31 marzo, 2011

Hebe Uhart(Argentina, 1936)

¿Cómo vuelvo?

Yo no soy muy suelta de lengua y no crea que lo que le cuento a usted lo puedo decir por ahí y menos en mi pueblo: se lo cuento a usted porque es una desconocida, si le contara a alguien de allá, en dos minutos estoy perdida. Yo vivo en una calle que da a la ruta, allí mi marido y yo tenemos una estación de servicio; va bien, gracias a Dios, él es un buen hombre y no me deja faltar nada: tengo mi heladera, mi televisión y un cochecito usado: lo movemos poco. Los chicos se fueron a vivir a Venado Tuerto, para estudiar el secundario. Entre mi marido y yo atendemos la estación de servicio. Yo también atiendo la escuela: vengo a ser maestra, directora y portera, tengo en total diez alumnos. Donde vivo, son cuatro cuadras con casas; en invierno a las ocho de la noche están todos adentro. Y ahora que estoy lejos y lo veo desde acá, no me explico cómo pude vivir veinte años en ese lugar. Yo no tendría que extrañar, porque nací en un lugar parecido, cerca de la ruta; pasaban y pasaban los autos por la ruta y yo los miraba parada en una tranquerita y deseaba tanto –inconciencia de criatura– que algún auto me llevara. Yo no pensaba en ningún lado especial: cualquiera. Me paraba en la tranquera para que me vieran, y decía: “Alguien me va a mirar”. Los autos pasaban como una exhalación y yo tardé mucho en darme cuenta de que nadie me miraba ni me iba a mirar y cuando me sentí ahí plantada, sola, era como una especie de desilusión. Por eso, yo ya debía de haber estado curtida, pero al principio cuando me casé, también me resentí. Me acuerdo que al principio un día pensé: “¿Y si se incendia la estación de servicio? Un incendio grande, digamos, necesariamente tendremos que ir a vivir a otro lado.” Pero yo ya era grande y una entra en razones, sabe que son malos pensamientos, los sabe apartar. Nunca le dije eso a mi marido: él tiene otro ánimo, es más parejo, siempre está conforme y eso que no tiene vicios. Pero últimamente, después de tantos años de estar ahí, me volvió un poco de esa tristeza de cuando me casé y en invierno, a la noche miro afuera, no hay un alma y me da un no sé qué. Por eso cuando llegó la carta donde nos decía que habíamos sido sorteados para ir a Embalse –yo y los chicos de la escuela– tardé un poco en mostrársela a mi marido, en parte porque estaba tan confundida que no creía que fuera cierto. Él me reprochó después por qué no se lo dije enseguida. Y yo hice ver como que no me importaba mucho, no fuera que si hacía ver que me importaba mucho se arruinara el viaje. Aparte a mí me gusta la gente ubicada, sensata, tranquila: hasta por televisión se da cuenta una de cómo es la gente: miro a los actores y a los artistas y ya veo si son personas confiables, responsables o hablando mal y pronto, si son un tiro al aire. En la carta decía que había que llevar ropa deportiva, pero yo pensé que debía llevar un vestido y como hubo que preparar la ropa de los chicos de la escuela, me traje un vestido ni fu ni fa. Como usted ve, tengo la cara curtida por el viento; no, las manos están así de lavar. Cuando viene la noche y yo ya terminé de hacer todo, antes de ver televisión me pongo a lavar. Allá al atardecer es tan triste, que yo a veces quisiera apurar al tiempo, que se haga de noche de una vez. Entonces digo “tengo que hacer algo útil”. Y me pongo a lavar, o a ordenar. Al atardecer me vienen esos pensamientos tristes que ni me distrae la televisión. Bueno, cuando llegué acá a Embalse, nunca hubiera supuesto que en el mundo había una cosa así. Yo acá en Embalse viviría toda la vida: no volvería más. El primer día que llegué me encontré perdida en esta planicie llena de gente. No hablamos con nadie pero supimos que había porteños, entrerrianos, salteños, chaqueños y de tantos otros lugares. Recorrimos todo el lugar para ver dónde se compraban los alfajores y las postales –no como el negocio de allá, acá son negocios y negocios todos juntos– hileras de burros y caballos con sus cuidadores, llenas las hamacas y los subibajas y todos los grupos haciendo gimnasia.
Después hablé con los maestros chaqueños, ellos se acercaron a hablar y me dijeron que para ellos era una delicia estar ahí porque les servían de comer y aparte no tenían que ir a la escuela; ellos hacían tres horas a pie de ida y tres de vuelta; por el camino paraban y tomaban mate, y también hacían sus necesidades. “Tranquilos”, me dijeron “no como esos porteños” y señalaron a la coordinadora del grupo de la Capital, “que van siempre apurados”. Yo ya me había fijado en esa coordinadora, que de lejos me pareció una jovencita y de cerca vi que podía tener mi edad, eso sí, con las manos de una criatura y el pelo largo. Ella se mueve como si nadie la fuera a mirar y como si no le importara de nada, anda en subibaja y no come toda la comida que le dan en el comedor, come de una bolsa propia. A ella yo le oí decir al pasar, como si fuera algo malo, “esa gente que tiene el televisor todo el día prendido en la casa” y yo pensé: yo lo tengo prendido todo el día, pero es para compañía. Aunque a veces no lo apago porque pienso: “Ahora va a venir algo hermoso, no sea que lo pierda”. Y los chicos porteños que lleva ella, ellos inventaron un sistema para comunicarse de cuarto a cuarto, desde el primer día ellos fueron solos a comprar alfajores y ellos mismos hablaban con el cuidador para andar a caballo y le pagaban. Yo les decía a los chicos míos: “No se alejen”. Ni falta que hacía, porque al principio no hicieron más que mirar, como yo. También, con todo lo que hay, esos concursos de juegos, no sé si usted estuvo en la guitarreada al aire libre que hicieron los maestros de Mendoza, yo estaba tan contenta y por otro lado me agarraba una tristeza al pensar “¿cómo fue que yo no sabía que había una cosa así?” Me agarró tristeza por los años perdidos. Bueno, hace tres noches, usted no se debe haber enterado porque no la vi, había una guitarreada en el café, con vino y empanadas. Dejé a los chicos al cuidado de Aníbal, el mayor, y me fui con los otros maestros al café. Fueron también las instructoras de los chicos de la villa, que no sé cómo los aguantan, pobres: ellas pasaron agachadas a la altura del dormitorio de los chicos y uno las reconoció: enseguida todos gritaron desde la ventana del dormitorio: “Putas, putas”. Y pensar que esas chicas los instruyen por idealismo. Yo me fui con el vestido y después me sentí un poco desubicada: todos fueron de jogging y zapatillas. ¡Cuánta juventud! Toda con guitarra y con canciones nuevas y viejas, tanto ponían un bolero como esas canciones de desalambrar, desalambrar. Yo me puse a conversar con un profesor de gimnasia, más joven que yo. Yo no sé hasta el día de hoy cómo fue que me acosté con él. Nunca en veinte años de casada le fui infiel a mi marido, nunca conocí a otro hombre. Y yo quiero que me comprenda bien: yo no soy ninguna descocada ni tampoco una mujer desubicada; le tengo gran estima a mi marido y por suerte nunca se va a enterar de lo que pasó: pero yo con el profesor de gimnasia conocí otra cosa, como si se me hubiera abierto la cabeza, como si hubiera entrado en otra dimensión. Estaba él con su jogging azul –ni siquiera le podría decir si él era lindo o no. Recuerdo que me dijo que era una mujer interesante, cosa que no creí –y por lo poco que sé de la vida, siempre me di cuenta de que era una aventura y nada más. Entiéndame, no me enamoré ni cabe enamorarse a mi edad y además mirándolo fríamente a mi profesor de gimnasia, hasta podría ser que tuviera pinta de haragán. Jamás me casaría con un hombre así. Después él me buscó y yo no quise saber nada de él: ya tenía suficiente para pensar. ¿Sabe en lo que yo pienso? En cómo vuelvo yo a mi pueblo. Estoy acá, hablo con los maestros salteños que me cuentan su pobre vida de allá, más pobre que la mía, escucho el altavoz y pienso que si en este lugar hay un mundo, cuánto más habrá más allá, en todos lados y ahora que estamos por volver, no hago más que preguntarme ¿cómo vuelvo yo a mi pueblo?
en GUIANDO LA HIEDRA ( Simurg, 1997).

02 marzo, 2011

Ana Gloria Moya (Argentina,1954)



Mi idilio con la manga del saco de Gabriel García Márquez


Aquella mañana ningún sexto ni séptimo sentido me alertó. Juro que ni siquiera lo presentí. Sabía que paseaba por allí, sabía también que moriría de congoja si no lo divisaba al menos desde lejos. Atisbar su nariz curvada, su pelo ondulado. Sólo eso me haría tocar el cielo, que para mí está muy cerca de él.

Y sin advertencia, como suceden las cosas primordiales, horas más tarde viví un efímero romance con la manga del saco de Gabriel García Márquez. Con Gabriel García Márquez adentro del saco.

Atónita y temblorosa, arrojada por una marea de admiradores que se le acercaron al concluir una conferencia, quedé varada a su lado, precisamente a su costado derecho, unos centímetros atrás. Ambos sentados en una primera fila. Silla con silla. La de él y la mía. El y yo.

Ahí quedé, náufraga muda, por esas cosas de la Feria del Libro de Guadalajara, con mi coraje a medias y mi vergüenza desorbitada, incapaz de aproximarme. Paralizada no avanzaba para pedirle, como todos, un autógrafo, una dedicatoria, tomarme con él una foto. Ni siquiera me movía de aquella silla azul trabada a la de él. Simplemente flotaba mientras mis ojos enfocaban la manga de su saco como el único territorio posible.

Claro que soñé encontrarlo. Muchas veces. Imaginé pasillos de alfombras rojas en los que nos cruzábamos y yo festiva y ocurrente, entre tintineos de pulseras, lo besaba y le decía:

—Maestro, ¡qué placer!

Pero así, manga a ojo, trama verde y negra jaspeada a yema de dedo, acariciando la textura de la tela de su saco, nunca.

Mientras yo permanecía en patético trance, él sonreía y firmaba los libros que la raza de valientes admiradores, a la que yo definitivamente no pertenecía, le acercaba con descaro e irreverencia.

Con una sonrisa estúpida, a la derecha de su manga derecha yo continuaba con mi dedo acariciando la tela jaspeada, eternizando el instante, ya vencida por las evidencias que era una cobarde. Admitiendo que nunca sería festiva ni ocurrente. Y que nunca tuve pulseras tintineantes.

¡Dónde había quedado la que años atrás bajaron de decenas de escenarios de festivales, la que fue vergüenza de sus hijos en múltiples recitales donde el frenesí me empujaba sin pensar en el ridículo! Sobre mi parálisis sobrevolaban mariposas amarillas y nunca me sentí tan poca cosa. Sólo mi dedo índice derecho se movía con leves saltos, cada vez que tropezaba con un nudo diminuto del tejido de su saco. De la manga derecha de su saco, de la que me había hecho propietaria a fuerza de tantos frotes. Desfallecida de dicha, era ya una hebra más de aquel género.

Recuperé mi movilidad, ordené a mi mano que basta de caricias, el género sin duda se había adelgazado a fuerza de tocarlo. Intentaría, con una hilacha de audacia, darle la mano, mirar su rostro familiar al que comencé a reverenciar desde mis cientos de soledades. Si no lo hacía, no existiría para mí una segunda oportunidad sobre la tierra.

Comencé a levantarme lentamente de mi silla en medio de flashes que no cesaban. Pero su asiento enganchado en el mío, ya sin mi peso, hizo que él se tambaleara.

Entonces giró su cabeza hacia mí y sus ojos me sonrieron:

—No te vayas que me caigo —me dijo

Me desplomé sobre la silla, fulminada por su pedido. Y por un instante me sentí señora absoluta de su universo. Sin mí él se caía. Yo lo sostenía con mi cuerpo, era la dueña del equilibrio de Gabriel García Márquez. Y me quedé inmóvil en mi silla, con mi tonta sonrisa que ya acalambraba mis mejillas. No osaba siquiera respirar, no fuera que hiciera tambalear al maestro.

Dos muchachos se acercaron a salvarlo de los excesos de la idolatría. Lo ayudaron a incorporarse entre brazos extendidos llenos de fervor que le imploraban unos minutos más.

Verlo alejarse me hizo recobrar la voz:

—Sólo Dios sabe cuánto te amé —casi le grité, sintiéndome Juvenal Urbino antes de morir.

Se detuvo, se dio vuelta hacia mí y me susurró:

—Gracias.

Y yo supe que a partir de ese momento sólo me restaba envolverme en el azul del cielo, que para mí sería ya para siempre color verde oscuro y negro, y morir feliz, sin anunciar mi muerte a nadie.


publicado en La casa de Asterión




Ana Gloria Moya es escritora argentina, Tucumán, 1954. De profesión abogada, fue Defensora Oficial Penal y Jueza en Salta, provincia donde reside en la actualidad. Tuvo a su cargo el área de Cultura del Colegio de Magistrados y Funcionarios y ha coordinado el taller literario del Servicio Penitenciario de Salta. Participa activamente en la organización de eventos culturales en el norte argentino. Recibió el Gran Premio de Honor Literario de la Municipalidad de Salta (1993), el Primer Premio Pro Cultura Salta 2001 y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2002 por su novela Cielo de tambores. Publicó además dos libros de cuentos: Sangre tan caliente y otras pasiones (1997) y La desmemoria (1999). Su última novela  es Semillas de papaya a la luz de la luna (2008).

01 marzo, 2011

Maria Teresa Andruetto ( Argentina, 1954).


Lengua madre de Ma. Teresa Andruetto

"Mujeres que deciden nuestras vidas. Madres”

En la caja hay una foto que la conmueve, una donde su madre ha de haber tenido la edad que ella tiene ahora. La imagen de colores desvaídos la remite a otro mundo, es el documento de una ausencia que podría tocar. Muda, de espaldas junto a la ventana de la cocina, en la casa de Aldao, con una niña que no es su hija en los brazos, una mañana o una tarde de invierno, su madre mira hacia la calle, alza ligeramente la cabeza, pensando en qué, esperando tal vez la oportunidad de decir algo, y ella se hunde en el territorio de los muertos, en la búsqueda desesperada de lo que fue, en la necesidad de comprender lo que pasó. Pueda que tenga que ver el que haya crecido en una familia de inmigrantes italianos tan propensos al melodrama, una familia donde la vida de los otros, los que vivieron antes, estaba siempre muy presente. Ella vio eso, formó parte de eso, se crió con gente grande en una casa donde nada era más importante que el amor, y entonces se pregunta porqué las cosas habrán sucedido de ese modo y por qué sus padres –por qué su madre que como ella se ha criado en esa casa- habrán ahogado sus mejores sentimientos para correr detrás de una idea… No sabe si será capaz de aceptar las respuestas que encuentre a esas preguntas, pero quisiera descubrirle un sentido a lo que ve, entender quién es y cómo fue que se hizo de ese modo, entenderlo a través de lo que hay en la caja.

(Fragmento de LENGUA MADRE, M. T. Andruetto, Mondadori, 2010)


30 enero, 2011

LIGEIA (Mar del Plata, argentina)


INQUIETUDES

Llovía, siempre llovía en los funerales, no sabía si era cierto en un porcentaje inapelable, pero sí había sido la constante en todos aquellos a los que había asistido. Y habían sido muchos, muchísimos. Teniendo en cuenta que era inmortal, habían sido realmente demasiados.

En realidad no era inmortal en el sentido estricto de la palabra, más bien su vida se prolongaba más allá que la del resto de la gente. Pero no significaba que nunca moriría. ¡Que va!, en cualquier momento algún niño curioso y atolondrado metería sus manos donde no debía y ¡adiós!, o alguien olvidaría dar cuerda a su reloj, o sacárselo para bañarse, y toda su vida se vería convertida en un montón de minutos atesorados inútilmente.

Descubrió el curioso hecho cuando contaba trece años, luego de que su madre falleciera repentinamente. Había que decir que era una mujer extraña. Imperturbable como una pitonisa, y supersticiosa y crédula de todos los vaticinios de los adivinos y charlatanes que vivían a sus expensas.

Siempre recordaría la casa de su infancia llena de gente rara que entraba y salía a todas horas, trayendo y llevando encargos increíbles. Su madre era médium y todas las noches se convocaba a los espíritus. A veces venían, a veces no. Él no creía en esas cosas, pero lo atemorizaban. El miedo animal del que algunos hablan.

Y su descubrimiento ocurrió un tiempo después de la muerte de su madre. Un día, despertó sabiendo que su supervivencia estaba ligada a un reloj. Al principio pensó que había enloquecido. No sabía qué reloj, ni donde estaba, ni a quién pertenecía pero así era. Seguro como que el sol saldría todos los días.

Sus noches se continuaban en días tan oscuros como ellas, vagando enajenado en busca de esos malditos aparatos. Era joven y no quería morir. Nadie quiere morir, aunque compadree demostrando lo contrario. Son sólo chanzas, provocaciones que serán pagadas tarde o temprano.

Pronto su casa, una inmensa casa vacía que ya nadie visitaba, se vio invadida por cientos de relojes que producían un zumbido constante y perturbador; y que sólo sirvieron para desesperarlo aún más. Vivía para verlos funcionar, los vigilaba, los limpiaba y los protegía rabiosamente.

Sin embargo, poco a poco, como un enfermo terminal, comenzó a resignarse y a razonar con cierta lógica. Por muchos esfuerzos que hiciera en abarrotar su hogar de relojes, miles de millones seguirían fuera de su alcance, esparcidos por el mundo, y no valía la pena continuar con el absurdo. Era mejor intentar una vida normal, y seguir por el camino que le estaba trazado.

Así, organizó una venta masiva, asegurándose de que cada comprador cuidaría correctamente la pieza elegida. Era angustioso verlo, sufriendo por cada partida, no queriendo pensar que con alguna de ellas también se iba su existencia.

Progresivamente se fue desprendiendo de todos, hasta que sólo algunos ocuparon con discreción la repisa de su casa; que de nuevo fue habitable.

Su vida se fue normalizando y aprendió a coexistir con la idea de tener que depender de un reloj, como quien se sabe aquejado de una enfermedad incurable.

Estudió, maduró, se enamoró, envejeció, y siguió envejeciendo mientras sus amigos más queridos iban muriendo uno tras otro. Y siempre era igual, el olvido y la muerte. La muerte constante a pesar del amor; y en alguna parte un endiablado reloj que lo ataba a esta tierra por un tiempo limitado pero desconocido

Ahora sentado bajo la lluvia, junto a la tierra encharcada de la sepultura de su esposa pensaba en todo eso. Y en algunas otras cosas que no tenían sentido. Que ya no tenían sentido, después de haber vivido tanto tiempo.

Lentamente se levantó, mientras sus huesos le recordaban su edad y encendió un cigarrillo. El cielo había empezado a ponerse rojizo, como si las nubes chorrearan sangre. Miró el paisaje por un rato, aplastó el cigarro y se puso en marcha. No quería que el guardián del cementerio viniera a perturbarle sus ideas.

Bajó trabajosamente las colinas embarradas, consultó su reloj pulsera que llevaba parado tantos años que ya no recordaba, y siguió su camino, pensando en lo que invariablemente había sospechado, y era el hecho, inquietante por demás, de que quizá todos aquellos que lo rodeaban fueran tan inmortales como él. Todos sabrían de la existencia de un reloj que de ser hallado los haría salvos. Pero sólo uno, uno de ellos sabría donde estaba y lo custodiaba para evitar que el mundo se detuviera para siempre.

Ligeia es su seudónimo para saber y leer más sobre la autora

10 enero, 2011

adiós a María Elena Walsh ( Argentina, 1930-2011 )


Cuento La Plapla

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas.
De pronto, vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?– se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos, y ya van tres. Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted, señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla? – preguntó Felipito asustadísimo –¿Qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a su maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco. Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primero inferior, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?


(María Elena Walsh)


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19 noviembre, 2010

Rachel de Queiroz(Brasil, 1910-2003)


El rompimiento (fragmento)
"Frente a la mesa, a unos tres metros de distancia, había apenas un sillón de madera, supuestamente destinado a banquillo de los acusados, o más bien, al reo, que sería yo. El negro –le llamo así porque tampoco nunca supe su nombre– se presentó en pantalón y camiseta sin mangas, de esas que sólo se veían entonces en los estibadores del muelle del puerto. Quizá se vistiese así como signo de su gran politización. Los dos que le flanqueaban usaban ropas comunes. Yo, obediente, me senté en el banquillo de los acusados. El presidente, declarando que acababa de llegar de la Unión Soviética (ellos jamás decían Rusia), traía órdenes expresas de corregir las desviaciones de los intelectuales. Afirmó haber leído atentamente mi novela. Y concluyó que no podía recibir permiso para publicarse sin hacer importantes modificaciones en la trama, cargada de prejuicios contra la clase obrera. Por ejemplo: una de las heroínas, muchacha rica, rubia, hija de un hacendado, era una doncella intocada. En cambio la otra, de clase inferior, era prostituta. Yo debería, entonces, hacer de la rubia la prostituta y de la otra la muchacha honesta. João Miguel, "campesino", borracho, asesinaba a otro "campesino". El muerto debería ser João Miguel, y el asesino pasaría de "campesino" a patrón. Igualmente me indicó otras modificaciones menores, terminando por sentenciar: "Si no se hacen esas modificaciones básicas, no podemos permitir que la compañera publique su novela."
Tenía él en sus manos, en un rollo de papel ceniciento, la única copia del libro que yo poseía, mal mecanografiada por mí misma, en mi vieja Corona. Me levanté, parsimoniosamente, del banquillo. Llegué a la mesa, extendí la mano y pedí los originales para que pudiese trabajar las modificaciones exigidas. El hombre, severo, me entregó el rollo. Yo miré para atrás y vi que estaba abierta la puerta del galpón, su única salida. Y, en vez de regresar al banquillo, avance hasta la mitad de la sala, giré para la mesa y dije en voz alta y tranquila: "¡Yo no reconozco en los compañeros condiciones literarias para opinar sobre mi obra. No voy a hacer ninguna corrección. Y pásenla bien!"
Me dirigí hacia la puerta y eché a correr. En verdad, yo estaba muriéndome de miedo en aquel local solitario, con aquellos hombres mal encarados. Para mi buena fortuna, en la parada junto a la calzada, un tranvía estaba parado y a punto de partir. Me tomé de las asideras, subí al tranvía ya en movimiento y me senté entre victoriosa y aterrorizada".



precario resultado (como se volvió evidente), incorporar
el lenguaje que hablo y escucho en mi ambiente nativo a la
lengua con la que gano la vida en las hojas impresas. No
que lo haga por novedad, apenas por necesidad. 
Mi pariente José de Alencar casi un siglo atrás vivía
peleando por eso e hizo escuela."


http://www.releituras.com/racheldequeiroz_bio.asp


Rachel de Queiroz, Fortaleza, 17 de noviembre de 1910 — Río de Janeiro, 4 de noviembre de 2003, fue una traductora, escritora, periodista y dramaturga brasileña. Autora destacada de la ficción social nordestina.
Rachel era hija de Daniel de Queiroz Lima y de Clotilde Franklin de Queiroz, descendente por la rama materna de la familia de José de Alencar. En 1917, su familia escapó de la sequía a Río de Janeiro, después a Belém de Pará, regresando dos años después a Fortaleza.
En 1925 concluyó el curso normal en el Colegio de la Inmaculada Concepción. Publicó por primera vez en el periódico O Ceará, escribiendo crónicas y poemas de carácter modernista con el seudónimo de Rita de Queluz. En ese mismo año publicó en forma de folletín su primera novela História de um Nome.
A los veinte años, fue conocida nacionalmente al publicar O Quinze 1930, novela que muestra la lucha del pueblo nordestino contra la sequía y la miseria. Demostrando preocupación con las cuestiones sociales y habilidad en el análisis sicológico de sus personajes, teniendo un papel destacado en el desarrollo de la novela nordestina.
Ya como escritora consagrada, se trasladó a Río de Janeiro en 1939. Ese mismo año fue galardonada con el Premio Felipe d'Oliveira por el libro As Três Marias. Escribió todavía João Miguel 1932, Caminhos de Pedras 1937 y O Galo de Ouro 1950.
Lanzó Dôra, Doralina en 1975, después lanzó Memorial de Maria Moura 1992, saga de una cangaceira nordestina adaptada a la televisión en 1994. En su juventud tuvo tendencias izquierdistas, siendo encarcelada en 1937, en Fortaleza, acusada de ser comunista. Ejemplares de sus novelas fueron quemados en apoyo a la dictadura militar que se instauró en Brasil en 1964. Publicó un volumen de memorias en 1998. Murió en su apartamento, unos días antes de cumplir los 93 años.

01 noviembre, 2010

Eugenia Prado Bassi (Chile, 1962)






Objetos del Silencio, novela (fragmento)


El hermano menor
Qué me haces que siento que me muero… 
a mis nueve, tú tenías once, eras de los hermanos el mayor 
¿qué me haces, que siento que me muero? que me agoto y ya no puedo levantarme y la luz de 
la mañana me encandila y me pone tan triste, ¿qué me haces, cuando éramos tan niños? ¿por 
qué me duele ahora la idea que me sitúa como presa única de tus movimientos feroces?, ¿por 
qué me besas?, me besas tanto, ¿por qué lo haces con tanta insistencia? ¿por qué me tocas?, 
me chupas tanto, que casi me gusta cuando lo haces y la costumbre a tus hábitos me obliga a 
soñarte, te sueño en pesadillas con los ojos brillantes, repasando cada movimiento que me 
vulgariza de tu hostilidad, ahora de crecido entiendo lo que hacías, sé que poco a poco fuiste 
poniéndome todo esto en la cabeza, aún así te atreves a negarnos, niegas el placer del primer 
día, de nuestro primer día, y yo sin poder entender cómo podrías no privilegiar entre tus 
recuerdos el momento exacto de ese día, cuando tú y yo, atrapados frente al espejo, 
enceguecíamos bajo la fuerza de extrañas imágenes, pero todo cambió de un momento a otro 
y pude ver cómo te instalabas en mí con inesperada certeza, me revelaste el secreto de la 
verdadera fuerza, ese primer día, tú y yo nacíamos para la vida, descubriendo sueños que 
revolotearon en nuestras cabezas, sueños de cuerpos conmovidos, anticipando los deseos que 
dibujarían el cómo iría dándose todo entre nosotros, pronto nos amamos sin escape, 
confundidos y desnudos, repletos y cercados,  nuestros cuerpos crecieron, mas uno siempre 
escapaba indistintamente bajo el consentimiento de una suerte de misterio, como si los 
ángeles del cielo hubiesen advertido nuestro intenso amor en el acecho de las pupilas 
dilatadas del que escapa, el espacio de la  infancia se hizo sofocante cuando apareció 
definitiva y rotunda la presencia de nuestra madre, nuestro inmenso amor, amparado bajo sus 
miradas y todos mis recuerdos de cuando no peleábamos, cuando nunca lo hacíamos, al ver a 
nuestra madre, toda ella, sonreír, fuimos creciendo, descubrí que  lo que hacíamos te 
avergonzaba, y yo, de pudores me ponía triste y tan perdido, tú me habías iniciado y eras tú 
quien anteponía semejante distancia, ¿te avergüenzo? ¿te avergüenzo de mis sueños? ¿te 
avergüenzan estos sueños míos? aún cuando por las noches sigo el movimiento de tus labios 
que chupan sin tregua, cuando exhausto y sin deseos trato de quitarme la dureza y que se 
calme, que se me calme la dureza de ahí abajo, cuando con enorme furia chupas el músculo 
atrapado por tus labios, sé que todos mis sueños ahora te avergüenzan, mis labios chupan, mi 
boca, puedo verte huidizo resbalar adentro de mi boca, y me gritas que siga, que lo haga más 
rápido, y yo, no pudiendo contener la respiración agitada, voluptuosos ardemos y el deseo nos 
estalla, intento quedarme quieto, espero con horror la proximidad de otro de tus estallidos, 
tiemblo, te estremeces, nuestra infancia toda, colmada de placer… 
El hermano mayor
Mi adultez se construye desde una precaria  lucha entre fuerzas antagónicas. Vivímos una 
infancia atrapada, cercados entre muros de habitaciones enormes, nuestra casa era una 
fortaleza sellada para el mundo. Despierto  atrapado por deseos que desconozco, corro a 
encerrarme en el baño, con todo creciéndome entre las piernas, sin que nadie, ningún adulto 
lo advierta. Me quito el pijama, mis manos se deslizan por mis muslos, el torso, los brazos, 
buscan las manos hacia abajo, recorren, cerca del ombligo, incómodo tiemblo de aquello que 
pulsa y me agita por dentro, mi sexo palpita, reacciona, crece...




*Editorial Cuarto Propio, Noviembre 2007 

Escritora, dramaturga.
1987 “La Prisionera del Bosque” Creación y diseño, cuento Infantil Ilustrado
1987 “El Cofre” Novela Experimental, Ediciones Caja Negra
1996 “Cierta Femenina Oscuridad” Novela/Dramaturgia, Editorial Cuarto Propio
1998 “Lóbulo” Novela Editorial, Editorial Cuarto Propio
2000 “El Cofre re-edición” Novela Visual, Surada Gestión Editorial.
2003 “El Principito” Letras de canciones. Cía. La Tirana, dirección Jorge López.
2003 “Dos personajes” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro. Dirección Karina Bacelli. Seleccionado en
los finalistas del Festival Pequeño Formato, Universidad Finis Terrae.
2003 “Cierta Femenina Oscuridad” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro. Dirección Karina Bacelli.Estreno Centro Cultural de España.
2004 “Hembros: novela instalación” Artes Integradas. Galpón Víctor Jara. Dirección Colectivo de Artes Integradas. Instalación mulitimedia, que entre sus disciplinas incluyó: música original,teatro, danza, audiovisual, y plástica.
2004 “Amortajadas cárceles” Dramaturgia. Cía. Doutdes Teatro
2005 “Desórdenes Mentales” Dramaturgia, 2005. Dirección Alejandro Trejo. Estreno Casona Nemesio Antúnez
2007 “Objetos del Silencio” Novela, Editorial Cuarto Propio.
2008 “Menú del Día” Dirección Dirección: Adriana Cataldo López. Municipalidad de Conchalí
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