01 septiembre, 2011

Rocío Silva Santisteban (Perú 1963)


EL ESPANTAJO

—Mátala— dijo el Espantajo, casi susurrando, acezando, con los dientes apretados, la voz muy dura pero con un tono disipado, deletreando, poniendo énfasis en la “a” del final que redondeaba abriendo los labios cuanto pudiera.

—Mátalaaaaaaa.
Galaor se lanzó con toda la fuerza de su cuerpo formado para la cacería. Primero inclinó el peso hacia adelante, las patas se agazaparon flexibles; en un instante, con un zarpazo rápido, logró coger a la paloma antes de que inicie la huida y le metió un mordisco en la parte más carnosa del cuerpo. Movió la cabeza con violencia, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Con otro par de movimientos iguales pudo controlar el pequeño cuerpo mientras caían algunas plumas desde los dientes. La paloma dejó de oponer resistencia. Galaor entonces abrió la boca y la volvió a cerrar, se acercó hacia el Espantajo y dejó caer a la paloma sobre sus botas. Era un amasijo de plumas y baba, apenas se adivinaba la cabeza del animal, los ojos abiertos, como disecados.
— Buena— le dijo el chico al animal, acariciando el pelaje naranja que llevaba sobre el lomo, mientras dejaba suelta la mirada sobre la paloma tendida en la vereda.
El chico sonrió sin ganas y empezó a caminar junto al perro dejando atrás el juego de la cacería inútil.
—Maldito— se escuchó desde el otro lado del parque.
El Espantajo se sacó la cadena que llevaba a la cintura y Galaor paró en seco, olfateando el aire. Una mirada verde se deslizó entre la hierba recorriendo de este a oeste el jardín municipal, con las manos de uñas diminutas —se las comía— se acomodó el cuello de la casaca de cuero, luego metió lentamente una mano en el bolsillo para buscar el último cigarrillo de la tarde.
Se estaba haciendo de noche.
—Maldito— volvió a escuchar esta vez con un suave eco, casi imperceptible.
Galaor levantó el hocico. Algunas palomas que habían revoloteado sobre la cancha de fulbito se atrevieron de nuevo a posarse sobre los arbustos. El Espantajo prendió el cigarrillo e impaciente, con la misma voz cavernosa, gritó:
—Ya, sal de donde estés— y agregó con la voz en un tono más bajo y casi en una sola sílaba —mierrrrddda...
—Hijo de puta— se escuchó detrás de un Ford Falcón estacionado a un lado de la cancha. Una chica se levantó del suelo y caminó. Llevaba un polo blanco, una casaca de jean y una faldita transparente.
—Mierda, ¿qué tienes?— dijo el Espantajo.
—Asesino, tú y tu perro, par de malditos asesinos— llegó a decir la niña, (era apenas una niña, no tendría más de trece años) antes de acercarse hacia la paloma para recoger el cuerpo con extrema delicadeza. La levantó hacia su cara, la colocó junto a su mejilla y le lanzó un poco de aire, suavemente, con los labios haciendo una o. La cara se le ensució con un rastro de sangre.
El Espantajo se conmovió. Era algo tan inusual en él que estuvo a punto de perder la conciencia y besar a esa chica y tratar de resucitar al animal.
Pero se contuvo.
Sintió que una ráfaga caliente le atravesaba el cuerpo, desde el estómago hasta las mejillas, donde se instaló con un ardor vergonzoso. Se tocó las mejillas y pensó que se le habían enrojecido. Bajó la cabeza y llamó al perro. Sus ojos verdes adquirieron un tono acuoso, líquido, y el cigarrillo dejó de bailar en sus dedos para caer sobre el pasto de un preciso y nervioso pellizco.
Trató de fingir, de actuar, de luchar contra el calor del pecho. Y sonrió. Una sonrisa tonta, sin sentido, estúpida, inoportuna. De medio lado, casi una mueca.
La chica lo miró fijamente pero sus ojos sólo destilaban rencor, oscuridad, mugre, indignación. ¿Lo odiaba? No se dio por enterado, se pasó una mano por el pelo, el sol de la tarde, a contraluz, iluminó por un segundo la falda de la chica y el Espantajo pudo ver entre la tela celeste las piernas duras y delineadas.
—Galaor— gritó el muchacho —no te dije, bestia, que no la mates.
—Hipócrita— contestó de inmediato la chiquilla— yo te escuché diciéndole que la mate. Eres un cochino hipócrita de mierda cabrón chetumadre...
—Aprende a limpiarte los mocos antes de hablar como una jugadora...
—¡Hablo como chucha me da la gana!— e inmediatamente después de proferir toda esta sarta de palabrotas y groserías se puso a llorar. Lloraba con un tono muy quedo, unos gemidos breves y agudos, como lloran los perros pequeños apenas los separan de su madre.
Galaor se acercó a la chica y se puso a llorar con ella. Dentro de la raza de los perros sentimentales Galaor se llevaba todos los premios, no podía aguantar un solo segundo antes de lanzarse con sus gemidos berracos junto al que solloza por cualquier motivo. Incluso en las calles, cuando los niños caen sobre las piedras y sueltan un llantito engreído, Galaor siempre se acerca para aunarse al coro.
El Espantajo, que ya estaba acostumbrado de las manías sentimentales de su perro peleador, al principio iba a soltar una estruendosa carcajada pero se reprimió al sentir los ojos empapados de la muchacha que lo miraban fijamente.
— ¡Ves!— le dijo la niña sorbiendo los mocos —hasta él está arrepentido de lo que ha hecho.
—Llora cada vez que escucha llorar a alguien... es como el experimento del ruso ése...
—Nada... llora porque tiene los sentimientos que a ti te faltan.
— ¿Que a mí me falta qué?
—Sentimientos... Eso es lo que he dicho. Que tienes menos sentimientos que un perro.
El Espantajo se quedó pensando. La chica estrechaba con más fuerza a la paloma junto a su pecho.
—Puede ser— adujo de forma cínica instalándose cómodamente en su mejor trinchera —de hecho tengo menos sentimientos que ese estúpido animal... pero en todo caso no llora porque se haya dado cuenta de nada, sino porque tú lo haces... Mira, ya dejó de hacerlo...
Galaor se había acercado a su dueño moviendo la cola. Nuevamente estaba feliz. Los perros sólo necesitan de un segundo o de un gesto para cambiar de estado de ánimo. El Espantajo envidiaba a Galaor.
—Hubiera querido que me salga una lágrima aunque sea... pero soy así de duro, qué voy a hacer.
La chiquilla lo miró con ganas de pegarle pero no hubiera podido hacer nada contra ese cuerpo inmenso de pelo cortado disparejo. Quiso volver a repetir otras lisuras cuando en su mano, el cuerpo inerte de la paloma vibraba casi imperceptiblemente. La chica lo acercó a su pecho, acurrucó a la paloma, Galaor movió la cola.
— ¿Y tú cómo te llamas?— preguntó el Espantajo, haciéndose el desinteresado.
—No te voy a decir. Para qué— contestó ella concentrada en el cuerpo inerte— Ayúdame a enterrarla— la chica se levantó y se acercó al centro del parque, con las manos empezó a jalar la tierra. El Espantajo se sacó la casaca, se arrodilló sobre la tierra y la ayudó con ambas manos. Tenía los dedos gruesos y ásperos, perfectos para cavar la tierra.
La paloma vibraba imperceptiblemente, pero nadie se dio cuenta.
La ceremonia no duró ni media hora, la enterraron viva porque estaban en realidad más concentrados el uno en el otro que en el animal. Cuando estuvo la paloma totalmente cubierta, la muchachita se arrodilló y rezó con las manos juntas. El Espantajo se sintió inquieto e incómodo.
Terminado todo, el Espantajo caminó unos pasos hacia la zona del Ford Falcón, se recostó en el carro y sacó una chicharra del bolsillo. Con el último fósforo la prendió mientras miraba a la niña que jugaba con Galaor. La falda se movía con el viento, el pelo le caía suavemente sobre la cara. Tiraba una ramita y Galaor, experto en todo tipo de situaciones caninas, la recogía para entregársela moviendo la cola. Ella reía. Parecía haber olvidado por completo a la paloma.
—Oye, ven acá— le gritó el muchacho, la chicharrita estaba a punto de apagarse.
La niña vino corriendo alegre, acezando. Él le estiró la mano, ella cogió con suma destreza la chicharra y la absorbió en el aire hasta que no quedó ni el mínimo rastro de marihuana. Después sacó un verdadero troncho del bolsillo y lo estiró para que el Espantajo lo prenda.
—Sorry, no tengo fósforos.
—Me hubieras dicho, lo hubiéramos prendido con eso— señalo con su dedo el último residuo de papel que permanecía hecho cenizas sobre la vereda— ¿Y ahora? No sabes lo tranca que es conseguir un fósforo por acá...
—Eso no es problema. Vamos a caminar hacia la autopista, por ahí debe haber algo...
Los dos caminaron mientras Galaor correteaba alrededor de ellos.
— ¿Ya no me odias?— se animó a preguntar el muchacho.
—No te odio, te desprecio... Eres un asesino de palomas. Ya todos te conocen por acá. Todos saben de tu calaña. Pero yo no puedo odiar, soy incapaz de hacerlo... Yo he nacido para amar, eso me dice mi mamá siempre y ¿por qué no lo voy a creer? Lo que pasa es que tú no tienes quién te quiera. Debe ser muy triste llevar la vida que llevas.
El Espantajo se quedó mudo.
Después caminó algunos pasos y tuvo ganas de largarse, pero de inmediato le asaltó la idea del troncho recién armado y dejó su dignidad a un lado por el asqueroso vicio. Total: se trataba de una chiquilla de mierda.
El Espantajo caminó por inercia pero estuvo dudando unos segundos mientras miraba los zapatos de charol rojo que llevaba la insoportable que estaba a su lado. Pensó que quizás se trataba de una chiquilla sacerdotisa de esa nueva religión que se había puesto de moda. O de una niña que veía demasiados dibujos animado evangelistas.
Al llegar a la autopista ambos se acercaron a la baranda de metal. Caminaron cogiendo la baranda con una mano por el borde de la pista hasta que llegaron al primer puente peatonal. El Espantajo se adelantó a la chica y hurgó debajo del puente, cerca de la baranda. Encontró un fósforo. Ella sonrió y se acercó al muchacho, ambos se sentaron sobre la tierra, el Espantajo prendió el troncho y lo fumaron callados, mirando los carros que pasaban a toda velocidad.
— ¿Qué pasaría si cruzo la pista?
—Casi nada: volarías en mil pedazos— el Espantajo le devolvió el troncho— No seas malcriada y ni se te ocurra cruzar, que el perro iría detrás tuyo... No quiero que se muera.
— ¿Y yo no te importo?— le preguntó recibiéndolo.
—No mucho— le contestó mientras apoyaba la espalda contra el muro de la baranda que separaba la autopista de la vereda.
—Lo suponía— le contestó con cierta tristeza.
—Después de todo lo que me has dicho... ¡¿Estás loca o qué te pasa?! Sólo vine acá porque hace tiempo que no consigo una cantidad de yerba considerable como para estar en algo, lo demás no me importa...
Ella lo miró con cierta rabia y después acarició al perro. Galaor ladró. Un par de autos competían una carrera de piques a lo lejos. Se escuchaba el ruido de los motores. Por la autopista no dejaban de circular los carros rápidamente, dejando una estela de ruido que rebotaba contra el techo del puente.
La yerba se acabó. La chica se acercó al Espantajo, se sentó a su lado. Él la miró bastante fastidiado queriendo zafarse de la situación. Pero había algo en ella que lo encandilaba y no podía resistirse a ese acercamiento. Cuando estuvo a su lado, ella colocó muy despacio su cabeza sobre las piernas del chico.
— ¿Me puedes acariciar el pelo?— le dijo como si se tratase de lo más natural del mundo.
El Espantajo cada vez más nervioso se quiso apartar, pero Galaor se acercó a ambos y se echó tranquilo a los pies de la muchacha. El Espantajo, con las manos algo sudorosas, fue acariciando el pelo de la chica. Lo tenía muy suave, casi imperceptible, era terriblemente agradable hacer eso.
La chiquilla se metió el dedo gordo en la boca y comenzó a succionar. El Espantajo, sin saber lo que hacía, se lo sacó fastidiado.
—Ya estás grande para hacer eso.
Ella se limpió la baba del dedo en la casaca y siguió en la misma posición.
—Bueno, pero no dejes de acariciarme el pelo.
El Espantajo empezó a impacientarse pero continuó acariciando, despacio, sintiendo el suave roce en cada movimiento. Ella se quedó dormida.
—Ya sabía...
Por un momento pensó en dejarla ahí, durmiendo la yerba, pero se resistió porque cierto remordimiento le empezó a latir en la cabeza. Veía pasar los carros y gracias a la sensación placentera y brumosa del troncho todos los colores le parecían más vivos y la situación más soportable. Se imaginó que esa chica era su hijita. Una hija bastante grande. Luego sin darse cuenta le acarició también los brazos, despacio, lentamente, con paciencia. Y después las piernas y luego los dedos fluyeron hacia arriba, cada vez más, palpó las nalgas lentamente, luego el pubis sin un solo vello púbico. Se puso nervioso. Quiso hacerla hacia un lado para levantarse e irse corriendo. Pero en ese momento ella despertó.
— ¿Ha pasado mucho tiempo?
—No creo— le contestó él— todavía no oscurece del todo.
—Mi mamá se va a molestar, tengo que regresar a mi casa. ¿Quieres acompañarme? Me da miedo cruzar el río sola.
—No... no puedo. Tengo que encontrarme con alguien ahorita.
—Pero ya se está haciendo de noche. Me pueden asaltar.
—Oye, no te hagas... ¿quieres que ahora te crea una señorita cuando ya sé que eres una callejera? Sabes caminar sola perfectamente. Así que no te voy a acompañar ni mierda. No me vengas con huevadas...
— ¡Así que no te importa que me violen y me maten! Ah, yo no sé, ah.... si me violan y me matan y encuentran mi cadáver flotando todo hinchado sobre el río... será tu culpa.
—Ya pues. ¿Y qué?
—Yo no sé, ah.
Ella empieza a caminar, salta la baranda del muro que separa la autopista del parque y se aleja. Él la mira un rato. Luego vuelve la misma mirada verde sobre los carros que pasan corriendo de este a oeste. Suspira y trata de controlarse. Pero de pronto se para apresurado, salta la baranda, corre hacia el lugar donde ella se ha perdido. Galaor lo sigue a paso lento.
Al voltear la esquina que da hacia el río, la chiquilla estaba agazapada esperándolo.
—Te demoraste menos de lo que pensé.
El Espantajo para de golpe y se molesta consigo mismo por la poca efectividad de sus decisiones.
—Ya, pues, apúrate.
Los dos van caminando, bajan una loma para acercarse al río y ella se le adelanta un poco: juega con Galaor lanzándole palitos que el perro insiste en recoger una y otra vez. El Espantajo se queda mirando a la chica: se siente extraño, algo dulce le surge de adentro, un sentimiento que detesta porque le parece femenino, amanerado, maricón. Piensa que quizás eso sienta la gente que alguna vez jugó con una madre: él nunca tuvo infancia, del puericultorio pasó a la calle a los siete años, y en la calle se hizo de su fama apenas supo cómo robar para comer. La única ración de ternura la ha recibido de los animales: perros, gatos, aves y hasta de una iguana verde que mordía los pasadores de sus zapatillas. Animales que lo comprenden porque no le piden nada: les dan su lomo y él pasa la mano distraído. Se contentan con poco, igual que él. Pero ahora pasar la mano por el lomo de esa chiquilla lo ha perturbado como nunca, y detesta encontrarse en esa situación, porque no puede controlar nada: ni las miradas ni sus impulsos. Y la mira y tiene ganas de acercarse y besarla y pasarle de nuevo la mano por el pelo mal cortado.
La chiquilla está a punto de cruzar el río y él no sabe cómo llamarla para detenerla, sobre una sección poco profunda empieza a saltar entre las piedras. Su falda se moja, Galaor ladra, el viento sopla suave y él puede volver a ver las piernas de muslos firmes y tiernos. La noche envuelve al paisaje.
Pero de pronto Galaor levanta la cola y las orejas: algo está a punto de suceder. El Espantajo voltea hacia el otro lado del río pero sólo mira cómo una bandada de palomas se levanta simétrica hasta alcanzar las copas de los árboles. Las palomas vuelan en círculos, levantándose, y regresando al ras del suelo varias veces y Galaor, diestro en la cacería, tensa todo el cuerpo esperando el momento adecuado para dar el salto fatal. Se distrae y mientras observa complacido el instinto de su perro, el Espantajo no se da cuenta que frente a él aparecen cuatro individuos armados con metralletas recortadas y fusiles ligeros. El Espantajo se detiene e intenta llamar a la chica y al perro, pero no le hacen caso y siguen cruzando el río.
—Galaor...— grita desesperado —Galaoooooorrrrrrr...
En ese mismo instante cae abatido por las armas.
Los hombres se acercan sin dejar de disparar. Galaor intenta en un primer momento atacar al que está más rezagado pero la chiquilla lo atrapa por el cuello, se le tira encima y lo mantiene fuera del cuadro de combate. Tras breves segundos de un silencio de pavor, el jefe, un individuo de barba escuálida, se acerca y remata al Espantajo con un tiro en la cabeza.
—Idiota...
La chiquilla también se acerca despacio, Galaor se le ha adelantado y olfatea con su hocico la sangre que salta rojísima de las perforaciones del cuerpo. Los demás hombres revisan el pantalón del muchacho, le quitan una billetera vieja sin un centavo y unos papeles higiénicos que guardaba en el bolsillo de la casaca. El perro aúlla.
—Te demoraste demasiado. Ya te iba ir a buscar— le dice el hombre de la barba a la chica.
—Me quedé dormida, esa hierba era pura lechuga...— los dos se miran indiferentes — ¿Y me puedo quedar con el perro?
Galaor lloraba mientras olisqueaba con insistencia el cuerpo del muchacho. El hombre la miró a los ojos.
—Realmente te gusta el animal, ¿no?
—Sí... desde hace tiempo.
—Llévatelo.
Ella sonríe y salta contenta en busca de Galaor y lo llama con un silbido. El perro termina de olfatear al muchacho y se acerca a su nueva dueña moviendo la cola.

A Coco Pujalt, el verdadero Espantajo,
asesinado a balazos junto al mar de Bujama en 1997,
y a Wesser, su perro setter







Periodista y poeta limeña. Ha publicado cuatro libros de poesía, "Asuntos circunstanciales" (1984), "Ese oficio no me gusta" (1987), "Mariposa negra" (1993, 1998) y Condenado amor (1995) y un libro de relatos "Me perturbas" (1994 y 2001). Asimismo, ha editado dos libros de crítica: "El Combate de los Ángeles" (Pontificia Universidad Católica, 1999) y "Estudios Culturales. Discursos, poderes, pulsiones" (junto con G. Portocarrero, V.Vich y S. López-Maguiña, RED, 2001). Junto a Mariela Dreyfus, publicó "Nadie sabe mis cosas: ensayos en torno a la poesía de Blanca Varela".
Doctora en Literatura por la Universidad de Boston, actualmente trabaja como directora del diplomado de periodismo de la Universidad Jesuita de Lima. Escribe la ya mítica Kolumna Okupa en el diario La República, y se desempeña como Secretaria Ejecutiva de la Coordinadora de los Derechos Humanos (CNDDHH).

18 agosto, 2011

Adriana Lisboa (Brasil, 1970)



HARUKI
Haruki caminó hasta la esquina de Machado de Assis y siguió por esa calle en dirección al subterráneo. Que también daría señales de fin de tarde. Nada a lo que él no estuviera acostumbrado. Haruki era una persona de medios de transporte público. Hacía mucho tiempo que no tenía auto. Los autos, además de costar dinero, costaban seguro, costaban garaje, costaban neumáticos pinchados, costaban un día el vidrio hecho pedazos por el que se robó el equipo de sonido, costaban lugar para estacionar y costaban búsqueda de lugar para estacionar, costaban faroles rotos en un choque sin importancia, costaban paragolpes rayados y laterales rayadas por alguien que pasó con un clavo o con una llave y costaban miedo a los secuestros express sobre todo en aquella época fatídica entre Navidad y Carnaval y la policía gentilmente ya avisaba que las personas debían tener mucho cuidado y que no era necesario ser rico para sufrir uno de esos secuestros. Una vez él tuvo un escarabajo de color rojo tirando a vino, año de fabricación 1972. Era un auto simpático. Se prendió fuego.
El sudor de su rostro se había secado. Era bueno sentir el frío soplando dentro de la camisa y por entre los cabellos. De repente era bueno estar allí, en Río de Janeiro, en aquel momento, y ser quien él era, el dibujante con la mochila en la espalda; por un instante era bueno que lloviera y saber que en diez minutos llegaría a la estación Largo do Machado.
Era bueno saber que había cosas como la inversión de las estaciones en los dos hemisferios, husos horarios, un lugar en el que el sol nacía mientras en otro se ocultaba. Cosas que eran del orden de la casi ficción. Era bueno saber que existía un Japón de hecho, un lugar donde las personas abrían el paraguas o se lamentaban por la falta de paraguas y pisaban en otro suelo de hecho.
Tú estarías feliz, viejo, pensó, olvidándose de que, en vida, él no tuteaba a su padre. Ni le decía viejo, en verdad. Tal vez la muerte permitiera otro tipo de intimidad, algo de la falta de ceremonia que él había  (¿había?) intentado conquistar en vano durante cuarenta años. Hacía más fácil la improvisación. De repente el padre era un amigo, y de repente Haruki acababa de salir del consulado de Japón con la promesa de una visa para actividades culturales.
Aquel mismo Japón ignorado por cuarenta años y que ahora, súbitamente, como un susto, se abría a esas mismas improvisaciones. Se volvía posible, como tratar al padre afectuosamente de tú. De viejo. Palabras como palmaditas en la espalda.
Japón saltando hacia dentro de su vida, todo debido a ella. Yukiko. La traductora. Hoy, solo eso: la traductora. Los nombres de los dos iban a casarse en la ironía de la tapa de un libro. Iban a colocar sus nombres en el papel. Amorosamente, fríamente, livianamente.
La lluvia fina dejaba luminoso el mundo delante de los ojos de Haruki. El asfalto pulido de la calle Machado de Assis brillaba. Los autos estacionados brillaban. Las hojas de los árboles. Las escaleras en la entrada de los edificios. Hasta el sonido de las cosas brillaba en la lluvia, las ruedas de los autos en el asfalto, una frenada brusca y la bocina, la radio del portero.
Era necesario reconocer y reverenciar esos momentos. Eran rápidos y escasos. Momentos en que sin motivo aparente todo parecía estar en orden, ajustarse, encajarse. Se acababan las preguntas y la necesidad de hacerlas. Se acababa la prisa, el tener adónde ir, el venir de algún lugar. Simplemente las suelas de los zapatos golpeaban en la vereda húmeda y listo, el mundo prescindía de otros significados.
Un pie después del otro.
Momentos rápidos y escasos. Aquel se deshizo de repente, en el cruce con la calle de Catete. Haruki notó que perdía algo, llegó a mirar hacia atrás automáticamente, para ver si encontraba un pedazo de sí caído en la vereda. Pero era el instante que se disolvía, como una cucharada de sal dentro del agua.  Y Haruki sacudía la cucharita, deshacía el instante, porque no podía ser diferente, si nosotros no matamos las epifanías ellas acaban matándonos, y atravesaba la calle en la dirección familiar de la entrada del subte.
En el rápido trayecto hasta la estación Botafogo hizo lo que siempre hacía. Sacó un libro de la mochila. Con frecuencia era algo relacionado con lo que estuviese ilustrando o preparándose para ilustrar.
Aquella tarde, de pie, un poco apretado entre los demás pasajeros, sacó el libro que había dado inicio a todo.
Cierto, había un placer en ello: sacar de la mochila un libro en japonés y hojearlo interesado, como si estuviera entendiendo algo. Como si los motivos que hicieron que lo tomara, aquella misma tarde, de la biblioteca, no fueran solo estéticos, ver aquel montón de signos gráficos indescifrables juntos e intentar saber en qué podían colaborar en las ilustraciones.
Dar vuelta las páginas para un lado, para el otro, y de soslayo advertir la reacción de los más próximos, las miradas sin disimulo.
En el vagón del  metro, inmensas uñas escarlata aquí. Una alianza de oro. Uñas cortas y mordidas allí. Conversaciones. Rostros de después del trabajo. Pasó un olor a transpiración. Pasó también un perfume dulce. Hubo una rápida parada en la estación Flamengo. Hasta que Haruki bajó en la estación Botafogo y oyó una voz a su lado, una voz de mujer, como tironeándole de la manga de la camisa, la voz, tan diferente de las voces ambiente que lo circundaban y lo adormecían allí en la plataforma del metro: disculpa, pero me dio mucha curiosidad. Eso que estabas leyendo, ¿es japonés o chino?
Media hora más tarde, los dos tomaban un café y sostenían la mirada llena de curiosidad e indecisión por encima de la mesa.
La mujer ya tenía nombre. Celina. Y, en forma coherente con este nombre, a Haruki le parecía algo volátil. Tal vez en su interior ella no tuviera huesos ni músculos ni vísceras, sino aire. Un pedazo de cielo recubierto por la fina epidermis humana.  Un pedazo de cielo casi humano. Por fuera, ella era la sonrisa más triste que había visto en los últimos tiempos.
Durante media hora él habló casi todo el tiempo, haciendo un resumen irregular de su vida para nada japonesa que ahora se disfrazaba con un libro en japonés.
Primero, todavía en el metro, él le explicó a Celina: es japonés, pero no estaba leyendo el libro, solo lo hojeaba. No hablo japonés. ¿Estás viendo estos símbolos? Podría ser griego. Podría ser ruso. No conozco ninguno. No tengo la menor idea de lo que quieren decir.
Tú parecías estar leyendo, dijo ella.
Él se encogió de hombros.
Tengo que hacer un trabajo con este libro. Estaba sólo mirando.
Silencio del otro lado durante algunos instantes. Pero después, la curiosidad insistente: ¿harás un trabajo con un libro que no puedes leer?
Los dos subían juntos las escaleras mecánicas del metro. Haruki vio que ella no se contentaría con evasivas. Parecía querer saber qué estaba haciendo un hombre con cara de japonés  absorbido en la lectura de un libro en japonés si no entendía nada de japonés. Era un misterio muy importante, pensado de esa forma. Sobre todo por su aparente trivialidad.
Y entonces, ¿la masculinidad lo obligaba a invitarla a un café (después quién sabe si a su casa y a su cama) a una mujer que lo abordaba a la salida del subterráneo? Pensó en el asunto por un instante. Casi pragmáticamente.
Él quería hablar del libro. Todavía no había conversado en serio con nadie sobre aquel trabajo.
Era un trabajo que daba miedo, también, por varios motivos. Proyectaba sombras. Hacía ruidos oscuros. Rozaba su piel con largas patas, con babas de animal, con cuernos de diablo, con indicios de otro mundo.
Tal vez aquella Celina hecha de aire y de una sonrisa triste hubiese aparecido solo para eso: para escuchar.
Un proyecto de ilustración. Un viaje. Una visa en el pasaporte. Pasaporte que tuvo que sacar una tarde de romería a la Policía Federal, antes de llevarlo al Consulado de Japón.
Ilustro libros, dijo él. Normalmente libros infantiles. Ahora me llamaron para hacer algo diferente.
Paró en el medio del flujo humano, en los corredores del metro, y le mostró el libro a Celina. Un incauto.
Este es un diario de Bashō. Un poeta japonés. Del siglo diecisiete, dijo. Continuó caminando. Es la primera vez que traducen a Bashō aquí en el Brasil, me llamaron para ilustrar la traducción. Y me la mandaron y ya la leí, pero quise pedir prestado el original en la biblioteca. Solo para saber cómo es el texto, visualmente.
Celina caminaba mirando para abajo.
Creo que yo haría lo mismo, dijo. Incluso no entendiendo una palabra, como tú. Solo para verlo, solo para tener en las manos el texto original.
Él se dio vuelta mientras pasaban los molinetes, a la salida.
¿Quieres tomar un café?
Y ahora hacía media hora que los dos se conocían, media hora y algunos minutos, sobre la mesa y sobre los dos pocillos de café vacíos.
Ya tenían un histórico de paisajes: metro, acera y calle ahora sin lluvia, librería donde entraron a tomar un café. A esa altura sabían uno del otro, entre otras cosas: que Celina tomaba café sin azúcar, que Haruki le ponía dos cucharadas.
Una casi intimidad en el centro de la curiosidad y la indecisión.

de Rakushisha (Frag.), 2007.

02 agosto, 2011

Elecciones primarias de Silvia Hopenhayn(fragmento)


Elecciones primarias de Silvia Hopenhayn(fragmento)
I. Segundo

1.

Voy a escribir sin parar hasta que la historia que cuento o es contada me quite el aliento o la memoria o las ganas de escribir.
Historia que me hace huecos por donde paso para ver el pasado proyectado en una zona vedada sin pantalla ni ojos con apenas siete años recién empezados.
Éramos chiquitas lo que se callaba afuera se nos metía bien hondo la realidad era una pieza cortante que nos rozaba filosa nos hacía de todo sin que nos diésemos cuenta el todo que es peligro y delicia como los caramelos pintalabios rellenos de glucosa roja.
Los puntos me sirven.Cada punto me lleva a otra parte. La dispersión se vuelve necesaria para atrapar lo que se perdió ya mismo estoy en el patio del colegio
cantando Aurora una fila de niñas y un solo varón varoncito tieso parecía de mármol mirando siempre hacia delante sin mirarnos a nosotras que hubiésemos saltado en el aire para hacernos notar. Quietitas esperábamos al menos su parpadeo
ilusas frente al espectáculo de una estatua macho.
El primer varón fue también único. Sólo un varón.

Creo que era finlandés rubio colado de mi vida futura de exilio en Helsinki.
Un finlandés peinado con raya tensa al medio de todas nenas primer experimento de colegio estatal volviéndose mixto.Un varón solito entre todas nosotras como venido
de la nieve.El finlandés no me miraba y sin embargo en sus ojos celestes que tomaban del cielo lo más tenue anunciaba mi destino.Finlandia.
A veces el destino se anuncia con total indiferencia.
Me tropecé a propósito para ver si lo conmovía con mi caída mi suela se ablandó cómplice y me deslicé a su lado.Desordené la fila con calculada torpeza para
hacerme notar. De paso me hacía algún raspón. Me gustaban los raspones y ensuciarme las manos. Alejandro ni me miró aunque me pareció que estornudaba. Su presencia fantasmal indicaba mi desarraigo no sé muy bien dónde.Me pregunto ahora cómo sus padres se animaron a ponerlo con treinta chicas en pos del proyecto de apertura del colegio del Estado para que las futuras señoritas supiéramos de la diferencia de sexo y viceversa.

¿Cómo lo dejaron librado al azar de nuestras manos? ¿De las mías sucias de piso y raspón heroico? Él entre nosotras justo cuando empezábamos a ver telenovelas y los besos nos atolondraban hasta el toqueteo más íntimo disimulado por un asco rebelde.
¿Cómo no se dieron cuenta de que nadábamos indefinidas en busca de algún borde?
Se llamaba Alejandro y ese nombre siempre me atrajo.
Aparece en los libros en las calles. Alejandro Magno atesoró la Torre de Babel.
Es un nombre para silabear A Le Jan Dro.O barajarlo de nuevo Alejo Jano Andro Aledro.
Yo lo susurraba bajito probando distintas combinaciones pero él nunca se sentía aludido por más que yo lo dijera apenas estaba segura de que leía mis labios y se hacía el sota igual mis labios eran finitos lo que podía escribir con ellos al hablar era un trazo muy endeble que se deshacía en el aire.
A veces me excitaba la idea de que al pronunciar una palabra ésta apareciera por primera vez dicha de esa forma y no se sabía a dónde iba volviéndose apariencia de lo desaparecido. ¿A dónde van las palabras que se dicen?No quedaban impresas en ninguna parte y nos hacían existir.
Al pronunciarlas pasaba algo. Algo se corría de algún lado sobre todo cuando
dije la primera mala palabra no me voy a olvidar nunca fue en el subte yendo a Tribunales.

Mi prima Judith tenía apenas quince años y me pidió que la acompañara sin hacer nada sospechoso ¿sospechoso? le dije ¿qué podía hacer yo de sospechoso? se me ocurrían tantas estupideces de lo que podía considerarse sospechoso y al mismo tiempo
todo lo era.Más que nada mirar. Mirar era riesgoso no me atrevía a dirigirle la
mirada a nadie. Fue la primera vez que sentí que no bastaba con tener párpados mis ojos eran dos bolas de fuego que me dolían de ardor delator.Me concentré en los zapatos de la gente que subía al subte y de cómo se pisoteaban.Tenía los labios sellados no decía nada sólo apretaba con fuerza la mano de mi prima Judith que
canturreaba una canción de los Beatles.¿No era que había que disimular?
¿O las canciones de los Beatles reducían la sospecha? ¿O no ser sospechoso es que te miren por algo en particular por ejemplo cantar una canción? Me puse a entonar “Como la cigarra” de María Elena Walsh pero me miraron como si hubiera blasfemadoen una iglesia o pegado un grito en un hospital.Tenía que encontrar la manera para que mi
cuidado por evitar que sospechen de mí no se convirtiera en una súbita exhibición de mis temores. Esos zapatos daban miedo.Los que sobresalían del resto pegados al piso
gomoso del subte mientras que los demás se movían con el balanceo de los vagones.

Se intuían los dedos contraerse cada vez que chirriaban las ruedas metálicas contra las vías.O eran las ratas que yo había visto en el andén largándose a correr por el tentador hueco bajo tierra construido por los hombres en el que jugaban a las carreras sobre las vías una carrera de muerte si no saltaban a tiempo al fin y al cabo son ratas no saben de lo que resulta sospechoso los animales pueden olfatear
el peligro pero ¿cómo detectar el peligro de lo que no se sabe que uno emana?
¿Eran las ruedas que chirriaban en las curvas o las ratas que morían aplastadas por no saber en qué túnel se habían metido?Los zapatos fijos al piso del subte eran abotinados color cereza podrida con los cordones ajustados.Mi prima seguía cantando “Michèlle ma belle”.Yo miraba hacia abajo.Quieta.Los lazos amarraban mis ojos.Un amargo gusto a cereza pasada impregnó mi paladar ácido de miedo y dejé de canturrear se me juntó entonces la saliva en la boca no sabía qué hacer con mi silencio.Le apreté fuerte la mano a mi prima.Ella seguía cantando seguramente pensó queme asustaba el subte.A mí me gustaba todo lo que tuviera túneles y
fuese rápido.No era eso.Ella no sabía por qué cantaba.O sabía por qué cantaba.

¿Mi prima estaba o no estaba disimulando? Ya tenía un buche completo que no podía escupir en el vagón imaginé toda mi saliva espumosa sobre los borceguíes del diablo.
Mi buche se bamboleaba entre los dientes yéndose a un costado de mi boca inflando mi mejilla izquierda cuando se calentaba yo misma lo mandaba a la mejilla derecha y en ese andar de un lado a otro se producía más y más saliva no sabía
cómo pararla tenía miedo de ahogarme.Parecía rabia. Se me fue a la garganta.
Hijo de puta dije.Y tragué.Los borceguíes se movieron.Mi prima dejó de cantar.
Habíamos llegado a Tribunales.Al bajar no supe si lo dije en voz alta si me escuchó si escupí sobre sus zapatos o si me tragué la canción de los Beatles.
Había dicho una palabra haciendo existir mi miedo.Y encontré en la saliva el gusto por pronunciar lo malo. Alejandro me dejaba más bien la boca seca.De tanto decir su nombre buscarle la vuelta y todo para que en realidad me viese. Me encontrara
parecida a él.Casi diría que su nombre fue con el que aprendí a modular una creencia.

Los nombres en general tenían esa cualidad de no significar nada y de golpe ser alguien para uno.Muy distinto ocurría con los apellidos. Esas listas que pasaban en el colegio de palabras repetidas raras y ajenas. La aspereza de los apellidos esa manía de llamar a la gente con imperativo formal. Una a una nos llamaban por el apellido.Hasta que llegó el uno.A él le decían Alejandro.Para los preceptores el nombre no nos nombraba.Sólo lo usábamos entre nosotras como si nuestraidentidad fuese una contraseña.


de Elecciones primarias. Silvia Hopenhayn. Alfaguara, 2011.
Alfaguara, 2011.


Silvia Hopenhayn ( Enero de 1966) es escritora y periodista cultural. Dirigió el suplemento El Cronista Cultural; fue columnista en radio Municipal, en la Rock & Pop y en Radio Nacional; condujo en televisión los programas literarios “El fantasma”, “La crítica”, “La lengua suelta”, “Biografías fantásticas”, “La página en blanco” y “Policiales de colección”, por los que recibió los premios Julio Cortázar de la Cámara Argentina del Libro, Konex de Oro, atvc y Fund tv. Fue corresponsal para Televisión Española del programa “Los libros” e integró el jurado del Premio Alfaguara de Novela. Escribe una columna semanal, “Libros en agenda”, en el diario La Nación; realiza los ciclos “La ficción y sus hacedores”, en la Casa de la Cultura (fna), y “La primera página”, en Dain Usina Cultural; también dicta seminarios de literatura en el Colegio Libre de la Universidad Torcuato Di Tella. Tradujo, entre otros autores, a Gérard de Nerval y Jean Cocteau. Es coautora de los libros de ficción Cuentos reales (2004) y La espina infinitesimal (2006).

01 julio, 2011

Armonía Somers (URUGUAY,1914-1994)

El hombre del túnel


Iba saliendo de aquel maldito caño -un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera- cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá más remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mí tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoíris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbaraté, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mí desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenía la misma ramita verde de diez o doce años atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones- habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
-Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con esta estúpida rendición de noticias:
-Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó tomándose confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría qué conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mi aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus fabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venía la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia atrás los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarle limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de siempre -farfullé- la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por sí como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarlos para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
-¡Sí! -grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros sí más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la invención de las siete caídas -alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.


*De La calle del viento norte. Todos los cuentos 1953 - 1967

08 junio, 2011

Ana María Cadavid (Colombia)

Trasplantada

Quiebro mi primer huevo. Cae en la cacerola y chisporrotea la mantequilla. La cafetera humeando y Julio listo para ir al trabajo.

—Está bonita la vista, ¿verdad? Los arboles y allá, lejos, la ciudad.

Nos despedimos con un beso. Desde el corredor veo cuando su carro se pierde en la primera curva de la carretera.

“Diseña mi casa”, así me había declarado su amor. Todavía no terminaba mi carrera de arquitectura y ya tenía un proyecto en mis manos. Al graduarme el techo ya encerraba los muros y el bosque la casa. La fecha del matrimonio se coordinó con la entrega de la obra.

Termino de lavar los pocillos, tomo la escoba y comienzo a barrer esas esquinas que yo misma había dibujado. Me detengo frente a la ventana del bosque; a través de las hojas se perfila un día brillante. Vuelvo la mirada y veo mis líneas de tinta negra hechas muros. Limpio del mantel unas migas de pan y descubro una hormiga que se prende obstinada a un cristal de azúcar. La tomo con cuidado, abro la ventana de la cocina y la saco afuera. Respiro el aire fresco y pienso en los trazos de lápiz que fueron dibujando cada espacio, en las escuadras que confinaron los cuartos. Sigo con las tareas. Recojo mi zapato y encuentro el compañero junto a la cama. Sonrío. Aliso sábanas y cobijas y tiendo el edredón.

Algunos dijeron, cuando me felicitaron en la iglesia, “que suerte tienes al diseñar tu propia casa”. Y me sonó raro.

Dejo que la mañana se escurra. Después de almuerzo, cuando el sopor cede, tomo un libro, salgo al corredor y me acomodo en el puf, de espaldas a la casa. El sol se filtra por las ramas dibujando tibios arabescos en el suelo. Miro el índice y elijo el cuento más corto. Leo las primeras líneas, pero un Cucarachero da salticos en las baldosas. Me canta. Lo sigo con la mirada. Me arrellano de nuevo y retomo la lectura desde el principio. Atrás del libro un pájaro grande vuela de una rama a otra. Escudriño la silueta y descubro que es una Soledad. La delata el movimiento pendular, casi hipnótico, de su cola. La saludo imitándola con la mano, pero el Cucarachero se asusta remontándose al techo. Vuelvo a la lectura. Un hombre lee una novela. Esta sentado en un sillón de terciopelo verde. Suena el celular y corro a contestarlo.

—Hola, amor... Sí, estoy bien. Ya limpié la casa y ahora estoy leyendo... Te quiero.

Mi beso también se queda sin respuesta. El sol se ha ido y la temperatura comienza a bajar. Dejo el teléfono sobre la mesita de la entrada. Vuelvo al hoyo de mi cuerpo en el puf y me hundo en él. Busco el doblez de la hoja en el libro. La atmósfera se torna densa. De nuevo intento que la ilusión me gane, que el bosque desaparezca; desgajarme línea a línea en la lectura. Un perro ladra lejos. Presiento las nubes mullidas en las copas de los árboles, oigo un murmullo vibrante de lluvia seca, un crujir rasgado de papel mantequilla. El libro cae a mi regazo.

Extrañada, descubro un ratoncito contorsionándose en la última baldosa, allá, en el límite del bosque. Mientras lo observo una sombra rastrera cruza el camino empedrado, la busco, pero no la puedo identificar. Vuelvo los ojos a la terraza y el ratón ha desaparecido. Entre las hojas salta un grillo. Está apurado. Huye. Todo es tan raro... mi atención se colma de algo etéreo; un olor amargo, el peso de las nubes en los árboles, la penumbra del frío, el ruido tostado de las hojas secas. Aparto el libro y enderezo la espalda.

Una explosión de grillos, arañas y escarabajos histéricos, a zancadas, avanzan entre la hojarasca. Me pongo de pie. Es tan misterioso, tan inminente, tan real... Vuelvo la mirada al fondo y en las baldosas veo un hilo de hormigas. Le sigo el rastro. La madeja crece y se teje con otras hebras que comienzan a serpentear frente a mis ojos. Líneas y líneas ondulan pintando la terraza de negro. Una legión. Una ruidosa ronda de hormigas viene marchando hacia la casa. Regreso adentro y cierro la puerta. Atrincherada en la ventana veo cómo el corredor se inunda, los muros se oscurecen y la marea se filtra amarga bajo la puerta. Empujo el tapete pero las fisuras se convierten en exclusas. El libro, el puf, el teléfono, mis zapatos; todo es colonia de hormigas negras.

Retrocedo a la cocina, trepo al mesón y arrinconada, por la ventana, dejo tu casa.

de Arma de casa.(Sílaba Editores, Colección Mil y una sílabas, Medellín,2011)


Ana María Cadavid Moreno es arquitecta y ama de casa. Sus cuentos se han publicado en diversas antologías y revistas. En 2006 fue ganadora del concurso “Las 700 del ego” de la revista El Malpensante. Su cuento infantil “Bitácora de luna”, con sus propias ilustraciones, fue publicado en 2004. 

30 mayo, 2011

Beatriz Ferro (Argentina)


Un día perfecto
Autoayuda
Para los que nunca llegan a cumplir con lo que anotan en la agenda
Desde enero 1 las páginas en blanco de la agenda nos proponen días plenos, activos, sin omisiones ni olvidos.
Todo lo que debemos hacer es anotar. Anotar y hacer. Anotar, hacer y tachar. Por cada tachadura, un punto a nuestro favor en el tira y afloja con el calendario.
Buena letra y buenos propósitos, al principio todo va bien. Pero a los pocos días ciertas cosas, como pedir hora con el dentista y comprar unos botones, quedan sin tachar, se dejan para mañana o pasado y de tiempo en tiempo se retoman para volver a postergarse.
Así es como aparece un dentista que salta alegremente de lunes a miércoles a viernes, permanece oculto unas semanas, reaparece de pronto, vuelve al cono de sombra y nos toma por asalto el mes que viene junto con esos botones que ya no sabemos bien cuántos necesitábamos, ni si debían ser redondos y opacos o cuadraditos y nacarados como dientes de leche, mimetizados ya con el dentista.
Respuestas aún pendientes, cajones sin ordenar, reuniones aplazadas, malvón sin trasplantar, desfilan con sus reclamos cada vez que echamos una ojeada a los meses anteriores.
Para todas aquellas personas que, al menos un día en el año, aspiran a tener la satisfacción de tachar todo lo anotado, se ofrece aquí una serie de actividades que difícilmente podrán dejar de cumplir, cualquiera sea su sexo, edad y ocupación.
Despertarse y tener ganas de seguir durmiendo.
Levantarse.
Abrir la canilla del lavatorio.
Cerrarla.
Abrir la canilla de la ducha.
Cerrarla.
Apretar el botón del inodoro.
Entre abrir y cerrar canillas y apretar el botón, cumplir con elementales reglas de higiene, lo cual implica: mojarse, sobar el jabón, secarse, apretar el tubo de dentífrico, desenrollar unos centímetros de papel higiénico.
Mirarse en el espejo.
Decir Bueno, ya voy.
Desayunar.
Antes, mientras tanto y después, abrir puertas: del baño, del botiquín, del armario de la cocina, de la heladera, del ropero, de las habitaciones, de la calle.
Cerrar esas puertas.
Buscar algo que estábamos seguros de haber dejado ahí nomás y no encontrarlo.
Abrir cajones varios.
Cerrar esos cajones.
Decir Sí, ya sé, pero es temprano.
Mirar la hora.
Comprobar que uno tiene menos plata de lo que creía.
Salir.
Comprar algo en el kiosco.
Cruzar calles.
Subir a un colectivo.
Bajarse.
Llegar un poquito tarde.
Saludar. Hablar. Charlar.
Asegurar que no tiene la menor importancia algo que en realidad nos importa muchísimo.
Poner cara de prestar atención.
Reprimir un bostezo inoportuno.
Bostezar a gusto y despatarrarnos en la primera ocasión.
Hacer una cantidad de cosas innecesarias con tal de no enfrentarnos con lo que más nos cuesta.
Sentarse y levantarse docenas de veces en el día.
Pensar: ¿Vieron? Al fin y al cabo yo tenía razón.
Empezar a sentir hambre. Tener hambre. Comer.
Decir ¡Hola! ¡Chau!
Jorobar.
Dar un beso. Acariciar. O, bueno, al menos dar una afectuosa palmada en la espalda.
Decir que uno no es supersticioso.
Accionar palancas, llaves y botones de todo tipo: de la luz, la radio, la cocina, el equipo de música, el ascensor, el televisor, el timbre.
Soltar una mala palabra.
Soñar despierto.
Rascarse.
Pensar Mañana sin falta.
Hasta aquí le aseguramos el éxito total. No nos hacemos responsables si, además de cumplir con esa agenda abrumadora, usted pretende que el día le alcance para realizar otras actividades.

El robo (Inédito)En la llave no está la clave (Inédito)



No era la primera vez que aparecía por allí. El visitante recorría las salas del museo mirando los cuadros casi de reojo, por cortesía, hasta llegar a "Jardín en otoño".
Allí se detenía.
Era un jardín simétrico, con dos senderos que abrazaban un macizo central de flores lilas y se perdían a lo lejos. Arbustos como fondo del cantero florido; más arbustos y árboles frondosos en hilera, custodiando el lugar por ambos lados.
Un plácido jardín de otros tiempos, solitario y dueño de sí mismo. Ausente la casa y, si la había, debía ser una casona cerrada y sin gente.
Uno podía recorrer con los ojos los senderos hasta el impreciso horizonte de follaje y preguntarse qué habría más allá, como si el jardín oficiara de antesala de otros paisajes y otros mundos.
Era un buen cuadro, uno de los más valiosos del museo.
La primera vez que el guardián observó a aquel hombre menudo, arrobado ante la tela, no sospechó de él. Pero la escena se repitió varias veces y su desconfianza creció con cada visita.
En una ocasión lo sorprendió atisbando el perfil del marco como si quisiera ver el dorso del cuadro. Otra vez lo pescó mirando nerviosamente a uno y otro costado para asegurarse de que no había testigos.
El guardián sabía que el robo era inminente y trató en vano de imaginar qué recursos usaría, en qué momento, y si tendría cómplices.

Un día de lluvia, el museo casi desierto, reapareció el visitante. Se sacudió unas gotas del impermeable y merodeó de sala en sala hasta llegar al cuadro. El guardián se ubicó estratégicamente en un ángulo desde donde no le perdería pisada.

Fueron unos minutos de descuido, cuando tuvo que contestar un teléfono que nadie atendía. Aunque volvió rápidamente a su puesto, el visitante ya no se veía. Corrió hacia el cuadro pero no llegó a tiempo para impedir el robo.
La sala estaba vacía.
El guardián lo vio alejarse, inalcanzable.
El hombrecito había llegado casi al final de uno de los senderos de "Jardín en otoño"; unos pasos más y, sin volver la cabeza, se esfumó detrás del muro de follaje.
Lo único que quedaba de él era su impermeable en el piso, debajo del cuadro.
Ya no volvería.
Ninguno de los que han sido robados, por un cuadro han regresado.

de El dramático caso de las señoras iguales ( Sudamericana,  colección Pan Flauta)

20 mayo, 2011

Silvina Bullrich, Buenos Aires 1915-1989.




LA ABNEGACION


Mamá era una mujer romántica y anticuada. Siempre fue anticuada, aún a los quince años: sus amigas de infancia me lo dijeron. Yo me reía, no sabía que iba a educarme mal, es decir, en forma romántica y anticuada.


La historia de mi vida tiene poca importancia. No quiero portarme como según se quejan todos los escritores del mundo se portan sus amigos, su sastre, su modista, su manicura, los pintores que están empapelando sus paredes y todo ser viviente que se le cruza; en resumen, no quiero decir: “Si te contara mi vida, qué libro escribirías”. Porque justamente comprendí que con los acontecimientos evidentes nunca se escribe ningún libro, o si alguien lo escribe resulta malo.


Me casé,me divorcié, tuve un amante, dos amantes, tres amantes; uno me abandonó, a otro lo dejé yo porque se cruzó el tercero, con otro no marché ni para atrás ni para adelante, inútil insistir; tuve una que otra aventura laboriosa, no tan sórdida como dicen los novelistas, más bien simpática, y quedamos grandes amigos; alguna vez no quedamos amigos. Porque la amistad, ni en pro ni en contra, tiene nada que ver con un fortuito acto sexual.


No soy tonta, trabajo en Aerolíneas y todos mis compañeros podrían decirles que soy muy eficiente. Muy eficiente: he aquí mi drama. Mi pobre romántica y anticuada madre me convenció, día a día, durante veinte años, y todos los demás que siguieron, que en la vida lo más importante es ser eficiente, responsable, desinteresada. Sus frases penetraban en mí como la famosa gota del martirio chino que quizá nunca existió, pero es tan mentado por los occidentales: horadaba mi cabeza, penetraba en mi cerebro, llegaba hasta mi corazón, se deslizaba hasta mi sexo. Y mi cerebro, mi corazón, mi sexo fueron desinteresados, eficientes, reservados aunque generosos, llenos de dignidad, de moral y de pureza. Entendámonos bien: tonta del todo no fui nunca, asimilé las enseñanzas de mi madre, pero las remocé un poco. Nunca pensé que por haberme entregado a Luis iba a ir al infierno, así como no creo que la secretaria del gerente tenga su lugar marcado en el cielo porque a los cuarenta y tres años sigue siendo virgen, no se depila las piernas, y considera inmoral usar lentes de contacto. Me parece dudoso que los mismos castigos nos estén reservados a Hitler y a mí; el creerlo sería una jactancia de mi parte.


Sin embargo, ¿para qué ocultarlo por más tiempo?, creía seriamente que nada ata tanto a un hombre como advertir que su mujer (y para esto no es necesario pasar por el registro civil) le oculta sus problemas, seca sus lágrimas antes de que él llegue, disimula los contratiempos que sufrió durante el día, se hace un vestido nuevo con uno viejo, finge despreciar los automóviles demasiado grandes (además nunca hay donde estacionarlos) “de nuevos ricos”, piensa que dado el clima de este país no se necesitan pieles, que las joyas crean una preocupación más y las falsas son igualmente sentadoras, que hoy por hoy se come mejor en los boliches que en los grandes restaurantes donde todo está podrido, que el servicio doméstico no sólo sobra sino que “son enemigos metidos en la intimidad de uno”, que la mujer moderna sabe defenderse tan bien como el hombre y toda la retahíla de lugares comunes que permiten que los pobres sean mucho menos amargados que los ricos porque nadie se ocupó jamás de hacer un manual semejante para los ricos. Y como los ricos no han sentido la necesidad de ese manual, sus lugares comunes siguen siendo un enigma, cosa lamentable para los sociólogos de las futuras generaciones.


Los hombres son más inteligentes que las mujeres. Pero no en el terreno en que ellos lo creen. Dios mío, basta oír hablar a los candidatos en vísperas de elecciones para que nuestro respeto por la lucidez mental masculina se desinfle un poco, y no extiendo mis comentarios para no alargar mi anécdota. Los hombres son más inteligentes que las mujeres en el amor. Infinitas generaciones de astucia para sacar el mejor partido en los negocios y en la guerra les enseñaron una táctica infalible: convencer al adversario que lo más admirable en él son ciertas cualidades que lo benefician. A Luis le beneficiaba que yo trabajara, que supiera cocinar y creyera en el breve manual que he enumerado en forma incompleta, más arriba. “Si no te importa comamos cualquier cosa en tu casa o en casa, estoy tan cansado para salir, he trabajado todo el día.” Yo también, pero no se lo recordaba, hubiera sido una falta de tacto, de femineidad y de cariño; él lo habría encarpetado para lanzármelo a la cara en la próxima escena. Entonces yo me ajetreaba: “… no te molestes, cualquier cosa, unos huevos pasados por agua.” Pero yo sabía que le gustaban más las omelettes a la francesa, abría un tarro de champignones, y ya que había leche haría un arroz con leche en dos minutos, o si prefería, con el pollo que quedó de anoche y un resto de crema (podría pedir más a la fiambrería) haría unos tallarines a la parisiense. Y poner la mesa, y tostar el pan, y hacer un buen café. Nada, no es nada, todo estará listo en dos minutos, entretanto servite otro güisqui, no, no te molestes en traer una botella, de todas maneras a mi me resulta más fácil conseguirlo que a vos… no, estás loco, ¿por quién me has tomado? Nuestros pilotos no hacen contrabando, pero siempre hay un pasajero agradecido porque le hemos dejado pasar un kilo de más o no le hemos protestado un documento… bueno, ya va a estar…


Y todo estaba pronto, si no en diez minutos en media hora. Y yo me ajetreaba siempre, en todo, en ponerme ruleros cuando se me doblaban las piernas y sólo deseaba tirarme sobre la cama, en maquillarme íntegramente de nuevo, en deslumbrarme ante su virilidad o afirmarle que era una suerte que él también estuviera cansado porque yo esa noche no hubiera podido ni con Alain Delon. A él le gustaban “las mujeres vestidas de sport” y la palabra sport en esos casos es sinónimo de faldas y tricotas del año anterior. Yo afirmaba que no tenía ni tiempo ni ganas de hacerme ropa, que hay cosas mucho más importantes que hacer en la vida y él nunca me preguntaba cuáles. Nos veíamos casi todos los días como hubiéramos visto al mozo de la pizzería de las esquina si hubiéramos resuelto comer allí. No éramos desgraciados, pero quizá nos parecía excesivo pretender ser felices como una pareja de cine que, después de infinitas vicisitudes y malentendidos, alcanza un paraíso garantido estable por el director.


Una amiga me dijo un día que mi método era malo. ¿qué método? El de jugar a la noviecita buena, me dijo; nunca un hombre se queda al lado de una mujer desinteresada; recuerda siempre que el hombre corre detrás del capital invertido. No comprendí muy bien. Ella me explicó con la ayuda de ejemplos irrefutables que las mujeres mal criadas son las más queridas y que ni siquiera un magnate puede volver a comprar, cada vez que se enamora, un nuevo departamento, otro coche, otro abrigo de piel; entonces vacila mucho antes de romper con una mujer que ya representa para él esa inversión de capital. Su razonamiento me pareció sensato, prometí reflexionar. Pero ya era tarde. Ya Luis no tenía ganas de invertir en mí ni una entrada de paraíso.


Un día me dijo que Julita era la mujer más encantadora de la tierra. Parece un pajarito, un colibrí, pasa por el mundo sin rozarlo. Tenemos que buscarla para ir al cine. ¿Y porqué no viene ella hasta aquí?, tiene auto y nosotros no. ¿Venir hasta aquí, sola de noche? ¡Por Dios, son las ocho! Pero no nos cuesta nada ir, a ella no le gusta andar sola de noche. La buscamos. A la vuelta la dejamos en su casa y nos vinimos esas nueve cuadras a pie; lloviznaba un poco. Pudo habernos traído ella, dije. ¿Abrir sola el garaje de noche? Se escandalizó Luis. Pero yo ya estaba extenuada de todo lo que había ocurrido entre la ida y la vuelta. Bajó elegante, perfumada, sonriente. Estás divina, dijo Luis. ¿Verdad que está divina?, si, dije. ¿Ustedes comieron?... ¡ay, yo no comí! No importa nosotros tomamos un café mientras comes algo. Claro, si se hace tarde vamos a la otra sección. Fuimos a la otra sección porque Julita no comió “algo” sino un menú refinado y completo. Al salir del cine tenía sed; siempre tengo sed al salir del cine. No tenía monedas para ir al toilette. Se bueno, Luis, comprale unas flores a esa pobre mujer, me da una pena, con este frío. Tenés razón, lo que pasa es que somos unos desalmados dijo Luis involucrándome como si no supiera que nunca le pedía nada por cuidar su bolsillo. Yo miré el reloj; mi trabajo comienza a las nueve, arriesgué tímidamente. ¡Ay, que horror trabajar! Suspiró Julita; yo soy a la antigua, creo que la mujer no debe trabajar, pierde femineidad. ¿y de que vive? Si una mujer no es capaz de tener un hombre que responda por ella es porque no es verdaderamente mujer, algún defecto fundamental ha de tener, dijo seriamente; y luego, sonriendo de nuevo: yo soy tan inútil, ni se hacer un cheque; en el banco todos se ríen y me lo hacen ellos. Pedime a mí cuando necesites algo así, suplicó Luis embelesado. Lo único que necesito es tener plata en la cuenta, porque los bancos tienen la mala costumbre de devolver los cheques sin fondos. ¡Qué desconsiderados!, rió Luis, que iba de deslumbramiento en deslumbramiento. Ella acumulaba anécdotas de su admirable, casi genial, tiliguería. Luis se derretía.


Yo ya había comprendido. No me importaba mucho, algún día eso tenía que terminar si es que se puede terminar algo que no empezó nunca. En verdad era mejor así, mucho mejor. Yo estaba castrando a Luis, Julita lo haría hombre a la fuerza. No se si por masoquista, por sadismo o por curiosidad no le ofrecí su libertad en seguida. Me divirtió observarlos.


Tengo que ir a pagar los impuestos de Julita. Hay que ir a ver a Julita: fue al dentista y no soporta el torno, puede precisar algo. Pobre chica, educada con tanto lujo, tan refinada y con dificultades de dinero. Julita no soporta el frío, Julita no soporta el calor, Julita no sabe cocinar… tiene otras cualidades.
Y Luis corría por la ciudad buscando soluciones para los dramas de Julita. ¡Qué drama! ¿Sabés mi drama? Todo era un drama y a su alrededor la compadecían. Qué drama tener que ir al dentista, que drama que se le fuera la mucama. El drama de la jarra rota, del auto que ratea, de la madre que “parece que la van a operar”; no la operaban, pero el drama subsistía. Además los dramas íntimos que las personas con alma plebeya como yo no podíamos ni presentir siquiera: la incomunicación, la depresión nerviosa, el vacío, la soledad, los complejos de culpabilidad, de superioridad, de inferioridad; ella los tenía todos. Después tuvo a Luis que recorrió los psicoanalistas de Buenos Aires todo el invierno porque el frío le hacía daño, y todo el verano porque no soportaba el calor y no podía dormir con aire acondicionado, que la instaló en un hotel porque estaba muy cansada de luchar con el servicio actual tan malo, le robaban todo, la plantaban…


Después, un día cualquiera, les perdí la pista. La vi por la calle muy bien vestida y con un caniche gris perla. Yo conocí a Pedro, pude quererlo, pudo quererme. Pero una inmensa fatiga pesa sobre mis hombros. No me sentía con fuerzas, no, de volver a hacer platitos especiales para que se dijera que era la mujer perfecta y se fuera con el último bocado, ni tampoco suspirar ante cada florista que pasa frío, ni ante el drama de cada previsible molestia cotidiana.


A veces, cuando fluye en mí la sangre romántica de mi despistada madre, imagino que llega a mi vida un hombre que cuando río me dice: ¿por qué llorás?, y seca con sus labios las lágrimas que no derramo; cuando me llevo al mundo por delante me dice ¿por qué tiemblas?; cuando viajo me dice: ¿por qué huyes?, y ante mis noches mundanas, mis días activos, mis frases insolentes exclama desolado: ¡Nunca supe que una mujer pudiera ser tan débil!


La ironía, la penetración, la desenvoltura del arte de Silvina Bullrich alcanzan acaso en estas Historias inmorales un nivel más alto. La autora de Los Burgueses describe el triunfo tragicómico del escritor provinciano o la soledad de la mujer emancipada con la misma implacable serenidad, con un humor frío que revela expresivamente el mecanismo oculto de las pasiones humanas.Pero estas historias son sobre todo anticonvencionales.Silvina Bullrich se complace en mostrar sutilmente cómo las ideas hechas, los prejuicios, los tópicos más comunes del periodismo y la literatura tienen un reverso insospechable, sorprendente, que puede ser la clave de una nueva moral.

Extraìdo de Historias Inmorales. Ed. Sudamericana.Buenos Aires, 1965.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...