10 septiembre, 2006

Otro cuento de Elena Garro(México,1916/1999)


Testimonios sobre Mariana(fragmentos)

Sí, Mariana era la simpleza misma, la docilidad. ¡Mira qué engaño! La primera vez que la vi fue en una fotografía que nos mostró Pepe a su regreso de París. Sabina y yo nos inclinamos sobre una instantánea banal en la que aparecía una muchacha con medias de lana, abrigo claro y cabellos rubios. Estaba recargada sobre el tronco de un árbol en un bosque brumoso.
—¿Es Mariana?
En la pregunta nuestra había un dejo de malicia. La muchacha de la fotografía parecía una modesta enfermera inglesa. Pepe recogió la foto molesto. Su conversación se había vuelto monótona a fuerza de intercalar frases de la desconocida. Ahora la misma fotografía continúa sobre el escritorio de Pepe, en el mío hubo otras iguales, quietas, y guardado en algún lugar un mocasín negro con hebilla de plata, como el de un lacayo. Eso me quedó de Mariana. La vida está hecha de pedazos absurdos de tiempo y de objetos impuros.
Mariana empezó en ese bosque ligeramente horrado por la bruma. Más tarde la vi muchas veces en las esquinas de mi ciudad y corrí tras ella sólo para perderla entre la multitud. ¡Soy un tonto! No advertía que llevaba los dos mocasines puestos y que ella se hubiera presentado con un pie descalzo, como en la noche del pacto. ¡Miento! No hubo pacto. Sólo un juego que ella inventó. Guardo también su promesa escrita: "Te esperaré en el cielo sentada en la silla de Van Gogh". No hablo en orden. ¿Cuál es el orden con Mariana?
"Con ella hay que imponerse. Si la llamas por teléfono mandará decir que no está en casa. Tú insiste", me recomendó Pepe cuando preparábamos el viaje a París. Era fastidioso escucharlo...
En la cubierta del barco que nos llevaba a Europa decidí conocerla. La decisión me dejó melancólico. Debo reconocer que la melancolía es mi estado natural, a pesar de que los teólogos la consideran un atentado contra la existencia divina. Pero no soy creyente. Los barcos me dan la impresión de no ir a ninguna parte, lo cual si pudiera realizarse sería la solución para mi vida. Aunque cualquier solución sería igualmente absurda. Vivir es un problema arduo y hallarse en el mar es sólo una pausa. Durante el viaje tomé el sol en la piscina y observé a las pasajeras. Meditaba en el próximo barco en el que vendrían mis padres acompañados de Tana. Mi matrimonio es indisoluble y para acallar el escándalo, Tana viajaba con mis padres. El mar me recordaba las islas, una isla sería el remedio para lo irremediable. Acodado a la barandilla de cubierta traté de imaginar la dichosa soledad del mar. Salíamos del otoño del sur para dirigirnos a la primavera de Europa y el mar se aclaraba en azules surcados de verdes como anuncios de la isla imaginaría.
La llegada a Francia fue lluviosa. Al atardecer, Sabina y yo nos encontramos en nuestra habitación del hotel, donde contemplamos las copas de los árboles que daban sus primeros brotes. Éramos dos extranjeros sin nada que decirnos y me llené de nostalgia. Recordé a Pepe y llamé a su amiga. "La señora Mariana no está en casa", me contestó una voz brusca de un español. Yo sabía que era Narciso, el cocinero. Unos días después, cenamos con su marido, Augusto. Le pregunté por Mariana.
—¿Qué?... No sé por qué no vino —contestó asombrado.
Sabina lo encontró buen mozo y a mí me pareció tan aburrido como cualquiera de nosotros. "Mariana me era profundamente antipática", me había confesado Pepe frente a su marido, pensé que ésa era la verdadera naturaleza de Mariana. Pepe tenía un lado abyecto.
No debí insistir en conocerla, pero a nuestra vuelta a París, después de cinco semanas en Italia volví a llamarla muchas veces.
—Mira que tu mujer es esquiva —le dije a Augusto cuando cenamos una noche con él.
—Tiene un resfrío... y no anda bien de los nervios.
No imaginé que mi frase provocaría que la propia Mariana llamara al día siguiente, para proponer que cenáramos juntos esa misma noche. Yo debía cenar con Tana y con mis padres y me fui del hotel unos minutos antes de la cita con Augusto y con Mariana. Vencido por la curiosidad volví al hotel de improviso. En el vestíbulo, instalados en una conversación indolente encontré a Augusto y a Sabina. Frente a ellos una muchacha rubia envuelta en un abrigo blanco guardaba silencio. Era Mariana. Sabina se disgustó al verme.
—Olvidé las llaves del coche... —mentí.
Mariana me tendió una mano salpicada de pecas. Debía retirarme y desde la administración esperé el momento en que salían del hotel y alcancé a la muchacha que caminaba a la zaga de mi mujer y de su marido.
—Llámame al Claridge. Al cuarto 601 y dime en qué restaurante están —le dije riendo.
—¿Por qué no se lo pides a tu mujer? —me contestó con frialdad.
Me ofendió su respuesta impertinente. Pepe había olvidado decirme que Mariana parecía una deportista y que era pecosa. Respiraba salud aunque se cubriera con ese abrigo blanco en desacuerdo con la tibieza de la noche.
En el Claridge me esperaban mis padres acompañados de Tana. El teléfono sonó inmediatamente y mi madre me pasó el aparato.
—Estamos en el Ramponeau —dijo la voz de Mariana.
Abandoné a mi amante y a mis familiares. No supe las catástrofes que estaba provocando. En el restaurante Mariana se aburría. Volví a mentirle a Sabina y riendo ocupé un lugar vecino al de la muchacha. Augusto y mi mujer hablaban sobre la arquitectura moderna, que podía resumirse en dos palabras: socialista y funcional.
—No estoy de acuerdo. No somos insectos para que nos encierren en hormigueros o colmenas —dijo repentinamente Mariana.
—¡Cállate! —ordenó Augusto.
La orden cayó en la mesa como un manotazo desagradable. Mariana levantó su copa y la observó atenta. Llevaba un traje de jersey color azul celeste, de cuello alto, cerrado con un broche de oro. Sabina reanudó la conversación y de la arquitectura pasaron a Picasso.
—A mí me gusta Watteau —dijo Mariana.
La miré con una admiración fingida y le tomé una mano tostada por el sol:
—¡Somos almas gemelas! —exclamé.
Retiró la mano y leí en sus ojos la acusación: "¡Farsante!" Cuando salíamos del restaurante le pregunté por qué me había llamado al hotel.
—Porque tu mujer te obligaba a ir adonde no querías.
—¿Cómo lo supiste?
—A mí me sucede lo mismo.
Sentí vergüenza; estaba con nosotros obligada por Augusto. Guiados por su marido, fuimos a la Rhumerie Martiniquaise, lugar que horrorizó a Sabina. En el fondo del local oscuro ocuparnos una mesa adosada a la pared. Mariana quedó a mi izquierda separada de los otros dos. El café estaba invadido por jóvenes ruidosos y mal vestidos. Sus voces incoherentes se levantaban en el humo anunciando a gritos los lugares comunes de la cultura y de la revolución. El ambiente era perturbador. Fue entonces cuando ocurrió algo imprevisto: frente a Mariana surgió un hombrecillo viejo y harapiento que la señaló y me señaló con un dedo:
—Ustedes dos se van a enamorar —anunció.
El viejo desapareció y Mariana se echó a reír. Augusto se volvió inquieto:
—Es un vago que entra a los cafés y predice la suerte —nos explicó.
Una vez a solas en mi habitación creí sentirme triste. Siempre fui sentimental, "como los inútiles o los crueles", me explicó más tarde Mariana. Hablar de ella en un orden cronológico es difícil. Ahora sólo podría afirmar: ¿Mariana? es la mujer que me amó... Aunque puedo afirmar lo contrario: ¿Mariana? es la mujer que jamás me amó... Vivo bajo la impresión de que no existió nunca y de que nunca la amé. Tal vez su recuerdo me incomoda, aunque hay instantes que regresan y entonces veo que ambos quedamos escritos en el tiempo, como esas palabras escritas con tinta secreta y que sólo mediante determinada substancia resultan legibles, a pesar de aparecer en un papel en blanco o de llevar visible otro mensaje. Así, de pronto se reproduce la primera tarde en que salimos juntos. La esperé en una placita vecina de su casa y la vi venir corriendo hacia mí. Bajé del auto para recibirla en mis brazos, pero ella se esquivó y se introdujo veloz en el asiento junto al volante:
—¡Vamonos! Ahí viene... —gritó.
Un hombre rubio parecido a ella corría por la avenida sombreada de castaños en dirección nuestra. Eché a andar el automóvil y me alejé.
—¿Quién es?
—¡Mi sombra! No soporto que me amen. Te hacen sentir un criminal. Y son ellos los criminales —afirmó convencida.



Narradora y dramaturga mexicana. Nació en Puebla en 1916. Pasó su infancia en Iguala. En 1937 se casó con Octavio Paz y viajó con él y otros escritores mexicanos a Valencia, España para participar en el Congreso de escritores Antifascistas. Más tarde se divorció de Paz con quien tuvo a su hija Helena. En 1968 se exilió en Europa en donde pasó casi treinta años. Entre su obra teatral cabe mencionar: Un hogar sólido (piezas en un acto), La señora en su balcón y Felipe Ángeles. Todas sus obras dramáticas han sido representadas con éxito en México y en el extranjero. Como narradora escribió novela y cuento. Sus novelas más importantes son: Los recuerdos del porvenir, Y Matarazo no llamó, Inés, Recuento de personajes y Testimonios sobre Mariana. Sus libros de cuentos más destacados son: La semana de colores y Andamos huyendo Lola. Estilísticamente se le ha ubicado dentro del realismo mágico y de la literatura fantástica.

editorial Grijalbo-Mondadori, 1981.

28 julio, 2006

Liliana Heker (Buenos Aires, 1943)


audio del cuento

Cuando todo brille

Todo empezó con el viento. Cuando Margarita le dijo a su marido aquello del viento. El ni atinó a cerrar la puerta de su casa. Se quedó como conge­lado en la actitud de empujar, el brazo extendido hacia el picaporte, los ojos clavados en los ojos de su mujer. Pareció que iba a perpetuarse en esta si­tuación pero al fin aulló. Fue sorprendente. Du­rante varios segundos los dos permanecieron estáticos, estudiándose, como si trataran de confirmar en la presencia del otro lo que acababa de suceder. Hasta que Margarita rompió el sortilegio. Con fa­miliaridad, casi con ternura, como si en cierto mo­do nada hubiera pasado, apoyó una mano en el brazo de su marido para mantener el equilibrio mientras con la otra mano daba un suave empujón a la puerta y, con el pie derecho y un patín de fiel­tro, eliminaba del piso el polvo que había entrado.
—¿Cómo te fue hoy, querido? —preguntó.
Y lo preguntó menos por curiosidad (dadas las circunstancias no esperaba una respuesta, y tam­poco la obtuvo) que por restablecer un rito. Nece­sitaba comunicarse cifradamente con él, transmitirle un mensaje mediante su pregunta habitual de todos los atardeceres. Todo está en orden sin embar­go. Nada ha pasado. Nada nuevo puede pasar:
Acabó de limpiar la entrada v soltó el brazo de su marido. El se alejó muy rápido camino del dor­mitorio y le dejó la impresión que deja en los dedos una mariposa a la que se ha tenido sujeta por las alas y a la que de pronto se libera. No había usado los patines para desplazarse; así pudo verificar Margari­ta que su marido estaba furioso. Sin duda exageraba: ella no le había pedido que se arrojara desnudo desde lo alto del obelisco al fin y al cabo. Pero no le dijo nada. Con sus propios patines fue limpiando las marcas de zapatos que él había dejado. Sin embargo al dormitorio no entró: sabía que mejor es no echarle leña al fuego. Justo en la puerta desvió su trayectoria hacia la cocina; más tarde encontraría el momento oportuno para hablarle del viento.
Ya había terminado de preparar la cena (al principio, sólo por complacerlo y a pesar de que era miércoles había pensado en unos bifes con pa­pas fritas, pero enseguida desistió: la grasa vapori­zada impregna las alacenas, impregna las paredes, impregna hasta las ganas de vivir; si una la deja desde un miércoles hasta un lunes, que es el día de la limpieza profunda, la grasitud tiene tiempo de pe­netrar hasta el fondo de los poros de las cosas y se queda para siempre; de modo que al fin Margarita sacó una tarta de la heladera y la puso en el horno) y estaba tendiendo la mesa cuando oyó que su ma­rido entraba al baño. Un minuto después, como un buen agüero, el alegre zumbido de la ducha resonaba en la casa.
Era el momento de ir al dormitorio. Apenas en­tró, Margarita pudo comprobar que él había dejado todo en desorden. Cepilló el saco, cepilló el pantalón, los colgó, hizo un montoncito con la camisa y las medias, y fue a golpear la puerta del baño.
—Voy a entrar, querido —dijo con dulzura.
El no contestó, pero canturreaba. Margarita se llevó la camiseta y los calzoncillos y los agregó al montoncito. Lavó todo con entusiasmo. Cuando cerró la canilla lo oyó a él, en el living, tarareando el vals Sobre las olas. La tormenta había pasado.
Sin embargo recién a la mañana siguiente, mientras tomaban el desayuno, medio riéndose como para restarle importancia a la escena del día anterior, Margarita mencionó lo del viento. Una bobada, ella estaba dispuesta a admitirlo, pero costaba tan poco, ¿sí? El no tenía que pensar que eso le iba a complicar la vida de algún modo. Sim­plemente, ella le pedía que cuando el viento sopla­ba del norte él entrara por la puerta del fondo que daba al sur; y cuando soplaba del sur, entrara por la puerta del frente, que daba al norte. Un capri­chito, si a él le gustaba llamarlo así, pero la ayudaría tanto, él ni se imaginaba. Ella había notado que, por más que barriera y lustrara, el piso de la entrada siempre se llenaba de tierra cuando había viento norte. Por supuesto, él podía entrar por donde se le antojase cuando el viento soplara del este o del oeste. Y ni que hablar de cuando no ha­bía viento.
—Vio mi salvaje, vio mi protestón que no era para hacer tanto escándalo —dijo.
Rió traviesamente.
Él se puso de pie como quien va a pronunciar un discurso, gargajeó con sonoridad, casi con de­lectación. Después inclinó levemente el torso, es­cupió en el suelo, recuperó su posición erguida y, con pasos mesurados, salió de la cocina.
Margarita se quedó mirando el redondel, refulgente a la luz del sol matinal, como se debe mi­rar a un diminuto ser de otro planeta sentado muy orondo sobre el piso de nuestra cocina. Una puer­ta se cerró y se abrió, unas paredes retumbaron, pasos cruzaron la casa, otra puerta se cerró con es­trépito. El cerebro de Margarita apenas detectó estos acontecimientos. Toda su persona parecía converger hacia el pequeño foco del suelo. Foco in­feccioso. La expresión aleteó livianamente en su ca­beza, se expandió como una onda, la inundó. En los colectivos, cuando la gente tose desparrama invisibles gotitas de saliva, cada gotita es portadora de millares de gérmenes, cuántos gérmenes hay en... Millares de millones de gérmenes se agitaron, se refocilaron y brincaron sobre el mosaico rojo. Mecánicamente Margarita tomó lo primero que tuvo a mano: una servilleta. De rodillas en el piso se puso a frotar con energía el mosaico. Fue inútil: por más que frotaba la zona pegajosa resaltaba co­mo un estigma. Gérmenes achatados arrastrándose como amebas. Margarita dejó la servilleta sobre la mesa y fue a embeber una esponjita en detergente. Friccionó el mosaico con la esponjita y echó un balde de agua. Iba a secar el piso cuando se quedó paralizada. ¿Había estado loca ella? ¿No había usado una servilleta para? Dios mío, con lo fácil que es llevarse una servilleta a los labios. La tomó por una punta y la contempló con pavura. ¿Qué haría ahora? Lavarla le pareció poco prudente de modo que llenó una cacerola con agua, la puso al fuego, y echó la servilleta adentro.
Estaba friccionando la mesa con desinfectante (la servilleta había estado largo tiempo en contacto con la mesa) cuando sonó el teléfono. Fue a aten­der y apenas traspuso la puerta del dormitorio cap­tó algo inusual, algo que se le manifestó bajo la forma de una opresión en el pecho y cuya realidad no pudo constatar hasta que colgó el teléfono y abrió la puerta del placard. Entonces sí lo supo con certeza, la ropa de él no estaba, muy bien, se había ido, maravillosamente bien, ¿iba a llorar ella por eso? No iba a llorar. ¿Iba a arrancarse los pelos y tirarse de cabeza contra las paredes? No iba a arrancarse los pelos y mucho menos iba a tirarse de cabeza contra las paredes. ¿Acaso un hombre es algo cuya pérdida hay que lamentar? Tan desproli­jos como son, tan sucios, cortan el pan sobre la mesa, dejan las marcas de sus zapatos embarrados, abren las puertas contra el viento, escupen en el suelo y una nunca puede tener su casa limpia, el cuerpo, una nunca puede tener su cuerpo limpio, de noche son como bestias babosas, oh su aliento y su sudor, oh su semen, la asquerosa humedad del amor, por qué, Dios mío, Tú que todo lo podías, por qué hiciste tan sucio el amor, el cuerpo de tus hijos tan lleno de inmundicia, el mundo que creaste tan colmado de basura. Pero nunca más. En su casa nunca más. Margarita arrancó las sábanas de la cama, sacó las cortinas de sus rieles, levantó las alfombras, removió almohadones, apiló carpetas.
Margarita fregó y sacudió y cepilló hasta que se le enrojecieron los nudillos y se le acalambraron los brazos. Lavó paredes, enceró pisos, bruñó metales, arrancó resplandores solares de las cacerolas, otor­gó un centelleo diamantino a los caireles, bañó co­mo a hijos adorados a bucólicas pastoras de porce­lana, pulió maderas, perfumó armarios, blanqueó opalinas, abrillantó alabastros. Ya las siete de la tarde, como un pintor que le pone la firma al cua­dro con que había soñado toda su vida, empuñó el escobillón y lo sacudió en el tacho de basura.
Después respiró profundamente el aire em­balsamado de cera. Echó una lenta mirada de sa­tisfacción a su alrededor. Captó fulgores, paladeó blancuras, degustó transparencias, advirtió que un poco de polvo había caído fuera del tacho al sacu­dir el escobillón. Lo barrió; lo recogió con la pala, vació la pala en el tacho. De nuevo sacudió el esco­billón, pero esta vez con extrema delicadeza, para que ni una mota de polvo cayera afuera del tacho. Lo guardó en el armario e iba a guardar también la pala cuando un pensamiento la acosó: la gente sue­le ser ingrata con las palas; las usa para recoger cualquier basura pero nunca se le ocurre que un poco de esa basura ha de quedar por fuerza adheri­da a su superficie. Decidió lavar la pala. Le puso detergente y le pasó el cepillo, un líquido oscuro se desparramó sobre la pileta. Margarita hizo correr el agua pero quedaba como una especie de encaje negro en el fondo. Lo limpió con un trapo enja­bonado, enjuagó la pileta y lavó el trapo. Enton­ces se acordó del cepillo. Lo lavó y se volvió a en­suciar la pileta. Fregó la pileta con el trapo y se dio cuenta de que si ahora lavaba el trapo en la pileta esto iba a ser un cuento de nunca acabar. Lo más razonable era quemar el trapo. Primero lo se­có con el secador del pelo y después lo sacó a la ca­lle y le prendió fuego. Justo cuando entraba a la casa vino un golpe de viento norte y Margarita no pudo evitar que algo de ceniza entrara en el living.
Era mejor no usar el escobillón, ahora que ya estaba limpio. Utilizó un trapito con un poco de cera (con los trapitos siempre queda la posibilidad de prenderles fuego). Pero fue un error. El color quedaba desparejo. Lustró, extendió la cera a una zona más amplia: todo fue inútil.
Aproximadamente a las cinco de la mañana los pisos de toda la casa estaban rasqueteados pero un polvo rojo flotaba en el aire, cubría los muebles, se había adherido a los zócalos. Margarita abrió las ventanas, barrió (ya encontraría el momento de limpiar el escobillón y en el peor de los casos podía tirarlo), estaba terminando de lavar los zócalos cuando advirtió que un poco de agua se había de­rramado. Miró con desaliento las manchas de hu­medad en el suelo, le faltaban fuerzas, por el color del cielo debían ser casi las siete de la mañana. De­cidió dejar eso para más tarde, con buena suerte no iba a tener que rasquetear todos los pisos otra vez. Se tiró en la cama vestida (no olvidarse, después, de cambiar nuevamente las sábanas) y se durmió de inmediato pero las manchas húmedas se expandie­ron, se ablandaron, extendían sus seudópodos. La atraparon. Eran una ciénaga donde Margarita se hundía, se hundía. Se despertó sobresaltada. No había dormido ni media hora. Se levantó y fue a ver las manchas: ya estaban bastante secas pero no habían desaparecido. Rasqueteó la zona pero nun­ca quedaba del mismo color. Un ligero desvaneci­miento la hizo caer; abrió soñadoramente los ojos, vislumbró las vetas blancuzcas y dio un suspiro; calculó que no había comido nada en las últimas veinticuatro horas.
Se levantó y fue a la cocina. Una comida ca­liente tal vez la haría sentir mejor pero no: después hay que lavar las ollas. Abrió la heladera e iba a sa­car una manzana cuando la invadió una ola de te­rror: no había barrido el polvo del rasqueteo y las ventanas estaban abiertas. Retiró con brusquedad la mano de la heladera y tiró una canastita con huevos. Observó el charco amarillo que se dilata­ba lenta y viscosamente. Creyó que iba a llorar. De ninguna manera: cada cosa a su tiempo. Ahora, a barrer el polvo del rasqueteo; ya le llegaría su tur­no al piso de la cocina, no hay como el orden. Bus­có el escobillón y la pala, fue hasta el living y cuando estaba por ponerse a barrer, reparó en las suelas de sus zapatos; sin duda no estaban limpias: habían trazado sobre el parquet un discontinuo senderito de huevo. A Margarita casi le dio risa verse con el escobillón y la pala. Polvo del rasqueteo, murmuró, polvo del rasqueteo. Recordó que todavía no había comido nada, dejó el escobillón y la pala y se fue pa­ra la cocina.
La manzana estaba en el centro del charco amarillo. Margarita la alzó, ávidamente le dio unos mordiscos, y de golpe descubrió que era absurdo no prepararse una comida caliente, ahora que todo estaba un poco sucio. Puso la plancha sobre el fuego, peló papas (era agradable dejar que las largas tiras en espiral se hundieran esponjosamente en las yemas y las claras ahora que las cosas habían em­pezado a ensuciarse y de cualquier manera habría que limpiar todo más tarde). Puso un bife sobre la plancha y aceite en la sartén. La grasa se achicha­rró alegremente, las papas chisporrotearon, Margarita se dio cuenta de que se había olvidado de abrir la ventana de la cocina pero de cualquier mo­do era demasiado tarde: la grasa vaporizada ya ha­bía penetrado en los poros de las cosas, y en sus propios poros, había impregnado su ropa y su pelo, espesaba el aire. Margarita aspiró profundamente. El olor de la carne y de lo frito entró por su nariz, la anegó, la hizo enloquecer de deleite.
La impaciencia puede volver a la gente un po­co torpe. Algo de aceite se le volcó a Margarita al sacar las papas; ella disimuladamente lo desparra­mó con el pie, sacó el bife, se le cayó al suelo, al le­vantarlo la cercanía, el contacto, el maravilloso aroma de la carne asada la embriagaron: no pudo resistir darle algunas dentelladas antes de colocarlo en el plato.
Comió con ferocidad. Puso las cosas sucias en la pileta pero no las lavó: tenía mucho sueño, ya llegaría el momento de lavar todo. Abrió la canilla para que el agua corriera y se fue para el dormito­rio. No llegó. Antes de salir de la cocina el aceite de las suelas la hizo patinar y cayó al suelo. De cualquier manera se sentía muy cómoda en el sue­lo. Apoyó la cabeza en los mosaicos y se quedó dormida. La despertó el agua. Ligeramente acei­tosa, el agua serpenteaba por la cocina, se ramificaba en sutiles hilos por las junturas de los mosai­cos y, adelgazándose pero persistente, avanzaba hacia el comedor. A Margarita le dolía un poco la cabeza. Hundió su mano en el agua y se refrescó las sienes. Torció el cuello, sacó la lengua todo lo que le fue posible, y consiguió beber: ahora ya se sentía mejor. Un poco descompuesta, nomás, pero le faltaban fuerzas para levantarse e ir al baño. To­do estaba ya bastante sucio de todos modos. No de­bía ensuciarse el vestidito. Margarita tenía seis años y no debía ensuciarse el vestidito. Ni las rodillas. Debía tener mucho cuidado de no ensuciarse las rodillas. Hasta que al caer la noche una voz grita­ba: ¡a bañarse!, entonces ella corría frenéticamen­te al fondo de la casa, se revolcaba en la tierra, se llenaba el pelo y las uñas y las orejas de tierra, ella debía sentir que estaba sucia, que cada recoveco de su cuerpo estaba sucio para poder hundirse des­pués en el baño purificador, el baño que arrastrará toda la mugre del cuerpo de Margarita y la dejará blanca y radiante como un pimpollo. ¿Hay pimpo­llos de margarita, mamá? Sintió una inefable sen­sación de bienestar. Se corrió un poco del lugar donde estaba tendida y tuvo ganas de reírse. Su dedo señaló un lugar, próximo a ella, sobre el suelo. Caca, dijo. Su dedo se hundió voluptuosamente y después escribió su nombre sobre el suelo. Marga­rita. Pero sobre el mosaico rojo no se notaba bien. Se levantó, ahora sin esfuerzo, y escribió sobre la pared. Mierda. Firmó: Margarita. Después envol­vió toda la leyenda en un gran corazón. Una co­rriente en la espalda la hizo estremecer. El viento. Entraba por las ventanas abiertas, arrastraba el polvo de la calle, arrastraba la basura del mundo que se adhería a las paredes y a su nombre escrito en las paredes y a su corazón, se mezclaba con el agua que corría en el comedor, entraba por su na­riz y por sus orejas y por sus ojos, le ensuciaba el vestidito.
Cinco días después, un luminoso día de sol con el cielo gloriosamente azul y pájaros cantando, el marido de Margarita se detuvo ante un puesto de flores.
—Margaritas —le dijo al puestero—. Las más blancas. Muchas margaritas.
Y con el ramo enorme caminó hasta su casa. Antes de introducir la llave hizo una travesura, un gesto pícaro y colmado de amor, digno de ser contemplado por una esposa amante que estuviera espiando detrás de los visillos: se chupó el dedo índi­ce y, levantándolo como un estandarte, analizó la dirección del viento. Venía del norte. De modo que el hombre, dócilmente, alegremente, pala­deando de antemano el inigualable sabor de la reconciliación, dio la vuelta a su casa. Silbando una canción festiva abrió la puerta. Un chapoteo blan­do, gorgoteante, le llegó desde la cocina.

24 julio, 2006

Rocío Uchofen (Perú-Lima,1972- Nueva York 2005)


La Biblioteca de Borges*

Aprendí a vivir prudentemente en el silencio cuando, a causa de una tiroidectomía que, según los médicos, me salvaría del cáncer, mis cuerdas vocales se dañaron y por ende la voz se me debilitó. Yo era muy niña, de por sí muy retraída; fue fácil acostumbrarme a esa nueva experiencia. Me refugié en los libros y empecé desde ese entonces a subsanar mi limitación mientras experimentaba la fortaleza del lenguaje escrito. Ustedes no me conocen, nunca han reparado en mí. Yo soy la muchacha que pasa imperceptible por las calles, la que se escurre silenciosa en las clases magistrales, en la multitud de las conferencias, o los recitales literarios. La que va a todos lados con aquella sudadera impecablemente blanca, cuyos puños mi madre ha zurcido varias veces y apenas me cubren las muñecas, soy la que lleva esos jeans gastados y vueltos a teñir, mientras mis tobillos frágiles se muestran cubiertos por la transparencia de las medias de nylon y mis pies se moldean a los mocasines que me ayudan a caminar con más sigilo de lo natural. Ustedes apenas reparan en mí. No les atraigo. Soy una paria a quien se soporta como se soportan a todos las extrañezas de este país. No soy interesante, no aparento inteligencia notable, ni soy bonita. Vivo en mi mundo extraño, usualmente pierdo la voz, no puedo gritarle al conductor del autobús que la siguiente esquina es mi parada y tengo que esperar, silenciosa, a que alguien por fin avise que se baja varios bloques más allá, para seguirlo y abandonar el vehículo, reconocer la calle y caminar de regreso hacia mi destino original. Soy otra de las tantas que deambulan de día por las veredas ruinosas y sucias de esta ciudad. Ustedes se quedarían admirados si yo les contase que escribo. No lo creerían, no calzo en el clisé, no tengo el tipo; es más, si se cruzan conmigo en la calle, pueden que me tachen hasta de analfabeta o me clasifiquen en el conjunto amontonado de las seguidoras de la telenovela de las ocho. Sin embargo, señores, ¿qué pensarían de mí si yo les hablara de mi amistad con Borges?, si les contara de la sutil sabiduría en el oficio que me inculca en cada encuentro, de las horas interminables de intercambio de ideas, de lo infinito de un consejo práctico y sin palabras.
“Borges está muerto”, sentenciará uno de ustedes, a la vez que dé vuelta a la página. Borges está muerto, sí, no lo ignoro. Yo no vivo en Borges, ni Borges vive en mí. Los muertos jamás dejan de ser si nosotros no los dejamos. Por tanto, “él es”, así como suena la sentencia, sin ningún susto o aspaviento. Se le puede ver fluir claramente en la bruma cerrada al final de aquellas noches impolutas de recuerdos significativos o edificantes. El ascenso a lo perfecto no es irreal ni soñado. Los límites hexagonales de horizontalidad me enmarcan en el área etérea de silencios estelares. Puedo ascender o bajar por la multitud de niveles de acuerdo a lo que estoy buscando. Borges siempre aparece en alguno de esos pasadizos solitarios, conoce cada punto cósmico del lugar, reconoce a través de su invidencia cada escalón en su perfecta simetría con el todo conceptual, es éste el que sostiene el devenir de su presencia en el engranaje general del universo. ¿Qué si soy la única visitante allí? No lo sé, hay demasiada sabiduría para perder un momento y mirar alrededor. Yo sólo veo a Borges y él me guía con suficiencia hacia la solución de la interrogante existencial que me ha llevado a iniciarle la conversa. No es una relación fácil. A veces me atemoriza. Por ejemplo, muchas veces me ha llevado casi paternalmente de la mano hacia elucubraciones teóricas laberínticas, para luego dejarme divagar en el centro mismo del embrollo, sin ninguna ayuda ni pista para encontrar aquél hilo de Ariadne que me permita unir silogismos de apariencias distintas, cuya respuesta exquisita y fascinante me lleve a la contemplación serena de la maravilla del conocimiento real. Todo unido a una angustia inenarrable de nunca hallar la salida, de perderme y no regresar jamas al mundo donde me esperan mi cuerpo y mi madre. Otras veces ha querido aterrarme con historias imposibles, las ha pronunciado con las palabras necesarias para que luego estén dando vueltas en mi cabeza. He sentido que, tras la despedida, cuando vuelvo a la concretización de las ideas, él ha querido irse conmigo y muchas veces se ha adueñado de mi voz interna para repetir hasta el cansancio temas y argumentos que yo no quiero escribir. Sin embargo, en la oscuridad de la noche palpable y cotidiana, cuando abro mis ojos a las tinieblas y rememoro lo aprendido en La Biblioteca estelar, no me arrepiento. Entonces, con el ánimo de quien llega a casa luego de una jornada beneficiosa y fructífera, me preparo a reponer las fuerzas, me envuelvo en las sábanas, me acuesto de lado. Borges debe estar sonriendo maliciosamente entre los estantes de La Biblioteca. Mi ser vuelve al encierro corporal y a los límites inefables de la sabiduría humana. De cuando en cuando creo sentir dolores intensos de cabeza o en el estómago, pero no hay nada como el mantra de repetir los últimos versos de algún poema renacentista, o elucubrar nuevas paradojas difícilmente refutables para vencer a Borges en una nueva ocasión. Todo eso me ayuda a conciliar el sueño. En el silencio de aquellas noches húmedas, he creído escuchar el sollozo de mi madre en las otras habitaciones, como un alma que se queja y vaga silenciosa de cuarto en cuarto, sé lo que murmura su voz quebrada, sé que sufre. Vuelvo a mi mantra del día para acallar una verdad que necesito negar, que no acepto, que realmente no cuenta en la Biblioteca estelar. Pero el cáncer me vence, dicen los sollozos maternos, que el cáncer me está acabando. Entonces, a pesar de mi concentración extrema, regresa a mi cuerpo el dolor.


difundido por cuentos peruanos contemporáneos

(Lima 1972-2005) Fue miembro de la Asociación Cultural Libro Abierto. Graduada de la facultad de Lingüística y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha participado en encuentros y coloquios como el "Segundo encuentro de escritores jóvenes" organizado por la APPAC en 1991 o el I Encuentro de Narradoras en la PUCP (organizado por la revista Vanaguardia) Sus cuentos y poemas se han publicado en varias antologías de América y Europa. Ha publicado el poemario Liturgias Clandestinas y el libro de cuentos Odalia y otros sin esquina. Actualmente radica en Nueva York desde donde dirige el web site HÍBRIDO LITERARIO y estudia un Master en Literatura Inglesa.

24 junio, 2006

Magalí García ( Puerto Rico,1946)



"Tío Sergio se quedó callado luego, y recorrió con la mirada la galería, el viejo armario de caoba donde se guardaban los trastes grandes de cocina, las ollas enormes para hervir pasteles en Navidad, las sartenes para freír plátanos para treinta personas, el fregadero donde Mamá lavaba los pollos recién pelados y el enrejillado de madera que daba al patio de atrás, por donde llegaba ahora el atardecer sobre y palomar, y dijo pensativo: “A la verdad que los colores de acá son distintos, tan distintos. Allá en Nueva York no hay atardeceres así, son bonitos, pero es otra cosa.
(...)

Era un sentir tan de susto y a la vez tan placentero andar con Tío Sergio a casa de Don Gabriel.  Sentíamos al cuello el resoplido, el calor de las palabras de coraje y los regaños que recibiríamos si nos cogían in fraganti.  Pero no podíamos evitar el altruista gesto, el dramático gesto, el retador gesto de acompañar al Tío como en secreta cofradía, a la casa del Nacionalista ese, de la mujer perdida esa, del hijo natural ese –porque allí no se salvaba nadie del rechazo de mi familia y mi clase—y tomar café con ellos, y sentarnos en el  balcón un poco temerosos pero desafiantes, un poco a escondidas, no dejando  ver nuestro rostros desde la 
calle, sentándonos de soslayo, pero sentándonos”


de "Felices días, tío Sergio" (1987)


Escritora puertorriqueña. Magali García Ramis ingresó en 1964 en la Universidad de Puerto Rico, en la que obtuvo el bachillerato en historia, y poco después empezó a publicar colaboraciones en el diario español El mundo.
En 1968 se trasladó a Nueva York para estudiar periodismo en la Universidad de Columbia. En 1971, de regreso a Puerto Rico, empezó a trabajar para El imparcial y para la revista literaria Avance y a escribir sus primeros cuentos. Tras una corta estancia en México, y de nuevo en Puerto Rico, ejerció desde 1977 la docencia en la Escuela de Comunicaciones de Puerto Rico. Es además habitual colaboradora en la prensa de su país.
Entre las obras de Magali García Ramis destacan las colecciones de cuentos La familia de todos nosotros (1976), sobre los cambios que traen las nuevas generaciones en las familias, y Las noches del Riel de oro (1995); la colección de ensayos La ciudad que me habita (1993); y la novela Felices días, tío Sergio (1987)
Ésta última, su obra más traducida y premiada, relata la historia de Lidia, una niña que se cría en una familia de la clase media puertorriqueña, la cual se mueve entre identidades contradictorias: la propia cultura puertorriqueña, la herencia europea y el modelo norteamericano. Fuertemente ligada a su tierra natal, la narrativa de Magali García Ramis discurre con fluidez sobre temas como las relaciones familiares, la identidad puertorriqueña y la condición femenina.

16 junio, 2006

Katherine Anne Porter( EE.UU., 1890 – 1980).


Calabazas para la abuelita Weatherall

Zafó su muñeca de entre los dedos regordetes y cuidadosos del doctor Harry y subió la sábana hasta su barbilla. ¡El mocoso debería andar con pantalones cortos, en vez de pasar por doctor en toda la región usando anteojos sobre la nariz!
—Váyase ahora, tome sus libros escolares y váyase. No tengo nada.
El doctor Harry puso una mano cálida, similar a un almohadón, sobre su frente, donde una vena verde se bifurcaba danzante crispándole los párpados.
—Bueno, bueno, sea obediente y podremos levantarla dentro de poco.
—Esa no es forma de hablarle a una mujer de casi ochen ta años sólo porque está enferma. ¡Prefiero que respete a sus mayores, jovencito!
—Está bien, señora, discúlpeme—. El doctor Harry le palmeó la mejilla—. Tengo que prevenirla ¿o no? Usted es maravillosa pero necesita cuidarse o no andará bien y lo lamentará.
—No me diga lo que me pasará. Ya estoy en pie, moralmente hablando. Cornelia tiene la culpa. Tuve que acostarme para librarme de ella.
Sentía los huesos sueltos, flotar dentro de su cuerpo y veía al doctor Harry como un globo flotante al pie de la cama. Flotaba y se bajaba el chaleco y los lentes le columpiaban de un cordel.
—Bueno, quédese donde está, de cualquier manera no le hará daño.
—Váyase de una vez a curar a sus enfermos—, dijo la abuelita Wheatherall—. Deje en paz a una mujer sana. Lo llamaré cuando lo necesite... ¿Dónde estaba usted hace cuarenta años cuando aguanté una flebitis y una neumonía doble? Ni siquiera había nacido. ¡No deje que Cornelia lo domine! —gritó porque el doctor Harry parecía flotar hasta el cielo y salir volando. ¡Pago mis propios gastos y no desperdicio dinero en tonterías!
Quiso hacerle un gesto de adiós, pero le costaba demasiado trabajo.
Los ojos se le cerraban solos, era como si una cortina oscura cayera alrededor de la cama. La almohada levitó, flotante sobre su cabeza. Escuchó el susurró de las hojas fuera de la ventana. No, no, alguien estaba hojeando periódicos ... No, Cornelia y el doctor Harry murmuraban. Se despertó sobresaltada, pensando que conversaban en su oreja.
—¡Nunca estuvo así, así nunca!
—Bueno, ¿qué esperamos?
—Sí, ochenta años de edad...
—Bien, ¿y que si así era? Todavía tenía oídos. Cornelia acostumbraba cuchichear tras las puertas. Siempre contaba secretos a voces, tratando eternamente de actuar con tacto y gentileza. Cornelia tenía sentido del deber. Ese era su problema. Responsabilidad y bondad.
—Es tan buena y responsable —dijo la abuelita—, que quisiera pegarle. Se vio a sí misma golpeando bien fuerte a Cornelia.
—¿Qué dices, mamá?
La abuelita sintió como si el rostro se le endureciera:
—Me gustaría saber... ¿es que uno no puede pensar?
—Creí que deseabas algo.
—Sí. Quiero un montón de cosas. Antes que nada que se vayan y dejen de murmurar.
Se recostó y adormeció esperando que durante su sueño los muchachos permanecieran fuera y la dejaran tranquila un minuto. Había sido un largo día. No es que se sintiera cansada. Era que siempre resultaba agradable aprovechar un momento para sí misma. Había siempre tanto que hacer: Mañana.
Mañana quedaba muy lejos y no existía ningún problema pendiente. Las cosas terminarían de alguna manera cuando llegara su tiempo; gracias a Dios siempre había un pequeño margen de paz: entonces una persona podía trazar su plan de vida y desarrollarlo ordenadamente. Era bueno tener todo limpio y guardado, con los cepillos de pelo y las botellas de tónico colocadas derechitas sobre la carpeta de lino bordada. El día comenzaba sin problemas y los estantes de la despensa estaban repletos de pomos con mermelada, y tarros cafés y blanca porcelana china con arabescos azules y dibujos; café, té, azúcar, gengibre, canela, todas las especies; y el reloj de bronce coronado por un león bien sacudido. ¡El polvo que podía caerle a ese león en veinticuatro horas! El desván guardaba una caja con todos esos paquetes de cartas; mañana se ocuparía de ellas. Todas esas cartas..., las de George, las de John y las que ella les había enviado a los dos, andaban por allí desparramadas y los niños podían encontrarlas y eso la incomodaba. Sí, esa sería su tarea de mañana. No había razón para que nadie se enterara de lo tonta que a veces había sido.
Mientras rumiaba, encontró a la muerte en su pensamiento y le pareció turbia y estrambótica. Se había preparado durante tanto tiempo para afrontarla que no necesitaba comenzar por el principio. Dejaría tranquilo el asunto. Cuando cumplió sesenta años, se creyó muy vieja y acabada y estuvo viajando para ver a sus hijos y a sus nietos llevando un secreto en su pensamiento: ¡Este es el fin de su madre, niños! Hizo su testamento y cayó en cama con una larga fiebre. No resultó sino una idea, como cualquier otra, afortunada porque le quitó la sensación de la muerte durante mucho tiempo. Ahora no se preocupaba. Esta vez tenía más sentido común. Su padre vivió hasta los ciento dos años y en su último cumpleaños bebió un vaso de fuerte ponche caliente. A los reporteros que fueron a entrevistarlo les dijo que era su hábito cotidiano. Logró escandalizarlos y se sintió muy satisfecho. La abuelita quiso atormentar un poco a Cornelia:
—¡Cornelia, Cornelia!—, no escuchó pasos pero una mano suave se posó sobre su mejilla—. Bendita seas ¿dónde estabas?
—Aquí, mamá.
—Bien Cornelia, dame un vaso de ponche caliente.
—¿Tienes frío, querida?
—Un poco, Cornelia. Permanecer en cama perjudica la circulación. Te lo he explicado más de cien veces.
Podía escuchar a Cornelia diciéndole al marido que su madre se portaba algo infantil y que le seguiría la corriente. Le asombraba mucho que Cornelia la creyera sorda, ciega y muda. Con miraditas rápidas y gestos tímidos la señalaba como diciendo: No la hagan enojar, síganle la corriente, tiene ochenta años, y ella estaba allí como sentada dentro de un capelo. Algunas veces la abuelita se proponía empacar todas sus cosas y mudarse a su casa, donde nadie le recorda ra a cada instante que estaba vieja. ¡Espera, espera, Cornelia, a que tus propios hijos se aconsejen a tus espaldas!
En épocas mejores habían llevado una buena casa y trabajaba mucho. Entonces no era tan vieja puesto que Lidia atravesaba doscientos kilómetros sólo para pedirle consejo porque uno de los chicos se había descarriado, y Jimmy venía aún y comentaba asuntos con ella: —Ahora, mamy, tú que tienes tan buena cabeza para los negocios ¿que piensas de esto? ... ¡Vieja! Cornelia no podía ni cambiar los muebles sin consultarla. ¡Minucias, minucias! Eran tan dulces los chicos. La abuelita deseaba que regresaran los viejos tiempos cuando los niños eran pequeños y todo estaba por empezar. Fue una lucha dura, y nunca se venció. Pensaba en toda la comida que cocinó, en toda la ropa que cortó y cosió, en todos los jardines que había cultivado... los muchachos servían de muestra. Ahí estaban, hechura suya, y no podían negarlo. Algunas veces deseaba ver a John nuevamente y señalárselos a todos con el dedo y decirle ¿no lo hice tan mal, verdad? Pero eso esperaría. Mañana. Acostumbraba pensar en John como en un hombre, pero ahora los muchachos eran mayores que su padre; y él sería un niño junto a ella si volvieran a estar juntos. Parecería una situación extraña y aberrante. John ni siquiera la reconocería. Ella había levantado una cerca alrededor de cuarenta hectáreas, cavando hoyos para los postes y afianzando los alambres con la única ayuda de un muchacho negro. Eso cambia a una mujer. Lo mismo que transitar caminos del campo, en invierno, cuando va a parir, velar noches enteras a caballos enfermos, negros enfermos, hijos enfermos y no perder casi ninguno; también eso transforma a una mujer. ¡John no perdí casi ninguno! Él entendería al instante, lo entendería ¡no necesitaría explicaciones!
Sintió ganas de subirse las mangas para poner otra vez todo en orden. No importaba que Cornelia determinara estar en todas partes, había gran cantidad de cosas inconclusas. Ella empezaría mañana y las terminaría. Hay que estar fuerte para aguantarlo todo, incluso cuando lo hecho se desvanezca, cambie o se resbale de las manos, tanto que al momento de terminarlo casi se olvide la razón por la cual trabajamos. Una neblina cubrió el valle, la vio avanzar al través del arroyo, devorando árboles, la vio levantarse hasta la colina como un ejército de duendes. Pronto llegaría al límite del huerto y, entonces, sería el momento de encender las lámparas. Vengan niños, no deben permanecer a la interperie de la noche.
Era hermoso encender las lámparas. Los muchachos se amontonaban y respiraban como terneritos encerrados en el establo. Sus ojos seguían el cerillo y miraban la flama crecer y detenerse en una curva azul; luego se alejaban. La lámpara estaba encendida y ellos no tenían motivo para sentir miedo y colgarse a las enaguas de su madre. Nunca, nunca, nunca más. Dios te agradezco mi vida entera. Sin ti, mi Dios, no lo hubiera logrado. Santa María, llena de gracia.
Quiero que recojan toda la fruta este año y que no desperdicien nada. Alguien puede siempre aprovecharlo. No dejen podrir cosas buenas sin usarlas. Se desperdicia la vida cuando se tira la buena comida. Nunca permitan que las cosas se pierdan. Es amargo perderlas. Ahora, impídanme seguir pensando, estoy cansada tomando una siestecita antes de cenar...
La almohada levitó contra sus hombros y presionó su cabeza y exprimió sus recuerdos. ¡Ay, quítenme esta almohada! Me asfixia. Resultaba tan fresca la brisa y tan verde la mañana sin presagios. Pero él no había llegado como siempre. ¿Qué hace una señorita cuando se ha puesto el velo blanco y preparado el pastel de bodas para un hombre que no llega? Intentó recordar. No, juré que no me lastimaría otra vez. Él nunca me hirió sino entonces... ¿qué había hecho? Era el día, el día, pero un remolino negro se levantó y lo cubrió, se deslizó hasta el campo brillante donde los árboles estaban plantados cuidadosamente en hileras ordenadas. Era el infierno, reconoció el infierno apenas lo vio. Durante sesenta años había rezado para no recordarlo y para que su alma no cayera en el pozo profundo del infierno y ahora las cosas se combinaban en una y las memorias de él se convertían en una nube de humo infernal que invade su mente cuando apenas procuraba librarse del doctor Harry para descansar un minuto. Es tu vanidad herida, Ellen, precisó una vocecita en la cima de su mente. No permitas que te domine el orgullo. A muchas muchachas les dan calabazas. ¿Te plantaron, verdad? Pues supéralo. Sus párpados se entreabrieron y se filtraron unos rayos de luz azulada similar a un papel de china sobre los ojos. Debería levantarse y bajar las cortinas o nunca podría dormir. Estaba encamada y no bajaron las cortinas. ¿Cómo sucedió? Mejor era voltearse, taparse la luz porque dormir con luz le daba pesadillas.
—Madre ¿cómo te sientes? —y un picante sudor frío sobre la frente. ¡Pero no me gusta que me laven la cara con agua fría!
¿Hapsy? ¿George? ¿Lidia? ¿Jimmy? No, Cornelia y sus facciones que se dilataban y se cubrían de manchas.
—Ya vienen, querida, pronto estarán todos aquí—. Vete a lavar la cara, niña, pareces payaso.
En lugar de obedecer, Cornelia se arrodilló y puso su cabeza contra la almohada. Simulaba hablar pero no se oía ningún sonido.
—Bueno, ¿te comieron la lengua? ¿De quién es el cumpleaños? ¿Darás una fiesta?
La boca de Cornelia se movió aprisa con extraños gestos. —No hagas eso, me impacientas, hija.
—No, mamá, no...
Tonterías. Los niños son tercos. Le discuten a uno cada palabra.
—¿No qué, Cornelia?
—Aquí está el doctor Harry.
—No quiero ver otra vez a ese joven. Se acaba de ir hace cinco minutos.
—Eso fue esta mañana, madre. Ahora es de noche. También está aquí la enfermera.
—Soy el doctor Harry, señora Weatherall. ¡Nunca la vi tan joven ni tan feliz!
—Ay, nunca más seré joven; sin embargo, me sentiré contenta si me dejan descansar.
Pensó que hablaba fuerte pero nadie respondió. Sintió un peso cálido en su frente, una pulsera caliente en su muñeca y una brisa que continuaba susurrante, intentando decirle algo. Un murmullo de hojas en las manos eternas de Dios. Él las sopló y las hojas danzantes musitaron.
—Madre, no te asustes, van a inyectarte.
—Fíjate aquí, hija ¿por qué hay hormigas en mi cama? Ayer hallé hormigas en el azúcar. ¿Trajeron a Hapsy también?
A Hapsy era a quien quería ver. Recorrió muchos cuartos hasta encontrarla parada con un bebé en los brazos. Le parecía que ella misma era Hapsy, y que el bebé acunado era Hapsy y él mismo y ella, todo a la vez, y no había sorpresa en el encuentro. Entonces la imagen de Hapsy se desvaneció y se puso transparente como una gasa gris y el bebé fue una sombra etérea... y Hapsy se acercó y dijo:
—Pensé que nunca llegarías. Y al mirarla de cerca agregó:
—¡No has cambiado ni un poquito! Se inclinaron para besarse cuando Cornelia empezó a murmurar desde lejos.
—¿Quieres decirme algo? ¿Puedo hacer algo por ti?
Sí, cambió de pensar después de sesenta años y le gustaría ver a George. Quiero que encuentres a George. Encuéntralo y dile que lo perdono, cuéntale que de todos modos tuve marido y mis hijos y mi casa como cualquier otra mujer. Una buena casa y un buen marido que amé, y lindos niños suyos. Mucho mejor de lo que imaginé. Dile que me fue devuelto todo lo que él me quitó y mucho más. Oh, no, no, Dios, había algo más aparte de la casa, el marido y los hijos. Seguramente eso no era todo. ¿Qué era? Una cosa intangible que no volvió... Su respiración se hizo dificultosa bajo sus costillas y se convirtió en un monstruo aterrador, con uñas filosas. Le taladraban el cerebro y la agonía se volvió atroz: —Sí, John llama al doctor, no hablemos más, mi hora ha llegado.
El nacimiento de éste debió ser el último. El último. Debió haber sido el primero porque era el que de verdad ella quería. Todo vino a buen tiempo. Nada se olvidó ni estuvo relegado. Se portó fuerte, en tres días estaba tan bien como siempre. Mejor. Una mujer necesita tener leche para llenarse de salud.
—Madre ¿me oyes?
—Te he dicho...
—Mamá, el padre Connolly está aquí.
—Tomé la sagrada comunión la semana pasada. Dile que no soy tan pecadora.
—El padre sólo desea hablar contigo.
Que hable tanto como guste. Acostumbra llegar preguntando por el alma de uno como si inquiriera por un bebé, y luego quedarse a tomar una taza de té, jugar cartas o chismosear. Siempre sacaba a relucir un cuento pícaro, generalmente sobre un irlandés que se equivocaba a menudo y lo confesaba, y lo chistoso era alguna tontería que soltaba en la confesión mostrando su duda entre una piedad innata y su pecado original. La abuelita no temía por su alma. ¿Cornelia, dónde quedaron tus modales? Ofrécele una silla al padre Connolly. Se entendía con unos cuantos santos favoritos que le abrirían el camino hasta Dios. Estaba firmado y sellado como los papeles relativos a las cuarenta hectáreas. Para siempre... heredados y trasladados de dominio para siempre. Desde aquel día en que no se cortó el pastel de bodas sino que se tiró y desperdició. La razón de su existencia había desaparecido y ella quedó allí ciega y sudorosa, sin nada bajo los pies y con las paredes cayéndosele encima. La mano de él la sostuvo por debajo del busto, o hubiera caído; allí estaba el piso recién encerado con el tapete verde encima, exactamente como antes. Él lanzó una maldición similar a la de un perico de marinero, y exclamó: —Lo mataré por ti... No lo toques, hazlo por mí. Déjale su castigo a Dios... —No, Ellen, debes creer lo que te digo...
Así que no hubo nada, nada por qué preocuparse, excepto ciertas veces en las noches cuando algún niño lloraba por una pesadilla y ambos se atropellaban bajando de la cama y temblaban buscando los fósforos mientras gritaban: —Espera un minuto, aquí estamos. —John, busca al doctor. Hapsy se muere. Pero allí estaba Hapsy parada junto a la cama con una gorra blanca.
—Cornelia, dile a Hapsy que se quite esa gorra. No puedo verla bien.
Abrió mucho los ojos y el cuarto le pareció igual a un cuadro que había visto en otra parte. Colores oscuros en las sombras que se levantaban como torres hasta el cielo haciendo largos ángulos. La alta cómoda negra relucía sin nada encima salvo una fotografía de John, ampliada de otra pequeña, con los ojos muy negros cuando debieron ser azules. Usted no lo conoció ¿entonces cómo sabía cómo eran? Sin embargo, el hombre insistía en lo perfecto de la copia, rica en detalles y bonita. Para ser una fotografía está bien, pero este no es mi esposo. La mesa junto a la cama tenía una carpeta de lino, un candelero y un crucifijo. La luz azulada venía de las pantallas de seda que puso Cornelia. ¡No era luz sino un perifollo! Se tiene que vivir cuarenta años con lámparas de petróleo para apreciar una buena luz eléctrica. Se sintió muy fuerte y vio al doctor Harry con un halo rosa.
—Parece un santo, doctor Harry, juro que nunca estará usted tan cerca de la santidad.
—Está diciendo algo.
—Ya te oí, Cornelia. ¿Qué es toda esta revoltura?
—El padre Connolly dice...
La voz de Cornelia se entrecortaba y golpeaba como una carreta en un mal camino. Bamboleaba en las esquinas, regresaba y no llegaba a ningún lado. Vivaz, la abuelita se subió al carro y tomó las riendas, pero guiaba el carro un hombre sentado junto a ella y lo reconoció por las manos. No lo miró a la cara; lo supo sin verlo, en cambio miró hacia abajo del camino donde los árboles se inclinaban y saludaban entre sí y miles de pájaros cantaban una misa. Quiso cantar también, pero puso su mano en el escote de su vestido y sacó un rosario, y el padre Connolly rezaba en latín con voz solemne y le hacía cosquillas en los pies ¿Dios mío, quiere dejar esas tonterías? Soy una mujer casada. ¿Qué importa si él se fue y me dejó enfrentar sola al sacerdote? Encontré un mundo mejor. No cambiaría a mi marido por nadie, salvo por San Miguel y pueden decirle eso de mi parte y darle las gracias en la barata.
La luz destelló sobre sus parpados cerrados, y un bramido profundo la sacudió. ¿Es un relámpago, Cornelia? Oí un trueno. Habrá tormenta. Cierra todas las ventanas. Mete a los niños...
—Mamá, aquí estamos todos...
—¿Eres tú Hapsy?
—Oh, no, soy Lydia. Manejamos tan rápido como pudimos.
Sus rostros se agacharon sobre ella. El rosario cayó de sus manos y Lydia se lo colocó otra vez. Jimmy intentó ayudar, las manos se encontraron a tientas, y la abuelita apretó los dedos alrededor del pulgar de Jimmy. No bastaban las cuentas del rosario, necesitaba algo vivo. Estaba tan asombrada que sus pensamientos corrían en torno. Entonces, mi amado Señor, esta es mi muerte y yo ni siquiera lo pensaba. Mis hijos vinieron para verme morir. Pero no puedo, no es la hora. Oh, siempre odié las sorpresas. Quise darle a Cornelia el juego de amatistas... Cornelia tendrás el juego de amatistas, pero Hapsy lo usará cuando quiera, y, doctor Harry, cállese. Nadie lo llamó. Ay, mi amado Señor, espera un minuto. Necesito hacer algo con mis cuarenta hectáreas, Jimmy no las necesita y Lydia las necesitará con ese torpe marido que tiene. Debo terminar el mantel del altar y enviarle seis botellas de vino a la hermana Borgia para su digestión. Quiero mandarle seis botellas de vino a la hermana Borgia, padre Connolly recuérdamelo...
La voz de Cornelia se transformaba en sílabas y se que braba.
—Ay, mamá, ay, mamá, ay, mamá...
—No me voy Cornelia. Me tomaron por sorpresa. No puedo irme.
—Verás a Hapsy nuevamente, ¿qué pasó con ella?
—Pensé que no llegarías nunca—. La abuelita hizo un largo viaje buscando a Hapsy. ¿Qué pasa si no la encuentro? ¿Qué hago? Su corazón se hundió más y más, no había fondo para la muerte, no podía llegar al final. La luz azul de la lámpara de Cornelia se volvió un punto diminuto en el centro de su cerebro, parpadeó y aleteó como un ojo y suavemente fue disminuyendo. La abuelita yacía como ovillo, asombrada y alerta con la mirada fija en el punto de luz que era ella misma; ahora su cuerpo era un hondo montón de sombras en la oscuridad eterna y esa oscuridad se trenzaría a la luz, tragándosela. ¡Dios, haz una señal!
No hubo señal. Por segunda vez no vino el novio aunque el cura estaba en casa. Ella no lograba recordar ningún otro sufrimiento porque aquel dolor había barrido los demás. No, nada hay más cruel que esto. Nunca se lo perdonaré. Se distendió con un suspiro profundo y apagó la luz.

14 abril, 2006

Isabel Allende

"Me llamo Eva, que quiere decir vida, según un libro que mi madre consultó para escoger mi nombre. Nací en el último cuarto de una casa sombría y crecí entre muebles antiguos, libros en latín y momias humanas, pero eso no logró hacerme melancólica, porque vine al mundo con un soplo de selva en la memoria. Mi padre, un indio de ojos amarillos, provenía del lugar donde se juntan cien ríos, olía a bosque y nunca miraba al cielo de frente, porque se había criado bajo la cúpula de los árboles y la luz le parecía indecente.
(...)


Elaboraba la sustancia de sus propios sueños y con esos materiales fabricó un mundo para mí. Las palabras son gratis, decía y se las apropiaba, todas eran suyas. Ella sembró en mi cabeza la idea de que la realidad no es sólo como se percibe en la superficie, también tiene una dimensión mágica y, si a uno se le antoja, es legítimo exagerarla y ponerle color para que el tránsito por esta vida no resulte tan aburrido.
(...)
De mí dependía la existencia de todo lo que nacía, moría o acontecía en las arenas inmóviles donde germinaban mis cuentos. Podía colocar en ellas lo que quisiera, bastaba pronunciar la palabra justa para darle vida..

(...)
Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su sustancia es el lenguaje y antes de que alguien las ponga en palabras son apenas una
emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia. Otras vienen completas, como manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas. Y hay historias secretas que permanecen ocultasen las sombras de la memoria, son como organismos vivos, les salen raíces, tentáculos, se llenan de adherencias y parásitos y con el tiempo se transforman en la materia de las pesadillas. A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento.



(...)me senté sobre sus rodillas, echándole los brazos al cuello, muy cerca, mirándolo sin pestañear. Olía a hombre limpio, a camisa recién planchada, a lavanda. Lo besé en su mejilla afeitada, en la frente, en las manos, firmes y morenas. Ayayay, mi niña, suspiró Riad Halabí y sentí su aliento tibio bajar por mi cuello, pasearse bajo mi blusa. El placer me erizó la piel y me endureció los senos. Caí en la cuenta que nunca había estado tan cerca de nadie y que llevaba siglos sin recibir una caricia. Tomé su cara, me aproximé con lentitud y lo besé en los labios largamente, aprendiendo la forma extraña de su boca,mientras un calor brutal me encendía los huesos, me estremecía el vientre. Tal vez por un instante él luchó contra sus propios deseos, pero de inmediato se abandonó para seguirme en el juego y explorarme también, hasta que la tensión fue insoportable y nos apartamos para tomar aire.
-Nadie me había besado en la boca -murmuró él.
 -Tampoco a mí. -Y lo tomé de la mano para conducido al dormitorio.
-Espera, niña, no quiero perjudicarte... -Desde que murió Zulema no he vuelto a menstruar. Es por el susto, dice la maestra... ella cree que ya no podré tener hijos -me sonrojé.
Toda la noche permanecimos juntos. Riad Halabí había pasado la vida inventando fórmulas de aproximación con un pañuelo en la cara. Era un hombre amable y delicado, ansioso de complacer y de ser aceptado, por eso había indagado todas las formas posibles de hacer el amor sin emplear los labios. Había convertido sus manos y todo el resto de su pesado cuerpo en un instrumento sensitivo, capaz de agasajar a una mujer bien dispuesta hasta colmarla de dicha. Ese encuentro fue tan definitivo para los dos, que pudo haber sido una ceremonia solemne, pero en cambio resultó alegre y risueño. Entramos juntos en un espacio donde no existía el tiempo natural y durante aquellas horas magníficas pudimos vivir en completa intimidad, sin pensar en nada más que en nosotros mismos, dos compañeros impúdicos y juguetones ofreciendo y recibiendo. Riad Halabí era sabio y tierno y esa noche me dio tanto placer, que habrían de pasar muchos años y varios hombres por mi vida antes que volviera a sentirme tan plena
(...)



de EVA LUNA.(Editorial Sudamericana,1987)

06 abril, 2006

Liliana Heker (Buenos Aires, 1943)

ZONA DE CLIVAJE( fragmento)

-¿Tenés frío? - le pregunta.
Y éste es el abrigado territorio de las palabras. Algo parecido a la dicha empieza a aletear en el cuerpo de Irene.
-No, no tengo frío -y la asombra su propia voz, el tono de su voz, baja y un poco ronca. Esto que impremeditadamente ella ha aprendido.
-Tenés que aprender muchas cosas -dice él, y le saca el pelo de la cara.
-Tiempo al tiempo -dice Irene.
¿Acaso su voz no ha empezado a ser sabia? Piano, piano, professore, nadie le había dicho a Irene que también el amor es un aprendizaje.
-Claro que sí -dice él-. Nos queda toda la vida por delante.
La noche se ilumina y estalla. Las palabras son incorpóreas y no le dan miedo. Ahora, mientras caminan muy juntos por la calle, el beso de él es sólo un recuerdo, algo que ya está para siempre instalado en su pasado, y que la transforma. Atención, caminantes, que ven pasar como si tal cosa al treintañero y la doncella. No los miren tan frescos. Vuelvan la cabeza, tápense los ojos, ruborícense, escandalícense, envídienlos. Esto que ahora empieza es una historia de amor.


(1986; Alfaguara, 1997)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...