26 abril, 2008

Fragmento de "La casa de los conejos" de LAURA ALCOBA


Te preguntarás, Diana, por qué dejé pasar tanto tiempo sin contar esta historia. Me había prometido hacerlo un día, y más de una vez terminé diciéndome que aún no era el momento.
Había llegado a creer que lo mejor sería esperar a hacerme vieja, y aun muy vieja. La idea me resulta extraña ahora, pero durante largo tiempo estuve convencida.
Debía esperar a quedarme sola, o casi. Esperar a que los pocos sobrevivientes ya no fueran de este mundo o esperar más todavía para atreverme a evocar ese breve retazo de infancia argentina sin temor de sus miradas, y de cierta incomprensión que creía inevitable.Temía que me dijeran:“¿Qué ganás removiendo todo aquello?”.Y me abrumaba la sola perspectiva de tener que explicar. La única salida era dejar hacer al tiempo, alcanzar ese sitio de soledad y liberación que, así lo imagino, es la vejez. Eso pensaba yo, exactamente.
Y luego, un día, ya no pude tolerar la idea. De pronto, ya no quise esperar a estar tan sola, ni a ser tan vieja. Como si no me quedara tiempo.

Ese día, estoy convencida, se corresponde con un viaje que hice a la Argentina, en compañía de mi hija, a fines del año 2003. En los mismos lugares, yo investigué, encontré gente. Empecé a recordar con mucha más precisión que antes, cuando sólo contaba con la ayuda del pasado.Y el tiempo terminó por hacer su obra más rápidamente que lo que yo había imaginado jamás: a partir de entonces, narrar se volvió imperioso.
Aquí estoy. Voy a evocar al fin toda aquella locura argentina, todos aquellos seres arrebatados por la violencia. Me he decidido, porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque ahora sé que no hay que olvidarse de los vivos. Más aún: estoy convencida de que es imprescindible pensar en ellos. Esforzarse por hacerles, también a ellos, un lugar. Esto es lo que he tardado tanto en comprender, Diana. Sin duda por eso he demorado tanto.
Pero antes de comenzar esta pequeña historia, quisiera hacerte una última confesión: que si al fin hago este esfuerzo de memoria para hablar de la Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror, desde la altura de la niña que fui, no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco.

La Plata, Argentina, 1975.
Todo comenzó cuando mi madre me dijo: “Ahora, ¿ves?, nosotros también tendremos una casa con tejas rojas y un jardín. Como querías”.
Hace ya varios días que vivimos en una nueva casa, lejos del centro, a orillas de los inmensos terrenos baldíos que rodean La Plata –esa franja que ya no es la ciudad ni es, aún, el campo. Frente a la casa hay una antigua vía de ferrocarril desafectada, basuras y desechos
abandonados, al parecer, hace ya mucho tiempo.
De cuando en cuando, una vaca. Hasta hace muy poco, vivíamos en un pequeño departamento de una torre de hormigón y vidrio de
la Plaza Moreno, justo al lado de la casa de mis abuelos maternos, frente a la Catedral.
Allá, a menudo, yo soñaba en voz alta con la casa en que hubiera querido vivir, una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como ésas que se ven en los libros para niños. Una casa como aquéllas, también, que yo me paso el día dibujando, con un enorme sol muy amarillo encima y un macizo de flores junto a la puerta de entrada.
Tengo la impresión de que ella no ha comprendido bien. Referirme a una casa de tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes; lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que uno encuentra en gruesos libros de cocina, con láminas relucientes, llenas de fotos. Una madre elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto. O botas de cuero marrón, y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego.O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo, no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo hemos podido entendernos tan mal; o si en cambio ella se obliga a creer que mi único sueño, el mío, está hecho de jardín y color rojo.
Por otro lado, era un perro lo que yo más quería. O un gato.Ya no sé.
*
Mi madre se decide finalmente a explicarme, a grandes rasgos, lo que pasa. Hemos tenido que dejar nuestro departamento, dice, porque desde ahora los Montoneros deberán esconderse. Es necesario, ciertas personas se han vuelto muy peligrosas: son los miembros de los comandos de las AAA, la Alianza Anticomunista Argentina, que “levantan” a los militantes como mis padres y los matan o los hacen desaparecer. Por eso debemos refugiarnos, escondernos, y también resistir. Mi madre me explica que eso se llama “pasar a la clandestinidad”. “Desde ahora viviremos en la clandestinidad.” Esto, exactamente, es lo que dice. Yo escucho en silencio. Entiendo todo muy bien, pero no pienso más que en una cuestión: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy a hacer para ir a clase? “Para vos, eso será como antes. Con que no digas a nadie dónde vivimos, ni siquiera a la familia, suficiente. Todas las mañanas te vamos a subir al micro.Vas a
bajar solita en Plaza Moreno: ya conocés el lugar. El micro para justo en la puerta de los abuelos. Ellos se van a ocupar de vos durante el día.Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche.”
*
Voy sola en un colectivo refulgente, todo festoneado de motivos rojo y plata, pero no por eso menos destartalado y zangoloteante. Las manos gruesas del chofer aferran un manubrio forrado en tela de alfombra de color verde y naranja.A su izquierda, como en casi todos los colectivos, cuelga una foto de Carlitos Gardel, con su eterno pañuelo blanco al cuello y su sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Más allá, una imagen de la Virgen de Luján, esa diminuta señora apenas visible bajo su manto celeste con arabescos de oro, aplastada por una corona de piedras preciosas, ensartada por los gruesos rayos que emite su propio cuerpo glorioso. Hay también calcomanías para advertir a los pasajeros que el chofer es “hincha” de Gimnasia y Esgrima de la Plata.Y por si no ha quedado claro, un banderín de flecos desteñidos
adosado al respaldo de su asiento. En cuanto a la franja autoadhesiva con los colores de la bandera argentina, en la parte superior del parabrisas, ésa sí es idéntica a la que pegan todos los colectiveros de la ciudad, ya sean de Estudiantes o incluso de Boca Juniors, el
gran club de fútbol de Buenos Aires.
En el barrio donde vivimos ahora, la calle está como bombardeada de baches hondísimos entre los que el colectivo y los autos tratan de abrirse un camino lo más clemente posible. Por suerte, los barquinazos se hacen más esporádicos a medida que nos acercamos al centro, a la Plaza Moreno.
*
Del altillo secreto que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos.
Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos.
Mamá me contó de un niño que había visto el escondite que sus padres camuflaban detrás de un cuadro. Pero los padres se habían olvidado de explicarle hasta qué punto es importante callar. Era un niño muy pequeño, que apenas sabía hablar. Seguramente, habrían creído que no era necesario, que él no podía decir nada a nadie o que, de todas maneras, no podría comprender sus advertencias.
Cuando los hombres de la policía llegaron a la casa, revolvieron todo, y no encontraron nada. Ni una sola arma, ni el periódico de la organización, ni siquiera un libro prohibido. ¡Y eso que hay muchos,muchísimos libros en su lista...! Nada de lo que veían en aquella casa podía considerarse “subversivo”.Y es que a nadie de aquella “patota” se le había ocurrido, claro, mirar detrás del cuadro.
Cuando ya estaban por salir, casi en el umbral de la puerta de calle, uno de ellos volvió sobre sus pasos. De pronto se había dado cuenta de que durante toda la requisa, el niño aquel, ese bebé que sabía apenas unas pocas palabras, había señalado el cuadro con el dedo, diciendo a media lengua ¡Ahí! ¡Ahí! El hombre descolgó el cuadro.Todos están presos ahora, por culpa del niño que apenas sabía hablar.
Pero mi caso, claro, es totalmente diferente.Yo ya soy grande, tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una persona mayor. Los hace reír que sepa el nombre de Firmenich, el jefe de los Montoneros, e incluso la letra de la marcha de la Juventud Peronista, de memoria.A mí ya me explicaron todo.
Yo he comprendido y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas.Yo, yo he comprendido hasta qué punto callar es importante.
*
Por fin llego a casa de mis abuelos. Una vez más, me recibe la voz de Julio Sosa. Mi abuelo escucha tangos cada mañana, antes de partir a Buenos Aires, donde tiene su estudio. Mi abuelo es abogado, pero no se ocupa de política. No, él no quiere líos. Desde siempre ha defendido
a contrabandistas, estafadores, ladrones de todo tipo. Siente una profunda ternura por esos “atorrantes” que le suelen profesar, en reciprocidad, una especie de devoción fraternal. Es verdad que una vez uno de ellos, huésped temporario de su casa, desapareció llevándose
con él la bañadera. Pero aquí nadie detesta a otro por haber caído en la tentación. Era una bañadera hermosa, toda de mármol, una verdadera pieza para coleccionistas.

Fragmento de "La casa de los conejos" , Laura Alcoba, Edhasa, 2008



La escritora argentina Laura Alcoba(© Gallimard)
"Voy a evocar esa locura argentina y a todas esas personas que fueron arrastradas por la violencia. Me he decidido por fin a hacerlo porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque sé que no hay que olvidar a los sobrevivientes", escribe Laura Alcoba en Manèges, un conmovedor relato autobiográfico escrito en francés y editado en 2007 por las ediciones Gallimard. El libro en su versión en castellano llevará el título original, El embute, mientras que en inglés se llamará La casa de los conejos. Laura Alcoba, nacida en Argentina en 1968, es hoy catedrática universitaria y especialista del teatro español del Siglo de Oro. Sus padres eran militantes de la organización insurreccional peronista Los Montoneros y en 1976, cuando se desató la guerra sucia, vivió unos meses en el "embute" (un lugar escondido) donde su madre, clandestina, imprimía Evita Montonera. "Yo fui a buscar cosas que estaban en un lugar escondido", dice Laura Alcoba, quien dejó el "embute" unos meses antes de que fuera invadido por los militares. "Cómo se sobrevive es algo que me obsesiona desde esos años", confiesa esta escritora argentina que es también una sobreviviente. «Rechazo la teoría de los dos demonios, que ve en lo que ocurrió en Argentina el enfrentamiento entre dos campos igualmente violentos pero tampoco idealizo la lucha armada", precisa la autora de esta "pequeña historia argentina".
Entrevistada: Laura Alcoba, hispanista de origen argentino, especialista del teatro español del Siglo de Oro, autora de Manèges o El embute.


*Por GABRIEL BÁÑEZ (aparecido en El Dia del sábado 26.04.2008 )
Bello, doloroso relato que Laura Alcoba nos acerca sobre "La casa de los conejos", ubicada en la manzana de 29, 30, 55 y 56, la que hoy es patrimonio y memoria del tiempo de la iniquidad vivida por los argentinos durante la dictadura. Allí la narradora niña (Alcoba aún lo es en la mirada) vivió parte de su infancia y es su testimonio, inocente y crucial, el que da estructura a esta excelente novela que habla de la clandestinidad, de la conciencia y del temor, pero, sobre todo, de la esperanza de unos ojos infantiles por seguir abiertos. Hay una conmovedora belleza en cada una de las descripciones de la autora, una dignidad sobrecogedora y, más aun, un delicado registro de continuos descubrimientos y asombros que dan espacio a la fidelidad de conciencia. Entre la muerte y las muñecas, no hay casi transición. Voz que dice: "Finalmente, he ido a la cárcel a ver a mi padre con mis abuelos paternos. Un gran patio empedrado. Un día hermosísimo..." Trazos simples, conmovedores, que hablan de una época en la que había que caminar a contramano, mirar al bies y sospechar de cada sonido nocturno o presencia. Subvirtiendo crucigramas por rayuelas Laura Alcoba ha echado a andar su memoria y en voz muy queda y lúcida ésta nos cuenta el horror vivido. Estremece porque lo hace en tono muy íntimo, sin golpes bajos, tutelada por la entrañable voz en español de Leopoldo Brizuela, su traductor. "La casa de los conejos" tiene ese registro singular, definitivo, de las obras que trascienden: son muchas voces las que su voz representa.

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