28 febrero, 2010

Elizabeth Smart ( Canadá,1913-1986)


"Estoy sobrepasada, enmarañada en mi cama, estoy infestada por una marabunta de deseos. Mi corazón es devorado por una paloma, un gato hurga en la cueva de mi sexo; sabuesos obedecen en mi cabeza a un adiestrador que sólo grita cosas confusas, a medida que las horas ponen a prueba mi resistencia con un cúmulo de torturas.
¿Quién, si lloro, me escucharía entre las órdenes angelicales?
Estoy lejos, más allá de esa isla de los días donde, una vez, según parece, vi crecer una flor y conté los pasos del sol, y alimenté, si mi memoria me es fiel, al animal sonriente en su hora señalada. Recibo heridas, heridas con ojos que ven un mundo triste, que siempre será así, incurable y a la vista, y bocas que cuelgan en el cielo de sangre.
¿Cómo puedo ser amable? ¿Cómo puedo encontrar el alivio del pájaro que construye el nido día a día?. La necesidad no proporciona alas de terciopelo con las que escapar.
Estoy efectiva y mortalmente penetrada por las semillas del amor ".
(Traducción de Rosa Pérez)

(fragmento de)En Gran Central Station me senté y lloré. Editorial Periférica, España, 2010.

Inicialmente lo tituló ” Imágenes de mica“. A Baker, su pareja y con quien tuvo cuatro hijos y sostuvo un tortuoso vínculo, al leer el título le pareció espantoso, y abriendo una página al azar le dijo: “Cualquier otra frase sería mejor. Ésta por ejemplo: En Grand Central Station me senté y lloré ( By Grand Central Station I sat down and wept)”. Así se llamó.


Elizabeth Smart (1913-1986) fue una poeta y novelista canadiense. Su obra más conocida, En Grand Central Station me senté y lloré, narra su relación amorosa con el poeta inglés George Barker (1913-1991). Elizabeth nació en el seno de una familia socialmente destacada de Ottawa; su padre, Russell Smart, fue un abogado de éxito. Su familia veraneaba puerta con puerta en Kingsmere Lake con el futuro Primer Ministro de Canadá, William Lyon Mackenzie King. Ella comenzó a escribir a edad temprana: publicó su primer poema a los diez años y reunió su primer libro de poemas a los quince. A los dieciocho años dejó su país para estudiar música en el King's College, de Londres. En 1937 comenzó a trabajar como secretaria de Margaret Watt, presidenta de Associated Country Women of the World. Elizabeth viajó por todo el mundo acompañando a Margaret en sus conferencias. Fue entonces cuando descubrió un libro de poesía de George Barker y se enamoró no sólo de los versos, sino de su mismo autor. Después de estos viajes volvería a Ottawa, donde pasó seis meses escribiendo notas de sociedad para The Ottawa Journal. Continuamente preguntaba en las fiestas por Barker, insitiendo en que quería conocerlo y casarse con él. No tardó demasiado en iniciar una relación epistolar con el poeta.

Ansiosa por iniciar su carrera de escritora, Elizabeth dejó el periódico y la ciudad de Ottawa. Visitó Nueva York, México y California, uniéndose a una colonia de escritores en el Gran Sur. Mientras tanto, pudo establecer contacto con Barker a través de Lawrence Durrell. Pagó el vuelo a Barker y a su esposa para que viajaran a EE.UU desde Japón, donde él trabajaba como profesor. Casi de inmediato iniciaron un apasionado romance que duraría casi lo que el resto de sus vidas. En 1941, después de quedar embarazada, ella volvió a Canadá, donde tuvo a su primera hija, Georgina. Barker intentó visitarla, pero la familia de Elizabeth utilizó sus influencias para que las autoridades canadienses impidiesen su entrada en el país por “conducta inmoral y deshonesta”.

Ella regresó a los EE.UU y comenzó a trabajar como administrativa para la embajada británica en Washington. Dos años después, en 1943, en plena II Guerra Mundial, se embarcó hacia Inglaterra, donde Barker se había establecido. Allí consiguió un empleo en el Ministerio de Defensa y tuvo a su segundo hijo. Fue en esos años en los que escribió su obra más conocida, En Grand Central Station me senté y lloré. Se publicaron dos mil ejemplares en 1945, pero el libro no tuvo realmente éxito hasta mucho tiempo después. Es una obra de ficción, pero con marcados tintes autobiográficos, en torno a su relación con Barker. La madre de Elizabeth, Louise, se disgustó enormemente al conocer la existencia del libro. Consiguió, usando otra vez sus influencias, que se prohibiera su publicación en Canadá, y destruyó todas las copias que pudo conseguir.

Elizabeth Smart se enamoró de forma demencial, patológica, del poeta George Barker (amigo y protegido de T.S.Eliot), y En Grand Central Station me senté y lloré relata el paisaje interior y personal de esa adicción a todas luces autodestructiva

Barker la visitaba con frecuencia en Londres. Ella volvió a quedar embarazada, y fue obligada a cesar en el Ministerio de Información. Todavía tendría otro hijo más con Barker. Él, que era católico, prometió dejar a su esposa para vivir con ella, pero eso nunca ocurriría. De hecho, tuvo un total de quince hijos con diversas mujeres. Aparte de poco convencional, la relación de ambos fue tormentosa. Barker bebía mucho y contagió su adicción a Elizabeth. Tenían frecuentes y terribles peleas, en las que llegaban a las agresiones físicas. A pesar de ello, o por causa de ello, el enfermizo amor de Elizabeth por Barker solo acabó cuando acabó su vida.
Para poder mantenerse a sí misma y a sus hijos, Elizabeth Smart trabajó durante trece años como redactora de anuncios. En 1963 ingresó en la plantilla de la revista Queen, de la que llegó a ser editora, incluso la redactora mejor pagada de Inglaterra. En este tiempo disminuyó su dependencia física de Barker y vivió una vida más libre y bohemia que incluyó varios amantes, hombres y mujeres.
En Grand Central Station me senté y lloré había circulado mientras tanto por Nueva York y Londres como libro de culto. Fue reeditado en 1966 con gran éxito de crítica. Ese año Elizabeth dejó la escritura comercial y se retiró a una casa de campo en Suffolk. Allí escribió casi toda su obra, la mayoría de la cual fue publicada póstumamente. Escribió mucho, como queriendo recuperar el tiempo perdido: poesía, prosa, incluso libros de jardinería. En 1977, después de 32 años de ausencia del mundo editorial, publicó dos nuevas obras, The Assumption of the Rogues & Rascals y una pequeña colección de poemas, A Bonus. Siguieron In the Meantime (1984), una antología de poesía y prosa, y sus dos volúmenes de diarios: Necessary Secrets: The Journals of Elizabeth Smart (1986). Smart regresó a Canada para una breve estancia, de 1982 a 1983, como escritora-residente en la Universidad de Alberta. Posteriormente pasaría un año becada en Toronto antes de regresar a Inglaterra, donde moriría en Londres de un ataque al corazón.

21 febrero, 2010

Mónica Lavín( México, 1955)



Los Jueves
No debí hacerlo. No pude evitarlo, me bastaba verlos entrar con ese paso excitado y cauteloso: ella con el cuerpo garboso y las piernas largas y bien formadas, él, esbelto, con la mirada protegida por los lentes oscuros y el brazo asido a la cintura de la mujer. Yo los espiaba por el pasillo oscuro, tras la puerta entornada de otra habitación, y sentía alivio cuando después de los pasos sigilosos verificaba que eran los mismos. Los del jueves a las cinco de la tarde, los de la habitación 39. Esa repetición semanal me reconfortaba. En el torbellino de los encuentros pasajeros que atestiguaba todas las tardes, éste hilvanar jueves tras jueves con puntadas de amor y deseo exhalaba continuidad. Quién pudiera como ellos robarle unas horas a la tarde, una tan solo, y encontrar cierta dulzura entre unos brazos. Quién pudiera olvidarse del Chino, de Nachito y la Lola, de los frijoles hirvientes y, con las piernas enfundadas en medias suaves, dejarse recorrer las pantorrillas y los muslos con el interés de quien mide y palpa las formas; quién pudiera ser objeto de deseo respondido y consumado.
Antes ni pensaba esto, ni siquiera me veía las piernas, sólo servían para llevar mi andar por todos sitios. Ni con las inacabables parejitas que deambulaban por estos pasillos, sofocando sus gemidos tras las puertas cerradas, había hecho yo conciencia de mi abandono. Ahora sabía que tener marido no era ningún consuelo. Y si no, ¿por qué iban a volver los del 39 con ese gesto de inevitable engarzamiento?, ¿por qué iban a venir aquí una vez a la semana si tuvieran otra posibilidad, por qué los lentes, por qué la hora, por qué la prisa?
A las siete se abría la puerta del 39, él atisbaba el pasillo e indicaba a la mujer que no había peligro. Volvía de nuevo a mirarlos. Ahora por las espaldas, con las manos apretadas deteniendo la despedida, prolongando el encuentro. Yo también lo prolongaba, me atrevía a acercarme a la escalera para ver sus cabezas desaparecer por el pasillo que daba a la calle. De prisa entraba a su habitación, no quería que me la ganara Teresa que a esa hora rondaba el mismo piso. Cerraba la puerta y miraba el desarreglo, el mismo que en otros cuartos me producía hastío y a veces repulsión. Entonces me tiraba boca abajo sobre la cama y aspiraba los aromas atrapados entre las sábanas gastadas, extraía el perfume de olor a hierba de ella y la loción leñosa de él, olfateaba los sudores que humedecían esos paños relavados y rastreaba las gotas de semen escapadas de la vagina repleta y saciada de la mujer. Con la sábana descompuesta, mi corazón se violentaba y una ola de sangre me ponía en éxtasis. Entre las evidencias, asistía al ritual del amor.
Después de un rato salía de nuevo a la penumbra del pasillo y depositaba en el cesto rebosante de blancos el atado de sábanas con más delicadeza que la usual. Agradecía profundamente esas visitas semanales, me resistía a cualquier cambio de horario, de piso. Esos meses se habían convertido en una sucesión gozosa de jueves. Así que me atreví. Se nos insistió al entrar a ese trabajo que debíamos ser discretas y nunca tener contacto con los clientes, evitar ser vistas, no hablar con ellos. Pero yo quería manifestar mi contento por su presencia, como en una boda cuando se abraza de corazón a los desposados. Entonces se me ocurrió lo de la flor. Las muchachas choteaban que si me la había dado un galán o que si a poco el Nacho era tan romántico.
Era una rosa color coral a punto de abrir. A las cuatro y media el cuarto se desocupó, entré presurosa a hacer el aseo y pensé en no salirme hasta unos minutos antes de la hora, No quería arriesgar la posibilidad de una ocupación ajena a la pareja, a pesar de que Tomás ya tenía la consigna en recepción de tenerla libre los jueves a las cinco. Llené un vaso con agua y con la rosa, lo coloqué sobre la cómoda despostillada. La rosa se reflejó en el espejo, las paredes desnudas y la colcha con huellas de cigarro se iluminaron con el rubor de la flor. El 39 parecía un cuarto de otro lugar. Aspiré el aroma de la flor que esta vez celebraría la fiesta con los humores y secreciones de los cuerpos de los amantes. Salí al minuto para las cinco, excitada, nerviosa por aquella irrupción que tambaleaba el anonimato de la pareja. Me encomendé a dios, quien, después de todo, los había puesto en mi camino. Durante las dos horas de amorío mi corazón no estuvo sosegado. Tendí camas, puse papeles de baño, toallas limpias, barrí, caminé. Y todo el tiempo la imagen de la rosa fresca y colorida presenciando sus cuerpos desnudos y la entrega desbordante me persiguió como si yo misma tuviera los pies metidos en aquel vaso de agua.
Escuché el ruido de la puerta y me asomé desde otra habitación. Noté que la mirada de él escrutinaba el pasillo con mayor insistencia. Respiré y contuve la tentación de correr a presentarme y confesar que yo era la de la rosa y esperaba no haberlos molestado. Apreté los puños y no me atreví a observar como se perdían al final de la escalera. Entré en la habitación. El mismo desarreglo tributario. Bajo el vaso de agua, sin flor, estaba un billete. Era una forma de respuesta. Lo tomé después de soslayarme entre los aromas familiares y el rito al que añadí mi rosa. Salí gustosa con el itacate fuertemente pegado al pecho para abandonarlo con dolor en el montón de sábanas manchadas.
El jueves siguiente dieron las cinco treinta y los del 39 no aparecieron. Esperanzada supuse algún contratiempo pasajero, pero el siguiente jueves me confirmó la ruptura del hábito. Aún así me aferré a la posibilidad de un cambio de horario, después de locación, tal vez ella tuviera un marido que la hubiese descubierto, o él una mujer que se interpusiera. Tal vez se enfermó alguno, tal vez se murieron, tal vez.
Desde entonces las sábanas gastadas me parecen una tortura y penitencia y el olor a rosas me enferma.


* de cuentos La isla blanca, Lectorum, 1998. 


Mónica Lavín nació en la ciudad de México el 22 de agosto de 1955. Narradora. Es autora de obras narrativas y textos de divulgación científica, así como editora, guionista, conductora de radio. Combina con la literatura su pasión por la comida, los viajes y el periodismo. La ganadora del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (1996), por su obra  Ruby Tuesday no ha muerto, también es Bióloga por la Universidad Autónoma Metropolitana.

La escritora fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y el gobierno de Canadá en el 2000 y del Sistema Nacional de Creadores Artísticos en el 2003. Obtuvo el Premio Nacional Narrativa Colima para obra publicada 2001 por Café cortado. Es autora de Despertar los apetitos (2005); Hotel limbo (2007); La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert (2008); Apuntes y enrancias (2009) y Yo, la peor (2009); entre otros.

25 enero, 2010

Hebe Uhart. (Argentina 1936-).


UNA SE VA QUEDANDO.

Justo a mí me tenía que tocar, porque me pasan todas. Volvía de una reunión en el pueblo donde remueven los perendengues de abajo para arriba, que las actas volantes, que el registro anual de matrícula… Si yo tengo veinte alumnos y los veo venir desde una legua. Y después ellas me miran desde los pies hasta el turbante, no soy turca ni hice voto de llevarlo: mi pelo es de paja y no puedo calentar agua para lavarlo porque el Negro se olvidó de bombear. Y Cucú se me había ido no sé dónde: cuando se va, no vuelve hasta que anochece. Quise igual ir a la reunión del pueblo; yo sabía que no estaba en las mejores condiciones, pero necesito ir al pueblo de vez en cuando: en el campo una se va quedando. También quería llevar al médico a Chinchín, pero el médico no estaba.
En Moreno se rehicieron las doce, la hora del puchero, así que lo arrastré de vuelta, pobre viejo, pero por lo menos recorrió toda la Escuela Número Uno hasta los techos. Le dije:
- Esta es la Escuela Número Uno, es la principal del pueblo. Aquí estudió tu mamá.
No terminé de hablar que Chinchín ya galopaba por los patios y yo pensaba:
“Que se familiarice con una cosa distinta de vez en cuando”. Volvía de esa reunión, digo, con las planillas cuatrimestrales, las anuales y las complementarias y veo en la puertita de entrada de mi escuela una figura grande, con traje gris de elefante, anteojos y un portafolios. A mí me tenía que pasar, era la de Artacho, la inspectora. Chinchín se había sacado los zapatos y venía descalzo; yo se los llevaba en la bolsa, con las planillas y el pan que habíamos comprado en “La Aurora” de Moreno. Ella me dijo:
- Soy la señora de Artacho.
No dijo “Artacho”, decía “Artasho”.
- Mucho gusto, señora, la conozco de vista- le dije.
Le dije y para qué te cuento: el caballo estaba adelante para comerse el pasto, que estaba muy crecido, el caballo deja todo liso, hecho una pintura: pero me pareció que la de Artacho le tenía miedo. Chinchín es muy chico para atar caballo y Cucú no volvía; por otro lado, mejor, pensé, porque vuelve más negro que el padre, tras que sale al padre, vuelve con nidos, ramas, y por un rato no hay quien lo calme. También al lado de la puerta de entrada estaba la víbora muerta pero por suerte no la vio, era una broma que le hicimos al jesuita jovencito. Él viene todos los jueves en bicicleta para dar religión; lo quieren mucho, pero a mí ya me venía cansando con esa cara de sol todos los jueves, así que les dije a los de quinto:
- ¿Vamos a hacerle una broma al curita?
Y ellos pusieron la víbora muerta en la puerta de entrada. Venía embalado, porque vine siempre con entusiasmo, pero esta vez vaciló, se bajó de la bicicleta, miró para todos lados. Nosotros lo espiábamos desde la ventana de la cocina; Cucú, Chinchín, los de quinto y yo. Dio un rodeo y por fin le vimos alguna vez la cara de otra cosa que no de perpetuo entusiasmo, y en vez de entrar en bicicleta sin manso haciéndose el canchero, entró a pie, arrastrando la bicicleta.
Bueno, la de Artacho entró con un portafolios grueso, con todos los folios, segura, y los infolios adentro; parecía un elefante con polleras. La de Artacho avanzaba hacia la escuela con el aire del que no tiene más remedio, ni miró los frutales. Chinchín me miraba a mí como diciendo “¿qué pasa, mamá?”
- Vaya con su padre- le dije.
Y entendió enseguida porque se fue, descalzo, a la cocina.
Ella dijo:
- Quiero ir a la Dirección.
La Dirección es más chica que el baño y en el cesto de los papeles duerme el perro. Cuando lo vio, me dijo:
- Saque eso de ahí.
Saqué a Puchi y lo llevé a la cocina, con el Negro y Chinchín. Cuando se sentó en la silla de paja que está al lado del escritorio, me pidió:
- Muéstreme el archivo.
No decía “archivo”, decía “arshivo” y ahí entré a temblar.
- No sé si lo podré abrir- dije.
En el archivo o arshivo puse una clueca con pollitos y ahora requería la ayuda del negro.
- Negro- le dije- hacé de cuenta que me ayudás a abrir el cajón de la clueca pero no lo abras.
El Negro, en caso de apuros, responde.
Camino del archivo la de Artacho miró algo y dijo:
- Aquí hay chenches.
No decía “chinches”, decía “chenches”. Y seguía mirando alrededor. Decía:
- ¡Qué sucio! Pero ¡qué sucio!
Con admiración, como si fuera una curiosidad.
Vino el Negro y no estaba muy presentable, una pena, con lo bien que queda mi Negro bien vestido y bien bañado. Cuando lo vio, ni lo saludó, se dirigió a mí y me dijo:
- Voy a hacer un informe.
Se sentó en la Dirección. Le pregunté si quería un vaso de agua. No quiso, me advirtió.
- Es necesario que abra el archivo.
Menos mal que el armario no estaba dentro de la dirección y por suerte ella no me preguntó por qué. Le dije:
- Un momentito, señora.
Fui a la cocina y le dije al Negro que arreglara un poco, por si a ese elefante se le ocurría entrar en al cocina, el Negro dijo que ésa era su casa, que la casa es un lugar de hospitalidad, el que entra tiene que sentirse contento con lo que ve, si es que entra con bondad. Yo lo hubiese matado, pero no quise discutir porque las cosas no andaban muy bien con él. Le sugerí que fuera con Chinchín a lo de don Salvador y él me dijo que no tenía por qué irse de su casa. Pero era la casa-habitación del director de al escuela, que venía a ser yo, y la da el Ministerio, así que muy bien la de Artacho podía revisar la casa si quisiera.
Me volví a la Dirección y ella escribía y escribía. Mientras esa mole escribía sin hablarme, yo no sabía qué hacer: si debía sentarme a su lado o desaparecer, caminaba cerca de ella y pensaba: “Soy maestra, portera y directora todo junto, Directora de mi culo, y a veces”. Cuando terminó de escribir me dijo:
- Haga tres copias manuscritas y elévelas a la brevedad. Lo lamento, pero debo hacerle un sumario. Me retiro –y me dio una mano blanda y fría como una lagartija.
La tuve que acompañar hasta el portoncito, no fuera a ser que el elefante pisara un hormiguero y entones la tendría de huésped obligada. Antes de irse me dijo, como si yo tuviera la culpa”
- ¡Ay, cuándo pondrán el asfalto!
- No sé, señora- le dije. Y pensé “Ojalá que el barro nos cubra hasta las orejas, así no te veo nunca más.”
Porque, cuando hay barro los inspectores no vienen. Caen cuando hay sol, cuando todo se empieza a secar y una salió del encierro de la lluvia, ahí caen.
Volví para ver qué había escrito:
“En el día de la fecha visito la Escuela Rural Número 42 correspondiente al Distrito Número 2, haciéndose presente la maestra y directora de la misma. Encuentro el edificio en notable estado de abandono. Me veo en la imposibilidad de refrendar las actas volantes, las planillas cuatrimestrales, las anuales de estadística y los partes semanales así como también los registros de asistencia, las planillas de calificaciones y las de perfil bio-socio-psicológico por ausencia del archivo, lo que constituye una falta grave”.
Al día siguiente me puse a copiar el informe por triplicado y me equivocaba. El Puchi estaba en el cajón de los papeles, tan tranquilo, como si nada hubiera pasado, yo tiraba al cajón pelotas y pelotas de papeles mal pasados, y como vi al perro tan tranquilo y que no me ayudaba en nada, le encaje una paliza de padre y señor mío, al Puchim, que es mi adoración. Pobre viejo, no se ofendió y eso me dio más pena todavía. Si lloro, ni sé ya por qué lloro. Pensar que me eduqué en María Auxiliadora, llevaba cuello collarino, sobrecuello y de todas esas chinches, ni me acuerdo.


Extraído de “ESAS MALDITAS MUJERES. CUENTOS DE ESCRITORAS LATINOAMERICANAS CONTEMPORÁNEAS”. (Selección, prólogo y notas de Angélica Gorodischer. Edit, Ameghino. Argentina, 1998).

03 enero, 2010

ALICIA MUNRO(Canadá, 1931)

Escapada(Fragmento)

Sylvia no tenía nada que hacer en la casa más que abrir las ventanas. Y Pensar – con una ansiedad que la consternaba sin sorprenderla demasiado – cuánto tardaría en poder ver a Carla. Toda la parafernalia de la enfermedad había desaparecido. El cuarto que fuera dormitorio de Sylvia y su marido – luego convertido en cámara mortuoria -, estaba limpio, ordenado para que pareciera que allí no había pasado nunca nada. Carla le ayudó en esa faena durante los pocos días frenéticos transcurridos entre la cremación del marido y la partida de Sylvia rumbo a Grecia. Las prendas de ropa que León había usado y algunas que no se había puesto nunca – incluso regalos de las hermanas que jamás salieron de los paquetes -, fueron apiladas en el asiento trasero del coche y entregadas en la tienda de segunda mano Sus píldoras, sus enseres de afeitarse, las latas sin abrir de tónicos que lo sostuvieron tanto tiempo como fue posible, los paquetes de galletas de sésamo que una vez comiera adocenas, los frascos de plástico llenos de una loción que le aliviaba el dolor de espalda, las pieles de cordero donde yacía… Todo eso fue a parar a bolsas de plástico arrastradas afuera como la basura, sin que Carla cuestionara nada. Nunca dijo, “A lo mejor alguien podría usar eso”, ni señaló que cartones enteros de latas estaban sin abrir. Cuando Sylvia dijo, “Querría no haber llevado la ropa al pueblo. Querría haberlo quemado todo en el incinerador”, Carla no se mostró sorprendida. Limpiaron el horno, restregaron las alacenas, enjuagaron paredes y ventanas. Un día Sylvia estaba en el salón repasando las cartas de pésame recibidas. (No había papeles acumulados ni libretas que fuera necesario revisar, como sería de esperar tratándose de un escritor. No había trabajos sin terminar ni borradores garabateados. Meses antes él le había dicho que había tirado todo. “Sin contemplaciones.”) La pared en declive de la fachada sur de la casa tenía grandes ventanales. Sylvia levanto los ojos, sorprendida por la sombra de Carla, las piernas desnudas, los brazos desnudos en lo alto de la escalera, la cara resulta coronada con un rizo de pelo color diente de león, demasiado corto para la trenza. Rociaba y restregaba vigorosamente el cristal. Cuando vio que Sylvia la miraba se detuvo, extendió los brazos como si estuviera despatarrada allí y puso cara de gárgola tontucia. Las dos se echaron a reír. Sylvia sintió que esa risa la recorría de pies a cabeza como una corriente juguetona. Volvió a sus cartas y Carla reanudó la limpieza. Decidió que todas esas palabras amables – sinceras o de cumplido, elogiosas o compungidas – podían seguir el camino de las pieles de cordero y las galletas. Cuando oyó que Carla apartaba la escalera y se quitaba las botas en la terraza se sintió de pronto cohibida. Se quedó donde estaba con la cabeza inclinada mientras Carla entraba en la habitación camino de la cocina, para meter el cubo y los trapos bajo el fregador. Carla apenas hizo un alto, era rápida como los pájaros, pero de refilón dejó caer un beso en la cabeza inclinada de Sylvia. Siguió de largo silbando algo casi inaudible. Desde entonces Sylvia no se quitaba el beso de la mente. No tenía ningún significado particular. Era una manera de decir “ánimo” o “casi he acabado”. Significaba que eran buenas amigas, que habían hecho juntas muchas tareas dolorosas. O quizá sólo que había salido el sol. Que Carla pensaba volver a su casa y ocuparse de los caballos. Sin embargo, Sylvia lo consideró un florecimiento halagüeño, cuyos pétalos se le desparramaban por dentro tumultuosa calidez, como sofocón menopáusico. Era frecuente que entre sus alumnas de cualquiera de las clases de botánica hubiera alguna especial, una cuya inteligencia, dedicación y torpe egotismo – hasta cierta genuina pasión por el mundo de la naturaleza – le recordara su juventud. Esas chicas merodeaban a su alrededor, la idolatraban, esperaban alguna suerte de intimidad que, en la mayoría de los casos, ni siquiera imaginaban. Y no tardaban en crisparle los nervios. Carla no se parecía en nada a ellas. Si a alguien se semejaba en la vida de Sylvia, sería a ciertas chicas conocidas en el instituto: las que eran brillantes, pero nunca demasiado brillantes; buenas atletas, pero no exageradamente competitivas; vitales, pero bravuconas. Alegres por naturaleza.



"Vida de Jóvenes Mujeres y Mujeres"

Alice Munro, escritora nacida en 1931 en Ontario, Canadá. Sus historias de mujeres de mundos aparentemente anodinos, gracias a esos precisos detalles nos lleva de la mano por los recovecos casi imperceptibles de sus vidas, pero que son capaces de encerrar mundos interiores que van buscando el movimiento, es decir la vida. Sus mujeres están hambrientas de sueños, no quieren dejar escapar lo único que realmente poseen su propio yo. Son mujeres que viven vidas silenciosas, son casi invisibles, pero Alice Munro nos narra esos mundos sumergidos en una Canadá profunda.
Tiene varios libros escritos: El Progreso del Amor; Escapada; Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio; El Amor de una Mujer Generosa; La Vista desde Castle Rock; Secretos a Voces. Ha sido galardonada con varios importantes premios y también ha sido candidata al nobel. Sino la conocen, los invito a leerla y descubrir esos mundos femeninos que se escapan de lo cotidiano y nos abren múltiples puertas.

24 diciembre, 2009

El regalo de Esther Cross


Era un muñeco de goma que había traído a casa un amigo sol­tero de mis padres para Navidad. El hombre, que ignoraba las re­glas básicas del protocolo infantil, lo trajo sin aclarar para quién era. Entonces yo supuse que sería para mí al tiempo que mi her­mana consideró que el regalo era indudablemente para ella.
Era un muñeco de goma, con esa tez macilenta de casi todos los muñecos, ojos de vidrio celeste postal, manos abiertas, labios coloridos y una ropa que no se pondría ninguna persona en su sa­no juicio. Pero, dado que era muñeco y no persona, su ropa resul­taba de lo más apropiada. Tenía la típica ropa de un muñeco. Un muñeco ordinario y, según mi madre, sumamente vulgar.
El hombre lo depositó a los pies brillantes del árbol sin raíces. La cabeza redonda asomaba por la hendedura del paquete maltre­cho. Lo dejó allí, entre los regalos, y compartió con nosotros la comida, el tedio y los consabidos comentarios de mis abuelas y mis tíos.
No me sirvan tanto; un poco de champagne para mojarme los labios; esta torta parece una esponja; las picas tendrían que ir a Misa de Gallo; mis regalos son modestos, no quise desentonar. Comentarios habituales en la mayoría de las familias, indistintamente benévolos o mali­ciosos. Ponderaciones crueles, dardos lingüísticos. Por suerte, el hombre celebraba cada frase porque para él, que no tenía familia, eran inusuales y nosotros descubrimos, halagados, que alguien podía sorprenderse con ellas.
Así es que, no sé si en su favor, nos esmeramos cada uno a su turno, en su papel, con su infaltable manía navideña.
Bajo el árbol semafórico, el muñeco de goma era blanco de mi codicia, y de la de mi hermana, por supuesto.
Cerca de las doce, mi tía recomendó, como siempre, que apenas acercáramos las copas al brindar. Mi padre, puntual, aprovechó la ocasión para decirle a su primo militar grandilo­cuente que era innecesario arrojar las copas dentro de la chime­nea y que esa tradición cosaca —torpemente ensayada en otra Navidad— resultaba, además de costosa, ya sólo concebible en las novelas de época.
Noche de Paz. Después del brindis de rigor, se desató la gue­rra. El invitado se retiró con una bolsa repleta de regalos. Tres fras­cos de agua colonia Old Spice, un estuche con jabones de lavanda de James Smart, dos pañuelos bordados con bonitas iniciales que no coincidían del todo con las suyas. Un poco abrumado por nuestra generosidad, se fue, tras agradecernos la invitación, ino­cente del conflicto que había concitado.
A la derecha, mi hermana se aferraba al muñeco. Del otro la­do, yo, imbatible, resistía. Crujían las articulaciones de alambre del cuello. Los brazos, encastrados a presión, se estiraban de ma­nera formidable. Mi madre asegura que el sonido era exasperan­te. Uno de mis tíos tomaba las apuestas. Ni los otros regalos ni to­das las sugerencias y amenazas lograban disuadirnos. El muñeco de goma permanecía en el medio; yo, firme en mi puesto; mi her­mana, inamovible, en el de ella.
No cantamos villancicos porque mi abuela, antes de abrir el misal, tuvo la mala idea de abrir sus arrugados labios.
—Miren cómo se estira. No parece un muñeco, parece un monstruo.
Y comenzaron a discutir. Es gracioso, es un monstruo, es pintores­co, debe tener su encanto, me recuerda a Mickey Rooney, de dónde lo ha­brá sacado ese hombre que invitaron. En medio de la confusión, al­guno se animó a ir más lejos.
—Maldita la hora en que lo invitaron.
Todos miraron a mi madre que, solícita y afligida, levantaba los platos de la mesa. .
—Me dio lástima porque está solo y no tiene familia —se limi­tó a decir, pero nadie la escuchaba y nosotras, por nuestra parte, seguíamos compenetradas en el incesante forcejeo.
Entonces mi padre, en un arrojo salomónico encomiable, dijo: —Muy bien, vamos a partirlo al medio.
Con poco disimulo, le guiñó un ojo a mi abuela y por única vez en esa noche se produjo un silencio unívoco y expectante.
Pero de Salomón a hoy las cosas han cambiado. Mi hermana y yo, al fin de acuerdo en algo, asentimos.
—-Por supuesto, hay que dividirlo.
Ante la indignación de mi padre y la contrariedad de mi tío, que devolvía las apuestas, nos dispusimos a la justa operación.
Mi madre se precipitó sobre el muñeco para salvado. Sacrifi­có, en la carrera, un plato lleno de almendras, que se disemina­ron por la alfombra. Así y todo, era tarde. Estaba decidido y cor­tamos por lo sano.
Era incómodo dormir con él. El muñeco de goma era hueco. Por evitar desagradables impresiones, lo acosté de perfil. Mejor di­cho, como era todo perfil, me tumbé al Iado de su perfil repleto, fascinada por la visión de mi hemisferio de muñeco, dispuesta a no enfrentarlo para salvarme de la decepción que deben experi­mentar los buzos cuando encaran a esos magros peces tropicales que ostentan amplios y engañosos lados.
Como era de esperar, las cosas, un vez iniciada la visección de goma, no quedaron ahí. A la mañana, mi hermana me provocó. Tomábamos el desayuno cuando ella, blandiendo con la mano derecha su mano derecha de muñeco, dijo:
—Mi parte es mejor que la tuya.
Yo no me quedé atrás.
—No creo —dije—. No hay parte mejor porque las dos son igua­les.
Y ella, mordaz:
—Entonces, ¿por qué preferiste quedarte con esa?
En ese momento, mi madre decidió ponerle fin al litigio. Sin decir nada, se levantó de la mesa y llamó al hombre por teléfono.
Tras desearle una muy feliz Navidad, lo puso al tanto de las derivaciones nefastas del regalo y le preguntó dónde lo había comprado, con la intención de conseguir dos réplicas exactas pa­ra acabar así con el problema.
El hombre, que no tenía una memoria excelente, habló de un puesto de vendedores ambulantes de la calle Pasteur y se ofreció a acompañarla en la pesquisa, gentileza que no agradó del todo a mi padre, quien asintió, empero, en aras de la armonía familiar.
La busca fue inútil. Los muñecos, vulgares, estaban agotados por la mayoritaria y vulgar demanda de las compras navideñas. El empeño de mi madre y la buena voluntad del invitado —quien parecía dispuesto a remediar a toda costa el entredicho—, eran admi­rables. Mi madre llegaba cansada y muerta de calor, dueña de un silencio poderoso que nosotras, conscientes de su bondad, respetamos de mutuo acuerdo.
Un día mi hermana declaró que le faltaba su ojo de muñeco. En vez de defenderme, hice gala de un silencio tan irónico como incriminatorio. Ojo por ojo. El muñeco no tenía dientes pero po­co tardó mi hermana en secuestrar mi brazo de muñeco, de manera que el de ella quedó tuerto y el mío, manco —si tuerto pue­de ser un cíclope y manco, quien tenía un solo brazo—. Mi madre y el señor no cesaban en la busca. Cada mañana descubrían, azorados, que el muñeco tan vulgar era también irrepetible.
Fue mi tío militar grandilocuente quien puso fin al asunto. El día de Reyes, se presentó en casa con un paquete llamativo. An­tes de sentarse a la mesa para comer la ineludible rosca, empuñó el trofeo y dijo:
—Lo encontré. Lástima que quedaba uno solo.
Entonces, en derredor de la rosca circular, centrada en nuestra mesa de roble y también círculo, comenzó otra asamblea. ¿A quién pertenecía este nuevo espécimen de muñeco? Yo defendía mis derechos y mi hermana reclamaba los suyos, mientras mi tío aprovechaba para comerse lo mejor de la rosca y mi madre servía el té secundada por mi abuela.
El nuevo ejemplar fue intervenido por las tijeras precisas de mi tía.
—Nos encontramos ante el mismo problema —reflexionó mí padre—. Lo más lógico es, por tanto, repetir la solución.
Luego mi madre, complaciente, unió la mitad derecha del mu­ñeco nuevo con la parte izquierda del muñeco que era mía, y la parte izquierda del muñeco nuevo con el medio muñeco de mi hermana. La sutura —prolija, a qué negarlo— distorsionaba un po­co la fisonomía pero estaba rematada con tanto esmero, con tan­ta voluntad, con tanto hilo y pegamento, que al fin tuvimos cada cual su muñeco entero, surcado al medio por esa cicatriz que denotaba y subsanaba, a la vez, el entredicho.
La Navidad siguiente, el hombre llegó a casa con puntualidad y con un ramo de rosas que mi madre concentró, con cierto es­fuerzo, en el perímetro biselado de un florero. Aleccionado por ella, trajo también dos paquetes equitativos, que nosotras miramos con desgano y observó, un tanto sorprendido, los muñecos duplicados, antes de sentarse a la mesa para compartir con nosotros la comida, el tedio y los comentarios. Se lo veía, como a mi madre, de excelente humor. Hasta aceptó la tarea de trinchar el pavo. Yo me senté a la izquierda y mi hermana se sentó al otro la­do. Habíamos coronado el árbol con una estrella fluorescente que se encendía y apagaba en intervalos casi exactos.

Esther Cross (1961) nació en Buenos Aires. Licenciada en Psicología, abandonó esa profesión para dedicarse a la actividad literaria.
En 1988 publicó Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el autor escrito en colaboración con Félix Della Paolera.
El despliegue imaginativo de su narración y la fluidez de su prosa le valieron el Primer Premio en el concurso Héctor A. Murena de la SADE, en el género cuento, los premios de las revistas First, Puro cuento y Plural (México), así como menciones en los concursos Juan Rulfo Internacional y Manuel Mujica Láinez.
En 1992 publicó su primer novela Crónica de alados y aprendices. Ese mismo año obtuvo el Primer Premio para novela inédita de la Fundación Fortabat con La inundación, publicada en 1993



20 diciembre, 2009

Aurora Venturini (Argentina)

Mi hermana dejó la escolaridad en tercer grado. No daba para más. En realidad no dábamos para más ninguna de las dos y yo dejé en sexto grado. Sí, aprendí a leer y escribir, esto último con faltas de ortografía, todo sin h, porque si no se pronuncia, ¿para qué serviría? Leía dislálicamente, dijo la psicóloga. Pero sugirió que ejercitándome mejoraría y me obligaba a los destrabalenguas como María Chucena su choza techaba y un leñador que por ahí pasaba le dijo María Chucena vos techás tu choza o techás la ajena yo no techo mi choza ni techo la ajena sólo techo la choza de María Chucena. Mamá observaba y cuando yo no destrababa me daba un punterazo en la cabeza. La psicóloga impidió la presencia de mamá durante María Chucena y destrabé mejor, porque cuando mamá estaba, por terminar bien pronto María Chucena me equivocaba temiendo el punterazo (...) Yo no quería comer en la mesa de Betina. Me asqueaba. Tomaba la sopa del plato, sin usar cuchara y tragaba los sólidos agarrándolos con las manos. Lloraba si yo insistía en alimentarla porque aquello de meterle la cuchara en cualquier orificio de la cara. A Betina le compraron una silla de almorzar que tenía una mesita adosada y en el asiento, un agujero para que defecara y pis. En mitad de las comidas le venían ganas. El olor me producía vómitos. Mamá me dijo que no me hiciera la delicada o me internaría en el cotolengo. Yo sabía qué era el cotolengo y desde entonces almorcé, diré, perfumada con el hedor a caca de mi hermana y la lluvia de pis. Cuando tiraba cuetes, la pellizcaba.

* Fragmentos de Las primas.

Aurora Venturini, autora de “Las primas”, que se publicará mañana 5 de Enero con el diario Pag 12, quien a los cuatro años empezó su temprana relación con la literatura. “Yo escribía y recitaba con ademanes, como se usaba entonces”, cuenta la poeta, narradora y traductora, que ha publicado, entre otros, los poemarios El anticuario (1948), El solitario (1951); las novelas Nosotros, los Caserta y Las Marías de los toldos, con prólogo de Fermín Chávez, que fue su esposo. Fue docente en La Plata, donde nació hace 85 años. Durante su exilio en París se relacionó con Violette Leduc, Eugène Ionesco, Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros intelectuales, y en Sicilia frecuentó la amistad de Salvatore Quasimodo. El gobierno francés la distinguió con la Cruz de Hierro por sus traducciones de François Villon y de Rimbaud.

Nota a la autora platense de 85 años, la ganadora del concurso Nueva Novela de Página/12:“Tal vez lleve dentro otra mujer mucho más joven”

01 diciembre, 2009

Lilian Elphick (Chile)


La Elegida

Un coup de vent sur tes yeux et
je ne te verrais plus
A. Breton


I. En Santiago no llueve nunca, pero hoy sucede lo contrario: la mampara de pavos reales está empañada, la casa oscura, un poco fría. Salgo.
Camino por ciertas calles que no tienen salida directa sino que dan vueltas y vueltas, terminan en plazoletas y luego continúan. Me gusta perderme y caminar sin rumbo bajo esta lluvia. Elijo esta calle y no otra. A pesar de ser lunes no veo gente; no me inquieta, es más, me gusta que sea así.
Al llegar a una esquina hay una mujer joven. Está parada esperando cruzar. Avanzo hacia ella, no sé por qué no cruza. No hay semáforo ni automóviles. Sigo de largo; finjo comprar algo en un negocito de verduras. Desde allí vuelvo a observarla, sigue donde mismo, balanceándose arriba de la cuneta, las manos en los bolsillos. El olor del zapallo cortado es agradable; el hombre que atiende me habla. Yo asiento mientras observo las grandes pepas del zapallo calado, las hilachas. Al levantar la vista, los bigotes cerdosos del hombre me molestan, podría sentir sus púas clavándose en mi cara. Para acabar la conversación le compro un paquete de cigarrillos y me despido de él para volver a mirarla. Está donde siempre. Retrocedo, voy en su dirección. A unos tres metros me detengo y no sé qué hacer. Parece no verme. De lejos, su abrigo simulaba ser un simple impermeable; pero no, tiene botones dorados, metálicos, grabados con motivos marineros. Me acerco cautelosa, comprobando que el agua le corre por el pelo igual que a mí y que no espera nada de este día imaginario. Ella me mira y apenas sonríe.
No hablamos del tiempo ni de sus arbitrariedades mientras avanzamos en la misma dirección. Ha estado buscando trabajo desde hace horas y el desánimo le surge feroz de sus ojos grises.
Yo también le cuento una historia de abandonos y de calendarios inútiles. A ella no le importa que el agua se le meta por el cuello.
-El mundo se va a acabar- me dice serenamente- pero quedarán algunos, los elegidos, ¿me entiénde?
Yo no respondo, la invito a tomar un café, al lugar de Rosas.
Ella acepta y sonríe triste. Me gustan sus ojeras y la tomo del brazo como si la conociera desde siempre.
Hablamos durante horas y la lluvia no declina. Con el cuerpo tibio salimos a la calle, espero que se despida, retarda el momento, debe tener otras cosas que hacer, seguir buscando trabajo, o tomar el bus de vuelta. Me pregunta: ¿vamos al centro? Por primera vez, la hora no me preocupa. Le digo: sí.
Caminamos lentamente por calles que yo conozco demasiado, algunas veces ella se detiene a mirar las vitrinas. Sin embargo ella no mira, sus ojos se pierden en un camino recto, interminable, atraviesan los maniquíes, como si quisieran ir más allá de todo. El viento me refresca cuando veo cómo una anciana busca desesperada un taxi, con un pedazo de papel protegiendo su cabeza.
Después de una hora de peregrinación le propongo entrar a un hotel. No entiendo mi propia invitación, por qué no a mi casa, allí estaríamos a solas, sin interrupciones, además hace tiempo que ya no recibo visitas inesperadas. Pero, ¿por qué este querer estar solas?, sé que ella también lo siente, por eso nuevamente acepta, sin mirarme, aunque le adivine su sonrisa de pecados secretos.
Es bella cuando se saca el abrigo de paño negro y su cuerpo se refleja mohoso en el espejo. Mi cabeza se asoma detrás de ella. La abrazo.
Contemplamos esta escena por un tiempo suprimido. Ella no parece darse cuenta de su protagonismo y mira asombrada cómo yo le retiro el pelo húmedo de los hombros y lo ordeno hacia arriba, dejando libre su cuello, soplando despacio para darle más calor a sus orejas frías. Cierra los ojos y permite que le desabroche la blusa. Poco a poco va girando hasta encontrarnos en pechos que se rozan. Quiero que sus pezones aparezcan erectos y enormes. Los adorno de saliva. Sus pezones brillan rosados, ínfimos, como semillas de granada. Ella gime a medida que mi lengua baja hasta su ombligo. Se recuesta en la cama y abre sus piernas. Mi lengua desciende, ella se arquea, las caderas oscilan, me frena y susurra algo.
La beso. Me busca los labios. Ciega cachorra. Oigo que cantan afuera, los hacen callar, siguen haciéndolo hasta que los cantos se pierden, luego, a lo lejos, oigo el ulular de una sirena.
Ella se deja ir como en un baile antiguo. Me abraza y echa su cuerpo hacia atrás en un apuro que trato en vano de retener, hasta que grita estremecida por sueños desenfrenados.
La elegida grita muriendo sobre mi. La elegida dormita con su cara pegada a mi clavícula. La elegida no se da cuenta de que por la claraboya del techo se descuelga la lluvia y que ya da igual este silencio de noche clausurada. La abrazo tratando de buscar calor en toda su humedad y espero que ella se despierte.
II. Usted no quiso abrir sus ojos, y cuando lo hizo fue como despertar de un mal sueño, algo nuevo, incómodo quizás.
¿Habrá oído mis canciones? Sus manos buscan a tientas el espacio que yo he invadido. Silenciosa se toca el cuerpo, intentando reconocerse, se toca las piernas, el vellón triangular de su pubis. Pero sus manos siguen buscando lo que añora, en una nostalgia llena de casualidades.
Ella me pregunta dónde estoy.
Usted se refiere a un episodio de su vida, intenta contarme lo que ya sé, un encuentro casual entre dos mujeres. Tartamudea, se arregla la ropa, se alisa el pelo, se palpa las mejillas, sus palabras tropiezan y caen.
¿La volveré a ver? usted se esconde frente al espejo para no responder. Su reflejo no puede responder. Yo no la miro a usted, miro a una mujer de mejillas sonrojadas que se alisa el pelo y lo ordena y que palidece y se enfría y que palidece cada vez más, que mira fijamente el contorno de una mujer que palidece frente a un espejo.
Ella no responde, intenta huir, desasirse del calor fugaz que le recuerda arena en invierno.
Tengo miedo de que se vaya, que cruce mi soledad por la mitad y se marche, caminando sin prisa, sin mirar hacia atrás, despidiéndose apenas.
Usted no sabe que el azar irrumpe sin que lo hayan llamado. Usted no sabe cómo durmió sobre mí, que yo la acaricié, que silenciamos la lluvia, la misma que ahora nos insulta, que yo le di calor, usted no sabe porque durmió, cerró los ojos y estrechó mi cintura, se hundió en mí, y soñó con un hombre joven. Ella me mira y en mí no quedan más que prguntas. Abotona lentamente el abrigo de paño negro y es bella, más bella que antes, toma su bolso, su pañuelo floreado, se desorienta, busca en vano la puerta y, por última vez, mira a la mujer del espejo. Por última vez le sonríe, gira hacia mí y sonríe.
¿Cómo se llama? le pregunto a usted, usted que sale y se macha hacia la calle, alejándose.
Usted no sabe que yo me quedo aquí y que vuelvo al espejo. Antes de legar a él, un escalofrío recorre la hendidura de mi espalda. Pero al fin llego y descubro. Me acerco hasta rozar mi cuerpo con el vidrio opaco.Usted no sabe que se ha llevado mi reflejo.
III. Su nombre es Miriam. Dijo: Mi nombre es Miriam. No conoc{ia tan bien su voz como ahora, voz que existe sólo en el recuerdo. Miriam. Nunca más volví a verla. Se fue, tomó su bus o un taxi o caminó, desapareciendo. Quise seguirla, acompañarla. Negó con la cabeza, puso su mano blanca en mi hombro para detenerme. La puso y la sacó con la misma lentitud con que se arregló el pelo, antes de partir, mucho antes, cuando me sonrió.
He vuelto a aquel lugar, he vuelto tantas veces a mirar el pequeño letrero que sólo dice Hotel Andes, la vieja puerta siempre cerrada, como si nadie entrara o saliera.
No ha llovido e Santiago. E sol se ha quedado quieto, casi a punto de estallar. Siento nostalgia por usted, Miriam, pero ya no la busco, sólo la sueño cuando me miro desnuda, sentada en una slla frente a mi espejo, sólo la extraño cuando mi mano descansa entremedio de los musos, tibia y húmeda, sólo la deseo y la nombro en la sencillez d ste rito que cumplo, Miriam, por toda esta nostalgia, acariciándome a la hora de las siesta interminable, por usted, Miriam, beso mi propia sombra y la muerdo y la beso nuevamente, lamiéndola, inventándole lujuria a sus pechos y a su sonrisa de museo, recorriéndola, mi elegida sin memoria, hasta que las palomas que anidan en el entretecho me despiertan, hasta que sus arrumacos me trizan.
Ratas con alas.
Entonces, ahí la olvido.
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