30 noviembre, 2006

Peligrosas palabras


La tarea de escribir es desgarradora y dichosa al mismo tiempo. Es un buceo a ciegas en el magma donde se forman las imágenes y las asociaciones, es un dejarse llevar por la creación a todo galope pero con la rienda corta, evitando desbocarse, y es al mismo tiempo un minucioso enfrentamiento con algo tan manoseado y vilipendiado y gastado y sorprendente como puede ser el lenguaje.
La palabra: nuestra herramienta y a la vez nuestra enemiga, Espada de Damocles, a veces, suspendida sobre nuestras cabezas cuando nos volvemos incapaces de emitirla, de dar con la palabra clave, el Abretesésamo que nos permitirá entrar en un nuevo texto. Por eso a menudo digo que la literatura, la producción de literatura, es una maldición de tiempo completo. Y no sólo porque a cada paso nos asalta la duda o porque el cuestionamiento de la utilidad del escribir se plantea en cada página, sino sobre todo porque atenacea lo otro: la culpa o el terror de no estar escribiendo, de no estar escribiendo cada hora de la vida como lo exige cierto oscuro deseo tan opuesto al otro oscuro deseo que nos empuja a la calle y a esa otra vida que llamamos vida.
Del sillón en el que tengo la idea hasta el escritorio donde podré escribirla la distancia no es grande, es infranqueable.
Es la misma distancia que media en el querer decir y el no poder decirlo. Es la forma de resistencia que ofrecen las palabras a ser atrapadas como tales, y nosotros, escritores y escritoras, con una red de cazar mariposas, siempre corriendo tras las dichosas palabras con intención aviesa: no ya la de clavarlas, rígidas, con un alfiler al texto, sino la de conservarlas vivas, un poco revoloteantes y cambiantes, para que el texto tenga la iridiscencia necesaria quizá llamada ambigüedad- que permitirá a cada lector enfocarlo desde su ángulo y reinterpretarlo.
Y en ese juego del rompecabezas literario no interesa aquello que escribo sino cómo lo escribo (James Joyce, Felisberto Hernández, Clarice Lispector... muchos insistieron en la misma idea). En la articulación entre la anécdota narrada y el estilo de narración, por llamarlo de alguna forma, es donde reside el secreto del texto y donde podemos asistir a ese deslumbramiento de la palabra que alternativamente puede asumir el rol de perro fiel, de cuchillo o de dado.
Una palabra en apariencias inocente cobra esplendor y se transforma gracias a la intención con la que es lanzada desde lejos, gracias a esa cama que se le ha venido preparando con la cantidad de otras palabras que la preceden. Y no hablemos de los silencios de los que de todos modos es imposible hablar. Lo no dicho, lo tácito y lo omitido y lo censurado y lo sugerido cobran la importancia de un grito.
Los rígidos semiólogos hablan de la “contaminación” del lenguaje y se refieren a la polisemia, es decir, a los desconcertantes sinónimos, a la analogía y a las diversas connotaciones que en cada palabra perturban su naturaleza y su funcionamiento.
Las escritoras hacemos nuestro agosto con estas llamadas contaminaciones, las afilamos, les sacamos brillo, las exponemos de la mejor manera posible para que la luz de la lectura haga resaltar todas sus facetas, hasta las más ocultas, aquellas con las que se nos imponía silencio. Las ignoradas hasta por nosotras mismas. Las que eluden hasta nuestra propia censura, la represión interna.
Luisa Valenzuela


extraído de http://luisavalenzuela.com/bibliografia/galery.html
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2 comentarios:

juanjo dijo...

Qué dicha este espacio nuevo, se que hay mucho material interesante que nos aguarda...

Maravilloso,avanti!!!

Junajo

Anónimo dijo...

Super,Felicitaciones profe

:D los desconocidosdesiempre:D

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