04 febrero, 2017

Hebe Uhart


E n  l a  p e l u q u e r í a
La peluquería me parece un lugar tan separado del mundo exterior, tan distante como el cine, por ejemplo. Tan distante que cuando estoy aburrida dentro de ella pienso en el bar que está en la esquina al que voy siempre, y con el pelo lleno de esa brea que ponen para teñir, pienso: “Quiero ir ahora mismo a tomar un café, con la bata negra puesta y los pelos untados”. Por suerte para mi reputación imagino después al café tan lejano e imposible como un viaje a Chascomús. Con el pelo teñido me miro al espejo, no es como el de mi casa, en casa me veo mejor. En el espejo de la peluquería veo todas mis imperfecciones: ojos cansados que me dan una expresión de atontada; llevé un pulóver viejo para que no se manchara y con la luz de ese espejo veo que está realmente viejo; no lo veo como en casa. Ya que parezco tan mal, debo  ser simpática para compensar, debo demostrar que soy una persona razonable, sensata, y de ningún modo decir lo que pienso: “quiero ir al bar de la esquina, al cajero, a comprar peras”. Entonces charlo con el peluquero (dice que se llama Gustavo). Y le pregunto si trabaja muchas horas, cuándo viene menos gente y si atienden chicos. Yo me sé todas las respuestas y si no las supiera me importan un pito. La conversación con el peluquero me hace pensar en todo el esfuerzo y el tiempo que gastamos en hablar pavadas y el pensamiento de ese esfuerzo me trae  cansancio y resentimiento; pienso que si yo estuviera más linda, él me atendería mejor. Si yo fuera linda podría ser exigente y aguantaría que  me pusieran matizador, yo quisiera ser como una de esas mujeres que vuelven locos a los peluqueros diciendo: “Más arriba, más corto, no, del otro lado, no, más hacia el centro”. Pero aunque fuera linda, lamentablemente no tendría paciencia para todas esas exigencias; yo soy más bien como un taximetrero con el que hablamos de dientes y dentistas una vez y me dijo que él pidió a su dentista:
–Mire, yo no tengo tiempo para sacarme los dientes de a uno, sáqueme todos juntos.
Eran seis.
Con la cabeza llena de tintura (la cabeza se enfría) me voy a hacer los pies y ahí me siento mejor. Me atiende en un cubículo oculto porque la  cabeza se muestra en público, los pies, no. Las pedicuras son dos, Violeta y María. (A los peluqueros siempre los cambian.) Violeta es ucraniana y quiero saber cosas de su país, pero nunca la saco de (“Oh, un poco diferente, pero todo como acá”. Yo no sé si encierra algún misterio o no le importa nada de nada, porque es muy bonita y nadie se percata de ello, anda como una sombra, se desliza como si no tuviera cuerpo; no, no le importa tampoco ser bonita. Por eso cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales   que tenía su papá en el campo en Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo blanco y frío, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y del bosque. Ya no quiero ir al bar de la esquina, ni me acuerdo del cajero y de   las peras: quiero ir a Corrientes para ver al pájaro carpintero. Me va entrando cierto bienestar porque el emplasto de la cabeza se va secando  mientras me hacen otra cosa. No aguantaría un tiempo muerto sin hacer nada ni que me hagan nada, porque me parece que el mundo está en  acción, como cuando hiervo verduras y controlo al mismo tiempo un partido de futbol o tenés por TV cuando juega Argentina, hago todo junto. 
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora).
Me llama entonces la chica que lava la cabeza. A ellas también las cambian pero por motivos distintos a los de los peluqueros: ellos se van dando un portazo o son transferidos a otra peluquería; cuando las chicas que lavan la cabeza se dan cuenta de que no las van a tomar como peluqueras (salvo alguna muy  despierta que haga carrera) se quedan en su casa para mirar la novela de la tarde. Hay varias clases sociales en esa peluquería. Al sector más alto corresponde el que cobra, sentado en una silla alta y movible, todas deben ir con sus papeles y entregarlos a él. Los pedicuros son como un sector paralelo, poco clasificable porque no interactúan tanto como los peluqueros entre sí. Además estos se mueven en un lugar central, con espejos, donde hay pósters con mujeres hermosas de pelo luminoso. No hay fotos de extremidades, se ve que las extremidades son como apéndices. La chica barrendera que recoge pelo del suelo corresponde al sector inferior; ella no hace café a los clientes ni les acomoda las capas; va con su pelo así nomás, con una colita hecha de cualquier forma. Cuando la chica me lava el pelo estoy contenta, ya estoy cerca del café de la esquina. Ella me frota con unas uñas muy largas, que si las empleara a full, me sangraría la cabeza, pero dosifica la agresión del mismo modo que los gatos.
La que se empleaba a fondo era la pedicura Natasha; era la otra cara de violeta; en ese cubículo blanco parecía un tractor en acción. Maniobraba una máquina que pasaban por la planta de los pies como si estuviera arando en una superficie grande un campo  de trigo, por ejemplo. Estaba hecha para una empresa heroica, para conducir un tanque por la estepa, no para pequeñas reparaciones de pies y manos. No aguantó las quejas de las clientas (decían que les dolía todo) y se volvió a Ucrania. Y con el pelo lavado me voy a buscar al  peluquero. ¿Era Gerardo o Gustavo? Me olvido de que debo mostrarme como una señora sensata y bien comportada y le pido:
–Corte todo para arriba y para atrás; pero arriba quiero que sea como un nido de caranchos.
No pregunta en qué consiste ese peinado, no sé si conoce a sus caranchos y a su nido (yo tampoco), me mira con esa mirada acostrumbrada a cualquier cosa y corta.
Yo salgo contenta.

03 febrero, 2017

Mariana Enriquez(Argentina,1973)

E L   M I R A D O R

Siempre había querido decirle a la nena, la hija del último y actual dueño, que no tuviera miedo. No había nada que temer. Ella estaba ahí, pero la nena no la percibía, no podía verla; nadie podía percibirla salvo que, claro, tomara forma. Pero sin forma se le estaba negada la presencia. La nena no tenía sensibilidad especial alguna: sólo estaba aterrada. Pasaba corriendo frente a la escalera que llevaba al mirador del hotel, imaginando que allí, en la torre, que durante años fue la construcción más alta de Ostende, se escondía una loca, una loca de cabello largo que se miraba en el espejo, vestida con un camisón blanco; le tenía miedo al cocinero italiano que echaba leña dentro de la caldera, aún después de que fuera despedido (creía que podía encontrarlo en los pasillos, acechante, y que la echaría al fuego a ella también, junto con la madera). Ahora, ya una mujer, la hija del dueño no pasaba los inviernos en el hotel. Decía que no soportaba la mediocridad del balneario solitario en los inviernos helados, puro viento y sin siquiera un cine abierto en Pinamar; decía que también le tenía miedo a un eventual ladrón. Pero era mentira. Se trataba del mismo miedo que la paralizaba en los pasillos circulares del hotel cuando era chica, que la alejaba del comedor casi monacal del primer piso, o del gran espejo que esperaba su restauración en la habitación-depósito, donde temía ver reflejado algo desconocido.
Extraño. Y más raras aún era lo que contaba la gente, los huéspedes, el propio dueño. La historia del obrero que murió en la construcción y fue emparedado, como si el hotel tuviera pretensiones de catedral gótica. La huésped que aseguraba escuchar festivos ruidos en el comedor principal, que se disolvían con un precavido chistido cuando ella intentaba acercarse. El cocinero que confirmaba los rumores de los fantasmas celebrantes. Todo falso. Ella era la encargada de encontrarle al hotel eso que los demás temían o inventaban. Y nunca lo había logrado. Ni cuando los belgas abandonaron el hotel para irse a la guerra. Ni durante los años de la arena, con el edificio enterrado hasta el primer piso. Ni en el verano de la ballena, con todas esas moscas que invadieron la playa con su zumbido de muerte alimentándose del animal muerto y varado. El verano que nadie se bañó.  
Sí, se alojaba en el hotel gente desesperada. Sí, los había escuchado rumiar deseos de muerte y les había regalado sueños de infancias terribles y dolores olvidados. Pero ninguno había estado listo. Y era mentira que el tiempo no pasaba para seres como ella. Estaba cansada. Esperaba que cada verano fuera el último, y pasaba cada vez más tiempo en el mirador, adonde apenas llegaba el rumor de los vivos, que ella sabía imitar tan bien, pero que no comprendía.
*
Y si este saco de mierda no entra en la valija me voy a cagar de frío, hace frío de noche en la costa, pensó Elina y no pudo evitar ponerse a llorar otra vez como le pasaba siempre ahora con cada pequeño contratiempo; como cuando se le quemaba la lamparita del comedor y no tenía repuesto –ni idea de cómo cambiarla–; como cuando se olvidaba de pagar la luz y tenía que cruzar la ciudad hasta las oficinas de la empresa; como cuando se quedaba sin pastillas y salía a buscar una farmacia de turno a las cuatro de la mañana. Había pedido licencia en la facultad, y había tratado de fingir cierta cordura para familia y amigos, pero tan complicado era que ya no contestaba el teléfono y apenas los mails y que se lo bancaran; no le importaba lo preocupados que estaban. Ni siquiera les informó que había dejado terapia para quedarse sólo con las pastillas –no tenía nada más que hablar ni que desenterrar, sólo quería ese estado vagamente distante y químico que la desconectaba pero le permitía vivir un poco, cada vez menos, pero lo suficiente.
Ni siquiera tenía ganas de ir al hotel pero se lo había prometido a sí misma, hacía meses, antes del hospital, cuando todavía creía que una semana en el mar podían hacerla sentir mejor, obligarla a dejar de pensar en Pablo. Se había ido y no había vuelto a llamarla, ni a escribirle; no sabía si estaba vivo o muerto y ella prefería cualquiera de las dos noticias, cualquiera de las dos antes que la vida en suspensión esperándolo desde hacía un año. Como siempre, le mandó un mensaje avisándole adónde se iba. Incluso le mandó el teléfono. Iba a cumplir años en el hotel. Si Pablo estaba vivo, si alguna vez la había querido, tenía que llamar.
Extrañaba las caricias en la espalda, reírse de su paranoia, sus intentos inútiles de consolarla, las horas que tardaba en bañarse, que casi no le gustara comer, los huesos de su cadera, la forma de hablar moviendo las manos; quería poder volver a mirar sus fotos y ponerse celosa cuando él le prestaba más atención al gato que a ella y caminar bajo el sol él siempre con anteojos negros y los llamados de madrugada y mirarlo dormir y que supiera quedarse callado y ella irritada cuando él estaba demasiado tiempo callado y las mañanas rogándole que no se fuera y llorar cuando se iba aunque volviera a las dos horas y ella nunca nunca lo hubiera dejado así, sin noticias, sin despedida ingrato pero qué pasaba si se había muerto porque era posible nadie había sabido más de él salvo que se lo ocultaran pero cómo podrían ocultarle algo si la habían visto vomitar sangre de no comer, si la habían visto mordiendo la almohada hasta rasgar la funda si la habían visto lastimándose y borracha y esperando durante horas un mail la mirada fija en la pantalla hasta el dolor de cabeza y los ojos rojos y llorar sobre el teclado y no salir esperando un llamado; si la habían escuchado mandándolos a la mierda todas esas pelotudeces de seguir adelante a rey muerto rey puesto la vida continúa tenés que coger hay miles de hombres estás linda vamos a bailar quiero presentarte a alguien.   
Q Q Q
Le gustó la chica, pero con los años había aprendido a no confiar en las primeras impresiones. Recordaba aquella vez, hacía casi veinte años, cuando había visto llegar a una mujer rubia, con la nariz roja de llorar y los ojos perdidos; esa misma noche descubrió que pasaba unos días en el hotel para estar cerca del mar y tratar de consolarse, un poco, de la muerte de su hijo. Ella tomó la forma del niño, y se le apareció en los pasillos, en la habitación, cerca del balneario, en la escalera que llevaba al primer piso; pero la mujer sólo gritó y gritó y se la llevaron en una ambulancia. Estaba con su marido. Había aprendido la lección: sólo debía intentarlo con mujeres solas.
La chica se llamaba Elina, y estaba sola. Era hermosa, pero no se daba cuenta. Tenía las ojeras del insomnio y demasiados cigarrillos; tenía una expresión desafiante y era antipática con los locuaces y encantadores dueños. Ni siquiera miraba a los demás huéspedes. El primer día no bajó a la playa, ni a desayunar, ni a almorzar, y en la cena movió la comida en el plato y disimuladamente tomó tres pastillas con el vino. Ella supo que Elina odiaba la playa. ¿Por qué estaba ahí entonces? Algo le había pasado en una playa, años atrás. Ella debía averiguarlo esa misma noche, para que Elina lo recordara en sueños.  
Caminó por los pasillos alfombrados de azul hasta la habitación. Elina había pagado una de las mejores, con microondas y heladera, una suite, pero estaba claro que no iba a usar ninguna de las comodidades. Todavía no era el momento de tomar forma. Mañana. Esta noche bastaba con que soñara con aquella noche en la playa, cuando Elina tenía 17 años y pensaba que era invulnerable; esa noche cuando a la salida de un boliche había accedido a acompañar al hombre borracho hasta el balneario vacío. Él le había tapado la boca para que no gritara, pero Elina ni siquiera se había movido, por miedo. Y después no se lo había contado a nadie. Solamente se había lavado, y había llorado, y se había comprado unas cremas íntimas para aliviar el olor y el ardor de la arena que le quemaba la suave piel interna.  
- - -
Qué lindo momento para acordarme de esa mierda, pensó Elina y miró por la ventana de su habitación, que daba a la pileta. No es que lo hubiera olvidado, pero rara vez esa noche en la playa aparecía en sueños. Pero sabía que por eso la había dejado Pablo. Porque él a veces la tocaba y ella recordaba la arena entre las piernas y el dolor, y tenía que pedirle basta, y jamás había podido explicarle nada por miedo, hasta que él se había hartado y cómo no, si ella estaba arruinada para siempre.
Afuera una pareja hablaba, cada uno sentado en su reposera, tomada de las manos. Los detestó. Los chicos se daban chapuzones aunque no hacía calor, y un hombre de unos cincuenta años leía un libro de tapas amarillas, a la sombra. Pocos huéspedes, o al menos esa era la sensación que daba el hotel, tan silencioso. Esta no fue una buena idea, pensó Elina, y esperó una hora, dos horas, pero nadie la llamó desde la recepción para avisarle que tenía un llamado. 31 años tan sin saber qué hacer. Qué hacer. Veinte años más dando clases en la facultad. Veinte años más de docente. Veinte años más de poca plata y morirse sola; veinte años de reuniones de profesores y rezongos. No tenía otro plan. Y además, si tenía que ser franca, a lo mejor ya ni siquiera podía volver a ser docente. En su última clase, se había puesto a llorar mientras explicaba a Durkheim, qué tarada. Salió corriendo. No podía olvidar las risitas de los chicos, nerviosas antes que crueles, pero cómo le hubiera gustado matarlos. Se encerró en la sala de profesores. Alguien la encontró temblando. Algún otro llamó a una ambulancia y poco más recordaba hasta que despertó en una clínica –cara, con profesionales encantadores e insoportables, pagada por su madre– y las sesiones de grupo, y la horrible sensación de que no le importaba lo que decían los demás, y pensar en cómo morir mientras hacía actividades prácticas (“¿podré clavarme el pincel en la yugular?”), y las sesiones de terapia individual donde se quedaba muda porque no podía explicar nada y el alta dudosa. Sus padres le habían alquilado un departamento para que fuera independiente, para que se recuperara antes, para que se integrara, todos esos lugares comunes. Y Pablo que ni siquiera había preguntado por ella, dondequiera que estuviera. Y volver a la facultad un mes a instancias del psiquiatra, pero sólo lo había logrado dos semanas, y licencia, y ahora la playa.
Se recogió el pelo en una desprolija cola y decidió ir a almorzar –como de costumbre, se había despertado demasiado tarde, porque ya no controlaba la cantidad de pastillas que estaba tomando–. Y después, se dijo, a la playa. Había sol. Decían que el mar tranquilizaba. Cuando salía, pasó junto a unas extrañas esculturas de ovejas que parecían salidas de un pesebre enorme, y miró con cierta curiosidad a dos adolescentes jugando a embocar un corcho dentro de la boca  de un sapo de bronce.
Otra vez movió la comida en el plato, pero se las arregló para pasar dos bocados y una Seven-Up entera, por lo menos azúcar. Y salió hacia el balneario, que quedaba apenas a una cuadra de distancia; se llegaba por un camino de empedrado rodeado de arbustos que le cortaron la respiración, y si algo se esconde ahí, pero corrió y llegó hasta las antiguas escaleras de madera y el mar, la playa enorme más diáfana y de arena más clara que en el resto de la costa, y el cielo de un azul violáceo porque iba a llover. Se sentó en una de las sillas, bajo la carpa, y miró a unos hombres cuarentones de cuerpos todavía esbeltos jugar al fútbol; pensó en acercarse, a lo mejor llevarse uno a la cama por qué no si no garchaba desde hacía un año, pero sabía que no, que la desesperación se huele, y ella apestaba. Vio a las chicas desafiando el viento con sus bikinis. Y esperó la lluvia. Se dejó empapar. Y cuando el pelo largo ya le goteaba sobre los pantalones, cuando ya el agua fría le chorreaba desde el cuello hasta el pecho y el vientre, sacó del bolso la gillette y empezó con los exactos cortes en el brazo, uno, dos, tres, hasta ver la sangre y sentir el dolor y algo parecido a un orgasmo. Que siguiera el frío, así podía cubrirse. Aunque no le importaba tanto. Sólo temía que algún alma caritativa lo notara, se compadeciera, e hiciera el temido llamado a Buenos Aires o a la ambulancia o a la línea de asistencia al suicida.
Cuando volvió, preguntó si había recibido algún llamado. “No, querida”, le dijo la telefonista, toda sonrisas. En la habitación, se hundió en la bañadera y volvió a repasar los cortes, para que la sangre flotara a su alrededor y tiñera el agua de rojo. Era hermoso. Se hundió y abrió los ojos bajo el agua, a un océano de espuma rojiza.
- - -
No había querido hablar con nadie, pero en el desayuno una chica recién llegada –creía, porque estaba muy pálida, y parecía algo incómoda– se sentó en su mesa. Por la mañana el comedor se llenaba. Elina pidió café con leche, para poder seguir despierta, porque no había dormido y se sentía mareada. El corazón pataleó dentro de su pecho con la primera embestida de la cafeína, pero no le importó. Qué lindo morir así, de pronto, sin planearlo, de una forma tan sencilla. Mucho mejor que las pastillas: cuando lo había intentado, cuando despertó con un tubo en la garganta, se dio cuenta lo difícil que era conseguir una sobredosis. Después comprendió su error, aprendió cuáles eran las pastillas que debía haber tomado, pero no se atrevió a repetirlo.
La chica le preguntó, después de un tímido hola, si había subido a la habitación de Saint-Exupery. Elina le dijo que todavía no, aunque pensaba qué mierda me importa la pieza de un escritor. Pero la chica insistió. No por afán literario. “Me dijeron que si se sacan fotos ahí adentro, siempre salen borroneadas. Dicen que queda registrado el fantasma. Yo no sé. Pero este hotel se merece un fantasma”.
A lo mejor, le dijo Elina, pero el de Saint-Exupery no me da miedo, la verdad. La chica se rió. Tenía una risa rara, forzada pero no falsa. Como si no estuviera acostumbrada a reírse. Le cayó bien. O por lo menos no le resultó tan antipática como los chicos ricos y parafinados, los señores de conversación tan interesante, las chicas relajadas con sus novios de anteojos y libros bajo el brazo, los cuarentones que descorchaban, por la noche, vinos caros y los olían, mientras suspiraban antes de encender un puro.
“¿Y sabías lo del mirador?”, le preguntó la chica. Algo, dijo Elina. Nomás que no se lo muestran a cualquiera, porque la estructura es vieja, no lo reciclaron y es peligroso. La chica negó con la cabeza. Tenía manos largas, pero era muy bajita. El efecto resultaba desproporcionado, a punto de ser deforme. “No es peligroso. La escalera es empinada. Yo lo conozco. Podríamos ir. No lo cierran con llave, es mentira. La puerta está un poco trabada. Hay que empujarla”.
Está bien, dijo Elina. Mañana vamos. Pidió esas veinticuatro horas de gracia para ver si podía dormir. Y, más importante, para encontrar algún locutorio con Internet, por si Pablo había escrito.
Pero nunca llegó al locutorio. Reconocía el temblor en las manos, la falta de aire, esa necesidad de salir del cuerpo, ese pensar siempre en lo mismo. Encendió un cigarrillo en el pasillo, y volvió fumando a la habitación, a esperar la noche y el día siguiente boca arriba en la cama, con la televisión encendida pero incapaz de comprender el sentido de programa alguno, aterrada porque no podía llorar.
- - -
Los seres como ella no se entusiasmaban, no se excitaban. Sólo estaban seguros. Y ella estaba segura de que Elina era la indicada. Que iba a hacerlo.
La había llevado hasta el mirador. Era cierto que los dueños cerraban la puerta que daba a la escalera de madera, tan empinada, con llave; pero por supuesto esas herramientas no podían detenerla. Elina había subido tras ella, respirando con dificultad; en la subida, se había clavado una astilla en la mano, pero ni siquiera se quejó. Y cuando llegó hasta el espacio cuadrado del mirador, las ventanas desde donde, en puntas de pie, se podía ver el mar a lo lejos, la luz ocre, el olor a madera y las sombras por debajo, en una suerte de hueco bajo la torre, ella la vio sonreír.
–La hija del dueño, cuando era chica, creía que acá tenían escondida a la loca.
–¿Qué loca? –Elina seguía sonriendo.
–Ninguna loca, nunca hubo una. La nena había leído algún libro con una loca encerrada y se sugestionó.
–Siempre encierran a las locas en los libros –murmuró Elina.  
–Podrían escaparse.
–Podrían –dijo Elina, y se sentó en el suelo, a jugar con restos de vidrios de una reforma que nunca había terminado de realizarse. –Cumplí años anteayer –continuó–. Treinta y un años.
–¿Y no quisiste festejarlos?
Elina la miró, y la chica sonrió, aunque seguramente no era eso lo que tenía que hacer. A lo mejor debía abrazar a Elina, como solía ver que hacían las personas. Pero eso podía arruinarlo todo.
Mejor era traerla al mirador otra vez, al día siguiente.
Y dejarla encerrada.
Y a lo mejor mostrarle su verdadera forma antes de abandonarla sola ahí arriba.
Y evitar que los huéspedes y los dueños escucharan los gritos. Era capaz de controlar qué llegaba a los oídos de la gente, y qué no.
Y esperar a que el hambre la desesperara, y hablarle desde el otro lado de la puerta, hablarle de que nadie vendría a buscarla, porque a nadie le interesaba.
A lo mejor incluso entrar otra vez, varias veces si hacía falta, y mostrarle cada vez algo más de su verdadera forma. Y de su verdadero olor. Y, por su supuesto, de su verdadero tacto. Ah, ella sabía que nada aterraba tanto como su tacto.
Y esperar el golpe, el ruido, los gritos: Elina había observado con atención no sólo las ventanas, sino la escalera. Un paso en falso en esa escalera era suficiente. Y si no, Elina podía volver a subirla, y volver a arrojarse desde lo alto. Era capaz de hacerlo.
Y entonces el hotel tendría a Elina paseando en círculos con sus manos frías y sus brazos ensangrentados.
Y ella sería libre, porque al fin la había encontrado.

de Los peligros de fumar en la cama(2009) 

16 enero, 2017

María Bernardello: (Buenos Aires, 1972)


SI ES ASI, YO PUEDO CONSOLARTE
Corté el teléfono y estacioné a metros de un cartel que decía: yo soy el camino, la verdad y la vida. Bajé del auto y caminé despacio, sin rumbo, para cambiar de aire. Esta vez las cosas iban a ser distintas. Estaba decidida a no seguir soportando ese trabajo. Estaba decidida a no volver.
Un soplo de viento agitó un vestido colgado de una percha en un portón y entré. El vestido era rojo y lindo. La ropa colgada de percheros en un garaje bastante grande, apenas adaptado como local de ropa usada. Me recibió un hombre con delantal azul. Tenía shorts y unas zapatillas deportivas sin medias. Se le veían las piernas cortas y peludas. El pelo gris, engrasado, peinado hacia atrás. Miré alrededor, había un poco de todo: una cómoda con espejo redondo, algunas valijas de cuero, sombrillas de encaje con volados, un Perramus, unos mocasines Guido color crema y más ropa usada colgada en roperos sin puertas. La música que sonaba era preciosa, de películas célebres en francés. Canté Si ca je peut te consoler , de Jane Birkin.
Me gustó un traje de baño blanco, de ribetes azules, con cuadraditos que se dispersaban en el centro y se concentraban en el busto y la entrepierna. Era entero y se angostaba en la cintura. Agarré una pollera al bies, estampada con colores brillantes, con flores y rayas: fresca. Me sentí en otro mundo, entre el polvo y esa música de películas. Una mesa hacía de mostrador y dividía la habitación en dos. Del otro lado había más ropa apilada y una mujer, a la que no había visto, planchaba. Saqué de una percha una pollera tableada color tiza. El hombre empezó a silbar. Me puse la pollera por encima como para calcular el talle. El hombre me miró y me dijo:
-Te queda bien. Es muy hermosa. Si querés podes pasar al probador- me señaló la puerta entreabierta del baño.
-Es un lujo esto, ¿eh?
-¿Cómo?
-La música que escuchás, es un lujo.
-¿Te gusta? Es una colección- me dijo el hombre.
Me sentí bien. Canté Raindrops keep falling on my head. Me acerqué con la ropa al mostrador para pagar. Le di cien pesos al hombre para que me cobrara quince, pero no había suficiente cambio. Llamó a la planchadora y le pidió que fuera a buscar. Ella agarró el dinero y se fue.
Recorrí una vez más el lugar, la puerta doble abierta de par en par, el vestido rojo, los percheros. Me detuve en el baño, tan chic, rosa, con el espejo de marco dorado, largo y angosto y el aplique de luz destartalado. El hombre silbaba, yo cantaba bajito.
-¿Ves? Estos son todos míos.- me dijo señalando los discos casi nuevos. Grandes éxitos de Roberto Carlos, singles de Astrud Gilberto y Getz, y unas tentadoras ediciones limitadas de Jane Birkin y Sergé. Me mostró con entusiasmo las tapas y contratapas de cada disco, las fotos.
-¿Los querés? -me dijo- Si te ponés la malla, te los regalo.



Lo miré de reojo y entré al baño. La puerta no cerraba bien. Me desvestí con cuidado porque el piso estaba sucio y, como pude, colgué la ropa de un gancho. Me probé el traje de baño y me miré en el espejo. Me quedó justo. Me acomodé las tetas. Desde el espejo miré al hombre. Me puse de costado, me levanté el pelo y ajusté las tiritas, lo miré; me chupé un dedo y bajé la mano. No saqué la vista del espejo ni del hombre. Se le iba la lengua. Se manoseaba. La música había desaparecido. Deseé un beso, un beso. Me miré en el espejo. Vi llegar a la planchadora. El hombre se dio vuelta y se acomodó el short. Traté de cerrar mejor la puerta. Me vestí rápido y salí.
La planchadora había puesto la ropa en una bolsa y malhumorada me dijo:
-¿Los discos también?
-Sí, estos
-Son cinco pesos más -dijo-, acá no regalamos nada. Me dio el vuelto, lo guardé en el bolso y saqué el rouge. La planchadora puso los discos en otra bolsa. Mientras tanto me pinté los labios.
Me apuré hasta llegar al auto, metí todo en el baúl y arranqué en dirección a casa. Pensé en fumar, en bailar, en escuchar esa música.-

12 noviembre, 2016

Cristina Peri Rossi

LOS DESARRAIGADOS

A menudo se ven, caminando por las calles de las grandes ciudades, a hombres y mujeres que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendidos. Carecen de raíces en los pies, y a veces, hasta carecen de pies. No les brotan raíces de los cabellos, ni suaves lianas atan su tronco a alguna clase de suelo. Son como algas impulsadas por las corrientes marinas y cuando se fijan a alguna superficie, es por casualidad y dura sólo un momento. Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello. La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entienden dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven. Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso. Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra los perdieron, les fueron sustraídos o amputados, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables. Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño. Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa. Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.

Cristina Peri Rossi

LOS DESARRAIGADOS

A menudo se ven, caminando por las calles de las grandes ciudades, a hombres y mujeres que flotan en el aire, en un tiempo y espacio suspendidos. Carecen de raíces en los pies, y a veces, hasta carecen de pies. No les brotan raíces de los cabellos, ni suaves lianas atan su tronco a alguna clase de suelo. Son como algas impulsadas por las corrientes marinas y cuando se fijan a alguna superficie, es por casualidad y dura sólo un momento. Enseguida vuelven a flotar y hay cierta nostalgia en ello. La ausencia de raíces les confiere un aire particular, impreciso, por eso resultan incómodos en todas partes y no se los invita a las fiestas, ni a las casas, porque resultan sospechosos. Es cierto que en la apariencia realizan los mismos actos que el resto de los seres humanos: comen, duermen, caminan y hasta mueren, pero quizás el observador atento podría descubrir que en su manera de comer, de dormir, caminar y morir hay una leve y casi imperceptible diferencia. Comen hamburguesas Mac Donald o emparedados de pollo Pokins, ya sea en Berlín, Barcelona o Montevideo. Y lo que es mucho peor todavía: encargan un menú estrafalario, compuesto por gazpacho, puchero y crema inglesa. Duermen por la noche, como todo el mundo, pero cuando despiertan en la oscuridad de una miserable habitación de hotel tienen un momento de incertidumbre: no entienden dónde están, ni qué día es, ni el nombre de la ciudad en que viven. Carecer de raíces otorga a sus miradas un rasgo característico: una tonalidad celeste y acuosa, huidiza, la de alguien que en lugar de sustentarse firmemente en raíces adheridas al pasado y al territorio, flota en un espacio vago e impreciso. Aunque algunos al nacer poseían unos filamentos nudosos que sin duda con el tiempo se convertirían en sólidas raíces, por alguna razón u otra los perdieron, les fueron sustraídos o amputados, y este desgraciado hecho los convierte en una especie de apestados. Pero en lugar de suscitar la conmiseración ajena, suelen despertar animadversión: se sospecha que son culpables de alguna oscura falta, el despojo (si lo hubo, porque podría tratarse de una carencia de nacimiento) los vuelve culpables. Una vez que se han perdido, las raíces son irrecuperables. En vano el desarraigado permanece varias horas parado en la esquina, junto a un árbol, contemplando de soslayo esos largos apéndices que unen la planta con la tierra: las raíces no son contagiosas ni se adhieren a un cuerpo extraño. Otros piensan que permaneciendo mucho tiempo en la misma ciudad o país es posible que alguna vez le sean concedidas unas raíces postizas, unas raíces de plástico, por ejemplo, pero ninguna ciudad es tan generosa. Sin embargo, hay desarraigados optimistas. Son los que procuran ver el lado bueno de las cosas y afirman que carecer de raíces proporciona gran libertad de movimientos, evita las dependencias incómodas y favorece los desplazamientos. En medio de su discurso, sopla un viento fuerte y desaparecen, tragados por el aire.

23 diciembre, 2015

Paula Tomassoni (Argentina)

LECHE MERENGADA , novela (fragmento).

A FIN DE CUENTAS 

 A lo largo de todo el día Mariana se cuestionó si era lógico tanto escándalo por una pregunta que había hecho solamente para no quedarse callada. 
 Se había levantado primera, Camila dormía (el aire del mar la agotaba) y Julián se había quedado un rato más en la cama. Ya en la cocina del departamento, despejó la mesa, puso la pava para el mate y preparó algunas tostadas con el pan del día anterior. Es cierto que podría haberse vestido y molestado hasta la panadería de la otra cuadra para comprar medialunas rellenas con dulce de leche y bañadas en chocolate, que eran las preferidas de su marido, pero esta vez le dio fiaca y optó por un desayuno más sencillo. Entonces se había levantado Julián, que se acercó hasta la mesa vestido como había dormido (remera con el dibujo del planeta tierra y calzoncillos negros), y casi sin decir “buen día” le había contado lo que soñó. 

- Yo era yo, digo, estábamos acá, en San Bernardo, y venía un tipo ruso o algo así y me pedía que me subiera a un avión para ir a bombardear. “Es fácil” me decía, “Con esta palanca volás el avión y con el botón rojo tirás las bombas”. Entonces yo ya estaba vestido como soldado y aunque le repetía que nunca había volado un avión ni tirado una bomba, ya me estaba subiendo para proceder. ¿Entendés? Es de locos. ¿No es de locos? Yo manejaba un avión y tiraba bombas en la guerra mundial. 

 Ahí había hecho una pausa, y la había mirado. Ella estaba sorbiendo el mate y le sonrió mordiendo la bombilla. Y cuando volvió a echar agua del termo sobre la yerba nueva, preguntó: 

- ¿Aviador? ¿En qué guerra? ¿La primera o la segunda?

 La cara de Julián se había crispado al punto de hacer temblar al planeta tierra que llevaba en la remera. Rechazó el mate que ella le ofrecía y antes de levantarse de la mesa le contestó:

- ¿Y eso qué mierda tiene que ver? 

 Más recordaba Mariana la escena, más ridícula le parecía la reacción de su marido: se había cambiado de ropa y había dejado el departamento para volver después del almuerzo a decirle que eso no daba para más, que se volvían a Buenos Aires y él se iba a ir a dormir por un tiempo a lo de su vieja.

- ¿Por una guerra mundial? 

 Con el comentario de “No sé si sos o te hacés” Julián se había metido adentro del cuarto y cerrado la puerta. “Otra vez” pensó Mariana metiendo los platos sucios en la pileta. Miró a su hija: ajena por suerte a todas las batallas, se chorreaba comiendo una naranja. 

 Julián se había quedado encerrado toda la tarde. A las seis, cuando apareció en la cocina, Camila recién se levantaba de la siesta y Mariana había preparado unos mates (esta vez sin tostadas porque se le había cerrado el estómago). La escena era tan parecida a la del desayuno que se juró a sí misma quedarse callada, pero entonces él le dijo que ya había metido la ropa en los bolsos, que sacara a pasear a la nena mientras cargaba el auto y ordenaba el departamento.

 No muy convencido de que hiciera falta agregar algo había dicho: “No da para más. Es una tras otra. La de hoy a la mañana colmó el vaso, pero no da para más”. Se refería, claro, a la sucesión de discusiones que venían teniendo los últimos tiempos. Así fue como Mariana levantó a la nena, le puso el vestidito que estaba sobre la silla, la peinó y salieron. 

 Caminó cinco cuadras con su hija a upa. Recién cuando estuvieron sentadas en el Trencito de la alegría, del lado de la ventanilla, empezó a reconocer que era cierto, que se estaban peleando mucho últimamente, pero ¿Qué hubiera sucedido si esa mañana ella no le preguntaba nada? Si le hubiera dicho que qué buen sueño, o qué loco, o hubiera respondido cualquier cosa, ¿Hubiera durado más su matrimonio? ¿Y sus vacaciones? 

Una Superpoderosa de cabeza gigante pasó por el pasillo del tren regalando caramelos. Ben 10, un muchacho delgadísimo de traje brillante, recorría los asientos pidiendo los boletos. El Hombre Araña se sacaba fotos con unos chicos en la vereda.

 Arrancaron. La música fuertísima retumbaba en las paredes metálicas del vagón, se mezclaba con las luces de colores. Mariana y Camila agitaban una maraca plástica con movimientos mecánicos. Un padre bailaba en el pasillo con la Superpoderosa y el resto del pasaje aplaudía siguiendo el compás. Cada ocho o diez cuadras, el tren aminoraba su marcha para el espectáculo del Hombre Araña. El superhéroe bajaba de un salto y se adelantaba unos metros, cortando camino por terrenos baldíos o calles transversales. Se trepaba a un árbol, un techo o una medianera y, colgando de las piernas como un acróbata, esperaba que pasara el vagón con sus admiradores. El conductor del tren lo anunciaba por el micrófono: “todo el mundo mirando a la izquierda” y corría a iluminarlo con una luz redonda como la de un circo. 

 Recién había empezado a anochecer cuando el trencito se detuvo y ante la orden del parlante los pasajeros fueron a observar al Hombre Araña que se balanceaba en la rama más alta de un pino de tronco pelado. “¿Cómo se subió?” preguntaba uno de los chicos mientras su mamá aplaudía. Lo vieron después cruzar la plazoleta haciendo medialunas y más tarde suspenderse agazapado en lo alto de la reja del portón de un depósito. “Altísimo” comentaron. El tren siguió andando y al grito de “Todo el mundo mirando a la derecha” los de la izquierda se abalanzaron sobre las ventanillas del otro lado del pasillo. “¡Allá!” gritó alguien que estaba sentado cuando la luz iluminó la esquina de un paredón de ladrillos salientes, a unos tres metros del piso. El Hombre Araña, apoyado de espaldas a la pared, se sostenía de los pequeños huecos que le dejaba el revoque caído de las juntas. Giraba la cabeza hacia ambos lados, buscando villanos. Mariana, que había tenido que pararse, subió a la nena a upa para ver si podían ver algo entre el tumulto. No pudo y fue una suerte porque de pronto escuchó el ruido de un golpe y un grito. O al revés. Y enseguida la explicación: “Se cayó”. La gente gritaba y se lamentaba sin correrse de sus puestos de observación. “Sangre” gritó una señora. Todos coincidieron en que estaba perdiendo mucha sangre. Alguien pidió que buscaran una ambulancia. “Ya llamaron” fue la respuesta, y hubo que esperar.

 Mariana había vuelto a su asiento y entretenía a la nena con la maraca. Lo único que le faltaba a su hija ese día era ver al Hombre Araña con la cabeza rota en la vereda. 

-¿Está muy mal?- pregunto a una mujer que había decidido volver a su lugar.

- Hay mucha sangre- le dijo- Ahora le van a sacar la capucha. Para mí, está muerto.

 Si estaba muerto, iba a salir en el diario. Primero pensó en Julián, que a esa hora estaría cargando los bolsos en el baúl del auto. Después se preguntó qué pensarían los pibes que se habían sacado fotos con el Hombre Araña en la vereda, cuando leyeran la noticia. Una cosa era un recuerdo con el superhéroe, otra muy distinta era una foto con el que, minutos después, se había muerto trágicamente cayéndose de una pared. Seguro que alguno la guardaba en el álbum abrochada al recorte con la noticia. 

 Qué vacaciones. Pensar que después de un año entero de peleas, acusaciones y sospechas, los dos habían pensado que unos días en la playa iban a calmar las aguas. Tomar sol sobre toneles de pólvora. No era tanto una cuestión de guerras mundiales, después de todo. Entonces Mariana pensó en el álbum de fotos de Camila, que ni siquiera había empezado el jardín. Habían sacado muy pocas en el brevísimo tiempo que habían estado en la playa: una cosa era el recuerdo de cuando fueron al mar, otra muy distinta era el registro fotográfico del fin de su joven familia.

 Paró una ambulancia y los médicos alejaron a la gente del cuerpo. Algunos, que habían bajado, volvieron a subirse al tren. La primera información entró como un rumor, como llega una ola a la orilla: “Respira”. Todos se sintieron más aliviados (o eso dijeron). Una de las Superpoderosas paró de llorar para explicar: “Ya recobró el conocimiento. Y responde a las preguntas de los médicos”. La segunda información llegó como un grito: “¡Es una nena! ¡El Hombre Araña era una nena!”. Y enseguida: “Hijo de puta”: los insultos iban dirigidos al conductor, dueño del Trencito de la alegría, que hablaba nervioso con el chofer de la ambulancia. La gente opinaba: “No tiene más de catorce”. Algunos volvieron a levantarse para verla. La describieron: era joven, morochita, tenía el pelo atado, había sangrado mucho, decían. Alguien exigió que avisaran a la policía. “Ya la llamaron”. Nadie informaba nada, así que los que venían en el trencito terminaron de ocupar sus asientos. “Quién se iba a imaginar” alguien dijo. Un chico de unos diez años que había ido sentado atrás de Mariana, le preguntó a su madre por qué, si era una chica, no la habían disfrazado de Mujer Araña. “Andá a saber”.
Se preguntó si Julián estaría preocupado por la demora. No le había dicho que iban a andar en el trencito, capaz creía que estaban comiendo algo por ahí. A esa hora estaría pasando un trapo al piso del departamento. Saldrían en un rato, le gustaba manejar de noche. ¿Qué opinaría sobre este asunto de que el Hombre Araña era mujer? Que era una boludez, seguro, como siempre: todo lo que para ella era importante, para él era una boludez. La ambulancia partió prendiendo la sirena. El tren volvió a arrancar, manejado por Ben 10 que, sin careta, aparentaba dudosos dieciocho años. El dueño se subió al patrullero. Al despejarse el lugar, quedó sobre la vereda una mancha grande de sangre, ni femenina ni masculina, desarmándose en hilitos que buscaban discurrir por las inclinaciones de las baldosas. El viaje de regreso fue lento y sin música. La gente no hablaba. Los chicos más chicos se durmieron. Camila no, porque había dormido la siesta. Mariana la miraba y pensaba si alguna vez iba a perdonarlos. ¿Y si Julián las esperaba en la estación del tren y cuando llegaban iban a cenar y arreglaban todo? Si al fin y al cabo, se querían. Cuando bajaron por la escalera de chapa del Trencito de la alegría ya era de noche. La calle peatonal estaba llena de gente, música y espectáculos callejeros. Nadie sabía lo del Hombre-Niña Araña. 

Nadie sabía que Julián quería irse de casa. Fueron a comer un pacho, un poco porque tenían hambre y un poco porque ella quería demorar el regreso. Al llegar al edificio, estaba el auto en la puerta y él adentro. Le dio la llave del departamento para que fueran al baño antes de salir. Decidió no contarle nada del tren. Después de asegurar a Camila en el asiento de atrás, Mariana se sentó y apoyó la cabeza sobre el asiento blando, pensando en la vereda filosa y dura. Se puso el cinturón de seguridad y se acomodó para dormir dándole la espalda a Julián y sus guerras mundiales. Él arrancó el auto y puso bajito el cd de los Rolling. Así que eso era separarse.

14 septiembre, 2015

Joan Didion:(E.E.U.U., 1934)


El año del pensamiento mágico
















Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió aparentemente –o realmente- un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos de la Singer Division del Beth Israel Medical Center, por entonces un hospital en la avenida East End (cerró en agosto de 2004), más conocido como el Beth Israel North o el Antiguo Hospital de Médicos; lo que pareció un caso de gripe invernal lo bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de Navidad había derivado en neumonía y choque séptico. Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma. He sido escritora toda mi vida. Como escritora, incluso de niña, mucho antes de que empezara a publicar lo que escribía, siempre tuve la sensación de que el significado radicaba en el ritmo de las palabras, las frases, los párrafos, una técnica para contener lo que pensaba o creía tras un refinamiento cada vez más impenetrable. Soy o he llegado a ser la forma en la que escribo; sin embargo, este es un caso en el que en vez de las palabras y sus ritmos desearía tener una sala de montaje equipada con un Avid, un sistema de edición digital en el que pudiera pulsar una tecla y la secuencia de tiempo se desintegrara para mostrarles simultáneamente todos los cuadros de la memoria que me asaltan en este momento y dejarles elegir las tomas, los diferentes comentarios al margen, las distintas lecturas de las mismas líneas. En este caso, para encontrar el significado, necesito más que palabras. En este caso necesito cualquier cosa que yo crea o me parezca inteligible, aunque sólo sea para mí misma.
Fragmento leído por Josefina Licitra en Lecturas en un minuto deLamujerdemivida.
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