01 julio, 2011

Armonía Somers (URUGUAY,1914-1994)

El hombre del túnel


Iba saliendo de aquel maldito caño -un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera- cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá más remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mí tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoíris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbaraté, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mí desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenía la misma ramita verde de diez o doce años atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones- habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
-Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con esta estúpida rendición de noticias:
-Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó tomándose confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría qué conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mi aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus fabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venía la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia atrás los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarle limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de siempre -farfullé- la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por sí como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarlos para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
-¡Sí! -grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros sí más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la invención de las siete caídas -alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.


*De La calle del viento norte. Todos los cuentos 1953 - 1967

08 junio, 2011

Ana María Cadavid (Colombia)

Trasplantada

Quiebro mi primer huevo. Cae en la cacerola y chisporrotea la mantequilla. La cafetera humeando y Julio listo para ir al trabajo.

—Está bonita la vista, ¿verdad? Los arboles y allá, lejos, la ciudad.

Nos despedimos con un beso. Desde el corredor veo cuando su carro se pierde en la primera curva de la carretera.

“Diseña mi casa”, así me había declarado su amor. Todavía no terminaba mi carrera de arquitectura y ya tenía un proyecto en mis manos. Al graduarme el techo ya encerraba los muros y el bosque la casa. La fecha del matrimonio se coordinó con la entrega de la obra.

Termino de lavar los pocillos, tomo la escoba y comienzo a barrer esas esquinas que yo misma había dibujado. Me detengo frente a la ventana del bosque; a través de las hojas se perfila un día brillante. Vuelvo la mirada y veo mis líneas de tinta negra hechas muros. Limpio del mantel unas migas de pan y descubro una hormiga que se prende obstinada a un cristal de azúcar. La tomo con cuidado, abro la ventana de la cocina y la saco afuera. Respiro el aire fresco y pienso en los trazos de lápiz que fueron dibujando cada espacio, en las escuadras que confinaron los cuartos. Sigo con las tareas. Recojo mi zapato y encuentro el compañero junto a la cama. Sonrío. Aliso sábanas y cobijas y tiendo el edredón.

Algunos dijeron, cuando me felicitaron en la iglesia, “que suerte tienes al diseñar tu propia casa”. Y me sonó raro.

Dejo que la mañana se escurra. Después de almuerzo, cuando el sopor cede, tomo un libro, salgo al corredor y me acomodo en el puf, de espaldas a la casa. El sol se filtra por las ramas dibujando tibios arabescos en el suelo. Miro el índice y elijo el cuento más corto. Leo las primeras líneas, pero un Cucarachero da salticos en las baldosas. Me canta. Lo sigo con la mirada. Me arrellano de nuevo y retomo la lectura desde el principio. Atrás del libro un pájaro grande vuela de una rama a otra. Escudriño la silueta y descubro que es una Soledad. La delata el movimiento pendular, casi hipnótico, de su cola. La saludo imitándola con la mano, pero el Cucarachero se asusta remontándose al techo. Vuelvo a la lectura. Un hombre lee una novela. Esta sentado en un sillón de terciopelo verde. Suena el celular y corro a contestarlo.

—Hola, amor... Sí, estoy bien. Ya limpié la casa y ahora estoy leyendo... Te quiero.

Mi beso también se queda sin respuesta. El sol se ha ido y la temperatura comienza a bajar. Dejo el teléfono sobre la mesita de la entrada. Vuelvo al hoyo de mi cuerpo en el puf y me hundo en él. Busco el doblez de la hoja en el libro. La atmósfera se torna densa. De nuevo intento que la ilusión me gane, que el bosque desaparezca; desgajarme línea a línea en la lectura. Un perro ladra lejos. Presiento las nubes mullidas en las copas de los árboles, oigo un murmullo vibrante de lluvia seca, un crujir rasgado de papel mantequilla. El libro cae a mi regazo.

Extrañada, descubro un ratoncito contorsionándose en la última baldosa, allá, en el límite del bosque. Mientras lo observo una sombra rastrera cruza el camino empedrado, la busco, pero no la puedo identificar. Vuelvo los ojos a la terraza y el ratón ha desaparecido. Entre las hojas salta un grillo. Está apurado. Huye. Todo es tan raro... mi atención se colma de algo etéreo; un olor amargo, el peso de las nubes en los árboles, la penumbra del frío, el ruido tostado de las hojas secas. Aparto el libro y enderezo la espalda.

Una explosión de grillos, arañas y escarabajos histéricos, a zancadas, avanzan entre la hojarasca. Me pongo de pie. Es tan misterioso, tan inminente, tan real... Vuelvo la mirada al fondo y en las baldosas veo un hilo de hormigas. Le sigo el rastro. La madeja crece y se teje con otras hebras que comienzan a serpentear frente a mis ojos. Líneas y líneas ondulan pintando la terraza de negro. Una legión. Una ruidosa ronda de hormigas viene marchando hacia la casa. Regreso adentro y cierro la puerta. Atrincherada en la ventana veo cómo el corredor se inunda, los muros se oscurecen y la marea se filtra amarga bajo la puerta. Empujo el tapete pero las fisuras se convierten en exclusas. El libro, el puf, el teléfono, mis zapatos; todo es colonia de hormigas negras.

Retrocedo a la cocina, trepo al mesón y arrinconada, por la ventana, dejo tu casa.

de Arma de casa.(Sílaba Editores, Colección Mil y una sílabas, Medellín,2011)


Ana María Cadavid Moreno es arquitecta y ama de casa. Sus cuentos se han publicado en diversas antologías y revistas. En 2006 fue ganadora del concurso “Las 700 del ego” de la revista El Malpensante. Su cuento infantil “Bitácora de luna”, con sus propias ilustraciones, fue publicado en 2004. 

30 mayo, 2011

Beatriz Ferro (Argentina)


Un día perfecto
Autoayuda
Para los que nunca llegan a cumplir con lo que anotan en la agenda
Desde enero 1 las páginas en blanco de la agenda nos proponen días plenos, activos, sin omisiones ni olvidos.
Todo lo que debemos hacer es anotar. Anotar y hacer. Anotar, hacer y tachar. Por cada tachadura, un punto a nuestro favor en el tira y afloja con el calendario.
Buena letra y buenos propósitos, al principio todo va bien. Pero a los pocos días ciertas cosas, como pedir hora con el dentista y comprar unos botones, quedan sin tachar, se dejan para mañana o pasado y de tiempo en tiempo se retoman para volver a postergarse.
Así es como aparece un dentista que salta alegremente de lunes a miércoles a viernes, permanece oculto unas semanas, reaparece de pronto, vuelve al cono de sombra y nos toma por asalto el mes que viene junto con esos botones que ya no sabemos bien cuántos necesitábamos, ni si debían ser redondos y opacos o cuadraditos y nacarados como dientes de leche, mimetizados ya con el dentista.
Respuestas aún pendientes, cajones sin ordenar, reuniones aplazadas, malvón sin trasplantar, desfilan con sus reclamos cada vez que echamos una ojeada a los meses anteriores.
Para todas aquellas personas que, al menos un día en el año, aspiran a tener la satisfacción de tachar todo lo anotado, se ofrece aquí una serie de actividades que difícilmente podrán dejar de cumplir, cualquiera sea su sexo, edad y ocupación.
Despertarse y tener ganas de seguir durmiendo.
Levantarse.
Abrir la canilla del lavatorio.
Cerrarla.
Abrir la canilla de la ducha.
Cerrarla.
Apretar el botón del inodoro.
Entre abrir y cerrar canillas y apretar el botón, cumplir con elementales reglas de higiene, lo cual implica: mojarse, sobar el jabón, secarse, apretar el tubo de dentífrico, desenrollar unos centímetros de papel higiénico.
Mirarse en el espejo.
Decir Bueno, ya voy.
Desayunar.
Antes, mientras tanto y después, abrir puertas: del baño, del botiquín, del armario de la cocina, de la heladera, del ropero, de las habitaciones, de la calle.
Cerrar esas puertas.
Buscar algo que estábamos seguros de haber dejado ahí nomás y no encontrarlo.
Abrir cajones varios.
Cerrar esos cajones.
Decir Sí, ya sé, pero es temprano.
Mirar la hora.
Comprobar que uno tiene menos plata de lo que creía.
Salir.
Comprar algo en el kiosco.
Cruzar calles.
Subir a un colectivo.
Bajarse.
Llegar un poquito tarde.
Saludar. Hablar. Charlar.
Asegurar que no tiene la menor importancia algo que en realidad nos importa muchísimo.
Poner cara de prestar atención.
Reprimir un bostezo inoportuno.
Bostezar a gusto y despatarrarnos en la primera ocasión.
Hacer una cantidad de cosas innecesarias con tal de no enfrentarnos con lo que más nos cuesta.
Sentarse y levantarse docenas de veces en el día.
Pensar: ¿Vieron? Al fin y al cabo yo tenía razón.
Empezar a sentir hambre. Tener hambre. Comer.
Decir ¡Hola! ¡Chau!
Jorobar.
Dar un beso. Acariciar. O, bueno, al menos dar una afectuosa palmada en la espalda.
Decir que uno no es supersticioso.
Accionar palancas, llaves y botones de todo tipo: de la luz, la radio, la cocina, el equipo de música, el ascensor, el televisor, el timbre.
Soltar una mala palabra.
Soñar despierto.
Rascarse.
Pensar Mañana sin falta.
Hasta aquí le aseguramos el éxito total. No nos hacemos responsables si, además de cumplir con esa agenda abrumadora, usted pretende que el día le alcance para realizar otras actividades.

El robo (Inédito)En la llave no está la clave (Inédito)



No era la primera vez que aparecía por allí. El visitante recorría las salas del museo mirando los cuadros casi de reojo, por cortesía, hasta llegar a "Jardín en otoño".
Allí se detenía.
Era un jardín simétrico, con dos senderos que abrazaban un macizo central de flores lilas y se perdían a lo lejos. Arbustos como fondo del cantero florido; más arbustos y árboles frondosos en hilera, custodiando el lugar por ambos lados.
Un plácido jardín de otros tiempos, solitario y dueño de sí mismo. Ausente la casa y, si la había, debía ser una casona cerrada y sin gente.
Uno podía recorrer con los ojos los senderos hasta el impreciso horizonte de follaje y preguntarse qué habría más allá, como si el jardín oficiara de antesala de otros paisajes y otros mundos.
Era un buen cuadro, uno de los más valiosos del museo.
La primera vez que el guardián observó a aquel hombre menudo, arrobado ante la tela, no sospechó de él. Pero la escena se repitió varias veces y su desconfianza creció con cada visita.
En una ocasión lo sorprendió atisbando el perfil del marco como si quisiera ver el dorso del cuadro. Otra vez lo pescó mirando nerviosamente a uno y otro costado para asegurarse de que no había testigos.
El guardián sabía que el robo era inminente y trató en vano de imaginar qué recursos usaría, en qué momento, y si tendría cómplices.

Un día de lluvia, el museo casi desierto, reapareció el visitante. Se sacudió unas gotas del impermeable y merodeó de sala en sala hasta llegar al cuadro. El guardián se ubicó estratégicamente en un ángulo desde donde no le perdería pisada.

Fueron unos minutos de descuido, cuando tuvo que contestar un teléfono que nadie atendía. Aunque volvió rápidamente a su puesto, el visitante ya no se veía. Corrió hacia el cuadro pero no llegó a tiempo para impedir el robo.
La sala estaba vacía.
El guardián lo vio alejarse, inalcanzable.
El hombrecito había llegado casi al final de uno de los senderos de "Jardín en otoño"; unos pasos más y, sin volver la cabeza, se esfumó detrás del muro de follaje.
Lo único que quedaba de él era su impermeable en el piso, debajo del cuadro.
Ya no volvería.
Ninguno de los que han sido robados, por un cuadro han regresado.

de El dramático caso de las señoras iguales ( Sudamericana,  colección Pan Flauta)

20 mayo, 2011

Silvina Bullrich, Buenos Aires 1915-1989.




LA ABNEGACION


Mamá era una mujer romántica y anticuada. Siempre fue anticuada, aún a los quince años: sus amigas de infancia me lo dijeron. Yo me reía, no sabía que iba a educarme mal, es decir, en forma romántica y anticuada.


La historia de mi vida tiene poca importancia. No quiero portarme como según se quejan todos los escritores del mundo se portan sus amigos, su sastre, su modista, su manicura, los pintores que están empapelando sus paredes y todo ser viviente que se le cruza; en resumen, no quiero decir: “Si te contara mi vida, qué libro escribirías”. Porque justamente comprendí que con los acontecimientos evidentes nunca se escribe ningún libro, o si alguien lo escribe resulta malo.


Me casé,me divorcié, tuve un amante, dos amantes, tres amantes; uno me abandonó, a otro lo dejé yo porque se cruzó el tercero, con otro no marché ni para atrás ni para adelante, inútil insistir; tuve una que otra aventura laboriosa, no tan sórdida como dicen los novelistas, más bien simpática, y quedamos grandes amigos; alguna vez no quedamos amigos. Porque la amistad, ni en pro ni en contra, tiene nada que ver con un fortuito acto sexual.


No soy tonta, trabajo en Aerolíneas y todos mis compañeros podrían decirles que soy muy eficiente. Muy eficiente: he aquí mi drama. Mi pobre romántica y anticuada madre me convenció, día a día, durante veinte años, y todos los demás que siguieron, que en la vida lo más importante es ser eficiente, responsable, desinteresada. Sus frases penetraban en mí como la famosa gota del martirio chino que quizá nunca existió, pero es tan mentado por los occidentales: horadaba mi cabeza, penetraba en mi cerebro, llegaba hasta mi corazón, se deslizaba hasta mi sexo. Y mi cerebro, mi corazón, mi sexo fueron desinteresados, eficientes, reservados aunque generosos, llenos de dignidad, de moral y de pureza. Entendámonos bien: tonta del todo no fui nunca, asimilé las enseñanzas de mi madre, pero las remocé un poco. Nunca pensé que por haberme entregado a Luis iba a ir al infierno, así como no creo que la secretaria del gerente tenga su lugar marcado en el cielo porque a los cuarenta y tres años sigue siendo virgen, no se depila las piernas, y considera inmoral usar lentes de contacto. Me parece dudoso que los mismos castigos nos estén reservados a Hitler y a mí; el creerlo sería una jactancia de mi parte.


Sin embargo, ¿para qué ocultarlo por más tiempo?, creía seriamente que nada ata tanto a un hombre como advertir que su mujer (y para esto no es necesario pasar por el registro civil) le oculta sus problemas, seca sus lágrimas antes de que él llegue, disimula los contratiempos que sufrió durante el día, se hace un vestido nuevo con uno viejo, finge despreciar los automóviles demasiado grandes (además nunca hay donde estacionarlos) “de nuevos ricos”, piensa que dado el clima de este país no se necesitan pieles, que las joyas crean una preocupación más y las falsas son igualmente sentadoras, que hoy por hoy se come mejor en los boliches que en los grandes restaurantes donde todo está podrido, que el servicio doméstico no sólo sobra sino que “son enemigos metidos en la intimidad de uno”, que la mujer moderna sabe defenderse tan bien como el hombre y toda la retahíla de lugares comunes que permiten que los pobres sean mucho menos amargados que los ricos porque nadie se ocupó jamás de hacer un manual semejante para los ricos. Y como los ricos no han sentido la necesidad de ese manual, sus lugares comunes siguen siendo un enigma, cosa lamentable para los sociólogos de las futuras generaciones.


Los hombres son más inteligentes que las mujeres. Pero no en el terreno en que ellos lo creen. Dios mío, basta oír hablar a los candidatos en vísperas de elecciones para que nuestro respeto por la lucidez mental masculina se desinfle un poco, y no extiendo mis comentarios para no alargar mi anécdota. Los hombres son más inteligentes que las mujeres en el amor. Infinitas generaciones de astucia para sacar el mejor partido en los negocios y en la guerra les enseñaron una táctica infalible: convencer al adversario que lo más admirable en él son ciertas cualidades que lo benefician. A Luis le beneficiaba que yo trabajara, que supiera cocinar y creyera en el breve manual que he enumerado en forma incompleta, más arriba. “Si no te importa comamos cualquier cosa en tu casa o en casa, estoy tan cansado para salir, he trabajado todo el día.” Yo también, pero no se lo recordaba, hubiera sido una falta de tacto, de femineidad y de cariño; él lo habría encarpetado para lanzármelo a la cara en la próxima escena. Entonces yo me ajetreaba: “… no te molestes, cualquier cosa, unos huevos pasados por agua.” Pero yo sabía que le gustaban más las omelettes a la francesa, abría un tarro de champignones, y ya que había leche haría un arroz con leche en dos minutos, o si prefería, con el pollo que quedó de anoche y un resto de crema (podría pedir más a la fiambrería) haría unos tallarines a la parisiense. Y poner la mesa, y tostar el pan, y hacer un buen café. Nada, no es nada, todo estará listo en dos minutos, entretanto servite otro güisqui, no, no te molestes en traer una botella, de todas maneras a mi me resulta más fácil conseguirlo que a vos… no, estás loco, ¿por quién me has tomado? Nuestros pilotos no hacen contrabando, pero siempre hay un pasajero agradecido porque le hemos dejado pasar un kilo de más o no le hemos protestado un documento… bueno, ya va a estar…


Y todo estaba pronto, si no en diez minutos en media hora. Y yo me ajetreaba siempre, en todo, en ponerme ruleros cuando se me doblaban las piernas y sólo deseaba tirarme sobre la cama, en maquillarme íntegramente de nuevo, en deslumbrarme ante su virilidad o afirmarle que era una suerte que él también estuviera cansado porque yo esa noche no hubiera podido ni con Alain Delon. A él le gustaban “las mujeres vestidas de sport” y la palabra sport en esos casos es sinónimo de faldas y tricotas del año anterior. Yo afirmaba que no tenía ni tiempo ni ganas de hacerme ropa, que hay cosas mucho más importantes que hacer en la vida y él nunca me preguntaba cuáles. Nos veíamos casi todos los días como hubiéramos visto al mozo de la pizzería de las esquina si hubiéramos resuelto comer allí. No éramos desgraciados, pero quizá nos parecía excesivo pretender ser felices como una pareja de cine que, después de infinitas vicisitudes y malentendidos, alcanza un paraíso garantido estable por el director.


Una amiga me dijo un día que mi método era malo. ¿qué método? El de jugar a la noviecita buena, me dijo; nunca un hombre se queda al lado de una mujer desinteresada; recuerda siempre que el hombre corre detrás del capital invertido. No comprendí muy bien. Ella me explicó con la ayuda de ejemplos irrefutables que las mujeres mal criadas son las más queridas y que ni siquiera un magnate puede volver a comprar, cada vez que se enamora, un nuevo departamento, otro coche, otro abrigo de piel; entonces vacila mucho antes de romper con una mujer que ya representa para él esa inversión de capital. Su razonamiento me pareció sensato, prometí reflexionar. Pero ya era tarde. Ya Luis no tenía ganas de invertir en mí ni una entrada de paraíso.


Un día me dijo que Julita era la mujer más encantadora de la tierra. Parece un pajarito, un colibrí, pasa por el mundo sin rozarlo. Tenemos que buscarla para ir al cine. ¿Y porqué no viene ella hasta aquí?, tiene auto y nosotros no. ¿Venir hasta aquí, sola de noche? ¡Por Dios, son las ocho! Pero no nos cuesta nada ir, a ella no le gusta andar sola de noche. La buscamos. A la vuelta la dejamos en su casa y nos vinimos esas nueve cuadras a pie; lloviznaba un poco. Pudo habernos traído ella, dije. ¿Abrir sola el garaje de noche? Se escandalizó Luis. Pero yo ya estaba extenuada de todo lo que había ocurrido entre la ida y la vuelta. Bajó elegante, perfumada, sonriente. Estás divina, dijo Luis. ¿Verdad que está divina?, si, dije. ¿Ustedes comieron?... ¡ay, yo no comí! No importa nosotros tomamos un café mientras comes algo. Claro, si se hace tarde vamos a la otra sección. Fuimos a la otra sección porque Julita no comió “algo” sino un menú refinado y completo. Al salir del cine tenía sed; siempre tengo sed al salir del cine. No tenía monedas para ir al toilette. Se bueno, Luis, comprale unas flores a esa pobre mujer, me da una pena, con este frío. Tenés razón, lo que pasa es que somos unos desalmados dijo Luis involucrándome como si no supiera que nunca le pedía nada por cuidar su bolsillo. Yo miré el reloj; mi trabajo comienza a las nueve, arriesgué tímidamente. ¡Ay, que horror trabajar! Suspiró Julita; yo soy a la antigua, creo que la mujer no debe trabajar, pierde femineidad. ¿y de que vive? Si una mujer no es capaz de tener un hombre que responda por ella es porque no es verdaderamente mujer, algún defecto fundamental ha de tener, dijo seriamente; y luego, sonriendo de nuevo: yo soy tan inútil, ni se hacer un cheque; en el banco todos se ríen y me lo hacen ellos. Pedime a mí cuando necesites algo así, suplicó Luis embelesado. Lo único que necesito es tener plata en la cuenta, porque los bancos tienen la mala costumbre de devolver los cheques sin fondos. ¡Qué desconsiderados!, rió Luis, que iba de deslumbramiento en deslumbramiento. Ella acumulaba anécdotas de su admirable, casi genial, tiliguería. Luis se derretía.


Yo ya había comprendido. No me importaba mucho, algún día eso tenía que terminar si es que se puede terminar algo que no empezó nunca. En verdad era mejor así, mucho mejor. Yo estaba castrando a Luis, Julita lo haría hombre a la fuerza. No se si por masoquista, por sadismo o por curiosidad no le ofrecí su libertad en seguida. Me divirtió observarlos.


Tengo que ir a pagar los impuestos de Julita. Hay que ir a ver a Julita: fue al dentista y no soporta el torno, puede precisar algo. Pobre chica, educada con tanto lujo, tan refinada y con dificultades de dinero. Julita no soporta el frío, Julita no soporta el calor, Julita no sabe cocinar… tiene otras cualidades.
Y Luis corría por la ciudad buscando soluciones para los dramas de Julita. ¡Qué drama! ¿Sabés mi drama? Todo era un drama y a su alrededor la compadecían. Qué drama tener que ir al dentista, que drama que se le fuera la mucama. El drama de la jarra rota, del auto que ratea, de la madre que “parece que la van a operar”; no la operaban, pero el drama subsistía. Además los dramas íntimos que las personas con alma plebeya como yo no podíamos ni presentir siquiera: la incomunicación, la depresión nerviosa, el vacío, la soledad, los complejos de culpabilidad, de superioridad, de inferioridad; ella los tenía todos. Después tuvo a Luis que recorrió los psicoanalistas de Buenos Aires todo el invierno porque el frío le hacía daño, y todo el verano porque no soportaba el calor y no podía dormir con aire acondicionado, que la instaló en un hotel porque estaba muy cansada de luchar con el servicio actual tan malo, le robaban todo, la plantaban…


Después, un día cualquiera, les perdí la pista. La vi por la calle muy bien vestida y con un caniche gris perla. Yo conocí a Pedro, pude quererlo, pudo quererme. Pero una inmensa fatiga pesa sobre mis hombros. No me sentía con fuerzas, no, de volver a hacer platitos especiales para que se dijera que era la mujer perfecta y se fuera con el último bocado, ni tampoco suspirar ante cada florista que pasa frío, ni ante el drama de cada previsible molestia cotidiana.


A veces, cuando fluye en mí la sangre romántica de mi despistada madre, imagino que llega a mi vida un hombre que cuando río me dice: ¿por qué llorás?, y seca con sus labios las lágrimas que no derramo; cuando me llevo al mundo por delante me dice ¿por qué tiemblas?; cuando viajo me dice: ¿por qué huyes?, y ante mis noches mundanas, mis días activos, mis frases insolentes exclama desolado: ¡Nunca supe que una mujer pudiera ser tan débil!


La ironía, la penetración, la desenvoltura del arte de Silvina Bullrich alcanzan acaso en estas Historias inmorales un nivel más alto. La autora de Los Burgueses describe el triunfo tragicómico del escritor provinciano o la soledad de la mujer emancipada con la misma implacable serenidad, con un humor frío que revela expresivamente el mecanismo oculto de las pasiones humanas.Pero estas historias son sobre todo anticonvencionales.Silvina Bullrich se complace en mostrar sutilmente cómo las ideas hechas, los prejuicios, los tópicos más comunes del periodismo y la literatura tienen un reverso insospechable, sorprendente, que puede ser la clave de una nueva moral.

Extraìdo de Historias Inmorales. Ed. Sudamericana.Buenos Aires, 1965.

18 abril, 2011

María Rosa Lojo

Estructura de las casas -

Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.
Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas.
Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas.
En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

de Esperan la mañana verde (1998)

14 abril, 2011

Carola Saavedra (Chile-Brasil,1977)




Grabación 1
Ruido de viento y olas que golpean contra el acantilado. Caen en el agua pequeñas piedras. Pasos. Interrupción. Voz.
Estoy en el extremo sur de la isla. Si nadara en línea recta, supongo que en algún momento llegaría al Antártico. Tierras australes.[...] El mar aquí es un mar que todavía no fue domesticado. Nunca le impusieron límites. Hasta los colores, el olor, las algas, todo en él parece que acabara de surgir.
Hace una o dos semanas que estoy aquí. Tal vez han sido apenas algunos días, no lo sé. Alex, los días pasan de forma extraña en este lugar.
Quiero comenzar hablando de una imagen. No sé si era una fotografía o si fui yo quien guardó aquel momento como algo estático en la memoria. Antes de que las cosas con Karen tomaran el rumbo que tomaron.

Grabación 4
[...]
Cuando salí de tu casa aquella tarde el sol estaba poniéndose y el cielo se había teñido de una tonalidad rojiza. Soplaba una brisa fresca de primavera. Y yo me sentía bien, etérea. Todo parecía perfecto. Ahora, pienso, ¿ya te diste cuenta de que justamente esos momentos, cuando todo parece perfecto, anteceden a los acontecimientos más aterradores, a las peores tragedias? Tal vez toda la felicidad tenga un fondo falso, una tonalidad artificial, y esté ahí solo para contrastar con lo que vendrá.

02 abril, 2011

Lía Schenk (Uruguay)

LLUVIA PARA UN FLORERO Esta tarde llovieron recuerdos como nunca. Le llovieron torrencialmente dentro de su propia casa. Algunos eran anunciados con truenos, rayos y centellas. Otros llovieron con menos ruido y con menos electricidad. Se acostó, se levantó, hizo café que no tomó… Quiso leer, quiso mirar una película, quiso ordenar placares… y no pudo hacer nada en medio de esa lluvia torrencial. Parecía que el techo se iba a venir abajo. Parecía que en cualquier momento empezarían las inundaciones. Todos los recuerdos de esa lluvia venían con los ojos y la voz de él. Venían con su risa y con esas maneras que él tenía de hacerle sentir que esas rosas las había ido a buscar a El Cairo para ella. Venían con esos resplandores que él tenía en los ojos cuando pasaban muchos días sin verse y llegaba a cualquier hora de la noche porque la extrañaba. Los recuerdos seguían lloviendo solos y ella no sabía qué hacer con tanta agua. No sabía qué hacer con esa laguna en el dormitorio, ni con esos charcos en el living. La última vez, se habían despedido para siempre. No tenía sentido eso de verse cada tanto. No tenían sentido esas rosas de El Cairo, si después se deshojaban sin que él las viera. No tenía sentido que ella lo esperara por las dudas. Después de esa última vez, fue que empezó a desatarse esta tormenta. Esta lluvia impresionante que no paraba con nada. No paraba ni con una danza mágica. En medio de truenos y relámpagos sonó el teléfono. Saltó de la cama y cruzó la laguna del dormitorio con el agua hasta la cintura, cruzó los charcos del living y llegó al teléfono y al florero vacío. Quiso disimular todo lo que estaba pasando dentro de su propia casa, pero no pudo. Del otro lado de la tormenta, él decía que escuchaba perfectamente el ruido de la lluvia sobre la mesa del teléfono. Se quedaron un rato en silencio y la lluvia no sabía que hacer. Él le dijo que después de la lluvia siempre sale el sol. Le dijo que no hay tormenta que dure cien años. Le dijo que iba para allí, porque su casa estaba muchísimo más inundada que la de ella. Él colgó y ella abrió las ventanas. Hizo café de nuevo, (el de antes parecía jugo de paraguas). Después se pintó un poco los labios. No quería tener una sonrisa tan aguada cuando él llegara. Miró por toda la casa y vio que los charcos y la laguna se iban evaporando a toda velocidad. Antes que él llegara, el agua se había ido de todas partes, menos del florero. A ella le pareció bien que así fuera. No es lo mismo poner rosas de El Cairo en agua de la canilla, que ponerlas en agua de una lluvia como esa. Es docente, psicóloga social y periodista. Ha construido una sólida producción literaria tanto en el género poético como en narrativa, lo que le ha valido la obtención de numerosos galardones y reconocimientos. Escritora prolífica, entre sus muchas obras cabe citar "Entre tiempos", "Poemas Operativos", "La escuela de los niños", "El Mago de las Palabras", "Valentina de más" o "Historias de Pueblo Chico", galardonada con el Premio Bartolomé Hidalgo que otorga la Cámara Uruguaya del Libro en el marco de la Feria Internacional del Libro de Montevideo.
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