31 marzo, 2004

Lidia Lardone(Argentina)

"La señal"

Los insectos giran alrededor del candil. La llanura nocturna
es como un mar inmóvil. La noche se hace dueña del mundo y
hay veces que uno tiene que susurrar, decir algo. La llanura
se traga todo. Entonces uno susurra, como para
comprobar que vive.


Sylvia Iparraguirre

Al pasar la mano, siente la suavidad y al mismo tiempo la resistencia, como si su caricia encontrara un límite. Repite el movimiento, esta vez más lento; disfruta del contacto en sus detalles mínimos. A veces ' observa el cambio de color de la piel, las delicadas gradaciones que aparecen entre una zona y otra, ciertos resplandores que dependen de la luz. Cuando concentra sus sentidos en las yemas de los dedos, percibe la temperatura del cuerpo, los latidos, aquí y allá una vena periférica. Si encuentra el latido, mantiene firme la posición y deja que el golpe sistemático se traspase a su propio cuerpo, se haga uno con los canales por los que fluye su sangre.
Esos momentos no ocurren en la medida de su voluntad, no puede predecirlos, esperarlos, disfrutar de su preparación. No es él quien los dispone, tampoco su deseo, que a veces se le agolpa en las entrafías como animal al acecho. La señal, cuando aparece, lo sorprende. Pero se ha acostumbrado a dominar el sobresalto que le provoca, a reducirlo a un entrecerrar de párpados, igual que si surgiera una luz súbita. La señal es cierta mirada que ella le dirige desde sus pupilas estrechas, un brillo diferente que le está reservado. Él la reconoce y goza con la espera, ella estirándose hasta casi tocarlo, después acostándos lentalnente sobre el piso que él
acaba de lavar y que conserva, en sus bordes rectangulares, la frescura del agua.

de Vidas de mentira. Córdoba, Argentina. Alción Editora, 2003.


26 marzo, 2004

Elsa Bornemann.(Argentina , 1952)

MIL GRULLAS


Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima. Noami se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo:
- ¿Qué estará haciendo ahora?
Ahora. Toshiro pesca en la isla mientras se pregunta:
- ¿Qué estará haciendo Noami?
En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez el cielo. El cielo de Hiroshima. Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad. En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez. Dos viejos trenzan bambúes por última vez. Una docena de chicos canturrea: "Donguiri-Koro Koro-Donguriko…". Por última vez. Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez. Miles de hombres piensan en mañana por última vez. Noami sale para hacer unos mandados. Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente las aguas del río. Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima. Ya ninguno de los sobrevivientes podrá volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido. Nadie será ya quien era. Hiroshima por un hongo atómico. Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945.

12 marzo, 2004

Rosario Castellanos (México,1925 - Israel, 1974)



Vals capricho


La palabra señorita es un título honroso... hasta cierta edad. Más tarde empieza a pronunciarse con titubeos dubitativos o burlones y a ser escuchada con una oculta y doliente humillación.
Peor todavía cuando se tiene el oído sensible como en el caso de Natalia Trujillo. Tan sensible que sus padres la consagraron al aprendizaje de la música, medida nunca lo suficientemente alabada. Porque en su juventud Natalia era la alegría de las reuniones, la culminación de las veladas artísticas, el pasmo de sus coterráneos. Por toda la Zona Fría andaba la fama de su virtuosismo para ejecutar los pasajes más arduos en que los compositores volcaron su inspiración. Y esta proeza era más admirable si se consideraba la pequeñez de unas manos que abarcaban, apenas, una octava del teclado.
Era un privilegio —y una delicia— ver a Natalia acercarse al piano, abrirlo con reverencia, como si fuera la tapa de un ataúd; retirar, con ademán seguro, el fieltro que protegía el marfil; toser delicadamente, asegurarse el mono, probar los pedales, despojarse con primor de las sortijas y adoptar una expresión soñadora y ausente. Tal especie de rito era el preludio con que se lanzaba al ataque de la pieza suprema de su repertorio: el vals "capricho" de Ricardo Castro.
La civilización, que todo lo destruye, minó aquel prestigio que parecía inconmovible. Primero llegaron a Comitán las pianolas que hasta un niño podía hacer funcionar. Después hubo una epidemia de gramófonos que prescindían hasta de los ejecutantes.
La estrella de Natalia se opacó. Su madurez vino a encontrarla inerme y su decadencia la hizo despeñarse hasta las lecciones particulares.
Sus alumnas eran hijas de las buenas familias, empobrecidas por la Revolución y arruinadas definitivamente por el agrarismo. Como no estaban ya en posibilidades de adquirir ningún aparato moderno, se apegaron con fanatismo a unas tradiciones que, bien contadas, se reducían a los rudimentos del solfeo, la letra redonda, uniforme y sin ortografía y el bordado minucioso de iniciales sobre pañuelos de lino.
La señorita Trujillo hacía hincapié en lo módico de las cuotas que cobraba su academia. A pesar de ello los parientes de las discípulas regateaban con intransigencia, pagaban con retraso o se endeudaban sin pena.
Lo exiguo de sus ganancias proporcionaba una doble satisfacción a Natalia: mantenerse en la creencia de que no trabajaba, sino de que se distraía para calmar sus nervios y, por otra parte, ayudar al sostenimiento decoroso de una casa que no compartía más que con otra hermana soltera, Julia, quien si hubiese sido mayor no lo habría admitido nunca y si menor no lo habría proclamado jamás.
Julia se dedicaba a un menester igualmente noble que la música: la costura. Este don innato también fue advertido por la clarividencia de unos padres demasiado solícitos que supieron darle cauce y plenitud.
Julia tuvo su hora de triunfo. Durante años impuso la moda en Comitán y los empleados de Correos violaban la correspondencia para satisfacer una delictuosa curiosidad: ¿de dónde provenían los frecuentes envíos consignados a Julia y qué encerraban los paquetes tan cuidadosamente hechos? La divulgación de sus hallazgos aumentó la clientela de la modista: eran figurines de los almacenes más renombrados de Guatemala, de México y aún de París.
Como es natural, Julia tenía la sindéresis necesaria para adaptar los atrevimientos de las grandes urbes a la decencia provinciana. Y si allá se diseñaba un escote audaz aquí se velaba con un olán gracioso. Las faldas no delataron nunca la redondez de las caderas ni exhibieron las imperfecciones de la rodilla. Y en su ruedo pesaban minúsculos trozos de plomo, ya que en Comitán sopla un aire impertinente cuyas indiscreciones hay que contrarrestar.
El varón de la familia Trujillo, lejos de ser el báculo de la vejez de sus progenitores, el respeto de sus hermanas, el sostén del hogar, era una preocupación, una vergüenza y una carga. Enclenque y sin disposiciones especiales para ningún oficio fue recomendado con el patrón de unas monterías, después de asegurar su vida en una suma ¡ay! consoladora. Todos confiaban en que Dios hiciera su voluntad al través de los rigores del clima y la rudeza del trabajo.
Pero los caminos de la Providencia son imprevisibles. El desenlace lógico no se produjo. Al contrario: Germán, fortalecido por las adversidades y próspero gracias a su tenacidad, acabó convirtiéndose en el héroe de los coloquios íntimos de sus parientes. Se recordaba con ternura la historia de su infancia; el desparpajo con que respondía mal a las preguntas de los sinodales en los exámenes públicos; su ingenio de monaguillo para organizar travesuras a la hora de la misa. Después se evocaba la austeridad de su adolescencia y la adustez premonitoria de su carácter. Hasta que se llegaba a la apoteosis actual en que lo único sobre lo que se guardaba silencio era sobre su estado civil. Los ángeles, sentenciaba su madre, no tienen pasaporte. Lo cual significaba que Germán se había amancebado con alguna mestiza tiñosa, palúdica o quién sabe si algo peor, en su destierro.
A Natalia y a Julia las unió su desamparo mutuo y los infortunios que tuvieron que sobrellevar. Primero la orfandad; luego la pobreza vergonzante. Germán rescató las hipotecas de la casa y les permitía habitarla mientras decidía la hora de su regreso a Comitán. Pero las dos hermanas no dejaron de sentirse dueñas de ese lugar en que estaban los retratos de sus antepasados y las sombras de épocas felices. En el traspatio se veía aún el fondo del aljibe seco en que se refugiaron del vandalismo de los carrancistas; en el balcón de las serenatas se conservaba el hierro torcido por la violencia de un duelo entre rivales; en la sala continuaba, de cuerpo presente, el piano de cola; el ajuar de bejuco, objeto ya más de contemplación que de uso; las rinconeras de ébano, que sabían disimular su deterioro; los tarjeteros de mimbre que ostentaban imágenes borrosas pero inolvidables.
Era verdad que sus ingresos no bastaban nunca para tapar las goteras que cundían en los tejados ni para arrancar las malas hierbas que medraban en el jardín ni para abastecer la despensa. Pero Natalia y Julia permanecían en sus antiguos dominios y no abandonaban el pueblo, mientras que otras familias de mayor abolengo, pretensiones o fortuna que la suya, habían emigrado a tierras donde no serían nadie, donde se desvanecerían como fantasmas.
Las hermanas Trujillo alcanzaron esa edad en que las tentaciones pasan de largo y el destino ha cerrado ya todas su trampas, menos la última. Su existencia transcurría apacible, monótona y privada, entre arpegios inhábiles, retazos varios y costumbres sólidas: las visitas de amistad y cumplido, la asistencia a los acontecimientos luctuosos, la adhesión a congregaciones serias. Por lo demás, la maledicencia no hallaba pábulo para cebarse en aquella discreción ni el ridículo tenía motivos par fustigar tal insignificancia. Si la salud de las señoritas Trujillo adolecía de algún quebranto, ellas no alentaban aspiraciones de longevidad, pues las trocaron por la promesa de una bienaventuranza eterna.
Pero ¿quién puede llamarse dichoso mientras vive? Natalia y Julia vieron entrar la desgracia por la puerta y no la reconocieron. ¡Ostentaba un aspecto de juventud tan floreciente, una sonrisa tan tímida, un rubor tan espontáneo! Se llamaba Reinerie, era su sobrina y Germán se las había encomendado para que la educaran y pulieran en el roce social. Les entregó una criatura de buena índole pero en estado salvaje. Exigía que le devolvieran una dama y para lograr su propósito no iba a escatimar ningún medio.
Natalia y Julia no dispusieron ni de un instante para dedicarlo a la perplejidad. En la primera comida hubo que informar a su huésped (con tacto, eso sí, porque contaría todo a su padre) de cuál era la utilidad de los cubiertos, así como de lo indispensable que resulta, en algunos casos, la servilleta.
Las primeras manifestaciones de la presencia de Reinerie en casa de las Trujillo fueron catastróficas. Era despótica y arbitraria con la servidumbre, ruda con las cosas, estrepitosamente efusiva con sus tías. Rasguñaba las paredes para comerse la cal, removía los arriates para molestar a las lombrices, tomaba jugo de limón sin miedo a que se le cortara la sangre y se bañaba hasta en los días críticos.
El asombro de Natalia y Julia las mantuvo, durante semanas, paralizadas y mudas. ¿Qué clase de bestezuela era ésta que expresaba su satisfacción con ronroneos, su cólera con alaridos y su impaciencia con pataletas?
Una vez disminuido el estupor inicial las dos hermanas se reunieron en conciliábulo.
Para su deliberación se encerraron en el único sitio de la casa al que nadie acudía sino forzado: el oratorio. Allí, irreverentemente acomodadas en los reclinatorios, dieron principio a una plática reticente, a cuyo núcleo no se atrevieron a llegar sino después de largos circunloquios.

—Reinerie... qué nombre tan chistoso. ¿No te parece?
—Yo conocí un Rosemberg; de cariño le decían Chember. También era de tierra caliente.
—Son muy raros por esos rumbos. ¿Y tú crees que Reinerie esté en el santoral?
—Si es apelativo de cristiano, sí.
—Habrá que preguntarle al Coadjutor.
—Y aprovechar para que la bautice.
—¿Y si ya la bautizaron?
—En las monterías no hay iglesia.
—¡Sería un escándalo! ¿Te imaginas a Germán Trujillo dejando que su hija se críe como el zacate?
—Pero a esa criatura le falta un sacramento, tal vez hasta un exorcismo. Si parece que estuviera compatiada con el diablo.
—Malas mañas que le enseñó su madre.
—No hagas juicios temerarios. A esa pobre mujer ni siquiera la conocemos.
—Basta el botoncito de muestra que nos mandaron.
—Es nuestra cruz. ¡Y le debemos tantos favores a Germán!
—Se los vamos a corresponder con creces, no te apures.
—Si Dios nos presta vida. Porque con estos achaques. . . Anoche no pude pegar los ojos.
—Yo tampoco. No me dejaste dormir con tus ronquidos.

Natalia bajó los ojos, avergonzada. Después de la escaramuza que servía de introducción a los grandes temas, Julia fue al grano.

—Te decía que Reinerie...
—No la llames así. Todo el mundo se burla de nosotros. Mejor dile Claudia.
—Prefiero Gladys.
—¡Has estado leyendo novelas otra vez!
—Tengo tiempo de sobra. Esta criatura se exhibe en unas fachas que me está espantando la clientela.
—¿Por qué no le cortas unos vestidos bonitos?
—Los echa a perder en cuanto se los pone. Si por ella fuera andaría desnuda. Tú tampoco has logrado que se acostumbre a los zapatos.
—Le sacan ampollas.
—Es que son finos. Hay que empezar por el principio. Lo que necesita son chanclas de tenis.
—¿Con qué cara me presento yo en la zapatería para comprar eso?
—Dí que es por tus juanetes, chatita.
—Los he soportado mi vida entera sin quejarme, nena. A estas alturas no voy a dar mi brazo a torcer.
—¿Y si dijéramos que es para una criada?
—¿Calzar a una criada? ¿Dónde se ha visto? ¡Nadie volvería a hablarnos!

Las dos hermanas quedaron pensativas. Por la cabeza, fértil en recursos, de Natalia, cruzó al fin una iluminación.

—¡Sandalias de cuero!

Julia torció el gesto.

—No están de moda.

Era su argumento supremo; pero esta vez no resultó eficaz. Tuvo que ceder, aunque impuso una condición: que ninguna de las señoritas Trujillo intervendría directamente en el asunto. Recurrieron al Coadjutor quien, bajo sigilo sacerdotal, encargó un par de las que Reinerie se despojaba con el menor pretexto.
Cuando sus tías le llamaban la atención se fingía sorda, porque ni Gladys ni Claudia eran sus nombres. Las hermanas se quejaban amargamente de semejante tozudez.

—Tarea de romanos, hijas mías —suspiraba el Coadjutor, contemplando con ceño desaprobatorio el raído tapete sobre el piano. Cuando promovieran su ascenso (y los trámites ya no se podían prolongar) renunciaría sin escrúpulos a la amistad de solteronas arruinadas para sustituirla por el trato con los señores pudientes.
—Una prueba que el Señor nos ha mandado —admitía con docilidad Julia.
—Pero yo no pierdo los ánimos —terció Natalia con la sonrisa del que prepara una sorpresa agradable . Hoy ya no escupió en el suelo.
—¿Y dónde escupió? —quiso saber distraídamente el Coadjutor. Estaba considerando si Germán Trujillo llegaría a ser un señor pudiente.
—En un pocillo.

Las mejillas de Natalia estaban arreboladas. Pero quiso llevar su defensa hasta el fin.

—Las salivaderas tienen un aspecto tan... tan... Es fácil confundirlas con cualquier otro traste.

El Coadjutor se revistió de paciencia. Germán prosperaba en las monterías.

—He escuchado rumores de que la muchacha es arisca con los hombres. No se lo repruebo; ninguna precaución es suficiente. Pero ella traspasa los límites, no sólo del pudor, sino de la cortesía. Ofende a quienes se le acercan con ánimo inocente. El otro día, en la calle . . .

¿Qué creía Germán? ¿Que con su dinero, tal vez mal habido, podría rendirnos a todos? A los comitecos lo que les sobra es orgullo.

—¿Qué va a buscar una señorita decente en la calle?

Julia se adelantaba a las condenaciones que temía. El Coadjutor esbozó un gesto ambiguo.

—Y en el barrio de la Pila, exponiéndose a que le faltara al respeto cualquier burrero.
—¡San Caralampio bendito!
—Pues allí, fingiendo negocios, tenemos a la sobrina de ustedes, Reinerie...
—Gladys, señor.
—Claudia, su reverencia.
—María, de acuerdo con las costumbres de nuestra Santa Madre.

Las hermanas Trujillo cambiaron entre sí una mirada de contrariedad. Había que seguirle el humor a este anciano. ¿De qué hablaba ahora?

—Ustedes saben cómo se ponen aquellos rumbos cuando se entablan las aguas. Lodo, estiércol... María no es melindrosa ¿verdad?

No, no era. Tenían que inculcarle los melindres.

—...estaba en el trance de atravesar un charco. Sostenía las sandalias y las medias con una mano y con la otra, se alzaba la falda.

La imagen era inconcebible. Julia y Natalia la rechazaron cerrando fuertemente los ojos.

—Acertó entonces a pasar por allí Manolo Almaraz.
—Su familia es pileña ¿no es cierto, señor?
—Su origen es humilde, pero sus costumbres son intachables. Yo pondría la mano en el fuego por él. Lo conozco. Es mi hijo de confesión.
—Claro, claro —aceptó conciliadora Natalia.
—Por galantería le ofreció el brazo a la sobrina de ustedes al mismo tiempo que, con esa delicadeza tan suya, le dijo: "¿Me permite que la ayude?"
—¿Pretendía que Gladys dejara que la tocase?

Natalia miró compasivamente al sacerdote. No cabía duda de que desvariaba. Una cabeza no muy firme puede extraviarse a pesar de la tonsura. Era una ley rigurosa que en Comitán el hombre y la mujer no tuvieran ningún contacto sino dentro del matrimonio.

—Se trataba de una emergencia —aclaró el Coadjutor, malhumorado—. En el ofrecimiento de Manolo no había rastro ni de malicia ni de abuso. Yo salgo fiador de sus intenciones.
—¿Y Claudia aceptó?
—María, no se sabe cómo, desenfundó una pistola y, apuntando con ella al corazón de Manolo le dijo: "si se atreve a acercarse, aténgase a las consecuencias". No es difícil adivinar cuáles serían.

Se hizo un silencio de consternación. El Coadjutor pensaba en la urbanidad lesionada, Julia en la clientela perdida, Natalia en la virtud incólume.

—Aconséjenos usted, Padre. ¿Qué hacemos?
—Mano de hierro con guante de seda. ¿Comprenden?

Las señoritas Trujillo asintieron de una manera automática. No habían comprendido. De allí en adelante sus insomnios fueron verdaderos.
De sus consultas con la almohada, las tías concluyeron que Reinerie-Gladys-Claudia-María lo que necesitaba era tener trato con muchachas de su edad. No iba a ser difícil. Bastaba con que Natalia se ausentara oportunamente durante las lecciones de piano.
Las alumnas, ignorantes de lo que se fraguaba, inventaban las excusas más improbables para abandonar el salón de clase y husmear por la casa en busca de esa especie de guacamaya lacandona que se desvivían por conocer.
El conocimiento no satisfizo su curiosidad, sino la excitó más aún. Las conversaciones entre las jóvenes comitecas y la recién venida de la montería eran tan difíciles y sin sentido como las de los manuales de idiomas extranjeros. Las comitecas usaban una especie de clave, accesible únicamente al grupo de las iniciadas. Reinerie —que por orgullo fingía enterarse— daba unas contestaciones ambiguas que las otras interpretaban como un lenguaje superior.
Porque Reinerie poseía unos secretos que colocaban a las comitecas en un nivel de subordinación. Estos secretos se referían a la vida sexual de los animales y también ¿por qué no? de las personas. Reinerie describía con vivacidad y abundancia de detalles, el cortejo de los pájaros, el apareamiento de los cuadrúpedos, el cruzamiento de las razas, el parto de las bestias de labor, las violaciones de las núbiles, la iniciación de los adolescentes y las tentativas de seducción de los viejos.
Las comitecas volvían a su casa turbadas, despreciando a sus padres, ansiosas de casarse, sucias por dentro. Algo dejaron traslucir porque sus mayores les prohibieron que continuaran frecuentando a esa "india revestida". La señorita Natalia extendió—sin una arruga—el fieltro verde sobre las teclas de marfil y echó llave al piano.
La fama de la corrupción de Reinerie llegó hasta las tertulias de los hombres para provocarles un movimiento de repugnancia. En sus relaciones con las mujeres contaban, como con un ingrediente indispensable, con su ignorancia de la vida. De ellos dependía prolongarla o destruirla. En el primer caso tenían segura la sumisión. En el segundo, la gratitud.
En un plano de igualdad no sabían cómo desenvolverse. Con la hija de Germán Trujillo tampoco era posible alardear de destreza en los oficios masculinos. Si la ocasión se presentaba Reinerie era capaz de cinchar una mula, de atravesar a nado un río y de lazar un becerro.
Y para colmo la muchacha era tímida. Cuando un varón (algún recadero ¿quién más iba a atreverse o a dignarse?) le dirigía la palabra, su rostro tomaba el color morado de la asfixia, comenzaba a balbucir incoherencias y se echaba a correr y a llorar.
¿Quién iba a conmoverse con estos bruscos pudores? La esquivez de Reinerie fue calificada como grosería y desprecio. En represalia le concedían el saludo más distante y la amabilidad menos convincente.
Reinerie tardó en darse cuenta de que a su alrededor se había hecho el vacío. Vagaba distraídamente por los corredores; se quedaba parada, de pronto, en el centro de las habitaciones; se golpeaba la frente contra los árboles del traspatio. Y no comprendía. Hasta que una vez cayó presa de una dolorosa convulsión.
Julia acudió santiguándose y temiendo la deshonra; Natalia llorando y compartiendo el sufrimiento.
Reinerie volvió en sí. En vano la asediaron sus tías con infusiones de azahar y unturas de linimentos. ¿Qué nombre dar a aquella pena?
Las hermanas Trujillo recurrieron entonces a medidas extraordinarias; Julia encargó el último figurín a Estados Unidos, sede actual de la moda. Natalia escribió a Germán rogándole que legalizara su situación con la madre de su hija; después de todo, argumentaba, no puede exigirse a la sociedad que acepte a una bastarda.
El correo fue puntual. Los modelos neoyorkinos resultaron tan simples que la modista se sintió defraudada. Natalia tuvo ante sí un certificado de matrimonio bastante verosímil.
Reinerie (que había escogido llamarse Alicia) se aplicaba simultáneamente a su perfeccionamiento. Hacendosa, ensayó las recetas culinarias más exquisitas; deshiló manteles, marcó sábanas. Distinguida, pirograbó maderas y pintó acuarelas. Desenvuelta, aplicaba con oportunidad las fórmulas de la conversación. Tal suma de habilidades no le valió para granjearse ni una amiga ni un pretendiente.

—¿Y la dote? —vociferaba Germán desde la montería—. Digan que Reinerie va a heredar los aserraderos, las tropas de enganchados, las concesiones del Gobierno.

¿Pero a quién iban a decirlo las hermanas Trujillo si cada vez tenían menos interlocutores?
Saladura, sentenciaban las criadas desde sus dominios. Deberían de llevar a la niña para que le hicieran una limpia los brujos.
Desde su nivel eclesiástico el Coadjutor estaba de acuerdo. Urgentemente apremió a Natalia y a Julia para que su sobrina se aproximara a la Sagrada Mesa.
La primera comunión de Reinerie fue una ceremonia lucida a la que Germán no pudo asistir, pero cuyos dispendios alentó sin reparo.
La protagonista semejaba una quinceañera en la celebración, tardía, de su aniversario; o una desposada ya no tan precoz.
Reinerie no atendió al emocionado fervorín que improvisaba el oficiante. Cubierta de una profusión de brocados, listones, encajes, tules, divagaba siguiendo las figuras trémulas de los cirios ardiendo y el humo de los incensarios. Contaba la variedad de las flores; examinaba el color de la alfombra; quería descifrar los murmullos de la concurrencia.
¿Qué significado tenían las frases que el oficiante le dirigía: "Carne y sangre de Cristo"; "oveja descarriada, por cuyo rescate el Pastor abandona su rebaño"; "hija pródiga"? Reinerie se abría, no a las verdades del cristianismo, sino a la revelación de su propia opulencia y su gran importancia. Joven, hermosa, rica. ¿Qué más podía pedir? Sólo que su madre muriera.
El cumplimiento del rito la hizo creer que había ingresado en la sociedad de Comitán. Comenzó a prepararse para desempeñar airosamente su papel.
Se peinaba y se despeinaba ante el espejo; trazaba y borraba el arco de sus cejas, la curva de sus labios. Hasta que se compuso una figura que los demás tendrían que admirar.
En el taller de Julia se desparramaban cortes de charmeuse, destinados a los trajes de baile; flat para los vestidos de paseo; piqué para las batas de entrecasa. Y crespón para las ocasiones solemnes.
Pero ni estas ocasiones ni otras se presentaban. En los armarios ya no cabía más ropa, ni en los burós zapatos ni en el tocador afeites.
Compuesta, Reinerie salía a exhibirse al balcón. Tras las vidrieras de una ventana próxima, sus tías acechaban el paso de los transeúntes, el testimonio de su admiración. Pero los que pasaban, muy pocos, se descubrían precipitadamente si eran hombres; miraban sin ver, si eran mujeres.
En las tertulias Reinerie y sus costumbres, o sus actos más nimios, eran tema de burla. Alguno la apodó "La tarjeta postal" y ya nadie volvió a aludirla de otro modo.
Cuando alguien (que no estaba en antecedentes, por supuesto, o que estándolo quería alardear de caritativo o de independiente en sus opiniones) pretendía reivindicar una de las cualidades de Reinerie, se le tildaba de hipócrita, de inoportuno, de aguafiestas o de cazador de dotes. Y se aprovechaba la contradicción para encontrar nuevos motivos de mofa.
Si se examinaba su belleza era para hacer resaltar su falta de apego a los cánones. Ni pelo ondulado, ni ojos grandes, ni piel blanca ni boca diminuta, ni nariz recta. La suma de leves defectos y asimetrías no resultaba atractiva para los hombres ni envidiable para las mujeres.
La esbeltez carecía de importancia, puesto que ellas la sacrificaban a la gula. Se reían de la agilidad desde la molicie y si se ponderaba la salud se les acentuaba la interesante palidez.
La palomilla más renombrada se trazó una conducta estratégica: cedía a Reinerie el centro de la acera, el lugar de preferencia en el templo, en el cine, en los paseos. Pero nadie la acompañaba ni a misa mayor los domingos, ni a la función vespertina los sábados, ni a la serenata los jueves, ni a las carreras de caballos de Yaxchibol en octubre, ni a las temporadas de baños de Uninajab en abril, ni a las ferias de enero ni a los bailes todo el año.
Reinerie se declaró vencida ante el boicot. Incapaz de resistir la humillación del aislamiento, dejó de asistir a los sitios públicos. Aún en su casa fue abando nando los hábitos que tanto esfuerzo le había costado adquirir y volvió a su estado primitivo. Vagaba despeinada, sin zapatos, envuelta en una bata de yerbiya. Comía de pie, en cualquier parte, tomando los alimentos con los dedos y arrojando los desperdicios a su alrededor. Para huir de las reconvenciones de sus tías acabó por encerrarse en su cuarto.
Allí no era posible entrar. La atmósfera era irrespirable. Una gallina negra cumplía una misteriosa función en su nido, hecho debajo de la cama. Por todas partes se apilaba la ropa sucia y las colillas de unos cigarros de arriero que la muchacha fumaba sin cesar.
Cuando las criadas aprovechaban la momentánea ausencia de Reinerie para barrer la basura o retirar la ropa, tenían que sufrir una reprimenda. ¿Por qué se lo desordenaban todo? Ella quería vivir así y tenía el dinero suficiente para pagarse sus gustos.
Natalia quiso atraer a su sobrina hacia la lectura y le prestó los libros que habían consolado su soledad, distraído sus ocios, edificado sus penas.
Reinerie deletreaba sin fluidez. Y la recompensa de sus afanes era una insípida historia de misioneros heroicos en tierras bárbaras, de monjas suspirantes por el cielo y de casadas a la deriva en el mar proceloso que es el mundo.
Reinerie arrojaba el volumen lejos de sí, furiosa. ¿Por qué nadie hablaba nunca de amores compartidos, de matrimonios felices? Era necesario que existieran. Lo que leía no se diferenciaba de lo que vivía y por lo tanto le era imposible creer en ello. Más amargada aún que antes, volvió a caer en la inercia y el descuido.
Germán, al tanto de los acontecimientos, ordenó que se renovara el mobiliario de la casa. En el dormitorio de su hija se materializaron los delirios del hombre confinado en la selva y de las mujeres aisladas en la soltería. Allí se ostentaban un lujo y una voluptuosidad reducidos al absurdo por imaginaciones rudimentarias y mal nutridas: divanes de terciopelo, figuras mitológicas de alabastro, mesitas con incrustaciones de maderas preciosas sobre las que se abrían álbumes con leyendas alusivas a la fuerza de las pasiones, a la eternidad de los sentimientos y a la inexorabilidad del destino.
Reinerie se entretenía comiendo golosinas y jugando solitarios. Una tarde, en la que el hastío era más enervante que de costumbre, recordó los conjuros que recitaba su madre para la adivinación del porvenir. La penumbra se llenó de visiones casi tangibles. Espantada, Reinerie se cubrió la cara con las manos y gritó antes de perder el conocimiento.
Al volver en sí (sostenida por almohadones, sitiada por el olor acre de las sales) percibió unos murmullos rápidos, de angustia, de discusión.

—Hay que llamar al médico.
—¿Y si le encuentra algo raro?
—Es preferible que nos lo diga ahora.
—Sería un escándalo. ¿Quién va a querer cargar con ella... así?
—¿Entonces?
—Hay que esperar. Si se agrava la llevaremos a México.

Natalia y Julia redoblaron sus mimos para la convaleciente. ¿No es verdad que la música sosiega los ánimos? ¿No es cierto que el cambio de apariencia renueva las ilusiones? La modista cosía y la pianista tocaba. Gladys, Claudia, las contemplaba a las dos con una chispa de desconfianza en los ojos marchitos.
Un día invadieron su habitación en medio de grandes aspavientos. Del interior de una caja redonda extrajeron la sorpresa: un sombrero de mujer.
Era de paja sin teñir y lo rodeaba una nube informe y desvaída. Sí, el velo que protege la faz de la ingenua, el que cubre el rostro de la adúltera y atenúa los estragos del tiempo sobre la cara de la que envejece.
Para usar aquella prenda se necesitaba audacia, inconsciencia o una suprema seguridad en la propia elegancia. Entre sobrina y tías juntaron los tres requisitos y el sombrero se estrenó. Era un desafío. Y Comitán respondió a él con una indiferencia y un silencio absolutos. Se había decidido que el sombrero no existía.
Con desconcierto las Trujillo se batieron en retirada. Encerrarse equivalía a admitir la derrota. Inventaron un paseo nuevo: el campo de aviación.
Cuando el viento era favorable, las tías y la sobrina tenían la suerte de ver llegar y partir un aparato minúsculo que transportaba el correo.
Durante horas enteras permanecían las tres figuras en aquel páramo ventoso. Mudas, porque todo sonido era inaudible en la extensión batida sin cesar por corrientes contrarias; de pie, porque no había ni una piedra ni un tronco donde sentarse; la más joven coronada por un sombrero.
Imprevisible como los milagros, aparecía el avión rasgando el horizonte. ¡Se veía tan frágil, tan a merced de los elementos! Y sin embargo planeaba con gracia y tocaba la tierra con precisión y suavidad.
De la cabina salía el piloto dispuesto a aceptar la admiración de la concurrencia, orgulloso de sus hazañas y sin embargo humilde, como aquellos que deben más a la pericia y a la suerte que al aprendizaje. Con gallarda desenvoltura se aproximaba al grupo únicamente para ver de cerca tres estatuas de sal, con la espalda vuelta a la ciudad que las había expulsado y los ojos ciegos para lo que tenían delante. Les humillaba la soledad y no querían romperla gracias a un advenedizo cuyo linaje ignoraban y cuyo oficio—por el mero hecho de significar dependencia y escasez de dinero e imposibilidad de ocio—despreciaban.
A las tímidas, o audaces, tentativas de acercamiento, Reinerie y sus tías respondieron con desdén. Y lo que pudo ser amistad, principio de entendimiento, simpatía, coqueteo y aún amor, se pudrió. Aquellas tres figuras extravagantes se convirtieron pronto en tema de comentarios despiadados y de burlas certeras.
Reinerie y sus tías no dejaron de percibir que la atmósfera que las rodeaba era hostil. De un modo tácito dejaron de asistir a su único paseo hasta volver a encerrarse completamente en su casa.
Enterado de las noticias Germán llegó al pueblo. Quiso reanudar antiguos vínculos y halló una resistencia irónica. Nadie quiso saber el monto de su capital ni los medios de que se había valido para obtenerlo. Es más, nadie parecía haberse dado cuenta de que se hubiera ausentado durante tantos años. Con lo cual, su regreso carecía en lo absoluto de importancia.
Exacerbado, Germán hizo ostentación de su riqueza y de su esplendidez y alquiló el Casino Fronterizo para festejar un hipotético cumpleaños de su hija.
Los preparativos fueron estrepitosos y las invitaciones muchas. Se adornaron las salas con guirnaldas de orquídeas y los pisos con juncia; se alinearon las marimbas; se dispusieron las mesas bien abastecidas. Bajo el candil de cien luces Germán Trujillo, asfixiado por el traje de etiqueta, daba el brazo a su heredera y ofrecía el flanco libre a sus hermanas.
La sonrisa de bienvenida de los anfitriones fue congelándose paulatinamente en sus labios. Transcurrían las horas; bostezaban los marimbistas; sonreían con disimulo los meseros. A las dos de la mañana tuvo que aceptarse la evidencia: ninguno había honrado la recepción asistiendo a ella.
Furioso, Germán sacudía a Reinerie por los hombros como si quisiera arrancarle un gemido, una protesta, una maldición. La muchacha permanecía impávida como los manequíes del taller de su tía Julia.

—Dime qué quieres y te lo doy ahora mismo. ¡Puedo aplastarlos a todos, hacer que se arrastren ante ti! Soy rico, más rico que todos ellos juntos. Si les compro las fincas, las fábricas, no habrá quien no sea mi deudor.
Los términos mercantiles no conmovían a Reinerie.

—Gladys ¿no quisieras ir a México? ¡Podrías comprar colecciones enteras de ropa!
—Escuchar conciertos, música. Música de verdad, como en el cielo. ¡Vámonos, Claudia, vámonos!

Alicia contempló a los tres con reproche, como para volverlos a la razón. ¿Por qué exhibir así su fracaso ante la servidumbre que se regocijaba con él? De pronto se le había despertado un fulminante sentido de su jerarquía. Cubriéndose delicadamente la boca con la mano, como para ocultar un bostezo, hizo notar a los otros (con una compostura incongruente) que era hora de dormir.
Durmió sin sobresaltos y despertó tranquila. Germán aplazaba su vuelta a las monterías en espera de un estallido que no llegó a producirse. Al contrario. El carácter de su hija se había dulcificado hasta la morbosidad. Hizo donativos de las pertenencias que tenía en mayor estima al Hospital Civil y al Niñado. Se enfundó en una especie de hábito oscuro y rogó al Coadjutor que le sirviese de guía espiritual. Germán Trujillo se fue con el corazón deshecho.
El Coadjutor escuchó aquel llamamiento a su deber con una alarma inútil. No le era lícito rechazarlo pero admitirlo le acarrearía consecuencias que era incapaz de calcular, pero que, desde luego, podía prever como desagradables.
Devota, Reinerie ingresó en las congregaciones piadosas; era celadora del Santísimo, Dama de la Virgen, Tercera de la Orden Franciscana, pilar, en fin, de la Iglesia.
Pero no por ello ganó afectos. Como actos de caridad sus compañeras la saludaban con una inclinación de cabeza, un guiño casi imperceptible, una sonrisa breve. Los grupos que murmuraban alrededor de un altar, del bautisterio, de la pila de agua bendita, se disolvían al acercarse la nueva socia. Hubo algunas deserciones, se presentaron renuncias y cuando Reinerie exigió al Coadjutor una demostración pública de apoyo, éste no tuvo la osadía de hacerla.
Junto con su sobrina, Julia y Natalia dejaron de frecuentar el templo y la abrumaban de cuidados, de mimos, para compensarla, para protegerla. Gladys, Claudia, se sentía aplastada por aquel cariño como por la losa de una tumba. María experimentaba las torturas del Purgatorio; y en cuanto a Alicia se había borrado como si nunca hubiera nacido.
Una madrugada encontraron su cuerpo desnudo, aterido, amoratado, sobre la hierba del traspatio. Sin una exclamación afligida o interrogante, las tías le procuraron abrigo y remedio hasta que la muchacha volvió en sí.
Desde entonces la vigilaron con mayor asiduidad y se dieron cuenta de que reía silenciosamente y sin motivo, hablaba sola en el idioma de su madre y caminaba tambaleándose como si estuviera ebria.
Las señoritas Trujillo avisaron con urgencia a Germán. Pero el aviso no llegó a tiempo. Julia casi se desmayó de horror cuando encontró, esparcidos por los corredores, los restos de la gallina negra descuartizada. Y Natalia había visto algo más: cómo se alejaba, a la luz clandestina del amanecer, la silueta de una mendiga. Destrabó la aldaba de la puerta de calle, salió, cerró tras de sí.
Al través de los visillos de su vidriera Natalia la vio irse y no hizo ningún ademán para detenerla. Y aunque tenía los ojos nublados por el llanto pudo advertir que Reinerie iba descalza.


Rosario Castellanos (Ciudad de México, México; 25 de mayo de 1925 - Tel Aviv, Israel; 7 de agosto de 1974) fue una destacada poetisa, novelista y promotora cultural mexicana.
Rosario Castellanos nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, pero pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Chiapas, concretamente en Comitán, al extremo sur del territorio mexicano, lugar que influyó poderosamente en la atmósfera y estilo de sus obras. Hija de una importante familia de terratenientes, fue muy pronto consciente de las injusticias que impedían en progreso de los indios: una compresión que, junto a su carácter introvertido y unas ambiciones intelectuales “impropias” de una mujer de su época y momento histórico, le impidieron siempre sentirse integrada en la sociedad caciquil.
Estudió la Maestría en Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se relacionó con Ernesto Cardenal, Dolores Castro, Jaime Sabines y Augusto Monterroso. Estudió también en la Universidad de Madrid con una beca del Instituto de Cultura Hispánica. Fue profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como en la Universidad de Wisconsin, en la Universidad Estatal de Colorado y en la Universidad de Indiana. Escribió durante años en el diario Excélsior, fue promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional Indigenista, así como secretaria del PEN Club. En 1954 fue becada por la Fundación Rockefeller en el Centro Mexicano de Escritores.
Dedicó una extensisíma parte de su obra y de sus energías a la defensa de los derechos de las mujeres, labor por la que es recordada como uno de los símbolos del feminismo latinoamericano. A nivel personal, sin embargo, su vida estuvo marcada por un matrimonio desastroso y continuas depresiones que la llevaron en más de una ocasión a ser ingresada. Castellanos murió a la temprana edad de 49 años a causa de un desafortunado accidente doméstico (murio debido a una descarga electrica con una lampara).


02 enero, 2004

Luisa Valenzuela (Argentina,1938)


"Aquí pasan cosas raras"(fragmento)

En el café de la esquina -todo café que se precie está en esquina, todo sitio de encuentro es un cruce entre dos vías (dos vidas)- -Mario y Pedro piden sendos cortados y les ponen mucha azúcar porque el azúcar es gratis y alimenta. Mario y Pedro están sin un mango desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolios abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Propio ahí, muchachos, en el café de la esquina, uno de tantos.
Está solito el portafolios sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo.
Entran y salen los chochamus del barrio, comentan cosas que Mario y Pedro no escuchan: Cada vez hay más y tienen tonadita, vienen de tierra adentro... me pregunto qué hacen, para qué han venido. Mario y Pedro se preguntan en cambio si alguien va a sentarse a la mesa del fondo, va a descorrer esa silla y encontrar ese portafolios que ya casi aman, casi acarician y huelen y lamen y besan. Uno por fin llega y se sienta, solitario (y pensar que el portafolios estará repleto de billetes y el otro lo va a ligar al módico precio de un batido de Gancia que es lo que finalmente pide después de dudar un rato). Le traen el batido con buena tanda da ingredientes. ¿Al llevarse a la boca qué aceituna, qué pedacito de queso va a notar el portafolios esperándolo sobre la silla al lado de la suya? Pedro y Mario no quieren ni pensarlo y no piensan en otra cosa... Al fin y al cabo el tipo tiene tanto o tan poco derecho al portafolios como ellos, al fin y al cabo es sólo cuestión de azar, una mesa mejor elegida y listo. El tipo sorbe su bebida con desgano, traga uno que otro ingrediente; ellos ni pueden pedir otro café porque están en la mala como puede ocurrirle a usted o a mí, más quizá a mí que a usted, pero eso no viene a cuento ahora que Pedro y Mario viven supeditados a un tipo que se saca pedacitos de salame de entre los dientes con la uña mientras termina de tomar su trago y no ve nada, no oye los comentarios de la muchachada: Se los ve en las esquinas. Hasta Elba el otro día me lo comentaba, fijáte, ella que es tan chicata; ni qué ciencia ficción, aterrizados de otro planeta aunque pare-cen tipos del interior pero tan peinaditos, atildaditos te digo y yo a uno le pedí la hora pero minga, claro, no tienen reloj, para qué van a querer reloj, me podés decir, si viven en un tiempo que no es el de nosotros. No. Yo también los vi, salen de debajo de los adoquines en esas calles donde todavía quedan y vaya uno a saber qué buscan aunque sabemos que dejan agujeros en las calles, esos baches enormes por donde salieron y que no se pueden cerrar más.
Ni el tipo del batido de Gancia los escucha ni los escu-chan Mario y Pedro, pendientes de un portafolios olvidado sobre una silla que seguro contiene algo de valor, porque si no no hubiera sido olvidado así para ellos, tan sólo para ellos, si el tipo del batido no. El tipo del batido de Gancia, copa terminada, dientes escarbados, platitos casi sin tocar, se levanta de la mesa, paga de pie, mozo retira todo mete propina en bolsa pasa el trapo húmedo sobre mesa y se aleja y listo, ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.
Portafolios bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver el saco de hombre abandonado sobre un coche, contra la vereda. Contra la vereda el coche, y por ende el saco abandonado sobre el techo del mismo. Un saco espléndi-do de estupenda calidad. También Pedro lo ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría un saco nuevo y además con los bolsillos llenos de guita. Mario no se anima a agarrarlo. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece, casi estalla al ver acercarse a dos canas que vienen hacia ellos con intenciones de.
-Encontramos este coche sobre un saco. Este saco sobre un coche. No sabemos qué hacer con él. El saco, digo.
-Entonces déjelo donde lo encontró. No nos moleste con menudencias, estamos para cosas más importantes.
Cosas más trascendentes. Persecución del hombre por el hombre si me está permitido el eufemismo. Gracias a lo cual el célebre saco queda en las manos azoradas de Pedro que lo ha tomado con tanto cariño. Cuánta falta le hacía un saco como éste, sport y seguro bien forradito, ya dijimos, forrado de guita no de seda qué importa la seda. Con el botín bien sujeto enfilan a pie hacia su casa. No se deciden a sacar uno de esos billetes crocantitos que Mario creyó vislumbrar al abrir apenas el portafolios, plata para tomar un taxi o un mísero colectivo.
Por las calles prestan atención por si las cosas raras que están pasando, ésas que oyeron de refilón en el café, tienen algo que ver con los hallazgos. Los extraños personajes o no aparecen por esas zonas o han sido reemplazados: dos vigilantes por esquina son muchos vigilantes porque hay muchas esquinas.
Esta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecie-ron un portafolios (fea palabra) y un saco sport. (Un saco no tan nuevo como parecía, más bien algo raído y con los bordes gastados pero digno. Eso es: un saco digno.) Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepi-dantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolios lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo. Podría deshacerse de él en cualquier rincón oscuro y no, ¿cómo largar la fortuna que ha llegado sin pedir a manos de uno, aunque la fortuna tenga carga de dinamita? Toma el portafolios con más naturalidad, con más cariño, no como si estuviera a punto de estallar. En ese mismo momento Pedro decide ponerse el saco que le queda un poco grande pero no ridículo ni nada de eso. Holgado, sí, pero no ridículo; cómodo, abrigado, cariñoso, gas-tadito en los bordes, sobado. Pedro mete las manos en los bolsillos del saco (sus bolsillos) y encuentra unos cuantos bole-tos de colectivo, un pañuelo usado, unos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe de estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Chifla entre dientes con cara de tipo que toda su vida ha estado cargando un ridículo portafolios negro como ése. La situación no tiene aire tan brillante como en un principio.
Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolios y el saco con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: No entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememo-ra con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolios se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la tentación de abandonar-lo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el conteni-do? Cobardía pura.
Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son un saco y un portafolios convertidos en personajes. Avanzan y por fin el saco decide: Entremos en un bar a tomar algo, me muero de sed.
-¿Con todo esto? ¿Sin siquiera saber de qué se trata?
-Y, sí. Tengo unos pesos en el bolsillo.
Saca la mano azorada con dos billetes. Mil y mil de los viejos, no se anima a volver a hurgar, pero cree -huele- que hay más. Buena falta les hacen unos sandwiches, pueden pedir-los en ese café que parece tranquilo.
Un tipo dice y la otra se llama los sábados no hay pan; cualquier cosa, me pregunto cuál es el lavado de cerebro. . . En épocas turbulentas no hay como parar la oreja aunque lo malo de los cafés es el ruido de voces que tapa las voces. Lo bueno de los cafés son los tostados mixtos.
Escuchá bien, vos que sos inteligente.
Ellos se dejan distraer por un ratito, también se preguntan cuál será e1 lavado de cerebro, y si el que fue llamado inteligente se lo cree. Creer por creer, los hay dispuestos hasta a creerse lo de los sábados sin pan, como si alguien pudiera ignorar que los sábados se necesita pan para fabricar las hostias del domingo y el domingo se necesita vino para poder atravesar el páramo feroz de los días hábiles.
Cuando se anda por el mundo -los cafés- con las antenas aguzadas se pescan todo tipo de confesiones y se hacen los razonamientos más abstrusos (absurdos), absolutamente nece-sarios por necesidad de alerta y por culpa de esos dos elementos tan ajenos a ellos que los poseen a ellos, los envuelven sobre todo ahora que esos muchachos entran jadeantes al café y se sientan a una mesa con cara de aquí no ha pasado nada y sacan carpetas, abren libros pero ya es tarde: traen a la policía pegada a sus talones y, como se sabe, los libros no engañan a los sagaces guardianes de la ley, más bien los estimulan. Han llegado tras los estudiantes para poner orden y lo ponen, a empujones: docu-mentos, vamos, vamos, derechito al celular que espera afuera con la boca abierta. Pedro y Mario no saben cómo salir de allí, cómo abrirse paso entre la masa humana que va abandonando el café a su tranquilidad inicial, convaleciente ahora. Al salir, uno de los muchachos deja caer un paquetito a los pies de Mario que, en un gesto irreflexivo, atrae el paquete con el pie y lo oculta tras el célebre portafolios apoyado contra la silla. De golpe se asusta: cree haber entrado en la locura apropiatoria de todo lo que cae a su alcance. Después se asusta más aún: sabe que lo ha hecho para proteger al pibe pero, ¿y si a la cana se le diera por registrarlo a él? Le encontrarían un portafolios que vaya uno a saber qué tiene adentro, un paquete inexplicable (de golpe le da risa, alucina que el paquete es una bomba y ve su pierna volando por los aires simpáticamente acompañada por el portafolios, ya despanzurrado y escupiendo billetes de los gordos, falsos). Todo esto en el brevísimo instante de disimular el paquetito y después nada. Más vale dejar la mente en blanco, guarda con los canas telépatas y esas cosas. ¿Y qué se estaba diciendo hace mil años cuando reinaba la calma?: un lavado de cerebro; necesario sería un autolavado de cerebro para no delatar lo que hay dentro de esa cabecita loca -la procesión va por dentro, muchachos-. Los muchachos se alejan, llevados un poquito a las patadas por los azules, el paquete queda allí a los pies de estos dos señores dignos, señores de saco y portafolios (uno de cada para cada). Dignos señores ahora muy solos en el calmo café, señores a los que ni un tostado mixto podrá ya consolar.
Se ponen de pie. Mario sabe que si deja el paquetito el mozo lo va a llamar y todo puede ser descubierto. Se lo lleva, sumándolo así al botín del día pero por poco rato; lo abandona en una calle solitaria dentro de un tacho de basura como quien no quiere la cosa y temblando. Pedro a su lado no entiende nada pero por suerte no logra reunir las fuerzas para preguntar.
En épocas de claridad pueden hacerse todo tipo de preguntas, pero en momentos como éste el solo hecho de seguir vivo ya condensa todo lo preguntable y lo desvirtúa. Sólo se puede caminar, con uno que otro alto en el camino, eso sí, para ver por ejemplo por qué llora este hombre. Y el hombre llora de manera tan mansa, tan incontrolable, que es casi sacrílego no detenerse a su lado y hasta preocuparse. Es la hora de cierre de las tiendas y las vendedoras que enfilan a sus casas quieren saber de qué se trata: el instinto maternal siempre está al acecho en ellas, y el hombre llora sin consuelo. Por fin logra articular. Ya no puedo más, y el corrillo de gente que se ha formado a su alrededor pone cara de entender pero no entiende. Cuando sacude el diario y grita no puedo más, algunos creen que ha leído las noticias y el peso del mundo le resulta excesivo. Ya están por irse y dejarlo abandonado a su flojera. Por fin entre hipos logra explicar que busca trabajo desde hace meses y ya no le queda un peso para el colectivo ni un gramo de fuerza para seguir buscando.
-Trabajo le dice Pedro a Mario-. Vamos, no tenemos nada que hacer acá.
-Al menos, no tenemos nada que ofrecerle. Ojalá tuvié-ramos.
Trabajo, trabajo, corean los otros y se conmueven porque ésa sí es palabra inteligible y no las lágrimas. Las lágrimas del hombre siguen horadando el asfalto y vaya uno a saber qué encuentran pero nadie se lo pregunta aunque quizá él sí, quizá él se esté diciendo mis lágrimas están perforando la tierra y el llanto puede descubrir petróleo. Si me muero acá mismo quizá pueda colarme por los agujeritos que hacen las lágrimas en el asfalto y al cabo de mil años convertirme en petróleo para que otro como yo, en estas mismas circunstancias... Una idea bonita pero el corrillo no lo deja sumirse en sus pensamientos que de alguna manera -intuye- son pensamientos de muerte (el corrillo se espanta: pensar en muerte así en plena calle, qué atentado contra la paz del ciudadano medio a quien sólo le llega la muerte por los diarios). Falta de trabajo sí, todos entienden la falta de trabajo y están dispuestos a ayudarlo. Es mejor que la muerte. Y las buenas vendedoras de las casas de artefactos electrodomésticos abren sus carteras y sacan algunos billetes por demás estrujados, de inmediato se organiza la colecta, las más decididas toman el dinero de los otros y los instan a aflojar más. Mario está tentado de abrir el portafolios: ¿qué tesoros habrá ahí dentro para com-partir con ese tipo? Pedro piensa que debería haber recuperado el paquete que Mario abandonó en un tacho de basura. Quizá eran herramientas de trabajo, pintura en aerosol, o el perfecto equipito para armar una bomba, cualquier cosa para darle a este tipo y que la inactividad no lo liquide.
Las chicas están ahora pujando para que el tipo acepte el dinero juntado. El tipo chilla y chilla que no quiere limosnas. Alguna le explica que sólo se trata de una contribución espontá-nea para sacar del paso a su familia mientras él sigue buscando trabajo con más ánimo y el estómago lleno. El cocodrilo llora ahora de la emoción. Las vendedoras se sienten buenas, redimi-das, y Pedro y Mario deciden que éste es un tipo de suerte.
Quizá junto a este tipo Mario se decida a abrir el portafolios y Pedro pueda revisar a fondo el secreto contenido de los bolsillos del saco.
Entonces, cuando el tipo queda solo, lo toman del brazo y lo invitan a comer con ellos. El tipo al principio se resiste, tiene miedo de estos dos: pueden querer sacarle la guita que acaba de recibir. Ya no sabe si es cierto o si es mentira que no encuentra trabajo o si ése es su trabajo, simular la desesperación para que la gente de los barrios se conmueva. Reflexiona rápidamente: Si es cierto que soy un desesperado y todos fueron tan buenos conmigo no hay motivo para que estos dos no lo sean. Si he simulado la desesperación quiere decir que mal actor no soy y voy a poder sacarles algo a estos dos también. Decide que tienen una mirada extraña pero parecen honestos, y juntos se van a un boliche para darse el lujo de unos buenos chorizos y bastante vino.
Tres, piensa alguno de ellos, es un número de suerte. Vamos a ver si de acá sale algo bueno.

¿Por qué se les ha hecho tan tarde contándose sus vidas que quizá sean ciertas? Los tres se descubren una idéntica necesidad de poner orden y relatan minuciosamente desde que eran chicos hasta estos días aciagos en que tantas cosas raras están pasando. El boliche queda cerca del Once y ellos por momentos sueñan con irse o con descarrilar un tren o algo con tal de aflojar la tensión que los infla por dentro. Ya es la hora de las imaginacio-nes y ninguno de los tres quiere pedir la cuenta. Ni Pedro ni Mario han hablado de sus sorpresivos hallazgos. Y el tipo ni sueña con pagarles la comida a estos dos vagos que para colmo lo han invitado.
La tensión se vuelve insoportable y hay que decidirse. Han pasado horas. Alrededor de ellos los mozos van apilando las sillas sobre las mesas, como un andamiaje que poco a poco se va cerrando, amenaza con engullirlos, porque los mozos en un insen-sible ardor de construcción siguen apilando sillas sobre sillas, mesas sobre mesas y sillas y más sillas. Van a quedar aprisionados en una red de patas de madera, tumba de sillas y una que otra mesa. Buen final para estos tres cobardes que no se animaron a pedir la cuenta. Aquí yacen: pagaron con sus vidas siete sándwi-ches de chorizo y dos jarras de vino de la casa. Fue un precio equitativo.
Pedro por fin -el arrojado Pedro- pide la cuenta y reza para que la plata de los bolsillos exteriores alcance. Los bolsillos internos son un mundo inescrutable aun allí, escudado por las sillas; los bolsillos internos conforman un laberinto demasiado intrincado para él. Tendría que recorrer vidas ajenas al meterse en los bolsillos interiores del saco, meterse en los que no le pertenece, perderse de sí mismo entrando a paso firme en la locura.
La plata alcanza. Y los tres salen del restaurant aliviados y amigos. Como quien se olvida, Mario ha dejado el portafolios -demasiado pesado, ya- entre la intrincada construcción de sillas y mesas encimadas, seguro de que no lo van a encontrar hasta el día siguiente. A las pocas cuadras se despiden del tipo y siguen camino al departamento que comparten. Cuando están por llegar, Pedro se da cuenta de que Mario ya no tiene el portafolios. Entonces se quita el saco, lo estira con cariño y lo deja sobre un auto estacionado, su lugar de origen. Por fin abren la puerta del departamento sin miedo, y se acuestan sin miedo, sin plata y sin ilusiones. Duermen profundamente, hasta el punto que Mario, en un sobresalto, no logra saber si el estruendo que lo acaba de despertar ha sido real o soñado.



 de Aquí pasan cosas raras en Cuentos completos y uno más(Alfaguara,2000)


Nació en Buenos Aires el 26 de noviembre de 1938. A los 17 años comenzó a publicar en periódicos de esa ciudad. En 1959 vivió en París donde escribió su primera novela Hay que sonreír. Trabajó como periodista en el diario La Nación y en la revista Crisis, entre otras. Obtuvo en 1969 la Beca Fullbright. Desde 1972 hasta 1974 vivió en México, París y Barcelona, con una breve permanencia en Nueva York, donde investigó aspectos de la literatura marginal norteamericana como becaria del Fondo Nacional de las Artes. En 1979 se trasladó a los Estados Unidos. Dictó durante diez años diversos seminarios y talleres de escritura en las universidades de Nueva York y Columbia.
Trabajó con Amnistía International y obtuvo la Beca Guggenheim en 1983. Su extensa obra novelística comprende: Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Novela negra con argentinos, Realidad nacional desde la cama. Sus colecciones de cuentos Los heréticos, Aquí pasan cosas raras, Libro que no muerde, Donde viven las águilas, Cambio de armas y Simetrías han sido recientemente reunidas en Cuentos completos y uno más.
La totalidad de su obra ha sido traducida al inglés. En parte también al alemán, francés, portugués, holandés, japonés y croata entre otros idiomas. Radica en Buenos Aires desde 1989. Acaba de publicar un libro de ensayos, Peligrosas Palabras y una novela, La Travesía. Es Doctora Honoris Causa de la Universidad de Knox, Illinois, y en 1997 recibió la Medalla Machado de Assis de la Academia Brasilera de Letras.


13 diciembre, 2003

Luisa Valenzuela Argentina (1938)


audio de Invencible leído por Luisa Valenzuela

¿Invencible?

Me he vuelto invisible, y este hecho que parece tan útil no me sirve de nada. Por lo pronto, sólo tengo perseguidores internos que no necesitan verme, y la invisibilidad no me puede salvar de los golpes fortuitos o los tiros al aire. Así que la aparente ventaja de la invisibilidad me resulta más molesta que otra cosa: los mozos no me ven en los bares cuando me siento a una mesa y los amigos me cruzan por la calle con aire indiferente.

Claro que mi verdadero problema no es la invisibilidad sino la mutancia. Sospecho que los cambios suelen realizarse en bocanadas, y es en estos instantes de verdadera mutación cuando desaparecemos por un rato del mundo de los vivos (es decir el de los piolas, el de aquellos que se aferran con las uñas a su magra posibilidad de ser visibles, conspicuos, evidentes, estridentes, sólidos). Y una mutación debe ser bienvenida, aunque nos borre de a ratos. Tenemos que aprender a ser incautos.

04 enero, 2003

Escribir con el cuerpo LUISA VALENZUELA

Peligrosas palabras



El camino está hecho de literatura, a veces.
Salgo de la embajada de México en Buenos Aires, una madrugada de l967, en plena dictadura militar, camino por calles oscuras, arboladas, y pienso que me están siguiendo. He estado escuchando confesiones de alta política de los asilados en la embajada, enemigos acérrimos del gobierno de facto. Pienso que alguien puede estar siguiéndome, que los parapoliciales pueden secuestrarme en cualquier momento y hacerme “desaparecer”. Me siento sin embargo exultante, traspasada de vitalidad, de una fuerza inexplicable que quizá esté en relación con el haber accedido a una forma de conocimiento. Por más mínima que sea. Camino hacia mi casa por las calles del barrio de Belgrano, en apariencia vacías, y voy tomando todas las precauciones posibles para asegurarme que no puedan seguirme, o para evitar que me apunten desde algún zaguán o balcón, y siento que estoy viva y una forma de felicidad me corre por la sangre.
Ahora sé por qué.
La respuesta es simple, ahora, tantos años después. Me siento en ese momento me sentí- feliz porque estaba escribiendo con el cuerpo. Una forma de escritura que sólo puede perdurar en la memoria de los poros. ¿Escribiendo con el cuerpo? Y sí. Tengo conciencia de haber realizado esta acción a lo largo de mi vida, intermitentemente, aunque me resulte casi imposible contextualizarla.
Temo que se trate de una acción o una modalidad secreta, informulable. Inefable.
Pero yo no creo en lo inefable. La lucha de toda persona que escribe, de toda escritora de verdad, se entabla contra el demonio de aquello que se resiste a ser verbalizado, a ser puesto en palabras. Es una lucha que se expande como mancha de aceite, engolfa otras instancias, y en la cual a menudo rendirse significa triunfar porque el mejor texto puede ser aquél que le permite a las palabras toda la libertad de un decir que va mucho más allá de la voluntad de quien tiene la pretensión de estar diciendo.
Al escribir con el cuerpo también se trabaja con palabras. A veces formuladas mentalmente, otras apenas sugeridas. Pero no se trata ni remotamente del tan mentado lenguaje corporal, se trata de otra cosa. Es un estar comprometida de lleno en un acto que es en esencia un acto literario.
Al salir de la embajada de México, esa noche de l977, después de haber hablado largamente con un expresidente asilado y con un destacado terrorista también asilado, sentados a la misma mesa, algo borrachos todos y por eso más sinceros, camino las calles, y al caminar estoy escribiendo con el cuerpo. Y no a causa de la simplista carta que mentalmente voy dirigiendo a Julio Cortázar. Le digo en la carta porque sé que estoy arriesgando el pellejo y tengo miedo- que no quiero jugar al pato: cuando me meto en el agua prefiero mojarme.
Estoy escribiendo con el cuerpo y quizá el miedo tenga mucho que ver en todo esto.
El miedo.
Fui una chiquita que tenía que meter las narices allí donde había miedo. Para ver qué clase de animal era ése. Jugué a la víbora, jugué al caracol o al hipopótamo en un cálido río del África. Entre los animales a los que traté de nunca jugar figura el avestruz. Nada de esconder la cabeza en la arena. No sé qué loco, qué morboso impulso me llevaba en mi infancia por los largos corredores oscurísimos hasta el hall de entrada de la casa materna, en la medianoche exacta, cuando sonaban las campanadas de ese reloj controlado por las brujas. O me hacía ir a la terraza donde suponía estaba el águila de dos cabezas, o al fondo de la casa donde acechaban peligros más indefinibles. Mejor hubiera sido meter la cabeza debajo de las mantas y olvidarse de todo ¿pero quién me aplacaba, entonces? ¿Con qué ojos podría enfrentar la luz del día si no me le había animado a las sombras de la noche? Entonces iba a ver. Y de ese ver alguna vez, mucho más tarde, puede que haya surgido la necesidad de contar lo visto. Lo apenas entrevisto, olfateado, percibido en el juego de las acechantes sombras.
Porque la sorpresa
Porque la aventura
Porque la pregunta y un rechazo visceral a las respuestas.


Una suele preguntarse por qué escribe, no ya con todo el cuerpo sino apenas con esa simple extremidad superior que, por gracia de la evolución de la especie posee un pulgar en oposición hecho especialmente para sujetar bien la lapicera.
Una también y esto sí que es embromado- se pregunta para qué escribe. Porque una en este caso pertenece cuerpo y alma y mente al llamado tercer mundo donde existen urgencias para nada literarias.
Después surgen todo tipo de respuestas (excusas). La necesidad de conservar la memoria colectiva es una de ellas, bastante indiscutible.
Existe otra excusa, ligada a la idea de destino. Se trata de la supuesta vocación. Yo no sé si la literatura era mi destino. Yo quise ser física, quise ser matemática, y antes arqueóloga o antropóloga, y por mucho tiempo quise ser pintora. El haber hecho mi primer juego de palabras a los dos años de edad, con mi propio nombre para colmo, no me habilitaba necesariamente como ama del lenguaje ni siquiera en el delicioso sentido de la dialéctica amoesclavo que tan bien entendió quien ya sabemos.
“Somos todos putas del lenguaje...”, escribí en Novela negra y agregué “...trabajamos para él, le damos de comer, nos humillamos por su culpa y nos vanagloriamos de él y después de todo ¿qué?. Nos pide más. Siempre nos va a pedir más, y más hondo. Como en nuestros memorables transportes urbanos, ‘un pasito más atrás’, lo que quiere decir un pasito más adentro, más adentro en esa profundidad insondable desde donde cada vez nos cuesta más salir a flote y volver a sumergirnos.”
................................................................ Esto lo sé ahora, en aquel entonces el saber o el intuir pasaba por otros carriles.
Porque me crié en una casa repleta de escritores, y eso no era para mí, no señora, gracias.
Fernando Alegría ahora define aquel momento y lugar como el Bloomsbury porteño y no es una definición tan desatinada como parece. En nuestra casa del barrio de Belgrano, una esquina blanca, colonial, de rejas de hierro forjado y arcadas, los habitués se llamaban Borges, Sábato, Mallea, Nalé Roxlo. Mi madre, la escritora Luisa Mercedes Levinson, era el ser más sociable del mundo cuando no estaba en la cama, escribiendo.
De chica yo la miraba desde la puerta, ella en su pieza en la cama entre papeles, durante todo el día hasta el atardecer cuando llegaban los otros. La observaba con admiración y con el convencimiento de que esa no era vida para mí. Yo aspiraba a otro futuro mucho más activo y aventurero.


¿Es el cuerpo la máscara de la mente? Más bien del alma.... Disfraces elegidos en sucesivos carnavales:
- Aviadora
- Robin Hood
- Exploradora


Eran esas las máscaras con fecha fija. Mis verdades. Las otras máscaras tenían también la forma de la exploración y la aventura: pobres mis amiguitas que tenían que seguirme en esas peripecias. Solía trepar por los techos de las casas vecinas y trataba de llegar hasta el final de la cuadra, cosa imposible por culpa de los jardines. Llegaba, en los días de mayor osadía, hasta un ángel de mampostería abrazado a una columna, allá arriba, cuatro techos más allá, que necesitaba mi presencia porque nadie podía verlo de otra forma. O me metía en los terrenos baldíos, a veces a explorar una casa abandonada a la vuelta de la manzana. Siempre anduve buscando tesoros, que iban cambiando con el correr de las aspiraciones. Figuritas antiguas, estampillas, monedas del mundo. La casa abandonada tenía un viejo guardián que nos dejaba entrar y era nuestro amigo. Hasta que una tarde, después de explorar los sótanos en busca de pasajes secretos porque a la casa en esos días le tocaba ser casa de espías alemanes o cueva de contrabandista, no recuerdo bien, el viejo guardián nos recibió con el pantalón desbocado y todas esas cosas extrañas colgándole a la intemperie. Salimos corriendo con mi amiguita de turno. Nunca más volví, pero como mil años más tarde me puse a pensar si no habría sido ése el tesoro tan buscado: el significante, por decirlo de manera más actual.
Ahora sé que en aquel entonces, entre la pequeña aventura alrededor de la manzana y las grandes historias inventadas, empezaba el lento aprendizaje de escribir con el cuerpo.
Porque los poros o la tinta son una misma cosa. Una misma apuesta.




La felicidad es suprema cuando la historia fluye como manantial de agua clara aunque se estén narrando las peores abominaciones, las torturas. Es durante la lectura que sobreviene el miedo, el terror a lo que ha surgido de nuestra pluma en el momento en que fueron rozados los abismos.
Hay también otra desdicha del escribir y es quizá la más angustiante. Está inscripta en los tiempos de silencio, cuando ni con el cuerpo ni con la mente ni con la mano se escribe. Los tiempos de sequía creativa que parecen ser de inexistencia. Por eso digo a veces que la escritura es una maldición de tiempo completo.
Digo también en mejores instancias que el estar en novela es como estar en euforia, enamorada.
Y pensar que la culpa de todo esto la tuvo mi madre la escritora. No por su ejemplo, o por emulación - que también reconozco; tuvo la culpa porque estando yo en sexto grado de la escuela primaria mi maestra le pidió que me ayudara con las composiciones. Su hija es tan brillante en ciencias, le dijo la maestra, es una pena que su nota baje porque no puede escribir. Entonces mi madre, exagerando la ayuda, me escribió una composición como ella pensaba que lo haría una niña de tiernos once años.
No me pareció un texto demasiado digno. Desde ese momento decidí asumir la responsabilidad de mis escritos. Y así va la cosa.


La escritura es camino de ida hacia la oquedad del desconocimiento. El camino de regreso está hecho de reflexión, de análisis del material, del tratar de llegar a algún acuerdo con una misma y con lo que se ha producido. Creo profundamente en ese vaivén del intuir al entender, del dejar que las corrientes se entrecrucen. Colocándonos justo allí
en la frontera
entre dos aguas
en el vértice del maelstrom,
¿el ojo del tornado?




Sólo que buena parte del tiempo una se siente poco capaz, poco activa, poco productiva. Creo que casi toda persona que escribe de verdad alguna vez de muy joven sintió lo que podría denominarse la nostalgia del presidio, la loca, romántica fantasía de que en la cárcel se tiene todo el tiempo para sí, para escribir y leer y soñar. Sólo más tarde se aprende que el escribir es ejercicio de libertad, un arduo ejercicio de libertad y de coraje.


De exigencias vitales y de tentaciones está hecha la trama de la literatura. De reflexión también. No hay material despreciable aunque mucho, muchísimo debe ser el material descartado.
A los l7 años empecé a trabajar en periodismo y durante muchos años resultó ser la combinación perfecta que me permitía estar en todas las disciplinas, en todas partes, y también en la escritura. Sobre todo en la escritura. Una especie de don de ubicuidad puesto en palabras. Tuve la enorme suerte, casi un milagro, de tener de jefe a un verdadero maestro. Ambrosio Vecino no era un periodista, era un hombre de letras infiltrado. Le debo mi obsesiva precisión con el lenguaje.
Los viajes los debo a mi necesidad de tocar el mundo con las manos. Un viejo sueño infantil que se hizo realidad “con una venganza” como se dice en inglés para significar “a lo bruto”. De alguna manera fui armando la trama, la trampa, la constante invitación al viaje nada baudelaireano sino laboral. Al principio por motivos periodísticos, ahora literarios. Y allí voy, aunque siempre sospeché que para conocer el mundo no es necesario salir de la propia habitación; Emilio Salgari a quien tanto leí de chica para meterme de cabeza en aventuras pudo haber sido un ejemplo. No lo atendí. Viajé, sigo viajando, y a veces pienso que en esos desplazamientos voy dejando piezas importantes de mi mecanismo interno.
Escribir con el cuerpo.
En los años ‘60 Rodolfo Walsh, mi amigo Rudy, me dio una clave para no sentir culpa alguna por entregarme más al periodismo nómade que a la ficción : "De tus viajes también está hecha tu literatura”, me dijo.
Muchos años más tarde mi literatura también estuvo hecha de otra lección de Rodolfo Walsh a la que en su momento no presté atención alguna. Quiso cierto día enseñarme las flexiones y los duros ejercicios físicos que practicaban los entonces guerrilleros cubanos en la Sierra Maestra. "La mando a un colegio inglés para que juegue al hockey, no quiero que mi hija sea una intelectual grasosa" había dicho alguna vez mi madre, y desde entonces la gimnasia no fue mi fuerte. Sin embargo esas guerrilleras sabidurías del cuerpo apenas percibidas quizá emergieron por otras vías cuando en el '75 me senté en los cafés de un Buenos Aires arrasada por el terrorismo de estado a escribir textos sobre la violencia que eran a mi manera ejercicios de guerrilla.
Los cuentos de Aquí pasan cosas raras fueron gestándose al azar de conversaciones oídas a medias, palabras sueltas, secreteadas, dichas con temor. Estimulados por las razzias súbitas, el inesperado despliegue de armas y las ululantes sirenas parapoliciales desgarrando el aire de la ciudad. Al escribir en público estaba consciente de poner el cuerpo en juego, sentía que mi cuerpo estaba involucrado directamente en la escritura y sabía lo que eso me podía acarrear. Descubrí así lo que podríamos llamar la “escritura política”, en el sentido más profundo. Es un intento de desatar hasta el más imperceptible, el más diminuto de los nudos con los cuales se estaba tejiendo a nuestro alrededor una red de dominación. Una vez más me fue muy útil otro consejo de Walsh, a quien tenía tan presente en esas circunstancias: “Olvidá el mensaje. Olvidá todo aquello que tengas para decir. Olvidá la ideología. Olvidá todo excepto la historia. Si tu ideología es suficientemente fuerte, aflorará en cada palabra.”
Esas palabras las reservaba Walsh exclusivamente para la narrativa, como es lógico. En sus otros escritos no olvidó nada de nada y supo morir por sus ideas, pero nunca contaminó la propia literatura y supo reservar sus opiniones más categóricas para los libros testimoniales o el trabajo periodístico. Recordaremos siempre que fue asesinado mientras entregaba una carta abierta a los periódicos denunciando a la Junta Militar, las tres Armas, como la continuadora directa de la Triple A, práctica y semánticamente hablando. Así, Rodolfo Walsh murió por la letra. Pocos escritores y escritoras permitiremos que su sacrificio haya sido en vano.


Donde pongo la palabra pongo mi cuerpo, lo supe entonces sin saberlo del todo. Debo agradecer que el costo físico no me ha resultado alto, como a otras. No he sido torturada, ni golpeada, ni demasiado perseguida. Toco madera. Me he salvado. Quizá porque mis propuestas no son frontales; son visiones de reojo, oblicuas. Suelo valerme de vías apenas indirectas para poder encarar verdades que de otra forma serían indecibles de tan dolorosas. Porque decir hay que decir, mal que nos pese: pienso que debemos seguir escribiendo sobre los horrores para que no se pierda la memoria, para que la historia no vuelva a repetirse (no en vano mi abuela materna tenía por segundo apellido Martí).
Nos jugamos en la apuesta literaria. Todo se funde, a veces se confunde y nos envuelve. El verdadero acto de escribir con el cuerpo implica involucrarse plenamente en la escena, como quien se acuesta sobre una mesa de ruleta al grito de "¡Me juego entera!".
Vamos descubriendo camino (gracias, Machado) al avanzar en palabras.
Caminos hacia lo desconocido, los únicos interesantes.
La falta de desafío de aquello que ya conozco me vuelve aburrida, reiterativa. Por eso cuando tuve algún buen argumento todo bien delineado me vi forzada a renunciar a él, o al menos a comprimirlo hasta sacarle un jugo que no aparecía a simple vista, que yo misma ignoraba.


Suelo nadar contra la corriente.
No me enorgullezco por eso, todo lo contrario; muchas veces el cuerpo que es escritura se me cansa hasta el agotamiento.
Voy a contrapelo, y sólo ahora, casi cuarenta años después de haber escrito mi primera novela, empiezo a trabajar con algo de material autobiográfico. Con la puntita de los dedos, apenas, con muchísimo respeto y nada de pudor, con el ánimo de escarbar y escarbar hasta encontrar la carne viva.
Otra vuelta del tratar de entender.
Sabiendo que es imposible entender, que no hay nada inteligible sino sólo pieles de cebolla que vamos arrancando para alcanzar otras formas del ver y del saber.
Tan limitado el saber. Y sin embargo.
Allí donde el cuerpo está escribiendo en libertad escribe la metáfora. O, para decirlo de otra forma, se accede al orden de lo simbólico y esa es la búsqueda y esa es la lucha. Lucha más que nada contra las propias barreras de censura interna que suelen parecernos infranqueables, sobre todo para nosotras, las mujeres, que hemos recibido tanta orden negativa, tantas limitaciones.
Si tuviera que escribir mi credo, empezaría por el humor:
creo en el sentido del humor que a veces puede ser despiadado
creo en el humor negro, acérrimo
creo en el absurdo
en el grotesco
en todo lo que nos permita movernos más allá de nuestro limitado pensamiento, mas allá de las censuras propias y de las ajenas, que pueden ser letales. Un paso de costado para poder observar la acción al mismo tiempo que se la realiza. Un paso imprescindible para que la visión de una realidad política no se vea contaminada por dogmas o mensajes.
Yo no tengo nada que decir.
Con suerte, algo será dicho a través de mí, aun a mi pesar. Quizá ni me dé cuenta.
Escribo para develarme algún mínimo misterio, porque quiero entender, un poquito, en lo posible.


Nadie es dueño de la verdad y menos yo que he caminado por las calles en sombra sabiendo que los que se creían dueños de la verdad quizá me estaban acechando y eran todos asesinos.
Soy apenas un deslizamiento ¿del significado por debajo del significante? Cuánta pretensión de ambigüedad...
¿Ambigüedad?
¿Y qué otra apuesta podemos hacer en esta vida, en esta literatura?


Dicen que la literatura femenina está hecha de preguntas.
Digo que la literatura femenina, por ende, es mucho más realista que la otra.
Preguntas, incertidumbres, búsquedas, contradicciones.


Dicen que la literatura femenina está hecha de fragmentos.
Repito que es cuestión de realismo.
Está hecha de desgarramientos; jirones de la propia piel que quedan adheridos a alguna hoja no siempre leída o legible. Jirones que pueden ser de risa y del puro deleite.
A veces en medio de la escritura tengo que levantarme a bailar, a festejar el fluir de la energía haciéndose palabra. A veces la energía se hace palabra pero no se imprime ni con el delicado trazo de una pluma fuente que es lo más voluptuoso del acto de escribir. Siempre hay que festejar ya sea en un café o en un tren subterráneo- cuando una feliz combinación de palabras, una alusión o una asociación fortuita y muchas veces furtiva, ilícita, desenrosca el hilo mental de una escritura sin marca.
Cuadernos y más cuadernos anotados. Señales del festejo o de la protesta. A veces en dos idiomas, a veces a cuatro manos, con furia. Con pasión.
La semilla de un cuento puede aparecer en los cuadernos, o la insinuación de un texto que será olvidado y desarrollado mucho después en otra parte.


Tengo ciertos temas recurrentes:
la exagerada religiosidad que se vuelve herejía
ciertos mitos que me invento o intento desdoblar
las máscaras
Sobre todo las máscaras porque en libros y en persona (es la palabra exacta) invaden mi territorio físico habiendo ya invadido subrepticiamente el territorio de mi ficción.
Las máscaras son otra puesta en escena de la escritura con el cuerpo.
Como la memoria. Porque mientras se está viva, al cuerpo podemos ponerlo a descansar, pero a la memoria, nunca.




Ventanas


1. El escribir con el cuerpo se vincula con la esencia más profunda de lo que es el escribir: la razón de ser de la escritora casi tanto o más que la razón de ser de la escritura.
Porque en el escribir (y también en el escribir mentalmente) el trabajo consiste en ir descifrando símbolos, signos, desarmando arcanos, interpretando como se puede, atando cabos. Tratando de entender esta llamada realidad que nos rodea. Un ir atando nuditos para hacer la más fina de las alfombras, la menos ostentosa, la que sólo puede apreciarse del revés. El revés de la trama.


3. Susan Sontag:
“El silencio socava el “mal discurso”, es decir el discurso disociado discurso disociado del cuerpo (y por lo tanto de los sentimientos), discurso no informado orgánicamente por la presencia sensual del hablante (...). Desamarrado del cuerpo, el discurso se deteriora. Se vuelve falso, tonto, innoble, sin peso alguno.”


4. “Acabo de leer el último libro de Alfonsina Storni, que hace algunos días, en un impulso sin control, robé de un estante. Libro para ser robado es El dulce daño, raptado diría mejor, ya que es un libro femenino hasta el peligro.”
Son éstas las palabras de un destacado crítico, Carlos Gutiérrez Larreta, citadas por Lily Sosa de Newton. Es cierto que el tiempo era l9l8, pero hay conceptos que han variado poco a pesar de los hectolitros de tinta de imprenta que han corrido desde entonces. Para muchos aún hoy la literatura escrita por mujeres no merece ser adquirida honorablemente como corresponde a cualquier libro que se precie. Muchosque quizá sean los mismos- equiparan a la literatura de la mujer con su cuerpo, y se nota que no le tienen respeto alguno al cuerpo de la mujer puesto que lo consideran solo digno de ser “raptado”.
A pesar de lo cual, como buenas mujeres, como escritoras, sabemos que detrás de toda afirmación categórica hay una verdad oculta que la desmiente y devela. Eso hemos aprendido a lo largo de años de reflexión frente a las palabras con las que se intentó aplacarnos, imponiéndonos algunas y escamoteándonos otras. Aprendimos a leer a fondo, a leer a través, entre líneas. Y sabemos hasta qué punto sí, el cuerpo está intensamente comprometido en el acto de la escritura pero no para que el otro lo robe o lo secuestre, sino para que podamos comprendernos más allá del plano intelectual.
Estos “secuestradores” que asimilan su propio concepto del cuerpo de la mujer a su escritura son quienes leen con ojo blando aquello que ha sido escrito para la protesta. La poesía de la misma Storni, sin ir más lejos.


5. Barthes:
"Le plaisir du texte c'est ce moment où mon corps va suivre ses propes idées car mon corps n'a pas les mêmes idées que moi”.


Máscaras
¿El cuerpo como máscara de la mente, o viceversa?
Más bien el cuerpo como máscara del alma.


Felisberto Hernández


“A veces mis pensamientos están reunidos en algún lugar de mi cabeza y deliberan a puerta cerrada: es entonces cuando se olvidan del cuerpo. A veces el cuerpo es prudente con ellos y no los interrumpe: se limita a mandar noticias de su existencia cuando está cansado, cuando está triste o cuando le duele algo”. (Tierras de la memoria)
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