15 febrero, 2009

Eunice Shade(Guadalajara, 1980)


Tal vez 1600 Asas
Por Eunice Shade
A Maruca y Martín

La Avenida Universitaria, desde la Universidad Nacional de Ingeniería hasta la Universidad Centroamericana, es particularmente transitada. Prescinde de fuentes y jardines imposibles, tiene en común con avenidas extranjeras personas divagando con mochilas y libros decorativos. La agobiante circulación vehicular.

Grupos detrás de la Escuela de Danza rinden culto a Baco, el Dios más adorado. Taxistas llenando barrigas de grasa y plástico. Vendedores de sal y azúcar. Vendedores de vanidades en collares, chaquiras y talismanes falsos. Internet C$ 10 la hora. Fotocopias, ampliaciones, levantado de texto, fotos tamaño carné. El Parnaso con precios dolarizados. Una pregunta a Delfos son 30. Ella siempre quiso comprar una antología bilingüe de Rimbaud; para navidad tal vez.

En la puerta, un patético póster de Gabo en bikini: “vendo historia”. Todos compran pasado y revenden futuro. El resto es Radio Ya, seguida de mano de obra barata: capitalismo chino y sus bonitas camisetas de 25 pesos para ir al cine.

Opuestos, los tapices de la UCA. Graffitis, sino contestatarios, ocurrentes en sus mensajes de neón, dirigiéndonos hacia la estatua de un jesuita desconocido.

El tránsito escandaloso, gases tóxicos y Fiorella rumbo a El Parnaso.

Profesores cruzando la calle, portafolios negros deteniendo al sol. Sol y humo. Cenizas urbanas le enturbian la vista. Suspendida, escucha el mantel de murmullos que teje la ciudad. El celaje es velo en su rostro. El perfume de la avenida universitaria mezclado. Managua está en brumas. Actividad forzada para la función respiratoria y el pito de la 111 cuando la calle deja escapar sus lamentos. Aliento de multitud.

El trayecto produce el instante casual en que Martín encuentra a Fiorella.

-¿Te gusta Arthur? -pregunta él.

-¿A mí?

-Sí, a vos. ¿Te gusta Arthur?

Mira el libro rápidamente, lo cierra y devuelve al estante. Recuerda la noche del Amatl.

Sentado frente a la barra del Amatl Café, con los dedos rodeando la cerveza, más el semblante atristado, es blanco de la mirada de Fiorella Cassirer.

Martín, un poeta de ideologías resignadas. Sus textos, papeles vistiendo dudas. Saliva negriseca desfilando en la pasarela blanca. Su cerveza, profesora de ligeras construcciones, la mayoría, resucitadas por la hierba.

Levantó la cabeza y ordenó “otra más por favor”.

En cuestión de segundos el bar tender golpeó la mesa con la botella ¡Plaj! Unas gotitas salpicaron las manos de Martín.

-Gracias -dijo.

Un trago de centenario descansaba en la mesa estratégica de Fiorella. Le imaginó de tantas formas. Ambos en sus respectivas órbitas no escuchaban la música. Solos en el Amatl Café. El resto eran imágenes sin parlamento moviéndose de un lado a otro, saltando en la pista o simplemente estatuas en las mesas esperando la cerveza o el cigarro de turno.

Tomó una servilleta de la barra, sacó un lapicero. Una metáfora gastada, tal vez proveniente del Amatl.

Ásperas al lienzo del ojo

son las quimeras de tu mirada…

Su codo izquierdo apoyado en la barra y deteniendo la frente. Estiró la servilleta con la derecha, leyó insatisfecho y bruscamente la rompió.

La música a todo volumen. Sudor en la frente de Fiorella. Sudor flotante en el Amatl. Sus escudos se habían debilitado. Martín pagó dos cervezas y la noche había concluido.

-Pues no sé -encoge los hombros-. Lo he leído poco.

-Si continuás, te aseguro que no te vas a arrepentir:




“Puis tu te sentiras la joue égratignée…

Un petit baiser comme une folle araignée,

Te courra dans le cou…

Et tu me diras: “Cherche”! en inclinant la tête,

Et nous prendrons du temps à trouver cette bête

Qui voyage beaucoup¨ …




¡Maldito Rimbaud! Ahora una lección de francés. ¡Lo que faltaba!

Ella, irritada cambió la postura de su espalda y con las manos se peinó la melena hacia atrás.

-Me llamo Martín Mulligan, mi papá es norteamericano y se enamoró de una nica hace 33 años. ¿Tenés pena?

-…

Prefiere el anonimato, estancar la vista en una montaña de libros en oferta. Invento un nombre no invento un nombre un nombre no invento un nombre inven

-Fiorella, hija de madre soltera, nieta de abuela soltera emigrante de la Italia fascista.

Cuando el hielo se rompe, en cuestión de segundos se bajan las cabezas, se mira a los lados, se sonríe, hasta que nuevamente las caras enfocan el origen de la escena.

-Fiorella… -dijo-, casi como quien dice Fellini -agregó, mientras ella lo miraba confundida.

-Me voy -avisa con alivio Fiorella Cassirer-. Ya es tarde.

¿Tarde para qué? y antes de que Martín insistiera, ella, como pez, deslizó su cuerpo alejándolo de la librería.

La sensación de quién roza a quién, qué imagina él o quién la imagina a ella irrumpe las dos cabezas.

¿Quién es Fiorella?, se pregunta.

Sacó a Rimbaud del estante. Detiene su curiosidad en los imperceptibles puntos que unen el libro. -Es irreal, murmura.




II

Mitos humanos de Josefina Kiesler




Fotógrafa nicaragüense de origen alemán. Capta y extrae arte de la atmósfera social que trabaja. De acuerdo con Kiesler, Eugene Smith le ayudó a encontrar sensibilidad en el lente. Considerada por algunos “Arqueóloga de la Técnica Fotográfica”: Película 400 ASA trabajada a 1600, en su célebre Leica M3, casualmente el modelo preferido por H. Cartier Bresson.

Son memorables sus trabajos: “El Manicomio Nacional”, “Los Orfanatorios Clandestinos”, “La Muralla China de la Vieja Managua” y “El Fashion File de los Poetas Nicaragüenses de Fin de siglo”.

En esta ocasión presenta una colección de fotos carentes de espontaneidad. Sobresale la fabricación, re-creación y distorsión del sujeto-objeto. La exposición se titula “Mitos Humanos-Vol. I” y podrá ser apreciada hoy a las 8: 00 PM en Galería Añil.

Martín apachurró el periódico, acto seguido lo tiró a la basura mientras ella lo dejaba en la silla del comedor. Fiorella se dirigió a su cuarto. Encontró la edición 8-9 de Artefacto en su mesa de noche y se dispuso a releer ese poema que tanto le gustaba. “Y la transfusión de sangre de los museos”…

Martín optó por una taza de té verde en la sombra de su terraza. Ella leía en voz alta una y otra vez, tanto que el sonido de sus cuerdas vocales grababa con nostalgia la cerámica boliviana y las esculturas mexicanas que la acompañaban, al mismo tiempo que él recordaba una vieja Nikon F3 que no usaba desde la universidad. “Es una buena cámara”, aunque todavía no comprendía por qué los fotógrafos importantes preferían los modelos alemanes. Cuando terminó de leer, pensó en congelar poesía con un lente. “Nunca he tenido una cámara en mis manos… pero admiro las buenas fotos”, e improvisaba tomas en su cabeza.

Alejados en sus respectivas cuevas coincidieron: Asistirían a la exposición de Josefina Kiesler.

El día transcurrió corriente: algunas bombas en Madrid, juicios internacionales, secuestros, robos, asesinatos, Irak, Estados Unidos jodiendo forever. Aún así, lo único interesante para Martín, a parte de su reciente curiosidad fotográfica, es la India, sus viejas creencias, lasupuestamuertedelsánscrito y las aventuras de Rama.

Fiorella prefería los documentales de Leni Riefenstahl, en particular Triumph of the Will y Olympia.

Una foto del Ganges o del atardecer en el Himalaya. Los vedas: sus residuos historiando la nada. Tengo un viaje pendiente. Ella se dirigió al jardín. Alimentación hídrica de la naturaleza costumbrista . Tapó una parte del orificio de la manguera con el dedo gordo para arreciar el chorro y alcanzar distancia.

¡Já! ¡Como si no supiera quién es Rimbaud! Las plantas reverdecían de agua.

El combate entre Devas y Asuras. La derrota de Ravana. La humillación de Sita. Ajá. Fue humillada y todavía después del repudio y la duda terminó aceptándolo. No. Algunas mujeres han cambiado. No son las mismas de los poemas épicos.

Terminó con el jardín. Entró a la cocina y preparó café. Sentada en el comedor apretó power en el control remoto, dios dijo: “hágase la televisión y la televisión se hizo”. Un breve recorrido por los canales. Estaba harta de los reality shows. Prefirió su grabación (en DVD) en inglés: The wonderful, horrible life of Leni Riefenstahl by Ray Mueller. Una mujer en los años 30 había cambiado el cine para siempre; su técnica novedosa e inteligente es hoy usufructuada por miles en la industria fílmica. Fue vilmente boicoteada por su “estética nazi” ¿Y los Nubas? Ezra Pound Fascista y El Arte de la Poesía. ¡Y qué importa!, pensó Fiorella. El arte no es nazi o fascista. Independientes o hollywoodenses, son imitadores de Leni Riefenstahl.

Sin duda su parte preferida es el final:

“What do you mean by that? Where is my guilt? I can regret. I can regret that I made the party film, Triumph of the will in 1934. But I cannot regret that I lived in that time. No anti-semitic word has ever crossed my lips. I was never anti-semitic. I did not join the party. So where then is my guilt? You tell me. I have trown no atomic bombs. I have never betrayed anyone. What am I guilty of?”




III




La noche cíclope inauguró la vigilia. Martín y Fiorella estarían abstraídos en sus pensamientos. Dos personas serían dos universos.

Las calles de Añil empezaron a llenarse de carros, todos lustrosos y apretados. Desfiló raquítico el cuerpo letrado de Managua. La fotógrafa rubia estrechó manos periodistas, poéticas, pintoras, musicales. Algunos olían bien. Bañaditos y heladitos por el aire acondicionado. Según ellos los herederos de la nobleza criolla ¡Joder! Otros se encubrían de ropajes post-hippies-punk-rock- stars. Según ellos los herederos Joplin-Ginsberg-Cobain, etc. Tampoco faltaron los y las fans de Silvio Rodríguez, los dijes del Ché, las camisas de Víctor Jara… la cultura fetichista managüense.

Al evento asistieron los dueños de la razón, los actores y actrices de la indiferencia, los interesadísimos en las fotos, las últimas chocolitas de la pulpería, los genios, los payasos, las eminencias, los sospechosamente callados, los todólogos, los diferentes y los cualquier cosa.

-El problema con Josefina Kiesler es que no trabaja digital -dijo Tamara Montenegro en tono displicente. Famosa por sus documentales sobre indígenas. -En estos tiempos -prosigue moviendo la cabeza de un lado a otro- no podés obviar la tecnología, es inútil.

-Pero su trabajo tiene calidad -agregó la esteta Natalia Orange mientras sacaba un paquete de cigarrillos de su cartera-. Es un trabajo artesanal pero no significa que sea malo.

-Para mí tiene que probar una cámara digital, si es que puede, si no lo hace no es artista -insiste Tamara.

-¡Ya vas!, definitivamente vos no cambias -le replicó Natalia en tono resignado mientras abría la caja de cigarrillos. Ofreció a Tamara quien rechazó la propuesta. Metió nuevamente la mano en la cartera y sacó su encendedor. Se colocó un cigarrillo en la boca y raspó dos veces la ruedilla rugosa del chispero. “Tamara, Tamara, Tamara, hay que tener cuidado con vos”, pensó, luego que una tormenta de humo saliera de sus labios.

Martín estaba sofocado. El tiempo llegaría a su tope y pronto empezaría oficialmente la exposición. Apurado salió de su casa. Encendió un volkswagen rojo año 68. Prendió la radio y después de cinco minutos “al aire” se hastió de locutores babosos y sus fiestas “crazy weekend“. Cambió a los 99.9 FM. Billie Holiday, alivio al instante.

Fiorella eligió una sabrosa caminata de veinte minutos para llegar a Galería Añil.




♫ My blue horizon is turning gray

And my dreams are drifting away

Your eyes don’t shine like they used to shine

And the thrill is gone when your lips meet mine…

I’m affraid the masquerade is over♫




El escarabajo rojo llegó a la esquina donde está el estudio de Artes Visuales, giró a la derecha y se orilló a unos 100 metros. Se bajó y cerró la puerta, bip BIP sonó la alarma del carro. Caminó hacia el jardín de Añil y saludó al literato German Pomares Herrera, que estaba junto a la Fuente de Venus con el pintor Mariano Castillo.

-Pomares, ¡tanto tiempo! -exclamó Martín moderado en su alegría.

-Poeta Mulligan, ¡qué milagro! -expresó German exagerando la entonación.

Estrecharon sus manos y sonrieron cordialmente.

-Pensé que seguías estudiando en Francia. ¿Cuándo regresaste? -preguntó Pomares.

-Hace unos días, quiero descansar y dedicarme a completar el libro y… -¡Ah!, ¡qué mal educado! ¡Por Dios! Él es Mariano Castillo, hijastro de John Constable -interrumpió Pomares riéndose maliciosamente y viendo directo a los ojos de Martín. Luego volvió la mirada al pintor.

-¡Mariano querido! Él es otro poeta proscrito y anónimo -dijo en el mismo tono ridículo-. Su madrastra es parisina -agregó.

No tardó Martín en reconocer el estilo mordaz de Pomares. El mismo de la universidad, pero ahora, con saco y corbata, un dandi sátiro en sus comentarios, eventualmente certeros y por eso, más grotescos.

-Señores, me parece que la exposición va a empezar -avisó Mariano Castillo.

-Let it be! -dijo German señalando la entrada al interior de la galería.

Fiorella recién llegaba a Añil. Justó entró cuando Natalia Orange encendía el micrófono. La galería estaba considerablemente concurrida. Fiorella se arrimó a una de las esquinas y se quedó de pie observando a la esteta.

-Buenas noches tengan todos y todas. He escrito un estudio acerca de la fotografía de Josefina Kiesler, pero ahora sólo leeré una pequeña, pequeña e informal introducción acerca de las características habituales de su trabajo. Como saben, ella es la única fotógrafa en el país que continúa trabajando seriamente en blanco y negro, sobre todo al momento de hacer el revelado. -Hizo una pausa y sacó la pieza preliminar para empezar la lectura-. El cuarto oscuro le ha proporcionado un acabado sombrío-luminoso original en cada una de sus fotos. El fotógrafo Raoul Shade en su “Estética de la Fotografía” afirma que: “La fotografía blanco y negro (luz y sombra) posee una esencia representativa de la naturaleza… que no es realismo técnico sino realismo interpretativo… A diferencia de la fotografía a color, el blanco y negro no imita la realidad objetiva en su afán de precisión, sino que la desentraña, porque es secundario su papel de reproducción fidedigna… Todas las sombras no tienen el mismo rostro… La imagen fotográfica puede detener la breve luz entre eternas sombras”. Es precisamente ese desenmarañamiento de realidades, entre luces y sombras, el que Josefina Kiesler nos presenta esta noche, acompañado de otro torrente de atributos artísticos, una combinación de luz, de composición, de descomposición y contenido capaces de sensibilizar al corazón de una roca. Nos presenta una secuencia descarnada y concientizadora de nuestra humanidad. Hemos sido testigos de su notable trayectoria y estamos aquí nuevamente para felicitarla y apoyarla.

-Detuvo la lectura y tras otra pausa concluyó- … y como no deseo aburrirlos con tecnicismos sobre el tema, le cedo la palabra a Josefina Kiesler.

-Bueno, muchas gracias Natalia, y muchas gracias a todos ustedes por estar aquí. Creo que Natalia ha dicho lo que se tenía que decir, sin embargo, nunca está de más subrayar ciertas cosas. En esta presentación quiero destacar tres elementos: contrastes entre luces y sombras, la creación de espacios u objetos y en algunos casos la alteración técnica del contenido en la foto. Otra cosa que no me gustaría obviar es mi trabajo en el cuarto oscuro, arte casi perdido, y digo esto porque el cuarto oscuro me ha permitido experimentar a profundidad ese contraste de luces y sombras. Para mí la luz tiene dos momentos: el primero cuando la congelo con la cámara y el segundo cuando amplío o reduzco sus posibilidades en el laboratorio, es por eso, que es fundamental que ustedes conozcan mi modus operandi, porque les va a permitir comprender mejor mi trabajo. Les agradezco por haber venido y bueno, si no tienen preguntas… las fotos están ahí para que ustedes las aprecien. Muchas gracias.

Se escuchó el golpeteo masivo de las palmas. Nadie se atrevía a preguntar. Tamara Montenegro estuvo a punto, pero la mirada incisiva de Natalia la intimidó, así que prefirió reservarse el comentario. También un periodista farandulero llamado Nacho Oveja murió en el intento.

La agitación sonó en las bocas asistentes. Murmullos. También voces de sillas. Todos se acercaban a las fotos y suspendidos admiraban, criticaban o no decían nada. Algunos eligieron la mesa de vino, queso y jamón serrano. Ahí estaban los supuestos letrados del tercer mundo disfrutando delicados y finos bocadillos.

Fiorella se aproximó a la foto de una mujer con la mirada anclada en el Támesis. Una foto borrosa donde cada punto era un grano reventado, una imagen definidamente borrosa, tal vez tomada a 1600 Asas. Una escala de grises; el blanco movimiento del negro en cámara lenta endureciendo las arrugas grises. Aislada recorría cada punto, cada tramo de luz y oscuridad incrustado en la atmósfera que envolvía al cuerpo femenino.

Martín a su espalda. Ambos veían la foto, cada quien con sus lentes, cada quien con su cada quien. Aislada, para ella todo estaba detrás de un puente londinense.

-Sos vos…

Ella se volteó y le dijo que le gustaba ese tono fotográfico más que un poema de Rimbaud. Cómplices del momento sonrieron y tomaron su destino en copas y copas de tinto.

Se empezaron a formar grupillos en la galería. Afinidades o intereses los unían.

German saludó a la Kiesler.

-¡Preciosura! ¿Cómo está mi vedette favorita?

Josefina no muy convencida de aceptar el saludo, respondió defensiva.

-¿Cómo podría estar después de ser saludada por el payaso abominable del gremio?

Pomares complacido con la reacción y la boca empurrada para besar prosiguió.

-Amorcito, no es para que te alterés, vos sabés lo mucho que aprecio tu buena figura… los alemanes deben sentirse orgullosos de tus curvas tropicales.

Ya acostumbrada a la pesadez del literato optó por presentarle al periodista farandulero Nacho Oveja.

-Vení German, quiero presentarte a alguien con quien te vas a divertir. -Lo jaló de la mano y lo condujo a la puerta principal de Añil. Histriónico, Pomares simulaba ansiedad, actuaba grandilocuente y escuchaba la vocecilla de Josefina Kiesler.

-Trabaja en el Diario Nacional. Te conviene conocerlo, tal vez podrías enseñarle tu trabajo. Él podría publicarte. -German cerró los ojos y fingiendo suspiró de la emoción-. ¡Vamos, vamos que me muero por conocerlo!

-Él es German Pomares. -Nacho Oveja sonrió cortés. Levantó la copa de vino con su mano derecha y como todo periodista actualizado comentó el último libro de Pomares.

-La obsesión colonial de la vieja guardia me pareció una crítica fascinante a los poetas granadinos. Seguramente muchos están en contra de su planteamiento; en lo personal, creo que es desafiante.

German lo observaba pensativo mientras sonreía como guasón. Este señor se quedó con la solapa, pensó.

-Es que me parece magistral que rompa con el pasado, ya era hora que alguien les dijera sus cositas… Si usted me lo permite me gustaría publicar fragmentos de su libro en el periódico… esos son los textos que este país necesita -decía Oveja convencido.

Risas de hiena y muecas de Molière adentro de German.

-Usted se da un aire al primo de Beatriz Viterbo… -irrumpió Pomares.

-¿Beatriz Viterbo? Es un elogio para mí que encuentre similitudes entre tan alta pluma y este humilde redactor.

Nada sorprendido, el literato llamó a uno de los meseros de Añil. De la bandeja tomó la botella, le rellenó la copa de tinto a Nacho Oveja y en tono comprensivo, como el del papá que aconseja al niño, le susurró al oído: “El periodismo no es bueno, ni malo. Es incorregible”.

Un signo de interrogación apareció en medio de las cejas del periodista.

-Usted debería conocer a Martin Mulligan. Su trabajo podría interesarle más que el mío. -Doblemente sorprendido, Oveja se plegó a las sugerencias del escritor.

-Mire, él está por allá. -Señaló una de las esquinas de la galería-. Josefina, decile que venga.

Titubeante, el poeta Mulligan tomó la mano de Fiorella y acudió al llamado de la fotógrafa.

-Esa foto de esa mujer frente al Támesis… ¿Cómo obtengo una copia de esa foto?, -preguntó Martín.

-No sabía que realmente le interesara mi trabajo ¿Primera vez que lo ve?

-Sí… leí el anuncio de la exposición y vine. No pensé que encontraría una foto así.

-¿Así cómo? -frunció el ceño Josefina

-¡No, no, no! -objetó Pomares-. Si el poeta habla no se detendrá nunca, el propósito de invitarlo a este peculiar círculo de celebridades no es la fotografía de Josefina. Le decía a Don Nacho Oveja que tu trabajo es más interesante que el mío. Le gustará saber que Martín habla y escribe en francés. Ha traducido a Rimbaud, usted sabe que no cualquiera navega en esos barcos ebrios.

Nacho Oveja pensaba que Pomares era un genio, y como tal, su carácter era justificable. Josefina al contrario disgustaba de sus groserías y Martín ya conocía las actitudes “cómico perversas” del literato. Fiorella optó por ser todo oídos.

-Rimbaud representa mucho. Mi tesis doctoral será sobre él, pero ahora estoy tomando un descanso. La vida en Francia es muy intensa y requiere múltiples focos de atención. Creo que me desvié, por eso detuve mis estudios y estoy aquí. Es probable que viaje a Nueva Delhi en unas semanas, tal vez a Goa. Usaré una vieja cámara que tengo por ahí, a lo mejor saco algo interesante, aunque no soy fotógrafo como usted (señaló a la fotógrafa), pero creo que podría experimentarlo.

-Por supuesto, todo es que de verdad lo sienta en su corazón -añadió Josefina, mientras Pomares se disponía a dictar nuevamente el tema de conversación.

-¿Ovejita? -Nacho asintió con la cabeza-. ¡Perfecto! Deberías leer la literatura de Martín Mulligan. Goza de la excentricidad faltante en el resto de escritores nicas. El muchacho es muy disciplinado.

-No creo ser tan disciplinado… pero te agradezco que pensés así. Yo sólo soy un viajero. Regresé de paso a revitalizarme, me encontré con una cámara y quiero irme de nuevo… necesito, tal vez, entender a Rimbaud de otra forma, quiero encontrármelo en otro escenario. El objeto de mi estudio ya no está en los libros… al menos no por ahora.

Oveja dudaba de Martín. Pensaba que sin libros y su respectiva lectura no llegaría muy largo. Atrasar su tesis doctoral para encontrar a Rimbaud quién sabe donde… en los putales seguramente y en cantinas de mala muerte. ¡Qué Dios le ayude! Esta gente no entiende. ¡Cómo se le ocurre que el alma de un gran poeta va estar esperándolo en semejante centros de corrupción!

-Maravilloso Martín que te guste la fotografía, si te vas a la India y sacás buenas fotos, mandámelas, no me dejés intrigada sin saber de tu trabajo, le dijo Josefina.

-Pero…¿me harás llegar una copia de la foto de la mujer en el Támesis?

-Dejame hacerla y en cuanto la tenga te la envío.

-Genial, entonces mi visita no ha sido en balde.

Pomares que lucía aburrido notó la presencia de la extraña Fiorella que al parecer era muda.

-Muchachita de agua dulce, sería tan amable de decirme de dónde ha salido usted-. Fiorella algo apenada por el tono cantadito de Pomares centró los ojos en los de Martín pidiendo un rescate del demonio.

-Es amiga mía. Fiorella es lectora y le gustan las artes, pero antes de averiguar su biografía propongo que vayamos a otro lugar más tranquilo donde podamos conversar y pasarla bien -sugirió Martín.

-¡Excelente idea! -repuso Pomares-. Propongo El Panalushky, detrás de la Escuela de Danza, hay ambiente al aire libre, nunca existió la perestroika y… todo es permitido, -sonrió sensualón y viendo descaradamente los senos de Fiorella.

-Me apunto, voy a invitar a Natalia y a Mariano para que seamos un grupo interesante, -añadió Josefina.

Natalia Orange trajo consigo a Tamara Montenegro y se fueron en el carro de Mariano Castillo. Martín llevó a Fiorella y a Josefina le tocó soportar en el trayecto a Pomares y a Nacho Oveja.







IV




El Panalushky lucía particularmente desolado. Sonaba, qué casualidad, Billie Holiday en el aire y las mesas lucían ansiosas de aventura. Se parquearon, se bajaron ya con unas copitas de tinto en la sangre, echaron un vistazo y decidieron instalarse. Entre todos juntaron dos mesas y ordenaron una botella del whisky chileno de los hermanos Watson para cambiar el sabor del vino. Martín se sentó al lado de Fiorella y ella junto a Pomares y este junto a Josefina y Josefina junto a Tamara y esta junto a Natalia y Natalia junto a Mariano quien estaba próximo a Nacho Oveja que cerraba el círculo con Martín.

La conversación inició en el Paris tecnológico de hoy en día de Martín comparado con aquel bohemio y tradicional Paris de la adolescencia de Pomares.

Fiorella masculló dos tres preguntas referentes a la tradición poética francesa e hizo hincapié en Rimbaud, a lo que Martín y Pomares respondieron explayando sus teorías personales sobre la vida del poeta precoz.

-Era un homosexual frustrado, lo que necesitaba era una buena culeada, pero, ¿qué podía esperarse de un cursi como Verlaine?, -dijo Pomares para luego sorber un profundo trago de whisky.

-No me lo parece German, no creo que Verlaine fuera un cursi y segundo no creo que Rimbaud estuviera frustrado. Gay o no, Rimbaud estaba decepcionado, pero con el tiempo lo superó y entendió que había algo más allá de la poesía.

-Vos y el más allá, ya venís con esos cuentos cristianos de aparecidos y sensaciones espirituales elevadas. Rimbaud era un prosaico, un niño despierto sexualmente al que le encantaba que se le mamaran. -A lo que siguió una estruendosa carcajada de Pomares y una sonrisa resignada de Martín.

-¿Ves Fiorella?, con este hombre es imposible, -ella le asintió y vació la botella de whisky.

-¡Mesero! ¡Mesero! Otra botella del mismo por favor, y le voy a pedir que se esté pendiente para que cuando se acabe ésta, nos traiga la otra -ordenó Pomares.

Tamara cuestionó el modus operandi de Josefina. Natalia trató de persuadirla ante la mirada irritada de Josefina y guió la conversación hasta Ara Guler, Brassai y Koudelka, como paradigmas de la influencia de Josefina.

-Le voy a ser franca, me parece que usted es misoneísta-, dijo Tamara dirigiéndose a Josefina.

-¿Misoneísta?, ¿acaso se trata de una secta? No entiendo, pero le puedo asegurar que no me gustan las sectas, más bien todo lo contrario. Los fanáticos me dan alergia, -aclaró Josefina.




-A ver. Déjenme pensar. Lo que Tamara quiere decirte es que considera que sos algo anticuada porque no trabajás con artefactos digitales. Yo intenté explicarle pero ella está cerrada. No entiende la herencia de tu escuela, Brassai, Ara Guler, no comprende porque no los conoce, -agregó Natalia.

-¿Anticuada yo? Nunca nadie me había dicho eso, la verdad es que hoy me siento tan relajada y complacida con mi exposición que se lo voy a dejar pasar -dijo en tono indiferente Josefina y viendo a los ojos a Natalia, quien se apresuró a encender un cigarrillo y a comentar la reciente antología fotográfica que iniciaba con una impresionante imagen de Joseph Koudelka.

Por su parte, Nacho Oveja le explicaba a Mariano Castillo que las “artes contemporáneas” no tenían futuro en Nicaragua, “son el fraude del siglo”.

-Toda esa pandilla de jovencitos con esas ideas locas… se van fuera del país y regresan con ideas contaminantes, dígame usted, una servilleta arrugada junto a un cenicero y una botella de cerveza vacía, eso se llama “oscuridad interna”. Luego viene esa mujercita con turbante en la cabeza, la tal Patricia Belli y su mesa con pelo de caballo, ¡por favor! Y lo peor de todo es que son una pacotilla de arrogantes y ella su líder, ella está detrás de todo ese movimiento de degenerados ¡Válgame Dios!

Mariano en silencio asentía con la cabeza y bebía y bebía tanto o más que Nacho Oveja. Ya con la quinta botella de whisky en la mesa, el pintor Castillo se atrevió a sacar un paquete de sustancias sicotrópicas y alucinógenas. En esta ocasión se trataba de un porro de hierba lleno de cogollos y bañado de polvo de ángel, una combinación perfecta para la noche. Las mujeres, quien sabe por qué, se mostraron ligeramente en desacuerdo con la idea, pero Pomares soliviantó la mesa aduciendo que sería una experiencia fenomenal, “¡Inolvidable!, digna de un grupo de celebridades como nosotros, recuerden a Huxley, a Morrison, al mismo Carlos Rigby, no sean ignorantes”. A Martín le daba igual. Nacho Oveja pensó en despotricar contra la propuesta indecorosa de Mariano, pero al escuchar el comentario de Pomares se acobardó y aprobó la moción interpuesta por el literato. De manera que la “hierbabuena” pasó de boca en boca y como German no se dio por abasto ordenó a Mariano que preparara dos más y los distribuyera de manera justa. Mariano muy solícito preparó no dos, sino cuatro y además ordenó dos botellas más de whisky para prevenir la sed que les provocaría tanta fumadera.

La atmósfera empezó a sentirse sino jamaiquina más ligera, la música electrizante, el viento suave con sensualidad flotante y aromática. Los enrolados de hierba iban y venían, las bocas aspiraban y exhalaban como si se tratase de un cigarrillo cualquiera. Las botellas de los hermanos Watson cada vez lucían más transparentes. La música de Billie Holiday continuaba en el toca discos. Fiorella le sonreía a Martín y ya sin miedo le contaba de la genialidad de Leni Riefenstahl, así como su admiración por los poemas de Carlos Martínez Rivas. Pomares la escuchaba y la recorría de punta a punta saboreando imaginariamente cada una de sus curvas. Martín se iba y venía mentalmente del Ramayana mientras acariciaba la mano de Fiorella que no paraba de parlotear.

Josefina sacó una cámara de su cartera, era una leica de lujo, y le explicaba a Tamara al mismo tiempo que le restregaba el modelito en la cara, que jamás renunciaría a su técnica por una propuesta vulgar como la de la Kodak. Natalia con las manos en la cabeza mediaba entre ambas cuando ameritaba la situación. Y Nacho Oveja ya tocado por la magia de la hierba le hablaba en tono suave a Mariano, quien sobresalía por ser el calladito de la mesa.

-La verdad es que creo que sos una ignorante, nada te enseñaron los indígenas niña, -dijo Josefina a Tamara en tono despectivo. Esta última sacó chispas por los ojos. Intentó anclarse en la silla pero el instinto pudo más, se abalanzó sobre Josefina. Le arrebató la cámara y la arrojó al piso con una fuerza descomunal, a lo que Josefina respondió furiosa, apartando bruscamente la silla, tomándola por el cuello y enterrándole las uñas. Ambas, como buenas gatas callejeras dieron inicio a un combate ante los ojos atónitos del resto. Se cayeron algunas botellas, afortunadamente vacías.

Pelos de punta, arañazos, gritos, mejillas sonrojadas y sudor. “Sos una estúpida”, “idiota, ignorante, inculta”, “envidiosa”, estúpida”, “estúpida tu madre fracasada”, “anticuada frustrada”, “maldita perra”, “zorra”, “puta”, “la tuya mierda”…

¡Silencio! ¡Silencio! Se escuchó la voz indignada de Natalia. “Es demasiado hasta donde llegan sus infantiladas. Esta fiesta se acabó. Tamara levantate que te voy a dejar a tu casa de ipso facto”, les gritaba la esteta, quien minutos después sujetó a Tamara del brazo. “Vamos, vamos, que no estoy jugando. Lo siento Josefina, después te llamo y platicamos. Lo siento amigos, pero es mejor que nos retiremos. En otra ocasión será diferente”, y se despidió. Tamara lucía molesta, ya no se diga Natalia. Ambas caminaron tambaleantes algunos metros hasta montarse en el primer taxi y desaparecer de El Panalushky. Mariano Castillo recogió la cámara del suelo y se la entregó a la sonrojada Josefina quien suspiró: “ojalá todavía tenga salvación”.

-Bueno, ya pasó, no debemos arruinar la noche por una tontería. Yo brindo a tu salud mi querida y excelente fotógrafa, vos sos mi vedette favorita, eso no se te debe olvidar nunca -dijo Pomares, quien luego rellenó y levantó el vaso con whisky-. ¡Salud amor mío!

Y como en el fondo todos preferían el relax optaron por acatar la sugerencia de German, y aunque a Josefina todavía le resonaran en la cabeza las incómodas palabras de Tamara, se decidió por un considerable trago de licor que le borró la finas arrugas del rubio entrecejo.

-No vaya usted a preocuparse Josefina. Yo en lo particular comprendo, es engorroso que venga otra persona a burlarse del trabajo de uno. Usted tenía todo el derecho de exaltarse. Fue de muy mala educación, una perfecta grosería el comportamiento de la tal Tamara -comentó Nacho Oveja a la fotógrafa.

-¡Ay bueno, ya! Acabemos con esto que no fue nada -repuso ella.

-¡Esa es la actitud amor mío! ¡A tu salud cariño! -exclamó Pomares quien se levantó de su sitio con su vaso de whisky para instalarse junto a Josefina.

-Tiene usted razón, German. ¿No lo cree así Mariano? -El pintor asintió con la cabeza-. Una vez me tocó presenciar una disputa, qué digo disputa, un pleito de mercaderas entre dos poetisas nicaragüenses. La una le reclamaba a la otra que el premio que había recibido por su poemario fue un fraude porque se acostó con dos de los miembros del jurado. ¡Es que se me ponen los pelos de punta sólo de recordarlo! También me acuerdo de un historiador granadino y un poeta de Masaya, fue otro escándalo antológico, el historiador granadino olvidó el decoro y se abalanzó sobre el bardo como buitre hambriento ¡En la sala de la honorable Embajada de España! ¡Frente a una distinguida concurrencia! Entre ellos, este humilde servidor, quien por cierto fue reconocido en esa ocasión por los españoles como el periodista del año… pero la otra vez fue a un escultor que…

Josefina, German y Mariano se destornillaban de la risa al escuchar los chismes de Nacho Oveja. Sobre todo Josefina quien pensaba en las caras de otros artistas cuando el periodista les refiriera la escena que recién había ejecutado con Tamara. “Bueno, al menos no me van a echar presa”, se consoló internamente la fotógrafa.

A pesar de que Fiorella y Martín se sobresaltaron con el berrinche entre Tamara y Josefina, la atracción entre ellos fue una cortina que los apartó del resto, a quienes tampoco, y ya al calor de los tragos, parecía importarles mucho. De Leni Riefenstahl, las aventuras de Rama y la fotografía pasaron al cuerpo y sus sensaciones.

-Sos una mujer interesante. Me gustaría que hubiera un acercamiento más íntimo entre nosotros -le dijo un Martín desinhibido por el vino, el whisky y los sorbos de hierbabuena.

-Me encantaría que estuviéramos solos -se atrevió a responderle Fiorella, quien ya sentía en sus venas el calorcito del alcohol mezclado con la hierba provocando una deliciosa humedad entre sus piernas.

Y fue como por arte de magia, de esa magia inusual que brilla en una noche de tragos, que Martín y Fiorella desaparecieron y se encontraban a medias ropas dentro del escarabajo rojo tambaleándolo de un lado a otro, con las ventanas empañadas de amor súbito y la voz de Billie Holiday a lo lejos.

-¡Basta de chismes por el momento! ¡Un trago más y la naturaleza me llama! -exclamó ceremonioso Nacho Oveja. Se puso de pie y caminó en dirección al toilette de El Panalushky. Comenzó desabrochándose la faja, se bajó los pantalones y el calzoncillo hasta las rodillas dejando escapar a su ser por el orificio de su pene, cuando fue brutalmente sorprendido por la retaguardia con los dones eróticos de Mariano Castillo.

-Ahora sí vamos a dejar los chismes Don Nacho. Vamos a acomodarnos al placer, vamos a dejar el bla, bla y vamos a gozar -le dijo el pintor con los ojos achinados y rojos, en posición de ataque, sosteniendo por detrás y de la cintura a Nacho-. ¡Vamos, vamos, vamos! -arremetió sin piedad . Y en el espejo del baño se podía ver a media luz el perfil de Nacho Oveja como ido, como hipnotizado, como poseído por alguna extraña fuerza que le proporcionaba felicidad eterna.

-¡La noche ha sido un éxito! -sentenció Pomares a Josefina-. Nuestros amigos están disfrutando… y vos y yo… ¡Querida!, ¿qué pasa entre vos y yo? ¿Por qué soy víctima de tu frialdad? -preguntó Pomares a la fotógrafa.

-Lo nuestro se acabó y no empecemos, que esa pequeña temporada en el infierno la vivimos hace mucho tiempo. ¡Ay ya German por favor! Mejor busquemos cómo pagar la cuenta.

-¡La cuenta! ¡La guillotina! Esperemos a los demás o mi bolsillo desfallecerá -explicó Pomares, con lo que Josefina estuvo de acuerdo.

La física es una ciencia maravillosa. Velocidad es igual a distancia sobre tiempo. Y en otro tiempo, a otra distancia y a otra velocidad estaban Martín y Fiorella, ahora recostados en la trompa del volkswagen rojo, con los rostros al cielo arrancando estrellas, repartiéndose planetas lejanos.

-¿Te voy a volver a ver? -preguntó ella.

-Es posible -respondió él-, debo viajar a Nueva Delhi.

Prefirió no continuar la conversación y besarlo hasta que se agotara el último minuto de la noche.

Mariano Castillo regresó triunfante a la mesa. Pomares le dirigió una mirada maliciosa y Mariano sonrió con la misma perversidad.

-Después de todo, el arte contemporáneo tiene su estilo -dijo el pintor. German y Josefina soltaron una estruendosa carcajada.

-Bueno, es tiempo de irme -avisó Mariano-, aquí les dejo mi aporte a la mesasa -sacó tres billetes que inmediatamente Josefina agarró.

-¿Entonces vos llevás a Don Nacho? -interrogó la fotógrafa.

-Ja, ja, ja… bueno veamos que dice él -repuso Mariano.

-Que lo lleve, ahora es su putilla -añadió German.

-¡Callate!, ¡sos un imprudente! -le reprendió Josefina.

-Hablando del rey de Roma…Nacho, ¡querido!, hablábamos de tu parte para pagar la cuenta.

-¡Claro, claro!, aquí está -y le entregó el dinero algo nervioso y sudoroso a Josefina-. ¿Quién me lleva a mi casa? -dijo el periodista.

-¡Mariano, por supuesto! -agregó con sarcasmo German.

-Bueno, Mariano, o yo si lo prefieres -repuso Josefina.

-Si Mariano está de acuerdo… pues me voy con él. Ya es tarde y parece que ya te vas ¿no? -preguntó viendo al pintor.

-Efectivamente, me marcho, estoy cansado. La jornada fue intensa… entonces vamonos, que ya es tarde -contestó Mariano.

-Pero antes, llamen a Martín y a Fiorella, que quiero sacar una foto, quiero ver si mi cámara todavía sirve -indicó Josefina.

-¡Par de tórtolos! ¡Martín, Fiorella! -gritó Pomares a todo pulmón.

-¿Escuchaste? Nos llaman -le dijo ella a Martín.

-Seguro que ya se marchan. Vamos a despedirnos, -y el poeta tomó de la mano a Fiorella y aparecieron con rostros tiernos e inocentes en la mesa.

-Una foto muchachos, quiero sacar una foto y hay que pagar la cuenta.

Martín le dijo a Fiorella que él pagaría por los dos. Ella no se opuso. Sacó dinero de su billetera y se lo entregó a Josefina.

-¿Pero usted no va a salir en la foto? -le dijo preocupada Fiorella a Josefina.

-Es cierto Josefina, sería una lastima si no aparecés -agregó Martín.

La fotógrafa se quedó pensativa.

-¡Está bien! ¡El mesero tomará la foto! ¡Mesero! ¡Mesero! La cuenta y una foto, por favor. -El mesero algo adormecido por la hora se apresuró hacia Josefina, le entregó la cuenta.

-German, tu contribución al éxito de la noche… -le dijo Josefina mientras él sacaba de su cartera un par de billetes y se los daba en el acto. El mesero se guardó la plata en uno de los bolsillos de su pantalón, incluida su jugosa propina, ¡Benditos sean los hermanos Watson!, y sonrió quedando a la espera de las indicaciones de Josefina. Ella programó las asas, la velocidad de la captura y ubicó al joven a unos cuantos pasos de distancia. Le explicó que debía sostener la cámara a determinada altura y en determinada posición y únicamente apretaría el botón derecho conteniendo la respiración en ese preciso instante. Después le indicó que descansara unos segundos y repitiera la misma operación. Minutos antes de la toma, Martín, Fiorella, German, Mariano y Nacho se ubicaron como Josefina les ordenó. La fotógrafa buscó la espalda de German y se instaló detrás de ella, de manera que entre uno de los hombros del literato y del pintor, sobresalían sus enormes ojos verdes, su cabellera rubia y su rostro de Walkiria. Martín y Fiorella parecían en otra sintonía, sus siluetas y las inclinaciones de sus cuerpos hablaban más que sus ojos. Mariano, German y Nacho lucían como tres soberbias sombras en el centro. Martín y Fiorella a la izquierda, en la esquina del papel, en un segundo plano y en otra órbita. Y todos, al estilo de Robert Cappa, ligeramente fuera de foco, como si se desintegraran, aunque los bordes de sus figuras estuvieran delineados con precisión por el color negro que parecía fijar sus espíritus en el tiempo o en el papel fotográfico que ella revelaría en su cuarto oscuro días después.

Mariano se marchó en su automóvil con Nacho Oveja. Martín en su escarabajo rojo con Fiorella. Y Josefina le dio un aventón a German Pomares. El mesero recogió las botellas vacías y limpió los vestigios de los artistas. Entregó la plata a su jefe que se encontraba apunto de cerrar el bar. Ambos caminaron en la oscuridad hasta la avenida universitaria dejando atrás el solitario y silencioso Panalushky. Se montaron en un taxi. La noche lucía cansada y estaba punto de cerrar su único ojo.




V




Es probable, en un pueblo tan pequeño como Managua, que todos se volvieran a encontrar. Aunque sea de paso y para intercambiar pocas palabras.

Aquella tarde de octubre cada uno recibió un sobre amarillo con la fotografía, titulada por su autora: Tal vez 1600 asas de emociones, y una nota que decía: “Hay momentos que nunca deben olvidarse”. Pero en uno de los sobres iba algo más. La foto de la mujer en el Támesis con una dedicatoria en la parte de atrás: “Martín, una mirada perdida con cariño para vos. Josefina.”

German Pomares continuó en sus andadas perversas y sarcásticas. Dicen que actualmente se encuentra escribiendo su propia versión de El nicaragüense porque la de Pablo Antonio Cuadra le parece una herejía. Mariano Castillo se encerró en su estudio a pintar una serie de cuadros sobre la dualidad. Hace unas semanas fue entrevistado al respecto por el New York Times. Nunca más volvió a tener algo con Nacho Oveja, a pesar de la insistencia del periodista. Josefina Kiesler sigue enamorada del blanco y negro, y por supuesto, del cuarto oscuro. Nacho Oveja siempre al día con la farándula artística y su “desdoblamiento espiritual” cuando se pasa de copas. De Natalia Orange se supo que recién público un libro de crítica fotográfica: Las cien mejores fotos de Centroamérica. Josefina le escribió el prólogo. Tamara Montenegro se fue a vivir con los Miskitos para realizar un documental de corte histórico con Discovery Channel, y al igual que Josefina, ya no recuerda el pleito entre ambas.

Y Martín está en la India, sentado frente a su computadora, reescribiendo una y otra vez esta historia porque todavía no encuentra la forma de concluir su destino y el de Fiorella.

de El futuro no es nuestro. Narradores de Latinoamérica nacidos entre 1970 y 1980
selección, prólogo y edición por Diego Trelles Paz

Poeta, escritora y periodista. Ha publicado el libro de narrativa El texto perdido (2007) y el poemario Escaleras abajo (2008). Ha sido parte del programa de narradores Entresures. Cuentos y poemas suyos han aparecido en las siguientes antologías: Trilces trópicos (España), No es una antología, paisaje real de la ficción vivida (Perú), Usted está aquí (México), Mujeres del sol y luna, Nicaragua en las redes de la poesía y Retrato de poeta. Ha sido invitada al Festival Internacional de Poesía de Granada en Nicaragua y a la Feria Internacional del libro (FIL) de Guadalajara. Ha sido editora de la revista El Pozo del paroxismo y Literatosis.

03 febrero, 2009

Patricia Suárez


La chica Serbia

Sí, yo ser Dinka Matijas, sobrina del autor. No, no ser de aquí.
No venir de Bulgaria. No de Rumania. No de Croacia. No
Eslovenia, no Montenegro, no Yugoslavia. Venir de Serbia.
Vojvodina, en Serbia. Cuando guerra en Rumania, familia ir
Yugoslavia, vivir en Sarajevo, bonita ciudad. Cuando guerra en
Yugoslavia, familia ir primero Bulgaria, después Eslovenia.
Muchos emigrar. Guerras despedazan familias, personas,
corazones. Al final, en los 90, escribir tío argentino, decirle: Tío,
busque a su sobrina Dinka Matijas, artista también, bailarina,
conoce nueve idiomas, todos de Balcanes. Canta en ruso
tradición popular: Kalinka, Ojos Negros, La balada de Stenka
Razin, No dejan a Masha ir hacia arroyo; y otras folklóricas de
Ucrania como Los hermanos o La noche. También canta La
estepa alrededor, que hizo famosa la cantante Nadezhda
Oboukhova. Dinka Matijas canta en español mucho poco, pero
canta. Tío de América pedir fotografía, yo mandar. Tío de
América preguntar si ser soltera yo decir sí. Venga, sobrina a la
Argentina y casése. Sí. Yo dejé novio allá. Emir quedó corazón
partido, pero no se puede vivir solo de amor; se necesita pan,
vino, agua potable. Miel. Aceituna, queso fresco. Salchichón. Yo
ser mujer, necesitar aparte vestido rojo, zapatos de taco, echarpe
de gasa para proteger cuerdas vocales. Jabón oloroso, perfume
fragancia rosa, media de nylón. Alguna bijou, un pendiente, una
anillo. La mujer que lleva vida pobre, se mustia. La vida de
mujer debe ser como una flor: clara, oscura: el pétalo de una
rosa: fuerte, ligera, profunda, efímera, inolvidable, encendida.
La vida de mujer es como galleta pequeña: así tan sabrosa, tan
perfumada: un mordisco, dos mordiscos, se terminó la galleta. La
miseria arruina el pensamiento, las ideas no corren por falta de
alimento bueno, la papa sola no basta, la papa de Rusia es puro
almidón y agua, no se puede comer. El nabo crece mejor, más
gordo, pero el nabo harta el paladar y agota las mandíbulas. Las
ideas no corren en la Rusia y la ilusión tampoco, y mujer sin
ilusión ¿qué es? Una muñeca rota. Yo no ser rota, yo venir a la
Argentina, casarme con mi tío en el secreto. Allá no se puede;
allá están locos. Allá no alcanza la plata; aquí se aprovechan Allá
no hay esperanza, mucho tristeza.
Tío de América persona rara; todo el día la cabeza metida en
oscuridades, no piensa en hacer la plata. Vida de bohemia. En la
Rusia, la vida de bohemia no existe, aquí es permitida. Hay
bohemio flaco, bohemio gordo. En mi país proverbio dice: El
flaco se asusta cuando el gordo adelgaza. Aquí tío pasa la tarde
en cafetín y después otro cafetín, y escribe, escribe. Comedia,
tragedia, pantomima, artículo para periódico de afuera, para
periódico de adentro. A veces, vienen periodistas, lo entrevistan,
tío de América, marido ahora, mucho contento. ¡Sirve
aguardiente, Dinka!, grita. Yo sirvo, vaso de cristal minúculo
color verde, flor de lis grabada. Una flor de lis por vaso,
periodista se bebe el aguardiente hasta la raíz de la flor de lis.
Periodistas personas muy sedientas. Beben, beben, postulan a
marido mío para premio de teatro, puesto conservatorio de teatro,
cátedra honor sin causa, prometen publicar artículo, editar obras,
llevar obras a comisión de lectura de teatros importantes, a
actrices internacionales. Yo ser actriz, digo, ninguno me oye.
Periodista argentino mira escote siempre; periodista uruguayo
mira nalga. Muestro rodilla, rodilla no gusta. Periodista español
mira rostro, ojo, boca: el europeo es otra cosa, más humano es, lo
advertía ya madrecita que quedó en las montañas de Kosovo y
creía en todos las presagios posibles, adivinaciones, sueños,
encantamientos, el fin del mundo, el diablo, tenía miedo de ratas,
lechuzas, murciélagos, cucarachas, mal de ojo, las tormentas
eléctricas con rayos, los remolinos durante las tormentas de
viento, los hombres muy morochos, los que nacieron 29 de junia,
día San Pablo y San Pedro, y 30 de abril en noche de Santa
Walpurgys; miedo de las corrientes de aire, el agua helada, los
desmayos, la muerte súbita, las patadas de los caballos, el rábano
con mucha sal, el bacalao del norte, los espejos rotos, las tazas
con manijas cachadas. No lee, no escribe la madrecita, no habla
por teléfono. Yo tener nostalgia pero también tenerla cuando
estaba en Podgorica, Belgrado, Pristina, Zagreb. Nostalgia forma
parte de Dinka Matijas como pétalo blanco margarita forma parte
de margarita. Dinka Matijas no morir de nostalgia; promesa del
diablo no cumplirse; Dinka Matijas bebe cuatro tragos de vodka,
no piensa en madrecita, no piensa más en novio Emir. Yo querer
quedarme en la casa, como toda persona, como toda chiquilla.
Antes, la casa era allá, la madrecita. Ahora ya no sé cuál es la
casa.
"Habrá guerra", dijo abuelo: murió justo antes de que empezara.
Otros dijeron lo que hubiera también él dicho: “Tito somos
todos”. Pero al despertarse cada mañana, después de la guerra,
todos no éramos Tito. Éramos nosotros, era el pueblo, solo.
Pueblos de estudiosos los Balcanes. Impacientes por empezar a
'estudiar', los croatas se pusieron a matar serbios, los serbios a
matar croatas, los croatas a matar bosnios, los serbios a matar
bosnios, los bosnios a matar serbios, los bosnios a matar croatas,
croatas y serbios a matar bosnios, bosnios y serbios a matar
croatas, bosnios y croatas a matar serbios... Todos gritando, igual
que hace cincuenta años: "¡Ellos empezaron primero!".
En lo que se conocía como Yugoslavia, millones de personas
huyen del hogar, somos refugiados. Mueren cientos, mueren
miles.
Mientras tanto, yo y otros como yo fuimos creciendo.
La palabra Balkan viene de dos palabras turcas que significan
'miel' y 'sangre'. Dinka vivió en tiempos de miel y crece en
tiempos de sangre.
Dinka pisar Francia una vez, compañía bailarinas rusas, ballet.
Dinka coser tutú bailarinas, no encontrar marido francés, no huir
del hotel, no pedir asilo a Embajada, de Francia la echan; Dinka
regresar Yugoslavia. ¡Dinka solo tener un solo maldito tío de
América, en la Argentina, al sur!
“Lo que más se echa de menos es oír llorar a bebé en nuestro
pueblo”, decía la amiga Inga, que decía anciana serbia que volvió
a su pueblo en Croacia, después de vivir en campo de refugiados
en Serbia.
Marido mío buena persona. Mal comerciante. Mal carácter, eso
sí. Mal amante. Marido mío comilón de carne y guiso de maíz.
Pastel pequeño de carne crujiente. Yo preparo baklava en lo
oscuro; aprendido de pastelero turco de Gora, Kosovo. Pelivan,
se llamaba él. Simpático Pelivan.
Marido mío no hace el amor: duele la espalda tanta hora que pasa
escribiendo la espalda inclinada. Marido no vigila esposa
espíritu abierto, no tiene celo. Marido casarse en secreto por
capricho, por hacer novela. Yo poner pantufla al marido, arreglar
la casa, la cama; yo cocinar; yo sonreír.
A Dinka Matijas la mira verdulero, carnicero, zapatero. La mira
en la feria el repartidor, el señor del taxi. Todos miran a Dinka
Matijas y ella mira a todos porque no es estúpida. Qué mal hace
una mirada de amor, una ilusión de amor. Dinka Matijas pasa
noche acostada al lado de marido helado, a veces ronca a veces
no ronca. Cuando ronca, Dinka Matijas ponerse algodón en los
oídos y rezar. Primero muy bajo:
-Virgen de Vladimir, hazme volver, hazme regresar...
Marido mío ronca fuerte, Dinka Matijas reza a la Virgen bien
fuerte:
-¡Virgen de Vladimir, déjame volver!
No sé por qué me pasa lo que me pasa.
A lo mejor sea mi niñez.
A lo mejor sea la vejez.
Dinka Matijas saca entonces de abajo de cama de matrimonio,
caja de zapatos con sandalia blanca que marido regaló para
casarse. Las sandalias son bonitas, las calza. Dinka se acuesta
con cabeza apoyada sobre caja. Dinka se duerme en el suelo;
marido mío quién sabe qué sueña.
Pero Dinka no sueña: Dinka no sueña.

15 enero, 2009

"Los que volvieron", Esther Cross (Buenos Aires, 1961)

Fueron cuatro y volvieron tres. Entonces la casa, y lo que la rodeaba, entró en funciones. Mi padre y el padre del chico, el mayordomo, el capataz, los mensuales, hasta un croto que había llegado el día anterior, cruzaron la tranquera que daba al monte con los ojos brillantes y las cabezas bajas. Latour, el padre del chico, parecía menos apurado. Como si mi padre estuviera seguro de que había pasado algo muy malo y el padre del chico no. O como si mi padre pensara que estaban a tiempo y el padre del chico, en cambio, supiese que era demasiado tarde.
Mis hermanos y el hermano mayor del chico Latour habían regresado corriendo. Entraron en la casa pegados, todos en uno, y por eso se habían atorado en la puerta. Entonces mi madre preguntó por el chico –¿y Martín? Los tres miraron al piso. Mi padre sacudió a mi hermano mayor por los hombros. Mi hermano más chico dio un paso a un costado, con las manos en los bolsillos. El hermano de Martín Latour cerró la boca como si en eso le fuera la vida. Pero no pudo contener una lágrima. Mi padre le dijo un secreto a mi madre; después se arrodilló frente al mayor de los Latour y apoyó las manos sobre sus hombros. Le habló buscando que el chico lo mirara a los ojos. Mi madre corrió al teléfono, a llamar al padre de los hermanos Latour. Cuando Latour llegó, mi padre terminaba de darle instrucciones al mayordomo.
Los hermanos Latour y mis hermanos no eran muy amigos. Pero igual jugaban juntos cada tanto. Los Latour eran vecinos y las familias se cruzaban siempre sin querer –en el camino, en el pueblo, en el restaurante La Rodada algunos domingos a la noche– y un día empezaron a encontrarse más seguido. Por eso mis padres nos llevaban a jugar algunas tardes y los Latour traían por unas horas a sus hijos. A veces, Latour pasaba –lo decía así, pasaba– para saludar. Venía en su pick up, después de recorrer, con sus dos hijos y su perro en la cajuela. Tenía cara de señor y manos curtidas. Él era esa combinación.
Los chicos Latour y mis hermanos eran parecidos, como todos los hijos de madres que compran el mismo tipo ropa. Mi madre vestía a mis hermanos con ropa que imitaba la ropa de los chicos ingleses. La madre de los Latour compraba en el pueblo ropa que imitaba la ropa que mi madre les compraba a mis hermanos –los Latour no iban casi nunca a Buenos Aires. Los chicos se llevaban bastante bien. Se movían con gestos similares, que el hecho de andar por el campo –saltar alambres, pisar fuerte y con cuidado, pararse a oír– había calcado en sus cabezas. Pero había diferencias. La principal era que los Latour vivían en el campo y mis hermanos no. Mis hermanos sabían de jets, ladrillos de encastre y figuritas. Pero cuando querían saber qué gusto tenía la carne de mulita, por qué cada tanto aparecía una lechuza colgada de la veleta del molino, dónde quemaban la basura, cómo era la vida sexual de las ovejas y esas cosas consultaban la enciclopedia viviente Latour. La otra diferencia era que entre ellos no había una hermana. Yo no tenía doble en ese espejo. Entre el Latour mayor y Martín sólo había tiempo. Esa tarde, cuando encontraron el cuerpo de Martín Latour en el monte, los parecidos se perdieron.
Lo encontraron tirado bajo un árbol. Era tan chico que ni sabía leer. Un hilo de sangre salía por la nariz. Estaba boca arriba. La piel blanca, manchada de tierra. La cabeza inclinada hacia un lado. Parecía dormido. Pero había algo raro. Como si durmiera un sueño de alteración sutil. Un sueño imposible, de otro mundo. Quizá de un mundo en donde nadie estuviera despierto. Se había torcido el cuello. Y tenía la boca abierta, como si no hubiera terminado de decir lo que estaba por decir, o como si la sorpresa hubiera sido la última palabra de su vida.
Yo me quedé con mi madre, mis hermanos y el hermano mayor de Martín en la casa. Como todos estábamos callados, los movimientos parecían más lentos y los ruidos provenientes de la cocina se oían demasiado bien. Nadie me explicó nada pero entendí, sin error, lo que pasaba (las desgracias son claras y exactas). Los tres varones se comportaban como si no se conocieran, cada uno en su mundo. Pero cuando alguien le hablaba a uno –la casera les preguntó si querían tomar algo, mi madre les preguntó dónde habían dejado los caballos– era como si los tres fueran una persona. Seis ojos y una sola boca, cerrada.
Esa tarde, la gente grande parecía más grande y sus voces cobraron una potencia desmedida. Las voces de los hombres llegaban desde el monte a la casa. Oímos el nombre del chico. Martín. Gritaban su nombre, seguramente haciendo un túnel con las manos. Más alto lo decían y más parecía alejarse Martín de todos nosotros. Entonces fue lo peor. La madre del chico no le había hecho caso a su marido. En vez de quedarse en casa, esperando noticias mientras oscurecía y los cuartos se agrandaban como sombras, había venido. Oímos las ruedas en el camino, antecedidas por un perro. La señora Latour bajó de un jeep. La había traído el casero de su campo.
Mi madre se apretó las manos y salió a recibirla. Las vi por la ventana. Mi madre corrió a buscarla y le dio un beso. La mujer reaccionó mirándola de frente. Mi madre le pasó la mano por el hombro y entraron en la casa. El hijo mayor de la mujer la miró. La gente preocupada que no habla asusta un poco. Esta señora estaba muy preocupada y no abría la boca. Se sentó en el sillón, con los ojos abiertos. Creo que nunca pestañeó.
El caballo apareció en los galpones, con la boca llena de espuma y los ojos desorbitados, antes de que los hombres volvieran del monte con el cuerpo del chico. Era un caballo bastante gordo. Los mensuales le decían Café pero a nosotros ese nombre no nos gustaba. Le cambiamos de nombre todos los veranos, de acuerdo a los libros que leíamos o las películas o series que veíamos.
Apareció corriendo por los galpones, con el recado flojo y cara de loco. Campello, el domador, que se había quedado ahí por las dudas, lo agarró de las riendas. Después lo desensilló, le tiró agua con la manguera y lo soltó. Campello estaba seguro de que le habían pegado con un rebenque o lo habían asustado. Era tan manso que era imposible imaginarlo desbocado. Cosas de chicos, dijo Campello días después. Pero ese día me enteré de que hasta el ser más tranquilo puede volverse loco. Puede correr para escapar sin darse cuenta de que deja alguna víctima en el camino. Era lo que había pasado. No podía entenderse de otra manera. Ese caballo no tenía nervio. Y había que verlo. Cabeceaba. Tiraba patadas contra el piso. Echaba la cabeza hacia atrás como si fueran a matarlo.
Pero el agua y la familiaridad de la casa lo calmaron. O puede ser que no fuera eso. Era un caballo. A lo mejor los caballos no tienen memoria. Una cosa es lo que pasó hace un rato y otra es lo que hay ahora. Cuando Campello lo soltó, el caballo se revolcó, como siempre, en la tierra, para secarse, y después salió corriendo. Carreras cortas y frenaba. Una y otra vez. Nada fuera de lo común. Era su rutina de todas las tardes, cuando lo soltaban. Pero no era una tarde como todas. El chico que lo montaba estaba muerto, tirado en el monte. Mudo para siempre. Como el caballo, mis hermanos y su hermano. Mudo.
La reconstrucción de ese pasado cercano e irreparable, que no vimos: el caballo se desbocó, corrió a pesar de que Martín Latour le tiraba de las riendas, frenó de pronto para esquivar algo y Martín Latour salió volando por encima de su cuello, se golpeó contra el tronco, perdió la vida. Era eso. Había perdido la vida. Pero seguíamos sin saber por qué el caballo se había desbocado. De un lado, estaba el cuerpo del menor de los Latour y del otro, el silencio de tumba de su hermano y mis hermanos.
Primero oímos los perros. Cuando Latour entró en la casa, su mujer lo miró. Fue como si estuvieran solos. Latour negó con la cabeza, mirando el piso. Su mujer se agarró la cabeza. Mi padre entró por la cocina. Acostó el cuerpo del chico en el sillón del saloncito de la entrada. Lo tapó con una campera. Aunque ya no hacía falta, llamaron al médico.
Esa tarde, mi madre me había dicho que dejara que los varones jugaran solos. Tenía que entender. A veces los chicos querían jugar por su cuenta. Me ofendí. En el campo no importaba que fuera mujer, yo era uno más. También me di cuenta de que tenían razón. Así que no dije nada aunque tampoco estaba de acuerdo. Tomamos el té juntos. Después los vi moverse, apurados, por la casa, como hacen los varones cuando están por ir juntos a algún lado. Se organizaban, como si fueran un cuerpo. Cuando cerraron el mosquitero, ya hacía un poco menos de calor.
La señora Latour fue a la salita de la entrada y entonces oímos el grito. Fue el primero. Y después ya no podías contar. Parecía un solo grito, que se cortaba cuando tenía que tomar aire para seguir. Gritó muchas veces. No decía nada. Eran gritos vacíos. Mis hermanos se miraron y el mayor de los Latour cerró los ojos. Los gritos rebotaban contra las paredes y la señora Latour también, o al menos eso parecía desde la sala. Oíamos golpes secos, las voces de mi padre y el señor Latour que la llamaban por su nombre. Y esos gritos que estaban en otra dimensión porque en ese momento la señora Latour era inalcanzable. Iba por la sala –a lo mejor no era que se tiraba contra las paredes sino que no las veía–, gravitando alrededor del cuerpo inmóvil de su hijo menor.
El médico llegó y aunque sabía que el chico se había muerto entró corriendo en la casa. No pudo hacer nada por el chico pero atendió a la madre. Vimos que la acompañaban hasta el jeep. Su marido la abrazaba por la cintura. La acomodó en el asiento delantero y entró de nuevo, a buscar a su hijo mayor. Él iba a ocuparse de los trámites con mi padre y el chico de Latour tenía que volver a casa con su madre.
Se lo dijo como si fuera una orden, pero también entendimos que si iba le hacía un favor al padre y además iba a cuidar a su madre por primera vez en la vida. El chico tenía una remera azul. La cara, sucia de tierra, con huellas secas que habían dejado las lágrimas. Su padre lo agarró de los hombros para llevarlo hacia fuera. Mis hermanos y el chico se miraron. ¿Habían querido hacerle una broma a Martín y por eso habían asustado al caballo? ¿Se había espantado el caballo por algo que ellos hicieron sin querer? A lo mejor, habían pisado una rama seca y eso asustó al animal. ¿O se habían peleado y le habían pegado al caballo con el rebenque? ¿O podía ser que Martín hubiera galopado demasiado fuerte para escaparse porque lo seguían en un juego? ¿Y si el chico les había hecho algo y por eso había salido corriendo así? Ese día, el parecido entre mis hermanos y los chicos de Latour se quebró como un hechizo pero algo más fuerte que el hechizo los unió, aunque no volvieron a jugar juntos. Tuve la suerte de darme cuenta que era mejor no preguntarles nada a mis hermanos. Hubiera chocado contra el silencio de la verdad.

Esther Cross ha publicado Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el narrador argentino; las novelas Crónica de alados y aprendices, La inundación y El banquete de la araña y los libros de cuentos La divina proporción y Kavanagh. Sus libros han recibido importantes distinciones en el país y en el extranjero. En 1998 recibió la beca Fulbright-Fondo Nacional de las Artes. En 2004 recibió la beca Civitella Ranieri.

08 enero, 2009

Manuela Fingueret (Buenos Aires, 1945)

Hija del silencio

En este lugar de crueldad, este lugar informe, sin árboles, sin mariposas, ni nadie que dirija una mirada humana, un golpe de sensualidad me sacude el alma. Atada a la cama de hierro, mojada, sedienta, dolorida, soy cuerpo y palabra. Afuera circulan autos. Los escucho, casi los puedo palpar en la noche fría. Son parte de un paisaje audible que reconozco. Un espacio distinto de este, un espacio en el que la gente existe. Se oye un grito desganado que corta mi contacto con el mundo. Estoy sola frente a ese grito, y detesto la acritud del desamparo.

*fragmento de Hija del silencio (Ed. Planeta, 1999)



Narradora, poeta y periodista, especializada en gestiòn cultural. También ensayista y compiladora. En toda su obra están presentes la memoria y el dolor, el horror y la esperanza. Publicaciones: en poesía, Tumultos Contenidos (1975); Heredarás Babel (1977); La piedra es una llaga en el tiempo (1980); Ciudad en fuga y otros infiernos (1984); Eva y las máscaras(1988); Los huecos de tu cuerpo (1992); Uva y Racimo (1998); Esquina (2001). En literatura infantil: Las picardías de Hérshele (1991). En ensayo, compiló y prologó, Los jóvenes en los 90: La imaginación lejos del poder (1993) y Barbarie y Memoria (2000); Soberbias argentinas(Emecé-2005). En novela: Blues de la calle Leiva (1995 y próxima reedición 2005 Emecé); Hija del silencio (1999 Ed. Planeta).

18 diciembre, 2008

Lygia Fagundes Telles (Brasil,1923) El muchacho del saxofón

 Lygia Fagundes Telles

El muchacho del saxofón / O moço do saxofone


Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

  

No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.


- ¿Qué es eso? – le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba música hasta nuestra mesa-. ¿Quién está tocando?


- Es el muchacho del saxofón.


Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ése de la pensión no lo conseguiría reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.


- ¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?


James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.


- Sí, aquí encima.


Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.


- Es una música cruelmente triste – continué.


- Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro –contestó James, mojando la miga de pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.


-Y contigo, ¿también se acostó?


- Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¡me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse...


Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante el saxofón comenzó a t0car ... , como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.


- Parece alguien pidiendo socorro – dije, llenando de cerveza mi vaso-¿No tendrá una música más alegre?


James se encogió de hombros.


- Los cuernos duelen ...


En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.


- Pero, ¿por qué? – pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.


- ¿Y los demás no reclaman?


- Ya se acostumbraron.


Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientes que le sobraban.


Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. “Un enano”, pensé.


Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. “Cambió de ropa”, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero qué diablo de enano es ése que cambia de ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado de lado.


- ¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? – le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.


- Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas...


Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.


- Con permiso.


No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón. En ese momento el saxofón ya había parado. Me quedé mirándola. Era delgada, sí, pero tenía el trasero redondo y un andar muy cadencioso. El vestido rojo no podía ser más corto. Ocupó una mesa solitaria y bajando los ojos empezó a descascarar el pan con la punta de la uña roja. De pronto se rió y le apareció un hoyito en el mentón. ¡Qué ganas tuve, carajo, de ir allí, agarrarla por la barbilla y saber por qué se estaba riendo! Me quedé riendo yo también.


- ¿A qué hora es la cena? – pregunté a la dueña, mientras pagaba.


- Va de las siete a las nueve. Mis pensionistas fijos suelen comer a las ocho – me avisó, doblando el dinero y mirando socarronamente a la mujer de rojo. ¿A usted le gustó la comida?


Volví a las ocho en punto. El tal James ya masticaba su bife.


En la sala estaban un vejete de barbilla, profesor de magia, a lo que parecía, y el enano de ropa a cuadros. Pero ella no estaba. Me animé un poco cuando vino un plato de pasteles: tengo locura por los pasteles. James empezó a hablar entonces de una pelea en el parque de diversiones, ella entró, charlando bajito con un tipo de bigote pelirrojo. Subieron la escalera como dos gatos pisando mullidamente. No tardó nada y ya el saxofón se puso otra vez a tocar.


- Sí, señor – dije, y James pensó que yo estaba hablando de la pelea.


- ¡Lo peor es que yo estaba completamente borracho, mal me pude defender!


Mordí un pastel con más humo dentro que otra cosa. Examiné los restantes, intentando descubrir alguno más rellenito.


- ¡Cómo toca de bien ese condenado...! ¿Quiere decir que nunca viene a comer?


James tardó en entender de lo que estaba hablando. Hizo una mueca. Ciertamente prefería el asunto del parque.


- Come en la habitación, quién sabe, tiene vergüenza de la gente – refunfuñó, sacando un palillo-. Me da pena, pero a veces le tengo rabia, cornudo idiota. ¡Si fuese otro, ya habría acabado con la vida de ella!


Ahora la música subía a un agudo tan estridente que me dolían los oídos. Pensé de nuevo en la muchacha deshaciéndose de dolor en la carrocería, pidiendo socorro a no sé quién más.


- ¡No soporto eso, carajo!


- ¿Lo qué?


Crucé los cubiertos. La música al máximo, los dos al máximo encerrados en la habitación y yo allí, viendo al canalla de James limpiarse los dientes. Tuve ganas de arrojar al techo mi plato de guayaba con queso y escabullirme lejos de todo aquel malestar.


- ¿Es fresco el café? – le pregunté al mulatito, que ya limpiaba la mesa aceitosa con un trapo mugriento como su propia cara.


- Hecho ahora.


Por la cara, vi que era mentira.


- No es necesario, lo tomo en la esquina.


Paró la música. Pagué, guardé el cambio y miré fijamente hacia la puerta porque tuve el presagio que ella iba a aparecer. Y apareció con un airecito de gata de tejado, el pelo suelto en la espalda y el vestidito amarillo, aún más corto que el rojo. El tipo del bigote pasó enseguida, abrochándose la chaqueta.


Saludó a la dueña, puso cara de quien tiene mucho que hacer y salió a la calle.


- ¡Sí, señor!


- ¿Sí señor, qué? – preguntó James.


- Cuando ella entra en el cuarto con un fulano, él empieza a tocar, y para, cuando ella termina. ¿Te diste cuenta? Basta que ella se encierre y él empieza.


James pidió otra cerveza. Miró el techo.


- Las mujeres son el demonio ...


Me levanté, y cuando pasé junto a la mesa de ella, anduve más despacio. Entonces dejó caer la servilleta. Al agacharme, me agradeció, con los ojos bajos.


- Vaya, no hacía falta que se molestase.


Raspé un fósforo para encenderle el cigarrillo. Sentí fuerte su perfume.


- ¿Mañana? – le pregunté, ofreciéndole los fósforos-. ¿A las siete está bien?


- Es la puerta que queda al lado de la escalera, a la derecha de quién sube.


Salí enseguida, fingiendo no ver la carita maliciosa de uno de los enanos que estaba cerca, y arranqué en mi camión, antes que la dueña viniese a preguntarme si me estaba gustando el menjunje. Al día siguiente llegué a las siete en punto. Llovía a cántaros y tenía que viajar toda la noche. El pequeño mulato ya amontonaba en las sillas los almohadones para los enanos. Subí la escalera sin hacer ruido, preparándome para explicar que iba al W.C. por si alguien aparecía. Pero nadie apareció. En la primera puerta, la de la derecha de la escalera, golpée suavemente y fui entrando. No sé cuánto tiempo me quedé parado en medio del cuarto: estaba allí un muchacho con un saxofón. Estaba sentado en una silla, en mangas de camisa, mirándome sin decir una palabra. No parecía ni siquiera asustado, sólo me miraba.


- Perdón, me equivoqué de habitación – le dije, con una voz que no sé aun hoy a dónde fui a buscar.


El muchacho apretó el saxofón contra el pecho hundido.


-Es en la puerta siguiente – dijo con voz de susurro, señalando con la cabeza.


Busqué los cigarrillos sólo para hacer algo. ¡Qué situación, carajo! ¡Si pudiese, agarraría a aquella tipa por el pelo, la muy estúpida! Le ofrecí un cigarrillo.


- ¿Quieres uno?


- Gracias, no puedo fumar.


Fui retrocediendo de espaldas. Y de repente no aguanté. Si él hubiese esbozado cualquier gesto, dicho cualquier cosa, aún me dominaría, pero aquella calma brutal me sacó de quicio.


- ¿Y tú aceptas todo eso así tan tranquilo? ¿Por qué no le das una buena paliza, no la mandas a patadas con maleta y todo al centro de la calle? ¡Si fuese tú, carajo, ya la habría partido al medio! Perdóname por entrometerme, ¡pero no irás a decir que no haces nada!


- Yo toco el saxofón.


Me quedé mirando primero su cara, que de tan blanca parecía hecha de yeso. Después miré el saxofón. El dejaba deslizar sus largos dedos por los botones, de abajo para arriba, de arriba para abajo, muy despacio, esperando que yo saliese para empezar a tocar. Limpió con un pañuelo la boquilla del instrumento, antes de empezar con aquellos malditos aullidos.


Golpée la puerta. En ese momento la puerta de al lado se abrió despacito. Conseguí ver la mano de ella, agarrando la manija para que el viento no la abriese demasiado. Me quedé aún detenido un instante, sin saber qué hacer. Juro que no tomé enseguida la decisión, ella estaba esperando y yo parado como un idiota; entonces, ¡Cristo bendito! ¿Y entonces? Fue cuando empezó muy lentamente la música del saxofón. Me quedé capón en el mismo momento, porra. Bajé la escalera a saltos. En la calle tropecé con uno de los enanos metido en un impermeable, esquivé otro que ya venía detrás y me encerré en el camión. Oscuridad y lluvia. Cuando puse en marcha el motor, el saxofón ya subía a un aviso que no llegaba nunca al final. Mi ansia por huir era tan fuerte que el camión arrancó desenfrenado, de golpe.


05 diciembre, 2008

Armonía Somers(URUGUAY,1914-1994)


El hombre del túnel
.................................Cuento para confesar y morir

Iba saliendo de aquel maldito caño —un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera— cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenia una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá mas remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mi tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoiris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbarate, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mi desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Si, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenia la misma ramita verde de diez o doce anos atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
—Perdone —dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones— habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
—Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
—Nada más. ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
—Vaya de una vez —le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros— lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con está estúpida rendición de noticias:
—Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
—¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo —le grité histéricamente— está aún ahí, lo sigo viendo!
—Eso si no agarró las de Villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
—¡Cállese, pedazo de bruto!
—O las de cruzar la calle, no más —agregó tomándose confianza— para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera seria capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría que conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo que se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mí aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus tabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mí camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Si, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venia la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia airas los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarte limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la parad la escalera de emergencia.
—Eso es, lo de siempre —farfullé— la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por si como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarios para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
—¡Si! —grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel si colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros si más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mí objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
—Gracias por la invención de las siete caídas —alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.

De La calle del viento norte
en Todos los cuentos 1953 - 1967 (Colección Narradores de Arca - Mayo 1967 )
Armonía Somers era el seudónimo de Armonía Liropeya Etchepare Locino nacida un 7 de octubre de 1914 en Pando y desaparecida un 1 de marzo de 1994 en Montevideo donde recidía. Fue escritora y pedagoga de Uruguay.Acerca de los exactos datos de la vida de esta autora se han forjado varias leyendas. Ella misma, en vida suya, contribuyó a crearlas y divulgarlas. Así, por ejemplo, se encontrarán distintas fechas para su nacimiento en diversas historias de la literatura y enciclopedias, que van desde el año 1914 hasta el de 1930. Asimismo, el seudónimo elegido por ella, "Armonía Somers", se debe por un lado a un deseo —comprensible en el marco de la sociedad
puritana de entonces— de velar, al menos en un principio, la identidad verdadera de quien en 1950 publicó una novela erótica, La mujer desnuda. Por esto, muchos la atribuían a un autor hombre o bien a un grupo de escritores vanguardistas. Todavía en 1976 se hablaba del "hondo misterio que la envuelve como una segunda piel" (Fressia/García Rey: 21) y en 1986 Miguel Ángel Campodónico escribe de "esa Armonía Somers que se ha ocultado obsesivamente a la mirada indiscreta de los demás" (Homenaje: 46). Parece que casi siempre trató de evitar que se le tomaran fotos. No fue hasta poco antes de su muerte que la autora permitió a algunas personas consultar los documentos oficiales; según éstos, Álvaro J. Risso pudo configurar su cronología ("Un retrato para Armonía: cronología y bibliografía", en Cosse, 1990).



Si se toma en cuenta el esquema generacional, Armonía Somers, por su fecha de nacimiento, pertenecería a la llamada Generación del 45 de la literatura uruguaya. Sin embargo, se le puede considerar, como escribe García Rey (p. 101), "como una de esas excepciones que niegan o justifican el valor último de este criterio que, con tanto ahínco, se cuestiona hoy [...] al pasar revista a ese ser generacional —a sus temas, sus predilecciones, sus problemas— encontramos algo más que divergencias; hay, en verdad, un desentendimiento casi completo en relación a las obsesiones que tipifican la obra de esta escritora y aquellas por las que se inclina el resto del grupo." Algunos la consideran, por esto, como el "lobo estepario de la generación del 45" (cf. Campodónico: "Homenaje a Armonía Somers", p.45). Por esto, en Cien autores del Uruguay se dice que Armonía Somers se adelantó a la generación a la que pertenecería por nacimiento y, por su orientación artística, tiene más en común con la siguiente "Generación de la Crisis". Algunos la clasifican, junto con Juan Carlos Onetti, dentro de lo que Ángel Rama llamaría la "literatura imaginativa" que rompió con los moldes de la literatura realista. Hay una larga discusión sobre si la obra de Somers pertenece a la literatura fantástica o no; en todo caso, la atmósfera macabra de sus textos impregnados de violencia y erotismo, así como su estructura fragmentaria y los elementos intertextuales que contienen, hacen que la lectura de sus novelas y cuentos no sea fácil. Su escritura es innovadora, subversiva e irreverente, pero al mismo tiempo contiene elementos arquetípicos y alegóricos, alusiones a la Biblia y elementos oníricos y surrealistas.

Novelas
La mujer desnuda. Montevideo 1950
De miedo en miedo. Montevideo 1965
Un retrato para Dickens. Montevideo 1969
Sólo los elefantes encuentran mandrágora. Buenos Aires 1986

Cuentos y novelas cortas
El derrumbamiento. Montevideo 1953
La calle del viento Norte y otros cuentos. Montevideo 1963
Todos los cuentos, 1953-1967. Montevideo 1967 (2 tomos)
Muerte por alacrán. Buenos Aires 1978
Tríptico darwiniano. Montevideo 1982
Viaje al corazón del día. Montevideo 1986
La rebelión de la flor. Montevideo 1988
El hacedor de girasoles. Montevideo 1994
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