02 octubre, 2012

Cornelia en el espejo de Silvina Ocampo(Argentina, 1903.1993)


Cornelia frente al espejo

De todo el mundo me despido por carta, salvo de vos. La casa está sola. A
las ocho Claudio cerró con llave la puerta de la calle. ¡Cornelia!. Mi nombre me
hace reír. Qué quieres, en los momentos más trágicos me río o enciendo un
cigarrillo y me echo al suelo y te miro como si nada malo tuviera que suceder.
Ciertas posturas nos hacen creer en la felicidad. A veces estar acostada me hizo
creer en el amor.
—Soy espejo, soy tuyo. Desde que cumpliste seis años, por mi culpa
quisiste ser actriz; tu padre, con su cara de prócer, tu madre, con su cara de
república, se opusieron. Qué absurdas son las personas respetables. Cuando
guardas las pieles y los fieltros en alcanfor renace tu desconsuelo; en realidad la
gente se opone a nuestra vocación, es como la polilla, hay que combatirla día
tras día, año tras año.
—¡Es cierto!. Pero no menciones las polillas ni el alcanfor ni las pieles ni a
mi familia, ni siquiera mi nombre. Qué ridículo me parece. Podría llamarme
Cornisa, sería lo mismo. Lo he escrito en las paredes del cuarto de baño mientras
me desnudaba para bañarme antes de salir para el colegio; lo he escrito en la
glorieta del jardín de San Fernando cuando aprendí a escribir; lo he escrito sobre
mi brazo izquierdo con un alfiler de oro. Vivimos como si fuésemos a vivir mil
años, cepillándonos el pelo, tomando vitaminas, cuidándonos las uñas y las
pestañas, eligiendo y eligiendo como en las liquidaciones de Gath y Chávez.
Hace mucho que te conozco, desde los primeros meses, no, tal vez después
cuando usaba un flequillo mal cortado y cintas en el pelo del color de mis
vestidos. Desde hace unos días, en cuanto te veo aparecer, como si te viera por
primera o por última vez, mi corazón acelera sus latidos. Eres un compendio de
las personas a quienes he amado. Estás rodeado de una atmósfera líquida, estás
como en el interior del agua, en la luz donde nadan los peces de las grandes
profundidades del mar o en la superficie de un lago tranquilo. Sólo tu voz me
hace quererte. Vivo en un mundo opaco, material, sin aire, un mundo de
talleres; comprenderás que en lugar de sueños tenga a veces pesadillas.
—La avaricia, con su cara filosófica...
—¡Nunca fui avara!.
—Lo fuiste de un modo original. El orgullo, con sus esmeraldas llenas de
jardines.
—¡Mi madre es orgullosa!. Yo, nunca.
—La lujuria, con su recua de alumnos más sagaces que sus maestros. ¡La
lujuria!. Cuántas veces buscaste esa palabra en el diccionario; manchaste la
página con dulce. Eras precoz, tenías ocho años y veinte orgasmos diarios.
—Yo fui más precoz al descubrir tu ombligo. La pereza con su resignación
soñadora. Soy perezosa.

—La gula, con sus dorados libros de recetas. —¡El más horrible de los
pecados!.
—Te parece horrible porque te hace engordar. La envidia, con oscuros
terciopelos, con predilecciones inexplicables.
—¿Soy o no soy envidiosa?. ¡No sé!. Celos y envidia se confunden.
 —La ira...
—¿La ira?. ¿Cuándo?.
—El día en que tiraste las alhajas de tu madre al suelo; el día en que
rompiste aquel vestido de fiesta. La ira, con sus ojos vidriosos de hiena y sus
encantamientos se ha encarnado en ti.
—¿Ahora quieres que haga mi examen de conciencia?. Me ayudaste a
disfrazarme para pedir perdón. ¿Para pedir perdón a quién?. A Dios y no a mis
antepasados. Hay personas que confunden a Dios con sus antepasados. Siempre
jugué a ser lo que no soy. Naturalmente que te conmoví. Tus defectos, tus
conflictos son míos. Cuando robé la cigarrera de oro de Elena Schleider, en
aquella casa de campo que olía a piso encerado, donde nos invitaron a veranear,
en el fondo del cuarto tus ojos, como dos estrellas, me guiaron para dejarme
robar sola. Sabías para quién y para qué robaba. Pensé que eras hipócrita: no te
guardo rencor. En un marco dorado conmigo amaste y odiaste a Elena Schleider.
Cuando me ponían en penitencia sufría de no verte, de no tocar tus manos
envueltas en una suerte de bruma gelatinosa, esa bruma propia de los espejos.
Tu boca es lisa como la boca del agua y fría como la boca de las tijeras. ¡Espejo
odiado!. Dentro de algunos instantes no me verás más. Te lo juro. Tengo el
hábito de mentir, pero nunca a mí misma.
—Esa falda que llevas, esa blusa de hilo verde te favorecen. Quisiera que te
embalsamaran para la posteridad. No fumes tanto. Tus dientes me
deslumbraban, pero ahora... parecen de marfil, de vulgar marfil.
—Fuiste mi única amiga, la única que no me traicionó después de
conocerme. A veces, muchas veces te vi en mis sueños, pero no sentí al tocarte
la presión celeste de este vidrio. Tenemos veinticinco años. Es mucho,
demasiado ya.
—He visto a viejos sin arrugas, mi querida, con el pelo violeta, viejos
decrépitos que parecían disfrazados, y niños viejísimos, niños lívidos que se
hacían los niños. Venían de visita.
—Siempre fui en busca de ti para reírme. Cuando lloraba, para que no me
vieras, me escondía detrás del biombo de madera pintada, junto al calorífero del
comedor, donde había olor a fritura y a naranjas. Sabía que mis lágrimas te
desagradaban. Te gustaba verme reír, con un sombrero de papel de diario, un
sombrero de burro con orejas o de almirante, o con un verdadero sombrero. Este
es el que prefiero. Siempre me fascinaron los sombreros con plumas. Con un
sombrero de plumas soñé que bailaba La muerte del cisne. A los once años, mi
madre vio bailar a Pawlova La muerte del cisne. Desde ese día sueño con ese
sombrero de plumas y con esa muerte. Podría tener cuarenta años;
ilusoriamente los tengo esos cuarenta años, que jamás cumpliré; una voz más
grave, una seguridad, un aplomo, una dignidad mayor.
—Siempre tendrás una variedad de voces infinita, desde la más grave hasta
la más aguda. En tu pelo teñido, cinco hebras de plata rebeldes te fastidian. Tus
uñas impecables son rosadas, pero se rompen; tendrás que tomar calcio.
—Mañana mismo. Consultaré al doctor Isberto.
—Puedes hacer todo el mal que quieras sin que nadie lo note. Todo el
mundo cree que eres una santa, no sólo porque te escondes en la oscuridad de los cuartos, sino porque tienes los ojos muy apartados el uno del otro, lo que te
da una expresión de inocencia y de felicidad desmedida.
—Podría ser muy pobre, en el transcurso del tiempo quedar en la miseria,
pedir limosna en los zaguanes, no verte más, mi ángel, vagar de puerta en
puerta y entrar por fin en una casa para ofrecerme de lavandera, sin saber lavar.
Entonces me verías arrodillada, mi espejo universal, con este trapo en las manos
fregando el piso, porque los dueños de casa aprovecharían mi falta de
experiencia para hacerme hacer toda suerte de trabajos. Me verías seducir a los
hombres, a cualquier hombre que viniera de visita a la casa, al lechero, al
almacenero, al plomero, porque las mujeres que trabajan de esta manera tienen
una belleza en el desaliño, una belleza natural que no tienen las otras con sus
afeites. Mírame despeinada, con las mejillas rosadas. No te agrada verme en los
brazos de un hombre porque eres celoso como yo. Los hombres son monstruos:
el amor los transfigura. Pero no me dejo seducir; en mis manos, con olor a
jabón, conservo las predilecciones de mi inocencia. ¿Por qué?. No sé, son como
las piedras preciosas que hay dentro de las máquinas de los relojes, ¡esos rubíes
tan necesarios!. Podré barrer los pisos, remendar las medias, limpiar las
alfombras mientras tu sonrisa me vigila. Soy virtuosa. Los pobres, aun cuando
son crápulas, son virtuosos; si son crápulas tienen razón de serlo. Tengo las
uñas muy cortas, por eso tus manos parecen manos de estatua de piedra y no
de prostituta o de señora. Ahora todo ha concluido: todas las representaciones,
los escenarios, los teatros con sus butacas, todos los resentimientos, todas las
obediencias, el temor a la obesidad, al soborno, al desprecio.
—Nunca dejaste que me acercara demasiado, me tuviste siempre a
distancia, por eso no nos hemos cansado la una de la otra. Todos mis recuerdos
los comparto contigo. ¡Cuánto me gustaba el pan que comíamos juntas!. ¡La taza
de café con leche cuyos tragos pasaban por tu garganta misteriosa con un leve
temblor!. A menudo dejabas la taza para mirarme. A veces, cuando recogías tu
pelo lacio y lo trenzabas con cintas, ignorando el curso de las horas nos
perdíamos en una suerte de paisaje donde no intervenían tus conocimientos
geográficos porque todos los lugares que recorríamos eran inventados por ti.
¡Cuánto te gustaba la lluvia que había dejado en tu cara un frío similar al de mi
cara!.
—¡Cuánto me gustaba no sólo lo agradable, sino lo mísero y terrible, ese
dolor en mis entrañas, en mis hombros extasiados, esa venalidad, que repetías,
del cuerpo!. En mi infancia tardaba una hora en tomar el aceite de castor que mi
madre me servía con naranjada tibia. No sé qué sabor tendrá este brebaje. Antes
probaré el agua sola de nuevo.
—¡Qué fría, qué suave, qué nueva, qué incontaminada!. ¡Si entrases a una
gruta nocturna con jazmines, en verano, no sentirías tanta frescura!.
—Es un remedio que se emplea para la anemia, en pequeñas dosis. Lo robé
en el laboratorio donde Héctor trabaja. ¿Estaré soñando?. Oigo ruidos en la casa.
Contigo no tengo miedo. No quise tirarme debajo de un tren ni al mar, que es
tan agradable, porque no podía llevarte conmigo. Vine a esta casa porque era el
único lugar donde nos encontraríamos a solas, pero me había olvidado de que
existían fantasmas. No sabes el tiempo que tardé en conseguir las llaves de esta
casa, nadie tiene confianza en mí. Mi tía creyó que quería entrevistarme con
algún amante.
—Los sabores, como los perfumes, tienen una gran importancia para ti. Tu
paladar es muy fino, pero hoy el sabor que pueda tener este veneno te es
indiferente.
 —Creo que compartes mi indiferencia. Hoy que me estás mirando más
atentamente que de costumbre, te amo y te odio más que nunca. ¡Si alguien nos
viera, qué diría!. Si nos viera mi padre, por ejemplo. "¿Qué haces con esa cara
de pan crudo?. Pretendes engañar al espejo", diría eso, pero seguramente piensa
que soy la mujer más hermosa del mundo aunque en algo me parezca a mi
madre, por ejemplo en el óvalo de la cara, en el mentón, en la forma
incongruente de las cejas. ¡He vivido tanto tiempo en esta casa!. Tengo un
inventario mental de las cosas que me gustan: el jardín de invierno donde me
escondía, me fascina, el cuarto que era el cuarto de plancha y que sirve ahora de
depósito, también. Todo se ha transformado en salón de modas. Este salón era
una sala. ¿Qué diferencia habrá entre una sala y un salón?. Yo me asfixiaba
cuando entraba aquí. Las manos de todos los retratos que me miraban me
estrangulaban, y el comedor, con la araña y la platería, y los dormitorios, el de
las cortinas rojas donde nació mi hermano Rafael. ¡Por no verlos hubiera vivido
en el infierno!. Por suerte mi tía compró esta casa para alojar sombreros. La
compra de la casa fue dramática. Mi padre necesitaba dinero y mi madre no se lo
perdonaba. Tomaré un trago antes de beber todo el contenido del vaso. La gente
aconseja beber de un trago las cosas horribles, el aceite de ricino, la magnesia,
por ejemplo, pero yo los bebo lentamente. ¡Mi querida, no me mires con tanto
patetismo!. ¿Recuerdas el día en que te traje aquel perro que lloraba?. Creí que
en tus brazos sanaría y te llamé. Te reíste porque el perro tenía una venda
alrededor de la cabeza, parecía un turco, y al verse en tus brazos gruñó como un
animal feroz. No sabía que estaba muriendo. ¿Sabes ahora lo que me sucede?.
¿Por qué no te ríes?. ¿Acaso mi muerte es más importante que la de un perro?.
Veo los vidrios rojos y azules de la infancia en la ventana que daba al patio.
Detrás de los vidrios, entre las hojas que los golpeaban, me escondía para
cometer pecados. Después corría a verte: te entregaba mi cara y mis secretos.
Fue lo que nos unió. La niñera tejía una esclavina violeta, con olor a humo, y me
dejaba jugar con los carreteles, después me lavaba las manos en una palangana
con flores, donde escupía cuando estaba enferma. Qué extraño. La puerta de la
calle está cerrada, no hay nadie en la casa, estoy segura. He elegido este lugar
porque mis únicos testigos son los sombreros, las caras atónitas de los
maniquíes, que tienen caras y voces de señoras, convengo, pero que son
benignos cuando están solos.
—Alguien ha movido el picaporte. Juro que lo he visto moverse. Pero nadie
puede venir a esta hora. Mi tía está en casa, enferma. Claudio no tiene llave y si
la tuviera no vendría a esta hora. ¡Claudio, mi amigo de infancia!. Qué dirá
cuando sepa. Las dos de la mañana. Estoy nerviosa, sin duda. ¿Quién es?.
Conteste. A mí nadie me asusta; no me asusta ni el demonio. Los seres
angelicales a veces me espantan. 
—¿Qué haces aquí?. ¿Quién eres?. ¿Cómo entraste?.
—La puerta estaba abierta.
—¿Para qué entraste?.
—Quería ver las muñecas.
—¿Qué muñecas?.
—Las muñecas con sombreros.
—¿Cómo te llamas?.
—Cristina.
—Cristina, ¿nada más?.
—Cristina Ladivina, de La Rosa Verde.
—Yo me llamo Cornelia. ¿Y dónde está La Rosa Verde?. 
—En Esmeralda.
—Eres un fantasma, una niña perdida, con esmeraldas y rosas verdes. ¿Y te
dejan salir sola a estas horas?.
—Me dejan, a cualquier hora.
—¿Pero de noche?.
—La noche es como el día; la oscuridad es como la luz.
—¿Qué edad tienes?.
—Diez años.
—Eres bonita. Mírate en el espejo. ¿Me ves a mi reflejada?. ¿Y a ti?.
—No.
—¿Nunca te viste en un espejo?.
—En el agua, en el barro de los ríos, en el filo de un cuchillo.
—Me das miedo. ¿Y cómo entraste en esta casa?.
—El hombre me hizo entrar.
—¿Qué hombre?.
—El hombre que me mostró los muñecos del escaparate.
—Eres un fantasma. ¿Sabes que es un fantasma?.
—Alguien que vive y que no vive. ¿Eres un fantasma?.
—No sé.
—Y entraste para asustarme, ¿verdad?. ¿He muerto ya?. ¿Viniste a buscar
mi alma?. Eres aquella tía mía que murió de sarampión a los diez años, aquella
que se llamaba Virginia. ¿Viniste a buscar mi alma?.
—No. Vine por las muñecas.
—¿Y quién es ese hombre de que me hablas?. ¿Dónde está?.
—Ahí.
—Nada me asusta, ni un hombre con su cara.
—¿Está sola?.
—Estaba con esa niña que acaba de entrar.
—¿Con quién hablaba?.
—¿Antes de que entrara la niña?. Hablaba conmigo en el espejo. Usted no
puede creerme, ¿verdad?.
—¿Dónde está la persona que hablaba con usted?.
—Aquí en el espejo. Mírela.
—Diga donde está.
—Revise la casa, si quiere. ¿Y la niña?.
—¿Usted es la dueña?.
—No. Ni quiero serlo. Soy una empleada. Sobrina de la dueña.
—No lo creo.
—¿Parezco tan seria?. ¿Tan importante?. ¿Tan respetable como para mentir
tan bien?. No me adule, por favor; además, usted no sabe lo que a mí me
agrada, por lo tanto no sabría adularme. 
—Todas son iguales.
—¿Quiénes son todas?.
—Las mujeres. Todas mienten.
—Yo soy diferente, se lo aseguro. 

—No le creo.
—¿Se ha encontrado con mujeres como yo en muchas oportunidades como
ésta?.
—Sht, no hable a gritos. No soy sordo.
—Hablo con mi voz natural. ¿Quién es esa niña que entró con usted?. ¿Era
realmente una niña, o era una enana disfrazada de niña?. 
—No sé.
—¿Usted utiliza a los niños como escudo?.. Diga la verdad. No quiero
pensar mal de usted, pero hay cosas que no me parecen correctas. Por ejemplo:
utilizar a una niña de diez años para protegerse. Además ¿usted sabe que los
niños son muy sagaces?. Son detectives, diminutos detectives.
—Cállese. No hable en voz alta.
—Hablo en voz baja como en un confesionario. ¿Usted nunca se confesó?.
—Conteste y no haga preguntas. ¿Hay alguien en la casa?.
—¿Por qué mira así?. ¿No me considera alguien?.
—¿Hay alguien fuera de usted?. Sht, cállese.
—No tenga miedo. No hay nadie. Sólo yo y el espejo. A veces pienso que
hay fantasmas en la casa. Hoy creí que había uno, pero cuando supe que era
usted y esa niña que parecía un fantasma, quedé tranquila. "Por malo que sea
un hombre, es un hombre", me dije.
—Sht. Le prohíbo hablar.
—No hablaré.
—¿Dónde están las llaves de la casa?.
—Si me prohíbe hablar, ¿cómo puedo contestar?.
—No se haga la graciosa.
—¿Qué llaves? Hay tantas llaves.
—Cualquier llave.
—¿Usted no sabe cuáles son las llaves que quiere?. Hay muchas llaves: la
del armario grande, la del depósito, las de las alacenas, las de los baúles, las de
la caja de hierro. ¿Cuál es la que quiere?.
—Las de la caja de hierro.
—Aquí están. Mi tía es muy imprudente. No parece rica.
—Déme las llaves.
—¿Y después qué hará conmigo?. ¿Piensa matarme?.
—Es lógico.
—¿Con qué piensa matarme?. ¿Con ese cuchillo?. ¿Acaso cree que no lo he
visto?.
—¿Le impresiona?.
—Un poco. No me gustan las armas blancas. ¿No tiene un revólver?.
—Tengo todo lo que me hace falta.
—Ese cuchillo es atroz. ¿Sabe si corta bien, por lo menos?.
—Es inoxidable. En seguida pasa.
—¡Pero el filo en la garganta!. Ese primer contacto helado del acero... Y
después... la sangre que corre y que mancha el piso... y que salpica las
tapicerías o los cortinados... ¿No le da náuseas?.
—No es en la garganta ni con el cuchillo como la mataré.
—¿Con qué, entonces?. ¿De un balazo?.
—Con una hoja de afeitar.
—¿De esas con que se saca punta a los lápices?. ¿Y no es más práctico usar
el cuchillo?. Porque, después de todo, el cuchillo se usa más que la gillette para
esos fines.
—Es cuestión de costumbre.
—Yo usaría el cuchillo o un revólver. La espada es muy larga. Qué
disparate. El revólver, es claro, no conviene porque es ruidoso. El estampido me
hace daño. Tengo que taparme las orejas para no oírlo, por ese motivo nunca
pude tirar al blanco, aunque tenga mucha puntería. Ni intenté suicidarme con un
revólver. ¿Usted sabe tirar?. ¿Obtuvo premios?.Los hombres saben tirar. Es
inútil, por eso van a la guerra y las mujeres se quedan en sus casas o en los
hospitales atendiendo a los heridos. Soy permanentemente anticuada. La mujer
nació para quedarse en su casa tranquilamente; el hombre, para las grandes
aventuras, para las empresas peligrosas.
—Son nuevitas. Estas hojas de afeitar son nuevitas.
—Ya sé que usted es muy bueno. Tiene cara de bueno. Todas las caras en
el espejo son así. Es claro que la cara no quiere decir nada. En los diarios salen
fotografías de hombres con caras de asesinos y son santos, en cambio salen
otros con caras de santos y son asesinos. ¿Promete que va a matarme?.
Prometa.
—Prometo. Déme las llaves.
—¿Y dónde me hará la herida?.
—Es muy fácil. Cortaré las venas de la muñeca, y después se irá en sangre.
Si tarda mucho, la puedo sumergir en un baño caliente. ¿Hay baño en esta
casa?..
—Hay baño, pero no hay agua caliente a estas horas. Empiece. Tenía
muchos deseos de morir. Usted es muy bueno, ¿pero qué piensa hacer con el
cadáver?. ¿Piensa cortarlo en pedacitos y sembrar todos los pedacitos por la
provincia de Buenos Aires?. ¿Piensa llevarme en una bolsa, como si llevara
carbón o papas?. ¿Piensa dejarme aquí tendida en el suelo?. ¿Sabe usted que
hay ratones en esta casa y que podrían desfigurarme?. Sería una lástima. ¿Los
oye?. ¿Conoce algún veneno para matarlos?. Mi tía está preocupada: la otra
noche arrancaron la pluma de un sombrero y dos cerezas atadas con una cinta
de terciopelo. Las trampas no sirven para nada. ¿Si resolvieran comer la punta
de mis dedos?. ¿Si me dieran un mordisco en la nuca o en la garganta?. ¿Usted
se da cuenta del dolor que yo sentiría?.
—Los muertos no sienten nada, señorita.
—Eso es lo que usted cree, señor. Los muertos son muy sensibles. Sienten
todo. Son más lúcidos que nosotros. Si usted les ofrece carne o vino no lo
apreciarán, pero hágales oír música o regáleles perfume, y verá. Nunca están
distraídos. Ven como las palomas los colores ultravioletas. Son refinados,
sensibles. Y de otro modo ¿cómo se explica que les obsequien tantas flores?.
¿Que la gente se gaste tanto dinero en flores, en estatuitas, en misas, en
coches?. ¡Qué se yo!.
—Ésa es una vieja costumbre. ¿Cuál es la llave?.
—Las costumbres tienen una razón de ser. Los muertos ven las flores,
saben dónde están enterrados, quién los mató. Ven el coche fúnebre, los
caballos negros de circo, las iniciales blancas sobre el paño negro que los cubre.
Señor, ¿no podría tirarme al mar?. Adoro el mar. Detesto las ceremonias, los
cirios, las flores, el hervidero de oraciones. Soy mala. Nadie me quiere a mí.
—El mar queda lejos. ¿Cuál es la llave?

—¿No tiene auto?. Podría alquilar uno. ¿Sus hermanos o sus tíos, no tienen
un auto?. Seguramente contará con algún amigo. Me coloca en el automóvil
como si estuviera viva y me lleva al mar. Es tan fácil, y es tan precioso el mar.
Para usted sería un paseo. ¿No le agrada el mar?.
—Los cuerpos flotan, señorita. Salen a la orilla.
—Me ata piedras o plomo en los pies. ¿No ha leído en los diarios o en las
novelas como se tiran los cadáveres al agua?. ¿No va nunca al cinematógrafo?.
Es tan poético.
—Déme la llave.
—Es una de éstas. No revuelva los papeles que hay en la caja de hierro. Mi
tía sufre mucho cuando hay cualquier cosa desordenada en la casa. No tire la
ceniza del cigarrillo al suelo, por favor. Después tengo que barrer.
—No se mueva de ahí.
—No me muevo. ¿Puede abrir?. A mi tía le pasa lo mismo. Nunca puede
abrir ningún cajón, ninguna puerta que esté cerrada con llave. Es una de sus
desventuras. ¿Por qué no se quita los guantes?.
—Abrirás de una vez la puerta, escorpión.
—¿Con quién habla?.
—Si doy vuelta a la izquierda, te tuerces para la derecha; si doy vuelta para
la derecha, te tuerces para la izquierda, hija de puta.
—¿Habla con las llaves?.
—¿Usted no hablaba con el espejo?. ¿Qué diferencia hay entre una llave y
un espejo?.
—El espejo me contesta.
—Estas también me contestan. Dicen que usted es una mentirosa.
—Le juro que no. ¿Quiere que yo abra?.
—Está mintiendo.
—No le miento. Las cajas de hierro son difíciles de abrir, pero cualquier
ladrón las abre. ¿Usted no es un ladrón profesional, señor?. Cuénteme su vida.
Ha de ser interesante, una vida tan llena de cosas imprevistas. ¿Está casado?.
No. Es demasiado joven. ¿Nunca estuvo de novio?. ¿Viven sus padres?. ¿Tiene
hermanas?. ¿Ha viajado?. ¿Dónde pasó su infancia?. ¿Tiene fotografías de
cuando era chiquitito?. Me gustaría verlas. ¿Conoce la República?. Yo no he
salido de Buenos Aires; nunca viajé. ¿Se da cuenta?. Una mujer de mi edad.
Cuando pienso que existe la China, la India, Rusia, Francia, Canadá, Italia, sobre
todo Italia, me desespero. Pocas personas me tienen simpatía. Porque a las
mujeres no les gusta una mujer con ambiciones. En mi adolescencia robé una
cigarrera de oro y la vendí por cien pesos. Hay que ser valiente para robar. Los
que se dejan robar son miedosos, ¿no le parece?. Mi tía, por ejemplo, todas las
noches mira debajo de su cama para ver si hay algún ladrón. Yo, en cambio,
tengo miedo de los fantasmas. En esta casa dicen que hay fantasmas, un
fantasma vestido de rojo. ¿Usted vio el color de las paredes de la casa al entrar?.
No las habrá visto porque era de noche. Bueno, el fantasma está vestido de ese
mismo color rojo, rojo anaranjado, del color de los ladrillos. Es una niña
pequeña, la vi con mis ojos. Qué calor hace. ¿No tiene calor con esa bufanda?.
¿Por qué usa esa bufanda?. ¿No le molesta?. Tiene una quemadura en la frente.
¿Es sordo?. ¿Por qué no me contesta?.
—¡Qué noche!.
—¿Tiene sed?. ¿Quiere tomar un vaso de agua?.
—El agua es para los peces. 
—Es bueno tomar agua cuando hace mucho calor.
—No hago lo que es bueno. Hago lo que quiero.
—Hace bien. Yo haría lo mismo, si pudiera. Pero soy tan maleducada. No
tengo voluntad. ¿No quiere whisky o gin?. ¿Cubana Brandy?. ¿Manzanilla?. Aquí
en este placard tenemos unas botellas. Cuando terminamos el trabajo, a veces
tomamos un traguito.
—No me interesan las bebidas.
—¿No quiere?. Nadie muere por beber un trago de whisky.
—No insista, señorita.
—¡Qué suerte!. Este veneno es mío, quiero que sea mío. ¡Cómo brilla en el
espejo!.
—Aquí hay otra llave.
—Soy atolondrada. Seguramente es ésta. Al fin pudo abrir. ¿Ahora no
encuentra lo que busca?. Nada. Su afán dura un minuto. Usted es muy original.
No tire todo al suelo. No hay nada de valor para usted pero, para cada persona,
cada cosa tiene un valor distinto.
—Ahora sí tengo sed. Me bebería una damajuana de agua. Ésta no está
bastante helada pero la tomaré.
—Ahora tiene que matarme.
—Cambié de idea. Además no encontré lo que buscaba.
—Usted no buscaba nada. Usted es un pobre loco. Tiene que matarme. ¿Me
oye?. Para redirmirse, tiene que matarme. Si no cumple con su promesa, lo
denunciaré a la policía. Morirá cubierto de vergüenza. ¡Mírese en el espejo!.
—Si quiere denunciarme, puede hacerlo. Quemé las iglesias, di sangre en
los hospitales, tengo sangre universal. No me gusta vanagloriarme, pero no
quiero que usted piense que soy un inútil. Hice un buen trabajo. Ahora me
llamaron para matar...
—¿A quién?.
—Es un secreto.
—Está fatigado. ¿Por qué habla así?. ¿No se siente bien?.
—Estoy perfectamente bien. Los secretos se dicen en voz baja.
—Lo llamaron para matarme a mí.
—No. Traté de matarla para practicar. Me parecía más fácil empezar por
una mujer.
—¿Y por qué abrió la caja de hierro si solo pensaba matar?. ¿Y por qué usa
guantes?. ¿Y por qué se tapa la cara?. ¿Acaso tiene miedo de que lo lleven
preso?.
—Le pedí las llaves para curiosear, para pasar el tiempo.
—¿Sabe para qué usa guantes y por qué se tapa la cara?. Yo se lo voy a
decir: para no dejar las marcas de sus manos, para que sus camaradas no
sospechen que usted es un miedoso, un inútil, un pobre diablo incapaz de matar.
Pues ahora tiene que matarme, es el castigo que merece. ¿Qué diferencia hay
entre matarme y decapitar a Santiago Apóstol y su caballo?. Usted los decapitó,
¿verdad?. Si usted matara mi imagen en el espejo, me mataría también a mí.
¿Por qué no tuvo miedo y ahora tiene miedo?. Nosotros, los seres humanos,
somos irreales como las imágenes. ¿Qué iglesia quemó?.
—Todas las que pude. No conozco los nombres. No crea que es tan fácil.
Algunas no ardían.
—¿A qué vírgenes, a qué santas golpeó?. 
—A ninguna. En el momento...
—Diga. No voy a despreciarlo más ni tenerle menos lástima.
—En el momento en que iba a cortarle la cabeza a una de ellas, se me
aflojó el brazo.
—¿Por qué?.
—No sé. Tengo reumatismo. Me miró con sus ojos de gitana, como si fuera
a decirme la buenaventura. Era la más chiquita. De este alto y no pude
golpearla. Los compañeros se rieron de mí.
—¿Y el pedestal no tenía una inscripción?.
—No. Siento no haberle cortado la cabeza. Ahora la veo siempre por todas
partes. Como si fuera una adivina, sigue mirándome.
—Era una adivina. Las santas son todas adivinas. Tiene que matarme.
Usted ha bebido un poco del contenido de este vaso. En ese vaso había un
veneno precioso, que me costó conseguir. Usted va a morir. ¿Nunca rezó?.
Todavía está a tiempo. Tiene que matarme inmediatamente. Si no lo hace le
escupiré en la cara y llamaré a los ratones del vecindario para que le coman la
lengua y las manos. Si usted rezara, no le sucederían cosas tan desagradables
como las que le estoy prometiendo. ¿Me oye?. Voy a gritar. ¡Socorro!.
—¿Quién es usted?.
—¿Qué sucede?.
—Nada, nada. Este señor tenía que matarme: me lo prometió y ahora se
niega a hacerlo. Va a morir dentro de unos instantes ¡y no quiere redimirse
porque es cobarde!.
—Perdonen la intromisión. Vi la puerta abierta, oí gritos y entré. No soy de
la policía, no se asusten. ¿Qué ha sucedido?.
—Este señor entró a matarme, me hizo creer que buscaba algo, abrió la
caja de hierro y dejó todo tirado. No necesita robar, es un hombre rico. No sé
qué quiere; él tampoco.
—¿Qué debo hacer?. Por favor, dígamelo.
—No se aflija.
—Lo hemos dejado escapar. Es horrible.
—Peor sería que no se hubiera escapado.
—¿Por qué?.
—¿Qué hubiéramos hecho con él, con su enorme cuerpo?. ¿Quiere
decirme?.
—Lo que merecía: castigarlo. Tendríamos que perseguirlo.
—Imposible. Va a morir. He oído un ruido. Algo se ha desplomado en el piso
de abajo. ¡Es él!. Ha muerto como un perro. ¿Pero no comprende que ha
muerto?. Bebió un poco de veneno.
—No comprendo nada. Ante todo vamos a cerrar la puerta de la calle. Si
usted me permite. Veremos si el hombre no se ha escondido en algún rincón de
la casa.
—No veo nada. Voy a encender la luz.
—No se aflija: hay hombres que tienen siete vidas como los gatos. ¿No
envenenaron a Rasputín mil veces y no se salvó mil veces?.¿Ahora qué debo
hacer?.
—Debe hacer lo que este hombre no hizo: matarme. 
—¿Matarla?. 
—Sí, matarme. Hace tres noches que no duermo buscando una forma de
suicidio. Ayer conseguí este veneno y estaba por tomarlo en medio del silencio
de esta casa cuando oí ruidos insólitos.
—Y apareció en la puerta el malhechor, como en el cinematógrafo o en el
teatro.
—No. En lugar del malhechor apareció muy silenciosamente, deteniéndose
en el marco de la puerta, una niña.
—¿Una niña?. Oigo ruidos.
—Son los ratones; racimos de ratones. Caminan como hombres. 
—¿Y esa niña entró con el hombre?. 
—Según me dijo, el hombre la hizo entrar. 
—¿Y para qué?.
—Para que viera estas muñecas. Estos maniquíes eran para ella como
enormes muñecas. Le pregunté cómo se llamaba.
—¿Y se lo dijo?.
—Sí. Me dijo que se llamaba Cristina Ladivina. 
—¿Ladivina o la adivina?.
—Ladivina o Ladvina, no sé. Debe de ser un nombre ruso.
Cuando quise averiguar su apellido, me respondió: Ladivina de La Rosa
Verde. Cuando le pregunté dónde estaba La Rosa Verde, me dijo: en Esmeralda.
—La Rosa Verde queda cerca de aquí. Es un café solitario, donde los mozos
duermen en lugar de atender a los clientes.
—¡Nunca se me hubiera ocurrido!. Todo me pareció tan misterioso. En boca
de aquella niña la palabra Esmeralda no pareció una calle, sino una piedra
preciosa. Al verla, sentí miedo. Estaba yo tan perturbada, tan perturbada que, al
detenerme frente al espejo con ella, no vi su imagen junto a la mía reflejada. Y
ahora pienso, que en lugar de ver el cuarto reflejado, vi algo extraño en el
espejo, una cúpula, una suerte de templo con columnas amarillas y, en el fondo,
dentro de algunas hornacinas del muro, divinidades. Fui víctima sin duda de una
ilusión. ¡Estos días he oído hablar tanto de las iglesias en llamas!.
—¿Y podría decirme para qué quiere morir?. ¿Tiene una cita con alguien en
el otro mundo?.
—Usted ¿para qué quiere vivir?. ¿Sabría contestármelo?.
—Si me dejara pensar un rato, se lo diría.
—¿Es difícil?. ¿Tiene que pensar para decírmelo?.
—No soy tan espontáneo como usted.
—No tenga miedo al ridículo.
—Tengo conciencia de mis limitaciones, pero la felicidad, la falta de
obstáculos, no me parecen indispensables para desear vivir. 
—A mí tampoco. A veces uno toma una decisión y la cumple cuando la
causa que nos ha obligado a tomarla no existe. 
—Entonces usted obra por amor propio.
—Por amor propio, no; pero sí por impulso, por una ilusoria fidelidad a mí
misma.
—¿Quiere que le diga para qué quiero vivir?. No creo que este sea un
momento para pensar en cosas personales. ¿De qué se ríe?.
—No me río. Todos los hombres dicen las mismas cosas, hablan de las
cosas personales como si fuera de una enfermedad. 
—Es una enfermedad.
—Siempre pienso en cosas personales, es cierto. ¿Me desprecia?. Le
advierto que no me preocupa. Puede sentarse, si quiere.
—Cuando pasaba por esta casa, la ventana de este cuarto me despertó
curiosidad, como si hubiese presentido lo que iba a suceder esta noche.
—Tal vez nos hemos cruzado algún día por la calle.
—No sería fácil, pues generalmente camino mirando la punta de mis
zapatos, sin ver a la gente que pasa.
—Todo el mundo necesita hablar con algo que no sea una persona; yo, con
el espejo; el malhechor, con las llaves; Cristina, con las muñecas; usted, con sus
zapatos. Yo miro todo sin ver nada. Es una costumbre. La gente cree que soy
miope. En cierto modo lo soy. 
—¿Vive aquí?.
—No. Trabajo aquí.
—¿En qué trabaja?.
—¿Ve estos sombreros?. Los hago yo. De noche estudio y en los recreos
leo. Esta es mi biblioteca, mi camarín. ¿Y usted qué hace?.
—Soy estudiante de arquitectura.
—Las cintas, las flores, las plumas, los velos son para mí lo que serán para
usted los edificios.
"Ese vals que se oye es el vals de amor de Brahms. Cuando oigo esa
música, me enfurece la charla de las señoras que vienen a buscar sombreros. Y
mi tía las atiende con remilgos. Las más chillonas hablan así:
"Qué bonito, ay, pero qué bonito".
"A mí me gustan los sombreros grandes".
"Son horribles, querida, horribles. Mírate en el espejo. Verte, ¿no te
asusta?".
"Las cintas, Matilde, me enloquecen". "¿Se volverán a usar las cerezas?".
"Ya no se usa la paja de Italia".
"Este sombrero es muy sentador, a través del velo brillará su cara como en
un fanal".
"Qué caro. Es demasiado caro".
"Ya no se puede comprar nada, nada, nada". "Yo te lo decía".
"¿Para qué se usan los sombreros?. A veces me lo pregunto. ¿Por el sol, por
la lluvia, por el viento?".
"Es nuestro único pudor. Lo usamos para taparnos la cara, como las
sultanas con velos, para protegernos de las personas que nos miran
impúdicamente".
"No es cierto. Debajo de sus alas nos besan con frenesí, o sirven de
pantalla".
"¿No tendrían un sombrero de terciopelo?".
"El terciopelo no es para esta época, ¿verdad?. Es muy caluroso. Quiero uno
de paja, amarillo. Uno que traiga suerte".
"Tengo uno precioso".
"El ideal sería un sombrero de musgo. Detesto la paja, me raspa el cuello.
Tengo alergia".
"¿Dónde encontraré un sombrero?”. 
"Vamos, vamos, es tarde. Señora, ¿no podría traerme una palangana
pequeñita y un jabón?".
"¿Quiere pasar al cuarto de baño?".
"Estoy demasiado cansada y me siento mal". "Iré a buscar la palangana".
"Se ha ofendido. ¿Por qué le pediste una palangana?".
"Tengo los pies muy sucios. Me los voy a lavar, con su permiso". "Levántate
y mira los sombreros. Hay muchos. Alguno te gustará. El de musgo, tal vez".
"Con este sombrero bailaré La muerte del cisne. A los once años mi madre
vio bailar a Pawlova La muerte del cisne. Desde ese día sueño con un sombrero
de plumas y en la muerte".
"Se ha desmayado".
"No la despertéis, que duerme".
"Se ha transformado en un cisne, un cisne verdadero". "¿Y dónde esta
Leda?".
"Yo soy Leda".
"Levántate, cisne, y prepárate para tus próximas muertes". "Los sombreros
cambian, cambian como nosotros".
"La gente no tiene educación. Estamos apuradas. Nos embarcamos en el
Augustus, el mes que viene. Llegaremos a París en pleno invierno. ¿Tendrán algo
práctico y bonito, elegante más bien algo en forma de turbante o de diadema o
en forma de cloche?”.
“Iré a buscar los sombreros de invierno que están guardados en el depósito.
¿Quieren tomar asiento?. Antes les enseñaré algunos sombreritos que tengo aquí
y que pueden servir para el invierno. Harán un viaje muy largo?".
"Estaremos ausentes un año. Esta niña sonaba con París. Tiene algunas
amiguitas allá, pero pensamos ir a Italia, naturalmente a Inglaterra".
"Dichosos los que pueden viajar. Yo viajaría siempre de aquí para allá, de
allá para aquí, como los ingleses. Conozco Italia, Venecia; ay, Venecia, allí pase
todas las lunas de miel".
"A mí me gusta Florencia, con esos museos, con esos palacios; la seda
natural, las camisas, las blusas, las corbatas que allí se compran por nada, y los
perfumes".
"¿Cómo habrán sido los primeros sombreros del mundo?".
"Eres preciosa y todo te queda bien. El sombrero más antiguo es tal vez de
origen griego. ¿Conspiran en esta casa?. ¿Se trata de algún complot?. Tenga
cuidado. El sombrero griego es el llamado en latín petasus, sombrero liviano y
pequeño, que se sujetaba con un cordón. Era prenda de viaje o de campo, y los
romanos lo usaban para el teatro o para saludar. En China, durante el Imperio,
el uso de ciertos sombreros tenía carácter oficial obligatorio. Y no sólo las
mujeres llevaban estos adornos en los sombreros: Felipe III, en su Pragmática,
de 1611, consintió que los hombres pudieran llevar en los sombreros cadenas,
cintillos de piezas de oro, aderezos de camafeos o hilos de perlas. ¿Conoce la
historia del sombrero de copa?. El sombrero de copa fue inventado en 1782, no,
en 1797, por el inglés John Hetherington, quien fue llevado a los tribunales y
multado por haberse presentado en la calle con un tubo de seda, alto y lustroso,
sobre la cabeza. La multa fue impuesta porque varias mujeres se desmayaron y
algunos niños quedaron heridos entre la muchedumbre que se agolpó para ver
pasar a aquel extraño y terrible objeto."
“¡Qué interesante!. Todos los modelitos están a su disposición".
"Éste me gusta. Este de piel de tigre". 
"Es un gato. Qué amor".
—Estoy preocupado. ¿No le parece que tendríamos que perseguir a ese
hombre, averiguar si ha muerto?.
—Una persona que está por morir trata de olvidar todo lo que es
desagradable: delincuencia y policía. ¿No me creyó, verdad?. Cree que ese
hombre era mi amante o algo por el estilo. ¡Desengáñese!. Yo iba a suicidarme.
Yo tendría que estar muerta en este momento; por milagro, por culpa de ese
hombre que entró a matarme, usted está hablando conmigo. ¿Ve ese vaso?.
Contiene un poco de veneno. En el momento en que iba a tomar ese veneno
entró el hombre y dejé el vaso sobre la mesa. El hombre prometió matarme de
una manera que no era dolorosa; con una gillette. Me pidió las llaves de la caja
de hierro. Se las di. Al principio creí que no podía abrirla, después advertí que no
era eso lo que buscaba. Su furia fingida me inspiró terror e intente envenenarlo.
Le ofrecí agua. Él bebió un poquito. Después de abrir la caja de hierro, me
anunció que me perdonaba la vida. Protesté inútilmente. Ahora pienso que el
hombre tiene siete vidas como los gatos, y me da pena. Me confesó que había
incendiado las iglesias, que practicaba o pretendía practicar asesinatos.
—Pero es un hombre peligroso.
—¿Todos los hombres peligrosos están libres y los buenos están presos
siempre?. No quiero que nos lleven presos. No quiero aplazar mi muerte.
Muéstreme ese revólver.
—Tenga cuidado.
—¡Pero es de juguete! .¿Siempre usa revólver de juguete?.
—No. Sólo cuando me encuentro con usted.
—Parece verdadero. ¿Qué hubiera hecho el hombre si no fuera por ese
revólver?.
—Matar a uno de los dos, y si hubiéramos tenido mucha suerte, a los dos.
Estaba asustado. El miedo es a veces original.
—Era un hombre cobarde.
—¿Hay que tener miedo a los cobardes?.
—Cuando le hablé de los ratones y de los fantasmas, se estremeció.
—Pero eso no es un síntoma de cobardía. Yo también tengo miedo. 
—¿De qué?.
—De muchas cosas. 
—Pero diga de qué.
—De estar con usted, por ejemplo, en esta casa. 
—¿Le parezco tan terrible? 
—Sí.
—¿Entonces podría prometerme una cosa?.
—Cualquier cosa.
—¿Promete matarme?.
—Prometo, a condición de que me cuente toda su vida, sin omitir ningún
detalle.
—Contar mi vida a un intruso, no me parece absurdo. En otros momentos
de mi vida hubiera buscado a una persona que me fuera simpática o que fuera
muy atrayente, pero ahora ¿quiere que le diga la verdad?. Quisiera envilecerme
para poder morir tranquila. 
—No está muy desprendida de la vida. 
—¿En qué lo advierte?.
—Lo advierto en la manera que tiene de jugar con ese anillo.
¿Lo quiere mucho?.
—Lo quiero mucho. 
—¿Quién se lo regaló?.
—Nadie. Yo. Los objetos me fascinan.
—Para poder morir hay que desprenderse de ellos. ¿Por qué no me lo da?.
—Nunca se lo daría. Usted tiene un carácter muy violento.
—¿Cómo lo sabe?.
—Por la forma de sus manos.
—¿Se dedica a la quiromancia?. Como le decía, falta mucho para que se
desprenda usted del mundo.
—No sabe ni entiende nada. Pero le contaré mi vida, si se le puede llamar
vida: hace mucho yo soñaba con el teatro, con escaparme de mi casa. No me
separaba del espejo, donde estudiaba mis movimientos de actriz. ¡Por eso tengo
una variedad enorme de voces!. Podía imitar la voz de mis tías, de mis amigas.
Tenía once años, tal vez no sea la edad más importante, pero para mí lo fue
cuando vi a Pablo por primera vez, en San Fernando. Casi me desmayo; fue en
casa de Elena Schleider, una persona a quien yo adoraba. Elena era amiga de mi
madre y nos invitaba a veranear. Como yo era muy aniñada, todas las visitas me
trataban como a una chiquilina. Sin embargo, la actitud de Pablo me parecía
diferente. Pablo estudiaba ingeniería, pero se interesaba por la literatura. A
veces me leía párrafos de alguna novela que estaba leyendo o se escondía
conmigo en la cocina para que no nos vieran las visitas, o buscaba mi pie o mi
mano debajo de la mesa, a la hora de las comidas, para burlarse conmigo de
alguno de los invitados. Solía mirarme fijamente, para hipnotizarme. En los días
tórridos de enero, a la hora de la siesta, en que todo el mundo se recuesta y se
abanica con pantallas, íbamos en bicicleta al río. A veces descansábamos debajo
de algún árbol y hablábamos de Elena Schleider. Pablo me pedía que imitara su
voz. ¡Cómo cantaban las chicharras!. ¡Y los grillos a la noche!. Ahora, cuando los
oigo, me parece que revivo esa época. Pablo me decía:
"Van a ponerte en penitencia".
"No me importa, no me importa y no me importa".
"Hace cuarenta grados y tendrías que estar durmiendo la siesta".
"Ya lo sé. ¿Quién habrá inventado la siesta?. Lo mataría. En cambio, al que
inventó los helados lo abrazaría. ¿Quieres probar?". "Detesto el helado de
frutilla".
"Yo detesto el helado de limón. Quiero que pruebes el mío." Yo le decía,
imitando la voz de Elena:
"¡Hipnotizame!".
"No me faltes al respeto. No le pases la lengua".
"¡Qué estará haciendo Elena!. Estará toda de celeste. Es el color que le
gusta. Toda de celeste, debajo del mosquitero durmiendo." "Sus siestas son muy
largas".
"A veces sale de su cuarto a las seis y media de la tarde, cuando las visitas
terminaron de tomar el té".
"¿La quieres mucho?. ¿Más que a tus tías, verdad?". "A mis tías no las
quiero".
"¿Y por qué quieres tanto a Elena?". 
"No lo sé. Tiene muchos frasquitos de perfume en su cuarto, y collares y
flores y a veces peinetas que parecen caramelo, muchos libros y muchas
fotografías. No es como las otras personas. Cuando entro en su cuarto, me deja
tocar todo y me regala cosas. No es porque me regale cosas que la quiero. Mis
tías también me hacen regalos. Es cuestión de simpatía".
"Más que simpatía. Me parece que la admiras profundamente."
"¿Profundamente?. ¡Es cierto!. La admiro. ¿Por qué será que la admiro?. Es como
estar enamorada".
"¿Será porque toca bien el piano?".
"La admiro por nada y por todo. Porque está dentro de ella misma como
dentro de una casa. Porque no tiene vergüenza. Nunca tiene un barrito en la
cara, ni un grano".
"Cuando seas grande serás lo mismo". "No quiero".
“Eres tímida. A tu edad uno se ruboriza por todo".
"No soy tímida. Soy como soy. Yo siempre seré lo mismo". "¡Ya se
terminó!".
"¿Qué se terminó?”.
“El helado!. No dura nada." "¿Comerías otros?".
"Cinco más, de todos colores."
"¿De frutillas y de dulce de leche? ¿Quieres que vaya a buscarlas?”.
“Haré el sacrificio".
"Cinco de dulce de leche y cinco de frutillas. De todos los colores, salvo de
uno del color de la nieve. Ese helado horrible, de limón. Quiero irme a Estados
Unidos para comer todo el día helados. No. No te vayas. ¡Hipnotízame!”.
"Voy a buscar los helados".
"Prefiero que te quedes. Tengo tantas cosas para decirte". "¿Sólo para
comer helados quieres ir a Estados Unidos?".
"En verano, sólo para comer helados. El resto del tiempo, estudiaría teatro.
¡Hipnotízame!".
"Serás una gran actriz." "¿Lo crees?".
"Naturalmente que lo creo".
"¿En qué se ve que voy a ser una gran actriz?". "En tu carita de mono".
"Qué gracioso".
"En la manera de moverte, en la manera que tienes de sentarte o de hablar
cuando estás triste o alegre".
"¿Sabes cuándo estoy triste o alegre?".
"Es natural que sí".
"¡Qué feliz soy!. Creía que nadie me comprendía. Elena no me comprende".
"Ahora sabes que alguien te comprende".
"¡No me parecía posible, Pablo!. ¿Piensas que seré algún día una gran
actriz?".
"Estoy seguro".
"Cuando le dije a Elena que yo quería ser actriz, me contestó que mamá se
opondría. Y fue verdad. No soporta que le hable de teatros ni de actrices".
"Tu madre es muy severa".
"Me odia. ¡Hipnotízame!".
"No digas cosas absurdas". 
"Verás si no me odia. Para ella, en primer término, están las ideas morales,
y en segundo término, yo. Además, es ciega. Es íntima amiga de Elena".
"¿Qué quieres decir con eso?".
"Que Elena no tiene las mismas ideas morales que mi madre, y que mi
madre lo ignora".
"¿Qué sabes?".
"Se lo oí decir a la planchadora y al jardinero". "¡Qué niña esta!".
"La planchadora y el jardinero me quieren mucho. ¿Cuántos días faltan para
que termine el verano?. ¡Hipnotízame!". "Ya estás pensando en eso".
"Termina siempre mi alegría ese día. ¿Cuánto falta?". "Tengo que hacer la
cuenta. Parte de enero, febrero y parte de marzo. Sesenta días. ¡Qué extraña
eres, Cornelia!. Tan aniñada algunas cosas y en otras tan adulta".
"Y tú tan estúpido".
"Gracias".
"Me llaman".
"¿Tu madre no puede comprarte zapatos mejores?".
—Así pasé los primeros años de mi adolescencia: adorando y esperando
como una idiota la llegada del verano, de Elena Schleider, de Pablo con los
jazmines del cabo, las magnolias y el canto estridente de los pájaros. Durante el
invierno los veía esporádicamente. Tardé en darme cuenta de las relaciones que
existían entre Elena Schleider y Pablo. Elena Schleider era tan seria que nadie la
creía capaz de cometer un adulterio. Además, se parecía al supuesto retrato de
Lady Talbot, de Pedro Cristus. En una oportunidad dio lugar a comentarios el que
Elena Schleider no quisiera acompañar a su marido en un viaje de negocios por
Europa. Se dijo que estaba enferma, pero durante todo aquel verano, sus
mejillas relucieron con un color muy vivo, lo que me llevó a pensar que la fiebre
embellecía a las personas. Conservé durante un tiempo una horquilla de ella.
Recuerdo que me mudaron de cuarto aquel verano, y que Pablo no salía conmigo
a la hora de la siesta como acostumbraba hacerlo. En varias oportunidades me
dijo que fuera a esperarlo a la sombra de un sauce que quedaba bastante
retirado de la casa, a orillas del río. Lo esperaba mirando el agua, con
impaciencia. Un día resolví volver a la casa, para reprochar a Pablo su conducta.
Cuando llegué a la casa, la puerta de la calle estaba cerrada con llave. Me trepé
a un balcón, encontré la puerta del balcón abierta y entré. En puntillas me dirigí
al cuarto de Pablo. No había nadie. Después recorrí la casa, cuarto por cuarto,
hasta que llegué al de Elena Schleider. Eres lo único que tengo en la vida,
susurraba la voz transformada de Elena Schleider. En la penumbra primeramente
no vi nada, luego, como la mujer de Barba Azul cuando entró al cuarto prohibido,
retrocedí espantada. Pablo y Elena Schleider, como un monstruo mitológico,
estaban abrazados, sobre la cama. Hablaban de una cigarrera de oro, en voz
baja, como si se confesaran. Era el regalo que Pablo le había hecho a Elena. Salí
despavorida al jardín, bajé al río y me escondí entre las plantas.
—¿Por qué no sigue?.
—No sé. Me parece que hablo en vano.
—¡Por favor!.. Me hace olvidar el mundo horrible en que vivimos, las
torturas.
—¿Las torturas?.
—Sí. Las torturas. Siga.
—Esa noche me buscaron con linternas y me encontraron tarde, con el
vestido roto y despeinada. Dije que un hombre me había violado. Inventé esa 
historia. Poco después, cuando ya me había desvestido para acostarme, Elena y
Pablo entraron en mi cuarto para ver si ya no lloraba.
"Toma un poco de café. Termínalo. Va a hacerte bien", me dijo Elena.
"Por favor, unos tragos más".
"Ahora nos dirás qué sucedió. ¿No puedes decirlo?".
"No nos hagas padecer tanto. Hace una hora que estamos rogándote que
nos hables".
"No se lo contaré a nadie. Puedes estar segura".
"Ni yo tampoco. A nadie. Sé razonable. Hablar no cuesta nada". "Fue un
hombre, un hombre horrible. Quiso violarme". "Donde aprendiste esa palabra?".
"No la aprendí. La conocía".
"Cornelia lee mucho. Además, es una señorita. Siempre te olvidas de la
edad que tiene".
"¿Pero qué sucedió?" ."Me rompió el vestido".
"No llores. No llores. Tal vez sea un malentendido. ¿Por qué te fuiste sola de
noche?".
"Me perdí. Estaba juntando jazmines en el cerco de un jardín. Se hizo de
noche, una noche oscura".
"No volverás a alejarte de casa".
"No, a esas horas no volveré a alejarme".
"Nos asustaste mucho. Me duele la cabeza. Estoy enferma. Eres una
inconsciente. Voy a acostarme. Te dejo con Pablo. A él le tienes más confianza.
No te aflijas. No pienses. Mañana hablaremos con tranquilidad". "Tengo miedo".
"¿De qué?".
"De que vuelva. Oí pasos en el jardín".
"Espera. Voy a apagar la luz. No hay nadie. Estás nerviosa". 
"No".
"Dijiste que la noche estaba oscura. ¿No habrás soñado? Mira el resplandor
de la luna, allá arriba".
"No he soñado. Lamento no haber muerto". 
"Lo dices para castigarme". 
"Lo digo porque lo siento". 
"No llores. Eres una chiquilina". 
"No estoy bien. Voy a desmayarme".
"Cornelia, Cornelia, contéstame. Voy a llamar a un médico". 
"No. Ya estoy mejor. No te muevas. ¿No eres supersticioso?".
"No. ¿Por qué?".
"Oíste el chistido de la lechuza?”.
“sí".
"¿Oyes?. Cuando alguien está por morir se oye el chistido de una lechuza”.
“¿No estaré por morir?. Tengo un pecado mortal." 
"¿Qué pecado?”.
“No es uno solo!".
"¿Mortales todos?".
"Todos mortales. Iré al infierno. Cuando pienso en el fuego del infierno me
da frío". 
"No tiembles. Te salvaré del infierno". 
"¡No eres Dios para salvarme!".
"Puedo protegerte".
"Nadie puede proteger ni salvar a un pecador". 
"Estás arrepentida".
"No estoy arrepentida".
"Estás nerviosa. Voy a darte un calmante. Toma".
"No quiero, y no quiero que nadie me domine". 
"Nadie pretende dominarte. No te hagas la nenita". 
"Tener once años es peor que ser una esclava".
"¿No eres feliz?. ¿Nunca eres feliz?. Vamos, no te hagas la víctima. Quiero
verte sonreír."
"No me comprendes. No podré dormir. Ese hombre, ese hombre horrible".
"No llores. Trata de dormir. Tranquilízate".
"Me tuvo entre sus brazos. El silencio y la oscuridad entraron en mí. Dije la
verdad: un hombre me violó aquella noche. ¿Qué piensa?".
—La escucho.
—Al día siguiente, como si nada hubiera sucedido, Elena Schleider y sus
huéspedes me llevaron por la tarde al cinematógrafo. Elena Schleider hizo algún
comentario sobre mi palidez morbosa, sobre la necesidad de cortarme el pelo y
enseñarme a tener mejores modales. La odié como sólo se odia a una persona
que uno ha adorado. Entonces concebí mi venganza. Al día siguiente robé la
cigarrera de oro y poco tiempo después la vendí para comprar un anillo a Pablo.
Tuve que esperar la oportunidad para regalárselo. Elena Schleider había salido
para hacer unas compras. Todos los huéspedes jugaban a las barajas, salvo
Pablo. Temblando me acerqué a él y le dije:
"Creo que me odias y no puedo seguir viviendo así". "Pero mi hija ¿cómo
puedes creerlo?".
"Entonces, si no me odias, te regalaré este anillo que conseguí a costa de
muchos sacrificios. ¿Lo usarás?. Contéstame. ¿Me oyes?".
"¿Qué dices?. Perdóname. Estoy estudiando una materia muy difícil".
"Conseguí a costa de muchos sacrificios este anillo de oro y quiero que lo
uses. ¿Lo usarás?".
"No podría; de ninguna manera. Nunca usé ni usaré un anillo. Además, es
un anillo de compromiso".
"Qué importa que sea un anillo de compromiso".
"Importa mucho. No me gustan los símbolos".
"Si no quieres usarlo en el anular, entonces podrías usarlo en tu llavero".
"Es una tontería. ¿Quién usa anillos en el llavero?. ¿Quieres decirme?.
¡Tienes unas ideas!".
"Te arrepentirás toda tu vida".
"¿Volverás a llorar?. Cornelia, mi paciencia tiene un límite".
"Si no lo usas en tu llavero voy a matarme. Hoy mismo, hoy mismo”.
"No grites. Toda la casa va a oírte. Es lo que quieres, ¿verdad?. Dame el
anillo. ¿Estas satisfecha?. ¿Comiste dulce? Está sucio”.
"No". 
"¿Qué quieres que haga ahora?. ¿Que me mate?. ¿Qué pretendes?.
¿Vuelves a llorar?".
"Tengo que decirte algo”.
"Dímelo pronto. No me tortures".
"Voy a tener un hijo".
"Lo que me dices sobrepasa mi entendimiento. Estás loca. Estoy loco.
Estamos tal vez todos locos. Pero creo que mientes".
"Digo la verdad. Siempre la verdad. ¿Quieres que me vaya?".
"Pablo, ¿no me oías?".
"Estaba estudiando. En esta casa es muy difícil estudiar. Por no decir
imposible".
"La vi salir a Cornelia con los ojos rojos de lágrimas. ¿Qué tiene esa niña,
puedes decirme?".
"Es niña. Conoces esa desdicha. Tú también lo fuiste". 
"Siempre fui feliz. Feliz como los pájaros". 
"Hay niñas que sufren a los once años".
“¿Por qué a los once años?. Nunca he entendido esas cosas. Explícamelas".
"Si no lo sabes, no puedo explicártelo".
"Piensas que no soy sensible, ¿verdad?. Piensas que mi alegría es un poco
absurda, un poco fría".
"No digas cosas que no sientes. Sabes que te adoro".
"Cuando estamos rodeados de gente, cambias. Cambias horriblemente".
"No seas pueril. Estás más linda que nunca. Es la primera vez que te veo
vestida de amarillo".
"Es el color de los celos, el color de la retama".
"No eres celosa. En tu cuarto, en tu pelo, en tus manos, hay un olor a
retama, aun después de que pasó la época de su florecimiento".
"Fui retama en otra reencarnación".
"¿Retama o jazmín?".
"Retama y jazmín".
Me había escondido para escuchar la conversación. Elena Schleider, que me
vigilaba, se enteró de todo. Enfurecida, se lo dijo a mis padres, que tenían
muchos hijos y son muy religiosos; ante mi impasibilidad, me echaron de la
casa. El cuento del hijo fue mentira, pero gracias a esa mentira, mi tía quiso
protegerme y me tomó como empleada en su casa de modas, a condición de que
no me dedicara al teatro. Elena Schleider amenazó matarme si me encontraba
con Pablo. A mi vez, para vengarme, fingí enamorarme de otro muchacho; mi
venganza resultó nefasta, pues me enamoré, y Pablo comenzó a perseguirme.
¡Con un automóvil muy lujoso!.
—¿Y todavía está enamorada?.
—No. ¿Usted siempre lleva bigotes?.
—Cuando salgo solamente. Para entrecasa me los quito. 
—Quíteselos.
—¿Por qué quiere suicidarse?. 
—¿Por qué lleva bigotes postizos?.
—¿Por qué quiere suicidarse?.
—No importa por qué. Ahora tiene que matarme. 
—Me ha contado una parte de su vida. ¿Acaso es la más importante?. Falta
la otra. ¿No tuvo cinco, seis, siete, ocho, nueve años?. ¿No tuvo viruela o
rubeola?. ¿No tuvo miedo de la oscuridad?. ¿No le contaron cuentos?.
—¿Quiere que mi vida se convierta en Las mil y una noches?. Las personas
a quienes detestamos son las personas a quienes les hacemos confidencias
minuciosas. Frente a ellas no podemos modificar nuestra alma. Siempre están
ahí para recordarnos cómo fuimos.
—Me resigno. Para cumplir con mi promesa, usted tiene que cumplir con la
suya.
—En este momento no podría seguir. Estoy muerta. Quisiera ir a La Rosa
Verde y llevarle de regalo a Cristina el maniquí. Quisiera saber si el hombre ha
muerto. Es mi última voluntad.
—Salgamos. ¿Podré pasar por mi casa para buscar el revólver?. Un revólver
verdadero.
—¿Usted cree que alguien puede perseguirnos?.
—El revólver es para matarla a usted. Prefiero estar armado. Podría
estrangularla o abrirle las venas, pero el revólver es más impersonal. ¿Y esta
carta?.
—Es mi carta de despedida.
—Démela. Todo lo que se refiere a su muerte me pertenece. 
—Me repugna su manera de proceder. 
—¿Por qué besa su imagen?.
—Porque inspira el deseo de besarla. 
—¿Y no hay que reprimir los deseos?.
—No. Mi imagen en el espejo es la mejor parte de mí misma. Salgamos.
Espero que apague las luces. ¿Pero qué es esa luz que se ve en las persianas?.
—La luz de la luna. Buenos Aires es mi única ciudad desconocida. Siempre
es un puerto, al que acabo de llegar.
—Los espejos son muy importantes. Son el alma de una casa. Los espejos
romanos eran pequeños y a propósito para tenerlos a mano.
—No me gusta ver mi perfil. Uno es cruel y el otro idiota. Rompería todos
los espejos.
—¿Nadie oyó hablar del espejo ardiente o ustorio?. Se le dio ese nombre,
en la Edad Media, a un espejo cóncavo o parabólico que recogía todos los rayos
del sol en un punto llamado foco, donde el calor era tan grande que quemaba.
¡Qué sabia soy!. ¿No admira mis conocimientos de historia?. ¿Arquímedes no
abrazó en Siracusa la flota de Marcelo; y Proclo, ingeniero del emperador
Anastasio, no quemó en Constantinopla la flota de Vespasiano, con espejos?. En
el santuario de Démeter, en Patras, había una fuente sagrada que alimentaba un
estanque, en cuyas aguas, combinadas con un espejo, se hacían adivinaciones.
—Yo también creo en la magia, en los naipes, en la transmisión de
pensamientos, en la telepatía humana.
—En un templo situado cerca de Megapolis, dice Pausanias que todo el que
se miraba en su espejo se veía a sí mismo muy confusamente o no se veía en
absoluto, pero las imágenes de los dioses y sus tronos relumbrantes se veían con
claridad. ¡Qué extraña luz rosada entra por la ventana!. Creía que estaba en
Megapolis. Creía que era el amanecer. Qué íntimas son las calles, en verano,
aunque nos sintamos forasteros. Me olvidaba del maniquí.
—Me olvidaba de los bigotes. 
—¿Por qué se disfraza?.
—Para no reconocer a la gente.
—No se nada de ti. Creo que la confianza debe ser recíproca. ¿Por qué no
me hablas?. ¿Por qué no me cuentas tu vida?.
—Conozco partes importantes de tu biografía, no lo olvides. 
—Los acontecimientos de la vida no forman el carácter de una persona.
—Y la conducta de una persona frente a los acontecimientos ¿no indican el
carácter de una persona?.
—De ningún modo. Hay personas muy difíciles de conocer.
—Te conozco. A nadie he conocido tanto. En el fondo quieres ocultarte,
ocultar tu verdadera personalidad. ¿Por qué no me cuentas tu sueño de anoche?.
—¿Qué obligación tengo de contarlo?.
—Es natural. ¡Qué púdico!.
—Los hombres son muy púdicos.
—Y las mujeres muy desconfiadas. No creo lo que me dices. 
—¿Y para qué voy a mentirte?.
—Para conocerme un poco más de lo que crees que me conoces. 
—No te miento. Soñé que me matabas.
—¿Quieres hacerme creer que tuvimos el mismo sueño?. Vamos a ver, te
maté ¿Y qué más?.
—Me arrancaste el cuchillo que estaba a punto de clavarte. Mientras te
abrazaba me lo clavaste.
—Te comportaste como una vulgar reina, en su vuelo nupcial. ¿Y el negro?.
Ese negro que tenía un niño en sus brazos ¿quién era?. ¿Por qué usaba una
máscara?.
—Era Claudio. Pero era también el incendiario.
—¿Cuáles serán tus deseos para que hayas tenido ese sueño?.
—Qué absurdo eres. Pensar que pasaba todas las mañanas frente a La Rosa
Verde y creí que la calle Esmeralda era una vulgar esmeralda. Cuántos días han
transcurrido desde ayer.
—Pensar que pasabas todas las mañanas a mi lado, sin verme, y yo sin
verte. ¿Por qué vinimos a este sitio?. Preferiría la misma prisión, con la ventanita
pegada al techo, con las pilas de cajas de sombreros.
—No podíamos quedarnos definitivamente allí. Nos hubieran comido los
ratones.
—Me reconcilié con los ratones en esta casa. Tenían una manera de mirar
tan graciosa como los ratones que obedecían a San Martín de Porres.
—Tengo miedo.
—¿De qué tienes miedo?.
—No sé.
—Estarás nerviosa porque no has dormido. Tienes miedo del hombre.
¿Temes que haya muerto o que no haya muerto?.
—No es eso.
—Tienes miedo de encontrarme con gente.
—No. Temo que Cristina no viva, que nunca haya vivido.
—¿Y ése es un motivo para tener miedo?. 
—Sí. Tengo miedo de que Cristina no exista, que haya sido una aparición. Y
si ella lo fuera, también tú lo serías.
—Existo. Existes. Existe el beso que nos dimos.
—Jamás nos dimos un beso. Si crees que nos hemos besado, es que has
besado a un fantasma.
—Existen las pilas de cajas, existe el depósito de sombreros, existen los
adornos y los fieltros.
—Todo parece tan irreal. Tendría que lastimarme para saber si existo.
—No te apresures. Siempre hay algo que nos lastima.
—Pero me refiero a una herida de esas que sangran, a una herida hecha
con un cuchillo. Por ejemplo, si tuviera un cuchillo me lastimaría.
—No has dormido. Estás nerviosa.
—No tienes imaginación.
—Pero tengo memoria. Tuvimos el mismo sueño. Mi vida es muy pobre. Si
te la contara, no seguirías contándome la tuya. No hay tiempo para tantas
confidencias. En las sociedades secretas de indios americanos sólo se admiten
adeptos que hayan tenido ciertos y determinados sueños. Sin esos sueños no
pueden entrar en esa sociedad. Nosotros tuvimos el mismo sueño...
—Es cierto. ¿No habremos tenido desde que nacimos los mismos sueños?.
Cuéntame los tuyos. Habrás soñado mucho antes de conocerme. Yo sueño
siempre conmigo. Cuando era muy niña, tenía conversaciones con mi propia
imagen. Le hablaba con un millón de voces. De noche soñaba con este espejo;
tal vez fuera por influencia de mis lecturas: Alicia en el País de las Maravillas me
fascinaba. Dicen que en el momento de morir uno recuerda todos los instantes
de la vida. Al disponerme a morir esta noche, reviví frente a este espejo las
sensaciones de mi infancia.
—¿No piensas como Stendhal que "el amor es el milagro de la civilización"?.
—¿Todavía tienes ilusiones?.
—Todavía.
—¿Cómo te llamas?.
—Daniel.
—Daniel. Es mi nombre predilecto. En la Historia Sagrada imaginé a Daniel
un millón de veces, en la fosa de los leones. Tus ojos son tan claros que me
hacen creer en la verdad. Lástima que nos hayamos encontrado el último día.
—¿El último día?.
—Sí, el último día de mi vida.
—A nadie se le ocurriría pensar que acabamos de conocernos y que por eso
tendrías que serme totalmente indiferente, como yo te soy totalmente
indiferente.
—Si sientes por mí la misma indiferencia que siento por ti, estoy tranquilo.
Pero no juegues tanto. No podría hacerte sufrir. Jamás podría hacerte sufrir.
—¿Dejarías todo por mí?.
—Moriría por ti. Y tú ¿vivirías?.
—Hace muy poco que nos conocemos. Y ahora toda esa cuestión del suicidio
¿te parece absurda, verdad?.
—¿Por qué prometiste matarme?.
—Para evitar un suicidio. ¿Quién es Cristina?.
—Es una niña de diez años. 
—¿Y qué puede importar una niña de diez años?.
—Es misteriosa, y además tiene diez años, una edad bastante misteriosa.
No sabemos qué hace ni sabemos si existe.
—¿Y qué va a hacer esa niña con el maniquí?.
—Le gusta más que una muñeca. ¿Por qué no me dices tus secretos?.
—Te los diré si consientes en vivir. ¿Consientes?.
—¡Cómo voy a consentir en cosas que no me incumben!. Felices los que
murieron o vivieron en la época en que no existían los espejos. Nada les impedía
quitarse la vida como yo quisiera con este inocente vaso. Vete. Quiero verme a
mí misma en el espejo. Lo que más me gustó en el mundo fue el agua: beberla,
mirarla, imaginarla. En este vaso la tengo presa, aunque esté mezclada con otra
cosa menos pura. Me acercaré a besarte, espejo. Qué fresca, qué incontaminada,
qué parecida a nadie eres. Pego mis labios a tus labios como si nadie pudiera
separarnos jamás. Todas las fotografías son espejos de lo que fuimos, pero no de
lo que somos ni de lo que seremos. Deja que me mire. Soy lo único que no
conozco. Voy a beber algo mejor que la vida. Por suerte ya sé todo lo que no soy
yo. Me acercaré al espejo. Quiero besarme. Nada me impedirá besarme. Nada
me impedirá arrodillarme. Tu boca, espejo, es fresca como el agua. Me da
miedo. No existe la distancia que nos separa, ni el frío helado de tu superficie
lisa. Voy a morir ahora mismo. Me desvestiré, y quedaré desnuda. Totalmente
desnuda. Si alguien se acerca, que se vaya y me deje sola bajo la mirada mía
que pronto se terminará. Qué extraño ruido. ¿De dónde proviene?. Lo oigo venir
desde arriba, como si algo se estuviera rompiendo. Hace tanto que vengo a esta
casa y nunca lo he oído. ¿Los ratones se habrán metido detrás del espejo?. O
bien algo se está despegando en esta mole gigantesca. ¿Por qué te tengo tanto
miedo, espejo, si antes no te temía?. Antes me acercaba, ahora me alejo. ¿Me
vas a matar?. ¿Te atreverás?. Moriré bajo tus cristales. Me arrodillaré a tus pies.
Me taparé la cabeza con mis brazos para no ver caer tu cascada de vidrios. Qué
porquería eres. Me buscaré a mí misma en todos tus pedazos: un ojo, una mano,
un mechón de pelo, mis pies, mi ombligo, mis rodillas, mi espalda, mi nuca tan
querida, nunca podré juntarlos.
—Poca voz me queda. Los que me buscan son las alimañas, los ratones, el
polvo. La muerte de una persona no es igual a la muerte de un espejo. No creí
tener esta suerte de morir contigo.

28 septiembre, 2012

Flor Monfort

 
 EROTIC
“Estoy en el lobby de un hotel cinco estrellas en Acapulco. Voy a buscar el auto alquilado, lo dejé afuera para no pagar los 14 dólares de estacionamiento. Tengo las llaves en una mano y la valija en la otra. Se acerca un señor a preguntarme si quiero que busque mi auto pero le hago no con la cabeza. Él se da vuelta para buscar otro huésped. Le brilla la piel por el calor de la mañana hirviente. Lleva la camisa reglamentaria, de un algodón blanco, pesado y con un prendedor de alas. Se pone las manos en la cintura. Podría tener los síntomas de alguna enfermedad y no hacerse ver hasta el último momento. Tendrá unos 60, la edad en que las enfermedades silenciosas son mortales. No me sonríe, su espíritu servil me parece sincero, lo que redobla la apuesta de mi melancolía. 
Camino hacia mi auto. En la calle, hay puestos de tacos y golosinas picantes, perfumes que entran en la nariz como por un colador. Los vendedores me ofrecen dulces y mariscos fritos. Cargo la valija en el baúl, me subo al auto y pienso en Pablo. Esa tarde de hace un año en que estábamos en El durazno. Fuimos a descansar, solo una semana, nuestras primeras vacaciones. El día estaba nublado y subimos a la cabaña porque yo tenía unas líneas de fiebre. Abajo había una hamaca paraguaya que se hamacaba sola y una parrilla que no pensábamos usar. Las camas estaban sin hacer y nos acostamos sobre los colchones de una plaza que juntamos para dormir pegados. Hicimos el amor. Vi que tenía los abdominales marcados y sentí que hacer el amor a la tarde en vacaciones era un buen síntoma. Los cuerpos se amoldan pero al principio todos sufrimos de una extrañeza frente a la humanidad del otro. Pablo es flaco pero nada desgarbado, usa una barba larga que parece más bien de plumas que de pelos. Los ojos caídos en las puntas y unas pocas ganas generales de reírse a carcajadas. Tiene algunas marcas en la cara, el gesto de aguantar el llanto. Es el último hijo de una pareja gastada, el que hereda la ropa y las formas, el que no sabe quién es hasta que el recorte con el mundo lo define, pero lo define con errores, torpe y sin riendas. Un volcán de ira cuidando a una madre tonta de la angustia de los otros. Los novios tristes son una estafa, pero son los que me vienen tocando.
Pablo y yo hacíamos el amor trabados, sin deporte ni suavidad, confiando en la rutina. Las emociones violentas eran las discusiones de madrugada. Para nosotros coger era una descarga final, breve, el deber de la pareja.  
El auto está caliente. Pelusas que explotan como coliflores a la luz del reflejo del sol. Me siento bien, me falta un vaso de agua pero estoy inspirada, estoy en la película de mi vida. Me acuerdo de ese tío que engañó a todos con el cuento de que estudiaba medicina. Decía que sacaba notas altas. Fueron cuatro años de festejarle la vida al futuro doctor. Tenía muchos amigos y también los había engañado. El día que lo descubrieron se compró el último libro de la colección de hematología. Es que él seguía con la mentira y esa persistencia hizo dudar a todos, les hizo pensar que tal vez sí había estudiado. Se lo preguntaron en el comedor de familia judía que juega al póker los jueves. Su mamá apoyó el codo en la mesa y prendió un cigarrillo. No hay nada que hacer, nos metió el perro a todos.
El tiempo es como una valija cerrada. Todo lo que hay adentro del tiempo o de la valija puede comprimirse hasta la asfixia o puede desplegarse en el aire, en los cuerpos, y hacerse ancho, como cuando abrimos la valija y no la volvemos a cerrar. Por eso un segundo puede ser un año y un año puede ser un pulóver.
2
Me di cuenta de que él dormía muy profundo, respiraba hasta el fondo, porque se despertó y gimió tres veces, gimió con dolor, como volviendo los músculos a la vida. Seguía con los ojos cerrados pero se movía de vez en cuando. Le puse la mano en el pecho y me la sacó, como un reflejo. Si yo le gustara mucho tal vez no lo hubiera tenido. Todavía sonaba un random de una música que a la noche era promesa y ahora ruido. Yo no había acabado ni una sola vez. El ancho de su espalda era igual al de Pablo. Los cuerpos son como jardines. Se llamaba Ariel. La piel con la humedad justa. Lo conocí en un bar donde tocaba una banda de argentinos. Era el tecladista. Tocaba mirándome, ponía caritas, tomamos mezcal con un polvo rojo y picante. No estaba borracha, veía vidrioso.
Nunca se me había ocurrido que el sexo podía ser triste. Lo había leído en un reportaje. En ese momento, el sexo me parecía cualquier cosa menos triste. Lo triste es el después, ver las cosas como son, como los autos cuando los estacionás en la oscuridad y los buscás al amanecer: siempre están ubicados de otra manera. Cuando llegamos al hotel le dije “no tengo nada para ofrecerte”, entonces se sirvió un vaso de agua de la canilla y nos sentamos en la cama a charlar. Las sillas de la habitación estaban ocupadas por pilas de ropa, bolsos y bolsas de regalos. La malla húmeda colgaba de la punta de una mesa y en línea recta al piso se había formado un charco de agua, ahora seco. Me contó de su llegada a México, de cómo conoció a los otros músicos, me dijo que esa noche había una fiesta y que a él no le gustaba el espíritu de equipo, que prefería estar solo. Dijo “no me gusta que me quieran agarrar”. A mí qué me importaba.
Fuimos a mi hotel porque mi amiga se quedó a dormir en otro lado. A él le gustaba dar y a mi me gusta dar, estábamos desparejos. Lo dejé que me toque. Lo hizo despacio, me acarició las piernas, me apretó la carne entre las piernas porque entendió que para eso la tengo. Me dejó acostada y él se apoyó en su antebrazo y me miró un rato largo. Las aspas del ventilador salían de su cabeza. Era un jefe de tribu con ese plumaje pesado, un jefe algo joven e inexperto, pero de esos que se respetan. Respeté su momento de mirarme. Pablo había estado pensando en mí esa tarde. Hace tres meses que no nos vemos. Hubiera querido hacer algún viaje con él más largo, hubiera querido leer sus textos, hacer algo por su desesperación más que los reproches. Al principio de la relación encontramos una fórmula para decir te amo sin decirlo, nos decíamos tao tao. Yo manejaba mi auto y él el suyo, y siempre quedaba atrás mío. Una tarde, lo miré por el retrovisor y le dije tao tao y él se rió.
El tecladista me penetra como me gusta, lento. No llega hasta el fondo, se guarda el diamante para el final. Lo miro a los ojos. Me envuelve los hombros con un solo brazo y se mueve en círculos. Lo hace por intuición, por arrojo, como si fuera la primera vez que se anima. Entra un calor seco por la ventana. Abajo el piano bar típico de los resorts. Se escucha el repique de la vajilla y algunos pasos lentos. Estamos en el segundo piso. El mar cerca pero silencioso. Me muevo con él, le enseño mi ritmo, subo la pelvis. Lo beso con baba, lo agarro del cuello, me gusta ir a ciegas. Me siento bien con él adentro, pienso que la vida es una sucesión de garches que definen el paso del tiempo. Quiero estar sola para pensar bien en todo lo que está pasando. Cambiar de canal y pedir room service. Hubo un proyecto y se murió pronto. Había pensado que se podía pasar por alto algunos detalles, como el sexo complejo o los cambios de humor o los duelos mal hechos.
Ahora las olas. Era un problema de afinar el oído, de callar un poco las voces que se juntan en la frente y me hablan. Pablo también había creído eso. Pero también quería verme con otros, prefería verme en el mundo y yo prefería estar con él en la cama, mirando el espacio entre la pared y el techo. Pablo me prefiere a la distancia, eso seguro. Le gustaría estar viendo esto. Voy a intentar disfrutarlo. Lo que tardamos en acomodarnos en el ritmo instaló una suerte de rutina. Nos pareció bien esta cadencia, ninguno es amigo de los cambios pero por alguna razón decidí darme vuelta. Lo hice con él adentro, subí la pierna a la altura de su cintura, giré y me puse boca abajo y esperé que él acabara. Fue rápido. Después nos dormimos y la mañana.
3
Manejo hasta el restaurante donde me espera mi amiga. Tenemos que devolver el auto y volver a la ciudad. Tenemos nuestros chistes y canciones, covers de los ochenta que remixamos con los hits del viaje. Nos reímos con ganas hasta ahogarnos, sobre todo en las curvas que me dan vértigo. Todavía voy a estar una semana en la ciudad y quisiera que fuera un año. Desayunamos huevos y sándwiches con banderas en sillas colgantes de madera. Chequeamos los mails y comentamos que los amigos le festejan a los conocidos, pero nunca a los propios amigos. Es como la familia, es difícil reconocerle cosas, se ven las miserias muy de cerca. A mi familia no le importa que yo escriba, por eso voy a escribir cualquier cosa sobre ellos, le dije. Mariana me parece hermosa. Es tan fácil hablar con ella, hacerla reír, hacerla sufrir. Me cuenta sobre su noche. Un casi adolescente que le hablaba de los crímenes de Taxco, a ella le interesó de verdad y le siguió la corriente hasta que él la llevó a conocer la carpa que usan los bañeros en la playa y se dieron un beso con mucha lengua en la arena agujereada pero nada más. No pasó nada. Una suerte de desentendimiento que los dos aprovecharon a favor de la noche. Abrazados, se quedaron en silencio”.

26 septiembre, 2012

Margarita García Robayo.( Colombia, 1980)




Fútbol
Buenos Aires, 22 de junio de 2010.
(Fragmento de una crónica mundialista)

1.
El sábado 4 de septiembre de 1993 iba a ser un fin de semana como cualquiera. Mis papás, mis hermanos y yo nos íbamos a una finquita que teníamos cerca, y esta vez venían también cinco amigos de mi hermano, que tenía quince años. No era usual que hubiera tanto muchachito, pero fuera de eso el plan transcurría más o menos como siempre. Como siempre era aburrido, complicado. En mi casa todo tendía a complicarse porque éramos mucha gente con poca voluntad, y, salvo la parte en que comíamos –desaforados, mayormente–, nunca estaba claro qué le tocaba hacer a cada quien. Mis fines de semana a los trece años eran, entonces, una sucesión de paseos confusos, sobresaturados de conflictos microscópicos, que el domingo a la tarde, por acumulación o por desgaste, explotaban en masa dejando una nube espesa encima de nuestras cabezas. A veces la nube no alcanzaba a disiparse en la semana y el sábado siguiente allí estábamos, arrastrando peleas más viejas que algunos de nosotros: que yo, por ejemplo, que soy la menor de cinco. Total, que ese sábado no parecía distinto, salvo por el despliegue de testosterona adolescente.
–¿Y por qué es que vienen todos esos zánganos? –preguntó mi hermana, que tenía dieciséis; mi hermano se había ido con los amigos en su camioneta: una Ford muy vieja que le habían regalado hacía unos meses para su cumpleaños número quince, y que hoy habían disfrazado de bandera. Los demás íbamos en el Polara de mi madre. Mi hermana llevaba un rato enredándome el flequillo con una peinilla: por esa época las dos usábamos el copete de Alf y cada mañana la una le enredaba el flequillo a la otra; luego se lo abultaba y se lo echaba hacia un lado y se lo iba esculpiendo. Al final lo rociaba con laca.
–Vienen por el partido de mañana –dijo mi madre, que manejaba, mientras mi papá cabeceaba en el asiento de al lado, con el diario doblado en la falda. Mis dos hermanas mayores ya iban a la universidad, por eso zafaban de estos paseos: los fines de semana siempre tenían trabajos grupales para los cuales se producían como si estuvieran estudiando teatro de revista y no derecho.
–¿Qué partido? –insistía mi hermana, pero ya no hubo respuesta. Mi mamá pocas veces seguía un diálogo más allá de dos líneas, era como que se aburría y cambiaba de tema sin previo aviso. En cambio podía mantener largas conversaciones consigo misma. Ahora, por ejemplo, hablaba del almuerzo: que no iba a alcanzar porque los muchachitos son tan tragones a esa edad, la edad de la tripa hueca, del barril sin fondo, de la solitaria, “ja–ja”: se burlaba sola.
Mi hermana terminó de peinarme, me eché hacia delante y alcé la cabeza para mirarme en el retrovisor: el copete de Alf se elevaba como un tsunami sobre mi frente. Se ve que el olor de la laca despertó a mi papá porque sacudió la cabeza y volvió en sí, agarró el diario y se lo acercó bien a sus ojos miopes, como si estuviera muy interesado en lo que decía el titular: “Colombia enfrenta a Argentina en la última fecha de la fase clasificatoria”. Y la bajada: “Hay mucho optimismo”.
A mi papá no le gustaba el fútbol. A mi mamá tampoco. A mis hermanas tampoco. A mi hermano, vaya a saber. Era el único varón y eso lo convertía en un pendejito caprichoso. Mis padres le consentían la volubilidad hasta el punto de la esquizofrenia. Su vida consistía en abrazar nuevos gustos y desechar los viejos, que no solían durar más de un mes. En el último año había pasado del heavy metal al reaggae, de Balzac a Condorito, de una novia culonsísima a una lombriz anoréxica. En fin, que ese fin de semana a mi hermano le gustaba el fútbol, por eso nos habíamos embarcado en un paseo cuyo objetivo era mirar un partido con sus amigos granulientos. Volví a mi lugar en el asiento, tratando de no moverme mucho para no perturbar al copete, y empecé a enredarle el flequillo a mi hermana.
–Parece que es un partido importante –le dije.
–¿Ah sí?
Asentí:
–Hay mucho optimismo.
(...)
Escritora, periodista y catedrática, radica desde 2005 en Buenos Aires, donde escribe la sección La ciudad de la furia en el diario Crítica de la Argentina, y escribe columnas de opinión para distintos medios de América Latina. Para la edición digital de Clarín, creó el blogSudaquia: historias de América Latina y colaboró en revistas de crónica como Soho,Don JuanTravesíasSurcosGatopardo. En su ciudad fue columnista de cine de El Universal, profesora de análisis fílmico de la "Universidad Torge tadeo lozano" y coordinadora de proyectos en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Fue elegida como uno de los 50 líderes de Colombia en la edición de liderazgo del 2007 de la revista Cambio. Escribió el libro de cuentos Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (Planeta, 2009; Destino, 2010), que fue traducido al italiano. Participó en la antología de las mejores crónicas de la revista Soho, publicada por Editorial Aguilar en 2008.

21 septiembre, 2012

María Juliana Villafañe(Puerto Rico)


AURORA Y SUS VIAJES INTERGALÁCTICOS(fragmento)
 Ella vivía en aquella casona que le parecía una nube blanca. Desde que murieron sus padres se sentía flotando en una nebulosa de sueños. Llenaba sus horas de soledad escribiendo los relatos que brotaban como nardos de su frondosa imaginación. Angela, su tutora y amiga, y Jandro, el jardinero, la observaban por las noches mirando la obscuridad, caminando por los senderos de las estrellas en busca de nuevas historias.
     Había una estrellita muy especial, un lucero brillante a quien Aurora llamaba Milsy. La traviesa estrellita la invitaba a recorrer el mundo de otras galaxias y Aurora sin pensarlo, se iba a acompañarla. En sus escapadas con Milsy, Aurora fue descubriendo otros mundos. En ellos aprendió que más allá de su  planeta Tierra, entre las nubes y las estrellas, no importaban las apariencias, había algo mas importante que confirmar las cosas en un laboratorio, que no todo se explica científicamente.
     Aurora necesitaba quien creyera en ella. Por eso soñaba con encontrar a su Príncipe de Otra Galaxia que un día vendría a buscarla.
     Una noche mientras paseaba por los cielos tomada de la mano de su amiguita Milsy, se cruzaron con un astro fugaz, era el Príncipe de Otra Galaxia. Fue sólo una fracción de segundo, pero le bastó a Aurora para saber que era él.  Sabía que era su alma gemela.
     Un buen día su amigo Kixt, jefe intergaláctico de otra especie, la despertó de madrugada. Cada vez que la llamaba le daba una cosquilla en el corazón, como si le pasaran algodón en la piel. Era una señal y entonces ella le daba entrada a su amigo para comunicar.
     Ese día le contó, que su amigo Siul, un príncipe de otra galaxia, sabiendo que él era muy andariego, le preguntó si conocía a una chica que se había cruzado en su camino. Le dijo que en su mirada vió reflejada la bondad de un alma buena. Esa intensidad en la mirada, más que la imagen, era lo que nunca olvidaría. Kixt, supo inmediatamente que se trataba de Aurora, pues era lo mismo que ella hacía unos dias le había contado. El Príncipe al saber que ella era del Planeta Tierra se había sentido un poco asombrado. Sabía que en el Planeta Tierra los seres intergalácticos como él casi no existían y no eran muy queridos, que allá negaban toda existencia que no pudieran entender. Se animó al pensar que si la vió en un viaje astral, ella sería diferente. Fue por esto que le pidió a Kixt que la localizara e hiciera una cita con ella para verse.
     “Dice el Príncipe Siul, que el próximo domingo del calendario de la tierra, vayas a una montaña que se llama “El Yunque” y ahí lo esperes. Se reconocerán por el brillo de sus ojos. Debes buscar el nacimiento del manantial de la montaña, pues da el agua más cristalina. Ahí será el encuentro”
   Ese domingo Aurora se fue a la montaña en su alfombra de blancos ropajes, su nube favorita. Esperando el encuentro todo le parecía mas hermoso. Se sentó a orillas de la charca a esperar. Pasaron unos quince minutos, minutos que le parecieron una eternidad. ¿Qué cosa era eso de lo eterno? ¿Sería como no tener medida ni espacio?
    En ese momento en que estaba tan distraída con sus pensamientos, algo le llamó la atención. Era una voz que le decia “amiguita, amiguita, ayúdame por favor”. No era como la voz interna de Kixt, la escuchaba con los sentidos. Miró hacia sus pies y ahí estaba una latita toda mohosa, aplastada, con sus ojitos enormes, de pestañas largas, casi cerrados y sus brazos de gelatina, mirándola con tristeza. La tomó en sus brazos y le preguntó.  “¿A tí que te ha pasado?” La latita, a quien Aurora llamó Morena por el color oscuro que tenía cuando la encontró, comenzó a relatarle su odisea de cómo llegó allí.
Aurora, emocionada por el relato de Morena, la sostuvo contra su pecho y le dijo: “ no te preocupes que ya estás a salvo, yo te llevaré al hospital de latas y te pondrán bien.”
   Un astro fugaz en esos momentos cruzaba la montaña, vestido de arco iris. Aurora, con morena en su mochila, siguió el arco iris hacia la cima de la montaña. Lo vió enseguida, ahí estaba, sabía que tenía que ser él. Le brillaban los ojos con una luz intensa, tan intensa que se veía reflejado en ellos el túnel por el que pasa la vida.
   La llevó a lugares inimaginados. Se bañaron de silencio, nadaron en el manantial más cristalino. Se despidieron con la promesa de volver a encontrarse en el bosque y nadar juntos en el mágico manantial.
  Mientras eso sucedía una luz como el reflejo del metal de una lanza atravesó los árboles en ese momento. Era Kixt quien le resolvió el problema de vida a Morena, bañandola con su luz. La hizo inmortal con un material intergaláctico, desconocido en la tierra, para que cuando fuera al hospital de latas siempre la pudieran sanar. Sería un secreto entre ellos.
   Pasaron unas semanas y Aurora no supo del Príncipe Siul. Al no recibir ningún mensaje, ella decidió ir en su nube al bosque. Sintió horror al llegar a la charca y encontrarla llena de lodo. Un mal presagio la invadió. Desde ese nefasto dia rehusó salir de su habitación. En vano eran los esfuerzos de sus amigos de la región. Todas las noches Milsy se acercaba pero no conseguía que penetrara ni un rayito de luz. Se fue en busca de Kixt, para que la ayudara.  El pobre se sintió frustrado porque no podía lograr que ella le respondiera. ¿Estaría perdiendo sus dotes telepáticos?
  Aurora no entendía lo que le estaba pasando. Quería vivir y no sabía cómo. Esa noche una de las empleadas de la casona le dejó una bandeja llena de frutas,  jugos, queso y galletitas en la mesita al lado de la cama. De repente escuchó una voz casi imperceptible, pero cerca: “amiguita, amiguita, aquí estoy para ayudarte”. Sintió unas manitas en su pelo que la acariciaban. ¡Era Morena¡ Linda, llena de nuevos colores, lejos de ser aquella latita de la montaña.
  “ Ay Aurora, si supieras que hace días que llegué a tu casa. Pasé trabajo en la fábrica donde me enviaron al salir del hospital, para encontrarte. Yo quería volver a verte y que supieras que estaba bien. Ayer escuché en la cocina a dos empleadas comentando la pena que sentían de que su niña estuviese tan enferma. Asi que luché para conseguir salir de allí enseguida, y aqui me tienes”.
 Aurora  le contó todo lo ocurrido a Morena, quien no podía creer que esa fuera la misma chica que la salvó en la montaña. “Vamos a ver, ¿de dónde sacaste la conclusión de que el Príncipe Siul no va a volver?”  “Morena, es que ha pasado tanto tiempo desde que se fue, ni siquiera un mensaje ha enviado.”  “Dime, ese tiempo del que hablas que él se ha tardado, ¿es tiempo de del planeta tierra o tiempo de él?” Aurora la miró sorprendida por la pregunta. “Pues…el nuestro por supuesto”.  “Y sabes cómo es el tiempo para él, si ni siquiera sabes de dónde proviene? ¿Y si para él, por ejemplo, en vez de meses, han pasado segundos?” Aurora levantó la mirada con un brillo nuevo, un hilo de esperanza se reflejó en su rostro.
   Aurora pidió al cielo una señal que le indicara que todo estaría bien. Una luz brillante entró por la ventana y las iluminó. Ambas recibieron un baño de luz muy especial. Era una señal del Universo, una luz de esperanza, esa energía vital para poder crecer, evolucionar, tener fe en sí mismo y sobre todo, saber esperar.
de Viajes Intergalácticos (2003)

20 septiembre, 2012

Marcela Gutiérrez (Bolivia, 1954)


Alicia, la duquesa y el conejo blanco (fragmentos)


1. La caída
Alicia piel de serpienteRecostada bajo el olmoMuda la piel mientras descansaCaen sus párpados pesadosAnulan el entornoGirando en los relatos de la tíaNo duermas Alicia    Espera, ¿a dónde corres?Es hora para mi muda,conejo blancoMis largas piernas me llevan a tiSorbiendo la luz, la últimaEn la entrada de la madriguera negraA la que me precipitasExtraña criatura me enseñas tu tronoOfreces camisas de sedaAltiva tu figura se yergueY atada a tiFelizCaigo¡Detente Alicia, tu tercavoluntad te amenaza!Pero CaigoCumplo la humilde tareaAsistiendo a mi bautizo¡El mundo es mío y de los dioses!Estoy tan cerca del fondoPero no dejo su lechoSus sábanas revueltasdibujarán tu silueta
Cuando tus restos queden esparcidos por todas partes
5. El reclamo
Hoy ha tejido un suéterCon el cabello desteñidode la abuela¿Por qué sigues al conejo blanco?Me pidió que no soñaraQue no peine en infinitoLos cabellos de la nocheComo afiebrada nocturnaMe dijo que la soledad es sagradaQue el vientre de la tierraCastigará tu sombraMe pidió que no soñaraPara echar a volar lejosEl ave fatídica de mi destinoA mí me pidióQue no ame a los extrañosQue no me parezca en nada a mí mismaA míQue soy tan idénticaY tan distintaY tan extraña a todosMe pidió
10. El adiós
Cae la lluvia sin cesarY repite más y másEste amor se está muriendoLa menuda lluvia de veranoCae sobre la nostalgiaBenéfica lava las heridas de la vidaLas ramas se recargan de hojas empapadasSalto de charco en charcoDe cima en cimaDe montaña en montañaBuscándoteMi apurado conejo del reloj¿Acaso tú también me recuerdas con un nudoEn la garganta?Es preciso que no hagas esperar a la duquesaEl sol sale a pesar de la lluviaEn el reflejo de los charcos el agua muestraMis rayos verdes y rojos de experta lagartaFuera de temporada
21. Despertar bajo el olmo
Es necesario liberar estas secretas voces que Repiten nuestro encuentroY estoy aquí sintiendo esta tregua comoCristales de hielo que desvían todo rayo solarNada de lo que habita en mi cabeza vale laPena mientras corro el riesgo de no poderLlenar mi copa de vinoNo pido reinos que no se deban a mi propioDestinoPero la noche siempre nos traelo inesperadoY es preciso huir bajo la luna que esta nocheParece más que nunca una interrogación unEsbozo una manera de matarteDebo huir de este cuento de hadas para que elAire, las luces, las calles me devuelvan todo loQue conoces de míMientras la espada del Rey de Bastos no toqueMi hombro y enfríe mis recuerdosDebo confesar que seguiré escribiendo poesíaDebes también recordar, AliciaQue eres un animal sensible al frío
A manera de colofón
Estos poemas se terminaron de escribir en una tarde /  que caía a pique por el barranco  de mi cabeza, / después de lo cual me sentí menos feliz y menos infeliz.

 Poeta y cuentista.
Dirigió -junto a Jorge Campero- la revista ‘Siesta Nacional’ (1987). Participó de encuentros culturales en Chile, Paraguay y Argentina. Dirige el espacio cultural ‘Bocaisapo’.
Giovanna Rivero Santa Cruz comentó: “Su aporte consiste en contextualizar el erotismo en y desde la cultura, para redimensionar  una chispa  antes apagada por la Literatura del Horror, tan típica mente masculina. Dicharacheras, callejeras, desvergonzadas, los personajes de Marcela Gutiérrez ponen en evidencia cómo, en verdad, se establecen las jerarquías sociales en los márgenes de la ciudad, en un bus, en la esquina del barrio, en la doble moral, tan necesaria para dejar  de ser vírgenes y de todos modos asistir a una boda. A nuestra boda”.


Poesía: Para matarte mejor (1993).
Cuento: Diario de campaña (1989); Zoociedad Anónima (1998); Tales por cuales (2005).


04 septiembre, 2012

Judy Budnizt(EE.UU.,1973)

 La reclamación(Fragmento)


—Gracias por mantenerse a la espera... ¿Cuál es la naturaleza de
su reclamación?
—Hace tres cuartos de hora que llevo tratando de hablar con ustedes. ¿Qué pasa con ese departamento? Me están entrando ganas de
presentar otra reclamación sobre cómo atienden esta reclamación.
—Diga, diga.
—Quiero hablar con el encargado.
—El encargado soy yo.
—Bien, entonces... Páseme con otra persona. No me gusta su
tono.
—Tampoco a mí me gusta el suyo.
—Es algo urgente y a usted ni siquiera le parece importar. El edificio de detrás del mío... lo veo desde la ventana... está absolutamente invadido de bichos. Los veo entrar y salir corriendo de él, a plena
luz del día, hacen lo que les da la gana. Es muy desagradable. A los que viven allí ni siquiera parece importarles. Prácticamente les dejan
las puertas abiertas.
—¿Qué dirección es?
—No sé si ni siquiera tiene dirección. Es el callejón de detrás de
mi propia casa, calle M, 4027... A mí no me importa nada... si la
gente quiere vivir como animales está en su derecho... pero tengo
miedo de que se extiendan hasta nuestro edificio, y eso no lo podemos permitir. No podemos, así de simple.
—Callejón detrás de la calle M.
—Y hay niños por allí... para los niños no es sano. Si uno es adulto puede decidir por sí mismo si quiere vivir con ratas o si no, estupendo, pero los niños no pueden elegir.
—¿Tiene usted documentación referida a los bichos? ¿Fotografías
o deyecciones?
—Dios del cielo, ¿cree que voy a ir a recoger cagadas de ratas
antes de que ustedes hagan nada?
—Según las normas, sí.
—Pues yo no lo podría hacer... ¿No han tenido más reclamaciones? Sé que ha habido otras reclamaciones. Hemos estado llamándoles sin parar...
—Cuando recibamos el cupo de reclamaciones necesario, iremos
a comprobarlo.
—¿Y cuántas reclamaciones son ésas?
—No se lo podemos decir. Política del departamento. Y no se
ponga a llamarnos diez veces al día. Sabremos que es usted.
—Yo nunca...
—O puede recoger algunas deyecciones y traerlas. Recuerde,
cuanto mayores sean las deyecciones, mayor será la rata que las hizo,
y mayor el problema. Conque si de verdad quiere demostrar que esto
es una cuestión urgente, debería recoger las mayores que encuentre.
—Verá, yo...
—Y nos interesa el peso, no el volumen, de modo que debería pesarlas usted primero. El aspecto puede ser engañoso.
—Voy a reclamar en cuanto cuelgue el teléfono. Voy a llamar a la
oficina de reclamaciones ahora mismo...
—Hágalo. No me pueden despedir, y no me pueden rebajar a ningún puesto inferior del que ya estoy.
Rick cuelga el teléfono cuando ya no puede seguir conteniendo la
risa. El nuevo está boquiabierto de asombro. Tamara, molesta, pone
los ojos en blanco. Los grandes labios de Claude quieren sonreír,
pero él trata de mantener inmóvil la cara. Aquello no es una broma,
pueden rebajarlos de categoría a todos. Hay un departamento peor
que el suyo: la oficina de reclamaciones. Él ha visto en la cafetería a
los que trabajan allí; están tan absolutamente desesperados que ni siquiera llegan a reclamar por lo que les pasa. Están demasiado abajo
para robar el material de oficina. El índice de suicidios somete al personal a una tensión constante. Claude mira la rata muerta metida en una bolsa de plástico encima de su mesa. Mide veinticinco centímetros de largo, sin contar el rabo, con largos dientes amarillos y patas del color de la piel humana, y una expresión hosca, odiosa, en sus ojos viscosos. Tiene que ponerle una etiqueta a la bolsa y mandarla al laboratorio para que la analicen, pero ha olvidado de qué la tienen que analizar. Cree que tenerla encima de la mesa le puede ayudar a recordarlo.
—Sabes que esa mujer va a volver a llamar. Y cuando llame, la voy a mandar a la mierda. Eso no fue nada.
—Deberías dejar que el nuevo hiciera una prueba —dice Tamara—. Tienes que enseñarle, o eso se supone.
—De eso nada. —El nuevo niega vigorosamente con la cabeza—.
Es mucho más divertido cuando lo hace él.
—Calle M —repite Tamara, y echa una ojeada a Claude.
Claude aparta la rata y saca una lista del cajón de su escritorio.
Añade una gruesa señal a las numerosas que hay junto a una dirección. Ya hay varios grupos de marcas trazadas. Unas cuantas más y
tendrán que ir allí y montar el número de que hacen algo.
La llamada definitiva se produce unos cuantos días después, justo cuando se han instalado en sus sillones para el largo turno de noche, con los tazones de té, café o sopa de verduras. Claude, incapaz de decidir, tiene tres sobre su papel secante, y los vapores forman nubecillas en el aire de encima de su mesa.
Otra vez, una reclamación sobre un edificio invadido de bichos.
Había habido una reclamación tras otra. Entran y salen de aquel sitio a plena luz del día, hacen lo que les da la gana. A los vecinos les da miedo que se extiendan. Van a tener que ir ellos, ahora mismo, y limpiar aquel sitio.
—¿Ahora mismo? —pregunta el nuevo.
—El elemento sorpresa —responde Rick.
—Yo conozco ese sitio —dice Tamara—. Junto al depósito de
agua. Es un vertedero. Debieran borrarlo de la faz de la tierra.
—Yo nunca me fijé en él —dice Claude.
—Bien, así que no te fijaste, ¿verdad? —pregunta Tamara—. No
te fijas en nada.
Se ponen el equipo, y Claude ayuda al nuevo con los cierres y trabillas porque él todavía no puede hacer nada solo, y Rick ayuda a Tamara a recogerse su rizado pelo y guardárselo dentro del cuello, aunque ella se aparta de las manos de él en cuanto ha terminado, y cargan los bidones de productos químicos en la furgoneta y Claude saca a Alice de su perrera. Un mensajero de la oficina central llega en bici con una llave maestra. Rick conduce y Tamara va sentada delante con el plano gritándole por dónde debe ir. Claude y el nuevo van sentados detrás, manteniendo los bidones verticales, su aliento empaña los visores de plástico de sus capuchones.
Alice se ha sentado a horcajadas en el pie izquierdo de Claude y apoya la cabeza entre sus rodillas, jadeando asmáticamente. Sus dos ojos son más o menos del mismo tamaño que su hocico, aunque sólo le funciona uno. Los belfos le caen sobre las quijadas como dobladillos desgastados de una falda, dejando ver unas encías negras y dientes ocasionales como viejos trozos endurecidos de chicle. Su nariz, rosa, pelada y como en carne vida, tiene aspecto de estar vuelta del revés, y siempre resuella. Claude se pregunta si todos aquellos años trabajando con productos químicos han hecho que la perra tenga aquella cara.


No dejan de dar vueltas y hacer rodeos, sin conseguir encontrar la calle que lleva a aquel sitio, con el nuevo balanceándose y haciendo como que se marea dentro de la furgoneta sin ventanillas, hasta que por fin se dan cuenta de que no hay calle, sólo un camino de tierra que lleva entre basureros por detrás de un complejo de edificios de apartamentos marrón oscuro, sube una cuesta y baja a una hondonada de tierra acolchada que se agarra a los neumáticos de la furgoneta y hace entrar un regusto a basura, pies y sobacos cuando descorren las puertas.
—Aaah —exclama el nuevo, respirando a fondo, y el capuchón se
le pega a los agujeros de la nariz.
—¿Cómo puede vivir la gente así? —murmura Tamara.
El edificio es un gran bloque rectangular, con ocho o diez pisos de altura. Claude está acostumbrado a calibrar edificios pero no puede decir cuántos son exactamente; está combado y alabeado, como la cara de Alice, y las ventanas parecen haberse corrido y quedado en sitios raros. Está hecho de ladrillo, ladrillo marrón que brilla húmedo y blando como capas de barro. Manchas  negras de hollín enmarcan las ventanas y largos regueros de óxido cuelgan de los respiraderos que sobresalen de las paredes. Hay extraños elementos de la estructura, puntales, vigas, que sobresalen de lo que parece desnudo y vulnerable, ya se sabe, no es normal que se vean, como huesos que se abren paso en la piel.
—¿Quién es ése? —pregunta el nuevo.
—¿Dónde? —dice Claude.
—Nada —dice el nuevo, despidiendo la oscuridad con una mano—. Creí que había visto a alguien.
Claude también lo ve; el relámpago de una camisa de color claro subiendo y bajando a lo lejos.
—Éste es un país libre —dice Tamara—. La gente puede andar por donde quiera.
Una garbosa galería sobresale en la parte delantera por encima de la entrada. Una cerca de eslabones a la altura de la cintura rodea un trozo de tierra y los aparatos de la zona de juegos de delante de las puertas. Rick pasa por encima de la cerca, casi se engancha la bragueta del mono, y se pone a buscar en la parte delantera del edificio.
—Está hacia atrás —dice Tamara, con el capuchón subido hasta
la altura de la nariz y el humo saliéndole despedido de la boca. Había distinguido la caja de la alarma en cuanto se detuvieron, pero no lo había mencionado; así podría terminar aquel cigarrillo. No parecía que hubiese una gran prisa. Aquella gente y sus ratas no tenían adónde ir.
Rick es el que tiene la llave que abre la caja. Va andando con dificultad hasta atrás, con las botas chasqueándole en las pantorrillas. Un momento después, empieza un débil sonido como de campana. No hay otro modo de sacarlos de allí —piensa Claude—, pero casi inmediatamente unos cuadrados amarillos de luz parpadean en la fachada de encima de ellos, aquí, allá, luego por todas partes, y Claude puede oír el conocido estruendo, las voces, los murmullos y palabras de enfado de gente que despierta dominada por el pánico. Alice estira hacia delante su gran cabeza jadeante, el cuello le suena como un pestillo al cerrarse, y él da otra vuelta a la correa enrollada a su muñeca.
Una sombra oscurece la puerta, y luego ésta gira al abrirse y sale una mujer mayor con el pelo lleno de bigudíes y los brazos llenos de plantas de interior. Se detiene nada más verlos, luego se fija en sus uniformes y chapas de identidad, y con aire ofendido pasa arrastrando los pies junto a ellos y se instala en el banco más cercano.
Al principio salen de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres, luego en grupos, algunos corriendo, dando saltos, dominados por el pánico, con el pelo en mechones enredados. Otros salen andando, con bolsas y brazos llenos de papeles y baratijas y prendas de vestir favoritas. Una mujer tremendamente embarazada sale tambaleándose con un huevo cocido a medio comer en una mano y un bote de especias en la otra. Otros llevan agarradas muestras de una actividad interrumpida: libros, mandos a distancia de la tele, latas de cerveza, consolas de videojuegos, un papel de plata arrugado, el envoltorio de
un condón abierto a medias, que un hombre mantiene delicadamente en la palma de la mano como si fuera el último que le queda. Claude pasea la vista alrededor pero no puede decir con qué intención.
Otros salen a medio vestir, otros totalmente vestidos, y a la mayor parte se les ha ocurrido ponerse los zapatos. Pero hay una mujer con nada más que un fino camisón que se le pega a los pezones. Todos la miran. Ella no deja de llevarse distraídamente las manos al pelo, sujetándoselo en la parte de arriba de la cabeza y luego dejándolo caer, tímidamente desenvuelta, sin hacer esfuerzo por taparse.
—No lleva nada debajo —exclama el más pequeño de los dos niños con pijama de franela a juego. Es lo mismo que está pensando Claude, pero va a decirle al chico que se calle. Luego piensa que aquello no es de su incumbencia; es cuestión de sus padres decirle que se calle, conque espera, pero ningún padre habla y las palabras quedan colgando en el aire, levantando ecos: no lleva nada debajo.
—Seguro que tú te habías fijado, ¿eh? —le murmura Tamara al oído—. Marrana. Como si hubiera olvidado vestirse antes de salir corriendo a este frío que pela.
Ven que una mujer en bata y zapatillas se acerca con una manta afgana en las manos. Al principio se dirige hacia su vecina en camisón, con la manta estirada delante, pero luego cambia bruscamente de dirección y vira hacia los dos niños, que ahora están parados mirando el edificio como si esperaran que estallase en llamas. El mayor agarra el antebrazo del pequeño de un modo que parece cariñoso, pero es como si fuera a clavarle las uñas en cualquier momento. El pequeño está tenso, como si esperara una señal. La mujer duda,
luego echa la manta por encima de los hombros de los dos.
—Tomad —dice—, ahora estaréis cómodos y calientes.
La mujer espera, pero los chicos no le dan las gracias; ni siquiera la miran. A Claude otra vez le apetece decir algo, pero se contiene.
¿Dónde están sus padres? Tienen que estar en algún sitio del cercado, dando vueltas sin sentido. La mujer en bata suspira y se da la vuelta. En cuanto lo hace, los chicos se libran de la manta encogiéndose de hombros, la dejan en el suelo y van a parase junto a un caballito metálico abollado puesto encima de un muelle. Ninguno se sube a él; colocan las manos en el gastado metal, como si fuera una reliquia sagrada, y continúan mirando el edificio.
Rick recorre aquel sitio antes que nada, abriendo las puertas de todos los apartamentos con la llave maestra. Uno pensaría que la gente que sale a toda prisa los dejaría abiertos, pero no, la mayor parte de la gente se ha entretenido en cerrar su puerta con llave, como si tuviera algo muy valioso dentro. Ellos agrupan los apartamentos por pisos y se los dividen, tirando de mangueras y redes, y llevando los bidones con ruedas detrás.
Los primeros apartamentos que inspecciona Claude tienen el aire de personas que no se han movido en años. Se da cuenta a la primera bocanada: polvos de talco perfumados, tapetes, fotos de la familia, muebles viejos manchados por décadas de cabezas y codos, un frutero puesto en el mismo centro de la mesa de la cocina, pero cuando uno mira más de cerca hay hormigas corriendo. Vasos de agua en las mesillas de noche, algunos con dentaduras dentro, armarios atestados de papeles amarillentos y restos de esto y aquello. La gente tiene una tendencia instintiva a poner sus casas exactamente del mismo modo; Claude puede entrar en cualquier cocina y saber dónde están las cazuelas, o el cajón lleno de cupones y bolígrafos sin tinta y cinta adhesiva
y restos de la cocina. Puede entrar en cualquier dormitorio y encontrar la reserva secreta de caramelos, la revista guarra.
En un apartamento encuentra el fajo de dinero sujeto con una tira de goma justo donde él creía que iba a estar. Le apetece llevarse unos cuantos billetes y dejar el resto, pero sus guantes de goma se pegan a la tira de goma y no consigue sacarlos, así que se lo guarda todo en el bolsillo.
No hay señales de bichos; ni cagadas, ni cables eléctricos roídos, ni agujeros, ni olor. Nada de eso. No le sorprende. En cuanto vio la clase de gente que salía atropelladamente por las puertas, comprendió que las reclamaciones en realidad no eran por bichos.
La mayor parte de las casas son un auténtico caos y están llenas de polvo y trastos viejos y, sin embargo, al mismo tiempo tienen un aire de impermanencia, como si las hubieran trasladado desde otro sitio, un sitio más espacioso, y colocado allí rápidamente en un intento fallido de reproducirlas. Se trata de una determinada disposición de los trastos, como en un rastro al final del día cuando las cosas buenas han desaparecido y lo único que queda ha sido manoseado y zarandeado y vuelto a dejar sin orden ni concierto.
Examina un apartamento que contiene una jungla de plantas de interior y un enorme piano vertical recubierto de tallas de rollos de pergamino y uvas acebolladas y piñas, con macizas columnas romanas sosteniendo el teclado y lámparas de hierro colocadas encima de cada lado del atril para las partituras, el cual contiene gruesos cuadernos de ejercicios y un puntero como una antena de radio. El banco de madera de delante está gastado y descolorido y tiene la
forma de dos pares de nalgas, y hay una mancha negra que corre desde el centro de un par al borde delantero, como si un pianista nervioso, o muchos, hubieran dado rienda suelta a su nerviosismo.
Hay un rápido movimiento constante en el ángulo de su visión que le está poniendo inquieto. No de ratas; él conoce la agitación y carreras
de una rata. Es más como de gato (¿un loro? ¿un hurón? Quién sabe las mascotas que tiene esta gente), o algo completamente distinto. Comprueba la válvula del bidón y se asegura de que está totalmente cerrada.
Los productos químicos pueden hacerle cosas raras a la cabeza. Rick y
Tamara le han animado a que se colocara aspirando unas cuantas
veces, en noches sin movimiento, pero siempre en un ambiente controlado: en el despacho, con las puertas cerradas, los teléfonos descolgados, y todos los papeles y ratas metidas en bolsas de plástico guardadas dentro de los cajones. Con la primera aspiración el color se extiende por la habitación desde el suelo hacia arriba, y luego unas vibraciones atraviesan el aire en estallidos calientes, como un vagón de metro que pasa por algún sitio, y Tamara está sentada en el regazo de Rick, o el suyo, y la tensa espalda se le dobla y sus muslos pesados aplastan los suyos como sacos de cemento mojado (recuerda que pensó él, como si eso fuera algo bonito), y él le pasa el dedo por los fríos párpados, arriba y abajo, como para quitarle las arrugas de allí, y se perdona todo. No lo han hecho desde hacía mucho tiempo.
En el piso de arriba del todo del edificio registra un apartamento en el que podrían vivir los dos niños en los que se fijó fuera. Hay juguetes dispersos por sitios inverosímiles: soldados dentro de la nevera, piezas de Lego bajo los estantes de libros. Hay un dormitorio con dos pequeñas camas gemelas, una tienda de campaña hecha con mantas, una lamparilla de noche quemada en forma de rechoncho cohete.Una pecera con algas verdosas junto a la tele.
La puerta de la nevera está cubierta de imanes con letras que dicen PEDO y CULO y CACA, y un dibujo de una criatura marrón con garras y colmillos, con una línea de puntos que conecta su pecho a un arma que sujeta una pequeña figura de niño sonriente y con gafas. Y hay una foto, a la altura de la vista de un niño, de, sí, aquellos dos chicos apretados en el regazo de una mujer. La falda a cuadros de ésta se le ha subido de modo que es posible ver una rodilla y un poco del muslo. No hay nada de grasa en la rodilla; no es huesuda pero tampoco es adiposa. Claude se acerca la foto y sigue sin poder ver claramente la cara de la mujer, pero sí que lleva el pelo largo.Oye un constante murmullo en tono bajo y abre de un empujón la puerta cerrada del segundo dormitorio, casi esperando encontrar a la mujer tumbada en la cama, enseñando la tentadora rodilla. La mujer no está, pero hay gran cantidad de cosas propias de una mujer. Un empalagoso olor a laca para el pelo y perfume impregna el aire de encima de una gran cama con sábanas color rosa, y un tocador y un buró invadidos de frascos y de cepillos llenos de pelos. ¿Pelo castaño? ¿Pelirrojo? No es fácil decirlo. Un pequeño televisor rosa encima de un estrecho
taburete de heladería zumba hablando consigo mismo. Pañuelos y collares de cuentas cuelgan del espejo del tocador; revistas ilustradas femeninas están caídas por encima y entre la ropa de cama. Hay una caja de cartón roja en forma de corazón llena de papeles arrugados al lado de la cama. Él pasa los dedos entre los papeles y busca a tientas hasta que nota algo sólido. Introduce la mano debajo del capuchón y se mete la cosa en la boca. Nota la sequedad granujienta del chocolate revenido.
Cuando muerde, una cereza fofa se le desliza garganta abajo como un pececillo muerto. Piensa en la lóbrega pecera del cuarto de estar. Pero
busca otra dentro de la caja.
Baja la vista a sus pies, da patadas a la ropa del suelo. Recoge un
sostén. Es delicado y de encaje, con nada de ese asqueroso relleno; es
rosa pálido, bordeado de rosa más oscuro; y enorme. Se lo mete debajo del capuchón y olisquea. Huele a alfombra polvorienta. Lo tira y recoge otro; éste de seda, y negro y bordeado de cintas rojas. En aquél, las copas son claramente más pequeñas que en el primero. Recoge un tercero, al principio, no está seguro de lo que es porque tiene un cierre por delante y queda raro tirado en el suelo, como un cepo a la espera de un pie descuidado, y aquél tiene dibujo de flores y es el mayor de todos. ¿Cuántas mujeres viven allí?
Se pregunta si habrá un marido, un señor de la casa. No hay señales de ninguno en aquella habitación rosa, empalagosa, con zapatos de tacones absurdamente altos llenando la alfombra y el alféizar de la ventana, y la caja abierta de támpax junto a la cama (¿junto a la cama? ¿Las mujeres no guardan esas cosas en el cuarto de baño?).
Entra en el cuarto de baño y encuentra polvos para la cara esparcidos por el lavabo, medias transparentes colgadas de la ducha para secarse. Saca la mano para dejar que las fibras tejidas se le deslicen porel guante, y se fija que las medias son de las que se ven en las revistas,piernas separadas que requieren sujeciones y cierres y un liguero. Registra el armarito en busca de hojas de afeitar, desodorante masculino, algo que haga patente una presencia masculina, y no encuentra nada.
Los desagües están obstruidos por largos pelos mojados. Se le hincha
algo en el pecho, una especie de ansioso optimismo.
Se queda parado en el cuarto de estar con ganas de irse, impaciente por quedarse. La habitación rosa le hace señas. Hay algo llamativo en todo aquello, teatral, algo dulce que tiende hacia lo rancio; la habitación de una persona que quiere ser, y ya no es, o posiblemente nunca fue, la quintaesencia de una adolescente. Se llevará sólo una cosa, un recuerdo, un sostén, unas bragas, para pensar en ello más tarde, en casa. Entra violentamente en el dormitorio, agarra algo del suelo y se marcha a toda prisa, con el bidón dando golpes detrás de él.
Lo que lleva en la mano es suave y esponjoso. En el ascensor baja la vista y ve que es el calcetín de gimnasia grueso y blanco con tres rayas verdes de un niño. Lo huele. Los niños son lo suficientemente pequeños para tener todavía ese olor a sudor de perrillo que él ya conoce de sus sobrinos, más que el agrio a pies de un adolescente. Se lo guarda en el bolsillo interior con el fajo de billetes de banco.
Abajo encuentra a los otros tres (y a Alice) examinando cada centímetro del portal con una diligencia desacostumbrada. Pasa rozándose contra ellos, cruza las puertas de entrada y se levanta impaciente el capuchón para respirar el aire de la noche. Allí fuera, los inquilinos están quietos, reunidos en grupos resignados, o pasean en círculo, o se han dejado caer medio dormidos sobre los aparatos del terreno de juegos. Pero en el momento que ven su expresión, y su bolsa de recogida vacía, les cambia la expresión. Él puede ver lo que pasa, el estrechamiento acusador de ojos y labios extendiéndose entre la multitud. Nota su propia cara pegajosa y entumecida, una lámina húmeda. Busca con la vista a los dos niños, y ve al hermano pequeño que tiembla dramáticamente y al mayor que le pasa un brazo por encima de los hombros. Los adultos cercanos parlotean en un coro maternal. Hay en empuje general de los cuerpos hacia delante. Claude da un paso atrás y espera por los demás. Dejará que
Tamara y Rick se las entiendan con aquello. A lo mejor el bocazas de Rick consigue mantener a raya a los inquilinos; por lo menos lo suficiente hasta que ellos puedan volver a la furgoneta.




de Si yo te dijera (Alfaguara, octubre 2007), publicado en Granta.






Judy Budnitz nació en 1973 y creció en Atlanta,Georgia. Es autora de una novela, Si yo te dijera (Alfaguara, 2002), que fue finalista del premio Orange, así como de dos colecciones de relatos: Flying Leap [Salto volador] (Flamingo/Picador) y American Baby (Alfaguara, 2006). Ha recibido becas de la Fundación Lannan y del National Endowment for the Arts. Budnitz vive en San Francisco con su marido y su hijo, un hermoso niño de nueve meses, grande y muy estadounidense. «La reclamación» está tomado de una novela en cierne.

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