18 abril, 2012

Margaret Atwood (Canadá 1939)

Está la página en blanco y el tema que te obsesiona. Está la historia que quiere dominarte y está tu resistencia a que eso suceda. Está tu deseo de liberarte de aquello, de esa servidumbre, hacer novillos, hacer cualquier otra cosa. Hacer la colada, ver una película. Están las palabras con sus inercias, sus matices, sus insuficiencias y su grandeza. Están los riesgos que corres y la serenidad que pierdes, y la ayuda que te llega cuando menos lo esperas. Está la revisión minuciosa, las tachaduras, las páginas arrugadas que inundan el suelo de papeles para tirar. Está la frase que sabes que vas a conservar.


Al día siguiente la página en blanco. Te entregas a ella como una sonámbula. Algo te empuja, que luego no puedes recordar. Miras lo que has escrito. Es inútil.


Empiezas de nuevo. Nunca es más fácil.

de La maldición de Eva. LUMEN, 2005

14 abril, 2012

Clarice Lispector (Ucrania-Brasil, 1926-1977)


Más allá de la oreja existe un sonido, la estremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.
La punta del lápiz el trazo.
Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de la alegría otra alegría, en la punta de la espalda la magia: es allí a donde voy.
En la punta del pie el salto.
Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé dónde ni cuando. Al lado de la terulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
Es hacia mi pobre nombre adonde voy.
Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografias salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa.
En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la ue pide, la que lllora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientros las traen de nuevo y yo las poseo.
Yo al lado del viento. La colinda de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
Oh cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente.
¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.


CLARICE LISPECTOR. Es allí adonde voy.

Clarice Lispector (Ucrania-Brasil, 1926-1977)


Pero mira a tu alrededor y ve lo que hemos hecho de nosotros y de eso considerado como victoria nuestra de cada día. No hemos amado por encima de todas las cosas. No hemos aceptado lo que no se entiende porque no queremos pasar por tontos. Hemos amontonado cosas y seguridades por no tenernos el uno al otro. No tenemos ninguna alegría que no haya sido catalogada. Hemos construido catedrales y nos hemos quedado del lado de afuera, pues las catedrales que nosotros mismos construimos tememos que sean trampas. No nos hemos entregado a nosotros mismos, pues eso sería el comienzo de una vida larga y la tememos. Hemos evitado caer de rodillas delante del primero de nosotros que por amor diga: tienes miedo. Hemos organizado asociaciones y clubs sonrientes donde se sirve con o sin soda. Hemos tratado de salvarnos, pero sin usar la palabra salvación para no avergonzarnos de ser inocentes. No hemos usado la palabra amor para no tener que reconocer su contextura de odio, de amor, de celos y de tantos otros opuestos. Hemos mantenido en secreto nuestra muerte para hacer posible nuestra vida. Muchos de nosotros hacen arte por no saber cómo es la otra cosa. Hemos disfrazado con falso amor nuestra indiferencia, sabiendo que nuestra indiferencia es angustia disfrazada. Hemos disfrazado con el pequeño miedo el gran miedo mayor y por eso nunca hablamos de lo que realmente importa. Hablar de lo que realmente importa es considerado una indiscreción. No hemos adorado por tener la sensata mezquindad de acordarnos a tiempo de los falsos dioses. No hemos sido puros e ingenuos para no reírnos de nosotros mismos y para que al fin del día podamos decir “al menos no fui tonto” y así no quedarnos perplejos antes de apagar la luz. Hemos sonreído en público de lo que no sonreiríamos cuando nos quedásemos solos. Hemos llamado debilidad a nuestro candor. Nos hemos temido uno al otro, por encima de todo. Y todo eso lo consideramos victoria nuestra de cada día.

******************************************************************************

Y agregó simple:
-Te amo.
Ella lo miró con ojos oscurecidos, pero sus labios se estremecieron. Quedaron en silencio por un momento.
-Tus ojos -dijo él, cambiando totalmente de tono- son confusos pero tu boca tiene la pasión que hay en ti y de la que tú tienes miedo. Tu rostro, Lori, tiene un misterio de esfinge: descíframe o te devoro.
Ella se sorprendió de que también él hubiera notado lo que ella veía de sí misma en el espejo.
-Mi misterio es simple: no sé cómo estar viva.
-Es que tú sólo sabes, o sólo sabías, estar viva a través del dolor.
-Eso.
-¿Y no sabes cómo estar viva a través del placer?
-Casi ya lo sé. Era eso lo que te quería decir.
Hubo una larga pausa entre los dos. Quien ahora parecía emocionado era Ulises. Llamó al camarero, pidió otro whisky. 
Después de que el camarero se alejara, él dijo en un tono de voz como si hubiera cambiado de tema y sin embargo el tema era el mismo:
-Pues yo tuve que pagar mi deuda de alegría a un mundo que muchas veces me fue hostil.
-Vivir –dijo ella en ese diálogo incrongruente en el que parecía entenderse-, vivir tan fuera de lo común que sólo vivo porque nací. Yo sé que cualquier persona diría lo mismo, pero el hecho es que soy yo quien lo está diciendo.
-¿Todavía no te has acostumbrado a vivir? –preguntó Ulises con intensa curiosidad.
-No.
-Entonces es perfecto. Eres la verdadera mujer para mí. Porque en mi aprendizaje falta alguien que me diga lo obvio con aire extraordinario. Lo obvio, Lori, es la verdad más difícil de ver –y para no hacer solemne la conversación agregó sonriendo- ya Sherlock Holmes lo sabía.
-Pero es triste ver solamente lo obvio como yo y encontrarlo raro. Es tan raro. De repente es como si abriera mi mano cerrada y dentro descubriera una piedra: un diamante irregular en estado bruto. Oh Dios, ya ni siquiera sé lo que estoy diciendo.
Permanecieron en silencio.
-Nunca había hablado tanto –dijo Lori.
-Conmigo hablará toda tu alma, aún en silencio. Yo hablaré un día mi alma toda, y no nos agotaremos porque el alma es infinita. Y además de eso tenemos dos cuerpos que serán para nosotros un placer alegre, mudo, profundo.
Lori, ante la sorpresa encantada de Ulises, se ruborizó.

02 abril, 2012

MELODY GERALDINE(Argentina, 1987)

de “VENCIDOS”(fragmentos),editorial El Reino. /

TEXTO III

Negro luto, negro noche, amarillo sol.
Monumentos móviles del caos, íconos casi absurdos de la velocidad de las horas.
Urbanas.
Me siento, abro la ventana, le indico hacia dónde voy.
Su cabeza gris y seca, la ficha delante de mis piernas que lo identifica antes de que su cabeza fuera gris y seca, el respaldo de bolitas de madera –tan necesarias– y ese escudo de Racing colgando del espejo, en lugar de una cruz, un cristo o una estampita de la virgen.
Demasiadas ruedas juntas, demasiado sol malentendido se filtra, en el ruido de los colectivos, de las bocinas, de todas esas personas amontonadas. Miro las calles, los edificios, los autos quietos o yéndose rápido, rápido, y miro, siento el aire, la primavera en la cara, y miro. Veo entre los carteles unas nubes grandes, tan blancas y reales que parecen de artificio. Desde acá, desde el cemento, la naturaleza es como un lujo, un horizonte que no se alcanza, otra vía posible.
Las manos que sostienen apenas el volante y mueven los cambios como máquinas y emiten señas a las otras manos de los otros volantes, son también parte de esa cabeza gris y seca que conoce, desde adentro, el alma de todo lo que vive entre el tránsito, los cortes y los bombos; las imágenes repetidas de los mismos recorridos, los grandes carteles publicitarios, uno por uno, la duración de los movimientos de la ciudad, con todas sus rutinas y variaciones, el pulso de los semáforos, las noticias susurradas desde lo bajo, los gestos de policías y ladrones y de tantos ciudadanos en el medio. Y esas manos traen al hombre y lo llevan de y a todos lados, y no puedo no compadecer, engreídamente, la monotonía de su tiempo, su soledad rara, el motor estéril bajo su cuerpo. Y todas esas horas… marcadas en el contador que no para de contar.
Y miro, lo que yo veo de cuando en cuando pero que él ve todo el tiempo, y entre todas esas imágenes una sobresale, una figura avejentada que camina hacia adelante, apoyada en su bastón, vestida con bolsas negras de residuos. Cubierta la cabeza, la cara y el cuerpo entero, con los ojos solos al descubierto, como occidentalizando el burka ella sola, en su mundo, en su país propio, escondiéndose el cuerpo como si fuera basura. Y atraviesa el vidrio y cruza la mirada con la mía, y me estremece de asombro y tristeza un instante, y digo algo, no se qué, y él contesta que sí, que hace treinta y tres años que la ve dando vueltas, tapada desde siempre como si fuera miseria eterna.
Verde. Los coches se despegan unos de otros y el taxi avanza. Mi mente avanza. Luego todo vuelve a ser verde.
En el medio de la calle, un árbol protegido por una cerca, más anciano que todos los linyeras casi muertos, con raíces más grandes que árboles enteros.
Monumentos perpetuos, testigos de la historia.
Y otra vez rojo.
Las manos del hombre se aburren y quieren contarme. Historias que en otro momento ignoraría, pero que ahora, sin saber porqué, me interesa escuchar. Y me sumerjo en ese saber urbano, en ese humo difuso que exhala el tránsito de todos los que viven entre ruedas. Como él, que pasa diez horas al día con las manos estáticas llevándolo, con los ojos repetidos en el espejo, mientras debajo Racing parpadea movimientos de un lado a otro, simulando, en todo, a un corazón. Pero sabe que su vida es eso y mucho más, y a la vez no, no lo es, es todo una gran mentira. O no. Todo eso que vive, con los ojos, al final del día son sólo imágenes. O acaso no sólo imágenes. Y ese escudo es simplemente un escudo, jamás será ni un corazón ni un ícono religioso, aunque sí fuera, en el fondo, tanto o más personal que la ficha amarillenta que cuelga entre mis piernas.
Me dice que no es la única, que hay otras como ella, que esa mujer fue joven un día pero que ya pasaron muchos días. No sé desde cuándo andará dando vueltas, dice, como resignado a la desgracia ajena, y cansado, del tránsito que no avanza y del cuero gastado que ya casi no resiste tanto peso. Sus costados sobresalen del asiento. Lo desbordan.
No veo su nuca que tapa el pelo gris y ralo, no veo su espalda, ni sus pies, ni siquiera su perfil. Veo la mirada doble que rebota hacia mí desde el espejo, que habla desde el fondo de su infancia y persiste en un brillo tenue, escondida para siempre entre esas líneas de vejez que modelan sus ojeras.
Resuena su voz grave, fuerte, que viene de su garganta como un ruido, hila sonidos roncos que tardo en comprender. Son palabras. Vibran entre las ventanas cerradas y entre los asientos sordos, casi como una necesidad de su cuerpo y su garganta de expulsar por ahí todo lo que en ese taxi entró alguna vez.
Me dice que hay otras como ella. Otros. Que la calle está llena de hombres que la habitan.
Solos.
Sin saber siquiera porqué.
Me habla de una mujer que también solía ver siempre. Ella se sentaba a leer todos los días en el mismo rincón de Plaza Miserere, y lo extraño, no era que se sentara a leer siempre en el mismo lugar, sino que leyera en voz alta. Sola. Siempre. Y que pasado el tiempo la mujer además de libros fuera juntando basura y llenándose de mugre, y que ella misma se fuera convirtiendo en un cúmulo de basura. Y se fue quedando y quedando y se quedó. Y se hizo vieja y empezó a hablar sola todo el tiempo y bue... no sé qué habrá pasado después con ella, si se habrá muerto o no –me dice–. Sin ninguna expresión, casi sin gestos, como si ya no le importara lo que estuviera diciendo, como si su relato saliera sólo de su boca, sin ningún esfuerzo ni compromiso.
Nada.
No entiendo su contradicción, es como si se hubiera aburrido de su propio entusiasmo. O no, no sé, quizás yo lo malentendí, quizás esos cigarrillos que ahora descubro arriba de la guantera le hayan consumido el corazón, y ya no le quede aire ni tiempo para hilar diez oraciones seguidas.
Me pregunta si me molesta que fume y si quiero uno. No, no hay problema, bueno gracias. Me presta fuego, enciendo, abro la ventana. Aspiro, confundida en mi placer, y suelto afuera, expulso de adentro mío un poco de aquello que me rodea y miro con asco, me hundo en mi contradicción como este hombre que no es coherente ni con su propio tono de voz.
Yo soy parte del humo.
Mientras el taxi avanza por una avenida que reconozco pero de la que ignoro el nombre, las cenizas de su cigarro amagan pero vuelven, indecisas, revolotean a mi lado como un huracán hecho de nada, y el escudo de Racing tirita un poco, igual que el atado de cigarrillos y la ficha amarilla, y quizás hasta los asientos estén saltando de arriba hacia abajo, todo, menos nosotros. Como si un íntimo terremoto nos sacudiera y sólo los objetos pudieran percibirlo. Como perros amorfos lejos de todo.
Empiezo a reconocer algunas casas, carteles, negocios, y entiendo. Tengo que indicarle dónde frenar, pero él, él no entiende, parece haber olvidado hacia dónde iba, veo su mirada en el espejo que parece ausente, lejos del auto y de la calle, en un afuera más allá de todo, y yo estoy por abrir la boca al tiempo que abro la cartera para sacar un billete y pagarle, pero él se adelanta, como contestando a mi silencio, y emana otra vez el sonido ronco que son sus palabras, y me dice, en tono de despedida absurda o de redención:
–Yo era maestro sabés.


**********************************************************


El tránsito invade la habitación. Me invade el cuerpo débil, cansado, enfermo del horror. Y el sol penetra como queriendo derretirnos -con la misma furia del infierno- nosotros aquí pagamos. La miseria de quién, el pecado de quién. Nada es de nadie. Y yo ya no puedo llorar, ya no siento. Sólo siento alguna cosa, el aroma del café de la mañana quizá. Pero luego el aroma del humo que se expande hacia la demencia se detiene hundido en mi garganta y resucito, recuerdo, que ya no puedo sentir nada. Y debo recordar, una y otra vez, cuántos años estudié para llegar. Enclaustrado como un preso sin recuerdos, doblemente preso. Qué puedo hacer, si ya no me importan, me dan pena. Qué, qué puedo hacer si ya no puedo llorar. ¿Porqué? Porque si acaso me dignara a hacerlo, terminaría ahí, en el fondo, como ellos.
Estas infantas uniformadas no comprenden la enfermedad, no. Yo sí, yo estoy adentro y me sacrifico o acaso no es así. Yo vivo en el pantano y el barro no me toca.
Escucho a Javier que me mira, que está ahí sentado y me habla y es ausencia, y pienso en Juana, la pobre Juana, no tiene arreglo. Ya nadie la escucha. Nadie la visita ni la recuerda. Por eso va y se desnuda y camina desnuda a la noche por los pasillos. Juana, la abuela Juana, logró que todos se acuerden de ella antes de irse a dormir.
Para mí la locura solía ser aquello oculto, vedado, aquello desconocido, insondable. Y lo desconocido era la libertad. Alguna forma de la libertad. Con el tiempo aprendí, que lo desconocido es la muerte o la libertad. Y yo sigo vivo y no puedo llorar.
El tránsito suena adentro. Me dan pena los de afuera, me dan pena. Javier López habla y habla, y por momentos no habla sólo me mira y se queda callado y no puede, nada. Yo le digo que no importa, que diga lo que quiera y que si no quiere hablar que no hable, que desde el silencio también se habla. Pero yo sólo escucho el ruido de los autos afuera, y el sol me aturde y mi alma grita, adormecida, que no debería escucharse nada desde acá adentro, que esto es el colmo del colmo de todo, esto está más abajo que el infierno, más sucio que el pantano, las paredes como escombros, los baños olvidados, las enfermeras que no entienden siquiera el mundo de allá fuera, apenas burócratas anticipadas de la parca. Y la mesa, donde apoyo mis papeles y mis notas que no sirven, donde se instalan mis manos y por momentos las suyas, la veo arañada, atravesada –allí donde se escriben las respuestas- por las sombras de las rejas, las rejas de la ventana por la que entra el sol y el ruido. Como si fuera el preso de algún sueño.
Y yo debería haberme ido de este lugar, debería, antes de perder a Silvina, debería, antes de perderlo todo. Pero hace ya demasiados años de eso. Ahora estoy aquí, y Javier López habla y habla, con el sonido de su voz subterránea, mientras me mira y me atraviesa con sus ojos perdidos y el color de su piel muerta.
Años entre estos pasillos, viendo el sol filtrarse por las rejas de las ventanas, las sombras siempre arañándolo todo. Como si estos hombres fueran carne quemada al sol y no, no, quedan crudos bajo el sol que apenas entra y los rasguña. Entre barrotes. Ellos, acá, no tienen opción. Yo sí, yo vengo y los escucho. Y los medico, un poco, los alivio. Pero ya no sé qué puedo sentir. Mis sueños se repiten, sólo siento el peso de mi cuerpo débil y cansado, mi mente que pesa como un calvario. La voz de Javier allá profunda, el calvario que me aplasta, y el aroma del café de las mañanas de las que reniego, ya no lo siento.
Allá en la pared un cuadro de Toulouse que colgué alguna vez. Miro nuestras manos en la mesa entre barrotes, los ojos perdidos, las piernas festivas de esas mujeres en la pintura, allá en otro siglo, en otro destino.
Cuántos muertos habrán mirado esas piernas.
Y pensar que algunas de estas personas están acá dentro hace veinte, treinta, cuarenta años. Casi tantos años como yo. Acaso no fueron salvadas ¿Por qué? Cumplen la pena eterna de no tener cielo, cumplo yo la pena, el castigo, de ser yo quien los salva, de la nada hacia la nada. Los acompaño en la espera, en la espera de qué. De la nada hacia la nada. Por eso los drogo, me drogo, para borrarnos el pasado.
Es verdad que alguna vez creí que con el solo entusiasmo se podía curar. Con inteligencia y esfuerzo. A quién, ya no sé, ya no recuerdo. Tampoco se de dónde venía mi entusiasmo.
El sol penetra mi martirio, la voz subterránea, los ojos muertos de Javier. Yo le pido que me disculpe, que voy a cambiar de lapicera -porque algo estuve escribiendo todo este tiempo, qué, ya no sé, algo que a nadie le importa sobre las palabras estériles del pobre Javier- porque los papeles marcados sobre la mesa se llevaron sus restos y abro el cajón, veo el retrato de mis hijas, y le pido una vez más que me disculpe un momento, mientras agarro otra lapicera, y contemplo a mis hijas, tan lindas, tan, tan lejos ya. Y vuelvo a escribir, anoto mientras él habla y habla y titubea y no dice nada y una ráfaga de aire o viento entra por la ventana, con el ruido y el sol, y vuela una de mis hojas, y me da miedo, esta vez, que Javier lea alguna palabra de las que dicen mis hojas. Y pienso en Juana, una vez más, la pobre Juana, a veces pienso que quizá sea la única que haya sido salvada en este lugar. Una mujer sola, abandonada, que se desnuda para existir. Que todavía quiere luchar contra el destino. Y yo todavía no siento nada y no puedo llorar, y tengo miedo de que Javier lea lo que escribo y ni siquiera recuerdo, lo que no escribo, entonces decido ir al suelo a buscar palabras sin sentido que se arrastran y me arrastran y las sujeto. Y entonces miro sus ojos, la pura ausencia, escucho que habla, sin sentido, la carne cruda, los ojos y pienso: pobre infeliz, no tiene arreglo.


Nació en Buenos Aires el 18 de marzo de 1987. Desde chica se interesó por la literatura como otro modo de ver y entender la realidad. De trascenderla. Cursó estudios de Letras en la Universidad del Salvador, Dirección de cine en la escuela CIEVYC, y realizó un breve paso por la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad se considera autodidacta. Acaba de publicar su primer libro de relatos cortos “Vencidos”, por editorial El Reino. Actualmente se encuentra escribiendo su segundo libro de relatos.


http://www.melodygeraldine.blogspot.com/

26 marzo, 2012

Sandra Cisneros ( EE.UU., 1954)

LA CASA EN MANGO STREET(fragmento)


Papá que se despierta en la oscuridad

Se murió tu abuelito, dice Papá una mañana
temprano en mi cuarto. Está muerto, y como si en
ese momento él acabara de escuchar la noticia, mi
valiente Papá se apachurra como abrigo, y llora, y
no sé qué hacer.
Yo sé que tendrá que irse, que tomará un avión a
México, allá estarán todos los tíos y tías y se
tomarán una foto en blanco y negro frente a la
tumba con flores en forma de lanzas en un florero
blanco porque así despiden a los muertos en ese
país.
Como soy la mayor, Papá me ha avisado primero
y ahora me toca dar la noticia a los demás. Tengo
que decirles por qué no podemos jugar. Les tendré
que pedir que hoy se estén quietos.
Papá, sus gruesas manos y sus gruesos zapatos,
que se despierta cansado en la oscuridad, que se
peina el pelo con agua, bebe su café y antes de que
despertemos ya se ha ido, hoy está sentado en mi
cama.
Y yo pienso qué haría si mi propio papá muriera.
Rodeo a mi papá con mis brazos, y lo abrazo, lo
abrazo, abrazo.



de LA CASA EN MANGO STREET
Randon House,1984 (reediciones  1991, 2005)*TRADUCCION por Elena Poniatowska)





Sandra Laura Cisneros (n. Chicago) es una autora y gran escritora de los Estados Unidos. Es mejor conocida por su novela La Casa en Mango Street y también por la novela Caramelo, publicada en el 2002 por Knopf. Su herencia mexicana tiene una influencia importante en su obra.
Cisneros fue la única mujer entre seis hermanos j. Durante su niñez su familia se mudó en una serie de departamentos en los pobres barrios populares del South Side (El Lado Sureño) de Chicago. Cuando era joven, su familia logró una meta que se habían propuesto mucho tiempo atrás al comprar una casa, que ella consideró fea y desbaratada.
En 1976, Cisneros recibió su Bachillerato (BA) en la escritura del idioma inglés de la Universidad Loyola de Chicago. Se matriculó en un programa de graduado en escrituras creativas del Taller de Escritura de la Universidad de Iowa y ganó un título de Masters en escritura creativa en 1978. Recibió una beca del National Endowment for the Arts (Becario Nacional de las Artes) en 1982. La beca permitió que ella se quedara un año en el instituto Michael Karolyi en Vence, Francia. Cisneros ahora trabaja como directora de literatura en el centro de artes culturales de Guadalupe en San Antonio Texas.

23 marzo, 2012

en estado de memoria

CAMBIO DE ARMAS de Luisa Valenzuela (1982)
(fragmento del cuento)

« cuando la confesión no es espontánea ni impuesta por algún imperativo interior, se la arranca : se la descubre en el alma o se la arranca al cuerpo. Desde la Edad Media, la tortura la acompaña como una sombra y la sostiene cuando se esquiva: negras mellizas » Michel Foucault
"Abrí los ojos, cantá, decime quién te manda, quién dio la orden, y ella grita un no intenso, tan profundo que no resuena para nada en el ámbito donde se encuentran y él no alcanza a oírlo, un no que parece hacer estallar el espejo del techo, que multiplica y mutila y destroza la imagen de él, casi como un balazo aunque él no lo perciba y tanto su imagen como el espejo sigan allí, intactos, imperturbables, y ella al exhalar el aire retenido sople Roque, por primera vez el verdadero nombre de él, pero tampoco oye él, ajeno como está a tanto desgarramiento interno."



El fin de la historia de Liliana Heeker(1995)
(fragmento de la novela)


TRES
—Mejor hablá cuanto antes, no dejés que te destruyan. A mí al principio me hicieron pedazos, ¿y para qué sirvió? Unos dientes menos, eso es todo lo que me queda de tanto heroísmo. Un día no aguanté más y canté todo lo que sabía. Les sirvió, eso es lo bueno, no sé si sabés que yo tenía las claves para las citas. Y bueno, les sirvió, creo que cayeron como moscas, ¿y qué?, igual van a caer. Los que tengan que caer van a caer porque si no cantás vos va a cantar otro, esa es toda la filosofía. Sólo los de arriba saben cómo escaparse, yo sé por qué te lo digo, a mí me cuentan ciertas cosas. Pero los de arriba se están salvando solos, ni se acuerdan de minas como yo. Mejor colaborar con estos, no son mala gente, hay que conocerlos, como a todo el mundo, a mí me dijeron que si hago todo lo que me dicen, cuando nazca mi hijo capaz que no me lo sacan, estoy embarazada, ¿ya te dije?, el médico de acá se dio cuenta, ese que te reanima, espero para junio y ya me prometieron que si no les fallo voy a poder... bah, acá más bien no lo voy a poder criar pero si no les fallo capaz que se lo dan a mis viejos, no son mala gente, una vez que te hacés su amiga son mucho más educados que unos cuantos que yo conocí. Es así, como con cualquiera: si les sos útil, seguro que sobrevivís; si no, te matan en seguida. Yo tuve suerte, ya ves; les sirvo para esto. Y para algunas otras cosas. Vos no le des más vueltas; lo que tengas que decir, decilo rápido, yo sé por qué te lo digo —ha pronunciado la muchacha de labios pintados.
Después ha levantado la bala de cañón y se ha marchado, flanqueada por los dos hombres.


A veinte años de Luz de Elsa Osorio (1999)
http://www.elsaosorio.com/fragmentos/luz_espanol.pdf




20 marzo, 2012

Maria Teresa Andruetto (Premio Hans Christian Andersen 2012)



Stefano.
Novela breve. 







Fragmento

 Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas.
Algunos, como Pino y Stefano, prefieren escuchar a Geppo, a Beppe, a Severino, que han venido desde Nápoles a buscar trabajo en los talleres de algún diario. Ellas esperan bajo las galerías: las que tienen niños en los brazos, la que saca la teta y la coloca en la boca del hijo, la vieja que se ha quitado los botines, una niña que parece un muchachito y acompaña a su madre que está a punto de parir. De toda esa gente venida de lejos, le quedan a Stefano algunos nombres, el recuerdo de un gesto, el dibujo que hace en la cara una nariz.
Algunas mujeres que parecen haber llegado solas, buscan en los hombres un poco de dinero. Una que tiene la cara huesuda y la boca grande insiste, hasta que Pino dice que no tienen una lira; entonces ella deja de ofrecerse, hace una sonrisa un poco triste y promete, fregándose la mano entre las piernas:
- Otro día te presto esta cosita.
Cuando el sol baja, Pino y Stefano salen a caminar por la ribera, hasta el muelle de los pescadores. Es la hora en que el organito pasa: lo arrastra un viejo de barba y gorra marinera que lleva un loro montado sobre el hombro.
A veces, junto a las barcazas, se detienen a oir el mandolín que suena en una rueda y las canciones que cantan los hombres de mar. Pero no sólo hay italianos en el puerto. Ya el segundo día se han hecho, ni saben cómo, amigos de unos gallegos que limpian pescado junto a la costa y van por la mañana a verlos, ayudan un poco, y regresan, los tres días siguientes, con algunas monedas.
La mujer que tiene la boca grande habrá leído lo que dicen sus ojos para dejarse tocar así, como ahora se deja, a cambio de nada. Stefano ha sentido menos miedo en medio del mar que frente a esta mujer que lo ahoga.
Qué te pasa?, pregunta ella y él la mira.
Es la primera vez?, pregunta ella, y él dice que sí con la cabeza.
Dejame a mí, dice ella, y le toma las manos y se las lleva bajo la falda.
Dejame a mí, repite, y él se abandona, empuñado por ella, la de la boca grande, la que no tiene nombre.
La niña que parece un muchachito y su madre, esperan a unos primos que viven en Paraná; el que se llama Beppe se fue a Tucumán, a trabajar como linotipista; Geppo y Severino han conseguido emplearse en un diario de Buenos Aires, y la mujer de la cara huesuda, viajó ayer no saben hacia dónde.
Pino y Stefano se marchan hoy y ya llegaron otros a ocupar su sitio. En la Oficina de Trabajo les han arreglado el viaje hasta Montenievas. El viaje en tren es una de las regalías que el país da a los que se ajustan a la Ley de Residencia. Y la misma oficina ordenó un telegrama a Vittorio Pretti, de Montenievas, avisando de la llegada del sobrino y su amigo.
Dejan atrás el Hotel de Inmigrantes, el mar, el ajetreo del puerto. Van a la estación Retiro y desde ahí, en un tren, hasta La Pampa. No llevan equipaje, no tienen nada.
Pino dice:
- Es como si fuéramos recién nacidos.
- En cambio yo - dice Stefano-, creo que ya lo hemos vivido todo.


 María Teresa Andruetto, fue galardonada con el Premio Hans Christian Andersen en marzo de 2012, ha resultado ganadora. Este premio está considerado el más alto galardón otorgado en la literatura infantil y juvenil, y se concede como reconocimiento a la contribución excepcional de la obra de un autor en este campo.
El veredicto se comunicó hoy, 19 de marzo, en la Feria del Libro Infantil de Bolonia 2012.



ediciones
En castellano +Sudamericana joven, Buenos Aires, 1997
+Sudamericana. Las pluma del gato, Buenos Aires, 2004
+Babel libros. Bogotá, 2008.
+SM. Gran Angular. Madrid, en prensa.

En gallego 
+Stefano. Galaxia Editorial, Vigo, 2009.
En alemán 
+Stefano weite Reise. Atlantis Verlag. Swizerland, 2002.
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