30 enero, 2011

LIGEIA (Mar del Plata, argentina)


INQUIETUDES

Llovía, siempre llovía en los funerales, no sabía si era cierto en un porcentaje inapelable, pero sí había sido la constante en todos aquellos a los que había asistido. Y habían sido muchos, muchísimos. Teniendo en cuenta que era inmortal, habían sido realmente demasiados.

En realidad no era inmortal en el sentido estricto de la palabra, más bien su vida se prolongaba más allá que la del resto de la gente. Pero no significaba que nunca moriría. ¡Que va!, en cualquier momento algún niño curioso y atolondrado metería sus manos donde no debía y ¡adiós!, o alguien olvidaría dar cuerda a su reloj, o sacárselo para bañarse, y toda su vida se vería convertida en un montón de minutos atesorados inútilmente.

Descubrió el curioso hecho cuando contaba trece años, luego de que su madre falleciera repentinamente. Había que decir que era una mujer extraña. Imperturbable como una pitonisa, y supersticiosa y crédula de todos los vaticinios de los adivinos y charlatanes que vivían a sus expensas.

Siempre recordaría la casa de su infancia llena de gente rara que entraba y salía a todas horas, trayendo y llevando encargos increíbles. Su madre era médium y todas las noches se convocaba a los espíritus. A veces venían, a veces no. Él no creía en esas cosas, pero lo atemorizaban. El miedo animal del que algunos hablan.

Y su descubrimiento ocurrió un tiempo después de la muerte de su madre. Un día, despertó sabiendo que su supervivencia estaba ligada a un reloj. Al principio pensó que había enloquecido. No sabía qué reloj, ni donde estaba, ni a quién pertenecía pero así era. Seguro como que el sol saldría todos los días.

Sus noches se continuaban en días tan oscuros como ellas, vagando enajenado en busca de esos malditos aparatos. Era joven y no quería morir. Nadie quiere morir, aunque compadree demostrando lo contrario. Son sólo chanzas, provocaciones que serán pagadas tarde o temprano.

Pronto su casa, una inmensa casa vacía que ya nadie visitaba, se vio invadida por cientos de relojes que producían un zumbido constante y perturbador; y que sólo sirvieron para desesperarlo aún más. Vivía para verlos funcionar, los vigilaba, los limpiaba y los protegía rabiosamente.

Sin embargo, poco a poco, como un enfermo terminal, comenzó a resignarse y a razonar con cierta lógica. Por muchos esfuerzos que hiciera en abarrotar su hogar de relojes, miles de millones seguirían fuera de su alcance, esparcidos por el mundo, y no valía la pena continuar con el absurdo. Era mejor intentar una vida normal, y seguir por el camino que le estaba trazado.

Así, organizó una venta masiva, asegurándose de que cada comprador cuidaría correctamente la pieza elegida. Era angustioso verlo, sufriendo por cada partida, no queriendo pensar que con alguna de ellas también se iba su existencia.

Progresivamente se fue desprendiendo de todos, hasta que sólo algunos ocuparon con discreción la repisa de su casa; que de nuevo fue habitable.

Su vida se fue normalizando y aprendió a coexistir con la idea de tener que depender de un reloj, como quien se sabe aquejado de una enfermedad incurable.

Estudió, maduró, se enamoró, envejeció, y siguió envejeciendo mientras sus amigos más queridos iban muriendo uno tras otro. Y siempre era igual, el olvido y la muerte. La muerte constante a pesar del amor; y en alguna parte un endiablado reloj que lo ataba a esta tierra por un tiempo limitado pero desconocido

Ahora sentado bajo la lluvia, junto a la tierra encharcada de la sepultura de su esposa pensaba en todo eso. Y en algunas otras cosas que no tenían sentido. Que ya no tenían sentido, después de haber vivido tanto tiempo.

Lentamente se levantó, mientras sus huesos le recordaban su edad y encendió un cigarrillo. El cielo había empezado a ponerse rojizo, como si las nubes chorrearan sangre. Miró el paisaje por un rato, aplastó el cigarro y se puso en marcha. No quería que el guardián del cementerio viniera a perturbarle sus ideas.

Bajó trabajosamente las colinas embarradas, consultó su reloj pulsera que llevaba parado tantos años que ya no recordaba, y siguió su camino, pensando en lo que invariablemente había sospechado, y era el hecho, inquietante por demás, de que quizá todos aquellos que lo rodeaban fueran tan inmortales como él. Todos sabrían de la existencia de un reloj que de ser hallado los haría salvos. Pero sólo uno, uno de ellos sabría donde estaba y lo custodiaba para evitar que el mundo se detuviera para siempre.

Ligeia es su seudónimo para saber y leer más sobre la autora

10 enero, 2011

adiós a María Elena Walsh ( Argentina, 1930-2011 )


Cuento La Plapla

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas.
De pronto, vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?– se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos, y ya van tres. Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted, señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla? – preguntó Felipito asustadísimo –¿Qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a su maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco. Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primero inferior, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?


(María Elena Walsh)


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19 noviembre, 2010

Rachel de Queiroz(Brasil, 1910-2003)


El rompimiento (fragmento)
"Frente a la mesa, a unos tres metros de distancia, había apenas un sillón de madera, supuestamente destinado a banquillo de los acusados, o más bien, al reo, que sería yo. El negro –le llamo así porque tampoco nunca supe su nombre– se presentó en pantalón y camiseta sin mangas, de esas que sólo se veían entonces en los estibadores del muelle del puerto. Quizá se vistiese así como signo de su gran politización. Los dos que le flanqueaban usaban ropas comunes. Yo, obediente, me senté en el banquillo de los acusados. El presidente, declarando que acababa de llegar de la Unión Soviética (ellos jamás decían Rusia), traía órdenes expresas de corregir las desviaciones de los intelectuales. Afirmó haber leído atentamente mi novela. Y concluyó que no podía recibir permiso para publicarse sin hacer importantes modificaciones en la trama, cargada de prejuicios contra la clase obrera. Por ejemplo: una de las heroínas, muchacha rica, rubia, hija de un hacendado, era una doncella intocada. En cambio la otra, de clase inferior, era prostituta. Yo debería, entonces, hacer de la rubia la prostituta y de la otra la muchacha honesta. João Miguel, "campesino", borracho, asesinaba a otro "campesino". El muerto debería ser João Miguel, y el asesino pasaría de "campesino" a patrón. Igualmente me indicó otras modificaciones menores, terminando por sentenciar: "Si no se hacen esas modificaciones básicas, no podemos permitir que la compañera publique su novela."
Tenía él en sus manos, en un rollo de papel ceniciento, la única copia del libro que yo poseía, mal mecanografiada por mí misma, en mi vieja Corona. Me levanté, parsimoniosamente, del banquillo. Llegué a la mesa, extendí la mano y pedí los originales para que pudiese trabajar las modificaciones exigidas. El hombre, severo, me entregó el rollo. Yo miré para atrás y vi que estaba abierta la puerta del galpón, su única salida. Y, en vez de regresar al banquillo, avance hasta la mitad de la sala, giré para la mesa y dije en voz alta y tranquila: "¡Yo no reconozco en los compañeros condiciones literarias para opinar sobre mi obra. No voy a hacer ninguna corrección. Y pásenla bien!"
Me dirigí hacia la puerta y eché a correr. En verdad, yo estaba muriéndome de miedo en aquel local solitario, con aquellos hombres mal encarados. Para mi buena fortuna, en la parada junto a la calzada, un tranvía estaba parado y a punto de partir. Me tomé de las asideras, subí al tranvía ya en movimiento y me senté entre victoriosa y aterrorizada".



precario resultado (como se volvió evidente), incorporar
el lenguaje que hablo y escucho en mi ambiente nativo a la
lengua con la que gano la vida en las hojas impresas. No
que lo haga por novedad, apenas por necesidad. 
Mi pariente José de Alencar casi un siglo atrás vivía
peleando por eso e hizo escuela."


http://www.releituras.com/racheldequeiroz_bio.asp


Rachel de Queiroz, Fortaleza, 17 de noviembre de 1910 — Río de Janeiro, 4 de noviembre de 2003, fue una traductora, escritora, periodista y dramaturga brasileña. Autora destacada de la ficción social nordestina.
Rachel era hija de Daniel de Queiroz Lima y de Clotilde Franklin de Queiroz, descendente por la rama materna de la familia de José de Alencar. En 1917, su familia escapó de la sequía a Río de Janeiro, después a Belém de Pará, regresando dos años después a Fortaleza.
En 1925 concluyó el curso normal en el Colegio de la Inmaculada Concepción. Publicó por primera vez en el periódico O Ceará, escribiendo crónicas y poemas de carácter modernista con el seudónimo de Rita de Queluz. En ese mismo año publicó en forma de folletín su primera novela História de um Nome.
A los veinte años, fue conocida nacionalmente al publicar O Quinze 1930, novela que muestra la lucha del pueblo nordestino contra la sequía y la miseria. Demostrando preocupación con las cuestiones sociales y habilidad en el análisis sicológico de sus personajes, teniendo un papel destacado en el desarrollo de la novela nordestina.
Ya como escritora consagrada, se trasladó a Río de Janeiro en 1939. Ese mismo año fue galardonada con el Premio Felipe d'Oliveira por el libro As Três Marias. Escribió todavía João Miguel 1932, Caminhos de Pedras 1937 y O Galo de Ouro 1950.
Lanzó Dôra, Doralina en 1975, después lanzó Memorial de Maria Moura 1992, saga de una cangaceira nordestina adaptada a la televisión en 1994. En su juventud tuvo tendencias izquierdistas, siendo encarcelada en 1937, en Fortaleza, acusada de ser comunista. Ejemplares de sus novelas fueron quemados en apoyo a la dictadura militar que se instauró en Brasil en 1964. Publicó un volumen de memorias en 1998. Murió en su apartamento, unos días antes de cumplir los 93 años.

01 noviembre, 2010

Eugenia Prado Bassi (Chile, 1962)






Objetos del Silencio, novela (fragmento)


El hermano menor
Qué me haces que siento que me muero… 
a mis nueve, tú tenías once, eras de los hermanos el mayor 
¿qué me haces, que siento que me muero? que me agoto y ya no puedo levantarme y la luz de 
la mañana me encandila y me pone tan triste, ¿qué me haces, cuando éramos tan niños? ¿por 
qué me duele ahora la idea que me sitúa como presa única de tus movimientos feroces?, ¿por 
qué me besas?, me besas tanto, ¿por qué lo haces con tanta insistencia? ¿por qué me tocas?, 
me chupas tanto, que casi me gusta cuando lo haces y la costumbre a tus hábitos me obliga a 
soñarte, te sueño en pesadillas con los ojos brillantes, repasando cada movimiento que me 
vulgariza de tu hostilidad, ahora de crecido entiendo lo que hacías, sé que poco a poco fuiste 
poniéndome todo esto en la cabeza, aún así te atreves a negarnos, niegas el placer del primer 
día, de nuestro primer día, y yo sin poder entender cómo podrías no privilegiar entre tus 
recuerdos el momento exacto de ese día, cuando tú y yo, atrapados frente al espejo, 
enceguecíamos bajo la fuerza de extrañas imágenes, pero todo cambió de un momento a otro 
y pude ver cómo te instalabas en mí con inesperada certeza, me revelaste el secreto de la 
verdadera fuerza, ese primer día, tú y yo nacíamos para la vida, descubriendo sueños que 
revolotearon en nuestras cabezas, sueños de cuerpos conmovidos, anticipando los deseos que 
dibujarían el cómo iría dándose todo entre nosotros, pronto nos amamos sin escape, 
confundidos y desnudos, repletos y cercados,  nuestros cuerpos crecieron, mas uno siempre 
escapaba indistintamente bajo el consentimiento de una suerte de misterio, como si los 
ángeles del cielo hubiesen advertido nuestro intenso amor en el acecho de las pupilas 
dilatadas del que escapa, el espacio de la  infancia se hizo sofocante cuando apareció 
definitiva y rotunda la presencia de nuestra madre, nuestro inmenso amor, amparado bajo sus 
miradas y todos mis recuerdos de cuando no peleábamos, cuando nunca lo hacíamos, al ver a 
nuestra madre, toda ella, sonreír, fuimos creciendo, descubrí que  lo que hacíamos te 
avergonzaba, y yo, de pudores me ponía triste y tan perdido, tú me habías iniciado y eras tú 
quien anteponía semejante distancia, ¿te avergüenzo? ¿te avergüenzo de mis sueños? ¿te 
avergüenzan estos sueños míos? aún cuando por las noches sigo el movimiento de tus labios 
que chupan sin tregua, cuando exhausto y sin deseos trato de quitarme la dureza y que se 
calme, que se me calme la dureza de ahí abajo, cuando con enorme furia chupas el músculo 
atrapado por tus labios, sé que todos mis sueños ahora te avergüenzan, mis labios chupan, mi 
boca, puedo verte huidizo resbalar adentro de mi boca, y me gritas que siga, que lo haga más 
rápido, y yo, no pudiendo contener la respiración agitada, voluptuosos ardemos y el deseo nos 
estalla, intento quedarme quieto, espero con horror la proximidad de otro de tus estallidos, 
tiemblo, te estremeces, nuestra infancia toda, colmada de placer… 
El hermano mayor
Mi adultez se construye desde una precaria  lucha entre fuerzas antagónicas. Vivímos una 
infancia atrapada, cercados entre muros de habitaciones enormes, nuestra casa era una 
fortaleza sellada para el mundo. Despierto  atrapado por deseos que desconozco, corro a 
encerrarme en el baño, con todo creciéndome entre las piernas, sin que nadie, ningún adulto 
lo advierta. Me quito el pijama, mis manos se deslizan por mis muslos, el torso, los brazos, 
buscan las manos hacia abajo, recorren, cerca del ombligo, incómodo tiemblo de aquello que 
pulsa y me agita por dentro, mi sexo palpita, reacciona, crece...




*Editorial Cuarto Propio, Noviembre 2007 

Escritora, dramaturga.
1987 “La Prisionera del Bosque” Creación y diseño, cuento Infantil Ilustrado
1987 “El Cofre” Novela Experimental, Ediciones Caja Negra
1996 “Cierta Femenina Oscuridad” Novela/Dramaturgia, Editorial Cuarto Propio
1998 “Lóbulo” Novela Editorial, Editorial Cuarto Propio
2000 “El Cofre re-edición” Novela Visual, Surada Gestión Editorial.
2003 “El Principito” Letras de canciones. Cía. La Tirana, dirección Jorge López.
2003 “Dos personajes” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro. Dirección Karina Bacelli. Seleccionado en
los finalistas del Festival Pequeño Formato, Universidad Finis Terrae.
2003 “Cierta Femenina Oscuridad” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro. Dirección Karina Bacelli.Estreno Centro Cultural de España.
2004 “Hembros: novela instalación” Artes Integradas. Galpón Víctor Jara. Dirección Colectivo de Artes Integradas. Instalación mulitimedia, que entre sus disciplinas incluyó: música original,teatro, danza, audiovisual, y plástica.
2004 “Amortajadas cárceles” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro
2005 “Desórdenes Mentales” Dramaturgia, 2005. Dirección Alejandro Trejo. Estreno Casona Nemesio Antúnez
2007 “Objetos del Silencio” Novela, Editorial Cuarto Propio.
2008 “Menú del Día” Dirección Dirección: Adriana Cataldo López. Municipalidad de Conchalí

28 octubre, 2010

Giovanna Rivero (Santa Cruz, Bolivia, 1972).


De antología




Definitivamente era un mal cuento. El editor lo sabía pero no supo decir que no cuando ella ingresó a su oficina con aquella faldita blanca transparentando sus bragas oscuras. Además, la boca, él tenía debilidad por las bocas pequeñas, redonditas como pronunciando la o con lascivia. O de olor, O de opio, O de odio, O de ombligo, O de obsesión. Su boca era una O carnosa, un anillo perfecto.


Se sentó frente a él y dijo con el descaro propio de la ignorancia:


-¿Cuándo me publica mi cuentito?
-Tendríamos que hacer demasiadas correcciones- contestó el editor, moviéndose en el péndulo de la amabilidad y el profesionalismo. Cuando ella hablaba, la fascinación lo cubría enturbiando su inteligencia. Quizás debería aconsejarle que intentara grabar un disco, cualquiera puede ser cantante en estos tiempos.
-¿Y qué parte le gustó más?
-Bueno… -titubeó el editor- el cuento es ambiguo. Habría que definir el clímax.
-Adoro esa palabra -dijo ella, sonriendo. El anillo de su boca se extendió suavemente dejando ver los dientes cuya separación en los delanteros le daba un aspecto de niña.
-¡Clímax! Es una linda palabra. Podría incluirla en alguna parte del cuento, ¿no cree?


El editor hizo un esfuerzo por desprenderse de la fascinación: abrió la gaveta de su escritorio y sacó un archivador con una enorme cantidad de papeles.


-Mira todo lo que nos envían diariamente a la editorial. Son poemas, ensayos, novelas de escritores conocidos. Necesitamos revisar nuestro presupuesto. Un libro de cuentos ahora…
-Pero podríamos arreglar eso que usted dice, lo del clímax- insistió ella. "Presupuesto" no era una palabra que su boca pudiera pronunciar con tanta facilidad.


-Escuche- prosiguió ella, inconsciente de que su voz erizaba los vellos de la espalda del editor- le leeré la parte que a mí me encanta y tal vez ahí podríamos aumentar lo del clímax.


"La bailarina que los tres amigos habían contratado para la despedida de soltero no era ninguna belleza. La danza del vientre sólo conseguía que la panza le temblara, cuando se suponía que lo gelatinoso del baile debería estar en las caderas".


-¿Qué le parece?


Antes de que él pudiera responder, la secretaria tocó la puerta. Dijo que se trataba de Luis Simonetti. ¿Sabría ella quién era Simonetti? Intentó explicarle que la reunión para hablar sobre su cuento había concluido. Simonetti acababa de ganar el premio de novela más importante del país y no podía desperdiciar la oportunidad de publicarlo.


-¿No es que no había presupuesto?- preguntó ella enfadada. Su boca se frunció en un puchero y él temió que de pronto, en aquella escena surrealista que estaba viviendo, ella se echaría a llorar. Pero ella propuso algo inesperado.


-Me quedaré. Quiero saber cómo se dirige a un verdadero escritor.


-No puedes quedarte- dijo él, con dulzura- Simonetti es un tipo serio y querrá tratar sus cosas en privado.


-No me verá- dijo ella. Y sin más, se metió bajo el escritorio emitiendo risitas entrecortadas como si todo aquello, su presencia, su cuento sobre una bailarina gorda, fuera tan sólo una picardía infantil.


Ya era tarde para hacer otra cosa. Simonetti había ingresado a la oficina, saludando a su estilo.




-"Cosa terrible el amor", ¿eh, Sampieri?- Saludó el escritor con un apretón de manos.
-Terrible, terrible- hizo eco el editor, invitándolo con un gesto de la mano a que tomara asiento.
-Así se titulará mi novela. Decidí cambiar el título en honor al maestro.
-¿Venderá? El título digo. Lo clásico no siempre engancha.
-!Oh! Ustedes los editores siempre matando la inspiración. Recuerda que la literatura es lo único que en estos momentos, duros momentos, en que la vida parece ser tan relativa, tan vacua, nos da…


El editor oía las palabras del escritor famoso intentando entenderlas, pero su esfuerzo era inútil. La muchacha, acurrucada como una mimosa gatita bajo el escritorio, le había bajado el cierre del pantalón y su boca traviesa ahora se ocupaba de su pene. El editor sintió cómo la boca saboreaba la punta de su sexo, pasando la lengua en círculos, apretándola un poquito. Sintió su pene crecer, vencer su propia inteligencia, mandar al diablo su sentido común, su capacidad para sacarle ventaja a los mejores escritores. La boca engullía su sexo y él se sentía inmenso, el escritorio podría levantarse en cualquier momento, levitar, sorprender a Simonetti con una magia que él jamás había concebido en su estilo tediosamente clásico. La boca mordió despacito, avanzando desde la punta hasta el centro de su pene, donde las venas inflamadas surcaban caminos desconocidos. El editor se acomodó en el sillón, bajando un poco la espalda y echando el cuello hacia atrás.


-…porque, como habrás leído, la mezcla de política y religión sigue siendo una buen truco para darle densidad a los temas. Ahora me interesa esta cuestión del existencialismo, el hombre solo, autista, masturbando su propia alma.


-Masturbando…- repitió el editor. Buscaba con desesperación la lógica en alguna parte de sus neuronas.


Pero sus neuronas se habían convertido en invisibles espermatozoides alborotados que intentaban contenerse. La boca en O ahora comía los testículos, succionándolos, fruta salada, voracidad, olvido de sí mismo. Su columna vertebral era un torrente eléctrico que explotaría en cualquier momento.


-Entonces… ¿En qué quedamos?- preguntó el escritor.
-¿En qué… quedamos?


Podía sentir su pene aprisionado en el paladar de la muchacha, rozando su garganta, quizás también sus amígdalas. Imaginó las amígdalas de aquella gatita traviesa como dos ovarios rosaditos, fértiles.


-No hay pre…


-¡No me digas que no hay presupuesto!- casi gritó el escritor. La fama lo tornaba impaciente.


El editor suspiró y cerró los ojos. Acababa de eyacular en aquella boca profunda y cálida. Bajó la mano izquierda y acarició el pelo castaño de la muchacha.


-Me refiero a que no hay precio para un clímax como el que has logrado. Te publicaremos- dijo.


Simonetti sonrió satisfecho. La muchacha estaba segura que se refería a su cuento sobre la bailarina gorda. Quiso reír fuerte, pero por suerte, el líquido tibio le sellaba los labios.






Su obra incluye los libros de relatos Las bestias (1997, Premio Nacional de Literatura), Sentir lo oscuro (2002), Contraluna (2005), Sangre dulce (2006) y las novelas Las camaleonas (2001) y Tukzon, historias colaterales (2008), y el libro de cuentos para niños La dueña de nuestros sueños (2002). Sus relatos “El secreto de la vida” y “Dueños de la arena” obtuvieron el premio de cuento del periódico Presencia (1993) y el Premio de Cuento Franz Tamayo (2005), respectivamente. A través de la beca Fulbright-LASPAU hizo una Maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florida, USA. Participó del Iowa Writing Program en el otoño del 2004, en la Universidad de Iowa City. Recientemente su cuento "Camas gemelas" fue seleccionado para participar de la antología latinoamericana El futuro no es nuestro (2009) y fue invitada como uno de los cuastro escritores latinoamericanos para compartir el programa "Escribir en residencia" que la Universidad Alcalá de Henares auspició durante todo el mes de abril del presente año. Acaba de publicar su primer libro en España, Niñas y detectives, con el sello Bartleby Editores (Madrid, 2009). El cuento que aparece en la revista forma parte de este libro.

25 octubre, 2010

Angela Pradelli (Argentina,1959)


Pasábamos los veranos en Río Negro. Esperábamos todo el año que se terminaran esos meses eternos de colegio en Buenos Aires para viajar a la chacra de mis abuelos.
Teníamos permiso para todo, hasta nos dejaban nadar en el canal a la hora de la siesta sin que nos vigilaran los grandes.
Cuando empezaba a oscurecer mi abuela encendía un farol en la cocina porque por esos años la chacra no tenía luz eléctrica. Pero la oscuridad iba metiéndose de a poco en la casa. Entonces yo pegaba mi cuerpo a la ventana desde donde se veía la ruta a lo lejos y clavaba los ojos en los faros de los autos que pasaban cada tanto.
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A veces mi abuela me acompañaba al canal a la hora de la siesta. Cruzábamos despacio esa calle de tierra por donde nunca pasaba ningún auto. Ella buscaba algún tronco y se sentaba a esperarme. Decía que le gustaba verme nadar y jugar en el agua. Dos filas apretadas de álamos bordeaban el canal. Eran altísimos y desde allí adentro podía verse sus copas que bailoteaban en lo alto. También podía sentirse el calor de algún rayo de sol que inevitablemente se filtraba por entre sus ramas y calentaba la brisa. Y el murmullo de las hojas cuando el viento las movía.

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Sé que todos los sábados mi abuela mataba un pollo para que comiéramos los domingos al mediodía. La desplumaba bajo la pérgola y lo dejaba colgado por unas horas allí mismo. Pero no es así como lo recuerdo, sino como gallinas y gallinas con el cogote retorcido moviendo las patas con desesperación. La sangre que goteaba en la tierra. El charco que se iba formando con la mezcla del estiércol y la sangre.

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Mi abuela usaba un camisón muy amplio y largo hasta los pies y por las noches se soltaba siempre el rodete tirante que llevaba en la nuca. El pelo le llegaba hasta la cintura. Una noche en la que yo no podía dormir, la encontré afuera de la casa, bajo su pérgola de rosas. Dormitaba en el sillón, casi desnuda. Sólo llevaba unos calzones grandes y flojos. Tenía los brazos apoyados en los costados del sillón y las manos se dejaban caer. Una carne fláccida y estriada le colgaba bajo la axila. Ya se sabe, las noches son inmensas en el campo. Los silencios. La recuerdo a mi abuela desnuda en esa noche enorme. El pelo suelto. La cabeza apenas reclinada hacia atrás y la boca entreabierta que reproducía un silbido al respirar. La blancura de su piel resurgía en esa noche. Dormía serena y los pechos desnudos le caían sobre el vientre hinchado.

Las minificciones que forman parte de la novela Amigas mías,Emecé, 2002.

14 octubre, 2010

Bárbara Jacobs(México,1947)

El cuento perdido

Si a un poeta es difícil creerle la historia de que perdió su poema consagratorio; bueno, si es difícil creer que a Coleridge lo interrumpieron mientras escribía su poema consagratorio, es imposible tomar por cierto que estas tragedias le sucedan a un cuentista. Quiero decir que un poeta todavía conserva a su alrededor y hasta en su lenguaje una atmósfera inmaterial que lo protege de la duda que él mismo despierta; pero no un cuentista. Mucho menos, si los términos perder o interrumpir participan de la posibilidad de ser metáforas. Sin embargo, lo que me sucedió a mí cuestiona mis propias afirmaciones de que no es creíble que un cuentista pierda su cuento consagratorio o sea interrumpido mientras lo componía. La otra tarde perdí un cuento que un cuentista había perdido y que yo me había encontrado.
Puse de cabeza mi estudio, en donde guardaba el cuento perdido en espera de que el cuentista diera señales de haberlo perdido y de querer recuperarlo. Deshice carpetas en busca del cuento, levanté el tapete, quité lo que cuelga de las paredes, fotografías, acuarelas, collages, calendarios viejos y calendarios nuevos, con la esperanza de dar con el cuento pegado detrás del forro de algún marco, la tela de una silla pintada al óleo, o del tapiz de un bosque canadiense en el otoño. Pero no encontré el cuento perdido y vuelto a perder.
Ya le había cobrado doble afecto, por cierto; pues se trataba de un cuento, aunque alarmante, novedoso, lo que hacía que me doliera que su autor lo hubiera extraviado y, lo peor, que no lo reclamara. Pesar sobre pesar. Y si añadía el elemento de alarma, el asunto producía en mi búsqueda una inquietud de igual forma doble. Llegué a gritarle por su nombre, a ver si respondía.
Bueno, llegué a enloquecer. A pesar de que estaba segura de que el cuento no había salido de mi estudio, partí de noche en su busca con una linterna a una zona de la ciudad, en las orillas, en la que tenía entendido que había una cueva en la que se refugiaban fugitivos de toda clase: sí; fugitivos; pero, ¿un cuento? ¿Qué me hacía sospechar que el cuento doblemente perdido hubiera ido a dar a esa cueva de desechos, de desertores de la vida, transitorios o definitivos? Sin embargo, hacia ese depósito inseguro me dirigí, impulsada por la urgencia de volver a tener en mis manos el cuento perdido y vuelto a perder. Me temblaban los dedos. No me perdonaba el descuido con el que había pretendido más bien atesorar mi hallazgo. ¿En dónde lo podía haber puesto? Hablo de un cuento, y no tengo la certeza de que nuestro texto en cuestión lo fuera. Y hablé de que su sino era de alarma. A ratos pienso que podía en realidad tratarse de un poema, pues era memorizable; de hecho, yo lo había memorizado. Apenas unas dos líneas y un poquito más. Cuento o poema, era alarmante, ¿Género de horror? O terror. O realismo llevado a sus últimas consecuencias. O humor negro. O informe psiquiátrico. O fantasía desquicidada.
De forma intuitiva o mecánica, en camino hacia la cueva iluminaba los troncos de los árboles. Me animaba la esperanza de ver clavado contra ellos un letrero con el aviso de una recompensa a quien encontrará un manuscrito, unos papeles, un legajo de tales y tales características y lo devolviera a su dueño, palabras a las que seguirían las señas del cuentista. La cosa es que a la cueva llegué con las manos vacías, doblemente, sin el manuscrito y sin la demostración de que su creador quisiera recuperarlo. ¿No lo quería? ¿Entonces no lo había perdido, sino que se había deshecho de él? ¿Al ser anónimo y no reclamado, el que lo encontrara podía apropiárselo? ¿Era mío, aun cuando yo también lo hubiera perdido? ¿Haberlo memorizado era la prueba fehaciente de que era mío? Y, si en el trayecto de sus pérdidas, las dos que me constaban, más otras probables, otras mentes lo hubieran memorizado, ¿de quién era el cuento perdido y vuelto a perder y vuelto a perder?
Con estas preguntas en la cabeza llegué a la cueva. Para internarme en ella, usé el cuento de contraseña. Lo dije en voz alta: "Cuando me rompí en pedazos, logré agacharme y recoger la mayoría: pero, al intentar la reconstrucción de mi persona, desconocí el orden de los fragmentos". Para terminar, añadí: "Heme aquí".

* en La Insignia, Marzo del 2002, México.


(México, DF), cuentista, ensayista, novelista, es autora de Doce cuentos en contra (1982), Escrito en el tiempo (1985), Las siete fugas de Saab, alias el Rizos (1992), Vida con mi amigo (1994),
Juego limpio ( 1996), Las hojas muertas (1997, Premio Xavier Villaurrutia), Adiós humanidad (1999), Atormentados (2002). En colaboración con Augusto Monterroso, publicó Antología del cuento triste (1996).


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