16 octubre, 2009

lazos de madre


Hebe Uhart
fragmento de “Leonor”

Cuando Leonor era chica, su mamá hacía albóndigas de harina de mandioca. Las albóndigas de harina de mandioca son tan duras como si tuvieran plomo, secas como si fueran de arena y malignamente compactas. Si uno las come estando triste, hace de cuenta que come un páramo; si uno está contento, esa bola marrón, sin nada aceitoso, es un alimento merecido y vivificante.
Leonor creció y llegó a los dieciocho años. Su mamá le dijo:
—Hija, usted debe casarse. Cuando una se casa le dan una libreta, un hombre trae pan blanco y zapatos taco alto. Después se casa con ese polaco, le trae unos aros a la mamita.
Leonor dijo:
—Sí, mamita, pero el polaco muy grande es.
El polaco medía casi dos metros; todos los días arrancaba yuyos y los domingos ni iba al baile, trabajaba.
—¿Qué importa? –dijo la madre.
—Sí, mamita, yo me caso, pero me da vergüenza hablar delante de él.
—La vergüenza después se va (...). Usted le dice: “¿Querría un plato de porotos?”. Y un día comen porotos (...).
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Silvina Ocampo
Fragmento de“Viaje olvidado”

Quería acordarse del día en que había nacido y fruncía tanto las cejas que las personas grandes la interrumpían para que desarrugara la frente. Por eso no podía nunca llegar hasta el recuerdo de su nacimiento.
Los chicos antes de nacer estaban almacenados en una gran tienda de París, las madres los encargaban y a veces iban ellas mismas a comprarlos (...).
Pero ella había nacido una mañana en Palermo haciendo nidos para los pájaros. No recordaba haber salido de su casa aquel día, tenía la sensación de haber hecho un viaje sin automóvil ni coche, un viaje lleno de sombras misteriosas, y de haberse despertado en un camino de árboles con olor a casuarinas donde se encontró de repente haciendo nidos para los pájaros (...).
Cuando su madre dijo que iba a abrir la ventana y la abrió, su rostro había cambiado debajo del sombrero con plumas: era una señora que estaba de visita en su casa. La ventana quedaba más cerrada que antes, y cuando dijo su madre que el sol estaba lindísimo, vio el cielo negro de la noche donde no cantaba un solo pájaro.
************************************************************************************* Angeles Mastretta
fragmento de "Volando: como las ballenas”

Nunca he podido pensar en los ires y venires de la maternidad sin estremecerme (...). Doy por sentado que, una vez adquirida, la maternidad es tan irrevocable como aún es versátil la paternidad.
Hace poco estuve cavilando estos dislates mientras miraba al árbol lleno de grillos que crece encima de mi ventana. Entonces no se me ocurrió mejor cosa que tirarme al llanto como si se tratara de cantar un tango.
Es un arce y lo sembré hace quince años acompañada por la euforia de mis dos hijos. Tengo una foto de esos días: estamos los tres juntos al remedo del árbol y yo luzco dueña de una paz meridiana. La tenía entre las manos. Al menos así lo recuerdo. Tenía también dos niños con invitados frecuentes y largos fines de semana para el cine, las excursiones, las fiestas en pijama, las tareas de recortar y pegar, el teatro y celebraciones con distinto disfraz. Entonces, además de hacerme líos con mi destino, un asunto que va igual que viene, descubrí la preñez que es de por vida (...).

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Inés Fernández Moreno
fragmento de “Madre para armar”

Lo primero que perdí fueron los pechos. Debió haber sido de forma muy gradual porque no recuerdo cuándo sucedió. Sólo sé que un día me miré en el espejo y ya no estaban allí. Se habían desvanecido, dejando una leve aureola nacarada como para recordar, de todas maneras, que habían existido.
Pienso que fue Cecilia la que se quedó con ellos, porque desde un principio ése pareció ser su privilegio. Mamó hasta el año y medio, usó chupete hasta los cuatro y pasar de la mamadera a la taza fue un triunfo para el que tuve que recurrir a todos los subterfugios. Sólo noté una chispa de reproche en la mirada de Andrés, que fue destetado cuando apenas tenía quince días, y no porque yo quisiera, sino porque el médico me lo indicó.
Los ojos, en cambio, me duraron mucho más (...). Mirar durante las noches que respiraran bien. Mirar las irritaciones de su piel. Mirar las vueltas de carnero. Mirar cómo se zambullían en el agua. Y después mirar sus deberes, sus éxitos deportivos, sus novias (...).
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Susana Silvestre
fragmento de “Hoy venimos a cantarte”


El cumpleaños de mi mamá se presentó justo en el momento en que yo buscaba la historia de mis abuelos paternos.
Mi hermana mayor no cesaba de repetir: “¿Te das cuenta, ochenta años? Quién sabe si nosotras llegamos”. Mi hermana más chica sonreía con cierta ostentación, como quien se siente en parte artífice de la hazaña; yo estaba más bien asombrada; mi hermano no decía nada pero aprobaba con circunspección nuestros sentimientos femeninos hacia su madre y, en fin, todos coincidíamos en celebrar el acontecimiento con una fiesta inusual. Había que organizarla y naturalmente teníamos opiniones diversas acerca de la cantidad de invitados, la calidad de las comidas, la sencillez o la distinción del salón.
No es que yo escatimara mi cuarta parte correspondiente pero la búsqueda de nuestros ancestros me llevaba a ocupar cualquier hueco de los preparativos para hablar de mi papá, que estaba muerto, en lugar de mi mamá, que estaba viva (...).

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Pilar Mañas Lahoz
fragmeto de “Cuevas”

Ahora que lo he visto casi todo –varios mares y un océano, el cielo roto, la primavera, la muerte, los amaneceres, la pintura abstracta y la impresionista, bocas negras con hambre– (...), es cuando desearía volver a oír la voz grave y nítida de nuestra madre. Y ahora sé que aquella fue la única voz que me dio la medida exacta del puro silencio alegre en el que han de cumplirse algunos sueños.
Cuando éramos pequeños, pasábamos mucho frío. Tal vez era porque vivíamos en un pueblo con río en la Castilla severa, o porque nuestra casa estaba situada demasiado cerca del río y la humedad ascendía al atardecer como los brazos de un muerto mojado y helado y en esas tierras las gentes sólo acostumbraban calentarse con una estufa de carbón o un brasero. En esas fechas, muchos éramos los que vivíamos en un país recién derrumbado y pobre. Nuestra madre decía a menudo (...): “¿Queréis dejar de quejaros, señoritingos? Hay gente más pobre que nosotros (...). Y a comer, que se enfría el cocido”.
************************************************************************************ Angélica Gorodischer
fragmento de “Madre hay una sola”

Chiste que ha circulado ¿desde cuándo?, andá a saber, de hijas a hijos: “Madre hay una sola, por suerte”.
Como hija, siempre lo he deplorado: lástima, lástima que madre haya una sola. ¿Te imaginás si hubiera dos? ¿Si hubiera tres, trece, veintisiete, ciento cincuenta? Si hubiera cien, yo no estaría todavía llamando a la mía. Que no me oye, por supuesto.
Cuánto mundo, cuánto consuelo, cuánta alegría si muchas hijas tuvieran muchas madres y si yo pudiera contarle a una lo que me pasó con la otra y a otra lo que me dijo una (...). Una sola es demasiado. Dos, tres serían poco. Siempre estaríamos pidiendo más y quién dijo que no lo obtendríamos.
También es cierto que sí. Que sí qué. Que hay muchas madres. Pero escuchame, te estás contradiciendo (...), primero decís que hay una sola y que sería estupendo que hubiera más (...). ¿Y dónde está la contradicción? ¿O no sabés que dos cosas opuestas no son excluyentes? ¿Einstein, Heráclito, Shakespeare y Freud pasaron inútilmente por tu vida? (...).

de Madres por Madres 2007.

05 octubre, 2009

Angelina Muñiz-Huberman (Fracia-México, 1936)

Areúsa en los conciertos (fragmento)




Por eso ver al director de orquesta, luego de la ruptura de los pensamientos cristalinos, es una urgencia que no puede soslayarse. Se olvida de la música de Wozzeck. Mejor dicho, une los pasajes a una sensación desequilibrada de intenso amor, desde ya, por el director. La escena primera, en la que el soldado Wozzeck afeita a su capitán y se enfrenta a la crítica por tener un hijo fuera del matrimonio, resuena en el interior de Areúsa como el principio del dislocamiento de la moral. ¿Qué importa el matrimonio? ¿Qué importa un hijo? Lo que importa es el amar en sí: el acto: y no las reglas. El lujurioso acto. Lujurioso por el lujo que significa, no porque sea un pecado. Es más, pecado es una palabra que no existe en el vocabulario de Areúsa. (Areúsa recuerda que lleva el nombre de una de las prostitutas del mundo de la Celestina.)


De inmediato piensa que podría hacer el amor con el director. Alguien que trata con esas historias puestas en forma musical debe saber cómo reconstruir la armonía perdida.


Si la música asciende en forma continua, la excitación también asciende. El deseo es irrefrenable. Areúsa añora una cama. Se conformaría con el pequeño diván del camerino del director. Entre acto y acto musical podrían ejecutar su instantáneo acto personal.


En ese momento, Areúsa se da cuenta de que ha equivocado la ópera. Sería mejor que el director estuviese dirigiendo Lulú: ese sí que es un mundo sórdido. Entonces, si fuese Lulú y no Wozzeck, la primera escena ya habría planteado el tono erótico-pornográfico y la relación con la muerte. Aunque, en realidad, las dos óperas se desarrollan en ese mismo tono (aparte del musical). Alban Berg era constante en sus obsesiones. Buscaba a autores desenfrenados, ya que su música también se fracturaba.


Areúsa se pregunta: ¿Qué le pasa a los desenfrenados? ¿Por qué en el centro de la pregunta está la prostitución? ¿Qué significa la pornografía? ¿Por qué temen tanto los hombres a las mujeres? ¿Por qué no puede ser natural la sexualidad? ¿Por qué los velos? (Los siete velos de Salomé.) (Gustave Moreau.)


Y estas preguntas, ocurridas en la sala de conciertos, serán las que ocupen a Areúsa durante un largo tiempo.


Mientras, se imagina cómo será el acto sexual con el director de orquesta. Porque no duda de que, una vez acabado el concierto, tendrá lugar su particular cópula.


Por lo que le gusta ir a los conciertos es porque le da la oportunidad de pensar sin ser interrumpida durante varias horas. Es verdad que también le gusta la música, pero, con frecuencia, se pierde en sus propios pensamientos y encuentra el camino cuando una melodía o una nota discordante la vuelven a la realidad sonora. La música había quedado en el fondo y, de pronto, recobra su lugar de primacía borrando los pensamientos y dejando que el oído sea el órgano receptor por excelencia. El órgano de la sensualidad. El que todo imagina.


Asistir a un concierto es, pues, una mezcla de estar y no estar. De oír y no oír. De medir el tiempo de manera diferente. (Claro, de una manera musical.) Notas. ¿Qué notas? Do, re, mi, fa, sol, la, si.


Le extrañan a Areúsa (a Areúsa siempre le extrañan) las actitudes de los seres humanos. ¿Cómo es capaz un hombre de encerrarse, por su voluntad, durante horas en una sala de música y permanecer en silencio absoluto disfrutando (salvo las toses pertinaces) (y los deseos salaces)?


Un hombre que, también, es capaz de unirse a la podredumbre, de vivir en el absoluto excrementicio, de salpicar la orina del hastío, de agitar los colmillos entre las gotas de la saliva hedienta, de triturar el cráneo de su semejante, de beber sangre, de astillar nervios, de desmenuzar meticulosamente capas y capas de dura mierda. Un hombre que no es sino una serie de sacos de desecho, colocados por aquí y por allá.


¿Y la poesía?, se interroga de nuevo Areúsa, que gusta de saltar de un extremo al otro.


Ah, la poesía. Mejor no hablar de ella: total engaño y total ficción. La torre de la desilusión: eso es.


Pero a algo habrá que aferrarse. Sí: a un clavo ardiente.


Areúsa, entre el sonido de las voces discordantes, donde los aprendices de Schönberg nadan en la atonalidad, rompen las estructuras y barren con las verdades eternas, recuerda que su estructura ha sido también fracturada. Areúsa ha ingresado al gremio de los hijos abandonados: acaba de entrar en la categoría de huérfana. Huérfana mayor de edad, pero huérfana al fin: que no hay edad para la orfandad aunque se propenda a pensar que sólo es lamentable la orfandad de los niños pequeños. Pues no, es peor la de los mayores, de la cual queda poco tiempo para sobreponerse. Con frecuencia los diccionarios se equivocan, sobre todo en lo que a estados de ánimo se refiere. Así que Areúsa huérfana es.


Areúsa sabe que tiene que repasar su historia para comprender antes de morirse. Se ha dado cuenta, Areúsa, con todo su erotismo a cuestas, de que es un compendio de la muerte.


De nuevo, la música tira de ella: Deja, deja los pensamientos si has venido a este concierto, sumérgete en mí, escucha con atención los chillidos de la cantante, las crispaciones del violín, el monótono chelo, el agobiante timbal. Oye, oye y deja de pensar. ¿Qué te crees que soy yo, la música? Un pasatiempo. Pues bien sí, un pasa, pasa tiempo, que breve tu vida es y aun la acortas más.


Bien, bien, te escucharé, oh música, se recrimina Areúsa. Si nada más quiero oírte, música. Lo demás no importa. Comprenderé cada trozo musical. Cada acto sexual. Olvida. Olvida. Nada más la música.


¿Y por qué oír a Alban Berg? Si es más fácil oír a Mozart o a Bach. Precisamente por eso, porque la ruptura hay que llevarla hasta el fondo. Si este es el siglo deshecho y contrahecho, rompamos todo, pluraliza Areúsa.


La música avanza. El director une su cuerpo al ritmo, al sonido, al timbre, a la voz, al tono, a la modulación. El director es un movimiento que no para. No puede parar. ¿Qué ocurriría si el director parase súbitamente? Al principio, la orquesta no se daría cuenta. Cierto automatismo la guiaría hacia adelante. Pero, en eso, el primer violín al levantar la vista hacia el director y su batuta lo contemplaría estático, y él se quedaría también estático: Qué ha pasado, se preguntarían todos. Los tonos, los sonidos irían deslizándose hacia una desafinada interrupción. Los cantantes desolados. El público miraría aterrado el escenario. Eso no puede ocurrir: ¿será el fin?, ¿la muerte del director y de la orquesta?, ¿la muerte del público, instantánea y en masa?


¿Qué hacer? ¿Qué hacer si una orquesta dejara de tocar? Pues, nada. Ante el silencio, nada. Tal vez recordar una breve sentencia de Ludwig Wittgenstein. Lapidaria.


Areúsa no quiere imaginarse una escena tal, a pesar de que ya se la ha imaginado. Más bien, lo que quiere es que no suceda. Es decir, imagina para conjurar.


Si imagina, no sucederá.


¿No?


La verdad es que la música se ha interrumpido, pero por otra razón. El consabido intermedio. Areúsa reacciona y se apresta. Debe correr al camerino del director. Querido, querido director, y amarlo en ese mismo momento. Lo importante antes que lo urgente o aquí, los dos juntos, coincidentes.


Areúsa se precipita entre las rodillas de los oyentes aún a medio enderezarse para ganar el pasillo antes que nadie. Corre, corre, trepa los escalones, ¿por qué se le ocurrió sentarse en ese lugar?, si la salida de emergencia está tan lejos.


Gana unos segundos, mientras los anónimos aplausos se prolongan y el director saluda una y otra vez.


Sí, llegará a tiempo para que su aplauso sea en persona y porte un nombre. Su breve e histórico nombre.


Abre, impetuosa, la puerta del camerino y ahí está él, secándose el sudor de la frente y con una copa de vino blanco a un lado. Se arroja en sus brazos y lo besa sin parar. La copa de vino se derrama. Caen los dos sobre el diván y ya están haciendo el amor.


Un amor encabalgado como verso que continúa de un renglón al otro, como nota con calderón que suspende el compás, como jinete desalado. Como lo que carece de ley de interrupción: precipitada catarata eterna, interna y externa. Ritmo sólo por la música preservado. Péndulo imparable. Sin sorpresa, en plena carrera hacia su conclusión.




* publicado por EDITORIAL ALFAGUARA, México, 2002


Angelina Muñiz-Huberman nació en Hyères, Francia, en 1936, hija de exiliados españoles. Viajera por varios países, finalmente se estableció en México. Es autora de más de veinte libros de narrativa, poesía y ensayo. Está traducida al inglés, francés, italiano, hebreo. Inauguró el generó de la novela neohistórica en la literatura mexicana con Morada Interior (1972), a la que siguieron Tierra adentro, La guerra del Unicornio; Huerto cerrado, huerto cellado, De magias y prodigios y Dulcinea encantada. Algunos de sus personajes favoritos son cabalistas, alquimistas y herejes. Castillos en la tierra dio comienzo al género de las seudomemorias.Las confidentes (1997).Siglo de Oro, como Molinos sin viento (Aldus, 2000).Areúsa en los conciertos (Alfaguara, 2002) 

El canto del peregrino : hacia una poética del exilio. Alicante, 2002.
El sefardí romántico. La azarosa vida de Mateo Alemán II. Alicante, 2009.

Entre otros, ha recibido los Premios Xavier Villaurrutia y Sor Juana Inés de la Cruz.

02 octubre, 2009

Cecilia Ortiz .(Venezuela, 1951)

Imágenes de la memoria


Sólo recuerdo que la muñeca no cerraba los ojos.
Para cerciorarme de que estuviera dormida, cuando iba a la cama por mandato paterno, la ponía boca abajo, para que al menos no me viera dar vueltas como una marioneta.
Mi muñeca desapareció en alguna mudanza y llegué a la nueva casa sin ella.
Bajo un manzano contemplé lo que sería mi nuevo hogar.
Aún hoy contemplo la casona entre árboles más viejos que ella.
Me preguntaste, y en esta foto quienes están.
¿Quiénes?
No puedo decirte que lo sé. Me inventé una historia familiar cuando desaparecieron los que estaban posando para quedar por siempre. Quedar por siempre me suena a mucho tiempo.
No lo sé, contesto.
Por qué la guardas, entonces.
No la guardo, está por alguna razón. Me la habrá enviado alguien, luego de verme en tantas películas. Me imagino que habrá pensado que me gustaría.
Desempolvo la fotografía y la miro.
Sonrío.
Qué otra cosa se puede hacer sobre el polvo de las cosas.
El tiempo solo me ha dejado arrugas infinitas y una certeza de haber sido la mejor.
Ya nadie recuerda lo que fui.
Y los recuerdos no tienen movimiento. Ocupan un espacio. Que de tanto en tanto se inquieta y deja un trazo, leve, sobre el día que vivo.
La muñeca no cerraba los ojos.
Yo, ahora tampoco, me trago las visones para sentirme viva, vieja, pero viva.
Te alejas. Siempre te alejas y veo tu espalda que me habla. Me dices que eres lo único que tengo.
La muñeca y yo somos casi lo mismo. Dos formas estáticas, una plasmada en papel senil y yo, suspirando a la espera de reencontrar a los míos, en algún lugar de no sé dónde.


Nació en Buenos Aires, Argentina,
Docente. Poeta y narradora. Coordinadora de Talleres escritura.

Creadora del grupo literario DE RAÍZ LETRAS - 2006

22 septiembre, 2009

Nélida Piñon (Brasil, 1937)

Ave de paraíso


Una vez por semana visitaba a la mujer. Para exaltarse, lo decía conmovido. Ella lo creía, y lo recibía con pastel de chocolate, licor de peras y frutas recogidas en la huerta. Los vecinos comentaban aquellos extraños encuentros, pero ella lo quería cada vez más. Él, adivinando su vida fácil, le pedía disculpas con los ojos, como diciendo, de qué otro modo debo amarte.

Comía el pastel y rehusaba lo demás. Aunque la mujer insistiera. Es por ceremonia, pensaba ella escondiéndose en su sombra. Una vez le preparó una cena sorpresa. La comida olía muy bien, las esencias acababan de llegar de la China. Brillaban los cubiertos y los adornos comprados especialmente para el día de la fiesta, cuando él abriría los ojos, encantado.

El hombre observó todo con aprobación. Siempre la había juzgado sensible a la armonía a la gracia. Una confianza que sintió desde el mismo instante en que se conocieron: en el tranvía, advirtiendo que había olvidado el dinero del pasaje, ella miró a su alrededor sin decidirse a pedir auxilio. Él pagó y le dijo, casi en un susurro, yo también necesito ayuda, ella sonrió y él le tomó la mano, ella accedió con timidez, y cuando la dejó a salvo frente a su puerta le prometió volver al día siguiente.

-No insistas, no quiero cenar. Con naturalidad, parecía un pez inspeccionando el mar. Ella lloró, pensando, entre tantos hombres Dios me destinó el más difícil. Fue el único instante de desfallecimiento de su amor. Al otro día recibió rosas, y la tarjeta tan sólo decía: amor. Ella rió arrepentida, condenando su incontinencia. No debía haberlo sometido a semejante prueba, que él rehusó heroicamente. En la siguiente visita la amó con fervor de apátrida, y repetía en voz baja su nombre.

Una vez desapareció tres meses, sin cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Ella pensó, voy a morir. En torno de la misma mesa, el mantel pintado de rojo, que había preparado durante un largo sábado, la cama de sábanas blancas, que ella lavaba personalmente, evitando el exceso de anilina, la casa, en fin, que él dejó de frecuentar sin dar aviso. Recorría las calles y a cada suspiro agregaba:

-Qué es de la mujer sin la historia de su amor.

Había cursado el bachillerato en su ciudad natal. No quiso ser profesora. Desde pequeña soñaba con casarse. Su única ambición. Temía al hijo ajeno sustrayéndole una fuerza que los de su propia carne merecían. La madre protestó, necesitaban dinero. El padre había perdido el empleo, la edad le pesaba. Terminó en el mostrador de la farmacia de su padrino, y la madre, cosiendo por encargo. A ella le correspondía encargarse de los oficios de la casa, ya que se negaba a ejercer el magisterio. Fue entonces cuando descubrió los encantos de la cocina. Pero la receta del pastel vino más tarde: Norma apareció, muy elegante, con su vestido amarillo, pidiéndole ayuda para coser una falda plisada, modelo que había visto en el puesto de revistas de la esquina. Aunque pensaba que Norma era frívola, siempre insistiendo en que la acompañara a los bailes donde se pescaba novio con facilidad, nunca la censuró. Conoció entonces a la otra, amiga lejana de Norma. Compañeras en el curso de dactilografía, las dos ansiaban trabajar en una firma americana. Después viajarían a Estados Unidos, pasearían por la Quinta Avenida. Norma soñaba en conquistar un oficial americano. Lamentando que ya no nos visitaran , como en la época de la guerra. La otra oía, casi al final le preguntó:

-¿No quieres venir? Se refería a la entrevista en la firma americana. Negó con la cabeza. Le dio vergüenza explicar que quería casarse. Era más fácil, y su corazón se lo pedía.

-Ya lo sé, a ti sólo se te pueden ofrecer recetas de pastel chocolate, dijo la otra, molesta.
A esto sí accedió, entusiasmada. Exigiendo una receta escrita. Y que la otra telefoneara a la madre, para que confirmara los ingredientes que en ese momento le dictaba la memoria. En casa, por lo estricto de los gastos, no pudo prepararla. Pero se consolaba: en cuanto ame a alguien lo sorprenderé con mis postres. Acarició siempre la esperanza de que los pasteles chocolate fueran la sobremesa del marido. Los dulces sólo servían para consentir al amado. Tanta simplicidad conmovía a Norma. Años más tarde, cuando se separaron y fue perdiendo los amigos, su destino era renunciar al mundo para conservar el amor. Antes de alejarse para siempre, Norma le dijo, poniéndole la mano en el hombro:

-Esto tenía que pasarte.

Quiso aún explicar, decirle que se engañaba. Pero Norma se marchó sin mirar atrás, caminando con decisión.

Cuando él volvió meses después, le trajo regalos, besó largamente su cabello, que según afirmaba, olía a cielo, le hizo ver la importancia del viaje, no se arrepentía de haberse ido por el placer del regreso. A ella le pareció gentil su explicación. Corrió a la cocina, antes de que él la llevara a la alcoba. Valiéndose de dosis exactas trató de lograr la perfección. No admitía el amor sin que el pastel estuviera esperándolos, especialmente los días de fiesta. Él rió, encantado de aquel capricho, no se sentía con derecho a protestar. También él respetaba su libertad. Dejó que terminara. Ella volvió al fin, como diciéndole estoy lista para tu difícil ausencia. Siempre era discreta en las cosas del amor, y él apreciaba su recato. Repudiaría un proceder atrevido, que mancharía para siempre la ilusión de poseerla como si aún fuese la primera vez. Intuyéndolo, ella escondía la cabeza en la almohada, velando sus dulces lágrimas. Él gritaba, como un vasallo del rey Arturo: ¡Las mujeres son gratas¡ ¡Las mujeres son gratas¡

Ella interpretaba el sentido de sus palabras. Secaba sus lágrimas, entregándose con pudor. Jamás rehusaba tales escenas. A veces se repetían a la semana siguiente. Él fingía no advertir que ese encanto amenazaba con agotarse. Hacía cuanto podía para renovarlo. Por eso la amó tanto durante aquellos años. Su fantasía se apoyaba también en las sorpresas. En ocasiones adoptaba disfraces, barbas y bigotes falsos, pelucas. Llegaba sin prisa, dando tiempo a la sospecha de los vecinos, y no para que pensaran que ella lo engañaba, sino porque le divertía crear esas ilusiones.

Obediente, ella se exaltaba. Aunque sufriera su ausencia. Su amor en días difíciles se inquietaba de tal modo que consultaba el calendario con la esperanza de que fuera día de pastel de chocolate, cuando sin duda él vendría. Hasta el fin del año, el calendario registraba todos los días de su visita. Ella jamás le sugirió un cambio de fecha, o una mayor asiduidad. Respetaba aquel sistema.

En los comienzos de mes, sin embargo, él llegaba más temprano, trayendo el dinero para los gastos de la casa, y cualquier excedente que le hiciera falta. Lo depositaba sobre la frutera, aunque hubiera en ella bananas, peras, manzanas que ella adoraba, imaginándose entre la nieve. No sabía explicarlo, pero comiendo manzanas se sentía elegante, de guantes pécari importados, hablando francés y con un pañuelo de seda en la cabeza.

Dejaba allí el dinero hasta que él partía. Después, lo ponía junto al misal. Los dos se sometían a los ritos.

Un día le dijo: -Vamos a salir ya mismo, porque nunca hemos ido al cine, y como quiero ir al cine contigo antes de morir, es hora de que cumplamos mi deseo. Ella lo abrazó llorando de alegría: ¡Eres mío, cómo eres mío!

Fueron y no se divirtieron, él tildó de obscenos los episodios de amor. Ella no estuvo de acuerdo, pero su felicidad no la impulsaba a la insistencia. Comieron helado mientras él seguía protestando. Ella se manchó el vestido, y entonces él rió, le gustaban sus curiosas intuiciones, su modo de errar en las cosas pequeñas.

La madre la visitaba dos o tres veces al año. Todavía cosía por encargo. Discretamente, preguntaba por él. Temía irritarla. Nunca había comprendido aquel casamiento. Él se había opuesto a que usara vestido de novia, alegando que el traje nupcial sólo debía ser visto por el esposo. Pero después de la ceremonia, ya a solas en el cuarto, le obsequió un vestido blanco, con velo y guirnaldas. Esa primera noche ella surgió ataviada a la medida de sus sueños, y él cerró los ojos y los abrió de nuevo para ver si ella estaba aún a su lado, la mujer que amaba, y conmovido habló del modo que ella comprendía: -Estás hermosa, sólo faltaría que el sacerdote nos casara de nuevo, y cuando en medio de la noche conocieron sus cuerpos, él le pidió que reposara, porque era él quien debía colgar en el armario el vestido de novia comprado para ella, con ninguna otra mujer podría haber obrado de esa manera, y ella nunca lo olvidó.

Así pues, cuando la madre la visitaba, la hija le preguntaba por el padre, cómo iban las cosas, sin invitarla nunca a quedarse, aunque vivía lejos, viajaba horas en tren para regresar a su casa. En aquellas breves visitas, la hija de nada se quejaba. Parecía encantada con su situación. La madre nunca había visto una mujer más feliz. A veces sentía deseos de preguntar: -A qué horas llega él. O prolongar la visita para verlo cuando viniera a cenar.

Pero, a partir de las cuatro, la hija empezaba a ponerse inquieta, se levantaba a cada rato pretextando naderías, fingía ocupaciones, él solía demorarse, le aseguraba ansiosa. A la hora de la despedida, la madre siempre repetía: -Bonita vuestra casa.

A la semana siguiente, adivinando, él preguntaba: ¿Y tu madre, nunca volvió? Ella ponía una cara triste, abrazada a él susurraba: -Sólo te tengo a ti en el mundo. Él la besaba, y como pidiendo disculpas, decía: -Vuelvo el próximo miércoles, ¿estás contenta? Ella sonreía, el rostro brillante, los cabellos como a él le gustaban. Ya con algunos hilos blancos. Hilos que él respetaba, pensando: Ella es pura, es pura.

Un día no resistió, llegó disfrazado, en una última tentativa de confundir a los vecinos. Traía en las manos sendas maletas. Ella sufrió en silencio la perspectiva de una larga ausencia. Lo ayudó como si estuviera cansado, la vida era dura para él. Le trajo agua helada, lamentando no tener una fuente en el solar, de tenerla la adornaría con piedras, tal vez pondría una imagen. El hombre bebió, se quitó el disfraz que nunca había recibido de ella censura alguna. Y asumiendo una fingida independencia habló en voz alta, para que ella escuchara.

Terminó el tiempo de prueba. Esta vez vine para quedarme. La mujer lo miró, escondiendo su profunda alegría, y corrió después a la cocina. Nadie la superaba en los pasteles de chocolate.


de "El calor de las cosas y otros cuentos", FCE, México, 2000.
*Versión de Elkin Obregón
(Originalmente apareció en Casa de armas en 1973).

Fue la primera mujer en presidir la Academia Brasileña de Letras, elegida cuando esta institución llagaba a su centenario. Artista del verbo, de mirada afilada para detectar la significación profunda y universalizante de los hechos, Nélida Pinõn ha demostrado una ejemplar fidelidad al oficio de la escritura, al que se lanzó desde joven con dedicación exclusiva. Su obra ha sido traducida a varias lenguas. Muchos apuntan A República dos Sonhos como su obra prima. Piñón establece una sutil distinción entre imaginación e imaginario: "Imaginación, uno tiene más o tiene menos. Y se tendrá tanto más como se descubra la intensidad de lo imaginario, uno de los patrimonios más socializados en la humanidad". Es una de las voces de mayor resonancia de la literatura contemporánea en Brasil.
Publicaciones: Guia-Mapa de Gabriel Arcanjo (1961); Madeira Deita Cruz (1963); Tempo das Frutas (1966); Fundador (1969); A casa da Paixão (1972); Sala de Armas (1973); Tebas do Meu Coração (1974); A Força do Destino (1977); O Calor das Coisas (1980); A República dos Sonhos (1984); A Doce Canção de Caetana (1987); O Pão de Cada Dia (1994); A Roda do Vento (1996); Até Manhã, Outra Vez (1999); Voces del desierto(2004);Aprendiz de Homero(2008);  Corazón andariego(2009)

01 septiembre, 2009

Jennifer Thorndike (Lima, 1983)



MAQUILLAJE CORRIDO

Cuatro paredes blancas me rodean hace bastante tiempo. No sé cuántos días, meses o años llevo aquí, pero calculo que no han sido muchos porque todavía conservo el color de mi cabello y la tersura de mi rostro. Sé que algún día las canas y las arrugas aparecerán y solamente me quedará seguir esperándola. Nunca pensé que sería así, pero cuando una está loca por voluntad propia no queda más que ver pasar los minutos sin siquiera intentar detenerlos… Si tan solo, si tan solo, si tan solo vinieras, pienso de vez en cuando y ese pensamiento siempre hace que mis ojos se humedezcan. Muchos celebran ese hecho porque solo así parece que estoy realmente viva… ¡Pero si estoy viva, carajo!... Estúpidos.
La cama es bastante cómoda, aunque he de confesar que cuando uno lleva mucho tiempo echada encima de ella hasta el colchón más blando parece de piedra. Una vez al día entra una de esas mujeres de atuendo blanco, quien me aplica una de esas inyecciones que me hacen olvidar por un momento lo consciente que estoy, aunque muchos no lo crean así. Entonces me sientan frente a la ventana y observo. Me aburre hacerlo, odio hacerlo. Odio sentirme estúpidamente perdida entre el ensueño y mi realidad. Si pudiera, les diría que dejen de aplicarme esa medicina o que me la apliquen cuando el dolor de su estúpido recuerdo es tan intenso que me perturba. Miro alrededor. Veo la mesita redonda y encima está mi laptop. Me la han traído para ver si así decido comunicarme o hacer algo, pero sinceramente eso ya no me interesa. Me he sentado infinidad de veces frente a ella y he acariciado el teclado, pero no siento nada. Encenderla no tiene sentido. Todo perdió sentido mucho antes de que me trajeran a este lugar.
Él viene seguido y odio que lo haga. ¡Carajo! Debería decirle que se largue, pero debo guardar silencio. Se sienta frente a mí, me toma de la mano y me besa en los labios resecos. Siento asco, siempre sentí asco. Los he repudiado durante toda mi vida, sobre todo a él… ¿Cuándo se va a cortar esa cola? Puaj, qué horrible… Me acomoda el cabello con sus manos toscas, me lo jala sin darse cuenta y yo lo odio porque él está demasiado lejos de lo que yo siempre he deseado. No se cansa, nunca se va a cansar. Cada vez que viene me ruega que le hable, que le diga algo. Hace mucho dejé de hablarle, hace mucho que ni siquiera lo miro a los ojos porque no encuentro nada en ellos. Quisiera que desaparezca ¡Por favor, la inyección! Pero está ahí contándome sobre su vida… No me importa, ¿entiendes? ¡Lárgate!… sobre los planes que tiene conmigo para cuando yo me recupere, sobre la casa que está arreglando para vivir juntos… ¡Ya cállate! ¡Me aburres!, pienso, pero guardo silencio. Él se desespera, aprieta el puño, frunce el ceño, se muerde los labios… Volverás conmigo, sí, y tengo grandes planes solo para nosotros… Se calma… Eres mía, sí, siempre lo serás… Ahora quien se desespera soy yo... No, no, no, de nadie, de nadie soy. Cállate, idiota ¿Por qué no la traen a ella? Médicos idiotas… Él nunca logrará que yo articule palabra alguna, pero ella sí. Ella podría saludarme y yo la saludaría de vuelta. Entonces nadie me retendría, no, yo no me retendría en este cuarto donde me encerré para huir e intentar olvidar que allá afuera nunca podré tenerla… Pero, sí, aquí la tengo, aquí la abrazo, aquí está a mi lado y siento su olor, percibo la textura de su piel. Aquí estás, linda, pero allá afuera, ¡allá afuera desapareces!… Esa debe ser la razón por la cual decidí hacerlo. En ese momento solo supe que debía escapar de su presencia que estaba en todas partes, pero que no estaba en realidad. En cambio aquí, aquí… Aquí sí estoy junto a ella, cerca, muy cerca, ¿aquí, linda? Donde quieras… La quiero tanto… Solamente a ti podría hablarte, solo por ti regresaría… Pero ella jamás vendrá y dicen que yo ya perdí la razón. Me aislé de mi Lima, de mi casa, de mis amigos, de mi familia, de él y de mí misma. Este cuarto blanco es tan hermoso. Cierro los ojos. Así la veo, así la puedo tocar una vez más. Eso es todo lo que importa.

Yo se lo había dicho un día ya hace mucho tiempo. En realidad, no quería admitirlo, me rehusaba a hacerlo. Me había enamorado de ella… Pero ya me pasará, es solo un gusto, ¿no?... Ya nos habíamos besado, ya había recorrido su cuerpo un día que estábamos ebrias. Me había metido entre sus pechos y los había besado aferrándome a cada pedazo de su piel para terminar en el costado de su cuello succionando su esencia y pidiéndole más, más y más. Ella solo emitía gemidos cortos, imperceptibles. Mi rodilla había ido a parar en su entrepierna y mis manos en sus nalgas. Luego mis dedos enredándose en su cabello, mis labios aferrados a sus besos, mis dientes mordiendo, rechinando, explorando. El placer, el bendito placer mezclado con amor y con alcohol. Había terminado dormitando abrazada a su cintura. Abrí los ojos y… Por la reconcha su… Ella no recordaba absolutamente nada y yo me había maldecido por haber comprado ese vino tinto que a mí tanto me excitaba y a ella tanto la aletargaba… ¡Vino borgoña Queirolo de mierda!... Entonces, se lo había contado todo mirándola a los ojos verdes y añadiendo que yo estaba enamorada. Ella me miró con el ceño fruncido y me dijo: Chérie, jamás te podría ver como pareja porque tú eres como mi hermana. Además, tú sabes que me gustan más los chicos. ¡Carajo! ¿Tenía que mandarme a la mierda en francés? Con lo que me gusta ese idioma. Levanté una ceja… ¿De cuando acá haces el amor con tu hermana?, me pregunté, pero guardé silencio. A pesar de que ella era bisexual, con ese argumento me había negado la posibilidad de que yo siquiera intentara enamorarla. Entonces, me levanté, tomé mi ropa y me fui antes de que la cosa se pusiera peor o le hiciera una escena dramática… Me había rechazado, chérie, y yo enamorada, muy enamorada… ¡Puta madre!
Nos habíamos encontrado en muchas reuniones después de la noche del vino y todas aquellas veces me había mordido los labios para contener las ganas de estar con ella otra vez y aspirar su aliento, morderle la boca, perderme en su entrepierna. Ni siquiera podía mirarla a los ojos… ¡Ahorita se da cuenta!... Tenía miedo de que cualquier gesto me delatara ¿cómo ahora? Mierda, ya estoy lagrimeando otra vez, ahora estos tarados se alegran. En fin, todavía pensaba en ella… ¡La odio!... Quería algo con ella… ¡Mierda!... No lo soporté y en la última reunión decidí irme temprano porque las ganas de llorar iban a estallar en cualquier momento. Camino a casa, decidí decirle al taxista que tome otra dirección y me bajé en una calle miraflorina para comprar un café y desatar aquel estúpido llanto contenido que había aguantado estoicamente en su presencia. Caminé con el café en la mano y sentí la humedad calando por mis fosas nasales mientras pensaba en sus ojos verdes casi amarillos y en sus caderas en las que alguna vez había hundido las uñas. Así comprobé que a falta de Madrid, Paris o San Francisco siempre me quedaba mi Miraflores limeño y mojado en donde un café era suficiente para comenzar a pensar en lo patética que es tu vida. Así que pensé mucho sin entender esa estúpida connotación filial que algunas amigas deciden darte como halago para joderte la vida. Rabié, tiré mi café a la pista y un carro chancó el vaso mientras yo me rascaba los ojos que me escocían horriblemente.
Caminé esquivando cucarachas y volteando a cada rato la cabeza para ver si alguien me seguía… Quizá se haya arrepentido y… no, esas cosas no pasan… Entonces agarré mi celular y encontré el número de él. Él me había dicho infinidad de veces que yo era la mujer de su vida y yo, infinidad de veces, lo había mandado a la mierda. Lo odiaba. Pero esa noche, ¡esa noche qué más daba! Lo llamé y lo vi. Llegó con su aspecto desgarbado, su ropa oliendo a nafta, su palabrería cursi. Tomamos otro café, escuché las mismas tonterías de siempre y lo seguí a un hotel en donde le arañé la espalda pensado en ella, en donde me perdí en su erección alucinado que en verdad me sumergía en las profundidades de la mujer que de seguro andaba mirando películas. Películas estúpidas con galanes estúpidos rebosantes de estúpida sensualidad masculina a quienes ella, por supuesto, no consideraba sus hermanos. ¡Imbéciles! ¡Cuántas veces me habían hecho maldecir el hecho de haber nacido sin algo entre las piernas! Terminamos, él jadeaba, yo no quería escucharlo… Al fin, al fin, no más… Quise alejarlo de mi lado, me sentía bastante perturbada. Ella había estado en cada lugar, en cada grito, en cada orgasmo.
Pasaron varias citas con él mientras ella seguía indiferente conmigo, aunque he de confesar que tampoco insistí en el asunto. He olvidado exactamente cuánto tiempo pasó, pero pasó mucho. Yo la seguía observando y ella no se daba cuenta, yo la seguía deseando y ella me quería como su hermanita, yo necesitaba besarla y ella ni siquiera intentaba acercarse a mí, yo recibía la propuesta de matrimonio de él acompañada de un anillo que jamás usé y ella me felicitaba airosa abrazándome como abrazas a cualquiera. Acepté y así fue como tomé el camino que finalmente terminó en este cuarto blanco con mujeres vestidas de blanco y la mente divagando y poniéndose en blanco, sobre todo cuando me inyectan ese líquido mágico que borra todas las imágenes de su presencia que siempre me rodea. Odio la inyección, pero la necesito.
Llegó el día. Todo era perfecto. El vestido color perla con mariposas bordadas, el cabello cayendo sobre mis hombros y adornado con flores, los zapatos altos, el maquillaje natural, resaltando lo indispensable. Me miré al espejo y me sentí preciosa, pero incompleta. Sabía que estaba cometiendo un error, que yo no sentía absolutamente nada por él. Me pregunté por qué lo hacía y no encontré respuesta alguna. Quizá era una forma de calmar mi dolor, de evadirla a ella completamente, de intentar sacarla de mi mente, de probar si podía amar a otra persona. Salí de la habitación, me subí al auto y entré a la iglesia. Los pasos lentos, la alfombra roja, la hilera de caras conocidas. Entonces la vi y ¡carajo!, estaba ataviada con un vestido azul oscuro que dejaba al descubierto aquellos pechos que alguna vez había mordido con enajenación. Me detuve un momento… Linda, Dios, tan linda como siempre, susurré. Ella sonrió orgullosa, me dio un empujoncito hacia el altar y yo sentí ganas de llorar una vez más. Pero no, no iba a permitir que se me corriera el maquillaje por un llanto que ya no tenía sentido. Allá adelante me esperaba un hombre que yo detestaba para darme una vida que probablemente me iba a hacer completamente infeliz.
La ceremonia fue tediosa, quería que se apurara, que terminara. Cuando llegó el momento de la pregunta de rigor, sentí que ese infierno estaba llegando a su fin. Entonces levanté la mirada… Acepta usted a… Vi el crucifijo, Cristo sangrando por sus heridas, su rostro endurecido formando un rictus de dolor. Los vitrales dejando colar la luz, la Virgen María estirando su mano protectora. Sentí la mirada de él sobre mí. Quería que respondiera. El sacerdote había formulado la pregunta y ya había pasado el tiempo prudencial para recibir la respuesta, pero yo no podía articular palabra… Amor, responde, por favor… ¡Cállate!, ¡cállate para siempre!, pensé. Sus ojos verdes fijos en mi espalda, el empujoncito, los ángeles pintados con sus sonrisas burlonas, el crucifijo con el Cristo adolorido, la Virgen ofreciendo el camino a la libertad. Sentí que mis ojos, al fin, se mojaban. Entendí que el infierno no acababa ahí, sino que recién empezaba en ese momento y que el yo-sin-ella era parte de ese infierno en el que yo no deseaba vivir... ¡Amor, responde!... Deja de gritar, rogué sin mover los labios. Entonces decidí callar, callar para siempre mientras un surco grisáceo marcaba mis mejillas. Se me corrió el maquillaje. Entonces me sentí viva, escapé. Desde ese día no he vuelto a hablar, ni volveré a hacerlo hasta que ella me lo pida. Sí, desde ese día comenzó lo que ellos llaman “mi locura”.


de libro de cuentos Cromozoma Z



Publicó el cuento "Maquillaje Corrido" en la revista virtual El Hablador en agosto del 2006 y su primer libro de cuentos Cromosoma Z en septiembre de 2007. Así mismo, ha sido antologada en Abofeteando a un cadáver (Bizarro Ediciones - Centro Cultural de España, 2007). En mayo del 2008 se publicó el cuento "Polvo" en una de las plaquetas de MAGDALA. Actualmente escribe la columna quincenal "Viceversa" en el portal intenacional Ekovoces Noticias y administra los blogs Cromosoma Z, y Cromosoma Z - El Libro.


29 agosto, 2009

CARSON McCULLERS (EEUU,1917-1967)

La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella."

CARSON McCULLERS (De ‘La Balada del Café triste’, fragmento)

01 agosto, 2009

Sara Gallardo (Argentina1931-1988)


3_
Hago viajar. Cuidado, jinete. De lo que visitamos nada puede contarse. El más terrible de los reyes gime como un cordero. Nunca necesité de la belleza.
Soy la que viaja. Puerta de viajes.
Es verdad que me arriesgo; veo la muerte a cada paso. ¿Cómo sujetar a uno solo este mi cuerpo de mil vidas?
Nadie es tan joven ni tan vieja como yo.


(fragmento de Las treinta y tres mujeres del Emperador Piedra Azul, en En el desierto, en El país del humo)

Sara Gallardo (1931-1988) nació y murió en Buenos Aires.Su fallecimiento se produjo el 14 de junio de 1988. Su primera novela, Enero (1958), situada ya en la “América salvaje, imposible de catequizar” que sería el escenario de todos sus relatos, le valió un inmediato reconocimiento de la crítica. Fue traducida al checo y al alemán.

Siguieron las novelas Pantalones Azules (1963), y Los galgos, los galgos (1968), que obtuvo un gran éxito, el Primer Premio Municipal y el Premio Ciudad de Necochea con un jurado compuesto por Leopoldo Marechal, Aldo Pellegrini y Juan Carlos Ghiano.
Eisejuaz (1971), alucinado monólogo de un indio mataco en busca de la santidad, y los relatos de El país del humo (1977) son habitualmente considerados sus obras maestras, ubicadas sobre el camino de Juan Rulfo o Mario de Andrade. La rosa en el viento (1979), su último libro, fue escrito en España, primero de una serie de países por los que erró, junto a sus hijos, hasta el fin de su vida.
Escribió una monumental y atípica obra periodística, para Confirmado, Primera Plana y otras revistas durante los años sesenta y setenta, y luego para La Nación, de la que fue corresponsal en Europa.
Publicó los relatos infantiles: Los dos amigos y
Teo y la TV, ambos de 1974, Las siete puertas, de 1975, y
¡Adelante, la isla! (1982) que incluye un breve texto autobiográfico.
Su Narrativa breve completa, editada en 2005 gracias a la labor de Leopoldo Brizuela, puso al lector frente a una escritura que consiguió eludir las modas críticas o del mercado con un estilo cortante y concentrado.
Reeditada –y agotada– hace un par de años, incorporada a una colección de literatura argentina dirigida por Ricardo Piglia –quien eligió la novela Eisejuaz–, también en esta década los libros de Sara Gallardo son difíciles de hallar: sólo con un golpe de suerte es posible toparse con alguno y, ahí sí, disfrutar de esa obra en la que conviven el campo y el resplandor leve de quienes soportan el vago estadio de no pertenecer a ningún lado.

Campo y resplandor, por Natalia Gelos. Suplemento CULTURA diario Perfil, junio 2008.
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0269/articulo.php?art=8009&ed=0269
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