Peligrosas palabras

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18 mayo, 2008

Marta Urtazun

Mujer


Siempre quise enamorarme de un hombre que no tuviera ombligo. Y lo encontré luego de haberlo buscado, sin admitirlo, durante un largo tiempo. Muchas veces frustré relaciones amorosas contundentes que tenían ombligos arrasadores.
Uno de esos amores abandonados descubrió mi debilidad y quiso desacreditarme. Para eso me comparó con “las mujeres que no saben volar”. Minimizó mi deseo con argumentos falaces: sólo los poetas le ponen nombre a deseos celestiales. Razón siguiente, me acusó de ser subterránea y mezquina por ambicionar a un hombre sin historia.
Mi hombre desombligado tiene historia. Todos tenemos una o la inventamos. No sé si la suya es verdadera pero a mí me alcanza recorrer su cuerpo y besar la lisura de su abdomen. Sin centro ni márgenes. Es un cuerpo sin dobleces. Puedo empezar a amarlo desde cualquier sitio porque está inevitablemente desnortado. Sin recuerdos y con la creencia de que solo nace cada vez que nos amamos.

26 abril, 2008

Fragmento de "La casa de los conejos" de LAURA ALCOBA


Te preguntarás, Diana, por qué dejé pasar tanto tiempo sin contar esta historia. Me había prometido hacerlo un día, y más de una vez terminé diciéndome que aún no era el momento.
Había llegado a creer que lo mejor sería esperar a hacerme vieja, y aun muy vieja. La idea me resulta extraña ahora, pero durante largo tiempo estuve convencida.
Debía esperar a quedarme sola, o casi. Esperar a que los pocos sobrevivientes ya no fueran de este mundo o esperar más todavía para atreverme a evocar ese breve retazo de infancia argentina sin temor de sus miradas, y de cierta incomprensión que creía inevitable.Temía que me dijeran:“¿Qué ganás removiendo todo aquello?”.Y me abrumaba la sola perspectiva de tener que explicar. La única salida era dejar hacer al tiempo, alcanzar ese sitio de soledad y liberación que, así lo imagino, es la vejez. Eso pensaba yo, exactamente.
Y luego, un día, ya no pude tolerar la idea. De pronto, ya no quise esperar a estar tan sola, ni a ser tan vieja. Como si no me quedara tiempo.

Ese día, estoy convencida, se corresponde con un viaje que hice a la Argentina, en compañía de mi hija, a fines del año 2003. En los mismos lugares, yo investigué, encontré gente. Empecé a recordar con mucha más precisión que antes, cuando sólo contaba con la ayuda del pasado.Y el tiempo terminó por hacer su obra más rápidamente que lo que yo había imaginado jamás: a partir de entonces, narrar se volvió imperioso.
Aquí estoy. Voy a evocar al fin toda aquella locura argentina, todos aquellos seres arrebatados por la violencia. Me he decidido, porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque ahora sé que no hay que olvidarse de los vivos. Más aún: estoy convencida de que es imprescindible pensar en ellos. Esforzarse por hacerles, también a ellos, un lugar. Esto es lo que he tardado tanto en comprender, Diana. Sin duda por eso he demorado tanto.
Pero antes de comenzar esta pequeña historia, quisiera hacerte una última confesión: que si al fin hago este esfuerzo de memoria para hablar de la Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror, desde la altura de la niña que fui, no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco.

La Plata, Argentina, 1975.
Todo comenzó cuando mi madre me dijo: “Ahora, ¿ves?, nosotros también tendremos una casa con tejas rojas y un jardín. Como querías”.
Hace ya varios días que vivimos en una nueva casa, lejos del centro, a orillas de los inmensos terrenos baldíos que rodean La Plata –esa franja que ya no es la ciudad ni es, aún, el campo. Frente a la casa hay una antigua vía de ferrocarril desafectada, basuras y desechos
abandonados, al parecer, hace ya mucho tiempo.
De cuando en cuando, una vaca. Hasta hace muy poco, vivíamos en un pequeño departamento de una torre de hormigón y vidrio de
la Plaza Moreno, justo al lado de la casa de mis abuelos maternos, frente a la Catedral.
Allá, a menudo, yo soñaba en voz alta con la casa en que hubiera querido vivir, una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como ésas que se ven en los libros para niños. Una casa como aquéllas, también, que yo me paso el día dibujando, con un enorme sol muy amarillo encima y un macizo de flores junto a la puerta de entrada.
Tengo la impresión de que ella no ha comprendido bien. Referirme a una casa de tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes; lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que uno encuentra en gruesos libros de cocina, con láminas relucientes, llenas de fotos. Una madre elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto. O botas de cuero marrón, y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego.O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo, no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo hemos podido entendernos tan mal; o si en cambio ella se obliga a creer que mi único sueño, el mío, está hecho de jardín y color rojo.
Por otro lado, era un perro lo que yo más quería. O un gato.Ya no sé.
*
Mi madre se decide finalmente a explicarme, a grandes rasgos, lo que pasa. Hemos tenido que dejar nuestro departamento, dice, porque desde ahora los Montoneros deberán esconderse. Es necesario, ciertas personas se han vuelto muy peligrosas: son los miembros de los comandos de las AAA, la Alianza Anticomunista Argentina, que “levantan” a los militantes como mis padres y los matan o los hacen desaparecer. Por eso debemos refugiarnos, escondernos, y también resistir. Mi madre me explica que eso se llama “pasar a la clandestinidad”. “Desde ahora viviremos en la clandestinidad.” Esto, exactamente, es lo que dice. Yo escucho en silencio. Entiendo todo muy bien, pero no pienso más que en una cuestión: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy a hacer para ir a clase? “Para vos, eso será como antes. Con que no digas a nadie dónde vivimos, ni siquiera a la familia, suficiente. Todas las mañanas te vamos a subir al micro.Vas a
bajar solita en Plaza Moreno: ya conocés el lugar. El micro para justo en la puerta de los abuelos. Ellos se van a ocupar de vos durante el día.Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche.”
*
Voy sola en un colectivo refulgente, todo festoneado de motivos rojo y plata, pero no por eso menos destartalado y zangoloteante. Las manos gruesas del chofer aferran un manubrio forrado en tela de alfombra de color verde y naranja.A su izquierda, como en casi todos los colectivos, cuelga una foto de Carlitos Gardel, con su eterno pañuelo blanco al cuello y su sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Más allá, una imagen de la Virgen de Luján, esa diminuta señora apenas visible bajo su manto celeste con arabescos de oro, aplastada por una corona de piedras preciosas, ensartada por los gruesos rayos que emite su propio cuerpo glorioso. Hay también calcomanías para advertir a los pasajeros que el chofer es “hincha” de Gimnasia y Esgrima de la Plata.Y por si no ha quedado claro, un banderín de flecos desteñidos
adosado al respaldo de su asiento. En cuanto a la franja autoadhesiva con los colores de la bandera argentina, en la parte superior del parabrisas, ésa sí es idéntica a la que pegan todos los colectiveros de la ciudad, ya sean de Estudiantes o incluso de Boca Juniors, el
gran club de fútbol de Buenos Aires.
En el barrio donde vivimos ahora, la calle está como bombardeada de baches hondísimos entre los que el colectivo y los autos tratan de abrirse un camino lo más clemente posible. Por suerte, los barquinazos se hacen más esporádicos a medida que nos acercamos al centro, a la Plaza Moreno.
*
Del altillo secreto que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos.
Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos.
Mamá me contó de un niño que había visto el escondite que sus padres camuflaban detrás de un cuadro. Pero los padres se habían olvidado de explicarle hasta qué punto es importante callar. Era un niño muy pequeño, que apenas sabía hablar. Seguramente, habrían creído que no era necesario, que él no podía decir nada a nadie o que, de todas maneras, no podría comprender sus advertencias.
Cuando los hombres de la policía llegaron a la casa, revolvieron todo, y no encontraron nada. Ni una sola arma, ni el periódico de la organización, ni siquiera un libro prohibido. ¡Y eso que hay muchos,muchísimos libros en su lista...! Nada de lo que veían en aquella casa podía considerarse “subversivo”.Y es que a nadie de aquella “patota” se le había ocurrido, claro, mirar detrás del cuadro.
Cuando ya estaban por salir, casi en el umbral de la puerta de calle, uno de ellos volvió sobre sus pasos. De pronto se había dado cuenta de que durante toda la requisa, el niño aquel, ese bebé que sabía apenas unas pocas palabras, había señalado el cuadro con el dedo, diciendo a media lengua ¡Ahí! ¡Ahí! El hombre descolgó el cuadro.Todos están presos ahora, por culpa del niño que apenas sabía hablar.
Pero mi caso, claro, es totalmente diferente.Yo ya soy grande, tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una persona mayor. Los hace reír que sepa el nombre de Firmenich, el jefe de los Montoneros, e incluso la letra de la marcha de la Juventud Peronista, de memoria.A mí ya me explicaron todo.
Yo he comprendido y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas.Yo, yo he comprendido hasta qué punto callar es importante.
*
Por fin llego a casa de mis abuelos. Una vez más, me recibe la voz de Julio Sosa. Mi abuelo escucha tangos cada mañana, antes de partir a Buenos Aires, donde tiene su estudio. Mi abuelo es abogado, pero no se ocupa de política. No, él no quiere líos. Desde siempre ha defendido
a contrabandistas, estafadores, ladrones de todo tipo. Siente una profunda ternura por esos “atorrantes” que le suelen profesar, en reciprocidad, una especie de devoción fraternal. Es verdad que una vez uno de ellos, huésped temporario de su casa, desapareció llevándose
con él la bañadera. Pero aquí nadie detesta a otro por haber caído en la tentación. Era una bañadera hermosa, toda de mármol, una verdadera pieza para coleccionistas.

Fragmento de "La casa de los conejos" , Laura Alcoba, Edhasa, 2008



La escritora argentina Laura Alcoba(© Gallimard)
"Voy a evocar esa locura argentina y a todas esas personas que fueron arrastradas por la violencia. Me he decidido por fin a hacerlo porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque sé que no hay que olvidar a los sobrevivientes", escribe Laura Alcoba en Manèges, un conmovedor relato autobiográfico escrito en francés y editado en 2007 por las ediciones Gallimard. El libro en su versión en castellano llevará el título original, El embute, mientras que en inglés se llamará La casa de los conejos. Laura Alcoba, nacida en Argentina en 1968, es hoy catedrática universitaria y especialista del teatro español del Siglo de Oro. Sus padres eran militantes de la organización insurreccional peronista Los Montoneros y en 1976, cuando se desató la guerra sucia, vivió unos meses en el "embute" (un lugar escondido) donde su madre, clandestina, imprimía Evita Montonera. "Yo fui a buscar cosas que estaban en un lugar escondido", dice Laura Alcoba, quien dejó el "embute" unos meses antes de que fuera invadido por los militares. "Cómo se sobrevive es algo que me obsesiona desde esos años", confiesa esta escritora argentina que es también una sobreviviente. «Rechazo la teoría de los dos demonios, que ve en lo que ocurrió en Argentina el enfrentamiento entre dos campos igualmente violentos pero tampoco idealizo la lucha armada", precisa la autora de esta "pequeña historia argentina".
Entrevistada: Laura Alcoba, hispanista de origen argentino, especialista del teatro español del Siglo de Oro, autora de Manèges o El embute.


*Por GABRIEL BÁÑEZ (aparecido en El Dia del sábado 26.04.2008 )
Bello, doloroso relato que Laura Alcoba nos acerca sobre "La casa de los conejos", ubicada en la manzana de 29, 30, 55 y 56, la que hoy es patrimonio y memoria del tiempo de la iniquidad vivida por los argentinos durante la dictadura. Allí la narradora niña (Alcoba aún lo es en la mirada) vivió parte de su infancia y es su testimonio, inocente y crucial, el que da estructura a esta excelente novela que habla de la clandestinidad, de la conciencia y del temor, pero, sobre todo, de la esperanza de unos ojos infantiles por seguir abiertos. Hay una conmovedora belleza en cada una de las descripciones de la autora, una dignidad sobrecogedora y, más aun, un delicado registro de continuos descubrimientos y asombros que dan espacio a la fidelidad de conciencia. Entre la muerte y las muñecas, no hay casi transición. Voz que dice: "Finalmente, he ido a la cárcel a ver a mi padre con mis abuelos paternos. Un gran patio empedrado. Un día hermosísimo..." Trazos simples, conmovedores, que hablan de una época en la que había que caminar a contramano, mirar al bies y sospechar de cada sonido nocturno o presencia. Subvirtiendo crucigramas por rayuelas Laura Alcoba ha echado a andar su memoria y en voz muy queda y lúcida ésta nos cuenta el horror vivido. Estremece porque lo hace en tono muy íntimo, sin golpes bajos, tutelada por la entrañable voz en español de Leopoldo Brizuela, su traductor. "La casa de los conejos" tiene ese registro singular, definitivo, de las obras que trascienden: son muchas voces las que su voz representa.

30 marzo, 2008

Liliana Pualuán (Chile)

LA HUESCA
En Pueblo siempre había alguien que avistaba el horizonte.
Esa madrugada don Ramiro lo escudriñó mas allá, con sus ojillos vivaces. Tenía la boina, heredada por generaciones, encajada hasta las orejas, sobre su largo cabello blanco Lo surcaba la expresión nostálgica de hijo de hijo de hijo de emigrantes aragoneses: quedó como una marca en su rostro. Una manta de Castilla lo cubría.
- ¡Que la Huesca viene! -gritó de pronto don Ramiro con el acento español que revelaba su ascendencia - ¡Que la Huesca viene -fue pregonando esa madrugada por las calles de Pueblo- ¡Que viene, ¡que viene! ¡Que la Huesca viene, y que viene con bandera blanca! ¡ Y que por el río viene, que ya viene! ¡La Huesca! ¡la Huesca!
Don Ramiro se dirigió al campanil sin dejar de pregonar. Hizo repicar las campanas, y un lamento ya conocido atravesó las casas de Pueblo, estremeciendo a los pueblinos
- ¡Que la Huesca viene! ¡Que viene!
Las campanas, con notas lentas y tristes, atravesaron una otra a vez la campiña y a los pueblinos
Se iluminaron las casas: la serial golpeó huertas y ventanas.
- ¡Alguien no despertó hoy! -dijo doña Manirrota
- ¿Quién será el finao? - exclamó doña Sabañona, preocupada.
- ¿A quien tocó la Parca? - cantó doña Alba
Se asomó la Fiura con su falda roja y cabello en desorden; salía de su descanso mítico.
Se asomó el señor Relegado con su sombrero de copa y su violín.
El señor Escribidiario dejó sus papeles por un instante.
El señor Traba detuvo su constante movimiento.
Doña Manilarga desenrolló su brazo para abrir la ventana; la voz de don Ramiro llenó de golpe la habitación:
- ¡Que la Huesca viene! ¡Que viene!
Hasta el señor Danaides dio un minuto a sus oídos para recibirla señal de las campanas y el pregón de don Ramiro.
-Death is coming- murmuró sir Hilo al escucharlo.
Se reunieron niños en la calle.
-La Huesca, la Huesca y con bandera blanca cantaron danzando hacia el río
- La Huesca, la Huesca - repitió doña Eufrasia, entre el fuelle de sus labios, como tragándose las palabras.
Como sucedía en esas ocasiones, los pueblinos se dirigieron hacia el río: los que miran hacia abajo, el marqués de Atril, el señor Fango, Neptis, la señorita Philesia, el capitán Palinuro, el deshollinador Cantilagua, la niña Cydonia: todos fueron, grandes y chicos. Los que no fueron observaban el movimiento desde sus ventanas.
La Huesca se acercaba muy segura zarandeando los remos, que parecían plumas en sus manos; la túnica de arpillera se veía húmeda sobre su largo y huesudo cuerpo: era flaca, alta, de frente grande; tenia ojos verdes como las algas verdes; su rostro era cetrino y huesudo de rasgos marcados, duros y con una leve sonrisa en la que asomaban los dientes blancos apenas cubiertos por sus labios delgados. El cabello largo y gris en una trenza le llegaba hasta la cintura. Sabia encontrar los cuerpos que arrastraba la corriente, y ese era su oficio.
-¿Quiénes son? - preguntó uno de los estibadores que se acercó al bote de doña Huesca para ayudar a desamarrar los muertos.
Doña Huesca era de pocas palabras: sólo le señaló los cuerpos.
Se escuchó un murmullo: los estibadores levataron los cuerpos
-¿Ajuerinos? – preguntó alguien
- El Turista con su hijo - afirmó un policía
- ¿Quienes son? - preguntó el señor Gedezona
La Huesca hizo un gesto de ignorancia y muchos pueblinos lo repitieron.
Se acercó don Tepa, el carpintero hacedor de botes y ataúdes; tomó las medidas de los cuerpos. El niño estaba amarrado al padre.
- Se les voltió el bote en el Correntoso - afirmó don Pletorio.
- Así ha debido de ser - respondió la enana Eumarginula.
Doña Huesca los había encontrado enredados entre los sauces y arrayanes que están inclinados en las orillas.
- Vienen de quién sabe donde - dijo alguien
- Nadie preguntó nada - dijo otra voz de los pueblinos.
- Se jueron, se jueron - dijo otra voz -, y ya no han de regresar.
En eso llegó el cura que bendijo al padre y al hijo, primero; a la multitud después; nadie dijo nada
Nadie se atrevió a desatar al hijo del padre Así los encontró la Huesca, y así los dejaron La Huesca bajó la bandera blanca y remó de regreso, el agua salpicaba su rostro cetrino; la túnica de arpillera se bamboleaba al viento.
La Huesca, que vivía en el agua más que en tierra, se fue alejando.
Algunos pueblinos siguieron al cura, otros regresaron a sus casas, las rondas se deshicieron.
- ¡Que se fue la Huesca! - repitió don Ramiro- ¡que se fue, que ya se fue!
Silenciosas golondrinas dibujaron pequeños arcos blanquinegros sobre las nubes grises.
de La Huesca y otros relatos, Ed. Rumbos, 1995
Liliana Pualuán vivió su infancia en Puerto Aysén. Ha publicado cuentos, novela, participado en antologías, ferias del libro y talleres literarios.

22 marzo, 2008

Stella Calloni (Argentina)


EL HOMBRE QUE FUE YACARÉ

Venía desde lejos, desde el sertâo de Brasil, así lo dijo. Ojos añorazados en el alma solitaria. Ni por más de sentir le di pan, palabras mías. El miraba a lo hondo, como cavando mi alma en pena, en luces. Alma en luces pareció verme. Breñales de los suyos propios andares quedaron prontamente en mí. Sentido que hubo las doloranzas o dolores de los propios sertâos, los de su cuerpo, la piel juntada a sí mismo, la piel seca, los soles secando la piel suya, muy propia, oscura, o quien sabe qué formas de su tristeza. Fue que el hombre anduvo en mis alrededores, de mí cavándolo todo, mis cuentos, mi risa, mi piedad, mis temblores. Todo cavándolo, a su manera, a sus formas de mirar, hondo, sin decires, sin sutilezas, formas, para mí, profundas de mirar. Eso administró mis sentidos. Cayuquito de sus soledades él mismo queriéndome, dijo. Esto lo expresaba con todo su cuerpo, sus largas manos, su lengua en mi cuello. Dio en sentarse por fin sobre los tristes muebles, apenas un catre de lona vieja, sillas de totora, el ropero que mi padre trajo desde Areguá, en el Paraguay. Lo cargó días y días en su viejo carro, tirado por los caballos del abuelo que murieron después del viaje.

El hombre aquel que llegó un día al amanecer, tenía una luna propia, como vuelo de ave, hasta que volvió en sí. Volvió de sus andares, de su socavado mundo. Lloró entonces bajamente, con bajuras, como llanto de vida perdida, como un hombre sin amores más que los suyos. Contó su historia. Un pasado propio, en ríos, lagunares, todo un gran ruido del agua en su cabeza, según dijo. «He cazado cocodrilos, yacarés en Brasil. He visto hombres sin piernas, sin brazos, hombres mochos mirando las costas, hombres aquellos como una bahía, una bahía propia en sus pesares. ¿Quién ha visto esos muñones, esos pedacitos de hombre quedando en lontananza de la vida, tendidos en las cos­tas sobre las arenas, mirando, mirando, sólo para ver un día morir al cocodrilo, esperando ver esa agonía del yacaré maldito que lo mochó?». Así decía y lloraba quedito, amurallado en su propio cuerpo. Habló de los propios sertâos, de sus miedos y llantos. Y entonces vi como se iba formando él mismo en yacaré, recordando a esos malditos lagartos que mochaban hombres.

«¿Y para qué tanto dolor, tanta espesuras de hombres?. Para aquellos que vienen desde otros mundos y llegan allá a las fronterizas verdes y compran apenas por nada, por una botella de ron amargo, una camisa, una muda apenas, unas monedas, compran la piel del cocodrilo o un lagarto vivito. ¿Y para eso tanto hombre mocho, sin brazos, sin piernas, tantos hombres desolados», dijo y se doblaba sobre su propio vientre.

Doblado él en sus fiebres, temblando, tembladeral de su cuerpo y de su alma. Y ya no parecía verme. Sólo buscaba mi piel para calentamiento de sus propios sentidos en esa soledad del sertâo, aunque no es sertâo mi casa en la selva espesa.

Sola yo, ido mi hombre en otro largo tiempo, ya sin espe­ras, calmé aquel triste de mi cuerpo con este hombre nuevo que luego entró en los delirios. Cada día los ojos como vidrios y muchas lunas se encendían en esos, sus oscurantes modos de vivir. Le hablé necesariamente de la calma, de estarse quieto, de olvidar sertâos, de estos otros tiempos andando conmigo por la selva, escuchando a los pájaros, mirando la sombra del yaguareté y las otras muchas remembranzas. Pero el hombre entró a contar historias propias, las de la fiebre.

«Yo soy cocodrilo ahora, yacaré -me dijo- yo también soy yacaré, lagarto cazado por los hombres, soy yo, yo mismo». Y diciendo esto se azotaba sobre paredes y barros aquel hombre lagarto. Y solícita lo llevé al río muchas veces y creo que lagarto yacaré era porque se arrastraba en las arenas. Y miedo fue cavando en mi pecho, miedo por el día y por la noche.

Tarde alguna, tiempos idos, calmado muchas veces en el sosiego de mi cuerpo, queriéndome mucho -según dijo- y evitándome males, volvía a su naturaleza de hombre lagarto y se largó por el río, en la correntada se fue, yacaré vuelto -dijo él­ aunque yo sólo vi forma de hombre sobre el agua. Se iba más lejos, hacia Foz de Iguazú se iba, quien sabe.

¿Y mi hijo será también yacaré?, me preguntaba yo en esta selva-sertâo. Rogué a los dioses de la selva su protección. Y ellos anduvieron en mis alrededores hasta la parición. Rondaban ciertamente dulces. Alejaron los sertones que el hombre dejó en mi cuerpo, pero no pudieron desenredar mi lengua. El hombre me dejó sus modos, su forma de dar vuelta las palabras, de cortarlas.

Y mi hijo no será yacaré lagarto, me dijo la mujer de la Villa Grande, cuando me dio la ropa para el niño, y se rió muy bajito, como de muy querido se rió. Me volví a la selva con mi hijo, nunca más sola, aunque lagarto yacaré fuera su padre.

De El hombre que fue yacaré (Ediciones Papeles de Coghlan, Buenos Aires 1998)

CALLONI LEGUIZAMÓN, Stella: Nació en Pueblo Leguizamón. La Paz. Entre Ríos. Actualmente reside en Buenos Aires. Periodista y escritora. Corresponsal en Sud­américa del periódico “La jornada de México”. Desde hace 25 años tra­baja en publicaciones mexicanas y residió en diversos países de Centroamérica como corresponsal. Colaboró con diversas revistas argentinas, de América Latina, Europa y Estados Unidos. Premio Latinoamericano de periodismo José Martí. Libros Publicados: En Ediciones colectivas de poesía: 16 Poemas Breves y Vocación de Buenos Aires (Ediciones del Alto Sol, Argentina, 1968). Libros de Poesía: Los Subverdes (Ediciones El Mendrugo, Argentina, 1975). Carta a LeRoi Jones (Formato 16, Universidad de Panamá, 1983). Memorias de Trashumante (Ediciones Papeles de Coghlan, Argentina, 1998). Cuentos: El hombre que fue yacaré (Ediciones Papeles de Coghlan, Argentina, 1998). Ensayos: Torrijos y el Canal de Panamá (Argentina 1975). Nicaragua: el Tercer Día (Uruguay y Argentina, Ediciones: La Hora y Noé, 1986). La Guerra Encubierta contra Contadora y de Contadora a Esquipulas (ambos en colaboración con el periodista uruguayo Rafael Cribari, Panamá y Uruguay, 1983-1986). Panamá: Pequeña Hiroshima (Edi­ciones El Día, México, 1992). En 1970 escribió la poesía y las letras del Long Play Las Montoneras (historia de la independencia argentina) con música del uruguayo Manuel Picón. Poesías y cuentos de la auto­ra fueron traducidos y publi­cados en distintos países.

12 marzo, 2008

Carmen Lyra *San Jose/Costa Rica,1888-?


"¿Qué habrá sido de ella?*" (cuento/extracto)

"Comprendéis, comprendéis, señor lo que significan estas palabras:
"no tener ya adonde ir". ¿No? ¡Todavía no comprendéis esto!"

Crimen y Castigo.
Th. DOSTOIEVSKY

(*) Publicado en 1959 con el nombre: Ramona, la mujer de la brasa

SE llamaba Ramona, como se llaman muchas de esas mujeres del pueblo que uno se encuentra a menudo en el camino -atareadas y humildes en el cumplimiento del deber cotidiano -el cabello lacio recogido de cualquier modo, a prisa porque coge tarde, calzadas sin coquetería, por cubrirse los pies no más, con unos zapatos torcidos, la punta vuelta hacia arriba, en demanda de resignación a Dios. Ramona, nombre bueno para un pedrón de la calle! A las madres, en el pueblo no les queda tiempo de leer novelas ni de ser románticas, y dan a sus hijos el nombre del santo del día en que nacen, y rara vez ponen el magín a decidir entre una Julieta y una Roxana o un Marco Tulio y un Rolando. Su filosofía natural y recóndita les aconseja llamarlos con los nombres casi siempre duros, cándidos o bobalicones de los mártires, y aguantadores de vainas, que llenan el calendario. Lo más probable es que lleven una existencia semejante a la de esos bienaventurados, si bien nadie los canonizará aunque al desenterrarlos encuentren que la muerte respetó más su cuerpo que lo que lo respetó la vida, y jamás su imagen rodeada de aureola aparecerá en altar alguno.
Así pues, esta criatura se llamaba Ramona y era una de las tantas sombras heroicas que pasan por esta vida soportando casi en silencio el peso de la Santa Pobreza, vieja doncella enjuta e hipócrita con huesos y manto de plomo, que no se sabe cómo pudo hallar gracia ante los ojos de San Francisco de Asís.
Llevaba ya quince años de casada y diez partos, lo cual la había convertido en un ser desvaído y escurrido. La maternidad se había encargado de exprimir de su cuerpo el encanto y la carne de su juventud, todo ello trasegado ahora en aquello ocho cantarillos humanos, en sus ocho hijos, de trece años el mayor. Sólo ánimo Ie iba quedando a la infeliz.
Madrugaba más que el alba para poder dar abasto con el trajín que diez cuerpos demandaban y cumplir con las ropas ajenas que lavaba y planchaba ¡Cuántas noches no supo lo que era poner la cabeza en la almohada por estar arrollando cigarrillos de encargo o dándole a la plancha! Y esto, estuviera como estuviera, en ocasiones con las piernas tan hinchadas cual vástagos de plátano. Y no había más remedio, porque al pasmadote de su marido se Ie paseaba el alma por el cuerpo y no era capaz de salir avante con semejante ejército.
Eso sí, él siempre dormía sus noches desde el toque de queda en los cuarteles hasta que el pito de la estación del Atlántico anunciaba las seis de la mañana.
Pero él no tomaba en cuenta esos sacrificios y si no podía trabajar como era debido en vista de los ocho picos siempre dispuestos a engullir, sí tenía fuerzas para insultarla a cada rato y hasta para maltratarla de hecho si así se Ie antojaba. Y sobre esto la suegra, ¡Santo Dios! que no la podía ver ni pintada en la pared, porque creía que su hijo había descendido desde el trono del Altísimo al profundo abismo en donde Ramona había nacido, para casarse con ella. ¡A saber las malas mañas de que se había valido la tal por cual para engatusar a su muchacho! Siempre le estaba sacando los ojos con su otra nuera. Esa sí era toda una señora, de la misma clase de ellos, si no es que un poquitín más elevada.
Y esta vida de trabajo y tormentos, añadida a cierta irritación nerviosa debida a sus muchos alumbramientos, habían terminado por agriar su carácter. Le costaba ya hablar con dulzura a los niños: los amenazaba a gritos por naderías y sin motivo les sacudía el polvo. Los mayores Ie tomaron por ello cierta inquina, se declararon sus enemigos y cuando los castigaba, la amenazaban con irse a vivir donde la abuela. Tiraban para alIá porque era mujer de buen pasar. Allí nunca tenían hambre, y su tía, la nuera, señora a quien Dios no diera hijos, los mimaba. Esto ponía fuera de sí a Ramona.
¡Ay¡, aquella vieja bandida y aquella otra inutilota con nueve años ya de casada sin saber lo que era echar un hijo al mundo. ¡Eso sí podía, jalarse los ajenos¡
Cada hora de almuerzo y de comida era una borrasca: el hombre vociferaba, ella lloraba y el histerismo la convulsionaba, los pequeños gritaban y huían como pollitos perseguidos.
El la había despedido muchas veces: -Anda, vete; anda, vete de aquí No haces falta: Los chiquillos estarán mejor con mi mamá y con Lola que con vos. Aquí no haces falta.
Por fin un día no pudo más.
-Sí, sí, valía más separarse. ¡Eso no era vida y el mal ejemplo para los chiquillos! ¡Qué se los llevaran, que la dejaran sola! ¡Ella sabía trabajar, se concertaría!
Y se fue al solar a dar gritos. Los niños la miraban con terror y ni Pedrillo, que era el más apegado, ni Juancito, el menor, que siempre andaba colgando de ella como un arete, quisieron acercársele y la contemplaban de lejos lo mismo que a una extraña.
Cuando se calmó volvió a la casa y encontró todo revuelto. El marido estaba cargando en un carretón lo más pesado: la mesa, el armario, las cuatro sillas, las camas de los niños, la cama de matrimonio. ¡La cama en donde nacieron sus diez hijos!
¡Dichosos los dos muertos! ¡De las que se habían librado! ¡Dichosos de ellos!
Las cosas menudas las llevaban los niños. Se asomó a la puerta a verlos partir. Ninguno Ie dijo adiós. Iban uno tras otro; parecía un caminito de hormigas: unos con los cuadros de los santos, otros con motetes en la cabeza. Hasta Juancito llevaba algo: el candelero de hojalata, con un cabo de candela todavía pegado. La candela que la noche anterior había alumbrado la ultima vigilia al lado de sus chacalincillos.
Caminaban despacio por la carga y porque Juan -de la mano de María, la mayor de las mujeres,- no podía marchar aprisa.
La cabecita rojiza de Pedro iba al frente de la tropa y oscilaba semejante a una llama que fuera alumbrándoles el camino.
-Pedro, Pedrito -gritó Ramona.

Lyra, Carmen. Relatos escogidos. San José, C.R.: Editorial Costa Rica, 1999. P. 255-257.

María Isabel Carvajal Quesada conocida como Carmen Lyra, nació en San José el 15 de enero de 1888. Ella popularizó su seudónimo por medio de los cuentos infantiles que escribió, obras que - posterior al movimiento modernista- marcan el advenimiento de la mujer en las letras hispanoamericanas.
Su talento y su inquietud la condujeron hacia diversas actividades de orden social y político que tuvieron como punto de partida su gran solidaridad con el pueblo.
En Costa Rica es la escritora que más cerca está del realismo en sus inicios. Ha sido considerada la fundadora de la narrativa de tendencia realista social en nuestra patria, luego de escribir sus interesantes cuentos Bananos y Hombres, El Barrio Conethjo Fishy y Siluetas de la Maternal que le dieron un gran renombre en nuestra patria y en el extranjero.
Sin embargo la obra más reconocida en su trayectoria literaria es la popular Cuentos de mi tía Panchita, aparecida en 1920 y de la cual se han hecho numerosas ediciones.
Sus primeros trabajos literarios aparecen en las revistas Páginas Ilustradas, Pandemonium, Ariel, Athenea, así como en Repertorio Americano. Posteriormente dirigió las revistas Renovación (artística y pedagógica), San Selerín - una de las primeras revistas infantiles en nuestro país fundada por ella y Lilia González en 1912 - y El maestro, órgano de la Secretaría de Educación, de 1926 a 1929. Al entrar a formar parte del Partido Comunista colabora con el periódico Trabajo, además en el Diario de Costa Rica, La Hora y La Tribuna.
Su obra aparece fundamentalmente influida por los cambios ideológicos que se dieron en ella: desde los vaivenes iniciales del cristianismo al anarquismo, el antiimperialismo, su adhesión al socialismo científico y al partido de las clases obreras.

Carmen Lyra no sólo fue una gran escritora y maestra, sino que además fue una mujer de ideas políticas muy nobles, definida en favor de las causas sociales. Cuando por razones políticas quedó cesante, a su casa acudían intelectuales, políticos, jóvenes con inquietudes literarias, luchadoras sociales: en fin, su casa se convirtió en una escuela popular.
Otras obras suyas son En una silla de ruedas (1918), Las fantasías de Juan Silvestre (1918), Obras completas (1972), La cucarachita mandinga (1976), Relatos escogidos (1977) y Los otros cuentos de Carmen Lyra (1985).

06 marzo, 2008

Susana Silvestre(1950/2008)


NO TE OLVIDES DE MÍ
Fragmento

Son las siete de la tarde y La Mujer quiere leer. Lleva puesta una solera verde sin breteles porque es verano, y unas sandalias de taco alto y fino, Desde la mañana que quiere leer pero aún no termina su horario de oficina. Ya abrió varias veces la puerta de Blindex que da al pasillo y caminó hasta el baño que comparten las tres oficinas del piso. Se pintó los ojos, se peinó con un cepillo y roció perfume en los lóbulos de las orejas.
En el reloj del despacho del gerente son las siete y diez. En su escritorio La Mujer revuelve papeles distraída y mirando de a ratos las luces innecesariamente encendidas de la calle. Abre el archivo y pasa desatenta las hojas de un bibliorato, lo vuelve a guardar. Revisa la caja y se acuerda que mejor saca un vale de adelanto porque es viernes y además no volverá en quince días. Está contenta por eso, porque es viernes y porque tiene sus vacaciones por delante. Apenas termine su horario queda libre para irse al bar que le gusta y empezar a leer la novela que compró al mediodía en una librería de usados. Ahora la novela está sobre el archivo. Hubo gente que entró y salió y miró encima del archivo y vio la novela y alguno dijo
algo pero casi ninguno nada. Entonces llega el gerente. Charlan un poco porque también a él le gusta que sea viernes y además compró unas plantas nuevas para el jardín. El gerente le pregunta dónde piensa ir tan linda y con ese perfume nuevo. Le pregunta si quiere que la alcance hasta algún lado. Ella dice que no, sonríe y da las gracias, pero no le dice dónde piensa ir. El gerente sale y llega la secretaria del director general vestida con un pantalón de cuero, unas botas negras, unos lentes oscuros. Se cruzan en el pasillo y el gerente le pregunta dónde se olvidó la moto y la convence de que parece una Heavy. La secretaria del director general se ríe y dice que regala entradas para Cemento, si alguien las quiere. La secretaria del director general dice alguien porque también llegó el cadete con la respuesta del último encargo. El cadete dice qué bajón, loco, viernes y se tiene que ir a estudiar, la mira a la secretaria del director general, lo piensa bien y le pide las entradas. Se despiden hasta el lunes y en el pasillo se cruzan con la telefonista que informa que el fax está en automático y que se va cinco minutos antes porque el hijo hizo un dibujo precioso para el concurso de Canal Nueve y va a llevarlo personalmente. Dice que la verdad que está podrida de que a su hijo le dé por participar en cuanto concurso propone la tele y que ella lleva las cartas personalmente porque no confía en el correo. Se despide hasta el lunes y se cruza en el pasillo con la secretaria del director adjunto, tailleur malva y blusa negra, pechos inesperados en su figura delgada, cartera en ristre, tacos muy altos, entra y declama que ésta es la última noche, que se acabó, que mañana mismo busca un buen hombre y se casa; dice que mire a la hora que se va por culpa de ese desgraciado que llamó hace apenas unos minutos desde la reunión de directorio de la empresa en la que es accionista minoritario, que llamó de un privado y absolutamente loco, amenazando tirarse del piso once. Ella supone que llamó descalzo, es decir en medias, así que espera que el privado sea suficientemente privado porque si no qué papelón, que encima lo que a él le pasa cuando se pone loco es que le salen hongos en los pies. Si ella está para eso pregunta, para que él se esconda en su casa porque no es pertinente que lo vean con ella, que eso podría arruinar su carrera. Y encima va cuando está loco y a meter los pies en una palangana o jofaina o escupidera o chata o como La Mujer quiera llamarle a eso en que pone sus pies con agua tibia. Sale y no se cruza con nadie en el pasillo. Ya casi son las ocho. Ya puede cubrir las máquinas y poner llave a la caja y después al archivo y a los cajones del escritorio y darle una última mirada a la agenda del lunes, y entonces se da cuenta de que no necesita pensar en ninguna actividad para la semana siguiente; saca su agenda personal y tacha catorce días. En el reloj de pulsera de La Mujer y en el despacho vacío del gerente son las ocho. Suelta las persianas y empieza a apagar las luces. Va cerrando las puertas de los despachos y clausurando lámparas hasta que la única que queda encendida es la de su escritorio. Arriba del archivo está la novela, iluminada por un resplandor débil, triste. Es mucho más potente la claridad que se cuela desde la calle por la única persiana aún abierta; el aire fresco hace ceder el calor del día. Es, sin duda, un viernes de verano. Es cuando puede ir al bar que le gusta y, pedirle al mozo un sandwich de lomo y un agua mineral y después, enseguida, un café doble. Y leer. Mira la novela .Y ya no le parece triste. Apaga la última luz, agarra la cartera y sale, el libro bajo el brazo. Camina por Bartolomé Mitre hasta Callao y dobla, en la esquina está el bar. Busca una mesa apartada, muy al fondo, donde casi no llegan los ruidos de la calle. Enciende un cigarrillo y abre el libro. Apenas si se da cuenta cuando el mozo deja el sandwich, lo agarra mecánicamente porque sólo come para calmar el hambre y el acto la molesta; lo único que quiere es que desaparezca esa sensación de vacío para pedir el café doble y leer tranquila. Puede interrumpir de a ratos y mirar la calle porque la sofoca lo que lee o la hace pensar, en el libro, no en su vida; el viernes se vuelve viernes gracias a una novela y le gusta estar ahí, cerca del centro y a mano de todo y no usar nada, nada más que el libro y seguir pidiendo café mientras la gente va al cine o al teatro o forma grupos en bares más céntricos. Sin embargo este viernes tiene algo de irreal. En cinco años es la primera vez que se toma vacaciones, el hecho no es importante en sí mismo, repara en él para darle una explicación a esa inquietud indefinida que la lleva a cruzar y descruzar las piernas, a no sentirse cómoda en esa silla, a no poder concentrarse en lo que lee. No es que tenga miedo de aburrirse. No ira a la playa, no irá a ningún lado justamente porque lo que quiere es descansar, quedarse en su casa, levantarse tarde a la mañana, poner cosas al día, no sabe bien cuáles. No importa, la inquietud cesa y La Mujer vuelve al libro. Al rato pasa velozmente las páginas, ya casi ni levanta la cabeza. Como el mozo ve que está terminando el sandwich y conoce sus costumbres le trae el café doble. Y entonces es cuando aparece el chico. Ella tarda en verlo, acodado en la silla vacía de su mesa, y tarda en comprender lo que dice, hace un esfuerzo enorme por olvidarse de la novela y lo oye:
-¿Señorita no me da eso que le sobra?
-¿Eh? -dice ella.
-El sandwich -dice el chico. Lleva puesto un pantalón rotoso y un buzo azul; está sucio, se queda ahí, mirándola.
Ella siente una especie de terror, una molestia suprema, quiere que se vaya, que desaparezca, quiere seguir leyendo tranquila y las sobras no quiere dárselas. Sabe, sin embargo, que no va poder seguir hasta que el chico coma y le dice que pida uno, que ella lo paga.
-¿Un qué?
-Un sandwich.
-¿El más barato? -pregunta el chico.
-No sé, el que quieras. Uno como el mío.
-Bueno -dice el chico y hace un movimiento terrible, va a sentarse a su mesa, quiere ocupar la silla frente a ella. Se siente invitado.
La Mujer piensa en todos los chicos del mundo, ella no tiene la culpa, no hizo nacer ninguno y además es viernes y comienzan sus vacaciones y no quiere interferencias. El chico aparta decididamente la silla y adelanta una pierna: la rodilla un agujero.
-¡No! -dice ella y señala un lugar-, ahí hay una mesa vacía, vas a estar más cómodo.
Es evidente que el chico no siente lo mismo pero obedece.
-¿También puedo pedir una coca-cola? -pregunta.
Ella le dice que sí, que puede, que ocupe la mesa y llame al mozo y que le pida lo que quiera, también postre, que ella paga. El chico se aparta y se sienta en el lugar indicado, grita.
-¡Mozo!
Y entonces ella repara en su café doble, está frío pero no le importa. Alza la cabeza y en el reloj de péndulo del bar ve que hay una inscripción que dice "El Bohío". El péndulo oscila de uino al otro lado del bohío (de la casa, del rancho, de la choza, de la cabaña: del hogar) y por alguna razón la calma porque baja la cabeza y consigue concentrarse de nuevo en la lectura; otra vez las páginas pasan velozmente, otra vez es viernes y también pasa el mozo. No es que ella lo vea pasar sino que lo oye porque él habla airadamente para que ella lo escuche y lo vea caminar con el sandwich y la coca-cola en la bandeja. El mozo dice, básicamente, lo siguiente: que habráse visto tener que servirle a ese pendejo, que está todo dado vuelta en este mundo y cualquiera se puede sentar en un bar decente y encima comerse un sandwich como la gente normal. Dice que no entiende por qué ella no le pidió una medialuna y que se la fuera a comer a la calle. Para la caridad una de grasa alcanza. El mozo no entiende esa lógica, no entiende y está desesperado porque el sandwich es el mismo. ¿Por qué hay dos sandwiches idénticos en el universo, cómo es posible? Además son los más caros. La gente no hace economía y así va el país, él trabaja mientras un vago de mierda se sienta a una mesa y él está obligado a servirlo. Curiosamente, el dueño del local no está o no dice nada o comparte la opinión del mozo. La gente mira. El chico come, tranquilo, come y no mira. Entonces La Mujer se endereza en la silla, olvidada de la novela, del viernes y de todo y le pregunta al mozo qué dijo, qué tiene que objetar, qué carajo le importa lo que ella está pidiendo para el chico. El mozo no responde. Entonces ella pide la cuenta y él se la tira sobre la mesa, toca con un dedo el importe correspondiente al sandwich del chico, baja el dedo un renglón y da dos golpes someros sobre el importe correspondiente a la coca-cola. Ella paga y sale a la calle. Hace un calor horrible.

* En 2007 había ganado nada menos que el premio Casa de las Américas, por la novela “Mil y una”, recreación argentina y contemporánea de la saga de Sherezade, del Decamerón y de los no menos clásicos Cuentos de Canterbury.
Como ella solía decir, pudo publicar cuentos y novelas en importantes sellos argentinos hasta 1995, año en que sobrevino la brutal concentración y el achicamiento del mercado editorial del país, seguida de una preceptiva “global” a los autores, para que escribieran pensando en un público “más amplio”.
Como Susana Silvestre era una autora, una creadora de verdad, se resistió al adocenamiento que querían imponerle. Y la victoria fue ese premio Casa que obtuvo el año pasado, con una hermosa novela que ahora sí, tal vez, consiga la distribución y la prensa que se merece.
El pasado domingo 2 de marzo, el agravamiento de su enfermedad y el dolor corporal, insoportable, la llevaron a quitarse la vida.
Una gran mina y una maestra de escritores/as con quien el oficio me cruzó muchas veces y a quien le agradezco mucho de lo que aprendí sobre cocina.


Había nacido en San Justo, provincia de Buenos Aires, en 1950. Su primer libro de cuentos, El espectáculo del mundo, recibió el premio "Roberto Arlt", otorgado por la Municipalidad de Comodoro Rivadavia, en 1982. Su obra Los humos de Clitemnestra (cuentos, inédita) fue premiada con mención del Fondo Nacional de las Artes en 1994. En el bienio 1990-91 recibió el Premio Municipal. Publicó además las novelas Si yo muero primero (Editorial Letra Buena, 1992), Mucho amor en inglés (Emecé Editores, 1994), No te olvides de mí (Editorial Planeta, 1995), Biografía no autorizada (Alción editora, 2004) y el libro de cuentos Todos amamos el lenguaje del pueblo (Ediciones Simurg, 2002). La biografía Delfina y Pancho Ramírez fue publicada por Editorial Planeta en 1999. Incursionó en el cine, para el que escribió el guión de La vida según Muriel.

21 febrero, 2008

Pìa Barros, Santiago de Chile, 1956.

El orden de las cosas

Ante la recepción del ese hotel de mala muerte, donde no me atreví a bromear por la ausencia de la letra O en el letrero que pomposo señoreaba sobre el techo “ H tel Ciel”, te llamé Talo y pienso que ese fue el segundo orden que tomaron las cosas.
El hombrecillo de cejas depiladas sonrió con mecánica afectación y preguntó:
- ¿Y Don Gonzalo cuánto es usted?
Y yo agregué socarrona
- Widow, don Gonzalo Widow.
Me miraste de reojo pero yo percibí los cuchillitos que pretendían taladrar mis arranques de humor.
Estábamos algo tensos y por suerte que el hombre de modales de medusa húmeda ignoró el respingo que diste al firmar junto a Gonzalo Widow y Sra.
- La habitación está aquí nomás, a la vuelta. Es la cabaña tres. Si quieren, yo les bajo las cosas del auto.
- No es necesario- te apresuraste- gracias.
Tomé la llave y nos dirigimos hacia la puerta donde pampeaba un dorado tres plástico con pretensiones de metal. Dos camas, una silla, la clásica mesa coja y una lamparita nos aguardaban. Entre los dos respaldos de las camas, un afiche desvaído de plaza de toros hacía imposible adivinar si era México o España.
Cuando me arrojé, agotada, sobre la primera cama ante mí, tu voz resonó:
-Baja los pies y primero ve a ducharte. No importa lo que haya pasado, todavía eres mi hija.(...)
Por un instante, solo un segundo, alcancé a tener lástima por el cuerpo de mi madre, enrollado en plástico y acurrucado en el portamaletas del auto.
Talo trajo el bolso y me enfunde en unos jeans limpios, como no tenía otra polera, tuvo que darme una de sus camisas. En el asiento trasero, nuestras ropas sucias del día anterior reclamaban un buen lavado sólo en la privacidad.
Dormimos unas horas y al comenzar la tarde, desperté con el sobresalto de quien está siendo observada. Estabas a los pies de mi cama, sentado sobre una sillas, mirando obcecado, como los niños, esperando que yo despertara.

- Vamos, dijiste, creo que debe ser ahora. (...)
Le dijiste que volveríamos a cenar, seguramente para mantenerlo ocupado y subimos al auto.
Cuando mamá se emborrachaba, el mundo parecía un lugar mejor para vivir. Bailaba un rato por la cocina, nos abrazaba a papá o a mí, tarareaba canciones sin sentido y luego, exhausta, se dejaba caer en cualquier sitio ya fuera la alfombra del living, el sofá o la terraza. Entonces, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo de antemano, papá y yo nos acurrucábamos junto a ella, y nos abrazábamos, como las familias de verdad y podíamos hacerle cariño a su rostro relajado, a su boca algo gruesa en el labio inferior, como si estuviera en un permanente puchero de niña ofuscada que, aunque lo practiqué semanas ante el espejo, yo nunca pude imitar. El rostro de mi madre era hermoso, suave, sin aristas, cuando tenía cerrados los ojos. Su piel tersa, blanca y el pelo negro, negrísimo, que caía en pequeñas ondas hasta los hombros.
Así, dormida en el olor acre de los borrachos, ella nos acercaba al paraíso.(...)
Cuando mamá abría los ojos, la paz y el orden de las cosas, morían.
A veces, como una gata engañosa, esos enormes y rectangulares ojos verdes se agudizaban para preguntar susurrantes “¿Aún me quieren?”, y nosotros sucumbíamos de inmediato y gritábamos eufóricos “Sí, siempre, siempre”.
Entonces ella se levantaba de improviso y nos quedaba mirando desde arriba, “ Ya veremos el límite de su amor” amenazaba y nos dejaba allí temblantes, aterrados.
El viento me zumbaba en los oídos y el frío nos calaba hasta el temblor. Fui con papá al auto y le ayudé a llevar el rígido encogimiento de mamá.
Aunque tenía los ojos sorprendidos y una sonrisa congelada, se veía bellísima a través del plástico.
Con esfuerzo, la pusimos en la tierra. Se que papá pensó lo mismo que yo y por un instante quisimos acurrucarnos junto a ella.
Hacía frío, mucho frío.
Cuando papá se llamaba Ricardo y yo no usaba maquillaje, nos sentábamos juntos en los peldaños que iban de la cocina al patio y el me abrazaba, tratando de explicarme el orden de las cosas, el por qué debíamos permanecer en silencio y escondido, mientras mamá gemía en el dormitorio, desnuda, junto a un extraño.
Las explicaciones de papá consistían en un abrazo fuerte, un dedo silenciando mis preguntas y uno que otro brillo de lágrimas en sus ojos castaños.
Cuando yo era muy pequeña y algún desconocido estaba con mamá, él me llevaba a pasear y a comprar helados, hasta que un día los helados me supieron amargos y su sola mención me provocaba arcadas.
“Se que están ahí”, gritaba mamá, “vengan” y aún tenía al extraño entre las piernas cuando nosotros nos asomábamos.
El sujeto invariablemente, corría con sus pantalones con el rostro desencajado por el miedo. Debíamos ofrecer un extraño espectáculo, papá y yo, de la mano, en el vano de la puerta.
“¿Todavía me quieren?”, gritaba histérica mamá, mientras el hombre corría llevándose sus ropas y dejando siempre algo olvidado por ahí.
“Te amamos”, decíamos, y mamá lloraba y nos abrazaba y nos estrujaba a besos y caricias y rasguños y me echaba de la pieza, pero yo sabía que, llorosos y desolados, papá y ella hacían el amor, mientras ellas suplicaba “No me quieran, no me quieran, no me quieran…”. Yo entonces iba a la cocina y dibujaba pájaros sobre la pizarra del refrigerador.
Me incliné y tomé un puñado de tierra para tirarla sobre ella a modo de sepelio. Papá tomó otro puñado e hizo lo mismo. Después, con la pala empezó a llenar el agujero. Yo veía como, con cada palada, mamá nos iba dejando atrás, como quería.
Un mes antes, papá había renunciado a su empresa y habíamos decidido viajar por el país. Yo creo que era por la vergüenza, el estar siempre dando explicaciones a los vecinos por los gritos de mamá, por los extraños, porque ya no podíamos seguir cambiándonos de casa a cada nuevo escándalo.
El estaba cansado y sentía lástima de sí mismo y de mi, que no tenía amigos ni amigas y que en mis quince años, jamás había llevado a nadie a casa.(...)
La hostería era como todas fuera de la temporada turística, vacía, con un encargado entusiasta y deseoso de propinas.
Te pregunté en voz alta, para completar el puzzle de la revista “¿Cómo se llaman los ofidios que se pueden matar a sí mismos?”, “Crótalos”, dijiste.
Después, yo te llamaría Talo.
Mamá estuvo contenta, conversadora e insistió en maquillarme y ponerme bonita. Papá se fue a caminar por los alrededores.
Ella limpió su rostro, hasta que casi semejó a una niña, y maquilló el mío hasta que me vi como una mujer.
Nos vimos ante el espejo y ella insistió en que nos tomáramos una foto con la Plaroid.
Salió corriendo hasta el auto, pero como estaba en ropa interior, se puso mi chaquetón.
De lejos, mi padre gritó:
-Beca, ven, aquí hay lagartijas.
Ella se quedó suspendida, rígida, como un sabueso, pero luego le devolvió el grito:
-Soy yo, Alejandra- y agitó la mano.
Entró tan rápido como había salido y nos instalamos ante el espejo del baño, complicadas para buscar la pose en la foto. Como era muy pequeño el espacio, desistimos y nos fuimos a la sala.
Mamá puso sobre una silla la cámara y las dos nos echamos al suelo, con el rostro entre las manos y enfilado hacia el lente, sonriendo, mientras el clic anunciaba que estaba lista la imagen.
Papá llegó un rato después, para observar el rostro contraído de mamá mientras examinaba las fotografías.
-No me amen, masculló, no soy única, hasta mi dolor se repite…
Se puso el lápiz labial en su boca de puchero, una blusa azul y dijo que se iba a conversar con el encargado.
Era noche cerrada cuando la última palada de tierra terminó de cubrir a mamá. Había estrellas en la oscuridad, casi demasiadas y parecía que el mundo se había puesto de rodillas ante ella. Por un instante, nuestra desolación se ocultó en el paisaje.
Mamá se fue a “conversar” con el encargado y le pidió dos vodkas secos. Yo salí tras ella y la observé bebérselos uno tras otro, acodada en el mesón.
El empleado, por sobre la cabeza de mi madre, guiñó un ojo en mi dirección, así es que giré para ver si alguien estaba a mi espalda: pero no, era a mí. Fue la primera vez que un hombre me miraba de ese modo, el modo en que siempre habían mirado a mamá. Me inspeccioné en el reflejo de la vidriera y vi a una mujer excesivamente maquillada. Mujer, entiéndase, no adolescente. Fue una sensación extraña, agria, desconcertante, el no reconocerme de inmediato en el reflejo.
Papá me hizo señas desde la cabaña para que la dejara sola y me escondiera con él, pero yo a mi vez agité la mano a la distancia para que me dejara en paz.
Mamá pidió otro, seguro, porque vi al encargado servírselo y volver a guiñarme el ojo mientras mamá bebía hasta el fondo del vaso. El hombre me hizo unas señas y pude darme cuenta de que más tarde, cuando ella se durmiera, él me invitaba a pasear.
Algo parecido al vértigo se me instaló hasta la náusea, respiré profundo, pero había mucho polvo, mucho calor en el entorno. A unos minutos de la hostería, Copiapó hacía señales verdes en el desierto.
Volví la mirada a lo que ocurría tras los ventanales y al parecer mamá había dicho algo porque el hombre reía socarronamente ante la furia de mamá que gesticulaba y agitaba sus brazos, y mostró sus pechos abriéndose la blusa. El hombre miró hacia la puerta y ella a su vez giró y me sorprendió espiándola a través del vidrio. Se cerró la blusa casi cruzándola del todo sobre el pecho y echó a correr hacia nuestra cabaña, algo aturdida y entorpecida por los vodkas.
Fui tras ella y me insultó. Dijo que no la queríamos ya, que tampoco debíamos quererla, que nadie debía hacerlo y que yo ahora iba a ser la deseada indeseable, la no amada, la loca.
Yo tuve miedo, un miedo que me entumecía mis piernas, mientras la veía abalanzarse sobre el bolso de las provisiones y tirar fuera los fideos, el azúcar, la olla de camping, los fósforos, el café, hasta dar por fin con el whisky, destaparlo y beberlo directamente de la botella.
Me puse contenta: mamá se emborracharía, volvería el orden de las cosas, y fui en busca de papá, que estaba a cierta distancia, observando algo en el suelo.
Cuando llegué hasta él, me mostró una lagartija enorme, confundida con el polvo. La observamos juntos largo rato, pensando en lo mítico de esas criaturas prehumanas, en sus ojos sabios, en esa mirada a la que nada podría escandalizar o sorprender.
Ante ella, éramos una familia como las otras, algo difusa, pero cuánto habría en su mirada, cuánto de todo aquello que sus antepasados, subrepticios o malvados, mágicos o reveladores, le habrían enviado como señales por el camino de la sangre… ¿Tendrían sangre las lagartijas? ¿Cómo sería la nuestra?.
Volvimos a la cabaña para observar a mamá tendida, con la botella a medio beber a su lado, mascullando obscenidades, pero ya por fin al borde abisal del sueño.
Nos miramos con papá, sonreímos y nos acurrucamos junto a ella.
Nos dormimos pensando en la lagartija y en que la felicidad es a veces tan extraña.
Si mamá abría sus ojos verdes el mundo se ponía de rodillas ante su mirada y papá y yo sólo temíamos, temíamos más certeramente cuando mamá abría sus ojos a la tierra.(...)
Mamá se levantó sin que nos diéramos cuenta y nos dejó acurrucados, dormidos sobre el piso.
Despertamos sobresaltados con los gritos y vimos el reguero de su ropa en el suelo. En algún lugar, de seguro cerca del encargado, mamá estaba gritando desnuda. Corrimos hacia la recepción, para ver en ese instante a mamá abalanzarse sobre el encargado, blandiendo un cuchillo inmenso en su mano derecha.
El forcejeo fue breve y ambos cayeron. Todo pareció detenerse en un segundo y luego, mamá se levantó, ante los ojos desorbitados del hombre en el suelo.
Estaba de espaldas a nosotros, cuando le oímos decirle:
-Tú me liberaste.
Y luego cayó junto a él, encogida, echando extraños borbotones rojioscuros por la boca.
Nos quedamos quietos, estupefactos, los tres. No había más ruido que el de la boca manchada de mamá, como si tuviera el lápiz labial corrido.
Papá fue el primero en acercarse. Caminó hacia ella y la cogió en sus brazos, como hacía conmigo cuando era niña, acunándola, susurrándole secretos inaudibles. Mamá lo miraba sonriendo, hasta que un velo extraño le fue subiendo por el verde para dejar sus ojos opacos y sin brillo.
A mi lado, sentí que el hombre sollozaba. No le prestamos atención.
- No fue culpa mía, fue un accidente, ustedes lo vieron, no me denuncien por favor…
Papá la puso encogida sobre el suelo y los dos nos abrazamos a su cuerpo desnudo, pero no pudimos dormir, teníamos los ojos abiertos, muy abiertos. (...)
- No la toque, ahora es nuestra.

- La acomodó encogida en el portamaletas.
Volvió junto a nosotros y pidió toallas, limpiamos los restos de sangre del suelo.
Luego fuimos a la cabaña y nos cambiamos las ropas, que dejamos en un bolso en el asiento trasero.
No recogió más nada, así es que aproveché de tomar los maquillajes de mamá, con los que más tarde jugaría, en medio de un silencio feroz, durante cientos de kilómetros, antes de llegar a Calama.
El hombre se quedó parado junto a la hostería, mirándose las manos una y otra vez incrédulo.
El auto estaba frío y nosotros también, así es que papá demoró unos instantes en hacerlo partir. Nos sentíamos tan solos ahora, con el portamaletas vacío, con la vida opaca que nos quedaba por delante.
Al pasar de regreso frente al ojo de agua, le pedí que se detuviera un momento. Tomé el bolso con nuestras ropas ensangrentadas y bajé para arrojarlo con todas mis fuerzas al centro del ojo. Sólo escuché el chapoteo al hundirse.
Antes de regresar a la cabaña 3, del hombre de las cejas depiladas, ya no quedaba en mí ni un rastro de maquillaje. Creo que habíamos llorado. El orden de las cosas no sería lo mismo sin ella.

Pía Barros no abandonó Chile durante la época de la dictadura y, por esta razón, su actividad como tallerista, editora y escritora está demarcada e inscrita por la experiencia del exilio interior. Por un lado, destaca su labor en los talleres de escritura, que comenzó en el año 1976, en plena dictadura militar. OJO (No fui pionera, solo fui una mas, pero tal vez si haya sido una de las iniciadoras de talleres para mujeres) Fue pionera en la imperante tarea de alfabetización y desarrollo de la lengua en grupos formados por gente marginada o con problemas de integración social, especialmente mujeres. (Inicialmente, esto fue por política; mas bien consistía en enseñar a las mujeres a escribir cartas a Organismos Internacionales de Derechos Humanos, relatando la desaparición de esposos, padres o hijos).
En 1985, inauguró la editorial Ergo Sum, donde aún hoy se publican los originales ‘libros objeto’ que ella misma creó, promovió y distribuyó clandestinamente durante años para sacar a la luz las distintas historias producidas en sus talleres literarios. Por otro lado, posee una prolífica carrera como escritora feminista autora de numerosos libros de cuentos y una novela: Miedos transitorios: de a uno, de a dos, de a todos (cuentos, 1985), A horcajadas (cuentos, 1990), El tono menor del deseo (novela, 1991), Signos bajo la piel (cuentos, 1994), Ropa usada (cuentos, 2000), Lo que ya no se encontró (novela digital, 2001), Los que sobran (cuentos, 2002) y Llamadas perdidas (cuentos, 2006).... Para leer la entrevista completa clikeá aquí