20 enero, 2012

Inés Legarreta(Argentina)




PRINCIPIANTES, INTERMEDIOS Y AVANZADOS

Cuando la mujer llegó al descanso se enfrentó con un muchacho que bajaba saltando los escalones de a dos, creyó que la iba a llevar por delante pero él la sorteó con un mínimo y preciso movimiento del cuerpo; desde atrás, la camisa que llevaba desprendida se inflaba ligeramente al tiempo que el cuerpo descendía recto: daba la impresión de perfecto equilibrio.
La mujer subió los escalones que faltaban para llegar al primer piso y una vez allí, buscó con la mirada a quién dirigirse. En un rincón del recibimiento, junto a una mesita, una joven hablaba con dos parejas de aspecto extranjero: tenían cámaras digitales y de filmación colgadas de los hombros, zapatos relucientes, y las mujeres, ropa ajustada con la que parecían estar muy cómodas. “¿Quince dólares?”. “No, quince pesos argentinos la clase de dos horas”. La chica cortó un par de tickets y se los extendió sonriendo. “El profesor ya viene, pueden ir pasando al salón”.
El salón era inmenso. Al fondo, había un bar de madera tallada y a los costados del bar, unos gruesos cortinados de terciopelo bordó tapaban la entrada del baño de damas y de caballeros. La pista de baile estaba rodeada por pequeñas mesas cubiertas con manteles de un amarillo desvaído que caían casi hasta el piso. Sobre las paredes laterales colgaban grandes espejos, con la luna manchada en partes, y con marcos dorados a la hoja pero sin brillo. Un mozo, de chaquetilla blanca y pantalón negro descansaba sobre una de las tantas columnas de mármol que se alineaban hasta el fondo del salón. En el techo, la exquisita figura de una mujer de los años veinte era todo lo que restaba de lo que habría sido una serie de vitraux originales ahora recubiertos con paneles de yeso cuyas junturas se superponían en forma irregular.
Una vez que hubo terminado con los turistas, la chica, se dirigió a la mujer. “¿Viene a la milonga o a tomar clases? Porque la milonga empieza más tarde”. “Me gustaría”, dijo la mujer, “aprender a bailar tango, pero nunca bailé, no sé si a mi edad...” “A cualquier edad se puede aprender; no se preocupe. Acá damos clases a principiantes, intermedios y avanzados; no hay problema”. “Pero me parece que hay gente que ya sabe bailar...” Aun sin música, las parejas de extranjeros hacían ochos y sentadas con una destreza admirable, nadie lo hubiera imaginado al verlos hacía instantes, gesticulando y con sombreros tejanos. “Separamos a los principiantes de los que ya están iniciados. Anímese, empezamos con ejercicios simples, todo es cuestión de ganas”, le dijo la chica y agregó “me llamo Fernanda y soy una de las profesoras, no se preocupe”. La mujer se mostró indecisa pero al fin dijo: “Está bien”, pagó la clase y esperó sentada a una de las mesas. Después llegaron dos mujeres de entre treinta y cuarenta años con ropa de gimnasia, una pareja de japoneses y tres chicas muy delgadas, con porte y andar de bailarinas, que empezaron a hacer movimientos de elongación mientras charlaban animadamente entre ellas. Hablaban en francés. Un hombre alto, enjuto, de tez pálida se acercó a saludar a la joven profesora; la chica fue al centro de la pista y golpeó las manos para llamar la atención. Antes, había puesto un CD con música de Di Sarli. La clase comenzaba. Todos la rodearon.

En ese momento se unió al grupo el joven que había esquivado con tanta gracia a la mujer en el rellano de la escalera. Las francesas lo besaron y las parejas que ya habían estado practicando en la pista lo saludaron con efusividad. “Para los que no me conocen, me llamo Marcos”, dijo, “y mi compañera, Fernanda”. Eran pareja de baile desde hacía diez años, daban espectáculos en ese mismo salón los días viernes, habían salido de gira con grandes orquestas, los dos habían estudiado danza pero Fernanda tenía formación clásica y él no. “Yo vengo de la milonga” y tomó la postura canyengue característica. Era simpático. De inmediato, el grupo se separó en dos. Fernanda les dijo al hombre alto y a la mujer que la siguieran, que con ella iban a hacer ejercicios y que Marcos se ocuparía de los intermedios y avanzados. “Vamos a caminar”, dijo, “porque en el tango se camina, los pies nunca se separan del piso”. La mujer se sintió incómoda, intimidada; trataba de imitar el paso pero perdía el equilibrio, el pie no se deslizaba con suavidad, las piernas le pesaban y hacían que se bamboleara como si nunca hubiera caminado en su vida; al hombre le pasaba algo parecido. Pero Fernanda también era simpática. Y paciente. A lo largo de las dos horas corrigió una y otra vez la postura, marcó los defectos, les enseñó el paso básico. Uno, dos abro, tres, cuatro y cinco, cruzo; seis, siete, ocho; vuelvo a cerrar. Dos por cuatro. La baldosa. En el tango la mujer sigue al hombre. En el tango el hombre marca; hay que saber reconocer la marca del hombre. Ella, al principio, se había puesto nerviosa pero ahora se reía, le parecía increíble ser tan torpe, tan pesada, tan sin gracia. Por momentos, no entendía lo que la profesora trataba de explicarle, era como si le hablaran en un idioma totalmente desconocido. No importa, decía Fernanda, hay que tener paciencia y practicar mucho. Cuando la mujer salió del local, estaba contenta. Sabía que había hecho el ridículo y que era probable que al día siguiente no se acordara lo que le habían enseñado pero se sentía bien. Y eso estaba bien. Muy bien, pensó.

El primer mes fue a clases sólo un día por semana y se reía de nervios todo el tiempo. No faltaba aunque el resultado era desalentador y frustrante. Decidió entonces aumentar la cantidad de horas de práctica para tratar de ponerse a tono con los demás. Fernanda la retaba, no era posible que no se acordara que en el cinco la mujer cruzaba. “La mujer cruza en el cinco, grabátelo en la cabeza”. Los hombres se quedaban esperando pero ella no cruzaba y había que empezar de nuevo. Se olvidaba. No aprendía. Estaba vieja. Gorda y vieja. Ahora más que nunca lo sentía en el cuerpo y lo veía en los espejos del salón: una mujer sin cintura, ancha de caderas, de abdomen y pechos prominentes y piernas cortas aunque usara tacos altos para disimular. Prefería no mirarse, hacía lo contrario de todos los bailarines que no dejaban de mirarse en los espejos ni cuando descansaban. El hombre alto y pálido que había empezado el mismo día que ella había abandonado pronto, era peor que ella, nunca pegaba un paso; ella, en cambio, tenía oído, le faltaba equilibrio, el físico no la ayudaba, no reconocía las marcas, no se acordaba de las secuencias, le faltaba entender el tango pero tenía oído, eso le había dicho Marcos, la vez que le había indicado un ejercicio de ritmo tomándola de la mano. “Al menos, tenés oído”. A ella le había sonado como una lisonja que Marcos le dijera eso. Y por eso seguía esforzándose aunque después del tercer mes de clases ya no le causaba gracia sino vergüenza su poca habilidad, entre otras cosas, porque ahora se daba cuenta de que la mayoría de las parejas bailaban desde hacía años y los enrosques, los adornos, los boleos eran demasiado complicados para quien no estuviera entrenado. Se sentía disminuida. En contadas ocasiones Marcos le había dedicado alguna observación o la había tomado de los hombros para corregirle la postura o decirle que se relajara; él casi siempre se dedicaba a los que venían a perfeccionarse, era increíble la agilidad y la elegancia que tenía para moverse y con Fernanda formaban una pareja que realmente daba placer mirar. Además, estaban las chicas jóvenes, con cuerpos esbeltos, de piernas duras, de cuellos largos y caras frescas que hacían los pasos y las secuencias como si estuvieran en un escenario. Y volvían a repetir la figura y les salía mejor. Y ella, desde la barra, haciendo interminables pivotes y ochos, ochos para atrás, ochos para adelante y pivotes. Sola. Hasta que Marcos o Fernanda, por lo general en los últimos minutos de la clase, se acordaban de ella y decían “cambio de pareja” y alguno, casi siempre, el último en incorporarse al grupo, le hacía el favor de sacarla a bailar.

Pero una tarde, quizás porque había pocos alumnos, Marcos, después de mostrar una secuencia, giró hacia la mujer tendiéndole la mano y le dijo: “Bueno, hoy voy a saber si me tengo que jubilar como profesor”. Ella no supo si se estaba burlando o era su manera de animarla a bailar. Lo cierto es que, aunque nerviosa la mujer enlazó su mano con la de Marcos y caminaron hasta el centro de la pista. En esos escasos segundos sintieron algo extraño: las manos encajaban perfectas una dentro de la otra, y la piel parecía continuarse, no había en el contacto nada que lo interrumpiera, nada que no fuera una misma suavidad. Él la rodeó con el abrazo. Casi no fue necesario que susurrara: “vamos”. Bailaron un tango completo. Marcos, no se molestaba por la inseguridad en los pasos y las continuas equivocaciones; cuando ella se perdía, detenía el movimiento, dejaba que el tango los envolviera, bailaba sin moverse del lugar, le marcaba los compases mientras la mantenía abrazada, firme, y después, con un ligero envión le indicaba qué hacer, “soy yo el que te llevo, caminá conmigo” y a ella no le importó verse en los espejos que los reflejaban, “ahora la pierna más larga, no te apurés, despacio, despacio que no estoy marcando nada, bien, muy bien, escuchá la música, seguí la música, seguime a mí”, y así, a medida que la música fluía y ella reconocía la presión de las manos y la intención del cuerpo él dejó de darle indicaciones y la condujo hasta el final sin que el abrazo se deshiciera: eran una pareja sin estridencias recorriendo en círculos la pista como en la milonga. Cuando sonó el último compás se miraron a los ojos. Con ella de la mano Marcos se acercó a una pareja de alemanes para corregirles el salto que ensayaban; el hombre debía ayudar con el muslo a la mujer para que el salto tomara altura y fuerza. “Así está mejor, pero falta esto”, mostró una secuencia y sin que ella pudiera adivinar lo que haría la impulsó y la hizo volar por el aire para retenerla después, con seguridad, frente a él. El aplauso surgió espontáneo del grupo y el alemán dijo “maestro” pronunciando con énfasis y dificultad la palabra. Fernanda, que los había mirado como una espectadora más, se apresuró a felicitarla, “viste que podés”, “sí”, le contestó la mujer, “con Marcos cualquiera puede, hasta yo puedo”, pero se le notaba la alegría hasta en la manera de mover las manos para abanicarse y exponer el cuello bañado de una leve transpiración. Entonces Fernanda ordenó “cambio de pareja” e indicó que bailaran libres los últimos minutos de la clase. ”Necesito saber cómo te llamás”, le dijo Marcos asomándose por detrás del cuerpo de Fernanda. “Noemí”, le respondió ella. “Noemí”, repitió él, y agregó en voz baja y sonriéndole: “te espero el miércoles, Noemí”.

Marcos todavía sonreía mientras se preparaba para dar una clase especial, un seminario sobre “giros, enrosques y adornos para el hombre”, que le habían solicitado un grupo de profesores europeos. Fernanda lo acompañó como siempre, a la técnica casi perfecta de ella, Marcos le añadía cierta vulgaridad de barrio, de suburbio, con lo cual la pareja transmitía una verdad que llegaba directa a los espectadores y los mantenía en vilo en cada actuación. Además, Fernanda se manejaba con soltura en inglés y francés; Marcos, en cambio, apenas había aprendido unas pocas palabras básicas de manera que las explicaciones las daba ella.
Ese día, después de la agotadora jornada y para celebrar el éxito del seminario, Fernanda invitó a Marcos a cenar a su casa. Era una costumbre establecida desde los comienzos de su actividad artística. Reunirse a tomar algo, a cenar o simplemente a tomar un café para charlar un rato de otros temas que no fueran los laborales, les había servido para conocerse mejor e integrar sus mundos. Pero Marcos contestó que estaba muy cansado y prefería irse a su departamento. La acompañó a tomar un taxi y se fue caminando despacio, “para disfrutar algo de la noche porteña antes de ir al sobre”, le dijo. “No querés que te alcance con el taxi”, le gritó Fernanda bajando la ventanilla, “gracias, pero no” y la saludó de refilón con la mano, alejándose.


En medio del grupo, Noemí bailaba con un español: ahora no la dejaban de lado a la hora de buscar pareja pero ella sabía que aunque se esforzase ya no tenía edad para convertirse en una profesional ni tampoco tendría la actitud convincente, la soltura de las mujeres que se habían criado bailando tangos. Las milongas estaban llenas de mujeres más grandes que ella que al igual que los tangueros de toda la vida miraban a los bailarines jóvenes por encima del hombro, casi despectivamente. Ella no era ni una cosa ni la otra. Pero Marcos le dedicaba tiempo como si no fuera capaz de darse cuenta de esto o como si no le importara. “Por lo menos, tenés oído” le repetía cuando bailaban y los dos se reían. A Fernanda le molestaba cada día más esa actitud de Marcos y buscaba la manera de separarlos, no necesitaba hacer nada demasiado evidente ya que los alumnos avanzados le pedían continuamente correcciones y entonces Marcos debía mostrar los ejercicios con ella. Noemí se quedaba mirando.

Fue un alumno italiano que llevaba un año y medio instalado en Buenos Aires el que se lo dijo. Lo comentó a la salida de una clase, en la puerta de la confitería, entre el ir y venir de la gente, el ruido de los colectivos, las bocinas de los autos. “Anoche los vi a Noemí y a Marcos en la milonga.” Fernanda pensó que había oído mal. “¿Cómo?, ¿qué dijiste?”. “No sé si me vieron, había mucha gente”, siguió el italiano sin contestarle, “pero a Marcos”, hizo un movimiento ampuloso con los brazos y las manos, “¡le hicieron ronda p’a verlo bailar!”, y se esforzó por darle entonación a la frase. Fernanda creyó que se desmayaba. No pudo despedirse del italiano, se apoyó contra la vidriera y cerró los ojos. En ese momento, Marcos, que se había retrasado en el interior del local, la tomó de un brazo y le dijo eufórico: “¿A qué no sabés quién nos llamó para contratarnos?”. A Fernanda la indignación no la dejaba hablar. Marcos empezó a comentarle algo pero le vio la mirada y se calló. Se hizo un silencio denso, palpable entre ellos. La puerta vaivén de la confitería volvió a abrirse y salió Noemí. “Hasta luego”, dijo y enfiló sin apuro hacia Corrientes. A esa hora de la tarde el microcentro era un caos.




Inés Legarreta nació y reside en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. De escritura fresca y sugerente, publicó 
En el bosque y otros cuentos, 1990, Su segundo deseo, 1997
, yLa dama habló y otras páginas, Sigmur, 2004.
Ha merecido numerosos premios y distinciones entre los cuales se destacan: Primer Premio Iniciación otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación; Faja de Honor de la S.A.D.E (Sociedad Argentina de Escritores) 1990; Faja de Honor de la A.D.E.S (Asociación de Escritores Argentinos) 1993; becaria del Fondo Nacional de las Artes, 1993; Mujer Destacada Bonaerense 2000 con Medalla de Plata; Tercer Premio Nacional otorgado por el Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires, 2001, género cuento, obra édita, bienio 1996-1997; Primer Premio Certamen Internacional Los cuentos de La Granja, Segovia, España, 1989 y 1993. Mención de Honor en el Primer Concurso Interamericano de Literatura Avon con la mujer y las letras, 1999; Primer Premio Certamen Nacional de Cuento Histórico otorgado por la S.A.D.E. y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, 2000.
Sus textos han sido incluidos en diversas antologías de cuento, ha sido disertante y panelista en numerosos congresos nacionales e internacionales, y coordinadora de talleres literarios.

16 enero, 2012

María Bernardello(Argentina, 1972)




Verito vende oro. Tiene cantidad de clientes. Vende cadenitas y anillos do oro 18 kilates en tribunales y en un par de gimnasios de Buenos aires. Es oro bueno. La única contra que tiene es que los pagos son en cuotas y después las tiene que ir a cobrar, por eso nos vemos poco y la ayudo con el perro, le compro ropa, la mimo un poco a la pendeja. Es divina y se porta re bien conmigo. Tiene un culo que entra sola. La guacha a veces me hace sufrir por que en la semana nunca tiene tiempo para nosotros. Le ofrecí todo para que se venga a vivir a casa, pero toda su clientela está en capital, y a ella le gusta el centro. Vive en un departamento con dos amigas. Dos aviones. Yo no sé cómo se manejan ahí las tres, en un dos ambientes de cincuenta metros cuadrados. No sabés lo que son las amigas. Una es ex diablita de independiente y estudia actuación, labura en una revista. La otra es promotora de TC. Ahí no trabaja cualquiera, todas tienen un lomazo y una altura especial.


Ayer fuimos los cuatro a tomar sol a la plaza y jugamos al tejo. Me agarré una calentura que me costó disimular. Las tres son un infierno, una mejor que la otra. Las invité a cenar, pero Verito no quiso, tenía que hacer la venta nocturna por los gimnasios. Rubia, le dije, dale, te llevo a un lugar concheto, vamos a comer sushi a Puerto Madero, a un lugarcito de esos que te gustan a vos. La pendeja me dijo que no. Prefiere venir a casa y estar con los perros. No le puedo decir nada porque los perros son todo para nosotros. Nos conocimos así. Ella estaba paseando al Polo, cerca de casa. Cuando ví a la rubia en Banfield con ese perrazo, me enamoré. No sabés lo lindo que es el Polo, un Rothweiler bien percherón como me gustan a mí. La seguí a la pendeja tres cuadras al paso con el auto, la torturé a balazos y la invite a tomar un helado. Conectamos en seguida por los perros. Los subí, a ella y al Polo, al BM y fuimos hasta la heladería de Maipú. Me contó que Polo vivía en la casa de su mamá, porque en el depto en Recoleta no había lugar, que vivía con las amigas y blah, blah, blah. Amamos los perros. Después la llevé a casa para que conociera a la Wave. Movía la cola como loca. Hizo re onda con Polo. La invité a cenar a La Quintana esa misma noche y la llevé a las Torres del Lago. Me garchó como nadie. Desde ese día el Polo se quedó en casa. Ella va y viene poco en la semana. Si puedo la voy a buscar pero cuando hace la venta nocturna en los gimnasios viene tarde en combie o se toma un remís. Tiene clientes en Megatlón y en Le Park. La guacha es re simpática, vende re bien en ese circuito. Y muere por los perros, como yo, me re banca con el windsurf, es una diosa. Le gusta todo a la pendeja, qué mas te puedo decir? Somos casi una familia. Los perros se llevan bien, tenemos gustos parecidos, cogemos como los dioses y la quiero. Verito es una bestia re cariñosa.


Ayer, después de tomar sol, fuimos hasta la costanera. Me moría por cogerla pero la muy turra me hizo una paja en el auto con el Hawaiian Tropic y le dije te amo. Me sentí un pelotudo pero la amo, posta. El fin de semana pasado me fue a buscar a aeroparque. No la reconocí morocha. La loca se había puesto una peluca. Es divina. Me tiene embobado. Martín dice que no, que estoy enconchado. Dice que es puta porque cambia de look todo el tiempo y usa lentes de contacto. Esos ojos color miel no son de ella. Parecen de verdad, pero no. Verito tiene ojos celestes comunes.


Después de la paja con el Hawaiian Tropic le di unos mangos. Andate a la peluquería y ponete las extensiones que tanto te gustan y comprate algo lindo, le dije. Me vine a Banfield, ella volvió tarde, después de hacer el circuito gym. La fui a buscar a la parada de combis en Lanús. Llegamos a casa, jugueteó con los perros y me tiró lo del viaje y éste laburo nuevo. Me dijo que empezó a laburar como detective privada de una agencia de investigaciones. Tiene que hacer un viaje al Caribe, a un All Inclusive nudista, para seguir a un chaboncito que se va con la amante. Su objetivo principal es hacerse la amiga de la minita para sacarle información. Un All Inclusive nudista? Me pareció un cuento chino, un verso de acá a Japón, pero me mostró los pasajes y me quedé helado. No me cierra ésto. Vos siempre te enamoraste de las minitas que bailan en los parlantes, me dijo Martín. Siempre con tetonas raras. Eso lo entiendo, pero la de detective privado en un All Inclusive nudista es demasiado.


Al que le gusta puta, putita, me dijo Martín. Bancatelá.

14 enero, 2012

Mary Flannery O'connor (EE.UU.,1925-1964)


"LA GENTE BUENA DEL CAMPO"
(Incluido en Un hombre bueno no es fácil de encontrar)

Aparte de la expresión neutral que tenía cuando estaba sola, la señora Freeman tenía otras dos, una ansiosa y, la otra, contrariada, que usaba en todas sus relaciones humanas. Su expresión ansiosa era firme y fuerte como la lenta marcha de un camión pesado. Sus ojos jamás se desviaban bruscamente a la derecha o a la izquierda, sino que giraban como un ciclo, como si siguieran una franja amarilla en su mismo centro. Raras veces usaba las otras expresiones porque no le era necesario retractarse a menudo de algo que había dicho; pero cuando lo hacía, su rostro se detenía en seco, había un movimiento casi imperceptible en sus negros ojos, durante el cual parecían retroceder, y entonces, un observador podía ver que la señora Freeman, aun cuando estaba allí tan real como varias bolsas de granos apiladas, estaba ausente en espíritu. En cuanto a hacerle comprender algo cuando sucedía esto, la señora Hopewell ya había desistido de intentarlo. Podría hablarle hasta morirse. Era imposible conseguir que la señora Freeman admitiera que se había equivocado en algo. Y, si se la podía hacer hablar, entonces, era algo como:
—Bueno, no podría decir que fue así y no podría decir que no fue así.
O dejaba que su mirada se posase en el último estante de la cocina donde había un montón de botellas polvorientas y decía:
—Ya veo que no ha comido muchos de los higos que recogió el verano pasado.
Llevaban a cabo los negocios de mayor importancia en la cocina en el transcurso del desayuno. Todas las mañanas, la señora Hopewell se levantaba a las siete, encendía su calentador de gas y el de Joy. Joy era su hija, una muchacha rubia y enorme que tenía una pierna artificial. La señora Hopewell la consideraba una niñita, aun cuando ya tenía treinta y dos años y era muy educada. Joy se levantaba cuando su madre estaba comiendo, avanzaba hacia el lavabo y daba un portazo; al poco tiempo, llegaba la señora Freeman por la puerta trasera. Joy oía a su madre que decía:
—Entre.
Y luego conversaban un rato en voz baja. Era imposible, desde el lavabo, entender lo que decían. Cuando Joy se acercaba, por lo general ya habían terminado con las noticias meteorológicas y empezaban con una de las dos hijas de la señora Freeman, Glynese o Carramae. Joy las llamaba Glycerin y Caramel. Glynese, una pelirroja, tenía dieciocho años y muchos admiradores; Carramae, una rubia, tenía sólo quince, pero ya estaba casada y embarazada. Su estómago no soportaba nada. Todas las mañanas, la señora Freeman le contaba detenidamente a la señora Hopewell las veces que su hija Carramae había vomitado desde su último informe.
A la señora Hopewell le gustaba decirle a la gente que Glynese y Carramae eran las mejores chicas que conocía y que la señora Freeman era una dama y que a ella nunca la avergonzaba llevarla a cualquier parte o presentarla a cualquiera que encontraran por el camino. Luego, contaba cómo había llegado a tomar a los Freeman a su servicio en primer lugar, y hasta qué punto eran un regalo del cielo para ella y cómo los había tenido cuatro años. La razón por la cual hacía tanto tiempo que estaban con ella era porque no las consideraba basura. Era buena gente del campo. Había llamado por teléfono al hombre cuyo nombre conocía por referencia y él le había dicho que el señor Freeman era un buen granjero pero que su mujer era la mujer más correveidile que había pisado la tierra.
—Tiene que meterse en todo —dijo el hombre—. Si no llega al lugar de los acontecimientos antes de que se asiente el polvo, puede apostar que está muerta, eso es todo. Querrá saber todos sus asuntos. Yo de él tengo buen concepto, pero ni yo ni mi mujer podríamos haber aguantado a esa mujer un solo minuto más en esta casa.
Eso hizo que la señora Hopewell pospusiera su decisión por unos pocos días.
Los había contratado al final porque no había otros candidatos, pero había resuelto de antemano la manera de manejar a esa mujer. Ya que pertenecía al tipo de los que tienen que meter las narices en todo, entonces, la señora Hopewell había decidido que no sólo le permitiría meterse en todo, sino que se ocuparía de que tuviese que meterse en todo: le daría la responsabilidad de todo, la pondría a cargo de todo. La señora Hopewell no tenía malas cualidades en sí misma, pero podía usar las de los demás de una manera tan constructiva que nunca sintió esa carencia. Había contratado a los Freeman y hacía cuatro años que los tenía a sus órdenes.
Nada es perfecto. Este era uno de los dichos preferidos de la señora Hopewell. Otro era: ¡así es la vida! Y uno más, el más importante era: bueno, los demás también tienen su opinión. Pronunciaba estas declaraciones generalmente en la mesa, con un tono de insistencia gentil como si ella fuera la única que las decía, y la enorme y pesada Joy, de cuya cara el permanente furor había forrado toda expresión, miraba un poco de lado, con sus ojos de un azul helado, y la mirada de alguien que ha conseguido la ceguera por tener la voluntad y los medios de poseerla.
Cuando la señora Hopewell le decía a la señora Freeman que la vida era así, la señora Freeman decía:
—Yo siempre lo he dicho.
Nadie podía llegar a alguna conclusión sin que ella no lo hubiera hecho con anterioridad. Pero la señora Hopewell era más lista que ella. Cuando la señora Hopewell le dijo después de cierto tiempo de permanencia allí:”Sabe, usted es la rueda detrás de la rueda”, y le había guiñado un ojo, la señora Freeman había contestado:
—Ya lo sé. Siempre he sido lista. Es que unos son más listos que otros.
—Todo el mundo es diferente —dijo la señora Hopewell.
—Sí, pero ya sé cómo es la mayoría —dijo la señora Freeman.
—Toda clase de gente es necesaria en este mundo.
—Siempre lo he dicho.
La muchacha estaba acostumbrada a este tipo de diálogo en el desayuno que continuaba en el almuerzo; a veces, también lo sostenían en la cena. Cuando no había visitas, comían en la cocina porque resultaba más fácil. La señora Freeman siempre se las arreglaba para llegar en algún momento de la comida y observarlas hasta que terminaban. Se quedaba de pie contra la puerta si era verano, pero en invierno ponía un codo encima de la nevera y las miraba desde lo alto, o se ponía al lado del calentador a gas, levantando apenas la parte posterior de su falda. De tanto en tanto se recostaba contra la pared y movía la cabeza de un lado a otro. Todo era muy difícil de soportar para la señora Hopewell, pero ella era una mujer de una gran paciencia. Pensó que nada era perfecto y que con los Freeman podía contar con gente buena del campo y que si, en estos tiempos, uno tenía gente buena del campo, lo mejor era mantenerlos a su lado.
Había tenido mucha experiencia con basura. Antes de los Freeman, tuvo un promedio de una familia residente al año. Las mujeres de esos granjeros no eran de la clase que uno quisiera tener alrededor por mucho tiempo. La señora Hopewell, que se había divorciado de su marido hacía mucho tiempo, necesitaba alguien que caminase con ella por el campo, y cuando tenía que presionar a Joy para que lo hiciera, los comentarios de ésta eran por lo general tan desagradables y su rostro tan hosco que la señora Hopewell le decía:
—Si no vienes de buen grado, no quiero que lo hagas.
Ante lo cual la muchacha, robusta y de hombros rígidos, con el cogote dispuesto un poco hacia delante, replicaba:
—Si quieres que lo haga, aquí estoy: COMO SOY.
La señora Hopewell excusaba esta actitud debido a la cojera (Joy había recibido un disparo en un accidente de caza cuando tenía diez años). Le resultaba duro a la señora Hopewell darse cuenta de que su niña ahora tenía treinta y dos años y que hacía más de veinte que tenía una sola pierna. Todavía la consideraba una niñita porque le hacía pedazos el corazón pensar en la pobre muchacha corpulenta que nunca había dado un paso de baile o tenido una diversión norma l. Su nombre verdadero era Joy pero tan pronto como cumplió los veintiún años y se fue de casa, se lo hizo cambiar legalmente. La señora Hopewell estaba segura de que había pensado y pensado hasta encontrar el nombre más feo en cualquier idioma. Se hizo cambiar el hermoso nombre de Joy. Lo había cambiado sin decirle una palabra a su madre. Su nombre legal era Hulga.
Cuando la señora Hopewell pensó en ese nombre, Hulga, se imaginó el ancho casco vacío de un barco de guerra. No lo usaría. Siguió llamándola Joy y su hija le contestaba de una manera puramente mecánica.
Hulga había aprendido a tolerar a la señora Freeman, quien le evitaba caminar con su madre. Hasta Glynese y Carramae eran de alguna utilidad, pues ocupaban una atención que, de otra manera, habría estado dirigida a ella. Al principio, había creído que no podría tolerar a la señora Freeman porque había descubierto que no era posible tratarla con rudeza. La señora Freeman se recargaba de extraños resentimientos y luego durante días enteros permanecía malhumorada, pero la fuente de su descontento era siempre oscura; un ataque directo, una mirada malintencionada, una maldad dicha en su cara, estas cosas nunca le hacían mella. Y un día sin previo aviso, comenzó a llamarla Hulga.
No la llamaba de esa manera delante de la señora Hopewell que se hubiera enfurecido; pero, cuando ella y la muchacha se encontraban juntas por casualidad fuera de la casa, ella decía algo y agregaba el nombre de Hulga al final, y la corpulenta y miope Joy Hulga fruncía el ceño y se sonrojaba como si le hubieran violado su intimidad. Ella consideraba el nombre como algo personal. Había dado con él, al principio basándose puramente en su feo sonido, y después le había impresionado lo apropiado que quedaba para el caso. Tenía la visión de un nombre que trabajaba como el feo y sudoroso Vulcano que permaneció en el horno y a cuya llamada, presumiblemente, la diosa debía acudir siempre que él así lo deseara. Lo vio como el nombre de su mayor acto creativo. Uno de sus mayores triunfos era el de que su madre no había podido borrar la primacía de Joy, pero lo más importante de todo fue que se había podido transformar en Hulga. Sin embargo, el placer de la señora Freeman en usar el nombre la irritaba. Era como si los ojos acuosos y acerados de la señora Freeman hubieran penetrado lo suficiente dentro de su rostro como para alcanzar el meollo de algún acontecimiento secreto. Había algo en ella que fascinaba a la señora Freeman y un día Hulga se dio cuenta de que era la pierna artificial. La señora Freeman tenía un gusto especial, por los detalles de las infecciones secretas, de las deformidades escondidas, de los atropellos contra niños. De las enfermedades, ella prefería las prolongadas o las incurables. Hulga había oído a la señora Hopewell darle los detalles del accidente de caza, de qué manera la pierna había sido literalmente arrancada, que ella en ningún instante había perdido el conocimiento. La señora Freeman podía escuchar esto en cualquier momento como si hubiera sucedido hacía una hora.
Cuando Hulga entraba cojeando en la cocina por la mañana (podía caminar sin ese ruido horrible que hacía, pero lo hacía —la señora Hopewell estaba segura— porque el sonido era espantoso), las miraba sin decir palabra. La señora Hopewell estaba vestida con su quimono rojo y el cabello atado con un pañuelo. Se hallaba sentada a la mesa, terminando su desayuno, y la señora Freeman, con el codo apoyado en la nevera, miraba desde lo alto. Hulga siempre ponía huevos a hervir y luego permanecía de brazos cruzados frente a ellas, y la señora Hopewell la miraba —una especie de mirada oscilante entre ella y la señora Freeman— y pensaba que, sólo manteniéndose un poco más erguida, no sería tan fea. No había nada desagradable en sus facciones y una expresión grata la hubiera transformado. La señora Hopewell decía que las personas que veían el lado brillante de las cosas eran hermosas aunque no lo fueran en realidad.
Siempre que miraba a Joy de esta forma, no podía dejar de sentir que hubiera sido mejor que la niña no hubiese hecho el doctorado. Ciertamente no la había cambiado y ahora que lo poseía, ya no tenía más la excusa para volver al colegio. Los médicos le habían dicho que Joy, con muchos cuidados, podía llegar a los cuarenta y cinco. Tenía un corazón débil. Joy había afirmado bien a las claras que de no ser por su estado, estaría lejos de estas colinas rojas de la gente buena del campo. Estaría en una universidad dictando cursos a gente que sabría de qué estaba hablando. Y la señora Hopewell se la podía imaginar allí, con aspecto de espantapájaros y enseñando a gente como ella. Aquí, deambulaba todo el día con una falda de seis años de uso y una camiseta amarilla, con un borroso vaquero sobre un caballo estampado en el pecho. Ella opinaba que era divertido; la señora Hopewell, en cambio, pensaba que era idiota y que sólo demostraba que todavía era una niña. Era brillante, pero no tenía ni una pizca de sentido común. A la señora Hopewell le parecía que cada año se volvía menos parecida a la demás gente y acentuaba su propia imagen: abotargada, ruda y bizca. ¡Y decía cosas tan extrañas! Le había dicho a su propia madre —sin advertencia previa, sin excusas, poniéndose de pie en medio de una comida con el rostro púrpura y la boca medio llena:
—¡Mujer! ¿Miras alguna vez en tu interior? ¿Alguna vez miras en tu interior y ves lo que no eres? ¡Dios mío! —había chillado dejándose caer nuevamente y mirando su plato—, Malebranche tenía razón ¡No somos nuestra propia luz!
Hasta el día de hoy, la señora Hopewell no tenía la menor idea sobre qué era lo que había desatado ese exabrupto. Ella sólo había dicho, con la esperanza que Joy la escuchara, que una sonrisa nunca hacía mal a nadie.
La muchacha había hecho su doctorado en filosofía y esto había dejado en total desventaja a la señora Hopewell. Uno podía decir:”Mi hija es enfermera”, o “Mi hija es maestra” o incluso “Mi hija es ingeniero químico”. Uno no podía decir “Mi hija es filósofo”. Eso era algo que había terminado con los griegos y los romanos.
Joy se pasaba el día sentada en un profundo sillón, leyendo. De vez en cuando, se iba a caminar, pero no le gustaban los perros ni los gatos ni los pájaros ni las flores ni la naturaleza o los jóvenes. Miraba a los jóvenes como si estuviera oliendo su estupidez.
Un día la señora Hopewell había cogido uno de los libros que la muchacha acababa de dejar y, abriéndolo al azar, leyó:
“La ciencia, por otro lado, tiene que afirmar nuevamente su sobriedad y seriedad y declarar que sólo le preocupa lo-que-es. La nada ¿qué otra cosa puede ser para la ciencia, sino horror y fantasmagorías? Si la ciencia tiene razón, entonces hay algo que permanece firme: la ciencia no desea saber nada acerca de la nada. Eso es, después de todo, la actitud estrictamente científica frente a la Nada. Lo sabemos al no desear saber nada acerca de la Nada”.
Estas palabras habían sido subrayadas con un lápiz azul y tuvieron para la señora Hopewell el efecto de alguna encarnación diabólica en forma de parloteo. Cerró el libro rápidamente y salió del cuarto como si estuviera a punto de ser presa de terribles convulsiones.
Esa mañana cuando la muchacha hizo su aparición, la señora Freeman se estaba ocupando de Carramae.
—Devolvió cuatro veces después de la cena —dijo— y se levantó dos veces durante la noche después de las tres de la mañana. Ayer no hizo otra cosa que revisar el cajón de la cómoda. Eso es todo lo que hizo. De pie allí, delante de la cómoda, viendo lo que podía encontrar.
—Tiene que comer — musitó la señora Hopewell, sorbiendo su café, mientras observaba la espalda de Joy frente a la cocina.
Se preguntaba lo que la niña había dicho al vendedor de biblias. No se podía imaginar qué tipo de conversación podrían haber sostenido.
El era una joven sin sombrero, alto y demacrado, que vino ayer a venderles una biblia. Había aparecido en la puerta, llevando una enorme maleta negra, que pesaba tanto que había tenido que apoyarse contra el dintel. Parecía estar al borde del colapso, pero dijo con voz alegre:
—¡Buenos días, señora Cedars!
Y había colocado la maleta sobre el felpudo. Era un joven bastante apuesto a pesar de que tenía puesto un traje azul brillante y unos calcetines amarillos que le quedaban cortos. Tenía un rostro huesudo y un mechón de pelo castaño y pegajoso caído sobre la frente.
—Soy la señora Hopewell —dijo ella.
—¡Oh! —dijo simulando sorpresa y con los ojos brillantes— , vi que decía “The Cedars” en su buzón y por eso pensé que usted era la señora Cedars.
Y lanzó una carcajada agradable. Levantó el maletín y con un ataque de risa entró rápidamente en el recibidor. Parecía más bien como si la maleta se hubiese movido primero, arrastrándolo:
—¡Señora Hopewell! —dijo y la cogió de la mano—. ¡Espero que se encuentre bien!
Y se rió de nuevo. Luego, de golpe. Su rostro se volvió totalmente grave. Hizo una pausa, le echó una mirada directa y decidida y dijo:
—Señora, he venido a hablar de cosas serias.
—Pues bien, entre usted —murmuró ella, poco entusiasmada porque tenía la comida casi lista. El entró en el recibidor, se sentó en el borde de una silla, colocó la maleta entre sus pies y observó la habitación como si con eso la estuviera midiendo a ella. La platería brillaba en los dos aparadores; ella pensó que él nunca había estado en una habitación tan elegante como esta.
—Señora Hopewell —comenzó, usando su nombre de una manera que parecía casi íntima—, sé que usted cree en los servicios cristianos.
—Pues, sí —murmuró ella.
—Sé —dijo, e hizo una pausa, pareciendo muy sabio con su cabeza inclinada a un costado— que usted es una mujer buena. Me lo han dicho sus amigos.
A la señora Hopewell no le gustaba que la tomaran por una idiota.
—¿Qué vende usted? — preguntó.
—Biblias —dijo el joven y su ojo recorrió la habitación antes de agregar—, no veo ninguna biblia en su recibidor, ¡ya veo que eso es lo que falta!
La señora Hopewell no podía decir: “Mi hija es una atea y no me permite tener una biblia en el recibidor”. Dijo, poniéndose un poco dura:
—Tengo mi biblia al lado de la cama.
Esto no era verdad. Estaba en algún lugar, tal vez en el ático.
—Señora —dijo él—, la palabra de Dios debe estar en el recibidor.
—Bueno, pienso que es una cuestión de gustos —comenzó ella—. Pienso que...
—Señora —dijo él—, para un cristiano, la palabra de Dios debe estar en todas las habitaciones de la casa aparte de residir en su corazón. Sé que usted es cristiana porque lo puedo ver en cada línea de su cara.
Ella se puso de pie y dijo:
—Bueno, joven, no quiero comprar una biblia y huelo que mi comida se está quemando.
El no se levantó. Empezó a retorcerse las manos y bajando la vista dijo en voz baja:
—Bueno, señora, le diré la verdad, hoy día no hay mucha gente que quiera comprar biblias y, además, sé que soy un simplón. No sé cómo decir algo, lo digo sencillamente. Soy sólo una muchacho de campo.
Levantó la vista hacia su rostro hostil.
—¡La gente como usted no quiere meterse con gente del campo como yo!
—¡Vaya! —gritó ella—, ¡la gente buena del campo es la sal de la tierra! Además, todos tenemos diferentes maneras de ser, todos somos necesarios para que el mundo camine. ¡Así es la vida!
—Usted dice mucho —dijo él.
—Pues sí, pienso que no hay suficiente gente buena de campo en el mundo —dijo agitada—. ¡Pienso que ése es el problema!
A él le había comenzado a resplandecer el rostro.
—No me he presentado —dijo—, soy Manley Pointer, de cerca de Willohobie, ni siquiera de un lugar, sólo de cerca de un lugar.
—Espere un momento —dijo ella—. Tengo que ir a ver la comida.
Fue a la cocina y encontró a Joy parada cerca de la puerta, desde donde había estado escuchando.
—Sácate de encima la sal de la tierra —dijo— y comamos.
La señora Hopewell la miró con pena y disminuyó el fuego de las verduras.
—Yo no puedo ser grosera con nadie —murmuró, y volvió a la sala.
El había abierto la maleta y estaba sentado con sendas biblias en las rodillas.
—Será mejor que las ponga en su sitio —le dijo ella—, no las quiero.
—Aprecio su honestidad —dijo él—, uno ya no encuentra gente honesta, a menos que se vaya al campo.
—Ya lo sé —dijo ella—. ¡Gente del auténtico campo!
Por la rendija de la puerta oyó un quejido.
—Me imagino que muchos tíos vienen y le dicen que se están pagando los estudios —dijo—, pero yo no le diré eso. En verdad —continuó—, no quiero ir al colegio. Quiero dedicar mi vida al cristianismo. ¿Ve? —dijo bajando la voz—, tengo este problema del corazón. Puede ser que no viva mucho tiempo. Cuando uno sabe que tiene un problema de este tipo, bueno, entonces, señora...
Hizo una pausa, la boca abierta, y la miró fijamente.
¡El y Joy tenían el mismo problema! La señora Hopewell se dio cuenta de que sus ojos se estaban llenando de lágrimas, pero hizo un esfuerzo, se repuso rápidamente y murmuró:
—¿No querría quedarse a comer? ¡Nos encantaría que aceptara! —y se arrepintió al instante de haberlo dicho.
—Sí, señora —dijo él con voz avergonzada—; por supuesto que me encantaría.
Joy lo había mirado una vez cuando la presentación y luego durante toda la comida no volvió a dirigirle la vista. El le habló varias veces, pero ella simuló no escucharle. La señora Hopewell no podía comprender esa descortesía deliberada, a pesar de que a su vez convivía con ella, y se dio cuenta de que siempre tendría que exagerar su hospitalidad para contrarrestar la falta de cortesía de Joy. Le instó a que hablara de sí mismo y él lo hizo. Dijo que era el séptimo hijo de un total de doce y que su padre había sido aplastado por un árbol cuando él tenía ocho años. Le recogieron casi partido en dos y quedó prácticamente irreconocible. Su madre se las había arreglado de la mejor forma posible, trabajando duro y preocupándose de que sus hijos fueran a la escuela dominical y leyeran la Biblia todas las tardes. El tenía ahora diecinueve años y hacía cuatro meses que vendía biblias. En ese lapso, había hecho setenta y dos ventas y tenía la promesa de dos más. Quería, ser misionero porque pensaba que ésa era la manera por la que podía hacer más por la gente.
—Aquel que pierda su vida, la encontrará —dijo simple y sinceramente; tan auténtico y dedicado que la señora Hopewell no se habría sonreído por nada en el mundo. El evitó que sus guisantes resbalasen a la mesa bloqueándolos con un pedazo de pan, con el que luego limpió el plato. Ella podía ver que Joy observaba solapadamente cómo manejaba el tenedor y minutos más, el muchacho lanzaría a la chica una entusiasta mirada apreciativa, como si intentase llamar su atención.
Después de comer, Joy quitó la mesa y desapareció, y la señora Hopewell se quedó a solas a conversar con él. El repitió la historia de su infancia, el accidente de su padre y varias otras cosas que le habían sucedido. Cada cinco minutos, más o menos, ella ahogaba un bostezo. El se quedó sentado durante dos horas hasta que finalmente ella le dijo que debía retirarse porque tenía una cita en el pueblo. El empaquetó sus biblias, le dio las gracias y se dispuso a partir, pero en la puerta se detuvo, le dio la mano y dijo que en ninguno de sus viajes había conocido una dama tan bondadosa como ella, y le preguntó si podía volver. Ella le dijo que siempre le alegraría verle.
Joy había permanecido en el camino, mirando aparentemente algo en la distancia; cuando él bajó la escalinata y se dirigió hacia ella, doblado por la pesada maleta, se detuvo donde estaba ella y la miró de frente. La señora Hopewell no pudo escuchar lo que dijo pero tembló al pensar lo que Joy le podría replicar. Pudo ver que Joy, un momento después, le dijo algo y que el muchacho entonces empezó a hablar de nuevo, haciendo un gesto excitado con la mano libre. Luego, Joy dijo algo más y el muchacho empezó a hablar otra vez. Entonces, con sorpresa, la señora Hopewell vio que los dos caminaban juntos hasta el portón. Joy había caminado hasta el portón con él, y la señora Hopewell no podía imaginarse lo que se habían dicho, y hasta ahora no se había animado a preguntarle.
La señora Freeman estaba tratando de atraer su atención. Se había trasladado de la nevera al calentador, de manera que la señora Hopewell tenía que darse vuelta para que pareciera que la escuchaba.
—Glynese se fue de nuevo con Harvey Hill anoche —dijo—. Tenía ese orzuelo.
—Hill —dijo ausente la señora Hopewell—, ¿es ese que trabaja en el garage?
—No, es el que va a la escuela de quiropráctica —dijo la señora Freeman—. Ella tenía ese orzuelo. Hacía dos días. Entonces me dijo que cuando las otras noches la trajo le había dicho: “Déjame que te saque ese orzuelo”, y ella le dijo: ”¿Cómo”, y él le dijo: “Sólo échate en el asiento de atrás y te lo mostraré”. Entonces ella lo hizo y él la golpeó en el cuello. Siguió dándole golpes varias veces hasta que ella dijo basta. Esta mañana no tenía ese orzuelo. No quedaron ni huellas del orzuelo.
—Nunca había oído hablar de eso –dijo la señora Hopewell.
—Le pidió que se casara con él ante el juez —continuó la señora Freeman—, y ella le dijo que no se iba a casar en ninguna oficina.
—Bueno, Glynese es una buena chica —dijo la señora Hopewell— Glynese y Carramae, las dos son buenas chicas.
—Carramae dijo que cuando ella y Lyman se casaron, Lyman dijo que por supuesto ella era sagrada para él. Ella dijo que él dijo que no daría quinientos dólares para ser casado por el predicador.
—¿Cuánto daría? —preguntó la muchacha desde la cocina de gas.
—Dijo que no daría quinientos dólares —repitió la señora Freeman.
—Muy bien, todos tenemos algo que hacer —dijo la señora Hopewell.
—Lyman dijo que era sagrada para él —dijo la señora Freeman—. El doctor quiere que Carramae coma ciruelas pasas. Dice eso, en vez de medicinas. Dice que los calambres vienen por la presión. ¿Sabe dónde pienso que está eso?
—Estará mejor en unas pocas semanas —dijo la señora Hopewell.
—En el tubo —dijo la señora Freeman—. De otra manera no estaría tan enferma.
Hulga había partido los dos huevos en un platillo y los traía a la mesa con una taza de café que había llenado demasiado. Tomó asiento con cuidado y empezó a comer, con la intención de entretener allí a la señora Freeman por medio de preguntas si por cualquier razón ésta mostraba intención de marcharse. Podía percibir el ojo de su madre sobre ella. La primera pregunta indirecta sería sobre el vendedor de biblias, y ella no quería que saliera a relucir.
—¿Cómo le golpeó el cuello? —preguntó.
La señora Freeman hizo una descripción de cómo él la había golpeado en el cuello. Dijo que era propietario de un Mercury 55, pero que Glynese había dicho que prefería casarse con un hombre que sólo tuviera un Plymouth 36, que deseaba casarse ante un predicador. La muchacha preguntó qué pasaría si él tenía un Plymouth 32 y la señora Freeman dijo que lo que Glynese había dicho era un Plymouth 36.
La señora Hopewell manifestó que no había muchas chicas con el sentido común de Glynese. Dijo que lo que más admiraba en esas chicas era el sentido común. Dijo que eso le recordaba que ayer habían tenido una buena visita, un joven que vendía biblias.
—Dios santo —dijo—, me aburrió a más no poder pero era tan sincero y tan auténtico que no pude ser descortés con él. Era de la buena gente del campo, usted sabe —dijo—, la sal de la vida.
—Le vi llegar —dijo la señora Freeman—, y más tarde le vi salir.
Hulga pudo percatarse del leve cambio en su voz, la leve insinuación de que no se había ido caminando solo. Su rostro permaneció inexpresivo pero el rubor coloreó su cuello y pareció tragárselo con la siguiente cucharada de huevo. La señora Freeman la estaba mirando como si compartiera un secreto con ella.
—Bueno, toda clase de gente es necesaria para que este mundo camine —dijo la señora Hopewell— . Está muy bien que no todos seamos iguales.
—Algunos son más iguales que otros —sentenció la señora Freeman.
Hulga se puso de pie y se dirigió, haciendo mucho más ruido que el necesario, hacia su cuarto, cerrando la puerta. Iba a encontrarse con el vendedor de biblias a las diez de la mañana en el portón. Había pensado en ello la mitad de la noche. Había empezado a imaginarlo como una gran broma y luego había atisbado sus profundas implicaciones. Tirada en la cama, había imaginado diálogos que eran delirantes en la superficie pero que, en el fondo, llegaban a profundidades de las que no sería consciente ningún vendedor de biblias. Ayer, la conversación que habían mantenido había sido de esta clase.
El se había detenido frente a ella y simplemente había permanecido allí. Tenía la cara huesuda, sudorosa y brillante, con una pequeña nariz respingona en medio. Su aspecto era diferente del que había tenido durante la comida. La estaba mirando con abierta curiosidad, con fascinación, como un chico que mira un nuevo animal fantástico en el zoológico, y respiraba como si hubiera corrido una gran distancia para alcanzarla. Su mirada le resultó familiar pero no pudo recordar dónde la habían mirado de esa manera. Por un buen rato, él no dijo nada. Luego, en lo que pareció una aspiración de aire, susurró:
—¿Alguna vez has comido un pollo de dos días?
La muchacha lo miró atónita . El podría haber estado presentando la pregunta para su consideración en la reunión de una asociación filosófica.
—Sí —replicó al rato la muchacha, como si lo hubiera considerado desde todos los ángulos posibles.
—¡Debe haber sido enormemente pequeñín! —dijo él con aire de triunfo y se estremeció todo por cortas risitas nerviosas, poniéndose muy colorado. Se calmó sumergiéndose en una mirada de completa admiración, mientras que la expresión de la muchacha seguía siendo la misma.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó él suavemente.
Ella esperó un poco antes de contestar. Luego, con voz fuera de tono, dijo:
—Diecisiete.
Las sonrisas de él llegaban unas tras otra como olas rompiendo en la superficie de un pequeño lago:
—Veo que tienes una pierna de palo —dijo—. Creo que eres muy valiente. Creo que eres muy dulce.

La muchacha permaneció vacía, rígida y silenciosa.
—Camina hasta el portón conmigo —dijo él—. Eres una cosita valiente y dulce y me gustaste en el momento en que te vi pasar la puerta.
Hulga comenzó a moverse lentamente hacia adelante.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, con su sonrisa por encima de la cabeza de ella.
—Hulga —dijo ella.
—Hulga —murmuró él—. Hulga, Hulga. Nunca supe de nadie que se llamara Hulga. Eres tímida, ¿no es así, Hulga? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza, observando la gran mano enrojecida en la agarradera de la maleta gigante.
—Me gustan las chicas que usan gafas —dijo—. Pienso mucho. No soy como esa gente en cuyas cabezas jamás entra un pensamiento serio. Es porque tal vez puedo morir en cualquier momento.
—Yo también puedo morir —dijo ella de sopetón y lo miró. Ahora tenía los ojos muy pequeños y marrones, con un brillo afiebrado.
—Escucha —dijo él—, ¿no crees que están hechos para conocerse los que tienen todo en común? ¿Cuando los dos tienen pensamientos profundos y todo eso?
Cambio de mano la maleta y ahora la más próxima era su mano libre. La cogió del codo y se lo sacudió un poco:
—Los sábados no trabajo —dijo—. Me gusta caminar por el bosque y ver cómo está vestida la Madre Naturaleza. En las colinas y bien lejos. Picnics y esas cosas. ¿No podríamos ir de picnic mañana? Di que sí, Hulga —dijo y le echó una mirada agónica como si sintiera que se le estaban por caer las entrañas. Hasta parecía haberse acercado a ella.
Esa noche Hulga se había imaginado que lo seducía. Imaginó que los dos caminaban por el campo hasta que llegaban al granero más allá de los dos campos de atrás, y allí las cosas llegaban a tal punto que ella lo seducía con facilidad, y luego, por supuesto, tenía que vérselas con el remordimiento de él. Un genio verdadero podía llegar a hacerse entender hasta por un cerebro inferior. Imaginó que ella transformaba su remordimiento en una comprensión más profunda de la vida. Ella ponía de lado toda la vergüenza de él y la transformaba en algo útil.
Fue al portón a las diez en punto, escapándose sin atraer la atención de la señora Hopewell. No llevaba nada para comer, pues había olvidado que, por lo general, a un picnic se llevan alimentos. Vestía un par de pantalones y una camisa blanca, pero sucia; en el último momento, había rociado el cuello con un poco de Vapex, ya que no tenía ningún perfume. Cuando llegó al portón, nadie estaba allí.
Miró la carretera desierta en ambas direcciones y experimentó la curiosa sensación de haber sido engañada, de que él sólo había pretendido con su propuesta hacerla caminar hasta el portón. Entonces, de improviso, él se puso de pie, muy alto, detrás de unas malezas en el terraplén del otro lado del camino. Sonriente, se sacó el sombrero que era nuevo y de ala ancha. Ayer no lo tenía y ella se preguntó si no lo habría comprado para la ocasión. Era de color tostado con una cinta blanca y roja a su alrededor, un poco grande para él. Salió de las malezas todavía llevando la maleta negra. Tenía puesto el mismo traje y los mismos calcetines amarillos metidos dentro de los zapatos. Cruzó el sendero y dijo:
—¡Sabía que vendrías!
La muchacha se preguntó agriamente cómo se había dado cuenta. Señaló la valija y dijo:
—¿Por qué has traído tus biblias?
La cogió del codo, sonriéndole desde su altura como si le fuera imposible dejar de hacerlo.
—Nunca puedes saber cuándo necesitarás de la palabra de Dios, Hulga —dijo.
Por un momento ella dudó de que esto estuviera sucediendo realmente y entonces empezaron a subir el terraplén. Luego bajaron hasta el campo abierto camino del bosque. El muchacho caminaba ágilmente, saltando. La maleta no parecía ser hoy tan pesada, la movía fácilmente entre las manos. Cruzaron la mitad del campo sin decir palabra y entonces él le puso la mano sobre la espalda y le preguntó:
—¿Dónde está la juntura de tu pierna de palo?
Ella se puso colorada y lo miró furiosa, y por un instante el muchacho pareció avergonzado.
—Lo dije sin ninguna mala intención —dijo—. Sólo quise decirte que eras tan valiente y todo eso. Me imagino que Dios cuida de ti.
—No —dijo ella, mirando hacia delante y caminando rápido—, ni siquiera creo en Dios.
—¿No? —exclamó, como si estuviera demasiado sorprendido para agregar algo más.
Ella continuó caminando y en un segundo él estaba a su lado, abanicándose con el sombrero.
—Eso es muy poco común en una chica —dijo, mirándola de reojo. Cuando llegaron al borde del bosque, le puso de nuevo la mano en la espalda y la apretó contra sí sin decir una palabra y la besó fuertemente.
El beso, más presión que sentimiento, produjo en la muchacha esa carga extra de adrenalina que permite a una persona sacar un pesado baúl de una casa en llamas, pero en ella, toda esa fuerza subió a la cabeza. Aun antes de que él la soltara, su mente, clara, indiferente e irónica, ya lo observaba desde una gran distancia con curiosidad, pero también con lástima. Nunca la habían besado antes y le alegró descubrir que no se trataba de una experiencia excepcional y que todo estaba sujeto al control de la mente. Alguna gente podría saborear el agua si les decían que era vodka. Cuando el muchacho, a la expectativa pero inseguro, la separó suavemente de él, ella dio media vuelta y siguió caminando, sin decir nada, como si ese asunto, para ella, fuese cosa de todos los días.
El se mantuvo jadeante a su lado, tratando de ayudarla cuando veía una raíz en la que ella podía tropezar. Cogía los largos y oscilantes tallos espinosos y abría una brecha hasta que ella pasaba. Ella mostraba el camino y él iba atrás respirando agitado. Luego salieron a una ladera luminosa, que se ondulaba suavemente, hasta otra un poco más pequeña. Más allá, pudieron ver el techo herrumbrado del granero donde estaba depositado el heno de reserva.
La colina estaba punteada de pequeñas hierbas rojas.
—Entonces, ¿no estás salvada? —preguntó él de improviso y se detuvo.
La muchacha sonrió. Era la primera vez que le sonreía.
—En mi economía —dijo—, yo estoy salvada y tú estás condenado, pero ya te dije que no creía en Dios.
Nada parecía poder destruir la mirada admirativa del muchacho. Ahora la miró como si el animal fantástico del zoológico hubiera pasado su garra por las rejas y le hubiera dado una palmada amorosa. Ella pensó que parecía querer besarla de vuelta y siguió caminando antes de que él encontrara una oportunidad.
—¿No hay ningún sitio en donde nos podamos sentar? —murmuró él—, bajando su voz al final de la oración.
—En ese granero —dijo ella.
Se apresuraron como si pudiera deslizarse y desaparecer como un tren. Era un granero grande, de dos pisos, frío y oscuro en el interior. El muchacho señaló la escalerilla que conducía al henal y dijo:
—Lástima que no podamos ir allí.
—¿Por qué no podemos ir allí?
—Tu pierna —dijo él, reverente.
La muchacha le lanzó una mirada despreciativa y agarrándose con las dos manos a la escalerilla, trepó por ella mientras él permanecía abajo, aparentemente pasmado. Ella pasó con habilidad por la abertura y luego lo miró desde arriba y dijo:
—Bueno, ven, si es que vas a venir.
El comenzó a subir la escalerilla, llevando torpemente la valija.
—No necesitamos la biblia —comentó ella.
—Nunca se sabe —dijo él, jadeante.
Una vez que estuvo en el henil, trató de recuperar el aliento por unos segundos. Ella se había sentado sobre un montón de paja. Una ancha envoltura de luz de sol; llena de partículas de polvo, se volcaba sobre ella. Se quedó tirada, apoyada contra un fardo, con la cara vuelta hacia la abertura del frente del granero, por donde debía arrojarse el heno desde un camión hasta el henil. Las dos laderas punteadas de rojo se alejaban hacia una oscura arboleda. El cielo estaba despejado y de un azul límpido. El muchacho se dejó caer a su lado, puso un brazo debajo de ella y el otro encima y comenzó a besarle metódicamente el rostro, haciendo ruiditos como un pez. No se quitó el sombrero, pero éste no interfería. Cuando le molestaron los anteojos de ella, se los desprendió y los deslizó en el bolsillo.
Al principio, la muchacha no le devolvió ningún beso, pero al rato empezó a hacerlo y después que lo besó varias veces en la mejilla, se acercó a sus labios y permaneció allí, besándolo una y otra vez como si tratara de dejarlo sin aliento. Su aliento era claro y dulce como el de un niño y también los besos eran pegajosos como los de un niño. El murmuró que la amaba y que la primera vez que la vio supo que la amaba, pero el murmullo era como las quejas soñolientas de un niño al que su madre duerme. La mente de Joy, mientras tanto, nunca se detuvo ni se perdió por un segundo a causa de las sensaciones.
—No me has dicho que me amas —susurró él finalmente, separándose de ella—. Tienes que decirlo.
Ella apartó la mirada y la dirigió al cielo ahuecado y luego hacia abajo, al cerro oscuro, y después más allá, a lo que parecían dos lagos verdes e hinchados. No se había dado cuenta de que él le había sacado las gafas pero este paisaje no podía parecerle excepcional ya que raras veces prestaba alguna atención a su entorno.
—Tienes que decirlo —repitió él—, tienes que decir que me amas.
Ella siempre procuraba no comprometerse.
—En cierto sentido —comenzó a decir—, si utilizas esa palabra sin pretender exactitud, la puedes decir. Pero no es una palabra que yo use. No tengo ilusiones. Soy una de esas personas que miran a través de todo a la nada.
El muchacho frunció el ceño.
—Tienes que decirlo. Yo lo dije y tú debes decirlo también.
La muchacha lo miró casi con ternura.
—Pobrecillo —murmuró—. Da lo mismo que no entiendas.
Lo acercó, tomándolo por el cuello, el rostro inclinado hacia sí.
—Estamos todos condenados —dijo—, pero algunos nos hemos arrancado las vendas de los ojos y vemos que no hay nada para ver. Es una especie de salvación.
Los ojos atónitos del muchacho estaban sin expresión a través de los cabellos de ella.
—Muy bien —casi gimoteó—,pero ¿me amas o no me amas?
—Sí —dijo ella y agregó—:en un sentido. Pero debo decirte algo. No tiene que haber nada deshonesto entre nosotros.
Levantó su cabeza y lo miró a los ojos.
—Tengo treinta años —dijo—, tengo varios títulos.
El muchacho pareció irritado pero obstinado.
—No me importa —dijo—, no me importa nada todo lo que hayas hecho. Sólo quiero saber si me amas o no.
La acercó y la besó salvajemente hasta que ella dijo:
—Sí, sí.
—Muy bien, entonces —dijo él, dejándola—. Pruébalo.
Ella sonrió, mirando ensoñada el paisaje del cielo. Lo había seducido sin que ni siquiera se hubiera decidido a hacerlo.
—¿Cómo? —preguntó, sintiendo que debía retrasarlo un poco.
El se inclinó y acercó los labios a su oído.
—Muéstrame la juntura de la pierna de palo —susurró.
La muchacha dio un pequeño grito y su rostro perdió instantáneamente todo color. La obscenidad de la sugerencia no era lo que la sorprendía. Cuando fue niña a veces había sido presa de sentimientos de vergüenza pero la educación había removido las últimas huellas de eso como lo hace un buen cirujano con un cáncer. No era mayor su sensibilidad a lo que él le pedía que su fe en sus biblias. Pero era tan sensible respecto de su pierna artificial como un pavo real respecto de su cola. Cuidaba de ella como otros cuidaban de sus almas, en privado y casi con los ojos vueltos hacia otro lado.
—No —dijo.
—Ya lo sabía —musitó él—. Sólo me tomas por un imbécil y juegas conmigo.
—¡Oh, no, no! —exclamó—. Llega a la rodilla.
Sólo a la rodilla. ¿Por qué la quieres ver?
El muchacho la miró prolongada y penetrantemente.

—Porque —dijo—, es lo que te hace diferente. Eres como ninguna otra.
Ella se quedó mirándolo. No había nada en su rostro o en sus redondos ojos azules y fríos que indicase que esto la había emocionado; pero ella sintió como si se le hubiera parado el corazón y dejó que su menta succionara la sangre. El muchacho, con un instinto que provenía más allá de la experiencia, había puesto el dedo en la llaga y en su verdad. Cuando después de un momento, ella dijo en voz alta y ronce: ”Muy bien”, fue como rendirse a él completamente. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.
Poco a poco, el empezó a subir el pantalón. La pierna artificial, con una media blanca y un zapato bajo marrón, terminaba en un material pesado como lona y en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho se volvieron totalmente reverentes cuando lo descubrió y dijo:
—Ahora muéstrame cómo sacarla y ponerla.
Ella se la sacó y se la puso nuevamente y luego él mismo la sacó, manejándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.
—¡Mirá! —dijo con la expresión de deleite de un niño—. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!
—Colócala de nuevo —dijo ella.
Pensaba que se escaparía con él y que esa misma noche él le sacaría la pierna y que todas las mañanas se la pondría nuevamente.
—Ponla de nuevo —dijo.
—Todavía no —murmuró él, deteniéndola a la altura del pie y lejos de su alcance—. Déjala un poco. Me tienes a mí a cambio.
Ella dio un corto grito de alarma pero él la empujo y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de funcionar y que se estaba ocupando de algo que no comprendía muy bien. Expresiones diferentes recorrían su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, sus ojos como dos pernos de acero, doblaba la cabeza hacia donde había quedado la pierna. Finalmente, ella se lo sacó de encima y dijo:
—Ahora colócala de nuevo.
—Espera —dijo él.
Se inclinó hacia el otro lado y empujó la maleta hacia sí y la abrió. Tenía un forro azul pálido y manchado y sólo contenía dos biblias. Sacó una y abrió la portada. Era hueca y allí había un frasco de whisky, un juego de naipes, y una pequeña caja azul con algo impreso. El dispuso estas cosas frente a ella una por una en una hilera regular, como alguien que estuviera presentando ofrendas en el templo de una diosa. Le puso la caja en la mano. ESTE PRODUCTO ES PARA SER USADO SOLAMENTE COMO PRESERVATIVO DE ENFER- MEDADES, leyó y la dejó caer. El muchacho estaba abriendo la botella. Dejó de hacerlo y señaló, con una sonrisa, los naipes. No eran naipes comunes sino que había una foto obscena en la parte de atrás de cada baraja.
—Echa un trago —dijo él.
Le ofreció la botella primero a ella. Se la puso delante, pero, como hipnotizada, ella no se movió.
En su voz, cuando habló, había un tono de ruego.
—¿No eres —murmuró—, no eres de la buena gente de campo?
El muchacho ladeó la cabeza. Parecía como si comenzara ahora a darse cuenta de que ella podría estar tratando de insultarlo.
—Sí —dijo, doblando un poco los labios—, pero eso no me ha dejado atrás. Valgo tanto como tú en cualquier momento.
—Dame mi pierna —dijo ella.
El la empujó aún más lejos con el pie.
—Vamos, hora, empecemos a divertirnos —dijo de manera insinuante—. Todavía no nos conocemos bien.
—¡Dame, mi pierna! —gritó y trató de abalanzarse sobre ella, pero él la empujó hacia atrás con facilidad.
—¿Qué te pasa ahora, de pronto? —pregunto él, ceñudo, mientras cerraba la botella y la ponía rápidamente dentro de la biblia —. Hace muy poco dijiste que no creías en nada. ¡Yo creí que eras toda una mujer!
El rostro de Joy estaba casi púrpura.
—¡Eres un cristiano! —susurró—. ¡Eres un buen cristiano! Eres como todos ellos; dices una cosa y haces otra. Eres un perfecto cristiano, eres un...
La boca del muchacho se transformó en un gesto de enojo.
—¡Espero que no pienses —dijo con un tono indignado y altivo— que yo creo en esa mierda! Puede ser que venda biblias pero sé cómo son las cosas, ¡y no nací ayer, y sé adónde voy!
—¡Dame mi pierna! —gritó ella.
El pegó un salto tan rápido que apenas le vio arrojar los naipes y la caja en la biblia y tirar la biblia en la valija. Le vio coger la pierna y luego colocarla en diagonal y desamparada dentro de la valija con una biblia a cada lado. El dio un golpe y cerró la tapa y cogió la maleta y la tiró abajo por el agujero y luego se metió él y empezó a bajar.
Cuando todo su cuerpo, salvo la cabeza, había pasado, se dio la vuelta y la observó con una mirada que ya no tenía ninguna admiración.

—He conseguido un montón de cosas interesantes —dijo—. Una vez conseguí un ojo de mujer de esta manera. Y no pienses que me vas a atrapar, porque en realidad no me llamo Pointer. Uso un nombre distinto en cada casa donde voy y nunca me quedo en un sitio por mucho tiempo. Y te diré algo más, Hulga —dijo usando el nombre como si no le tuviera ninguna consideración—, no eres tan inteligente. ¡Desde el día en que nací no creo absolutamente en nada!
Luego desapareció el sombrero tostado por el agujero y la muchacha se quedó sentada en la paja bajo la luz polvorienta. Cuando giró el rostro agitado y miró por la abertura, vio su figura azul batallando con éxito sobre el lago salpicado de verde.
La señora Hopewell y la señora Freeman, que estaban en el campo de atrás, desenterrando cebollas, lo vieron emerger un poco más tarde del bosque y encaminarse por la pradera hacia la carretera.

—Pero si parece ese buen joven aburrido que trató de venderme una biblia ayer —dijo la señora Hopewell achicando los ojos—. Debe haber estado vendién- dolas a los negros allá atrás. Era tan simple —dijo—, pero creo que el mundo sería mucho mejor si todos nosotros fuéramos tan simples.
La mirada de la señora Freeman lo alcanzó justo antes de que desapareciese detrás de la colina. Luego, volvió su atención a un bulbo de cebolla de olor diabólico que estaba levantando el suelo.
—Algunos no pueden ser tan simples —dijo—. Yo sé que nunca podría.

12 enero, 2012

Laura García(Colombia, 1985)


TINTA FRESCA

CREO QUE MARZO 7, DURANTE EL DÍA:

Por ahora nada especial, solo una larga conversación con Ildefonso. Es curioso, en todo el tiempo que llevo aquí, con todos estos, sólo él se ha interesado por saber cómo llegué.

«Fue de los muchísimos correos que conformaban la nutrida y fluida correspondencia entre Ramón y yo, que surgió la posibilidad de visitar y entrevistar al magnífico escritor griego Alexis Missolonguionis. En forma muy diligente, y valiéndose de su vieja amistad con el escritor, Ramón afinó los contactos necesarios para que éste me recibiera en su casa ubicada en las afueras de Atenas, y yo, por mi parte, no tuve mayores problemas para que la revista financiara mi viaje. Y es que la crónica de un encuentro con Missolonguionis prometía, sobre todo teniendo en cuenta que hacía muchos años que el tipo no aceptaba entrevistas a ningún medio y no asistía a las presentaciones y firmas de sus libros; y siendo ávidamente perseguido por muchos, yo había llegado a él sin necesidad de grandes esfuerzos. Así, cuando me ví por fin en Grecia, apenas podía soportar la curiosidad y la expectación. El viaje era sólo por dos días pero como arribé con suficiente anticipación, el tiempo que me restaba antes del encuentro lo maté revisando que la cámara fotográfica estuviera correctamente configurada y con la batería bien cargada, repasando los apuntes y notas para la entrevista y revisando que estuvieran todos los libros que le pediría firmar, a saber, las novelas Los santos del infierno, Avaricia, Salud, dinero y dolor y un libro de cuentos titulado El atardecer en que morimos.

A las cinco de la tarde, en punto, llegué al número 56 de la calle Tritis Septemvriou. La casa tenía forma de castillo, pero uno venido a menos con la fachada descolorida y las cúpulas de granito color marrón descarachadas. Me acomodé el maletín y toqué el timbre una, dos, tres veces. Un conejo atravesó el jardín corriendo y tras de él un gato enfurecido. El jardín estaba un tanto despoblado y en él resaltaba una extraña especie de rosas blancas cuyos bordes estaban pintados de un rojo intenso. Missolonguionis salió entonces, seguido de un enorme y silente perro chow chow café, de lengua completamente negra; mascullaba para sí en griego mientras abría el candado de la reja y no me devolvió el saludo sino hasta que entramos en la casa. Su castellano tenía acento español, como me había advertido Ramón, ya que había vivido desde los 18 y hasta los 25 años en Granada, con la familia de su madre. Buenas tardes, me dijo indicando una silla. La sala estaba solo alumbrada por una lamparita de mesa y botaba una luz tan delgada, que no alcanzaba ni para leer mis apuntes, era casi como estar a oscuras. Missolonguionis se sentó en la silla que estaba justo frente a mí y ni siquiera hizo amago de encender las luces. –Conque recomendada por Ramón, ¿no? –Así es –le contesté. Quedamos mudos. Ya había sacado mi libreta de notas y la cámara, pero no lograba hablar aún. Missolonguionis parecía no estar ahí, parecía un espectro, y por un instante fugaz creí que yo tampoco estaba allí, que quizás estaba soñando o que me encontraba dentro de un sueño ajeno, tal vez del sueño de Missolonguionis, peor aún, dentro de su cabeza. –¿Me deja ver su libreta de apuntes? –dijo. Lo miré desconcertada. –Ay, por favor, sólo quiero leer su libreta de apuntes, a menos de que no sea eso, sino un diario personal. Se la extendí. –Es muy desordenada y su caligrafía me hace pensar que estudió en un colegio con monjas. Es más, puedo decir que usted tuvo hace años atrás una preciosa letra gótica, que cambió por esta cantidad de arañas deformes en cuanto empezó a odiar a esas deleznables monjas. Me dirigió una mirada gélida y curvó sus labios delgadísimos en un ademán de sonrisa, pero macabra. A ese punto, ya contemplaba a Missolonguionis con la boca abierta. Quería preguntarle cómo podía saber que yo había estudiado realmente en un colegio con monjas y que, efectivamente, había modificado mi caligrafía debido al profundo odio que sentía por ellas, pero callé. –Bien, Morgana, obviemos toda la pelusa. Me molestan las chiquillas preguntonas como tú. Cuéntame ¿has leído mis libros?. Asentí. –Pues qué pérdida de tiempo –dijo. Le arrebaté mi libreta y lo miré intentando tener la misma frialdad de sus ojos, pero lo que tenía era rabia, mucha rabia. –Si le molestan las entrevistas, para qué accedió a recibirme –le pregunté con un tono más que ofuscado, casi con altanería. –¡Diablos! Accedí a recibirla porque Ramón es mi gran amigo y porque no puedo olvidar que me tendió su mano cuando más lo necesité mientras vivía en Granada. Sólo eso. Creo que me puse colorada de la ira. ¡Había perdido ese viaje a Grecia! Y todo porque el señor era un caprichoso. Seguramente me diría cualquier tontería y luego me mandaría muy amablemente al carajo. Quise gritarle que era, sí, un gran escritor, pero que tenía la misma prepotencia de uno muy mediocre. No me dio tiempo; antes de que mi impulso se materializara, reanudó su discurso: –Aunque lamento mucho, no sabe cuánto, que Ramón la haya recomendado tan bien conmigo, porque lo único que consiguió fue procurarme la mala periodista que me hacía falta. La rabia se transformó súbitamente en desazón. Conque mala periodista… ¡qué tipo más pedante!, me grité por dentro.

–Señorita Sánchez, le anuncio que usted no va a salir de aquí –dijo, como si se tratara de algo inevitable a lo que yo debía resignarme. Ya no sentí rabia, sino compasión. Este viejo está loco, pensé. Missolonguionis se inclinó sobre la mesita del centro y buscó a tientas algo bajo la tabla. Un algo que probablemente presionó para que sonaran así todas las cerraduras de la casa… como si sospechosamente se estuvieran trancando. No me quedaron dudas: no debía permanecer ni un instante más con ese viejo loco y salí corriendo despavorida por toda la casa, abriendo infructuosamente las pocas puertas que prometían llevarme a la libertad del exterior. La casa no era muy grande e intrincada, por lo que Missolonguionis dio fácilmente conmigo y con una fuerza descomunal me aventó contra una pared. Después todo es olvido. Me perdí en una nebulosa que se convirtió rápidamente en una túnica negra y finalmente en nada.

Pasaron bastantes horas, al menos eso intuí porque cuando desperté de mi olvido hacía un frío que se parecía mucho al de las madrugadas. Por las dos ventanitas que había en lo alto de la pared, pude ver un cielo negro-azulado, repleto de estrellas, que me pareció extraño. Estaba aturdida, todo me daba vueltas, busqué concentrarme en un punto fijo, me esforcé por ver a través de la espesa oscuridad que me rodeaba, hasta que identifiqué un mesón atiborrado de implementos que parecían salidos del laboratorio de un alquimista y muchas estanterías repletas de libros, cuadernos y papeles, todo mal arrumado. Poco a poco fui dándome cuenta de mí, de que me dolían mucho las piernas y los brazos, que estaba sentada sobre el suelo y qué quién sabe cuantas horas pasé en la misma posición, que tenía amarradas las manos tras de mí y que mis piernas extendidas, habían sido unidas por los tobillos con una anilla de hierro. Intenté un movimiento leve, pero mis huesos llegaron a crujir del dolor y se me escapó un grito que como por arte de magia encendió un foco en el techo. La luz hirió hasta el último rincón de la sala y no pude evitar, esta vez no un grito, sino muchos alaridos. Cual si fueran marionetas, cientos de seres pálidos y amoratados me recibieron colgando desde el techo, o recostados a las paredes. Noté que todos eran varones. Me fijé lo mejor que pude y supuse que no eran artificiales. No, por el contrario, eran muy humanos. En su mortalidad identifiqué su humanidad. El perro chow chow de Alexis Missolonguionis surgió desde un rincón lentamente hacia mí. Olisqueó mis zapatos, mis rodillas y luego se acercó muy cerca de mi rostro y lamió mi mejilla dejándola impregnada de su saliva pegachenta. Sus ojos parecían dos carbones encendidos; esquivé su mirada que no parecía animal. Ladró. Unas cinco veces. Una puerta se abrió, creo que a un costado de la sala y entonces vi a Missolonguionis. Estaba vestido completamente de blanco. Se acuclilló frente a mí y su carcajada me hirió por dentro, porque sospeché en ella el preludio a mi resignación irremediable y eterna. Sacó una navaja del bolsillo de su camisa y me enseñó el reflejo de su hoja filuda. Me desató las manos y tomó la izquierda con la palma hacia arriba y me hizo un corte en el dedo índice. No sentí dolor. Solo un levísimo cosquilleo. Raspó la sangre que brotó de la cortadura con la navaja y se la llevó hacia el mesón. Pensé que a lo mejor no era escritor, sino un científico loco haciéndose pasar por un escritor, pero deseché la idea cuando ví con atención hacia un espacio del mesón en donde había un serie de frasquitos con el rótulo TINTA FRESCA. –¿Qué sientes? –preguntó sin dejar de manipular la navaja con los artefactos del mesón. – Me duelen los huesos –le contesté. Me vio como si me compadeciera. –No son tus huesos. No tienes huesos. No tienes cuerpo. Ellos tampoco –y señaló hacia los cuerpos que yacían por toda la sala. –Hago tinta. Pero no cualquier tinta. Yo me estaba mareando nuevamente. –De ese que ves allí –y señaló a un hombre joven, de unos 30 años, que vestía jeans y camisa verde y que estaba colgado en una esquina del salón –me sirve su sangre para la tinta negra y con sus pestañas elaboro finísimos pinceles para pintar en mis ratos de ocio. Me armé por un instante de valentía y me burlé lo más fuerte que pude. –Usted está loco, Alexis Missolonguionis. Estos tipos están muertos, usted los mató. Usted es un asesino. Ignoró mi acusación y terminó de manipular los objetos en el mesón, luego levantó triunfante un frasquito verde entre sus manos. –Esta tinta es de tu sangre. Quedó aguada. Y no, no soy precisamente un asesino, por el contrario, soy tu creador. Se dio media vuelta hacia la puerta, pero lo detuve con un grito. No me quedaba más que suplicar clemencia. –Déjeme ir, por favor. Sin mirarme contestó: – No puedo. Aunque lo quisiera, no podría. No puedes vivir si mí. Sin mí morirías allá afuera. Tú no existes. Tú eres lo que yo hice de ti. Crees que tienes vida propia, que existes, pero no es así, es un truco para escapar de mí. Pero nunca dejo escapar una buena idea. Sabes que estás prisionera porque viste los grilletes que te he puesto. Mi perro te lamió la mejilla y viste cuando se encendieron las luces. Pero no sentiste el corte que hice con la navaja y no sabes tu nombre. Solo sabes el mío. Lo enfrenté: –Me llamo Morgana Sánchez. Se carcajeó: –¿Estás segura?


DEFINITIVAMENTE MARZO 7, EN LA NOCHE:

Ildefonso ha escuchado la historia. El instante en que se ha quedado pensativo, yo echo de menos a Ramón. Echo de menos la revista. Las crónicas que estaban pendientes. Dudo de la existencia de Missolonguionis. No. No dudo. Me resisto a ella, que es diferente. Le he pedido a Ildefonso que me cuente cómo llegó hasta acá, pero ya no lo recuerda muy bien, es confuso, al parecer Missolonguionis necesitaba a un hombre gordito para sus delirios más recientes de arte. Todos los días viene, le quita un trocito de carne a Ildefonso, y va moldeando la escultura gigante y amorfa que está armando en una esquina del salón. A mi ya no me habla. Por el momento, sólo quiere mi sangre para hacer tinta fresca y no sé en qué la usa. Ildefonso me mira con dolor. Dice que estoy pálida y que cada vez me voy amoratando más. Dice que tengo una constante expresión de odio en mis ojos. Dice que no he luchado lo suficiente por salir de aquí. Dice, el pobre insiste, más bien, que no estamos en una sala, que estamos en la cabeza de Missolonguionis, que somos su locura, que las ventanitas de allá arriba son sus ojos, que está durmiendo, que por eso la madrugada y las estrellas.


blog de la escritora:
http://blogarcolibris.wordpress.com/

10 enero, 2012

Fernanda García Curten (Argentina, 1968)

Una Puerta al Final del Pasillo

Por no haber comido de chica o por escupir la salvación ante su madre, aquella tarde, agazapada como un gatito escuálido que vomita un insignificante cuajarón de agua verde, ahora llevaba en el cuerpo esta levedad, este destino de mujer mal crecida, de no estar bien afirmada en la tierra. Era una especie de temblor hueco que le impedía abandonarse en una cama o desplomarse en una silla, como si algo le hubiera esfumado los contornos, la despegara del suelo y no le permitiera otro reposo que rodar indefinidamente contra las paredes o envolverse en las cortinas traslúcidas de la sala durante horas.
Él parecía no darse cuenta de lo que pasaba. Llegaba y a pesar de encontrarla así, como adentro de un capullo, embrionaria y dormida, o aunque la viera deslizarse, desaparecer en la oscuridad de las habitaciones como si huyera de él, igual hablaba demasiado alto y hacía planes de ir a tal o cual lugar. Con su voz sonora y alegre decía: "Hace un día excelente", o decía: "te tengo una sorpresa", o decía: "vayamos a la cama".
Eugenia lo seguía. Tomada del brazo de su esposo se dejaba llevar, aunque cada vez que él entraba de repente, o cuando lo oía acercarse abriendo puertas con su luminosa violencia, vibraba en ella un terror físico.
Eugenia se preguntaba si el hecho de no haber tolerado la comida desde el día en que nació había contribuido a que el tejido de sus huesos no fuera lo suficientemente macizo; si su estómago frágil, latiendo y rezumando como el de un pájaro habría alcanzado el peso necesario para asentarla en el suelo.
Pero no fue por eso, pensó casi en voz alta. Fue por escupir la salvación.
Sola en la casa, tomada de la baranda de la escalera revivió ese vago olor a postigos siempre cerrados. Recordó la mano de su madre, abierta, fulgurando en la oscuridad, al pie de la escalera de esta misma sala de esta misma casa, y se recordó tan pequeña y tan flaca; recordó su largo cuerpo innoble, el breve espasmo de su garganta, su rendición.
La comida había estado allí desde el principio. Su madre pasaba días enteros consagrada a la tarea de abrirle el apetito. Después de varios experimentos había logrado compaginar una mezcla de yema de huevo, leche en polvo y azúcar que Eugenia bebía como único alimento, de una mamadera para recién nacidos, antes de irse a dormir. A los seis años era larga y transparente como una libélula. Nunca se mantenía erguida. Su madre decía que aunque le pusieran los pesados ropajes de la infanta de aquel cuadro siempre parecería desaliñada, como a punto de volarse, y la hacía ir y venir por el corredor envuelta en un viejo abrigo de piel de camello que había sido de su abuelo. No dejes de caminar, le decía cuando la oía pasar junto a ella, no te quedes quieta que eso te va a hacer bien. Su madre creía que cuanto más se cansara más apetito tendría luego, pero no fue así. Años más tarde Eugenia era una delgada señorita que masticaba cada pedacito de carne hasta dejarlo reseco; después, a escondidas, lo tiraba bajo la mesa.
Su madre dijo un día: Vas a comer aunque no quieras. Y cada mañana la rastreaba por la casa hasta encontrarla o la sacaba de la cama y le hacía tragar pedazos de pan mojados en leche, tazones de avena, platos de maíz pisado con aceite, remolacha rallada.
El día en que conoció a su prima Iris, Eugenia había conseguido desayunar razonablemente. Mucho más tarde llegó a pensar que estos dos hechos -haber desayunado sin asquearse, ver por primera vez a Iris- estaban oscuramente vinculados, que había allí algo como un aviso, como una premonición. En un primer instante, al encontrarla tan blanca y gorda anclada en mitad de la cama, pensó en una gran muñeca de porcelana. Tenían casi la misma edad pero Iris aparentaba ser mayor. Cautiva por la gordura pasaba sus días medio recostada, vestida, con los zapatos puestos, la cara redonda como una torta blanca y unos grandes ojos azules que en ciertas miradas lentas, sobre todo por la tarde, parecían desterrados de la vida.
Decían en el pueblo que los padres de Iris salieron a comprar comida una mañana y nunca más volvieron. Desde ese tiempo Iris no había hecho otra cosa que migrar. Siempre en casas ajenas, en camas de huéspedes; una temporada con los familiares que vivían en el campo, otra en la ciudad o en casa de unas tías solteronas, al otro lado del río. Ahora estaba ahí, como un merengue gigante en el cuarto para las visitas. Eugenia acababa de traerle el almuerzo, sopa de acelga. Era lo único que Iris tenía permitido comer por orden del doctor desde hacía meses. Pasa hambre, pensó Eugenia mientras revolvía la sopa para que se enfriara un poco.
-¿Y vos qué comés? –escuchó.
Mientras revolvía, Eugenia no respondió. Y enseguida dijo eso del infierno. ¿Viste el infierno?, dijo, y le contó que no había uno solo sino muchos, muchos infiernos. Dijo que había un infierno de fideos revueltos y junto a ése uno de guiso de lentejas, y después otro de carne seca y de frutas abiertas y jugosas, y más allá infiernos de manteca derretida, de chocolate negro, de cebolla frita, infiernos de almíbar, de berenjenas, infiernos de arroz. Y allí, dijo, al fondo de todo, una puerta chiquita, como para enanos. La última puerta del mundo, dijo. Del otro lado, el asqueroso infierno de acelga.
Iris se quedó seria por un instante hasta que comenzó a reír con dificultad; era una risa sin sonido. Le brillaban los ojos hundidos detrás de sus mejillas infladas. Tenía dientes diminutos, como de perro, pero no miraba el plato. Apenas Eugenia se lo entregó ella empezó a comer despacio, con una delicadeza algo exagerada. Por un momento pareció turbarse, como si ya no pudiera contener su voracidad pero dejó a un lado la cuchara y pidió, eso creyó escuchar Eugenia, por sus “hermanos”. Eugenia miró hacia la cómoda. Había una parva de muñecos sucios, casi deshechos, envueltos en pañales. Los buscó, los llevó hasta la cama y los sentó rodeando a Iris que empezó a darles de comer. Para ella, pensó, quizá fueran su verdadera familia. Hermanos de hule chorreados de acelga.
Esa misma tarde Iris murió en la cama y se quedó rígida, sentada y muerta. Después se enfrió, y fue como un ave migratoria e imposible que ya no iría a ningún otro lugar. Como si ese cuerpo de muñeca grande hubiera fraguado con la muerte adentro, convertido en un osario silencioso y definitivo sobre esa última cama.
Eugenia no pudo saber si Iris, la verdadera, estaba aún allí debajo, muerta dentro de sí misma con su cara real -otra cara que quizá no se pareciera a una torta blanca ni a ninguna otra cara-, una Iris oculta, mínima, muerta como todo lo demás, pensó Eugenia, o si su alma viva ya había volado lejos peregrinando la vieja condena.
La enterraron junto a sus muñecos roñosos, en un ataúd especial hecho a la medida de su muerte.
Su madre dijo esa noche: Ahora Iris está en el cielo.
Hasta mucho tiempo después Eugenia la vio pasar desparramada sobre una nube frondosa, comiendo. La escoltaban dos cocineros alados. El más joven tenía el ala derecha mordida en la punta. Sobre la cabeza de Iris, la virgen María encinta repartía pescado crudo y agua. Eugenia los veía alejarse teñidos por la luz rojiza del atardecer. El último resplandor del día les daba un aire de circo en desgracia. Nunca pasaban por el mismo lugar. A veces lo hacían tan cerca, tan bajo que casi rozaban el techo de la casa; otras veces muy lejos, perdidos, como en coordenadas desleídas, como si siempre equivocaran el camino.
Ahora, sola en la escalera, recuerda el momento exacto en que dejó de mirar el cielo y decidió que no probaría un bocado más en toda su vida. Lo recuerda con el cuerpo, como si hubiera una memoria aparte sólo para aquello y para lo que vino después; una memoria de acantilado en medio del pecho. Su madre con la mano firme, ahuecada, espera. La mano blanca delante de su boca, la de Eugenia que ya se ha hartado de masticar, de tragar, de una prima gorda pasajera de la muerte, y se ha jurado no comer nunca más.
-Así fue -dijo su propia voz que retumbó débilmente en el aire de la casa vacía. Miró el primer escalón. Se veía gastado, remoto en la hondura de la sala. La tarde del recuerdo se había sentado en él con una piedrita verde en la boca. A esa piedrita la había encontrado en el patio, la había lavado y casi religiosamente la había depositado sobre su lengua. Quizá debió conservarla siempre allí, no escupirla por nada, sostenerla como se sostiene una hostia, insípida y efímera que no se escupe ni se traga. Pero su madre abrió la mano junto a su boca y dijo: Dámela.
Entonces vino la pequeña náusea. Como un miedo ajeno arraigado en su estómago que de pronto le impregnara el pecho y el paladar. Su cuerpo se crispó entero sobre esa mano blanca, fue como el de un gato escuálido que vomita, alargó la lengua y la dejó caer, húmeda, la piedrita verde –la salvación- en la palma de la mano de su madre.
Después de aquello empezaría a comer ya sin esfuerzo, casi todos los días y en cantidad aceptable. Incluso cuando su madre murió, años después, llegó a comer moderadamente, casi como cualquier otra mujer. Y ya no volvió a mirar el cielo.
Eugenia oyó la puerta de entrada cerrarse enérgicamente y supo que él acababa de llegar. Esa noche se sintió más sólida, más asentada en la tierra pero no dijo nada. Explicó que no cenaría, hacía mucho calor y prefería nada más beber algo fresco. Sentada a la mesa observó comer a su esposo. Lo vio hundir el tenedor en la presa y llevársela a la boca, lo vio tomar la carne con los dedos, desgarrar, tragar, limpiarse con la servilleta, saborear el vino, terminarse el postre. Lo escuchó hablar en la sobremesa y más tarde, logró dormirse junto a su enorme cuerpo saciado. Esa madrugada soñó con un pasillo cerrado cada vez más angosto y tubular, descendente, como una chimenea pero al revés, y allá en el fondo una puertita entreabierta, una especie de branquia que se cerró de golpe. Sintió encaramarse toda su sangre, como si hubiera quedado atascada cabeza abajo en el túnel, absorbida por el azote de esa puerta que ahora parecía clausurada desde la prehistoria de los sueños. Entonces supo que Iris estaba allí atrás, callada, con su sonrisa secreta, en el infierno de acelga. La huérfana que ríe con los zapatos puestos en una cama circunstancial, la que anda a la deriva en el cielo, hambrienta, había logrado estar allí desde el principio, embutida en su jaulita infernal, sin decir nada. Cabeza abajo en el túnel y echada contra el cuerpo de su esposo, Eugenia no deja de mirar la puerta. El día de la piedrita verde, a pesar de haberse rendido -o precisamente por eso, pensó de pronto- había descubierto quién era. Supo que todos los desvíos la enviaban a esa puerta, que aquella náusea remota la revolcaba una y otra vez sobre su destino. Era como si todas las salidas fueran al mismo tiempo la única entrada fatal y la puerta, ahora, es la de este cuarto y se interpone y borra la del sueño. Ya no logra –no soporta- estar acostada un minuto más. Siente que podría ir a la cocina, abrir la heladera, las alacenas, revolver la despensa, destapar las latas, hundir la mano en los frascos. Sale de la habitación, trastabilla y se aferra al cortinado de la sala. Se envuelve en las cortinas traslúcidas. Como puede, muerde un extremo de la tela y se queda así, succionando, prendida de la tela que ya se moja con toda su saliva desahogada.



María Fernanda García Curten nació en San Pedro (Buenos Aires), en 1968 y actualmente reside en Buenos Aires. Desde su niñez, estudió danza clásica y contemporánea. Premiada en el Concurso Americano de Ballet y Danza de Buenos Aires, llegó a integrar el elenco de Kuarahy de Julio López, junto a Julio Bocca y Eleonora Cassano.
Cuentista seleccionada en la Primera Bienal de Arte Joven (1989), ha publicado cuentos en revistas de Argentina y España. En 1982 obtiene la 1ra. Mención ex-aequo en el Concurso de Cuento Quinto Centenario, organizado por el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires. La noche desde afuera ganó el 2° Premio del Fondo Nacional de las Artes 1995.

04 enero, 2012

Enero de Sara Gallardo(Argentina,1931-1988)

Impreso en Argentina : ENERO(1958) de Sara Gallardo. programa conducido por el escritor Pedro Mairal y con su coequiper el dibujante Juan Sáenz Valiente,y que fue emitido en 2010 por el canal Encuentro




http://www.megavideo.com/?d=FF6HPNFC

02 enero, 2012

Silvia Rodríguez Bravo(Chile)

DESPERTAR CONFUSO


Desperté, mejor dicho, me despertó el sol de una sola bofetada en los ojos, presiento que lo hizo para burlarse de mí y de la cagada que me había mandado. Aún mareada dejé el banco de un sólo impulso. Todo se revuelve y los laberintos de la memoria enmudecen la poca cordura que sostengo en mi luna mar adentro.

La conciencia cerrada se abre poco a poco logrando hacerme pensar. El resultado es obvio, debo irme a casa, pero los zapatos. ¿Dónde están los zapatos? Se hace tarde, está amaneciendo, no tengo el reloj, y hace frío, no tanto, pero igual necesito la chaqueta que perdí o empeñé en algún bar para seguir la noche.

Voy descalza por la alameda ¿Qué día es hoy? No iré a trabajar, tres pasos más y una cordura me asalta de improviso. ¡Hoy es sábado!, no tengo que ir a trabajar.

Son las siete –Gracias– Aún es temprano, es sábado y son las siete. Busco monedas, encuentro $ 300, paso a un restaurante, pido un té y un cigarrillo suelto. Detrás del té el arrepentimiento y la culpa crece en forma desmedida. Además pienso en las otras cosas perdidas, por ahora no importa tanto el reloj y la chaqueta, pero los zapatos me hacen falta.

En mi cartera no encuentro ni un solo peso, si me voy a pie, es una hora de camino y no estoy en condiciones de caminar. –“Por favor, dame una moneda para el pasaje”. –“Oye, mírate, ¿Qué te pasó?” – “No sé... Yo...”. –“Estás ebria, toma aquí tienes, pero no te los vayas a tomar”.

Ángel de mi Guarda, la tentación fue grande y la limosna también.

Respiro aliviada dentro de la ducha, todo comienza a normalizarse y el miedo se desvanece. Mientras tomo desayuno prendo la TV, pero mi mundo se desmorona, el pánico se mezcla con el café al darme cuenta que no son las 09 de la mañana como pensaba, sino las 09 de la noche. Esto quiere decir que dormí todo el día en la alameda y el sol de mierda me despertó cuando se estaba escondiendo.




Silvia Rodríguez Bravo, Poeta nacida en San Javier, Chile.  Comienza su oficio literario en el Año 1992 Es incluida en el libro “VOCES EN LA CIUDAD”, poemario editado en conmemoración por los 250 años de la ciudad de Talca.  Ha publicado los libros:  “ENTRE LA POESÍA Y YO”. “VERSOVULOS”  “PROFETA DE BARES” y “DESPERTAR CONFUSO”

Ha sido incluida en los siguientes libros de creación colectiva:  “Entre Cuento Y Cuento”. “Poetas Del Maule”, “Travesia Por El Rio De La Niebla”.

En Madrid España, El centro de Estudios Poéticos la incluye en las siguientes antologías “Primavera Eterna” y “Penumbras y Sombras”

Año 2003 Participa con su ensayo “DESPERTAR DE UN SILENCIO” sobre literatura latinoamericana en la Jornada Mujer y Literatura, Seminario celebrado en Huesca-España.
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