01 octubre, 2010

Las grietas de Jara(fragmento) Claudia Piñeiro

—(…) Escucha. Supongamos que no fuera una grieta
que hay en ti… supongamos fuera una grieta del Gran
Cañón.
—¡La grieta está en mí!—dije yo heroicamente.
F.S. FITZGERALD, El Crack-Up

Pablo Simó dibuja en su tablero el perfil de un
edificio que nunca existirá. Como condenado a soñar
el mismo sueño cada noche, desde hace años repite
ese boceto: el de una torre de once pisos que mira al
Norte. Guarda en una carpeta la serie de dibujos idénticos,
no sabe cuántos son, perdió la cuenta hace tiempo;
más de cien, menos de mil. No los numera pero
los firma, arquitecto Pablo Simó, y les pone fecha.
Para saber qué día dibujó el primer boceto debería
buscarlo y fijarse al pie, pero no lo hace; el último lleva
la fecha de ese día: 15 de marzo de 2007. Se promete
contarlos alguna vez; dibujos de la misma torre,
sobre el mismo terreno, la misma cantidad de ventanas
y balcones a la misma distancia exacta, siempre el
mismo frente, el mismo jardín delante y alrededor del
edificio, con los mismos árboles, uno a cada lado de la
puerta de entrada. Pablo sospecha que si contara uno
por uno los ladrillos que dibuja a mano alzada sobre la
fachada se encontraría en cada boceto con idéntica
cantidad. Por eso no los cuenta, porque le da miedo
que sea así y comprobar que el dibujo no lo repite él
sino que le es inevitable.
Su lápiz Caran d’Ache tres milímetros sube y
baja por el papel, sombrea, retoca, mientras Simó se
miente, una vez más, que levantará esa torre algún día,
cuando por fin se decida a abandonar el estudio Arquitecto
Borla y Asociados. Pero hoy no es un día para tomar
decisiones, y con ese argumento Pablo intenta no
pensar que ya tiene cuarenta y cinco años, que la torre
cada vez está más lejos de ser otra cosa que trazos en
grafito sobre una hoja de papel blanco y que a dos metros
de él Marta Horvat cruza las piernas con descuido
como si nadie estuviera allí, sentado frente a ella.
Aunque Pablo Simó está pendiente de Marta,
ya no piensa en ella como lo hacía antes. No es que no
quiera, pero de un tiempo a esta parte ––y hace un esfuerzo
por no recordar con exactitud cuánto es ese
tiempo–– no puede pensar en ella sin que el placer que
le producía imaginarla suya se interrumpa con brusquedad
o hasta con violencia. Antes sí. Antes pensaba
en Marta todo el día y en ese pensamiento era dueño
de ella, la desnudaba, la besaba, la tocaba, y como no
encontraba ningúnmotivo para imaginar que un día se
separaría de Laura, Pablo Simó jugaba a que si su mujer
muriera, como todos moriremos algún día, Marta
Horvat dejaría de ser sólo aquella otra mujer que él
desnuda en sus fantasías e intentaría conquistarla.
Marta está sentada a dos metros del tablero
donde Pablo dibuja con una habilidad que le sienta
tan natural como caminar, hablar o respirar. Ella discute
por teléfono y a los gritos con un contratista. Se
queja de que el hombre no haya terminado la losa a
tiempo, dice que no le importa la lluvia, ni los dos feriados
que hubo en el mes y mucho menos el paro de
transportistas; declara con la firmeza que Pablo tanto
le conoce: que a ella le gusta que le cumplan. Y cuelga.
Pablo no sabe qué pasa del otro lado del teléfono
pero adivina que el contratista se queda con la palabra
en la boca, porque ni bien ella terminó de desahogar
su enojo cortó sin esperar respuesta. Aunque no levanta
la vista de su trazo, Pablo sabe que Marta se
para y camina de un lado a otro de la oficina, la oye
dar cada paso, la oye encender un cigarrillo, la oye tirar
el encendedor adentro de la cartera, y la cartera sobre
el sillón, la oye caminar otra vez y por fin acercarse.
Pablo tapa su dibujo con otros papeles; no quiere
que Marta vea lo que hace, no es que ella no lo haya
descubierto otras veces dibujando la torre de once pisos
que mira al Norte, pero quiere ahorrarse su comentario
acerca de él y sus inútiles obsesiones. Aunque
Marta Horvat no usaría nunca esas palabras, no
diría “inútiles obsesiones”, ella simplemente lo diría
así: No te da el FOT, Pablo. Y a pesar de que Pablo
Simó no necesita que nadie le explique qué significa
FOT, ella lo hizo muchas veces en todos estos años; lo
hizo cada vez que lo sorprendió dibujando su torre,
como si creyera que, en el fondo, Pablo no pudiera
terminar de entender que es necesario aprovechar al
máximo esa relación entre los metros cuadrados de un
terreno y los pisos que se pueden construir sobre él, y
que, por lo tanto, nunca nadie levantará un edificio
como el que él proyecta en ningún terreno de Buenos
Aires con los metros cuadrados suficientes para subir
en altura más que sus caprichosos once pisos. Siempre
que Marta opinó sobre su boceto, la dejó hablar sin
contradecirla, pero Pablo Simó bien podría haber desarmado
su argumentación con sólo aclararle un error:
él no quiere levantar su edificio en Buenos Aires. No
es ésa la ciudad donde sueña hacer el primer proyecto
auténticamente suyo. Y Pablo sabe por qué, porque
conoce esta ciudad más de lo que quisiera, porque no
hay una calle que no haya recorrido buscando un terreno
para Arquitecto Borla y Asociados, y entonces,
de tanto recorrerla, sabe que en Buenos Aires antes de
poner un solo ladrillo hay que elegir primero un edificio
y condenarlo a desaparecer: un estacionamiento,
una escuela, una casa familiar, un cine, un depósito,
un gimnasio, no importa qué mientras el ancho
y la superficie del terreno permitan construir en altura.
Pablo Simó no quiere que su torre se eleve sobre
los escombros de otra cosa. Y eso ya no es posible en
Buenos Aires. Por esa razón, cuando por fin llegue el
día, él elegirá otra ciudad, eso es lo que Marta ni siquiera
sospecha. Pablo no sabe todavía cuál ––tal vez
una ciudad que él aún no conoce––, pero lo que sí
sabe es que será aquella en la que un edificio que mire
al Norte reciba el sol de la mañana y se levante sobre
un terreno donde no haya que llorar a nadie.
Marta Horvat se para detrás de él. Arriba de la
pila de papeles con los que Pablo tapó su boceto queda
el aviso que tiene que controlar antes de devolverlo
a la agencia de publicidad. En pocos días empiezan
a vender otro edificio llave en mano desde el pozo y el
anuncio debe estar publicado en el diario de ese fin de
semana. “El paraíso existe”, titularon el aviso, con tipografía
destacada, más grande y en colores, lo que lo
diferencia del resto del texto excepto del pie de página,
donde con la misma letra color borravino dice:
“Arquitecto Borla y Asociados”. Marta lo lee por encima
de su hombro. Le indica que tache la palabra
“lavadero” y que escriba “laundry”. Pablo no se decide
y ella insiste, le recuerda que el modelo de aviso
que usó la agencia debe haber sido el del último edificio,
el de avenida La Plata, y que en Boedo puede haber
“lavadero”, pero en Palermo no. Pablo se deja
convencer y escribe “laundry” sobre el “lavadero” tachado.
Marta, como si esa pequeña indicación hubiera
marcado el territorio de cada quien, vuelve a su escritorio
y da el día por terminado.
Sin embargo el día aún no termina. Como el
arquitecto Borla tampoco sabe que el día aún no termina,
ahora sale de su oficina cargando el portafolio
y un paraguas que debe haber olvidado en algún otro
momento, ya que esa mañana el cielo amaneció azul
sobre Buenos Aires y así siguió hasta bien entrada la
tarde. Borla se acerca al escritorio de Marta y le hace
unas preguntas de rutina mientras desde su posición
husmea dentro de su escote. Ella se sonríe y contesta,
él baja la voz y Pablo ya no llega a oír de qué hablan
pero se da cuenta de que nada queda del malhumor
con que Marta Horvat le gritaba al contratista. Las
manos de Marta se mueven en el aire acompañando
cada una de sus palabras. Pablo, desde su tablero, sigue
ese movimiento hipnotizado por las uñas rojas:
ve bailar sus manos en el aire, las ve ir y venir describiendo
círculos, suspenderse un instante como si planearan
y, por fin, ocultar su cara que desaparece detrás
de ellas mientras Marta se ríe a carcajadas. Borla,
otra vez, se acerca a decirle al oído algo breve, alguna
palabra que no le lleva más tiempo que el de la propia
inclinación de su cuerpo sobre el hombro de esa mujer,
para luego apartarse y contemplarla. Y los dos se
ríen juntos.

Todo indica que en unos minutos más sólo
quedará Pablo en esa oficina, y que como cada tarde
acomodará su tablero y su escritorio, se tocará el bolsillo
superior para confirmar que la cinta métrica esté
donde tiene que estar, guardará su libreta de hojas lisas
en el bolsillo interno del saco, enganchará entre el
segundo y el tercer botón de su camisa el lápiz Caran
d’Ache, con la punta hacia adentro por debajo de la
tela, y por fin él también, cuando todos lo hayan hecho,
se irá. Sin embargo, a veces la cosas no salen como
uno se las imagina, y esa tarde en la que Pablo Simó
dibujó una vez más la torre de once pisos que nunca
construirá, en el preciso momento en que Borla le está
diciendo a Marta: ¿Te acerco a algún lado?, llaman a
la puerta, él abre, y entra una mujer joven, de zapatillas
negras, jean y remera blanca, una mujer que carga
una mochila más grande que la que llevaría alguien
que va de paso, una mujer que Pablo calcula no debe
tener mucho más de veinticinco años, y sin presentarse
ni saludar dice:
––¿Alguno de ustedes sabe algo de Nelson Jara?
Y en ese momento, tal como Pablo siempre temió
que algún día iba a suceder, se detiene el mundo
una fracción de segundo para de inmediato empezar a
girar a toda velocidad en sentido contrario. Los tres,
mudos, sin contestarle a la mujer, sin siquiera mirarse
entre ellos, se dejan transportar en el tiempo hacia la
noche, tres años atrás, a la que se habían juramentado
no volver.
––Perdón, pero estoy buscando aNelson Jara…
––insiste la chica.
Es el arquitecto Borla el primero en salir del
ensimismamiento y preguntar:

––¿A quién?
––Nelson Jara ––repite ella.
––No me suena ––dice Borla. Y le pregunta a
él––: ¿A vos te suena, Pablo?, ¿te acordás de algún
Nelson Jara?
Borla se queda esperando la respuesta que supone
pactada pero que Pablo Simó no dará: No, no
me acuerdo. Pablo no responde eso ni ninguna otra
cosa, calla, hasta ahí puede seguir a Borla, hasta donde
lo lleva su silencio, pero por más que el otro lo mire
con la cara que lo está mirando él no puede decir una
sola palabra. Cómo negar lo que Pablo sabe, y que sabe
que Marta sabe, y que sabe que Borla sabe: que Nelson
Jara está muerto, enterrado unos metros más abajo de
las baldosas de alto tránsito sobre las que caminan ellos
tres cada día al entrar o salir de esa oficina, bajo la losa
del piso de las cocheras, exactamente donde lo enterraron
aquella noche, tres años atrás.
©Editorial Alfaguara

30 septiembre, 2010

Sandra Comino ( Argentina, 1964)

Un cuento para Angie

Angie acompaña a mamá a hacer compras y va sentada en la parte de
atrás del auto con las zapatillas nuevas. Angie no se aburre nunca aunque
este quieta y en silencio. Igual nunca está quieta. Una tarde de verano mamá
Gaby bajó a comprar caramelos y dijo: “Angie no hagas nada que vengo
enseguida”.
Y Angie no hizo nada. Fue el dedo de Angie que bajó el vidrio de la
ventanilla y para ver si era de verdad que lo había bajado, tiró una zapatilla
por allí y después quiso bajar más todavía la ventanilla, para asomarse; pero
como estaba atada no pudo y de repente el dedo se corrió, como por obra
de la magia y el vidrio se subió. Qué trabajo dan los grandes cuando dicen
“vengo enseguida y no vienen”. Angie se durmió y la zapatilla quedó del
otro lado.
Cuando llegaron a casa faltaba una zapatilla. Mamá llamó a la radio
para avisar que si alguien la encontr
A Angie le encantan las tijeras. Y tiene unas que son inquietas como
ella. Todas las cosas se parecen a su dueño o dueña, dice la tía. ¡Aunque
la tía dice cada cosa! Las tijeras de Angie trabajan de cortar cosas que no
se pueden cortar y a Angie ayudarlas le fascina. Fue por eso que un día les
ayudó a las tijeras a cortar el diccionario de la abuela. Y otro día se escondió
atrás del sillón y las tijeras cortaron un poco el pelo. Pero Angie no lo tiró
porque desde que perdió la zapatilla le dijeron que no tirara nada y entonces
se lo dio a la abuela para que lo guardara. Es que las abuelas saben guardar
cosas y sobre todo, secretos. Y dejan subirse a la a la mesada y saltar sobre
la cama.
Un día Angie y Agustina, empezaron a saltar sobre la cama de elástico
de alambre que la abuela tiene desde hace tanto… a las 5 de la tarde empezaron a saltar. Eran las 9 de la noche y seguían saltando. Esa noche Angie se
durmió sin cenar y al día siguiente la vistieron dormida y despertó como a
las 10 en el jardín. Que raro dormirse en la casa de la abuela, soñar que la
metieron en la cama y despertarse en el jardín. Pero Angie escucha a cada
rato que “el mundo está raro”.
Angie una mañana de sol vio al abu Pedro con un bastón revolviendo
el agua al borde de la pileta. Y le preguntó:
— ¿Qué se te cayó?
— Un pañuelo.
— Esperá…
Y Angie se infló bien. Cerró la boca y se tiró en lo hondo mientras
el abu quedó duro del susto y miraba cómo Angie fue por abajo del agua
derechito hasta donde estaba el pañuelo. A Abu le pareció que Angie era una
sirenita… Y ella volvió rápido con el pañuelo recuperado.
Angie juega con los sapos, agarra las vaquitas de San Antonio y no
le tiene miedo a nada. Es que Angie tiene papás que corren carreras de
bicicletas, juegan golf, practican ski, nadan mar adentro y corren como
treinta kilómetros. Angie también necesita correr, treparse, y a los dos años
ya dominaba palitos de golf. Las abuelas de Angie se desesperaron al uní-
sono porque no tenía ollitas, ni planchitas. Entonces la abuela Miri comprjuegos de té y la abuela Tata, planchita. Pero Angie prefiere las raquetas de
tenis, las pelotas de básquet, la soga para saltar.
La tía de Angie le regala libros.
La primera vez que le la tía le trajo un libro, Angie lo tiró. Y a la pobre
Angie la retaron porque los grandes quieren que los chicos reaccionen como
ellos. Y sin querer les enseñan a mentir. ¿Por qué si las pelotas se tiran no se
pueden tirar los libros? se pregunta Angie para adentro. Pero parece que hay
cosas que no se pueden hacer aunque sean divertidas.
Tata dijo ese día, fuerte para que escucharan todos:
— Pero si a Angie le encantan los libritos, ¿no es cierto?
Y Angie se puso a llorar. Y eso que Angie no llora nunca. Ni cuando le
cosieron un dedo que eso sí era para llorar y ella se aguantó. Pero cuando los
grandes quieren que algo les guste a los chicos, insisten.
Con el tiempo, cada vez que Angie veía a la tía con un libro corría con
mamá que era la única que la entendía.
Más tarde, la tía se hacía la que no traía libros y después de darle un
beso a Angie metía la mano en la bolsa, al mismo tiempo que todos entonaban “¿a ver que libro te trajo la tía?”. Y Angie gritaba agarrándose la cabeza:
“no quiedo libo, no quiedo libooooo” y le daban como unos ataques, parecidos a los de la prima Juanita, pero sin temblar. Menos mal que Mamá
la abrazaba y le hacía masajitos en la espalda. Y los masajes de mamá en la
espalda hacen bien al pecho. Y se van las ganas de llorar.
Pero un día, la tía y Angie estaban en la vereda de la casa de Abu y
cuando la tía le dio un libro, Angie lo agarró. Si no fuera porque lo tiró por
los aires, todo habría terminado allí. Tan alto Angie tiró el libro hacia arriba,
que la tío pensó que nunca había visto a nadie tan chico con tanta fuerza.
La tía se quedó mirando lo alto que viajó el libro. Y Angie con un dedo
en la boca miraba a la tía que tenía la boca abierta y la cabeza apuntando
al cielo. Angie miraba a la tía y al libro, al libro y a la tía. Y todos miraban
para arriba. Hasta un señor que pasaba en bicicleta y cuando vio que todos
miraban para arriba él también. Angie vio como la tía se preparaba para
recibir al libro, igualita a mamá cuando jugaba al Voley. - 4 -
S
El libro empezó a bajar abierto y parecía una mariposa con muchas
alitas. Es tan lindo ver volar.
Papá dijo:
— No le regales libros caros si los tira.
Abu Aldo dijo:
— Ojo con los de tapa dura que le puede sacar un ojo a alguien.
Todos acordaban que un libro en manos de Angie podría ser un arma
peligrosa, por no decir mortal.
Cuando la tía lo agarró miró a Angie y las dos se sonrieron.
Angie sabía tirar y la tía atajar. Buen comienzo.
A Angie le empezó a gustar tirar libros. Y a todos atajarlos.
Y el abu Aldo, la abuela Miri, y la abuela Tata, después de atajar, probaron leerle en voz alta a Angie.
Cuando los papás de Angie salen, alguno viene a cuidarla. Y así mientras alguien leía, al principio, Angie corría y a veces para escuchar a algunas
partes se quedaba quieta. Luego aprendió a esperar el final. Y un día escuchó
un cuento entero: Tomasito. ¡Cómo le gustan los cuentos de Tomasito a
Angie!
Y después La princesa Sukimuki.
Ahora Angie es grande, tiene como cuatro años, escucha mirando las
letras y los dibujos y cuando Tata llega le dice ¿“trajite los lente?”, porque
ahora la que quiere tirar los libros por el aire es Tata porque como va y viene
todo el día, trabajando de abuela, está cansada de que Angie sin saludarla
le pida que le “lea”.
Y otro día de pronto, Angie le dice a Tata que se vaya a “hacer las
cosas” que ella le va a contar a Pepita el cuento de la princesa Sukimoto.
Porque ahora Angie conoce las letras. Y Tata que hace las cosas con la oreja
parada, como todas las abuelas, se da cuenta de que Angie se lo sabe todo.
Y rápido lo cuenta.
Cuando Tata va a tender ropa Angie sigue contando y cuando vuelve,
Angie duerme con Pepita en brazos y el librito se convirtió en frazada.




Texto © 2010 Sandra Comino.


Sandra Comino nació en Junín, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es escritora, periodista, docente, coordinadora de talleres de escritura y de lectura en voz alta. Forma parte del grupo de autores convocados por el Plan Nacional de Lectura.

Es Miembro de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina) Sección Nacional de IBBY (International Board On Books For Young People). Entidad en la cual fue miembro además entre 1998 y 2003.

Fue Miembro del Comité Editorial de Revista La Mancha (de 1998 hasta 2006). Colaboró en el suplemento Radar Libros, Página 12, Revista Fadamorgana (Santiago de Compostela) Educación y Bibliotecas y En julio como en enero, La Habana, entre otros Medios.

Algunos de sus libros son Así en la tierra como en el cielo, La enamorada del muro, El pueblo de Mala Muerte, Nadar de pie.

Su novela La Casita Azul, recibió el Premio Iberoamericano de novela, 2001. Cuba, La Habana. Su traducción en inglés The little blue house, Groundwood, Toronto, integra la lista Américas Awards Winners, 2003. University of Wisconsin. Center for Latin American & Caribbean Studies. Milwaukee.

Recibió el Premio “A la Orilla del Viento” del Fondo de Cultura Económica de México. Premio Especial “La Rosa Blanca” a la trayectoria en Promoción de la literatura infantil. Ciudad de La Habana, 19 de octubre de 2001. Premio “Madre Teresa”, 2004, otorgado por la Biblioteca Popular “Madre Teresa”, Virrey del Pino, La Matanza, en el Área de Educación y Cultura y Bibliotecas, por el apoyo en la difusión de La Literatura Infantil y Juvenil y apoyo a Bibliotecas Populares.

14 septiembre, 2010

Liliana Díaz Mindurry

Fragmentos de Pequeña música nocturna

ESCRITO UN DÍA A LA MAÑANA

Cuando entré al cuarto de mi tío, estaba pintando. Suele pintar de noche algunas veces si no está muy cansado.
O si está nervioso.
Eso dice. Que cuando está nervioso, pinta. Entonces no quiere contarte ninguna historia, nada de nada, sólo pintar y pintar. Ni siquiera te ve.
Le dije: ¿Estás enojado conmigo?
Me dijo: No, no estoy enojado.
Nos quedamos sin hablar. Cuando pinta es raro que hable. Él miraba su pintura o miraba algo que yo no veía, algo que estaría en el aire. Yo le miraba la cabeza.
Estaba Minos presente, suele seguirme a todas partes. Si uno lo acaricia se duerme. Yo lo acariciaba y se dormía.
Le pregunté a mi tío algo sobre los huracanes y me dijo que no quería hablar más de eso. Que estaba harto de eso.
Le pregunté por la flor y me dijo que lo dejara en paz.
Le dije que sí estaba enojado. Me dijo que no y basta. Cuando pinta es así. Cuando pinta lo odio.
Le dije : Merce tiene pesadillas todas las noches. Sueña con algo que no sabe qué es. Me dijo: Yo también sueño. Le dije: ¿Qué soñás? No supo decirme qué soñaba. Le dije: Debés soñar con la Cosa, lo que sueña Merce. Hace meses yo también soñaba con la Cosa. Que se metía, que estaba acechando detrás de la puerta, que me tocaba los pies, que me subía por las piernas. Que yo cerraba la puerta y la Cosa empujaba y entraba. Le conté a Merce. Ahora la Cosa se le metió en los sueños a ella.
Entonces me hizo la pregunta de todos los grandes.
Por qué los grandes repiten lo mismo. No se cansan.
¿Qué es la Cosa?
Le dije: Si se supiera, no sería la Cosa. Nadie lo sabe.
Siguió pintando, cuando pinta lo odio. No se entendía mucho lo que pintaba. Era todo amarillo, naranja y marrón con alguna gama del verde oscuro. Sería la Cosa.
En una parte salía la cabezota enorme de Josecito pero podía ser una calabaza o no sé qué.
Era como si en el cuadro pasaran muchos acontecimientos, pero había que descubrirlos. Había que mirarlo mucho para entenderlo. Mirarlo y que te ardieran los ojos de tanto mirarlo, y te cansaras y quisieras dormir. Entonces te dormías y soñabas con el cuadro, con lo que escondía el cuadro. Era mi cabeza, ahora resultaba más nítida. Uno la podía reconocer. Era mi cabeza.
Era yo adentro del cuadro.
Después hizo unos remolinos como los de Dante. Remolinos adentro de un desierto blanco o amarillo muy pálido. Un desierto como ese lugar donde hay camellos. O un lugar que no es: vacío, creo que se dice.
Me dijo: Sacate la ropa. Le dije: ¿Toda? Me dijo: El vestido solamente. Le dije: Me da vergüenza. Pero me la saqué. Me senté en bombachas sobre los talones.

..........................

Me dijo: Así no.
Le vi los dedos amarillos y pensé en mi mamá que siempre le dice que no fume. No me importó que fueran amarillos.
Me hizo arrodillar. Me pintó arrodillada. Me escondió en el cuadro. Pintó encima como para que no me viesen. Pintó algo que no entendí.
Le pregunté qué pintaba.
Estaba muy enojado, no respondió. Cuando pinta se enoja, no habla. No quiere contar historias. Cuando pinta parece un viejo, más viejo de lo que es. Cuando pinta lo odio.
Volví a preguntar para que se fastidiase.
Me respondió: Una grulla. Como si me hubiera respondido: un jarrón. Le pregunté: ¿Qué es una grulla? Me respondió: Un ave. Le dije: Ya sé. Y sé que Dante dice que tiene el canto triste como la gente que vuela en el viento o, al revés, que la gente recuerda a las grullas. Me dijo: Es un ave zancuda. Parecía la hermana Rosa cuando habla de zoología. Le dije: No es una grulla. Las grullas cantan en tu cuadro, pero no se ven.
Entonces dejó de pintar, me miró, pero no el cuerpo sino la cara. Me miró la cara. Me dijo: Lo que yo pinto es una esencia que no se ve. No tiene que verse sino sugerirse. Lo de las grullas que decís está bien. Está el quejido de las grullas. Y no preguntés más porque me distraigo. Ponete el vestido y andate a dormir que es tardísimo.
Le dijo que no.
Que no me iría a dormir. Que no me iría nunca más. Que deseaba meterme en el cuadro, entender el cuadro.

..........................

Entonces él se abrió el pantalón.
Yo había visto a Josecito desnudo, pero era distinto. Era grande, enorme. Esto es lo que pinto, me dijo. Puso mi mano allí donde florecía duro, tenso y suave. También muy suave.

..........................


Fue veloz. Me hizo arrodillar como en el cuadro y me hizo poner lo tenso y suave en la boca. Me la abrió y toqué la punta con la lengua. Miré la pared, el muro donde él se apoyaba.
Dejé de mirar.
Tenía un gusto levemente salado. Me aferró la cabeza con violencia, con el mismo enojo que cuando pintaba y me la hizo mover y él también se movió. Bailaba. Eso tocó cerca de mi garganta. Me hizo lamer y volví al gusto salado. El gusto como cuando te tragás las lágrimas. Se parecía a la lengua, pero era distinto. Me dijo que aspirara, que absorbiera y empecé a sentir el remolino.
Era como una prueba de circo. Eso se metía, era un animalito vivo que deseara ser tragado. Era el gusto de la flor, aunque no un girasol, sino una cala, esas flores de muertos que son blancas y están llenas de vida. Sería la flor de la adormidera que dicen que es roja.
Tenía el ritmo de una ceremonia de esas de las películas con tipos raros y tribus. Una música nocturna. Imaginé a Francesca sobre los huracanes tragando a Paolo.
En un momento pensé que debería comer o que me devoraría el animalito que se movía entre mis dientes. Mi tío se quejaba con la tristeza de las grullas. Era una grulla.
Pensé en Dios, en Dios deforme. Se me hacía difuso.
Después sentí en la lengua un agua blanca y mi tío gritó como si le sacaran la vida. Tragué el agua blanca, la vida.
Mi tío se acostó en el piso. Parecía desmayado. Quizá muerto. Yo no sabía. Quizá la policía viniera a buscarme y me encerrarían.
No le hablé.
No le dije nada.
Él tampoco. Podía estar muerto. Vendría la policía.
Miré el desierto del cuadro.
Me fui. Llamé a Minos y me siguió.

..........................

OTRO DÍA

Dijo: No es posible que vengas todas las noches a despertarme. Le dije: Cambiaste. Antes me contabas historias todas las noches. Dijo: Estoy cansado.
No le dije nada.
Entré al cuarto de al lado. Miré los cuadros de Dorothea.
Me llamó.
Me dijo que me iba a contar una historia tan pequeña como la pequeña música de Mozart. Le dije sí. Me dijo que había una vez una niña que miraba un cuadro que se llamaba “Pequeña música nocturna” donde había otras niñas como ella aunque de veinte años atrás.
Me dijo que la niña tenía mucho miedo del cuadro porque pensaba que en ese cuadro había algo escondido que la pintora había querido decir. Algo más allá de girasoles peligrosos, pasillos con puertas, pelos erizados, vestidos rotos. Eso que la pintora había querido decir no importaba tanto como lo que la niña veía en el cuadro. La zona que despertaba era parte de la niña y no del cuadro o de la intención de la pintora. El girasol no guardaba ningún significado si el girasol no estaba dentro de ella. Como la niña no estaba segura averiguó que la pequeña música nocturna era una serenata con allegro, romanza, minuetto y rondó, y que Mozart había nacido en Salzburgo en el siglo dieciocho.
(No es cierto, yo no hice todas esas averiguaciones. Porque seguro que yo era esa niña. Los grandes cuentan así: dicen “esa niña” en vez de decir el nombre de una como para que sepan que hablan de una y a la vez no estén muy convencidos.)
Que el girasol se vuelve hacia el sol y que tiene semillas comestibles de las que se extrae el aceite. Pero eso no significaba nada porque a Mozart no le importaban los girasoles. Pensó que si el girasol se mueve hacia donde el sol camina, qué sucedería con un girasol nocturno o con un girasol al compás de una música. Pensó en flores que se rompen en la noche, y ya fue su pensamiento el que pensaba y nada de lo que estaba en el cuadro de verdad. Y en el placer de una de las niñas (podría ser sueño, sufrimiento, desmayo) y en el pánico de pelos parados de la otra. Y en la noche como silencio. Y en la puerta abierta como el lugar de las revelaciones. En la música de la noche como en la armonía oculta del silencio.
Como estaba leyendo a Dante dijo que los huracanes del Segundo Círculo infernal eran los que arrancaban pétalos al girasol o erizaban los cabellos con la violencia del aire en movimiento. Pensó que era un viento de lujuria y que la lujuria es el más misterioso de los pecados, el más extrañamente provocador de pánico, como si fuera la raíz del pecado, como si contuviera en sí a los otros pecados hasta el crimen y el odio, formas de lujuria. Formas de la pasión por lo prohibido, por lo que no puede verse ni tocarse ni palparse con la lengua. Que un cuchillo en el vientre es lujuria. Y que todo el resto eran los innobles pecados de los mediocres: avaricia, envidia, maledicencia. Pero que el gran mal era esa lujuria, soberbia de sí y blasfema. Que el girasol era un demonio que deseaba atacar la entrepierna de las niñas, lo que tenían de más oculto y secreto. Aquello que sólo verían los guardianes del orden y rápidamente para saber que nada se ha salido de su perfecto sitio.
(Los médicos deben ser guardianes del orden.)
La niña tenía un tío que pintaba. Una especie de guardián del orden, pero que pintaba. Todo el que pinta sueña con pintar el secreto, lo que no dicen las caras ni las cosas ni las palabras ni siquiera los símbolos. Por sólo eso ya era un guardián imperfecto y enfermo. Se lo toleraba porque sus cuadros no querían decir nada o querían decir algo tan oculto que no se advertía y porque mostraba modales de guardián del orden. Esa especie de guardiana también había soñado con otro cuadro que se llamaba “Hotel La Adormidera”, es decir, hotel del opio, de los sueños. Y pensaba: será así el hotel del otro mundo, del otro lado de las cosas, de la séptima cara del dado, de lo que no se ve, del mundo de los que duermen. Y adentro de ese hotel se esforzaba por pintar el mundo de la adormidera, ese que veía en los sueños, pero jamás lo lograba. De repente encontró a la niña que miraba la esquina del hotel, la sirena escondida de la estatua que soñaba en voz alta, pero él dijo: No, soy un guardián del orden, aunque imperfecto y enfermo. No tengo que olvidarme de cerrar la última puerta del sueño, la que la Ley ordena que debe permanecer cerrada. Abrirla sería la locura que es una forma gigantesca de la culpa. La culpa que rompe las palabras, que desordena el mundo. Y mandó a la niña que se fuera a dormir y que ya basta.
Todos los cuentos de mi tío Marcel terminaban así.
No sé si dijo así lo que dijo, pero hablaba mucho como cuando mi tío se acerca a la nariz una especie de talco. Lo olía y hablaba.
Me gustaban las palabras.
Me las metía en la boca y les encontraba un gusto salado a cosa tensa y suave.
Las anotaba. Muchas veces las anoto para no perderlas en una libretita que siempre llevo conmigo. Anoto las palabras de sus cuentos y cómo unas y otras se mezclan. Después las leo muchas veces y aunque no las entiendo me gusta repetirlas.
Me ponía las palabras en las uñas y se me quebraban las uñas de las ganas de acariciar. Acariciar el gusto salado, tenso y suave.
Le pedí varias veces que las repitiera para copiarlas bien y para aprenderlas de memoria como las poesías de la escuela. Yo tengo muy buena memoria y las aprendo enseguida. Las encerré en el fondo de mi cabeza y pregunté por qué el tío de la historia mandaba a la niña a dormir. Aunque no abriera la puerta del sueño, ambos podían mirarla. Y si ese mundo sale al mundo de las cosas vulgares es grande el peligro. Por ejemplo decir “buenas noches” y que buenas noches signifique distinto de lo que significa buenas noches. (¿Qué puede significar?) La locura hay que saltarla cuando el ojo duerme. De lo contrario contamina el mundo.
Le pregunté: ¿Es una enfermedad contagiosa?
Dijo que sí. Que cuando se abre la puerta ya no hay fuerza capaz de volver a cerrarla. Que si uno mira la puerta, estalla el deseo de abrirla. Y si la abre invade la culpa y se sufre como si uno estuviera por morirse a cada momento. Ese es el infierno que contaba Dante y el infierno debe quedar en el libro que es un sueño escrito o en un cuadro que es un sueño pintado. Y si uno pierde la culpa vive en otro mundo. Entonces vienen los guardianes del orden y te encierran en una jaula de animal.

..........................

Estábamos en la cama y mi tío Marcel me pidió que me quedara de espaldas. La arañita de la mano me tocaba la nuca, bajaba hacia los costados.
Yo tenía la nariz pegada a la almohada.
Le hablaba de cómo esa mañana había cazado una mariposa en el jardín del frente. Que la mariposa tenía las alitas muy finas y amarillas. Como si estuviera hecha con polvo de azafrán.
La mano llegó hasta la línea que te separa las nalgas. Me dio vergüenza pero él no hizo caso. Luego el dedo rozó apenas como si no quisiera pero también como si fuera una caricia pequeñita.
Casi débil.
Le expliqué que había tomado a la mariposa cuando se posó sobre una planta. Que tenía las alas muy juntas. Que le temblaba el cuerpo, las patas, las antenas. Que toda era un temblor y que era tocar un temblor entre el pulgar y el índice. También la mano temblaba, el dedo tenía alitas.
Le dije que me hubiera gustado tener a la mariposa adentro de la boca pero sin hacerle daño. Para sentir el temblor en la lengua.
Sin permitirme que dejara de estar de espaldas, apartó mi cara de la almohada, me hizo probar apenas la dura suavidad rosada. Después gritó un poco, pero sólo por sentir el borde de mi lengua.
Le dije que sólo acerqué a la mariposita al contorno de mis labios y que sentí sus patas finas.
Una cosquilla.
Acercó el contorno de sus labios sin besarme a la zona más secreta.
Le dije que solté a la mariposa y que me gustó y me dolió verla en el aire otra vez fuera de mí. Yo la amaba y hasta lloraba su pérdida y el gusto de verla en el viento.
Sin pedir permiso, sin decirme te haré esto, o diciéndome que me haría daño, que el viaje sería mucho más terrible, que me abriera y que me pusiera en cuatro patas como un cabrito, noté que la dura suavidad entraba, pero no en el lugar de otras veces. Empujó y creo que me asusté. Me dolía tanto como haber perdido a mi mariposa.
En un momento el dolor se hizo intolerable.
Lloré.
Lloré bastante. A gritos.
Me tapó la boca para que no me oyeran.
Los otros no iban a entender lo que hacíamos. La gente grande nunca entiende esas cosas.
Sentí tanta vergüenza.
Vergüenza quizá de manchar. Hubo sangre.
Sentí vergüenza y vergüenza. Como si te orinaras en el colegio delante de todos, con la hermana Rosa y con el inspector mirándote. O como lo peor y delante de todo el colegio.
Me insultó. Dijo cosas terribles. Dijo que el placer lo hacía insultar. El placer del viaje.
Cerraba los ojos y hablaba muy despacio. Tenía mojadas las comisuras de los labios.
También lloraba. Tal vez le dolía. O no. O era mío el dolor. O lloraba porque me dolía y porque yo tenía vergüenza.
El aire estaba quieto y libre. Sin mariposas. O podía venir otra pero ya no era lo mismo.
Nunca era lo mismo.

..........................

Yo estaba desnuda, sentada sobre mis rodillas. Tenía la cabeza de mi tío sobre los muslos. La cabeza me acunaba. Hablábamos no sé de qué.
Del ruido del agua.
Del ruido que hace el agua cuando cae de la canilla. De eso. Yo contaba las gotas como cuando no dormís y te dicen que hay que contar ovejas.
Y del silencio. Y que el silencio tiene rumor de agua.
Él estaba desnudo. Yo lo miraba. Era tan raro ver a un hombre grande desnudo. No te acostumbrás. Desnudo y tendido. Se lo dije. Y que estaba adentro del silencio. Como si fuera adentro del silencio.
Un hombre desnudo, un hombre grande, es algo raro de verdad. Las personas grandes no quieren que las vean desnudas.
Entonces me propuso un juego. Era más raro jugar desnuda con un hombre grande y desnudo. Era un juego de silencio como cuando vos te mirás con otra chica y no pueden hablar y se miran hasta que una hace buches de risa y todo se acaba. Este es un juego para jugar en silencio. Y no reírse. Yo voy a hacer algo, pero vos tenés que estar en silencio. Sólo pondrás tus uñas en mi espalda. Quiero que veas cómo corre mi sangre. Porque el viaje tiene que ser con sangre. Así dijo.
Le pregunté: ¿Para eso querías que no me comiera las uñas y que me crecieran?
Contestó: Para eso.
Y con una tijera cortó mis uñas en punta.
Le dije: Pero a mí no me gusta lastimarte.
Me dijo: Yo sí quiero que me lastimes.
No le dije nada.
Pensé que él también iba a lastimarme. Que jugaríamos a las peleas y que nadie podría gritar. Me abrió las piernas y empezó lentamente a absorberme. Yo le puse las uñas en la espalda. No me gustaba eso de lastimarlo.
No quería.
Pero después fue imposible. Para contener esa impaciencia que empecé a sentir, para que no se volviera grito, abrí la boca, para gritar sin voz. Para gritar con voz de canilla, de agua metida en el silencio.
Ya no me acunaba.
Nadie me acunaba.
Noté que me temblaba el cuerpo.
Que temblaba la pieza entera. Un terremoto.
El techo, los cuadros, todos viajaban conmigo.
Es difícil eso de no gritar. Te vuelve completamente impaciente. Te enfurecés.
Después no sé. Vi las gotitas de sangre en la espalda que bajaban en hilitos rojos. Yo las había extraído. Grité. Me tapó el grito con su grito. Nos tapamos la boca.
Nos tapábamos el grito para que nadie oyera.
No entenderían. La gente grande no entiende esas cosas, ya sabés. Se asustarían. Especialmente por la sangre. Mamá querría tirarse por la ventana más alta. Merce lloraría. José se escondería detrás de una silla y aullaría como una tiza que raspa el pizarrón.
No entenderían.
Después lo toqué. Le hice una casita entre mis manos. Las humedecía con el agua blanca y me las puse en la boca.
Había vuelto el silencio con rumor de canillas. El silencio donde podías meterte despacito como en la iglesia y cerrar los ojos.
Así aprendí a lastimarlo y a querer que me lastimara. Es lindo eso de lastimar. Y a veces hasta es lindo que a uno lo lastimen. Pero es mejor lastimar.
Le dije: Me haré una pulsera con las gotitas de tu sangre.
Me dijo: Me haré un anillo con la tuya.
En casa no entenderían eso de viajar así. Se lo dije. Ni de viajar de ninguna manera. Los niños no viajan. No veo por qué.
Me dijo: Son unos imbéciles.
Le dije: Ahora quiero toda la sangre.
Me dijo: Sí.



Liliana Díaz Mindurry nació en Buenos Aires en 1953. Es autora de los libros de poemas: Sinfonía en llamas, Paraíso en tinieblas (1er Premio Instituto Griego de cultura y Embajada de Grecia) y Wonderland. De relatos: Buenos Aires ciudad de la magia y de la muerte; La estancia del sur (1º Premio Municipal de Buenos Aires, inéditos 1990-91); En el fin de las palabras; Retratos de infelices; Ultimo tango en Malos Ayres (Premio Centro Cultural de México, Concurso Juan Rulfo, París 1993 y Premio El Espectador de Bogotá, Concurso Juan Rulfo, París, 1994), y de las novelas La resurrección de Zagreus; A cierta hora; Lo extraño (1er Premio Fondo Nacional de las Artes); Lo indecible; Pequeña música nocturna (Premio Planeta 1998) y Summertime.


01 septiembre, 2010

Viviana Mellet(Perú, 1959)


LA OTRA MARIANA


La luz. Ernesto se levanta del escritorio para encenderla. Esta hora siempre lo llena de zozobra. El cielo se pone lívido y las nubes parecen apurarse, como la gente que, en la calle, corre para alcanzar el colectivo. Los fluorescentes parpadean antes de iluminar la oficina, mientras Ernesto termina de anotar números en una planilla. La dobla y la deposita del cajón. Se pone el saco y sale. En el vestíbulo del edificio, el portero toma un café con bizcochos. Se le hizo tarde otra vez, le dice, tocándose la gorra a manera de despedida. Él le responde encogiéndose de hombros. Habrá que tomar un taxi, qué remedio, sin auto y a esta hora. No está acostumbrado a caminar en el centro. Normalmente, entra y sale en auto. Con el tránsito si sabe defenderse. En cambio a pie tropieza con la gente, pisa la mercadería de los ambulantes, roza las paredes inmundas.

Detiene el primer taxi que divisa entre el barullo de los omnibuses y sus cláxones. Sube como quien se aferra a un salvavidas. Ya dentro se da cuenta de que es un caro destartalado con los asientos cubiertos de cretona descolorida y sucia. Huele a pescado y el conductor tiene ganas de conversar, pero mientras el auto alcanza la avenida, siente un gran alivio, casi felicidad. Va camino a casa, el aire que entra por la ventanilla malograda los despeina y se lleva el olor a pescado y el centro va quedando atrás. Atrás van quedando los edificios enmohecidos y la muchedumbre y la noche se define ya sobre los árboles de la venida. Recién repara en el taxista no ha tomado la vía expresa. Demasiado tarde. Es de los que les gusta conversar y no le importa demorarse con los semáforos cada dos cuadras: esto es más bien un agradable pretexto para prolongar la charla. Le está contando una nueva versión de la última “bola” que ya le comentaron a la hora del almuerzo: el surgimiento de un nuevo grupo terrorista de extrema derecha. Él responde con monosílabos. Solo piensa en legar a casa, pegarse un duchazo y tomarse un whisky en las rocas en el saloncito a media luz. Hoy fue un día de miércoles. Es miércoles. Es miércoles y él solo quiere sentarse en el saloncito a media luz y ver un video. El taxista insiste en que el nuevo grupo terrorista es el resultado de los pésimos sueldos de los policías con muchos exteriores, mucho verde y mucho azul: una mujer rubia, como Úrsula Andress, o Bo Derek, en una playa tropical o algo así. Si…recientemente, muy mal pagados los tombos. El taxista se ha entusiasmado en su plática, porque hay algo que obstruye el tránsito. Un marco inmenso de lado a lado. Y ahora, con el auto detenido, puede especular a sus anchas sobre lo que dirá esta noche en Ministro del Interior.

Es entonces cuando Ernesto la ve. “Mariana, piensa. Bajo la luz verde de un aviso de neón, su palidez dándole un aire fantasmagórico, además, la aparición, pues se trata del negativo de Mariana. Idéntica, pero opuesta. Lo que en Mariana es esbeltez, en la muchacha es debilidad. Lo que en Mariana elasticidad, en la otra nerviosismo: lo que en Mariana gracioso, en la otra mezquino: lo que en una atributo, en la otra imperfección. El taxi sigue detenido. Ernesto paga. Me bajo aquí, dice, sin esperar el vuelto. Si no fuera porque “sabe” que en estos momentos Mariana debe de estar accionando el control remoto, la puerta del garaje abriéndose suavemente, la llantas del Jaguar estrujando como celofán el cascajo del porche, juraría que lleva una doble vida. Tienes una doble, Mariana, le diría más tarde, igualita a ti, caminando otras calles, viviendo una vida en dirección exactamente opuesta a la tuya. Si no fuera porque sabe que Mariana regresa del vernissage de la Chichi, contenta con su nuevo Márquez. La sigue subyugando por el fantástico parecido y por la diferencia abismal. Y porque siente que ha ingresado a otra dimensión de espacio y de tiempo y que él también se ha desdoblado, y el hombre que camina detrás de la muchacha no obedece ya a su voluntad.

El pelo de Mariana la llueve sobre los hombros –horquillado, sin reacondicionamiento, sin hebilla de carey – a esta Mariana intrusa que libera el seguro de un coche oxidado y lo empuja con una mano. La otra la tiene ocupada con una bolsa llena de pan. El niño que va a pie se coge de su falda, lloroso. Upa, le pide. Ella lo mira con desasosiego y le dice algo que Ernesto no llega a oír. Está a unos diez metros y ha empezado a seguirla sabiendo que es absurdo, pero que lo hará de todos modos. La muchacha se interna por una calle oscura. Unos palomillas juegan pelota en la pista. La pelota alcanza al niño quien transforma su gimoteo en llanto franco y se niega a seguir caminando. La mano de Mariana –pero sin anillos Cartier, de plata quemada con oro, de brillante ruso -, suelta el coche para consolar con una caricia al niño que solloza. El coche empieza a resbalar acera abajo. Ella lo alcanza y lo detiene con brusquedad. Ahora también el bebe en el coche está llorando. Tres panes han caído de la bolsa y han rodado hasta un charco. Mariana – que no está acostumbrada a lidiar con los niños, porque para eso están las nanas -, se impacienta, insinúa un breve pataleo, levanta la voz, pero termina por cargar al niño. Echa a andar empujando el coche con la pierna. La pierna de Mariana que olvidó depilar, que no depila, que afeita con la prestobarba del marido. Ernesto adivina la aspereza de la pantorrilla de la otra. Mariana que dobla la esquina haciendo malabares con el coche. Las lágrimas y los mocos del hijo resbalan por el hombro inclinado. Ha oscurecido del todo, pero Ernesto continúa con la sensación de abandono del crepúsculo. Por las ventanas que dan a la vereda, ve los televisores encendidos en los comedores. Las familias comen mudas, absortas en las palabras del Ministro del Interior. A esta Mariana se le acabó el gas, seguro, y esta noche servirá pan con palta y café con leche. Está cansada y desesperada porque los dos niños lloran a la vez, le duele la cintura y todavía tiene que ir a hervir agua a la casa de la vecina.

En casa, Mariana ha encendido la radio – hoy hay un programa de jazz -, fuma un cigarrillo en el sofá que ya es tiempo de cambiar el tapiz de la chaisse longue. Tal vez algo como oriental y unas palmeras hawaianas detrás… y en la pared de nuevo Márquez… o no, mejor una ensalada de frutas y las alpargatas percudidas del negativo de Mariana pisan una cáscara de plátano parado junto a la carretilla del frutero. Y a Ernesto le asombra cuánto tiene de Mariana, su Mariana sin la ventajas de su protección, de su amor y de toda su prosperidad.

Cuánto de vulgar y desdeñable en el cansancio de esta muchacha y, sin embargo, por qué Ernesto siente, a la vez, una amarga ternura. Un riesgo en la vida de Mariana eliminando en el preciso instante de juraste hasta que la muerte nos separe. Entonces él todo se lo ofrece, porque una mujer así se merece lo mejor del mundo. ¿Qué se merece este calco borroneado de Mariana? ¿Acaso puede acercarse a ella y tenderle la mano? ¿Sacarla de esta dimensión como si la arrancara de una viñeta? Y recuperar a la Mariana de cuando todavía todo era una posibilidad. Hundir la cara en su axila tibia y jurarle te voy a hacer feliz. Mariana, te voy a dar todo lo que te mereces, tendrás lo que se te antoje, pero, por favor, no cambies la mirada, no estés más tan lejana…

Cruzaré una calle, piensa Ernesto,, mientras la muchacha escoge unas naranjas. Le daré la espalda y no miraré más a este remedo triste de Mariana. Es cuestión de sólo cinco o seis cuadras y ya estará caminando las calles arboladas de su barrio, llegando a su casa, sintiendo el crujir del cascajo bajo los pies y luego lo mullido de la alfombra. Mariana le mostrará con suficiencia su nuevo Márquez y le dirá que un shantung albaricoque le cae a pelo a la chaisse longue. Y Ernesto le dirá, envuelto en la bata de felpa y con el vaso en la mano, y en los hielos tintineando, tienes un doble. Mariana, aquí cerca, al otro lado del parque. Y ella lo mirará desde el rabillo del ojo. Y quién en ese barrio puede parecerse a mí, por favor, Ernesto… Una muchacha en alpargatas, cargada de bolsas, cuyo hombro húmedo Ernesto desea tocar ahora, para rescatarla de la viñeta y recuperar una mirada. Pero Mariana lo mira desde muy adentro de la historieta en la que está atrapado. Lo mira con reproche y le está diciendo, “Ay, Ernesto, qué haces ahí parado, ayúdame con estas bolsas, se me acabó el gas, caramba, cuándo me comprarás el balón de repuesto… ¡Carga, pues hombre! No puedo con tanto peso… ¡Ah! Te advierto: no hay ni una gota de agua.



Nacida en Lima, 1959. Actualmente gerencia la oficina de desarrollo de Télmex. Ha sido autora de libro de cuentos “La mujer alada” (Peisa, 1994).
Fue incluida en la coedición latinoamericana que seleccionó a las 17 narradoras latinoamericanas. Asimismo, fue incluida en la Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, obra seleccionada por Julio Ortega.
El crítico Roland Forgues hace un excelente análisis de su libro de cuentos en la "Mujer, creación y problemas de identidad en América Latina".
Los cuentos de Viviana Mellet han sido traducidos a varios idiomas.
El siguiente cuento, que aparece a continuación, fue finalista en el concurso "Premio Literario Asociación Peruano Japonesa" 1992

28 agosto, 2010

Clarice Lispector


"Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona? [...] qué hacer sino meditar para caer en aquel vacío pleno que sólo se alcanza con la meditación. Meditar no tiene que dar resultados: la meditación puede verse como fin de sí misma. Medito sin palabras y sobre la nada. Lo que me confunde la vida es escribir [...] el vacío tiene el valor de lo pleno y se asemeja a ello. Un medio de obtener es no buscar, un medio de tener es no pedir y sólo creer que el silencio que forjo en mí es respuesta a mi..., a mi misterio [...] Quiero aceptar mi libertad sin pensar en lo que muchos creen: que existir es cosa de locos, un caso de demencia. Porque lo parece. Existir no es lógico [...] Los hechos son sonoros, pero entre los hechos hay un susurro. Y ese susurro es lo que me impresiona [...] Que la vida es así: se pulsa un botón y la vida se enciende. Sólo que ella no sabía cuál era el botón que había que pulsar [...] "


de La Hora de la estrella

14 agosto, 2010

Mylene Fernández Pintado (La Habana,1963)

Otras plegarias atendidas (fragmento)

Halloweeners Hunter es mi tío. Y además de cazar halloweeners le gustaría ser el depredador de muchas otras cosas, de tantas que sería como un terminator en esta ciudad en la que se construye tan rápido como si todo fuera sólo un boceto en espera de algo más serio y perdurable, sitio maldito y no escogido que concentra, en dosis descomunales, como todo aquí, la estupidez humana, inagotable como el poder del dios en que no cree.
Los comerciales no logran hacerlo consumir y lo pillan desprevenido delante del televisor sólo cuando juegan los comemierdas de los Marlins, ejército de improvisados que sólo lo hacen bien hasta que los fichan y después se dedican a anunciar los Lincoln Mercury y demás cacharros impuestos por su vanidad y conveniencia y lo dejan a uno siempre con las ganas de disfrutar un buen juego de pelota como los de antes.
Porque eso sí lo tiene muy claro, Miami no es la Cubita linda de los cincuenta, sino algo que no debía siquiera intentar parecérsele. Le molesta esta ciudad que no se ocupa de ser ella misma, sino viajar hacia atrás con todas sus fuerzas y toda la tecnología y perentoriedad del futuro. No le perdona que no sea Cuba y en este juicio final la calle ocho y el Bacardí llevan todas las de perder.
Se niega a comer comida de los supermercados, le molesta la asepsia de tanto veneno lleno de edulcorantes y químicas, celofanes y plásticos. Viaja a Homstead a ver a un viejo y recalcitrante agricultor, con el que se ha inventado un delicioso y envidiable pasado común y se queja del asqueroso e insípido presente. Además de pasar largas horas evocando el paraíso perdido con lujo de detalles, algunos de los cuales se les ocurren en ese mismo momento y de enumerar de manera minuciosa e implacable los defectos, fariseísmos e insuficiencias de Miami, mi tío le compra provisiones, con la enorme satisfacción de quien le saca la lengua a tanto Publix, Eckerd y Seven Eleven, de quien da la espalda a tantos anaqueles repletos, en los que la variedad y organización lo dejan desorientado como a un campesino las callecitas que rodean el centro de una ciudad. Le compra pollos que comen mierda y cucarachas y puercos criados en el fango del patio, viandas cosechadas como en los tiempos del barbecho trienal y le compra maíz, que luego muele sentado al sol, ese con el que uno no termina nunca de hacer confianza, para hacer tamales que nunca saben igual porque el maíz tiene un montón de defectos, sobre todo el imperdonable de no ser de allá. Orgulloso regresa con su carga y como un oso, acopia sus provisiones hasta el próximo viaje.
Todo lo que sucede en la televisión es mentira. No existen las personas ni los lugares, las noticias se fabrican para tenernos todo tiempo enganchados al dichoso aparato. Compre, use, pruebe. Modelos con estúpidas sonrisas de dentífricos colgando de sus labios de silicona, galanes maricones que se quieren tanto que no templarían por no despeinarse. Niños monstruosos que no fingen ser tontos porque lo son de verdad, ancianos prostituidos castañeando sus dentaduras a plazos, bajo ocasos que son una alusión directa a que les queda muy poco a ellos y a sus dientes de porcelana, se los cubre el Medicare porque de todas formas todos se van a morir antes de terminarlos de pagar. Todo está "made in". Nadie se monta en el Discovery, no se reúnen los inexistentes políticos, no nacen siete niños de un parto ni hay un gordo que para salir de su casa necesita que derrumben la pared de su habitación.
Esta ciudad es de tontos. Nos han escogido por eso. Mientras más idiota eres, mejor te sientes aquí. La comida la hacen en probetas, llena de conservantes y colorantes, refinados, nuevos, envueltos de manera chillona e infantil, tan limpia que da asco.
Los carros son de lata, todo en ellos es plástico y vuelven a rodar los Impalas y los Pontiac por la loma de San Lázaro, cómodos, seguros como caballos amistosos. Su Chevrolet de hace ocho años, del que no se deshace porque al final todo es la misma mierda, es frágil como un juguete del que no puedes abusar. Tan coloridos, tan lindos que te da pena empujar el acelerador con el pie porque lo estás maltratando. Por eso hay muchísimos. Fíjate en un expressway a las seis de la tarde. ¿Cuándo de algo bueno ha habido tanto? Y se ríe de que la matemática, siempre tan convincente en estos tiempos de precios, le haga la segunda. Y las casas. Cartón en las paredes, en las puertas, todo hecho de papel. Nunca una casa ha sido menos un refugio, una seguridad. Eso de las películas en las que los puñetazos atraviesan paredes y puertas no es truco de cine sino la ver- dad. Yo no soy una Barbie para estar entre tantos materiales falsos y oropel -concluye.
Halloweneers Hunter se ganó el apodo que ostenta con verdadero orgullo de indeseable y conflictivo en las primeras fiestas de Halloween que lo sorprendieron allí. Al regreso de su trabajo -en esa época oficiaba de contratista en una constructora a las órdenes de un par de arquitectos rubios, imbéciles y con gafas e intentaba hacer trabajar a un montón de comemierdas que se inventaban una buena vida en Cuba que nunca habían tenido, en lugar de doblar el lomo y atender a sus mandatos secos y descompuestos- empezó a ver calabazas que le hacían muecas en los jardines y que se quemaban por dentro como una brujería de mal gusto y poco auténtica. Según él, a los muertos hay que dejarlos en paz ya que tuvieron el acierto de irse para no fastidiarnos a los vivos, y respetar la suerte que gozan al no tenemos que sufrir a los demás. Un día de los padres le mandaron un folleto de promoción de bóvedas con fascinantes facilidades de pago y la caja gratis. En lugar de reírse del chiste de mal gusto o deprimirse por lo inoportuno de la propaganda, se encabronó, llamó a la compañía funeraria y se cagó en la madre de todos los hijos de puta que se creían vivos y como los mismos gusanos que rondaban los despojos de los enterrados necesitaban, "cual antropófagos, muertos para poder comer, como un holocausto solapado sin Reich". Se negó a pagar a plazos algo que no iba a poder disfrutar y mi tía de América, a sus espaldas como hace todo desde que se conocieron, hizo los arreglos con otra empresa que tuviera sobre todo buenos maquillistas, porque con eso de que la cara es el reflejo del alma a mi tía de América se le va la mano.
Mi tío, que sabe que no puede contar con ella para vengarse de lo que le molesta en la vida, que es casi todo, meó en todas las calabazas de su barrio y les propinó unos cuantos puntapiés ante el espanto, y la indignación de sus vecinos que lo acusaron de comunista, hereje y maricón. Llegó a la casa con sus improperios como quien porta un ramo de delicadas flores y le contó a mi tía de América su venganza y la falta de cojones que hay ahora y aquí. Mi tía de América, para aplacarlo, le hizo frijoles negros y lo engañó diciéndo1e que se 1os habían mandado desde Cuba, luego de hacer desaparecer oportunamente el sobre en que venían y la factura del mercado de la Pequeña Habana, de donde eran oriundos.
Cuando parecía que su ira se había aplacado y disfrutaba con un disco del Trío Matamoros, jactándose de que los había conocido e inventándose juergas en su compañía por todo el país, comenzaron a llegar niños, pequeños monstruos disfrazados de manera estrafalaria y terrorífica, hablando en inglés o en un español humillado. Mi tío les recordó a los primeros una buena dosis de obscenidades en el más puro cubano, con lo que salían espantados y finalmente descolgó una escopeta de perdigones como la de Elmer, el cazador gruñón de la Warner, y amenazó con dispararle a todos los halloweeners que fueran a su casa vestidos de mamarrachos a interrumpirle su ceremonia de degustación de frijoles negros de Cuba.
Así obtuvo su apodo, el odio de los vecinos y la tranquilidad de que nadie le hablaría en el barrio. Mi tía de América, a la que le encantan las relaciones sociales, logró salvar la situación repartiendo postres por todo el vecindario -convenientemente aderezados con la almibarada información de que su título de repostera se lo habían dado unos maestros pasteleros franceses, "porque aquí nos hemos visto obligados a juntamos con mucha gente de cualquier tipo, pero es bueno que todos sepan que uno no es un improvisado de última hora y sin clase"- y fomentando la leyenda de la dama encantadora que vive con un ogro incontrolable, con lo que los vecinos la adoran y ella por contraste con mi tío resulta aún más cautivadora.
Halloweeners Hunter tiene un taburete de campesino para sentarse y cuando mi tía de América enciende el televisor para ver los anuncios con un ojo mientras posa el otro en las revistas de ofertas de Sears y JC Penney, él se pone a leer a Samuel Feijóo o el Quijote, en una edición amarilla y manoseada que le regaló un viejo amigo republicano español. Nunca entra a los malls porque lo aturden los niños y la gente gorda mascando porquerías, le fatiga caminar tanto bajo techo para ver cosas que para él son todas igualmente espantosas y carísimas. Se queda sentado en el carro y lee periódicos que, luego de preguntarle a mi tía cuanto gastó y qué mierda encuentra de bueno en esos sitios, critica con la energía y la verborrea que le achacamos al abogado del diablo. Mi tía de América casi siempre va de compras sola o con sus amigas, le esconde los precios de las cosas, rompe las etiquetas y se inventa rebajas descomunales e inexistentes que él hace como que cree porque, detrás de las mentiras de ella, reconoce el deseo de darle la razón. Además, el Halloweeners Hunter, que es un franciscano para sus cosas, nunca le ha negado a mi tía de América un dólar para sus boberías infelices a pesar de que nunca le ha dicho un piropo porque en este mundo de disparates y espantajos, ni siquiera mi tía de América merece su aprobación. Mi tía de América se viste con la tranqui1idad de que va a ser invariablemente desaprobada por su mirada socarrona y honesta.
Le gusta ir por la ciudad con ese look de viejo loco y excéntrico protestando por todo, por la ciudad veleidosa y con poco seso, por los que se creen que se dan la gran vida y lo que hacen es trabajar como esclavos para con ese dinero vivir en casas de cartulina, rodar carros de papel de aluminio y comerse la tabla de Mendeleiev disfrazada de delicatessen. Lo único que les queda es hablar mierda todo el santo día y por supuesto escuchar la que hablan los demás.
Es de izquierda en las fiestas en las que detecta fundamentalistas de derecha, ateo en los bautizos, poligámico en las bodas y terrorista en las reuniones de conciliadores, radical frente a los moderados y anticomunista ante los que le cuentan que algo bueno se ha hecho después del 59. A la larga, no es nada que no sea un provocador encantado de llevarle la contraria a todo el mundo y con un deseo adolescente de ser popular aunque sea de manera negativa.
- No hay parques para que los niños se suban a los árboles- evalúa pasando por Coral Cables, que le parece horrible y pretenciosa en su intento de que nos engañemos evocando Miramar o Siboney- porque si un niño se cae... el Halloweeners Hunter está encantado de que yo esté aquí. Dice que siempre fui su sobrina preferida y tengo buena cabeza, virtud que no le concede a casi nadie y no me dice que me quede de este lado como nunca ha hecho con nadie porque la gente tiene que decidir esas cosas a solas y sin que otros le programen la vida. Pero lo que más contento lo pone es poder soltarme su andanada de recriminaciones ácidas y disfrazarla con el hecho de que me está explicando cosas de la ciudad y la vida aquí. Es gruñón y tiene un corazón de oro, bien cubierto por una coraza de buenos materiales duraderos como los que no se encuentran en este lugar en estos días... si un niño se cae... mientras vamos por Ponce de León y se burla de las banderitas de esta avenida nada solidaria con el resto de América, mis tíos pasaron su luna de miel en Miami Beach y luego estuvieron en México y eso le da cuerda para hablar de toda la América hispana y terminar diciendo que los cubanos no nos parecemos a nadie porque somos una mezcla engendrada por los españoles en un sitio sin indígenas, con los peores ingredientes de todas partes y como la genética es tan caprichosa, tanta mierda revuelta dio los mejores resultados del planeta y ahora estos, los americanos estúpidos se tienen que joder con nosotros que hemos venido a fastidiarles la vida... Si un niño se cae pues le ponen un sue al parque, entonces los niños juegan en las casas cuando sus papás siempre ocupados logran arrancarlos de la televisión llena de películas malsanas y perjudiciales que no les enseñan nada bueno, si bien en este mundo no hay nada bueno que enseñar, o de los videojuegos, que los preparan para ser unos perfectos imbéciles con miopía y mal de Parkinson de tanto andar dándole a los mandos de Mortal Combat y matando gente de mentiritas hasta que tengan la oportunidad de matarlos de verdad, y extrae de su amplia cultura informativa los asesinatos más recientes cometidos por niños y adolescentes, casi orgulloso de que la vida le de la razón.
Todo es de pilas, los juguetes son tan auténticos como las personas con pilas en la espalda, y los diferencia que estas sean R6, 12 o 14. Cada vez que a los neonazis de Disney se les ocurre hacer una película para forrarse el bolsillo con sus ejércitos de dibujantes coreanos y thailandeses, hacen todos los muñecos y a comprar dinosaurios que se comen unas hojitas con hilitos, Hércules con caras de maricones y Batmans con el cuello anudado por capas estáticas para que no alcen el vuelo mas allá de las cajas contadoras de Toys'R Us. Es una centrífuga aburrida y el Halloweeners Hunter que odia a los niños en particular, les tiene una profunda simpatía como sector en abstracto, víctima y heredero de tanta imbecilidad contemporánea. Todo está tan tediosamente organizado que los niños no cazan lagartijas ni crían palomas porque todo es por control remoto. Los niños de verdad son como Tom Sawyer, descalzos y con un ratón muerto amarrado a un cordelito como todo tesoro, según él.
Se burla de las bodas decimonónicas, con toda esa muselina en una ciudad tan húmeda, llena de pantanos y ciclones, de las despedidas de solteros, si todavía las hicieran cada uno con el sexo opuesto tendrían lógica. ¿Qué idiotez es esa de un montón de mujeres y hombres solos, calentándose la cabeza y otras cosas y verbalizando el sexo en vez de irse a templar y ya? Y las listas de bodas, esa modalidad tan elegante de la mendicidad. Y los babyshowers que se convierten en una especie de junta de accionistas mezclado con el diezmo de la iglesia, en vez de una fiesta por el nacimiento de un comemierda más -que todos son iguales cuando nacen porque cuando no parecen ratones tienen la mismísima cara de Winston Churchill.
Halloweeners Hunter está en desacuerdo con todo, es muy creativo para buscar defectos al mundo contemporáneo y los encuentra a una velocidad supersónica. Halloweeners Hunter reniega de todo y una de las cosas que más le gustaría es encontrar a alguien con quien poder conspirar, por eso le encantan los Simpsons. La otra es enfrentarse con un rival a su altura. Mi tía de América lo es.
Mi tía de América era maestra en una escuela primaria. Atildada, dulce y severa. Bonita y siempre bien compuesta, le encantaban las pequeñas diferencias del capitalismo, sobre todo las que eran a su favor. Todos somos diferentes, qué sentido tiene inventarse lo contrario, decía mientras ejercía su caridad con los niños pobres del barrio y daba piadosas e indiferentes limosnas en las misas del domingo. Su familia era de funcionarios públicos y comerciantes con más o menos suerte, decentes y correctos ciudadanos, pero en el fondo soñaba con un iconoclasta, alguien que le llevara la contraria a su vida organizada de meriendas en el Tencent de 23 y 12.
En cuanto vio a mi tío se quedó prendada. Un Popeye perfecto, un Superman para las delgadas Olivia y Louise Lane, un bruto fortachón sin remilgos ni boberías, un hombro fuerte para fingir que se recostaba en él y usar los ladrillos de que estaba compuesto. Un rompeolas sin sinuosidades engañosas, cínico y muy puro. Mi tía de América fue serpenteante como la Carretera Central en la que él le dejó coger el volante de su auto por primera vez y en la que ella, luego de hacerse de rogar sólo un poquito, porque eso de hacerse la difícil no daría frutos, se dejó meter mano y quedó encantada con el resultado.
Una tarde de domingo lo invitó a su casa y mi tío, luego de aclararle que con conocerla y gustarle a ella le era más que suficiente y que su familia le importaba un carajo, se dejó conducir como en muchos otros itinerarios posteriores, urdidos más que trazados por ella.
Mi tía de América también está encantada con mi presencia. Entre otras razones, porque voy a servirle de mensajera de un montón de cosas materiales y espirituales que la nostalgia y las rebajas han acumulado en su cabeza y en los armarios. Cuando extendió su tienda en esta tierra de Okechobee y Opalocka, lo hizo con verdadero espíritu de conquista y permanencia, a diferencia de los que estaban rentando un pequeño espacio por corto tiempo "hasta que las cosas se arreglaran allá".
Se fue feliz de mudarse desde la filial de Woolworths, General Electric y RCA a la casa matriz y tenerlo todo de primera mano. Feliz de vivir en un sitio escalera lleno de peldaños en los que cada uno ocupa su escalón y tiene a alguien debajo y otro encima, buscando las pequeñas diferencias, huyendo espantada del lugar que amenazaba desde panegíricos, vallas y susurros, que estas se acababan de manera definitiva y de que la vida se volviera una gran explanada en la que una fila interminable la colocara siempre al lado de otros.
A mi tía de América le molesta la leyenda autocomplaciente y consoladora de los del otro lado, que dicen que la gente en Miami se retrata al lado de carros prestados y casas de las que sólo conocen las fachadas, refrigeradores ajenos con comida que no prueban y a las puertas nunca traspasadas de sitios deliciosos para alardear de una vida que no tienen, como la jactancia de los arrojados a un rincón. Mi tía de América conduce un Chrysler del año pasado, color verde transitivo de principios de otoño en Europa, que tiene dentro un equipo de CD donde suenan Di Blasio y Andrea Bocelli y en el asiento trasero un jersey de punto, botones pequeños color arena después de la lluvia en San Remo. Antes tuvo otros, siempre de ella junto a los que se hizo fotos en Key West, Palm Springs y Boca Ratón para enviar a los pasajeros de Leylands, Girón Ikarus y Camellos en La Habana.
Le encanta que le duela la envidia de los que no van de vacaciones a Venezuela ni pasan los domingos en Fort Lauderdale y escribe con un fervor sospechoso a sus amigas, envejecidas por la falta de aire acondicionado y de cremas. Las mismas que un día disfrazaron su envidia ante el matrimonio con Halloweeners Hunter de consejos escandalizados "por su bien". Mi tía de América siempre ha hecho el bien a su propia persona y por eso está aquí, miamense, feliz y sin fardos pasados de moda.



MYLENE FERNÁNDEZ PINTADO Licenciada en Derecho por la Universidad de La Habana. Narradora. Se desempeñó como asesora legal y consultora literaria en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Fue Mención del Premio de Cuento La Gaceta de Cuba y otros concursos internacionales. En 1998 obtuvo el Premio David de la Union de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por su libro Anhedonia. En el 2002 su novela Otras plegarias atendidas, obtuvo el Premio Italo Calvino y en el 2003, el Premio de la Crítica, siendo publicada también por la editorial Marco Tropea en Italia. Relatos suyos forman parte de antologías en Cuba y el extranjero y han sido traducidos al inglés, francés, italiano y alemán, entre otros. Actualmente reside entre La Habana y Lugano, Suiza italiana.

01 agosto, 2010

Margo Glantz (México)

Una alfombra mágica
¿Qué me impulsa a viajar perpetuamente, o qué preguntas formulo cuando me desplazo por el «mundo»? ¿Qué mundos son los que me atraen? En mi primer viaje largo a Europa, entre 1953 y 1958, período en el que visité muchos países europeos y del Medio Oriente, mi visión de México era confusa, ordinaria y cotidiana. Y sólo empecé a conocer a mi país en los libros de los viajeros franceses que durante el siglo XIX habían venido a visitarlo y se habían sentido obligados a dejar por escrito sus impresiones de viaje en libros que yo consultaba ávidamente en la Biblioteca Nacional de París con el objeto de conformar mi tesis de doctorado —cuyo tema era justamente la visión francesa sobre México de 1847 a 1867, es decir, el período comprendido entre dos intervenciones extranjeras: la norteamericana que nos privó de la mitad del territorio nacional y la francesa que nos quiso convertir en imperio. Y a pesar de los prejuicios obvios de los viajeros, de su mirada exótica y deformante, de su sentimiento de superioridad frente a los «pueblos primitivos», su mirada era una mirada deslumbrada, una mirada que me permitió reconocer mi propio paisaje, incluso —y no exagero— darme cuenta de la existencia de los volcanes que rodean el Valle de México, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, volcanes que veía diariamente sin verlos antes de irme y que al regresar aparecían en todo su esplendor ante mis ojos también deslumbrados, en esa época gloriosa en que nuestra ciudad tenía la luz más transparente del aire.

1. En el aire

Después de haber permanecido casi dos siglos en el olvido, cualquier obra del escritor polaco Jan Potocki es hoy recibida con gran veneración; su gran popularidad proviene del redescubrimiento de su obra magna, Manuscrito encontrado en Zaragoza. Publicada en una versión fragmentada por Roger Caillois en la década de los cincuenta y reeditada en una versión mucho más extensa (quizá completa) a finales del siglo XX, ocupa con toda legitimidad uno de los sitios literarios fundamentales de la literatura de finales de la Ilustración y principios del Romanticismo.
Potocki hizo un recorrido por «el imperio marroquí» en 1791 y escribió un diario de viaje en francés, lengua que le sirvió también para redactar su extraordinaria novela, la única que pudiera compararse con Las mil y una noches. El aristócrata polaco fue un gran viajero, recorrió varias regiones del mundo europeo, pero también los países donde se practicaba la religión musulmana. Marruecos le interesó por varias razones, sobre todo porque era un viajero impenitente y recopilaba material para su Manuscrito, proyecto obsesivo que una vez terminado no le dejó más alternativa que el suicidio, operación planeada con tanto cuidado como el libro mismo.
El viaje a Marruecos, confiesa, entraña para él la posibilidad de encontrar «un cambio de paisaje, de cielo y de naturaleza, el proyecto de escuchar el silencio de los desiertos, el borde agitado del mar, y consignar un pensamiento en medio de esos monumentos de antiguos ensueños». También el de observar otros países y costumbres con ojos inteligentes y desprejuiciados.
Éste es el libro que leo en el avión, en este nuevo viaje en que pasaré los próximos meses enseñando en Barcelona. En el avión, pues, viajo acompañada de Potocki, paso las largas horas de vuelo recorriendo los desiertos, los oasis, conociendo a los altos funcionarios del imperio, antes de que entraran allí los franceses; Jan Nepomucen Potocki, espontáneo y cuidadoso, erudito y ligero, suntuoso y bonachón, observador y generoso viajero, desplazándose por esos parajes a lomo de camello, no sólo cargado con enormes valijas para garantizar su comodidad, sino repleto de conocimientos sobre el país que visita, siempre acompañado por un intérprete judío, mal visto por los musulmanes, pero que de algún modo recuerda la antigua convivencia, la que alguna vez en España permitió la coexistencia de tres culturas muy distintas, dato que el escritor polaco añora y recrea en su novela, la cual carecería de esa intensidad o de ese misterio extraordinarios que sólo cobran sentido porque en el relato se combina una curiosa amalgama: la de tres culturas y religiones, la cristiana, la judía y la árabe, conviviendo en casi perfecta armonía.
En el avión entrevero a Potocki con las noticias; al abordar nos ofrecen prensa de varios países; reviso el Financial Times, me detengo en un reportaje literario que reseña cuatro nuevos nombres de escritores italianos surgidos hace tiempo pero visibles sobre todo en un momento en que Berlusconi reanudaba sus prácticas fascistas, prácticas denunciadas siempre y, en el diario que leo, por el vicepresidente del Consejo Nacional de la Magistratura, Carlo Fucci, quien a la vez promueve la huelga de jueces y médicos contra el gobernante-empresario...
En 1787, dos años antes de la Revolución Francesa, Madame de Stäel escribía esta carta a Potocki:

¡Qué locura, la de perseguir los acontecimientos en todo el mundo! Si hubiese una revolución en China, sería necesario ir a buscarla. En esta tierra, vos jugáis el papel de espectador, ir de teatro en teatro sin ligarse nunca al lugar de la escena. Detesto esa manera y os advierto que, si no me prometéis este invierno pasar vuestra vida en Francia, os cerraré mis puertas. Soportaréis los días de vuestra vejez como premio por haber visto los de nuestra juventud.


2. Orfeo y Eurídice

La semana pasada estuve en Berlín; de allí volé a Cracovia, bella ciudad intacta, no como Varsovia, casi destruida por los nazis. Una nota entusiasta y reciente, publicada en una revista de modas francesa, anuncia: «¡Cracovia se localiza en Polonia y desde el 1 de mayo es ya europea!». Curiosa acotación, si cabe el eufemismo...
Esta «nueva» ciudad de «la Unión Europea» (el 15 de junio de 2004, tibias elecciones) llena de contrastes tiene un bosque de árboles altos, verdes, alrededor de la ciudad antigua, el Planty. Entro a una iglesia solitaria (una en cada esquina); al fondo, como estatua, una monja dominica: traje perfecto, negro y blanco, almidonado. Desemboco en la gran Plaza del Mercado (Rynek Glówny), entro a la basílica de Santa María (Mariacky), construida entre 1287 y 1320, restaurada en el siglo XIX, con el más grande altar gótico de Europa, abierto de par en par; la Virgen María dormida y escenas de su vida, alrededor famosos vitrales, frescos de Jan Matejko, cuyo museo está cerca. La iglesia, repleta; se ruega a los turistas no entrar durante los servicios. Finjo una gran devoción, me coloco cerca de la puerta y una señora mayor me ofrece un asiento a su lado y me obliga a asistir a todo el servicio; oficio muy solemne con coros y órgano, varios curas, oraciones en latín, todavía (se agradece); muchos hombres, mujeres, viejos, niños, se persignan, se hincan, toman agua bendita. Visito también Kazimiercz, el barrio judío, casi intacto con su cementerio y sinagogas en pie, pero depredadas.
Estoy agotada, ha sido un día larguísimo, he caminado, visto museos, recorrido iglesias, y en la noche voy a la ópera: representan Orfeo y Eurídice de Glück. Mañana iré a la ciudad de Oświęcim, más conocida como Auschwitz. En el hotel (tres estrellas), mientras desayuno, oigo que alguien me llama, me vuelvo y frente a mí están varios amigos, dos mexicanos, dos españoles. Han venido desde París en su Mercedes blanco. Visitan, como yo, Cracovia; visitarán, como yo, Auschwitz. En la noche cenaremos juntos en el barrio judío, muy turístico, con una vieja sinagoga destartalada aún en pie, restoranes con comida típica, muy semejante a la polaca, el wortsch, los blintzes, el trigo sarraceno, los ravioles judíos, que son casi indistinguibles de los de la región, incluyendo Rusia, o de los que alguna vez probé en Viena.
El teatro es pequeño, blanco —columnas jónicas—, muy adecuado para oír a Glück. La puesta en escena es extraordinaria: un bosque de columnas reduplica las de la entrada; los novios vestidos como personajes de la década de los veinte en el siglo XX; los invitados —miembros del coro— con trajes modernos de colores y coronados con guirnaldas. La escena de felicidad se trueca de repente en infelicidad: la muerte de la amada. Orfeo se lamenta, los invitados se transforman en dolientes, vestidos de traje oscuro. Una contralto entona el treno: es Orfeo, vestida con pantalones, chaqueta y corbata blanca, el pelo muy corto, los senos prominentes; a instancias del Amor, una soprano travestida de gitana, Orfeo descenderá a los infiernos en busca de su amada; en su camino encontrará a las almas en pena, caminará en la oscuridad, donde tropezará con varias coristas vestidas como novias y veladas; al desenmascararlas, ninguna es Eurídice: Orfeo se derrumba. De pronto, su amada reaparece, se inicia el combate, la imposible mirada, la mirada adversa. Como en el mito, Eurídice reclama, Orfeo soporta, pero, incapaz de aceptar por mucho tiempo los reproches de su amada y el inmenso deseo que le provoca verla, se da la vuelta y la contempla; en ese mismo instante ella se desploma: la muerte vuelve a golpear. Orfeo canta enternecido, saca un puñal e intenta suicidarse. Amor interviene y resucita a Eurídice. Glück no toleraba —ni su público— los finales infaustos. Amor inicia la fiesta, arroja cartas marcadas, una de ellas me cae en la cabeza; no soy supersticiosa, la guardo y salgo de la sala, angustiada.

3. Estaciones, fortificaciones, campos de concentración

No sé mucho de la vida de Winfried Georg Sebald, pero he leído y releído sus libros. Nació en Alemania, en 1944, dato que a menudo se repite en sus textos, en boca del narrador que parece y no parece ser el propio Sebald. Ganó varios premios con sus libros anteriores (Vértigo, Los emigrados, Los anillos de Saturno). Murió de repente, de un infarto, manejando por uno de esos caminos de Inglaterra que tanto amaba recorrer, cuando empezaba a ser conocido y aclamado internacionalmente, como si le diera miedo la fama, porque me imagino que era tan tímido e inseguro y a la vez tan intenso como sus personajes, personajes oscuros y entrañables, tímidos y obsesivos, dedicados a oficios que no sirven para nada, ¿por ejemplo?: Edward Fitzgerald, un noble inglés del siglo XIX que pasa toda su vida recluido aprendiendo lenguas extrañas, entre ellas el persa, para dejar como único producto «útil» de su empeño la traducción de los Rubaiyat de Omar Khayyam.
La estructura de cada una de las novelas de Sebald es distinta, pero en todas se repite un dato: el personaje que narra recorre muchas veces a pie, pero también en tren, avión o coche, vastas regiones de Europa y de Inglaterra y (en sueños, quizá) del mundo. Por una razón u otra, no todas muy explícitas, siempre es él quien introduce a sus personajes, ya sea individuos comunes o corrientes que encuentra a su paso, o destacadas figuras de otros tiempos (Stendhal, Conrad, Kafka, Brown, Borges, Flaubert, Rembrandt, algunos pintores holandeses), que pueblan sus lecturas y su escritura, aunque también sucesos históricos que recobran vida cuando el narrador los convoca, sucesos muchas veces relacionados con catástrofes provocadas por la expansión imperial de algunos países europeos: Inglaterra, Bélgica, Rusia, Alemania y el nazismo, o por catástrofes naturales, como los huracanes que devastaron el campo inglés o el francés en la última década del siglo XX.
En sus páginas vemos reaparecer paisajes, puertos, prósperas ciudades o mansiones que han dejado de existir o ya están totalmente en ruinas. También, y de manera compulsiva, las grandes estaciones de ferrocarril (la impresionante estación de Bruselas, construida como un monumento a la expansión colonial de Bélgica, que produjo millones de muertos en el Congo), o las insignificantes estaciones ferroviarias o camioneras en donde se embarca o desembarca el narrador-protagonista para emprender o terminar sus interminables transcursos, quizá como un preámbulo a su escritura.
De las estaciones, Sebald se traslada a las fortificaciones construidas específicamente para defenderse de las invasiones o de las catástrofes: construcciones, a fin de cuentas, inútiles: ninguna ha cumplido su cometido, como flagrantemente nos lo recuerda la famosa carta que Choderlos de Laclos dirigió a la Academia Francesa sobre el Mariscal de Vauban, célebre arquitecto, constructor de fortificaciones invencibles destruidas al día siguiente de declarada la guerra, como lo sería dos siglos más tarde la orgullosa línea Maginot. Sí: para Sebald, como antes lo fueran para Laclos, las fortificaciones son edificios quizá maravillosos como obras de ingeniería que nunca cumplen su cometido, que es defender contra sus enemigos a los países que los construyen. ¿Semejantes, aunque sin esplendor, a las alambradas que se han colocado en las fronteras para proteger al Primer Mundo de los embates del Tercero? ¿Las que separan a México de los Estados Unidos, o las que pretenden proteger el eurotúnel de los múltiples refugiados que intentan penetrar al Reino Unido para obtener una visa, o la vigilancia policíaca que «protege» a Austria de las invasiones de aquellos que alguna vez fueran ciudadanos del vasto imperio austro-húngaro?
Los zoológicos y los campos de concentración son otros de los sitios favoritos de Sebald. Austerlitz cuenta la historia de un niño judío quien a los 6 años de edad es enviado a Inglaterra desde Praga para ser adoptado por una pareja formada por un ministro protestante y su esposa, sin que nadie, nunca, le explique su procedencia y el sentido de su viaje, emprendido cuando los nazis invaden Checoslovaquia y empiezan a deportar a los judíos hacia los campos de concentración. La fortuita visita a una estación inglesa a punto de ser destruida le provoca a Austerlitz un violento recuerdo que lo impulsa a reconstruir su historia y volver a sus raíces, al mismo tiempo la Praga lujosa e imperial de su infancia y el desolado panorama de un gueto-campo de concentración: Terezín, donde su madre permaneció antes de ser enviada y aniquilada en Auschwitz.

4. Oświęcim

De la estación central de Cracovia salen los autobuses y los trenes para Auschwitz (Oświęcim en polaco). A las afueras del campo, una fábrica de ladrillos y un anuncio que me sobresalta: Muzeum Auschwitz. En el estacionamiento, grandes autobuses de turismo con grupos de todas las nacionalidades: alemanes, polacos, norteamericanos, japoneses, franceses, italianos, jóvenes scouts de todos los países. Al entrar al campo, el conocido letrero Arbeit macht Frei: el trabajo libera. En una pequeña plaza, junto a la cocina, la orquesta del campo tocaba para agilizar las entradas y las salidas de los prisioneros.
«Cada holocausto», se lee en una de las salas, debajo del retrato de Jean Améry (Hans Mayer), «empieza con la violación de los derechos humanos y termina en las cámaras de gas».
Recorro pasillos larguísimos con retratos de prisioneros sin cabellos, con ropas rayadas, ojos desmesurados. Una mujer rapada es idéntica a Kafka. No lejos, las letrinas, los lavaderos; dentro, las celdas de castigo, las horcas portátiles, los montones de cabello, los zapatos, los anteojos, las valijas, los cepillos de dientes, las dentaduras.
«Nosotros los muertos acusamos», dice un poeta anónimo en polaco.
En Birkenau (Brzezinka), lugar estratégico —uno de los más importantes centros ferroviarios de la región—, las alambradas, las vías del tren a donde llegaban los vagones cargados de deportados, seleccionados de inmediato, algunos para el trabajo, el resto —la inmensa mayoría— a las cámaras de gas e incinerados en los cuatro crematorios medio derruidos por los alemanes en su precipitada huida del campo cuando fue liberado; un paredón para las ejecuciones, un estanque de cenizas humanas y varios barracones con tres pisos de literas y colchones de paja.
En las ventanitas de las barracas, telarañas.
Un monumento para las víctimas, varias lápidas enormes en todos los idiomas de los condenados. Deposito un guijarro en la lápida que ostenta caracteres en hebreo, otro —los he tomado del crematorio más cercano— en la que se lee una oración en ladino. Me muero de hambre, llevo en el bolsillo una manzana. Soy incapaz de comérmela: ¿cómo atreverme en un campo de exterminio?
Escribe Kafka en 1922: «El viajero toma prestadas las rutas que, aun antes de empezar su recorrido, lo esperaban desde siempre. Puede afirmarse también en otro sentido que ese mismo viajero traza una ruta que, evidentemente, no hubiese existido si antes él no la hubiese recorrido» .
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