14 junio, 2010

Ana García Berguan (México D.F., 1960)

Músculo

Desde que comenzó a ir al gimnasio, Rodrigo se enamoró del músculo. Los músculos de Mirko, el entrenador, o aquellos que presumían los alumnos más aventajados, lo dejaban sin aliento, olvidado de sí. No sólo era la belleza de las formas, la perfección, la lisura: también lo subyugaba el movimiento, la idea de que los haces de fibras musculares contenían otros haces de fibras y al estirarse creaban más, como un dibujo infinito, tal como le explicó Mirko. El músculo se hace, le dijo, se crea, se fortalece, se estira, es una materia moldeable que sólo pide trabajo, glucosa y proteínas. Y como prueba mostraba los suyos, de una belleza inigualable. Rodrigo no tardó en habituarse a los programas de ejercicios que al principio lo agotaban. Quedaba exhausto de espaldas sobre la banca, una pesa en cada mano, o encorvado en el extensor de piernas, admirando ciego el cuádriceps de Helga, su compañera rubia, o el trapecio de Boris, el ruso que levantaba pesas con aquellos shorts negros bajo los cuales resaltaba el sexo protegido con un suspensorio.
En la oficina pensaba en músculos, y al percatarse de que bajo del casimir barato de sus colegas y el tweed de Ballesteros, el jefe, nada había que valiera la pena, los sintió inferiores. Quiso, además, que lo reconocieran, que envidiaran algo en él. Se esmeró entonces en la alimentación y el ejercicio, a la espera de aquellos músculos que tarde o temprano resurgirían de su cuerpo como una naturaleza por descubrir, una especie de fortaleza interior, de reciedumbre, elíxir de vida, persona original adentro de la persona, su verdadera forma, su verdadera identidad, ya no más Rodrigo Sierra, el humilde contador de cuarenta años, el que llevaba tantos años en el mismo trabajo y la misma vida como una cárcel pálida. Para ello se afanaba castigando a su cuerpo externo, al descuidado, al desidioso de tantos años, al blancuzco, al fofo como gusano, igual al del resto: diariamente, con esfuerzos inauditos, provocaría su desaparición. Mientras sus compañeros de oficina y el resto de la humanidad —excepto Mirko, Helga y Boris— sudaban para conseguir cosas externas, banales y perecederas, él se sudaba a sí mismo para revelar a aquel que estaba formado tan sólo de músculos.
Llegó finalmente el día en que, tras largas y sufridas sesiones de abdominales y trabajos de bíceps, tríceps y cuádriceps, afloraron bajo la piel, tímidamente, aquellas hinchazones, unas pequeñas bolas duras y lisas, como promesas de metal. Sintió que, por fin, su cuerpo había quedado preñado del otro cuerpo: todo era cosa de seguir, ejercitar hasta el infinito, ayudar a aquel parto que, de sólo imaginarlo, lo dejaba transido. Si tan sólo se pudiera mirar en el espejo sin la vergüenza que acometía a todos los que, como él, apenas se habían dado cuenta de lo que podían llegar a ser. Si tan sólo pudiera, como Mirko, lucir en los ojos aquel brillo de satisfacción por el músculo alcanzado, aquella generosidad laxa con la que ayudaba a los pupilos sin asomo de burla o explícito sentimiento de superioridad, pues él no necesitaba demostrar lo que ya era. Y a Rodrigo no le importaban los dolores, las agujetas, aquellos tirones de sus músculos, aún pequeños, que parecían protestar, como si sintieran que no daban el ancho, que jamás se estirarían ni se fortalecerían a tales grados. Mirko le aseguraba que llegaría el momento en que todo le resultaría sencillo: cargar, colgarse, correr, ejercitar una y mil veces la misma parte, no sufrir jamás ese ardor, esa sensación que a veces tenía él de romperse, de caer como un costal, una vejiga llena de grasa y agua, alguien que sólo se arrastraba, como sus compañeros de la oficina, en ropajes destinados a ocultar miserias.
Fue a ver una exposición de cadáveres a los que se había preservado mediante una sustancia sintética que convertía los músculos, la grasa y los huesos en una especie de plástico duro. Le conmovieron aquellos seres de músculo, carne pura, filetes suspendidos en actitudes que sugerían vida y movimiento. Y cuando se ejercitaba sentía que adentro de él había un ser semejante a los de la exposición, a quienes sólo por distracción se llamaba cadáveres. Para él eran, más bien, carne viva. Pero no la carne viva de la sensibilidad, la sangre, las delicadas terminaciones nerviosas, sino la de las fibras, los tendones, los huesos, la carne dura, la de las fieras cuando saltan sobre la presa, la de los ciervos cuando huyen del león a toda velocidad, las nervaduras que conducen al movimiento. Pensó que, cuando muriera, le gustaría que sus músculos quedaran así expuestos, como la obra de una vida. Que, si acaso lo llegaban a operar, los médicos sintieran admiración por la manera en que las capas de tejido quedaban dispuestas en él como en un libro de anatomía, sin grasas ni quistes deformantes. Le dio por comer carne y estudiar cuidadosamente las nervaduras, las venas, antes de ingerirla como materia sagrada. Sentía un arrobo secreto cuando pensaba que el corazón estaba hecho de músculo, músculo que trabaja sin que lo controlemos, músculo que duele en las desgracias. Nuestra alma, nuestros sentimientos, eran también un haz de fibras vigilantes, cuidadosas, que marcaban un ritmo como el entrenador de un gimnasio.
Rodrigo, en realidad, hablaba poco. Miraba y soñaba mucho, eso sí. Corría durante dos horas en la banda sin fin o escalaba en la elíptica con el gesto de quien ascendiera el Monte Everest. Sentía que se alejaba del mundo, como si hubiera entrado en una curiosa religión cuyos rezos conformaban respiraciones entrecortadas, exclamaciones duras, saltos y golpes. Cuya música eran los rechinidos de los aparatos al funcionar junto con el golpeteo de la música de ritmo pesado, monótono, el eco de los saltos sobre la lona, de las pesas al caer al piso. Cadenas, espadas, espejos, cada quien en confesión, comulgando con su cuerpo, que también era su alma, imperfecto, necesitado de trabajo y sudor. Y despreciaba, ya que habían comenzado a surgir sus pequeños músculos, a quienes iban al gimnasio a conocer gente, las señoras con sus ropas a juego y sus botellines de agua, los oficinistas como él, que a diferencia de él se conformaban con ejercitarse un rato, platicar, sudar un poco y mirar a las muchachas. Él no, Rodrigo alcanzaría una redención, una meta, como decían otros más prácticos que él, esa forma de belleza que de imaginarla lo dejaba sin aliento. Sería como Mirko, Mirko lo vería, por fin, sin esa condescendencia nebulosa que dedicaba a todos.
Cuando los músculos comenzaron a notarse, cuando el bíceps saltó de manera natural al torcer el brazo y apretar el puño. Cuando al contraer el vientre pudo ver, por fin, los cuadros que formaba el largo músculo abdominal, ese día se compró ropa ajustada. Modeló frente al magro espejo de su baño aquel cuerpo cuyas partes podía, al fin, recitar como una letanía larga y tranquilizadora de nombres misteriosos: esplenio, trapecio, deltoides, pectorales, tríceps, bíceps, flexor, extensores, abdominales, vasto externo, vasto interno, sartorio, sóleo. Como partes que se le hubieran caído hacía mucho tiempo, en algún momento de la infancia, y que ahora lucía, recuperadas, como un rey al que se le devuelven sus tesoros. La piel tensa, tersa, pegada a la carne, la carne dura, el cuerpo reconstruido. Y no podía dejar de mirarse, atrapado por aquella extraña felicidad, en la que se sentía solo en su belleza, como una fiera, como un tigre que sintiera ser tigre. Y ya no le importó que lo admirara el vulgo, no se molestó en lucir su cuerpo en aquellos lugares donde no campeaban sus iguales, en el trabajo o con la anciana tía Andreíta que le rentaba el pequeño departamento. De qué hubiera servido, cualquiera más joven que él, por más flácido y blando que estuviera, atraería a esas secretarias obesas que no le interesaban en lo absoluto. Le eran indiferentes esa gente y ese mundo.
De cualquier manera, lo que él había podido alcanzar con tanto esfuerzo era todavía poco, en comparación con la cerrada cofradía que formaban Helga y Boris, las estrellas del gimnasio. Ellos siempre estaban ahí, con Mirko. Se preguntaba cuándo se iban, a qué horas llegaban. A veces los veía charlar junto al pequeño expendio de vitaminas y complementos alimenticios, comparando los efectos que diversas sustancias tenían en sus cuerpos relucientes y dolorosamente firmes.
Sus pequeñas chamarras, colgadas en el vestidor, se veían escasas, decorativas, encima de aquellos cuerpos que parecían no necesitar nada para calentarse. ¿Qué pensó que hacían después, en la noche, cuando los veía alejarse bromeando a una esquina del gimnasio, dándose alguna palmada cariñosa en la espalda? ¿Se acariciarían, medirían sus fuerzas, tomarían algún alimento especial, echarían a correr, jugarían suertes? Quizá acudían a algún lugar sólo habitado por seres musculosos como ellos, un bar en el que podría conocer, quizá, a alguien a quien verdaderamente le interesara lo mismo que a él. Alguien que viera el mundo de la misma manera, que quisiera tocar esas elevaciones, esos valles, esas concavidades nuevas que sentía en su cuerpo como una emocionante y nueva geografía. Alguien que no fuera Helga, ni Boris, ni Mirko, pues ellos lo habían conocido antes, en su previa flacidez. De alguna manera, eso suponía una humillación para él. Antes de atreverse a preguntarles, probó algunas noches a llegar tarde, a quedarse hasta el cierre, pero esa hora no llegaba nunca. Lo vencían el sueño y el agotamiento después de sesiones interminables de entrenamiento. Mirko llegaba siempre en algún momento y le sugería detenerse, no excederse en las abdominales o en el aparato de crossover, pues se podía lastimar, no aumentar el peso de los gemelos antes de que fuera el momento indicado. Y él, hinchado y adolorido, no tenía otro remedio que obedecer. Si llegaba muy temprano para ejercitarse antes de ir al trabajo, los tres ya estaban ahí, frescos, tomando algún jugo ligero para comenzar la sesión. Los tres como tres vikingos, como tres dioses. En realidad, no iban a ningún lado. En realidad, siempre estaban ahí. Rodrigo lo entendió el día en que, a las cinco de la mañana, los vio enrollando aquellas colchonetas en los vestidores.
Siempre están ahí, se repitió ese día, no hay un bar, no hay un lugar al que van los musculosos. Habían llegado a ser lo que él ansiaba, fibras puras, carne y sangre en perpetua labor, y no parecían necesitar nada más que aquella serie de aparatos y el gran espejo. Miradas de arrobamiento, como la suya, alimentaban esa dicha, esa energía que comenzaba y terminaba en ellos mismos. ¿Qué se podría llegar a sentir? Por su imaginación pasó la idea de que sería como una cárcel, la cárcel del cuerpo, pero quería saber lo que se sentía entrar a ella, aun a riesgo de no salir. Y al día siguiente llevó su colchoneta.

01 junio, 2010

Ana María Machado (Brasil, 1941)



Niña Bonita

Había una vez un niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.
Su cabello era rizado y negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juego con la lluvia.
A su mamá le encantaba peinarla y a veces le hacía una trencitas todas adornadas con cintas de colores. Y la niña bonita terminaba pareciendo una princesa de las tierras de África o un hada del Reino de la Luna.
Al lado de la casa de la niña bonita vivía un conejo blanco, de orejas color rosa, ojos muy rojos y hocico tembloroso. El conejo pensaba que la niña bonita era la persona más linda que había visto en toda su vida. Y decía:
- Cuando yo me case, quiero tener una hija negrita y bonita, tan linda como ella...
Por eso, un día fue adonde la niña y le preguntó:
- Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía, pero inventó.
- Ah, debe ser que de chiquita me cayó encima un frasco de tinta negra.
El conejo fue a buscar un frasco de tinta negra. Se lo echó encima y se puso negro y muy contento. Pero cayó un aguacero que le lavó toda la negrura y el conejo quedó blanco otra vez. Entonces, regresó adonde la niña y le preguntó:
- Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía, pero inventó.
- Ah, debe ser que de chiquita tomé café negro.
El conejo fue a su casa. Tomó tanto café que perdió el sueño y pasó toda la noche haciendo pipí. Pero no se puso negro.
Regresó entonces adonde la niña y le preguntó otra vez:
- Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía, pero inventó:
- Ah, debe ser que de chiquita comí mucha uva negra.
El conejo fue a buscar una cesta de uvas negras y comió y comió hasta quedar atiborrado de uvas, tanto, que casi no podía moverse.
Le dolía la barriga y pasó toda la noche haciendo pupú.
Pero no se puso nada negro.
Cuando mejoró, regresó adonde la niña y le preguntó una vez más:
- Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?
La niña no sabía y ya iba a ponerse a inventar algo de unos frijoles negros cuando su mamá, que era mulata linda y risueña, dijo:
- Ningún secreto. Encantos de una abuela negra que ella tenía.
Ahí el conejo, que era bobito pero no tanto, se dio cuenta de que la madre debía estar diciendo la verdad, porque la gente se parece siempre a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos y hasta a sus parientes lejanos. Y si él quería tener una hija negrita y linda como la niña bonita, tenía que buscar una coneja negra para casarse.
No tuvo que buscar mucho. Muy pronto, encontró una coneja oscura como la noche que hallaba a ese conejo blanco muy simpático. Se enamoraron, se casaron y tuvieron un montón de hijos, porque cuando los conejos se ponen a tener hijos, no paran más. Tuvieron conejitos para todos los gustos: blancos, bien blancos, blancos medio grises, blancos manchados de negro, negros manchados de blanco, y hasta una conejita negra, bien negrita. Y la niña bonita fue la madrina de la conejita negra.
Cuando la conejita salía a pasear siempre había alguien que le preguntaba:
- Coneja negrita, ¿cuál es tu secreto para ser tan bonita?
Y ella respondía.
- Ningún secreto. Encantos de mi madre que ahora son míos.


Ana María Machado, la destacada escritora brasileña de libros para niños, tiene su página personal en Internet. Está escrita en portugués e incluye información sobre su vida y obra, además de datos, curiosidades, fotos y fragmentos de textos.
http://www.anamariamachado.com/

13 mayo, 2010

Mori Ponsowy (Argentina)

Los colores de Inmaculada

Ya hace días que le prometí a Inmaculada un cuadro de ella con su loro. Pintarlo no debería ser difícil. Tengo una imagen clarísima de lo que quiero hacer: ella, sentada en una silla de metal demasiado pequeña para su cuerpo, sostiene el pájaro con la mano izquierda envuelta en una toalla y la mirada fija en el loro que, con las alas extendidas, parece querer zafarse, como si supiera lo que está a punto de sucederle. Al fondo, una gran olla de hojalata sobre el fuego lleva a confundir las intenciones de Inmaculada; pero finalmente el brillo de la tijera en su mano derecha, algunas plumas en el piso, y dos o tres en el aire, dejan adivinar el motivo del cuadro: Inmaculada va a cortarle un ala al pajarraco, para impedirle volar. El ave es de un verde bullanguero, con una mancha amarilla en la cabeza y la punta de la cola carmesí. Un auténtico loro real. Sus colores contrastan con el exceso de sombras del ambiente, porque la casa de Inmaculada, el rancho, como le dice ella sin vergüenza, apenas tiene una ventana.
Anoche, antes de dormirme, me propuse empezar el cuadro hoy. Dedicarle todas las horas que fueran necesarias. Olvidarme aunque sea por un día de la puerta que últimamente se me ha dado por pintar. La misma puerta cerrada, una y otra vez. La misma que Inmaculada critica porque no le parece un motivo digno para un cuadro.
-¿Y usté no se cansa de pintá siempre la misma cosa? -dijo.
-Sí, Macu, pero no lo puedo evitar.
-Lo que no se puede evitá es la muerte, o nacé pobre. Pero que usté me diga que no pué pintá otra cosa que no sea esa puerta es como si yo le dijera que de ahora en adelante no puedo cociná más que arroz blanco.
Preferí cambiar de tema.
-Hablando de arroz, ¿qué te parece si hoy preparas arroz con pollo?
-Usté me va a perdoná, señora, pero hace diez años que trabajo aquí y hasta ahora siempre me había dado libre el día de mi cumpleaños. Hoy vine pa cumplí, pero a las doce en punto me voy. Tiempo para arroz con pollo no hay.
Me empezó a decir "señora" el día que me casé. Le he pedido mil veces que no lo haga, pero ella insiste. Debe ser su manera de recordarme su desacuerdo con el marido que elegí.
-Macu, discúlpame. ¿Cómo pude olvidarme de tu cumpleaños?
-Si ni sabe el año en el que vive, cómo no se va a olvidá: to el tiempo encerrada pintando esas tonterías.
-¿Qué te gustaría que te regalara?
-Podría pintarme algo padorná las parés del rancho, ahora que le voy a poné un techo bueno. Pero eso sí, señora Susana, déjeme decirle algo: a mí no me vaya a regalá una de esas puertas que se le ha dao por pintá. Hágame unas flores, o un campo de los que sabía dibujá hace años, como esos del almanaque que su mamá tenía en la cocina, que esas son las cosas que nos gustan a nosotros pa la paré, y no éstas que tienen ustés que uno las mira y parece que estuviera mareao.
-¿Qué te parece si te pinto con tu loro?
-¿Con Wiliam? ¿Usté cree que va a podé? Yo pensé que se le había olvidao cómo pintá.
-Eso no se olvida, Macu. Es como andar en bicicleta: una vez que se aprende, aunque uno no practique, no se olvida más.
-Ver para creé, señora.
Hoy me levanté con la firme intención de empezar su cuadro, pero tropecé con un problema: ¿de qué color pintaría a Inmaculada? Porque aunque ella sería la primera en no estar de acuerdo conmigo, Inmaculada es negra. No más o menos negra, sino negra sin ningún tipo de duda: negra de nariz roma y amplia, de tez casi azulada, de pelo áspero y ensortijado. Entre las cosas que le gusta repetir está eso de que Míster, su último hijo, es el más blanco de todos los hijos de Euclides. Porque Míster, dice Inmaculada, salió a ella: no tan oscuro y con el pelo bueno.
Han pasado las horas, ya anochece, y la tela sigue en blanco.
-Te voy a hacer tu cuadro, Macu -aseguré. -Ya vas a ver qué bien se verá en tu casa.
-¡Ay, muchas gracias señora Susana! Cuando termine los trabajos en el rancho, la voy a invitá y le voy a hacé un hervío de pescao bien sabroso, ya verá. Eso sí, viene usté sola, porque yo al señor Enrique no lo pienso invitá.
-Parece mentira, Macu: hace ocho años que estoy con él y todavía no lo quieres ni un poquito.
-Y usté, ¿acaso todavía lo quiere?
-Si no lo quisiera, no estaría aquí.
Ella me miró con los labios fruncidos, expulsando el aire por la nariz.
-Eso cree usté, señora. Eso cree usté.
Es inclemente. Por eso, no se trata sólo de dar con la verdadera tonalidad de su piel, sino con el color que ella cree tener: un matiz demasiado oscuro la ofendería, uno demasiado claro también. Esa no soy yo, señora Susana, diría. ¿Acaso usté me vi a mí tan pálida, como si estuviera enferma?
Hubiera sido mejor no prometerle nada.

(Primer capítulo de "Los colores de Inmaculada", Cáceres, 2006). Novela de a la venta, en BAires, solamente en Fedro.)



Mori Ponsowy ha publicado "Enemigos Afuera" (poemas, Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura y Mención de Honor del FNA) y "Los colores de Inmaculada" (Premio de Novela de la Diputación de Cáceres).

Ha traducido a las poetas Sharon Olds ("El padre", Bartleby, España) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Luna Nueva, Venezuela), y editado el libro "No somos perfectas" (relatos de vida de 18 mujeres, Del Nuevo Extremo, 2006).

23 abril, 2010

RUIDO DE PASOS. Clarice Lispector


Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa.
Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba. Cuando oía a Lisz se estremecía toda. Había sido bella en su juventud. Y le llegaba el deseo cuando olía profundamente una rosa.
Pues ocurrió con doña Cándida Raposa que el deseo de placer no había pasado.
Tuvo, en fin, el gran valor de ir al ginecólogo. Y le preguntó, avergonzada, con la cabeza baja:
-¿Cuándo se pasa esto?
-¿Pasa qué, señora?
-Esta cosa.
-¿Qué cosa?
-La cosa, repitió. El deseo de placer –dijo finalmente.
-Señora, lamento decirle que no pasa nunca.
Lo miró sorprendida.
-¡Pero ya tengo ochenta y un años de edad!
-No importa, señora. Eso es hasta morir.
-Pero ¡esto es el infierno!
-Es la vida, señora Raposo.
Entonces, ¿la vida era eso? ¿Esa falta de vergüenza?
-¿Y qué hago ahora? Ya nadie me quiere…
El médico la miró con piedad.
-No hay remedio, señora.
-¿Y si yo pagara?
-No serviría de nada. Usted tiene que acordarse de que tiene ochenta y un años de edad?
-¿Y… si yo me las arreglo solita? ¿Entiende lo que le quiero decir?
-Sí –dijo el médico-. Puede ser el remedio.
Salió del consultorio. La hija le esperaba abajo, en el coche. Cándida Raposo había perdido un hijo en la guerra. Era un soldado de la fuerza expedicionaria brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Tenía ese intolerable dolor en el corazón: el de sobrevivir a un ser adorado.
Esa misma noche se dio una ayuda y solitaria se satisfizo. Mudos fuegos de artificio. Después lloró. Tenía vergüenza. De ahí en adelante utilizaría el mismo proceso. Siempre triste. Así es la vida, señora Raposo, así es la vida. Hasta la bendición de la muerte.
La muerte.
Le pareció oír ruido de pasos. Los pasos de su marido Antenor Raposo.


*Este texto pertenece al volumen El viacrucis del cuerpo

**Cuentos reunidos. Clarice Lispector. Edición y prólogo de Miguel Cossío Woodward. Traducción: Cristina Peri Rossi, Juan García Cayó, Marcelo Cohen y Mario Morales. Siruela: Los Libros del tiempo. Madrid, 2008.

31 marzo, 2010

Graciela Montes(Argentina, 1947)

 Elísabet


Matias Alcacer
  http://www.alcacer.com.ar/


Celina Noemí Varela recuerda con toda precisión el día en que decidió que se llamaría Elísabet. Tenía once años, hacía calor y estaba de pie junto a la canilla. Incluso recuerda cómo estaba vestida: short floreado, remera blanca, ojotas, una cinta roja en la muñeca derecha y otra más en el tobillo, derecho también, porque la abuela, que por entonces tenía
influencia nada desdeñable sobre Elísabet (Elísabet piensa que en cierto modo no ha dejado nunca de tenerla), consideraba que, dadas las circunstancias especialmente desdichadas como consecuencia de la última y obligada mudanza , el rojo nunca era bastante. También recuerda muy bien el primer día en que dijo llamarse Elísabet, que fue seis años más tarde. Ese día no estaba de short, remera y ojotas, sino con zapatillas, buzo azul y pantalones negros. Negros, largos y de franela, con lo que se deduce que hacía frío.
Elísabet piensa a menudo en ese día, y siempre que piensa en ese día le llama la atención el hecho de que el atuendo hubiese sido ése justamente. Es decir que lo que la sorprende es la contradicción entre el haberse animado a dar ese primer paso y el tener puestos unos pantalones para ella tan odiosos. (...)


Elisabet. Buenos Aires, Mondadori, 1999.


30 marzo, 2010

Claudia Hernández (El salvador, 1975)

Color de otoño


Se llama Margarita, señor. Tendría que haber muerto hace tres días, según los cálculos, pero sigue ahí. Por supuesto, no he llamado a su puerta para reclamarle por no haber cumplido con la fecha de su muerte ni pienso cobrarle los días de más que se quede en la habitación (siempre y cuando no excedan de cinco).

A mí también me parece atractiva ahora, pero sé que su belleza actual es solo un espejismo. Todas las mujeres que van a morir se ponen así de hermosas. En su lugar, no me dejaría seducir por su mirada suelta ni permitiría que me hiciera sentirme responsable por ella, correría de inmediato en la dirección contraria a sus ojos y me escondería en la primera casa que me abriera sus puertas hasta olvidarla. Claro que a mí me resultaría mucho más fácil que a usted: soy un hombre viejo, ya no me importa si puedo salvar a alguien; además, he vivido con ella ya varios meses, no me engaña su encanto de ahora, sé cómo es en su estado natural: una mujer opaca, más bien marchita, como es propio de cualquier mujer de su raza a los 24 años. El cuerpo esquelético de ahora no se parece en nada a la silueta de animal con que se presentó a mi puerta para alquilarme la habitación que me sobraba. Eso sí, la voz era mucho mejor antes, hoy es sólo un chillido ofensivo que, sí, claro, usted no la ha escuchado hablar aún, ni creo que lo haga: a ella no le gusta recibir visitas, nunca las recibió, tampoco vinieron a buscarla muchas veces, tres o seis, tal vez fueron menos, seguramente los parientes, siempre uno distinto cada vez, le dejan recados conmigo y número de teléfono, pero ella no los visita —no sale— ni los llama —su habitación no tiene teléfono—. Sólo nos recibe a mi señora —que le lleva comida y cumple con sus encargos— y a mí —que le cobro las mensualidades—. Pero tiene un amante (no se lo digo por desalentarlo). Al principio, mi señora y yo pensábamos que se trataba de pasos insomnes, pero el sonido era demasiado delicado para ser de simples pies, por eso dedujimos que eran besos de ella para alguien a quien nunca vimos salir por la puerta de nuestro apartamento. No le reclamé porque me apenó que supiera que estábamos escuchándola siempre; mi señora en cambio sí lo hizo, le dijo que le habíamos rentado la habitación porque —aunque moribunda— nos había parecido una chica decente, pero que estaba desilusionándonos con su actitud. Ella la miró indiferente, se dio la vuelta y dijo no saber de qué le estaba hablando. De los besos, le dijo alterada mi señora, y la chica repitió con voz aún más baja que no sabía acerca de qué le estaba hablando. Concluimos que a lo mejor da besos dormida a un amante del pasado. O a un fantasma. Es todo lo que le puedo decir, lo demás será indiscreción de parte mía. Pero puede preguntar al 7038131700, ese número marcó la única vez que pidió prestado el teléfono. Llame. En el 7038131700 vive alguien que sabe de ella.

En el 7038131700 viven un fumador y una histérica. No se hablan entre ellos desde hace tres años. Tampoco saben de la chica. Jamás escucharon de ella. En cambio, sí oyeron hablar alguna vez de un amante, pero no están seguros de que se trate del mismo, amantes hay miles.

La mujer me dice en voz baja que a lo mejor su marido es el amante ese. El alcanza a escucharla, la toma por la cintura, la sienta en una silla lejana. Me dice que no le crea: él no tiene amantes, lo que tiene son mariposas, una colección impresionante, me la muestra, me dice sus nombres y las fechas en que la mujer y él las atraparon. La última tiene puesta la fecha de ayer con la letra de ella. Creí que no se hablaban desde hace tres años. La mujer, desde la esquina, cuenta en voz alta las historias de amantes que ha escuchado. No nos hablamos desde hace tres años, pero seguimos coleccionando mariposas juntos. Hay cosas que no cambian porque uno deje de hablar: seguimos bebiendo leche entera por las mañanas —300 ml cada uno— comiendo ternera cuando se da la ocasión y cazando mariposas. También nos abrazamos de vez en cuando, dice ella desde su silla. Miente, no nos abrazamos; alguna vez —y en muy raras ocasiones— chocamos en el intento por atrapar una mariposa, pero nada más. Si seguimos viviendo juntos es porque no queremos dividir la colección y porque nos resulta más barato mantener el apartamento. Y porque no podemos pagar el precio del divorcio, agrega ella. Es cierto. Asienten al mismo tiempo.

Después de un rato me dicen que ha sido un gusto recibirme en su hogar, pero que es hora de que me vaya. Ellos no pueden ayudarme más. Ella me pide la dirección de la chica, irá a verla desde la acera, por curiosidad, dice —nunca ha visto a una moribunda—. Él ni siquiera está interesado, pero me pide que no se la proporcione. Conoce a su mujer: quiere preguntarle a la chica si él pasa con frecuencia por ahí y si alguna vez fueron amantes. No quiero que la incomode. Me levanto tan pronto como puedo. La mujer me exige el dato, me pregunta si soy acaso cómplice de su marido. Él cierra la puerta. Pregunto desde el pasillo porqué la chica llamó al número de ellos. Ella me abre, dice que porque su marido es el amante ese al que besa por las noches; me pregunta si quiero ser su amante, para vengarse. Él grita desde la cocina que lo más seguro es que la chica llamaba al antiguo inquilino. ¿Antiguo inquilino? ¿Sí o no? ¿Qué? Sí, nos mudamos acá hace dos meses apenas. ¿Será mi amante o no? ¿Sabe el nombre del antiguo inquilino? No, pero el agente que nos hizo el contrato debe saberlo o —por lo menos— sabrá contactarlo con el dueño; voy a conseguirle la tarjeta, espere un momento. Espero un momento. La mujer espera mi respuesta. El fumador me da un papel color moho con un nombre y un número de teléfono. La mujer intenta acercarse a mí. Me despido de él. Me desea suerte. Me despido de ella. Me desea que fracase. Bajo las escaleras.

Bajo las escaleras espera una anciana. A cualquiera. Me mira de frente. No hay color en sus ojos. Le tiembla la barbilla. Me dice que está muerta. Margarita. No ha entrado a su apartamento y ya —por el silencio que se escapada de su dentro— lo sabe. Estaba advertida. Me lo dice: si hija cedió a la tentación del otoño, se fue. Me toma de la mano y me conduce hasta su puerta. Me pide que la acompañe mientras llegan los de medicina legal a reconocer el cadáver. No se atreve a entrar. Tras la puerta yace su hija, Margarita. Es el día. Lo advirtieron en la radio.

Lo advirtieron en la radio: es epidemia de un día. Las llamadas Margaritas se dejan cautivar por el color del otoño y se van a perseguirlo en esta fecha si se las deja solas y si no se les presta atención. Se despojan de la vida para alcanzarlo. La gente no suele creer en la veracidad de esas advertencias hasta que se hacen ciertas frente a sus ojos, cuando ya es muy tarde. Esa señora hizo mal en ir a comprar a la hora en que se llena la panadería. Fue un descuido. Yo he tomado precauciones a pesar de que no tengo una sola familiar o amiga que lleve ese nombre. Esta misma mañana, por ejemplo, salvé a una chica de que fuera atropellada por un camión. A Dios gracias, el conductor detuvo a tiempo su marcha también —y ya estaba advertido, la radio había anunciado día de Margaritas suicidas— y no hubo víctimas. Él y yo nos sonreímos. La chiquilla ni siquiera nos dio las gracias, se largó ansiosa, por lo que concluimos que debió haber sido una de esas Margaritas suicidas que tanto lío andan dando por la ciudad, y nos dispusimos a seguirla.

Lo intentó en dos calles más. Fracasó gracias a que el camionero y yo alertamos a coro Margarita suicida, Margarita suicida. Finalmente, la atamos de pies y manos y la llevamos a la dirección que tenía anotada en su identificación. Sus padres ignoraban que la muchacha había salido de casa, ni siquiera sabían que era día de suicidios. Por un momento, hasta pensaron que los estábamos engañando. Después, claro, estaban avergonzados. A la señora le dio por llorar. El señor tomó de inmediato las llaves del automóvil y se puso en marcha: quería estar seguro de que su madre se encontraba bien. Le pidió a su esposa que la llamara y la mantuviera en línea hasta que él llegara a acompañarla. También se llamaba Margarita.

Por supuesto, uno no puede andar salvando a todas las Margaritas que conoce y a las que no conoce, no puede uno andar por la vida resolviéndole la existencia a los demás. El mío fue un caso excepcional. Lastimosamente no estuve cerca para ayudar a esta dama. Me siento culpable. Usted por lo menos la acompañó hasta que le hicieron el reconocimiento al cadáver, pero yo ni siquiera la conozco, no puedo acercarme para darle el pésame porque seguramente no va a reconocerme como amigo suyo, rechazará mis condolencias y me reclamará por haber osado entrar en un dolor que no me pertenece. Y tendrá razón: el dolor es lo más privado que una persona puede tener. A nadie le gusta recibir a extraños en sus funerales. Será mejor que me vaya. A lo mejor pueda salvar a otra Margarita este día. A lo mejor sólo me dedique a caminar un poco. No estoy seguro.

Aún no estoy seguro de que sea él. Lo he seguido de cerca por casi tres cuadras y no termino de convencerme de que sea el amante del que habla el casero. Para mi gusto, tiene las manos demasiado blancas y las ojeras muy marcadas, sin embargo luce como amante de una chica moribunda, como dijo el casero que debía lucir.

Es él. Lo han llamado por el mismo nombre que el casero dijo que la chica pronunciaba a veces. Me le acerco. De cerca tiene otra fisonomía y otras maneras, pero sigue pareciendo amante de la moribunda. Se lo pregunto. No. No es su amante. Es su hermano. Le extraña que ella pronuncie su nombre, tampoco a él ha querido verlo y no cree que esté arrepintiéndose a última hora, ella no se arrepiente, por eso no ha ido a buscarla como el resto de los parientes. Pregunta si a mí me ha permitido acompañarla. Le tranquiliza saber que tampoco. Pero yo no se lo he pedido siquiera. Le pregunto por el amante, el de los besos. No sabe. Dice que nunca le conoció uno. A cambio, me habla de la manía de ella de caminar con pasos suaves en las noches de insomnio y de los árboles que le gustan; me señala su favorito: tiene el color de su piel. Nos sentamos a mirarlo. Lo escucho conversar con él como si se tratara de su hermana. No le pregunto más porque temor a que descubra que no la conozco.

Termina el encuentro. Se despide. Me pregunta si por casualidad hablé ya con Agustín, si sé algo de él. Estuve con el señor Aguilar esta mañana. No, con el casero no, me dice, con Agustín Alberasturi. Agustín Alberasturi.

Agustín Alberasturi está muerto, tendrá que esperar un momento. Me hacen sentar: van a desenterrarlo. Murió hace una semana. No tiene caso, entonces, me voy. No, por favor, espere: él pidió que lo desenterráramos si alguien venía a preguntar por él, le gustaba atender a sus visitas personalmente. No se moleste por causa mía. No se preocupe: no es el primero que ha venido a buscarlo, parece que no dejó arreglados todos sus asuntos. Lo mío no tiene que ver con él. Entonces: ¿por qué vino a buscarlo? Por curiosidad: el hermano de Margarita me preguntó si había hablado con él. ¿Cuál hermano de cuál Margarita? Conocemos muchas Margaritas con hermanos. Una que debió morir hace tres días. Ah, sigue viva, murmura. Es una tragedia que no se haya cumplido con ella como con mi padre. Se conocían, entonces. Claro, en el hospital: a ambos le dieron la fecha de muerte el mismo día, juntos. Esa noche vino a cenar, al día siguiente nos llevó a casa de su familia, una chica simpática. Y muy hermosa. No me lo pareció. Debería verla ahora. Puede ser, es un síntoma. ¿Su padre también se volvió hermoso? No padecían la misma enfermedad, por eso ella viviría cuatro días más, según el cálculo, pero parece que ha tenido un atraso, ¿Por qué? ¿No pagó sus impuestos? ¿Impuestos? ¿No lo sabe? Uno puede dejar pendiente cualquier cosa, pero no el pago de impuestos por muerte, sin eso no le está permitido suspender la respiración. No lo sabía. A lo mejor sea ésa la causa del retraso; pregúntele, es posible que lo haya olvidado. A mi padre tuvimos que recordárselo nosotros: con eso de las fiestas a las que van antes de morirse se vuelven olvidadizos. Ella no va a fiestas, si sale es sólo al balcón. Debí suponerlo, era una chica muy tímida, nunca aceptó que pasáramos a recogerla para ir a una. De hecho, los últimos meses ni siquiera respondió a nuestras llamadas. Se mudó.

Se mudó sin avisarnos. Una noche trajo a cenar a una familia escandalosa y, al mes siguiente, simplemente ya no estaba. Creímos que se había ido con ellos. La llamaban frecuentemente. Luego nos enteramos que se iba a morir, nos lo dijo el señor Aberasturi, nos lo confirmaron en el hospital, donde había dejado todas las facturas pagadas, incluso el impuesto por muerte del que usted me habla. Nos desesperamos. Preguntamos a sus pocos amigos si sabían algo, pero ni uno supo darnos respuesta, estaban tan sorprendidos como nosotros, nadie había sospechado siquiera que estuviera enferma, nunca hablaba acerca de sí. A veces nos daba la impresión de tener una extraña en casa, pero no se lo decíamos, no queríamos perturbarla —parecía estar siempre ocupada pensando en algo importante—, mucho menos herirla.

Al principio decidimos esperar un poco, imaginamos que deseaba estar un tiempo sola, y nos pareció justo. Pero cuando transcurrieron los meses y seguíamos sin saber de ella, formamos una cuadrilla y salimos a buscarla por toda la ciudad (no podía ir más lejos, no sabía cómo).

Quién la encontró fue su tío Raúl: estaba asomada en el balcón de una cuarta planta. Llamamos a la puerta, pedimos hablar con ella, verla, pero no quiso recibirnos. Dijo estar ocupada. Esperaba el final del otoño, no quería perderse ni un instante, nos lo dijeron los señores que le alquilan la habitación. Ellos nos hacen el favor de interceder por nosotros y de transmitirle los mensajes telefónicos que recibimos para ella. Aún no responde al primero, pero esperamos que reaccione. La queremos de vuelta en casa. Antes de que llegue el invierno.

Antes de que llegue el invierno ella habría muerto. Nosotros erramos de vez en vez —casi nunca—, pero no con márgenes grandes. Si le dijimos a ella que moriría para esa fecha, morirá, téngalo por seguro. Que siga viva no significa que haya mejorado, sino que o es muy terca o nos dio mal la fecha en que tuvo su primer síntoma. Si gusta, revisemos su expediente. No, no es ninguna molestia. Al contrario, para nosotros es importante que los familiares y amigos de nuestros clientes se informen lo más completamente posible, es les ayuda a saber cómo tratarlos. Siéntese.

Siéntese, por favor, la señora vendrá en un minuto. Aparece una vieja con un amplia bata amarilla que me mira fijamente a las arrugas de la frente, a las manos, a la boca. Antes de que le pregunte por la chica, me dice que no debo preocuparme más, que no es asunto mío. Sé —de alguna manera— que debo irme, pero permanezco un rato más en su sala intentando hacerle creer que no sabe para qué he llegado a verla. Me advierte que el invierno se está acercando, que el color del otoño está desapareciendo, que la última hoja está por caer, que debo irme pronto si quiero contemplar el espectáculo. Quiero saber por qué la llamó. No: quiere saber por qué no le contesté. Ella lee mi mente mejor de lo que yo lo hago. ¿Por qué? Yo no hablo con muertos. Ella está viva. Nadie puede contra el otoño. Me insiste en que la última hoja está por caer, que vaya a recogerla. Voy a recogerla.

Voy a recogerla en cuanto caiga. Mientras, la observo sucumbir a la tentación, entregarse al asfalto, abrir las manos, cortar el viento, provocar la angustia del balcón, que se queda huérfano de ella. Se mira hermosa aún con los ojos cerrados, mucho más que antes. Puedo salvarla, correr hacia ella y esperarla con mi cuerpo en tensión. Puedo salvarla, pero estropearía su encuentro con el color del otoño.

Me detengo en la esquina y la miro en su silencio, que también es el mío. La contemplo. Hasta que la ceremonia termina. Miro cómo la detiene el suelo y se esparcen su belleza y su aliento sobre él. Me acerco para recogerla. No hay nadie en la calle. Es nuestro único momento a solas. Aprovecho para acariciarle una parte del rostro, cualquiera, para darle un beso. Su cuerpo no opone resistencia. Luego pido que llamen a una ambulancia. Se acercan los vecinos. Acuden las autoridades. Me preguntan si la conozco. Me preguntan si sé su nombre. Se llama Margarita, señor.


*
Este cuento forma parte del libro Otras ciudades, Alkimia editores, San Salvador, 2001.

¨Yo creo que en este momento se ha olvidado que el cuento puede ser muy lírico. Creo que se ha olvidado que puede nutrirse de esa vertiente, y que debe nutrirse de esa vertiente. Por la naturaleza del cuento. El género cuento mide la cara mágica del mundo¨ Claudia Hernández nació en San Salvador, el 22 de julio de 1975. Licenciada en comunicaciones por la Universidad Tecnologica de El Salvador, realizó también estudios de derecho. En 1998 ganó el primer honorífico (4º lugar) del premio "Juan Rulfo" de Radio francia Internacional, en la categoría de cuento. En 2004 obtuvo el prestigioso premio "Anna Seghers", en Alemania, por obra publicada. Ha sido antologada en España, Italia, Francia, Estados Unidos y Alemania.

Obras : Otras ciudades. Alkimia, San Salvador, 2001. Mediodía de frontera. Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, 2002. Olvida Uno. Índole Editores, San Salvador, 2005. De fronteras. Guatemala: Editorial Piedra Santa, Colección Mar de tinta, 2007. La canción del mar. Suplemento de La Prensa Gráfica, San Salvador, junio de 2007.

26 marzo, 2010

Silvina Ocampo

dibujo original de Silvina Ocampo
La casa de azúcar

Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron fastidiarme y a preocuparme seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:
- ¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.
En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles
del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
- Acaban de traerme este vestido - me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
- ¿Cuándo te lo mandaste a hacer?
- Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te
parece?
- ¿Con qué dinero lo pagaste?
- Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito. Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
- ¿Qué quiere? - repitió dos veces.
- Vengo a buscar a mi perro - decía la de voz de una muchacha -.
Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
- Los barriletes son juegos de varones.
- Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes
pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
- Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
- Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la
casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
- No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
- Bruto.
- Lléveselo, por favor, antes de que me encariñe con él.
- Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo cuidar.
Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
- No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
- ¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en
cuando, porque lo quiero mucho.
- A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un
perro de regalo.
- No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza
Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
- Bueno. Me quedaré con él.
- Gracias, Violeta.
- No me llamo Violeta.
- ¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa
Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en este barrio. Yo pasaba todas las tardes por la Plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
- ¿Te gustaría que me llamara Violeta?
- No me gusta el nombre de las flores.
- Pero Violeta es lindo. Es un color.
- Prefiero tu nombre.
Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de constitución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó.
- ¿Qué haces aquí?
- Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
- Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
- No me parece lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
- ¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
- Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. “Ir y quedar y
con quedar partirse.”
Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? de todo), durante el trayecto
apenas le hablé.
- Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan
desagradable este barrio - le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
- No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.
- Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles
apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
- No me fijo en esas cosas.
- Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o
pan.
- He cambiado mucho.
- Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que
tiene un museo de leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
- No te comprendo - me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un
desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad.
Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
- Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías,
Cristina? ¿Te irías de aquí?
- Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas
figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza ¿será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
- Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
- No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta - respondió mi mujer.
- Usted está mintiendo.
- No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
- Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
- No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces, advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles.
En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable pero me exasperaba , porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
- Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada - fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me apreció la más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
- ¿No vivía una tal Violeta?
Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de
averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
- Canto con una voz que no es mía - me dijo Cristina, renovando su aire misterioso -.
Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos.
Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
- ¿Usted es el marido?
- No, soy un pariente - le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
- Usted será uno de sus innumerables admiradores - me dijo entornando los ojos y
tomándome la mano -. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena.
- Quiere consolarme - le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
- Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se
disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: “Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que trasmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse”.

Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
- No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa
¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López
que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a
todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.
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