así, ves.

Sin embargo, una sola vez sentí que realmente estábamos en peligro. Veníamos con una amiga desde Villa Elisa a Paraná, un domingo a la tarde. No había sido un buen viaje, nos habían ido llevando de a tramos. Subimos y bajamos de autos y camiones varias veces. El último nos había dejado en un cruce de caminos, cerca de Viale, a unos 60 kilómetros de Paraná. Estaba atardeciendo y no andaba un alma en la ruta. Al fin vimos un coche acercándose. Era un auto anaranjado, ni viejo ni nuevo. Le hicimos seña y el conductor se echó sobre la banquina. Corrimos unos metros hasta alcanzarlo. Iba a Paraná, así que subimos, mi amiga junto al hombre que conducía, un tipo de unos sesenta años; yo en el asiento de atrás. Los primeros kilómetros hablamos de lo mismo de siempre: el clima, de dónde éramos, lo que estudiábamos. El hombre nos contó que volvía de unos campos que tenía en la zona. Desde atrás no escuchaba muy bien y como vi que mi amiga manejaba la conversación, me recosté en el asiento y me puse a mirar por la ventanilla. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que sucedía algo raro. El tipo apartaba la vista del camino e inclinaba la cabeza para hablarle a mi amiga, estaba más risueño. Me incorporé un poco. Entonces vi su mano palmeando la rodilla de ella, la misma mano subiendo y acariciándole el brazo.

Empecé a hablar de cualquier cosa: del estado de la ruta, de los exámenes que teníamos esa semana. Pero el tipo no me prestó atención. Seguía hablándole a ella, invitándola a tomar algo cuando llegáramos. Ella no perdía la calma ni la sonrisa, pero yo sabía que en el fondo estaba tan asustada como yo. Que no, gracias, tengo novio. Y a mí qué me importa, yo no soy celoso. Tu novio debe ser un pendejo, qué puede enseñarte de la vida. Un tipo maduro como yo es lo que necesita una pendejita como vos. Protección. Solvencia económica. Experiencia. 

Las frases me llegaban entrecortadas. Afuera ya era de noche y no se veían ni los campos al borde de la ruta. Miré para todos lados: todo negro. Cuando me topé con las armas acostadas en la luneta del auto, atrás de mi asiento, se me heló la sangre. Eran dos armas largas, escopetas o algo así. Mi amiga seguía rechazando con amabilidad y compostura todas las invitaciones que él insistía en hacerle, esquivando los manotazos del hombre que quería agarrarle la muñeca. Yo seguía hablando sin parar, aunque nadie me prestara atención. Hablar, hablar y hablar, yo que no hablo nunca, un acto de desesperación infinita. Entonces lo mismo que me había helado la sangre, me la devolvió al cuerpo. Yo estaba más cerca que él de las armas. 


Aunque nunca había disparado una. Por fin las luces de la entrada a la ciudad. La YPF adonde paraba el rojo que nos llevaba al centro. Le pedimos que nos bajara allí. El tipo sonrió con desprecio, se corrió del camino y estacionó: sí, mejor bájense, boluditas de mierda. Nos bajamos y caminamos hasta la parada del colectivo. El auto anaranjado arrancó y se fue. Cuando estuvo lejos, tiramos los bolsos al piso, nos abrazamos y nos largamos a llorar."

Fragmento del libro Chicas muertas de Selva Almada

15 febrero, 2015

Misterio en San Cristóbal :: Clarice Lispector / Perfumes de carnaval

MISTERIO EN SAN CRISTÓBAL [CONTINUACIÓN]


 imagen: Antonio Berni




Detrás del vidrio oscuro de la ventana había un rostro blanco mirándolos.
El gallo se había inmovilizado en el gesto de quebrar el jacinto. El toro se había quedado con las manos todavía levantadas. El caballero, exangüe bajo la máscara, había rejuvenecido hasta encontrar la infancia y su horror. El rostro tras la ventana observaba.
Ninguno de los cuatro sabría quién era el castigo del otro. Los jacintos cada vez más blancos en la oscuridad. Paralizados, se miraban.
La simple aproximación de cuatro máscaras en la noche de mayo parecía haber repercutido en huecos recintos y aún en otros más, otros más que, sin ese instante en aquel jardín, quedarían para siempre en ese perfume que hay en el aire y en la inmanencia de cuatro naturalezas que el azar había indicado, señalando la hora y el lugar –todo en lo oscuro era una muda aproximación. Caídos en la emboscada, ellos se miraban aterrorizados: había sido transgredida la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se miraban con las alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y el rostro de la joven habían desatado la maravilla del jardín... Fue cuando la gran luna de mayo apareció.
Era un toque peligroso para las cuatro imágenes. Tan arriesgado que, sin un sonido, cuatro mudas visiones retrocedieron sin dejar de mirarse, temiendo que en el momento en que no se aprisionaran por la mirada, nuevos territorios distantes fuesen heridos y que, después del silencioso desmoronamiento, quedasen los jacintos dueños del tesoro del jardín.  Ningún espectro vio al otro desaparecer porque todos se habían retirado al mismo tiempo, lentamente, en puntas de pie. Apenas quebrado, sin embargo, el círculo mágico de los cuatro, libres de la vigilancia mutua, la constelación se deshizo con terror: tres bultos saltaron como gatos las rejas del jardín, y otro, asustado y agigantado, se apartó de espaldas hasta el límite de una puerta, desde donde, con un grito, se echó a correr.
Los tres caballeros enmascarados, que por la funesta idea del gallo pretendían sorprender en un baile alejado del carnaval, fueron un éxito en la fiesta ya comenzada. La música se interrumpió y los bailarines, aún enlazados, vieron entre risas a los tres enmascarados exhaustos detenerse como indigentes en la puerta. Finalmente, después de varias tentativas, los invitados tuvieron que abandonar el deseo de convertirlos en reyes de la fiesta porque, asustados, los tres no se separaban: uno alto, uno gordo y uno joven, uno gordo, uno joven y uno alto, desequilibrio y unión, los rostros sin palabras debajo de las tres máscaras que vacilaban independientes.
Mientras tanto, la casa de los jacintos se había iluminado toda. La joven estaba sentada en el comedor. La abuela, con sus cabellos blancos trenzados, sujetaba un vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija, mientras el padre recorría la casa. La joven no sabía explicar nada: parecía haberlo dicho todo en su grito. Su rostro se había empequeñecido, claro –toda la construcción laboriosa de su edad se había deshecho, era otra vez una niña. Pero en la imagen rejuvenecida de otra época, para horror de la familia, un hilo blanco había aparecido entre los cabellos de la frente. Como persistiera en mirar en dirección a la ventana, la habían dejado sentada reposando, y con candelabros en la mano, estremeciéndose de frío en los camisones, habían salido de expedición por el jardín.
Enseguida las velas derramaban su luz danzando en la oscuridad. Enredaderas alambradas se encogían, los sapos saltaban iluminados entre los pies, los frutos se doraban por un instante entre las hojas. El jardín, despierto del sueño, ora se engrandecía, ora se extinguía; las mariposas volaban sonámbulas. Finalmente, la vieja, buena conocedora de los canteros, apuntó a la única señal visible en el jardín que rehuía: el jacinto todavía vivo quebrado en el tallo... Entonces era verdad: algo había sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando.
Sólo los tres niños dormían aún más profundamente.
La joven poco a poco recuperó su verdadera edad. Sólo ella vivía sin escrutarlo todo. Los otros, que nada habían visto, se tornaron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era el frágil producto de muchos cuidados y de algunas mentiras, todo se deshizo y tuvo que rehacerse casi desde el principio: la abuela, otra vez dispuesta a ofenderse, el padre y la madre cansados, los niños insoportables, toda la casa pareciendo esperar que una vez más la brisa de la opulencia soplase después de la cena. Lo que sucedería tal vez en otra noche de mayo.   



Clarice Lispector


Misterio en San Cristóbal :: Clarice Lispector / Perfumes de carnaval

"Misterio en San Cristóbal" es un misterio para mí; fui escribiéndolo tranquilamente, como quien desenrolla un ovillo de hilo. No encontré la menor dificultad. Creo que la ausencia de dificultad vino de la propia concepción del cuento: su atmósfera tal vez necesitara de esa actitud mía de apartamiento, de cierta no-participación. La falta de dificultad capaz de haber sido técnica interna, manera de abordar, delicadeza, distracción fingida”. #ClariceLispector



MISTERIO EN SAN CRISTÓBAL [PARTE I]

En una noche de mayo –los jacintos rígidos cerca de la ventana– el comedor de una casa estaba iluminado y tranquilo.
          Alrededor de la mesa, por un instante inmovilizados, se encontraban el padre, la madre, la abuela, tres niños y una jovencita de diecinueve años. El rocío perfumado de San Caristóbal no era peligroso, pero el modo en que las personas se agrupaban en el interior de la casa tornaba arriesgado lo que no fuese el seno de una familia en una noche fresca de mayo. No había nada especial en la reunión: acababan de cenar y conversaban a alrededor de la mesa, los mosquitos en torno a la luz. Lo que volvía particularmente opulenta la cena, y tan despreocupado el rostro de cada persona, era que después de muchos años finalmente casi se palpaba el progreso de la familia: ya que en una noche de mayo, después de la cena, he aquí que los niños han ido cada día a la escuela, el padre conserva los negocios, la madre ha trabajado durante años en los partos y en la casa, la jovencita está equilibrándose en la delicadeza de su edad, y la abuela encontró su manera de ser. Sin darse cuenta, la familia miraba feliz el comedor, atentos al raro momento de mayo y su abundancia.
          Después cada uno se fue a su cuarto. La vieja se tendió gimiendo con benevolencia. El padre y la madre, cerradas todas las puertas, se acostaron pensativos y se adormecieron. Los tres niños, eligiendo las posiciones más difíciles, se quedaron dormidos en tres camas como en tres trapecios. La jovencita, en su camisón de algodón, abrió la ventana del cuarto y aspiró todo el jardín con insatisfacción y felicidad. Perturbada por la armónica humedad, se acostó prometiéndose para el día siguiente una actitud enteramente nueva que estremeciera los jacintos e hiciera que las frutas se conmovieran en las ramas –y en medio de su meditación se adormeció.
          Pasaron las horas. Y cuando el silencio parpadeaba en las luciérnagas –los niños suspendidos en el sueño, la abuela rumiando un sueño difícil, los padres cansados, la jovencita adormecida en medio de su meditación– se abrió la casa de una de las esquinas y de ella salieron tres enmascarados.
          Uno era alto y tenía una cabeza de gallo. El otro era gordo y se había vestido de toro. Y el tercero, más joven, a falta de ideas se había disfrazado de caballero antiguo y se había puesto una máscara de demonio, detrás de la cual surgían sus ojos cándidos. Los tres enmascarados cruzaron en silencio la calle.
          Cuando pasaron por la casa oscura de la familia, el que era un gallo y tenía casi todas las ideas del grupo, se detuvo y dijo:
―Miren.
          Los compañeros, que se habían vuelto pacientes por la tortura de la máscara, miraron y vieron una casa y un jardín. Sintiéndose elegantes y miserables, esperaron resignados que el otro completara el pensamiento. Finalmente el gallo agregó:
          ―Podemos cortar jacintos.
Aprovecharon la parada para examinarse, desolados, y buscar un modo de respirar mejor dentro de las máscaras:
          ―Un jacinto para que cada uno lo prenda a su disfraz ―concluyó el gallo.
          El toro se agitó inquieto ante la idea de tener que cuidar de un adorno más durante la fiesta. Pero, luego de un instante en que los tres parecían meditar profundamente para resolver la situación, sin que en verdad pensaran en cosa alguna, el gallo se adelantó, subió ágil por la reja y pisó la tierra prohibida del jardín. El toro lo siguió con dificultad. El tercero, pese a que dudaba, de un solo salto se encontró en el centro mismo de los jacintos, con un ruido sordo que hizo que los tres esperasen asustados: sin respirar, el gallo, el toro y el caballero del diablo escrutaron lo oscuro. Pero la casa continuabas entre penumbras y sapos. Y, en el jardín sofocado de perfume, los jacintos se estremecían inmunes.
          Entonces el gallo avanzó, podía cortar el jacinto que estaba al alcance de su mano. Los mayores, sin embargo, que se erguían cerca de la ventana –altos, rígidos, frágiles– cintilaban llamándolo. Hacia allí se dirigía el gallo, en puntas de pie, y el toro y el caballero lo acompañaron. El silencio los vigilaba.
Apenas había quebrado el tallo del jacinto más grande, el gallo se interrumpió helado. Los otros dos se detuvieron con un suspiro que los sumergió en ensoñación.


Cuento extraído de: Lazos de familia [1972] / Clarice Lispector, Buenos Aires: El cuenco de plata, 2010.



13 febrero, 2015

MILDRE HERNÁNDEZ (CUBA) Y ADELAIDA FERNÁNDEZ (COLOMBIA) - 56 PREMIO CASA DE LAS AMÉRICAS


Adelaida Fernández Ochoa, la escritora vallecaucana fue la ganadora del Premio Casa de las Américas en la categoría Novela, con la obra la La hoguera lame mi piel con cariño de perro, una historia que involucra fragmentos de la vida de la esclava de la historia de Jorge Isaacs.
El fallo del jurado distinguió la novela "por proponer una vuelta a África como un mítico retorno, en un tránsito que desarma con lúcida reflexión el conjunto de ilusiones que articulan el pensamiento esclavista”. 

"¿A qué hace referencia el título de la novela?

En el título de mi novela crepita la hoguera primigenia, la misma que nos hizo humanos, ella contiene todas las hogueras buenas, por fuera quedan la inquisición y los incendios. Esa hoguera también es la Casa. La casa de Nay y de la humanidad.

¿Cómo surgió la idea de plantear una historia a partir del personaje de la novela de Jorge Isaacs?

Se trata de la Otredad (condición de ser otro) que narra la historia no contada. Nay, en mi novela, es dueña de la palabra y de su vida, Nay se debe a sí misma. Esto no había sucedido en la novela colombiana. Ni Nay en ‘María’; ni Dominga de Adviento en ‘Del amor y otros demonios’; ni Sacramento o Narcisa en ‘La marquesa de Yolombó’; ni Andrea o Martina en ‘El alférez Real’; ni Rosa o Pía en ‘Manuela’; Ni Carmelita Durán en ‘Risaralda’ se narran a sí mismas. Analia Tu Bari, en La ceiba de la memoria, se narra pero se sienta de espaldas al mar que es símbolo de libertad suprema. Keyla, en Rencor, se narra pero ella es un Cristo sin redención. Y en Changó, el gran putas, la figura femenina es secundaria, ella da testimonio de la hazaña masculina. Todas esas novelas tienen la particularidad de ser escritas por grandes escritores. Todos hombres". 



Por su parte, Mildre Hernández, escritora cubana, recibió el Premio Casa de las Américas por su obra “El niño congelado”, en la categoría de Li­teratura para niños y jóvenes.

El jurado decidió por unanimidad otorgar el reconocimiento a El niño… por tratarse de “una obra risueña, paródica y desprejuiciada donde se muestra una cotidianidad que no es tranquilizadora, sino más bien surrealista, donde todo está a la vista del que quiera enterarse, sin mensajes aleccionadores, mediante guiños a una realidad plena de conflictos y contradicciones".


"-¿Existe para ti una literatura infantil? ¿Una LITERATURA? o simplemente ¿Literatura para personas?
Toda la literatura es para personas. Pero sí existe una para niños y una para adultos. Son códigos diferentes. No se le puede leer a un niño de cinco años, antes de dormir, capítulos de Ulises de Joyce o La montaña mágica de Thomas Mann… Ahora bien, un adulto sí puede deleitarse con filme de dibujos animados o con un cuento de Andersen. Y es que la buena literatura hecha para niños, sin ñoñerías ni falsas moralejas, es bien acogida por los adultos. Es ahí donde, en mi opinión, radica la grandeza de esta.
-¿Qué piensas de la infancia?
Tendría que volver a la mía para valorar muchas cosas de mi adultez con las que he tenido que convivir. Para muchos es la mejor etapa del ser, para mí la más triste, pues el niño está sometido a los caprichos, miedos, represiones y manipulaciones del adulto. Se menciona constantemente la ingenuidad en la infancia como el rasgo más bello, pero, en mi opinión, no es tan así. El niño no es muy ingenuo, lo que es muy indefenso y eso lo hace parecer ingenuo.
-¿Cómo concibes idealmente a un autor para niños?
Sin niños en su casa (ja, ja) ¿Para mí?: sincero con su obra, consecuente con su tiempo, que ponga su pasión por encima de su oficio (o al menos a la par).
-¿Reconoces en tu estilo alguna influencia de autores clásicos o contemporáneos?
Clásicos: Andersen. Creo parecerme mucho, sobre todo en los inicios, o cuando toco los temas del desamor o de los objetos que cobran vida. Contemporáneos: no lo sé, no se es completamente único. Todos bebemos de todos. Hasta las cervezas…
-¿Cuáles fueron tus lecturas de niña?
Ninguna. No leía. Solo los libros de clases y porque mi madre y la maestra me obligaban. La primera con un cinto, la segunda con una regla. Prefería mataperrear con los niños del barrio. También vivía en un campo con once casas, veintidós campesinos y cuatro vacas. Un libro era un objeto raro. Tenía uno solo con cinco páginas y… ¡ruso!" 





06 octubre, 2014

ANA PAULA MAIA (Brasil, 1977)



C  A  R  B  Ó  N    A  N  I  M  A  l
El fuego se multiplica siempre en fuego, y lo que lo mantiene vivo es el oxígeno, lo mismo que mantiene vivo al hombre. Sin oxígeno el fuego se extingue, y el hombre también. Así como el hombre, el fuego necesita alimentarse para permanecer ardiendo. Vorazmente devora todo alrededor. Si el hombre es sofocado, muere porque no puede respirar. La llama, si es apagada, muere también.
[…]
Las llamas se mantienen encendidas mientras queman un pedazo de madera, un colhón, cortinas, entre otros productos inflamables. Incluso, los seres humanos son un producto inflamable que mantiene al fuego crepitando por mucho tiempo. Ambos sobreviven de lo mismo, y, cuando se encuentran, quieren destruírse uno al otro; consumirse uno al otro. El hombre descubrió el fuego y desde entonces pasó a dominarlo. Pero el fuego nunca se dejó dominar.
[…]
El planeta es mensurable y transitorio. Así como el espacio para almacenar basura está acabándose, para inhumar los cadáveres también. De aquí a algunas décadas o unos cien años habrá más cuerpos debajo de la tierra que encima de ella. Estaremos pisando nuestros antepasados, vecinos, parientes y enemigos, como pisamos césped seco, sin importarnos. El suelo y el agua estarán contaminados por  necro cromo, un líquido que sale de los cuerpos en descomposición y que posee sustancias tóxicas. La muerte todavía puede generar muerte. Ella se esparce hasta cuando no es percibida.
[…]
Abalurdes es una ciudad clavada en un peñasco. El río está muerto y refleja el color del sol. No hay peces y las aguas están contaminadas. El cielo, incluso cuando es azul, se carboniza cuando cae la tarde. Una región cenagosa y helada los días de frío. En las áreas más alejadas todavía existen casas de albañilería, que son simples y descoloridas. La pavimentación es precaria en algunas partes aisladas de la ciudad, con resquicios de antiguo asfalto. La ruta principal está mal iluminada, sin señalización y con curvas pronunciadas que bordean largos despeñaderos.
Abalurdes es una región carbonífera. Funciona un ferrocarril que transporta el carbón mineral explotado en el territorio. El tiempo de explotación ya dura cincuenta años; el tiempo en que las miles de toneladas de carbón mineral siguen siendo extraídas.
Los hombres que viven en la región vuelven de las minas irreconocibles, revestidos de un hollín denso. Por todo el lugar la fina capa de de cenizas cubre las superficies. La otra parte de los trabajadores vive en alojamientos cercanos a las minas.
[…]
La oscuridad de una mina es húmeda, con constantes ruidos de goteras, inminencia de desmoronamiento y un aire muy pesado. Es una oscuridad que comprime los sentidos. Que dificulta la respiración. Poco a poco esos hombres se vuelven parte de ella; cubiertos por las sombras tóxicas del aire contaminado. Cuando está fuera de la mina, a Edgar Wilson le gusta prender un cigarrillo. Se acostumbró al sabor del hollín, a lo quemado, al fuego.  Con los hombres del alojamiento aprendió a fumar. Sin embargo, algunos hombres fuman dentro de la mina. Es imposible controlarlos a todos. Es difícil tratar con peones. Son hombres brutos, de índole primaria y reacios a la obediencia. Lidiar con peones es como apacentar burros en el desierto. El lugar de una mina de carbón es una especie de desierto. Aislado, sofocante, mucho polvo, e, incluso con tantos trabajadores, existe la soledad. La inmensidad de las extensas proporciones de tierras alrededor puede aplastar la condición humana que existe hasta en el más bruto de los hombres. Los burros son animales difíciles de dominar. Indomables, intentan derribar a quien se monte en ellos; y cuando lo derriban, lo pisotean y encima buscan morderlo. Son bestias en muchos sentidos, esos hombres y los burros.
Luego de tres horas escavando una pared de carbón incesantemente, Edgar Wilson para por poco tiempo para beber agua. El trabajo de los hombres de esa galería ya rindió dos vagones de carbón que son empujados sobre vías por dos hombres responsables por esta tarea. El sonido de los mazazos perforando el carbón es interminable. Todas las noches, cuando todo alrededor hace silencio, él puede oírlas. Edgar Wilson tiene una sensación eternizada por algunos escasos segundos. Es un extraño presentimiento el que lo hace mirar hacia atrás, encima del hombro. Una suave corriente de aire pasa por su espalda, muy suave, pero perceptible para sus sentidos aguzados. Las sombras se hacen todavía mas densas. Cuando se escava el carbón mineral, puede liberarse gas grisu, que es inodoro y formado por gas metano. Al ser inhalado no causa mareo ni otro síntoma, pero es de fácil combustión cuando se acumula en grandes cantidades. Una simple chispa de una lámpara sirve de mecha para la explosión. Los extractores que están dentro de la mina estuvieron apagados por dos días por la escasez de energía eléctrica y volverían a funcionar al fin de la tarde. Fue una ráfaga de viento que arrojó a los hombres a distancias de diez o doce metros y los apuntalamientos comenzaron a desmoronarse. El gas en combustión quema y provoca la muerte por sofocamiento, además de ser venenoso. Edgar Wilson abre los ojos, pero está ciego debido a la extrema oscuridad. Su linterna despareció cuando fue arrojada hacia las profundidades de la Tierra como un habitante de las fallas subterráneas. Sin vestigio mínimo de la luz, se levanta del charco de agua y lodo hacia donde fue lanzado. Haber caído en un charco de esos evitó que se quemara. Él sólo oye gritos de socorro, gemidos sofocados y se aterra por primera vez en toda su vida. Trata de guiarse por el sonido de las goteras. El humo es tan pesado y sólido como un muro de cemento. Se quita la camisa, la moja en el charco y la pone contra su cara en una especie de filtro para poder respirar.
Es imposible pensar en buscar a alguien en esas circunstancias, él necesita salir para volver y buscar a los demás. Piensa en todos los hombres que están allí abajo, que trabajaban como él. Balbucea una oración aferrado a una medalla en el cuello. Rompe la nube de humo mientras avanza contra ella y su esfuerzo hace que la atraviese impetuoso. La respiración parece extinguirse y la cabeza le late. Edgar avanza y siente el pecho dolorido, pesado, las piernas torpes. Sigue orando por el camino tenebroso y tocando los apuntalamientos destruídos. Camina ciego sin saber dónde queda la entrada del túnel. En la entrada principal, a la espera de socorro, hay otros hombres. Ellos se recogen en el suelo aterrados y solamente aguardan. Edgar Wilson cierra los ojos y piensa en el cielo azul. Si muriera, moriría con este recuerdo. Si saliera de allí, nunca más invadiría las entrañas de la Tierra y trabajaría bajo el sol todos los días. Nunca más se ausentaría de él.

de Carvão animal, (Editora Record,2009)
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