26 julio, 2014

CAROLA SAAVEDRA (Chile-Brasil, 1973)



FLORES AZULES
20 de enero
Querido mío,
Pasé el día pensando, la carta que te escribí ayer, tu reacción. ¿La habrás leído? Inquieto, abriendo el sobre todavía en el ascensor, o la habrás tirado, antes de llegar a casa, el sobre intacto, o la habrás rasgado, los pedazos en el cesto de basura del pasillo, junto con otros papeles, anuncios, borradores, diarios, todo lo que nadie quiso, o habrás dejado apenas el sobre cerrado encima de la mesa, mudo. Pasé el día pensando. Y, si realmente la leíste, llegaste a casa, abriste el sobre y la leíste, ¿qué habrá sucedido? ¿Me habrás oído? ¿Habrás comprendido, hasta el más inesperado de mi relato, lo habrás comprendido? ¿Nos habrá aproximado? Los recuerdos, el rescate de algo nuestro, algo que vuelve a existir, o es que soy sólo yo, yo todo, el deseo, la escritura, la lectura. Es que te llamo y tú sigues, sin mirar hacia atrás, nunca. Yo me quedo pensando, allí, del otro lado, que es donde tú te encuentras, ¿habrá habido algo capaz de prenderte?
Es posible también que a ti no te haya gustado, tal vez hasta me odies ahora, todavía más. Yo recordando aquel día, el último, nuestra ida al videoclub, obligándote a recordar, preguntándote a cada instante ¿recuerdas? ¿recuerdas? Y tal vez tú no quieras. Tal vez tú prefieras solamente seguir hacia adelante, el futuro, lo que está por venir. Pensando que la separación es un fin, no un instante eterno, como quiero creer. Tú que eres siempre otro, y andas por las calles sin mirar hacia atrás, nunca. Tal vez tú me odies ahora, más todavía, y ni llegues a leer esta segunda carta, tal vez tú no leas nunca más nada mío. Pero, de todas formas, siempre tendré la esperanza de que tú vuelvas hacia atrás, quién sabe la semana entera, o hasta meses, el sobre olvidado, tirado en algún lugar, semanas, meses, años, hasta que, quién sabe, algún día, un desliz, un descuido, un movimiento impensado, y esta carta que se abre y todo el mundo dentro de ella que se abre. Diciéndote en todo momento: ¿recuerdas? Y, aunque yo esté equivocada, y tú tires a la basura una carta después de la otra, decidido, implacable, ésta y las que vendrán. Sí, porque habrá otras. ¿Cuántas? No sé todavía. Pero habrá otras, todos los días, en tu buzón, todos los días, esperándote, el sobre cerrado y todas sus lecturas y posibilidades. Entonces, aunque las tires a la basura, una carta después de otra, existirá siempre el sobre cerrado y la expectativa del sobre cerrado y su propio idioma.
Pero prefiero imaginar que las cosas no son así. Prefiero algo mucho más simple, tú como ahora, sentado en un sillón, o en una silla, o en un sofá, esta carta, una taza de café. El teléfono sonando. Tus manos y esta carta. Sólo eso. Lo mínimo necesario. Siempre me pareció que es necesario ser simple cuando hay algo importante para decir. ¿Habrá realmente algo importante para decir?, tú debes estar preguntando. ¿Una revelación, un secreto? Yo te respondo que sí, que hay cosas que tú no sabes, siempre hay cosas que no sabemos, por más transparente que el otro sea. Por más dócil, hay siempre algo inesperado, algo que tal vez te sorprenda y te haga sonreír o sufrir.
Una pequeña venganza, a fin de cuentas qué es una venganza más allá de una extraña declaración de amor, alguien que se venga y siempre alguien que dice: la separación, la separación es un gusto por la mitad y tu nombre que se repite, cada vez. Tu nombre incompleto, suspendido en mi boca, eso es la venganza, un amor que no acaba nunca.
Entonces fue lo que sucedió, una pequeña venganza, ayer. Te digo que fue ayer, pero podría haber sido antes, cualquier otro día después de tu ausencia, entonces te digo, porque soy yo quien está contando: ayer fui al videoclub. Te digo esto casi en secreto, temerosa, quizás, la primera vez desde aquel día. Fui al videoclub, la misma puerta, las mismas películas, el mismo hombre atrás del mostrador, pero algo había cambiado, algo en mí, y tomé justamente aquella película, la de la última vez, ¿recuerdas? Aquella que yo sugerí, ¿por qué habrá sido? ¿Estaría queriendo decir algo? Pero tú no querías ver, tú me tomaste del brazo con fuerza, la presión de tus dedos todavía mucho tiempo después, todavía ahora nosotros dos en el medio de la calle, y la presión, momentos después. El personaje que se parece o no a ti y hasta el mismo actor, ¿será así? Pero ahora da lo mismo, tomé la película, ¿despiadada? Puede ser. Y fue como si yo te traicionara, extraño, ¿no?, como si te engañara, como si me vengara, o, peor, como si me vengara y sonriera. Caminando feliz en medio de la calle, como si me vengara y sonriera. ¿Viste cómo todo ha cambiado? Yo me sentía alegre, una agitación, un entusiasmo, yo casi corriendo, radiante, en medio de la calle, la sensación de haber robado algo valioso, la sensación de haber robado, y ahora, escapando sin que nadie se diera cuenta, ilesa, y me preguntaba, ¿cómo podía hacer eso contigo?, y yo sonreía, radiante, sin que hubiera razón.
Y entonces, ahora, podría decir que, al llegar a casa, puse la película en el aparato, apreté play, y surgió todo un desdoblamiento de escenas y ese actor y ese personaje y todo aquello que tú negabas y que podría haber sido tú. Y decirte que pasé todo ese tiempo feliz, enfrente al aparato de tv, todo aquello que yo no entendía pero que, yo estaba segura, te haría sonreír y sufrir. Yo podría haber hecho todo eso, pero no. Yo podría hasta mentir, pero no. Por algún motivo, sólo la película, aquel pequeño disco y la sospecha de algún peligro, un miedo indefinido. Yo podría haberlo hecho todo. Pero no. Por algún motivo. Volví a poner el pequeño disco en la caja, la cerré, y ella quedó allí, encima de la mesa, por mucho tiempo, yo enfrente al ruido de la televisión, la televisión vacía de imágenes. Mi pequeña venganza, infantil y boba. Yo podría hasta mentir. Es que la venganza nunca es suficiente, como el amor, ¿qué diferencia hay?, y, cuando se comienza, se necesita otra cosa, para que haya siempre un retorno, tu nombre, cada vez.
Siempre se necesita otra cosa, y aquello, aquella tontería de ir al videoclub y alquilar la película, fue solamente el comienzo de las cosas que no hice, y que podría haber hecho para lastimarte, para herirte. Yo podría confirmar tantas cosas, algún recelo tuyo, ¿no? Contarte, por ejemplo, cada detalle, cada minucia, desde la ropa que estaba usando, aquel vestido rojo, ¿recuerdas? A ti siempre te gustó verme de rojo, que me quedaba tan bien, aquel que dejaba la espalda desnuda, y los cabellos negros sueltos que tú solías comparar con una cortina oscura, como la noche, ¿como qué? Contarte los detalles, el vestido rojo, los cabellos sueltos, como tú preferías que los llevara, ¿no era así? Y podría, por ejemplo, decirte que me lo lavé detenidamente, las mejores esencias, los mejores aceites, largas horas frente al espejo, me maquillé con cuidado, el cuerpo todavía húmedo, me perfumé por entera, como para un encuentro, como para un amante, el cuerpo suave y exacto. Después me calcé las sandalias de tiras, de taco altísimo, esas que después de algunas horas dan dolores terribles en los pies y en las piernas y que yo usaba solo para agradarte, ¿recuerdas? Yo que haría cualquier cosa para agradarte, las sandalias que a ti te gustaban tanto porque sabías la molestia que me daban, las tiras apretando los dedos y el taco sobre el que apenas mantenía el equilibrio. Entonces te digo todo eso, el cuerpo perfumado, el vestido, el maquillaje, las sandalias, yo intentando mantener el equilibrio por la casa, el sonido de mis pasos en el suelo, como cuando llegabas y yo te iba a recibir, el silencio y el sonido de mis pasos y de mi respiración ansiosa hasta llegar a la puerta y abrir la puerta y verte, sonriendo, como si todo aquello fuese obvio, que yo me preparara, que estuviera allí. Pero esta vez yo no estaba caminando en dirección a la puerta ni tú estabas esperándome y creyéndolo todo obvio, sólo yo y el vestido rojo carmín y la película sobre la mesa del living, la película que no vi pero que le bastaba existir para significar algo. Una pequeña venganza, una confidencia, porque el otro, por más dócil, por más transparente, trae en sí siempre algo inesperado, que tal vez te haga sonreír o sufrir.
Yo podría contarte toda aquella preparación, el vestido, el perfume, la película que no vi y todo lo que pasó después. Sí, porque no fue solamente la película. No fue sólo la película, la pequeña venganza, infantil y boba, sino todo lo que vino después, ese momento que no debería existir. Entonces te digo que al contrario de lo que tú te imaginas, yo no salí después, ¿no es eso lo que tú te imaginas? No, no salí ni caminé por los bares, por las calles, por los lugares más oscuros de la ciudad. No, no me ofrecí lista y perfumada, una sonrisa nueva, una invitación, no, yo no me junté a otros cuerpos, no sentí otros perfumes, no besé otras bocas, ni acerqué mi rostro a otro rostro, a la aspereza de otro rostro. Fue así. No bajé corriendo las escaleras, ni bailé, ni canté, ni grité que nada de esto me importaba, que nada más me importaba, no le sonreí a otros labios, ni me aproximé, ni deseé, ni dejé que me desearan, obediente, feliz, no, yo no pasé mis dedos por otra piel, la yema de mis dedos, ni la suavidad de mi piel en otra piel, nada de eso hice. No bailé durante toda la noche, el día amaneciendo en otras bocas, no, yo no desperté en otras camas, ni en mi cama, las sábanas envolviendo otros cuerpos, las sábanas abiertas, no, yo no te condené, ni te di la espalda y sonreí, entre otras vidas, otras respiraciones, no, yo no sentí el peso de otro cuerpo, de otra mano, ni el aliento de otro ritmo en mi nuca, no, yo no lloré ni sufrí en otros brazos, no abrí el cuerpo a otros ojos, otras revelaciones, ni me desnudé ansiosa, en medio del living, o frente a otra cama, no, yo no me quité el vestido rojo, ni ninguna pieza que a ti te gustara tanto, sólo para ti, para otro, no me solté el cabello, como tú preferías, para otro, ni sentí la caricia de otras palabras en mi oído, no, yo no hice nada de eso. No bajé corriendo las escaleras, ni cualquier otro lugar oscuro de la ciudad, no le sonreí al primer extraño, no me ofrecí con los ojos iluminados ni caminé lánguida hacia otra dirección, no, yo no permití otras manos sobre mi piel, que tú decías suave, otras manos y otra voz hablando de la suavidad de mis cabellos, no otra voz envolviendo la mía, otra caricia, no, yo no hice nada de eso, todas las pequeñas venganzas que podría haber hecho, y escribirte ahora, y hacerte sonreír o sufrir. Pero no. Yo no hice nada de eso. Yo sólo cerré los ojos y me quedé allí.
Entonces, ¿por qué todo esto?, podrías pensar. Esta exposición de lo que no hice, este inventario de venganzas abortadas. ¿Una forma muy sutil de castigo? ¿Una declaración de amor? No lo sé, tal vez simplemente franqueza, para que tú sonrías o sufras, o quizás una forma de de quererte, de alcanzarte, para establecer entre nosotros un lazo, un lazo imposible, que sólo yo establezco porque estoy aquí, porque existe una distancia entre lo que escribo y lo que lees, porque hace días que no me baño, no me peino, no salgo de casa.
A.

04 abril, 2014

Grace Paley ( E.E.U.U.-Nueva York, 1922-2007)

El festín del caníbal 


Peter se encuentra en un parque con Anna, su ex-mujer. Le saluda Judy, la hija de ambos. La aparición de Peter en escena, ufano y un tanto engreído, es la de un cazador recolector que ha entrado de nuevo en escena. "Le saludó el verde pálido de los mugrientos brotes de los nogales. Cargado de comida, Peter cruzó a grandes zancadas el parque. Apartó de una patada las decepcionadas bellotas y obsequió con una espléndida sonrisa admirativa a dos jovencitas. Anna le vio acercarse pisoteando los narcisos: un hombre sonrosado que vivía su eterna juventud." La gran fiera leonada está preparada para retomar los ritos seductores, los cortejos animales. Cree que Anna le ha citado allí para iniciar un acercamiento y retomar sus contactos. En realidad, ella solo quiere que se haga cargo durante unas horas de Judy. Tiene cosas que hacer, colocar objetos en la casa a la que acaba de trasladarse. Peter, avispado y rudo, consigue rápidamente que la hija de unos amigos, que anda por allí, se haga cargo de la niña, y se ofrece voluntariosamente para ayudar a Anna. La sigue a la casa de ella y olfatea el lugar que Anna ha elegido para su nueva independencia, lejos de él. Fantasea, quiere poseerla de nuevo. El resto del relato, hasta el final, es la constatación de que también Anna ha aprendido determinados ritos predadores y que conoce el modo de probar y degustar la pieza sin el menor arrepentimiento. O eso parece en ciertos momentos. Destacaría del relato su chispeante proceder, sus diálogos vivos y la retranca con la que Paley desarbola a su personaje masculino conforme le va confiriendo cierto encanto humorístico. La última página de este cuento es enigmática. Lo he releído varias veces sin descifrar su ambigüedad, tan querida al género del relato.



Anna recordó haber leído en alguna parte que los caníbales, después de probar la carne humana, veían a los demás hombres como grandes cerdos, como asados de color rosa pálido.El festín del caníbal. 

en "Cuentos completos"(Editorial Anagrama)

29 marzo, 2014

Laura Devetach(Argentina, 1936)

Picaflores de cola roja (Fragmento)



El frío espiaba por la ventana del aula. Los chicos y las chicas se frotaban la punta de los dedos para poder escribir las palabras que dictaba la señorita Sonia todas las santas mañanas a la primera hora.
¿Habrá traído hoy el superdictado? rezongaban cuando la veían venir toda de plata entre la neblina del fondo de la calle.¿Superdictado? preguntaban.
Sí reía la señorita Sonia, y entraba al aula a escribir en ese cuaderno que tienen las maestras y nunca se sabe a quién se lo muestran.
Uf decían los chicos y las chicas.
Después jugaban con el frío a fumar cigarrillos inventados. Despedían por la boca vapor azul, vapor con secretos, vapor de palabras escondidas, vapor de preguntas que no se animaban a hacer.
Lena sacudía una cabellera de propaganda de champú y hacía aletear los pájaros de sus pestañas.
Manuel se sacaba el sombrero invisible y la saludaba. Después echaba adentro la ceniza de su gran cigarro de señor muy ocupado.
Lena se rociaba con esencias de lejanas islas y ponía cara de televisión.
Manuel, con la misma cara, tenía una pipa de madera tallada por un silencioso navegante.
Hoy haremos dictado de palabras difíciles dijo la señorita Sonia.
Los chicos y las chicas arrugaron las sonrisas. Manuel regaló a Lena una pastilla de naranja y ella pudo reír otra vez.
La puerta del aula estaba cerrada. El frío quedó solo, afuera. Alguien había dibujado un corazón en el cristal empañado de la ventana. Un corazón que se borraba y volvía a aparecer porque siempre algún dedo se enfriaba dibujándolo.
Ornitorrinco dictó la señorita Sonia , murciélago, cuchichear.
Lena y Manuel trataban de escribir con rapidez para tener tiempo de mirarse de reojo y seguir jugando a inventar cosas con el vapor de sus bocas entre palabra y palabra.
Alelí, relampaguear, izar seguía goteando la voz de la maestra.
El vapor de Lena se convirtió en un vestido de fiesta verdemar, con música en el ruedo.
Carnívoro, facilísimo.
Manuel hizo una guitarra eléctrica y la tocó. Lena lo miraba como quien ve el color de la música.
Lena hizo una calle florecida de paraguas rojos, azules y amarillos, con dulzor de praliné. Ella, Manuel y la guitarra allí estaban, paseando y cantando.
Manuel hizo un jazmín para regalar a Lena.
Lena hizo una trenza de pasto para Manuel.
Automovilístico, odontólogo dictaba la señorita Sonia . Lena, Manuel, atiendan porque voy a dictar una sola vez cada palabra.
Los chicos se pusieron colorados, pero solamente un ratito. Vieron que sus compañeros, de una manera o de otra también llenaban el aire con figuras de vapor.
Había un piel roja con chaleco de cuero. Una princesa de trenzas que caían al suelo desde la ventana de una torre altísima, Un marciano con ojos de arena y voz para recitar poemas. Una hermosa agente secreto que bailaba como una rama de mimbre.
De pronto toda la clase pegó un respingo y la señorita Sonia tuvo que dejar de dictar y, sobresaltada, preguntar qué pasa, pero qué pasa, qué les pasa; porque del fondo de un pupitre o de un tintero o del polo norte del globo terráqueo, salieron volando dos picaflores de cola roja. (...)

de Picaflores de cola roja. Buenos Aires, Alfaguara, 2003.

17 marzo, 2014

Ana María Shua(Argentina)




La peste de los recuerdos 



Los que recuerdan quedan ensimismados, silenciosas las roldanas de los aljibes, endureciéndose la masa levada en las artesas. Los pájaros devoran los granos de trigo demasiado maduro y hasta los bebés se olvidan de llorar, recordando la oscuridad del vientre de su madre, el pezón en los labios.
Nada se logra hablándoles de los placeres de la vida, pero a veces es posible persuadirlos de la necesidad de atesorar nuevos recuerdos.
Entonces se ponen en movimiento lentamente y de a poco (los jóvenes primero, los muy viejos nunca más) comienzan otra vez a vivir sólo para darle gusto a la memoria, como todos los hombres.



Encuentro clandestino
Es un bar o quizás un restorán. Algunas mesas tienen manteles blancos con servilletas en forma de acordeón, otras están desnudas.
Quiero un tostado de queso.
De jamón y queso, como todos me corrige él.
A pesar de su cabeza de camello estoy segura de que hemos sido amantes. Me gustan los ojos
profundos y tristes. En cambio el pelo corto y áspero, amarillento, me confunde un poco.
No insisto, con imprudencia . De queso solo.
Él sacude sus belfos, indignado, acalorado.
Debería regresar al desierto me dice de mal humor.
Entonces me pongo a llorar porque sé que todo ha terminado, que no volveremos a vernos hasta el próximo oasis, un poco por culpa de mí terquedad y otro poco porque la vida nos separa.

de Botánica del caos. Buenos Aires, Sudamericana, 2000

28 febrero, 2014

ISABEL ALLENDE (Chile, 1942)

UNA VENGANZA


El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.

La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulde Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta ligereza que muchos no percibieron que en realidad no era la más bella, y cuando regresaron a sus puntos de par tida dijeron que jamás habían visto un rostro como el suyo. Así adquirió inmerecida fama de hermosura y ningún testimonio posterior pudo desmentirla. La exagerada descripción de su piel traslúcída y sus ojos diáfanos, pasó de boca en boca y cada quien le agregó algo de su propia fantasía. Los poetas de ciudades apartadas compusieron sonetos para una doncella hipotética de nombre Dulce Rosa.

El rumor de esa belleza floreciendo en la casa del Senador Orellano llegó también a oídos de Tadeo Céspedes, quien nunca imaginó conocerla, porque en los años de su existencia no había tenido tiempo de aprender versos ni mirar mujeres. Él se ocupaba sólo de la Guerra Civil. Desde que empezó a afeitarse el bigote tenía un arma en la mano y desde hacía mucho vivía en el fragor de la pólvora. Había olvidado los besos de su madre y hasta los cantos de la misa. No siempre tuvo razones para ofrecer pelea, porque en algunos períodos de tregua no había adversarios al alcance de su pandilla, pero incluso en esos tiempos de paz forzosa vivió como un corsario. Era hombre habítuado a la violencia. Cruzaba el país en todas direcciones luchando contra enemigos visibles, cuando los había, y contra las sombras, cuando debía inventarlos, y así habría continuado sí su partido no gana las elecciones presidenciales. De la noche a la mañana pasó de la clandestinidad a hacerse cargo del poder y se le terminaron los pretextos para seguir alborotando.

La última misión de Tadeo Cérpedes fue la expedición punitiva a Santa Teresa. Con ciento veinte hombres entró al pueblo de noche para dar un escarmiento y eliminar a los cabecillas de la oposición. Balearon las ventanas de los edificios públicos, destrozaron la puerta de la iglesia y se metieron a caballo hasta el altar mayor, aplastando al Padre Clemente que se les plantó por delante, y siguieron al galope con un estrépito de guerra en dirección a la villa del Senador Orellano, que se alzaba plena de orgullo sobre la colina.

A la cabeza de una docena de sirvientes leales, el Senador esperó a Tadeo Céspedes, después de encerrar a su hija en la última habitación del patio y soltar a los perros. En ese momento lamentó, como tantas otras veces en su vida, no tener descendientes varones que lo ayudaran a empuñar las armas y defender el honor de su casa. Se sintió muy viejo, pero no tuvo tiempo de pensar en ello, porque vio en las laderas del cerro el destello terrible de ciento veinte antorchas que se aproximaban espantando a la noche. Repartió las últimas municiones en silencio. Todo estaba dicho y cada uno sabía que antes del amanecer debería morir como un macho en su puesto de pelea.

—El último tomará la llave del cuarto donde está mí hija y cumplirá con su deber —dijo el Senador al oír los primeros tiros.

Todos esos hombres habían visto nacer a Dulce Rosa y la tuvieron en sus rodillas cuando apenas caminaba, le contaron cuentos de aparecidos en las tardes de invierno, la oyeron tocar el piano y la aplaudieron emocionados el día de su coronación como Reina del Carnaval. Su padre podía morir tranquilo, pues la niña nunca caería viva en las manos de Tadeo Céspedes. Lo único que jamás pensó el Senador Orellano fue que a pesar de su temeridad en la batalla, el último en morir sería él. Vio caer uno a uno a sus amigos y comprendíóó> por fin la inutilidad de seguir resistiendo. Tenía una bala en el vientre y la vista difusa, apenas distinguía las sombras trepando por las altas murallas de su propiedad, pero no le falló el entendimiento para arrastrarse hasta el tercer patio. Los perros reconocieron su olor por encima del sudor, la sangre y la tristeza que lo cubrían y se apartaron para dejarlo pasar. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la pesada puerta y a través de la niebla metida en sus ojos vio a Dulce Rosa aguardándolo. La niña llevaba el mismo vestido de organza usado en la fiesta de Carnaval y había adornado su peinado con las flores de la corona.

—Es la hora, hija —dijo gatillando el arma mientras a sus pies crecía un charco de sangre.

—No me mate, padre —replicó ella con voz firme—. Déjeme viva, para vengarlo y para vengarme.

El Senador Anselmo Orellano observó el rostro de quince años de su hija e imaginó lo que haría con ella Tadeo Céspedes, pero había gran fortaleza en los ojos transparentes de Dulce Rosa y supo que podría sobrevivir para castigar a su verdugo. La muchacha se sentó sobre la cama y él tomó lugar a su lado, apuntando la puerta.

Cuando se calló el bullicio de los perros moribundos, cedió la tranca, saltó el pestillo y los primeros hombres írrumpieron en la habitación, el Senador alcanzó a hacer seis disparos antes de perder el conocimiento. Tadeo Céspedes creyó estar soñando al ver un ángel coronado de jazmines que sostenía en los brazos a un viejo agonizante, mientras su blanco vestido se empapaba de rojo, pero no le alcanzó la piedad para una segunda mirada, porque venía borracho de violencia y enervado por varias horas de combate.

—La mujer es para mí —dijo antes de que sus hombres le pusieran las manos encima.

Amaneció un viernes plomizo, teñido por el resplandor del incendio. El silencio era denso en la colina. Los últimos gemidos se habían callado cuando Dulce Rosa pudo ponerse de pie y caminar hacia la fuente del jardín, que el día anterior estaba rodeada de magnolias y ahora era sólo un charco tumultuoso en medio de los escombros. Del vestido no quedaban sino jirones de organza, que ella se quitó lentamente para quedar desnuda. Se sumergió en el agua fría. El sol apareció entre los abedules y la muchacha pudo ver el agua volverse rosada al lavar la sangre que le brotaba entre las piernas y la de su padre, que se había secado en su cabello. Una vez limpia, serena y sin lágrimas, volvió a la casa en ruinas, buscó algo para cubrirse, tomó una sábana de bramante y salió al camino a recoger los restos del Senador. Lo habían atado de los pies para arrastrarlo al galope por las laderas de la colina hasta convertirlo en un guiñapo de lástima, pero guiada por el amor, su hija pudo reconocerlo sin vacilar. Lo envolvió en el paño y se sentó a su lado a ver crecer el día. Así la encontraron los vecinos de Santa Teresa cuando se atrevieron a subir a la villa de los Orellano. Ayudaron a Dulce Rosa a enterrar a sus muertos y a apagar los vestigios del incendio y le suplicaron que se fuera a vivir con su madrina a otro pueblo, donde nadie conociera su historia, pero ella se negó. Entonces formaron cuadrillas para reconstruir la casa y le regalaron seis perros bravos para cuidarla.

Desde el mismo instante en que se llevaron a su padre aún vivo, y Tadeo Céspedes cerró la puerta a su espalda y se soltó el cinturón de cuero, Dulce Rosa vivió para vengarse. En los años siguientes ese pensamiento la mantuvo despierta por las noches y ocupó sus días, pero no borró del todo su risa ni secó su buena voluntad. Aumentó su reputación de belleza, porque los cantores fueron por todas partes pregonando sus encantos imaginarios, hasta convertirla en una leyenda viviente. Ella se levantaba cada día a las cuatro de la madrugada para dirigir las faenas del campo y de la casa, recorrer su propiedad a lomo de bestía, comprar y vender con regateos de sirio, criar animales y cultivar las magnolias y los jazmines de su jardín. Al caer la tarde se quitaba los pantalones, las botas y las armas y se colocaba los vestidos primorosos, traídos de la capital en baúles aromáticos. Al anochecer comenzaban a llegar sus visitas y la encontraban tocando el piano, mientras las sirvientas preparaban las bandejas de pasteles y los vasos de horchata. Al principio muchos se preguntaron cómo era posible que la joven no hubiera acabado en una camisa de fuerza en el sanatorio o de novicia en las monjas carmelitas, sin embargo, como había fiestas frecuentes en la villa de los Orellano, con el tiempo la gente dejó de hablar de la tragedia y se borró el recuerdo del Senador asesinado. Algunos caballeros de renombre y fortuna lograron sobreponerse al estigma de la violación y, atraídos por el prestigio de belleza y sensatez de Dulce Rosa, le propusieron matrimonio. Ella los rechazó a todos, porque su misión en este mundo era la venganza.

Tadeo Céspedes tampoco pudo quitarse de la memoria esa noche aciaga. La resaca de la matanza y la euforia de la violación se le pasaron a las pocas horas, cuando iba camino a la capital a rendir cuentas de su expedición de castigo. Entonces acudió a su mente la niña vestida de baile y coronada de jazrnines, que lo soportó en silencio en aquella habitación oscura donde el aire estaba impregnado de olor a pólvora. Volvió a verla en el momento final, tirada en el suelo, mal cubierta por sus harapos enrojecidos, hundida en el sueño compasivo de la inconsciencia y así siguió viéndola cada noche en el instante de dormir, durante el resto de su vida. La paz, el ejercicio del gobierno y el uso del poder, lo convirtieron en un hombre reposado y laborioso. Con el transcurso del tiempo se perdieron los recuerdos de la Guerra Civil y la gente empezó a llamarlo don Tadeo. Se compró una hacienda al otro lado de la sierra, se dedicó a administrar justicia y acabó de alcalde. Si no hubiera sido por el fantasma incansable de Dulce Rosa Orellano, tal vez habría alcanzado cierta felicidad, pero en todas las mujeres que se cruzaron en su camino, en todas las que abrazó en busca de consuelo y en todos los amores perseguidos a lo largo de los años, se le aparecía el rostro de la Reina del Carnaval. Y para mayor desgracia suya, las canciones que a veces traían su nombre en versos de poetas populares no le permitían apartarla de su corazón. La imagen de la joven creció dentro de él, ocupándolo enteramente, hasta que un día no aguantó más. Estaba en la cabecera de una larga mesa de banquete celebrando sus cincuenta y siete años, rodeado de amigos y colaboradores, cuando creyó ver sobre el mantel a una criatura desnuda entre capullos de jazmines y comprendió que esa pesadilla no lo dejaría en paz ni después de muerto. Dio un golpe de puño que hizo temblar la vajilla y pidió su sombrero y su bastón.

—¿Adónde va, don Tadeo? —preguntó el Prefecto. —A reparar un daño antiguo —respondió saliendo sin despedirse de nadie.

No tuvo necesidad de buscarla, porque siempre supo que se encontraba en la misma casa de su desdicha y hacia allá dirigió su coche. Para entonces existían buenas carreteras y las distancias parecían más cortas. El paisaje había cambiado en esas décadas, pero al dar la última curva de la colina apareció la villa tal como la recordaba antes de que su pandilla la tomara por asalto. Allí estaban las sólidas paredes de piedra de río que él destruyera con cargas de dinamita, allí los viejos artesonados de madera oscura que prendieron en llamas, allí los árboles de los cuales colgó los cuerpos de los hombres del Senador, allí el patio donde masacró a los perros. Detuvo su vehículo a cien metros de la puerta y no se atrevió a seguir, porque sintió el corazón explotándole dentro del pecho. Iba a dar media vuelta para regresar por donde mismo había llegado, cuando surgió entre los rosales una figura envuelta en el halo de sus faldas. Cerró los párpados deseando con toda su fuerza que ella no lo reconociera. En la suave luz de la seis percibió a Dulce Rosa Orellano que avanzaba flotando por los senderos del jardín. Notó sus cabellos, su rostro claro, la armonía de sus gestos, el revuelo de su vestido y creyó encontrarse suspendido en un sueño que duraba ya veinticinco años.

—Por fin vienes, Tadeo Céspedes —dijo ella al divisarlo, sin dejarse engañar por su traje negro de alcalde ni su pelo gris de caballero, porque aún tenía las mismas manos de pirata.

—Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti —murmuró él con la voz rota por la vergüenza.

Dulce Rosa Orellano suspiró satisfecha. Lo había llamado con el pensamiento de día y de noche durante todo ese tiempo y por fin estaba allí. Había llegado su hora. Pero lo miró a los ojos y no descubrió en ellos ni rastro del verdugo, sólo lágrimas frescas. Buscó en su propio corazón el odio cultivado a lo largo de su vida y no fue capaz de encontrarlo. Evocó el instante en que le pidió a su padre el sacrificio de dejarla con vida para cumplir un deber, revivió el abrazo tantas veces maldito de ese hombre y la madrugada en la cual envolvió unos despojos tristes en una sábana de bramante. Repasó el plan perfecto de su venganza pero no sintió la alegría esperada, sino, por el contrario, una profunda melancolía. Tadeo Céspedes tornó su mano con delicadeza y besó la palma, mojándola con su llanto. Entonces ella comprendió aterrada que de tanto pensar en él a cada momento, saboreando el castigo por anticipado, se le dio vuelta el sentimiento y acabó por amarlo.

En los días siguientes ambos levantaron las compuertas del amor reprimido y por vez primera en sus ásperos destinos se abrieron para recibir la proximidad del otro. Paseaban por los jardines hablando de sí mismos, sin omitir la noche fatal que torció el rumbo de sus vidas. Al atardecer, ella tocaba el píano y él fumaba escuchándola hasta sentir los huesos blandos y la felicidad envolviéndolo como un manto y borrando las pesadillas del tiempo pasado. Después de cenar Tadeo Céspedes partía a Santa Teresa, donde ya nadie recordaba la vieja historia de horror. Se hospedaba en el mejor hotel y desde allí organizaba su boda, quería una fiesta con fanfarria, derroche y bullicio, en la cual participara todo el pueblo. Descubrió el amor a una edad en que otros hombres han perdido la ilusión y eso le devolvió la fortaleza de su juventud. Deseaba rodear a Dulce Rosa de afecto y belleza, darle todas las cosas que el dinero pudiera comprar, a ver si conseguía compensar en sus años de viejo, el mal que le hiciera de joven. En algunos momentos lo invadía el pánico. Espiaba el rostro de ella en busca de los signos del rencor, pero sólo veía la luz del amor compartido y eso le devolvía la confianza. Así pasó un mes de dicha.

Dos días antes del casamiento, cuando ya estaban armando los mesones de la fiesta en el jardín, matando las aves y los cerdos para la comilona y cortando las flores para decorar la casa, Dulce Rosa Orellano se probó el vestido de novia. Se vio reflejada en el espejo, tan parecida al día de su coronación como Reina del Carnaval, que no pudo seguir engañando a su propio corazón. Supo que jamás podría realizar la venganza planeada porque amaba al asesino, pero tampoco podría callar al fantasma del Senador, así es que despidió a la costurera, tomó las tijeras y se fue a la habitación del tercer patio que durante todo ese tiempo había permanecido desocupada.

Tadeo Céspedes la buscó por todas partes, llamándola desesperado. Los ladridos de los perros lo condujeron al otro extremo de la casa. Con ayuda de los jardineros echó abajo la puerta trancada y entró al cuarto donde una vez viera a un ángel coronado de jazmines. Encontró a Dulce Rosa Orellano tal como la viera en sueños cada noche de su existencia, con el mismo vestido de organza ensangrentado, y adivinó que viviría hasta los noventa años, para pagar su culpa con el recuerdo de la única mujer que su espíritu podía amar.



Del libro "Cuentos de Isabel Allende"

19 febrero, 2014

Mavis Gallant (CANADÁ, Montreal-Paris,1922-2014)


Como nací el primer día de abril me pusieron Abril (1) de nombre de pila. Aquí en Suiza se pronuncia Afril, con lo que suena más como algún tipo de medicamento que como un mes de la primavera. “Tomad una buena dosis de Afril”, puedo imaginar diciendo al doctor Ehrmann a cada uno de los niños. Hoy empieza mi abril número cincuenta y uno. Me he despertado temprano y me he bebido el té a sorbos, con mucho cuidado de no molestar a los perros que dormían a los pies de la cama, sobre su propia manta de la Cruz Roja. Sigo teniendo pesadillas, pero ha cambiado el tipo de horror. En el sueño del ahorcamiento ya no soy la víctima. Cuelgan a otro. Anoche, en un sueño desgarrador, se ahogaba uno de mis propios hijos adoptivos, allí mismo, tras la ventana, en el lago de Ginebra. Yo deambulaba corriendo por la hierba, entre los cisnes. Sentía el rocío bajo mis pies desnudos, el dobladillo de mi camisón de terciopelo estaba cubierto con él. Podía ver los juguetes de los niños claramente: el tanque en miniatura que Igor siempre había querido, y algo rojo, puede que un cubo y una pala. Se me soltó el pelo y me caía por la espalda. Era caoba como el color de las hojas, como solía ser antes. Creo que salvé a Igor, es un recuerdo difuso. Me sentía eficiente y segura de haberlo conseguido.
Al sentarme en la cama, haciendo balance de los progresos que he hecho en la vida como si mis propios sueños lo hicieran por mí, intentando que la visión de la lluvia cayendo en arroyuelos desde el tejado no me afectara –no era la lluvia lo que me deprimía sino la sensación de no poder confiar en nadie, absolutamente nadie, para que se subiera al tejado y limpiara la maleza y los hierbajos que habían enraizado y obstruían la canaleta-, los niños entraron en tropel. Estaban los tres en casa por las vacaciones de Pascua: Igor, con sus ojillos de ladrón, el mulato que jamás dice maman en público porque le da vergüenza, y Ulrich, cuyo padre era un famoso jurista y cuya madre era una chica bellísima y brillante, pero que jamás llegará a ser más que otro suizo anodino. Allí estaban todos, a los pies de la cama, todos ellos abandonados por unos padres indolentes, tirados como botones que se sueltan y recogidos por una mujer a la que llaman maman.
Bon anniversaire, dijo Igor, que tiene ya el aspecto de un empleado cualquiera de correos de Moscú, los otros dos le siguieron mascullando de modo incomprensible, como si recitaran el responso en la iglesia. Me trajeron un regalo, un pez de abril, pero no de los de chocolate. Era un pez de esos de cristal de los que todo el mundo compra en Venecia, de unos cincuenta centímetros de largo, transparente y con tonos verdes, el verde de las hojas de geranio, con rayas blancas como de tiza que van de la cabeza a la cola. Estos niños han vivido conmigo desde la infancia, pero su gusto es el de su piel, el de sus corazones, el de las uñas de sus manos. La pesadilla que ahora debería estar teniendo es una proyección hacia el futuro, una visión de las chicas con las que se casarán y de las casas que tendrán, con sus mesitas de cristal para el café y sus peces de cristal veneciano encima de la televisión, a no ser que la efigie de un olivo amorfo se haya apropiado ya de ese espacio.
Igor se adelantó y puso el pez en la mesa que había junto a mí con sumo cuidado, y como no se le ocurría otra cosa que decir empezó otra vez con lo de Bon anniversaire, maman. No tenían nada que decirme en absoluto. Los perros habían ensuciado la alfombra, así que la habían retirado para limpiarla y ellos allí restregando los pies contra el suelo rayándome el piso.
- ¿Qué vais a hacer hoy? –les dije.
- Jugar –me contestó Robert tras el silencio.
En ese momento irrumpió el concierto matinal desde la radio que había junto a mí y me lancé a la búsqueda de algo, una apreciación, que sus ojos mostraran alguna reacción ante la música, pero ellos ya habían empezado a empujarse unos a otros y a reír, y yo sabía que esa música pronto se vería apagada por un nuevo coro que esta vez vendría de mí: “No lo toquéis. No molestéis a los perros”, todo ello en negativo, y tan malo para ellos como para mí misma. Apagué la música y les dije:
-Venid a ver el regalo de cumpleaños que me ha llegado esta mañana por correo. Es un regalo de mi hermano, vuestro tío. –Me puse las gafas de leer y desplegué la preciosa carta sobre la cama-. Es una carta original escrita por Sigmund Freud. Era un médico famoso y está escrita de su puño y letra. Ahora os enseñaré a interpretar los signos que hay en las cartas. El papel en el que está escrita es feo y barato, eso lo podéis ver todos, ¿verdad?, lo cual significa que era un tacaño, o que era pobre, o que no tenía pretensiones estéticas, o que no le daba importancia a los asuntos mundanos. Estos bucles largos y puntiagudos denotan una fuerte conciencia de los valores espirituales y la inclinación de las líneas una naturaleza pesimista. El margen se ensancha al final de la página, como en el manuscrito de Keats de “Oda a un ruiseñor”. ¿Os acordáis de que os enseñé una fotografía? ¿Quién se acuerda? ¿Ulrich? Muy bien, Ulrico. Significa que el doctor era el mismo tipo de persona que Keats. Keats era un poeta, pero ya está muerto. Siento decir que su firma revela presunción. Pero se trataba de un gran hombre, hacía bien en estar seguro de sí mismo.
-¿Qué dice la carta? –dijo Igor finalmente.
-La carta no está dirigida a mí. Es una carta antigua, ¿veis la fecha? La enviaron treinta años antes de que cualquiera de vosotros naciera. Probablemente iba dirigida a un colega, mirad, aquí donde señalo. A otro médico. Es probable que se trate de una opinión sobre un paciente.
-¿No puedes leer lo que dice? –dijo Igor.
Intenté pensar en una respuesta constructiva, porque “No sé leer alemán” era demasiado vago:
-Algún día tú, Robert, e incluso tú, Ulrich, podréis leer alemán, y entonces leeréis la carta y todos sabremos qué era lo que el doctor Freíd le decía a su colega. Yo aprendería alemán –continué-, si tuviera más tiempo.
Como prueba del poco tiempo que tengo ocurrieron tres cosas a la vez: mi abogado, que sólo se pone en contacto conmigo cuando tiene malas noticias, llamó desde Lausana, Maria-Gabriella entró a retirar la bandeja del desayuno, y los perros, al despertarse, empezaron a ladrar. Parece que el ruido excesivo me afecta a la visión. La habitación se convirtió en una masa borrosa y unidimensional. Le hice señas a Maria-Gabriella discretamente, porque jamás querría que los niños se sintieran rechazados o que sobran, de manera que ella lo entendió al instante y se los llevó lejos de mí. Entonces los perros dejaron de ladrar, todos menos la pobre Sarah, vieja y ciega, que siguió advirtiendo infatigablemente de ese ladrón que había en una habitación a oscuras de su propia invención. Entre tanto maître Gossart me decía desde Lausana que no iba a poder quedarme con ninguna de las niñas de Vietnam. Ninguna de ellas podrá ser adoptada cuando se curen de sus quemaduras, tendrán que volver a Vietnam. Esa fue la condición para que vinieran. Estuvo dando rodeos para contarme esto hasta que le corté de golpe con: “Entonces, ¿no voy a poder quedarme con ninguna de las quemadas?”, y como no paraba de mascullar cosas le dije: “Maître, este es un maldito país asqueroso y sucio, y si no fuera por los impuestos hacía las maletas ahora mismo y me iba. Pero esos impuestos hacen que no tenga libertad. Me obligan a quedarme en Suiza”.
Maria-Gabriella me encontró tirada entre cojines, llorando a mares. Cuando estiró el brazo para retirar la bandeja me entraron ganas de decirle: “Tira al suelo el pez ese antes de irte, ¿quieres?”. Pero eso a ella le habría causado una conmoción, y los niños se habrían quedado de una pieza si hubieran llegado a enterarse. De hecho, Maria-Gabriella se paró a admirar el pez y dijo: “Deben llevar semanas guardándose el dinero para sus gastos”. Entonces me vino a la cabeza que poisson d’Avril significa “chanza”, gastarle una broma a alguien el día de los Inocentes. No, este pez no es una broma. Para empezar, ninguno de ellos tiene tanta imaginación, aparte de que el pez ese es demasiado caro, además, jamás se habrían atrevido. A decir verdad, yo a ellos no les quiero. Ni tampoco quiero la carta de Freud. Lo único que yo quería era esa pequeña vietnamita. Sí, lo que en realidad quiero es una niña de modales refinados; la he querido toda la vida pero nadie va a darme una.

(1) April’s Fool Day, el 1 de abril, corresponde con el día de los Santos Inocentes. En Francia se llama poisson d’Avril ya que, en lugar de un monigote, allí se cuelga un pescado en la espalda de la víctima.



Mavis Gallant, además de periodista (imprescindibles sus crónicas del mayo del 68 francés), era una de las más importantes narradoras canadienses. Su obra la componen principalmente cuentos, aunque también ha escrito un par de novelas. Forma parte, con Alice Munro (que considera a Mavis su maestra) y con Margaret Atwood, de la terna canadiense que todos los años figuran en las quinielas de aspirantes al Nobel y que seguramente nunca ganarán (tal vez la Atwood tenga más probabilidades) por aquello de que el cuento es considerado "algo menor" (qué decir de la neoyorkina Cynthia Ozick, ¿cuantas veces ha estado su nombre entre los favoritos y nada de nada?). La soledad y eso que llaman "el exilio interior" (abandonó Canadá en el 50 para residir en París, en sus propias palabras, necesitaba libertad para poder escribir) son una constante en su obra. Es colaboradora habitual de "The New Yorker".

18 febrero, 2014

Virginia Feinmann (Argentina, 1971)

GLORIA

Yo no quería un celular. Ya le había dicho mil veces a mi hija que no. Pude vivir casi setenta años sin celular, para qué voy a querer uno ahora. Acá en Pico estoy como en mi casa, conozco a todo el pueblo y me conocen todos. Me las arreglo. Ocho años en Suecia viví. No hablaba el idioma, nunca había visto nieve, todavía tenía la epilepsia y me las arreglé igual..., para qué quiero un celular.
Mamá, me dice ella, sos grande, si te pasa algo, si no tenés cómo avisarme. Adriana siempre se preocupó mucho por mí. Será que la tuve de mayor. Yo quería tener hijos desde chica. Y más de uno, ¡cinco quería tener! Cuando conocí a Beto me moría por tener hijos con él. Soñábamos con ver la casa llena de pibes y pibas corriendo, con los amigos y las guitarras, los asados, los cumpleaños. Eramos varias parejas en esa época. De acá, de Pico. Alguno todavía está. La agrupación era el JLN. Gente hermosa, muy compañeros todos, muy comprometidos. Hacíamos trabajo social. Ibamos al barrio Alsina a llevar comida, a darles clases a los chicos. Se hablaba mucho de política, a mí me encantaba. Porque yo no quería hacer caridad... asistencia. Nosotros queríamos que hubiera para todos pero con justicia, que se repartiera bien desde arriba. Tomar el poder, eso. Y que no hubiera pobres muy pobres ni ricos muy ricos. Una idea simple, ¿no? Sin embargo, no sólo que fue imposible, sino que... en fin.
Pero bueno, la tuve tarde a Adriana. Porque con Beto, a ver, nos casamos en el ‘72. Yo tenía veinticuatro años y él treinta. Y no quedé enseguida. Pasaban los meses y nada. Como dos años pasaron. Yo no andaba llevando la cuenta pero veía que me venía la menstruación y lloraba. Después me componía rápido para salir al barrio Alsina, con las latas de leche Molico, los libros, seguía adelante.
A Beto se lo llevaron preso antes de la dictadura. Por suerte, digo yo, ¿no? No estaban bien en la cárcel, pero estaban mejor que nosotros, quiero decir, a los que nos llevaron después.
Y nos llevaban de distintas maneras, pero siempre por sorpresa. Por ejemplo a Beto un domingo, que fue a ver a los padres a Banfield, que iba tranquilo. A Cacho, el marido de Cuca, por esa época también. Había quedado en encontrarse con unos compañeros en un bar y lo agarraron ahí. A Marita en la puerta del jardín donde dejaba a los chicos, adelante de las maestras, pleno día. Al marido de Marita enseguida después. Del mismo jardín lo llamaron, que había no sé qué problema, y en la puerta también se lo llevaron. A Cuca le dijeron que la necesitaban de urgencia en la fábrica, y en el camino... Después cayó Gloria y después caí yo.
Por eso yo le digo a mi hija. Bueno, no le digo la verdad. Le digo que no quiero un celular porque me lo voy a olvidar en todas partes, porque no me llevo bien con la tecnología, porque si tengo que estar pendiente de la batería, del cargador, de no sé de los jueguitos esos que usan mis nietas. Le digo así. Pero la verdad es que no soporto ver a la gente cuando habla por la calle. Me duele. Con un telefonito chiquito que no lo ve nadie están a cada rato. Desde el supermercado llaman a la casa, que si llevan Coca o Sprite. Desde el colectivo a la tía que vaya bajando la carne del freezer. Desde el videoclub al novio, que si alquilan de terror o romántica.
¿Sabés lo que hubiéramos hecho nosotros con algo así?
Que mi suegra lo llamara a Beto unos minutitos antes: hijo, mejor no te bajes del tren, hay un auto raro dando vueltas a la manzana. Señora Marita no venga al jardín, la maestra esa que siempre la está molestando, la que dice que los chicos son hijos de guerrilleros, estuvo hablando esta mañana con la directora. Cacho, nos fuimos del bar, había un par de tipos con pinta de servicios.
En fin... A mí igual no me salvaba nadie. No me salvaba nadie. Mi mejor amiga les dijo dónde encontrarme, con todos los detalles. Día, hora, casa, color de pelo, color de bombacha, no les faltaba ni un dato. Ojo, yo sé que no es su culpa. Ya lo sé. A Gloria le dieron... la lastimaron mucho. Al día de hoy se nota que no camina bien... será una secuela. Yo no la trato, ni la saludo, pero la he visto pasar por el centro de Pico cada tanto. No pisa bien de un pie. Vayas a ver... si te hacían cualquier cosa... Yo ya sé, sé muy bien por lo que pasó Gloria. Pero bueno, ella les dio mi nombre. Y al día siguiente me vinieron a buscar y todo eso me lo hicieron a mí.
Además de tenerme tres años en ese lugar. Estábamos presos, pero no como en una cárcel. No como en una cárcel.
Ella me pidió disculpas ahí mismo, apenas me vio, después de un tiempo porque al principio nos tenían aisladas, encapuchadas. Cuando me sacaron la venda por primera vez yo no vi nada. Tenía los ojos pegados de, no sé qué sería, lágrimas, sangre, mugre. Sola me los fui limpiando. Me llevó un montón de días, pero de pronto pude ver. Y lo primero que vi fue una mujer, lejos, así hablando con alguien, como riéndose, y me pareció que era Gloria, con esa risa que tenía tan de ella, tan alegre. Me puse contenta, quería abrazarla, pero me agarró un cansancio tremendo, todo de golpe, se me aflojaron los brazos y las piernas y me tuve que tirar de nuevo en la colchoneta. Me quedé ahí, mirándola de lejos nomás, pensando que ojalá fuera ella para saludarla al día siguiente.
Después no la volví a ver. Ya creía que me había equivocado, que no había sido. Un día estoy lavando ropa, porque en ese momento me hacían lavarle la ropa a un marino, y viene y me agarra de atrás, de sorpresa. Casi me muero de felicidad, de abrazarla, de darle besos, yo con las manos todas llenas de espuma, me empecé a reír de no sé qué, a dar saltitos, y de pronto veo que llora. Y me dice flaca fui yo. Flaca fui yo. Eso era lo único que repetía. Lloraba y me decía así. Flaca fui yo.
¿Fuiste vos qué, Gloria? ¿De qué me estás hablando? La tuve que sacudir porque no salía de esa frase, así que al rato me dijo.
Fui yo la que te cantó, en la camilla. No daba más. Perdoname.
Y se quedó ahí llorando. Doblada sobre la pileta, casi sobre el agua con espuma sucia. Yo me sequé las manos y me fui. No le hablé nunca más.
Ahora uno, con los años, va pensando, va entendiendo supongo. Cómo no voy a entender. Yo misma podría haber dado el nombre de alguien. Y la verdad es que no lo hice no sé por qué, porque en ese momento me emperré en pensar en un mantel que había en mi casa de chica, un mantel de plástico a cuadritos rojo y blanco, que usábamos para cenar todos juntos en la cocina, cuando llegaba mi papá del trabajo y mamá ya tenía los ravioles con estofado y mi hermanito terminaba los deberes, y ese mantel se fijó en mi cabeza y me decía que no hablara, que no hablara, que cuidara a los demás de no pasar por lo que yo estaba pasando, que no hablara.
Gloria, en cambio, dijo mi nombre. No es su culpa. Pero no puedo volver a hablar con ella.
Bueno, el tema es que cuando me soltaron me fui directo para Suecia. Beto salió en el ‘83 y se vino a buscarme. Vivimos allá, estábamos bien, pero yo tenía... arritmia cerebral se llama, yo le digo la epilepsia para simplificar. Parece que fue una secuela también. Entonces por los medicamentos y todo no podía pensar en tener bebés. Después se me fue curando, me redujeron el tratamiento, me curé, vinimos a la Argentina y ahí sí la tuve a Adriana. La tuve de grande, pero la tuve. Y terminó siendo hija única, pero cómo la disfrutamos. Cuando era una bebita, toda para nosotros, tan linda. Yo la veía a ella y veía algo nuevo, una vida nueva. De nena también, con cada ocurrencia que tenía en la escuela. Cosas que en algún momento ya no pensábamos que las íbamos a poder vivir. Y bueno, ¡ahora mis nietas! Son dos preciosuras. Las llevo a la plaza, a las hamacas, al pelotero de Fabio acá en la cortada. Con la más grande el otro día fuimos al cine por primera vez. Todo un acontecimiento. Nada que ver con los videos que ven por la tele.
Son divinas las nenas, sí. El año pasado cuando murió Beto hicieron un arreglo para quedarse a dormir conmigo un día cada una. Bastante tiempo se quedaron así, por turnos. Le decían a la mamá que era lo justo porque ella tenía dos nenas y yo ninguna. Qué graciosas. Muy amorosas, sí.
Pero ahora con esto me pusieron mal, porque yo no quería un celular. Ya les había dicho mil veces, y ayer con la excusa de la Navidad me lo regalaron. Estaban muy entusiasmadas y todo, a las nenas les brillaba la carita, pero yo no me pude contener, me dio una bronca tremenda. No sé qué me pasó. No lo quise abrir, me enojé, empecé a repetir “no quiero hablar con nadie”, “no quiero hablar con nadie”, “no quiero hablar”. Medio se asustaron, o se ofendieron, no sé. Pero se terminó la fiesta. Adriana se llevó a las nenas volando, yo tiré todo en la pileta, me tomé los remedios y a las doce y media estaba durmiendo.
Hoy me levanté de un malhumor espantoso. Toca el timbre mi nieta mayor. Solita vino. Me dio un beso despacio, seria. Yo estaba seria también. Me senté en mi sillón cerca de la ventana. Ella se fue hasta la mesa donde había quedado la caja del celular sin abrir. Lo agarró, lo trajo hasta donde estaba yo. Se quedó ahí parada. Lo tenía entre las manos y miraba para abajo.
Abuela, yo te quería decir que, bueno, vos ayer dijiste que no querías hablar con nadie, pero el celular que te regalamos nosotras, si vos no querés, no es para hablar. También se pueden mandar mensajitos de texto.
Estaba ahí muy chiquita, muy firme. Yo sentía que me hervía la cara. Fui a la ventana a abrir para que corriera viento. Me despejó un poco. Ella seguía ahí con la cajita. Me senté de nuevo.
Y eso cómo es.
Levantó la cara contenta. Empezó a abrir la caja rapidísimo. Por momentos se le complicaba pero yo no quería ni tocar. Hizo todo con sus manitos. Al final me muestra el aparato y dice.
Vas a mensajes, crear mensaje, ahí escribís lo que querés ponerle a alguien, ponés el número de esa persona y apretás enviar mensaje. Por ejemplo vos a quién le escribirías...
Hacía calor, pero entró aire por la ventana, y no sé por qué le dije:
A Gloria.
¿Y quién es?
Una persona.
Bueno, perfecto, ¿y sabés su celular?
No... pero lo puedo conseguir. Tenemos conocidos en común.
Bueno, perfecto, y qué le querés poner.
No sé... qué hago... ¿te dicto?
No, no, yo te enseño. Acá hay un teclado, ves, tiene letras en cada tecla y también podés usar la escritura predictiva, si apretás este botón...
Bueno pará, Luli... Más despacio... yo estaba toda transpirada, me corrían gotas por la cabeza, me apantallé un poco con la mano. A ver, mostrame de nuevo despacio.
Empezó paso por paso. Los deditos se le ponían más blancos en la punta cuando apretaba las teclas. Lo hacía lento y con fuerza como para que todo se grabara bien en mi cabeza. Y funcionó. Entendí. Me pareció fácil. La cortina onduló un poco y volvió a entrar un aire limpio, de feriado sin autos.
Agarré el celular.
Miré la pantalla.
Escribí: “Hola Gloria, soy Susana M. Feliz Navidad”.
Mi nieta lo guardó y me dijo que a la tarde averiguara el número.
Se fue a saltitos por la vereda.
Mañana vuelve y me enseña a mandarlo.

*cuento publicado en Pag 12
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