15 junio, 2008

Ana María Shua-Buenos Aires, 1951

LOS DIAS DE PESCA
(fragmento)


Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. La caja de pesca era de madera y estaba pintada de verde. Adentro había anzuelos de distintos tamaños: los más chicos eran para pejerreyes y los más grandes para tiburones. También había plomadas. Las plomadas, en general, tenían forma de pirámide. Eran muy pesadas. Tenían esa forma para evitar engancharse en las rocas. Íbamos a pescar al muelle o al Pozo de las Burriquetas y siempre se nos enganchaba la plomada porque había muchas rocas. Yo digo “nos” pero el único que pescaba era mi papá. Es decir, el único que manejaba la caña porque en Miramar había muy poco pique. Yo tenía una cañita pero nunca la llevaba; no me gustaba usarla. Lo que me gustaba era estar parada al lado de papá. En el muelle ya nos conocían y también nosotros conocíamos a los que iban más seguido. Al Flaco, por ejemplo, que tenía el pelo rubio y las cejas completamente negras, y a un señor mayor (mayor que mi papá) que se llamaba Ibarra. Yo me sentía muy orgullosa de los conocimientos que iba adquiriendo y trataba de demostrarlos cada vez que podía. Sabía, por ejemplo, que los meros, aunque son chicos, tiran mucho y que a veces, por la forma en que se dobla la caña, uno puede confundirlos con un pez mucho más grande. Cuando alguno de los pescadores venía trayendo la línea con esfuerzo y la caña se curvaba y vibraba, yo me acercaba y le decía: “por ahí es un mero, nomás”. Sabía también reconocer a los gatazos, que son como tiburones chiquititos; los que tenían manchas oscuras se llamaban “overos”. A los gatazos les sacaban el anzuelo y los tiraban otra vez al agua. Algunas veces sacábamos un chucho. A los chuchos, me decía mi papá, hay que aflojarles la estrella porque pegan la disparada y si uno no les da línea la pueden cortar. Después se pegan al piso, haciendo ventosa. Una vez papá fue a pescar solo y cuando volvió contó que había tenido un pique increíble. Que tenía floja la estrella del ril y de repente algo (nunca se supo qué) mordió el anzuelo y pegó tal disparada que el hilo de nailon, por el roce, le quemó el pulgar. Me acuerdo perfectamente de la línea blanca de la quemadura en el pulgar de papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble? El primer tirón lo sintió en el espinazo, a la altura de la cintura, la noche después de la caída. Nunca más volvió a sentir un dolor tan fuerte. Esa mañana, en la pieza de ellos, había sábanas en el suelo y yo no sabía por qué. “Tuvo que dormir en el suelo toda la noche”, me dijo mamá. “En la cama no podía ni darse vuelta”. A la noche volvió cansado pero menos dolorido. “Levantarme del suelo me dio un trabajo bárbaro”, me dijo. Había ido al médico esa tarde. “Hernia de disco” le diagnosticaron. “Tómese unos calmantes.”
En la caja verde había también magrú, que usábamos de carnada. A veces papá me dejaba cortar el magrú, pero siempre lo encarnaba el porque tenía miedo de que me lastimara con los anzuelos. (Papá siempre tenía miedo de que yo me lastimara. Por esa época había inventado un protector de alambre que se ponía en la hoja del cuchillo para que yo aprendiera a pelar naranjas sin cortarme). El magrú tiene un olor fuerte y mamá se enojaba cuando veía la caja de pesca dentro de la casa. La guardábamos en el baúl del coche. En ocasiones muy especiales papá compraba calameretes y los ponía en el congelador: carnada de lujo. En el muelle había siempre mucho viento. Yo me ponía un pulóver muy gordo de color amarillo mostaza que me había tejido mamá y jugaba a hacerme canasta. El juego consistía en ponerme en cuclillas y estirar el pulóver, que me quedaba grande, hasta que me tapaba completamente las piernas, enganchado en el borde de los zapatos. Otra manera de protegerme del viento era ponerme contra una de las paredes de la casilla que había en la punta del muelle. Cambiaba de pared según cambiaba la dirección del viento (...)
En el Pozo de la Burriqueta teníamos más suerte. Había que bajar una especie de escalerita natural que tenía el acantilado. A mí me parecía muy peligroso y divertido. Papá bajaba primero y me vigilaba desde ahí. El Pozo era una playita angosta y bastante larga. Papá aprovechaba para practicar tiros con la caña y medir hasta dónde llegaba la plomada. Tomaba la medida con los pasos: cada paso era un metro. Yo deseaba que los tiros fueran muy largos pero nunca pasaban de los setenta metros. Me acuerdo clarito de la distancia que había entre las huellas de papá, setenta metros más o menos a lo largo de la playa. Y sin embargo, papá se murió. ¿No es increíble?.
(...)
Una vez pescamos una corvina negra con las huevas hinchadas de huevitos. Como era muy grande papá se sacó una foto con la corvina todavía enganchada en el anzuelo. La foto la tengo. Y sin embargo mi papá se murió. ¿No es increíble?.
Tuvo que volver mamá de Mar del Plata para que la operación se decidiera. Primero lo vio un traumatólogo, después un neurólogo. “Si no se opera, pierde el pie”, le dijeron. Porque papá y mamá no querían. “Está pinzando el nervio ciático. ¿Le gustaría arrastrar el pie muerto?”, le dijeron. Porque sabían que no le gustaría. “No hay alternativa”, le dijeron. “Hay que operarse”. Porque querían ver lo que tenía adentro.
Dos veces hubo pique en Miramar. Una vez fue del día del cardumen. Era un día de lluvia y estábamos aprovechando para arreglar las líneas. Me gustaban los nuditos de nailon en los anzuelos. De repente tocan el timbre y era el Flaco. “Un cardumen en el muelle”, dice, y se va corriendo. El muelle estaba lleno de gente, erizado de cañas. Había olas altas. Papá tenía miedo de que me pegaran con una plomada en la cabeza y no me dejaba que me separara de al lado de él. No teníamos la caña. Estaban los de siempre y muchos más. Era un cardumen de pescadilla seguido por un cardumen de anchoas. Ibarra había sacado cincuenta y un pescadillas y media: la otra mitad se la había comido una anchoa cuando la estaba trayendo. Las anchoas tenían los dientes filosos y parecían bravas. Las pescadillas eran más tranquilas. El cardumen ya casi había pasado y no valía la pena ir a buscar la caña. La otra vez que hubo pique tampoco pudimos sacar nada. Fue en el concurso de pesca del tiburón en el Pozo Universal. El Pozo Universal es una playa inmensa, a la entrada de Miramar. Papá no había llevado la caña pero en cambio tenía la cámara filmadora y filmaba lo que pescaban los demás. En la película yo ya no soy tan chica. Tengo un pulóver azul que me queda grande pero que no alcanza a disimular lo que me está pasando. Tengo un flequillo que me queda muy feo. Se ven muchos tiburones, casi todos hembras, preñadas. En una escena un chico morocho pisa la panza de una tiburona y salen seis o siete tiburoncitos todavía moviéndose. Él no aparece en ninguna toma, pero uno sabe todo el tiempo que está ahí nomás del otro lado de la cámara. Y sin embargo mi papá se murió, ¿No es increíble?.
El día anterior, en el sanatorio, nos pidió que los filmáramos. Habían pasado tres días desde la operación. A papá le gustaba llevar el registro filmado de todos los acontecimientos importantes: el coche volcado, el asalto de a la fábrica, mi varicela. Yo no tenía muchas ganas de filmarlo. Estaba acostado boca arriba, sin poder moverse. Tenía una aguja clavada en el brazo. La aguja estaba conectada a un cañito de nailon que salía de una bolsa llena de líquido, sostenida por un soporte alto y vertical. Pero papá se sentía mejor y me pidió que le trajera mazapán.
A los pescados el anzuelo no siempre se les clava en la boca. A veces se lo tragan y sacárselo era una carnicería, porque había que operarlos vivos. Otras veces estaba enganchado en una aleta, o en el cuerpo. En ese caso papá decía que el pescado era “robado”. Cuando íbamos al Pozo Pestilente llevábamos siempre el robador, que es un gancho grande, como un anzuelo gigante de cuatro puntas (o como cuatro anzuelos gigantes pegados). El robador sirve para levantar los pescados más pesados sin que se cote la línea. Cuando parecía que había picado algo grande papá me pedía, mientras recogía la línea, que fuera preparando el robador. Las burriquetas, cuando las sacaban del agua, hacían un ruido raro y continuado, como un ronquido. Por eso las llamaban también roncadoras. Los que aguantaban más en el aire eran los tiburones. Los chuchos también eran aguantadores, y eso que cuando papá les cortaba la cola con el pinche, les salía bastante sangre. Nunca se me ocurrió preguntarle a papá por qué se morían los pescados fuera del agua. Como no tenían nariz, me parecía natural que no pudieran respirar. A papá le gustaba mucho explicarme cosas y mientras estábamos pescando yo trataba de inventar preguntas difíciles para que él me las pudiera responder. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?.
“Me ahogo”, me dijo mamá llorando que papá le dijo. Y cuando ella levantó la vista, le vio los ojos desesperados, desorbitados. Con el oxígeno no pudieron hacer nada, ni con los masajes al corazón. Ni con la coramina. No volvió a respirar. “Hicimos todo lo que pudimos”, me dijo mamá llorando. “Fue una embolia. Los pulmones” Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?. Lo pescaron.

Nació en Buenos Aires, Argentina el 22 de abril de 1951. Es escritora y Profesora en Letras egresada de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

Desde sus primeros poemas, reunidos en El sol y yo, ha publicado más de cuarenta libros. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Laurita, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela). Cuatro de sus libros abordan el microrrelato: La sueñera, Casa de Geishas,Botánica del caos y Temporada de fantasmas.

También ha escrito libros de cuentos: Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Como una buena madre. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires en el género cuento.

Recibió varios premios nacionales e internacionales por su producción infantil-juvenil. Sus cuentos figuran en antologías editadas en diversos países del mundo. Algunas de sus novelas han sido publicadas en Brasil, España, Italia, Alemania y los Estados Unidos.

09 junio, 2008

María Teresa Andruetto(Argentina,1954)


Todo movimiento es cacería

Diana había redactado el aviso cuatro noches atrás, mientras Galia decoraba la casa y Verena diseñaba los detalles del menú. Desde el comienzo fue así: Verena se ocupaba de los asuntos de cocina y de la maceración de las carnes con adobos y pesadumbres que había aprendido a preparar en las Misiones Africanas. También Galia colaboraba a veces en la preparación de los platos, aunque no del plato fuerte; con ése sólo se animaba Verena, que había estado en Boca do Acre y a orillas del río Das Mortes y llegó una vez hasta Niamey para aprender entre salvajes -casi muerta bajo el sol- a condimentar carnes de caza.
Galia había vivido algunas temporadas en Matadi, Katanga y Port Etienne. Diana, en cambio, sólo había realizado en una ocasión un crucero por Molucas y -ya embarcada en el proyecto- recorrió Tricomalee y Calamianes con el propósito de perfeccionarse en modos de acceso a la presa; pero ninguna aprendió a cocinar como Verena. Eso, la habilidad que Verena desplegaba en la cocina, llevó a Diana a ocuparse de las relaciones públicas y las cuestiones de la caza - intensa, febril- e hizo que Galia, que tenía un gusto refinado y estaba emparentada con lo más granado de Buenos Aires, se encargara de la decoración de las salas, así como de la atención personalizada a las clientas, que era el sello distintivo del club.
Las tres habían anhelado ser otras. Lo habían deseado intensamente pero, como en el poema que Diana más amaba, el laberinto múltiple de pasos que sus días tejieron desde un día de la niñez, acabó por llevarlas a esa decisión. Siempre habían sido mujeres enérgicas, ávidas de conocer tradiciones insólitas, costumbres que alguna vez acabarían por serles de provecho; pero fue Galia la de la idea, la que convocó a sus amigas de la niñez, a comienzos de los ochenta, para fundar el club. Antes de eso, las tres habían militado en movimientos de mujeres y era esto, más que ninguna otra cosa, lo que dotaba de sustento al proyecto.
Juntas decidieron, desde los inicios, enmascarar las actividades bajo la forma de un servicio de acompañantes gordas, y ese encuadre, lo comprobaron enseguida, resultó inmejorable; pero no era un servicio de acompañantes, en realidad se trataba de un club, con socias, pago riguroso de cuotas, ritos de iniciación y ceremonias de pasaje, que tenía, entre otras comodidades, sauna, salón de belleza, sala de masajes y, como razón de ser, un restaurante exclusivo. Si alguien llamaba buscando una gorda o si, aunque más no fuera solapadamente, dejaba traslucir su deseo de encontrarla, ellas ponían en acción la maquinaria. Así funcionaron durante meses, de un modo privado, secreto, para satisfacer la demanda de amigas o conocidas, hasta que la materia prima resultó insuficiente y se vieron obligadas a publicar avisos.
El aviso decía: Acompañantes gordas. Gordas dispuestas a todo. A Diana le pareció que sonaba bien y que muchos se iban a interesar en la oferta. Las tres habían descubierto mucho tiempo atrás la existencia de hombres a los que les gustan las mujeres gordas y que se colocan frente a esto a medio camino entre un fetichista y un voyeur. Pero al cumplir cuarenta, descubrieron las delicias de la vida sibarítica e hicieron un plan riguroso de comidas donde no faltaban las macadamias ni los cocos, ni las castañas de cajú, ni las salsas espesadas con crema, con el propósito de engordar en un año no menos de sesenta kilos. Subir de peso, subir tal cantidad, no fue -como lo creyeron en un comienzo- tarea fácil. Cada una a su manera se había pasado veinte años haciendo dieta, a la pesca de amores perdurables; hasta que les nació la conciencia y decidieron dar un vuelco en sus vidas, mudar todo eso por las almendras, los chocolates, los licuados de banana con leche y los especiales de jamón crudo con manteca. Una vez libradas del rigor de la balanza, abiertas las compuertas para engordar sin límites, subieron rápidamente entre veinte y treinta kilos y se estancaron ahí, sin encontrar el modo de subir las cuentas a sesenta, setenta kilos, que era lo que necesitaban para ponerse en forma, iniciar el servicio de acompañantes y abrir el club a la clientela.
Probaron con pasta de avellanas y miel durante el desayuno. Se acostumbraron a interrumpir la noche con entremeses. Ponían los despertadores a las tres, a las cinco y a las siete, y manoteaban a oscuras los bombones de licor, las trufas, el chocolate en rama que habían dejado sobre las mesitas de noche. Devoraban en las mañanas aceitunas negras, provolone, panes untados con pasta de anchoas, con paté, con roquefort, con manteca, y se atiborraban de chicharrón que la mucama les traía del campo.
Se habían propuesto subir no menos de tres kilos por semana para que los preparativos de apertura no se demoraran, de modo que en meses -a lo sumo un año- estuvieran en condiciones de abrir un comedor que se convirtiera en el atractivo fundamental, el non plus ultra del club. Pero lo que en un comienzo pareció de extrema facilidad, terminó siendo una empresa que les llevaba mucho más tiempo y esfuerzo de lo previsto.
Sólo cuando decidieron comer aquellas carnes de caza, engordaron lo necesario, obtuvieron el peso que indicaban los manuales y alcanzaron un grado extraño de belleza -de tersura en la piel y en los ojos- y esa mirada salvaje que promueven los avisos publicitarios y que se convirtió en el atractivo más conspicuo del club.
Acordaron en llamar al plato el manjar prohibido, aunque en la carta figuraba como Carnes rojas de caza a las finas hierbas. Verena lo había probado por primera vez en el Congo Belga y más tarde conoció otras versiones en Guinea Konacry y en Niger; desde entonces hizo infinitas combinaciones de ingredientes y condimentos hasta dar con el sabor que lo caracterizaba, un sabor contundente pero a la vez delicado que las socias sabrían apreciar. Consiguieron cierta tarde una pieza de carne, ensayaron una versión con canela y decidieron enseguida que ese ingrediente solo no quedaba bien, pero que el plato necesitaba una pizca, y que el limón no debía ser demasiado porque su acidez opacaba el elemento base. Cada ingrediente –se tratara de salvia, estragón o marsala– necesitaba sucesivas degustaciones que fueron llevándolas, casi sin que ellas se dieran cuenta, al peso necesario. El estragón, lo supieron enseguida, no era condimento para un plato como éste: se trataba de una hierba para preparados suaves, verduras, pescados tal vez, nunca le iría bien a una comida fuerte como la que estaban buscando. La primera en advertirlo fue Galia, quien descubrió que el romero era la aromática adecuada porque su sabor definido competía bien con la carne, y que la páprika y el jengibre le aportaban una nota exótica y, por sobre todo, exaltaban y volvían inconfundibles los elementos. Fue también Galia quien advirtió que los acompañamientos mejores eran los chutneys -en especial el de peras- y la salsa de ciruelas, que tanto le iba bien a esta carne como al cerdo; y ella la primera en descubrir que degustando las numerosas pruebas de cocina habían engordado más que con los bombones, el chocolate en rama y la nuttela que hacían traer en cantidades desde Milán.
Estaban dispuestas a tomarse todo el tiempo que hiciera falta antes de abrir ese restaurante exclusivo, para mujeres cuidadosamente seleccionadas, pero luego de aquel descubrimiento, no fue necesario esperar demasiado porque los hechos se deslizaron con absoluta naturalidad. Al cabo de meses, cada una engordó más de ochenta kilos y entonces, alcanzados los requisitos que fijaba el reglamento, trataron de favorecer, poco a poco, una costumbre, un modo de encauzar los impulsos, de llevar a los hombres hacia ellas que estaban ávidas y querían comenzar a darse algunos gustos.
Esa mañana hubo desde temprano algunos llamados -casi todos de proveedores- que nada tenían que ver con el asunto, hasta que la secretaria dijo que hablaban por el aviso y le pasó el teléfono a Diana. Cuando alguien pedía una gorda, o ellas sospechaban que tras una conversación cualquiera había algún interés de ese tipo, comenzaba a tejerse la urdimbre. Se trataba siempre de un procedimiento minucioso, porque había que pasar el cedazo, acometer un proceso delicado de selección hasta depurar la demanda y quedarse sólo con los hombres de necesidades más ancestrales. Lo primero era una larga conversación telefónica para aclarar dudas y averiguar de qué naturaleza era el deseo, porque si de algo se jactaban era de satisfacer plenamente a la clientela. Una vez hechos los arreglos telefónicos, venía una primera aproximación, que a veces era la definitiva, con un cuestionario que incluía ciertos tópicos, recaudos como averiguar si estaban casados o si tenían viva a la madre (ésa era la pregunta más viscosa); averiguaciones que parecían sin sentido y que sin embargo eran de una importancia medular. Después todo derivaba en una especie de calentamiento y, si el cliente respondía bien, si tenía -como ellas esperaban- un deseo fuera de control, entonces Diana acordaba un encuentro íntimo. Había mucho de gratuidad en esos hechos (aunque un poco de dinero siempre fue necesario para la recuperación de lo invertido) y las cosas funcionaban entre ellas como en una cofradía, con una convicción similar a la de los poetas más extravagantes o a la de los miembros de una comunidad religiosa. Para decirlo de otro modo, ellas comprendieron pronto que la belleza es siempre horrorosa. No por casualidad, el lema del club era un apotegma de Nietzsche escrito en letras góticas sobre la puerta de ingreso al restaurante: Que todo te acontezca, lo bello y lo terrible. Ellas habían llevado el respeto por esa frase hasta lo absoluto, se la habían hecho sentir vivamente a cada uno de los ejemplares seducidos. Que no pensaban aceptar peleles, que buscaban hombres hechos y derechos, fue algo que acordaron desde el primer momento; los débiles, los pusilánimes, no eran destinatarios dignos de sus esfuerzos. La misión que llevaban a cabo -lo pensaron alguna vez- se asemejaba más bien a un deporte, a la pesca de la trucha por ejemplo, donde la habilidad de la presa, su resistencia, acrecienta el placer del pescador. Y por paradójico que parezca, era eso lo que los hacía caer en la red: nadie deseaba ser menos, todos se vanagloriaban de la cantidad de mujeres que habían tenido, algunos llegaron a decir que en la colección sólo les faltaba una gorda, y se regodeaban con detalles de mal gusto sobre el estado en que habían quedado las mujeres seducidas, o contaban mentiras que a ellas las sacaban de quicio, como eso de que nadie los comprendía y menos aun las madres de sus hijos.
El servicio de acompañantes estaba compuesto, en principio, sólo por las dueñas, aunque en algunas ocasiones -si era necesario- se agregaban las socias del club, mujeres de gordura incipiente o ya considerablemente gordas, destinatarias genuinas del proyecto reclutadas desde hacía tiempo para la causa.
El hombre le dijo a Diana que quería contratar a una gorda. Cuando ella preguntó medidas que le interesaban, modos de acceso carnal preferidos, datos de su historia con gordas, experiencias previas con bulímicas, anoréxicas y mujeres con otras alteraciones de la conducta alimentaria, él trastabilló, dijo que nunca había pensado que tendría que dar tantas explicaciones. Ella le aclaró que todas las preguntas se formulaban con el propósito de ofrecer un servicio mejor, lo más ajustado posible a las necesidades de cada cliente, y entonces él se despachó con la primera confesión: está casado con una mujer que come sólo pomelo y queso senda y hace seis horas diarias de bicicleta fija. Después carraspeó nerviosamente y dijo que siempre había querido ver cómo come una gorda; dijo también otras cosas, las que dicen todos, ella ya está acostumbrada.
Diana percibió enseguida que ese hombre era un puerco, como casi todos los que llamaban buscando gordas. Él pronunció frases que ella registró cuidadosamente en su memoria, aunque después no tuvo ganas de reproducirlas ante sus socias; dijo también que estaba buscando esto desde hacía meses y finalmente le preguntó cuánto cobraban por el servicio; entonces ella supo que él había caído en la red. No le extraña que le pregunte cuánto pesa, porque él no conoce los contratos, pero el cumplimiento de las reglas es estricto: ella jamás, de ninguna manera, dirá los kilos; sabe muy bien que esa negativa estimula el deseo. Él hizo un silencio extremo del otro lado de la línea, hasta que ella mencionó las ofertas especiales para hombres vinculados con anoréxicas, y fue eso lo que lo decidió.
Diana lo citó en la Confitería del Molino; dijo que iba a estar allí a las siete y que pediría un té. Cuando él cuelga, ella va a su dormitorio y busca la ropa interior hecha a medida, de calidad especial, con encaje de trama abierta. Se fija si están bien los breteles del corpiño, si son lo suficientemente fuertes, porque algunos hacen gala de torpeza. Elige con cuidado lo que va a ponerse; se prueba el bahiano malva, el palazzo y el spolverino color lila, pero se decide por el solero turquesa porque sabe que a esos hombres les gustan las emociones fuertes, los colores subidos, los escotes sobre la carne blanca.
Hay tres mesas ocupadas a esa hora de la tarde, en la Confitería del Molino; desde una de ellas un hombre delgado, insignificante, la mira. El hombre le manda a Diana, con el mozo, un papelito; el papelito dice que pida algo, lo que quiera. A Diana le encantan las tartas, sobre todo la de castañas, y pide una porción. La come voluptuosamente. El hombre escribe que coma más, que siga comiendo. A ella le gustan las tortas que hay en la vitrina: una isla flotante, una de crema moka, una selva negra, una tarta de coco. El mozo sugiere la de coco, le recuerda que es la especialidad de la casa; pero Diana contesta que la de coco no, una mil hojas será mejor, porque puede lamerle el dulce de leche.
Ella sabe que debe continuar con ese juego hasta el final, que tiene que seguir excitándolo, introducir en él la falta de ella hasta el extremo de llevárselo al club. Él le pide que coma con las manos y se chupe los dedos, y que cuando se chupe los dedos lo mire a él. Ella dice que para chuparse los dedos es otro precio, que eso tiene una sobretasa; pero hace sin embargo lo que él le pide, lo deja ganar.
Más tarde el hombre ordena que vaya al baño y se suelte la faja, porque a él no le gustan las gordas atadas. Ella va al baño, se quita la faja y respira con libertad: no está mal que alguien la quiera así. Por un momento algo la cruza, un muchacho que conoció cuando iba a segundo año del bachiller; pero se sacude pronto ese sentimiento, nada debe sacarla de la causa que abrazó, de los propósitos que se han trazado en el club. Se mira en el espejo y se pasa la lengua por los labios; luego se apoya contra la pared, baja lentamente la mano por las carnes sueltas, y sigue hacia abajo, hasta la raja húmeda –es roja como una flor de carne – pensando en aquel muchacho que se llamaba Pablo y en la tarde en que le hizo el amor, tras un tejido donde trepaban esas flores blancas que se llaman Damas de la Noche. Sabe que allá afuera, sentado en el salón, está el hombre que la contrató y le paga para que ella llegue a esto y se lo diga. Es lo que hace, sale del baño, va hasta la mesa y se sienta, anota en un papel lo que ha hecho, escribe que lo hizo por él, pensando en él, y que por favor la lleve a algún sitio donde puedan estar solos.
Él se acerca a la mesa, se sienta frente a ella, y dice sonriendo que ha pagado para mirarla comer -eso es lo convenido- pero que aceptaría ver cómo se desviste, cómo queda en ropa interior. Ella entiende rápidamente que las cosas están llegando al punto buscado, un punto sin retorno. Por el camino él intenta tocarla, pero ella no se deja; después el hombre pregunta cosas, lo que preguntan todos. A Diana, la gente de esa calaña, con sus averiguaciones y zalamerías, la agota; no siempre contesta, pero esta vez dice algo parecido a la verdad: las dueñas del negocio son tres, las demás son socias y se trata de un sitio exclusivo para mujeres. Lo dijo porque el hombre le inspiraba cierta confianza; después, como al pasar, agregó que incursionaban en formas de placer poco usadas, algunas –creía ella- exclusivas de la casa, ya que no figuraban ni en el Kama Sutra.
Diana lo vio acomodarse en el asiento, acaso satisfecho; luego él le tomó la mano y empezó a babeársela. Quedaba tan ridículo, ahí, hundido casi contra su costado, como si se tratara de un muñeco. Se lo imaginó encima: un monigote sobre su cuerpo enorme, intentando satisfacerla. Después él empezó a hablar, no paró de decir que su mujer estaba internada, que siempre había sido selectiva con la comida, que cocinaba sin aceite en sartenes de teflón y que cuando se salía de la dieta se castigaba con cien flexiones para compensar, pero que hasta el día en que la llevaron de urgencia al hospital, ni él ni nadie se habían dado cuenta de que hacía seis horas de bicicleta diaria y estaba terminada de flaca. Dijo también que no sospechaba siquiera cómo iban a acabar las cosas, pero que se le dieron las reverendas ganas de acostarse con una gorda bien gorda porque se merecía una revancha, y eufórico descargó una mano sobre la pierna de Diana. Ella corrió delicadamente la mano hasta el muslo de él y ahí la dejó, entonces contestó que también para ella iba a ser un gusto.
El salón era un lugar aséptico que recordaba vagamente a un hospital; tenía un gran sofá blanco, una chaise longue, algunos almohadones en el suelo y grandes ventanales que daban a patios interiores y estaban cubiertos por gruesas cortinas también blancas. Sólo una alfombra de ratán y algunas artesanías orientales daban cuenta de los viajes y de la rica experiencia de sus dueñas.
Diana empujó delicadamente al hombre hacia el sofá, le sirvió una copa y puso música. El amor brujo era lo apropiado. Tenían infinitas grabaciones, pero esta vez puso un trío de mujeres, una versión poco ortodoxa que tenía por fondo un delicioso diálogo de flautas. Se desabrochó el solero y lo puso sobre la chaise longue; después se quitó el corpiño y asomaron, libres al fin, las tetas, los pezones claros de las que nunca dieron de mamar, y la bombacha de encaje rojo hundida bajo una sobrefalda de carnes lechosas. Entonces bailó para él y dejó que la mirara: se supo hermosa, como una modelo de Botero. Había aprendido a bailar en los carnavales de Río, cuando pasaba el verano en las playas en busca de pique, porque en aquel tiempo le interesaba la pesca, no como ahora que se dedica a la caza.
Cuando se acercó más de la cuenta, Diana percibió el paso del miedo por los ojos de él, pero anuló toda resistencia mirándolo con intensidad y pidiéndole que tuviera coraje porque lo que venía era, realmente, el plato fuerte. Él intentó sobreponerse al contacto de una lengua extrañamente dulce sobre su sexo, aunque se podía ver a todas luces el esfuerzo que hacía para mantener la dignidad, hasta que ella avanzó tanto que él no pudo más que entregarse.
Diana le sacó lo que le quedaba de ropa -una camisa a rayas – y se le subió encima. Él apenas pudo balbucear que le hacía daño. Poco después, sofocado, se animó a decir que le faltaba el aire; y apenas más tarde, le rogó, con la voz entrecortada, que se bajara porque lo asfixiaba, pero ella siguió sobre él, cada vez más fuerte y, cuando estaba a punto de gozar, le tapó la boca para no oír los gemidos. Así fue como los dos coincidieron en sus estremecimientos.
Sólo cuando supo que el hombre estaba inerte, ella se bajó e hizo sonar el timbre. Galia abrió tímidamente la puerta y preguntó con su vocecita de niña, apenas audible: ¿Ya está? Todavía desnuda, extenuada, Diana dijo que sí con la cabeza y entonces Galia le dejó paso a Verena.
Con los ojos vidriosos, Verena caminó hacia el sofá donde estaba el cuerpo caliente del hombre. Se arrodilló a sus pies y abrió el maletín de badana gris. Desenvainó los cuchillos de acero damasquino comprados en Toledo y los limpió minuciosamente, uno por uno, con una gasa. Después, comenzó el trabajo. No había tiempo que perder, porque estaban sin mercadería desde la semana anterior. Era necesario faenar pronto, dejar orear el cuerpo al sereno durante toda la noche, y preparar la comida para la cena del sábado, que es siempre la de mayor demanda.


del libro de cuentos Todo movimiento es cacería



María Teresa Andruetto nació en 1954 en Arroyo Cabral. En los años setenta estudió Letras en la Universidad Nacional de Córdoba. Después de una breve estancia en la Patagonia y de años de exilio interno, al finalizar la dictadura contribuye a formar un centro especializado en lectura y literatura destinada a niños y jóvenes, ejerce la docencia, y coordina talleres de escritura, todo ello en la ciudad de Córdoba. En 1992 su novela Tama obtiene el Premio Municipal Luis de Tejeda y a partir de esa circunstancia comienza a publicar la escritura que tiene acumulada. Así, se suceden las ediciones de Tama, Palabras al Rescoldo, El Anillo Encantado y Misterio en la Patagonia, todas ellas en 1993, principio de una serie de publicaciones que no ha cesado y que incluye, entre otros libros, las novelas La mujer en cuestión, Stefano, Veladuras y Lengua Madre , el libro de cuentos Todo movimiento es cacería , los poemarios Kodak, Pavese y otros poemas y Beatriz , y los libros para jóvenes lectores, Huellas en la arena, El árbol de lilas, Benjamino, Dale Campeón, La mujer Vampiro, El país de Juan, El caballo de Chuang Tzu, Trenes, Agua Cero, La Durmiente y El Incendio. Su obra ha sido reconocida con numerosos premios y distinciones, entre otros: Premio Novela del Fondo Nacional de las Artes, Premio Novela Luis de Tejeda, Premio Internacional de Cuento Tierra Ignota, Lista de Honor de IBBY, Finalista del Premio Sent Sovi/Ediciones Destino, Finalista Premio Clarín de Novela y, en varias ocasiones, White Ravens de la Internationale Jugendbibliothek, Mejores Libros del Banco del Libro de Caracas y Destacados de la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina.




03 junio, 2008

Minnie Bruce Pratt(EE UU,1946-)


DESNUDADO

La noticia del Times no es más que unos centímetros de palabras ocultos en las últimas páginas del diario que extendí sobre la mesa de nuestra cocina. Sólo reparé en ella por el título, por el repentino temor de que casi podríamos ser tú y yo: “Encuentran asesinada a una mujer que se hacía pasar por hombre y a otras dos personas.” El día de Año Nuevo, Brandon Teena, que había nacido hembra y vivía como un hombre en una pequeña ciudad de Nebraska, fue acribillado en una granja junto con la amiga blanca con la que se alojaba y un hombre afro-estadounidense. Brandon fue el único al que mutilaron con un cuchillo. La semana anterior lo habían violado los dos hombres a los que finalmente se detuvo por el asesinato. Pero antes, decididos a demostrar que “en realidad” él era una mujer, lo habían desnudado en una fiesta frente a una mujer con la que había salido. Unos días antes la policía había decidido que su vida era una impostura amenazadora. Cuando lo detuvieron por una infracción menor y su identificación no coincidió, la policía se aseguró de que la ciudad supiera que él mentía respecto de quién era. Pero él era claro con sus amig*s. Se sentía un hombre; no se sentía una mujer ni una lesbiana. No tenía dinero para operarse, todavía. En cuestión de un mes, estaba muerto.
Cuando era chica tenía una pesadilla que aún reaparece en ocasiones: Estoy parada desnuda en el centro de un círculo de gente. Se ríen de mí, me señalan, gritan palabras soeces o me observan en silencio. Ell*s están vestidos. Yo estoy desnuda, reducida a mi cuerpo femenino, y siento vergüenza. Hay algo en mí que está mal. Antes pensaba que sólo las mujeres tenían esa pesadilla. Ahora pienso que todo el mundo sueña que lo desnudan, pero los dedos que señalan nos acusan de diferentes delitos. La gente estira la mano para demostrar que sabe mejor que nosotr*s mism*s cuál es la verdad sobre nosotr*s. Nos despojan de nuestra ropa, nuestras palabras, nuestra piel, nuestra carne, hasta que no somos más que una pila de huesos de carnicería, y luego señalan y dicen que eso es lo que somos.
Me siento en nuestra cocina y leo un artículo del Village Voice sobre los asesinatos. La redactora, una lesbiana, chismea alegremente con ex novias de Brandon y repite detalles lascivos: cómo “ella” las engañó con un dildo, cómo “ella” no permitía que le tocaran el pecho, los muslos, los genitales. La redactora admite que Brandon vivía como un hombre, pero lo desnuda para demostrar que no lo era. Para ella, todo tiene que coincidir –genitales, ropa, pronombres-. Por otra parte, no podía ser tan buen amante de mujeres a menos que fuera una mujer. Ella decide que él es una lesbiana confundida; su tipo de lesbiana, escribe, una mujer butch que la atrae, que la calienta. El comisario, que se había negado a detener a los violadores cuando Brandon los denunció, dijo: “Por lo que a mí concierne, pueden decirle eso.” A lo largo de todo el artículo, la redactora lo llama ella: “La acribillaron.” La redactora nunca menciona que murió cuando insistió en que él iba a elegir sus propios pronombres

*Traducción de Joaquín Ibarburu
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Minnie Bruce Pratt, Activista, poeta y ensayista, nació en Alabama en 1946. Entre sus textos se encuentran The Sound of One Fork (poemas, 1981), We Say We Love Each Other (poemas, 1985), Rebellion: Essays 1980-1991 (Ensayos, 1991), Walking Back Up Depot Street . (poemas, 1999), The Dirt She Ate (poemas, 2003). “Desnudado” (“Stripped”) pertenece a su libro de textos breves en prosa S/he (1995).

29 abril, 2008

Giovanna Rosa Pollarolo Giglio (Perú ,1952)


"Dos veces por semana', Giovanna Rosa Pollarolo Giglio en New York




Giovanna Pollarolo. Dos veces por semana ( Editorial Alfaguara, 2008)





26 abril, 2008

Fragmento de "La casa de los conejos" de LAURA ALCOBA


Te preguntarás, Diana, por qué dejé pasar tanto tiempo sin contar esta historia. Me había prometido hacerlo un día, y más de una vez terminé diciéndome que aún no era el momento.
Había llegado a creer que lo mejor sería esperar a hacerme vieja, y aun muy vieja. La idea me resulta extraña ahora, pero durante largo tiempo estuve convencida.
Debía esperar a quedarme sola, o casi. Esperar a que los pocos sobrevivientes ya no fueran de este mundo o esperar más todavía para atreverme a evocar ese breve retazo de infancia argentina sin temor de sus miradas, y de cierta incomprensión que creía inevitable.Temía que me dijeran:“¿Qué ganás removiendo todo aquello?”.Y me abrumaba la sola perspectiva de tener que explicar. La única salida era dejar hacer al tiempo, alcanzar ese sitio de soledad y liberación que, así lo imagino, es la vejez. Eso pensaba yo, exactamente.
Y luego, un día, ya no pude tolerar la idea. De pronto, ya no quise esperar a estar tan sola, ni a ser tan vieja. Como si no me quedara tiempo.

Ese día, estoy convencida, se corresponde con un viaje que hice a la Argentina, en compañía de mi hija, a fines del año 2003. En los mismos lugares, yo investigué, encontré gente. Empecé a recordar con mucha más precisión que antes, cuando sólo contaba con la ayuda del pasado.Y el tiempo terminó por hacer su obra más rápidamente que lo que yo había imaginado jamás: a partir de entonces, narrar se volvió imperioso.
Aquí estoy. Voy a evocar al fin toda aquella locura argentina, todos aquellos seres arrebatados por la violencia. Me he decidido, porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque ahora sé que no hay que olvidarse de los vivos. Más aún: estoy convencida de que es imprescindible pensar en ellos. Esforzarse por hacerles, también a ellos, un lugar. Esto es lo que he tardado tanto en comprender, Diana. Sin duda por eso he demorado tanto.
Pero antes de comenzar esta pequeña historia, quisiera hacerte una última confesión: que si al fin hago este esfuerzo de memoria para hablar de la Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror, desde la altura de la niña que fui, no es tanto por recordar como por ver si consigo, al cabo, de una vez, olvidar un poco.

La Plata, Argentina, 1975.
Todo comenzó cuando mi madre me dijo: “Ahora, ¿ves?, nosotros también tendremos una casa con tejas rojas y un jardín. Como querías”.
Hace ya varios días que vivimos en una nueva casa, lejos del centro, a orillas de los inmensos terrenos baldíos que rodean La Plata –esa franja que ya no es la ciudad ni es, aún, el campo. Frente a la casa hay una antigua vía de ferrocarril desafectada, basuras y desechos
abandonados, al parecer, hace ya mucho tiempo.
De cuando en cuando, una vaca. Hasta hace muy poco, vivíamos en un pequeño departamento de una torre de hormigón y vidrio de
la Plaza Moreno, justo al lado de la casa de mis abuelos maternos, frente a la Catedral.
Allá, a menudo, yo soñaba en voz alta con la casa en que hubiera querido vivir, una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como ésas que se ven en los libros para niños. Una casa como aquéllas, también, que yo me paso el día dibujando, con un enorme sol muy amarillo encima y un macizo de flores junto a la puerta de entrada.
Tengo la impresión de que ella no ha comprendido bien. Referirme a una casa de tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes; lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que uno encuentra en gruesos libros de cocina, con láminas relucientes, llenas de fotos. Una madre elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto. O botas de cuero marrón, y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego.O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo, no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo hemos podido entendernos tan mal; o si en cambio ella se obliga a creer que mi único sueño, el mío, está hecho de jardín y color rojo.
Por otro lado, era un perro lo que yo más quería. O un gato.Ya no sé.
*
Mi madre se decide finalmente a explicarme, a grandes rasgos, lo que pasa. Hemos tenido que dejar nuestro departamento, dice, porque desde ahora los Montoneros deberán esconderse. Es necesario, ciertas personas se han vuelto muy peligrosas: son los miembros de los comandos de las AAA, la Alianza Anticomunista Argentina, que “levantan” a los militantes como mis padres y los matan o los hacen desaparecer. Por eso debemos refugiarnos, escondernos, y también resistir. Mi madre me explica que eso se llama “pasar a la clandestinidad”. “Desde ahora viviremos en la clandestinidad.” Esto, exactamente, es lo que dice. Yo escucho en silencio. Entiendo todo muy bien, pero no pienso más que en una cuestión: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy a hacer para ir a clase? “Para vos, eso será como antes. Con que no digas a nadie dónde vivimos, ni siquiera a la familia, suficiente. Todas las mañanas te vamos a subir al micro.Vas a
bajar solita en Plaza Moreno: ya conocés el lugar. El micro para justo en la puerta de los abuelos. Ellos se van a ocupar de vos durante el día.Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche.”
*
Voy sola en un colectivo refulgente, todo festoneado de motivos rojo y plata, pero no por eso menos destartalado y zangoloteante. Las manos gruesas del chofer aferran un manubrio forrado en tela de alfombra de color verde y naranja.A su izquierda, como en casi todos los colectivos, cuelga una foto de Carlitos Gardel, con su eterno pañuelo blanco al cuello y su sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Más allá, una imagen de la Virgen de Luján, esa diminuta señora apenas visible bajo su manto celeste con arabescos de oro, aplastada por una corona de piedras preciosas, ensartada por los gruesos rayos que emite su propio cuerpo glorioso. Hay también calcomanías para advertir a los pasajeros que el chofer es “hincha” de Gimnasia y Esgrima de la Plata.Y por si no ha quedado claro, un banderín de flecos desteñidos
adosado al respaldo de su asiento. En cuanto a la franja autoadhesiva con los colores de la bandera argentina, en la parte superior del parabrisas, ésa sí es idéntica a la que pegan todos los colectiveros de la ciudad, ya sean de Estudiantes o incluso de Boca Juniors, el
gran club de fútbol de Buenos Aires.
En el barrio donde vivimos ahora, la calle está como bombardeada de baches hondísimos entre los que el colectivo y los autos tratan de abrirse un camino lo más clemente posible. Por suerte, los barquinazos se hacen más esporádicos a medida que nos acercamos al centro, a la Plaza Moreno.
*
Del altillo secreto que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos.
Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada. La gente no sabe que a nosotros, sólo a nosotros, nos han forzado a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos.
Mamá me contó de un niño que había visto el escondite que sus padres camuflaban detrás de un cuadro. Pero los padres se habían olvidado de explicarle hasta qué punto es importante callar. Era un niño muy pequeño, que apenas sabía hablar. Seguramente, habrían creído que no era necesario, que él no podía decir nada a nadie o que, de todas maneras, no podría comprender sus advertencias.
Cuando los hombres de la policía llegaron a la casa, revolvieron todo, y no encontraron nada. Ni una sola arma, ni el periódico de la organización, ni siquiera un libro prohibido. ¡Y eso que hay muchos,muchísimos libros en su lista...! Nada de lo que veían en aquella casa podía considerarse “subversivo”.Y es que a nadie de aquella “patota” se le había ocurrido, claro, mirar detrás del cuadro.
Cuando ya estaban por salir, casi en el umbral de la puerta de calle, uno de ellos volvió sobre sus pasos. De pronto se había dado cuenta de que durante toda la requisa, el niño aquel, ese bebé que sabía apenas unas pocas palabras, había señalado el cuadro con el dedo, diciendo a media lengua ¡Ahí! ¡Ahí! El hombre descolgó el cuadro.Todos están presos ahora, por culpa del niño que apenas sabía hablar.
Pero mi caso, claro, es totalmente diferente.Yo ya soy grande, tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una persona mayor. Los hace reír que sepa el nombre de Firmenich, el jefe de los Montoneros, e incluso la letra de la marcha de la Juventud Peronista, de memoria.A mí ya me explicaron todo.
Yo he comprendido y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque vengan también a casa y me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas.Yo, yo he comprendido hasta qué punto callar es importante.
*
Por fin llego a casa de mis abuelos. Una vez más, me recibe la voz de Julio Sosa. Mi abuelo escucha tangos cada mañana, antes de partir a Buenos Aires, donde tiene su estudio. Mi abuelo es abogado, pero no se ocupa de política. No, él no quiere líos. Desde siempre ha defendido
a contrabandistas, estafadores, ladrones de todo tipo. Siente una profunda ternura por esos “atorrantes” que le suelen profesar, en reciprocidad, una especie de devoción fraternal. Es verdad que una vez uno de ellos, huésped temporario de su casa, desapareció llevándose
con él la bañadera. Pero aquí nadie detesta a otro por haber caído en la tentación. Era una bañadera hermosa, toda de mármol, una verdadera pieza para coleccionistas.

Fragmento de "La casa de los conejos" , Laura Alcoba, Edhasa, 2008



La escritora argentina Laura Alcoba(© Gallimard)
"Voy a evocar esa locura argentina y a todas esas personas que fueron arrastradas por la violencia. Me he decidido por fin a hacerlo porque muy a menudo pienso en los muertos, pero también porque sé que no hay que olvidar a los sobrevivientes", escribe Laura Alcoba en Manèges, un conmovedor relato autobiográfico escrito en francés y editado en 2007 por las ediciones Gallimard. El libro en su versión en castellano llevará el título original, El embute, mientras que en inglés se llamará La casa de los conejos. Laura Alcoba, nacida en Argentina en 1968, es hoy catedrática universitaria y especialista del teatro español del Siglo de Oro. Sus padres eran militantes de la organización insurreccional peronista Los Montoneros y en 1976, cuando se desató la guerra sucia, vivió unos meses en el "embute" (un lugar escondido) donde su madre, clandestina, imprimía Evita Montonera. "Yo fui a buscar cosas que estaban en un lugar escondido", dice Laura Alcoba, quien dejó el "embute" unos meses antes de que fuera invadido por los militares. "Cómo se sobrevive es algo que me obsesiona desde esos años", confiesa esta escritora argentina que es también una sobreviviente. «Rechazo la teoría de los dos demonios, que ve en lo que ocurrió en Argentina el enfrentamiento entre dos campos igualmente violentos pero tampoco idealizo la lucha armada", precisa la autora de esta "pequeña historia argentina".
Entrevistada: Laura Alcoba, hispanista de origen argentino, especialista del teatro español del Siglo de Oro, autora de Manèges o El embute.


*Por GABRIEL BÁÑEZ (aparecido en El Dia del sábado 26.04.2008 )
Bello, doloroso relato que Laura Alcoba nos acerca sobre "La casa de los conejos", ubicada en la manzana de 29, 30, 55 y 56, la que hoy es patrimonio y memoria del tiempo de la iniquidad vivida por los argentinos durante la dictadura. Allí la narradora niña (Alcoba aún lo es en la mirada) vivió parte de su infancia y es su testimonio, inocente y crucial, el que da estructura a esta excelente novela que habla de la clandestinidad, de la conciencia y del temor, pero, sobre todo, de la esperanza de unos ojos infantiles por seguir abiertos. Hay una conmovedora belleza en cada una de las descripciones de la autora, una dignidad sobrecogedora y, más aun, un delicado registro de continuos descubrimientos y asombros que dan espacio a la fidelidad de conciencia. Entre la muerte y las muñecas, no hay casi transición. Voz que dice: "Finalmente, he ido a la cárcel a ver a mi padre con mis abuelos paternos. Un gran patio empedrado. Un día hermosísimo..." Trazos simples, conmovedores, que hablan de una época en la que había que caminar a contramano, mirar al bies y sospechar de cada sonido nocturno o presencia. Subvirtiendo crucigramas por rayuelas Laura Alcoba ha echado a andar su memoria y en voz muy queda y lúcida ésta nos cuenta el horror vivido. Estremece porque lo hace en tono muy íntimo, sin golpes bajos, tutelada por la entrañable voz en español de Leopoldo Brizuela, su traductor. "La casa de los conejos" tiene ese registro singular, definitivo, de las obras que trascienden: son muchas voces las que su voz representa.

30 marzo, 2008

Liliana Pualuán (Chile)

LA HUESCA
En Pueblo siempre había alguien que avistaba el horizonte.
Esa madrugada don Ramiro lo escudriñó mas allá, con sus ojillos vivaces. Tenía la boina, heredada por generaciones, encajada hasta las orejas, sobre su largo cabello blanco Lo surcaba la expresión nostálgica de hijo de hijo de hijo de emigrantes aragoneses: quedó como una marca en su rostro. Una manta de Castilla lo cubría.
- ¡Que la Huesca viene! -gritó de pronto don Ramiro con el acento español que revelaba su ascendencia - ¡Que la Huesca viene -fue pregonando esa madrugada por las calles de Pueblo- ¡Que viene, ¡que viene! ¡Que la Huesca viene, y que viene con bandera blanca! ¡ Y que por el río viene, que ya viene! ¡La Huesca! ¡la Huesca!
Don Ramiro se dirigió al campanil sin dejar de pregonar. Hizo repicar las campanas, y un lamento ya conocido atravesó las casas de Pueblo, estremeciendo a los pueblinos
- ¡Que la Huesca viene! ¡Que viene!
Las campanas, con notas lentas y tristes, atravesaron una otra a vez la campiña y a los pueblinos
Se iluminaron las casas: la serial golpeó huertas y ventanas.
- ¡Alguien no despertó hoy! -dijo doña Manirrota
- ¿Quién será el finao? - exclamó doña Sabañona, preocupada.
- ¿A quien tocó la Parca? - cantó doña Alba
Se asomó la Fiura con su falda roja y cabello en desorden; salía de su descanso mítico.
Se asomó el señor Relegado con su sombrero de copa y su violín.
El señor Escribidiario dejó sus papeles por un instante.
El señor Traba detuvo su constante movimiento.
Doña Manilarga desenrolló su brazo para abrir la ventana; la voz de don Ramiro llenó de golpe la habitación:
- ¡Que la Huesca viene! ¡Que viene!
Hasta el señor Danaides dio un minuto a sus oídos para recibirla señal de las campanas y el pregón de don Ramiro.
-Death is coming- murmuró sir Hilo al escucharlo.
Se reunieron niños en la calle.
-La Huesca, la Huesca y con bandera blanca cantaron danzando hacia el río
- La Huesca, la Huesca - repitió doña Eufrasia, entre el fuelle de sus labios, como tragándose las palabras.
Como sucedía en esas ocasiones, los pueblinos se dirigieron hacia el río: los que miran hacia abajo, el marqués de Atril, el señor Fango, Neptis, la señorita Philesia, el capitán Palinuro, el deshollinador Cantilagua, la niña Cydonia: todos fueron, grandes y chicos. Los que no fueron observaban el movimiento desde sus ventanas.
La Huesca se acercaba muy segura zarandeando los remos, que parecían plumas en sus manos; la túnica de arpillera se veía húmeda sobre su largo y huesudo cuerpo: era flaca, alta, de frente grande; tenia ojos verdes como las algas verdes; su rostro era cetrino y huesudo de rasgos marcados, duros y con una leve sonrisa en la que asomaban los dientes blancos apenas cubiertos por sus labios delgados. El cabello largo y gris en una trenza le llegaba hasta la cintura. Sabia encontrar los cuerpos que arrastraba la corriente, y ese era su oficio.
-¿Quiénes son? - preguntó uno de los estibadores que se acercó al bote de doña Huesca para ayudar a desamarrar los muertos.
Doña Huesca era de pocas palabras: sólo le señaló los cuerpos.
Se escuchó un murmullo: los estibadores levataron los cuerpos
-¿Ajuerinos? – preguntó alguien
- El Turista con su hijo - afirmó un policía
- ¿Quienes son? - preguntó el señor Gedezona
La Huesca hizo un gesto de ignorancia y muchos pueblinos lo repitieron.
Se acercó don Tepa, el carpintero hacedor de botes y ataúdes; tomó las medidas de los cuerpos. El niño estaba amarrado al padre.
- Se les voltió el bote en el Correntoso - afirmó don Pletorio.
- Así ha debido de ser - respondió la enana Eumarginula.
Doña Huesca los había encontrado enredados entre los sauces y arrayanes que están inclinados en las orillas.
- Vienen de quién sabe donde - dijo alguien
- Nadie preguntó nada - dijo otra voz de los pueblinos.
- Se jueron, se jueron - dijo otra voz -, y ya no han de regresar.
En eso llegó el cura que bendijo al padre y al hijo, primero; a la multitud después; nadie dijo nada
Nadie se atrevió a desatar al hijo del padre Así los encontró la Huesca, y así los dejaron La Huesca bajó la bandera blanca y remó de regreso, el agua salpicaba su rostro cetrino; la túnica de arpillera se bamboleaba al viento.
La Huesca, que vivía en el agua más que en tierra, se fue alejando.
Algunos pueblinos siguieron al cura, otros regresaron a sus casas, las rondas se deshicieron.
- ¡Que se fue la Huesca! - repitió don Ramiro- ¡que se fue, que ya se fue!
Silenciosas golondrinas dibujaron pequeños arcos blanquinegros sobre las nubes grises.
de La Huesca y otros relatos, Ed. Rumbos, 1995
Liliana Pualuán vivió su infancia en Puerto Aysén. Ha publicado cuentos, novela, participado en antologías, ferias del libro y talleres literarios.

22 marzo, 2008

Stella Calloni (Argentina)


EL HOMBRE QUE FUE YACARÉ

Venía desde lejos, desde el sertâo de Brasil, así lo dijo. Ojos añorazados en el alma solitaria. Ni por más de sentir le di pan, palabras mías. El miraba a lo hondo, como cavando mi alma en pena, en luces. Alma en luces pareció verme. Breñales de los suyos propios andares quedaron prontamente en mí. Sentido que hubo las doloranzas o dolores de los propios sertâos, los de su cuerpo, la piel juntada a sí mismo, la piel seca, los soles secando la piel suya, muy propia, oscura, o quien sabe qué formas de su tristeza. Fue que el hombre anduvo en mis alrededores, de mí cavándolo todo, mis cuentos, mi risa, mi piedad, mis temblores. Todo cavándolo, a su manera, a sus formas de mirar, hondo, sin decires, sin sutilezas, formas, para mí, profundas de mirar. Eso administró mis sentidos. Cayuquito de sus soledades él mismo queriéndome, dijo. Esto lo expresaba con todo su cuerpo, sus largas manos, su lengua en mi cuello. Dio en sentarse por fin sobre los tristes muebles, apenas un catre de lona vieja, sillas de totora, el ropero que mi padre trajo desde Areguá, en el Paraguay. Lo cargó días y días en su viejo carro, tirado por los caballos del abuelo que murieron después del viaje.

El hombre aquel que llegó un día al amanecer, tenía una luna propia, como vuelo de ave, hasta que volvió en sí. Volvió de sus andares, de su socavado mundo. Lloró entonces bajamente, con bajuras, como llanto de vida perdida, como un hombre sin amores más que los suyos. Contó su historia. Un pasado propio, en ríos, lagunares, todo un gran ruido del agua en su cabeza, según dijo. «He cazado cocodrilos, yacarés en Brasil. He visto hombres sin piernas, sin brazos, hombres mochos mirando las costas, hombres aquellos como una bahía, una bahía propia en sus pesares. ¿Quién ha visto esos muñones, esos pedacitos de hombre quedando en lontananza de la vida, tendidos en las cos­tas sobre las arenas, mirando, mirando, sólo para ver un día morir al cocodrilo, esperando ver esa agonía del yacaré maldito que lo mochó?». Así decía y lloraba quedito, amurallado en su propio cuerpo. Habló de los propios sertâos, de sus miedos y llantos. Y entonces vi como se iba formando él mismo en yacaré, recordando a esos malditos lagartos que mochaban hombres.

«¿Y para qué tanto dolor, tanta espesuras de hombres?. Para aquellos que vienen desde otros mundos y llegan allá a las fronterizas verdes y compran apenas por nada, por una botella de ron amargo, una camisa, una muda apenas, unas monedas, compran la piel del cocodrilo o un lagarto vivito. ¿Y para eso tanto hombre mocho, sin brazos, sin piernas, tantos hombres desolados», dijo y se doblaba sobre su propio vientre.

Doblado él en sus fiebres, temblando, tembladeral de su cuerpo y de su alma. Y ya no parecía verme. Sólo buscaba mi piel para calentamiento de sus propios sentidos en esa soledad del sertâo, aunque no es sertâo mi casa en la selva espesa.

Sola yo, ido mi hombre en otro largo tiempo, ya sin espe­ras, calmé aquel triste de mi cuerpo con este hombre nuevo que luego entró en los delirios. Cada día los ojos como vidrios y muchas lunas se encendían en esos, sus oscurantes modos de vivir. Le hablé necesariamente de la calma, de estarse quieto, de olvidar sertâos, de estos otros tiempos andando conmigo por la selva, escuchando a los pájaros, mirando la sombra del yaguareté y las otras muchas remembranzas. Pero el hombre entró a contar historias propias, las de la fiebre.

«Yo soy cocodrilo ahora, yacaré -me dijo- yo también soy yacaré, lagarto cazado por los hombres, soy yo, yo mismo». Y diciendo esto se azotaba sobre paredes y barros aquel hombre lagarto. Y solícita lo llevé al río muchas veces y creo que lagarto yacaré era porque se arrastraba en las arenas. Y miedo fue cavando en mi pecho, miedo por el día y por la noche.

Tarde alguna, tiempos idos, calmado muchas veces en el sosiego de mi cuerpo, queriéndome mucho -según dijo- y evitándome males, volvía a su naturaleza de hombre lagarto y se largó por el río, en la correntada se fue, yacaré vuelto -dijo él­ aunque yo sólo vi forma de hombre sobre el agua. Se iba más lejos, hacia Foz de Iguazú se iba, quien sabe.

¿Y mi hijo será también yacaré?, me preguntaba yo en esta selva-sertâo. Rogué a los dioses de la selva su protección. Y ellos anduvieron en mis alrededores hasta la parición. Rondaban ciertamente dulces. Alejaron los sertones que el hombre dejó en mi cuerpo, pero no pudieron desenredar mi lengua. El hombre me dejó sus modos, su forma de dar vuelta las palabras, de cortarlas.

Y mi hijo no será yacaré lagarto, me dijo la mujer de la Villa Grande, cuando me dio la ropa para el niño, y se rió muy bajito, como de muy querido se rió. Me volví a la selva con mi hijo, nunca más sola, aunque lagarto yacaré fuera su padre.

De El hombre que fue yacaré (Ediciones Papeles de Coghlan, Buenos Aires 1998)

CALLONI LEGUIZAMÓN, Stella: Nació en Pueblo Leguizamón. La Paz. Entre Ríos. Actualmente reside en Buenos Aires. Periodista y escritora. Corresponsal en Sud­américa del periódico “La jornada de México”. Desde hace 25 años tra­baja en publicaciones mexicanas y residió en diversos países de Centroamérica como corresponsal. Colaboró con diversas revistas argentinas, de América Latina, Europa y Estados Unidos. Premio Latinoamericano de periodismo José Martí. Libros Publicados: En Ediciones colectivas de poesía: 16 Poemas Breves y Vocación de Buenos Aires (Ediciones del Alto Sol, Argentina, 1968). Libros de Poesía: Los Subverdes (Ediciones El Mendrugo, Argentina, 1975). Carta a LeRoi Jones (Formato 16, Universidad de Panamá, 1983). Memorias de Trashumante (Ediciones Papeles de Coghlan, Argentina, 1998). Cuentos: El hombre que fue yacaré (Ediciones Papeles de Coghlan, Argentina, 1998). Ensayos: Torrijos y el Canal de Panamá (Argentina 1975). Nicaragua: el Tercer Día (Uruguay y Argentina, Ediciones: La Hora y Noé, 1986). La Guerra Encubierta contra Contadora y de Contadora a Esquipulas (ambos en colaboración con el periodista uruguayo Rafael Cribari, Panamá y Uruguay, 1983-1986). Panamá: Pequeña Hiroshima (Edi­ciones El Día, México, 1992). En 1970 escribió la poesía y las letras del Long Play Las Montoneras (historia de la independencia argentina) con música del uruguayo Manuel Picón. Poesías y cuentos de la auto­ra fueron traducidos y publi­cados en distintos países.

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