16 enero, 2007

Marilyn Bobes (La Habana, 1955)

Pregúntaselo a Dios

Si quieres conocer, mujer perjura,

los tormentos que tu infamia me causó,

eleva el pensamiento a las alturas

y allá en el cielo pregúntaselo a Dios.
(Canción cubana)

Iluminada Peña conoció a Jacques Dupuis una noche de decepciones en el Malecón de La Habana. Tenía los ojos llorosos y el maquillaje corrido y llevaba un vestido de lycra muy descubierto en la espalda. Era un vestido especial: el color amarillo resaltaba los tonos rojizos de su piel y el cabello negrísimo ensortijado; lo ceñido de la tela dejaba adivinar el torso esbelto, las caderas macizas y las extremidades largas y bien torneadas. A pesar de todo lo que su abuela pagó por aquella prenda a un traficante, tampoco esta vez el Bebo se había mostrado dispuesto a aceptar a Iluminada como pareja fija en el bailable de La Tropical.

Yanai, llevo cuatros días en Tulús y te extraño más de lo que podía imaginarme. Esto es muy bonito pero me aburro, sí, me aburro mucho. El fin de semana Jacques me llevó a una iglesia a oír música de muertos y allí me quedé dormida. Después fuimos a almorzar pero el restaurante no tenía techo y por poco me congelo. Dice Jacques que si siento frío ahora, que es verano, no sabe qué será de mí cuando llegue el invierno. Ayer conocí a Nadín, la que era mujer de Jacques. Fuimos a comer con ella y con el nuevo marido que tiene. Para Jacques no hay nada de malo en ser amigo de esa mujer que le pegó los tarros. Incluso trata a ese Fransuá como si nada, y eso que fue con él que ella lo traicionó. Si mi mamá se entera diría que todos los franceses son unos depravados. Así que mejor ni se lo cuentes. Ni eso, ni las otras cosas malas que yo te diga en mis cartas. En la famosa cena traté de hablar en francés, pero no supe. Me dieron tan poquita comida que me quedé con hambre. Yo pedí una cerveza, para acompañar, porque el vino de aquí me da dolor de estómago y una pesadez muy extraña, pero Nadín dijo que la bier (la cerveza) era un hábito de alemanes muy mal elevé. Yo sé que mal elevé quiere decir maleducada aunque ella habló de los alemanes, me pareció que lo dijo por mí, por eso la miré atravesado. Enseguida Jacques me puso la mano en el muslo, como asustado de que yo me hubiera puesta brava.

Jacques Dupuis se acercó discretamente al muro y, después de contemplar un rato el mar, preguntó a Iluminada Peña por el Castillo de los Tgres Greyes del Mogrro. Ella había vacilado antes de contestarle: no le gustaba aquel asunto de los extranjeros y mucho menos después de la horrible experiencia de la Marina Hemingway.

Esta mañana, por culpa mía, se rompió una jarra de porcelana. A Madame Dupuis le dio un ataque de histeria y después de hablar en ese francés que quién le entiende, se encerró a llorar en su cuarto. Jacques se pasó la tarde tratando de pegar los pedazos y me regañó porque dice que yo bajo la escalera con mucha brusquedad. Esta noche vi a Lady Diana por televisión. Tú sabes bien lo que dicen de ella las revistas pero, la muy mosquita muerta se las da de señora decente y camina como si pisara huevos, te lo juro. Madame Dupuis se viró para donde yo estaba y me dijo con su carita de huelepeos: Tu regar? Se con sa. Por poco la mando para el carajo. Para colmo, he estado soñando con Bebo. No se por qué se me aparece, si yo vivo en Francia, Jacques es mi esposo y es muy bueno. Su único defecto es que se deja dominar por la madre. Pero mi abuela y mi mamá, que son las personas que más me quieren en el mundo, dicen que yo elegí bien. Y yo creo que es verdad.

Antes de conocer a Jacques Dupuis y aceptar su invitación y sus primeras caricias, Iluminada Peña había tenido una sola aventura con extranjeros. Fue un día en que el Bebo la dejó plantada en medio de un apagón. Carcomida por el aburrimiento, a la luz de un quinqué, escuchaba a su madre y a su abuela quejarse de la falta de comida, cuando llegó la invitación de Yanai. Su amiga vino con dos españoles en un Toyota rentado que los llevó hasta Marina Hemingway. Iluminada se enteró entonces de que en ese atracadero de yates, al oeste de La Habana un viejo escritor americano había pescado agujas en los años cincuenta. Hemingway, sí. Iluminada había leído un fragmento de El Viejo y el Mar en el segundo año de Pre, antes de cansarse de tanto libro. Pero ahora la Marina Hemingway era un lugar lleno de hoteles, discotecas y tiendas para el turismo.
Los gallegos, como decía Yanai, eran dos cincuentones jadeantes que hablaban a gritos, colorados por el ron y el sol de la playa. Iluminada se sintió mal desde el principio, y al filo de las once de la noche, cansada de esquivar el bulto de una barriga lujuriosa que le prometía cremas para la piel y jabones de baño a cambio de unas horas de felicidad, decidió fingir un dolor de muelas y dejar a Yanai todo el botín. Volvió sola al apartamentico de Neptuno y Espada. Una muchedumbre celebraba en aquel momento, con silbidos y aplausos, la restitución de la luz. Se sintió satisfecha porque alcanzó a ver las escenas finales de la película del sábado: allí donde Glenn Close, en una resurrección digna de Cristo, salía sorpresivamente de la bañadera, cuchillo en mano, dispuesta a defender su felicidad.

Ayer recibí tu carta y me dio mucha alegría, pero también tristeza. Sobre lo que me pides de tener paciencia con la madre de Jacques, tú no la conoces. Esa vieja es tremenda falta de respeto, Yanai. Como ha visto que sólo me pongo la ropa que Jacques me compró en La Habana y no los vejestorios que ella metió en el escaparate, hoy se me apareció con un paquete. Vualá, me dijo, ce purtúa pásque tu te aville comin clochard. Clochard (lo busque en el diccionario) quiere decir vagabundo. Habráse visto, la muy atrevida. No me pude aguantar, agarré un pedazo de papel y escribí siete veces Adele Dupuis, Adele Dupuis, Adele Dupuis, Adele Dupuis, Adele Dupuis, Adele Dupuis y Adele Dupuis y lo metí en el congelador. Para que no joda más. Si puedes, pregúntale a mi madrina Clarita qué otra cosa podríamos hacer para neutralizarla. (...)

Jacques Dupuis e Iluminada Peña hicieron el amor por primera vez en una esplendorosa suite del Hotel Nacional. Para ella fue lindo, quizás no tan bueno como con Bebo, pero más delicado. Aunque él terminó rápido, la abrazó largamente y la tuvo mucho rato pegada a su cuerpo. Con el tiempo Iluminada aprendería que eso se llama tendresse. Era lo que más le gustaba a Jacques: la tendresse.
El domingo antes de su partida, le pidió que se casara con él. Reposaban bajo una sombrilla playera, después de un suculento almuerzo en las arenas finas de Varadero. Iluminada lo llevó a conocer a su familia y, conmovido por las carencias de todo tipo que descubrió en aquella casa, Jacques se apresuró a proveerla de cuanto estuvo a su alcance.
En el avión de regreso a Toulouse, Jacques no dejó de palpar ni un momento en su desmedrada billetera el saldo de aquellas decisivas vacaciones, una escueta factura en la que podía leerse: Recibí de Jacques Dupuis la cantidad de setecientos veinte dólares por concepto de matrimonio y protocolarización. La Habana, 28 de diciembre de 1991.

Mi amiga hice todo lo que me mandó a decir Clarita y ya se ven los resultados. Me di los baños con azucena y tiré los huevos en la puerta por donde la vieja tenía que atravesar. Ella estaba muy preocupada pensando quién podría haber hecho esa cochinerí, pero como no sabe nada de santos, ni por la mente le pasa que fui yo. Últimamente paso mucho tiempo sola con Madame Dupuis. Jacques viaja mucho. Tú sabes que él representa a esa agencia que lleva turistas para Cuba y no siempre lo puedo acompañar. En el fondo me alegro porque cada vez que voy a esas comidas de negocios me siento como un elefante en una cristalería, paso muchos aprietos con los cubiertos y la finura de esos franceses. Siempre, después de esas comidas, Jacques acaba poniéndose bravo. Así que es mejor que yo no vaya más. Además él quiere que yo baje de peso. Siempre había creído que le gustaba como era, tú sabes que eso se siente en la cama pero después, cuando vamos a alguna parte y veo a esas francesas flacas como palos de escoba, me doy cuenta de que a él le da pena que yo llame tanto la atención. Ahora, la noticia: en diciembre iremos a Cuba. Eso es algo que no me deja dormir. A veces hasta sueño que Jacques y yo nos vamos a vivir allá. El otro día lo insinué. Pensé que le gustaría, pero tú sabes que él es revolucionario con esa revolución que hubo en el sesenta y ocho. Pero qué va: nada más hablarle de irnos a vivir a Cuba, puso una cara de espanto que me dejó helada. (...)

Iluminada Dupuis está otra vez en el Malecón de La Habana y tiene de nuevo los ojos llorosos y lleva un vestido de flores con mangas de terciopelo y flecos en el escote sobre una falda negra, larga y evasé. A su lado, Yanai que también llora y ríe y celebra aquella ropa elegante y el nuevo peinado de Iluminada, estás bellísima, tú sí eres una reina y tienes al francés en un puño, loco por ti, tuyo, de más nadie, eso se nota, mi amiga, qué suerte has tenido, qué suerte. Iluminada Dupuis sonríe con una tristeza incomprensible. Yanai, al menos, no la entiende, y se esmera colocando un pañuelo sobre el cemento húmedo para que su amiga no estropee el vestido, ese vestido tan lindo, tan elegante, mientras Iluminada recorre con los ojos el barrio en tinieblas y se entera de que el Bebo está preso, lo cogieron robándose el algodón de un hospital. Otras muchachas hacen señas a los automóviles de los turistas, y a Iluminada se le hace un nudo en la garganta cuando Yanai le cuenta que el gallego no ha vuelto, me mandó una postal y veinte dólares como regalo de navidad, imagínate, veinte dólares, e Iluminada llora sin saber si lo hace por su amiga o por el Bebo o por su abuela o por su madre o por la habitación que han dejado vacía y que ahora alquilan esporádicamente a los amigos extranjeros de Yanai.

Yanai: salgo para La Habana el martes. Mi amiga, es mi vida, y he sentido algo así, un brinco en el pecho, unos deseos de ver a mi gente. Ay Dios mío, Yanai, no se explicarte. A ti te llevo una blusa que te va a encantar. Cómo te quiero, Yanai, como los quiero a todos.

Iluminada se vuelve a contemplar La Habana. La espuma de una ola la salpica y un resplandor que proviene del Morro inunda su cuerpo de una ruda claridad. Frente a ella se extiende el mar oscuro. Iluminada lo mira en silencio, desde la ciudad también oscura. A unos metros del muro, abrazados y tambaleándose, dos borrachos cantan y llenan de reproches a una mujer perjura y la invitan a un viaje imposible, hasta el mismo cielo. Pregúntaselo a Dios, pregúntaselo a Dios, repiten las voces temblonas de los borrachos. Yanai los mira y hace un guiño. Iluminada se estremece. Me voy mañana, anuncia con voz neutra, y su amiga se le cuelga del cuello e Iluminada siente su olor a perfume barato y sufre también por ese olor que ya no le pertenece.


Marilyn Bobes (1955) Nació en La Habana. Ha publicado los libros de poemas : "La aguja en el pajar" (1979), premio David de Poesía en su país, y "Hallar el modo" (1989).
Bobes, quien es graduada de Historia por la Universidad de La Habana y ejerció como periodista en sus primeros años de vida profesional, obtuvo su primer reconocimiento literario en 1979 con el premio David a su cuaderno de poesía Una aguja en el pajar. A partir de ahí su carrera literaria toma impulso y vuelve a coronarse cuando en 1995 obtiene el Premio Casa por su libro de cuentos Alguien tiene que llorar.
Obtuvo su segundo Premio Casa por su novela Fiebre invernal. Los narradores Santiago Gamboa (Colombia), Liliana Heker (Argentina), Hernán Rivera Letelier (Chile) Ana Cristina Rossi (Costa Rica) y Eliseo Altunaga (Cuba) consideraron que se trata de "una novela de escritura tersa que bajo su aparente sencillez esconde una notable complejidad textual. Valiéndose del mundo fabular cubano logra una indudable contemporaneidad y un universo crítico e inquietante. La novela no sólo bucea en la situación cubana sino que también es una indagación sobre el poder de las palabras."
Para leer entrevista a la autora:

13 enero, 2007

Gaby Vallejo (Cochabamba, Bolivia, 1941)

No era bella, pero tenía esa opulencia de carnes que provoca la vuelta de los hombres. Estaba alegre siempre. Parecía tener la risa-campanilla pegada a los labios gruesos y tentadores.
Ahora está sentada en una tienda de insecticidas. La reconozco. Conversa con alguien. Es ella, con quince o veinte años más, pero es ella. hablo con el vendedor... La miro, las carnes de sus piernas sobresalen, se cuelga de la silla que usa. la piel del rostro, ennegrecida y fofa. Los ojos se empecinan en una tristeza grande. Algo como un desencanto vital se desprende de su presencia. Pago el dinero al dependiente y la vuelvo a mirar. Habla, pero está sola. Lo veo en su expresión. Habla para sí misma, para saber que existe. Lo que dice no le sirve para consolarse de tener hijos que no son, de tener marido (judío-obeso) que no es. Salgo de la tienda con el cerebro lleno de la imagen de vencimiento que es ella, con la culpa de haberle descubierto que vive en la seguridad de transcurrir el resto de la vida en un opaco y sucio mundo.
¿Qué sucedió para que se despegara la risa-campanilla de los labios gruesos tentadores? Hoy ningún hombre volvería los ojos para verla.
Camino. Quizá... si ella se hubiera fijado en mi, descubriera lo mismo.
de: Disquisiciones de una mujer cualquiera, 1994.

A esta altura de la vida, cuarenta y dos años, tengo la tentación de encerrarme en la casa, en el ¨dulce no hacer nada¨, de buscarme en los libros y en mis propias palabras.
Creo haber andado mucho en los últimos años, por caminos, ciudades y personas. Creo haber amado mucho, haber llorado también mucho y aprendido a soportar mi condición de ser mortal y precaria.
Habitada de un ritmo acelerado he vivido sin tiempo para lo necesario, entregada a lo urgente y he gastado así tanta vida. He perdido profundidad y he transcurrido repartida, retaceada. Y he perdido.
A esta altura de la vida quiero pertenecerme más a mí. Dejarme estar para dar espacio a mi propio pensamiento: leer, echada al sol -como una gata plácida- y escribir, escribir, contarme historias.
Debo aprender a dejar a los demás que hagan la vida que yo creía estar construyendo. Siempre habrá gente que pueda reemplazarme y continuarme. No es una renuncia, es un acuerdo con la sabiduría, una reparación.
Aquí, yo sola, reconciliándome en lo necesario. Afuera, lo urgente gastando a los demás. Es su turno.
de: Disquisiciones de una mujer cualquiera, 1994.

Gaby Vallejo (Cochabamba, Bolivia, 1941). Narradora, profesora, licenciada en Ciencias de la Educación y Fundadora del Comité de Literatura Infantil y Juvenil. Dirige el Taller de Experiencias Pedagógicas y la revista "Chócale". Es miembro de la Unión de Poetas y Escritores de Cochabamba y miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua. Directora de "Teluria", revista del Comité de Mujeres Escritoras del PEN-Club Internacional, filial Bolivia. Obras principales: “Los vulnerables” (1973), “¡Hijo de Opa!” (premio nacional de novela Erich Guttentag, 1976), “Juvenal Nina” (1981), “Detrás de los sueños” (1987), “En busca de los nuestros” (1987), “Mi primo es mi papá” (1989), “Manual del promotor de lectura” (1990), “La sierpe empieza en cola” (1991), “Encuentra tu ángel y tu demonio” (1998) “De toros y rosas. Imágenes del sexismo en los libros para niños” (2001), “Papeles de viaje” (2002) y “Del placer y la muerte” (2004).

10 enero, 2007

Samantha Schweblin (1978)

El cavador

Necesitaba descansar, así que alquilé una casona en un pueblo de la costa, lejos de la ciudad. Cuando iba llegando, los pastizales me impidieron seguir en auto; me bajé, tomé lo imprescindible y continué a pie. Oscurecía y, aunque no se veía el mar, podía escuchar las olas alcanzar la orilla. Ya estaba cerca de la casa cuando tropecé con algo.
–¿Es usted?
Retrocedí asustado.
–¿Es usted, don? –un hombre se incorporó con dificultad–. No desperdicié ni un solo día, eh... Se lo juro por mi mismísima madre...
Hablaba apurado; estiró las arrugas de la ropa y se acomodó el pelo.
–Pasa que justo anoche... Imagínese, don, que estando tan cerca no iba a dejar las cosas para el otro día. Venga, venga –dijo, y se metió en un pozo que había entre los yuyales, a sólo un paso de donde nos encontrábamos.
Me agaché y asomé la cabeza. El agujero medía más de un metro de diámetro y adentro no se alcanzaba a ver nada. ¿Para quién trabajaría un obrero que no reconocía ni a su propio capataz? ¿Qué andaría buscando para cavar tan profundo?
–Don, ¿baja?
–Creo que se equivoca –dije.
–¿Qué?
Le dije que no bajaría y, como no contestó, me fui para la casa. Recién cuando llegué a las escaleras de entrada escuché un lejano muy bien, don, como usted diga.
A la mañana siguiente salí a buscar el equipaje que había dejado en el auto. Sentado en la galería de la casa, el hombre cabeceaba vencido por el sueño y sujetaba entre las rodillas una pala oxidada. Al verme la dejó y se apresuró a alcanzarme. Cargó lo más pesado y, señalando unos paquetes, preguntó si eran parte del plan.
–Primero necesito organizarme –dije y, al llegar a la puerta, le quité lo que cargaba para evitar que entrara a la casa.
–Sí, sí, don. Como usted diga.
Entré. Desde las ventanas de la cocina vi la playa. Apenas había algunas olas, el mar estaba ideal para nadar. Crucé la cocina y espié por la ventana del frente: el hombre seguía ahí. De a ratos miraba hacia el pozo y de a ratos estudiaba el cielo. Cuando salí, corrigió la postura y me saludó respetuoso.
–¿Qué hacemos, don?
Me di cuenta de que un gesto mío hubiera bastado para que el hombre se echara a correr hacia el pozo y se pusiera a cavar. Miré hacia los pastizales, en dirección al pozo.
–¿Cuánto cree usted que falte?
–Poco, don, muy poco...
–¿Cuánto es poco para usted?
–Poco... no sabría decirle.
–¿Cree que pueda terminar esta noche?
–No puedo asegurarle nada... usted sabe: esto no depende sólo de mí.
–Bueno, si tanto quiere hacerlo, hágalo.
–Délo por hecho, don.
Vi al hombre tomar la pala, bajar los escalones de la casa hasta el pastizal y perderse en el pozo.
Más tarde fui al pueblo. Era una mañana de sol y quería comprar un short de baño para aprovechar el mar; a fin de cuentas, no tenía por qué preocuparme por un hombre que cavaba un pozo en una casa que no me pertenecía. Entré a la única tienda que encontré abierta. Cuando el empleado estaba envolviendo mi compra, preguntó:
–¿Y cómo va su cavador?
Me quedé unos segundos en silencio, esperando quizá que algún otro contestase.
–¿Mi cavador?
Me alcanzó la bolsa.
–Sí, su cavador...
Le extendí el dinero y miré al hombre, extrañado; antes de irme no pude evitar preguntarle:
–¿Cómo sabe del cavador?
–¿Que cómo sé del cavador? –dijo, como si no me comprendiese.
Volví a la casa y el cavador, que esperaba dormido en la galería, se despertó en cuanto abrí la puerta.
–Don –dijo poniéndose de pie–, hubo grandes avances, puede que estemos cada vez más cerca...
–Pienso bajar a la playa antes de que oscurezca.
No recuerdo por qué me había parecido una buena idea decírselo. Pero ahí estaba él, feliz por el comentario y dispuesto a acompañarme. Esperó afuera a que me cambiara y un poco más tarde caminábamos hacia el mar.
–¿No hay problema en que deje el pozo? –pregunté.
El cavador se detuvo.
–¿Prefiere que vuelva?
–No, no, le pregunto.
–Pero cualquier cosa que pase... –amagó con volver– sería terrible, don.
–¿Terrible? ¿Qué puede pasar?
–Hay que seguir cavando.
–¿Por qué?
Miró el cielo y no contestó.
–Bueno, no se preocupe –continué caminando y el cavador me siguió, indeciso–. Venga conmigo.
Ya en la playa, a pocos metros del mar, me senté para sacarme los zapatos y las medias. El hombre se sentó junto a mí, dejó a un lado la pala y se quitó las botas.
–¿Sabe nadar? –pregunté.
–No, don. Yo lo miro, si le parece. Y traje la pala, por si se le ocurre un nuevo plan.
Me incorporé y caminé hacia el mar. El agua estaba fría, pero sabía que el hombre me miraba y no quería echarme atrás.
Cuando regresé, el cavador ya no estaba.
Con un sentimiento de fatalidad busqué posibles huellas hacia el agua, por si acaso había seguido mi sugerencia, pero no encontré nada y entonces decidí volver. Revisé el pozo y los alrededores. En la casa, recorrí las habitaciones con desconfianza. Me detuve en los descansos de la escalera, lo llamé en voz alta desde los pasillos, algo avergonzado. Más tarde salí. Caminé hasta el pozo, me asomé y lo llamé otra vez. No se veía nada. Me acosté boca abajo en el suelo, metí la mano y tanteé las paredes: se trataba de un trabajo prolijo, de aproximadamente un metro de diámetro, que se hundía hacia el centro de la tierra. Pensé en la posibilidad de meterme, pero enseguida la deseché. Cuando apoyé una mano para levantarme, los bordes se quebraron. Me aferré a los pastizales y, paralizado, oí el ruido de la la tierra cayendo en la oscuridad. Mis rodillas resbalaron en el borde y vi cómo la boca del pozo se desmoronaba y se perdía en su interior. Me puse de pie y observé el desastre. Miré con miedo a mi alrededor, pero el cavador no se veía por ningún lado. Entonces se me ocurrió que podría arreglar los bordes con un poco de tierra húmeda, aunque necesitaría una pala y algo de agua.
Volví a la casa. Abrí los placares, revisé dos cuartos traseros a los que entraba por primera vez, busqué en el lavadero. Al fin, en una caja junto a otras herramientas viejas, encontré una pala de jardinería. Era pequeña, pero servía para empezar. Cuando salí de la casa, me encontré frente a frente con el cavador. Escondí la pala detrás de mi cuerpo.
–Lo estaba buscando, don. Tenemos un problema.
Por primera vez, el cavador me miraba con desconfianza.
–Diga –dije.
–Alguien más ha estado cavando.
–¿Alguien más? ¿Está seguro?
–Conozco el trabajo. Alguien ha estado cavando.
–¿Y usted dónde estaba?
–Afilaba la pala.
–Bueno –dije, tratando de ser terminante–, usted cave cuanto pueda y no vuelva a dispersarse. Yo vigilo los alrededores.
Vaciló. Se alejó algunos pasos pero al fin se detuvo y se volvió hacia mí. Distraído, yo había dejado caer mi brazo y la pala colgaba junto a mis piernas.
–¿Va a cavar, don? –me miró.
Instintivamente oculté la pala. Él parecía no reconocer en mí al hombre que yo había sido para él hasta un momento antes.
–¿Va a cavar? –insistió.
–Lo ayudo. Usted cava un rato y yo sigo cuando se cansa.
El cavador levantó la pala y volvió a clavarla en la tierra.
–El pozo es suyo –dijo–, usted no puede cavar.
Algo me despierta en la noche. Es el ruido inconfundible de la pala contra la tierra. Ahora, a diferencia de otras veces, se escucha con toda claridad. Me incorporo y camino hasta la ventana. El cavador trabaja entre los pastizales. Se detiene, me mira, levanta la pala y vuelve a clavarla. El pozo es cada vez más grande; el borde, cada vez más cercano a la casa.

Samantha Scheblin nació en 1978. Es argentina, tiene publicado un libro de cuentos: El núcleo del disturbio (2002). Este cuento figura en la antología La joven guardia.

09 enero, 2007

Que las palabras extraigan y segreguen Eros, por la pura fuerza, ascética y desnuda, del acto de escribir: Tununa Mercado (Córdoba, Argentina, 1939)

Oír
(de Canon de alcoba, 1988)
-fragmento-
El amor que se oye es como el mar que se escucha en los caracoles. Los ojos no ven, la nariz no huele, las manos no tocan, pero ese mar levanta sus olas bravías en los acantilados o se serena mansamente sobre las playas. ¨Se toca¨ la divinidad, por decir que se la alcanza en una elevación mística, pero la voz de Dios se oye, es siempre un llamado que brota de las tinieblas o, mejor dicho, del silencio. Oír es saber, y haber comprendido.
Se oye a través de las puertas, o a través de las paredes; pero se puede oír más de cerca, lo que pasa en la cama de al lado. Las revelaciones atraviesan, por lo general, los muros; y llegan hasta los oídos.
¨Oír¨el amor es oír hacer el amor a dos personas, o a una sola, entregada a su propia y devota contemplación.
Una puerta que comunica dos alcobas, grande, de madera fina y lustrosa y de goznes aceitados, pero que deja colar cierto aire entre sus batientes, chiflones suaves en las noches de invierno; dos territorios que se han excluído incluyendo, en uno, a la pareja que va a ejercer el acto; en el otro, el tercero o tercera que va a oír. Ella, en este caso, no está allí por haberse elegido tercera en cuestión, ni porque ha elegido no ser protagonista directa (...) Podría, incluso, todavía aventurarse hasta la puerta, golpearla con sus nudillos, sin hacer muy evidente su intención y, simplemente, decir que no quiere estar separada de la función, que tal vez podrían arreglárselas las tres para compartir la gran cama. Pero los amores no se mendigan y la cuota que a ella le ha tocado recibir también habrá de tener sus bondades y compensaciones (...)
Agradece que se le dé la posibilidad de oír un encuentro entre mujeres que no tendrá, por lo mismo, el carácter de un forcejeo, ni de una persistencia obstinada, ni de una culminación en la que no se podrá saber quién tuvo el triunfo, ni si la simultaneidad fue algo buscado que fracasó y que el ocultamiento recíproco trató de borrar en los últimos estertores.
Está excluída sin estarlo realmente, porque las voces y suspiros que se oyen del otro lado de la puerta son insinuantes, no profieren palabras a medio tono, ni le ahorran a su oído atento ninguno de los escarceos del cortejo amoroso. La risa que se escucha ha sido lanzada para que ella la registre desde su habitación; los silencios que se producen, para concederle esa sofocada incertidumbre ante lo desconocido que se apodera de ella sin dejarle respiro (...)
Lo que oye no le ha producido todavía placer, pero el corazón le palpita. La enloquecen los paréntesis del diálogo en los que ellas seguramente se tocan o se peinan los cabellos con los dedos, o se buscan el cuello con los labios o las bocas con las bocas. Las había visto un rato antes, cuando estaban las tres juntas, intercambiar razones y, sin que en ese momento supusiera que iba a ser la silenciosa pero activa oyente de sus progresiones amorosas, se había exaltado particularmente por los límites hasta donde una de ellas dejaba llegar su sonrisa en las comisuras (...) Ella estaría mirándose ahora, con esos ojos, en los ojos de la otra, extrayendo con intensidad el secreto mensaje que había comenzado a adivinar desde horas antes, cuando entrelazarse era aún un gesto de amigas desprevenidas, y no ese abrazo que, poco a poco, las obligaba a devestirse y a tocarse sin límites (...)
Las otras habían advertido su presencia junto a la puerta, habían preferido no delatarla y estaba claro, habían terminado por incluirla como parte del triángulo. Su oído siente los roces (...) una risa disparada en la noche se le cuela entre las piernas y vibra entre sus pechos, y las palabras que a penas alcanza a captar su oído, en su boca se convierten, al repetirlas, en un eco de las admoniciones de las amantes: más suave, así, más suavemente, despacio, despacio, aún no, aún no, yo primero y después tú, te enseño una forma antigua, antigua, de amazonas, sí, ya verás, se puede, se puede, es la máxima prueba de amor, la que sólo algunas elegidas logran consumar, yo, excelente tribadista te la enseño y luego se la enseñamos a ella que, ahora, solitaria, nos escucha.

Tununa Mercado nació en Córdoba. Escritora, periodista y traductora. Vivió y ejerció la docencia en Francia. A partir de 1974 se exilió en México, desde donde regresó a la Argentina en 1987. Entre sus obras publicadas se cuentan “Celebrar a la mujer como a una pascua” (1967), “Canon de alcoba” (1988), “En estado de memoria” (1990), “La letra de lo mínimo” (1994), “La madriguera” (1996) y “Narrar después” (2003). Su libro “En estado de memoria” fue traducido al inglés y al francés.

08 enero, 2007

Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1994)




En la mitología griega Radamanto (Rhadamanthus), hijo de Zeus y Europa, gobernó Creta dotándola de un sabio código de leyes. Fue expulsado de la isla por su hermano Minos, que envidiaba su popularidad.
El relato de Silvina Ocampo, si bien toma en el título este personaje, no transita ni la mitología ni Grecia, pero sí recorre el humano y a veces irrefrenable sentimiento de la envidia.


RHADAMANTHOS
La envidiaba por sus pecados con una envidia que la car­comía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí es­taba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí esta­ba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigura­da! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales sobre el paño negro del coche fúnebre brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No ha­bía modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de ami­gos que la admiraban, aun más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su me­moria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicida­do, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamen­te por su memoria.
Injusticias de la suerte, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo de nadie. Yo no me he suicidado. Nadie llora por mí.
Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. En la luz trémula de los cirios bri­llaban la frente, los pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas demasia­do fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado, para torturarla.
­Para no verle la cara se arrodilló; para no pensar en ella, rezó. Un zumbido de voces le llenó los oídos. La gente habla­ba, ¿de qué? Sólo de ella. Era pura, decían, como la luz. Se pu­so de pie. Por suerte, nadie advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un ser.
Virginia se dirigió al dormitorio de la muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de los labios, para pintarse, buscó el perfume, para perfumarse, y se miró en el espejo. Sa­lió de la casa apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de cartas (el papel que tenía en su casa era un pa­pel ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus za­patos de bruja; subió por un ascensor interminable, abrió una puerta y entró en su cuarto. Se puso a escribir maravillosas car­tas de amor dirigidas a la muerta, revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la vida monstruosa, impura, que le atribuía. Al pie de la carta firmaba con el nombre del supuesto amante. En una noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte cartas, cuyas fechas abarcaban toda una vida de amor.
A la mañana siguiente, al alba, hizo un paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno de sus camisones, las lle­vó a la casa mortuoria y las depositó en el armario de la muerta.
Silvina Ocampo (1903 / 1994), poeta y escritora argentina, nació en Buenos Aires el 28 de julio de 1903. Estudió dibujo y pintura en París con Giorgio De Chirico, y desde muy joven escribió, aunque su primera publicación es tardía: Viaje Olvidado (cuentos, 1937).
Tres años más tarde se casa con Adolfo Bioy Casares y en colaboración con él y Borges, aparece la Antología de la literatura fantástica (1940).
Algunas Obras: Enumeración de la patria (poemas, 1942), Los que aman, odian (1945), Espacios Métricos (1945), Premio Municipal 1954, Los nombres (poesía, 1953), Segundo Premio Nacional de Poesía 1953, La furia (1959), Las invitadas (1961), Lo amargo por dulce (1962), Primer Premio Nacional de poesía 1962 y Cornelia frente al espejo (cuentos, 1988), Premio del Club de los XIII.
Entre 1974 y 1979 publicó cinco volúmenes de cuentos infantiles (El Tobogán, El Caballo Alado, Canto escolar, el Cofre volante y La naranja maravillosa).
Ha realizado traducciones del inglés y el francés. Borges, de quien fuera amigo, prologó una antología de sus cuentos publicada en Francia en 1974, cuya introducción es de Italo Calvino. También ha sido traducida al inglés e italiano.
Silvina Ocampo se ha transformado en un mito de la literatura argentina, por lo escasamente leída y por el eco de un apellido vinculado a las letras argentinas. La crítica en general (hay excepciones bien argumentadas), le adjudica importancia a su obra sugerente y de cierta premeditada confusión en la que conviven sentimientos opuestos e inesperadas fracturas de las convenciones. Su temática es la literatura fantástica en la cual desliza la ironía y un humor negro eficaz con ribetes truculentos. Borges le reconoce una virtud inquietante y que a él, particularmente, le causaba “un poco de aprensión: la clarividencia. Nos ve como si fuéramos de cristal, nos ve y nos perdona”. Un elogio temible.
Falleció el 14 de diciembre de 1993, tras una larga enfermedad.

Para leer poemas de la autora visitá:
http://www.palabravirtual.com/index.php?ir=crit.php&wid=198&show=poemas&p=Silvina+Ocampo

04 enero, 2007

Mujeres que cuentan mujeres y Teatro leído

Si tenés ganas de ver algo bueno para disfrutar en este verano porteño...

En el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori en Ciudad Autónoma de Bs As
Mujeres que cuentan mujeres
Dirección: David Di Nápoli

La historia habla de la inmigración que pertenece a la esencia de nuestro país, tomando como protagonista a la mujer, su trabajo, sus luchas para adaptarse y ser el sostén de su familia. Por el otro, el tema de la mujer que accede al arte, desde la poesía, para abrirse paso en un mundo masculino expresar su rebeldía, reclamar sus derechos, hacer oír sus quejas y su condición de mujer con la misma necesidad sexual que el varón, revelándose a un destino ya programado.
Unipersonal de Clara Vaccaro.

Espectáculo basado en recuerdos de relatos y poemas que disparan palabras reveladoras de emociones.
Domingos, 18 hs. (Excepto el domingo 14/1)
Entrada libre y a la gorra.

Dirección: Av. Infanta Isabel 555 - frente al puente del Rosedal - Parque Tres de Febrero
Teléfonos: 4774-9452 / 4772-5628 Telefax: 4778-3899
E-mail:
info@museosivori.org.ar

Vías de transporte:
Líneas de Colectivos: 10, 34, 37, 130, 161.
Línea de Tren: Mitre – Estación Tres de Febrero.
Ver web


En el Museo Histórico de Buenos Aires Cornelio de Saavedra
Ciclo de teatro leído

“Pecado Original”, de Laura Coton.3-12, 18.30 hs.

“Ruchla”, de Patricia Suarez. 10-12, 18.30 hs.

Dirección: Crisólogo Larralde 6309
Teléfonos: 4572-0746 / 4574-1328
E-mail:
museosaavedra@uolsinectis.com.ar

Vías de transporte:
Líneas de Colectivos: 21, 28, 110, 111, 112, 117, 127, 140 , 142, 175, 176.

03 enero, 2007

Liliana Heker (Buenos Aires, 1943)

La fiesta ajena
De Los bordes de lo real (1991)

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre, ¿monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí te crees todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
—No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
—Los ricos también se van a cielo —dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
—Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la forma de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pausa.
—Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
—Cállate —gritó—. ¡Qué vas a saber vos lo que es ser amiga!
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
—Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
-¿Monos en un cumpleaños? —dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te crees todas las pavadas que te dicen.

Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué? Si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
—Si no voy me muero —murmuró, casi sin mover los labios.
Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después de que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.

La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
—Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
—Está en la cocina —le susurró en la oreja—. Pero no se lo digás a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí, pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo” . Rosaura en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: ”¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
—¿Y vos quién sos?
—Soy amiga de Luciana —dijo Rosaura.
—No —dijo la del moño —, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
—Y a mí qué me importa —dijo Rosaura—, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
—¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? —dijo la del moño, con una risita.
—Yo y Luciana hacemos los deberes juntas —dijo Rosaura muy seria.
La del moño se encogió de hombros.
—Eso no es ser amiga —dijo—. ¿Vas al colegio con ella?
—No.
—¿Y entonces de dónde la conoces? —dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
—Soy hija de la empleada —dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
—¿Qué empleada? —dijo la del moño—. ¿Vende cosas en una tienda?
—No —dijo Rosaura con rabia—, mi mamá no vende nada, para que sepas.
—Y entonces, ¿cómo es empleada? Dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
—Viste —le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono le llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
—¿Al chico? —gritaron todos.
—¡Al mono! —gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
—No hay que ser tan timorato, compañero —le dijo el mago al gordito.
—¿Qué es timorato? —dijo el gordito.
El mago giró la cabeza hacia un lado y otro lado, como para comprobar que no había espías.
—Cagón —dijo—. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
—A ver, la de los ojos de mora —dijo el mago—. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura. Dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
—Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
—Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
—Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.
Ahí la madre pareció preocupada.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Rosaura.
—Y qué va a pasar —le dijo Rosaura—. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le daba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?” Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:
—Yo fui la mejor de la fiesta.
Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar al hall con una bolsa celeste y una rosa.
Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre.
Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
—Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento.
Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
—Esto te lo ganaste en buena ley —dijo, extendiendo la mano—. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.


La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.


Liliana Heker nació en Buenos Aires. Realizó estudios de Física y fue directora de las revistas literarias El Escarabajo de Oro (1961-1974) y El Ornitorrinco (1977). Empezó a escribir desde muy joven, apareciendo su primer cuento Los juegos (1960), en la revista El Grillo de Papel, y que incluyó más tarde en su primer libro de relatos, Los que vieron la zarza (1966). A éste siguieron, Acuario (1972), Un resplandor que se apagó en el mundo (1977), Las peras del mal (1982), La crueldad de la vida (2001) y las novelas Zona de clivaje (1987) y El fin de la historia (1996). Ha reunido todos sus cuentos en el volumen Los bordes de lo real (1991) y es asimismo autora del ensayo Diálogos sobre la vida y la muerte (2000), que incluye una entrevista a Borges. Sus cuentos completos han sido traducidos al inglés y muchos de sus relatos se han publicado también en Alemania, Rusia, Turquía, Holanda, Canadá y Polonia. Liliana Heker está considerada como una de las más destacadas narradoras argentinas.

Para ver entrevista-video a la autora:
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