18 marzo, 2012

Marina Colasanti (Italia/Brasil, 1937)

LA TEJEDORA


Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.
De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.
No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola. Y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.
No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.
Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida.
Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle.
—Necesitamos una casa mejor— le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible.
Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente.
—¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio? —preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata.
Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera.
Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta.
—Es para que nadie sepa lo del tapiz —dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: —Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos!
La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente.
Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar.
Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y pasando velozmente de un lado para otro comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana.
La noche estaba terminando cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo. Tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas.
Entonces como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.

12 marzo, 2012

Joyce Cavalccante, Brasil


Clara estratagema para enfrentar lo inesperado




Aunque el expendio de bebidas no fuera el principal, el único o el más interesante punto de encuentro del poblado, Alain pasaría la eternidad examinando los estantes y contando, una por una, las botellas de bebidas expuestas en desorden, unas a medias otras aún por abrir, tan sólo por el placer de estar cerca de aquella por quien su corazón era un volcán en erupción.
Clara. Clara como el mismo paisaje que arropaba el lugar lleno de sol, sonido de mar y silbido del viento. Ventarrón que zumbaba a todas horas y mucho más en la noche, después de que todos se habían ido a dormir.
El siempre se acostaba solo. A veces con ropa, se quedaba mirando hacia el techo en lo oscuro. Sin esperanzas, apagaba el quinqué para no desperdiciar gas, y dejaba tan sólo que la claridad del fuego en su interior, incandescente como las llamas del infierno, quemara su pecho y su vientre repleto de deseo insatisfecho.
Aquello debía ser una condena por el mal que había hecho a otros, principalmente a las mujeres, que no habían sido pocas. Quizá Clara fuera la venganza de alguna diosa protectora del llamado sexo débil. Quién le diera volver a empezar e iniciar una vida inocente de gente común y corriente, con un humilde empleo de donde sacar el sustento y no tener que llevar esa existencia insegura de actor exótico que, en busca de la fama, busca los lugares mas escondidos del mundo para encontrarse. La verdadera vida era con una mujer que cuidar, y en el futuro, hijos que veamos crecer y que lo vean a uno morir.
Y esa mujer tenía que ser Clara, la hija del dueño del expendio. Con sólo 15 años y pechitos alebrestados, piernas morenas, vientre plano que parecía una tabla. Risa enloquecedora cuando enseñaba la dentadura blanca y pareja. Alain se derretía cuando pensaba introducir su lengua ya madura entre aquella hilera de dientes; logrado lo cual, saborearía la lengua verde de la niña no tocada.
Abismado en esos pensamientos, su cuerpo le advertía que era necesario mucho más; lo quería todo, y se hinchaba entro del pantalón, cuando lo llevaba. Si estaba desnudo, se frotaba con la mano, lamentando tener que hacerlo. Nunca le había faltado mujer. Hubiera sido mejor tener a la chica a su lado para divertirse.
Era ella tan joven que aún le gustaban los juegos infantiles. Durante los tres meses que él ya había pasado allá se extasiaba viéndola bailar en círculo con los niños, dando vueltas. Otro de sus pasatiempos era el de ver cómo la niña se divertía con los instrumentos cuando bordaba para ayudar a la mamá a completar los encargos que venían de la ciudad. Decían que el lucro era casi nada, pero todas las mujeres del poblado trabajaban en eso desde que tenían uso de razón, consiguiendo algunos centavos para ayudar en los gastos. Clara se arremangaba la falda y la sujetaba entre las piernas mientras ejercía aquel menester. Cuántas y cuántas tardes no perdió Alain escondido detrás de un tamarindo sólo por el placer de contemplar los movimientos de la chica que, con los ojos bajos, se entretenía concentrada en su quehacer. A cada uno de aquellos movimientos, por insignificante que pareciera, el corazón del muchacho saltaba de donde estaba guardado queriendo volar.
Un día, yendo tras ella, se adentró en el monte siguiéndole los pasos, curioso, queriendo saber a dónde iría. Caminaba con cuidado sin hacer ruido y a cierta distancia. Pero aun así fue sorprendido. Se encontraron solos parados uno frente al otro, bajo las hojas crujientes. Pensó acostarla allí mismo, abrazarla y realizar el rito del casamiento tantas veces soñado. Pero no sería esa la mejor manera. Claro que no.
Percibió que ella era tímida, muy tímida; en efecto, se sonrojó ante su mirada azul y se puso a correr, mirando hacia atrás de vez en cuando. El no se movió, avergonzado y temiendo que ella, con aquellos ojos amarillentos, hubiera leído sus pensamientos profanos. Se sentía como un niño atolondrado.
Ni siquiera parecía aquel hombre conquistador como lo había demostrado con Mariange, la mamá de su hijo que ya tenía veinte años y que aún ahora estaría dispuesta a recibirlo de nuevo. Gilda, que lo siguió de Brasil a Francia para obligarlo a que le diera su amor, pistola en mano, si fuera necesario. Natercia y Tereza, las dos actrices que aceptaron dividirlo entre sí durante más de dos años, ya que él era incapaz de otorgar la exclusiva a cualquier mujer. Silvia, la millonaria que lo dejó divertirse a sus anchas con su fortuna. Amores grandes y pequeños que pasaron por su lecho sin rozarle apenas el corazón. Amores que de tan numerosos y fugaces lo volvieron escéptico en el amor, hasta que, ya maduro, vino a dar a aquella playa tranquila, con el presentimiento de que allí encontraría a la mujer que nunca había tenido.
Los ojos de Clara eran iguales a los de un lobo Guará. También lo era su elegancia, al caminar. Por eso él no se alejaba de ella; ella, en cambio, parecía ni siquiera darse cuenta de que él existía. ¿Sería todo fantasía de su cabeza? No por eso se iba a desanimar. Se hizo amigo del papá de la chica, Sr. Jair, contándole historias de Europa, lugar donde había nacido; exactamente por eso era más conocido como “francés”. Por ahí nadie lo llamaba por su nombre propio.
Clara como las espumas que se arrastran del mar a la playa. El nombre Clara es el nombre del cielo azul que aquí se extiende. En el poblado nadie usaba lentes oscuros, excepto él mismo. Por eso, pidiendo permiso al tendero, regaló unos lentes a aquella cuyo padre no sospechaba nada.
Era uno de esos padres valentones que quieren a toda costa que la hija se case, y por eso no la dejan buscar marido. Pobre de ella si le echara una mirada a algún sinvergüenza que se metiera a la tienda. Y ay del bribón que diera muestras aunque fuera de darse cuenta de que ella existía, aun cuando fuera ella la que sirviera la bebida en el mostrador. En esas ocasiones Alain no salía de allí, con el fin de observarla más de cerca, aunque para eso tuviera que estar bebiendo.
¡Carajo¡. No sé como ellos aguantan esa porquería con sabor de medicamento.
A pesar de esa repugnancia, real o aparente, se emborrachaba igual que los demás a quienes les gustaba aquella pócima. Y fue gracias a la borrachera como tuvo valentía para declararse.
Fue en plena tarde de un martes cuando, sospechando que no había testigos, siguió a Clara mientras iba con una canasta de ropa sucia bajo el brazo para lavarla en el río. Un río manso que se encontraba con el mar muy cerca del poblado. Con pasos torpes, bajó con dificultad la barranca agarrándose a los arbustos prendidos en la tierra de la ladera. Se extasiaba al ver con que agilidad bajaba la muchacha, parecía ir bailando mientras caminaba sin fijarse en lo que hacía, mirando hacia los lados, al el cielo y hacia atrás. Así fue como vio el esfuerzo de Alain que ya casi la alcanzaba. Asustada, ella cambió de rumbo entrando en la capillita, sin misa aquella tarde, pero con las puertas abiertas como siempre. El Padre vivía allí.
¡Ei, por qué esa falta de respeto, Clara! – vociferó el Sr. Cura Ferando. Esos no son modos ni vestido apropiado para entrar a la iglesia.
Clara miró hacia atrás, y viendo que Alain aún la perseguía, respondió que quería confesarse. El padre se fue al el confesionario y viendo también a Alain que nunca iba a misa, le preguntó en son de broma:
Y tú, ¿también te quieres confesar?
- Yo también – respondió el Francés, sin otra disculpa más plausible. Ahora
tendría que inventar pecados.
Y tendría que hacerlo de inmediato, ya que Clara no tardó ni cinco minutos a los pies del padre. Ahora le tocaba a él. Mientras tanto, la perdió de vista. Sospechaba que ella no lo quería; si no, ¿por qué le rehuía? Cuanto más pensaba en eso, más lo acuciaba el deseo, más intensamente su cuerpo exigía la posesión de aquella creatura. No podía precisar cuando el tormento era mayor.
Entonces fue cuando supo que ella no sabía leer. Y también el motivo. Lo oyó en la tienda de boca del mismo Sr. Jair: teniendo muchos hijos, no sobraba dinero para mandarlos a todos a la escuela.
¿Pero no es gratuita la escuela pública? Preguntó Alain.
Sí – respondió el viejo malhumorado, limpiando el mostrador con un trapo percudido. No se paga – repitió pensativo. Pero los zapatos que necesitan para ir allá cuestan caros. No tengo dinero para calzar a toda esa raza.
Conmovido, el Francés, como primer impulso sintió ganas de ofrecerle uno o más pares de zapatos para su preferida. Salió de la tienda con la idea en la cabeza. Pensó, desmenuzó la idea, la volvió a ensamblar y.. ¡eureka! La idea se estrelló como huevo en el piso, fragmentándose en planes. Se ofrecería para enseñarla a leer. Aunque él no supiera muy bien el portugués, aunque ella fuera alfabetizada parte en una lengua y parte en otra, emprendería la tarea. La enseñaría también a contar. En esto no necesitaba mucho; los rudimentos de aritmética serían suficientes. La excusa sería el hecho de que ella le tenía que ayudar al papá en la tienda; tenía que saber hacer las cuentas para saber cobrar, y escribir para apuntar lo fiado. Así podría convivir todos los días con su musa que le dedicaría toda la atención durante muchas tardes. De ahí podría surgir el enamoramiento. Al comienzo, secretamente, sólo entre los dos. Después hablaría con el papá, le pediría la mano de la chica, afirmando sus serias intenciones. Se casarían en la capillita, bendecidos por aquel cura agrio como un limón.
Pero, ¿de dónde sacaría el valor para enfrentar al tendero con la propuesta? El viejo podría sospechar, empecinarse, ¡vete a saber!. Esa gente era tan imprevisible. Miraba por la ventana pidiendo consejo al paisaje. Dirigía luego la vista hacia su cuarto invadido por la soledad. Se imaginaba en una casita allí cerca, bien aseada, con Clara calzada y alfabetizada cuidándolo.
Receloso, decidió hablar primero con ella, preguntarle su opinión. Pero sus intentos de abordarla fracasaron. Cuando ella no escapaba, se quedaba callada sin mostrar si había entendido o no la propuesta. Quizá él no le inspirara confianza. Gastó no poca energía intentando comunicarse sin éxito. La solución sería hacer todo a través del papá, como era costumbre. Así pues, se echó unos buenos tragos de aguardiente allí mismo en el mostrador y lleno de arrojo expuso su proyecto al posible futuro suegro. El hombre le echó una mirada escéptica moviendo la cabeza hacia los lados. En seguida le preguntó si no tenía nada mejor en que perder su tiempo. Teóricamente estaban solos, pero se notaba que Clara fisgoneaba detrás de la puerta.
Al fin, el Sr. Jair rompe el silencio:
¿Y por qué usté no enseña de una vez a toda la recua a leer?
Pues..., sabe..., no, Sr. Jair. No es una buena idea. No creo que se deba sacar a los niños de la escuela para que aprendan conmigo.
No hablaba de los niños hombres, sino de las tres niñas. Tal vez sabiendo leer sean de más utilidad.
Eso era algo que el Francés no esperaba, pero no dejó que el viejo notara su confusión y aceptó. Sería maestro de Clara, la mayor; de Juana, de 10 años; y de Judit, de cuatro.
Compró cuadernos, lápices y borradores en la ciudad más cercana, pues en el poblado ni eso se encontraba. Dos días después recibió a las niñas en el comedor de su casa, con aire de autoridad. Estaba muy feliz al comienzo, pero después comenzó a perder la paciencia porque la más chiquita no ponía mucha atención. Fue de nuevo al papá de las alumnas y le sugirió que sólo las dos mayores estudiaran. Tal vez en el futuro él se dedicaría también a la menor. El tendero no sólo estuvo de acuerdo, sino que además alabó la idea, hablando a todo el mundo maravillas sobre el Francés:
Fíjense nomás, les da hasta merienda a las niñas, dizque para que aprendan mejor.
Las otras niñas analfabetas de la aldea comenzaron a mirarlo con actitud pedigüeña; las madres también. Menos mal que nadie osaba proponérselo. ¡No faltaba más! No eran pocas las dificultades sólo con aquellas dos alumnas. En efecto, él no sabía escribir el portugués de forma alguna. Iba a trompicones, improvisando, mientras ellas aprendían todo equivocado.
Estaba realmente enamorado. Soñaba todas las noches en el clarísimo espejismo, sentía su olor, veía el brillo de sus cabellos y tenía ganas de comerse su sonrisa. Ahora ella ya se dirigía a él, llamándolo, igual que la hermana, maestro. Él, que nunca había oído el sonido de su voz, deliraba al oírla. Respondía con amabilidad, adentrándose un poco, todo ternura mientras las pupilas iban aprendiendo.
Pero se supo el caso de Dico, un casi niño y simpático pescador, con Neusa, la hija de Neco, otro pescador ya encallecido. Neusa y Dico andaban de novios ya desde chiquitines. Apenas crecieron un poco, comenzaran a practicar el amor como Dios manda que no se haga. En una de esas, la niña resultó barrigona, y al hacerlo, condenó la garganta del noviecito al cuchillo del pescador Neco. El hecho provocó gran revuelo en el poblado, lo que ayudó a preservar la honra de Clara por mucho más tiempo. Si el Francés quería estrecharla en sus brazos rubios y peludos, no tenía más alternativa que: casarse o casarse. Me caso con ella, aseguraba Alain. ¿No es eso lo que más o menos quiero? Si ella quiere, yo quiero. Haría cualquier sacrificio para tenerla. Y se sumergía en físicas satisfacciones solitarias, claro, mientras Clara no se le entregara. Después todo cambiaría.
Era clarísimo que ella, como mujer, aún le rehuía, aunque como niña le demostrara adoración. Eso después que lo tuvo como maestro; pero él no quería sólo eso. La deseaba rendida en sus brazos como a tantas otras que había poseído. Todo eso pasaba por la cabeza del enamorado extranjero mientras sorbía su bebida diariamente en el expendio de bebidas del futuro suegro. Un suegro fuerte y macho que no se apartaba de su cuchillo ni siquiera para ir al baño, como él mismo afirmaba. Siendo así, Alain le hablaría de macho a macho, a pesar del temor que inspiraba la violencia propia de aquella cultura agreste. El haría cualquier cosa por su amada. Expondría sus buenas intenciones y lo convencería, pero sólo cuando tuviera certeza sobre el claro amor de la niña color cacao.
Contemplaba a su musa con embeleso. Que lo esperaran en las grandes ciudades del viejo mundo. Pensaba mientras contemplaba a Clara barriendo el piso de tierra de la tienda. Pies descalzos, piernas lindísimas que se movían tan sólo un poco ondulando la minifalda de tela barata y descolorida. Al verla agacharse para recoger la basura con la pala, vislumbró sus calzoncitos. Ante el peligro de perder la cabeza, decidió alejarse. No aguantaba tanto sufrimiento. ¡Clara, Clara, cuándo nos casaremos!
Tal vez adivinándole los pensamientos, ella le dirigió una mirada del mismo estilo. Dejando caer la escoba, la timidez, la vergüenza, el infantilismo y todo lo demás, Clara se le echó en los brazos espantados. Le ofreció la boca virgen, lista para ser estrujada por un beso que no llegó. Y confesó estremecida:
No tengas miedo. No creas que papá se va a enojar. El ya sabe. Te amo hace mucho tiempo. Desde que llegaste aquí. Yo ya no puedo vivir sin ti.
Y en su lenguaje de radionovelas dijo muchas más cosas, incluyendo casamiento. Sus brazos escuálidos de niña mal nutrida aún se le prendían al cuello. Su hálito era viciado como quien no se cepilla los dientes. Alain se alejó un poco, sonrojado de vergüenza. Vio todo de cerca. Unos pechitos que apenas se insinuaban, parecía muchacho. Vientre sumido, huesos puntiagudos sobresaliendo en un vestido raído. Un olor extraño de humo salía de sus cabellos. Pobrecilla, pensó él, que de repente pasó a ver todo desde otro ángulo.
Mientras ella repetía Yo te amo, cabizbaja, el Francés dejaba la escena, teniendo como público a toda la familia de Clara que, esperando un final feliz, habían visto todo por las hendiduras de la ventana. Inmediatamente se acordó que tendría que volver al lugar de donde había venido.

Traducción del portugués: Rafael Camorlinga Alcaraz
(Universidad Federal de Santa Catarina – Brasil)


Joyce Cavalccante es la fundadora y actual presidenta de REBRA – Red de Escritoras Brasileñas y miembro del Comité Directivo de RELAT. Publicó seis libros de ficción en prosa, y participó de ocho colecciones de cuentos con otros autores.En los años de 1979 y 1980 fue premiada en el "Concurso de Cuentos Eróticos" organizado por la revista "Status", publicada por la editora"Três", São Paulo, con los cuentos "HISTORIA DE UN CUERPO DE NIÑA" y "LUCHA LIBRE" respectivamente. Recibió el premio APCA- Asociación Paulista de Críticos de Arte- en la categoría "Mejor libro de ficción de 1993" por su novela "ENEMIGAS INTIMAS".Sus libros más recientes son: RETALHOS MÍSTICOS –(Retazos Místicos). John Dôo Editor - S.P. - 1988 - Álbum de serigrafías y poemas en coautoría con el artista Élvio Becheronni. Texto bilingüe em portugués e inglés. INIMIGAS ÍNTIMAS –(Enemigas Intimas). Editora Maltese - S.P. - 1ª edición 1993 - 2ª edición - Editora Maltese - S.P. 1994 - Novela.

08 marzo, 2012

Lina Meruane (Chile, 1970)


Sangre en el ojo de Lina Meruane (novela)

"En Nueva York, en medio de una fiesta, buscando en su cartera debajo de la cama la jeringa que debía inyectarse, Lucina experimenta eso que tantas veces le habían dicho que inevitablemente pasaría. Algo como un fuego artificial atraviesa su cabeza, pero no es fuego lo que ve sino sangre derramándose dentro de su ojo, la sangre más estremecedoramente bella que haya visto nunca, la más inaudita, la más espantosa, pero solo ella puede advertirlo.
Con una destreza narrativa admirable y un lenguaje minucioso, Lina Meruane cuenta el periplo médico de Lucina –una escritora chilena–, entre Nueva York y Santiago, desde la noche del derrame hasta el postoperatorio. En ese trayecto, la ceguera absoluta, la incertidumbre y las incontables consultas al médico, una mudanza y un viaje a su país natal, desatarán sus fantasmas familiares, así como sus deseos más perversos, llevando continuamente al límite incluso su relación con Ignacio, su novio.
Ficción y autobiografía se entrecruzan en una novela intensa, vertiginosa y cáustica, sobre la relación de los cuerpos y la ciencia, las heridas y el desarraigo, las exigencias y la incondicionalidad del amor."


Lina Meruane nació en Santiago de Chile en 1970. Es escritora y ensayista. Su obra de ficción incluye los relatos de Las infantas (1998, reeditado en 2010 por Eterna Cadencia), así como las novelasPóstuma (2000), traducida al portugués en 2001, Cercada (2000) y Fruta podrida (2007), además de numerosos cuentos publicados en diversas antologías y revistas en español, inglés, alemán y francés. Asimismo, ha recibido becas de escritura del Fondo de Desarrollo de las Artes de Chile, de la Fundación Guggenheim y de la National Endowment for the Arts. En 2006 obtuvo el premio del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes de Chile a la mejor novela inédita con Fruta podrida. En 2011 ganó el premio Anna Seghers. Actualmente, enseña Literatura y Cultura Latinoamericana en el Liberal Studies Program y da talleres en el Máster de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York.


Publicada por Eterna Cadencia. Librería & Editorail.
MITO


Mucho tiempo después, Edipo, viejo y ciego, recorrió los caminos. Sintió un olor familiar. Era la Esfinge. Edipo dijo: ¨Quiero hacer una pregunta. ¿Por qué no reconocí a mi madre?¨. ¨Diste la respuesta equivocada¨, dijo la Esfinge. ¨Era la única respuesta acertada¨, respondió Edipo. ¨No¨, dijo ella. ¨Cuando pregunté qué camina en cuatro patas a la mañana, dos al mediodía y tres al ocaso, contestaste el Hombre. No dijiste nada sobre la mujer¨.
¨Cuando dices Hombre¨, replicó Edipo, ¨incluyes a las mujeres también. Todos lo saben¨. Ella dijo: ¨Eso es lo que tú crees¨.

Muriel Rukeyser






07 marzo, 2012

Vlady Kociancich (Buenos Aires, 1941)


ABISINIA             
(fragmento)

Para mí, en aquel tiempo, Irene estaba hecha de negaciones: nada pedía, nada deseaba. La veía raramente (nunca en la mesa, de tanto en tanto en la sala, a veces en la puerta de calle, cuando yo regresaba de mis rondas de amor y ella salía para misa de alba), raramente me dirigía la palabra antes de que yo lo hiciera, y en presencia de cualquier extraño se retiraba pronto, sin disculpa alguna, sin perturbación ni sonrojo, a su mundo de bordado y silencio.
Una sola vez, en los días groseramente coloreados que precedieron a mi enfermedad, debí tomarla en cuenta: quería tener un gato y solicitaba mi permiso.
Hasta hoy no he logrado comprender mi reacción.
―No me gustan los gatos, me gustan los perros. Pero el lugar de los animales es el campo y me niego a enjaularlos aquí.
Si ella defendía las virtudes de un gato contra la utilidad o la inteligencia de un perro, si postulaba la ventaja del cuidado afectuoso sobre la dura libertad, me hubiera derrotado. Yo no tenía argumentos a favor de uno o de otro; jamás me interesó animal alguno. Pero no dijo nada. Muy quieta, las manos entrelazadas en la falda, parecía reflexionar.

Me exasperó el silencio. Quería oír una protesta, enfrentar un enojo, ver una lágrima. Aunque me sabía incapaz de negarle un placer que me costaba poco y que a ella (pues había violado su propia ley de invisibilidad) debía importarle mucho.

―Comprendo ―dijo.
Que renunciara a un deseo inocente me sublevó. Antes de informarle que era libre de poseer un gato, un perro, un loro, un tigre, porque a mí me daba exactamente lo mismo, creí necesario instruirla con furia de mi aversión por toda bestezuela doméstica, de mi horror por las pequeñas vidas satélites, casi estaba creyendo esas mentiras, no advertí que le negaba el gato, que rechazaba su pedido.
La vi alejarse con su paso calmo después de haberme sonreído sin pena ni rencor. Atónito, mirándome la palma de las manos, que tenía mojadas, descubrí en mi exaltación una victoria sórdida.
Días después le pedía a un amigo que me buscara un gato.

***

 Piquet entra en el patio. Mira al hombre de la silla de ruedas. Titubea. El hombre está de espaldas a él, la cara entre las manos. Piquet hace una mueca de fastidio. Suspira, se encoge de hombros, tose discretamente para llamarle la atención. Durand gira la cabeza.
No hay lágrimas en los ojos verdes, que relumbran como los de un gato en la oscuridad. Sonríe. ¡Bien! ¡Muy bien! Ahora, Xavier Durand. Esta es la ocasión. Usa en nuestro beneficio al único amigo que te ha dejado en pie la delicada Irene. No mires hacia atrás. La decisión que tomaste en París es hoy anécdota risible. Cuéntale simplemente los hechos.
Hechos. No los sueños ni las pesadillas que te complace atribuirme. Recuerdas bien. Cómo olvidar la cara joven, azorada y estúpida del hombre que ella arrastró a tu cuarto en París. Más te horrorizó la perplejidad del muchacho que las atroces palabras de Irene. Olvida lo que ella prometió y se aplicó a cumplir desde esa noche. Sólo recuerda tu infinita compasión y tu tristeza por la presencia inútil del tercero.
Recuerda al joven mirándose los pies, roja la hermosa y tosca cara, demasiado humilde para atreverse a salir del cuarto sin una orden de los señores, ansioso de volver a su calle y su gente para contar la aventura de la noche, para recuperar con los suyos la risa y el aplomo que le faltaba ahora, pobre instrumento de carne pulsado por la dama de blanco frente al caballero que tenía una manta sobre las piernas. Recuerda la fascinación con que mirabas al muchacho (ni una vez posaste los ojos en Irene), como si no pudieras admitir aquellos pormenores fisonómicos que corroboraban su existencia: el cabello lacio, los ojos castaños, la pequeña cicatriz en la frente, la boca floja, la sombra de barba en un mentón de niño.
Recuerda que fue esa fascinación del horror lo que te hizo perder la primera batalla contra Irene. Porque sólo deseabas una cosa. Que se borrara de tu vista aquel cuerpo. Recuerda también que Irene no te pidió nada ese día. Quería probarte y te probó.
Recuerda tu silencio, tu inmovilidad, tus ojos clavados en la puerta cerrada, la carga del infierno sobre los dos, y el helado desprecio en la voz de Irene antes de irse ella también, abandonándote a un nuevo mundo, diciendo:
―Te jactas de ser un hombre ético. No es verdad, Xavier. A tu moral le falta la belleza que hay en la venganza.

 Extraído de: Abisinia, Editorial Galerna, 1985.

06 marzo, 2012

Joyce Carol Oates( Nueva York, EE.UU., 1938)


“Se puso de puntillas para darme un abrazo con un poco de retraso. Algo más fuerte de lo ordinario, para señalar que me quería aún más, porque yo era un suplicio para ella.
Cada vez que mamá me apretaba en uno de sus fuertes abrazos me parecía que ella era un poco más pequeña, más baja. Desde la muerte de papá aquel pulcro cuerpecillo que parecía poseer la elasticidad de la goma estaba perdiendo definición. Mis manos encontraron michelines en su cintura y en lo alto de la espalda, vi la carne fláccida de los antebrazos y de la barbilla. Desde que había cumplido los cincuenta, mamá había abandonado cualquier tipo de tacón, y llevaba sobre todo zapatos de suela de crepé tan planos, tan pequeños y de punta redonda que parecían zapatos de juguete de niña. Por un breve período habíamos tenido la misma altura (un metro sesenta y uno, cuando yo tenía doce años), y ahora mamá era varios centímetros más baja que yo.
Sentí una punzada de alarma, de pérdida. Quería pensar que tenía que haber algún error.
Con mi voz de fiesta dije: -Mamá, tienes un aspecto espléndido. Feliz día de la Madre.
Mamá respondió, turbada: -Es un día tonto, ya lo sé.”

03 marzo, 2012

Cida Sepulveda (Piracicaba, São Paulo)


ENIGMA


Célia Regina se sacó la ropa, las prendas aletearon. Chocolate se puso duro, ardiente, la voz suave... Célia-vaso leche, temperatura natural, carne de oveja. Vivía con el novio que la golpeaba, huyó con lo puesto, casi no conocía la ciudad, él la había traído de Minas, ciudad minúscula donde las palabras mueren de tedio... Se robaron, de puro ladrones. Comenzaron las peleas, porque siempre comienzan. No pretendía vivir con él ni con nadie. Ni trabajar. Iría a la ruta, a vivir de camioneros hasta caer dura de vejez o enfermedad. O en una choza en medio de la floresta. Sin rumbo, anduvo de circular en circular *, paró en plazas, iglesias, hasta acabar en el Bar das Moças. Apareció Chocolate, se fijó en ella, ella sintió vergüenza, pero se aproximó.
El muchacho se apresuró a pagar cerveza y hamburguesa completa. El hambre empezó a reírse, a carcajadas, indigesto. Célia Regina masticó la noche que lo dejaba impreso en la suciedad del bar. Vio túneles girar enfrente suyo, iba a elegir el más iluminado. Chocolate percibió la intención, le asó la mano por sus cabellos y le hizo una sonrisa prometedora.
Salieron abrazados, ella contó lo esencial, él apenas del deseo latente.


La noche, satisfecha, cerró puertas y ventanas. El sol abortó sombras. Célia Regina se abrió al domingo, invicta. Amaba por hábito, vicio, amor, indolencia. Chocolate anidó en sus senos robustos. Lo acarició.
Leche con chocolate de desayuno; pan y torta. ¡la vida es comer y beber!, filósofo él. Célia no prestó atención, veía a la ciudad mofarse de los hombres que la perseguían. La ciudad era el espejo en el que se ahogaba.
Conversaban de futuros próximos y distantes, de pasados posibles e insoportables, eran dos heridas abiertas que la desesperanza había unido. Juntarían trapos y planes. Célia Regina se levantó, fue hasta la ventana, el asfalto humeaba, un ciego se agarraba a la vereda, estiraba las manos, recogía indiferencia y monedas.
El ciego la divisó en las alturas e hizo señas. Célia sintió amargor en el estómago. Chocolate en la ducha olvidaba cansancios. En la cabeza de ella las bobadas corrían. Se alisó los cabellos densos, los trenzó y los sujetó en la soledad.


Ni ella ni Chocolate creían en milagros... se mentían por piedad. Pan, techo y placer, ingredientes de un fin de semana. De una semana entera, un mes, algunos meses a lo más. Sabía de los comienzos y los finales entre un hombre y una mujer libre ―porque ella lo era, ni puta ni santa: libre, puta y santa―. Iba a dolerle al macho, les dolía a todos, desde los más ávidos a los más retraídos, de los más considerados a los más guarangos. Los hombres eran el enigma que ella descifraba en cada polvo. No tenía estudios ni ganas de adquirir lecturas ni ideas, le bastaba con servir al deseo que irrumpía sinuoso desde todos los rincones de la ciudad triste.
La sirena de la policía la despertó, los canas entraban al edificio armados de ametralladoras, ella observaba el tumulto en la vereda; San Pablo la abatía con sus impulsos homicidas. La despertaron las trompadas y patadas en la puerta del departamento. Corrió hacia el baño, la puerta estaba trancada, la ducha abierta, llamó a Chocolate en vano.
Abrió la puerta a los llamados amenazantes, los canas entraron rastreando, forzaron la puerta del baño, Chocolate sangraba. Ella tenía apenas el documento de identidad; estuvo detenida algunas horas.
Tomó una circular hacia el centro. El Bar das Moças era su última parada.



* N.de T: La autora se refiere a un tipo de ómnibus urbano cuyo recorrido recomienza en el lugar donde ha partido.
Traducción: Federico Lavezzo.



Cida Sepulveda nació en Piracicaba, estado de São Paulo. Se formó en Letras en la Universidad de Campinas. Su cuento ¨Ou açogue¨ fue seleccionado por el Jornal O Globo (Rio de Janeiro) en 2004 y publicado en marzo de ese año en el suplemento literario Prosa e Verso, y en la colección Contos do Rio, editada por Bom Texto (RJ), en 2005. Ha publicado el libro de poemas Sangue de Romã (2004). Edita la revista de Literatura e Arte Vagalume
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