20 mayo, 2011

Silvina Bullrich, Buenos Aires 1915-1989.




LA ABNEGACION


Mamá era una mujer romántica y anticuada. Siempre fue anticuada, aún a los quince años: sus amigas de infancia me lo dijeron. Yo me reía, no sabía que iba a educarme mal, es decir, en forma romántica y anticuada.


La historia de mi vida tiene poca importancia. No quiero portarme como según se quejan todos los escritores del mundo se portan sus amigos, su sastre, su modista, su manicura, los pintores que están empapelando sus paredes y todo ser viviente que se le cruza; en resumen, no quiero decir: “Si te contara mi vida, qué libro escribirías”. Porque justamente comprendí que con los acontecimientos evidentes nunca se escribe ningún libro, o si alguien lo escribe resulta malo.


Me casé,me divorcié, tuve un amante, dos amantes, tres amantes; uno me abandonó, a otro lo dejé yo porque se cruzó el tercero, con otro no marché ni para atrás ni para adelante, inútil insistir; tuve una que otra aventura laboriosa, no tan sórdida como dicen los novelistas, más bien simpática, y quedamos grandes amigos; alguna vez no quedamos amigos. Porque la amistad, ni en pro ni en contra, tiene nada que ver con un fortuito acto sexual.


No soy tonta, trabajo en Aerolíneas y todos mis compañeros podrían decirles que soy muy eficiente. Muy eficiente: he aquí mi drama. Mi pobre romántica y anticuada madre me convenció, día a día, durante veinte años, y todos los demás que siguieron, que en la vida lo más importante es ser eficiente, responsable, desinteresada. Sus frases penetraban en mí como la famosa gota del martirio chino que quizá nunca existió, pero es tan mentado por los occidentales: horadaba mi cabeza, penetraba en mi cerebro, llegaba hasta mi corazón, se deslizaba hasta mi sexo. Y mi cerebro, mi corazón, mi sexo fueron desinteresados, eficientes, reservados aunque generosos, llenos de dignidad, de moral y de pureza. Entendámonos bien: tonta del todo no fui nunca, asimilé las enseñanzas de mi madre, pero las remocé un poco. Nunca pensé que por haberme entregado a Luis iba a ir al infierno, así como no creo que la secretaria del gerente tenga su lugar marcado en el cielo porque a los cuarenta y tres años sigue siendo virgen, no se depila las piernas, y considera inmoral usar lentes de contacto. Me parece dudoso que los mismos castigos nos estén reservados a Hitler y a mí; el creerlo sería una jactancia de mi parte.


Sin embargo, ¿para qué ocultarlo por más tiempo?, creía seriamente que nada ata tanto a un hombre como advertir que su mujer (y para esto no es necesario pasar por el registro civil) le oculta sus problemas, seca sus lágrimas antes de que él llegue, disimula los contratiempos que sufrió durante el día, se hace un vestido nuevo con uno viejo, finge despreciar los automóviles demasiado grandes (además nunca hay donde estacionarlos) “de nuevos ricos”, piensa que dado el clima de este país no se necesitan pieles, que las joyas crean una preocupación más y las falsas son igualmente sentadoras, que hoy por hoy se come mejor en los boliches que en los grandes restaurantes donde todo está podrido, que el servicio doméstico no sólo sobra sino que “son enemigos metidos en la intimidad de uno”, que la mujer moderna sabe defenderse tan bien como el hombre y toda la retahíla de lugares comunes que permiten que los pobres sean mucho menos amargados que los ricos porque nadie se ocupó jamás de hacer un manual semejante para los ricos. Y como los ricos no han sentido la necesidad de ese manual, sus lugares comunes siguen siendo un enigma, cosa lamentable para los sociólogos de las futuras generaciones.


Los hombres son más inteligentes que las mujeres. Pero no en el terreno en que ellos lo creen. Dios mío, basta oír hablar a los candidatos en vísperas de elecciones para que nuestro respeto por la lucidez mental masculina se desinfle un poco, y no extiendo mis comentarios para no alargar mi anécdota. Los hombres son más inteligentes que las mujeres en el amor. Infinitas generaciones de astucia para sacar el mejor partido en los negocios y en la guerra les enseñaron una táctica infalible: convencer al adversario que lo más admirable en él son ciertas cualidades que lo benefician. A Luis le beneficiaba que yo trabajara, que supiera cocinar y creyera en el breve manual que he enumerado en forma incompleta, más arriba. “Si no te importa comamos cualquier cosa en tu casa o en casa, estoy tan cansado para salir, he trabajado todo el día.” Yo también, pero no se lo recordaba, hubiera sido una falta de tacto, de femineidad y de cariño; él lo habría encarpetado para lanzármelo a la cara en la próxima escena. Entonces yo me ajetreaba: “… no te molestes, cualquier cosa, unos huevos pasados por agua.” Pero yo sabía que le gustaban más las omelettes a la francesa, abría un tarro de champignones, y ya que había leche haría un arroz con leche en dos minutos, o si prefería, con el pollo que quedó de anoche y un resto de crema (podría pedir más a la fiambrería) haría unos tallarines a la parisiense. Y poner la mesa, y tostar el pan, y hacer un buen café. Nada, no es nada, todo estará listo en dos minutos, entretanto servite otro güisqui, no, no te molestes en traer una botella, de todas maneras a mi me resulta más fácil conseguirlo que a vos… no, estás loco, ¿por quién me has tomado? Nuestros pilotos no hacen contrabando, pero siempre hay un pasajero agradecido porque le hemos dejado pasar un kilo de más o no le hemos protestado un documento… bueno, ya va a estar…


Y todo estaba pronto, si no en diez minutos en media hora. Y yo me ajetreaba siempre, en todo, en ponerme ruleros cuando se me doblaban las piernas y sólo deseaba tirarme sobre la cama, en maquillarme íntegramente de nuevo, en deslumbrarme ante su virilidad o afirmarle que era una suerte que él también estuviera cansado porque yo esa noche no hubiera podido ni con Alain Delon. A él le gustaban “las mujeres vestidas de sport” y la palabra sport en esos casos es sinónimo de faldas y tricotas del año anterior. Yo afirmaba que no tenía ni tiempo ni ganas de hacerme ropa, que hay cosas mucho más importantes que hacer en la vida y él nunca me preguntaba cuáles. Nos veíamos casi todos los días como hubiéramos visto al mozo de la pizzería de las esquina si hubiéramos resuelto comer allí. No éramos desgraciados, pero quizá nos parecía excesivo pretender ser felices como una pareja de cine que, después de infinitas vicisitudes y malentendidos, alcanza un paraíso garantido estable por el director.


Una amiga me dijo un día que mi método era malo. ¿qué método? El de jugar a la noviecita buena, me dijo; nunca un hombre se queda al lado de una mujer desinteresada; recuerda siempre que el hombre corre detrás del capital invertido. No comprendí muy bien. Ella me explicó con la ayuda de ejemplos irrefutables que las mujeres mal criadas son las más queridas y que ni siquiera un magnate puede volver a comprar, cada vez que se enamora, un nuevo departamento, otro coche, otro abrigo de piel; entonces vacila mucho antes de romper con una mujer que ya representa para él esa inversión de capital. Su razonamiento me pareció sensato, prometí reflexionar. Pero ya era tarde. Ya Luis no tenía ganas de invertir en mí ni una entrada de paraíso.


Un día me dijo que Julita era la mujer más encantadora de la tierra. Parece un pajarito, un colibrí, pasa por el mundo sin rozarlo. Tenemos que buscarla para ir al cine. ¿Y porqué no viene ella hasta aquí?, tiene auto y nosotros no. ¿Venir hasta aquí, sola de noche? ¡Por Dios, son las ocho! Pero no nos cuesta nada ir, a ella no le gusta andar sola de noche. La buscamos. A la vuelta la dejamos en su casa y nos vinimos esas nueve cuadras a pie; lloviznaba un poco. Pudo habernos traído ella, dije. ¿Abrir sola el garaje de noche? Se escandalizó Luis. Pero yo ya estaba extenuada de todo lo que había ocurrido entre la ida y la vuelta. Bajó elegante, perfumada, sonriente. Estás divina, dijo Luis. ¿Verdad que está divina?, si, dije. ¿Ustedes comieron?... ¡ay, yo no comí! No importa nosotros tomamos un café mientras comes algo. Claro, si se hace tarde vamos a la otra sección. Fuimos a la otra sección porque Julita no comió “algo” sino un menú refinado y completo. Al salir del cine tenía sed; siempre tengo sed al salir del cine. No tenía monedas para ir al toilette. Se bueno, Luis, comprale unas flores a esa pobre mujer, me da una pena, con este frío. Tenés razón, lo que pasa es que somos unos desalmados dijo Luis involucrándome como si no supiera que nunca le pedía nada por cuidar su bolsillo. Yo miré el reloj; mi trabajo comienza a las nueve, arriesgué tímidamente. ¡Ay, que horror trabajar! Suspiró Julita; yo soy a la antigua, creo que la mujer no debe trabajar, pierde femineidad. ¿y de que vive? Si una mujer no es capaz de tener un hombre que responda por ella es porque no es verdaderamente mujer, algún defecto fundamental ha de tener, dijo seriamente; y luego, sonriendo de nuevo: yo soy tan inútil, ni se hacer un cheque; en el banco todos se ríen y me lo hacen ellos. Pedime a mí cuando necesites algo así, suplicó Luis embelesado. Lo único que necesito es tener plata en la cuenta, porque los bancos tienen la mala costumbre de devolver los cheques sin fondos. ¡Qué desconsiderados!, rió Luis, que iba de deslumbramiento en deslumbramiento. Ella acumulaba anécdotas de su admirable, casi genial, tiliguería. Luis se derretía.


Yo ya había comprendido. No me importaba mucho, algún día eso tenía que terminar si es que se puede terminar algo que no empezó nunca. En verdad era mejor así, mucho mejor. Yo estaba castrando a Luis, Julita lo haría hombre a la fuerza. No se si por masoquista, por sadismo o por curiosidad no le ofrecí su libertad en seguida. Me divirtió observarlos.


Tengo que ir a pagar los impuestos de Julita. Hay que ir a ver a Julita: fue al dentista y no soporta el torno, puede precisar algo. Pobre chica, educada con tanto lujo, tan refinada y con dificultades de dinero. Julita no soporta el frío, Julita no soporta el calor, Julita no sabe cocinar… tiene otras cualidades.
Y Luis corría por la ciudad buscando soluciones para los dramas de Julita. ¡Qué drama! ¿Sabés mi drama? Todo era un drama y a su alrededor la compadecían. Qué drama tener que ir al dentista, que drama que se le fuera la mucama. El drama de la jarra rota, del auto que ratea, de la madre que “parece que la van a operar”; no la operaban, pero el drama subsistía. Además los dramas íntimos que las personas con alma plebeya como yo no podíamos ni presentir siquiera: la incomunicación, la depresión nerviosa, el vacío, la soledad, los complejos de culpabilidad, de superioridad, de inferioridad; ella los tenía todos. Después tuvo a Luis que recorrió los psicoanalistas de Buenos Aires todo el invierno porque el frío le hacía daño, y todo el verano porque no soportaba el calor y no podía dormir con aire acondicionado, que la instaló en un hotel porque estaba muy cansada de luchar con el servicio actual tan malo, le robaban todo, la plantaban…


Después, un día cualquiera, les perdí la pista. La vi por la calle muy bien vestida y con un caniche gris perla. Yo conocí a Pedro, pude quererlo, pudo quererme. Pero una inmensa fatiga pesa sobre mis hombros. No me sentía con fuerzas, no, de volver a hacer platitos especiales para que se dijera que era la mujer perfecta y se fuera con el último bocado, ni tampoco suspirar ante cada florista que pasa frío, ni ante el drama de cada previsible molestia cotidiana.


A veces, cuando fluye en mí la sangre romántica de mi despistada madre, imagino que llega a mi vida un hombre que cuando río me dice: ¿por qué llorás?, y seca con sus labios las lágrimas que no derramo; cuando me llevo al mundo por delante me dice ¿por qué tiemblas?; cuando viajo me dice: ¿por qué huyes?, y ante mis noches mundanas, mis días activos, mis frases insolentes exclama desolado: ¡Nunca supe que una mujer pudiera ser tan débil!


La ironía, la penetración, la desenvoltura del arte de Silvina Bullrich alcanzan acaso en estas Historias inmorales un nivel más alto. La autora de Los Burgueses describe el triunfo tragicómico del escritor provinciano o la soledad de la mujer emancipada con la misma implacable serenidad, con un humor frío que revela expresivamente el mecanismo oculto de las pasiones humanas.Pero estas historias son sobre todo anticonvencionales.Silvina Bullrich se complace en mostrar sutilmente cómo las ideas hechas, los prejuicios, los tópicos más comunes del periodismo y la literatura tienen un reverso insospechable, sorprendente, que puede ser la clave de una nueva moral.

Extraìdo de Historias Inmorales. Ed. Sudamericana.Buenos Aires, 1965.

18 abril, 2011

María Rosa Lojo

Estructura de las casas -

Dentro de un dedal había un salón de costura donde la abuela bordaba rosas cuando era una niña obligada a quedarse del revés de la luz para que no la distrajesen los ruidos del mundo.
Dentro de una foto del padre había un joven que regresaba a las montañas cruzando campos ardidos por la guerra, y había cuerpos acabados de fusilar pudriéndose en el fondo de las pupilas.
Detrás de un guante viejo había un hermano desaparecido, en un pastillero vacío acechaba la locura; sobre los platos cascados comía una familia sentada en torno de una mesa de roble; dentro de un cofre la madre guardaba cartas de pretendientes, y con las cartas esperanza y pobreza y plumas que avanzaban despacio sobre el papel rugoso de las vidas pasadas.
En tu historia había historias imposibles de limpiar y cuartos cerrados que no se abrirían nunca porque las estructuras de las casas son cajas chinas interminables y concéntricas y de la misma manera misteriosas.

de Esperan la mañana verde (1998)

14 abril, 2011

Carola Saavedra (Chile-Brasil,1977)




Grabación 1
Ruido de viento y olas que golpean contra el acantilado. Caen en el agua pequeñas piedras. Pasos. Interrupción. Voz.
Estoy en el extremo sur de la isla. Si nadara en línea recta, supongo que en algún momento llegaría al Antártico. Tierras australes.[...] El mar aquí es un mar que todavía no fue domesticado. Nunca le impusieron límites. Hasta los colores, el olor, las algas, todo en él parece que acabara de surgir.
Hace una o dos semanas que estoy aquí. Tal vez han sido apenas algunos días, no lo sé. Alex, los días pasan de forma extraña en este lugar.
Quiero comenzar hablando de una imagen. No sé si era una fotografía o si fui yo quien guardó aquel momento como algo estático en la memoria. Antes de que las cosas con Karen tomaran el rumbo que tomaron.

Grabación 4
[...]
Cuando salí de tu casa aquella tarde el sol estaba poniéndose y el cielo se había teñido de una tonalidad rojiza. Soplaba una brisa fresca de primavera. Y yo me sentía bien, etérea. Todo parecía perfecto. Ahora, pienso, ¿ya te diste cuenta de que justamente esos momentos, cuando todo parece perfecto, anteceden a los acontecimientos más aterradores, a las peores tragedias? Tal vez toda la felicidad tenga un fondo falso, una tonalidad artificial, y esté ahí solo para contrastar con lo que vendrá.

02 abril, 2011

Lía Schenk (Uruguay)

LLUVIA PARA UN FLORERO Esta tarde llovieron recuerdos como nunca. Le llovieron torrencialmente dentro de su propia casa. Algunos eran anunciados con truenos, rayos y centellas. Otros llovieron con menos ruido y con menos electricidad. Se acostó, se levantó, hizo café que no tomó… Quiso leer, quiso mirar una película, quiso ordenar placares… y no pudo hacer nada en medio de esa lluvia torrencial. Parecía que el techo se iba a venir abajo. Parecía que en cualquier momento empezarían las inundaciones. Todos los recuerdos de esa lluvia venían con los ojos y la voz de él. Venían con su risa y con esas maneras que él tenía de hacerle sentir que esas rosas las había ido a buscar a El Cairo para ella. Venían con esos resplandores que él tenía en los ojos cuando pasaban muchos días sin verse y llegaba a cualquier hora de la noche porque la extrañaba. Los recuerdos seguían lloviendo solos y ella no sabía qué hacer con tanta agua. No sabía qué hacer con esa laguna en el dormitorio, ni con esos charcos en el living. La última vez, se habían despedido para siempre. No tenía sentido eso de verse cada tanto. No tenían sentido esas rosas de El Cairo, si después se deshojaban sin que él las viera. No tenía sentido que ella lo esperara por las dudas. Después de esa última vez, fue que empezó a desatarse esta tormenta. Esta lluvia impresionante que no paraba con nada. No paraba ni con una danza mágica. En medio de truenos y relámpagos sonó el teléfono. Saltó de la cama y cruzó la laguna del dormitorio con el agua hasta la cintura, cruzó los charcos del living y llegó al teléfono y al florero vacío. Quiso disimular todo lo que estaba pasando dentro de su propia casa, pero no pudo. Del otro lado de la tormenta, él decía que escuchaba perfectamente el ruido de la lluvia sobre la mesa del teléfono. Se quedaron un rato en silencio y la lluvia no sabía que hacer. Él le dijo que después de la lluvia siempre sale el sol. Le dijo que no hay tormenta que dure cien años. Le dijo que iba para allí, porque su casa estaba muchísimo más inundada que la de ella. Él colgó y ella abrió las ventanas. Hizo café de nuevo, (el de antes parecía jugo de paraguas). Después se pintó un poco los labios. No quería tener una sonrisa tan aguada cuando él llegara. Miró por toda la casa y vio que los charcos y la laguna se iban evaporando a toda velocidad. Antes que él llegara, el agua se había ido de todas partes, menos del florero. A ella le pareció bien que así fuera. No es lo mismo poner rosas de El Cairo en agua de la canilla, que ponerlas en agua de una lluvia como esa. Es docente, psicóloga social y periodista. Ha construido una sólida producción literaria tanto en el género poético como en narrativa, lo que le ha valido la obtención de numerosos galardones y reconocimientos. Escritora prolífica, entre sus muchas obras cabe citar "Entre tiempos", "Poemas Operativos", "La escuela de los niños", "El Mago de las Palabras", "Valentina de más" o "Historias de Pueblo Chico", galardonada con el Premio Bartolomé Hidalgo que otorga la Cámara Uruguaya del Libro en el marco de la Feria Internacional del Libro de Montevideo.

31 marzo, 2011

Hebe Uhart(Argentina, 1936)

¿Cómo vuelvo?

Yo no soy muy suelta de lengua y no crea que lo que le cuento a usted lo puedo decir por ahí y menos en mi pueblo: se lo cuento a usted porque es una desconocida, si le contara a alguien de allá, en dos minutos estoy perdida. Yo vivo en una calle que da a la ruta, allí mi marido y yo tenemos una estación de servicio; va bien, gracias a Dios, él es un buen hombre y no me deja faltar nada: tengo mi heladera, mi televisión y un cochecito usado: lo movemos poco. Los chicos se fueron a vivir a Venado Tuerto, para estudiar el secundario. Entre mi marido y yo atendemos la estación de servicio. Yo también atiendo la escuela: vengo a ser maestra, directora y portera, tengo en total diez alumnos. Donde vivo, son cuatro cuadras con casas; en invierno a las ocho de la noche están todos adentro. Y ahora que estoy lejos y lo veo desde acá, no me explico cómo pude vivir veinte años en ese lugar. Yo no tendría que extrañar, porque nací en un lugar parecido, cerca de la ruta; pasaban y pasaban los autos por la ruta y yo los miraba parada en una tranquerita y deseaba tanto –inconciencia de criatura– que algún auto me llevara. Yo no pensaba en ningún lado especial: cualquiera. Me paraba en la tranquera para que me vieran, y decía: “Alguien me va a mirar”. Los autos pasaban como una exhalación y yo tardé mucho en darme cuenta de que nadie me miraba ni me iba a mirar y cuando me sentí ahí plantada, sola, era como una especie de desilusión. Por eso, yo ya debía de haber estado curtida, pero al principio cuando me casé, también me resentí. Me acuerdo que al principio un día pensé: “¿Y si se incendia la estación de servicio? Un incendio grande, digamos, necesariamente tendremos que ir a vivir a otro lado.” Pero yo ya era grande y una entra en razones, sabe que son malos pensamientos, los sabe apartar. Nunca le dije eso a mi marido: él tiene otro ánimo, es más parejo, siempre está conforme y eso que no tiene vicios. Pero últimamente, después de tantos años de estar ahí, me volvió un poco de esa tristeza de cuando me casé y en invierno, a la noche miro afuera, no hay un alma y me da un no sé qué. Por eso cuando llegó la carta donde nos decía que habíamos sido sorteados para ir a Embalse –yo y los chicos de la escuela– tardé un poco en mostrársela a mi marido, en parte porque estaba tan confundida que no creía que fuera cierto. Él me reprochó después por qué no se lo dije enseguida. Y yo hice ver como que no me importaba mucho, no fuera que si hacía ver que me importaba mucho se arruinara el viaje. Aparte a mí me gusta la gente ubicada, sensata, tranquila: hasta por televisión se da cuenta una de cómo es la gente: miro a los actores y a los artistas y ya veo si son personas confiables, responsables o hablando mal y pronto, si son un tiro al aire. En la carta decía que había que llevar ropa deportiva, pero yo pensé que debía llevar un vestido y como hubo que preparar la ropa de los chicos de la escuela, me traje un vestido ni fu ni fa. Como usted ve, tengo la cara curtida por el viento; no, las manos están así de lavar. Cuando viene la noche y yo ya terminé de hacer todo, antes de ver televisión me pongo a lavar. Allá al atardecer es tan triste, que yo a veces quisiera apurar al tiempo, que se haga de noche de una vez. Entonces digo “tengo que hacer algo útil”. Y me pongo a lavar, o a ordenar. Al atardecer me vienen esos pensamientos tristes que ni me distrae la televisión. Bueno, cuando llegué acá a Embalse, nunca hubiera supuesto que en el mundo había una cosa así. Yo acá en Embalse viviría toda la vida: no volvería más. El primer día que llegué me encontré perdida en esta planicie llena de gente. No hablamos con nadie pero supimos que había porteños, entrerrianos, salteños, chaqueños y de tantos otros lugares. Recorrimos todo el lugar para ver dónde se compraban los alfajores y las postales –no como el negocio de allá, acá son negocios y negocios todos juntos– hileras de burros y caballos con sus cuidadores, llenas las hamacas y los subibajas y todos los grupos haciendo gimnasia.
Después hablé con los maestros chaqueños, ellos se acercaron a hablar y me dijeron que para ellos era una delicia estar ahí porque les servían de comer y aparte no tenían que ir a la escuela; ellos hacían tres horas a pie de ida y tres de vuelta; por el camino paraban y tomaban mate, y también hacían sus necesidades. “Tranquilos”, me dijeron “no como esos porteños” y señalaron a la coordinadora del grupo de la Capital, “que van siempre apurados”. Yo ya me había fijado en esa coordinadora, que de lejos me pareció una jovencita y de cerca vi que podía tener mi edad, eso sí, con las manos de una criatura y el pelo largo. Ella se mueve como si nadie la fuera a mirar y como si no le importara de nada, anda en subibaja y no come toda la comida que le dan en el comedor, come de una bolsa propia. A ella yo le oí decir al pasar, como si fuera algo malo, “esa gente que tiene el televisor todo el día prendido en la casa” y yo pensé: yo lo tengo prendido todo el día, pero es para compañía. Aunque a veces no lo apago porque pienso: “Ahora va a venir algo hermoso, no sea que lo pierda”. Y los chicos porteños que lleva ella, ellos inventaron un sistema para comunicarse de cuarto a cuarto, desde el primer día ellos fueron solos a comprar alfajores y ellos mismos hablaban con el cuidador para andar a caballo y le pagaban. Yo les decía a los chicos míos: “No se alejen”. Ni falta que hacía, porque al principio no hicieron más que mirar, como yo. También, con todo lo que hay, esos concursos de juegos, no sé si usted estuvo en la guitarreada al aire libre que hicieron los maestros de Mendoza, yo estaba tan contenta y por otro lado me agarraba una tristeza al pensar “¿cómo fue que yo no sabía que había una cosa así?” Me agarró tristeza por los años perdidos. Bueno, hace tres noches, usted no se debe haber enterado porque no la vi, había una guitarreada en el café, con vino y empanadas. Dejé a los chicos al cuidado de Aníbal, el mayor, y me fui con los otros maestros al café. Fueron también las instructoras de los chicos de la villa, que no sé cómo los aguantan, pobres: ellas pasaron agachadas a la altura del dormitorio de los chicos y uno las reconoció: enseguida todos gritaron desde la ventana del dormitorio: “Putas, putas”. Y pensar que esas chicas los instruyen por idealismo. Yo me fui con el vestido y después me sentí un poco desubicada: todos fueron de jogging y zapatillas. ¡Cuánta juventud! Toda con guitarra y con canciones nuevas y viejas, tanto ponían un bolero como esas canciones de desalambrar, desalambrar. Yo me puse a conversar con un profesor de gimnasia, más joven que yo. Yo no sé hasta el día de hoy cómo fue que me acosté con él. Nunca en veinte años de casada le fui infiel a mi marido, nunca conocí a otro hombre. Y yo quiero que me comprenda bien: yo no soy ninguna descocada ni tampoco una mujer desubicada; le tengo gran estima a mi marido y por suerte nunca se va a enterar de lo que pasó: pero yo con el profesor de gimnasia conocí otra cosa, como si se me hubiera abierto la cabeza, como si hubiera entrado en otra dimensión. Estaba él con su jogging azul –ni siquiera le podría decir si él era lindo o no. Recuerdo que me dijo que era una mujer interesante, cosa que no creí –y por lo poco que sé de la vida, siempre me di cuenta de que era una aventura y nada más. Entiéndame, no me enamoré ni cabe enamorarse a mi edad y además mirándolo fríamente a mi profesor de gimnasia, hasta podría ser que tuviera pinta de haragán. Jamás me casaría con un hombre así. Después él me buscó y yo no quise saber nada de él: ya tenía suficiente para pensar. ¿Sabe en lo que yo pienso? En cómo vuelvo yo a mi pueblo. Estoy acá, hablo con los maestros salteños que me cuentan su pobre vida de allá, más pobre que la mía, escucho el altavoz y pienso que si en este lugar hay un mundo, cuánto más habrá más allá, en todos lados y ahora que estamos por volver, no hago más que preguntarme ¿cómo vuelvo yo a mi pueblo?
en GUIANDO LA HIEDRA ( Simurg, 1997).

02 marzo, 2011

Ana Gloria Moya (Argentina,1954)



Mi idilio con la manga del saco de Gabriel García Márquez


Aquella mañana ningún sexto ni séptimo sentido me alertó. Juro que ni siquiera lo presentí. Sabía que paseaba por allí, sabía también que moriría de congoja si no lo divisaba al menos desde lejos. Atisbar su nariz curvada, su pelo ondulado. Sólo eso me haría tocar el cielo, que para mí está muy cerca de él.

Y sin advertencia, como suceden las cosas primordiales, horas más tarde viví un efímero romance con la manga del saco de Gabriel García Márquez. Con Gabriel García Márquez adentro del saco.

Atónita y temblorosa, arrojada por una marea de admiradores que se le acercaron al concluir una conferencia, quedé varada a su lado, precisamente a su costado derecho, unos centímetros atrás. Ambos sentados en una primera fila. Silla con silla. La de él y la mía. El y yo.

Ahí quedé, náufraga muda, por esas cosas de la Feria del Libro de Guadalajara, con mi coraje a medias y mi vergüenza desorbitada, incapaz de aproximarme. Paralizada no avanzaba para pedirle, como todos, un autógrafo, una dedicatoria, tomarme con él una foto. Ni siquiera me movía de aquella silla azul trabada a la de él. Simplemente flotaba mientras mis ojos enfocaban la manga de su saco como el único territorio posible.

Claro que soñé encontrarlo. Muchas veces. Imaginé pasillos de alfombras rojas en los que nos cruzábamos y yo festiva y ocurrente, entre tintineos de pulseras, lo besaba y le decía:

—Maestro, ¡qué placer!

Pero así, manga a ojo, trama verde y negra jaspeada a yema de dedo, acariciando la textura de la tela de su saco, nunca.

Mientras yo permanecía en patético trance, él sonreía y firmaba los libros que la raza de valientes admiradores, a la que yo definitivamente no pertenecía, le acercaba con descaro e irreverencia.

Con una sonrisa estúpida, a la derecha de su manga derecha yo continuaba con mi dedo acariciando la tela jaspeada, eternizando el instante, ya vencida por las evidencias que era una cobarde. Admitiendo que nunca sería festiva ni ocurrente. Y que nunca tuve pulseras tintineantes.

¡Dónde había quedado la que años atrás bajaron de decenas de escenarios de festivales, la que fue vergüenza de sus hijos en múltiples recitales donde el frenesí me empujaba sin pensar en el ridículo! Sobre mi parálisis sobrevolaban mariposas amarillas y nunca me sentí tan poca cosa. Sólo mi dedo índice derecho se movía con leves saltos, cada vez que tropezaba con un nudo diminuto del tejido de su saco. De la manga derecha de su saco, de la que me había hecho propietaria a fuerza de tantos frotes. Desfallecida de dicha, era ya una hebra más de aquel género.

Recuperé mi movilidad, ordené a mi mano que basta de caricias, el género sin duda se había adelgazado a fuerza de tocarlo. Intentaría, con una hilacha de audacia, darle la mano, mirar su rostro familiar al que comencé a reverenciar desde mis cientos de soledades. Si no lo hacía, no existiría para mí una segunda oportunidad sobre la tierra.

Comencé a levantarme lentamente de mi silla en medio de flashes que no cesaban. Pero su asiento enganchado en el mío, ya sin mi peso, hizo que él se tambaleara.

Entonces giró su cabeza hacia mí y sus ojos me sonrieron:

—No te vayas que me caigo —me dijo

Me desplomé sobre la silla, fulminada por su pedido. Y por un instante me sentí señora absoluta de su universo. Sin mí él se caía. Yo lo sostenía con mi cuerpo, era la dueña del equilibrio de Gabriel García Márquez. Y me quedé inmóvil en mi silla, con mi tonta sonrisa que ya acalambraba mis mejillas. No osaba siquiera respirar, no fuera que hiciera tambalear al maestro.

Dos muchachos se acercaron a salvarlo de los excesos de la idolatría. Lo ayudaron a incorporarse entre brazos extendidos llenos de fervor que le imploraban unos minutos más.

Verlo alejarse me hizo recobrar la voz:

—Sólo Dios sabe cuánto te amé —casi le grité, sintiéndome Juvenal Urbino antes de morir.

Se detuvo, se dio vuelta hacia mí y me susurró:

—Gracias.

Y yo supe que a partir de ese momento sólo me restaba envolverme en el azul del cielo, que para mí sería ya para siempre color verde oscuro y negro, y morir feliz, sin anunciar mi muerte a nadie.


publicado en La casa de Asterión




Ana Gloria Moya es escritora argentina, Tucumán, 1954. De profesión abogada, fue Defensora Oficial Penal y Jueza en Salta, provincia donde reside en la actualidad. Tuvo a su cargo el área de Cultura del Colegio de Magistrados y Funcionarios y ha coordinado el taller literario del Servicio Penitenciario de Salta. Participa activamente en la organización de eventos culturales en el norte argentino. Recibió el Gran Premio de Honor Literario de la Municipalidad de Salta (1993), el Primer Premio Pro Cultura Salta 2001 y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2002 por su novela Cielo de tambores. Publicó además dos libros de cuentos: Sangre tan caliente y otras pasiones (1997) y La desmemoria (1999). Su última novela  es Semillas de papaya a la luz de la luna (2008).

01 marzo, 2011

Maria Teresa Andruetto ( Argentina, 1954).


Lengua madre de Ma. Teresa Andruetto

"Mujeres que deciden nuestras vidas. Madres”

En la caja hay una foto que la conmueve, una donde su madre ha de haber tenido la edad que ella tiene ahora. La imagen de colores desvaídos la remite a otro mundo, es el documento de una ausencia que podría tocar. Muda, de espaldas junto a la ventana de la cocina, en la casa de Aldao, con una niña que no es su hija en los brazos, una mañana o una tarde de invierno, su madre mira hacia la calle, alza ligeramente la cabeza, pensando en qué, esperando tal vez la oportunidad de decir algo, y ella se hunde en el territorio de los muertos, en la búsqueda desesperada de lo que fue, en la necesidad de comprender lo que pasó. Pueda que tenga que ver el que haya crecido en una familia de inmigrantes italianos tan propensos al melodrama, una familia donde la vida de los otros, los que vivieron antes, estaba siempre muy presente. Ella vio eso, formó parte de eso, se crió con gente grande en una casa donde nada era más importante que el amor, y entonces se pregunta porqué las cosas habrán sucedido de ese modo y por qué sus padres –por qué su madre que como ella se ha criado en esa casa- habrán ahogado sus mejores sentimientos para correr detrás de una idea… No sabe si será capaz de aceptar las respuestas que encuentre a esas preguntas, pero quisiera descubrirle un sentido a lo que ve, entender quién es y cómo fue que se hizo de ese modo, entenderlo a través de lo que hay en la caja.

(Fragmento de LENGUA MADRE, M. T. Andruetto, Mondadori, 2010)


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