12 noviembre, 2016

Cristina Peri Rossi

LOS DESARRAIGADOS

A menudo se ven, caminando por las calles de las grandes ciudades, a hombres y mujeres que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendidos. Carecen de raíces en los pies, y a veces, hasta carecen de pies. No les brotan raíces de los cabellos, ni suaves lianas atan su tronco a alguna clase de suelo. Son como algas impulsadas por las corrientes marinas y cuando se fijan a alguna superficie, es por casualidad y dura sólo un momento. Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello. La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entienden dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven. Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso. Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra los perdieron, les fueron sustraídos o amputados, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables. Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño. Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa. Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.

Cristina Peri Rossi

LOS DESARRAIGADOS

A menudo se ven, caminando por las calles de las grandes ciudades, a hombres y mujeres que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendidos. Carecen de raíces en los pies, y a veces, hasta carecen de pies. No les brotan raíces de los cabellos, ni suaves lianas atan su tronco a alguna clase de suelo. Son como algas impulsadas por las corrientes marinas y cuando se fijan a alguna superficie, es por casualidad y dura sólo un momento. Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello. La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entienden dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven. Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso. Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra los perdieron, les fueron sustraídos o amputados, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables. Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño. Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa. Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.

23 diciembre, 2015

Paula Tomassoni (Argentina)

LECHE MERENGADA , novela (fragmento).

A FIN DE CUENTAS 

 A lo largo de todo el día Mariana se cuestionó si era lógico tanto escándalo por una pregunta que había hecho solamente para no quedarse callada. 
 Se había levantado primera, Camila dormía (el aire del mar la agotaba) y Julián se había quedado un rato más en la cama. Ya en la cocina del departamento, despejó la mesa, puso la pava para el mate y preparó algunas tostadas con el pan del día anterior. Es cierto que podría haberse vestido y molestado hasta la panadería de la otra cuadra para comprar medialunas rellenas con dulce de leche y bañadas en chocolate, que eran las preferidas de su marido, pero esta vez le dio fiaca y optó por un desayuno más sencillo. Entonces se había levantado Julián, que se acercó hasta la mesa vestido como había dormido (remera con el dibujo del planeta tierra y calzoncillos negros), y casi sin decir “buen día” le había contado lo que soñó. 

- Yo era yo, digo, estábamos acá, en San Bernardo, y venía un tipo ruso o algo así y me pedía que me subiera a un avión para ir a bombardear. “Es fácil” me decía, “Con esta palanca volás el avión y con el botón rojo tirás las bombas”. Entonces yo ya estaba vestido como soldado y aunque le repetía que nunca había volado un avión ni tirado una bomba, ya me estaba subiendo para proceder. ¿Entendés? Es de locos. ¿No es de locos? Yo manejaba un avión y tiraba bombas en la guerra mundial. 

 Ahí había hecho una pausa, y la había mirado. Ella estaba sorbiendo el mate y le sonrió mordiendo la bombilla. Y cuando volvió a echar agua del termo sobre la yerba nueva, preguntó: 

- ¿Aviador? ¿En qué guerra? ¿La primera o la segunda?

 La cara de Julián se había crispado al punto de hacer temblar al planeta tierra que llevaba en la remera. Rechazó el mate que ella le ofrecía y antes de levantarse de la mesa le contestó:

- ¿Y eso qué mierda tiene que ver? 

 Más recordaba Mariana la escena, más ridícula le parecía la reacción de su marido: se había cambiado de ropa y había dejado el departamento para volver después del almuerzo a decirle que eso no daba para más, que se volvían a Buenos Aires y él se iba a ir a dormir por un tiempo a lo de su vieja.

- ¿Por una guerra mundial? 

 Con el comentario de “No sé si sos o te hacés” Julián se había metido adentro del cuarto y cerrado la puerta. “Otra vez” pensó Mariana metiendo los platos sucios en la pileta. Miró a su hija: ajena por suerte a todas las batallas, se chorreaba comiendo una naranja. 

 Julián se había quedado encerrado toda la tarde. A las seis, cuando apareció en la cocina, Camila recién se levantaba de la siesta y Mariana había preparado unos mates (esta vez sin tostadas porque se le había cerrado el estómago). La escena era tan parecida a la del desayuno que se juró a sí misma quedarse callada, pero entonces él le dijo que ya había metido la ropa en los bolsos, que sacara a pasear a la nena mientras cargaba el auto y ordenaba el departamento.

 No muy convencido de que hiciera falta agregar algo había dicho: “No da para más. Es una tras otra. La de hoy a la mañana colmó el vaso, pero no da para más”. Se refería, claro, a la sucesión de discusiones que venían teniendo los últimos tiempos. Así fue como Mariana levantó a la nena, le puso el vestidito que estaba sobre la silla, la peinó y salieron. 

 Caminó cinco cuadras con su hija a upa. Recién cuando estuvieron sentadas en el Trencito de la alegría, del lado de la ventanilla, empezó a reconocer que era cierto, que se estaban peleando mucho últimamente, pero ¿Qué hubiera sucedido si esa mañana ella no le preguntaba nada? Si le hubiera dicho que qué buen sueño, o qué loco, o hubiera respondido cualquier cosa, ¿Hubiera durado más su matrimonio? ¿Y sus vacaciones? 

Una Superpoderosa de cabeza gigante pasó por el pasillo del tren regalando caramelos. Ben 10, un muchacho delgadísimo de traje brillante, recorría los asientos pidiendo los boletos. El Hombre Araña se sacaba fotos con unos chicos en la vereda.

 Arrancaron. La música fuertísima retumbaba en las paredes metálicas del vagón, se mezclaba con las luces de colores. Mariana y Camila agitaban una maraca plástica con movimientos mecánicos. Un padre bailaba en el pasillo con la Superpoderosa y el resto del pasaje aplaudía siguiendo el compás. Cada ocho o diez cuadras, el tren aminoraba su marcha para el espectáculo del Hombre Araña. El superhéroe bajaba de un salto y se adelantaba unos metros, cortando camino por terrenos baldíos o calles transversales. Se trepaba a un árbol, un techo o una medianera y, colgando de las piernas como un acróbata, esperaba que pasara el vagón con sus admiradores. El conductor del tren lo anunciaba por el micrófono: “todo el mundo mirando a la izquierda” y corría a iluminarlo con una luz redonda como la de un circo. 

 Recién había empezado a anochecer cuando el trencito se detuvo y ante la orden del parlante los pasajeros fueron a observar al Hombre Araña que se balanceaba en la rama más alta de un pino de tronco pelado. “¿Cómo se subió?” preguntaba uno de los chicos mientras su mamá aplaudía. Lo vieron después cruzar la plazoleta haciendo medialunas y más tarde suspenderse agazapado en lo alto de la reja del portón de un depósito. “Altísimo” comentaron. El tren siguió andando y al grito de “Todo el mundo mirando a la derecha” los de la izquierda se abalanzaron sobre las ventanillas del otro lado del pasillo. “¡Allá!” gritó alguien que estaba sentado cuando la luz iluminó la esquina de un paredón de ladrillos salientes, a unos tres metros del piso. El Hombre Araña, apoyado de espaldas a la pared, se sostenía de los pequeños huecos que le dejaba el revoque caído de las juntas. Giraba la cabeza hacia ambos lados, buscando villanos. Mariana, que había tenido que pararse, subió a la nena a upa para ver si podían ver algo entre el tumulto. No pudo y fue una suerte porque de pronto escuchó el ruido de un golpe y un grito. O al revés. Y enseguida la explicación: “Se cayó”. La gente gritaba y se lamentaba sin correrse de sus puestos de observación. “Sangre” gritó una señora. Todos coincidieron en que estaba perdiendo mucha sangre. Alguien pidió que buscaran una ambulancia. “Ya llamaron” fue la respuesta, y hubo que esperar.

 Mariana había vuelto a su asiento y entretenía a la nena con la maraca. Lo único que le faltaba a su hija ese día era ver al Hombre Araña con la cabeza rota en la vereda. 

-¿Está muy mal?- pregunto a una mujer que había decidido volver a su lugar.

- Hay mucha sangre- le dijo- Ahora le van a sacar la capucha. Para mí, está muerto.

 Si estaba muerto, iba a salir en el diario. Primero pensó en Julián, que a esa hora estaría cargando los bolsos en el baúl del auto. Después se preguntó qué pensarían los pibes que se habían sacado fotos con el Hombre Araña en la vereda, cuando leyeran la noticia. Una cosa era un recuerdo con el superhéroe, otra muy distinta era una foto con el que, minutos después, se había muerto trágicamente cayéndose de una pared. Seguro que alguno la guardaba en el álbum abrochada al recorte con la noticia. 

 Qué vacaciones. Pensar que después de un año entero de peleas, acusaciones y sospechas, los dos habían pensado que unos días en la playa iban a calmar las aguas. Tomar sol sobre toneles de pólvora. No era tanto una cuestión de guerras mundiales, después de todo. Entonces Mariana pensó en el álbum de fotos de Camila, que ni siquiera había empezado el jardín. Habían sacado muy pocas en el brevísimo tiempo que habían estado en la playa: una cosa era el recuerdo de cuando fueron al mar, otra muy distinta era el registro fotográfico del fin de su joven familia.

 Paró una ambulancia y los médicos alejaron a la gente del cuerpo. Algunos, que habían bajado, volvieron a subirse al tren. La primera información entró como un rumor, como llega una ola a la orilla: “Respira”. Todos se sintieron más aliviados (o eso dijeron). Una de las Superpoderosas paró de llorar para explicar: “Ya recobró el conocimiento. Y responde a las preguntas de los médicos”. La segunda información llegó como un grito: “¡Es una nena! ¡El Hombre Araña era una nena!”. Y enseguida: “Hijo de puta”: los insultos iban dirigidos al conductor, dueño del Trencito de la alegría, que hablaba nervioso con el chofer de la ambulancia. La gente opinaba: “No tiene más de catorce”. Algunos volvieron a levantarse para verla. La describieron: era joven, morochita, tenía el pelo atado, había sangrado mucho, decían. Alguien exigió que avisaran a la policía. “Ya la llamaron”. Nadie informaba nada, así que los que venían en el trencito terminaron de ocupar sus asientos. “Quién se iba a imaginar” alguien dijo. Un chico de unos diez años que había ido sentado atrás de Mariana, le preguntó a su madre por qué, si era una chica, no la habían disfrazado de Mujer Araña. “Andá a saber”.
Se preguntó si Julián estaría preocupado por la demora. No le había dicho que iban a andar en el trencito, capaz creía que estaban comiendo algo por ahí. A esa hora estaría pasando un trapo al piso del departamento. Saldrían en un rato, le gustaba manejar de noche. ¿Qué opinaría sobre este asunto de que el Hombre Araña era mujer? Que era una boludez, seguro, como siempre: todo lo que para ella era importante, para él era una boludez. La ambulancia partió prendiendo la sirena. El tren volvió a arrancar, manejado por Ben 10 que, sin careta, aparentaba dudosos dieciocho años. El dueño se subió al patrullero. Al despejarse el lugar, quedó sobre la vereda una mancha grande de sangre, ni femenina ni masculina, desarmándose en hilitos que buscaban discurrir por las inclinaciones de las baldosas. El viaje de regreso fue lento y sin música. La gente no hablaba. Los chicos más chicos se durmieron. Camila no, porque había dormido la siesta. Mariana la miraba y pensaba si alguna vez iba a perdonarlos. ¿Y si Julián las esperaba en la estación del tren y cuando llegaban iban a cenar y arreglaban todo? Si al fin y al cabo, se querían. Cuando bajaron por la escalera de chapa del Trencito de la alegría ya era de noche. La calle peatonal estaba llena de gente, música y espectáculos callejeros. Nadie sabía lo del Hombre-Niña Araña. 

Nadie sabía que Julián quería irse de casa. Fueron a comer un pacho, un poco porque tenían hambre y un poco porque ella quería demorar el regreso. Al llegar al edificio, estaba el auto en la puerta y él adentro. Le dio la llave del departamento para que fueran al baño antes de salir. Decidió no contarle nada del tren. Después de asegurar a Camila en el asiento de atrás, Mariana se sentó y apoyó la cabeza sobre el asiento blando, pensando en la vereda filosa y dura. Se puso el cinturón de seguridad y se acomodó para dormir dándole la espalda a Julián y sus guerras mundiales. Él arrancó el auto y puso bajito el cd de los Rolling. Así que eso era separarse.

14 septiembre, 2015

Joan Didion:(E.E.U.U., 1934)


El año del pensamiento mágico
















Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió aparentemente –o realmente- un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos de la Singer Division del Beth Israel Medical Center, por entonces un hospital en la avenida East End (cerró en agosto de 2004), más conocido como el Beth Israel North o el Antiguo Hospital de Médicos; lo que pareció un caso de gripe invernal lo bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de Navidad había derivado en neumonía y choque séptico. Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma. He sido escritora toda mi vida. Como escritora, incluso de niña, mucho antes de que empezara a publicar lo que escribía, siempre tuve la sensación de que el significado radicaba en el ritmo de las palabras, las frases, los párrafos, una técnica para contener lo que pensaba o creía tras un refinamiento cada vez más impenetrable. Soy o he llegado a ser la forma en la que escribo; sin embargo, este es un caso en el que en vez de las palabras y sus ritmos desearía tener una sala de montaje equipada con un Avid, un sistema de edición digital en el que pudiera pulsar una tecla y la secuencia de tiempo se desintegrara para mostrarles simultáneamente todos los cuadros de la memoria que me asaltan en este momento y dejarles elegir las tomas, los diferentes comentarios al margen, las distintas lecturas de las mismas líneas. En este caso, para encontrar el significado, necesito más que palabras. En este caso necesito cualquier cosa que yo crea o me parezca inteligible, aunque sólo sea para mí misma.
Fragmento leído por Josefina Licitra en Lecturas en un minuto deLamujerdemivida.

06 junio, 2015

Declaración de amor ::: Clarice Lispector

DECLARACIÓN DE AMOR

[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para Un soplo de vida.]

Ésta es una confesión de amor: amo la lengua portuguesa. No es ella fácil. No es maleable. Y, como no fue profundamente trabajada por el pensamiento, su tendencia es la de no tener sutilezas y reaccionar a veces con un verdadero puntapié contra los que temerariamente osan transformarla en un lenguaje de sentimiento y vigilancia. Y de amor. La lengua portuguesa es un verdadero desafío para quien escribe. Sobre todo para quien escribe quitando de las cosas y las personas la primera capa de superficialidad.
A veces ella reacciona ante un pensamiento más complicado. A veces se asusta con lo imprevisible de una frase. Me gusta manejarla —como me gustaba estar montada en un caballo y guiarlo con las riendas, a veces lentamente, a veces al galope.
Yo quería que la lengua portuguesa alcanzase lo máximo en mis manos. Y este deseo todos los que escriben lo tienen. Un Camôes y otros iguales no bastaron para darnos para siempre una herencia de lengua ya hecha. Todos nosotros que escribimos estamos haciendo del túmulo del pensamiento algo que le dé vida.
Estas dificultades, nosotros las tenemos. Pero no hablé del encantamiento de lidiar con una lengua que no fue profundizada. Lo que recibí de herencia no me llega.
Si yo fuera muda, y tampoco pudiera escribir, y me preguntaran a qué lengua querría pertenecer, diría: al inglés, que es preciso y bello. Pero como no nací muda y pude escribir, se volvió absolutamente claro para mí que lo que yo quería realmente era escribir en portugués. Y hasta habría querido no haber aprendido otras lenguas: sólo para que mi abordaje del portugués fuera virgen y límpido.


[Imagen: grafía de Clarice, anotaciones para diálogo entre Macabea y Glória en la novela La hora de la estrella]


Esta é uma declaração de amor: Amo a língua portuguesa. Ela não é fácil. Não é maleável. E, como não foi profundamente trabalhada pelo pensamento, a sua tendência é a de não ter sutilezas e de reagir às vezes com um verdadeiro pontapé contra os que temerariamente ousam transformá-la numa linguagem de sentimento e de alerteza. E de amor. A língua portuguesa é um verdadeiro desafio para quem escreve. Sobretudo para quem escreve tirando das coisas e das pessoas a primeira capa de superficialismo. Às vezes ela reage diante de um pensamento mais complicado. Às vezes se assusta com o imprevisível de uma frase. Eu gosto de manejá-la – como gostava de estar montada num cavalo e guiá-lo pelas rédeas, às vezes lentamente, às vezes a galope.
Eu queria que a língua portuguesa chegasse ao máximo nas minhas mãos. E este desejo todos os que escrevem têm. Um Camões e outros iguais não bastaram para nos dar para sempre uma herança da língua já feita. Todos nós que escrevemos estamos fazendo do túmulo do pensamento alguma coisa que lhe dê vida.
Essas dificuldades, nós as temos. Mas não falei do encantamento de lidar com uma língua que não foi aprofundada. O que recebi de herança não me chega.
Se eu fosse muda, e também não pudesse escrever, e me perguntassem a que língua eu queria pertencer, eu diria: inglês, que é preciso e belo. Mas como não nasci muda e pude escrever, tornou-se absolutamente claro para mim que eu queria mesmo era escrever em português. Eu até queria não ter aprendido outras línguas: só para que a minha abordagem do português fosse virgem e límpida.


Crónica del 11 de mayo de 1968, Jornal do Brasil. En: Revelación de un mundo.
Traducción de Amalia Sato



08 marzo, 2015

Selva Almada (Argentina, 1973)



"Cuando empecé la facultad me fui a vivir con una amiga a Paraná, la capital de la provincia, a 200 kilómetros de mi pueblo. Teníamos poca plata, vivíamos en una pensión, bastante ajustadas. Para ahorrar, empezamos a irnos a dedo, los fines de semana cuando queríamos visitar a nuestras familias. Al principio siempre buscábamos algún chico conocido nuestro, también estudiante, que nos acompañara. Después nos dimos cuenta de que nos llevaban más rápido si éramos sólo chicas. De a dos o de a tres, sentíamos que no había peligro. Y en algún momento, cuando ganamos confianza, cada una empezó a viajar sola si no conseguía compañera. A veces, por lo exámenes, no coincidían nuestras visitas al pueblo. 

Nos subíamos a autos, a camiones, a camionetas. No subíamos si había más de un hombre adentro del vehículo, pero excepto eso no teníamos muchos miramientos. En cinco años fui y vine cientos de veces sin pagar boleto. Hacer dedo era la manera más barata de trasladarse y a veces hasta era interesante. Se conocía gente. Se charlaba. Se escuchaba, la mayoría de las veces: sobre todo los camioneros, cansados de la soledad de su trabajo, nos confiaban sus vidas enteras mientras les cebábamos mate. De vez en cuando había algún episodio incómodo. Una vez un camionero mendocino mientras me contaba sus cuitas me dijo que había algunas estudiantes que se acostaban con él para hacerse unos pesos, que a él no le parecía mal, que así se pagaban los estudios y ayudaban a los padres. La cosa no pasó de esa insinuación, pero los kilómetros que faltaban para bajarme me sentí bastante inquieta. Cada vez que me subía a un auto lo primero que miraba era dónde estaba la traba de la puerta. Creo que ese día me corrí hasta pegarme a la ventanilla y directamente me agarré a la manija de la puerta por si debía pegar un salto.

Otra vez un tipo joven, en un coche caro y que manejaba a gran velocidad, me dijo que era ginecólogo y empezó a hablarme de los controles que una mujer debía hacerse periódicamente, de la importancia de detectar tumores, de pescar el cáncer a tiempo. Me preguntó si yo me controlaba. Le dije que sí, claro, todos los años, aunque no era verdad. Y mientras siguió hablando y manejando estiró un brazo y empezó a toquetearme las tetas. Me quedé dura, el cinturón de seguridad atravesándome el pecho. Sin apartar la vista de la ruta, el tipo me dijo: vos sola podés detectar cualquier bultito sospechoso que tengas, tocándote así, ves.

Sin embargo, una sola vez sentí que realmente estábamos en peligro. Veníamos con una amiga desde Villa Elisa a Paraná, un domingo a la tarde. No había sido un buen viaje, nos habían ido llevando de a tramos. Subimos y bajamos de autos y camiones varias veces. El último nos había dejado en un cruce de caminos, cerca de Viale, a unos 60 kilómetros de Paraná. Estaba atardeciendo y no andaba un alma en la ruta. Al fin vimos un coche acercándose. Era un auto anaranjado, ni viejo ni nuevo. Le hicimos seña y el conductor se echó sobre la banquina. Corrimos unos metros hasta alcanzarlo. Iba a Paraná, así que subimos, mi amiga junto al hombre que conducía, un tipo de unos sesenta años; yo en el asiento de atrás. Los primeros kilómetros hablamos de lo mismo de siempre: el clima, de dónde éramos, lo que estudiábamos. El hombre nos contó que volvía de unos campos que tenía en la zona. Desde atrás no escuchaba muy bien y como vi que mi amiga manejaba la conversación, me recosté en el asiento y me puse a mirar por la ventanilla. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que sucedía algo raro. El tipo apartaba la vista del camino e inclinaba la cabeza para hablarle a mi amiga, estaba más risueño. Me incorporé un poco. Entonces vi su mano palmeando la rodilla de ella, la misma mano subiendo y acariciándole el brazo.

Empecé a hablar de cualquier cosa: del estado de la ruta, de los exámenes que teníamos esa semana. Pero el tipo no me prestó atención. Seguía hablándole a ella, invitándola a tomar algo cuando llegáramos. Ella no perdía la calma ni la sonrisa, pero yo sabía que en el fondo estaba tan asustada como yo. Que no, gracias, tengo novio. Y a mí qué me importa, yo no soy celoso. Tu novio debe ser un pendejo, qué puede enseñarte de la vida. Un tipo maduro como yo es lo que necesita una pendejita como vos. Protección. Solvencia económica. Experiencia. 

Las frases me llegaban entrecortadas. Afuera ya era de noche y no se veían ni los campos al borde de la ruta. Miré para todos lados: todo negro. Cuando me topé con las armas acostadas en la luneta del auto, atrás de mi asiento, se me heló la sangre. Eran dos armas largas, escopetas o algo así. Mi amiga seguía rechazando con amabilidad y compostura todas las invitaciones que él insistía en hacerle, esquivando los manotazos del hombre que quería agarrarle la muñeca. Yo seguía hablando sin parar, aunque nadie me prestara atención. Hablar, hablar y hablar, yo que no hablo nunca, un acto de desesperación infinita. Entonces lo mismo que me había helado la sangre, me la devolvió al cuerpo. Yo estaba más cerca que él de las armas. 


Aunque nunca había disparado una. Por fin las luces de la entrada a la ciudad. La YPF adonde paraba el rojo que nos llevaba al centro. Le pedimos que nos bajara allí. El tipo sonrió con desprecio, se corrió del camino y estacionó: sí, mejor bájense, boluditas de mierda. Nos bajamos y caminamos hasta la parada del colectivo. El auto anaranjado arrancó y se fue. Cuando estuvo lejos, tiramos los bolsos al piso, nos abrazamos y nos largamos a llorar."

Fragmento del libro Chicas muertas de Selva Almada

15 febrero, 2015

Misterio en San Cristóbal :: Clarice Lispector / Perfumes de carnaval

MISTERIO EN SAN CRISTÓBAL [CONTINUACIÓN]


 imagen: Antonio Berni




Detrás del vidrio oscuro de la ventana había un rostro blanco mirándolos.
El gallo se había inmovilizado en el gesto de quebrar el jacinto. El toro se había quedado con las manos todavía levantadas. El caballero, exangüe bajo la máscara, había rejuvenecido hasta encontrar la infancia y su horror. El rostro tras la ventana observaba.
Ninguno de los cuatro sabría quién era el castigo del otro. Los jacintos cada vez más blancos en la oscuridad. Paralizados, se miraban.
La simple aproximación de cuatro máscaras en la noche de mayo parecía haber repercutido en huecos recintos y aún en otros más, otros más que, sin ese instante en aquel jardín, quedarían para siempre en ese perfume que hay en el aire y en la inmanencia de cuatro naturalezas que el azar había indicado, señalando la hora y el lugar –todo en lo oscuro era una muda aproximación. Caídos en la emboscada, ellos se miraban aterrorizados: había sido transgredida la naturaleza de las cosas y las cuatro figuras se miraban con las alas abiertas. Un gallo, un toro, el demonio y el rostro de la joven habían desatado la maravilla del jardín... Fue cuando la gran luna de mayo apareció.
Era un toque peligroso para las cuatro imágenes. Tan arriesgado que, sin un sonido, cuatro mudas visiones retrocedieron sin dejar de mirarse, temiendo que en el momento en que no se aprisionaran por la mirada, nuevos territorios distantes fuesen heridos y que, después del silencioso desmoronamiento, quedasen los jacintos dueños del tesoro del jardín.  Ningún espectro vio al otro desaparecer porque todos se habían retirado al mismo tiempo, lentamente, en puntas de pie. Apenas quebrado, sin embargo, el círculo mágico de los cuatro, libres de la vigilancia mutua, la constelación se deshizo con terror: tres bultos saltaron como gatos las rejas del jardín, y otro, asustado y agigantado, se apartó de espaldas hasta el límite de una puerta, desde donde, con un grito, se echó a correr.
Los tres caballeros enmascarados, que por la funesta idea del gallo pretendían sorprender en un baile alejado del carnaval, fueron un éxito en la fiesta ya comenzada. La música se interrumpió y los bailarines, aún enlazados, vieron entre risas a los tres enmascarados exhaustos detenerse como indigentes en la puerta. Finalmente, después de varias tentativas, los invitados tuvieron que abandonar el deseo de convertirlos en reyes de la fiesta porque, asustados, los tres no se separaban: uno alto, uno gordo y uno joven, uno gordo, uno joven y uno alto, desequilibrio y unión, los rostros sin palabras debajo de las tres máscaras que vacilaban independientes.
Mientras tanto, la casa de los jacintos se había iluminado toda. La joven estaba sentada en el comedor. La abuela, con sus cabellos blancos trenzados, sujetaba un vaso de agua, la madre alisaba los cabellos oscuros de la hija, mientras el padre recorría la casa. La joven no sabía explicar nada: parecía haberlo dicho todo en su grito. Su rostro se había empequeñecido, claro –toda la construcción laboriosa de su edad se había deshecho, era otra vez una niña. Pero en la imagen rejuvenecida de otra época, para horror de la familia, un hilo blanco había aparecido entre los cabellos de la frente. Como persistiera en mirar en dirección a la ventana, la habían dejado sentada reposando, y con candelabros en la mano, estremeciéndose de frío en los camisones, habían salido de expedición por el jardín.
Enseguida las velas derramaban su luz danzando en la oscuridad. Enredaderas alambradas se encogían, los sapos saltaban iluminados entre los pies, los frutos se doraban por un instante entre las hojas. El jardín, despierto del sueño, ora se engrandecía, ora se extinguía; las mariposas volaban sonámbulas. Finalmente, la vieja, buena conocedora de los canteros, apuntó a la única señal visible en el jardín que rehuía: el jacinto todavía vivo quebrado en el tallo... Entonces era verdad: algo había sucedido. Volvieron, iluminaron toda la casa y pasaron el resto de la noche esperando.
Sólo los tres niños dormían aún más profundamente.
La joven poco a poco recuperó su verdadera edad. Sólo ella vivía sin escrutarlo todo. Los otros, que nada habían visto, se tornaron atentos e inquietos. Y como el progreso en aquella familia era el frágil producto de muchos cuidados y de algunas mentiras, todo se deshizo y tuvo que rehacerse casi desde el principio: la abuela, otra vez dispuesta a ofenderse, el padre y la madre cansados, los niños insoportables, toda la casa pareciendo esperar que una vez más la brisa de la opulencia soplase después de la cena. Lo que sucedería tal vez en otra noche de mayo.   



Clarice Lispector


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