27 abril, 2013

Aida Bortnik(Argentina, 1938-2013).

LOS AMIGOS

Tito es el más antiguo. Cuando yo tenía cinco años y él cuatro, nos trepábamos a los árboles dándonos la mano. Era más lento, pero más acompañado. Yo le prestaba mi triciclo y él me dejaba navegar su lanchita con motor. Aprendió a andar en bicicleta antes que yo y no se rió cuando me caí: agarró el asiento y trotó pacientemente a mi lado hasta que aprendí. Hacíamos carreras de remociclo en Palermo y, en el cine, nos pasábamos el maní con chocolate y nos explicábamos mutuamente la película.
Todavía, cada tanto, me enseña a no caerme de una nueva bicicleta, nunca hemos dejado de darnos la mano para subir a los árboles; y seguimos necesitando explicarnos mutuamente la película.

Cacho y yo nos adoptamos cuando yo usaba guardapolvo y él una boina para tapar la cabeza rapada. Hablábamos de Camus y de Bakunin. El andaba en arreglar el mundo. Yo no tenía ningún inconveniente siempre que no me impidiera ser la mejor actriz que había pisado jamás un escenario.
Todos estos años hemos tratado de enseñarnos mutuamente un poco de humildad. Y de cuidarnos mutuamente del pecado mortal de la resignación.

Miguel me saludó y recibió un rugido por respuesta. Pero su apostolado es reconciliar a la gente de este mundo consigo misma. Y lo hace de a uno por vez. Fue emocionante cuando me tocó...Y cuesta, al principio, no resentirse cuando uno ve que es capaz de tomarse el mismo trabajo por el guarda de un tren o por una viejecita perdida en la calle.
Después de no vernos durante cuatro años estuvimos cinco días encerrados en un cuarto, hablando y hablando. Afuera nos esperaba Europa entera, pero siempre hemos tenido demasiadas cosas para decirnos para que el paisaje, la distancia o el tiempo interfirieran el diálogo.

El Negro comenzó explicándome que solamente una imbécil entra a trabajar a una redacción en verano, cuando todo el mundo sale de vacaciones. Después decidió que él era especialista en casos perdidos y me ayudó.
Todavía me explica, muy frecuentemente, que solo una imbécil puede hacer algunas de las cosas que me propongo hacer. Y después se sienta enfrente, tiende la mano, y asume la mitad del trabajo.
Sigue siendo un especialista en casos perdidos. Es su especialización la que lo pierde.

Sebastián siempre se negó a dejarme hablar o escribir sobre otra cosa que aquello que amara u odiara. Cuando hay sol o luna llena, viva debajo de una autopista o frente a un lago poblado de cisnes, Sebastián invierte vida en su fórmula y la alquimia da resultados: la vida se ensancha y cobra sentido cuando él la habla o la escribe.

Nacho tenía tres años cuando empezamos a salir juntos. Y ya entonces veía y sentía lo que pocos saben ver y sentir después de aprenderlo duramente a lo largo de toda una existencia. Mientras yo creía que le enseñaba algunas cosas, él me permitía aprender lo fundamental.
Todavía me lo permite.

No pueden impedir que uno sufra. No pueden garantizar que uno sea feliz. No pueden reemplazar a la madre ni al padre. No pueden confundirse con el amante ni con el hijo. No evitan que uno cometa errores, ni aciertan siempre en celebrar a tiempo el verdadero triunfo sobre uno mismo.
No impiden que el dolor duela, ni aseguran que el amor ame.
No detienen el tiempo ni sus deterioros.
No apresuran el equilibrio ni sus armonías.
No están siempre que hacen falta, ni se van solo cuando uno está preparado para la soledad.
No colman todas las posibilidades de la sed, ni se privan de despertar otras nuevas...
Los amigos solamente hacen que el espejo nos devuelva la imagen de alguien capaz de ser amado por alguien a quien ama.
Los amigos solamente hacen que la vida valga la pena de ser vivida.

Aída Bortnik

04 abril, 2013

Julieta Campos de la Torre (Cuba, 1932 – México, 2007)

MUERTE POR AGUA


Después de llover, de repente salía el sol al mediodía. Los contornos de las casas, de los árboles, las torres y las cúpulas más altas se dibujaban en la reverberación de esa luz. Un vaho, que alteraba los ritmos de la respiración, subía del asfalto de las calles. La gente caminaba como si cada cual llevara todo el sol en la espalda. Había poca gente en la calle. Las aceras se volvían muy largas, interminables e inútiles, desiertas, aplastadas fatigosamente por la luz, por el calor. La luz derretía los colores y la ciudad confundía y mezclaba sus aristas a la vez que se separaba del mar, se sumergía en las estrías de los reflejos solares, se levantaba un poco del suelo y se quedaba allí suspendida, entre el vaho y el sol. Nadie recibía los golpes de frescura, las bocanadas de aire que salían de los zaguanes. Nadie se acercaba a los círculos de sombra que hacían los árboles, tan escasos, de las avenidas. La ciudad se aletargaba. Se olvidaba de sí misma, se borraba, se desvanecía. Se aplastaba como un insecto de muchos colores, muerto y recubierto por un tenue polvillo amarillo. No había huellas de humedad, ni traza de la lluvia que había rebosado las azoteas, los patios y las calles. Se habían tragado toda el agua y volvían a estar resecos, a la expectativa. El mar, reducido a su ámbito, era un gran estanque que se ondulaba apenas, de cuando en cuando. La ciudad caldeada, ardiente, no era más que una ciudad irreal, la ciudad imaginada de un espejismo. 

—Hay que comer antes de que se enfríe. Después no es lo mismo. 
—Y además se hace tarde. Se me hace tarde. 
— ¿Te sirvo? 
—Sí. Prefiero. Ya sabes… 
…Suspendidas. Así se quedan suspendidas. Como unos aritos de latón en la cabeza. Aunque a mí no me parece haber dicho nada. A lo mejor yo no tengo mi arito. Tomar la sopa sin hacer ruido. Sorberla despacito. ¡Es difícil! Como si en cualquier momento el Espíritu Santo… Y ya no serían aros sino lengüitas de fuego. Delante de mi frente. Y de la tuya. Y de la tuya. ¡A quién se le ocurre! A mí se me ocurre. Los tres modestamente. Esperando la gracia. Esperando el primer plato. Y algo más que el primer plato o algo menos. Como si no supiéramos ya que las repeticiones y las recapitulaciones… Como todos los días. Buscando otra vez. Detrás de los gestos. De las palabras. Queriendo reunir algo en esa lentitud, en subir y bajar así la cuchara. En tanto cuidado. Tragando primero un poquito y luego lo demás. Para no quemarnos. Sin masticar los fideos. Tragándonos enteros los fideos. Sin aspavientos. Sin darle importancia. Como se debe. Con la esperanza. Siempre con la esperanza. La última cucharada. Por fin. Llamar para que se lleven los platos. Para que traigan la primera fuente… Hacer todo lo posible porque no se derrame una gota. Llenarla y subirla poco a poco. Y volver a bajarla. Para volver a llenarla. Esta impresión de estar de más. De no ser necesario. De haberme quedado afuera como si ya no hiciera falta. Por encima del plato de sopa, del mío y del tuyo, me acerco discretamente, sin hacer ruido, busco el tono, me doy tiempo mientras tanto. Mientras ustedes hablan de algo, se quitan la palabra de la boca como para no dejar nada en el aire, o para espantar una mosca. Se quitan de encima algo molesto. Me miran para ver si he oído. Y miran para otro lado. 
—¡Qué calor está haciendo! Para eso sirve la lluvia. 
—No se oye zumbar una mosca. Dan ganas de que vuelva a llover. 
—Después de todo la lluvia… 
—Yo creí por un momento que el invierno… Pero otra vez parece pleno verano. 
—Este tiempo… Este tiempo… En ninguna parte… 
—¿No les parece que si entornáramos las persianas…? …Los platos. Nada lechosos. Con otra textura. Casi diría con otro color. Con otro peso. Completamente distintos que en la repisa. Cuando están puestos en la cocina. Encima del caballito un solo cuchillo. Ya la cuchara y ahora el tenedor. Podría ser si yo me decidiera. Bastarían algunas palabras. Dejarlas caer encima como una red. Sin que te dieras cuenta de cómo. Ni te pudieras salir. No darte la oportunidad. No dejar que trates de convencerme. Dar vueltas alrededor como un moscón. Pero para eso tendría que hablar mucho. Y no se me ocurre nada. Prefiero el destello en el trébol rojo. Encima de la persiana. 
…Yo de este lado y ellos de aquél. Sentada en el portal, viendo cómo pasa la gente por la calle. Meciéndome yo sola entre los demás sillones vacíos. Así estamos. Y no porque yo quiera, sino porque me he quedado de este lado. Así qué fácil. Qué inútil. No, al contrario, qué claro. ¡Qué claro verlos así! Tú y él. El y tú del otro lado. Y eso que no los miro mucho. No hace falta. ¡Es tan cómodo! Aquí nadie me molesta. Además no puedo abrir mucho los ojos porque entra demasiado el sol por los cristales. Estoy en ese barco que se acerca al muelle. Por la mañana, muy temprano. Mejor en ese barco. 
…Sigo empeñado. No lo puedo evitar. Después de todo anoche… Volver a donde lo dejamos. No perder el hilo. No sé por qué siento como si estuviera pasando algo y yo no me diera cuenta. Empieza a ser casi casi una obsesión. Me pondrían en un aprieto si tuviera que explicarlo. Es muy molesto. Tan fácil que sería buscarte un sitio cuidado, preservado, acogedor, donde pudiera ponerte. Donde te dejaras poner. Necesito decir algo. 
—Deben ser niños que gritan en alguna azotea. Por aquí cerca. 
—Sí. ¡Qué raro! Tan tranquilo que estaba todo. 
—A mí no es que me molestara. Me extrañó. No sé si he estado distraído pero no me había fijado que hubiera niños por aquí cerca. ¿Y tú? 
—Yo tampoco. 
…Tampoco. Es la verdad. Yo tampoco. Siempre me ha gustado ese trébol rojo en el arco. Las ramas de los árboles se mueven con el aire y se puede ver la luz entre las hojas. Yo estoy abajo. Miró cómo se mecen las copas y empiezo a marearme. No es cierto. Estoy en el pasillo y la luz se ha puesto rara. No. Estoy sentada aquí en la mesa. Esa es la verdad. A la hora del almuerzo. Las copas de los árboles y las hojas que se mueven se van corriendo y no las podría alcanzar. Ni quiero. Sólo me da pena la brisa. Siempre me ha gustado la brisa. No sé por qué comemos hígado. No puedo soportarlo. Ni el sabor metálico ni lo gelatinosa que se siente la carne. 
…El mar está pálido y no hay olas. Vienen las lanchas y la gente grita y se ríe. No terminan las palabras. Las cantan. Los árboles, después del muelle, son largos y lisos como columnas y tienen penachos verdes. Detrás hay portales con columnas y balcones. En un arco, tapado con cristales como éstos, iguales a éstos, se ve el sol más que en ninguna otra parte. No calienta mucho todavía. Subimos a un coche de caballos y en seguida nos metemos por una calle estrecha y dejo de ver el mar. Miro los balcones y todos, casi todos, son distintos. 
…Un sitio distinto de ese donde estás, a mi derecha, mientras ella está a mi izquierda y yo en la cabecera. Si no se nos ocurre nada vamos a volver a hablar del tiempo. Te quitan el plato y no te das cuenta y casi se tira la salsa. Me alegro que no se haya tirado. Si no, otra mancha como ayer. Me gusta ver en orden los platos y las fuentes. Es un alivio. Los cubiertos y los caballitos. Ya nadie los usa, seguramente. Pero nosotros sí. Me gusta ver las sillas junto a la pared. Las copas dentro de la vitrina. Las rosadas abajo y las blancas arriba. Me alegró que las sacaran anoche. Pero prefiero verlas ahí, en su lugar. Y en medio los vasos con borde de plata. El espejo, al fondo, convierte las tres filas de copas en seis filas de copas. La mesa son dos mesas en el espejo. Las dos inclinadas, juntándose en el centro. Ya lo he visto en alguna parte. Los platos como si fueran a caerse. En alguna parte. En un libro de historia. En un grabado antiguo. Eso es. Dejar de mirarnos en el espejo porque un poco más y no podré contenerme y voy a querer evitar que se resbalen los platos. Será una tontería. Una ridiculez. 
—Este año no habrá ciclón. Pero no ha parado el mal tiempo. A mí no me engaña este sol. Ya veremos dentro de un rato. Cualquiera diría que ya es época de nortes. Los días ya son más cortos. Cuando menos se imagina uno oscurece. ¿Te has fijado? 
—Hay que ser precavidos. ¿No se te hace tarde? Como a ti no te gusta que se te pase la hora... 
—No te preocupes. Hay tiempo para el café. Me alcanza perfectamente. 
...Miro con el rabillo del ojo. Sabía que estaba ahí, pero tenía la impresión de que se había levantado. Como si nos hubiera dejado solos. Claramente esa sensación. Acaba de dar la una. 
...Antes, todavía antes, el polvo se levantaba y todos los lugares se ponían grises. Las filas largas de hormigas se metían por la hierba. 
...Hay sol. Está el arco de cristal. El arco de cristal. El arco tiene tres colores. El sol da fuerte en los cristales. 
...Todavía están en la mesa los platos de postre. Las conchas donde siempre se sirve la natilla. Con caminitos abiertos por las cucharas. De niño los seguía con el dedo. Eran iguales las conchas. 
...Algunas veces me ponía a oír con curiosidad cómo me latía el corazón. Pero entonces no parecía mi corazón ni parecía que esos latidos fueran míos. 
...La puerta. Las persianas en la puerta. Los mosaicos rojos. El barandal. 
...Dentro de media hora sonará otra campanada. 
...Después me gustaron las noches. Los ojos se acostumbraban a la oscuridad y abría mucho los brazos en la cama. Quizás para abrazar a la noche o para abrazarte. ¡Ya nos habíamos casado y éramos tan jóvenes! Pero yo te había esperado mucho tiempo y tú me habías esperado mucho tiempo. 
...Los colores vibran fuera del arco, dentro de la luz, en un cono de sol. Es hoy, al mediodía. 
...Dentro de media hora. 
...Las gardenias tenían mucho perfume. También olían los lirios sobre todo si estaban ya un poco marchitos. 
...Yo estoy aquí. Sentada. En esta silla. 
...Tendré que bajar la escalera y este reloj dejará de importarme. 
...Miraré mi reloj y luego preguntaré la hora y miraré el reloj de la oficina. 
...Una vez nos paseamos por la playa. La arena era muy suave y se me iban los pies, parecía que se los quería tragar. Me agarré de tu brazo como si de verdad tuviera miedo. Me diste unas piedras para que las guardara. El mar nos mojó los pies y se iba y venía y volvía a mojarnos. Nos quedamos así mucho rato. 
...Estoy sentada aquí. A la mesa. 
...Y me imaginaré tu tarde. 
...Y otra vez guardé mariposas en una red anaranjada y luego las dejé escapar. Pero eso fue mucho antes. 
...A la hora del almuerzo. Con ustedes a mi lado. 
...Me pondré a pensar si ya te sentaste a coser. 
...Aprendí a tejer. Tejía a todas horas y no me daban ganas de hacer otra cosa. 
...Y eso es todo lo que hay. No hay nada más. 
...O si habrás puesto el sillón en la ventana. 
...Estoy meciendo la cuna, una vez y otra vez y tengo el pelo negro y después blanco, pero la cuna sigue siendo la misma. 
...Hay luz. Hay cristales. Hay colores. Yo puedo mirarlos. 
...Miraré el reloj a las dos, a las tres, a las cuatro. 
…Corro mucho por el campo. En el quicio de una puerta me siento. La casa es blanca y tiene geranios. 
...No tiene nada que ver con el polvo en la persiana. Con las gotas en los alambres. Y sí tiene que ver. Sí tiene. 
...La tarde es igual para ti, para mi, para ella. También para los que pasan por la calle. ¿No te has puesto a mirar por la ventana? 
...El barco es lento. Nunca se acaba el mar. 
...La luz es compacta. La luz se ha puesto anaranjada. 
...No es una ilusión. Deberías creerme. La tarde es la misma. La misma para todos. 
...Me aprendí canciones tristes. Después me enseñaste a bailar. Bailamos lanceros y mazurcas. Siempre esperé con paciencia. Sigo esperando. 
...Y yo ya no estaré. Ya no estaré en el pasillo. Ni debajo de los árboles, ni sentada a la mesa. Yo ya no estaré mirándola. 
...A ti te importa saber que siempre es la primera vez y la única vez. Que el reloj no ha marcado nunca, ni volverá a marcar nunca las mismas dos, las mismas tres, las mismas cuatro. Pero no hay que pensarlo mucho. Hazme caso. 
...Te besaba en la boca. Las iniciales que bordaba en las sábanas de hilo, en los manteles blancos, eran tus iniciales. 
...Habrá un momento inútil. Que será después de. ¿Después de qué? No me lo puedo imaginar. Pero ése será el final. 
...Basta que sean las dos, las tres, las cuatro de este día, de este mes, de este año. 
....Las camas eran anchas y por el día las tendían con colchas de crochet. 
...Los colores serán los mismos. La luz será la misma. Sin mí. 
...Un año, un número con cifras gruesas. En relieve. Así se reúnen uno al lado de otro, iguales, todos los años que vivimos. 
...Me mecía en los sillones altos de rejilla, casi nunca en los sillones de mimbre. Me parecía que iba a irme para atrás. 
...Toda esta luz. Tanta, tanta luz. Y el vacío. 
…Algo con peso, denso, consistente. Un pequeño bloque de. Acero liso y bien recortado, con bordes precisos que lo separan del vacío, de todos los años que nunca vivimos antes, de todos los que no viviremos después. Así es y así está bien. No hay nada que dudar. Te lo aseguro. Soy yo quien te lo aseguro. 
...Los sinsontes cantaban y me gustaba tener tomeguines. Por las mañanas se abrían los escaparates y todo olía a resedá. Entonces. 
...Como saltar con un paracaídas que no se abrirá nunca. 
...Siempre habrá relojes. No tendrás que tener miedo. 
…Decírtelo de alguna manera. Decir cualquier cosa. 
…Voy a tener que irme sin... Se les debe haber olvidado. 
...No. Espérate. En seguida vengo. Lo traigo. 
...Ellos eran los que se iban y los que venían. Yo siempre me quedaba. Alguien tenía que cerrar la puerta. Me decían lecciones largas sin que yo las entendiera. Yo que hubiera querido oler otra vez la hierba húmeda. A mí que me gustaba la leche acabada de ordeñar. Me ponía lazos en las trenzas y jugaba sola en el patio donde había un árbol frondoso que nunca dio flores. Mi madre se vestía de negro. Había el portal por la tarde y la brisa. Y las ganas de abrazarla. Las temporadas largas en los baños de mar. Y vestirse de luto. Mirar el reloj con impaciencia. Las arañas dan vueltas y vueltas en el techo, cuajadas de luces, y afuera hace una noche amoratada., llena de estrellas y es invierno. Una casa y otra casa antes de esta casa, mi casa. La mesa se iba quedando vacía. Ya no hubo espejos por todas partes. Todos me rodeaban. Estoy sola. Los nombres de mis hijos yo se los puse, para que todos les dijeran después por esos nombres. Nadie me había puesto nunca un telegrama y ese día, cuando lo abrí, decía que estaba muerto. Yo no te vi morir. Yo seguí viviendo. No. No quiero. Tapar la taza con la mano antes de que me sirva. Se me olvida lo que podría decirle. Como pescar algo que se ha ido al fondo del pozo. Y me gusta el olor. Siempre me ha gustado cómo huele el café. Pero no quiero. Eres tú la que lo sirves ahora. ¿Desde cuándo? Desde hace tiempo. No lo tomaré. No tengo ganas. Me recostaría porque tengo mucho sueño. Y eso que nunca me ha gustado la siesta. Un instante. Ya vamos a acabar de almorzar. 
...Todo tan natural. Tan ahí. Como esta cucharita a la que le estoy dando vueltas. De la que no puedo apartar los ojos. Como si me hubiera hipnotizado. Un instante. Eso. Y pasa. Pasa la claridad que casi lo ciega a uno. Esa sensación de que se ha encendido de pronto un reflector muy potente para no iluminar nada. Para llenar de luz un sitio donde no puede haber luz. Imposible de imaginar. Un lugar que no es. Apenas un instante. Y luego esto. La tranquilidad. Este aplazamiento no se sabe hasta cuándo. Estar aquí sentada en una silla. Mirando una luz que atraviesa un arco de cristales por un punto, un solo punto, y se abre después como un abanico. Mirando los helechos. Y los espárragos. Detrás de la persiana. Mirándome los dedos de la mano. De la mano que es mía. Que juega con la cuchara. Que dibuja rayas. Otra vez rayas. Encima del mantel blanco. Entre las migajas de pan y los granos de arroz que se han caído de los platos. De los tenedores. Un instante. Mientras que tú, como siempre, pretendes reunir todos los hilos, y hacer y decir, sin llegar a nada porque no encuentras qué. Porque no hay qué. Te veo. Tomándote el café sin respirar. La veo. Tapando la taza con la mano. Con los ojos medio cerrados como si fuera a quedarse dormida. Y es como si yo me viera. Dándole vueltas a la cucharita. Como si estuviéramos posando. Posando los tres. Para una fotografía que nos deja fijos, inmovilizados, atrapados. Y no hay más que los gestos de los tres en este instante. Que nos descargan, no sabría ni cómo ni por qué, de todo lo que no hace falta. De nuestros cuerpos. De los lastres. De lo que pueda venir después. De lo que no habremos hecho. Detenidos. Posando para alguien. Que no está o sí está. Y todo se reduce. Se afina, se purifica y se queda así. Un instante. Nada más. Y es todo. 
...Probártelo. Me gustaría probártelo. Poco a poco, pacientemente, pero no sé si ahora. Tendré que encontrar el momento. El momento oportuno. El café ya se ha enfriado. Y está tan amargo y se asienta en el fondo como polvo mojado. Se me queda en la garganta. No me pasa. Decirte que no se te olvide el azúcar, dos cucharaditas, ya lo sabes. Pero ahora bebérmelo hasta el final, como si nada. Y el vaso entero de agua para quitarme el sabor. Lo que no se hace. Intacto. Sudado porque el agua estuvo muy fría hasta hace un momento. Pero ahora estará tibia. Casi. Tomaré el vaso y empezaré a beberlo. Y dejará en el mantel, ya ha dejado, deja un pequeño círculo mojado que se secará pronto. Y no quedará ninguna huella, ni la sombra del lugar donde estuvo el vaso, ni nada, porque también a mí, aunque quiera evitarlo, dentro de un rato se me habrá olvidado. 

25 marzo, 2013

Esther Cross(Argentina, 1961)


La peor suerte 


Desde la cama de un hospital, la mirada vital e inquietante de una mujer que ha visto de cerca la muerte se imprime en la memoria de la narradora niña esta historia. En medio de un paisaj árido, un relato tenso y preciso de la autora de La señorita Porcel y Kavanagh. 
Fue el día de la tormenta de polvo. Mi madre lloraba y manejaba. Íbamos a la clínica del doctor Molinari a ver a Nieves Campero, que vivía con sus hijos y su marido en el puesto pegado a la ruta. Nieves había intentado suicidarse. No era la pri­mera vez. Era lo que quería. Pero esa vez se había prendido fuego.
“Vamos al pueblo”, me había dicho mi madre después de almorzar, agarrándome del brazo. 
Había tanto polvo que no se veía la casa, no se veía el monte, no se veía la continuación del ca­mino. Mi madre me dijo que al salir de la clínica iba a llevarme a un kiosco del pueblo. A modo de garantía, sacó una mano del volante, la metió en la cartera y me dio un par de billetes del monede­ro, que quedó vacío. No apartó la vista del camino pero al mismo tiempo veía lo que pasaba alrededor.
El camino se había convertido en una pista de arena y el coche patinaba para todos lados, como si estuviera vivo. Mi madre se agarraba al volante con las dos manos y trataba de enderezar el coche con los codos levantados. 
Esa mañana, yo había ido a cazar palomas con mi padre y mis hermanos al monte. Los hermanos Campero y su padre habían pasado con sus caba­llos y nos habían saludado. Mi padre se había lle­vado una mano al ala del sombrero y ellos hicieron una especie de venia. Uno le dio una palmada al otro en la espalda y se rieron. 
Cuando volvimos de cazar, mis hermanos se fue­ron con una paloma muerta a los galpones. Todos sabíamos que hacían experimentos en la casilla del motor de luz, cerca del chiquero. Después llegaron, corriendo, para almorzar. Se sentaron a la mesa y dieron la noticia: la tarde anterior Nieves Campero se había rociado nafta, había prendido un fósforo y había salido corriendo del puesto, como una bola de fuego. Mis padres ya lo sabían y por eso asintie­ron sin decir nada. Mi hermano mayor imitó a la mujer de Scalesi, que trabajaba en la cocina de la matera y estaba contando todo a los gritos cuando ellos andaban por ahí, operando a la paloma. Con una mano en la boca y los labios fruncidos, la mu­jer de Scalesi había dicho: “es una ampolla roja”, haciendo mucho hincapié en ampolla pero más en roja. También dijeron que había dicho “en carne viva”, uniendo los dedos en un punto, y “llaga” cla­vándose las uñas en la palma de la mano.
Mi madre no habló en todo el almuerzo. Cuan­do empezó a llorar, mi padre nos guiñó un ojo. Oímos un portazo de tormenta pero era una falsa alarma y no iba a llover. Mi madre empujó la silla para atrás, se paró, me dijo “vamos al pueblo” y me agarró del brazo. 
¿Por qué los hermanos Campero estaban traba­jando como si nada esa mañana en vez de ir a la clínica? Una vez mi padre había dicho que Nieves tendría que matarse de una vez y mi madre había dicho “pobre mujer”, a lo que mi padre respondió “pobre marido, pobres hijos”. Mi hermano más chico había contado que los Campero estaban afuera de la casa cuando ella empujó la puerta gritando, toda prendida de fuego –“no se le veía la cara”, había comentado la mujer de Scalesi. Se tiró al piso, cayó arriba de una gallina y la gallina se murió. Campero se sacó la camisa y empezó a pegarle a Nieves para apagar el fuego. Una, dos, tres veces. Los hijos también. Todos le dieron y le dieron hasta que sólo quedó el olor a quemado y el cuerpo de la gallina aplastada por Nieves. Y Nie­ves, “una ampolla roja, en carne viva”. ¿Por qué se había quemado, por qué no había hecho otra cosa para matarse, para ponerle, como se decía, fin a su vida? ¿Por qué se llamaba Nieves y no Nieve? Era como que una mujer se llamara Rocíos en vez de Rocío. O Violetas. O Isabeles. Nieves. 
Mi madre dobló en una curva. Cuando pasamos al lado de un Citroen amarillo, que tenía el capot levantado, trató de ir más despacio. Un hombre miraba el motor, con la mano en la cabeza. Por no llenarlo de polvo, mi madre pisó el freno. El tipo quedó adentro de una tormenta reducida provoca­da por la buena voluntad de mi madre. 
Una vez, Nieves Campero se había colgado de una viga del tinglado del puesto pero como era un poco gorda la soga se cortó. Le quedó una mar­ca en el cuello y estuvo enyesada un mes y medio porque al caerse se había roto una pierna –que “se le astilló toda”, como había dicho la mujer de Sca­lesi–. Otra vez había salido corriendo del templo Evangelista del Barrio Alegre y se había tirado contra las ruedas de un camión que pasaba. El ca­mión frenó, el camionero se bajó y encontró a Nie­ves de costado, como un embrión gigante, con los ojos cerrados y las manos en las orejas. El camio­nero tuvo que hacer una fuerza descomunal para separarle las manos de las orejas porque quería que lo escuchara cuando le preguntaba si estaba loca y si estaba bien (Nieves Campero había asentido aunque nunca se supo a cuál de las dos preguntas). La llevaron a la Clínica del doctor Molinari. Le vendaron un par de cortes, le pusieron una pomada en los moretones y “le dieron un calmante para el carácter porque tenía los nervios des-tro-za-dos”, como decía la mujer de Scalesi mirándote a los ojos. El mismo verano en que mi padre pudo com­prarse el coche, Nieves Campero abrió el botiquín del baño de su casa de Fortín Olavarría y se tomó todo lo que encontró, “hasta el agua oxigenada y 
los remedios del corazón y el cerebro del esposo”. La encontraron tirada en la cama, con espuma en la boca –“por el agua oxigenada”– y en el hospital de Fortín le hicieron “un lavaje con una sonda y salían las pastillas y todo lo que había comido ese mismo mediodía”. En esa parte la mujer de Scalesi negaba con la cabeza, mirando el piso. En casa ya estábamos habituados a que Nieves Campero hi­ciera esas cosas. Tomó insecticida y quiso tirarse por la ventana del salón de fiestas del hotel El Faro –“la atajaron entre cuatro”–. Morirse no era fácil.
Mi madre estacionó en la puerta de la Clíni­ca Molinari, entre la ambulancia y el Fairline del doctor Molinari. Cuando sacó las llaves, se agarró de nuevo al volante, bajó la cabeza y después me sonrió. En el pueblo no había tormenta de viento. Sólo el calor.
No la conocíamos mucho. Mi madre la había visitado alguna vez, cuando salía a recorrer con mi padre para saludar a los puesteros. La primera vez que fue a su puesto comentó que se notaba que Nieves era maniática de la limpieza. Mis herma­nos y yo la habíamos visto a Nieves sentada en el coche –lleno de parches de óxido– de su marido que había ido un sábado a la casa con ella para co­brar el aguinaldo antes de ir al pueblo. También la vimos el día que fueron juntos a buscar a su hijo a la estación de tren. Pero ya sabíamos quién era. Queríamos conocerla, verla de cerca. Después de todo, tenía el cuerpo más resistente del mundo. La peor suerte. Y una voluntad de hierro. 
Las dos veces vimos su cabeza de pelo corto, la nariz en gancho. Pero cuando nos acercábamos, Nieves Campero daba vuelta la cara, o porque no quería que la viéramos o porque no quería mirar­nos o por las dos cosas a la vez. 
Seguí a mi madre hasta el mostrador de la en­trada. Una enfermera vestida de rosa nos dijo que Nieves estaba en el segundo piso. A la enfermera le faltaba un diente pero ninguna enfermera está obli­gada a tener una dentadura completa. Subimos por la escalera porque el ascensor no venía. Se oían las ruedas de una camilla. En la puerta decía “prohibi­da las visitas”. Entramos en la habitación y vimos tres camas. En una, había una señora que miraba el techo. En la otra, había una mujer que roncaba. La momia de la cama del medio era Nieves.
Con esas vendas blancas como las nieves.
Mi madre se acercó y rodeó la cama. Dijo “Hola Nieves” y la miró con los ojos llorosos y la mano en la cintura, sonriendo apenas. La mujer estaba toda vendada. Le habían dejado descubiertos los ojos –tenía los párpados cerrados y no tenía pesta­ñas– y la boca, que ya no tenía labios. Mi madre se sentó en un banco que había al lado de la cama. Me hizo una seña para que fuera y me paré detrás de ella. Mi madre dijo “Hola Nieves” de nuevo y Nie­ves Campero dio vuelta la cara. Mi madre asintió, como si hablara con alguien invisible. Después le dijo a la espalda vendada de Nieves Campero que quería que supiera que la entendía, corrió el banco para atrás y se despidió. Oímos la voz de alguien en el pasillo. Mi madre me dijo “Vamos” y me agarró del brazo. El piso era de goma con aguas de colo­res. Me di vuelta. Nieves Campero tenía los ojos abiertos y me miraba. 
Mi madre paró el coche en uno de los kioscos del boulevard. Un hombre limpiaba los vidrios del Banco Provincia. Me bajé del auto y fui al kiosco de la esquina. Cuando salimos del pueblo, me pre­guntó cuánto me había quedado de vuelto y le dije que no me había quedado nada.
–Te di todo lo que tenía –me dijo, negando con la cabeza. 
Miró el espejo retrovisor y tomamos el camino de tierra. Parecía que el viento iba a arrancar los postes del alambrado. Vimos la nube de tierra que rodeaba la casa mucho antes de ver la casa. Ha­bían sellado las ventanas y las puertas con trapos pero el polvo se metía igual por todos lados. Esa fue la tarde en que volví a casa con una bolsa de caramelos masticables, que comí con mis herma­nos en la casilla del motor. La mujer de Scalesi me preguntó si habíamos estado con Nieves pero en vez de responderle le di vuelta la cara. Fue la tarde de la tormenta de polvo, la tarde en que Nieves Campero me miró fijo. Sus ojos brillaban con la fuerza de la vida.


23 marzo, 2013

María Laura Fernández Berro(Argentina, 1958)


La sangre derramada(fragmento)

                                                                   XXV 

(…)

Ayer soñé que venía una ola. Mire la ola errante y no tuve miedo. La orilla, sucia y náufraga. Entonces vino a mí. El pelo en el sol. La espuma rota en perlas de nácar. Y la luz.
Fue entonces que el río se secó. Se arrugó el agua desde el centro hasta la orilla. Y vi la tierra abierta hasta el infinito. Los barcos oxidados, recostados sobre la arena rota.
Río por donde todo vino y por donde todo se va.
Río como un animal movedizo, marrón, enorme.
A la orilla del río
A la orilla del río
Un niño solo con su perro.
A la orilla del río
Dos soledades
timidas…

(...)
“Hoy, toda la tarde, se oyó el ruido inquieto de los pájaros. Se los oía gritar entre la niebla. Atravieso lo blanco hasta tocar con el remo los camalotes. Tangible el río. Sólido. Hojas de color del campo. Hojas verdes, espesas, vegetales, nuevas que se entretejen en la proa, en el remo y me impiden pasar. Imposible dar vuelta a la isla. Hay momentos en la vida en los que sólo hay que ir para atrás… Será otro día. Ya no hay más ruido de pájaros. Sólo el remo. Sólo el agua. Uno, dos. Uno, dos. Cierra de golpe la noche. ¿Cómo sigo? En el club van a preocuparse por mi retraso. Remo sin piedad. No pienso. Sólo el agua. Río por donde todo vino y por donde todo se va. Río como una piel de caballo extendida bajo el sol o las nubes. A veces, zaina, a veces alazana, a veces tordilla, a veces azuleja esa piel, ese cuero. Río a veces potro. Río donde las brújulas se enloquecían y se mareaba, perdido, el arte de marear de los conquistadores. Río de miles de naufragios, ocultos por barro."
(...)
“Mientras escribo, ella dibuja árboles, casas, barcos. Algo no es, algo se establece y zarpa, definitivamente, en sus dibujos, en su sangrado. ¿La casa es un puerto a la que los barcos llegan?” 
(...)


de “La sangre derramada”, Babel Editorial, 2012. 
Primer premio de novela certamen Aurora Venturini, 2010.

Márgara Averbach (Argentina, 1957)


La mano en la Pared

En el lugar donde conocí a Ester, yo era sobre todo madre. Cuando volvió a llamarme, me dijo que quería una vendedora. Ahora, las dos somos madres de nuevo, pero la palabra tiene un sentido distinto, casi opuesto. La conocí en la puerta del colegio donde esperábamos a los chicos todos los días a las cinco y cuarto. A la entrada, “las madres” (en el espacio de esa manzana de veredas maltratadas, éramos siempre “las madres”) apenas si nos saludábamos. Tal vez porque a la entrada no había excusa para quedarse por ahí perdiendo el tiempo, tal vez porque sin excusas, suponíamos que con un poco más de esfuerzo, podríamos ganarle al trabajo y por eso volvíamos corriendo a las escobas y las clases y las compras. A mediodía, apenas había inclinaciones de cabeza, Chau, Hasta luego, ¿Qué tal? Hace frío. Cuatro palabras y las puertas del colegio quedaban vacías. Pero a la salida, las puntuales (yo y Ester llegábamos por lo menos diez minutos antes) nos reuníamos en grupos y había sonrisas y charlas encendidas. Sobre las maestras, sobre los horarios, sobre el cansancio, sobre los maridos, sobre los hijos, sobre el futuro. Yo hablaba con otras madres sin saber sus nombres, sin entender del todo lo que había detrás de la ropa prolija de esta, del vestido mal planchado de aquella, de los cuerpos gorditos o enflaquecidos, de las voces y las arrugas y las gritos. Reconocía, eso sí, la mirada fija en la puerta, el cálculo mental de minutos, el rebaño de chicos alrededor, el recuento de útiles y camperas. Aun ahí, donde era sobre todo madre, yo trataba de adivinar los gustos, la clase de sartenes, ollas, pavas que tal vez podría venderles. La puerta y las charlas me daban una oportunidad que no podía desperdiciar. Me acercaba a “las madres” con eso en mente y pronto, estábamos compartiendo las pequeñas escenas de la vida, una discusión, un reproche, un asombro, un descubrimiento. Ester tenía el reproche en los gestos. Sus hijos –tenía dos– venían peinados, limpios, perfectos y antes de entrar, ella los examinaba con cuidado, de arriba abajo, y a veces, se agachaba a limpiarles una mota de polvo del zapato o se inclinaba a arreglarles el cuello del delantal. Recuerdo sus manos, en el aire, arreglando un mechón rebelde de las trenzas de Cata. Sí, de Cata me acuerdo también. Cuando volví a ver a Ester, no había pensado en su hija en mucho tiempo pero descubrí que me acordaba de ella. No hubo tiempo suficiente para acumular recuerdos, pero me había quedado con una cara cansada de quince años, el aburrimiento en los ojos, ¡Mamá!, dejame en paz que voy a llegar tarde. Por eso, porque me acuerdo de los gestos de Ester, de las palabras de Cata; porque veo todavía la mano de la madre un día que llegué corriendo con la cartera abierta y el pelo desarreglado, Permitíme, me dijo y puso la cartera en su lugar, el pelo detrás de la oreja; porque me enfureció su deseo de corregirme, de convertirme a su religión de prolijidad obsesiva, por todo eso, su nombre y el de su hija y el aspecto de su casa se me grabaron en la memoria para siempre. Y ni siquiera la mujer que conocí después, esa madre rápida, hundida en datos, en teléfonos, en papeles, puede hacerme olvidar del todo a la Ester de los tiempos de “las madres” del colegio. En los tiempos del colegio, fui cuatro o cinco veces a su casa antes de que los chicos crecieran o se fueran o desaparecieran de nuestras vidas y dejáramos para siempre las charlas de la vereda. Nunca fui como amiga. En esos primeros tiempos, excepto en la puerta de la escuela, mi relación con Ester fue siempre la de una vendedora. Nuestra historia está cruzada: como “madre”, le vendía; como vendedora, con ella, fui otra madre. A esa casa ordenada, iba enfundada en una elegancia que jamás usaba cuando era “madre”. Tal vez era esa diferencia de estilo, esa máscara, lo que me daba vergüenza cuando iba a ver a Ester o a las otras “madres”. Con los desconocidos, con los compañeros de trabajo de mi marido, yo me inventaba una cara segura, una sonrisa eficiente, una sinceridad apabullante en la que yo también creía. La conversación me salía con una naturalidad asombrosa, suave como un guante de seda sobre la mano cuidada, arreglada, casi una obra de arte. Ah, a esa gente sí que sabía venderle. Con las madres, me costaba mucho. Ester me había arreglado la cartera, me había recogido el mechón rebelde, me había visto en vaqueros, sin pintar. Permitime. ¿Cómo hacerle creer en mi uniforme pacato y correcto, en mi sonrisa, en mi hebilla plateada? No sé si se los creyó. Entonces no le pregunté y ahora que la veo mucho, no creo que quiera preguntárselo. Sé que la casa que conocí era una extensión de la Ester del reproche. Entonces, Ester no tenía máscaras. Era una sola. La casa: limpieza absoluta; cuadros en ángulos rectos y exactos; una sola alfombra con los flecos lisos, paralelos; la cama, sin una arruga. La cocina: vacía como en las fotos de las revistas de arquitectura; sin un vaso; sin una cucharita sucia en la pileta; el repasador, en el gancho, con tres pliegues planificados, no espontáneos, uno más ancho en el medio, dos más angostos a los costados como una toalla en los hoteles de lujo de las series de televisión. Después de la escuela, dejé de verla. Cuando las cosas se derrumbaron y empezaron a verse los espacios vacíos, los huecos oscuros, tuve miedo y les pedí a mis hijos que se fueran. En nuestra ceguera parcial de aquellos tiempos, pensábamos que cualquier ciudad era mejor que la nuestra y que tal vez, bastaba con corrernos a un costado unos kilómetros para evitar el espanto. Así que tampoco los veía a ellos. Apenas había cartas de vez en cuando. Y después, de pronto, en el año de la guerra, con los comunicados y las noticias falsas sobre las islas en los oídos, recibí un llamado. No la ubiqué enseguida. Ester, decía la voz, una voz más cascada y sin embargo, más llena de fuerza que la de la mujer de la casa perfecta. ¿Ester? ¿Ester qué? El apellido no me aclaró mucho, tal vez porque entonces, cuando éramos “las madres”, los apellidos eran los nombres de los chicos: “lamamádeCata”, “lamamádeAlberto”. Tuvo que decirme la dirección para que me acordara. Pero en ese año, con los hijos lejos, me alegré de oírla. Me preguntó si seguía vendiendo ollas a domicilio. Dije que sí. El jardín estaba lindo, mucho mejor cuidado que mi balcón de macetas llenas de yuyos pero había perdido ese aire de matemática aplicada que para mí era un insulto. Lo noté enseguida y toqué el timbre con ese miedo extraño que se siente antes de un reencuentro, tal vez porque una sabe que no va a ver lo que espera, que el reencuentro en realidad, es imposible. Cuando me abrió la puerta, me di cuenta de que era ella pero el cambio era tan grande que me pregunté si yo también habría cambiado así. Si hubiera tenido un espejo, me habría mirado con espanto. Ella me abrazó. Eso también era raro: nunca nos habíamos abrazado antes. Por alguna razón, tal vez porque ella no me preguntó por los míos, no me atreví a hacerle la pregunta más obvia, ¿Qué tal?, ¿cómo andás? ¿Y Cata? ¿Y Gerardo? El living estaba oscuro y tenía otro color, turquesa, tal vez celeste, con esa luz era difícil saberlo. Había carpetas de hojas manchadas, abiertas sobre la mesa. De pronto, recordé el desierto del mantel en otros tiempos, la mesada brillante que seguramente seguía allá, del otro lado de la puerta entreabierta, en la cocina. Ester hojeó mis folletos despacio. No les prestaba atención. Quería decirme algo y las ollas eran una excusa. No me resultó difícil darme cuenta pero no supe cómo hacérselo más fácil. Y entonces, porque sí, levanté la vista y la vi. La huella de la mano en la pared azul. Me quedé inmóvil, mirándola. Una mano grabada como un bajorrelieve en la pintura del living de la casa de Ester era algo tan inconcebible que pensé que me había dormido. Un olor agudo a pesadilla cayó sobre el mantel y los papeles y las carpetas. La penumbra nos tocó los pies. –¿Qué? –dijo Ester, de pronto, las dos manos apoyadas sobre mis folletos de colores absurdos, abandonados a su suerte sobre la falda–. ¿No sabés? Yo no sabía. ¿Quién hubiera podido contármelo? Mi Alberto se había ido lejos y por otra parte, nunca había sido muy amigo de Cata. Los otros eran más chicos y tampoco estaban. Ya no éramos “las madres”. No estábamos envueltas en la humareda tibia de los chismes. Los ojos de Ester eran otros. Como su voz, tenían más fuerza y más años. Parecían partidos por grietas infinitas. Sé que ese día le di la dirección de Alberto y sé que se escribieron. Ella me mostró las cartas. Ahora que Cata la estaba armando a ella de nuevo con su ausencia, ella quería armar a Cata con las palabras de otros. La vida de Ester era un movimiento hacia arriba, en picada, hacia la escena que yo no había olvidado, hacia ese ¡Mamá!, dejame en paz que voy a llegar a tarde, sobre las veredas maltratadas del colegio. –Casi la mato cuando puso la mano sobre el enduido –me dijo. Había sido dos días antes de los golpes en la puerta, dos días antes de las sirenas y los hombres y el Falcon y la no despedida. La voz de Ester se quebró en la segunda palabra–. Casi la mato. Apoyó los dedos demasiado grandes sobre la huella que siempre tendría dieciséis años. Ya no lloraba.

  “La mano en la pared” en Aquí donde estoy parada(Córdoba, Editorial Alción, 2003).

04 marzo, 2013

Florencia Werchowsky (Argentina)


Florencia Werchowsky
El telo de papá(fragmento)

"Cuando se le ocurrió abrir el motel, su proyecto comercial absoluto, acaso su plan más lúcido, se sintió satisfecho como nunca antes. Era una idea que combinaba diferentes aspiraciones, era tan heroica como lucrativa, era arriesgada, rebelde, tenía fuertes implicancias sociales. Le parecía comprender y dominar ciertas conductas de la clase media del valle, donde había pasado los últimos veinte años de su vida. Había llegado a la idea del motel analizando a sus amigos y a él mismo y concluyendo que además de un negocio redituable, un hotel alojamiento era una apuesta épica, un espacio para provocar, para despabilar. Sería el refugio de los amantes de la zona, los casados, los infieles, los solteros, locales y de las otras ciudades, los viajantes y los viajeros. Además de un negocio, abriría capítulos en las historias de la gente del pueblo."

(...) 

  "Los coches empezaban a juntarse en fila detrás de la barrera. Tal era la ansiedad por la inauguración, que se había corrido el rumor de que convenía ir temprano para conseguir habitación y no quedarse afuera. Las parejas, sentadas en los asientos delanteros, conversaban y sonreían sin sentir vergüenza de ser vistos por los otros autos. Estaban yendo matrimonios como si se tratase del estreno de una película o de la inauguración de un nuevo restorán, eran citas de parejas constituidas que iban por la novedad y la anécdota, vestidas elegantemente." 


  por Reservoir Books - Random House Mondadori, 2013

25 febrero, 2013

Cecília Meireles (Río de Janeiro 1901-1964)

El ángel de la noche *
(crónica)




A las diez y media, el guarda nocturno entra en servicio. Ladra el perrito del portón en primer plano; ladra el perro más viejo del patio, en el segundo plano: de plano en plano, hasta el bosque, grandes y pequeños canes murmuran, aúllan, ululan, en la densa oscuridad de la noche todos sobresaltados por el trinar del silbato del guarda nocturno. Por el mismo motivo se hace un intervalo en el jardín, entre los insectos que seseaban y susurraban en los follajes: ¿qué nuevo bicho es ese, que comienza a cantar con una voz que ellos juzgan conocer, que se parece a la suya, pero que se eleva con una fuerza gigantesca?
Paso a paso, el guarda nocturno va subiendo la calle. Ya no pita: va caminando reposadamente, como quien pasea, como un poeta en una alameda silenciosa, bajo árboles en flor. Así va andando el guarda nocturno. Si la noche está bien sosegada, se puede oír su mano sacudir la caja de fósforos, y hasta adivinar, con buen oído, cuántos fósforos hay allí. Los perros enmudecen. Los insectos recomienzan a sesear.
El guarda nocturno mira hacia las casas, hacia los edificios, hacia los muros y enrejados, hacia las ventanas y los portones. Una pequeña luz, allá arriba: hace varias noches, aquella claridad vaga en la ventana: ¿es una persona enferma? El guarda nocturno camina con delicadeza, para no asustar, para no despertar a nadie. Allá van sus pasos sosegados, acompasados, cosiendo su sombra con la piedra de la vereda.
Imprecisos rumores de tranvías, de ómnibus, los últimos vehículos, ya somnolientos que van y vuelven casi vacíos. El guarda nocturno, que pasa junto a las casas, puede oír todavía la música de alguna radio, el llanto de algún niño, un resto de conversación, alguna carcajada. Pero va andando. La noche es serena, la calle está en paz, la luz de la luna pone una niebla azulada en los jardines, en las terrazas, en las fachadas: el guarda nocturno se detiene y contempla.
Por la noche, el mundo es bonito, como si no hubiese desacuerdos, aflicciones, amenazas. Hasta parece que los enfermos son más felices: esperan dormir un poco en la suavidad de la sombra y del silencio. Hay muchos sueños en cada casa. Es bueno tener una casa, dormir, soñar. El gato retrasado que vuelve apresurado, con cierto aire de culpa, en un salto exacto sortea el muro y desaparece: él también tiene su rinconcito para descansar. El mundo podía ser tranquilo. Las personas podían ser amables. Sin embargo él, el guarda nocturno, trae un revólver en el bolso, para defender una calle...
Y si un pequeño rumor llega a su oído y un bulto parece surgir en la esquina, el guarda nocturno vuelve a pitar largamente, como quien va soplando un largo collar de cuentas de vidrio. Y recomienza a andar, paso a paso, firme y cauteloso, disipando ladrones y fantasmas. Es la hora profunda en que los insectos del jardín están completamente extasiados, por el perfume de la gardenia y la blancura de la luna. Y las personas adormecidas sienten, dentro de sus sueños, que el guarda nocturno se está ocupando de la noche, vagando por las calles, ángel sin alas, pero armado. 



O anjo da noite
(crônica)

        Ás dez e meia, o guarda noturno entra de serviço. Late o cãozinho do portão no primeiro plano; ladra o cão maior do quintal, no segundo plano: de plano em plano, até a floresta, grandes e pequenos cães rosnam, ganem, uivam, na densa escuridão da noite todos sobressaltados pelo trilhar do apito do guarda-noturno. Pelo mesmo motivo, faz-se um hiato no jardim, entre os insetos que ciciavam e sussurravam nas frondes: que novo bicho é esse, que começa a cantar com uma voz que eles julgam conhecer, que se parece com a sua, mas que se eleva com uma força gigantesca?
  Passo a passo, o guarda-noturno vai subindo a rua. Já não apita: vai caminhando descansadamente, como quem passeia, como quem pensa, como um poeta numa alameda silenciosa, sob árvores em flor. Assim vai andando o guarda-noturno. Se a noite é bem sossegada, pode-se ouvir sua mão sacudir a caixa de fósforos e até adivinhar, com bom ouvido, quantos fósforos estão lá dentro. Os cães emudecem. Os insetos recomeçam a ciciar.
O guarda-noturno olha para as casas, para os edifícios, para os muros e grades, para as janelas e os portões. Uma pequena luz, lá em cima: há várias noites, aquela vaga claridade na janela: é uma pessoa doente? O guarda-noturno caminha com delicadeza, para não assustar, para não acordar ninguém. Lá vão seus passos vagarosos, cadenciados, cosendo a sua sombra com a pedra da calçada.
Vagos rumores de bondes, de ônibus, os últimos veículos, já sonolentos que vão e voltam quase vazios. O guarda-noturno, que passa rente às casas, pode ouvir ainda a música de algum rádio, o choro de alguma criança. Mas vai andando. A noite é serena, a rua está em paz, o luar põe uma névoa azulada nos jardins, nos terraços, nas fachadas: o guarda- noturno pára e contempla.
À noite, o mundo é bonito, como se não houvesse desacordos, aflições, ameaças. Mesmo os doentes parece que são mais felizes: esperam dormir um pouco à suavidade da sombra e do silêncio. Há muitos sonhos em cada casa. É bom ter uma casa, dormir, sonhar. O gato retardatário que volta apressado, com certo ar de culpa, num pulo exato galga o muro e desaparece: ele também tem o seu cantinho para descansar. O mundo podia ser tranqüilo. As pessoas podiam ser amáveis. No entanto, ele mesmo, o guarda-noturno, traz um bom revólver no bolso, para defender uma rua...
E se um pequeno rumor chega ao seu ouvido e um vulto parece apontar na esquina, o guarda-noturno torna a trilar longamente, como quem vai soprando um longo colar de contas de vidro. E começa a andar, passo a passo, firme e cauteloso, dissipando ladrões e fantasmas. É a hora muito profunda em que os insetos do jardim estão completamente extasiados, ao perfume da gardênia e à brancura da lua. E as pessoas adormecidas sentem, dentro de seus sonhos, que o guarda-noturno está tomando conta da noite, a vagar pelas ruas, anjo sem asas, porém armado.

CRÓNICA DE CECÍLIA MEIRELES
en:




*Traducción al Español de Grupo Conestabocaenestemundo.



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