Olga Ledesma nace en La Plata y parte con su familia tempranamente a la ciudad de Azul donde pasa su infancia. Y tiempo mas tarde retorna a La Plata donde termina sus estudios y se instala definitivamente. En el año 1987, participa en la Feria de Libros artesanales llamada Quipus coordinada por Esteban Tomas. Asiste desde 2002 al Taller Círculodefuego coordinado por Lic. Andrea Sánchez. Forma parte del Grupo Conestabocaenestemundo desde 2005. Publicó en Antología “Círculodefuego”( La Plata, 2002), poemas en plaqueta serie La voz, la sangre (La Plata, 2003), plaqueta (Bs. As., 2004), cuentos en pliego(Itinerante/ espacio de arte, 2003). Participó en la categoría poesía en la muestra "La voz, la Sangre" en el Taller- Casa del ángel en Cdad. Aut. Bs. As. en 2003/2004. Destellos-haikus (La Plata, 2007).
Peligrosas Palabras
NARRATIVAS DE ESCRITORES
31 diciembre, 2025
Olga Ledesma (Argentina,1956-2025)
Olga Ledesma nace en La Plata y parte con su familia tempranamente a la ciudad de Azul donde pasa su infancia. Y tiempo mas tarde retorna a La Plata donde termina sus estudios y se instala definitivamente. En el año 1987, participa en la Feria de Libros artesanales llamada Quipus coordinada por Esteban Tomas. Asiste desde 2002 al Taller Círculodefuego coordinado por Lic. Andrea Sánchez. Forma parte del Grupo Conestabocaenestemundo desde 2005. Publicó en Antología “Círculodefuego”( La Plata, 2002), poemas en plaqueta serie La voz, la sangre (La Plata, 2003), plaqueta (Bs. As., 2004), cuentos en pliego(Itinerante/ espacio de arte, 2003). Participó en la categoría poesía en la muestra "La voz, la Sangre" en el Taller- Casa del ángel en Cdad. Aut. Bs. As. en 2003/2004. Destellos-haikus (La Plata, 2007).
03 abril, 2022
Lygia Fagundes Telles(Brasil, 1923-2022) LA CACERÍA
Lygia Fagundes Tell
LA CACERÍA
(Traducción de Lilia Osorio)
El almacén de antigüedades tenía el olor de un arca de sacristía, con sus paños revueltos y libros comidos de polilla. Con las puntas de los dedos el hombre tocó una pila de cuadros. Una mariposa levantó el vuelo y fue a chocar contra una imagen de manos mutilada
-Bonita imagen -dijo. La vieja sacó una horquilla del rodete y se limpió la uña del pulgar. Volvió a ensartarla en el cabello.
-Es un San Francisco.
Entonces él volteó lentamente hacia el tapiz que ocupaba toda la pared del fondo del almacén. Se aproximó más. La vieja se aproximó también.
-Ya noté que el señor se interesa también por eso... Lástima que se encuentre en ese estado.
El hombre extendió la mano hacia el tapiz pero no llegó a tocarlo.
-Parece que hoy está más nítido..
-¿Nítido? -repitió la vieja, poniéndose los anteojos. Deslizó la mano sobre la superficie raída -¿Cómo nítido ?
-Los colores son más vivos. ¿Le puso usted algo ?
La vieja l0 encaró. Y bajó la mirada hacia la imagen de manos mutiladas. El hombre estaba tan pálido y perplejo como la imagen.
-No le puse nada, imagínese... ¿Por qué me lo pregunta?
-Noté una diferencia.
-Nada, no le puse nada, ese tapiz no aguanta ni la más leve pluma, ¿no lo ve?Creo que sólo el polvo sostiene el tejido -agregó, tomando nuevamente la horquilla de su cabeza. Le dio vueltas entre los dedos con aire pensativo. Hizo una mueca : -Fue un desconocido quien lo trajo; necesitaba dinero. Le dije que el paño estaba muy estropeado, que era difícil encontrar un comprador; pero él insistió tanto ... Lo colgué ahí en la pared y ahí se quedó. Pero ya hace años de eso. Y el tal joven no regresó jamás.
-Extraordinario..
La vieja ahora no sabía si el hombre se refería al tapiz o al caso que le acaba de contar. Encogió los hombros. Volvió a limpiarse las uñas con la horquilla.
-Yo podría venderlo pero, para ser franca, creo que ni siquiera vale la pena. A la hora de desprenderlo es capaz de caerse a pedazos.
El hombre encendió un cigarrillo. Su mano temblaba. ¡En qué tiempo, Dios mío! ¿En qué tiempo habría asistido a esa misma escena?
¿Y dónde?
Era una escena de caza. En el primer plano estaba el cazador con el arco tensado, apuntando hacia un matorral espeso. En un plano más profundo otro cazador acechaba entre los árboles del bosque, pero era apenas una vaga silueta, cuyo rostro se reducía a un contorno desvaído. Poderoso, absoluto -era el primer cazador, la barba violenta como un nudo de serpientes, los músculos tensos, en espera de que la presa se levantase para lanzarle la flecha.
El hombre respiraba con esfuerzo. Dejó vagar la mirada por el tapiz, que tenía el color verdoso de un cielo de tempestad. Envenenando el tono verde-musgo del tejido se destacaban manchas de un negro violáceo que parecían escurrir del follaje , deslizarse por las botas del caz ador y esparcirse por el suelo como un líquido maligno. El matorral en el cual la presa estaba escondida tenía también las mismas manchas, que tanto podían formar parte del diseño como ser simple efecto del tiempo devorando el paño.
-Parece que hoy todo está más próximo -dijo el hombre en voz baja. -Y cómo se.. . ¿Pe ro de veras n0 está diferente?
La vieja fijó más la mirada . Sacó los anteojos y volvió a ponérselos.
-No veo ninguna diferencia .
-Ayer no se podía ver si él había disparado o no la flecha...
-¿Qué flecha? ¿Está usted viendo alguna flecha?
-Aquel puntito ahí, en el arco...
La vieja suspiró.
-¿No será más bien un agujero de polilla? Mire ahí, la pared ya está a pareciendo; esas polillas acaban con todo -se lamentó, disfrazando un bostezo. Se apartó sin ruido con sus chinelas de lana. Esbozó un gesto distraído: -Quédese cuanto quiera, voy a hacer mi té.
El hombre dejó caer el cigarrillo. Lo aplastó muy despacio con la suela del zapato. Apretó los maxilares en una contracción dolorosa. Conocía ese bosque, ese cazador, ese cielo ¡conocía todo tan bien, tan bien! Casi sentía en las narices el perfume de los eucaliptos, casi sentía morderle la piel el frío húmedo de la madrugada, ¡ah, esa madrugada! ¿Cuándo? Había recorrido aquella misma vereda, había aspirado ese mismo vapor que bajaba denso del cielo verde... ¿O acaso subía del suelo? El cazador de barba encaracolada parecía sonreír perversamente embozado. ¿Habría sido ese cazador? ¿O el compañero allá adelante, el hombre sin cara espiando entre los árboles ? Un personaje de tapiz. ¿Pero cuál? Clavó la mirada en el matorral donde estaba escondida la presa . Sólo hojas, sólo silencio y hojas empastadas en la sombra. Pero detrás de las hojas, a través de las manchas, presentía el bulto jadeante de la presa. Se compadeció de aquel ser lleno de pánico, en espera de una oportunidad para seguir huyendo. ¡Tan cercano a la muerte! El más leve movimiento que hiciese y la flecha... La vieja no podía distinguirla, nadie podría percibirla, reducida como estaba a un puntito carcomido, más pálido que un grano de polvo suspendido en el arco
Enjugando el sudor de las manos, el hombre retrocedió algunos pasos. Le vino ahora una cierta paz, ahora que sabía que había formado parte de la cacería. Pero esa era una paz sin vida, impregnada de los mismos coágulos traicioneros del follaje. Cerró los ojos. ¿Y si hubiera sido e! pintor que hizo el cuadro? Casi todos los tapices antiguos eran reproducciones de cuadros. ¿Acaso no lo eran ? Había pintado el cuadro original y por eso podía reproducir, con los ojos cerrados, toda la escena hasta su más mínimo detalle: el contorno de los árboles, el cielo sombrío, el cazador de barba enmarañada, sólo músculos y nervios apuntando al matorral... "¡Pero si detesto las cacerías! ¿Por qué tengo que estar ahí dentro?"
Apretó el pañuelo contra la boca. La náusea. Ah, si pudiese explicar toda esa familiaridad repugnante, si pudiese al menos... ¿Y si fuese un simple espectador casual, de esos que miran y pasan? ¿No era una hipótesis? Podía entonces haber visto el cuadro en el original: la cacería no pasaba de ser una ficción. "Antes de la confección del tapiz..." murmuró, enjugando los huecos entre los dedos con el pañuelo.
Echó la cabeza para atrás, como si le jalaran los cabellos, ¡no, no estaba del lado de a fuera, sino allá dentro, enclavado en el escenario! ¿Y por qué todo parecía más nítido que la víspera, por qué los colores eran más fuertes a pesar de la penumbra? ¿Por qué la fascinación que se desprendía del paisaje venía ahora así, vigorosa, renovada...? Salió cabizbajo, los puños en el fondo de los bolsillos. Se detuvo medio acezante en la esquina. Sintió el cuerpo molido, los párpados pesados. ¿Y si se fuese a dormir? Pero sabía que no podría dormir, sentía ya el insomnio siguiéndolo en la misma marca de su sombra. Se levantó el cuello del abrigo. ¿Era real ese frío? ¿O era el recuerdo del frío del tapiz ? "¡Qué locura... Y no estoy loco", concluyó con una sonrisa desamparada. Sería una solución fácil. "Pero no estoy loco."
Vagó por las calles, entró a un cine, salió enseguida y cuando volvió a tener conciencia de si estaba frente al almacén de antigüedades, la nariz achatada contra la vitrina, intentando vislumbrar el tapiz allá en el fondo. Cuando llegó a su casa se tiró de bruces en la cama y permaneció con los ojos muy abiertos, fundidos en la oscuridad. La voz trémula de la vieja parecía venir de dentro de la almohada, una voz sin cuerpo, metida en chinelas de lana: "¿Qué flecha? No veo ninguna flecha..." Mezclándose a la voz llegó el murmullo de las polillas en medio de risitas. El algodón sofocaba las risas que se entrelazaron en una red verdosa, compacta, apretándose en el tejido con manchas que se escurrieron hasta el límite del marco. Se vio enredado en los hilos y quiso huir, pero el marco lo aprisionó entre sus brazos. En el fondo, allá en el fondo del foso, podía distinguir las serpientes enlazadas en el verdinegro. Palpó su quijada. "¿Soy el cazador?" Pero en el envés de la barba encontró la viscosidad de la sangre.
Despertó con su propio grito que se extendió dentro de la madrugada. Se enjugó e! rostro mojado de sudor. ¡Ah, aquel calor y aquel frío! Se arropó en las sábanas. ¿Y si fuese el artesano que trabajó en el tapiz? Podía verlo de nuevo, tan nítido, tan próximo que, si extendiese la mano, despertaría al follaje. Apretó los puños. Tendría que destruirlo, no era verdad que allende aquel trapo abominable había algo más, no pasaba de ser un rectángulo de paño sostenido por el polvo. ¡Bastaba soplarlo, soplarlo!
Encontró a la vieja a la puerta del almacén. Sonrió irónica:
-Hoy madrugó usted.
-Debe extrañarle, pero...
-Ya no me extraña nada, joven. Puede entrar, puede entrar; ya conoce e! camino..
"Conozco el camino", murmuró, siguiendo lívido entre los muebles. Se paró. Dilató las narices. ¿Y aquel olor de follaje y tierra, de dónde venía aquel olor? ¿Y por qué el almacén se fue empalideciendo, allá lejos? Inmenso, real, único, el tapiz comenzó a arrastrarse subrepticiamente por el piso, por el techo, engullendo todo con sus manchas verdosas. Quiso retroceder, se aferró a un armario, se tambaleó resistiendo todavía y extendió los brazos hasta la columna. Sus dedos se hundieron entre las ramas y resbalaron por el tronco de un árbol: ¡no era una columna, era un árbol! Lanzó de nuevo una mirada desorbitada: había penetrado en el tapiz, estaba dentro del bosque, los pies pesados de barro, los cabellos pegados de rocío. Alrededor todo inmóvil. Estático. En el silencio de la madrugada ni el piar de un pájaro, ni el rumor de una hoja . Se inclinó, jadeante. ¿Era el cazador? ¿O la presa? No importaba, no importaba, sabía apenas que tenía que seguir corriendo sin parar entre los árboles, cazando o siendo cazado. ¿O siendo cazado...? Apretó las palmas de las manos contra la cara ardiente, enjugó con el puño de la camisa el sudor que le escurría por el cuello. El labio agrietado vertía sangre.
Abrió la boca. Y recordó. Gritó y se sumergió en el matorral. Oyó el silbido de la flecha, atravesando el follaje, ¡el dolor !
"No...", gimió, de rodillas. Trató todavía de aferrarse al tapiz. Y rodó , encogido, apretándose el corazón con las manos.i . . . . s. çadaoAesó , encogido, apretándose el corazón con las manos.
17 marzo, 2021
Olga Orozco
¿Cómo le gustaría ser presentada?
Como Olga Orozco, nada más. Cuando hablan de “lírica” o de “maestra”, miro para otro lado, para ver a quién se dirigen.
¿Y si la llaman poetisa?
No, por favor, poetisa no. Yo fui la que introduje en la Argentina la denominación poeta para las mujeres. Ya cuando tenía dieciséis años me indignaba que dijeran poetisa; parece un género literario, indica la época en que las mujeres escribían por entretenimiento o por descarga psicológica, y se lo asocia a desmayos y puntillas. Poetisa no es una catalogación decente.
Siempre interesa el momento en que un escritor empezó a escribir, ¿lo recuerda?
Siempre digo que empecé a escribir cuando no sabía hacerlo todavía. Me inquietaban muchas cosas, era una niñita medrosa, bastante tímida, llena de preocupaciones por todos los fenómenos que me rodeaban y que nadie podía explicarme satisfactoriamente. Por ejemplo, me preocupaba si un pájaro desplegaba el cielo, ese tipo de cosas. Como no me daban respuestas convincentes, empecé a contestarme yo sola; ahí ya estaba cantada mi vocación. Mi madre anotaba algunas veces mis consideraciones acerca de esos fenómenos, mis diálogos con ella; pero cuando fui un poco mayor y empecé a tomar en serio lo que estaba diciendo y a escribir, me puse muy autocrítica, muy exigente, y ya no dije esas cosas en voz alta. A los quince años, mamá me dio un montón de papeles con las anotaciones de mi infancia; estaban mis diálogos y mis opiniones sobre todo lo que me rodeaba. Lamentablemente hice una pira con todo; ahora me gustaría tenerlos…
¿Y alguna vez encontró una respuesta un poco más satisfactoria?
No, todavía estoy buscándola.
¿Cuál es su primer recuerdo de la infancia?
Es un poco impresionante. Yo tendría dos años o dos años y medio. Es una corrida precipitada en brazos de alguien, por un campo amarillo… Corremos delante de una persona que es perseguida también; más atrás hay una mancha colorada… Una vez le conté esto a mi hermana mayor y me dijo lo que había pasado: “Te llevé al campo de girasoles frente a la casa donde vivíamos; había un toro y nos corrió. Junto con el toro corría un chico con una gorra colorada que estaba en el mismo campo. Saltamos una alambrada y a mí se me rajó la blusa, me lastimé y me salió mucha sangre”. Me deben haber impresionado mucho el esfuerzo de mi hermana por llevarme cargada y el vaivén de la corrida.
Siguiendo este supuesto orden cronológico de la charla, ¿qué libros la impresionaron en su infancia?
De chica me daban libros infantiles, pero yo me ocupaba de sacar de la biblioteca otros. Así, a los once años leí a los rusos, a Dostoievski, a Tolstoi. Después quedé mucho más prendida a la poesía. Lo que más me tocó fue la poesía española: Quevedo, San Juan de la Cruz, Santa Teresa… Más tarde sumé a los franceses: Rimbaud, Baudelaire, Nerval… Siempre fui fiel a mis amores, no deseché ninguno, fueron acumulándose. No recuerdo haber elegido mala literatura.
¿Y su primer poema?
Creo que lo compuse a los doce o trece años, por lo menos el primero digno de ser tenido en cuenta. Se refería a un jardín en otoño, a una caída de pétalos… Era simplemente la escritura de una niña; recuerdo el clima, pero no el poema.
¿Qué la lleva a escribir, el dolor o la felicidad?
Yo estoy con ese dicho de los españoles: “Boca que besa no canta”. Cuando he escrito la felicidad, es que la felicidad pasó, salvo en los relatos de infancia. Pero más que por el dolor, creo que mi poesía está movida por un afán de conocimiento por vías que no son las del razonamiento; escribo por afán de saber, para poder mirar un poco hacia el otro lado de este mundo. Es algo que nunca va a poder conocerse, pero hay ciertas intuiciones, ciertas sensaciones a las que trato de llegar a fondo.
En su obra hay una gran riqueza de imágenes, de elementos sensoriales y del subconsciente.
Sí, además hay muchas imágenes visuales. Me impresiona mucho la pintura; creo que si no hubiera sido poeta, habría sido pintora. Le envidio a la pintura la posibilidad de la simultaneidad; en la poesía, una visión es transcurso. La pintura pude esbozar tres cosas al mismo tiempo.
¿A quiénes admira en pintura?
Klee, Van Gogh, Goya, Velázquez, Rembrandt, el Bosco, Brueghel…
¿Conoció a Xul Solar?
Fuimos muy amigos. Mi primer horóscopo me lo hizo él. Los dos fuimos amigos de Oliverio Girondo, pasábamos días en la quinta de Oliverio en el Tigre… Madrugábamos y salíamos a recorrer el parque… Sabía muchísimo de la naturaleza; caminábamos con una lupa y me enseñaba sobre las plantas, los bichos, los insectos… Xul me hablaba en panlengua y neocriollo, dos lenguas que había inventado. Era un ser muy especial, tenía algo angélico y demoníaco a la vez.
¿Recuerda qué le decía el horóscopo de Xul Solar?
Me anunció mi matrimonio, un matrimonio impensable en ese momento. También me dijo cuánto tiempo iba a durar y cómo se iba a deshacer. Yo creo que más que astrólogo era vidente. Años después estudié astrología y me di cuenta de que, por las cosas que me predijo, era un vidente.
Usted también tuvo videncias…
Sí, pero les escapo un poco. En una época, les tiraba el tarot a los amigos, pero nunca lo hice comercialmente. Hace muchos años que lo dejé; tuve un sueño malo y pensé que la videncia daba una cierta omnipotencia ilusoria que había que desechar. La magia y sus alrededores suscitan fuerzas que pueden ser oscuras.
También conoció a Julio Cortázar…
Éramos muy jóvenes los dos. Lo conocí por un amigo, Daniel Devoto, cuando estábamos en la facultad. Fuimos a tomar el té al Richmond y Julio se sentó con nosotros a conversar. Después lo seguí viendo muchas veces, cada vez que yo iba a París o cuando él venía a Buenos Aires. Era muy extraño, bastante tímido, dulce, tierno, muy buen amigo, afectuoso… Una persona llena de encanto. Siempre recuerdo su poesía sobre Alejandra Pizarnik; de todos los poemas que escribió, ése es el que más me gusta. Deben ser ocho o diez líneas, es muy fresco.
¿Qué puede decirnos de Alejandra Pizarnik?
La conocí mucho. Yo tendría treinta y cuatro años, y ella, diecisiete o dieciocho. La conocí en un bar que se llamaba La Fantasma; se acercó y me preguntó si yo era yo. Me dio unos poemas que tenía, que correspondían al primer libro que publicó después. Ese libro lo hizo desaparecer porque no quedó conforme, se lo pidió a todas las personas a las que se lo había dado. Alejandra era muy especial; en una reunión trataba de ser el centro, brillante, conversadora, alegre, pero cuando se quedaba con las personas con las que tenía mucha confianza, se desmoronaba. Era sumamente angustiada, agónica casi por naturaleza. A mí me pedía certificados; cuando se sentía muy mal, me llamaba por teléfono a cualquier hora. Entonces, yo le daba certificados que decían, por ejemplo: “Yo, gran Sibila del Reino, certifico que a Alejandra Pizarnik no se le cruzará ninguna mala sombra, ningún pájaro negro se posará sobre su hombro, a su paso se abrirán todos los caminos luminosos, etc.”. Le duraban unos días, después me decía: “Bueno, ya se me gastó, haceme otro”.
La búsqueda de la poesía no podía calmar su angustia.
No, claro, porque ella lo esperaba todo de la palabra y muy poco de la vida en sí. Uno no puede construirse una casa permanente con la palabra, uno necesita muchas otras cosas.
¿Desde dónde se escribe, desde la conciencia o desde el subconsciente?
Bueno, no está demasiado claro, hay una especie de alternancia. Cuando empiezo a escribir siento que algo llama de pronto, como si llamara alguien a mi puerta a través de una frase, de una música, de un recuerdo, de una imagen visual. En ese momento siento que tengo el comienzo, y eso ya toma forma en la palabra. Es como si hubiera abierto una puerta… al final de una especie de corredor veo otra puerta, y esa puerta es la que va a ser la del poema. Entonces sé cómo cierra y cómo abre; el camino que tengo que recorrer es totalmente ignorado, va alternándose; hay elementos subconscientes, pero siempre reviso. Se ha dicho que soy surrealista, pero no lo soy sino como una actitud ante la vida, por la canalización de elementos oníricos o la creencia en otras realidades que no son solamente el aquí y ahora, y la exaltación de valores como la justicia, el amor, la libertad. Pero nunca hice automatismo como los surrealistas; si lo hiciera, no terminaría en poema sino en plegaria.
¿Se identifica con la frase “la literatura es la vida misma”?
Creo que están indisolublemente unidas, como están indisolublemente unidas también a la muerte. Creo que mi manera de luchar contra la muerte es la literatura. Claro que no la hago retroceder, pero uno supone que le hace trampa alternando los tiempos, haciendo ese tipo de cosas que yo hago a veces; pero un día nos va a alcanzar…
¿Cree en Dios?
Soy muy religiosa. También creo en la reencarnación, hago mezclas, tengo un exceso de fe.
¿Y el destino?
El destino no es una cosa predeterminada, única, sino algo en forma de abanico; se te presentan dos caminos, por ejemplo, elegís uno y ése se va abriendo en otro y en otro… Permanentemente se repite esto, pero el destino que no elegiste a veces tiene tanta importancia como el que elegiste.
Este entrevista fue realizada por Soledad Costantini (directora de Malba Literatura) y Mariana Bozetti, y publicada originalmente en el libro Literatura en Malba. Encuentros con escritores. Buenos Aires: Fundación Eduardo F. Costantini, 2004. La reproducimos aquí con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento de Olga Orozco.
10 diciembre, 2018
Clarice Lispector
Ya me aseguré en las manos de alguien por miedo. Ya he sentido tanto miedo, hasta el punto de no sentir mis manos.
Ya expulsé a personas que amaba de mi vida, ya me arrepentí por eso.
Ya pasé noches llorando hasta quedarme dormida. Ya me fui a dormir tan feliz, hasta el punto de no poder cerrar los ojos.
Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que ellos no existen. Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo tratando de descubrir quién soy. Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer.
Ya mentí y me arrepentí después. Ya dije la verdad y también me arrepentí.
Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar en silencio en un rincón. Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír. Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían.
Ya tuve ataques de risa cuando no debía. Ya rompí platos, vasos y jarrones, de rabia.
Ya extrañé mucho a alguien, pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar.
Muchas veces dejé de decir lo que pienso para agradar a unos, otras veces hablé lo que no pensaba para molestar a otros.
Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros.
Ya conté chistes y más chistes sin gracia, sólo para ver a un amigo feliz.
Ya inventé historias con finales felices para dar esperanza a quien la necesitaba. Ya soñé de más, hasta el punto de confundir la realidad.
Ya tuve miedo de lo oscuro, hoy en lo oscuro me encuentro, me agacho, me quedo ahí.
Ya me caí muchas veces pensando que no me levantaría, ya me levanté muchas veces pensando que no me caería más.
Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería. Ya corrí detrás de un carro, por llevarse lejos a quien amaba.
Ya he llamado a mi madre en el medio de la noche, huyendo de una pesadilla. Pero ella no apareció y fue una pesadilla peor todavía.
Ya llamé a personas cercanas de "amigos" y descubrí que no lo eran... a algunas personas nunca necesité llamarlas de ninguna manera y siempre fueron y serán especiales para mí...
No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre.
No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón!
No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente!
No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra. Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!
Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes.
Tengo un apetito voraz y los delirios más locos.
Pueden hasta empujarme de un acantilado que yo voy a decir:
- ¿qué más da? ¡amo volar!
04 febrero, 2017
Hebe Uhart
Así, en mi epitafio van a poner, como le pusieron a una mujer romana: “Fecit lenam” (tejió, era trabajadora).
03 febrero, 2017
Mariana Enriquez(Argentina,1973)
16 enero, 2017
María Bernardello: (Buenos Aires, 1972)
SI ES ASI, YO PUEDO CONSOLARTE
Corté el teléfono y estacioné a metros de un cartel que decía: yo soy el camino, la verdad y la vida. Bajé del auto y caminé despacio, sin rumbo, para cambiar de aire. Esta vez las cosas iban a ser distintas. Estaba decidida a no seguir soportando ese trabajo. Estaba decidida a no volver.
Un soplo de viento agitó un vestido colgado de una percha en un portón y entré. El vestido era rojo y lindo. La ropa colgada de percheros en un garaje bastante grande, apenas adaptado como local de ropa usada. Me recibió un hombre con delantal azul. Tenía shorts y unas zapatillas deportivas sin medias. Se le veían las piernas cortas y peludas. El pelo gris, engrasado, peinado hacia atrás. Miré alrededor, había un poco de todo: una cómoda con espejo redondo, algunas valijas de cuero, sombrillas de encaje con volados, un Perramus, unos mocasines Guido color crema y más ropa usada colgada en roperos sin puertas. La música que sonaba era preciosa, de películas célebres en francés. Canté Si ca je peut te consoler , de Jane Birkin.
Me gustó un traje de baño blanco, de ribetes azules, con cuadraditos que se dispersaban en el centro y se concentraban en el busto y la entrepierna. Era entero y se angostaba en la cintura. Agarré una pollera al bies, estampada con colores brillantes, con flores y rayas: fresca. Me sentí en otro mundo, entre el polvo y esa música de películas. Una mesa hacía de mostrador y dividía la habitación en dos. Del otro lado había más ropa apilada y una mujer, a la que no había visto, planchaba. Saqué de una percha una pollera tableada color tiza. El hombre empezó a silbar. Me puse la pollera por encima como para calcular el talle. El hombre me miró y me dijo:
-Te queda bien. Es muy hermosa. Si querés podes pasar al probador- me señaló la puerta entreabierta del baño.
-Es un lujo esto, ¿eh?
-¿Cómo?
-La música que escuchás, es un lujo.
-¿Te gusta? Es una colección- me dijo el hombre.
Me sentí bien. Canté Raindrops keep falling on my head. Me acerqué con la ropa al mostrador para pagar. Le di cien pesos al hombre para que me cobrara quince, pero no había suficiente cambio. Llamó a la planchadora y le pidió que fuera a buscar. Ella agarró el dinero y se fue.
Recorrí una vez más el lugar, la puerta doble abierta de par en par, el vestido rojo, los percheros. Me detuve en el baño, tan chic, rosa, con el espejo de marco dorado, largo y angosto y el aplique de luz destartalado. El hombre silbaba, yo cantaba bajito.
-¿Ves? Estos son todos míos.- me dijo señalando los discos casi nuevos. Grandes éxitos de Roberto Carlos, singles de Astrud Gilberto y Getz, y unas tentadoras ediciones limitadas de Jane Birkin y Sergé. Me mostró con entusiasmo las tapas y contratapas de cada disco, las fotos.
-¿Los querés? -me dijo- Si te ponés la malla, te los regalo.
Lo miré de reojo y entré al baño. La puerta no cerraba bien. Me desvestí con cuidado porque el piso estaba sucio y, como pude, colgué la ropa de un gancho. Me probé el traje de baño y me miré en el espejo. Me quedó justo. Me acomodé las tetas. Desde el espejo miré al hombre. Me puse de costado, me levanté el pelo y ajusté las tiritas, lo miré; me chupé un dedo y bajé la mano. No saqué la vista del espejo ni del hombre. Se le iba la lengua. Se manoseaba. La música había desaparecido. Deseé un beso, un beso. Me miré en el espejo. Vi llegar a la planchadora. El hombre se dio vuelta y se acomodó el short. Traté de cerrar mejor la puerta. Me vestí rápido y salí.
La planchadora había puesto la ropa en una bolsa y malhumorada me dijo:
-¿Los discos también?
-Sí, estos
-Son cinco pesos más -dijo-, acá no regalamos nada. Me dio el vuelto, lo guardé en el bolso y saqué el rouge. La planchadora puso los discos en otra bolsa. Mientras tanto me pinté los labios.
Me apuré hasta llegar al auto, metí todo en el baúl y arranqué en dirección a casa. Pensé en fumar, en bailar, en escuchar esa música.-


