08 noviembre, 2006

Livia Palmeiro (Cuba,1963)

LA MUJER DE ANTONIO


La mujer de Antonio camina así, cuando va a la plaza camina así...

No vengo a hablarles de la mujer de la canción, sino e la mujer de Antonio, el de mi barrio. ¿Que si era bonita?... Figúrate, fue reina de belleza cuando las elecciones de la reina del carnaval. Después se casó con Antonio, que trabajaba en la Compañía de Electricidad, encarama’o en los postes tirando líneas, claro, muy peligroso, como que le costó la vida.

Yo recuerdo a la mujer, la mujer de Antonio con su niñito en brazos, sin luto porque se vistió de blanco de arriba abajo.

Los días que siguieron fueron terribles. No sé cuántos «buitres» casados del pueblo dándole vueltas para ver quién se acostaba con la mujer de Antonio. Pero ni la miseria pudo con esa mujer; salió a la calle y sin ninguna duda se colocó de criada. La vi hacer los trabajos más duros con la misma mirada de siempre, altiva como la reina que fue.

Lo que más me impresionaba de la mujer de Antonio era, como decían los vagos del barrio, que nunca se le quitó la jodida costumbre de trabajar..., trabajar..., trabajar, incluso ancianita hacía mandados, cuidaba enfermos.
Una vez desde el bar, mientras la mujer de Antonio pasaba, alguien le gritó:
– Ahí va la mujer de Antonio. Oye, vieja, pudiste haber explotado lo buena que estabas, entonces sí hubieras sido una reina.
No pude argumentarme, la defendí con tal vehemencia que terminé en la Estación de Policía después de haberle roto la cabeza al estúpido que la ofendió.
Claro, quedé presa, me acusaron de lo que todo el barrio sabía y me permitían ejercer: prostitución.
Estuve tres meses alejada de todo. Cando salí había perdido mi trabajo en el bar, pero para mí era fácil conseguir otro. Comencé en el prostíbulo. Sí, era de las que me paraba por las ventanas incitando a los hombres a amarme. Bueno, estoy exagerando, no era a amarme precisamente. Una noche la vi; yo, en la ventana. La mujer de Antonio pasó, me miró y por primera vez sentí vergüenza. Intenté cubrirme, pero fue imposible, estaba casi desnuda. Entonces me llevé las manos a los senos y ella sonrió. Se me acercó y yo pensé en lo valiente que era porque pocas mujeres como ella harían eso.
No dejó de sonreírme y yo no me atreví siquiera a abrir la boca. La vi viejita y la vi bella. Cuando me pasó la mano por la cabeza, un sollozo se me atravesó en la garganta y por mucho que aguanté, mis ojos se empañaron. Creo que se dio cuenta. Iba a decir algo y, en ese momento, aquella hija de puta matrona me gritó mis obligaciones.
–Oye, estás en un prostíbulo, espanta esa vieja de aquí, que no se te van a pegar ni las moscas.
Se fue enseguida, sin decir nada, no hizo falta. Aquella noche salí a la calle, no me importaron los gritos y amenazas de la matrona, tenía que caminar. No exagero si digo, aún después de tantos años, que la mujer de Antonio cambió mi vida.
Claro que no dejé mi trabajo; pero algo se rompió aquí, dentro de mi cuerpo. Admiré tanto a esa mujer que ahora que regreso otra vez al barrio, siento el mismo sollozo en la garganta que aquella noche cuando la pureza posó su mano en mí.


***Tomado de No esperes todo de la luz.( Editorial José Martí, 1998).

07 noviembre, 2006

Alicia Steimber(Argentina, 1933)


Escribir o ser escritor. Alicia Steimberg


¿Cómo sucede que alguien llega a ser escritor o escritora? Genéricamente se llama escritor a alguien que escribe cuentos y novelas. Es cierto que los historiadores y los filósofos que escriben libros también son escritores. Y los poetas y los dramaturgos son escritores, y los que escriben el texto de una historieta, guiones para cine y avisos publicitarios, pero habría que ver cuánta gente los llama escritores. Yo voy a ocuparme específicamente de lo que vengo haciendo desde hace cuarenta años, debería decir cincuenta, y aun más, si pensamos que desde muy chica ya inventaba dentro de mi cabeza historias completas con comienzo, desarrollo y final, cuando me pasaba algo malo y tenía que consolarme sola (esto no es una queja contra mis padres, también a ellos les pasaron cosas terribles). Vistas en perspectiva, aquellas historias que yo me contaba a mí misma ya revelaban algo, tal vez una habilidad innata para inventar historias, o para convertir una historia trágica en algo más potable, más digerible para la tierna edad de la autora.
Un cachorro de escritor de ficción, con su don, o su soplo divino, de todas maneras tiene que aprender muchas cosas. A caballo del soplo divino, imita a los escritores ya “establecidos”, “reconocidos” o “consagrados” (ninguna de estas palabras es suficiente en sí misma para definir al que escribe; además pareciera que las calificaciones son lapidarias: los que entran en el establishment son despreciados por los que aman a los salvajes y a los transgresores; de los profesionales se dice que se venden por dinero y que pierden la frescura; a los salvajes y a los transgresores se les tiene miedo).
Para escribir, entonces, no hay más remedio que imitar a los escritores consagrados de nuestro tiempo, sumando un ingrediente personal que, si está ausente, cava la fosa del autor a medida que éste escribe. Esta parcial imitación o reescritura de nuestros contemporáneos la hacemos todos (menos Enrique Larreta, el escritor argentino que en su novela La gloria de don Ramiro, de 1908, hizo una reconstrucción del castellano del siglo XVI, cuando en España había moros y cristianos).
En la Argentina y en otros países, los talleres literarios son una invención reciente que celebro, porque ayudan a acortar el tiempo que se necesita para aprender los resortes del oficio. Esto no significa que antes de que aparecieran los talleres los escritores, como suele decirse, aprendieran solos, como aprendemos, aun antes de nacer, a chupar para alimentarnos. El bebé ya sabe chupar cuando sale de la panza de la madre; ahora podemos comprobarlo con las ecografías, donde se ve al futuro ciudadano chupándose el dedo dentro del seno materno. Más tarde caminará, cuando la maduración le permita pararse y andar. Claro que lo ayudaremos amorosamente, pero de nada servirá la ayuda si aún no ha llegado al punto de maduración necesaria. En cambio, a los seis años hay que enseñarle, más o menos laboriosamente, a leer y a escribir. De la misma manera, durante dos milenios y medio, los escritores han aprendido a escribir literatura leyendo libros. Muchos libros. Y siguen aprendiendo de esa manera.
Después de años de ejercer por mi cuenta y en secreto una de las actividades más nobles del hombre, sin mostrarle a casi nadie el resultado de mis intentos materializados en los tipos indecisos de la máquina de escribir de papá, una Remington portátil que dejaba adorables letras en el papel y en las copias con papel carbónico, mandé un original a un concurso. No quiero asustar a aquellos que se interesen por saber cuántos años me dediqué a esta solitaria actividad, porque fueron muchos, aunque no necesariamente el mismo número de años que le dedicaron otros que, como yo, alcanzaron el título de escritor, con más o menos las mismas cualidades, o mayores, en menos tiempo.
¿Quién o quiénes confieren ese título de escritor? Muchas personas, pero también algunas instituciones. Además de los concursos literarios, las editoriales que lo aceptan, el público que lee, que es y no es lo mismo que el número de ejemplares que se venden ni es tampoco un grupo humano homogéneo; los traductores que permiten la difusión del libro en otras lenguas; el tiempo que pasa y sostiene o deja caer el éxito y la popularidad; las modas.
Escuchando con gran interés a una persona que me relataba sus actividades agropecuarias, aprendí la expresión “novillo terminado”. Entiendo que quiere decir que el animal tiene edad, peso y otros requisitos necesarios para convertirse en alimento de seres humanos. Se podría decir que un escritor es un novillo terminado cuando otros escritores de más experiencia eligen su obra en un concurso, o en dos o tres concursos, aunque sea para una mención. ¿Y no hay otra manera?, se preguntarán ustedes. Parecería que esta forma de otorgar el título de escritor, o de comenzar un proceso que terminará por otorgarlo, con todos los defectos que pueda tener, es la forma más aproximada a la ecuanimidad y a la justicia.
¿Cómo es el proceso que convierte a alguien en escritor? No se sabe. Es imposible ver crecer una planta, aunque se sepa por qué crece. Es imposible seguir el movimiento de un rayo de sol que avanza imperceptiblemente por una pared y que, un rato después, al volver a prestarle atención, encontraremos en la pared de enfrente. Tampoco se ve el don inexplicable que permite el aprendizaje del oficio, tanto al escritor como a otros artistas. Es natural que así sea, porque los escritores de ficción deben ser artistas.
Un artista surge de la nada y luego lo descubren en Hollywood, o en una escuela de danza donde aparece con las zapatillas rotas, bailando como los ángeles. Leyendo biografías de escritores vemos que uno fue fotógrafo de plaza, otro dictaba sentencia en un juzgado, otro colaboraba con los nazis durante la ocupación en Francia, a otro lo mantenían los amigos porque el grado de su alcoholismo no le permitía trabajar. Y esto no sucede sólo en la provincia del arte y de las letras. Un ministro de Economía argentino de quien la opinión pública puede decir lo que quiera, pero no que era un asno, fue hasta segundo grado de la escuela primaria. Así como un chico de seis años, cuando le preguntan qué quiere ser cuando sea grande, dice: “¡Quiero ser bombero!”, un número indeterminado de adultos, si se les pregunta qué les gustaría ser si no fueran lo que son, dicen, o guardan en secreto, que quieren ser escritores, y no hay que tomarlos más en serio que al chico de seis años. En cambio, los que no piensan “quiero ser bombero (escritor)”, si sienten el deseo de escribir, escriben, aunque piensen alternativamente que lo que guardan en secreto es una joya o una basura, aunque nunca se animen a compararlo con un texto de un escritor reconocido como tal.
Cualquiera puede sentarse y escribir, salvo que sea analfabeto. Aquí hablamos de escribir algo cuyo propósito sea entretener, conmover... El principiante dirá pomposamente “escribir un cuento”; alguien menos refinado dirá “hacer un cuento”, a la vez que anuncia que tiene pensado escribir una novela. Tiempo después ha aprendido a llamar “textos” a esos escritos que antes llamaba cuentos, y el cuidadoso plan que tenía para la novela será reemplazado por una pequeña historia que le contó su abuelo, del tiempo en que él, el escritor, todavía no había llegado a este mundo.
“La gente escribe por muy diversos motivos”, dijo una vez una escritora al público. “Escriben para hacerse famosos, para perdurar en el tiempo, para ganar dinero, para difundir sus ideas, para hacer la revolución social”, continuó. “Yo –dijo finalmente– escribo para que no me interrumpan cuando hablo.”

Este texto, “Escribir o ser escritor”, es el primero que figura en Aprender a escribir, publicado por Aguilar en 2006, en el que Alicia Steimberg volcó su experiencia como escritora y maestra de escritores en talleres literarios.
Aquí el registo de un fragmento leido por Alicia.

03 noviembre, 2006

Lucía Guerra (Chile, 1944)


Alborada

Esa tarde entré a la clínica sin saber que, entre esas paredes blancas, se fraguaría el despertar de mi cuerpo y mi conciencia. Un renacer a flor de piel para mi existencia que había sido totalmente anulada por un hombre. Llegué allí con esa sensación de desgano que ya se había hecho usual en mí, ahora convertida en esa sombra inútil de la mujer que ha fracasado en su matrimonio. Y sin otra alternativa que seguir cumpliendo el papel de la esposa abnegada y satisfecha aunque el marido haya optado por levantar una trinchera de hielo a su alrededor.

Este es un lunar atípico-declaró la doctora. Y más vale extirparlo de inmediato porque ya puede estar produciendo células anómalas.

Al oír su diagnóstico, vino a mi mente la imagen del cáncer invadiendo todo mi cuerpo, irradiando la muerte desde esa minúscula porción de piel que crecía en la parte superior del muslo izquierdo y a no más de medio centímetro de la ingle. A la yema de mis dedos llegaba la textura algo rígida de ese lunar marrón en una circunferencia perfecta que me hacía imaginarlo como un planeta en miniatura que, por capricho, se había posado tan cerca de mi pubis. Noche a noche lo palpaba mientras, hundida en la zona gris de la impotencia, sufría por el rotundo abandono de José. Hacía ya casi dos años que había dejado de amarme y me trataba con una total indiferencia, como si yo de pronto hubiera dejado de existir. A veces, durante varios días no regresaba a la casa y después de los primeros meses, me di cuenta de que ni siquiera valía ya la pena implorar o hacer reproches. Aunque parezca absurdo, ese lunar me otorgaba una sensación de compañía que hacía menos insoportable vivir el vacío dejado por José y esa atmósfera impregnada de soledad y de silencio que me cercaba en cada uno de los rincones de la casa. Dándose un aire de importancia, él casi no me dirigía la palabra, pese a que seguíamos casados y por conservar cada detalle de las apariencias, manteníamos la costumbre de compartir el mismo dormitorio y el mismo lecho. Era muy posible, como acababa de decir la doctora, que en ese lunar ya estuviera germinando la muerte, pero el hecho de que José hubiera dejado de amarme había sido también vivir la muerte en carne viva.

En este tipo de operación, sólo se usa anestesia local y no toma más de cuarenta minutos extirpar y poner los puntos. ¿Quiere hacérsela ahora mismo?-me preguntó echando una ojeada eficiente a su reloj.

Y yo asentí como una autómata porque el abrupto desamor de José me había despojado de mi ser convirtiéndome en un ente pasivo que obedecía todo lo que se le imponía; incluso el hecho de estar esa tarde en la clínica no se debía a una iniciativa propia sino a la voluntad de mi madre quien se había encargado de pedir hora para una consulta.

Perfecto. Yo ahora estoy terminando mi turno, pero el doctor Muzárvez se encargará de todo. Relájese. El vendrá a hacer la operación en menos de diez minutos.

Recostada en la camilla, cerré los ojos y con un cierto dejo de ternura, volví a palpar ese lunar tan cercano a mi pubis, a mi clítoris y a mis labios vaginales. A esos labios que se entreabrían cuando José los acariciaba con su lengua mientras emitía susurros casi imperceptibles, como si estuviera arrullándolos. Aquella había sido la época de su "furor pasional", así lo llamaba él, de aquellos días y aquellas noches cuando nos entrelazábamos a cualquier hora y en cualquier lugar de la casa. Sobre el amplio sofá de la sala, en el pasillo que conducía a nuestro dormitorio e incluso contra la pared de la cocina mientras se cocinaba el estofado. Era entonces cuando me miraba a los ojos y abrazándome muy fuerte exclamaba que jamás en su vida había sentido "esa vorágine de sensaciones increíbles", "ese impulso enloquecedoramente salvaje" que le producía mi cuerpo. . . "Jamás antes, jamás antes", repetía con su rostro empapado de sudor y los ojos entrecerrados después de habernos hecho el amor en rutas siempre imprevistas. Y a mí todo aquello también me parecía un torbellino creado exclusivamente por este cuerpo mío que me hacía sentir como una diosa sensual de senos muy exuberantes y caderas voluptuosas, de brazos y piernas semejantes a troncos de agua que se ajustaban y lamían cada retazo de la piel de José. Disfrutando el poder de mi propio cuerpo, permanecía desnuda a su lado y cuando él volvía a abrir los ojos, me contemplaba con devoción y nunca dejaba de mencionar que era yo quien había hecho de él, un hombre maravillosamente potente e imaginativo en los haceres sexuales.

Sin embargo, todos los torbellinos del placer se agotaron después de aquel viaje de negocios que se prolongó más de lo planeado. Fue entonces cuando de un solo portazo clausuró mi cuerpo y me abandonó de una manera tan abrupta e irrevocable como la propia muerte. "No estaba deslumbrado con usted sino consigo mismo", me explicó la sicóloga quien trató de ayudarme a superar la angustia y la desesperación. "Eso le ocurre a muchos hombres cuando una mujer los hace descubrir que tras la sencilla penetración, hierve otro caudal de preámbulos y creatividad sexual. Entonces, como proyección de sí mismos porque eso es en realidad, surge un amor espectacular . . . hasta que la experiencia se repite con otra mujer . . ." Y lo que ella decía era muy cierto porque, en el fondo, José sólo era capaz de amarse a sí mismo, de vivir todo lo que lo rodeaba como proyección de su propio ego . . . de ese ego vanidoso que lo hacía detenerse frente a un espejo para constatar que era un hombre atractivo o que lo incitaba a darle una inusitada importancia a sus objetos personales, a cada detalle de lo que hacía en su oficina e incluso a lo que él denominaba su conocimiento enciclopédico de las lides futbolísticas en las canchas nacionales e internacionales.

Todo eso lo comprendí gracias a la sicóloga quien, a pesar de sus consejos, no logró que yo decidiera divorciarme. Y de dónde podía yo sacar la fuerza y la determinación para crear tal escándalo en mi familia tan católica y de mujeres abnegadas que jamás elevaban una queja, todas muy bien casadas y cumpliendo felices el rol de madres y dueñas de casa bajo el santo e indisoluble lazo del matrimonio. Las tragedias y los escándalos nunca habían sido admisibles en nuestra sacra familia y yo no podría, eso lo sabía muy bien, rebelarme contra todos ellos y tener la osadía de trizar ese orden. Paredes blancas y vacías, en eso se había convertido mi existencia, concluí mientras yacía en la camilla de la clínica, yo era una mujer anulada y muerta por dentro, pese a mis treinta y tres años pletóricos de hormonas que ahora, por el abandono de José, me recorrían el cuerpo como insectos narcotizados, como cadáveres flotando en el fango de un pozo oscuro y sin salida.

Alguien dio dos breves golpes en la puerta y entró el doctor Muzárvez seguido por una enfermera a quien apenas miré porque él irradiaba una energía insólita con sus cabellos ensortijados, su sonrisa seductora y ese aire atlético que transformaba la blancura de las paredes en diseños sicodélicos.

Veamos-dijo en un tono jovial y la enfermera se apresuró a apoyar el lado exterior de mi muslo sobre la camilla para que él pudiera ver el lunar. Con un gesto profesional, acercó el rostro, lo tocó preguntándome si sentía algún dolor y volviendo a erguirse, le indicó a la enfermera que me cubriera con una sábana dejando todo el muslo izquierdo al descubierto.

Ábrase de piernas lo más que pueda y manténgase así durante toda la operación. Más abiertas, por favor. . . así. . . Primero le pondré una inyección que no le va a producir dolor-agregó y, junto con el pinchazo, sentí la presión de sus dedos sobre la piel.

Estos lunares atípicos son bastante frecuentes-dijo antes de volver a inclinarse y esta vez me pareció que apoyaba toda la palma de la mano en esa zona tan cercana a mi pubis que ahora estaba recibiendo una corriente cálida, casi electrizante. En estos momentos, señora, empiezo a extirpar el lunar, no siente ningún dolor ¿verdad? . . . esta dosis de anestesia siempre resulta suficiente-comentó y a mi pubis llegó su aliento haciendo entreabrirse los labios de la vagina en un leve temblor.

¡Listo!-anunció mientras ponía presión con los dedos seguramente para obstruir el flujo de sangre.
¿Me necesita para algo más, doctor Muzárvez?-preguntó la enfermera.

No. Vaya no más a ayudar al doctor Mora. Yo puedo seguir solo. . . Esta es la parte que toma más tiempo, señora, porque debemos cerrar la incisión con una hilera de puntos por dentro y otra por fuera . . . ¿Está cómoda? . . . Quédese así, sin moverse, por favor.

Y empezó a dar puntadas con su rostro a escasos centímetros de mi ingle, de la cesura labial y la superficie carnosa de mi clítoris. La yema de sus dedos en un arpegio de acordes imprevistos hacían resonar mi cuerpo en ondas profundamente eróticas, los movimientos de sus manos semejaban los de un ave en vuelo fogoso y tanguero que revoloteaba cerca de mis labios entreabiertos y mi vagina excitada produciéndome en el pecho una sensación de ansiedad que me aceleraba el corazón . . . Desde la cabecera de la camilla, sólo podía divisar su pelo ensortijado, negro, muy negro y muy andaluz, y entonces pensé que sólo los andaluces habían traído ritmo y color a mi país tan desabridamente sobrio, tan lleno de reglas que reprimían toda espontaneidad. "Muzárvez, Muzárvez", repetí varias veces imaginando que, en cualquier momento, iba a recibir un beso allí, a medio centímetro de lo que empezaba a ser un volcán en erupción. "Muzárvez", hasta el apellido de ese hombre tan atractivo acariciaba la piel con sus zetas lentas y ondulantes y aquel acento en la "a" muy abierta produciéndome un estado de celo, del más puro y vigoroso deseo. Cerré los ojos extasiada con el rehallazgo de este cuerpo mío que José había hecho caer en el letargo y en la nada mientras él, protegido por la dualidad injusta de nuestra sociedad, se dedicaba a cultivar lo que pomposamente llamaba su furor pasional en otras mujeres y me relegaba a mí a seguir atada a una moral que no admitía mujeres adúlteras.

Con los ojos cerrados, el deseo era aún más intenso y opté por fijar la vista en la pared blanca para apaciguar esa marea que ya empezaba a humedecerme. Pero en un impulso inconsciente o tal vez porque ya se estaba iniciando en mí un renacer, ese yo voluntarioso del cual me había despojado José me instó a hundir la mirada con pleno gozo en el cabello abundante e indómito del doctor Muzárvez mientras el ritmo acompasado de su respiración caía sobre mi pubis ahora descubierto. Poco a poco, imperceptiblemente, la sábana que lo tapaba había estado deslizándose y ahora sólo cubría tres cuartas partes de mi muslo derecho. Álvaro, ése debía ser su primer nombre, pensé, Álvaro Muzárvez, fogoso y viril Álvaro y no el vulgar José, nombre santurrón y pacato para ese hombre de doble vida que mantenía las apariencias del marido perfecto mientras había hecho de las aventuras amorosas su pasatiempo favorito. Y aunque nunca antes había querido admitirlo, el deseo que estaba sintiendo hacia este otro hombre me hizo decirme, por primera vez, que José seguía casado conmigo porque disfrutaba de ser miembro de una familia de vieja cepa como la mía y no quería perder este prestigio ni la herencia que dejarían mis padres. "Álvaro", repetí, brillante especialista en dermatología y no el prosaico jefe de ventas de la sucursal de los camiones Pegaso en una lejana ciudad sudamericana . . . Mientras sentía que el brazo del doctor rozaba ligeramente la piel de mi vientre, recordé el logo ridículo y anacrónico de la marca Pegaso con su caballo dotado de alas y me pareció el colmo de la prepotencia masculina... Fue entonces cuando descubrí que José también era el colmo de la prepotencia porque no dejaba ni un solo minuto de sentirse atractivo, a pesar de su baja estatura. . . ¡Ah! Pero por haber nacido hombre, él sí que tenía la libertad para embarcarse con cualquier mujer mientras mantenía un hogar bien constituido como la fachada decente para sus fechorías. . . porque ¡cómo no iba a ser una fechoría engañar a otras mujeres y mantenerme a mí cautiva y con mi existencia hecha un estropajo!

Hombre chico, egoísta y vanidoso, eso era José, por fin lo veía sin velos ni tapujos de ninguna especie, a plena luz. . . y a plena luz me pareció la viva réplica de Sebastián de la Carra, el enano que pintara Goya junto con tantos otros hombres deformes para simbolizar la mezquindad de algunos seres humanos, de esa baja estirpe a la cual José pertenecía. De pronto me invadió la ira y sentí ganas de gritarle a José que tenía un alma roñosa e incapaz de amarme a mí quien era la primera mujer en el mundo que le había señalado los innumerables recodos del placer. . . "¡Ingrato, mal agradecido!" iba a decir a viva voz, pero fue en ese preciso momento cuando Álvaro, Álvaro Muzárvez, lanzó un breve suspiro que produjo un millar de ecos en mi cuerpo anhelante y entonces me entraron unos deseos enormes de acariciar su pelo abundante y deslizarme por la camilla en un movimiento sensual que nos dejara mirándonos a los ojos antes de caer abrazados sobre esas sábanas tan blancas. Y lo iba a hacer, lo juro, pero justo en ese segundo, él levantó la cabeza y con la mano izquierda alcanzó un tubo y de allí sacó una crema desinfectante que empezó a esparcir muy lentamente por la incisión. . .

"Ya sólo falta poner una pequeña venda", dijo mientras pasaba los dedos alrededor de lo que fue ese lunar, no ya opaco sustituto de los vacíos que había dejado José, porque junto con el despertar de mi cuerpo, se había producido otra luz que me había hecho decidir que ya sabría yo cómo llenar esos vacíos por mí misma y sin apéndices de ninguna especie. Fue entonces cuando llegué a la conclusión de que José, después de todo, no había sido más que un apéndice para esta vida que era mía y sólo a mí me pertenecía.

Terminamos-exclamó el doctor con una sonrisa y en su mirada sentí que mi sensualidad no le había sido ajena. Puede ahora vestirse y en el mesón de la salida, una enfermera le indicará el procedimiento a seguir durante diez días.

Se despidió estrechándome la mano y yo me quedé contemplando con intenso regocijo su espalda erguida y viril, una porción de la nuca que dejaba entrever su cabellera ondulada y de negro azabache, y desapareció tras la puerta en el momento en que mis ojos disfrutaban de la curva de sus caderas infundiendo un ritmo vigoroso a su andar.

"Mañana mismo empezaré los trámites de mi divorcio", decidí echando a la mierda el lazo indisoluble del matrimonio y todos los otros sacramentos. En esta nueva alborada de mi cuerpo y mi conciencia, muy poco me importaba que a mi madre y a todas las otras mujeres de la santa familia les diera un soponcio o un ataque al corazón por el escándalo que yo iba a causar. Ya había tomado la resolución de rescatarme a mí misma y ser libre aunque mi padre me amenazara con desheredarme o el sacro padre de la iglesia me excomulgara. Yo sería libre porque el despertar de mi cuerpo, en el más genuino de los deseos, había creado también un nuevo umbral. Desde ahora sería una mujer sin ataduras de ninguna especie y enfrentaría el mundo con este yo auténtico que había permanecido amortajado por casi dos años.

Mientras me ponía las medias que se ajustaban como una segunda piel desde la planta de los pies hasta la cintura, sentí que de mi cuerpo emanaba un olor a trébol recién florecido.


Es profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de California, Irvine. Ha publicado: Más allá de las máscaras, Frutos extraños, Muñeca brava (novela publicada también en Inglaterra bajo el título de The Street of Night), Los dominios ocultos y Las noches de Carmen Miranda. En 1989, su cuento La pasión de la virgen recibió el Primer Premio en el Concurso Internacional de la revista Plural en México y en 1995, a su historia Emboscadas de la memoria se le otorgó el Primer Premio en el Certamen Bienal del Centro Cultural Mexicano. Con Frutos extraños recibió en 1991 el Premio Letras de Oro auspiciado por el gobierno de España y la Universidad de Miami y, en 1992, este mismo libro recibió el Premio Municipal de Literatura en Chile. Ha sido traducida al inglés, alemán y sueco.

27 octubre, 2006

Yolanda Oreamuno (Costa Rica, 1916-1956)






La ruta de su evasión (fragmento)

" Siempre queda en algún árbol una hoja postrera, prendida a la rama por un milagro de resistencia inexplicable, y todas las mañanas, al pasar, formulamos una despedida porque tememos no encontrarla allí al día siguiente. Es tan frágil su aspecto, descomedida su posición, muerto su color, que no podemos explicarnos por cuál fenómeno se mantiene en su sitio invulnerable al viento, la escarcha y el frío. Simboliza el recuerdo borroso de lo que fuera en primavera y verano el ropaje del árbol; es la manifestación única de su antigua forma; la rúbrica de su linaje, el síntoma de su especie. Pese a todo lo precario que esa hoja solitaria representa, en su humildad, en su indefensión, tiene un noble elemento de fortaleza. Cada mañana la buscamos para comprobar en su delicado tallo o en el contorno de su cuerpecillo aterido los efectos de la intemperie, y repetimos la nostálgica despedida. Pero al verla de nuevo, inalterable y sola, nos preguntamos sobresaltados si resistirá todo el invierno allí. Tanta tenacidad anónima despierta en nosotros cierto elemento de sospecha ¿por qué resiste?, ¿irá a permanecer a pesar de todo?, ¿para qué su inmutabilidad?, y nos vamos acostumbrando a su presencia en el árbol frente a nuestra casa. Lentamente, con la familiaridad de lo inevitable, olvidamos la hoja fiel. Una mañana cualquiera ya no levantamos la cabeza para buscarla, ni nos despedimos de ella hasta nunca. Ha entrado a formar parte del paisaje inalterable, de ese paisaje permanente más allá de las estaciones y las temperaturas. Y muchos días después, casi sin pensar en ella, echamos una mirada descuidada que nos revela su ausencia. Se fue con el viento. Ya no está. Se fue sin despedida, sin adiós y sin lágrima.
Tampoco dejó recuerdo. Simplemente se fue."



Escritora costarricense que destacó por su obra introspectiva. Nació en San José de Costa Rica, aunque vivió en muchos países americanos, como Chile, Guatemala, México y Estados Unidos de América. Con Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez forma la tríada que renovó las letras de su país, pero ella no siguió la vía de sus compañeros, el realismo social, sino que optó por el psicoanálisis y todo lo que esta disciplina ofrece. Así, en su única novela, La ruta de su evasión (1949), se adentra en los terrenos de la introspección para indagar en mundos y personajes oscuros, amargos, difíciles. Esta exploración, en la que usó el monólogo interior, la sitúa como una gran renovadora de la literatura costarricense.En 1948, su novela La ruta de su evasión, obtuvo el primer premio en un concurso centroamericano de novela convocado en Guatemala.Preocupada por el hecho literario en sí, escribió muchos ensayos críticos que fueron publicados en 1961 con el título de A lo largo del camino
Esta bella e inteligente mujer falleció en México, en la casa de su amiga, la poetisa costarricense Eunice Odio, en 1956. Sus producciones implicaron una renovación para la literatura nacional.

24 octubre, 2006

Clarissa Pinkola Estés (EE.UU., 1945)




"La Loba"

Hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto. Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla. 
Es circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo, desea evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como las aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos. 
Podría decir que vive entre las desgastadas laderas de granito del territorio indio de Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix en las inmediaciones de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia Monte Albán 3 en un viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo. O esperando al borde de la autovía cerca de El Paso o desplazándose con unos camioneros a Morella, México, o dirigiéndose al mercado de Oaxaca, cargada con unos haces de leña integrados por ramas de extrañas formas. Se la conoce con distintos nombres: La Huesera, La Trapera y La Loba. 
La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel, cuervos. Pero su especialidad son los lobos. 
Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar. 
Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba. 
La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar. 
La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo cañón abajo. 
En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas. 
Recuerda que, si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el sol y quizá te has extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte, pues bien pudiera ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te enseñara una cosa… una cosa de alma. 



Relato de la autora en referencia al cuento


Tengo que confesarles que yo no soy como uno de esos teólogos que se adentran en el desierto y regresan cargados de sabiduría. He recorrido muchas hogueras de cocinar y he esparcido cebo de angelote en toda suerte de dormitorios. Pero, más que adquirir sabiduría, he sufrido embarazosos episodios de Giardiasis, E. coli 1, y amebiasis. Ay, tal es el destino de una mística de la clase media con intestinos delicados. 
He aprendido a protegerme de todos los conocimientos o la sabiduría que haya podido adquirir en el transcurso de mis viajes a extraños lugares y personas insólitas, pues a veces el viejo padre Academo*, como el mítico Cronos, sigue mostrando una fuerte propensión a devorar a sus hijos antes de que hayan alcanzado la capacidad de sanar o sorprender. El exceso de intelectualización puede desdibujar las pautas de la naturaleza instintiva de las mujeres. 

* Héroe ateniense al que estaba dedicado un bosque sagrado donde Platón fundó su Academia y donde solían reunirse los filósofos de Atenas. (N. de la T.) 

Por consiguiente, para fomentar nuestra relación de parentesco con la naturaleza instintiva, es muy útil comprender los cuentos como si estuviéramos dentro de ellos y no como si ellos estuvieran fuera de nosotros. Entramos en un cuento a través de la puerta del oído interior. El relato hablado roca el nervio auditivo que discurre por la base del cráneo y penetra en la médula oblonga justo por debajo del puente de Varolio. Allí los impulsos auditivos se transmiten a la conciencia o bien al alma, según sea la actitud del oyente. 
Los antiguos anatomistas decían que el nervio auditivo se dividía en tres o más caminos en el interior del cerebro. De ello deducían que el oído podía escuchar a tres niveles distintos. Un camino estaba destinado a las conversaciones mundanas. El segundo era para adquirir erudición y apreciar el arte y el tercero permitía que el alma oyera consejos que pudieran servirle de guía y adquiriera sabiduría durante su permanencia en la tierra. 
Hay que escuchar por tanto con el oído del alma, pues ésta es la misión del cuento. 
Hueso a hueso, cabello a cabello, la Mujer Salvaje regresa. A través de los sueños nocturnos y de los acontecimientos medio comprendidos y medio recordados. La Mujer Salvaje regresa. Y lo hace a través de los cuentos. 
Inicié mi propia migración por Estados Unidos en los años sesenta, buscando un lugar donde pudiera asentarme entre los árboles, la fragancia del agua y las criaturas a las que amaba: el oso, la raposa, la serpiente, el águila y el lobo. Los hombres exterminaban sistemáticamente a los lobos en el norte de la región de los Grandes Lagos; dondequiera que fuera, los lobos eran perseguidos de distintas maneras. Aunque muchos los consideraban una amenaza, yo siempre me sentía más segura cuando había lobos en los bosques. Por aquel entonces, tanto en el oeste como en el norte, podías acampar y oír por la noche el canto de las montañas y el bosque. 
Pero, incluso en aquellos lugares, la era de los rifles de mira telescópica, de los reflectores montados en jeeps y de los cebos a base de arsénico hacían que el silencio se fuera propagando por la tierra. Muy pronto las Montañas Rocosas se quedaron casi sin lobos. Así fue como llegué al gran desierto que se extiende mitad en México y mitad en Estados Unidos. Y, cuanto más al sur me desplazaba, tanto más numerosos eran los relatos que me contaban sobre los lobos. 
Dicen que hay un lugar del desierto en el que el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos se reúnen a través del tiempo. Intuí que había descubierto algo cuando en la zona fronteriza de Texas oí un cuento llamado “La Muchacha Loba” acerca de una mujer que era una loba que a su vez era una mujer. Después descubrí el antiguo relato azteca de los gemelos huérfanos que fueron amamantados por una loba hasta que pudieron valerse por sí mismos 2. 
Y, finalmente, de labios de los agricultores de las antiguas concesiones de tierras españolas y de las tribus pueblo del sudoeste, adquirí información sobre los hueseros, los viejos que resucitaban a los muertos y que, al parecer, eran capaces de devolver la vida tanto a las personas como a los animales. Más tarde, en el transcurso de una de mis expediciones etnográficas, conocí a una huesera y, desde entonces, ya jamás volví a ser la misma. 



de  “Mujeres que Corren con los Lobos" (Ediciones B, 2000)

Clarissa Pinkola Estés, Ph.D. (nacida el 27 de enero de 1945), es una poetisa estadounidense, psicoanalista y especialista en post-traumas que se crió cercana a una tradición ética oral. Ella creció en un pueblo rural, de 600 habitantes, cerca de los Grandes Lagos. De herencia mejicana y húngara, viene de familias inmigrantes y refugiadas que no podían leer o escribir, o lo hacían con dificultad. Al igual que William Carlos Williams y otros poetas que trabajaron en profesiones relacionadas con la salud, Estés es una analista Jungiana que estuvo trabajando en clínicas durante más de 38 años. Su doctorado, de la Union Institute & University, es en psicología étnico-clínica, el estudio de los patrones sociales y psicológicos en los grupos culturales y tribales. Ella solía hablar sobre sí misma como "una disgustada colegiala de visita" y una "colegiala de la diversidad" en la universidades. Ella es la autora de muchos libros de la vida del alma, y su trabajo ha sido publicado en 33 idiomas. Su libro, 'Mujeres que corren con los lobos' estuvo en la lista Best Sellerwas del New York Times durante 145 semanas.
Es controvertida porque propone que, ambos, la asimilación y el mantenimiento de las tradiciones étnicas son los caminos para contribuir a una cultura creativa y a una civilización basada en el alma. Ella ha ayudado exitosamente pidiendo a la Biblioteca del Congreso, al igual que a todos los institutos de psicoanálisis del mundo, para renombrar sus estudios y categorizarlos de una forma llamada, entre otras cosas, "psicología de los primitivos," nombres respetuosos y descriptivos, de acuerdo con el grupo étnico, la religión, la cultura, etc.
Biografía [editar]
Como especialista en post-traumas, comenzó sus trabajos en los años 60 en hospitales donde cuidaba a niños con daños severos, veteranos de guerra, y sus familias. Sus enseñanzas acerca de los escritos en prisión comenzaron en los años 70 en la penintenciaria para hombres de Colorado; la prisión federal de mujeres en Dublín, California, y en prisiones a lo largo del suroeste. Ella trabajaba en los campos de pérdidas de hijos, familias con supervivientes de asesinatos, al igual que accidentes críticos de trabajo. Sirvió en sitios con desastres naturales, con el protocolo de recuperación post-trauma para supervivientes de terremotos en Armenia, y enseñando a los ciudadanos representativos a trabajar en los post-trauma en el sitio. Ha servido recientemente en el Columbine High School y su comunidad después de la masacre, durante 1999 a 2003. También ha trabajado con los supervivientes del 11-S y sus familias, tanto en la cosa este como en la costa oeste.
(obtenido de Wilkipedia)

04 octubre, 2006

Anne Rice (EE.UU.-Nueva Orleans,1941)

El vampiro Armand

Si yo hubiera pensado que mi transformación en vampiro significaba el fin de mi tutela o de aprendizaje a Marius, que estaba muy equivocada. No se fijó inmediatamente en libertad a revolcarse en las alegrías de mi nuevos poderes.
La noche después de mi metamorfosis, mi educación comenzó en serio. Yo iba a estar preparados ya no para una vida temporal, sino para la eternidad.
Mi maestro me dio a conocer que se había creado un vampiro casi mil quinientos años atrás, y que no eran miembros de nuestra especie en todo el mundo. Reservado, desconfiado y con frecuencia solitario miserablemente, los vagabundos de la noche, como mi Señor los llamó, estaban a menudo mal preparados para la inmortalidad y no hizo nada de su existencia, pero una serie de desastres triste hasta la desesperación que consume y que se inmolaron a través de alguna hoguera horrible , o yendo a la luz del sol.
En cuanto a los muy ancianos, quienes al igual que mi maestro había logrado resistir el paso de los imperios y las épocas, que fueron a los misántropos mayor parte, en busca de sí mismas ciudades en las que podía reinar entre los mortales, la conducción fuera novatos que intentaron compartir su territorio, incluso si eso significaba la destrucción de las criaturas de su propia especie.
Venecia era el territorio indiscutido de mi Maestro, su coto de caza, y su ámbito privado en el que podría presidir los juegos que había elegido como importantes para él en este tiempo de vida.
"No hay nada que no pasará", dijo, "a menos que usted mismo debe escuchar lo que digo porque mis clases son lecciones en primer lugar en la supervivencia;. Las guarniciones vendrá más tarde."
La principal lección es que matamos sólo "el malvado". Esta había sido una vez, en la más remota siglos de antigüedad, una comisión solemne de bebedores de sangre, y de hecho ha habido una religión oscura que nos rodea en antiguos días paganos en la que los vampiros había sido adorado como portadores de la justicia a los que había hecho mal.
"Nunca más permitiré que la superstición como nos rodean y el misterio de nuestros poderes. No somos infalibles. No tenemos ninguna comisión de Dios. Vagamos de la Tierra, como los felinos gigantes de las grandes selvas, y no tienen derecho más que a aquellos matar a cualquier criatura que trata de vivir.
"Pero es un principio infalible de que la matanza de los inocentes te volverá loco. Créeme cuando te digo que para su tranquilidad que se debe alimentar a los malos, tienes que aprender a amar en toda su inmundicia y la degeneración, y usted tiene que vivir en las visiones de su maldad, que inevitablemente va a llenar su corazón y el alma durante la matanza.

"Mata a los inocentes y que, tarde o temprano vienen a la culpa, y con ella se llega a la impotencia y la desesperación, finalmente. Usted puede pensar que son demasiado cruel y demasiado frío para ello. Usted puede sentir superior a los seres humanos y la excusa de su depredador excesos en la tierra que lo haga, pero buscan la sangre necesaria para su propia vida. Pero no va a funcionar en el largo plazo.
"A la larga, se llega a saber que usted es más humano que monstruo, todo lo que es noble en la que se deriva de su humanidad y su naturaleza reforzada sólo puede conducir a los seres humanos un valor aún más. Llegarás a lástima los que matan, incluso los más irredimibles, y se llega a amar a los seres humanos tan desesperadamente que no habrá noches en las que el hambre se parece mucho más conveniente para usted que la comida de sangre. "
Acepté esta todo corazón, y rápidamente se hundió con mi maestro en el lado oscuro de Venecia, el salvaje mundo de las tabernas y vicio que nunca tuve, como el misterioso vestidos de terciopelo "aprendiz" de Marius De Romano, realmente visto antes. Por supuesto que sabía lugares para beber, sabía cortesanas de moda, como nuestra querida Bianca, pero realmente no sabía que los ladrones y asesinos de Venecia, y fue en estos que me alimenta.
Muy pronto, comprendí lo que mi maestro quiso decir cuando dijo que tenía que desarrollar el gusto por el mal y su mantenimiento. Las visiones de mis víctimas se hizo más fuerte para mí, con cada muerte. Empecé a ver los colores brillantes cuando maté. De hecho, a veces podía ver estos colores bailando alrededor de mis víctimas antes de que yo aún cerrado pulg Algunos hombres parecen caminar en la sombra teñido de rojo, y otros que emanan una luz naranja de fuego. La ira de mis víctimas humilde y tenaz era a menudo un color amarillo brillante que me cegó, me abrasador, por decirlo así, tanto cuando me atacó por primera vez y mientras bebía la víctima de toda la sangre seca.
Yo estaba en el inicio de un asesino terriblemente violento e impulsivo. Al haber sido creada por Marius en un nido de asesinos, me fui a trabajar con una furia torpe, sacando mi presa de la taberna o la pensión de mala muerte, en las curvas él en el muelle y luego desgarrando su garganta como si fuera un perro salvaje . Bebí con avidez a menudo rompiendo el corazón de la víctima. Una vez que el corazón se ha ido, una vez que el hombre está muerto, no hay nada para bombear la sangre hacia usted. Por lo que no es tan bueno. Sin embargo, mi Señor, por todos sus pomposos discursos acerca de las virtudes de los seres humanos, y su insistencia inflexible sobre nuestras propias responsabilidades, sin embargo, me enseñó a matar con delicadeza.
"Tómalo lentamente", dijo. Caminamos a lo largo de las estrechas orillas de los canales, donde existían. Viajamos al escuchar góndola con nuestros oídos sobrenaturales para la conversación que parecía hecha para nosotros. "Y la mitad del tiempo, no es necesario entrar en una casa con el fin de sacar a una víctima. Stand fuera de ella, leer los pensamientos del hombre, echadle un cebo en silencio. Si usted lee sus pensamientos, es casi una certeza que puede recibir el mensaje. Usted puede atraer sin palabras. Puede ejercer una atracción irresistible. Cuando sale a usted, entonces lo llevan.

"Y nunca hay necesidad de que sufriera, o de sangre que se derrame en realidad. Abrace a su víctima, el amor de él, si se quiere. Acariciar lentamente y le hincar el diente con precaución. A continuación, fiesta tan lentamente como sea posible. De esta manera su corazón se puede ver a través.

"En cuanto a las visiones, y esos colores que hablan de, tratar de aprender de ellos. Vamos a la víctima en su muerte le diga lo que pueda acerca de la vida misma. Si las imágenes de su viaje de la vida mucho antes de que, a observar, o mejor dicho, disfrutar de ellos. Sí, a disfrutar. devorar lentamente como lo hace la sangre. En cuanto a los colores, deja que te invaden. Que toda la experiencia que inundan. Es decir, se activa y pasiva por completo. Hacer el amor a su víctima. Y escuchar siempre, por el momento actual, cuando el corazón deja de latir. Usted se sentirá una sensación orgiástica sin lugar a dudas en este momento, pero puede ser pasado por alto.
"Eliminar el cuerpo después de, o asegurarse de que usted tiene lamió todo signo de la heridas punzantes en la garganta de la víctima. Sólo un poco de tu sangre en la punta de la lengua hará esto. En Venecia los cadáveres son comunes. No es necesario que se esfuerzan tanto. Sin embargo, cuando cazamos en los pueblos aledaños, a continuación, a menudo usted puede tener que enterrar los restos. "
Yo estaba ansioso por todas estas lecciones. Que cazaban juntos fue un placer magnífico. Me di cuenta con la suficiente rapidez que Marius había sido torpe en los asesinatos que había cometido para mí ser testigo antes de que me había transformado. Supe entonces, que tal vez he dejado claro en esta historia, que él quería que yo siento compasión por las víctimas, que quería que la experiencia de terror. Él quería que yo viera la muerte como una abominación. Pero debido a mi juventud, mi devoción por él y la violencia que me han hecho en mi vida mortal a corto, yo no hubiera reaccionado como lo esperaba.
En cualquier caso, ahora era un asesino mucho más hábil. A menudo nos llevó a la víctima misma, juntos, bebiendo de la garganta de nuestro cautiverio, mientras alimentaba a partir de la muñeca del hombre. A veces se deleitaba en la celebración de la víctima bien para mí mientras yo bebía toda la sangre.
Nuevo ser, tuve sed, todas las noches. Yo podría haber vivido durante tres o más sin matar, sí, ya veces lo hice, pero por la quinta noche de negar a mí mismo - esto fue puesto a prueba - que era demasiado débil para levantarse de los sarcófagos. Así que lo que esto significa es que, cuando y si alguna vez por mi cuenta, tengo que matar por lo menos cada cuatro noches.
Mis primeros meses fueron una orgía. Cada muerte parece más emocionante, más paralyzingly deliciosa que la que había ido antes. La mera visión de una garganta al descubierto podría provocar en mí un estado de excitación que me volví como un animal, incapaz de idioma o la moderación. Cuando abrí los ojos en la oscuridad de piedra fría, que prevé la carne humana. Podía sentirlo en mis manos desnudas y yo lo quería, y la noche no podía tener otros eventos para mí hasta que yo había puesto mis manos poderosas de aquel que sería el sacrificio de mis necesidades. Por un largo rato después de la muerte, sensaciones dulces latidos pasa a través de mí como la sangre caliente aromático encontrado todos los rincones de mi cuerpo, ya que bombea el calor magnífica en la cara.
Esto, y sólo esto, fue suficiente para absorber por completo, los jóvenes como yo.
Pero Marius no tenía ninguna intención de dejar que me revuelcan en la sangre, el depredador jóvenes apresurados, sin otro pensamiento sino a sí mismo exceso noche tras noche. "Usted realmente tiene que empezar a aprender la historia y la filosofía y la ley en serio", me dijo. "Usted no se ha destinado a la Universidad de Padua ahora. Usted está destinado a perdurar."


Nacida bajo el nombre de Howard Allen O'Brien, desde pequeña cambió su nombre a "Anne". Se casó con el difunto poeta y pintor Stan Rice en 1961, con quien tuvo dos hijos, una niña, Michele en 1966 y que murió de leucemia a los 5 años de edad y el famoso escritor Christopher Rice (que nació en 1978).
Desde pequeña estuvo interesada en temas de vampiros y brujas. En su carrera como escritora, también ha publicado con los pseudónimos Anne Rampling y A.N. Roquelaure, este último en sus primeros años y para temas más orientados a adultos, sus libros contienen constantemente mezclas de lo horroroso con lo lujurioso, destacándose en sus historias de ficción los sentimientos homoeróticos que sienten sus personajes. Sus más importantes obras bajo estos pseudónimos son la Trilogía de la Bella Durmiente, donde Rice dejó volar su imaginación portentosa situando la acción en parajes lejanos y palacios.
Su primer libro, Interview With The Vampire (Entrevista con el vampiro en español) fue escrito en 1973 y publicado en 1976. En 1994 Neil Jordan realizó una película basada en su libro y protagonizada por Kirsten Dunst, Tom Cruise, Brad Pitt y Antonio Banderas. En 2002, Michael Rymer llevó a la pantalla el tercer libro de la serie Crónicas Vampíricas, titulado Queen Of The Damned (La reina de los condenados). La película fue criticada por su falta de coherencia respecto al libro original. El segundo libro de la saga, Lestat, The Vampire se convirtió en un musical de Broadway.
En diciembre de 1998 a Rice se le diagnosticó Diabetes Mellitus cuando entró en un coma diabético. Desde que empezó a seguir un tratamiento con insulina, Rice ha sido una activista para que la gente se haga exámenes para diagnosticar la diabetes. Debido a su eterna batalla contra el sobrepeso, así como la depresión causada por la enfermedad y la muerte de su esposo en diciembre de 2002, Rice llegó a pesar 254 libras (115 kilos). Cansada de la apnea al dormir, la movilidad limitada y otros problemas de la obesidad, se sometió a una cirugía de bypass gástrico el 15 de enero de 2003.
El 30 de enero de 2004, Anne Rice anunció que dejaría Nueva Orleans para mudarse al suburbio de Jefferson Parish, Luisiana. Ya puso la más grande de sus tres casas en venta y planea vender las otras dos. Vive sola desde la muerte de su esposo y la mudanza de su hijo a otro estado. Aunque algunos aseguran que desea más privacidad de los fanáticos que acampan días en las afueras de su casa, hasta 200 personas han sido contadas esperándola después del servicio dominical de la iglesia. También es muy requerida en las firmas de libros para los fans del género.
Rice pasó recientemente por un mal momento profesional cuando tuvo la oportunidad de leer unas malas reseñas que escribían algunos usuarios de Amazon.com sobre su libro Blood Canticle. La actitud de la escritora fue calificada de ridícula y fuera de lugar.
Últimamente la popularidad de Anne Rice ha decrecido bastante, en parte por la mala acogida de la crítica literaria a sus últimas obras. Las más recientes, como Sangre y Oro, la biografía de uno de sus personajes más queridos por ella y por los lectores, Marius, no ha conseguido el volúmen de ventas esperado, en parte debido al reciclaje intelectual que la propia autora ha hecho de sus libros, que se parecen demasiado los unos a los otros y no alcanzan el esplendor, la novedad, y la maestría de otros títulos anteriores.


OBRA:
Series
Crónicas Vampíricas - 
* 1º - Entrevista con el vampiro
* 2º - Lestat el vampiro
* 3º - La reina de los condenados
* 4º - El ladrón de cuerpos
* 5º - Memnoch el diablo
* 6º - Armand, el vampiro
* 7º - Merrick
* 8º - Sangre y oro
* 9º - El santuario
* 10º - Cántico de sangre


Las Aventuras Eróticas de la Bella Durmiente
* 1º - El rapto de la bella durmiente
* 2º - El castigo de la bella durmiente
* 3º - La liberación de la bella durmiente


Las Brujas de Mayfair
* 1º - La hora de las brujas
* 2º - La voz del diablo
* 3º - Taltos : las brujas de Mayfair
Nuevas Historias de los Vampiros
* 1º - Pandora
* 2º - Vittorio el vampiro
Cristo, El Señor
* 1º - El Mesías. El niño judío
* 2º - Camino a Caná
Songs of the Seraphim - Rice
* 1º - La hora del ángel
* 2º - Of Love and Evil
Títulos independientes
# Belinda
# El sirviente de los huesos
# Hacia el Edén
# La momia o Ramsés el condenado
# La noche de todos los santos
# Un grito en el cielo
# Violín

10 septiembre, 2006

Otro cuento de Elena Garro(México,1916/1999)


Testimonios sobre Mariana(fragmentos)

Sí, Mariana era la simpleza misma, la docilidad. ¡Mira qué engaño! La primera vez que la vi fue en una fotografía que nos mostró Pepe a su regreso de París. Sabina y yo nos inclinamos sobre una instantánea banal en la que aparecía una muchacha con medias de lana, abrigo claro y cabellos rubios. Estaba recargada sobre el tronco de un árbol en un bosque brumoso.
—¿Es Mariana?
En la pregunta nuestra había un dejo de malicia. La muchacha de la fotografía parecía una modesta enfermera inglesa. Pepe recogió la foto molesto. Su conversación se había vuelto monótona a fuerza de intercalar frases de la desconocida. Ahora la misma fotografía continúa sobre el escritorio de Pepe, en el mío hubo otras iguales, quietas, y guardado en algún lugar un mocasín negro con hebilla de plata, como el de un lacayo. Eso me quedó de Mariana. La vida está hecha de pedazos absurdos de tiempo y de objetos impuros.
Mariana empezó en ese bosque ligeramente horrado por la bruma. Más tarde la vi muchas veces en las esquinas de mi ciudad y corrí tras ella sólo para perderla entre la multitud. ¡Soy un tonto! No advertía que llevaba los dos mocasines puestos y que ella se hubiera presentado con un pie descalzo, como en la noche del pacto. ¡Miento! No hubo pacto. Sólo un juego que ella inventó. Guardo también su promesa escrita: "Te esperaré en el cielo sentada en la silla de Van Gogh". No hablo en orden. ¿Cuál es el orden con Mariana?
"Con ella hay que imponerse. Si la llamas por teléfono mandará decir que no está en casa. Tú insiste", me recomendó Pepe cuando preparábamos el viaje a París. Era fastidioso escucharlo...
En la cubierta del barco que nos llevaba a Europa decidí conocerla. La decisión me dejó melancólico. Debo reconocer que la melancolía es mi estado natural, a pesar de que los teólogos la consideran un atentado contra la existencia divina. Pero no soy creyente. Los barcos me dan la impresión de no ir a ninguna parte, lo cual si pudiera realizarse sería la solución para mi vida. Aunque cualquier solución sería igualmente absurda. Vivir es un problema arduo y hallarse en el mar es sólo una pausa. Durante el viaje tomé el sol en la piscina y observé a las pasajeras. Meditaba en el próximo barco en el que vendrían mis padres acompañados de Tana. Mi matrimonio es indisoluble y para acallar el escándalo, Tana viajaba con mis padres. El mar me recordaba las islas, una isla sería el remedio para lo irremediable. Acodado a la barandilla de cubierta traté de imaginar la dichosa soledad del mar. Salíamos del otoño del sur para dirigirnos a la primavera de Europa y el mar se aclaraba en azules surcados de verdes como anuncios de la isla imaginaría.
La llegada a Francia fue lluviosa. Al atardecer, Sabina y yo nos encontramos en nuestra habitación del hotel, donde contemplamos las copas de los árboles que daban sus primeros brotes. Éramos dos extranjeros sin nada que decirnos y me llené de nostalgia. Recordé a Pepe y llamé a su amiga. "La señora Mariana no está en casa", me contestó una voz brusca de un español. Yo sabía que era Narciso, el cocinero. Unos días después, cenamos con su marido, Augusto. Le pregunté por Mariana.
—¿Qué?... No sé por qué no vino —contestó asombrado.
Sabina lo encontró buen mozo y a mí me pareció tan aburrido como cualquiera de nosotros. "Mariana me era profundamente antipática", me había confesado Pepe frente a su marido, pensé que ésa era la verdadera naturaleza de Mariana. Pepe tenía un lado abyecto.
No debí insistir en conocerla, pero a nuestra vuelta a París, después de cinco semanas en Italia volví a llamarla muchas veces.
—Mira que tu mujer es esquiva —le dije a Augusto cuando cenamos una noche con él.
—Tiene un resfrío... y no anda bien de los nervios.
No imaginé que mi frase provocaría que la propia Mariana llamara al día siguiente, para proponer que cenáramos juntos esa misma noche. Yo debía cenar con Tana y con mis padres y me fui del hotel unos minutos antes de la cita con Augusto y con Mariana. Vencido por la curiosidad volví al hotel de improviso. En el vestíbulo, instalados en una conversación indolente encontré a Augusto y a Sabina. Frente a ellos una muchacha rubia envuelta en un abrigo blanco guardaba silencio. Era Mariana. Sabina se disgustó al verme.
—Olvidé las llaves del coche... —mentí.
Mariana me tendió una mano salpicada de pecas. Debía retirarme y desde la administración esperé el momento en que salían del hotel y alcancé a la muchacha que caminaba a la zaga de mi mujer y de su marido.
—Llámame al Claridge. Al cuarto 601 y dime en qué restaurante están —le dije riendo.
—¿Por qué no se lo pides a tu mujer? —me contestó con frialdad.
Me ofendió su respuesta impertinente. Pepe había olvidado decirme que Mariana parecía una deportista y que era pecosa. Respiraba salud aunque se cubriera con ese abrigo blanco en desacuerdo con la tibieza de la noche.
En el Claridge me esperaban mis padres acompañados de Tana. El teléfono sonó inmediatamente y mi madre me pasó el aparato.
—Estamos en el Ramponeau —dijo la voz de Mariana.
Abandoné a mi amante y a mis familiares. No supe las catástrofes que estaba provocando. En el restaurante Mariana se aburría. Volví a mentirle a Sabina y riendo ocupé un lugar vecino al de la muchacha. Augusto y mi mujer hablaban sobre la arquitectura moderna, que podía resumirse en dos palabras: socialista y funcional.
—No estoy de acuerdo. No somos insectos para que nos encierren en hormigueros o colmenas —dijo repentinamente Mariana.
—¡Cállate! —ordenó Augusto.
La orden cayó en la mesa como un manotazo desagradable. Mariana levantó su copa y la observó atenta. Llevaba un traje de jersey color azul celeste, de cuello alto, cerrado con un broche de oro. Sabina reanudó la conversación y de la arquitectura pasaron a Picasso.
—A mí me gusta Watteau —dijo Mariana.
La miré con una admiración fingida y le tomé una mano tostada por el sol:
—¡Somos almas gemelas! —exclamé.
Retiró la mano y leí en sus ojos la acusación: "¡Farsante!" Cuando salíamos del restaurante le pregunté por qué me había llamado al hotel.
—Porque tu mujer te obligaba a ir adonde no querías.
—¿Cómo lo supiste?
—A mí me sucede lo mismo.
Sentí vergüenza; estaba con nosotros obligada por Augusto. Guiados por su marido, fuimos a la Rhumerie Martiniquaise, lugar que horrorizó a Sabina. En el fondo del local oscuro ocuparnos una mesa adosada a la pared. Mariana quedó a mi izquierda separada de los otros dos. El café estaba invadido por jóvenes ruidosos y mal vestidos. Sus voces incoherentes se levantaban en el humo anunciando a gritos los lugares comunes de la cultura y de la revolución. El ambiente era perturbador. Fue entonces cuando ocurrió algo imprevisto: frente a Mariana surgió un hombrecillo viejo y harapiento que la señaló y me señaló con un dedo:
—Ustedes dos se van a enamorar —anunció.
El viejo desapareció y Mariana se echó a reír. Augusto se volvió inquieto:
—Es un vago que entra a los cafés y predice la suerte —nos explicó.
Una vez a solas en mi habitación creí sentirme triste. Siempre fui sentimental, "como los inútiles o los crueles", me explicó más tarde Mariana. Hablar de ella en un orden cronológico es difícil. Ahora sólo podría afirmar: ¿Mariana? es la mujer que me amó... Aunque puedo afirmar lo contrario: ¿Mariana? es la mujer que jamás me amó... Vivo bajo la impresión de que no existió nunca y de que nunca la amé. Tal vez su recuerdo me incomoda, aunque hay instantes que regresan y entonces veo que ambos quedamos escritos en el tiempo, como esas palabras escritas con tinta secreta y que sólo mediante determinada substancia resultan legibles, a pesar de aparecer en un papel en blanco o de llevar visible otro mensaje. Así, de pronto se reproduce la primera tarde en que salimos juntos. La esperé en una placita vecina de su casa y la vi venir corriendo hacia mí. Bajé del auto para recibirla en mis brazos, pero ella se esquivó y se introdujo veloz en el asiento junto al volante:
—¡Vamonos! Ahí viene... —gritó.
Un hombre rubio parecido a ella corría por la avenida sombreada de castaños en dirección nuestra. Eché a andar el automóvil y me alejé.
—¿Quién es?
—¡Mi sombra! No soporto que me amen. Te hacen sentir un criminal. Y son ellos los criminales —afirmó convencida.



Narradora y dramaturga mexicana. Nació en Puebla en 1916. Pasó su infancia en Iguala. En 1937 se casó con Octavio Paz y viajó con él y otros escritores mexicanos a Valencia, España para participar en el Congreso de escritores Antifascistas. Más tarde se divorció de Paz con quien tuvo a su hija Helena. En 1968 se exilió en Europa en donde pasó casi treinta años. Entre su obra teatral cabe mencionar: Un hogar sólido (piezas en un acto), La señora en su balcón y Felipe Ángeles. Todas sus obras dramáticas han sido representadas con éxito en México y en el extranjero. Como narradora escribió novela y cuento. Sus novelas más importantes son: Los recuerdos del porvenir, Y Matarazo no llamó, Inés, Recuento de personajes y Testimonios sobre Mariana. Sus libros de cuentos más destacados son: La semana de colores y Andamos huyendo Lola. Estilísticamente se le ha ubicado dentro del realismo mágico y de la literatura fantástica.

editorial Grijalbo-Mondadori, 1981.
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