<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055</id><updated>2012-01-31T00:26:00.044-03:00</updated><category term='argentina'/><category term='chile'/><category term='venezuela'/><category term='perú'/><category term='canadá'/><category term='centro américa'/><category term='clarice lispector'/><category term='paraguay'/><category term='audios'/><category term='bolivia'/><category term='uruguay'/><category term='ee.uu.'/><category term='cuba'/><category term='colombia'/><category term='méxico'/><category term='brasil'/><title type='text'>PELIGROSAS PALABRAS</title><subtitle type='html'>NARRATIVAS DE ESCRITORAS DE AMÉRICA</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>227</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-8029669908313361537</id><published>2012-01-31T00:26:00.011-03:00</published><updated>2012-01-31T00:26:00.055-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='méxico'/><title type='text'>Elena Garro (México, 1920-1998)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-QWNGW3fBUfU/TxmWUL6gQFI/AAAAAAAAMaM/bAoCMLwPWAo/s1600/elena+garro.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;img border="0" height="400" src="http://3.bp.blogspot.com/-QWNGW3fBUfU/TxmWUL6gQFI/AAAAAAAAMaM/bAoCMLwPWAo/s400/elena+garro.jpg" width="321" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha oyó que llamaban en la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blnaco quemado y sucio de tierra de sangre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¡Señora!… —suspiró Nacha.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiese visto nunca.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Nachita, dame un cafecito…Tengo frío.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Señora, el señor… el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¿Por muerta?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha se puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Afuera la noche desdibujaba las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¿No estás de acuerdo, Nacha?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Sí, señora…&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Y soy como ellos, traidora… dijo Laura con melancolía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¿ Y tú, Nachita, eres traidora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad de traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los camiones vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el Lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones, convertidas con piedras irrevocables, como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo. En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió, convencida.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Así eran, señora Laurita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Él se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Qué te haces? — me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Y los otros? — le pregunté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la verguenza de mi traición.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono…&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Ya lo sé— me contestó y agachó la cabeza. “Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía verguenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Hace ya tiempo que no me pega el sol —. Bajó los ojos y me dejó caer la mano. Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Nachita, que el tiempo y el amor son uno solo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—¿Y mi casa? — le pregunté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Vamos a verla. me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Ya no camino — le dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya llegamos — me contestó —. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos me arrancó mi vestido blanco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas — me dijo quedito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre. y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Sienpre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho — me dijo—. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Somos tú y yo — me dijo sin levantar la vista —. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo…por eso te andaba buscando. — Se me había olvidado, Nacha. que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor. .. soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Éste es el final del hombre — dije.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Así es — contestó con su voz arriba de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me llevaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— A la noche vuelvo, espérame… — suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Nos falta poco para ser uno — agregó con su misma cortesía.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Qué pasa? ¿Estás herida? — me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra se había metido en mis cabellos. Desde el otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos,&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—!Estos indios salvajes!… ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no pude creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú ¿Te acuerdas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran, Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!” La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del Presidente López Mateos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya sabes lo que ese nombre no se le cae de la boca — había comentado Josefina, desdeñosamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor Presidente y de sus visitas oficiales.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esta noche! — comentó la señora abrazándose con cariño las rodillas y dándoles súbitamente la razón a Josefina y a Nachita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Tienes un marido turbio y confuso — me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando un café se levantó a poner un twist.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Para que se animen — nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a…” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran el cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas? Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! — dijo Nacha con disgusto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme? ” Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina por su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo. “¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeran nuestros gritos por algo sería!” Pero, qué esperanzas. Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—No oímos nada… — dijo el señor asombrado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—¡Es él…! gritó la tonta de la señora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Quién es él…? — preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— El indio… el indio que nos siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México…&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Así supo Josefina lo del indio y se lo contó a Nachita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! gritó el señor. Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Está herido… — dijo el señor Pablo preocupado. Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Era un indio, señor — dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y oyó Josefina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota — dijo Laura con desdén.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Muy cierto — afirmó Nachita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el poso negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café caliente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Bébase su café, señora — dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien yo no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca se enoja con la mujer.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha sabía que era cierto lo que ahora decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!” ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo tenía ganas de llorar? En ese momento me acordé cuando un hombre y una mujer se aman y no tiene hijos y están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primer marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde, cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al café de Tacuba!” Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en ese momento en la cocina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — ¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! — le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweter blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— En el café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero. “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”, mi primo y yo comíamos cocos desde chiquitos… En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y no habitaré la alcoba más preciosa de su pecho.” Así me decía mientras comí la cocada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Qué horas son? — le pregunté al camarero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Las doce, señorita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el periférico, puede esperar todavía un rato.” Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un poco brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” —¿Qué haces? — me preguntó con su voz profunda.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Te estaba esperando.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — No tenías miedo de estar aquí solita?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — No mires — me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Sácame de aquí! — le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Éste es el final del hombre — le dije con los ojos bajo su mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — ¡No lo veas!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Duerme conmigo… — me dijo en voz muy baja.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Me viste anoche? — le pegunté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Te vi…&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos se levantó y agarró su escudo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas… Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Señorita ¿se siente mal?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Insolente! ¡Déjame tranquila!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el periférico y llegué..&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura se le quedó mirando asombrada, muda.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“¿Dónde anduvo, señora?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Fui al café de Tacuba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Pero eso fue hace dos días.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Josefina traía “Últimas Noticias”. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que le siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los Estados Unidos de Michoacán y Guanajuato.”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada.” Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Laura! — gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en sus brazos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Alma de mi alma! — sollozó el señor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Laurita pereció enternecida unos segundos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Señor! — gritó Josefina —. El vestido de la señora está bien chamuscado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Es verdad…también las suelas de sus zapatos están ardidas. — Mi amor, ¿qué pasó? ¿dónde estuviste?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— En el café de Tacuba — contestó la señora muy tranquila.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?…¿Por qué traes el vestido quemado?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Quemado? Si él lo apagó… — dejó escapar la señora Laura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Él…¿el indio asqueroso? — Pablo la volvió a zarandear con ira.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Me lo encontré a la salida del café de Tacuba… — sollozó la señora muerta de miedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Nunca pensé que fueras tan baja! — dijo el señor y la aventó sobre la cama.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Dinos quién es — preguntó la suegra suavizando la voz. — ¿Verdad, Nachita que no podía decirles que era mi marido? — preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama había opinado:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana — anunció al llevar la bandeja con el desayuno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Pobrecito!…¡pobrecito!… — dijo entre sollozos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? — preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Sí, señora… — Y Nachita, nerviosa escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara acongojada de su madre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La señora Margarita había dejado caer el tenedor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlan — agregó el señor Pablo con aire sombrío.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laura se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¡Se escapó la loca! — gritó con voz estentórea al entrar a la casa. — Fíjate Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona, Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió en el automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”… Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr el sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— ¿Qué te haces? — me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Te estaba esperando — contesté.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Ya va a llegar el último día…&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de verguenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. Él siguió quieto, observándome.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Vamos a la salida de Tacuba…Hay muchas traiciones… gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas desplazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. Él no tenía miedo. Después me miró a mí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Son las criaturas… — me dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Éste es el final del hombre — repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Él me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“— Traidora te conocí y así te quise.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Naciste sin suerte — le dije. Me abracé a él —. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — El tiempo se está acabando… — suspiró mi marido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Falta poco para que nos fuéramos juntos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó las ramas y me hizo una cuevita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;” — Aquí me esperas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;“Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a la gente que huía, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a cortar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se acababa el tiempo. Si mi primo no volvía ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque…” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe de haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”… Un taxi me trajo por el periférico. ¿Y sabes, Nachita? , los periféricos eran los canales infestados de cadáveres… Por eso llegué tan triste… Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido.”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nachita se acomodó en los brazos sobre la falda lila.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación — explicó Nachita satisfecha.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— La que está arriba es la señora Margarita — agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura se abrazó las rodillas y miró los cristales de la ventana a las rosas borrada por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! — dijo con la voz llena de sal.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Laura se quedó escuchando unos instantes.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde — dijo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino — comentó Nacha con miedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? — preguntó Laura molesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Son más canijos que los tlaxcaltecas — le dijo en voz muy baja. Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro poquito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— ¡Señora!… ¡Ya llegó por usted… — le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en un siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con ojos viejísimos, para ver si estaba todo en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor — dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;— Ya no me hallo en la casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le confió a Josefina. — Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;de&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Trebuchet MS', Trebuchet, Verdana, sans-serif; font-size: 18px; line-height: 28px;"&gt;&amp;nbsp;&lt;em&gt;Cuentistas Mexicanas&lt;/em&gt;- UNAM- México&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: 12px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;Cuentista, dramaturga y novelista mexicana. La calidad de su obra ha estado esombrecida por sus controvertidas posiciones políticas y su personalidad (fruto para algunos de algún tipo de enfermedad mental no diagnosticada). En su obra rompe con el realismo mexicano imperante y experimenta con el realismo mágico (nada de precursora del mismo como erróneamente indica la wikipedia). Fue esposa de Octavio Paz y esa relación la marcó profundamente.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-8029669908313361537?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/8029669908313361537/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=8029669908313361537&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/8029669908313361537'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/8029669908313361537'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/elena-garro-mexico-1920-1998.html' title='Elena Garro (México, 1920-1998)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-QWNGW3fBUfU/TxmWUL6gQFI/AAAAAAAAMaM/bAoCMLwPWAo/s72-c/elena+garro.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-3469488970740549559</id><published>2012-01-27T00:11:00.000-03:00</published><updated>2012-01-27T00:11:00.508-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='méxico'/><title type='text'>THIARA MONTESINOS (México, 1965)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-fY71V2nPyW8/TxmTZyU-NCI/AAAAAAAAMZ8/UsDfatcgpwM/s1600/poer+esa+puerta.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="640" src="http://2.bp.blogspot.com/-fY71V2nPyW8/TxmTZyU-NCI/AAAAAAAAMZ8/UsDfatcgpwM/s640/poer+esa+puerta.jpg" width="425" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;POR ESA PUERTA HABRÁN DE VOLVER...&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche en que la luna brillaba con más esplendor que nunca, había algo mágico en el ambiente; se antojaba estar a solas con el pensamiento saboreando a sorbitos un delicioso café. De pronto, como si lo hubiese invocado, surgió a un costado mío el viejo "Café Poético", frente al cual pasaba yo todos los sábados a mi regreso de misa de siete. Ahí estuvo siempre, solo que yo lo veía sin ver. Estaba cerrado, seguramente para que no se colara el aire helado de diciembre, pero de una hoja de la gruesa puerta colgaba un letrero que decía: "abierto de tales a tales horas". No obstante que la empujé suavemente, ésta se abrió rechinando sus enmohecidas bisagras produciendo un especie de lamento que alteró la quietud del establecimiento. Quedé sorprendida por la decoración rústica que por cierto no me esperaba; sus viejas paredes de adobe sin enjarrar me remontaron a los primeros años de este siglo, o quizá más atrás. Pensé entonces que así debieron ser las hosterías y los mesones de pasados siglos, iluminados apenas por la luz ambarina de las bombillas; con pisos de piedra y paredes desnudas de pintura. Además, una serie de retratos de diversos personajes desconocidos para mí, cubrían los muros de este lugar tan acogedor en el que se rendía un merecido culto a los grandes de la poesía. Por ello su nombre: "Café Poético".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acomodé en una de las mesas cercanas a la chimenea donde agonizaba la llama de dos solitarios leños. Una vez que me sirvieron la ansiada taza de café, suspiré profundamente, y más que eso, aspiré el incomparable aroma de ayeres místicos vestidos de prosa y poesía. Y sin saber por qué, de pronto me sentí en mi medio, aunque yo de esas cosas no sabía ni jota. Luego de dar el primer sorbo cerré los ojos por unos segundos paladeando aquel saborcillo entre amargo y dulce cuando una voz pausada y suave me sacó de mi embeleso diciéndome muy quedo, casi como en un susurro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hace tanto frío allá afuera —y se sentó. Así nomás, sin preguntar. El rostro se le iluminó con un tenue matiz de nácar, casi transparente. Aprisionaban sus manos una rosa blanca y vestía hábitos de largos y finos pliegues. Me pregunté qué estaría haciendo una religiosa en este lugar y concluí que seguramente buscaba algún donativo. Sus blancas manos se movieron con parsimoniosa elegancia, cual gaviotas al vuelo, en tanto que la rosa cautiva caía al piso como el alma cuando escapa del cuerpo. La religiosa abrió su boca para referirse a la rosa con estas palabras:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«El que da moral censura a una rosa,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y en ella a sus semejantes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;rosa divina que gentil cultura&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;eres, con tu fragante sutileza,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;magisterio purpúreo en la belleza,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;enseñanza nevada a la hermosura.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo, como idiotizada, le miraba sin acertar a decir nada, sin despegar mi vista de sus labios mientras ella seguía hablando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«amago de la humana arquitectura,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ejemplo de la vana gentileza,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en cuyo ser unió la naturaleza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;la cuna alegre y triste sepultura»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continué escuchándola sin pensar en otra cosa, pues todo mi entendimiento se había centrado en ella. Mas de pronto, sus dulces palabras fueron interrumpidas por un caballero de gallarda apostura y caminar altivo. Llevaba en los ojos de penetrante mirar un destello de nostalgia, y el pelo ligeramente alborotado. De más está decir la impresión que me causaron sus ropas: cuello blanco y almidonado rematando en un moño, y sobre el jubón de raso, una chaquetilla negra. Fatigado, como quien ha recorrido en una noche todos los caminos, apartó una silla y se dejó caer pesadamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Quién sois y de dónde venís? —preguntó la religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Yo soy el rayo, la dulce brisa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;lágrima ardiente fresca sonrisa,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;flor peregrina, rama tronchada;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;yo soy quien vibra, flecha acerada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de los senderos busca&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;las huellas de unos pies ensangrentados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;sobre la roca dura;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;los despojos de un alma hecha jirones&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en las zarzas agudas,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;te dirán el camino&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;que conduce a mi cuna. »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al oirle hablar de ese modo, se apoderó de mí una profunda sensación de involuntaria tristeza, y pensé que lo mismo debió ocurrirle a los demás porque al volver la vista hacia la mesa adyacente, advertí que una mujer y dos hombres habían suspendido su charla, atentos a las apasionadas palabras del recién llegado. La mujer lucía, con discreta elegancia, un vestido negro; uno de los hombres era delgado y cubría su espalda con una capa de lana gris, el otro llevaba una boina. Luego de lanzarse entre ellos algunas miradas de entendimiento, abandonaron la mesa y se aproximaron a la nuestra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Hay lugar para tres? —preguntó gentilmente uno de ellos, al tiempo que hacía una inclinación de cabeza, buscando el consentimiento para hacer ronda. Mis recientes acompañantes asintieron y los otros tomaron asiento de inmediato; no así la mujer, que se inclinó para recoger la rosa y se la acercó a los labios diciendo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Te llamas rosa y yo esperanza;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;pero tu nombre olvidarás,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;porque seremos una danza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en la colina y nada más. »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intervino entonces el hombre de la boina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Pequeña rosa, rosa pequeña&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a veces,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;diminuta y desnuda&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;parece&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;que en una mano mía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;cabes,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;que así voy a cerrarte y a llevarte a mi boca... »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si se tratase de una comedia, lo secundó la religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;soberbia, el riesgo de morir desdeñas,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y luego desmayada y encogida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de tu caduco ser das mustias señas,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;con que con docta y necia vida,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;viviendo engañas, y muriendo enseñas! »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Permitidme la interrupción, señores, para hacer las debidas presentaciones —dijo solemnemente uno de los personajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No hace falta —se apresuró a decir con vehemencia el apuesto joven de mirada taciturna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Yo no sé si ese mundo de visiones&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;vive fuera o va dentro de nosotros;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;pero sé que conozco a muchas gentes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a quienes no conozco! »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Cierto es, os conozco ya, como vosotros me conocéis a mí, pero hablemos de otras cosas, amigos míos —repuso el hombre de la boina—. Hablemos del amor, que esta noche es propicia para ello.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;« Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;mi alma no se contenta con haberla perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque este sea el último dolor que ella me causa,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y éstos sean los últimos versos que yo escribo.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajó la cabeza muy emocionado, en tanto que la atmósfera envolvía en vaga oscuridad sus lánguidos suspiros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mi pesar es diferente —exclamó la dama y continuó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;miro crecer la niebla como el agonizante,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y no por enloquecer encuentro los instantes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;porque la "noche larga" ahora tan solo empieza.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con cierta ternura, agregó el hombre de la boina, tomándole una mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Ah, silenciosa,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;he aquí la soledad de donde estás ausente,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella prosiguió al punto, como si no le hubiese escuchado y sin reparar en la mano que oprimía la suya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Me han traído a países sin río,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tierras-agar, tierras sin agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero volver a tierras niñas;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevadme a un blando país de aguas.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿A qué se referían? No lo sé, pero no me detuve a analizarlo, simplemente memoricé sus palabras y quedé atenta escuchando al hombre de la boina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Te recuerdo como eras en el último otoño,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;eras la boina gris y el corazón en calma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;y las hojas caían en el agua de tu alma.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Triste es la vida en ocasiones. Padecemos unos por una cosa, y otros por otra —exclamó el joven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«¡Ay! A veces me acuerdo suspirando&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;del antiguo sufrir...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amargo es el dolor; pero siquiera&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡padecer es vivir! »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sabed, señores —continuó diciendo—, que el costal que traigo en hombros no es más ligero que el vuestro. Escuchadme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Una mujer me ha envenenado el alma;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;otra mujer me ha envenenado el cuerpo;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ninguna de las dos vino a buscarme;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;yo, de ninguna de las dos me quejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como el mundo es redondo, el mundo rueda...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si mañana, rodando este veneno&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;envenena a su vez ¿por qué acusarme?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron? »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Y vos, querido amigo, no diréis nada esta noche? —preguntó la religiosa al personaje envuelto en la capa, quien permanecía mirando nostálgico hacia el viejo portón de madera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego de sonreirle con ironía, inclinó la cabeza señalando —la conocí una risueña mañana de abril.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Pasó con su madre, qué rara belleza,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;qué rubios cabellos de trigo garzul;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;qué ritmo en el paso, que innata realeza,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;qué cuerpo, qué porte, bajo el fino tul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Síguela! Gritaron cuerpo y alma a la par,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;pero tuve miedo de amar con locura,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de abrir mis heridas que suelen sangrar... »&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Llevo siglos esperándole —agregó sin voltear a vernos mientras recargaba la cabeza entre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Por esa puerta huyó, diciendo: ¡Nunca!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por esa puerta ha de volver un día...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cerrar esa puerta, dejó trunca&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La hebra de oro de la esperanza mía.»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, en lo más animado de la conversación, dejó en suspenso un nombre, quizá el de la mujer amada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sinceramente conmovida miré aquellos rostros cuyas expresiones denotaban profundos sentimientos impregnados de melancolía. Al parecer, mi presencia no se había hecho notar en ningún momento, pero estaba allí como fuera de mi propio mundo sin poder forjarme un juicio real del cuadro que se ofrecía a mis ojos; y lo que es peor, con enormes deseos de intervenir, ¿pero qué iba a decirles? Intenté abrir la boca pero mi garganta no logró emitir sonido alguno, por lo que opté por continuar enmudecida hasta que la agradable y extraña velada llegara a su fin. ¿Quiénes eran? Tenía solo una ligera idea respecto de la religiosa aunque me resultara increíble; pero los demás.... Si había escuchado algo sobre ellos no lo recordé en esos momentos porque mi cerebro se hallaba totalmente bloqueado. Sin embargo, todo lo que ahí se dijo no se me borraría jamás de la mente; lo llevaría por siempre como un recuerdo de aquella noche inolvidable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó un momento en que, a pesar del frío de la noche, sentí la necesidad de refrescar mi rostro que sudaba copiosamente, tal vez por la cercanía del fuego. Así que abandoné la mesa sin que ellos repararan en mis movimientos y me dirigí al sanitario. Una vez ahí, consulté mi reloj de pulso: ¡Imposible, —pensé— no pueden ser las ocho! Qué contrariedad, se había detenido de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin darle mayor importancia, salí del sanitario dispuesta a pasar un rato más al lado de mis sorprendentes desconocidos, y lo primero que vi en la parte superior de la chimenea, fue un viejo reloj de madera empotrado en la pared. Pues sí, eran las ocho. Seguían siendo las ocho en aquel reloj en el que, minutos u horas antes, no reparé. Pero eso no era todo, mi inquietud comenzó cuando me di cuenta de que la mesa que compartí con esos personajes, o que ellos compartieron conmigo, estaba solitaria y sin indicios de haber sostenido su presencia fugaz. Interrogué a la chica que, según yo, hacía unas horas me había servido el café, quien esbozando una sonrisilla burlona que me molestó, me dijo cruzada de brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Se equivoca. Usted acaba de llegar hace unos minutos y hasta el momento, nadie más que usted ha ocupado esta mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡No puede ser! —me dije— ¿Era mi imaginación, o realmente se estaba burlando de mí? En ese instante no lo supe, como tampoco supe si tenía yo aspecto de imbécil cuando le hice la pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Totalmente confundida, salí de ahí con dirección a mi casa. En mi cerebro bailaban desordenadamente todas y cada una de las frases pronunciadas por mis desconocidos acompañantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"...Puedo escribir los versos más tristes esta noche...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"...Pasó con su madre, qué rara belleza..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las ocho con treinta minutos cuando llegué a casa y yo seguía preguntándome dónde había escuchado esa especie de ritual versificado y qué había sido de las horas de la velada. ¿Adónde se habían ido? Estaba sola y lo único que tenía que hacer era investigar, pero ¿dónde? ¿cómo? ¡Ah, sí! Recordé la tía solterona que murió hace dos años, y mi madre aún guardaba su viejo baúl que seguramente debía contener libros de poesía, porque a ella eso le gustaba mucho. No lo pensé más, fui a buscarlo enseguida. Lo abrí con cierta prisa y mi búsqueda no fue en vano porque encontré varios volúmenes que se desgajaban en amarillentas páginas repletas de versos. Fatigada y somnolienta, localicé el primero: "Una mujer me ha envenenado el alma..." Bécquer. No podía ser otro que el joven de melena ensortijada. Al rato, "Puedo escribir los versos más tristes..." Neruda. Claro, se trataba del hombre de la boina. Sentí como se me iba erizando el pelo a medida que leía aquellos pensamientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descubrí entonces, gracias a las ilustraciones, no sé si con temor o con incredulidad, que aquellos que tejieron animadas pláticas en mi presencia esa noche, y me refiero a ellos solamente porque yo no intervine para nada en su charla, eran nada menos que algunos de los gigantes de la poesía universal. Pablo Neruda, Gustavo Adolfo Bécquer, Gabriela Mistral, Amado Nervo, y por supuesto, Sor Juana Inés de la Cruz. ¡Distintas épocas reunidas en un solo momento!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasé de la sorpresa al miedo y de la alegría al llanto, y un ligero cosquilleo recorrió mi cuerpo de la cabeza a los pies; no podía creer que una neófita como yo, una inculta y todo lo demás, hubiese merecido la gloria de compartir aquellas maravillosas horas —porque estoy segura de que fueron horas, aunque el reloj tercamente indicara lo contrario— con seres de tan exquisita sensibilidad que descendieron de su majestuoso pedestal para regalarme el don de su presencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez algún día logre descubrir qué extraños lazos me unieron aquella noche a ese pasado tan lejano y esplendoroso donde quizás el alma se identificaba con la poesía, y la poesía misma transportaba a los más altos peldaños de la fantasía y el éxtasis; un ayer que navegó en las misteriosas aguas del sentir poético de otros seres que, ya desde que pisaron la tierra, debieron ser delicadamente etéreos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que desde entonces, todos los sábados al regresar de misa de siete, acudo al mismo lugar y pido una taza de café, una sola, en la misma mesa que cobijó la esencia de su espiritualidad, en espera de que una de tantas noches, cálidas o frías, con luna o sin ella, se produzca la esplendorosa visión de los que envolvieron de magia mi soledad y los vea aparecer por esa puerta; porque presiento que... "por esa puerta habrán de volver un día".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi querido maestro, Roberto Villa, por haberme guiado&lt;br /&gt;hacia el rincón de las palabras...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este relato forma parte de la novela inédita "&lt;b&gt;Embrujo de Abril"&lt;/b&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-3469488970740549559?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/3469488970740549559/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=3469488970740549559&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3469488970740549559'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3469488970740549559'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/thiara-montesinos-mexico-1965.html' title='THIARA MONTESINOS (México, 1965)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-fY71V2nPyW8/TxmTZyU-NCI/AAAAAAAAMZ8/UsDfatcgpwM/s72-c/poer+esa+puerta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-1333962520541569275</id><published>2012-01-24T00:07:00.000-03:00</published><updated>2012-01-24T00:07:00.056-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='venezuela'/><title type='text'>CATE CAPRILES (Venezuela)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-GoFZQWl4QYc/TxmR-gwrx_I/AAAAAAAAMZ0/Hev6tPQZAeg/s1600/aveugle.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="248" src="http://1.bp.blogspot.com/-GoFZQWl4QYc/TxmR-gwrx_I/AAAAAAAAMZ0/Hev6tPQZAeg/s320/aveugle.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;LA CASA INOLVIDABLE&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace rato que comparto mi vida en un lugar que me brinda muchas satisfacciones. En este lugar cohabitamos varias personas: Un ciego maravilloso —que no siempre lo fue—. Un sordo inigualable, el cual tampoco nació sordo. Un mutilado apasionado que en un arranque de exacerbación emocional, se cortó una oreja y un aparente anoréxico que contaba con una poderosa voluntad capaz de movilizar un ejército completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este lugar está dispuesto hacia el levante y nos brinda al amanecer, iniciativas diversas, las cuales nos permite disfrutar de largas conversaciones enriquecedoras. En las acogedoras butacas siempre se pueden observar las cálidas huellas de quienes, con el mejor de los ánimos, comparten conmigo sus conocimientos sin egoísmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como dije antes, llevamos una vida en la que participamos de interesantes momentos. A mí, porque puedo encontrarlos en cualquier instante y siempre están. A ellos, por que les gusta ser encontrados y siempre ofrecen alguna sorpresa inesperada. Jamás pierdo la ilusión de compartir sus vidas, a la hora que se me antoje, siempre están dispuestos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando busco al compañero ciego, me hace reír con su humor preñado de ironía y su deseo de enredarme con sus conjeturas llenas de la más pura ficción. Como en aquel momento cuando lo acompañé en su aventura por Tlön. Me decía con una seguridad absoluta: "Los metafísicos de este país no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica." Que gran cuestionador es este compañero, dígame cuando trató de convencerme de que en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de los objetos perdidos era una cosa común y corriente, me decía con absoluta convicción que si dos personas perdían un lápiz, la primera que lo encontraba se quedaba callada pero la segunda no se inquietaba porque encontraba un segundo lápiz. Realmente me maravillaba que tal cosa pudiera ocurrir, cuando mi candidez estaba por aceptar tal cosa, descubría una sonrisa disimulada bajos sus párpados ligeramente entornados. Así es él y me encanta su estilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi otro amigo, sordo, me hace pasar ratos de verdadera expansión espiritual, a veces me cuenta como aún siendo joven, le tocó en suerte aparecer en un mundo político ajustado a lo que él siempre había entendido como debía ser, para desarrollar su actividad profesional. Fue el primero, me decía, que tuvo conciencia de su misión artística. Por ello, como espíritu creador que era, exigió que le tratasen como a un señor poderoso, su arte, me decía, así lo reclamaba. Ya habían pasado los días en que si no estaba protegido por un señor real, su misión más que difícil era imposible. Siempre le agradecía al gran Napoleón tal cosa. Esta convencido que un creador genial es un elegido. Sonaba a petulancia para oídos que no lo conocieran lo suficiente, pero tal cosa no es cierta, continuaba: "Seguí mi camino, sin preocuparme de tener un cargo y unos ingresos seguros como la mayoría de mis colegas. Me dediqué solamente a obtener lo que yo consideraba merecía mi profesión" En este aspecto era un revolucionario. Yo lo comprendía bien. La libertad o independencia con respecto a los otros congéneres es una bandera que me encanta ondear. Por esta razón, nos entendíamos siempre. Recuerdo el día que me comentó que llevaba un pesar escondido. Muy pronto comenzó a sentir molestias en los oídos, que para él era una verdadera tragedia, fue perdiendo paulatinamente la audición, desencadenando su mal humor que lo apartaba del mundo social, al guardar para sí tragedia tan inoportuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me cuenta, que llegó a implementar un medio para oír su música: con un papel hacía una especie de embudo que acercaba al piano para percibir las vibraciones sonoras, hasta que llegó el momento, en que ni esto podía satisfacerlo. Entonces, decidió usar su memoria y es aquí cuando me regala una bella sinfonía, (él las llevaba numeradas) y ésta en particular, la sexta, estaba llena de sonidos de la naturaleza. Realmente, me dije, puedo vivir con su presencia siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando no hablaba con mis compañeros anteriores, me encontraba con mi amigo el mutilado, quien con su emocionalidad de siempre, me llevaba a ver su último trabajo. Me contagiaba su entusiasmo por aquellos colores tan brillantes, donde un amarillo reverberante, permitía comprender su alegría al dar por terminado aquél trabajo. Pero, claro, esa alegría no le duraba mucho. Su intensa vida espiritual lo llevaba a cambios de humor constante. Su hermano, a quien le escribía infinitas cartas, era el único que lograba llevarle un poco de tranquilidad. A veces, se enfrascaba en discusiones con otros colegas que parecían no tener fin. ¿Cómo era posible que no le entendieran su perspectiva cuando la plasmaba? "Te apuesto una oreja que yo tengo razón", le decía a uno de sus confrontadores y el otro riéndose se marchaba dejándolo lleno de una ira incontrolable. Nunca le perdonó que se fuera a vivir a una isla del Pacífico. Para calmarlo en esos momentos de arrebato, le mostraba un libro donde aparecían sus más hermosos girasoles y una sonrisa le iluminaba el rostro, interesado nos quedábamos viendo otras reproducciones y así nos pasaban las horas de verdadero placer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando en ocasiones me siento impaciente, viene en mi auxilio ese ser tan especial, que casi se me parece al santo Job, pero de esta época. Su figura de aspecto anoréxico y de estatura pequeña no demostraba la fuerza interior de que era capaz. Con una voz suave, siempre logra calmar mi inquietud. Vivió muchos años con los ingleses, a quienes llegó a conocer muy bien. Condición que le serviría para sus propósitos cuando regresara a su país. Su misión siempre fue la de conciliar a los más arrebatados coterráneos, como abogado que era, utilizaba sus conocimientos sin apasionarse, elaboró su ejemplar doctrina de la acción no violenta, primero, para defender a sus compatriotas del racismo imperante y segundo, demostrarles que sí se podían obtener buenos resultados en cualquier contienda. Cuando le decía que siempre me había parecido mágico su lugar de origen, me respondía con una sonrisa llena de compresión, que de mágico no había nada, sólo recursos místicos para sobrellevar una vida muy compleja, pero agradecía que me sintiera atraída por su país. Al terminar nuestra conversación, me dejaba con mejor ánimo para continuar mi vida. Al fin había encontrado un hogar a mi medida. No me fallaban nunca mis compañeros y cuando nos visitan otros amigos, mi mundo se convertía en una casa inolvidable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;leer &lt;a href="http://www.letrasperdidas.galeon.com/n_catecapriles.htm"&gt;más&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-1333962520541569275?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/1333962520541569275/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=1333962520541569275&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1333962520541569275'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1333962520541569275'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/cate-capriles-venezuela.html' title='CATE CAPRILES (Venezuela)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-GoFZQWl4QYc/TxmR-gwrx_I/AAAAAAAAMZ0/Hev6tPQZAeg/s72-c/aveugle.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-3817751610248442374</id><published>2012-01-20T13:06:00.000-03:00</published><updated>2012-01-20T13:06:42.049-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='méxico'/><title type='text'>ROCÍO TAME( México, )</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-HZohdaRjjEU/TxmRB9zeAPI/AAAAAAAAMZs/ZirYJQHuoho/s1600/mujer+frente+al+espejo+1936.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="502" src="http://3.bp.blogspot.com/-HZohdaRjjEU/TxmRB9zeAPI/AAAAAAAAMZs/ZirYJQHuoho/s640/mujer+frente+al+espejo+1936.jpg" width="640" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;LA PÉRDIDA&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me desvestí para bañarme, no lo podía creer. Algo me faltaba y mis nervios se tensaron en una inquietud intermitente que desde entonces supe no me dejaría en paz hasta descubrir la causa de tan súbita e incomprensible carencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un arranque obsesivo y morboso comencé a recorrer con paciencia las partes de mi cuerpo: cinco dedos en cada mano y en cada pie, dos ojos, una nariz, piernas, brazos. Me miré ante el espejo: senos, pubis, todo en su lugar. Sin embargo, aún la sensación de pérdida me agobiaba. Entonces me fijé con más detalle, repasando meticulosamente cada centímetro de mi piel y... por fin lo descubrí, mi vientre estaba más liso que de costumbre. El hoyito reluciente y coqueto se había borrado sin dejar huella. ¿¡Qué pasaría con mi ombligo!? exclamé con trabajo, a media voz. ¡Mi ombligo! ¡Mi ombligo! ¡No puede ser! ¿cómo voy a vivir así?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdí el hambre, el sueño huyó de mi almohada. Mi querido ombligo había desaparecido lo cual significaba un insalvable problema pues llevaba dos meses trabajando como bailarina en un centro nocturno y, por supuesto, la danza del vientre era la principal atracción. ¡Qué iba a ser! No quise hablar del asunto con nadie. En el trabajo me reporté enferma de neumonía y conseguí, con escabrosas artimañas, una receta médica que una amiga doctora, a la cual no veía hace tiempo, después de pensarlo mucho se decidió a darme con algo de extrañeza y mucha desconfianza. Era desesperante, pero mi ombligo no debía andar lejos, de seguro en algún rincón de mi propia casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Busqué afanosamente, en los huequitos más recónditos, en los cajones más inaccesibles, en los resquicios olvidados, hasta que perdí la fe. Sólo faltaban dos días para que se venciera la incapacidad. Pronto debía idear algo y lo mejor que pensé fue pintarme uno, lo más parecido que se pudiera al original. Necesitaba un modelo y ahí empezó el obstáculo. Soslayando las miradas burlonas y llenas de sospechas de la voceadora, las cuales me colocaron por un instante en el centro de una desamparada intemporalidad que le brindaron la satisfacción de instalarse, un par de segundos, por encima de mí, compré varias revistas Play boy, y una Play girl, pero me decepcioné al comprobar que en todas ellas los ombligos eran lo que menos destacaban. No tenía otro remedio que realizar un viaje relámpago a la playa y, sin titubear, me fui a Acapulco en el primer vuelo que pude conseguir. Muchos ombligos pasaban a mi lado, pero tan fugaces que no alcanzaba a captar ninguno con detalle. Hasta que vislumbré a un grupo de muchachas que tomaban el sol con ese abandono hedonista propio de la ficticia despreocupación que otorga el contacto con el mar, donde el tiempo parece suspendido en un suave viento que descansa apaciblemente sobre las olas. Me acerqué con la mayor naturalidad posible y me tendí muy cerca de ellas, aparentando incontenibles deseos de que la mano del sol acariciara sin prisas los contornos de mi piel y, con el mayor disimulo, observé los ombligos mientras mi mano se deslizaba con suavidad sobre un trozo de cartulina. Hice varios bocetos y después escogí el mejor que perfeccioné con esa habilidad innata que desde niña mis padres me habían descubierto para el dibujo y que, por desgracia, por falta de voluntad y disciplina, nunca llegué a desarrollar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresé de inmediato a la ciudad. No me fue difícil trasladar la figura a mi abdomen, pero... se veía tan artificial. Sin embargo, desde una distancia prudente nadie notaría la farsa, pues en lo que la gente menos se fija es precisamente en el ombligo. Me presenté a trabajar y, en apariencia, todo transcurrió dentro de los parámetros normales, hasta que un día advertí que Gladis, una de mis compañeras más punzantes y destructivas, poseedora de una implacable e insaciable envidia y un velado complejo de inferioridad que sin excepciones inyectaba su ponzoña al menor estímulo, se fijaba en mi vientre con insistencia. Yo me hacía la desentendida y empezaba a moverme con cualquier pretexto, para no darle ocasión de comprobar su sospecha, pero no podía estarme cuidando de ella a cada minuto y, de pronto, se desató el rumor: mi ombligo era postizo. Todas las chicas me empezaron a mirar con mezcla de burla y desconfianza. Perdí mi tranquilidad y lo incómodo de mi situación alentaba síntomas de abatimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podía estar a gusto y me volví insegura. Sudaba en los momentos preescénicos cuando las bailarinas esperábamos nuestro turno en los pasillos. Me tapaba el ombligo con cualquier excusa y no puedo explicar mi desolación, mi vergüenza, cuando mis compañeras me sujetaron, entre todas, cerca del camerino, y me metieron a empujones para observar de cerca mi vientre que ya me resultó imposible esconder. Gladis blandió una lámpara de mano que traía lista para sus malintencionados propósitos. Me vaciaron aceite de bebé, alcohol, hasta que mi ombligo se borró ante sus ojos primero atónitos y después sarcásticos. Me defendí alegando justificadamente que los senos de Olivia eran de silicón, las nalgas de Patricia y Emma viles y vulgares implantes, y que Gladis estaba reconstruida por completo y junto a tales horrores el pobre dibujo sobre mi cintura resultaba trivial. No se dieron por aludidas, como si sus postizas modificaciones corporales estuviesen dentro de lo normal, y mi carencia de ombligo fuera algo infrahumano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me deprimí tanto que otra vez tuve que reportarme enferma. Un llanto convulsivo me apresó por siete días y siete noches, después de los cuales me sentí recuperada y aquella pérdida empezaba a perder importancia. Abandoné ese trabajo, pues ahora me daba cuenta que no me satisfacía, y decidí buscar un empleo más acorde con mi personalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día mi hermana me telefoneó; el sábado por la tarde habría reunión familiar y mi asistencia era importante. Fue un descanso reunirme con los que en verdad quiero y olvidarme de aquella mala experiencia que desde entonces ya no quise recordar. Al principio éramos una mezcla confusa que sin distinción intercambiaba impresiones y comentarios. Pero después de un par de horas, los grupos se disociaron conforme a intereses propios de cada sexo y edad. Las mujeres hablábamos de alimentación, cocina, hombres. Ellos chanceaban y bebían cervezas en el jardín, y los niños jugaban a las canicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando salí por una cerveza observé a los niños. Echaban las bolitas en un hoyito bien hecho sobre un trozo de tierra despejada de césped. Los contemplé por un rato, tomando mi cerveza, mientras ese hoyito se me iba haciendo cada vez más familiar. Sí, ese agujerito era mi ombligo, ¡mi ombligo! ¿qué estaba haciendo ahí? Lo reclamé ante el azoro de todos, recriminando a mi sobrino Pepe, con verdadera alteración, que lo hubiera tomado sin mi permiso; pues de pronto recordé que él y su mamá me habían visitado la víspera de su desaparición. Me lo encontré en el baño, tía, me contestó mortificado y resentido, me pareció perfecto para jugar a las canicas. Nunca imaginé que... No le permití concluir. Recogí mi ombligo, lo eché a la bolsa, y me despedí de todos cuya expresión había virado hacia signos inequívocos de incredulidad y sorpresa. Una tía me acompañó a la puerta, celebraba mi sentido del humor. Abordé mi auto y, antes de arrancar, salió mi parentela para desearme buena suerte.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Nació en la ciudad de México. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, y danza en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en escuelas particulares. Tomó talleres de creación poética con Óscar Wong, y de cuento con Edmundo Valadez y Beatriz Espejo.&lt;br /&gt;Impartió clases de español y literatura. Trabajó como correctora de estilo y láser en el Readers Digest. Bailó en el grupo de danza contemporánea Andamio, con Palillo y en el circo Atayde. Colaboró un año en la Sección cultural del Sol de México. Ha publicado cuento en la revista Punto de partida, y poesía en las revistas Alforja, Cantera verde y Tropo a la uña. Recientemente publicó su poemario Plumaje del viento. Editorial La Tinta del Alcatraz. Tiene un sitio en internet de literatura y galería de arte: Cajón de letras.  Hasta la fecha la mayoría de su obra permanece inédita.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-3817751610248442374?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/3817751610248442374/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=3817751610248442374&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3817751610248442374'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3817751610248442374'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/rocio-tame-mexico.html' title='ROCÍO TAME( México, )'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-HZohdaRjjEU/TxmRB9zeAPI/AAAAAAAAMZs/ZirYJQHuoho/s72-c/mujer+frente+al+espejo+1936.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-6259441611243680026</id><published>2012-01-20T00:49:00.000-03:00</published><updated>2012-01-20T12:53:55.322-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Inés Legarreta(Argentina)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-1P3gKXNTNhA/TxmOANAAmOI/AAAAAAAAMZk/sc4Mk1jxWxU/s1600/escalierdeu.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="640" src="http://2.bp.blogspot.com/-1P3gKXNTNhA/TxmOANAAmOI/AAAAAAAAMZk/sc4Mk1jxWxU/s640/escalierdeu.jpg" width="425" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;PRINCIPIANTES, INTERMEDIOS Y AVANZADOS&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la mujer llegó al descanso se enfrentó con un muchacho que bajaba saltando los escalones de a dos, creyó que la iba a llevar por delante pero él la sorteó con un mínimo y preciso movimiento del cuerpo; desde atrás, la camisa que llevaba desprendida se inflaba ligeramente al tiempo que el cuerpo descendía recto: daba la impresión de perfecto equilibrio.&lt;br /&gt;La mujer subió los escalones que faltaban para llegar al primer piso y una vez allí, buscó con la mirada a quién dirigirse. En un rincón del recibimiento, junto a una mesita, una joven hablaba con dos parejas de aspecto extranjero: tenían cámaras digitales y de filmación colgadas de los hombros, zapatos relucientes, y las mujeres, ropa ajustada con la que parecían estar muy cómodas. “¿Quince dólares?”. “No, quince pesos argentinos la clase de dos horas”. La chica cortó un par de tickets y se los extendió sonriendo. “El profesor ya viene, pueden ir pasando al salón”.&lt;br /&gt;El salón era inmenso. Al fondo, había un bar de madera tallada y a los costados del bar, unos gruesos cortinados de terciopelo bordó tapaban la entrada del baño de damas y de caballeros. La pista de baile estaba rodeada por pequeñas mesas cubiertas con manteles de un amarillo desvaído que caían casi hasta el piso. Sobre las paredes laterales colgaban grandes espejos, con la luna manchada en partes, y con marcos dorados a la hoja pero sin brillo. Un mozo, de chaquetilla blanca y pantalón negro descansaba sobre una de las tantas columnas de mármol que se alineaban hasta el fondo del salón. En el techo, la exquisita figura de una mujer de los años veinte era todo lo que restaba de lo que habría sido una serie de vitraux originales ahora recubiertos con paneles de yeso cuyas junturas se superponían en forma irregular.&lt;br /&gt;Una vez que hubo terminado con los turistas, la chica, se dirigió a la mujer. “¿Viene a la milonga o a tomar clases? Porque la milonga empieza más tarde”. “Me gustaría”, dijo la mujer, “aprender a bailar tango, pero nunca bailé, no sé si a mi edad...” “A cualquier edad se puede aprender; no se preocupe. Acá damos clases a principiantes, intermedios y avanzados; no hay problema”. “Pero me parece que hay gente que ya sabe bailar...” Aun sin música, las parejas de extranjeros hacían ochos y sentadas con una destreza admirable, nadie lo hubiera imaginado al verlos hacía instantes, gesticulando y con sombreros tejanos. “Separamos a los principiantes de los que ya están iniciados. Anímese, empezamos con ejercicios simples, todo es cuestión de ganas”, le dijo la chica y agregó “me llamo Fernanda y soy una de las profesoras, no se preocupe”. La mujer se mostró indecisa pero al fin dijo: “Está bien”, pagó la clase y esperó sentada a una de las mesas. Después llegaron dos mujeres de entre treinta y cuarenta años con ropa de gimnasia, una pareja de japoneses y tres chicas muy delgadas, con porte y andar de bailarinas, que empezaron a hacer movimientos de elongación mientras charlaban animadamente entre ellas. Hablaban en francés. Un hombre alto, enjuto, de tez pálida se acercó a saludar a la joven profesora; la chica fue al centro de la pista y golpeó las manos para llamar la atención. Antes, había puesto un CD con música de Di Sarli. La clase comenzaba. Todos la rodearon.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento se unió al grupo el joven que había esquivado con tanta gracia a la mujer en el rellano de la escalera. Las francesas lo besaron y las parejas que ya habían estado practicando en la pista lo saludaron con efusividad. “Para los que no me conocen, me llamo Marcos”, dijo, “y mi compañera, Fernanda”. Eran pareja de baile desde hacía diez años, daban espectáculos en ese mismo salón los días viernes, habían salido de gira con grandes orquestas, los dos habían estudiado danza pero Fernanda tenía formación clásica y él no. “Yo vengo de la milonga” y tomó la postura canyengue característica. Era simpático. De inmediato, el grupo se separó en dos. Fernanda les dijo al hombre alto y a la mujer que la siguieran, que con ella iban a hacer ejercicios y que Marcos se ocuparía de los intermedios y avanzados. “Vamos a caminar”, dijo, “porque en el tango se camina, los pies nunca se separan del piso”. La mujer se sintió incómoda, intimidada; trataba de imitar el paso pero perdía el equilibrio, el pie no se deslizaba con suavidad, las piernas le pesaban y hacían que se bamboleara como si nunca hubiera caminado en su vida; al hombre le pasaba algo parecido. Pero Fernanda también era simpática. Y paciente. A lo largo de las dos horas corrigió una y otra vez la postura, marcó los defectos, les enseñó el paso básico. Uno, dos abro, tres, cuatro y cinco, cruzo; seis, siete, ocho; vuelvo a cerrar. Dos por cuatro. La baldosa. En el tango la mujer sigue al hombre. En el tango el hombre marca; hay que saber reconocer la marca del hombre. Ella, al principio, se había puesto nerviosa pero ahora se reía, le parecía increíble ser tan torpe, tan pesada, tan sin gracia. Por momentos, no entendía lo que la profesora trataba de explicarle, era como si le hablaran en un idioma totalmente desconocido. No importa, decía Fernanda, hay que tener paciencia y practicar mucho. Cuando la mujer salió del local, estaba contenta. Sabía que había hecho el ridículo y que era probable que al día siguiente no se acordara lo que le habían enseñado pero se sentía bien. Y eso estaba bien. Muy bien, pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer mes fue a clases sólo un día por semana y se reía de nervios todo el tiempo. No faltaba aunque el resultado era desalentador y frustrante. Decidió entonces aumentar la cantidad de horas de práctica para tratar de ponerse a tono con los demás. Fernanda la retaba, no era posible que no se acordara que en el cinco la mujer cruzaba. “La mujer cruza en el cinco, grabátelo en la cabeza”. Los hombres se quedaban esperando pero ella no cruzaba y había que empezar de nuevo. Se olvidaba. No aprendía. Estaba vieja. Gorda y vieja. Ahora más que nunca lo sentía en el cuerpo y lo veía en los espejos del salón: una mujer sin cintura, ancha de caderas, de abdomen y pechos prominentes y piernas cortas aunque usara tacos altos para disimular. Prefería no mirarse, hacía lo contrario de todos los bailarines que no dejaban de mirarse en los espejos ni cuando descansaban. El hombre alto y pálido que había empezado el mismo día que ella había abandonado pronto, era peor que ella, nunca pegaba un paso; ella, en cambio, tenía oído, le faltaba equilibrio, el físico no la ayudaba, no reconocía las marcas, no se acordaba de las secuencias, le faltaba entender el tango pero tenía oído, eso le había dicho Marcos, la vez que le había indicado un ejercicio de ritmo tomándola de la mano. “Al menos, tenés oído”. A ella le había sonado como una lisonja que Marcos le dijera eso. Y por eso seguía esforzándose aunque después del tercer mes de clases ya no le causaba gracia sino vergüenza su poca habilidad, entre otras cosas, porque ahora se daba cuenta de que la mayoría de las parejas bailaban desde hacía años y los enrosques, los adornos, los boleos eran demasiado complicados para quien no estuviera entrenado. Se sentía disminuida. En contadas ocasiones Marcos le había dedicado alguna observación o la había tomado de los hombros para corregirle la postura o decirle que se relajara; él casi siempre se dedicaba a los que venían a perfeccionarse, era increíble la agilidad y la elegancia que tenía para moverse y con Fernanda formaban una pareja que realmente daba placer mirar. Además, estaban las chicas jóvenes, con cuerpos esbeltos, de piernas duras, de cuellos largos y caras frescas que hacían los pasos y las secuencias como si estuvieran en un escenario. Y volvían a repetir la figura y les salía mejor. Y ella, desde la barra, haciendo interminables pivotes y ochos, ochos para atrás, ochos para adelante y pivotes. Sola. Hasta que Marcos o Fernanda, por lo general en los últimos minutos de la clase, se acordaban de ella y decían “cambio de pareja” y alguno, casi siempre, el último en incorporarse al grupo, le hacía el favor de sacarla a bailar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero una tarde, quizás porque había pocos alumnos, Marcos, después de mostrar una secuencia, giró hacia la mujer tendiéndole la mano y le dijo: “Bueno, hoy voy a saber si me tengo que jubilar como profesor”. Ella no supo si se estaba burlando o era su manera de animarla a bailar. Lo cierto es que, aunque nerviosa la mujer enlazó su mano con la de Marcos y caminaron hasta el centro de la pista. En esos escasos segundos sintieron algo extraño: las manos encajaban perfectas una dentro de la otra, y la piel parecía continuarse, no había en el contacto nada que lo interrumpiera, nada que no fuera una misma suavidad. Él la rodeó con el abrazo. Casi no fue necesario que susurrara: “vamos”. Bailaron un tango completo. Marcos, no se molestaba por la inseguridad en los pasos y las continuas equivocaciones; cuando ella se perdía, detenía el movimiento, dejaba que el tango los envolviera, bailaba sin moverse del lugar, le marcaba los compases mientras la mantenía abrazada, firme, y después, con un ligero envión le indicaba qué hacer, “soy yo el que te llevo, caminá conmigo” y a ella no le importó verse en los espejos que los reflejaban, “ahora la pierna más larga, no te apurés, despacio, despacio que no estoy marcando nada, bien, muy bien, escuchá la música, seguí la música, seguime a mí”, y así, a medida que la música fluía y ella reconocía la presión de las manos y la intención del cuerpo él dejó de darle indicaciones y la condujo hasta el final sin que el abrazo se deshiciera: eran una pareja sin estridencias recorriendo en círculos la pista como en la milonga. Cuando sonó el último compás se miraron a los ojos. Con ella de la mano Marcos se acercó a una pareja de alemanes para corregirles el salto que ensayaban; el hombre debía ayudar con el muslo a la mujer para que el salto tomara altura y fuerza. “Así está mejor, pero falta esto”, mostró una secuencia y sin que ella pudiera adivinar lo que haría la impulsó y la hizo volar por el aire para retenerla después, con seguridad, frente a él. El aplauso surgió espontáneo del grupo y el alemán dijo “maestro” pronunciando con énfasis y dificultad la palabra. Fernanda, que los había mirado como una espectadora más, se apresuró a felicitarla, “viste que podés”, “sí”, le contestó la mujer, “con Marcos cualquiera puede, hasta yo puedo”, pero se le notaba la alegría hasta en la manera de mover las manos para abanicarse y exponer el cuello bañado de una leve transpiración. Entonces Fernanda ordenó “cambio de pareja” e indicó que bailaran libres los últimos minutos de la clase. ”Necesito saber cómo te llamás”, le dijo Marcos asomándose por detrás del cuerpo de Fernanda. “Noemí”, le respondió ella. “Noemí”, repitió él, y agregó en voz baja y sonriéndole: “te espero el miércoles, Noemí”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcos todavía sonreía mientras se preparaba para dar una clase especial, un seminario sobre “giros, enrosques y adornos para el hombre”, que le habían solicitado un grupo de profesores europeos. Fernanda lo acompañó como siempre, a la técnica casi perfecta de ella, Marcos le añadía cierta vulgaridad de barrio, de suburbio, con lo cual la pareja transmitía una verdad que llegaba directa a los espectadores y los mantenía en vilo en cada actuación. Además, Fernanda se manejaba con soltura en inglés y francés; Marcos, en cambio, apenas había aprendido unas pocas palabras básicas de manera que las explicaciones las daba ella.&lt;br /&gt;Ese día, después de la agotadora jornada y para celebrar el éxito del seminario, Fernanda invitó a Marcos a cenar a su casa. Era una costumbre establecida desde los comienzos de su actividad artística. Reunirse a tomar algo, a cenar o simplemente a tomar un café para charlar un rato de otros temas que no fueran los laborales, les había servido para conocerse mejor e integrar sus mundos. Pero Marcos contestó que estaba muy cansado y prefería irse a su departamento. La acompañó a tomar un taxi y se fue caminando despacio, “para disfrutar algo de la noche porteña antes de ir al sobre”, le dijo. “No querés que te alcance con el taxi”, le gritó Fernanda bajando la ventanilla, “gracias, pero no” y la saludó de refilón con la mano, alejándose.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio del grupo, Noemí bailaba con un español: ahora no la dejaban de lado a la hora de buscar pareja pero ella sabía que aunque se esforzase ya no tenía edad para convertirse en una profesional ni tampoco tendría la actitud convincente, la soltura de las mujeres que se habían criado bailando tangos. Las milongas estaban llenas de mujeres más grandes que ella que al igual que los tangueros de toda la vida miraban a los bailarines jóvenes por encima del hombro, casi despectivamente. Ella no era ni una cosa ni la otra. Pero Marcos le dedicaba tiempo como si no fuera capaz de darse cuenta de esto o como si no le importara. “Por lo menos, tenés oído” le repetía cuando bailaban y los dos se reían. A Fernanda le molestaba cada día más esa actitud de Marcos y buscaba la manera de separarlos, no necesitaba hacer nada demasiado evidente ya que los alumnos avanzados le pedían continuamente correcciones y entonces Marcos debía mostrar los ejercicios con ella. Noemí se quedaba mirando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Fue un alumno italiano que llevaba un año y medio instalado en Buenos Aires el que se lo dijo. Lo comentó a la salida de una clase, en la puerta de la confitería, entre el ir y venir de la gente, el ruido de los colectivos, las bocinas de los autos. “Anoche los vi a Noemí y a Marcos en la milonga.” Fernanda pensó que había oído mal. “¿Cómo?, ¿qué dijiste?”. “No sé si me vieron, había mucha gente”, siguió el italiano sin contestarle, “pero a Marcos”, hizo un movimiento ampuloso con los brazos y las manos, “¡le hicieron ronda p’a verlo bailar!”, y se esforzó por darle entonación a la frase. Fernanda creyó que se desmayaba. No pudo despedirse del italiano, se apoyó contra la vidriera y cerró los ojos. En ese momento, Marcos, que se había retrasado en el interior del local, la tomó de un brazo y le dijo eufórico: “¿A qué no sabés quién nos llamó para contratarnos?”. A Fernanda la indignación no la dejaba hablar. Marcos empezó a comentarle algo pero le vio la mirada y se calló. Se hizo un silencio denso, palpable entre ellos. La puerta vaivén de la confitería volvió a abrirse y salió Noemí. “Hasta luego”, dijo y enfiló sin apuro hacia Corrientes. A esa hora de la tarde el microcentro era un caos.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="border-collapse: collapse;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="left" class="MsoBodyText" style="margin-bottom: 0px; margin-left: 10px; margin-right: 10px; margin-top: 10px; text-align: left;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana; font-size: xx-small;"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="color: navy;"&gt;&lt;b&gt;Inés Legarreta&lt;/b&gt;&amp;nbsp;nació y reside en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. De escritura fresca y sugerente, publicó&amp;nbsp;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;&lt;b&gt;En el bosque y otros cuentos&lt;/b&gt;, 1990,&amp;nbsp;&lt;b&gt;Su segundo deseo&lt;/b&gt;, 1997&lt;/span&gt;&lt;span style="color: navy;"&gt;, y&lt;b&gt;La dama habló y otras páginas&lt;/b&gt;, Sigmur, 2004.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="MsoBodyText" style="margin-bottom: 0px; margin-left: 10px; margin-right: 10px; margin-top: 10px; text-align: left;"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="color: navy;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana; font-size: xx-small;"&gt;Ha merecido numerosos premios y distinciones entre los cuales se destacan: Primer Premio Iniciación otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación; Faja de Honor de la S.A.D.E (Sociedad Argentina de Escritores) 1990; Faja de Honor de la A.D.E.S (Asociación de Escritores Argentinos) 1993; becaria del Fondo Nacional de las Artes, 1993; Mujer Destacada Bonaerense 2000 con Medalla de Plata; Tercer Premio Nacional otorgado por el Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires, 2001, género cuento, obra édita, bienio 1996-1997; Primer Premio Certamen Internacional Los cuentos de La Granja, Segovia, España, 1989 y 1993. Mención de Honor en el Primer Concurso Interamericano de Literatura Avon con la mujer y las letras, 1999; Primer Premio Certamen Nacional de Cuento Histórico otorgado por la S.A.D.E. y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, 2000.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" class="MsoBodyText" style="margin-bottom: 0px; margin-left: 10px; margin-right: 10px; margin-top: 10px; text-align: left;"&gt;&lt;span lang="ES-MX" style="color: navy;"&gt;&lt;span style="font-family: Verdana; font-size: xx-small;"&gt;Sus textos han sido incluidos en diversas antologías de cuento, ha sido disertante y panelista en numerosos congresos nacionales e internacionales, y coordinadora de talleres literarios.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left" style="margin-bottom: 0px; margin-left: 10px; margin-right: 10px; margin-top: 10px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-6259441611243680026?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/6259441611243680026/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=6259441611243680026&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6259441611243680026'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6259441611243680026'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/ines-legarretaargentina.html' title='Inés Legarreta(Argentina)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-1P3gKXNTNhA/TxmOANAAmOI/AAAAAAAAMZk/sc4Mk1jxWxU/s72-c/escalierdeu.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-2205341734628039877</id><published>2012-01-14T00:44:00.000-03:00</published><updated>2012-01-20T12:46:55.167-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ee.uu.'/><title type='text'>Mary Flannery O'connor (EE.UU.,1925-1964)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-XUig58lBRNY/TxmMVU_z8aI/AAAAAAAAMZc/Bq3naUT_9Lk/s1600/la+gente+buena+del+campo.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="640" src="http://2.bp.blogspot.com/-XUig58lBRNY/TxmMVU_z8aI/AAAAAAAAMZc/Bq3naUT_9Lk/s640/la+gente+buena+del+campo.jpg" width="411" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;"LA GENTE BUENA DEL CAMPO"&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;(Incluido en &lt;b&gt;Un hombre bueno no es fácil de encontrar&lt;/b&gt;)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aparte de la expresión neutral que tenía cuando estaba sola, la señora Freeman tenía otras dos, una ansiosa y, la otra, contrariada, que usaba en todas sus relaciones humanas. Su expresión ansiosa era firme y fuerte como la lenta marcha de un camión pesado. Sus ojos jamás se desviaban bruscamente a la derecha o a la izquierda, sino que giraban como un ciclo, como si siguieran una franja amarilla en su mismo centro. Raras veces usaba las otras expresiones porque no le era necesario retractarse a menudo de algo que había dicho; pero cuando lo hacía, su rostro se detenía en seco, había un movimiento casi imperceptible en sus negros ojos, durante el cual parecían retroceder, y entonces, un observador podía ver que la señora Freeman, aun cuando estaba allí tan real como varias bolsas de granos apiladas, estaba ausente en espíritu. En cuanto a hacerle comprender algo cuando sucedía esto, la señora Hopewell ya había desistido de intentarlo. Podría hablarle hasta morirse. Era imposible conseguir que la señora Freeman admitiera que se había equivocado en algo. Y, si se la podía hacer hablar, entonces, era algo como:&lt;br /&gt;—Bueno, no podría decir que fue así y no podría decir que no fue así.&lt;br /&gt;O dejaba que su mirada se posase en el último estante de la cocina donde había un montón de botellas polvorientas y decía:&lt;br /&gt;—Ya veo que no ha comido muchos de los higos que recogió el verano pasado.&lt;br /&gt;Llevaban a cabo los negocios de mayor importancia en la cocina en el transcurso del desayuno. Todas las mañanas, la señora Hopewell se levantaba a las siete, encendía su calentador de gas y el de Joy. Joy era su hija, una muchacha rubia y enorme que tenía una pierna artificial. La señora Hopewell la consideraba una niñita, aun cuando ya tenía treinta y dos años y era muy educada. Joy se levantaba cuando su madre estaba comiendo, avanzaba hacia el lavabo y daba un portazo; al poco tiempo, llegaba la señora Freeman por la puerta trasera. Joy oía a su madre que decía:&lt;br /&gt;—Entre.&lt;br /&gt;Y luego conversaban un rato en voz baja. Era imposible, desde el lavabo, entender lo que decían. Cuando Joy se acercaba, por lo general ya habían terminado con las noticias meteorológicas y empezaban con una de las dos hijas de la señora Freeman, Glynese o Carramae. Joy las llamaba Glycerin y Caramel. Glynese, una pelirroja, tenía dieciocho años y muchos admiradores; Carramae, una rubia, tenía sólo quince, pero ya estaba casada y embarazada. Su estómago no soportaba nada. Todas las mañanas, la señora Freeman le contaba detenidamente a la señora Hopewell las veces que su hija Carramae había vomitado desde su último informe.&lt;br /&gt;A la señora Hopewell le gustaba decirle a la gente que Glynese y Carramae eran las mejores chicas que conocía y que la señora Freeman era una dama y que a ella nunca la avergonzaba llevarla a cualquier parte o presentarla a cualquiera que encontraran por el camino. Luego, contaba cómo había llegado a tomar a los Freeman a su servicio en primer lugar, y hasta qué punto eran un regalo del cielo para ella y cómo los había tenido cuatro años. La razón por la cual hacía tanto tiempo que estaban con ella era porque no las consideraba basura. Era buena gente del campo. Había llamado por teléfono al hombre cuyo nombre conocía por referencia y él le había dicho que el señor Freeman era un buen granjero pero que su mujer era la mujer más correveidile que había pisado la tierra.&lt;br /&gt;—Tiene que meterse en todo —dijo el hombre—. Si no llega al lugar de los acontecimientos antes de que se asiente el polvo, puede apostar que está muerta, eso es todo. Querrá saber todos sus asuntos. Yo de él tengo buen concepto, pero ni yo ni mi mujer podríamos haber aguantado a esa mujer un solo minuto más en esta casa.&lt;br /&gt;Eso hizo que la señora Hopewell pospusiera su decisión por unos pocos días.&lt;br /&gt;Los había contratado al final porque no había otros candidatos, pero había resuelto de antemano la manera de manejar a esa mujer. Ya que pertenecía al tipo de los que tienen que meter las narices en todo, entonces, la señora Hopewell había decidido que no sólo le permitiría meterse en todo, sino que se ocuparía de que tuviese que meterse en todo: le daría la responsabilidad de todo, la pondría a cargo de todo. La señora Hopewell no tenía malas cualidades en sí misma, pero podía usar las de los demás de una manera tan constructiva que nunca sintió esa carencia. Había contratado a los Freeman y hacía cuatro años que los tenía a sus órdenes.&lt;br /&gt;Nada es perfecto. Este era uno de los dichos preferidos de la señora Hopewell. Otro era: ¡así es la vida! Y uno más, el más importante era: bueno, los demás también tienen su opinión. Pronunciaba estas declaraciones generalmente en la mesa, con un tono de insistencia gentil como si ella fuera la única que las decía, y la enorme y pesada Joy, de cuya cara el permanente furor había forrado toda expresión, miraba un poco de lado, con sus ojos de un azul helado, y la mirada de alguien que ha conseguido la ceguera por tener la voluntad y los medios de poseerla.&lt;br /&gt;Cuando la señora Hopewell le decía a la señora Freeman que la vida era así, la señora Freeman decía:&lt;br /&gt;—Yo siempre lo he dicho.&lt;br /&gt;Nadie podía llegar a alguna conclusión sin que ella no lo hubiera hecho con anterioridad. Pero la señora Hopewell era más lista que ella. Cuando la señora Hopewell le dijo después de cierto tiempo de permanencia allí:”Sabe, usted es la rueda detrás de la rueda”, y le había guiñado un ojo, la señora Freeman había contestado:&lt;br /&gt;—Ya lo sé. Siempre he sido lista. Es que unos son más listos que otros.&lt;br /&gt;—Todo el mundo es diferente —dijo la señora Hopewell.&lt;br /&gt;—Sí, pero ya sé cómo es la mayoría —dijo la señora Freeman.&lt;br /&gt;—Toda clase de gente es necesaria en este mundo.&lt;br /&gt;—Siempre lo he dicho.&lt;br /&gt;La muchacha estaba acostumbrada a este tipo de diálogo en el desayuno que continuaba en el almuerzo; a veces, también lo sostenían en la cena. Cuando no había visitas, comían en la cocina porque resultaba más fácil. La señora Freeman siempre se las arreglaba para llegar en algún momento de la comida y observarlas hasta que terminaban. Se quedaba de pie contra la puerta si era verano, pero en invierno ponía un codo encima de la nevera y las miraba desde lo alto, o se ponía al lado del calentador a gas, levantando apenas la parte posterior de su falda. De tanto en tanto se recostaba contra la pared y movía la cabeza de un lado a otro. Todo era muy difícil de soportar para la señora Hopewell, pero ella era una mujer de una gran paciencia. Pensó que nada era perfecto y que con los Freeman podía contar con gente buena del campo y que si, en estos tiempos, uno tenía gente buena del campo, lo mejor era mantenerlos a su lado.&lt;br /&gt;Había tenido mucha experiencia con basura. Antes de los Freeman, tuvo un promedio de una familia residente al año. Las mujeres de esos granjeros no eran de la clase que uno quisiera tener alrededor por mucho tiempo. La señora Hopewell, que se había divorciado de su marido hacía mucho tiempo, necesitaba alguien que caminase con ella por el campo, y cuando tenía que presionar a Joy para que lo hiciera, los comentarios de ésta eran por lo general tan desagradables y su rostro tan hosco que la señora Hopewell le decía:&lt;br /&gt;—Si no vienes de buen grado, no quiero que lo hagas.&lt;br /&gt;Ante lo cual la muchacha, robusta y de hombros rígidos, con el cogote dispuesto un poco hacia delante, replicaba:&lt;br /&gt;—Si quieres que lo haga, aquí estoy: COMO SOY.&lt;br /&gt;La señora Hopewell excusaba esta actitud debido a la cojera (Joy había recibido un disparo en un accidente de caza cuando tenía diez años). Le resultaba duro a la señora Hopewell darse cuenta de que su niña ahora tenía treinta y dos años y que hacía más de veinte que tenía una sola pierna. Todavía la consideraba una niñita porque le hacía pedazos el corazón pensar en la pobre muchacha corpulenta que nunca había dado un paso de baile o tenido una diversión norma l. Su nombre verdadero era Joy pero tan pronto como cumplió los veintiún años y se fue de casa, se lo hizo cambiar legalmente. La señora Hopewell estaba segura de que había pensado y pensado hasta encontrar el nombre más feo en cualquier idioma. Se hizo cambiar el hermoso nombre de Joy. Lo había cambiado sin decirle una palabra a su madre. Su nombre legal era Hulga.&lt;br /&gt;Cuando la señora Hopewell pensó en ese nombre, Hulga, se imaginó el ancho casco vacío de un barco de guerra. No lo usaría. Siguió llamándola Joy y su hija le contestaba de una manera puramente mecánica.&lt;br /&gt;Hulga había aprendido a tolerar a la señora Freeman, quien le evitaba caminar con su madre. Hasta Glynese y Carramae eran de alguna utilidad, pues ocupaban una atención que, de otra manera, habría estado dirigida a ella. Al principio, había creído que no podría tolerar a la señora Freeman porque había descubierto que no era posible tratarla con rudeza. La señora Freeman se recargaba de extraños resentimientos y luego durante días enteros permanecía malhumorada, pero la fuente de su descontento era siempre oscura; un ataque directo, una mirada malintencionada, una maldad dicha en su cara, estas cosas nunca le hacían mella. Y un día sin previo aviso, comenzó a llamarla Hulga.&lt;br /&gt;No la llamaba de esa manera delante de la señora Hopewell que se hubiera enfurecido; pero, cuando ella y la muchacha se encontraban juntas por casualidad fuera de la casa, ella decía algo y agregaba el nombre de Hulga al final, y la corpulenta y miope Joy Hulga fruncía el ceño y se sonrojaba como si le hubieran violado su intimidad. Ella consideraba el nombre como algo personal. Había dado con él, al principio basándose puramente en su feo sonido, y después le había impresionado lo apropiado que quedaba para el caso. Tenía la visión de un nombre que trabajaba como el feo y sudoroso Vulcano que permaneció en el horno y a cuya llamada, presumiblemente, la diosa debía acudir siempre que él así lo deseara. Lo vio como el nombre de su mayor acto creativo. Uno de sus mayores triunfos era el de que su madre no había podido borrar la primacía de Joy, pero lo más importante de todo fue que se había podido transformar en Hulga. Sin embargo, el placer de la señora Freeman en usar el nombre la irritaba. Era como si los ojos acuosos y acerados de la señora Freeman hubieran penetrado lo suficiente dentro de su rostro como para alcanzar el meollo de algún acontecimiento secreto. Había algo en ella que fascinaba a la señora Freeman y un día Hulga se dio cuenta de que era la pierna artificial. La señora Freeman tenía un gusto especial, por los detalles de las infecciones secretas, de las deformidades escondidas, de los atropellos contra niños. De las enfermedades, ella prefería las prolongadas o las incurables. Hulga había oído a la señora Hopewell darle los detalles del accidente de caza, de qué manera la pierna había sido literalmente arrancada, que ella en ningún instante había perdido el conocimiento. La señora Freeman podía escuchar esto en cualquier momento como si hubiera sucedido hacía una hora.&lt;br /&gt;Cuando Hulga entraba cojeando en la cocina por la mañana (podía caminar sin ese ruido horrible que hacía, pero lo hacía —la señora Hopewell estaba segura— porque el sonido era espantoso), las miraba sin decir palabra. La señora Hopewell estaba vestida con su quimono rojo y el cabello atado con un pañuelo. Se hallaba sentada a la mesa, terminando su desayuno, y la señora Freeman, con el codo apoyado en la nevera, miraba desde lo alto. Hulga siempre ponía huevos a hervir y luego permanecía de brazos cruzados frente a ellas, y la señora Hopewell la miraba —una especie de mirada oscilante entre ella y la señora Freeman— y pensaba que, sólo manteniéndose un poco más erguida, no sería tan fea. No había nada desagradable en sus facciones y una expresión grata la hubiera transformado. La señora Hopewell decía que las personas que veían el lado brillante de las cosas eran hermosas aunque no lo fueran en realidad.&lt;br /&gt;Siempre que miraba a Joy de esta forma, no podía dejar de sentir que hubiera sido mejor que la niña no hubiese hecho el doctorado. Ciertamente no la había cambiado y ahora que lo poseía, ya no tenía más la excusa para volver al colegio. Los médicos le habían dicho que Joy, con muchos cuidados, podía llegar a los cuarenta y cinco. Tenía un corazón débil. Joy había afirmado bien a las claras que de no ser por su estado, estaría lejos de estas colinas rojas de la gente buena del campo. Estaría en una universidad dictando cursos a gente que sabría de qué estaba hablando. Y la señora Hopewell se la podía imaginar allí, con aspecto de espantapájaros y enseñando a gente como ella. Aquí, deambulaba todo el día con una falda de seis años de uso y una camiseta amarilla, con un borroso vaquero sobre un caballo estampado en el pecho. Ella opinaba que era divertido; la señora Hopewell, en cambio, pensaba que era idiota y que sólo demostraba que todavía era una niña. Era brillante, pero no tenía ni una pizca de sentido común. A la señora Hopewell le parecía que cada año se volvía menos parecida a la demás gente y acentuaba su propia imagen: abotargada, ruda y bizca. ¡Y decía cosas tan extrañas! Le había dicho a su propia madre —sin advertencia previa, sin excusas, poniéndose de pie en medio de una comida con el rostro púrpura y la boca medio llena:&lt;br /&gt;—¡Mujer! ¿Miras alguna vez en tu interior? ¿Alguna vez miras en tu interior y ves lo que no eres? ¡Dios mío! —había chillado dejándose caer nuevamente y mirando su plato—, Malebranche tenía razón ¡No somos nuestra propia luz!&lt;br /&gt;Hasta el día de hoy, la señora Hopewell no tenía la menor idea sobre qué era lo que había desatado ese exabrupto. Ella sólo había dicho, con la esperanza que Joy la escuchara, que una sonrisa nunca hacía mal a nadie.&lt;br /&gt;La muchacha había hecho su doctorado en filosofía y esto había dejado en total desventaja a la señora Hopewell. Uno podía decir:”Mi hija es enfermera”, o “Mi hija es maestra” o incluso “Mi hija es ingeniero químico”. Uno no podía decir “Mi hija es filósofo”. Eso era algo que había terminado con los griegos y los romanos.&lt;br /&gt;Joy se pasaba el día sentada en un profundo sillón, leyendo. De vez en cuando, se iba a caminar, pero no le gustaban los perros ni los gatos ni los pájaros ni las flores ni la naturaleza o los jóvenes. Miraba a los jóvenes como si estuviera oliendo su estupidez.&lt;br /&gt;Un día la señora Hopewell había cogido uno de los libros que la muchacha acababa de dejar y, abriéndolo al azar, leyó:&lt;br /&gt;“La ciencia, por otro lado, tiene que afirmar nuevamente su sobriedad y seriedad y declarar que sólo le preocupa lo-que-es. La nada ¿qué otra cosa puede ser para la ciencia, sino horror y fantasmagorías? Si la ciencia tiene razón, entonces hay algo que permanece firme: la ciencia no desea saber nada acerca de la nada. Eso es, después de todo, la actitud estrictamente científica frente a la Nada. Lo sabemos al no desear saber nada acerca de la Nada”.&lt;br /&gt;Estas palabras habían sido subrayadas con un lápiz azul y tuvieron para la señora Hopewell el efecto de alguna encarnación diabólica en forma de parloteo. Cerró el libro rápidamente y salió del cuarto como si estuviera a punto de ser presa de terribles convulsiones.&lt;br /&gt;Esa mañana cuando la muchacha hizo su aparición, la señora Freeman se estaba ocupando de Carramae.&lt;br /&gt;—Devolvió cuatro veces después de la cena —dijo— y se levantó dos veces durante la noche después de las tres de la mañana. Ayer no hizo otra cosa que revisar el cajón de la cómoda. Eso es todo lo que hizo. De pie allí, delante de la cómoda, viendo lo que podía encontrar.&lt;br /&gt;—Tiene que comer — musitó la señora Hopewell, sorbiendo su café, mientras observaba la espalda de Joy frente a la cocina.&lt;br /&gt;Se preguntaba lo que la niña había dicho al vendedor de biblias. No se podía imaginar qué tipo de conversación podrían haber sostenido.&lt;br /&gt;El era una joven sin sombrero, alto y demacrado, que vino ayer a venderles una biblia. Había aparecido en la puerta, llevando una enorme maleta negra, que pesaba tanto que había tenido que apoyarse contra el dintel. Parecía estar al borde del colapso, pero dijo con voz alegre:&lt;br /&gt;—¡Buenos días, señora Cedars!&lt;br /&gt;Y había colocado la maleta sobre el felpudo. Era un joven bastante apuesto a pesar de que tenía puesto un traje azul brillante y unos calcetines amarillos que le quedaban cortos. Tenía un rostro huesudo y un mechón de pelo castaño y pegajoso caído sobre la frente.&lt;br /&gt;—Soy la señora Hopewell —dijo ella.&lt;br /&gt;—¡Oh! —dijo simulando sorpresa y con los ojos brillantes— , vi que decía “The Cedars” en su buzón y por eso pensé que usted era la señora Cedars.&lt;br /&gt;Y lanzó una carcajada agradable. Levantó el maletín y con un ataque de risa entró rápidamente en el recibidor. Parecía más bien como si la maleta se hubiese movido primero, arrastrándolo:&lt;br /&gt;—¡Señora Hopewell! —dijo y la cogió de la mano—. ¡Espero que se encuentre bien!&lt;br /&gt;Y se rió de nuevo. Luego, de golpe. Su rostro se volvió totalmente grave. Hizo una pausa, le echó una mirada directa y decidida y dijo:&lt;br /&gt;—Señora, he venido a hablar de cosas serias.&lt;br /&gt;—Pues bien, entre usted —murmuró ella, poco entusiasmada porque tenía la comida casi lista. El entró en el recibidor, se sentó en el borde de una silla, colocó la maleta entre sus pies y observó la habitación como si con eso la estuviera midiendo a ella. La platería brillaba en los dos aparadores; ella pensó que él nunca había estado en una habitación tan elegante como esta.&lt;br /&gt;—Señora Hopewell —comenzó, usando su nombre de una manera que parecía casi íntima—, sé que usted cree en los servicios cristianos.&lt;br /&gt;—Pues, sí —murmuró ella.&lt;br /&gt;—Sé —dijo, e hizo una pausa, pareciendo muy sabio con su cabeza inclinada a un costado— que usted es una mujer buena. Me lo han dicho sus amigos.&lt;br /&gt;A la señora Hopewell no le gustaba que la tomaran por una idiota.&lt;br /&gt;—¿Qué vende usted? — preguntó.&lt;br /&gt;—Biblias —dijo el joven y su ojo recorrió la habitación antes de agregar—, no veo ninguna biblia en su recibidor, ¡ya veo que eso es lo que falta!&lt;br /&gt;La señora Hopewell no podía decir: “Mi hija es una atea y no me permite tener una biblia en el recibidor”. Dijo, poniéndose un poco dura:&lt;br /&gt;—Tengo mi biblia al lado de la cama.&lt;br /&gt;Esto no era verdad. Estaba en algún lugar, tal vez en el ático.&lt;br /&gt;—Señora —dijo él—, la palabra de Dios debe estar en el recibidor.&lt;br /&gt;—Bueno, pienso que es una cuestión de gustos —comenzó ella—. Pienso que...&lt;br /&gt;—Señora —dijo él—, para un cristiano, la palabra de Dios debe estar en todas las habitaciones de la casa aparte de residir en su corazón. Sé que usted es cristiana porque lo puedo ver en cada línea de su cara.&lt;br /&gt;Ella se puso de pie y dijo:&lt;br /&gt;—Bueno, joven, no quiero comprar una biblia y huelo que mi comida se está quemando.&lt;br /&gt;El no se levantó. Empezó a retorcerse las manos y bajando la vista dijo en voz baja:&lt;br /&gt;—Bueno, señora, le diré la verdad, hoy día no hay mucha gente que quiera comprar biblias y, además, sé que soy un simplón. No sé cómo decir algo, lo digo sencillamente. Soy sólo una muchacho de campo.&lt;br /&gt;Levantó la vista hacia su rostro hostil.&lt;br /&gt;—¡La gente como usted no quiere meterse con gente del campo como yo!&lt;br /&gt;—¡Vaya! —gritó ella—, ¡la gente buena del campo es la sal de la tierra! Además, todos tenemos diferentes maneras de ser, todos somos necesarios para que el mundo camine. ¡Así es la vida!&lt;br /&gt;—Usted dice mucho —dijo él.&lt;br /&gt;—Pues sí, pienso que no hay suficiente gente buena de campo en el mundo —dijo agitada—. ¡Pienso que ése es el problema!&lt;br /&gt;A él le había comenzado a resplandecer el rostro.&lt;br /&gt;—No me he presentado —dijo—, soy Manley Pointer, de cerca de Willohobie, ni siquiera de un lugar, sólo de cerca de un lugar.&lt;br /&gt;—Espere un momento —dijo ella—. Tengo que ir a ver la comida.&lt;br /&gt;Fue a la cocina y encontró a Joy parada cerca de la puerta, desde donde había estado escuchando.&lt;br /&gt;—Sácate de encima la sal de la tierra —dijo— y comamos.&lt;br /&gt;La señora Hopewell la miró con pena y disminuyó el fuego de las verduras.&lt;br /&gt;—Yo no puedo ser grosera con nadie —murmuró, y volvió a la sala.&lt;br /&gt;El había abierto la maleta y estaba sentado con sendas biblias en las rodillas.&lt;br /&gt;—Será mejor que las ponga en su sitio —le dijo ella—, no las quiero.&lt;br /&gt;—Aprecio su honestidad —dijo él—, uno ya no encuentra gente honesta, a menos que se vaya al campo.&lt;br /&gt;—Ya lo sé —dijo ella—. ¡Gente del auténtico campo!&lt;br /&gt;Por la rendija de la puerta oyó un quejido.&lt;br /&gt;—Me imagino que muchos tíos vienen y le dicen que se están pagando los estudios —dijo—, pero yo no le diré eso. En verdad —continuó—, no quiero ir al colegio. Quiero dedicar mi vida al cristianismo. ¿Ve? —dijo bajando la voz—, tengo este problema del corazón. Puede ser que no viva mucho tiempo. Cuando uno sabe que tiene un problema de este tipo, bueno, entonces, señora...&lt;br /&gt;Hizo una pausa, la boca abierta, y la miró fijamente.&lt;br /&gt;¡El y Joy tenían el mismo problema! La señora Hopewell se dio cuenta de que sus ojos se estaban llenando de lágrimas, pero hizo un esfuerzo, se repuso rápidamente y murmuró:&lt;br /&gt;—¿No querría quedarse a comer? ¡Nos encantaría que aceptara! —y se arrepintió al instante de haberlo dicho.&lt;br /&gt;—Sí, señora —dijo él con voz avergonzada—; por supuesto que me encantaría.&lt;br /&gt;Joy lo había mirado una vez cuando la presentación y luego durante toda la comida no volvió a dirigirle la vista. El le habló varias veces, pero ella simuló no escucharle. La señora Hopewell no podía comprender esa descortesía deliberada, a pesar de que a su vez convivía con ella, y se dio cuenta de que siempre tendría que exagerar su hospitalidad para contrarrestar la falta de cortesía de Joy. Le instó a que hablara de sí mismo y él lo hizo. Dijo que era el séptimo hijo de un total de doce y que su padre había sido aplastado por un árbol cuando él tenía ocho años. Le recogieron casi partido en dos y quedó prácticamente irreconocible. Su madre se las había arreglado de la mejor forma posible, trabajando duro y preocupándose de que sus hijos fueran a la escuela dominical y leyeran la Biblia todas las tardes. El tenía ahora diecinueve años y hacía cuatro meses que vendía biblias. En ese lapso, había hecho setenta y dos ventas y tenía la promesa de dos más. Quería, ser misionero porque pensaba que ésa era la manera por la que podía hacer más por la gente.&lt;br /&gt;—Aquel que pierda su vida, la encontrará —dijo simple y sinceramente; tan auténtico y dedicado que la señora Hopewell no se habría sonreído por nada en el mundo. El evitó que sus guisantes resbalasen a la mesa bloqueándolos con un pedazo de pan, con el que luego limpió el plato. Ella podía ver que Joy observaba solapadamente cómo manejaba el tenedor y minutos más, el muchacho lanzaría a la chica una entusiasta mirada apreciativa, como si intentase llamar su atención.&lt;br /&gt;Después de comer, Joy quitó la mesa y desapareció, y la señora Hopewell se quedó a solas a conversar con él. El repitió la historia de su infancia, el accidente de su padre y varias otras cosas que le habían sucedido. Cada cinco minutos, más o menos, ella ahogaba un bostezo. El se quedó sentado durante dos horas hasta que finalmente ella le dijo que debía retirarse porque tenía una cita en el pueblo. El empaquetó sus biblias, le dio las gracias y se dispuso a partir, pero en la puerta se detuvo, le dio la mano y dijo que en ninguno de sus viajes había conocido una dama tan bondadosa como ella, y le preguntó si podía volver. Ella le dijo que siempre le alegraría verle.&lt;br /&gt;Joy había permanecido en el camino, mirando aparentemente algo en la distancia; cuando él bajó la escalinata y se dirigió hacia ella, doblado por la pesada maleta, se detuvo donde estaba ella y la miró de frente. La señora Hopewell no pudo escuchar lo que dijo pero tembló al pensar lo que Joy le podría replicar. Pudo ver que Joy, un momento después, le dijo algo y que el muchacho entonces empezó a hablar de nuevo, haciendo un gesto excitado con la mano libre. Luego, Joy dijo algo más y el muchacho empezó a hablar otra vez. Entonces, con sorpresa, la señora Hopewell vio que los dos caminaban juntos hasta el portón. Joy había caminado hasta el portón con él, y la señora Hopewell no podía imaginarse lo que se habían dicho, y hasta ahora no se había animado a preguntarle.&lt;br /&gt;La señora Freeman estaba tratando de atraer su atención. Se había trasladado de la nevera al calentador, de manera que la señora Hopewell tenía que darse vuelta para que pareciera que la escuchaba.&lt;br /&gt;—Glynese se fue de nuevo con Harvey Hill anoche —dijo—. Tenía ese orzuelo.&lt;br /&gt;—Hill —dijo ausente la señora Hopewell—, ¿es ese que trabaja en el garage?&lt;br /&gt;—No, es el que va a la escuela de quiropráctica —dijo la señora Freeman—. Ella tenía ese orzuelo. Hacía dos días. Entonces me dijo que cuando las otras noches la trajo le había dicho: “Déjame que te saque ese orzuelo”, y ella le dijo: ”¿Cómo”, y él le dijo: “Sólo échate en el asiento de atrás y te lo mostraré”. Entonces ella lo hizo y él la golpeó en el cuello. Siguió dándole golpes varias veces hasta que ella dijo basta. Esta mañana no tenía ese orzuelo. No quedaron ni huellas del orzuelo.&lt;br /&gt;—Nunca había oído hablar de eso –dijo la señora Hopewell.&lt;br /&gt;—Le pidió que se casara con él ante el juez —continuó la señora Freeman—, y ella le dijo que no se iba a casar en ninguna oficina.&lt;br /&gt;—Bueno, Glynese es una buena chica —dijo la señora Hopewell— Glynese y Carramae, las dos son buenas chicas.&lt;br /&gt;—Carramae dijo que cuando ella y Lyman se casaron, Lyman dijo que por supuesto ella era sagrada para él. Ella dijo que él dijo que no daría quinientos dólares para ser casado por el predicador.&lt;br /&gt;—¿Cuánto daría? —preguntó la muchacha desde la cocina de gas.&lt;br /&gt;—Dijo que no daría quinientos dólares —repitió la señora Freeman.&lt;br /&gt;—Muy bien, todos tenemos algo que hacer —dijo la señora Hopewell.&lt;br /&gt;—Lyman dijo que era sagrada para él —dijo la señora Freeman—. El doctor quiere que Carramae coma ciruelas pasas. Dice eso, en vez de medicinas. Dice que los calambres vienen por la presión. ¿Sabe dónde pienso que está eso?&lt;br /&gt;—Estará mejor en unas pocas semanas —dijo la señora Hopewell.&lt;br /&gt;—En el tubo —dijo la señora Freeman—. De otra manera no estaría tan enferma.&lt;br /&gt;Hulga había partido los dos huevos en un platillo y los traía a la mesa con una taza de café que había llenado demasiado. Tomó asiento con cuidado y empezó a comer, con la intención de entretener allí a la señora Freeman por medio de preguntas si por cualquier razón ésta mostraba intención de marcharse. Podía percibir el ojo de su madre sobre ella. La primera pregunta indirecta sería sobre el vendedor de biblias, y ella no quería que saliera a relucir.&lt;br /&gt;—¿Cómo le golpeó el cuello? —preguntó.&lt;br /&gt;La señora Freeman hizo una descripción de cómo él la había golpeado en el cuello. Dijo que era propietario de un Mercury 55, pero que Glynese había dicho que prefería casarse con un hombre que sólo tuviera un Plymouth 36, que deseaba casarse ante un predicador. La muchacha preguntó qué pasaría si él tenía un Plymouth 32 y la señora Freeman dijo que lo que Glynese había dicho era un Plymouth 36.&lt;br /&gt;La señora Hopewell manifestó que no había muchas chicas con el sentido común de Glynese. Dijo que lo que más admiraba en esas chicas era el sentido común. Dijo que eso le recordaba que ayer habían tenido una buena visita, un joven que vendía biblias.&lt;br /&gt;—Dios santo —dijo—, me aburrió a más no poder pero era tan sincero y tan auténtico que no pude ser descortés con él. Era de la buena gente del campo, usted sabe —dijo—, la sal de la vida.&lt;br /&gt;—Le vi llegar —dijo la señora Freeman—, y más tarde le vi salir.&lt;br /&gt;Hulga pudo percatarse del leve cambio en su voz, la leve insinuación de que no se había ido caminando solo. Su rostro permaneció inexpresivo pero el rubor coloreó su cuello y pareció tragárselo con la siguiente cucharada de huevo. La señora Freeman la estaba mirando como si compartiera un secreto con ella.&lt;br /&gt;—Bueno, toda clase de gente es necesaria para que este mundo camine —dijo la señora Hopewell— . Está muy bien que no todos seamos iguales.&lt;br /&gt;—Algunos son más iguales que otros —sentenció la señora Freeman.&lt;br /&gt;Hulga se puso de pie y se dirigió, haciendo mucho más ruido que el necesario, hacia su cuarto, cerrando la puerta. Iba a encontrarse con el vendedor de biblias a las diez de la mañana en el portón. Había pensado en ello la mitad de la noche. Había empezado a imaginarlo como una gran broma y luego había atisbado sus profundas implicaciones. Tirada en la cama, había imaginado diálogos que eran delirantes en la superficie pero que, en el fondo, llegaban a profundidades de las que no sería consciente ningún vendedor de biblias. Ayer, la conversación que habían mantenido había sido de esta clase.&lt;br /&gt;El se había detenido frente a ella y simplemente había permanecido allí. Tenía la cara huesuda, sudorosa y brillante, con una pequeña nariz respingona en medio. Su aspecto era diferente del que había tenido durante la comida. La estaba mirando con abierta curiosidad, con fascinación, como un chico que mira un nuevo animal fantástico en el zoológico, y respiraba como si hubiera corrido una gran distancia para alcanzarla. Su mirada le resultó familiar pero no pudo recordar dónde la habían mirado de esa manera. Por un buen rato, él no dijo nada. Luego, en lo que pareció una aspiración de aire, susurró:&lt;br /&gt;—¿Alguna vez has comido un pollo de dos días?&lt;br /&gt;La muchacha lo miró atónita . El podría haber estado presentando la pregunta para su consideración en la reunión de una asociación filosófica.&lt;br /&gt;—Sí —replicó al rato la muchacha, como si lo hubiera considerado desde todos los ángulos posibles.&lt;br /&gt;—¡Debe haber sido enormemente pequeñín! —dijo él con aire de triunfo y se estremeció todo por cortas risitas nerviosas, poniéndose muy colorado. Se calmó sumergiéndose en una mirada de completa admiración, mientras que la expresión de la muchacha seguía siendo la misma.&lt;br /&gt;—¿Cuántos años tienes? —preguntó él suavemente.&lt;br /&gt;Ella esperó un poco antes de contestar. Luego, con voz fuera de tono, dijo:&lt;br /&gt;—Diecisiete.&lt;br /&gt;Las sonrisas de él llegaban unas tras otra como olas rompiendo en la superficie de un pequeño lago:&lt;br /&gt;—Veo que tienes una pierna de palo —dijo—. Creo que eres muy valiente. Creo que eres muy dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muchacha permaneció vacía, rígida y silenciosa.&lt;br /&gt;—Camina hasta el portón conmigo —dijo él—. Eres una cosita valiente y dulce y me gustaste en el momento en que te vi pasar la puerta.&lt;br /&gt;Hulga comenzó a moverse lentamente hacia adelante.&lt;br /&gt;—¿Cómo te llamas? —preguntó él, con su sonrisa por encima de la cabeza de ella.&lt;br /&gt;—Hulga —dijo ella.&lt;br /&gt;—Hulga —murmuró él—. Hulga, Hulga. Nunca supe de nadie que se llamara Hulga. Eres tímida, ¿no es así, Hulga? —preguntó.&lt;br /&gt;Ella asintió con la cabeza, observando la gran mano enrojecida en la agarradera de la maleta gigante.&lt;br /&gt;—Me gustan las chicas que usan gafas —dijo—. Pienso mucho. No soy como esa gente en cuyas cabezas jamás entra un pensamiento serio. Es porque tal vez puedo morir en cualquier momento.&lt;br /&gt;—Yo también puedo morir —dijo ella de sopetón y lo miró. Ahora tenía los ojos muy pequeños y marrones, con un brillo afiebrado.&lt;br /&gt;—Escucha —dijo él—, ¿no crees que están hechos para conocerse los que tienen todo en común? ¿Cuando los dos tienen pensamientos profundos y todo eso?&lt;br /&gt;Cambio de mano la maleta y ahora la más próxima era su mano libre. La cogió del codo y se lo sacudió un poco:&lt;br /&gt;—Los sábados no trabajo —dijo—. Me gusta caminar por el bosque y ver cómo está vestida la Madre Naturaleza. En las colinas y bien lejos. Picnics y esas cosas. ¿No podríamos ir de picnic mañana? Di que sí, Hulga —dijo y le echó una mirada agónica como si sintiera que se le estaban por caer las entrañas. Hasta parecía haberse acercado a ella.&lt;br /&gt;Esa noche Hulga se había imaginado que lo seducía. Imaginó que los dos caminaban por el campo hasta que llegaban al granero más allá de los dos campos de atrás, y allí las cosas llegaban a tal punto que ella lo seducía con facilidad, y luego, por supuesto, tenía que vérselas con el remordimiento de él. Un genio verdadero podía llegar a hacerse entender hasta por un cerebro inferior. Imaginó que ella transformaba su remordimiento en una comprensión más profunda de la vida. Ella ponía de lado toda la vergüenza de él y la transformaba en algo útil.&lt;br /&gt;Fue al portón a las diez en punto, escapándose sin atraer la atención de la señora Hopewell. No llevaba nada para comer, pues había olvidado que, por lo general, a un picnic se llevan alimentos. Vestía un par de pantalones y una camisa blanca, pero sucia; en el último momento, había rociado el cuello con un poco de Vapex, ya que no tenía ningún perfume. Cuando llegó al portón, nadie estaba allí.&lt;br /&gt;Miró la carretera desierta en ambas direcciones y experimentó la curiosa sensación de haber sido engañada, de que él sólo había pretendido con su propuesta hacerla caminar hasta el portón. Entonces, de improviso, él se puso de pie, muy alto, detrás de unas malezas en el terraplén del otro lado del camino. Sonriente, se sacó el sombrero que era nuevo y de ala ancha. Ayer no lo tenía y ella se preguntó si no lo habría comprado para la ocasión. Era de color tostado con una cinta blanca y roja a su alrededor, un poco grande para él. Salió de las malezas todavía llevando la maleta negra. Tenía puesto el mismo traje y los mismos calcetines amarillos metidos dentro de los zapatos. Cruzó el sendero y dijo:&lt;br /&gt;—¡Sabía que vendrías!&lt;br /&gt;La muchacha se preguntó agriamente cómo se había dado cuenta. Señaló la valija y dijo:&lt;br /&gt;—¿Por qué has traído tus biblias?&lt;br /&gt;La cogió del codo, sonriéndole desde su altura como si le fuera imposible dejar de hacerlo.&lt;br /&gt;—Nunca puedes saber cuándo necesitarás de la palabra de Dios, Hulga —dijo.&lt;br /&gt;Por un momento ella dudó de que esto estuviera sucediendo realmente y entonces empezaron a subir el terraplén. Luego bajaron hasta el campo abierto camino del bosque. El muchacho caminaba ágilmente, saltando. La maleta no parecía ser hoy tan pesada, la movía fácilmente entre las manos. Cruzaron la mitad del campo sin decir palabra y entonces él le puso la mano sobre la espalda y le preguntó:&lt;br /&gt;—¿Dónde está la juntura de tu pierna de palo?&lt;br /&gt;Ella se puso colorada y lo miró furiosa, y por un instante el muchacho pareció avergonzado.&lt;br /&gt;—Lo dije sin ninguna mala intención —dijo—. Sólo quise decirte que eras tan valiente y todo eso. Me imagino que Dios cuida de ti.&lt;br /&gt;—No —dijo ella, mirando hacia delante y caminando rápido—, ni siquiera creo en Dios.&lt;br /&gt;—¿No? —exclamó, como si estuviera demasiado sorprendido para agregar algo más.&lt;br /&gt;Ella continuó caminando y en un segundo él estaba a su lado, abanicándose con el sombrero.&lt;br /&gt;—Eso es muy poco común en una chica —dijo, mirándola de reojo. Cuando llegaron al borde del bosque, le puso de nuevo la mano en la espalda y la apretó contra sí sin decir una palabra y la besó fuertemente.&lt;br /&gt;El beso, más presión que sentimiento, produjo en la muchacha esa carga extra de adrenalina que permite a una persona sacar un pesado baúl de una casa en llamas, pero en ella, toda esa fuerza subió a la cabeza. Aun antes de que él la soltara, su mente, clara, indiferente e irónica, ya lo observaba desde una gran distancia con curiosidad, pero también con lástima. Nunca la habían besado antes y le alegró descubrir que no se trataba de una experiencia excepcional y que todo estaba sujeto al control de la mente. Alguna gente podría saborear el agua si les decían que era vodka. Cuando el muchacho, a la expectativa pero inseguro, la separó suavemente de él, ella dio media vuelta y siguió caminando, sin decir nada, como si ese asunto, para ella, fuese cosa de todos los días.&lt;br /&gt;El se mantuvo jadeante a su lado, tratando de ayudarla cuando veía una raíz en la que ella podía tropezar. Cogía los largos y oscilantes tallos espinosos y abría una brecha hasta que ella pasaba. Ella mostraba el camino y él iba atrás respirando agitado. Luego salieron a una ladera luminosa, que se ondulaba suavemente, hasta otra un poco más pequeña. Más allá, pudieron ver el techo herrumbrado del granero donde estaba depositado el heno de reserva.&lt;br /&gt;La colina estaba punteada de pequeñas hierbas rojas.&lt;br /&gt;—Entonces, ¿no estás salvada? —preguntó él de improviso y se detuvo.&lt;br /&gt;La muchacha sonrió. Era la primera vez que le sonreía.&lt;br /&gt;—En mi economía —dijo—, yo estoy salvada y tú estás condenado, pero ya te dije que no creía en Dios.&lt;br /&gt;Nada parecía poder destruir la mirada admirativa del muchacho. Ahora la miró como si el animal fantástico del zoológico hubiera pasado su garra por las rejas y le hubiera dado una palmada amorosa. Ella pensó que parecía querer besarla de vuelta y siguió caminando antes de que él encontrara una oportunidad.&lt;br /&gt;—¿No hay ningún sitio en donde nos podamos sentar? —murmuró él—, bajando su voz al final de la oración.&lt;br /&gt;—En ese granero —dijo ella.&lt;br /&gt;Se apresuraron como si pudiera deslizarse y desaparecer como un tren. Era un granero grande, de dos pisos, frío y oscuro en el interior. El muchacho señaló la escalerilla que conducía al henal y dijo:&lt;br /&gt;—Lástima que no podamos ir allí.&lt;br /&gt;—¿Por qué no podemos ir allí?&lt;br /&gt;—Tu pierna —dijo él, reverente.&lt;br /&gt;La muchacha le lanzó una mirada despreciativa y agarrándose con las dos manos a la escalerilla, trepó por ella mientras él permanecía abajo, aparentemente pasmado. Ella pasó con habilidad por la abertura y luego lo miró desde arriba y dijo:&lt;br /&gt;—Bueno, ven, si es que vas a venir.&lt;br /&gt;El comenzó a subir la escalerilla, llevando torpemente la valija.&lt;br /&gt;—No necesitamos la biblia —comentó ella.&lt;br /&gt;—Nunca se sabe —dijo él, jadeante.&lt;br /&gt;Una vez que estuvo en el henil, trató de recuperar el aliento por unos segundos. Ella se había sentado sobre un montón de paja. Una ancha envoltura de luz de sol; llena de partículas de polvo, se volcaba sobre ella. Se quedó tirada, apoyada contra un fardo, con la cara vuelta hacia la abertura del frente del granero, por donde debía arrojarse el heno desde un camión hasta el henil. Las dos laderas punteadas de rojo se alejaban hacia una oscura arboleda. El cielo estaba despejado y de un azul límpido. El muchacho se dejó caer a su lado, puso un brazo debajo de ella y el otro encima y comenzó a besarle metódicamente el rostro, haciendo ruiditos como un pez. No se quitó el sombrero, pero éste no interfería. Cuando le molestaron los anteojos de ella, se los desprendió y los deslizó en el bolsillo.&lt;br /&gt;Al principio, la muchacha no le devolvió ningún beso, pero al rato empezó a hacerlo y después que lo besó varias veces en la mejilla, se acercó a sus labios y permaneció allí, besándolo una y otra vez como si tratara de dejarlo sin aliento. Su aliento era claro y dulce como el de un niño y también los besos eran pegajosos como los de un niño. El murmuró que la amaba y que la primera vez que la vio supo que la amaba, pero el murmullo era como las quejas soñolientas de un niño al que su madre duerme. La mente de Joy, mientras tanto, nunca se detuvo ni se perdió por un segundo a causa de las sensaciones.&lt;br /&gt;—No me has dicho que me amas —susurró él finalmente, separándose de ella—. Tienes que decirlo.&lt;br /&gt;Ella apartó la mirada y la dirigió al cielo ahuecado y luego hacia abajo, al cerro oscuro, y después más allá, a lo que parecían dos lagos verdes e hinchados. No se había dado cuenta de que él le había sacado las gafas pero este paisaje no podía parecerle excepcional ya que raras veces prestaba alguna atención a su entorno.&lt;br /&gt;—Tienes que decirlo —repitió él—, tienes que decir que me amas.&lt;br /&gt;Ella siempre procuraba no comprometerse.&lt;br /&gt;—En cierto sentido —comenzó a decir—, si utilizas esa palabra sin pretender exactitud, la puedes decir. Pero no es una palabra que yo use. No tengo ilusiones. Soy una de esas personas que miran a través de todo a la nada.&lt;br /&gt;El muchacho frunció el ceño.&lt;br /&gt;—Tienes que decirlo. Yo lo dije y tú debes decirlo también.&lt;br /&gt;La muchacha lo miró casi con ternura.&lt;br /&gt;—Pobrecillo —murmuró—. Da lo mismo que no entiendas.&lt;br /&gt;Lo acercó, tomándolo por el cuello, el rostro inclinado hacia sí.&lt;br /&gt;—Estamos todos condenados —dijo—, pero algunos nos hemos arrancado las vendas de los ojos y vemos que no hay nada para ver. Es una especie de salvación.&lt;br /&gt;Los ojos atónitos del muchacho estaban sin expresión a través de los cabellos de ella.&lt;br /&gt;—Muy bien —casi gimoteó—,pero ¿me amas o no me amas?&lt;br /&gt;—Sí —dijo ella y agregó—:en un sentido. Pero debo decirte algo. No tiene que haber nada deshonesto entre nosotros.&lt;br /&gt;Levantó su cabeza y lo miró a los ojos.&lt;br /&gt;—Tengo treinta años —dijo—, tengo varios títulos.&lt;br /&gt;El muchacho pareció irritado pero obstinado.&lt;br /&gt;—No me importa —dijo—, no me importa nada todo lo que hayas hecho. Sólo quiero saber si me amas o no.&lt;br /&gt;La acercó y la besó salvajemente hasta que ella dijo:&lt;br /&gt;—Sí, sí.&lt;br /&gt;—Muy bien, entonces —dijo él, dejándola—. Pruébalo.&lt;br /&gt;Ella sonrió, mirando ensoñada el paisaje del cielo. Lo había seducido sin que ni siquiera se hubiera decidido a hacerlo.&lt;br /&gt;—¿Cómo? —preguntó, sintiendo que debía retrasarlo un poco.&lt;br /&gt;El se inclinó y acercó los labios a su oído.&lt;br /&gt;—Muéstrame la juntura de la pierna de palo —susurró.&lt;br /&gt;La muchacha dio un pequeño grito y su rostro perdió instantáneamente todo color. La obscenidad de la sugerencia no era lo que la sorprendía. Cuando fue niña a veces había sido presa de sentimientos de vergüenza pero la educación había removido las últimas huellas de eso como lo hace un buen cirujano con un cáncer. No era mayor su sensibilidad a lo que él le pedía que su fe en sus biblias. Pero era tan sensible respecto de su pierna artificial como un pavo real respecto de su cola. Cuidaba de ella como otros cuidaban de sus almas, en privado y casi con los ojos vueltos hacia otro lado.&lt;br /&gt;—No —dijo.&lt;br /&gt;—Ya lo sabía —musitó él—. Sólo me tomas por un imbécil y juegas conmigo.&lt;br /&gt;—¡Oh, no, no! —exclamó—. Llega a la rodilla.&lt;br /&gt;Sólo a la rodilla. ¿Por qué la quieres ver?&lt;br /&gt;El muchacho la miró prolongada y penetrantemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Porque —dijo—, es lo que te hace diferente. Eres como ninguna otra.&lt;br /&gt;Ella se quedó mirándolo. No había nada en su rostro o en sus redondos ojos azules y fríos que indicase que esto la había emocionado; pero ella sintió como si se le hubiera parado el corazón y dejó que su menta succionara la sangre. El muchacho, con un instinto que provenía más allá de la experiencia, había puesto el dedo en la llaga y en su verdad. Cuando después de un momento, ella dijo en voz alta y ronce: ”Muy bien”, fue como rendirse a él completamente. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.&lt;br /&gt;Poco a poco, el empezó a subir el pantalón. La pierna artificial, con una media blanca y un zapato bajo marrón, terminaba en un material pesado como lona y en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho se volvieron totalmente reverentes cuando lo descubrió y dijo:&lt;br /&gt;—Ahora muéstrame cómo sacarla y ponerla.&lt;br /&gt;Ella se la sacó y se la puso nuevamente y luego él mismo la sacó, manejándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.&lt;br /&gt;—¡Mirá! —dijo con la expresión de deleite de un niño—. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!&lt;br /&gt;—Colócala de nuevo —dijo ella.&lt;br /&gt;Pensaba que se escaparía con él y que esa misma noche él le sacaría la pierna y que todas las mañanas se la pondría nuevamente.&lt;br /&gt;—Ponla de nuevo —dijo.&lt;br /&gt;—Todavía no —murmuró él, deteniéndola a la altura del pie y lejos de su alcance—. Déjala un poco. Me tienes a mí a cambio.&lt;br /&gt;Ella dio un corto grito de alarma pero él la empujo y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de funcionar y que se estaba ocupando de algo que no comprendía muy bien. Expresiones diferentes recorrían su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, sus ojos como dos pernos de acero, doblaba la cabeza hacia donde había quedado la pierna. Finalmente, ella se lo sacó de encima y dijo:&lt;br /&gt;—Ahora colócala de nuevo.&lt;br /&gt;—Espera —dijo él.&lt;br /&gt;Se inclinó hacia el otro lado y empujó la maleta hacia sí y la abrió. Tenía un forro azul pálido y manchado y sólo contenía dos biblias. Sacó una y abrió la portada. Era hueca y allí había un frasco de whisky, un juego de naipes, y una pequeña caja azul con algo impreso. El dispuso estas cosas frente a ella una por una en una hilera regular, como alguien que estuviera presentando ofrendas en el templo de una diosa. Le puso la caja en la mano. ESTE PRODUCTO ES PARA SER USADO SOLAMENTE COMO PRESERVATIVO DE ENFER- MEDADES, leyó y la dejó caer. El muchacho estaba abriendo la botella. Dejó de hacerlo y señaló, con una sonrisa, los naipes. No eran naipes comunes sino que había una foto obscena en la parte de atrás de cada baraja.&lt;br /&gt;—Echa un trago —dijo él.&lt;br /&gt;Le ofreció la botella primero a ella. Se la puso delante, pero, como hipnotizada, ella no se movió.&lt;br /&gt;En su voz, cuando habló, había un tono de ruego.&lt;br /&gt;—¿No eres —murmuró—, no eres de la buena gente de campo?&lt;br /&gt;El muchacho ladeó la cabeza. Parecía como si comenzara ahora a darse cuenta de que ella podría estar tratando de insultarlo.&lt;br /&gt;—Sí —dijo, doblando un poco los labios—, pero eso no me ha dejado atrás. Valgo tanto como tú en cualquier momento.&lt;br /&gt;—Dame mi pierna —dijo ella.&lt;br /&gt;El la empujó aún más lejos con el pie.&lt;br /&gt;—Vamos, hora, empecemos a divertirnos —dijo de manera insinuante—. Todavía no nos conocemos bien.&lt;br /&gt;—¡Dame, mi pierna! —gritó y trató de abalanzarse sobre ella, pero él la empujó hacia atrás con facilidad.&lt;br /&gt;—¿Qué te pasa ahora, de pronto? —pregunto él, ceñudo, mientras cerraba la botella y la ponía rápidamente dentro de la biblia —. Hace muy poco dijiste que no creías en nada. ¡Yo creí que eras toda una mujer!&lt;br /&gt;El rostro de Joy estaba casi púrpura.&lt;br /&gt;—¡Eres un cristiano! —susurró—. ¡Eres un buen cristiano! Eres como todos ellos; dices una cosa y haces otra. Eres un perfecto cristiano, eres un...&lt;br /&gt;La boca del muchacho se transformó en un gesto de enojo.&lt;br /&gt;—¡Espero que no pienses —dijo con un tono indignado y altivo— que yo creo en esa mierda! Puede ser que venda biblias pero sé cómo son las cosas, ¡y no nací ayer, y sé adónde voy!&lt;br /&gt;—¡Dame mi pierna! —gritó ella.&lt;br /&gt;El pegó un salto tan rápido que apenas le vio arrojar los naipes y la caja en la biblia y tirar la biblia en la valija. Le vio coger la pierna y luego colocarla en diagonal y desamparada dentro de la valija con una biblia a cada lado. El dio un golpe y cerró la tapa y cogió la maleta y la tiró abajo por el agujero y luego se metió él y empezó a bajar.&lt;br /&gt;Cuando todo su cuerpo, salvo la cabeza, había pasado, se dio la vuelta y la observó con una mirada que ya no tenía ninguna admiración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—He conseguido un montón de cosas interesantes —dijo—. Una vez conseguí un ojo de mujer de esta manera. Y no pienses que me vas a atrapar, porque en realidad no me llamo Pointer. Uso un nombre distinto en cada casa donde voy y nunca me quedo en un sitio por mucho tiempo. Y te diré algo más, Hulga —dijo usando el nombre como si no le tuviera ninguna consideración—, no eres tan inteligente. ¡Desde el día en que nací no creo absolutamente en nada!&lt;br /&gt;Luego desapareció el sombrero tostado por el agujero y la muchacha se quedó sentada en la paja bajo la luz polvorienta. Cuando giró el rostro agitado y miró por la abertura, vio su figura azul batallando con éxito sobre el lago salpicado de verde.&lt;br /&gt;La señora Hopewell y la señora Freeman, que estaban en el campo de atrás, desenterrando cebollas, lo vieron emerger un poco más tarde del bosque y encaminarse por la pradera hacia la carretera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero si parece ese buen joven aburrido que trató de venderme una biblia ayer —dijo la señora Hopewell achicando los ojos—. Debe haber estado vendién- dolas a los negros allá atrás. Era tan simple —dijo—, pero creo que el mundo sería mucho mejor si todos nosotros fuéramos tan simples.&lt;br /&gt;La mirada de la señora Freeman lo alcanzó justo antes de que desapareciese detrás de la colina. Luego, volvió su atención a un bulbo de cebolla de olor diabólico que estaba levantando el suelo.&lt;br /&gt;—Algunos no pueden ser tan simples —dijo—. Yo sé que nunca podría.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-2205341734628039877?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/2205341734628039877/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=2205341734628039877&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2205341734628039877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2205341734628039877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/mary-flannery-oconnor-eeuu1925-1964.html' title='Mary Flannery O&apos;connor (EE.UU.,1925-1964)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-XUig58lBRNY/TxmMVU_z8aI/AAAAAAAAMZc/Bq3naUT_9Lk/s72-c/la+gente+buena+del+campo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-112980120046061345</id><published>2012-01-10T00:33:00.000-03:00</published><updated>2012-01-20T12:41:22.903-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Fernanda García Curten (Argentina, 1968)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-FPeGdTDxIgw/TxmK75JNNII/AAAAAAAAMZU/jdtBlEGsfPc/s1600/la+porte.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="400" src="http://1.bp.blogspot.com/-FPeGdTDxIgw/TxmK75JNNII/AAAAAAAAMZU/jdtBlEGsfPc/s400/la+porte.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;Una Puerta al Final del Pasillo&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Por no haber comido de chica o por escupir la salvación ante su madre, aquella tarde, agazapada como un gatito escuálido que vomita un insignificante cuajarón de agua verde, ahora llevaba en el cuerpo esta levedad, este destino de mujer mal crecida, de no estar bien afirmada en la tierra. Era una especie de temblor hueco que le impedía abandonarse en una cama o desplomarse en una silla, como si algo le hubiera esfumado los contornos, la despegara del suelo y no le permitiera otro reposo que rodar indefinidamente contra las paredes o envolverse en las cortinas traslúcidas de la sala durante horas.&lt;br /&gt;Él parecía no darse cuenta de lo que pasaba. Llegaba y a pesar de encontrarla así, como adentro de un capullo, embrionaria y dormida, o aunque la viera deslizarse, desaparecer en la oscuridad de las habitaciones como si huyera de él, igual hablaba demasiado alto y hacía planes de ir a tal o cual lugar. Con su voz sonora y alegre decía: "Hace un día excelente", o decía: "te tengo una sorpresa", o decía: "vayamos a la cama".&lt;br /&gt;Eugenia lo seguía. Tomada del brazo de su esposo se dejaba llevar, aunque cada vez que él entraba de repente, o cuando lo oía acercarse abriendo puertas con su luminosa violencia, vibraba en ella un terror físico.&lt;br /&gt;Eugenia se preguntaba si el hecho de no haber tolerado la comida desde el día en que nació había contribuido a que el tejido de sus huesos no fuera lo suficientemente macizo; si su estómago frágil, latiendo y rezumando como el de un pájaro habría alcanzado el peso necesario para asentarla en el suelo.&lt;br /&gt;Pero no fue por eso, pensó casi en voz alta. Fue por escupir la salvación.&lt;br /&gt;Sola en la casa, tomada de la baranda de la escalera revivió ese vago olor a postigos siempre cerrados. Recordó la mano de su madre, abierta, fulgurando en la oscuridad, al pie de la escalera de esta misma sala de esta misma casa, y se recordó tan pequeña y tan flaca; recordó su largo cuerpo innoble, el breve espasmo de su garganta, su rendición.&lt;br /&gt;La comida había estado allí desde el principio. Su madre pasaba días enteros consagrada a la tarea de abrirle el apetito. Después de varios experimentos había logrado compaginar una mezcla de yema de huevo, leche en polvo y azúcar que Eugenia bebía como único alimento, de una mamadera para recién nacidos, antes de irse a dormir. A los seis años era larga y transparente como una libélula. Nunca se mantenía erguida. Su madre decía que aunque le pusieran los pesados ropajes de la infanta de aquel cuadro siempre parecería desaliñada, como a punto de volarse, y la hacía ir y venir por el corredor envuelta en un viejo abrigo de piel de camello que había sido de su abuelo. No dejes de caminar, le decía cuando la oía pasar junto a ella, no te quedes quieta que eso te va a hacer bien. Su madre creía que cuanto más se cansara más apetito tendría luego, pero no fue así. Años más tarde Eugenia era una delgada señorita que masticaba cada pedacito de carne hasta dejarlo reseco; después, a escondidas, lo tiraba bajo la mesa.&lt;br /&gt;Su madre dijo un día: Vas a comer aunque no quieras. Y cada mañana la rastreaba por la casa hasta encontrarla o la sacaba de la cama y le hacía tragar pedazos de pan mojados en leche, tazones de avena, platos de maíz pisado con aceite, remolacha rallada.&lt;br /&gt;El día en que conoció a su prima Iris, Eugenia había conseguido desayunar razonablemente. Mucho más tarde llegó a pensar que estos dos hechos -haber desayunado sin asquearse, ver por primera vez a Iris- estaban oscuramente vinculados, que había allí algo como un aviso, como una premonición. En un primer instante, al encontrarla tan blanca y gorda anclada en mitad de la cama, pensó en una gran muñeca de porcelana. Tenían casi la misma edad pero Iris aparentaba ser mayor. Cautiva por la gordura pasaba sus días medio recostada, vestida, con los zapatos puestos, la cara redonda como una torta blanca y unos grandes ojos azules que en ciertas miradas lentas, sobre todo por la tarde, parecían desterrados de la vida.&lt;br /&gt;Decían en el pueblo que los padres de Iris salieron a comprar comida una mañana y nunca más volvieron. Desde ese tiempo Iris no había hecho otra cosa que migrar. Siempre en casas ajenas, en camas de huéspedes; una temporada con los familiares que vivían en el campo, otra en la ciudad o en casa de unas tías solteronas, al otro lado del río. Ahora estaba ahí, como un merengue gigante en el cuarto para las visitas. Eugenia acababa de traerle el almuerzo, sopa de acelga. Era lo único que Iris tenía permitido comer por orden del doctor desde hacía meses. Pasa hambre, pensó Eugenia mientras revolvía la sopa para que se enfriara un poco. &lt;br /&gt;-¿Y vos qué comés? –escuchó.&lt;br /&gt;Mientras revolvía, Eugenia no respondió. Y enseguida dijo eso del infierno. ¿Viste el infierno?, dijo, y le contó que no había uno solo sino muchos, muchos infiernos. Dijo que había un infierno de fideos revueltos y junto a ése uno de guiso de lentejas, y después otro de carne seca y de frutas abiertas y jugosas, y más allá infiernos de manteca derretida, de chocolate negro, de cebolla frita, infiernos de almíbar, de berenjenas, infiernos de arroz. Y allí, dijo, al fondo de todo, una puerta chiquita, como para enanos. La última puerta del mundo, dijo. Del otro lado, el asqueroso infierno de acelga.&lt;br /&gt;Iris se quedó seria por un instante hasta que comenzó a reír con dificultad; era una risa sin sonido. Le brillaban los ojos hundidos detrás de sus mejillas infladas. Tenía dientes diminutos, como de perro, pero no miraba el plato. Apenas Eugenia se lo entregó ella empezó a comer despacio, con una delicadeza algo exagerada. Por un momento pareció turbarse, como si ya no pudiera contener su voracidad pero dejó a un lado la cuchara y pidió, eso creyó escuchar Eugenia, por sus “hermanos”. Eugenia miró hacia la cómoda. Había una parva de muñecos sucios, casi deshechos, envueltos en pañales. Los buscó, los llevó hasta la cama y los sentó rodeando a Iris que empezó a darles de comer. Para ella, pensó, quizá fueran su verdadera familia. Hermanos de hule chorreados de acelga.&lt;br /&gt;Esa misma tarde Iris murió en la cama y se quedó rígida, sentada y muerta. Después se enfrió, y fue como un ave migratoria e imposible que ya no iría a ningún otro lugar. Como si ese cuerpo de muñeca grande hubiera fraguado con la muerte adentro, convertido en un osario silencioso y definitivo sobre esa última cama.&lt;br /&gt;Eugenia no pudo saber si Iris, la verdadera, estaba aún allí debajo, muerta dentro de sí misma con su cara real -otra cara que quizá no se pareciera a una torta blanca ni a ninguna otra cara-, una Iris oculta, mínima, muerta como todo lo demás, pensó Eugenia, o si su alma viva ya había volado lejos peregrinando la vieja condena.&lt;br /&gt;La enterraron junto a sus muñecos roñosos, en un ataúd especial hecho a la medida de su muerte.&lt;br /&gt;Su madre dijo esa noche: Ahora Iris está en el cielo.&lt;br /&gt;Hasta mucho tiempo después Eugenia la vio pasar desparramada sobre una nube frondosa, comiendo. La escoltaban dos cocineros alados. El más joven tenía el ala derecha mordida en la punta. Sobre la cabeza de Iris, la virgen María encinta repartía pescado crudo y agua. Eugenia los veía alejarse teñidos por la luz rojiza del atardecer. El último resplandor del día les daba un aire de circo en desgracia. Nunca pasaban por el mismo lugar. A veces lo hacían tan cerca, tan bajo que casi rozaban el techo de la casa; otras veces muy lejos, perdidos, como en coordenadas desleídas, como si siempre equivocaran el camino.&lt;br /&gt;Ahora, sola en la escalera, recuerda el momento exacto en que dejó de mirar el cielo y decidió que no probaría un bocado más en toda su vida. Lo recuerda con el cuerpo, como si hubiera una memoria aparte sólo para aquello y para lo que vino después; una memoria de acantilado en medio del pecho. Su madre con la mano firme, ahuecada, espera. La mano blanca delante de su boca, la de Eugenia que ya se ha hartado de masticar, de tragar, de una prima gorda pasajera de la muerte, y se ha jurado no comer nunca más.&lt;br /&gt;-Así fue -dijo su propia voz que retumbó débilmente en el aire de la casa vacía. Miró el primer escalón. Se veía gastado, remoto en la hondura de la sala. La tarde del recuerdo se había sentado en él con una piedrita verde en la boca. A esa piedrita la había encontrado en el patio, la había lavado y casi religiosamente la había depositado sobre su lengua. Quizá debió conservarla siempre allí, no escupirla por nada, sostenerla como se sostiene una hostia, insípida y efímera que no se escupe ni se traga. Pero su madre abrió la mano junto a su boca y dijo: Dámela.&lt;br /&gt;Entonces vino la pequeña náusea. Como un miedo ajeno arraigado en su estómago que de pronto le impregnara el pecho y el paladar. Su cuerpo se crispó entero sobre esa mano blanca, fue como el de un gato escuálido que vomita, alargó la lengua y la dejó caer, húmeda, la piedrita verde –la salvación- en la palma de la mano de su madre.&lt;br /&gt;Después de aquello empezaría a comer ya sin esfuerzo, casi todos los días y en cantidad aceptable. Incluso cuando su madre murió, años después, llegó a comer moderadamente, casi como cualquier otra mujer. Y ya no volvió a mirar el cielo.&lt;br /&gt;Eugenia oyó la puerta de entrada cerrarse enérgicamente y supo que él acababa de llegar. Esa noche se sintió más sólida, más asentada en la tierra pero no dijo nada. Explicó que no cenaría, hacía mucho calor y prefería nada más beber algo fresco. Sentada a la mesa observó comer a su esposo. Lo vio hundir el tenedor en la presa y llevársela a la boca, lo vio tomar la carne con los dedos, desgarrar, tragar, limpiarse con la servilleta, saborear el vino, terminarse el postre. Lo escuchó hablar en la sobremesa y más tarde, logró dormirse junto a su enorme cuerpo saciado. Esa madrugada soñó con un pasillo cerrado cada vez más angosto y tubular, descendente, como una chimenea pero al revés, y allá en el fondo una puertita entreabierta, una especie de branquia que se cerró de golpe. Sintió encaramarse toda su sangre, como si hubiera quedado atascada cabeza abajo en el túnel, absorbida por el azote de esa puerta que ahora parecía clausurada desde la prehistoria de los sueños. Entonces supo que Iris estaba allí atrás, callada, con su sonrisa secreta, en el infierno de acelga. La huérfana que ríe con los zapatos puestos en  una cama circunstancial, la que anda a la deriva en el cielo, hambrienta, había logrado estar allí desde el principio, embutida en su jaulita infernal, sin decir nada. Cabeza abajo en el túnel y echada contra el cuerpo de su esposo, Eugenia no deja de mirar la puerta. El día de la piedrita verde, a pesar de haberse rendido -o precisamente por eso, pensó de pronto- había descubierto quién era. Supo que todos los desvíos la enviaban a esa puerta, que aquella náusea remota la revolcaba una y otra vez sobre su destino. Era como si todas las salidas fueran al mismo tiempo la única entrada fatal y la puerta, ahora, es la de este cuarto y se interpone y borra la del sueño. Ya no logra –no soporta- estar acostada un minuto más. Siente que podría ir a la cocina, abrir la heladera, las alacenas, revolver la despensa, destapar las latas, hundir la mano en los frascos. Sale de la habitación, trastabilla y se aferra al cortinado de la sala. Se envuelve en las cortinas traslúcidas. Como puede, muerde un extremo de la tela y se queda así, succionando, prendida de la tela que ya se moja con toda su saliva desahogada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María Fernanda García Curten nació en San Pedro (Buenos Aires), en 1968 y actualmente reside en Buenos Aires. Desde su niñez, estudió danza clásica y contemporánea. Premiada en el Concurso Americano de Ballet y Danza de Buenos Aires, llegó a integrar el elenco de Kuarahy de Julio López, junto a Julio Bocca y Eleonora Cassano.&lt;br /&gt;Cuentista seleccionada en la Primera Bienal de Arte Joven (1989), ha publicado cuentos en revistas de Argentina y España. En 1982 obtiene la 1ra. Mención ex-aequo en el Concurso de Cuento Quinto Centenario, organizado por el Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires. La noche desde afuera ganó el 2° Premio del Fondo Nacional de las Artes 1995.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-112980120046061345?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/112980120046061345/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=112980120046061345&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/112980120046061345'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/112980120046061345'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/fernanda-garcia-curten-argentina-1968.html' title='Fernanda García Curten (Argentina, 1968)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-FPeGdTDxIgw/TxmK75JNNII/AAAAAAAAMZU/jdtBlEGsfPc/s72-c/la+porte.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-2836758547621816420</id><published>2012-01-04T00:15:00.000-03:00</published><updated>2012-01-07T15:24:57.576-03:00</updated><title type='text'>Enero de Sara Gallardo(Argentina,1931-1988)</title><content type='html'>Impreso en Argentina : ENERO(1958) de Sara Gallardo. programa conducido por el escritor Pedro Mairal y con su coequiper el dibujante Juan Sáenz Valiente,y que fue emitido en 2010 por el canal Encuentro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;object width="450" height="330"&gt;&lt;param name="movie" value="http://www.megavideo.com/v/LUJ69C2O10376dfca906e58c065af7adffffe9662"&gt;&lt;/param&gt;&lt;param name="allowFullScreen" value="true"&gt;&lt;/param&gt;&lt;embed src="http://www.megavideo.com/v/LUJ69C2O10376dfca906e58c065af7adffffe9662" type="application/x-shockwave-flash" allowfullscreen="true" width="450" height="330"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;http://www.megavideo.com/?d=FF6HPNFC&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-2836758547621816420?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/2836758547621816420/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=2836758547621816420&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2836758547621816420'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2836758547621816420'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2012/01/blog-post.html' title='Enero de Sara Gallardo(Argentina,1931-1988)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-3909282326185939498</id><published>2011-12-25T00:24:00.000-03:00</published><updated>2011-12-29T13:13:08.116-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Fin de fiesta- Esther Cross (Argentina,1961)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-pTfhAQuBU5M/TvyRbd4xbFI/AAAAAAAAMSA/UyIaMDg7ODQ/s1600/643663.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="246" src="http://3.bp.blogspot.com/-pTfhAQuBU5M/TvyRbd4xbFI/AAAAAAAAMSA/UyIaMDg7ODQ/s400/643663.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Mi madre me enseñó, sin darse cuenta, que hay felicidades secretas. Lo aprendí en una serie de clases prácticas que me daba, inocente, cada Nochebuena. Lo único que tenía que hacer era sentarme y mirar cómo ordenaba la casa cuando todos se habían ido. La abnegación con que atendía a la familia tenía su contracara. Y esa bondad excesiva que me irritaba recibía, después de todo, su compensación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los años, fui entendiendo que su empeño en que no la ayudaran a levantar la mesa- dejen, en serio, lo hago volando– no era otro signo de lo buena que era. Lo que quería era, en realidad, que se fueran rápido.&lt;br /&gt;Tenía sus razones. Un rato antes, había pagado su impuesto a la familia. Había respondido las preguntas incómodas. Había oído, simulando sorpresa, cómo la misma de siempre contaba –con su enojo triunfal– que Santa Claus era un invento de la Coca Cola (en mi familia pasaban esas cosas). Además, se hacía la tonta y no comentaba nada sobre el fenómeno de los regalos seriales (tuvimos el año de las colecciones musicales y el de los jabones, el de los libros y el de los baños de espuma, porque el inconsciente familiar también sale de compras para las fiestas).&lt;br /&gt;Había corrido a la cocina para tranquilizar a la obsesiva que pedía una bolsita para guardar todo. Había mirado para otro lado cuando mi tío cleptómano manoteaba un cenicero. No se había ofendido cuando preguntaron de qué panadería era la torta casera. Y los había acompañado hasta abajo aunque le dijeran que no hacía falta. Siempre tan amable, comentaban. Pero yo me daba cuenta de que así se aseguraba de que se fueran. Las palmaditas que les daba en la espalda al despedirse eran medio fuertes pero todos sonreían por la anestesia de los brindis.&lt;br /&gt;Había que ver el buen humor con que levantaba la mesa. Se servía una copa y brindaba en silencio. Probaba la comida que no había tenido tiempo de probar. Una vez se animo con el pan dulce, que siempre criticaba. Otra vez se sentó, apoyó los pies sobre la mesa y fumó con los ojos entornados. Se lo tomaba con calma. Tenía todo el tiempo del mundo. Podía ser sociable y solitaria a la vez.&lt;br /&gt;Si sonaba el teléfono, atendía, decía Feliz Navidad en voz baja y hablaba en clave- con alguien que evidentemente la hacía sentir bien–. Levantaba los restos de papel como si nada. Negaba suave con la cabeza al hacer un bollo con el mantel manchado de vino. Ponía música. Eso era bailar. Cantaba con el disco.&lt;br /&gt;Afuera detonaban petardos residuales. Algún borracho gritaba, contento, cosas que no tenían nada que ver con la Nochebuena pero qué tenía de malo; lo importante era otra cosa. Cada uno sabe qué festeja. Mi madre estaba feliz de una manera que sólo yo podía ver. Alzaba la copa para brindar con su idea del futuro. Así aprendí que a veces la fiesta empieza cuando termina la fiesta. Y cuando todos se fueron levanto mi copa hacia el pasado, le digo gracias, la entiendo y la saludo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esther Cross &lt;em&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;ha publicado Bioy Casares a la hora de escribir, libro de entrevistas con el narrador argentino; las novelas Crónica de alados y aprendices, La inundación y El banquete de la araña y los libros de cuentos La divina proporción y Kavanagh. Sus libros han recibido importantes distinciones en el país y en el extranjero. En 1998 recibió la beca Fulbright-Fondo Nacional de las Artes. En 2004 recibió la beca Civitella Ranieri. &lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-3909282326185939498?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/3909282326185939498/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=3909282326185939498&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3909282326185939498'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3909282326185939498'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/12/fin-de-fiesta-esther-cross.html' title='Fin de fiesta- Esther Cross (Argentina,1961)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-pTfhAQuBU5M/TvyRbd4xbFI/AAAAAAAAMSA/UyIaMDg7ODQ/s72-c/643663.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-6192510085167681570</id><published>2011-12-19T00:01:00.001-03:00</published><updated>2011-12-19T01:38:49.041-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Florencia Abbate (Buenos Aires, Argentina, 1976)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-FRDAMGtb6ac/Tu6ouprW49I/AAAAAAAAMNc/SisdhMJAaXs/s1600/ehatna.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://4.bp.blogspot.com/-FRDAMGtb6ac/Tu6ouprW49I/AAAAAAAAMNc/SisdhMJAaXs/s320/ehatna.jpg" width="192" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Enero / 2002&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era una mujer casi tan alta como yo, jovial y elegante. Me explicó que buscaba a su hijo Agustín, que se preocupó porque estuvo dos días llamándolo a toda hora y no contestaba nadie, que fue a tocarle el timbre y que el portero del edificio le dijo que lo había visto conmigo. Al principio la miré descolocada. Parecía una de esas escenas en que la madre pasa a buscar a su hijo por lo de un compañerito y conversa con su par. La hice entrar y le pedí que esperara mientras iba a buscarlo. Fui al cuarto y encontré a Agustín sentado en el suelo, filmando las tapas de los discos. Le avisé que su mamá estaba en el living y alzó la cabeza y me miró como si le costara un esfuerzo descomunal entender. Se levantó torpemente y me siguió. Cuando llegamos al living, ella estaba parada ante el portarretratos que tiene la foto de Horacio y la miraba muy fijo. Era extraño. Su figura doblada hacia delante parecía a punto de tambalearse y caer, como si la firmeza de su bello cuerpo fuese amenazada de pronto por un viento de sorpresa o de duda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miraba la foto con una expresión inquisitiva, tanto que sin querer hablé en voz baja y le dije “Perdón”, porque era tal su concentración que debí sentirme inoportuna. Al ver a Agustín junto a mí pareció volver en sí, sonrió y se acercó a darle un abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la aparición de su madre terminaron los tres días que él pasó en casa. Papá viajó a Salta en Año Nuevo. Agustín vino a eso de las seis de la tarde y se quedó a festejarlo conmigo, se fue quedando... Fue hermoso y sin embargo me siento incapaz de reconstruir uno por uno esos días... No sé cuándo pero sé que le dije que desde que nos vemos me ocurre algo raro: a veces tengo mucho dolor, y reconozco el dolor en mi cuerpo, pero yo no estoy ahí sino en alguna otra parte, con él, y entonces el dolor ya no logra esclavizarme... Sé que una noche evocamos de nuevo el momento en que irrumpió como un superhéroe en apuros, y susurré “Estás totalmente equivocado en lo de quién le salvó la vida a quién aquella tarde...”. Sé también que me hizo mirar en su cámara las tomas que filmó en este tiempo. Lo más sorpresivo fue el principio: Yo no acertaba a entender que ese rostro dado vuelta era el mío, observándolo a él a metro y medio de la baranda del balcón. Le pregunté qué era esa figura tambaleante y respondió “Decime vos. Hay que mirar mejor”. Entonces me di cuenta y fue como si me reencontrara a partir de un recuerdo y me resultase grato, y a la vez como si no pudiera ya reconocerme en aquello que esa imagen me estaba proponiendo, y la mirada se volviese hacia adentro y pensara “Qué lejos estoy y ni siquiera pasaron cuatro meses” (¿quién soy? ¿quién era?)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy Agustín llegó con un cachorro Fox Terrier que le regaló su hermano. Dijo que le encantó que Federico haya tenido la idea de regalarle un perro, y que él se sintió mal porque no se había acordado de comprarle el regalo de cumpleaños que al parecer le debe. Me propuso que lleváramos a Warhol, así se llama el perro, a conocer mi balcón, y eso hicimos. Salimos al balcón y nos sentamos a mirar la calle. El perro estaba parado entre nosotros y movía la cola. Agustín se rió y dijo que la presencia del perro nos hacía parecer una extraña familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mirá esas personas en la otra vereda, ¿qué están pensando?&lt;br /&gt;—Ni idea.&lt;br /&gt;—Concentrate y decime. ¿Qué están pensando en este momento?&lt;br /&gt;—Cosas que piensa una persona.&lt;br /&gt;—¿Cuáles son?&lt;br /&gt;—Depende...&lt;br /&gt;—Debe haber algunas cosas que piensan siempre, todas las personas.&lt;br /&gt;—“Algún día me voy a morir.” Eso lo debemos pensar todos.&lt;br /&gt;—Ahora decime qué es lo que están pensando esas personas ahora, esperando el colectivo. ¿No te parece que están en otra parte?&lt;br /&gt;—¿En dónde podrían estar?&lt;br /&gt;—En la intimidad.&lt;br /&gt;—¿Dónde?&lt;br /&gt;—Mirá las caras. ¿No te da la sensación de que hay secretos en todas esas caras?&lt;br /&gt;—A ver, cerrá los ojos, Agustín. Cerralos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de &lt;b&gt;EL GRITO&lt;/b&gt;,&lt;i&gt; Capítulo VI&lt;/i&gt;. FLORENCIA ABBATE, EDIT.EMECÉ, BUENOS AIRES,2004.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escritora, periodista y Licenciada en Letras. Publicó la novela El grito (Ed. Emecé, 2004), el volumen de cuentos para chicos Las siete maravillas del mundo (2006), los poemarios Neptuno (2005), Los transparentes (2000) y Puntos de fuga (1996), la investigación Él, ella, ¿ella? Apuntes sobre transexualidad masculina (1998), Deleuze para principiantes (2001), Literatura latinoamericana para principiantes (2003) y el libro-objeto Shhh…(2002).&lt;br /&gt;Dirige la editorial independiente Tantalia y da clases en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Realizó una residencia en el Banff Centre for the arts (Canadá) y otra en Berlín (Alemania, DAAD).&lt;br /&gt;Colaboró en numerosas revistas (3 Puntos, La mujer de mi vida, El porteño, Latido, Artefacto, TXT, Surcos en América Latina -Chile-, Diario de Poesía, Insula -España-, etc.) y en los suplementos culturales de los diarios Perfil, La Nación, El País, Página/12 y Clarín. Armó y el prologó de Una terraza propia, antología de nuevas narradoras argentinas (Ed. Norma, 2006).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-6192510085167681570?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='related' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2005/12/florencia-abattebuenos-aires-argentina.html' title='Florencia Abbate (Buenos Aires, Argentina, 1976)'/><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/6192510085167681570/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=6192510085167681570&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6192510085167681570'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6192510085167681570'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/12/florencia-abbate-buenos-aires-argentina.html' title='Florencia Abbate (Buenos Aires, Argentina, 1976)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-FRDAMGtb6ac/Tu6ouprW49I/AAAAAAAAMNc/SisdhMJAaXs/s72-c/ehatna.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-2327696736921018336</id><published>2011-12-10T00:01:00.006-03:00</published><updated>2011-12-10T00:27:34.854-03:00</updated><title type='text'>Clarice Lispector: Feliz cumpleaños</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-_4sspBtBStU/TuGW2z5CqnI/AAAAAAAAKyo/Dujsm3JK__g/s1600/dsc06999.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;img border="0" height="300" src="http://3.bp.blogspot.com/-_4sspBtBStU/TuGW2z5CqnI/AAAAAAAAKyo/Dujsm3JK__g/s400/dsc06999.jpg" width="400" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;FELIZ ANIVERSARIO/Feliz cumpleaños&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La familia iba llegando poco a poco. Los que venían de Olaría estaban muy bien vestidos, porque la visita al mismo tiempo era un paseo a Copacabana. La nuera de Olaria apareció de azul marino, con un atavío de pailletés y un drapeado cubriendo su vientre con una cinta. El marido no vino por razones obvias: no quería ver a los hermanos. Pero mandó a su mujer para que no todos los lazos fueran cortados, y ésta venía con su mejor vestido para demostrar que no necesitaba de ninguno de ellos, acompañada de los tres hijos: dos niñas adolescentes, infantilizadas con vuelos rosados y enaguas engomadas, y el niño como atemorizado con su terno nuevo y por la corbata.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Zilda, la hija con quien vivía la festejada, había dispuesto sillas unidas a lo largo de las paredes, como en una fiesta en la que se va a bailar; la nuera de Olaría, después de saludar con la amarga cara a los de la casa, se instaló en una de las sillas y enmudeció, con la boca en punta, manteniendo su posición de lástima. “Vine para no dejar de venir” le había dicho a Zilda, y enseguida se había sentado, tornándose así, ofendida. Las dos jovencitas de rosado y el niño pálido, con el cabello peinado, no sabían que actitud tomar y permanecían de pie al lado de la madre, asombrados con su vestido azul marino y sus pailletés.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Después vino la nuera de Ipanema con dos nietos y la abuelita. El marido vendría después. Y como Zilda, la única mujer entre los seis hermanos y la única que, estaba decidido ya hacía años, tenía espacio y tiempo para alojar a la festejada, estaba en la cocina terminando con la empleada las croquetas y sandwiches, se quedaron: la nuera de Olaria arrogante con sus hijos de corazón inquieto al lado; la nuera de Ipanema en la fila de sillas opuesta fingiendo ocuparse con el bebé para no encarar a la cuñada de Olaria; la abuelita ociosa y uniformada, con la boca abierta. Y a la cabecera de la mesa grande, la festejada que cumplía hoy ochenta y nueve años.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Zilda, la dueña de la casa, había arreglado temprano la mesa, la había llenado de servilletas de papel colorido y vasos de papel alusivos a la fecha, ubicando desparramados globos suspendidos por el techo en algunos de los cuales estaba escrito “Happy Birthday”, y en otros “Feliz Aniversario”. En el centro había dispuesto el enorme pastel azucarado. Para adelantar la tarea arregló la mesa luego después del almuerzo, arrimó las sillas a la pared, mandó a los niños a jugar con el vecino para que no desarreglaran la mesa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Y, para adelantar el trabajo vistió a la festejada también después del almuerzo. Le puso desde entonces la presilla en torno al cuello y el broche, le roció un poco de agua de colonia para disfrazar su olor de guardado, luego la sentó a la mesa. Desde las dos la festejada ya estaba sentada a la cabecera de la larga mesa vacía, tiesa, en la silenciosa sala.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;De vez en cuando se concentraba en las servilletas coloridas, mirando curiosa uno y otro globo estremecerse con los autos que pasaban. Y de vez en cuando aquella muda angustia era acompañada, fascinada e impotente, por el vuelo de la mosca que rodeaba el pastel.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Hasta que a las cuatro entró la nuera de Olaría y después la de Ipanema. Cuando la nuera de Ipanema pensó que no soportaría ni un segundo más la situación de estar sentada frente a la cuñada de Olaría – que llena de ofensas pasadas no veía un motivo para desfilar, desafiante, a la nuera de Ipanema – entraron finalmente José y la familia. Y mientras ellos se besaban, la sala fue quedando llena de gente, la que ruidosa se saludaba como si todos hubieran esperado bajo ese momento, perturbados por el atraso, subir los tres escalones, hablando, arrastrando a los curiosos niños, llenando la sala e inaugurando así fiesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Los músculos del rostro de la festejada no la interpretaban nada. De modo que nadie podía saber si ella estaba alegre. Estaba puesta a la cabecera. Se trataba de una vieja grande, delgada, imponente, morena. Como vacía por dentro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Ochenta y nueve años, sí, señor!”, dijo José, único hijo, ahora que Jonga había muerto. “¡Ochenta y nueve años, sí, señora!”, dijo restregando las manos en admiración pública y como señal imperceptible para todos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Todos se interrumpieron atentos y miraron a la festejada de un modo más solemne. Algunos movieron la cabeza con admiración como si fuera un récord. Como si cada año pasado por la festejada fuera una vaga etapa de toda la familia. “¡Sí, señor!” dijeron algunos sonriendo tímidamente.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Ochenta y nueve años!”, repitió Manuel, que era socio de José. “¡Es una lolita!” dijo gracioso y nervioso, y todos se rieron, menos su esposa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La vieja no se manifestaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Algunos no le habían traído ningún regalo. Otros trajeron una jabonera, una combinación de jersey, un broche de fantasía, un maceterito de cactus. Nada, nada que la propia festejada pudiera realmente aprovechar, constituyendo así una economía. La dueña de casa guardaba los regalos, amarga, irónica.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Ochenta y nueve años!”, repitió Manuel, afligido, mirando a la esposa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;La vieja no se manifestaba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Entonces, como si todos hubieran tenido la prueba final de que no ganaban nada con esforzarse, con un levantar de hombros de quien está junto a una sorda, continuaron haciendo la fiesta solos: comiendo los primeros sandwiches de jamón, mas como una prueba de animación que por apetito, bromeando con que todos estaban muriendo de hambre. El ponche fue servido, Zilda sudaba, ninguna cuñada ayudó propiamente, la grasa caliente de las croquetas daba un aire de picnic, y de espaldas a la festejada, que no podía comer frituras, ellos reían inquietos. ¿Y Cordelia? Cordelia, la nuera más joven, sentada, sonriendo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡No señor!” – respondió José con falsa severidad – “¡hoy no se habla de negocios!”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Está en lo correcto!, ¡está en lo correcto!”, concordó Manuel de prisa, mirando rápidamente a su mujer, que de lejos extendía un oído en señal de atención.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- ¡Nada de negocios, hoy es el día de mamá!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;En la cabecera de la mesa ya sucia, los vasos sucios, sólo el pastel entero, ella era la madre. La festejada abrió y cerró los ojos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Y cuando la mesa estaba inmunda, las madres enervadas con el ruido que los hijos hacían, mientras las abuelas se recostaban complacidas en las sillas, entonces apagaron la inútil luz del corredor para encender la vela del pastel, una vela grande con un papelito pegado, donde estaba escrito 89. Pero nadie elogió la idea de Zilda, y ella se preguntó angustiada si ellos no estarían pensando que había sido por economía de velas – nadie se acordaba de que ninguno había contribuido con una caja de fósforos siquiera para la comida de la fiesta – que ella, Zilda, servía como una esclava, los pies exhaustos y el corazón indignado. Entonces encendieron la vela. Y así José, el líder, cantó con mucha fuerza, entusiasmando con una mirada autoritaria a los más indecisos y sorprendidos. “¡Vamos, todos de una vez!”, y todos de repente comenzaron a cantar alto, como soldados. Despertada por las voces, Cordelia los miró sobresaltada. Como no se hubieran puesto de acuerdo, unos cantaron en portugués y otros en inglés. Intentaron corregir: los que habían cantado en inglés pasaron al portugués, y los que habían cantado en portugués pasaron a cantar bien bajo en inglés.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Mientras cantaban, la festejada, a la luz de la vela encendida, meditaba como junto a una chimenea.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Escogieron al bisnieto menor, el que inclinado en el regazo de la madre que lo animaba, apagó la llama con un único soplo lleno de saliva. Por un instante aplaudieron la fuerza inesperada del niño que, espantado y alegre, miraba a todos encantado. La dueña de casa esperaba con el dedo listo en el interruptor del comedor y encendió la lámpara.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Viva mamá!”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Viva la abuelita!”&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Viva doña Anita!”, dijo la vecina que había aparecido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;- “¡Happy Birthday!”, gritaron los nietos del Colegio Bennett.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Sonaron algunos aplausos dispersos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;en&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;“&lt;b&gt;&lt;i&gt;Lazos de familia&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;”, &amp;nbsp;Traducción de Mario Cámara y Edgardo Russo. El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2010.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&amp;nbsp;Clarice Lispector&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: arial, sans-serif; font-size: x-small; line-height: 22px;"&gt;(Ucrania/Brasil,10 diciembre de1920 – &amp;nbsp;9 de diciembre de 1977)&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: arial, sans-serif; font-size: x-small; line-height: 22px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #d4d4d4; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: 13px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="x"&gt;Lazos de familia se publicó en 1960 y entre los trece cuentos que lo conforman figuran varios de los más destacados de Clarice Lispector. Está aquí, por ejemplo, “La mujer más pequeña del mundo”, que concentra las mejores dotes de Lispector como cronista, indagadora de tropismos y narradora-poeta. Este cuento comienza hablándonos de un explorador que se interna en África hasta llegar al lugar donde habitan los últimos ejemplares de la raza más pequeña de pigmeos, y encuentra a una mujer encinta de 45 centímetros. La fotografía de esa pinina a quien el explorador llama Pequeña Flor es publicada en un suplemento dominical y aquí el relato se dispara contándonos la reacción de varios de los lectores de clase media que ven la foto, desde los que se conduelen de la pequeñez de la africana, hasta el niño que imagina el susto que se pegaría su hermanito si al despertar se encontrara con esa mujercita en la cama y cómo podrían jugar con ella, lo cual despierta en la madre del niño el recuerdo de algo que le había contado una cocinera sobre su infancia en un orfanato: “Al no tener muñecas con qué jugar, y con la maternidad ya latiendo fuerte en el corazón de las huérfanas, las niñas más astutas habían escondido a la monja la muerte de una de sus compañeras. Guardaron el cadáver en un armario hasta que la monja salió, y jugaron entonces con la niña muerta, la bañaron y le dieron de comer, la castigaron sólo para después poder besarla, consolándola”. Y tras estas distintas impresiones y derivaciones, volvemos a África y al explorador frente a Pequeña Flor con su pancita de embarazada. Pequeña Flor empieza a reír; ríe porque el explorador no la devora como habrían hecho los otros tantos enemigos de su raza; ríe porque no es devorada y porque le había nacido el amor por ese hombre amarillo, sobre todo por su anillo y sus botas, porque en la selva no existen, dice Lispector, los refinamientos del amor, y “el amor es no ser comido, amor es encontrar bonita una bota, amor es gustar del color raro de un hombre que no es negro, amor es reír de amor a un anillo que brilla”.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="x"&gt;Similar asociación exitosa de crónica e indagación psicológica comparece en cuentos memorables del volumen, como “Una gallina”, “Feliz cumpleaños” y “Misterio de San Cristóbal”. En el resto, prepondera el sagaz análisis meticuloso (a veces en forma de confesión introspectiva) de los personajes o narradores de Lispector -mujeres en la mayoría de los casos- y de algunos sucesos cotidianos que despiertan en sus protagonistas un desasosiego, una repulsa o una fascinación que puede llegar a ser abismal.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="x"&gt;En 1973, Sudamericana había publicado una regular versión de este libro que hacía necesario un reemplazo que viene a cumplir esta nueva, impecable traducción de Mario Cámara y Edgardo Russo.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-2327696736921018336?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/2327696736921018336/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=2327696736921018336&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2327696736921018336'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2327696736921018336'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/12/clarice-lispector-feliz-cumpleanos.html' title='Clarice Lispector: Feliz cumpleaños'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-_4sspBtBStU/TuGW2z5CqnI/AAAAAAAAKyo/Dujsm3JK__g/s72-c/dsc06999.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-887426541786953075</id><published>2011-11-26T17:41:00.001-03:00</published><updated>2011-11-26T17:45:38.383-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='brasil'/><title type='text'>Lygia Fagundes Telles (Brasil,1923)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-VeqfoUrWeuw/TtFPrXAzojI/AAAAAAAAKiw/kvhPFFYcNwo/s1600/5_3a.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="200" src="http://3.bp.blogspot.com/-VeqfoUrWeuw/TtFPrXAzojI/AAAAAAAAKiw/kvhPFFYcNwo/s200/5_3a.jpg" width="151" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-el5MSIgFu9E/TtFPqPo7MEI/AAAAAAAAKio/BbcD_J9EQVk/s1600/images+%25282%2529.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="150" src="http://1.bp.blogspot.com/-el5MSIgFu9E/TtFPqPo7MEI/AAAAAAAAKio/BbcD_J9EQVk/s200/images+%25282%2529.jpg" width="200" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small; text-align: -webkit-auto;"&gt;&lt;span style="background-color: black; color: white; font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small; text-align: -webkit-auto;"&gt;&lt;span style="background-color: black; color: white; font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small;"&gt;Herbarium&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small; text-align: -webkit-auto;"&gt;&lt;span style="background-color: black; color: white; font-family: Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Todas las mañanas yo tomaba la cesta y me hundía en el bosque, temblando entera de pasión cuando descubría alguna hoja rara. Era miedosa pero arriesgaba pies y manos entre espinos, hormigueros y cuevas de bichos (¿armadillo? ¿culebra?) buscando la hoja más difícil, aquella que él examinaría detenidamente: la elegida iba para el álbum de tapa negra. Más tarde, formaría parte del herbario: tenía en casa un herbario con casi dos mil especies de plantas. "¿Ya viste un herbario?", él quiso saber.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Herbarium, me enseñó luego el primer día en que llegó a la hacienda. Me quedé repitiendo la palabra: herbarium. Herbarium. dijo aún que apreciar la botánica era apreciar el latín, porque casi todo el reino vegetal tenía nombres latinos. Yo detestaba el latín, pero fui corriendo a localizar la gramática color ladrillo escondida en el último anaquel del armario. Aprendí de memoria la frase que me pareció más fácil y en la primera oportunidad señalé la hormiga saúva subiendo la pared: formica bestiola est. El se quedó mirándome. La hormiga es un insecto, me apresuré a traducir. Entonces él se rió con la risa más sabrosa de toda la temporada. Me quedé riendo también, confundida pero contenta: al menos me encontraba alguna gracia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Un vago primo botánico convaleciendo de una vaga enfermedad. ¿Qué enfermedad era ésa que lo hacía tambalear, verdoso y húmedo, cuando subía rápidamente la escalera o cuando andaba más tiempo por la casa?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Dejé de comerme las uñas, para asombro de mi madre que ya había hecho amenazas de cortes de mesadas o prohibición de fiestas en el club de la ciudad. Sin resultado. "Si lo cuento, nadie lo va a creer", dijo cuando vio que yo restregaba en serio el pimiento rojo en las puntas de los dedos. Puse cara de inocente: la víspera, él me había advertido que yo podía llegar a ser una muchacha de manos feas. "¿Aun no pensaste en eso?" Nunca había pensado antes, nunca me importaron mis manos, pero en el instante en que él hizo la pregunta empecé a importarme. ¿Y si un día ellas fueses despreciadas como las hojas defectuosas? O triviales. Dejé de comerme las uñas y dejé de mentir. O mentir menos. Más de una vez me habló del horror que tenía por todo cuanto olía a falsedad, escamoteo. Estábamos sentados en la terraza. El seleccionaba las hojas, pesadas aún de rocío, cuando me preguntó si ya había oído hablar de hojas persistentes. ¿No? Alisaba el blando terciopelo de una malva-manzana. Su fisonomía se tornó blanda cuando amasó la hoja en los dedos y sintió su perfume. Las hojas persistentes duraban hasta tres años pero las que caían, amarilleaban y se despegaban al soplo del primer viento. Así la mentira, la hoja efímera que podía perecer tan brillante pero de vida breve. Cuando mentiroso mirase hacia atrás vería al final de todo un árbol desnudo. Seco. Pero los sinceros, ésos tendrían un árbol susurrante, lleno de pajaritos -y abrió las manos para imitar el golpear de hojas y alas. Cerré las mías. Cerré la boca como brasa ahora que los muñones de las uñas (ya crecidas) eran tentación y punición mayor. Podía decirle que justamente por considerarme sin valor necesitaba cubrirme de mentira, como se cubre una con capa fulgurante. Decirle que ante él, más que ante los demás, tenía que inventar y fantasear para obligarlo a demorarse en mí como se demoraba ahora en la verbena- ¿será que no advertía esa cosa tan sencilla?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Llegó a la hacienda con sus pantalones anchos de franela ceniza y un suéter grueso de lana tejida en trenza. Era invierno. Y era de noche. Mi madre había quemado incienso (era viernes) y preparó la Habitación del Jorobado; corría en la familia la historia de un jorobado que se perdió en el bosque y a quien me bisabuela instaló en aquel cuarto que era el más caliente de la casa. No podía haber mejor sitio para un jorobado perdido o para un primo convaleciente. ¿Convaleciente de qué? ¿Qué enfermedad tenía? Tía Marita, que era muy alegre y le gustaba pintarse, contestó riéndose (hablaba riéndose) que nuestros tecitos y buenos aires hacían milagros. Tía Clotilde, embutida, reticente dio aquélla su respuesta que servía a cualquier tipo de cuestión: todo en la vida podía alterarse, menos el destino trazado en la mano. Ella sabía leer las manos. "Va a dormir como una piedra" -cuchicheó tía Marita cuando me pidió que le llevara el te de tilo. Lo encontré recostado en el sillón, la manta escocesa cubriéndole las piernas. Aspiró el te. Y me miró: "¿Quieres ser mi ayudante?"-, preguntó soplando el humo. "El insomnio me agarró por la pierna, no estoy en forma, necesito que me ayudes. La tarea consiste en recoger hojas para mi colección, ve juntando lo que te parezca y después yo las selecciono. Por ahora, no puedo moverme mucho, tendrás que ir sola"-, dijo y desvió la mirada húmeda par ala hoja que flotaba en la taza. sus manos temblaban tanto que el te se desbordó en platillo. Es el frío, pensé. Pero siguieron temblando al día siguiente que hizo sol, amarillas como los esqueletos de hierbas que yo buscaba en el bosque y quemaba en la llama de la candela. Pero ¿qué es lo que tiene? pregunté, y mi madre contestó que, aunque lo supiera,no lo diría. Venía de un tiempo en que toda enfermedad era asunto íntimo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Yo mentía siempre, con o sin motivo. Mentía principalmente a tía Marita, que era bastante tonta. Menos a mi madre, porque tenía miedo de Dios, y menos aún a tía Clotilde, que era medio hechicera y sabía ver al envés de las personas. Si se daba la ocasión, yo me metía por los caminos más imprevistos, sin el menor cálculo de vuelta. Todo al acaso. Pero, poco a poco, delante de él, mi mentira empezó a ser dirigida con un objetivo cierto. Sería más simple, por ejemplo, decir que cogí el abedul cerca del arroyo, donde estaba el espino. Pero era necesario hacer rendir el instante en que él se detenía en mí, ocuparlo antes de ser puesta de lado como las hojas sin interés, amontonadas en el cesto. Entonces ramificaba peligros, exageraba dificultades, inventaba historias que alargaban la mentira. Hasta ser destruida con un rápido golpe de mirada, no con palabras, sino con la mirada de él hacia la hiedra verde -rodar enmudecida mientras mi cara se tenía de rojo- la sangre de la hiedra.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;"-Ahora vas a contarme bien cómo ha sido"-, pedía él tranquilamente, tocando mi cabeza. Su mirada transparente. Derecha. Quería la verdad. y la verdad era tan sin atractivos como la hoja del rosal. Le expliqué eso: creo la verdad tan trivial como esta hoja. El me dio la lupa y abrió la hoja en la palma de la mano: "Ve entonces de cerca". No miré la hoja, ¿qué me importaba la hoja? sino su piel ligeramente húmeda, blanca como papel, con su misterioso enmarañado de líneas, reventando aquí y allí en estrellas. Fui recorriendo las crestas y depresiones, ¿dónde estaba el comienzo?, ¿O el fin? Detuve la lupa en un terreno de líneas tan disciplinadas que por ellas debía pasar el arado. ¡Ay!, qué ganas de recostar mi cabeza en ese suelo. Alejé la hoja, quería ver apenas los caminos. ¿Qué significa este cruce', pregunté y él me tiró de los cabellos: ¿"Tú también, niña?"&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;En las cartas de la baraja, tía Clotilde ya le había revelado el pasado y el presente. "Y más cosas revelaría"-, añadió él guardando la lupa en el bolsillo del delantal blanco; a veces se ponía un delantal. ¿Qué previó ella? Vaya, tantas cosas. Lo más importante, solo eso que el fin de semana vendría una amiga a buscarlo, una muchacha muy bonita, podría hasta ve el color de su vestido de talla anticuada, verde-musgo. Los cabellos eran largos, con reflejos de cobre, tan fuerte el reflejo en la palma de la mano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Una hormiga roja entró en la grieta del enlozado y se fue con su trozo de hoja, velero perdido soplado por el viento. Soplé yo también. ¡La hormiga es un insecto!, grité, las piernas flexionadas, pendientes los brazos hacia delante y atrás en el movimiento del mono, ¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!; ¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!; ¡es un insecto!; ¡un insecto!, repetí, rodando por el suelo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Novelista y cuentista, nació el 19 de abril de 1923, en São Paulo, Brasil. Licenciada en derecho, desde muy temprano dejó la carrera jurídica para dedicarse a la literatura. Su obra revela una preocupación con la fragmentación de la moral burguesa. Miembro de la Academia Brasileña de Letras.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Entre sus obras pueden citarse:&amp;nbsp;&lt;i&gt;Verano en el acuario&lt;/i&gt;&amp;nbsp;(1963),&amp;nbsp;&lt;i&gt;Antes del baile verde&amp;nbsp;&lt;/i&gt;(1970),&lt;i&gt;&amp;nbsp;Las niñas&lt;/i&gt;(1973),&amp;nbsp;&lt;i&gt;La disciplina del amor&amp;nbsp;&lt;/i&gt;(1980),&lt;i&gt;&amp;nbsp;Las horas nuestras&lt;/i&gt;&amp;nbsp;(1989),&lt;i&gt;&amp;nbsp;Una noche oscura y más allá&amp;nbsp;&lt;/i&gt;(1995),&lt;i&gt;Lygia Fagundes Telles: mejores cuentos y Otros cuentos de amor&amp;nbsp;&lt;/i&gt;(1997).&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="background-color: white; color: white; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-887426541786953075?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/887426541786953075/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=887426541786953075&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/887426541786953075'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/887426541786953075'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/lygia-fagundes-telles-brasil1923.html' title='Lygia Fagundes Telles (Brasil,1923)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-VeqfoUrWeuw/TtFPrXAzojI/AAAAAAAAKiw/kvhPFFYcNwo/s72-c/5_3a.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-5839769202384541452</id><published>2011-11-25T00:32:00.002-03:00</published><updated>2011-11-25T14:09:31.344-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='centro américa'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ee.uu.'/><title type='text'>JULIA ÁLVAREZ (Santo Domingo, 1950)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;El 25 de noviembre de 1960, las Hermanas Mirabal fueron capturadas y asesinasdas bajo las ordenes del dictador Trujillo y arrojados sus cuerpos al &amp;nbsp;fondo de un acantilado en la costa de la República Dominicana. Aquel acontecimiento, que fue vendido a la prensa como un trágico accidente por el gobierno del dictador dominicano pero este hecho atroz, contribuyó a despertar la conciencia entre la población, que culminó, seis meses después, derrocamiento y posterior asesinato &amp;nbsp;del caudillo.&lt;br /&gt;El Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, fue establecido en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá, Colombia, en 1981.&lt;br /&gt;La escritora de origen dominicano Julia Álvarez escribió una novela basada en las hermanas Mirabal, con el título "En el tiempo de las mariposas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #666666;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #666666;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-UgrUjG2J92s/Ts_FHzr_gAI/AAAAAAAAKiA/yyZt2Cqw4LU/s1600/240233.jpg" imageanchor="1" style="background-color: black; clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://1.bp.blogspot.com/-UgrUjG2J92s/Ts_FHzr_gAI/AAAAAAAAKiA/yyZt2Cqw4LU/s320/240233.jpg" width="212" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;h3 align="center"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;EN EL TIEMPO DE LAS MARIPOSAS&lt;/span&gt;&lt;/h3&gt;&lt;div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;(fragmentos)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; font-family: Arial, Tahoma, Helvetica, FreeSans, sans-serif; font-size: 14px; line-height: 15px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="background-color: black; font-size: 17px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;Minerva&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Complicaciones&lt;br /&gt;1938&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;No sé quién convenció a papá a que nos mandara a estudiar afuera. Parece que hubiera sido el mismo ángel que le anunció a María que estaba embarazada de Dios, e hizo que se alegrara con la noticia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Las cuatro teníamos que pedir permiso para todo: para ir hasta los campos a ver cómo iban creciendo los tabacales; para llegar a la laguna y poder mojarnos los pies un día de calor; para pararnos en el frente de la tienda y acariciar los caballos cuando los hombres cargaban la mercadería en los carros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;Algunas veces, cuando observaba a los conejos en su corral pensaba que no era demasiado diferente de ellos, pobrecitos. Una vez abrí una jaula para soltar una conejita. Tuve que pegarle para que saliera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;¡Pero no quería moverse! Estaba acostumbrada a su jaula. Yo no hacía más que pegarle, cada vez más fuerte, hasta que empezó a gimotear como una niña asustada. Yo era quien la lastimaba al insistir en que fuera libre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white;"&gt;"Conejita tonta -pensé-. No te pareces en nada a mí."&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;"-Vinimos por nuestra menstruación- empecé a decir,&lt;br /&gt;mirando la pared para detectar el micrófono. De todos&lt;br /&gt;modos, el SIM se enteró de todos nuestros problemas&lt;br /&gt;femeninos. Delia se tranquilizó, pensando que ésa era&lt;br /&gt;la verdadera razón de nuestra visita. Hasta que&lt;br /&gt;pregunté, en forma nada metafórica:&lt;br /&gt;-¿Habrá quedado alguna actividad en nuestras viejas&lt;br /&gt;células?&lt;br /&gt;Delia me fijó con la mirada. -Las células de tu&lt;br /&gt;organismo se han atrofiado, y están todas muertas-&lt;br /&gt;respondió.&lt;br /&gt;Debo de haber parecido muy apenada, porque Delia se&lt;br /&gt;ablandó.&lt;br /&gt;-Quedan unas pocas vivas, claro. Pero lo más&lt;br /&gt;importante es que están surgiendo otras nuevas. Deben&lt;br /&gt;dar un descanso a su cuerpo. Verán que la actividad&lt;br /&gt;menstrual vuelve a comenzar el año próximo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;(...)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;Por lo general, de noche, las oigo cuando me voy&lt;br /&gt;quedando dormida.&lt;br /&gt;A veces estoy en el borde mismo de la inconciencia,&lt;br /&gt;esperando, como si su llegada fuera la señal para poder dormirme.&lt;br /&gt;El crujido de los pisos de madera, el rumor del viento en el jazmín,&lt;br /&gt;la profunda fragancia de la tierra, el canto de un gallo insomne.&lt;br /&gt;Sus suaves pasos de espíritu, tan indefinidos que&lt;br /&gt;podría confundirlos con mi propia respiración."&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="-webkit-border-horizontal-spacing: 2px; -webkit-border-vertical-spacing: 2px; background-color: black; border-collapse: collapse;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;Poeta, novelista, ensayista y educadora. Desde los diez años reside en los Estados Unidos. Inició sus estudios universitarios en Connecticut College y los concluyó en Middlebury College donde se licenció en Artes (1971). Tiene una maestría en Escritura Creativa de Syracuse University (1975). Ha enseñado inglés y literatura en California State College (1977)), Phillips Andover Academy (1979-1981), University of Vermont (1981-1983) y en University of Illinois (1985-1988). Fue escritora residente en la Mary Williams Elementary School (1978) y en George Washington University (1984-1985). Parte de su producción poética y narrativa aparece en numerosas revistas de los Esta-dos Unidos, Latinoamérica, Europa y el Caribe. Sus novelas han sido elogiadas por los más impor-tantes medios de comunicación de los Estados Unidos y Latinoamérica, entre ellos The New York Times. Su primera novela How the Garcia Girls Lost their Accent (¿Cómo las García perdieron su acento?) fue declarada libro del año 1991 por New York Times Book Review y por el Library Journal. En 1994 In The Time of the Butterflies, (En el tiempo de las mariposas), su segunda novela, fue nominada el mejor libro del año por el National Book Critics y elegida el mejor libro de 1994 por la American Library Association. Escribe en inglés y reside en Vermont, donde se desempeña como profesora de inglés en Middlebury College desde 1988.&lt;br /&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-5839769202384541452?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/5839769202384541452/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=5839769202384541452&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5839769202384541452'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5839769202384541452'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/julia-alvarez-santo-domingo-1950.html' title='JULIA ÁLVAREZ (Santo Domingo, 1950)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-UgrUjG2J92s/Ts_FHzr_gAI/AAAAAAAAKiA/yyZt2Cqw4LU/s72-c/240233.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-5752482991258217174</id><published>2011-11-18T09:22:00.000-03:00</published><updated>2011-11-18T19:24:06.317-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='colombia'/><title type='text'>Piedad Bonnett (COLOMBIA,1951)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-oJ1DIoTCuZo/TsbVPGTYNqI/AAAAAAAAKcM/TdGEiTeZbbs/s1600/portada-prestigio-belleza_med.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;img border="0" height="400" src="http://2.bp.blogspot.com/-oJ1DIoTCuZo/TsbVPGTYNqI/AAAAAAAAKcM/TdGEiTeZbbs/s400/portada-prestigio-belleza_med.jpg" style="cursor: move;" width="248" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; line-height: 25px;"&gt;&lt;b style="font-size: small;"&gt;El prestigio de la belleza&lt;/b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: x-small;"&gt;(fragmento capitulo I)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;El nuevo libro de&amp;nbsp;&lt;a href="http://conestebocaenestemundo.blogspot.com/2008/12/piedad-bonett-amalfi-colombia-1951.html"&gt;Piedad Bonnett&lt;/a&gt;, ganadora del Premio Casa de América de Poesía Americana en 2011.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; line-height: 25px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-size: x-small; line-height: 24px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;b style="background-color: black;"&gt;I.&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;b style="background-color: black;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;La niña de la foto es realmente fea. Debajo de la enorme capota se ve una carita grumosa,&amp;nbsp;de enormes cachetes y diminutos ojos de zarigüeya, vivos y sonrientes. Sobre el labio superior,&amp;nbsp;como un oprobio, la huella mínima, pero inocultable, del dedo torpe del Dios que sopló sobre&amp;nbsp;el barro aún fresco para darle vida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Esa niña soy yo y este relato es, entre otras&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;cosas, el de mis tratos con la belleza. Y, como todo&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;relato verdadero, es también, hasta cierto punto,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;un ajuste de cuentas con los demás, pero sobre&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;todo conmigo misma. Una lona en cuyas esquinas&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;no hay segundos. Un laboratorio donde remiendo&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;mi propio Frankenstein.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;No sé si la mancha sobre el labio es rosa&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;pálido, o violeta o marrón, en parte porque la fotografía es en blanco y negro —uno de esos «retratos» antiguos de bordes blancos y ondulados— y&amp;nbsp;en parte porque ya no tengo el estigma: por alguna razón misteriosa a los tres o cuatro años se&amp;nbsp;diluyó, o lo aspiré en un acto desesperado que me&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;libró de él para siempre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Todo comenzó para mí, como para cualquier mortal, en el reino del agua: la vieja historia de un sereno flotar que un día cualquiera&amp;nbsp;cesa y se convierte primero en inquietante chapoteo en el vacío y luego en la sensación de que&amp;nbsp;una boca monstruosa te absorbe y te saca de la splácidas tinieblas. Hasta aquí ninguna novedad.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;En mi caso, sin embargo, la última parte de ese&amp;nbsp;primer capítulo no culminó de la forma sintética, fluida y eficaz que siempre se espera. Cuando&amp;nbsp;mi cabeza empezó a penetrar en el túnel que me&amp;nbsp;conduciría a la salida, me encontré con un obstáculo, el primero de los muchos que iba a tener a&amp;nbsp;lo largo de la vida. Mi persistencia de topo ciego&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;se estrellaba reiteradamente contra un mundo&amp;nbsp;cerrado, un colchón de fulgores violáceos que&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;empezó a provocar estallidos en mi cerebro. Los&amp;nbsp;oídos, que apenas si habían captado hasta entonces pálidos rumores, empezaron a zumbar, como&amp;nbsp;si en cada uno de ellos habitara un abejorro gigante. Todo me daba vueltas. Dentro de mi cuerpo sentía un tum tum de tambores. En mi frente empezó a crecer un resplandor color sangre y en&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;mi boca apareció un sabor amargo. Aquel mar,&amp;nbsp;antes acogedor, comenzó a ahogarme. Yo luchaba como un gladiador diminuto entre las fauces&amp;nbsp;de una fiera. Entonces, en el momento mismo&amp;nbsp;en que mi esfuerzo amenazaba con desfallecer,&amp;nbsp;me convertí en un silbo, en una partícula luminosa que bajaba en espiral desde la eternidad,&amp;nbsp;que es, como se sabe, un mar sin orillas. Un siglo&amp;nbsp;después salí por un agujero sangrante. El Tiempo&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;apareció, me hizo saber que ya no era un renacuajo perpetuo y me instó a usar mis pulmones.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Entonces di un alarido pavoroso, que era a la vez&amp;nbsp;de liberación y de miedo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Mi madre se asustó al verme. Yo era la&amp;nbsp;primogénita y ella había estado esperando un&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;niño rosado, de ojos almibarados como los suyos y una cabeza perfecta, redonda y calva. (La&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;cabeza fue siempre fundamental en su juicio sobre la mayor o menor perfección del prójimo: la&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;proporción, la forma y el vigor capilar eran definitivos.)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Lo que expulsó, en cambio, después de&amp;nbsp;veinticuatro amargas horas de dolores y pujos,&amp;nbsp;fue un ser repulsivo, de cabeza oblonga, que venía envuelto, casi como presagio atroz, en una&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;sustancia llamada meconio, que no es otra cosa&amp;nbsp;—según definición del diccionario— que un excremento negruzco formado por mocos, bilis y&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;restos epiteliales.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Mi madre me dio unos días de plazo para&amp;nbsp;desamoratarme, desarrugarme, y entonces sí develar mi verdadero ser, acorde a su noción de belleza. Imposible que la genética le hubiera jugado&amp;nbsp;esa broma cruel, ignorando las pestañas cerradas,&amp;nbsp;la barbilla perfecta y la piel lechosa de ella misma&amp;nbsp;y de mis innumerables tías y primas. Tendría paciencia, pensó, mientras se recuperaba de los malos tratos de la naturaleza, que había hecho que yo&amp;nbsp;desgarrara su vagina, causándole una hemorragia&amp;nbsp;que obligó a mi abuela y a un par de asistentas a&amp;nbsp;extender al sol sábanas y trapos durante casi dos&amp;nbsp;semanas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Aquel plazo silencioso que ella me había&amp;nbsp;dado empezó a tardar tanto que antes del año ya&amp;nbsp;había perdido las esperanzas. Su lógica cartesiana, que la llevaba a pensar que hasta el más insignificante de los hechos está inserto en una trama&amp;nbsp;de causas y efectos, hizo que sin malicia alguna,&amp;nbsp;sin perversidad, decidiera para sus adentros que,&amp;nbsp;ya que en su familia la belleza era la constante,&amp;nbsp;tanta fealdad debía venir de la familia de mi padre. Éste era un hombre normal, de pelo abundante y labios fruncidos, inocente de que en su&amp;nbsp;árbol genealógico existiera una abuela sin gracia.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Y que tal vez nunca paladeó el amargor final de&amp;nbsp;la frase con que mi madre catalogó, durante toda&amp;nbsp;mi vida, todo aquello de mí que le resultaba molesto: «Eso es heredado de su papá».&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Sin embargo, aquel deslucimiento mío no &amp;nbsp;iba a quedarse así como así, pensó mi madre,&amp;nbsp;educada en la más absoluta disciplina y con una&amp;nbsp;idea muy clara de que un hombre se labra su&amp;nbsp;destino minuciosamente. Algo podría ella hacer,&amp;nbsp;aunque la cosa no pintara fácil.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;El impacto de mi fealdad tuvo, sin embargo, rápida compensación para mi madre: cuando&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;mi hermana, con una facilidad pasmosa, sacó su&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;cabeza por el camino ya expedito que yo tan brutalmente había abierto once meses antes, todo en&amp;nbsp;su semblante testimoniaba que se había librado&amp;nbsp;de los genes implacables de la abuela desconocida.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Era una niña preciosa, de ojos oscuros, nariz fina&amp;nbsp;y piel transparente como papel de arroz.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Mientras nos miraba, una al lado de la otra, mi madre debió de preguntarse secretamente por nuestros destinos. Mi hermana ya&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;llevaba buen trecho ganado, pues la belleza, bien&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;se sabe, es ganzúa que hace ceder todas las cerraduras. Pero ¿qué hacer conmigo? La primera&amp;nbsp;decisión fue elemental: si el espíritu, el carácter,&amp;nbsp;la inteligencia pueden moldearse, ¿por qué no el&amp;nbsp;cuerpo, máxime si éste es reciente, no ha acabado&amp;nbsp;de cuajar, todavía es blando, flexible, maleable?&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Fue así como se dedicó a frotar mi tabique con&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;manteca de cacao, a peinarme con agua de linaza&amp;nbsp;y de manzanilla, a embadurnar la mancha de mi&amp;nbsp;labio con un pegote de concha de nácar, a darme&amp;nbsp;leche en cantidades colosales para dotar de calcio mis huesos. Todo aquel tratamiento tesonero&amp;nbsp;se combinaba con batas de ojalillo, moños en la&amp;nbsp;cabeza, zapatos blancos y aretes diminutos. Yo&amp;nbsp;fui así altar, tótem, pastel, objeto sagrado frente al que mi madre se doblegaba con reverencia&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;mientras untaba sus sales y sus bálsamos. Yo no&amp;nbsp;sabía que detrás del rito se ocultaba una vocación&amp;nbsp;de alquimista. Mucho tiempo después iba a enterarme de que el amor se manifiesta a veces con&amp;nbsp;desesperación, egoísmo, tretas, trampas. Que el&amp;nbsp;amor jamás es inocente.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Iba a cumplir cinco años cuando un nuevo ser de cejas pobladas, ojos adormecidos y mejillas color merengue, nació dando alaridos en la&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;habitación del fondo. Mis padres no podían estar&amp;nbsp;más ufanos: la criatura no sólo era de una belleza&amp;nbsp;luminosa sino que era un varón, como lo testimoniaba el extraño adminículo color rosa claro&amp;nbsp;que titubeaba entre sus piernas de recién nacido,&amp;nbsp;y que yo conjeturé, a primera vista, que era una&amp;nbsp;excrescencia vil que hacía de mi nuevo hermano&amp;nbsp;un anormal. De modo escueto, aunque con una&amp;nbsp;cierta sonrisa, se me informó que esa subespecie&amp;nbsp;llamada masculina tenía en ese lugar, indefectiblemente, ese tipo de órgano.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Yo recibí al nuevo miembro familiar con&amp;nbsp;una mezcla de curiosidad y recelo. En cuestión de&amp;nbsp;días descubrí el placer de la crueldad, que se tradujo en insólitos experimentos que llevé a cabo&amp;nbsp;a espaldas de mi madre. Metía mis dedos en los&amp;nbsp;ojos de la nueva criatura, tapaba por unos instantes su nariz hasta ver cómo manoteaba con desesperación, mordía uno de sus pies cuando me pedían que la cuidara, mientras mi madre y Narcisa&amp;nbsp;—una joven negra, que llamaban algunas veces&amp;nbsp;la niñera y otras veces la de adentro— mezclaban&amp;nbsp;el agua en la tina. Los berridos de mi hermano&amp;nbsp;me causaban una excitación extraordinaria, un&amp;nbsp;paroxismo de felicidad y terror. Muy tiesa, al lado&amp;nbsp;de la cama, disimulaba, sin embargo, mis emociones y mostraba a mi madre una sonrisa hipócrita cuando me indagaba con una mirada llena&amp;nbsp;de sospechas. La culpa, ese pajarraco que tarde o&amp;nbsp;temprano viene a picotear en nuestra ventana, no&amp;nbsp;hacía todavía sus estragos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Dos semanas después un revoloteo generalizado nos permitió enterarnos, a mi hermana&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;y a mí, de que al día siguiente iba a celebrarse el&amp;nbsp;bautizo del nuevo miembro de la familia. Trajeron vino, flores, postres. En la cocina colgaba,&amp;nbsp;desde hacía diez días, un inmenso pernil salado.&amp;nbsp;Me pareció que era demasiada fiesta para el simple hecho de ponerle a alguien un nombre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;A la ceremonia religiosa fuimos todos: mi&amp;nbsp;abuela materna, los innumerables tíos, algunos&amp;nbsp;amigos de la familia y el cura. Mi hermana y yo&amp;nbsp;parecíamos un par de pasteles con crema entre&amp;nbsp;nuestros vestidos. Y la nueva criatura, con sus puños cerrados, había perdido momentáneamente&amp;nbsp;su condición masculina entre un faldón almidonado que había servido para tal menester por varias generaciones.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;—¿Por qué agua? —pregunté.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;—Es agua bendita —me explicó la vecina.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;—Si se muere, que Dios no lo quiera —añadió una de mis tías—, se irá al cielo y no al limbo,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;el lugar adonde van los que no están bautizados.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;¡El limbo! Hasta entonces sólo sabía del&amp;nbsp;cielo, donde estaba el Dios al que le rezaba antes&amp;nbsp;de acostarme. Traté de representarme el limbo y lo&amp;nbsp;que me imaginé resultó muy desagradable: cientos&amp;nbsp;de almas de infantes llorando a un mismo tiempo,&amp;nbsp;acostados en un enorme colchón de nubes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Durante la fiesta, puesta toda la atención&amp;nbsp;en el recién nacido, en la comida y en las bebidas,&amp;nbsp;mi hermana y yo fuimos felizmente inexistentes.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;El ajetreo me permitió moverme a mis anchas&amp;nbsp;entre las piernas de los adultos, ensuciando manos y codos y rodillas, y los bordes de mi vestido&amp;nbsp;de organza.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Alguien allá arriba dijo que hacía calor,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;que sería bueno tomar un poco de aire. Opiné&amp;nbsp;lo mismo. Pero en vez de dirigirme al patio central, que era donde estaba todo el mundo, me&amp;nbsp;escabullí por el corredor y llegué a la puerta de&amp;nbsp;la casa. La larga calle me anunciaba que al final&amp;nbsp;de ella encontraría un mundo novedoso, que&amp;nbsp;me había sido escamoteado hasta entonces. La&amp;nbsp;decisión era sencilla: ir hacia la derecha, donde&amp;nbsp;yo sabía que estaba la plaza, o hacia la izquierda,&amp;nbsp;donde el pueblo se disolvía en una lejana polvareda. Escogí, intuitivamente, el camino de lo&amp;nbsp;desconocido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Empecé a caminar con una determinación guerrera y una liviandad de ángel. Vi puertas&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;abiertas y zaguanes que daban a jardines y postigos de los que salía música, y muros en los&amp;nbsp;que había gatos acurrucados. El hecho de que la&amp;nbsp;gente con la que me topaba parecía no verme y&amp;nbsp;algo en mis mejillas adormecidas me confirmaron que era invisible. Crucé una calle y otra y&amp;nbsp;otra; el pueblo tranquilo por el que había estado&amp;nbsp;caminando se convirtió en cuestión de metros&amp;nbsp;en una especie de enorme jaula donde cantaban&amp;nbsp;muchos pájaros, en una fiesta llena de algarabía&amp;nbsp;y polvo y correteos. Era una alegría distinta a la&amp;nbsp;que yo conocía hasta entonces, una alegría que&amp;nbsp;nada tenía que ver con la que había en la fiesta&amp;nbsp;del bautizo de mi hermano. Me dejé llevar por&amp;nbsp;otra que había dentro de mí, por una desconocida que en medio de un sueño aspiraba en el aire&amp;nbsp;una mezcla de humo y frutas y fango y perfumes&amp;nbsp;chirriantes, mientras sentía en las sienes unos&amp;nbsp;golpecitos deliciosos y en la barriga aleteos y cosquillas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Anochecía, y las luces de los faroles, que&amp;nbsp;en este momento del relato conviene que sean&amp;nbsp;de un amarillo mortecino, empezaron a encenderse. Giré hacia un callejón lleno de sombra,&amp;nbsp;inesperadamente solitario. Nunca necesitamos&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;tanto de otro como cuando oscurece. La cobarde&amp;nbsp;que siempre ha habitado en lo más hondo de mí&amp;nbsp;empezó a correr alocadamente de un lado para&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;otro, como si mover las piernas con tanto brío&amp;nbsp;garantizara una meta conocida. La desesperación&amp;nbsp;enceguece. El cielo empezó a hacerse cada vez&amp;nbsp;más lejano, como cuando uno cae al fondo de&amp;nbsp;un pozo, y un jadeo animal reemplazó al llanto&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;que pujaba por salir de mi garganta. De repente, una mujer que me había estado observando&amp;nbsp;desde la ventana salió de una casa, me detuvo y,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;acuclillándose para estar a mi altura, empezó a&amp;nbsp;interrogarme.Un grupo de personas se acercó a curiosear.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;—Está perdida —dijo la mujer, como si&amp;nbsp;acabara de descubrir América. Alguien mencionó el nombre de mi madre.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;Cuando llegué a mi casa de la mano de&amp;nbsp;ese alguien, ya había un puñado de personas en&amp;nbsp;la puerta, alarmadas, esperando a la comisión&amp;nbsp;que estaba dedicada a buscarme. Fui recibida&amp;nbsp;con abrazos y reproches. La noticia de que me&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;había escapado se le había ocultado a mi papá,&amp;nbsp;para no enojarlo. Entré a la casa en medio de&amp;nbsp;suspiros de alivio, ufana como nunca, tremendamente satisfecha de mí misma. No sólo había&amp;nbsp;sido capaz de violar el umbral de las prohibiciones, no sólo había sobrevivido, sino que, además,&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: x-small;"&gt;era amada. Amada y necesitada&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; margin-right: 0px; margin-top: 0px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white;"&gt;de&amp;nbsp;&lt;b&gt;&lt;i&gt;El prestigio de la belleza&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;,&amp;nbsp;&lt;a href="http://www.alfaguara.com/es"&gt;Editorial ALFAGUARA&lt;/a&gt;, colección Hispánica, 2011-&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-5752482991258217174?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/5752482991258217174/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=5752482991258217174&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5752482991258217174'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5752482991258217174'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/piedad-bonnett-colombia1951.html' title='Piedad Bonnett (COLOMBIA,1951)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-oJ1DIoTCuZo/TsbVPGTYNqI/AAAAAAAAKcM/TdGEiTeZbbs/s72-c/portada-prestigio-belleza_med.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-6863930470448999705</id><published>2011-11-15T13:15:00.000-03:00</published><updated>2011-11-18T13:18:22.808-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='paraguay'/><title type='text'>Amanda Pedroso(Paraguay,1955)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-bM5g7Jf28Ec/TsaEw3TfYcI/AAAAAAAAKbU/_QmmdB31U2U/s1600/mabel+pedrozo+amanda+pedrozo+mujeres+al+telefono+bvc.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://4.bp.blogspot.com/-bM5g7Jf28Ec/TsaEw3TfYcI/AAAAAAAAKbU/_QmmdB31U2U/s320/mabel+pedrozo+amanda+pedrozo+mujeres+al+telefono+bvc.jpg" width="319" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;EL PELO COLORADO&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ernestina se pasó la vida arrancándoles huevos a sus gallinas casi antes de que ellas los pusieran voluntariamente. Eso ocurrió desde la vez que vio el pelo colorado en el calzoncillos de su concubino. El pelo colorado casi tenía vida. Parecía que la estaba mirando, parecía que hasta tenía dientes y labios, ella veía en el centro de su color impúdico una sonrisa burlona. No pudo vivir en paz desde entonces. Probó té de tilo, de menta, de naranja dulce, pero cada vez la resignación era más imposible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ernestina no tenía el consuelo del rezo. No podía concentrarse y enseguida se olvidaba de los pasajes más complicados. Emestina entonces comenzó su trajinar en busca del milagro, hasta que dio con el hombre que le mantuvo la esperanza. Por eso se pasó la vida arrancándoles huevos a sus gallinas casi antes de que ellas los pusieran. Fue después de que le cumplió al curandero llevándole uno a uno los elementos para la transformación. Un viernes de luna entera fue capaz de entrar hasta la mitad del cementerio para llevarse en una bolsa de trapo tierra de muertos y el dedo de un angelito recién puesto. Mientras le daba tiempo al tiempo para que el payé surtiese efecto, cosa que dependía de la fuerza de los huevos porque las gallinas de la casa estaban siendo trabajadas para que apenas entrase al patio el hombre, se sintiese incapaz de volver a salir ni siquiera para ver a la dueña del pelito inmoral, Ernestina tuvo que ir entregando uno a uno sus anillos, zarcillos, cadenillas y vasos finos. Hasta que no le quedó sino su dignidad de mujer, que igualmente corrió a depositar en las manos del curandero con deseo auténtico de recuperar el amor de su concubino. Después de esa demostración de fe al curandero no le quedó más remedio que demostrar resultados, así que entregó a su cliente un perfume para la pasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las tardes la mujer se ponía una gota del líquido oscuro en las manos y otra en la entrepierna. Hasta que se dio cuenta de que ya no era necesario. El perfume de la pasión, o un pelito colorado enterrado para siempre en el vientre de un pajarito que se murió asfixiado, logró llevar al traidor hacia un punto en que el anhelo por la carne machucada de Ernestina pronto fue insoportable para ambos. Cansada de tanto arrebato y al borde de la locura, Ernestina volvió al curandero para pedirle el reculamiento del payé, en razón de que el hombre le impedía comer y le impedía dormir, le impedía salir con tranquilidad de la casa debido a los celos desenfrenados y en líneas generales no la dejaba vivir como se debe, a causa del amor. Pero el milagro sería sin devolución. El pájaro que contenía el pelo perverso había sido llevado al arroyo una tarde de lluvia torrencial. Ni todos los huevos que Ernestina iba llevando al payesero a medida que los iba sacando de las gallinas casi antes de que estas los pusieran por gusto, pudieron remediarle la situación. En medio de su cansancio de mujer eternamente acosada, en medio de manotazos y olores repulsivos que cultivó con dedicación en su cuerpo para alejar al indeseado, dos veces no pudo seguir aguantando el asco y así fue que lo acuchilló mientras era amada física y espiritualmente hasta decir basta. Como no murió, el anhelo le entró al hombre con más fuerza, y perdonó a Ernestina al instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Las dos veces?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Así mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque ella sigue saliendo hasta ahora todas las siestas a buscar con desesperación un pajarito y un pelo colorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial; font-size: 16px;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;de MUJERES AL TELÉFONO Y OTROS CUENTOS (Cuentos de AMANDA PEDROZO y MABEL PEDROZO).&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial; font-size: 13px;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;Editorial El Lector,&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: white; font-family: Arial; font-size: 13px;"&gt;&lt;strong&gt;Asunción - Paraguay, 1996.&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="background-color: black; color: white; font-family: Arial; font-size: 13px;"&gt;&lt;div align="center" style="text-align: justify;"&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-6863930470448999705?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/6863930470448999705/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=6863930470448999705&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6863930470448999705'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/6863930470448999705'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/amanda-pedrosoparaguay1955.html' title='Amanda Pedroso(Paraguay,1955)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-bM5g7Jf28Ec/TsaEw3TfYcI/AAAAAAAAKbU/_QmmdB31U2U/s72-c/mabel+pedrozo+amanda+pedrozo+mujeres+al+telefono+bvc.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-5488931050994018495</id><published>2011-11-12T16:25:00.000-03:00</published><updated>2011-11-17T15:57:55.764-03:00</updated><title type='text'>Lucy Araújo (Cuba)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-_QYiezTnE8o/TsVZDg8oIMI/AAAAAAAAKaM/5bMTIwMvhU8/s1600/patinesd.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;b&gt;&lt;img border="0" src="http://4.bp.blogspot.com/-_QYiezTnE8o/TsVZDg8oIMI/AAAAAAAAKaM/5bMTIwMvhU8/s1600/patinesd.jpg" /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;ESTRIDENCIAS&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llega al parque y se acerca a las flores que huelen a mar. A esa hora no pensó que alguien fuera a depositar un ramo al lado de la estatua. Entonces se acercan tres hombres y la obligan a que se detenga. Grita, pero nadie, ni siquiera la pareja, la escucha. Los tres hombres la desnudan y ella pide auxilio. Pasan unos estudiantes y miran hacia un banco del cual vino el grito, aunque no ven a nadie. No ven que los tres hombres acomodan a la muchacha debajo y de nuevo ella grita, un poco más bajo. Ahora son dos ancianas que vienen de la iglesia, una le pregunta a otra si no escuchó un murmullo en aquel banco. Su amiga dice que no y se asombra. Los tres hombres ya están muy excitados y la muchacha solloza, la arrastran a otro cercano y le pegan cuando se resiste. Vienen dos niños con unos patines y se los ponen: «Mira, Orlando, como si fuera sobre la nieve». El otro, un moreno de ojos chispeantes, sonríe: «Lo que más me gusta es cuando me impulso en la esquina». Pasan cerca del banco y el moreno da un traspiés al lado de los tres hombres desnudos. La muchacha, que tiene un hilo de sangre cerca del labio superior, estira la mano e intenta apoderarse de la pierna del niño. Cuando ya casi lo consigue, grita para que él repare en ella, en cambio este se pone de pie y dice: ¡Qué raro, Orlando! Sentí como si alguien me tocara, ¿y no escuchaste un murmullo? Orlando responde que no y lo insta a apurarse. La mujer está desmayada, y el más alto dice con tono asustado: «Creo que la hemos matado», pero otro le pone el oído izquierdo en el pecho y aclara que está viva. Ahora es una guagua con un rótulo y de ella desciende un grupo de estudiantes. Maité le pregunta a Zenia si va a dar la fiesta y se sientan frente al banco donde la mujer se lamenta. Ya los tres hombres huyen después de mirar hacia todos lados. Entonces se da cuenta de que está sucia, y el sabor de la sangre en la boca le da miedo: «¡Ay, Dios, auxilio, ayúdenme!» No encuentra la ropa y se arrastra hasta el banco donde conversan Maité y Zenia. Allí ve el vestido con floripones verdes que se estrenó en su cumpleaños, las dos estudiantes están encima de él, y ella estira la mano; cuando casi va a coger la tela, Zenia y Maité tropiezan con sus dedos. La rubia se asombra: «¡Qué raro! ¿No te pareció que alguien hablaba cerca?» La amiga le contesta: «Sí, y como si hubiera tocado una mano». Justo en ese momento se quedan mirando a la mujer que está sentada cerca de ellas. Es ya mayor, pero se le nota cierta belleza. Cuando pasan por su lado ven cómo permanece extasiada, observando la pareja de recién casados. La novia con el traje largo y blanco, una niña aguanta la cola y el novio le dice al oído que tenga cuidado al bajar. Entonces Maité se fija en que la mujer se pone de pie y acomoda su vestido con floripones verdes, mira por última vez a la pareja que sale del parque y se dirige con lentitud hacia la estatua. Los estudiantes se van también y el bullicio desaparece. Ella queda sola, frente a las flores que de nuevo huelen a mar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-5488931050994018495?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/5488931050994018495/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=5488931050994018495&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5488931050994018495'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5488931050994018495'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/lucy-araujo-cuba.html' title='Lucy Araújo (Cuba)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-_QYiezTnE8o/TsVZDg8oIMI/AAAAAAAAKaM/5bMTIwMvhU8/s72-c/patinesd.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-1125811519223021610</id><published>2011-11-12T15:16:00.004-03:00</published><updated>2011-11-17T16:22:54.262-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>María Giuliani(Argentina, 1951)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-vuIpemru-OQ/TsVfBYU8cuI/AAAAAAAAKak/TNt4gMU0SHw/s1600/edvgbhnj.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://1.bp.blogspot.com/-vuIpemru-OQ/TsVfBYU8cuI/AAAAAAAAKak/TNt4gMU0SHw/s1600/edvgbhnj.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;ABUELA&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;tipa jodida, mi abuela. no te dabas cuenta en seguida, porque sabía hacer de abuela típica. pasaba con nosotros la mitad del año. bajaba del tren, impecable. nunca supe cómo. yo traía encima la tierra de dos provincias, cuando viajaba. ella no. peinada, sonriente. en casa deshacía las maletas, iba dándonos los regalos, colgando su ropa, contando que mis primas esto y aquello...&lt;br /&gt;un par de días después, hacía un budín de pan. nos encantaba, a mi hermana y a mí. y era lo único que mi abuela sabía hacer en la cocina. de todo lo demás, ni hablar. mi madre heredó esa incapacidad, creo que aprendí a cocinar en defensa propia. mi viejo resistía, a su manera, cuando llegaba a la nochecita y tiraba un pedazo de asado sobre la parrilla del patio.&lt;br /&gt;pero no era eso lo que te iba a contar.&lt;br /&gt;te decía, mi abuela desembarcaba y nuestras vidas se complicaban. había malentendidos, cosas que nunca se encontraban. los gatos desaparecían hasta que ella se iba, el perro gruñía por todo. ella dejaba caer comentarios casuales, y un rato después todo el mundo estaba enojado, ofendido, triste... pero siempre con otros. por ejemplo, mi abuela llegaba y mi noviecito de turno se esfumaba. ("pero mirá, tan lindo chico... estuvimos tomando mate ayer, cuando vos demorabas... algo le debés haber dicho, parece un pibe tan sensible...")&lt;br /&gt;me llevó varias visitas, varios años, entender que lo suyo era sembrar, delicada, fina, generosamente, la discordia. y hacerse olímpicamente la boluda a la hora de cosechar. ¿sabés que regaba a las gallinas? en serio... en una de las casas en donde vivimos había un gallinero, al fondo. y una vez, a la siesta, la ví, manguera en mano, reírse mientras las gallinas aterradas trataban de escapar del chorro de agua.&lt;br /&gt;también tardé lo mío hasta cerciorarme de que ese gen retorcido no estaba en mi sistema. ni en el de mi vieja, ya que estamos: ella podría pecar por indiferente o por caída del catre, pero no por sádica...&lt;br /&gt;cuando tomaba el tren de regreso a buenos aires, todos respirábamos mejor. yo ponía los codos sobre la mesa cuando comía, salía a la calle sin peinarme, mis amigas me perdonaban vaya a saber qué. mis viejos se trataban mejor, no te diré que era un clima idílico, pero...&lt;br /&gt;y créase o no, pasado un par de meses, la extrañábamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De &lt;a href="http://www.labisagra.com/Letra/mgiu/abuela.htm" target="_blank"&gt;www.labisagra.com/Letra/mgiu/abuela.htm&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-1125811519223021610?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/1125811519223021610/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=1125811519223021610&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1125811519223021610'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1125811519223021610'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/maria-giulianiargentina-1951.html' title='María Giuliani(Argentina, 1951)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-vuIpemru-OQ/TsVfBYU8cuI/AAAAAAAAKak/TNt4gMU0SHw/s72-c/edvgbhnj.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-7901009210950073413</id><published>2011-11-08T15:10:00.000-03:00</published><updated>2011-11-17T16:07:29.774-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='audios'/><title type='text'>Amada en lo amado (audio) de Silvina Ocampo</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;object height="132" width="353"&gt;&lt;embed src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=91b1290" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" quality="high" width="353" height="132"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;A veces dos enamorados parecen uno solo; los perfiles forman una múltiple cara de frente, los cuerpos juntos con brazos y piernas suplementarios, una divinidad semejante a Siva: así eran ellos dos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se amaban con ternura, pasión, fidelidad. Trataban de estar siempre juntos y cuando tenían que separarse por cualquier motivo, durante ese tiempo tanto pensaban el uno en el otro que la separación era otra suerte de convivencia, más sutil, más sagaz, más ávida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que hacían al separarse era poner cada uno en su reloj pulsera la hora exacta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A medianoche quiero que repitas los versos de San Juan de la Cruz, que me gustan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Los diremos a la misma hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A las seis de la tarde, en el reloj, mis ojos te mirarán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En el lápiz de los labios estaré cuando te pintes, o en el vaso cuando bebas agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A las ocho te asomarás a la ventana para contemplar la luna. No mirarás a nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Creyendo que es tuyo, para no gritar de pena, me morderé el brazo, no el antebrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Porque el brazo es más sensible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿En qué sitio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En el sitio en que la boca lo alcanza cuando el brazo está doblado con el codo hacia arriba, apoyado contra la cara, como guareciéndola del sol. Es tu postura predilecta, por eso la imito como si mi brazo fuera el tuyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A las nueve menos cinco de la noche, cerrá los ojos. Te besaré hasta las nueve y cinco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Podrías más tiempo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Pero acaso no llegaríamos a morir prolongando indefinidamente ese momento?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No pediría otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con estos y otros desatinos se despedían. Como es natural, cumplían religiosamente con lo pactado. ¿Quién se atrevería a romper semejante rito? El que no lo comprenda, nunca ha amado o ha sido amado, ni valdría la pena que ame o que sea amado, ya que el amor es hecho de infinita y sabia locura, de adivinación y de obediencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las miserias grandes y pequeñas de la vida cotidiana todo lo que es un motivo de fastidio para otras personas, para ellos era muy llevadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La casa en donde vivían no era muy cómoda; tenía muy poca luz porque sus cuartos daban a un patio interior. Ruidos intestinales de cañerías se hacían oír en todos los pisos. El baño estaba metido dentro de un armario, la ducha sobre la letrina, las ventanas no cerraban o abrían según el grado de humedad del tiempo, un camino de cucarachas distinguía la cocina de los otros cuartos, pero ellos encontraron en esas incomodidades cómicos motivos de regocijo. (Compartir cualquier cosa vuelve cualquier cosa mejor para los enamorados, cuando son felices.) La felicidad les prestaba simpatía, simpatía para el verdulero, para el carnicero, para el panadero, para el médico cuando había que consultarlo, para los participantes de una cola, por personal y larga que fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De noche, cuando se acostaban, el cansancio que sentían abrazados, era un premio. Él soñaba mucho; ella no soñaba nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él, al despertar a la hora del desayuno, le contaba sus sueños; eran sueños interminables y accidentados, llenos de alegría o de zozobras. Le gustaba contar los sueños, porque casi todos tenían (como las novelas policiales) suspenso: aprovechaba el momento en que iba a tomar un trago caliente de té o en que se metían un trozo grande de pan con manteca y miel en la boca, para interrumpir la parte sensacional del sueño y hacer esperar debidamente el desenlace.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Quisiera ser vos – decía ella, con admiración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo también –decía él- ser vos, pero no que vos fueras yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es lo mismo –decía ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es muy distinto-respondía él-. Lo primero sería agradable, lo segundo angustioso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Por qué nunca puedo estar en tus sueños, sin el vigilia te acompaño!- Ella exclamaba-. Oírtelos contar, no es lo mismo. Me faltan el aire, la luz que los rodea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No creas que son tan divertidos (tengo más talento de narrador que de soñador), son mejores cuando los cuento-dijo él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Los inventarás, entonces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No tengo tanta imaginación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- De todos modos, quisiera entrar en tus sueños, quisiera entrar en tus experiencias. Si te enamoraras de una mujer, me enamoraría yo también de ella; me volvería lesbiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Espero que nunca suceda –decía él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Yo también –decía ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un tiempo resolvieron dormir teniéndose de la mano, con la esperanza de que los sueños de él pasaran dentro de ella a través de las manos. Por incómodo que fuera, ya que para mantener un posición estratégica dar vuelta la almohada buscando la frescura sería imposible, resolvieron dormir con las cabezas juntas. Pensaban que ese contacto sería más eficaz que el de las manos, pero ella seguía sin sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Hay personas que no sueñan –decía él-. No hay nada que hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Sería capaz de tomar mescalina, fumar opio. Cualquier cosa haría con tal de soñar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es lo único que falta –decía él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana de primavera, a la hora del desayuno, ella trajo como siempre la bandeja con las dos tazas servidas y las tostadas con manteca y miel. Colocó todo sobre la mesa de luz. Se sentó sobre la cama, lo despertó ahogando risas con besos y dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Anoche soñaste con una vaquita de San José. Aquí está. –Mostró sobre su brazo el bichito rojo como una gota de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El se incorporó en la cama y le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es cierto. Soné que estábamos en un jardín donde en vez de flores había piedras, piedras de todos los colores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un jardín japonés –musitó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tal vez –respondió él-, porque en las piedras había letras grabadas que parecían japonesas o chinas. Por una calle de piedras más altas, pues todas las piedras eran de distinta forma y tamaño, venías caminando como si fuera dentro del agua. Te acercaste y me mostraste el brazo que creías te habías lastimado con un alfiler, pero mirándolo bien, advertí que la gota de sangre que veía en tu brazo era en efecto una vaquita de San José.&lt;br /&gt;- De algo me sirvió dormir con la frente pegada a la tuya –dijo ella, tratando vanamente de hacer pasar el bichito rojo de una mano a la otra-. En tu próximo sueño trataré de obtener algo mejor o más duradero – prosiguió, viendo que el bichito abría un ala rizada, suplementario, que tenía escondida, y salía volando para desaparecer en el aire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A lo noche siguiente, ella se durmió antes que él. A las cinco de la mañana se despertaron al mismo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué soñaste? –ella preguntó, sobresaltada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soñé que estábamos acostados en la arena, pero... vas a enojarte...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo que sucede en un sueño no podría enojarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A mí, sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A mí, no. –contestó ella -. Seguí contando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estábamos acostados, y vos no eras vos. Eras vos y no eras vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿En qué lo advertías?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- En todo. En el modo de besar, en los ojos, en la voz, en el pelo. Tenías el pelo de nylon como la muñeca de la motocicleta que te gustaba en el escaparate del subte, ese pelo amarillo lustroso. Un día me dijiste: “Me gustaría tener el pelo así”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y qué te hizo pensar que esa mujer distinta de mí, era yo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- El amor que yo sentía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Llamas amor a cualquier cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aquel pelo amarillo de nylon, tan parecido al de la muñeca de la motocicleta, tal vez fuera culpable. Cada hebra era como un hilo de oro que yo acariciaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Así? –dijo ella, mostrándole una hebra de nylon amarillo que colgaba del cuello de su camisón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él tomó en broma el diálogo. A decir verdad esa hebra de nylon amarilla podía haber estado anteriormente en la casa, por cualquier motivo. ¿Acaso la hijas de las amigas no iban de visita con sus muñecas, que tenían el pelo de nylon? Se usa tanta ropa de nylon, ¿acaso una hebra de una costura no podía caer?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La próxima noche él tuvo que salir y ella quedó sola. Él volvió muy tarde; ella dormía. Empezaba el invierno y le trajo un ramo de violetas. En el momento de acostarse él puso en uno de los ojales del camisón de ella, una violeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué soñaste? –dijo ella, como siempre, al despertar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soñé que viajaba en un trineo por un campo cubierto de nieve, donde merodeaban lobos hambrientos. Estaba vestido con pieles de lobo; lo advertí en el modo de mirarme que tenían los lobos. Un bosque de pinos se divisó en el horizonte. Me dirigí al bosque. Frente a ese bosque bajé del trineo y en la nieve encontré una violeta, la recogí y me alejé rápidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento ella vio la violeta en el ojal de su camisón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aquí está –dijo ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Te la traje anoche en un ramito que te compré en la calle; elegí la violeta más grande y la puse en el ojal de tu camisón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿El sueño lo inventaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si lo hubiera inventado sería más divertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo supiste que ibas a soñar con violetas? Sos mentiroso. Querés imitarme, inventando experimentos mágicos. Eso no impide que tus verdaderos sueños obren milagros para mí –dijo ella-. La vaquita de San José, la hebra de nylon, no han sido un invento. Saldré pronto en los diarios, fotografiada como la mujer que saca objetos de los sueños ajenos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Mis sueños te son ajenos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Para los diarios, sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue durante una siesta de verano. Él soñó que andaba caminando con ella por una ciudad desconocida, con desfiles de soldados. En una puerta verde, debajo de un puente, Artemidoro el Daldiano, vestido de blanco, con sombrero y capa, lo llamó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Quién es Artemidoro? –preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un griego. Escribió la Crítica de los sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Cómo sabés que era él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo conozco. Estudiamos juntos –contestó él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Artemidoro le tendió la mano como si lo apuntara con un revólver, pero lo que tenía en la mano era un filtro misterioso, aquel que bebieron Tristán e Isolda. “Cuando quieras llevar a tu amada como a tu corazón dentro de ti”, le dijo, “no tienes más que beber este filtro.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando él despertó a la hora del desayuno, ella le dijo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Aquí está el filtro –y le mostró una botellita diminuta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No necesitaba que le contara el sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él le arrebató el frasco de la mano, lo miró atónito, cerró los ojos y lo bebió. Cuando abrió los ojos quiso mirarla de nuevo. Ella no estaba. Él la llamó, la buscó. Oyó una voz dentro de él, la voz de ella, que le contestaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Soy vos, soy vos, soy vos. Al fin soy vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es horrible -dijo él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- A mí me gusta –dijo ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es un conyugicidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Conyugicidio... ¿Y qué quiere decir? –ella interrogó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Muerte causada por uno de los cónyuges al otro –respondió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bruscamente despertaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Él volvió a soñar a lo largo de la vida y ella a sacar objetos de sus sueños. Pero la mayor parte de las veces no le sirvieron de nada pues son todos objetos de poca importancia; a veces ni siquiera los mira. Los atesora en su mesa de luz. Rara vez, por suerte, le sirven para sufrir transformaciones, como sucedió con el filtro: el término sufrir está bien elegido pues en toda transformación hay sufrimiento. A veces tienen miedo de no volver a su estado anterior –al hogar, a la vida habitual- y volatilizarse. ¿Pero acaso la vida no es esencialmente peligrosa para los que se aman?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;de &lt;b&gt;Los días de la noche&lt;/b&gt;, 1970&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-7901009210950073413?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/7901009210950073413/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=7901009210950073413&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7901009210950073413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7901009210950073413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/amada-en-lo-amado-audio-de-silvina.html' title='Amada en lo amado (audio) de Silvina Ocampo'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-2626205969726957320</id><published>2011-11-05T11:45:00.000-03:00</published><updated>2011-11-10T21:25:03.758-03:00</updated><title type='text'>María Esther Vázquez (Buenos Aires, 1937)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-92-9q-NtjlE/TrxrK2uw-JI/AAAAAAAAKTM/W45wuIDs-Kk/s1600/wgetkin.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/-92-9q-NtjlE/TrxrK2uw-JI/AAAAAAAAKTM/W45wuIDs-Kk/s1600/wgetkin.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;b&gt;LA MINIMA FORMA DE LA FELICIDAD&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt;“indecisos rituales al borde de la vida”&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt; &lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;            Los días se le hacían largos, sobre todo las tardes; las tardes no terminaban nunca. Miraba televisión y se aburría; tejía porque le gustaba mover las agujas entre los dedos, enlazar el hilo de lana, sentir la suavidad de la hebra, ajustar el punto, ensayar diferentes dibujos, contar las hileras, pero ¿Para quién? Le había mandado a la nieta tres pulóveres con sus correspondientes gorros, guantes y medias haciendo juego y la hija la había llamado por teléfono para agradecérselos: “Son preciosos, el celeste es igual al color de sus ojitos, pero ¡por favor, pará! No alcanza a usarlos que ya le quedan chicos. Y Luis y yo tenemos ropa de lana para varios años.”&lt;br /&gt;Antes era diferente. Se levantaba temprano, arreglaba la casa, hacía algunas diligencias, comía un bocado y a las dos y media salía hacia el sanatorio. No era realmente un sanatorio: Amalia lo llamaba así porque le daba vergüenza decirle geriátrico. Había internado allí a Juan Carlos cuando le dio el primer derrame y sólo por consejo del médico; ella no podía moverlo sola. Se quedaba hasta las siete y media, tomaba el té con él (se llevaba una bolsita y le daban agua caliente) y mientras le contaba los mínimos detalles cotidianos, le tejía pulóveres, bufandas, hasta una mantita para los pies de la cama y una funda para la bolsa de agua caliente.&lt;br /&gt;¡Pobrecito Juan Carlos!, pensaba todos los días Amalia. Llevaban cuarenta años de casados y había vivido los últimos ocho en el sanatorio y ella cada tarde firme a su lado, pese al calor, al frío o a la lluvia, hablándole siempre con la esperanza de que alguna vez mejorara y pudiese contestarle. Nunca lo hizo, Juan Carlos sólo emitía sonidos incoherentes y eso rara vez.&lt;br /&gt;Sin embargo, los esfuerzos de Amalia se vieron compensados porque cuando ya no pudo afrontar los gastos del cuarto exclusivo y la enfermera jefa de piso la aconsejó compartirlo con otro señor muy bien, encontró en el “señor muy bien” un interlocutor válido. Se llamaba Alfonso y era algo menor que ella. Al principio y con gran timidez Amalia le preguntó si no le molestaba su conversación, más bien monólogo, con su marido. Y Alfonso dijo que no, que era un placer y verla mover las agujas incansablemente le resultaba sedativo. Además, valoraba su presencia como una novedad simpática (esas habían sido sus palabras exactas) porque hasta entonces había vivido, después de la muerte de su hermana, solo en un departamento grande y desierto. “ahora lo había alquilado” – le comentó – “ y con el alquiler y la jubilación le alcanzaba para pagar el sanatorio”. Tampoco Alfonso le decía geriátrico. Padecía de asma y su corazón cada tanto le daba un susto, pero, por los demás parecía estar bastante bien. Tenía tres estantes llenos de libros; por las mañanas leía y por las tardes oía hablar a Amalia. Cuando entraron en confianza, le contó parte de su vida, recordaron juntos sus respectivos muertos y él empezó a hablar de autores y de libros cuya existencia ella ni siquiera sospechaba…&lt;br /&gt;Amalia pensaba que habían sido ocho años realmente felices. El carácter horrible de Juan Carlos se había tranquilizado con la parálisis, muy de tarde en tarde emitía aquellos sonidos guturales, sobre todo cuando en los días templados paseaban por el mínimo jardín, ella y Alfonso empujando la silla de ruedas.&lt;br /&gt;Y ahora Juan Carlos había muerto, así, de golpe, “ fue un paro cardiorrespiratorio” , le dijeron aquella tarde del 20 de octubre cuando llegó puntualmente a las tres. Acababa de morir. Ni siquiera había tenido la delicadeza de esperarla.&lt;br /&gt;La hija que estaba en Rawson vino, pero el hijo, que trabajaba en México, no pudo. Lo enterraron en Luján donde tenían la bóveda familiar.&lt;br /&gt;Cuando todo pasó y las visitas de pésame se fueron espaciando, Amalia volvió al sanatorio. La cama de Juan Carlos estaba ocupada por un señor muy flaquito y consumido y Alfonso había salido a hacer un trámite. El cuarto le pareció más chico, más feo. Se asomó a la ventana y allá abajo vio los dos canteros con sus arbustos casi raquíticos y el rosal medio mustio. Le dejó una nota de saludo a Alfonso. A los tres días recibió una carta suya. Le pedía que fuera a verlo.&lt;br /&gt;A Amalia le pareció imprudente. En vida de Juan Carlos había sido otra cosa. Le contestó a Alfonso una larga carta donde le explicaba sus escrúpulos y esta vez no tuvo respuesta. La tristeza y el vacío de su vida le ahogaban.&lt;br /&gt;La víspera de Navidad fue un día de calor insoportable. El chaparrón de la mañana acentuó la pesadez del día. Dio vueltas por el departamento mínimo y, de pronto, a las dos y media, sacó un paquetito del placard y se encaminó al sanatorio.  El ascensor chico no funcionaba y el grande se reservaba sólo para las camillas. Llegó jadeando hasta el segundo piso. Antes de golpear la puerta, se tomó un respiro. Alfonso estaba sentado al lado de la ventana, leyendo. No le sorprendió demasiado la visita, más al señor flaquito se lo habían llevado los hijos para la comida de Nochebuena, la tranquilizó Alfonso.&lt;br /&gt;Amalia le tendió el paquetito: “una colonia, un pequeño recuerdo de navidad”. El cuarto estaba fresco. Ella sacó del bolso su tejido y casi sin darse cuenta empezó a tejer y a hablar; el calor, la humedad, el precio de la canasta familiar… a las cinco pidió una taza de agua caliente, se hizo el té, compartieron las galletitas que Alfonso sacó de una lata. A las siete, guardó el tejido y se levantó para irse. Le tendió la mano y mientras se la estrechaba, Amalia preguntó: ¿usted sale mañana?, “no, para nada, estoy algo acatarrado”, fue la respuesta. Entonces con toda la naturalidad se despidió: “ Hasta mañana, Alfonso. Acabo de empezarle un pulóver. Cuídese. Mejor cierre la ventana de noche”. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;strong&gt;Del libro: ¨Crónicas del olvido¨.&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size: x-small;"&gt;&lt;strong&gt;María Esther Vázquez nació en Buenos Aires en 1937&lt;/strong&gt;. Es autora de los libros de cuentos "Los nombres de la muerte" y "Desde la niebla", entre otros; de los ensayos "Introducción a la literatura inglesa" y "Literaturas germánicas medievales" -escritos en colaboración con Jorge Luis Borges-; y las biografías "Victoria Ocampo" y "Borges. Esplendor y derrota". Como columnista del diario La Nación, publicó más de mil quinientos artículos. Recibió el Premio Konex (1987 y 2004), el Premio Comillas de la Editorial Tusquets en España (1995) y el Premio de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (1997). &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-2626205969726957320?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/2626205969726957320/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=2626205969726957320&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2626205969726957320'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2626205969726957320'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/maria-esther-vazquez-buenos-aires-1937.html' title='María Esther Vázquez (Buenos Aires, 1937)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-92-9q-NtjlE/TrxrK2uw-JI/AAAAAAAAKTM/W45wuIDs-Kk/s72-c/wgetkin.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-4317938211762844787</id><published>2011-11-02T18:03:00.002-03:00</published><updated>2011-11-10T20:39:45.845-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='colombia'/><title type='text'>Pilar Villegas (Colombia)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-p5tzWeM53qY/TrxgmUQxxBI/AAAAAAAAKS4/FOQ1jfrBxwc/s1600/ycvvvyyu.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://4.bp.blogspot.com/-p5tzWeM53qY/TrxgmUQxxBI/AAAAAAAAKS4/FOQ1jfrBxwc/s1600/ycvvvyyu.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;h1 style="text-align: left;"&gt;La costura no iba conmigo&lt;/h1&gt;&lt;h1 style="text-align: left;"&gt;&amp;nbsp;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: small; font-weight: normal;"&gt;Si hubiera aprendido a coser cuando mi abuela quiso enseñarme, hoy no estaría tan encartada tratando de unir estas partes, que no hace mucho tiempo, fueron mi cuerpo. El tren iba tan rápido que el maquinista no se percató de mi caída, solo el escándalo y los gritos desgarradores de los pasajeros, lo alertaron algunos metros adelante. Pero ya no había nada que hacer, yo era un reguero de cuerpo, un rompecabezas incompleto. Y esto de incompleto lo digo con total conocimiento: nadie me conocía mejor que yo y sé que ahora, que me metieron en esta bolsa y dejaron de buscarme más pedazos, me faltaron, me faltan piezas.&lt;/span&gt;&lt;/h1&gt;&lt;div align="justify"&gt;No es nada grato que otras personas te vean completamente desnuda y descubran todos tus defectos y, peor aún, que sea por ellos que te identifiquen: mi mamá tenía un lunar en la ingle o, mi esposa tenía una cicatriz en el seno, que tal que todos se enteraran que me faltan algunas muelas? Por eso, este afán de unirme, pero es en vano, no estoy completa.&lt;br /&gt;La costura no me gustaba, escasamente aprendí a pegar botones y a cogerle los ruedos a los pantalones. Y eso, porque mi abuela me los hacía repetir hasta que quedaran casi perfectos. Y mientras repetía y repetía, yo sólo pensaba en lo tonta que sería una modelo pegando botones, porque yo quería ser modelo o actriz y no podía dañarme los dedos.&lt;br /&gt;Mi abuela tenía la paciencia suficiente para repetirme cuantas veces fuera posible, las cosas que las niñas debían aprender para ser unas mujeres íntegras, dignas de un hombre y entre esas cosas estaba, por supuesto, saber confeccionar vestidos, tendidos de camas, cortinas, remiendos y otra lista interminable de objetos.&lt;br /&gt;Pero como no fui lo bastante bonita para ser modelo o dedicarme a la actuación, me casé con Javier y tuve dos niños, a los que a regañadientes debía hacerles los tan odiados remiendos que siempre me quedaban espantosos.&lt;br /&gt;Cuando uno de los muchachos se casó y nació mi primera nieta, quise regalarle una muñeca hecha por mí, pero ya no estaba mi abuela para enseñarme cómo hacerla. Así que recurriendo a mi poco ingenio en esos menesteres, me atreví a confeccionarla. Mi nieta la conserva, pero sólo por el cariño que me tiene.&lt;br /&gt;Para la costura se necesitan dos cosas: la paciencia de mi abuela y la práctica que dan los años. Si uno quiere confeccionar un vestido, o una blusa debe seguir unos pasos elementales: primero, se marca la tela, se cortan las piezas y se van uniendo de una en una, hasta terminar.&lt;br /&gt;Luego, se ensarta la aguja lo que se convertía en toda una odisea, intento tras intento y cada vez el hueco se volvía más pequeño hasta volverse casi invisible. Y por eso, cuando lograba ensartarla, dejaba una hebra tan larga que luego el problema era desenredarla.&lt;br /&gt;Hace pocos días, había tomado la firme resolución de aprender a coser. Me matriculé en un curso para principiantes y sólo me faltaba una semana para empezar.&lt;br /&gt;Por eso, ahora me parezco bastante a aquella muñeca que le hice a mi nieta y, además, estoy llena de cicatrices en los dedos.&lt;/div&gt;&lt;h4 align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;&lt;br /&gt;&lt;/i&gt;Escritora colmbiana.Cursa el diplomado en Creación literaria en la Academia Yurupari. Alterna la escritura con un taller de encuadernación.&lt;/h4&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-4317938211762844787?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/4317938211762844787/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=4317938211762844787&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/4317938211762844787'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/4317938211762844787'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/pilar-villegas-colombia.html' title='Pilar Villegas (Colombia)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-p5tzWeM53qY/TrxgmUQxxBI/AAAAAAAAKS4/FOQ1jfrBxwc/s72-c/ycvvvyyu.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-7303648043659910368</id><published>2011-11-02T16:18:00.000-03:00</published><updated>2011-11-10T20:36:03.060-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuba'/><title type='text'>Ena Lucía Portela (La Habana, 1972).</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;EL VIEJO, EL ASESINO Y YO&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;Espero que no tenga usted nada que decir&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;en contra de la maldad, mi querido ingeniero.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;En mi opinión, es el arma más resplandeciente de la razón&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;contra las potencias de las tinieblas y de la fealdad&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: xx-small;"&gt;T.MANN, LA MONTAÑA MÁGICA&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es la noche y el viejo balconea. El aire golpea suavemente su rostro, que alguna vez fue hermoso. Todavía lo es, aunque las huellas del tiempo en su piel no sean las que suele dejar una existencia feliz. Está solo. Tanto, que al asomarse a la calle parece el hombre más solo del mundo.&lt;br /&gt;Me deslizo hasta él sin hacer ruido. Me deslizo como una serpiente. Se percata. Me mira con el rabillo del ojo, procurando tal vez que no me aproxime demasiado, que no penetre en su aura. Lo mejor que se puede hacer con una serpiente es mantenerla a distancia, lo comprendo.&lt;br /&gt;Aunque quizás no le importe. Suele afirmar que a su edad casi nada importa, conocer o desconocer, tomar champán o visitar a los amigos, nada. Le da muchas vueltas a eso de la edad, por momentos parece obsesionado, se burla de sí mismo. Que La Habana no es la de antes, los carros, los bares, los olores, la forma de vestir —el amor en La Habana tampoco es el de antes—, que ya no quiere hacer otra cosa demasiado distinta a mecerse en un sillón. Que los verdaderos amigos están muertos.&lt;br /&gt;Nadie como él para instalarse en el pasado: justo donde no puedo alcanzarlo, donde él puede reinar y yo no existo. Cierro los ojos y extiendo las manos en busca del pasado, no puedo. Tu generación, mi generación, dice. Creo que se burla de sí mismo a manera de ejercicio retórico o quizás para evitar que alguien se le adelante. Un ceremonial apotropaico, un conjuro. Dice lo que imagina que otros podrían decir acerca de él, exagera y no queda más remedio que citarlo.&lt;br /&gt;Me acerco más. El balcón es chico, la manga de su camisa me roza el hombro desnudo. Es más alto que yo, es un hombre alto que, aun sin llevarlo, parece haber nacido con un traje. Siempre me han gustado los hombres de traje: estadistas, financieros, escritores famosos. Patriarcas, próceres, fundadores de algo. Cuando se reúnen varios de ellos me parece asistir a un lugar de decisiones importantes, a una especie de asamblea constituyente.&lt;br /&gt;El aire mueve diminutos fragmentos entre él y yo. Su espacio huele a lavanda, a lejanía, a país extranjero donde cada año cae nieve y los árboles se deshojan; huele a oscuridad cerrada y de elevado puntal, a mil novecientos cincuenta y tantos. Mediados de un siglo que no es el mío. Porque su época, según él, es la anterior a la caída del muro de Berlín; la mía es la siguiente. Todo cuanto escriba yo antes del XXI será una obra de juventud. Después, ya se verá. Creo que es una manera elegante de decir que estamos separados por un muro.&lt;br /&gt;—¿En tu casa hay balcón?&lt;br /&gt;No, pero sí una terraza con muchísimos cactos, cada uno en su maceta de barro o porcelana con dibujitos. Para el caso es lo mismo. No adoro los cactos, pero se dan fáciles. Proliferan entre el abandono y la tierra seca, arenosa, en mi versión reducida del desierto de Oklahoma. Algunos tienen flores, otros parecen cubiertos por una fina pelusa, pero hincan igual. Son las plantas más persistentes que conozco: aprendo de ellos.&lt;br /&gt;—No, pero sí una terraza —si me pongo a hablarle de mis cactos, capaz que se vaya y me deje con la palabra en la boca.&lt;br /&gt;Nunca lo ha hecho, Dios lo libre. Pero sé que puede hacerlo. Mejor dicho, que le gustaría poder hacerlo. No es grosero (fue educado en un colegio religioso y todavía se le nota, además, es cobarde), pero admira la grosería, la brutalidad deliberada como una forma de independencia de no sé cuántas ataduras, convenciones o algo así. Y no me imagino a mí misma sujetándolo por la manga de la camisa. Al menos por el momento...&lt;br /&gt;Así son las cosas. Temo aburrirlo. De hecho, tengo la impresión de que lo aburro. ¿Qué podría contarle yo, que apenas he salido del cascarón? "Una joven promesa de la literatura cubana", es ridículo. ¡Él ha visto tanto! ¡Me lleva tantos años! ¡Lo repite tan a menudo! Un caballero medieval bien enfundado en su armadura, en su antigüedad. Temo al malentendido. Temo que escape justo en el momento de haber alcanzado su definición mejor... temo. Cada vez que lo veo me lleno de temores (y temblores) y aun así no puedo dejar de acercarme a él. No me lo explico. Es absurdo, soy absurda. Revoloteo alrededor del viejo como una mariposilla veleidosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como de costumbre, hay mucha gente en la casa. Ruedan de un lado a otro, comentan, murmuran, toman ron. Parece una escena bajo el mar, dentro de una pecera, en cámara lenta. Moluscos.&lt;br /&gt;Otras tardes y otras noches resultan más animadas que ésta: discuten de literatura, hablan de la gente que no está en la casa, se interrumpen unos a otros, se apasionan. El viejo ironiza, grita, se queda ronco, le dan palpitaciones y luego es el insomnio, el techo blanco. Se promete a sí mismo no volver a acalorarse y reincide. (Uno no escribe con teorías —me ha dicho hoy y no estoy de acuerdo, pienso que nada es desechable, que uno escribe con cualquier cosa, pero en fin.) No he estado presente en esos barullos que horripilan a los editores extranjeros. (No se pelean, es su forma de conversar, son cubanos —le ha dicho un mexicano a otro.) Alguien me los describe. Siempre hay alguien para contarme punto por punto lo que ocurre. Menos mal, pienso.&lt;br /&gt;Porque delante de mí sólo dicen banalidades, sin alzar la voz apenas, como articulando muy a propósito unos diálogos más insípidos que los del Nouveau Roman o el cine de Antonioni. La asepsia verbal, la sentencia descolorida, la incomunicación. El gran aburrimiento. El viejo se pone elegíaco y cuenta de sus viajes lo mismo que podría contar un turista cualquiera. Le ha dado la vuelta al mundo más de una vez, para cerciorarse, al parecer, de que todo lo que hay por ahí es muy tedioso. Habla de los epitafios que ha visto y planea el suyo. Confunde los detalles adrede. (Eso de que Esquilo participó en la batalla de Queronea no se lo cree ni él.) Cualquier originalidad, incluso la que resulte de una vasta erudición, podría resultar comprometedora a largo plazo y quizás antes. No se oyen nombres propios, ni siquiera los nombres de los muertos (sólo Esquilo, Byron, Lawrence de Arabia y gente así), ninguno suelta prenda. Se repliegan. Cierran filas. Actúan como conspiradores. En ocasiones, por provocar, hablo mal de alguien, de algún conocido en el mundo de los vivos, y entonces todos se apresuran a defenderlo. "Es una impresión errónea", me dicen. O se callan todavía más. No hay manera. Como en un retrato de grupo, todos quieren quedar bien.&lt;br /&gt;Sucede que tengo mala reputación. Yo, la peor de todas, en principio asumo el comportamiento de un analista o un padre confesor. Me aprovecho de las crisis existenciales, de las depresiones, de los arrebatos de cólera. De todo lo que generalmente las personas no pueden controlar, al menos en nuestro clima tan fogoso. Ofrezco confianza, complicidad, discreción, nunca advierto a mi interlocutor que cualquier palabra que pronuncie puede ser utilizada en su contra; regalo alguna de mis propias intimidades, la cual se trivializa en mi boca y al instante deja de serlo. De ese modo, dicho sea de paso, he llegado a tener muy pocas intimidades (lo que no quiero que se sepa no se lo digo a nadie y hasta procuro olvidarlo), mi techo no es de vidrio.&lt;br /&gt;Insisto: A ver, cuéntame de tu infancia, ¿tu padre era tiránico, opresivo? ¿Te pegaba? ¿Era cruel, verdad? ¿Cómo lo hacía? Vamos, cuéntame todos tus pecados, ¿a quién quisieras matar? ¿A quién matas cada noche antes de dormir? ¿Y en sueños? ¿Cómo lo haces? Y las personas hablan, claro que sí. Les encanta hablar de sí mismas. Se desahogan, descargan, delegan sus culpas en mí. Entonces los absuelvo, les digo que no son malos, los reconcilio consigo mismos, los ayudo a recuperar la paz.&lt;br /&gt;Como es de suponer, en realidad no adelantan nada. Qué van a adelantar. Simplemente se vuelven adictos a mí, a mi inefable tolerancia. Conmigo, qué suerte, se puede hablar de cualquier cosa. Sé escuchar. No interrumpo, no condeno. La atención es una droga. Olvidan que en verdad no soy analista ni padre confesor. Peligrosa amnesia que procuro cultivar. Ellos se proyectan en mí, discurren cada vez con mayor soltura hasta que sale a relucir algún material significativo. Mientras más profundo es el sitio de donde proviene, más notable, más escalofriante es la revelación.&lt;br /&gt;He ahí el momento: con ese material significativo —y algunos otros elementos tan secretos como el contenido preciso de una nganga— escribo mis libros. Cuentos, relatos, novelas, siempre ficción. (Tal vez me gustaría escribir teatro, pero no sé por qué desconfío de los autores que incursionan a la vez en géneros distintos y hasta opuestos. Me he habituado a narrar.) Trabajo mucho, reviso y reviso cada frase, cada palabra. Reinvento, juego, asumo otras voces, muevo las sombras de un lado a otro como en un teatro de siluetas donde veinte manos delante de una vela pueden figurar un gallo, desdibujo algunos contornos, cambio nombres y fechas, pero, desde luego, los modelos siempre reconocen, en mis personajes y sus peripecias, sus propias imágenes. Que son sagradas, claro está. Qué falta de respeto.&lt;br /&gt;Su ingenuidad resulta curiosa. No se percatan de que, al darse por enterados y poner el grito en el cielo, aportan a mis libros la imprescindible credibilidad que algunos lectores exigen y, de paso, me hacen tremenda propaganda —no hay nada como los trapos sucios para llamar la atención—. Gratis. Tampoco entienden que dentro de cien años nadie que me lea, si aún me leen (ojalá), los va a reconocer. Y si los reconocen, será porque de un modo u otro han accedido por lo menos a un trocito de gloria. No digo que debieran estar agradecidos; no digo que los rostros de los Médicis son aquellos que les inventó Miguel Ángel y no otros, porque la verdad es que suena demasiado soberbio, justo el tipo de cosa que se me ocurre no debo decirle a nadie.&lt;br /&gt;Los lectores ajenos a los círculos literarios —son esos los que más me gustan— se asombran de mi desbordante y pervertida imaginación: ¿Cómo es posible crear tantos y tales monstruos? ¿De dónde salen? Si supieran... Creo que algunos ya andan investigando por ahí.&lt;br /&gt;Los escandalitos van y vienen; me acusan a la vez de oficialista y de disidente de un montón de causas; como tienden a hacer de todo una cuestión política, según las filias y las fobias de cada uno, me ponen lo mismo en la extrema izquierda que en la extrema derecha. Lo que sea, ¿acaso el dominico Fra Angélico no pintó a los franciscanos en el infierno? Bien pudo ser al revés. Me atribuyen unas ideas sobre el ser humano y eso, que ni siquiera comprendo muy bien, pues no acostumbro a pensar en términos de semejante envergadura —más que la especie, me interesan los individuos y, sobre todo, los individuos que me rodean—. Me acusan de falta de creatividad, de resentida y envidiosa; intentan bloquear mis relaciones de negocios —de vez en cuando lo logran: un simple comentario delante de eso que llamo "el lector poderoso" puede resultar demoledor—; recibo amenazas por teléfono, a mi oficina en la editorial llegan constantemente anónimos plagados de injurias firmados por "La Espátula" y "La Mano Que Coge"; me echan brujerías de todo tipo, en fin, lo de siempre.&lt;br /&gt;A pesar de que en las "entrevistas" nunca uso grabadora (mi memoria para estos asuntos es excelente, puedo recordar durante años un dato al parecer insignificante), ninguno de mis modelos ha intentado hasta el momento desmentirme por escrito. No importaría si lo hicieran: mis versiones son más dignas de crédito en virtud del aforismo maquiavélico que dice "piensa mal y acertarás". Lo esencial es que nadie se atreve a demandarme, porque las zonas más truculentas de esas historias, las zonas más envenenadas y denigrantes, no las escribo, no les doy curso. Me las reservo como garantía, como la última bala en el tambor. Eso se llama chantaje y es eficaz.&lt;br /&gt;Sé que un día me van a asesinar y a veces me pregunto quién, cuál el último rostro que me será dado ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero esta noche es especial. No persigo los crímenes recónditos ni los alucinantes fraudes o las traiciones o los pequeños actos mezquinos que pueblan la historia universal de la infamia. No provoco. Descanso. La inquietante proximidad del viejo de alguna manera me hace feliz. Siento la mirada fija de su amante clavada en mi espalda y eso me complace más. Me impide soñar que las cosas son diferentes. Ese muchacho no podrá concentrarse hoy en el vaso de ron ni en la conversación deshilachada que sostienen los demás ahí dentro. No podrá.&lt;br /&gt;—Después de la segunda botella te pones insoportable —ha sentenciado el viejo.&lt;br /&gt;Desde el balcón se divisa una callejuela tranquila. Estrecha, sucia hasta en la oscuridad, con el pavimento roto y charcos y fanguizales por todas partes. Como si se hubiese decretado un toque de queda, hoy ni los vecinos quieren alborotar. Del fondo de la casa llegan los boleros de siempre y un ligero ruido ambiental de cristales que chocan, fósforos que se encienden y crepitan, susurros similares al del océano que habita en los caracoles, risitas fúnebres. El gato se frota contra el viejo, se enreda a sus pies en un ovillo peludo. El viejo baja la vista, advierte que es sólo un gato y lo deja hacer.&lt;br /&gt;El fresco nocturno me rescata un poco de los furores de nuestro septiembre ardiente, mientras el ron, incitante y áspero, me acaricia por dentro. Pienso en Amelia. Los viernes, de cinco a siete, en la habitación de los altos de su taller. Divina. Ella no habla casi porque hablar —afirma— le provoca dolor de cabeza y porque de todos modos —sonríe lánguida— no tiene mucho que decir. Al menos no con palabras. Pienso que la amo.&lt;br /&gt;Por allá dentro flota una voz apagada, casi anónima entre las otras voces: Recuerdas tú, aquella tarde gris /en el balcón aquel, donde te conocí... Puede ser el bolero que ya pasó o el que está por venir. El mismo que oigo, a retazos, durante toda la noche.&lt;br /&gt;El muchacho, lo presiento, trata de llamar la atención como si tuviera que recobrar algo, como si hubiese algo por recobrar. Sube el volumen. Está loco, febrilmente loco por el viejo y eso se entiende. Aunque podría hacerlo, no se acerca a nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Él dice que tú le coqueteas —me ha advertido con el entrecejo fruncido como si dudara entre la risa y el enojo. Ten cuidado.&lt;br /&gt;—¿Y qué piensa? —he preguntado supongo que ansiosa—. ¿Le gusta? ¿Le gusto?&lt;br /&gt;—No sé —de pronto ha gritado—. ¡No sé!&lt;br /&gt;—¿Qué crees tú? —he insistido casi con ternura—. Tú lo conoces mucho mejor que yo. Bueno, en realidad yo no lo conozco nada. ¿Qué crees tú?&lt;br /&gt;—Yo no creo nada —su voz ha sonado tensa, cargada de lúgubres premoniciones—. Tú te volviste loca. Loca de remate. Vas a sufrir...&lt;br /&gt;—¿Igual que tú?&lt;br /&gt;Ha vuelto a mirarme fijo y sus ojos grises parecen dos punzones de acero. Susurra:&lt;br /&gt;—Yo te mato, ¿entiendes? Yo te mato.&lt;br /&gt;He acariciado su mejilla hirsuta resbalando desde la sien hasta el mentón (tiene un hoyito, como Kirk Douglas) y allí mis dedos se han detenido en una imitación casi natural de las figuras de cierta cerámica griega muy antigua. En la vasija original, tan auténtica como la página de un libro, aparecían dos muchachas. Fondo rojizo, siluetas negras. Una acariciaba la mejilla de la otra de esa misma manera y el pie de grabado aseguraba que se trataba de un gesto típicamente homosexual. Mira, mira… &lt;br /&gt;He tocado su frente y no ha hecho nada por impedirlo. Ni siquiera se ha movido. Arde en fiebre.&lt;br /&gt;—Eres una puta.&lt;br /&gt;Es interesante que me considere un rival, pienso, aunque sólo sea por instantes y después se diga que no, que no hay peligro. El mundo pertenece a los hombres y todavía más a ciertos hombres, ya lo dijo Platón. ¿Una mujer? Bah.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pienso en Amelia mientras observo el rostro del viejo, quien todo este tiempo ha estado divagando despacioso y algo frívolo sobre la importancia de los balcones y las terrazas en la vida de la gente. Recuerdas tú, la luna se asomó /para mirar feliz nuestra escena de amor... Ambas imágenes se yuxtaponen, el viejo y Amelia. Se cruzan. Parecen fundidas sin sutura, como las mitades de Bibi Andersson y Liv Ullman en el famoso primer plano de Persona. Quizás el deseo pone en entredicho las identidades, porque el viejo y Amelia se integran en una sola cara y no es el ron ni el aire de la noche.&lt;br /&gt;Como aquella vez que lo vi desde mi oficina. Él estaba de pie en el pasillo, diciéndole malevolencias a alguien, como siempre, tirando piedras. (Afirma que eso de atacar al prójimo no luce bien a su edad; supongo, pues, que no puede resistir la tentación de ejercitar el ingenio a costa de los demás: no debe ser fácil renunciar a un hábito tan añejo. Muchos le temen y eso lo divierte.) En aquel tiempo él aún no tenía noticias de mí. Nada, una muchacha ahí, una muchacha cualquiera. Pero yo, desde mucho antes, llevaba siempre en mi cartera una foto suya recortada de una revista. Una foto de archivo, treinta años atrás, un joven bellísimo frente a una máquina de escribir. Amelia lo encuentra vulgar, de lo más corriente, pero ella no sabe nada de hombres.&lt;br /&gt;Ese día lo detallé desde la sombra, sin moverme de mi asiento, para descubrir al fin la rara discrepancia entre sus rasgos y sus pretensiones. Nariz corta, respingadita, graciosa. Labios llenos, sensuales, voluntariosos. Ojos soñadores, pestañas largas, abundante pelo blanco. ¿Es esa la cara de un viejo cínico que no cree —ni descree— en nada ni en nadie? En el siglo XIX se creía que el rostro era el espejo del alma...&lt;br /&gt;El viejo se aparta del balcón, donde ha permanecido quizás el tiempo necesario —y suficiente— para convencer no sé a quién de la soberana indiferencia que le inspiro. Como si yo fuera el mismísimo fresco de la noche, algo que pasa. A mí, por ejemplo, ni siquiera hay que decirme que después de la segunda botella me pongo insoportable: da lo mismo y, además, lo cierto es que no necesito alcohol para ponerme insoportable en cualquier momento: es mi oficio. El muchacho, en cambio, cuando no bebe es bastante simpático.&lt;br /&gt;La espectacular indiferencia del viejo me convence a ratos (y lo que es peor, me pone triste), sobre todo cuando olvido que no mirar es mirar, que la persona que te ignora puede hacerlo porque sabe justamente dónde estás a cada instante. Supongo que sea así, pues en realidad no guardo memoria de haber ignorado jamás a nadie. ¿Cómo pretender que no existe lo que a todas luces sí existe? ¿Solipsismo? ¿Pensamiento mágico? No sé, pero tampoco ahora puedo dejar de seguir al viejo hasta el sillón donde se deja caer.&lt;br /&gt;La mirada del muchacho —¿sorpresa?, ¿interés?, ¿miedo— tampoco puede dejar de seguirme a mí. Todo lo contrario de la indiferencia, su intensidad es tal que en ella se pierden los matices. Me envuelve, me quema, me atraviesa. Es una mirada que conozco al menos en su incertidumbre: he buscado en ella a mi asesino y no lo he encontrado. Qué bueno. Pero de todas maneras podría ser él, pues los asesinos, ya se sabe, no tienen necesariamente que tener miradas de asesinos. Muchos ni siquiera saben que lo serán, que ya lo son. Al igual que la víctima, se enteran a última hora. Cuando las emociones se precipitan y se escurren entre los dedos.&lt;br /&gt;El viejo se mece en el sillón de lo más contento. La casa es del muchacho, pero los sillones los ha comprado el viejo (he ahí la clase de detalles, domésticos si se quiere, que siempre alguien me cuenta) porque viene de visita casi todas las tardes y le encanta mecerse. "¿Qué otra cosa se puede hacer a mi edad?", es lo que dice. Y sonríe igual que Amelia cuando se describe a sí misma como una tímida cosita que pinta tímidas naturalezas, vivas y muertas.&lt;br /&gt;Me siento en una butaca frente a él. No dejo de observarlo. Por variar, mi insistencia no lo sobresalta. No me mira como se mira a las personas empalagosas y demostrativas. Incluso me asombra no advertir en él la más mínima inquietud. Sonríe otra vez. No sé, en lo absurdo también debería quedar un rincón para la coherencia...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ambos hemos leído recientemente esas páginas chismosas de A Common Life (Simon &amp;amp; Schuster, 1994) donde David Laskin se extiende y se regodea en el amor desolado que durante largo tiempo profesó Carson McCullers, la maliciosa chiquita del cazador solitario, el ojo dorado y el café triste, a Katherine Anne Porter. Una pasión a primera vista que de manera perversa fue derivando hacia un asedio compulsivo, abierto, irresistible, maniático. Tal vez Carson también aprendía de los cactos. Sus torturadas demandas inexorablemente fueron retribuidas con patadas y más patadas, desprecios y desplantes de todo tipo, con un odio que se me antoja inexplicable. Tan inexplicable y profundo como el amor (la diferencia) que lo había suscitado.&lt;br /&gt;—Nada de inexplicable —me dijo el viejo—. McCullers la perseguía, la molestaba y nadie tiene por qué aguantar eso.&lt;br /&gt;Sí, claro, sobre todo si estás en los calores de la menopausia y los hombres no te quieren y las deudas te llegan al cuello y tus libros no tienen el éxito de los de tu perseguidora. Si, encima, te asustan las lesbianas, tú sabrás por qué.&lt;br /&gt;Yo pensaba sentada en el suelo (él, por supuesto, en el sillón) y anoté que al viejo le disgustaba la vehemencia, el homenaje abrumador, la exuberancia intempestiva y desbordada de quien se lanza en pos de sus fantasías sin contar para nada con el protagonista de éstas. Un escritor no quiere ser descrito tan sólo como el objeto del deseo (admiración, ambición) de otro escritor. Un deseo furioso puede llegar a ser anulador (Katherine Anne: la deplorable mujercita que rechazó a Carson), un escritor aspira a existir por sí mismo. Qué cosa.&lt;br /&gt;Desde el suelo me preguntaba si el fuerte atractivo que el viejo ejercía sobre mí podría arrastrarme alguna vez a los extremos de Carson. Aparecérmele en todas partes con cara de sufrimiento, de perro apaleado. Llamarlo todos los días por teléfono —lo he llamado tres o cuatro veces y nunca reconozco su voz en el primer momento, la plenitud de su voz, el registro grave, me recuerda más bien al joven de la foto en mi cartera, siempre me dice "gracias por llamarme"—, llamarlo no para preguntar por un conocido, por una fecha, no para hablar del tiempo, las yagrumas o nuestras inclinaciones aristocratizantes: a ambos nos gustaría poseer un título de nobleza, somos así. No, llamarlo para decirle que no hago más que pensar en él. Que me voy a suicidar y suya será la culpa. Acercar el auricular al tocadiscos: Yo te miré /y en un beso febril /que nos dimos tú y yo /sellamos nuestro amor... Obligarlo a cambiar su número, pesquisar el nuevo número. Volver a llamarlo. Mandarle cartas. Insistir, insistir hasta el vértigo. Perseguirlo hasta su casa, gemir, dar golpes enloquecidos en la puerta como en una habitación de la torre de Yaddo: "Katherine Anne, te quiero, déjame entrar". Permanecer tirada en el quicio toda la noche hasta que él salga y pase por encima de mi cuerpo... No me importaría hacerlo, pensaba. ¿Y a él? ¿Le importaría a él que yo lo hiciera? Quién sabe.&lt;br /&gt;Todavía no he llegado a ese punto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo pronto me dejo llevar, no hago el menor esfuerzo por ahogar el impulso de seguirlo, mirarlo, permanecer junto a él: encantador de serpientes. Sublime encantador que mueve las manos mientras habla —de su árbol preferido: la yagruma, se cubre de metáforas como si dirigiera una orquesta sinfónica. El mismo gesto demorado que le he visto hacer en la televisión, donde lo creí un truco de cámara. (Conozco a la directora del programa, he estado pensando en ir a pedirle, de un modo muy confidencial, que me permita sacar una copia del video. Lo peor que puede suceder es que diga no.)&lt;br /&gt;Mi atención no le molesta. Ahora lo sé. Más bien creo saberlo. ¿Cómo le va a molestar a un encantador la atención de una serpiente?&lt;br /&gt;Soy discreta, no hago locuras. Soy discreta de una manera pública: todos a nuestro alrededor ya van advirtiendo lo que ocurre. No hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de que el viejo, a menudo ríspido, agresivo, negador —cuando se empeña en demoler a alguien, ya lo dije, lo que sale por su boca es vitriolo—, se comporta esta noche como un gentleman. Exquisito, elegante, sereno. Cuando abre y cierra el abanico, su enorme abanico oscuro, una dama de sangre azul, la marquesa de las amistades peligrosas. Y ese personaje, el de los chistes blancos y la sonrisa fácil, el que acomoda mi silla y me cede el paso, el que ha servido los postres con envidiable soltura (en la mesa siempre nos sentamos frente a frente y casi no puedo comer), le va de maravilla. Algo tan evidente no debe ser importante, este viejo es un hipócrita de siete suelas, un jesuita que sabe más que el diablo y se protege de los zarpazos de la bandidita, es lo que leo en las demás caras y me complace.&lt;br /&gt;"No hago locuras" quiere decir que no convierto mi ansiedad en secreto. No podría hacerlo aunque quisiera, pero basta con exhibirla para dar la impresión de ser una persona muy segura de mí misma, una persona sobre quien resbalan las opiniones, los comentarios ajenos. De cierta forma es verdad: mi imagen pública difícilmente podría ser peor de lo que ya es. Hoy sólo me preocupa el reconocimiento, la aprobación del viejo.&lt;br /&gt;El calor es suficiente para desabrochar un primer botón, sacarme el pelo de la cara, cruzar las piernas y la falda sube. Estoy sentada frente al viejo y vuelvo a pensar en Amelia, quien se marcha muy pronto a París con una beca por dos años de la École de Beaux—Arts. Naturalezas vivas, espléndidas, regias naturalezas. La falda es roja, breve sin incomodar. (En momentos así es cuando pienso que yo nunca sabría llevar un título nobiliario como un personaje de Proust le recomienda a otro: igual que lady Hamilton, tengo alma de cabaretera.) La blusa es gris como esos ojos que me vigilan entre fascinados y sombríos. Fascinados no conmigo, sino con el conjunto. El viejo y yo.&lt;br /&gt;Cómo me gusta decirlo: el viejo y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Tú quieres algo con él y conmigo —me ha preguntado el muchacho, conciliador.&lt;br /&gt;—No —le he respondido suavemente—. Sólo con él.&lt;br /&gt;—Eso no va a ocurrir nunca —me ha dicho irritado—. Y si quieres te digo por qué...&lt;br /&gt;—¿Tienes muchas ganas de decirme por qué?&lt;br /&gt;—Yo... este... No, mejor no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viejo y yo conversamos. Es decir, parece que conversamos. Le pregunto algo sobre uno de sus libros. La biografía de un amigo muerto, uno de los verdaderos, un lindo libro donde el viejo se ha mostrado particularmente eficiente a la hora de escamotear detalles. ¿Buen tono? ¿Temor? ¿Censura? Me gustaría interrogarlo en el estilo de un paparazzo o un fiscal, en el estilo de Sócrates, enredarlo con su propia cuerda, hacerlo caer en contradicciones. Me gustaría verlo evadirse, sortear todos los obstáculos y pasar a la ofensiva. Me gustaría contradecirme yo y tocar su pelo blanco, apoyar un pie descalzo en su rodilla, todo a la vez y sé que no es el momento. Nunca será el momento, ¿no es eso lo que me han dicho? En medio de una charla de salón me seduce la imposibilidad.&lt;br /&gt;—Nadie es como era él —afirma el viejo con una tristeza que no le conocía—. Nadie.&lt;br /&gt;Y no es la amistad entre escritores ni la cita de Montaigne. Es el pasado. Su reino.&lt;br /&gt;La madre del muchacho nos trae café en unas tacitas de porcelana azul con sus respectivos platicos también azules. Todo de lo más tierno, como jugando a ser una familia. Me sonríe. Le sonrío. El viejo coge la tacita en un gesto maquinal, ensimismado. Quizás piensa todavía en el muerto, un muerto que le sirve para descalificar al resto de la humanidad conocida y por conocer. Empezando por mí, desde luego, que no soy como era él. Para nada. Es lógico, pero me incomoda.&lt;br /&gt;Pienso en la madre del muchacho, Normita. Una excelente cocinera que tiende a apurarnos cuando el muchacho y yo nos demoramos ochenta años en pelar las papas o escoger el arroz, una excelente señora en sentido general. Es viuda y vive en un pueblo del interior, sola en una casa muy amplia. Ahora está de visita por un par de semanas o algo así —para el muchacho su presencia constituye un alivio, imagino por qué, la llama Normita en lugar de mamá—, pero se irá pronto, pues no soporta vivir lejos de su casa y su tranquilidad en este manicomio que es La Habana.&lt;br /&gt;Hemos descubierto (o construido) entre nosotras una afinidad peculiar. Me cuenta deliciosas anécdotas sobre la infancia de su hijo para horror de él. Se ríe. "Ponme en una de tus novelas", me dice y vuelve a reírse. "Así no vale, Normita", le digo. Es Escorpión, igual que yo, y dice que la gente tiene muchos prejuicios con los escorpiones, que en el fondo somos buenas personas. Si de verdad ella piensa que soy una buena persona, cosa que me resisto a creer, no sé qué prejuicio en esta vida puede quedarle a Normita. Pero siempre es reconfortante tener a alguien que le diga eso a uno. ¡Si lo sabré yo!&lt;br /&gt;Me ha invitado a irme con ella cuando regrese a su casa. O después si lo prefiero. Necesito respirar aire puro, ya que, en su opinión, estoy medio chiflada. Probablemente aceptaré. Quizás me resulte lacerante pasar por la calle de Amelia los viernes de cinco a siete y ver el taller cerrado a cal y canto. No estoy segura, pero es muy posible. Habrá que esperar a ver. Porque han sido años, casi desde que éramos adolescentes; Amelia conoce mi cuerpo como nadie... y de pronto, ¡zas! Sí, yo también me iré. Dentro de poco hago así y cobro los derechos del último libro, pido vacaciones en la editorial (los anónimos que vayan llegando me los pueden guardar, a veces son utilizables), le doy todo el dinero a Normita y me instalo por tiempo indefinido en un pueblo del interior. Mis cactos y mis modelos pueden sobrevivir sin mí. No creo que me necesiten demasiado ni yo a ellos. ¿Podría escribir un libro enteramente de ficción? ¿Acaso puede existir semejante libro? No lo sé. Tal vez sería la mejor solución para todos, no lo sé.&lt;br /&gt;El viejo y yo hemos estado hablando del placer que produce acostarse boca arriba en la cama en el silencio en una tarde apacible y divagar. Deshacer los lazos que nos atan al mundo, dejarnos fluir en la soledad que de algún modo ya hemos aceptado.&lt;br /&gt;El muchacho se acerca a nosotros con el sempiterno vaso de ron en la mano. El viejo desaprueba con los ojos. El muchacho lo enfrenta retador. Pienso que el muchacho podría hacer algo desesperado en cualquier momento. Algo tan desesperado como el silencio que se empeña en mantener o la ferocidad de sus réplicas aisladas y no muy pertinentes...&lt;br /&gt;Divagar. Las imágenes se suceden unas a otras, se interponen, se entrelazan. Imágenes visuales, auditivas, aromáticas. Procedentes lo mismo de los libros, el cine o la música, que de ese eidos con límites borrosos (esfumados como el background de Monna Lisa) que por convención suele llamarse "la vida real". Una vida, a veces no tan cierta, que no sólo incluye los viajes, el momento indescriptible en que se descubre desde el avión cómo se alza vertiginosa Manhattan entre un mar de neblina, o el ronroneo sobrecogedor del primer vuelo sobre el Atlántico o las blancas cimas de los Andes. Una vida que también abarca, como miss Liberty o el Cristo de Río, la cotidianidad en apariencia más intrascendente, con sus afectos y desprecios, con sus pasiones anónimas de pronto tan, pero tan, inmersas en lo ficticio, en la fábula.&lt;br /&gt;Porque mi mundo interior es impuro e inmediato, casi palpable, quienes me odian dicen que no lo tengo, pienso.&lt;br /&gt;Pero no menciono eso último por no perturbar al viejo, quien comprende y acepta y hasta participa de mi misma noción de divagar. Después de todo, quienes me odian son sus amigos. Con ellos comparte complicidades, credos estéticos, historias vividas; con ellos tiene compromisos. Esos mismos que le impidieron hacer la presentación de mi primera novela, donde me río un poquito de ellos (más de lo que sus egos hipersensibles pueden soportar, qué horrendo delito, ja), les saco la lengua y les guiño el ojo. Sé que ellos no significan para el viejo ni remotamente lo que significó el muerto. Porque nadie es como era él, nadie. ¿No es así como decía? Sé que el viejo está solo, que no lo olvida y siente miedo. Que los compromisos son los compromisos. Por esa razón, y no por aquella otra que con aire freudiano insinuaba el muchacho, entre el viejo y yo no puede suceder nada. He llegado demasiado tarde. Hay un muro.&lt;br /&gt;No quiero introducir asuntos espinosos ahora que nuestra divagación sobre la divagación, más allá de rencillas y despropósitos, fluye tan armoniosa.&lt;br /&gt;—Ustedes, ya que son tan cínicos, tan lengüinos, deberían discutir... ¿Por qué no se enfrentan? —sugiere el muchacho y el viejo se hace el sordo.&lt;br /&gt;—Estamos discutiendo, lo que pasa es que tú no te das cuenta —comento y el viejo sonríe.&lt;br /&gt;¡Ay viejo! Querría decirte que a mí también me gusta tu muerto (quizás menos que a ti: prefiero el teatro de O'Neill, su largo viaje del día hacia la noche es único, es genial, es incomparable desde cualquier punto de vista y tu muerto debió saberlo, no debió rechazar aquel desmesurado elogio desde la soberbia, lo siento, viejo, cada cual se inclina sólo ante sus propios altares), querría decirte que me gusta sobre todo la relación que hubo, que hay, entre ustedes, un viejo y un muerto, que me fascina tal y como la describes en tu libro, que los envidio a los dos porque yo nunca tuve amigos así...&lt;br /&gt;Voy a hablar y el muchacho me interrumpe en el primer aliento para decir que la divagación no es lo que creemos nosotros, sino un concepto muy diferente, relacionado con el sexo o algo por el estilo. No lo entiendo bien. Habla como si no pudiera evitarlo, como si las palabras salieran por su boca en un chorro a presión. Es un hombre desmesurado, violento, pienso no sé por qué. El viejo hace un gesto de impaciencia:&lt;br /&gt;—Sigue tú con tus divagaciones y déjanos a nosotros con las nuestras —dice en voz baja.&lt;br /&gt;¿Las nuestras? ¿Las nuestras ha dicho? ¿Existe entonces algo que el viejo y yo podemos designar como "nuestro", aunque no sea más que la imposible suma de dos soledades? Tal vez lo ha dicho para mortificar a su amante. Alguien tan entrometido probablemente se merece que lo aparten de vez en cuando, al menos un par de milímetros. Ellos, pienso, deben estar acostumbrados el uno al otro (como Amelia y yo) con sus necesarios, vitales, imprescindibles conflictos; eso se les ve. El viejo me utiliza. Pero no me importa: que haga lo que quiera, lo que pueda.&lt;br /&gt;Porque me han contado que en una tarde bien tranquila, de esas que invitan a la siesta y a la divagación, el viejo se apareció en esta misma casa, todo agitado, con un ejemplar de mi primera novela en la mano. Se la tendió al muchacho y le dijo busca la página tal y lee, lee en voz alta. Y el muchacho le dijo ¿no quieres té?, ¿por qué no te sientas? Y el viejo le dijo lee, vamos, lee, como quien dice pellízcame a ver si no estoy soñando. Y el muchacho leyó. Unas diez páginas, en voz alta.&lt;br /&gt;Me han contado que el viejo, iracundo y alegre, caminaba de un lado a otro, se alteraba, se reía, se ahogaba, volvía a reírse, a carcajadas, se tocaba el pecho, pedía agua. Un desorden de emociones, el nacimiento de una nueva ambivalencia. ¿Tú has visto qué mujer más mala? No, no es buena. Lo peor es que todo esto (el muchacho señalaba el libro abierto como un pájaro con las alas desplegadas, como el diablo de Akutagawa) es verdad. Malintencionado sí, pero falso no es... ¡Un poco más y pone hasta los nombres de la gente con segundo apellido y todo! No, lo peor no es eso (el viejo hablaba despacio, saboreando las palabras). ¿Qué es lo peor? Lo peor es que ese librejo infame está bien escrito. Mira tú qué clase de oxímoron. Lo peor es que me gusta y que esta mujer perversa hasta me cae simpática... (Me seduce imaginar al viejo, con su voz tan envolvente, susurrándome al oído muchas veces la frase "mujer perversa, mujer perversa, mujer perversa". Yo me erizo.) Sí, a mí también, pero te juro que no quisiera verme en el lugar de esta gente. ¿Cómo se habrá enterado ella de cosas tan íntimas, eh?&lt;br /&gt;Ignoro si la escena transcurrió exactamente de ese modo. Lo anterior es un esbozo tentativo, más o menos tragicómico. Pero en esencia fue así y así la concibo tomando en cuenta los hechos posteriores: a partir de entonces mis relaciones con el viejo, que antes apenas existían, se convirtieron en una diplomática sucesión de espacios vacíos, en una fila versallesca de puertas cerradas o entreabiertas, con celosías y el año pasado en Marienbad.&lt;br /&gt;Ahora, cuando dice "nuestras" y me envuelve en ese plural excluyente, de alguna manera me acerca. No sé. No es fácil interpretar al viejo —mi próximo libro, el que escribiré en casa de Normita, podría llamarse El viejo. An Introduction, como los manuales anglosajones, y se lo enseño cuando aún esté en planas y podamos negociar con los detalles, no vaya a ser que al pobrecito le dé un infarto ante tal muestra de amor—, sólo siento que me acerca. Mejor aún, que ya estoy cerca aunque él no lo diga. ¿Qué puede importarme si de paso me utiliza para fastidiar un poco al muchacho?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Permanecemos los tres en silencio. Normita y los otros conversan, toman café y fuman como si no estuviera ocurriendo nada. Quizás no está ocurriendo nada y sólo existe una persona, yo, colocada ahí para discurrir, suponer, para inventar historias sobre la gente y cada día buscarse un enemigo más. Una enredadora profesional.&lt;br /&gt;Miro al viejo, él me mira. Le sonrío, me sonríe. Cualquiera diría que somos un par de idiotas. Como si hubiese escuchado mis pensamientos, él se levanta y, en el tono más natural que ha podido encontrar, dice que se va. En mi cara algo debe haber de súplica (esa expresión no la necesito para mi trabajo, pero también la he ensayado frente al espejo, por si acaso se presentaba alguna coyuntura imprevista y aquí está), pues me explica, como a un niño chiquito, que ya es muy tarde, que ha permanecido incluso más tiempo que de costumbre. Que él es una persona mayor (un viejo) y no debe trasnochar, a su edad los excesos son peligrosos.&lt;br /&gt;¡A mí con esas! Pienso que le gusta aparecer y desaparecer, darse poco, a pedacitos, escurrirse entre las bambalinas y el humo de la ambientación, detrás de su enorme abanico oscuro como la diva más seductora. No tiene apuro y yo, que soy joven, tampoco debería tenerlo. Pero la edad no constituye ninguna garantía acerca de quién va a morir primero. Lo inesperado acecha y nos hace mortales de repente, nunca lo olvido. Como la gente abanderada del sesenta y ocho, quiero el mundo y lo quiero ahora...&lt;br /&gt;No sé de qué forma lo miro, porque sus ojos brillan y vuelven a soñar a pesar del cansancio, de nuevo se transforma en el joven de la foto en mi cartera cuando se aproxima, y él (el joven, el viejo, él), que nunca me ha tocado ni con el pétalo de una flor, ni con la púa de un cacto —lo de la púa va y le gusta, quizás hasta sueña, mal bicho, con arañarme la cara—, él, que se inquieta y hace muecas de pájaro incómodo cuando penetro en su aura, se inclina y me besa en la boca. Bueno, más bien en la comisura, pero pudo ser un error de cálculo, un levísimo desencuentro. Me besa como alguien que se despide y quiere dejar un sello. O como alguien que flirtea sin comprometerse, que juega a alimentar una pasión no correspondida. O como alguien que simplemente se siente bien. Como Peter Pan y Wendy, el último de los cuentos de hadas.&lt;br /&gt;Es sabia la idea de perderse ahora, pienso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé si el muchacho ha notado el gesto, es igual. Ellos intercambian algunas palabras que no alcanzo a oír y que tampoco me importan. Me he quedado petrificada, hecha una estatua de sal por asomarme a un pasado que no me pertenece, y sólo atino a levantarme de la butaca cuando el viejo ya se ha ido. Corro, pues, al balcón para verlo salir. Demora un poco en bajar la escalera (que es muy empinada y con escalones de diverso tamaño, la locura) y cuando al fin descubro su cabeza blanca, justo debajo del balcón, ya no sé si llamarlo, si gritar su nombre, si dejar caer sobre él la tacita de porcelana azul que aún conservo en la mano. Tú volverás, me dice el corazón, /porque te espero yo, temblando de ansiedad...&lt;br /&gt;No hago nada. Quizás porque he vuelto a sentir una mirada gris, más agresiva que nunca, clavada en mi espalda. Pero no es necesario: al llegar a la esquina el viejo se vuelve bajo la luz amarillenta de un farol callejero con algo de spot light. Es la estrella, no hay duda. Me saluda con la mano, de nuevo dirige una orquesta sinfónica. Rachmáninov empecinado, dramático. Rapsodia sobre un tema de Paganini. No distingo bien su rostro, se pierde entre la luz y la sombra, sigue siendo el joven de la foto. No sé si se despide o si me llama. Prefiero creer que me llama. Si es así, me esperará. Entro, pongo la tacita sobre la mesa, recojo mi cartera, un chao Normita —besos no, ahora nadie puede tocarme la cara—, chao gente, la puerta y salgo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho sale detrás de mí. Escucho sus pasos, su respiración anhelante. Me alcanza en el primer descanso de la escalera. Me agarra por el brazo.&lt;br /&gt;—Déjalo tranquilo —creo que dice, no lo entiendo bien.&lt;br /&gt;—Quítame las manos de encima —trato de soltarme, él es más fuerte que yo.&lt;br /&gt;—No —aprieta más—. Hoy tú te quedas a dormir aquí.&lt;br /&gt;—Te dije que me quitaras las manos de encima.&lt;br /&gt;Es raro, ninguno de los dos grita. Todo transcurre a media voz, en la penumbra de un bombillo incandescente sobre una escalera de pesadilla. Al parecer no es algo público, se trata de un asunto a resolver entre nosotros.&lt;br /&gt;—¿Pero qué te has creído, puta?&lt;br /&gt;Me sacude. Forcejeo. No consigo deshacerme de él. No sé por qué no grito. Alguien tendría que venir. Vivimos en un mundo civilizado, ¿no? No se puede retener a las personas contra su voluntad. ¿Y si gritara? Arriba están Normita y los demás. Los boleros. En la esquina me espera el viejo. Y me darás... Tengo que sacarme a este loco de arriba, como sea. Pero no grito. ¿Será verdad que vivimos en un mundo civilizado? El viejo está en la esquina... tu amor igual que ayer... Con la mano libre le doy una bofetada. Parpadea, por un segundo el estupor asoma a los ojos grises. Después aparece la cólera y hay un instante donde me arrepiento... y en el balcón aquel... ¿Por qué nos obligamos a esto? Me suelta para propinarme la bofetada más grande, si mal no recuerdo la única, que haya recibido en mi vida. Tanto es así que pierdo el equilibrio. Con la última frase mis dedos resbalan por el pasamanos. Mármol frío. No hay nada bajo mis pies. Él trata de sujetarme y hay un instante donde se arrepiente. Al menos eso me parece, pues grita mi nombre y, en lugar de "puta", oigo un "Dios mío". Su voz resuena, se multiplica, se fragmenta, viene de muy lejos. Golpes, muchos, incontables astillan y quiebran. Por todas partes. En la espalda y algo se congela. En la cabeza y cómo es posible tanto dolor y de repente nada. Se acabó, final del juego. ¿Era tan fácil? A partir del segundo descanso no soy yo quien rueda por la escalera, es sólo mi cuerpo. Dejo de oír. Me siento flotar, algo se hace lento. Hay un abismo, un resplandor. Pienso en Amelia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: yellow;"&gt;(Tomado de LA JIRIBILLA, Cuba.)&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Narradora y editora. En 1997 obtuvo el Premio Cirilo Villaverde con su novela El pájaro: pincel y tinta china, que se publicó por la Editorial Unión en 1999. La Editorial Letras Cubanas le publicó el libro de cuentos Una extraña entre las piedras, 1999. Con El viejo, el asesino y yo obtuvo el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, en 1999.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-7303648043659910368?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/7303648043659910368/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=7303648043659910368&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7303648043659910368'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7303648043659910368'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/11/ena-lucia-portela-la-habana-1972.html' title='Ena Lucía Portela (La Habana, 1972).'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-1865666848352522271</id><published>2011-10-28T15:21:00.001-03:00</published><updated>2011-11-10T21:34:31.327-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='audios'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>SARA GALLARDO:Georgette y el general de Sara Gallardo(audio)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;object height="132" width="353"&gt;&lt;embed src="http://www.goear.com/files/external.swf?file=a89e5a6" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" quality="high" width="353" height="132"&gt;&lt;/embed&gt;&lt;/object&gt;&lt;br /&gt;audio en la voz de &lt;i&gt;Magdalera Ruiz Guiñazú&lt;/i&gt;, en &lt;b&gt;&lt;i&gt;Escritoras argentinas&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;(Ediciones Sonoras, 2002)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;cuento del libro "&lt;b&gt;El país del Humo&lt;/b&gt;"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-ZKcBpXNAkIQ/TqryoIIWZfI/AAAAAAAAKBE/y_RJW3K_JmE/s1600/descarga+%25282%2529" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/-ZKcBpXNAkIQ/TqryoIIWZfI/AAAAAAAAKBE/y_RJW3K_JmE/s1600/descarga+%25282%2529" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://www.federata.com.ar/23_tema_ln.htm"&gt;especial sobre Sara Gallardo&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-1865666848352522271?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/1865666848352522271/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=1865666848352522271&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1865666848352522271'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/1865666848352522271'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/10/georgette-y-el-general-de-sara.html' title='SARA GALLARDO:Georgette y el general de Sara Gallardo(audio)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-ZKcBpXNAkIQ/TqryoIIWZfI/AAAAAAAAKBE/y_RJW3K_JmE/s72-c/descarga+%25282%2529' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-5555975060076866066</id><published>2011-10-22T10:42:00.000-03:00</published><updated>2011-10-22T16:48:21.472-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>María Negroni (Argentina, 1952)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;Islas&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-8rxnxnKSfvs/TqMO7FeQxgI/AAAAAAAAJzs/MS3mj8x_sDY/s1600/276494_226061934074407_488359054_n.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="278" src="http://2.bp.blogspot.com/-8rxnxnKSfvs/TqMO7FeQxgI/AAAAAAAAJzs/MS3mj8x_sDY/s400/276494_226061934074407_488359054_n.jpg" width="180" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;El mundo de Liliput, el País del Nunca Jamás, son islas. También lo son la pista cerrada de la écuyère, los camafeos, los emblemas, los mundos perdidos o utópicos, es decir, los poemas que se hacen con los restos que trae el río incierto del lenguaje: todo aquello, en suma, que elimina el riesgo del contagio de la experiencia, al tiempo que maximiza las posibilidades de la visión trascendental.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Una isla, podría decirse, es lo que queda cuando todo se ha perdido. Un museo personal que trae lo muerto de sí a un diorama viviente. Un resabio de algo olvidado que se organiza a partir de una huella. Las islas son siempre insumisas. En ellas, el vacío –la potencialidad pura– lleva al máximo la coincidencia entre actividad y solipsismo, entre audacia y nostalgia.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Hernán Díaz, en su ensayo “A Tropical Archipelago. Continental Narratives of Isolation in Modern Europe and the Americas”, fue todavía más lejos: propuso que las islas lindan con la muerte por todos lados, como los cuerpos; que el aislamiento, en ellas, es deliberado, que las “narrativas de islas” reproducen un aislamiento dentro de otro (la literatura). Algo virginal, secreto, desorientador pareciera desatarse en esas tierras que, quizá, no están en ningún lado, sino en un tiempo de transición entre la extrañeza y el hogar, el pasado y el futuro, lo que se es y lo que, tal vez, se desearía ser.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;Las islas son también lugares raramente felices. Tristes, pero felices, como toda infancia, o mejor sería decir como toda infancia recobrada. El mundo se vuelve allí superficie en blanco. Por eso, todos los náufragos sucumben a la compulsión lingüística: se desviven por nombrar. En su aislamiento, construyen fábulas de castigo o salvación: lo mismo da, con tal de cancelar la temporalidad y abrir espacios donde otra genealogía –cierta fantasía de autocreación– pueda tener lugar. La apuesta es a que todo suceda por primera vez, sin antecedentes, sin las jerarquías del poder o la historia.&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;La paradoja, sin embargo, persiste. Al encerrarse en el presente –que es, como la isla, una forma radical– el náufrago satura de aura los objetos y se vuelve él mismo una pieza de museo, una figura orgullosa que, afuera del mapa y del tiempo, se yergue solo (pero un solitario, se sabe, es Nadie y Todos).&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Islas", incluido en &lt;i&gt;&lt;b&gt;Pequeño mundo ilustrado&lt;/b&gt;&lt;/i&gt; de María Negroni (&lt;a href="http://www.cajanegraeditora.com.ar/"&gt;Caja Negra Editora,&lt;/a&gt; 2011)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;nota sobre &lt;a href="http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/Maria-Negroni-Pequeno-mundo-ilustrado_0_572942727.html"&gt;Pequeño mundo de María Negroni&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-5555975060076866066?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/5555975060076866066/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=5555975060076866066&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5555975060076866066'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/5555975060076866066'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/10/maria-negroni-argentina-1952.html' title='María Negroni (Argentina, 1952)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-8rxnxnKSfvs/TqMO7FeQxgI/AAAAAAAAJzs/MS3mj8x_sDY/s72-c/276494_226061934074407_488359054_n.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-3406243263136225718</id><published>2011-10-17T01:47:00.000-03:00</published><updated>2011-10-22T16:45:48.207-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='clarice lispector'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='brasil'/><title type='text'>Clarice Lispector (Ucrania-Brasil,1920-1977)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Quien mucho agrada, desagrada&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca he oído este proverbio, creo que acabo de in­&lt;br /&gt;ventarlo. Pero vas a ver cómo este proverbio, inventado o&lt;br /&gt;no, se aplica a las personas que conoces: las que quieren&lt;br /&gt;agradar a cualquier precio. Entonces se vuelven «encanta­&lt;br /&gt;doras». Intentan adivinar los mínimos deseos de los otros.&lt;br /&gt;Intentan elogiar de cualquier forma. Empiezan también&lt;br /&gt;a mostrar que se sacrifican a cada momento. Este tipo en­&lt;br /&gt;cantador pesa en el alma de los demás. En una palabra:&lt;br /&gt;desagrada.&lt;br /&gt;Si se consigue ser uno mismo y estar a gusto, se permite&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-DyCtIMRMgBo/Tpxrx8JyhnI/AAAAAAAAJrE/sbS1EUIF9Fk/s1600/hfr5887560.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="227" src="http://1.bp.blogspot.com/-DyCtIMRMgBo/Tpxrx8JyhnI/AAAAAAAAJrE/sbS1EUIF9Fk/s320/hfr5887560.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;a los otros ser ellos mismos y estar a gusto.&lt;br /&gt;(...)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apariencia: todo tiene remedio&lt;br /&gt;¿Eres «moralmente» tan anticuada que consideras la va­&lt;br /&gt;nidad femenina una frivolidad? Ya deberías saber que las&lt;br /&gt;mujeres quieren sentirse guapas para sentirse amadas. Y&lt;br /&gt;querer sentirse amada no es una frivolidad.&lt;br /&gt;Si piensas que «has nacido» así y que no tiene remedio,&lt;br /&gt;ten la seguridad de que estás desistiendo de algo muy im­&lt;br /&gt;portante: de tu propia capacidad de atraer. ¿Quieres saber&lt;br /&gt;algo? La obesidad tiene remedio. El pelo sin vida tiene&lt;br /&gt;remedio. Una cara sin gracia tiene remedio. Todo tiene re­&lt;br /&gt;medio.&lt;br /&gt;¿La solución? La solución es no ser una mujer desanima­&lt;br /&gt;da y triste. Y la otra solución es tener como objetivo ser «tú&lt;br /&gt;misma», pero más atractiva, y no alcanzar un tipo de belleza&lt;br /&gt;que nunca podría ser el tuyo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-3406243263136225718?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/3406243263136225718/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=3406243263136225718&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3406243263136225718'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/3406243263136225718'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/10/clarice-lispector-ucrania-brasil1920.html' title='Clarice Lispector (Ucrania-Brasil,1920-1977)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-DyCtIMRMgBo/Tpxrx8JyhnI/AAAAAAAAJrE/sbS1EUIF9Fk/s72-c/hfr5887560.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-7868436911895470349</id><published>2011-10-12T17:47:00.001-03:00</published><updated>2011-10-22T16:54:49.314-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Inés Fernández Moreno (Argentina, 1947)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;Madre para armar&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-EivkQgyf5iM/Tpig3qtdYHI/AAAAAAAAJqY/7JHyto2yPV8/s1600/drahfhs.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="396" src="http://1.bp.blogspot.com/-EivkQgyf5iM/Tpig3qtdYHI/AAAAAAAAJqY/7JHyto2yPV8/s400/drahfhs.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Lo primero que perdí fueron los pechos. Debió haber sido de forma muy gradual porque no recuerdo con precisión cuándo sucedió. Sólo se que un día me miré en el espejo y ya no estaban allí. Se habían desvanecido completamente, dejando una leve aureola nacarada como para recordar, de todas maneras, que habían existido.&lt;br /&gt;Pienso que fue Cecilia la que se quedó con ellos, porque desde un principio ése pareció ser su privilegio. Mamó hasta el año y medio, usó chupete hasta los cuatro y pasar de la mamadera a la taza fue un triunfo para el que tuve que recurrir a todos los subterfugios. Ellos casi no se lo disputaron. Sólo noté una chispa de reproche en la mirada de Andrés que fue destetado cuando apenas tenía quince días, y no porque yo quisiera, sino porque el médico me lo indicó.&lt;br /&gt;Los ojos, en cambio, me duraron mucho más. Y eso que ellos los usaron hasta el cansancio. Mirar durante las noches que respiraran bien. Mirar las irritaciones de su piel. Mirar las vueltas de carnero. Mirar cómo se zambullían en el agua. Y después mirar sus deberes, sus éxitos deportivos, sus novias, sus vestidos, siempre mirar, girando la cabeza de un lado al otro a una velocidad cada vez mayor para poder abarcarlos a todos. Los ojos se fueron cubriendo de un velo espeso. Cuando Andrés se los llevó, ya casi no servían. Pero él estaba encaprichado y sin duda necesitaba mi mirada más que ninguno. Incluso durante las noches, entrecerrados de sueño, siguiendo las olas de sus pesadillas.&lt;br /&gt;Los brazos, que de joven fueron frágiles, se fortalecieron con la vigorosa gimnasia de abrazar, alzar, empujar y separar. Pero entraron en un nuevo ciclo de languidez después de la enfermedad de María. Fueron meses agotadores de cargarla de una punta a la otra de la ciudad. Porque ella sólo aceptaba ir a los médicos y a los laboratorios si yo la llevaba en brazos. Había que hacer cualquier cosa por curarla y, por supuesto, se curó. Desde entonces se sintió destinataria incuestionable de aquella parte de mi cuerpo.&lt;br /&gt;Sin embargo, las cosas no se resolvieron con sencillez. Hubo una dura pelea con Pablo. Una vez, cuando yo le tiré sus zapatillas viejas, él tuvo un berrinche terrible y me mordió el brazo derecho. Las marcas de sus dientes no terminaron de borrarse nunca. El lo consideró como un signo de pertenencia. Ese brazo llevaba su marca y el brazo izquierdo no era lo mismo, de ninguna manera. Con él había que ser muy cuidadoso. Siempre se sentía desplazado. De manera que haberle ofrecido el brazo izquierdo le hubiera resultado una burla imperdonable. Por suerte intervino Marta, la más diplomática de mis hijas. Como ella quería las piernas, lo convenció sutilmente de las maravillas de la cintura. El centro del cuerpo. El punto de encuentro de todas las fuerzas. La cercanía del ombligo! Tonto, le decía, de dónde llevan los hombres a las mujeres sino de la cintura. También de los hombros dijo él, iluminándose, y la cuestión quedó saldada.&lt;br /&gt;Las piernas, debo decirlo sin modestia, fueron hermosas. Subir y bajar las escaleras llevándoles el desayuno a la cama y la ropa recién planchada, las mantuvieron tensas y jóvenes durante muchos años. Sólo las rodillas empezaron a resentirse cuando nació Gabriel, el penúltimo de los varones. El mismo terminó de desgastarlas montando todos los días, ida y vuelta, sobre aquel caballito gris que lo llevaba a París, al paso, al trote y al galope, provocándole una risa interminable que lo dejaba tendido a mis pies, feliz y agotado.&lt;br /&gt;En cuanto apareció la primera várice, Marta reclamó las piernas. No le importó que fueran sólo hasta las rodillas, con tal de llevárselas rápido. Ella estudiaba, trabajaba, tenía mil proyectos, de manera que iba todo el día de aquí para allá, siempre apurada, siempre corriendo. Necesitaba unas piernas que la acompañaran, fuertes y ágiles como las mías.&lt;br /&gt;El pelo, junto a las orejas, fueron una especialidad de Paloma. Ya de chica ella no podía dormirse si no era acariciando mi pelo con una mano y, con la otra, tirándome del lóbulo de una oreja. Con el tiempo se fue conformando con el pelo de su muñeca rubia y con su almohadita de plumas. Pero en cambio conservó hasta grande la costumbre de contarme todas sus cosas en secreto, susurrándome al oído mientras enrulaba entre sus dedos un mechón de mi pelo. Cuando se fue de casa se lo llevó todo y me dejó a cambio la muñeca rubia desgreñada que todavía guardo en el estante alto de mi cuarto.&lt;br /&gt;Descubrí que me faltaba la espalda el día que dejó de dolerme. No sé cuál de ellos habrá sido. Recordé que Juan me la pedía para jugar con sus autitos. Tirada en el piso, mi columna era una pista de curvas perfectas para su juego. Gabriel también la usaba. Cada vez que lloraba, me abrazaba desde atrás, apoyaba las mejillas húmedas contra mi espalda y así me seguía, pegado como una estampilla y a los tropezones por toda la casa. Cecilia, cuando quería pedirme algo muy especial, me la rascaba suavemente hasta erizarme la piel. Pero Francisco era el más apasionado. Cuando menos me lo esperaba, venía corriendo por el pasillo a toda velocidad y saltaba sobre mi espalda, después intentaba trepar hasta los hombros, como si escalara una montaña, usando el apoyo de las caderas y de cada una de las costillas.&lt;br /&gt;Extrañaría las mejillas si todavía tuviera manos. Me gustaba apoyarlas en ellas y quedarme pensando, sentada en la cocina, cuando ya todos estaban durmiendo, en ese espacio breve que duraba hasta que alguno pedía un vaso de agua o se despertaba sobresaltado reclamando mi presencia.&lt;br /&gt;Es cierto que las mejillas se habían ido deshilachando, con lágrimas y ‑para ser justa‑ también con besos. Pero la derecha desapareció de golpe el día que Javier se atrevió a pegarme, cuando le prohibí ir a aquel campamento de verano. La izquierda se la arrojé yo misma a la cara, y no por generosidad, sino por despecho. Después ya fue tarde para reclamos. Y así me quedó la cara, una pura línea vertical sostenida por el ceño y por el filo de la nariz.&lt;br /&gt;Las manos se las repartieron dedo por dedo. Como uvas, los fueron desgajando, sin pelearse al principio, pero después a los tirones, porque sólo había diez y la cuenta no podía ser equitativa. Eso sin contar el privilegio del índice ni la ternura del pulgar, que se disputaron a los alaridos.&lt;br /&gt;En cuanto al sexo, que era tal vez la cuestión más espinosa, como fueron chicos inteligentes, comprendieron pronto que lo necesitarían todos, para amarlo y para odiarlo alternativamente. Fue así que aparecía y desaparecía de mi cuerpo con tanta frecuencia que nunca sabía cuándo podía contar con él. Preferí entonces darlo por perdido al constante sobresalto que me producían sus caprichosas desapariciones.&lt;br /&gt;Los pies fueron casi lo último que perdí. Yo se que eran anchos y poco graciosos, hasta un poco desagradables tal vez. Sin embargo, fue una tontería, nadie supo valorar la entereza con que habían sustentado la difícil arquitectura de nuestra familia.&lt;br /&gt;Pedro, el más chiquito, que solía bailar parado sobre ellos, se los llevó por fin con un gesto desdeñoso, sintiendo que se llevaba poco. Yo le recordé el cuento del Gato con Botas. La herencia del más pequeño de los hijos del molinero, que finalmente lo recompensó con la riqueza y la felicidad. Pedro se quedó pensando, después levantó los hombros como si no le importara y se fue a hacer su vida. Más adelante, el tiempo me demostró que no había estado equivocada.&lt;br /&gt;Quedaron por supuesto una multitud de recortes y piezas intermedias   que también se repartieron, peleándolas hasta la última fibra.&lt;br /&gt;Pero me quedó la voz. Nadie se atrevió con ella. Sabían que era inapropiable, una posesión que no podría cederles sin desaparecer.&lt;br /&gt;En estos últimos años, que sólo soy una sombra sostenida por recuerdos, me han empezado a llegar las devoluciones. Un día una mano, otro día la cintura. Ayer, sin ir más lejos, me llegaron desde Europa, donde ahora vive Cecilia, los dos pechos. Estaban magníficamente conservados, fragantes y plenos como los de una joven madre. Fue una emoción que compensó con creces la decepcionante aparición de la espalda. Estaba encogida, reseca, quebradiza, las vértebras roídas miserablemente como si hubieran vivido tres vidas. Pobre Francisco, siempre tuvo esa nefasta virtud de transformar en un trapo viejo cualquier objeto delicado.&lt;br /&gt;Es que en cada pieza que regresa leo sus destinos y veo que cada uno hizo lo que pudo, que la vida teje sola, por más que yo me haya esforzado en darles las mismas oportunidades.&lt;br /&gt;Tengo ahora casi todas mis partes. Están a la espera junto a la muñeca de Paloma y todos los objetos que fueron de ellos. Como estoy muy cansada, dejo de un día para el otro el recuento final. Tengo la sospecha, además, de que algo importante falta. Y no es simplemente el paso del tiempo. Es algo más inmaterial aún y que revolotea en todas las imágenes que conservo de su infancia, su adolescencia y su juventud. Tal vez lo descubra cuando empiece a armar las piezas. Ellos me han pedido que lo haga. Están tan impacientes ahora como cuando se las llevaron. Cualquier día de estos venceré esta inmensa pereza. Sí, cualquier día de estos me decido y les doy ese último gusto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en&lt;b&gt; La vida en la cornisa&lt;/b&gt;,Emecé 1992.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-7868436911895470349?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/7868436911895470349/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=7868436911895470349&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7868436911895470349'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/7868436911895470349'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/10/ines-fernandez-moreno-argentina-1947.html' title='Inés Fernández Moreno (Argentina, 1947)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-EivkQgyf5iM/Tpig3qtdYHI/AAAAAAAAJqY/7JHyto2yPV8/s72-c/drahfhs.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-297372048660153954</id><published>2011-09-29T16:12:00.001-03:00</published><updated>2011-10-29T16:14:31.297-03:00</updated><title type='text'>Fernanda Nicolini (Argentina, 1979)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;Casa de familia&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Martina! ¿Alguien vio a Martina?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si cierro los ojos, el olor a piel de caballo me da arcadas. Pero los gritos de mi tía se diluyen y esos cuerpos encorsetados en vestidos de utilería, que giran y giran como muñecos en una caja de música, desaparecen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Martinaaaaaaa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora se convierten en una bola luminosa y si aprieto más los ojos, se reducen a un punto brillante en el medio de mi frente. Hasta que los abro y veo un cielo de estrellas. Literal. Una nube gris fosforescente está a punto de cubrirlas y yo acostada en el pasto. Me pica la espalda. Una hilera de hormigas arma un recorrido que empieza en mi mano izquierda y llega al cuello. Es el mareo. Es mi brazo adormecido. Un giro, yo también puedo girar con la música.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ahí las veo otra vez, muñequitas, que mueven el culo con un reggeaton que alguna vez le escucharon cantar a la empleada. Hoy le sacaron el uniforme y le dieron la noche libre porque se casa la hija de Helena, Helena con H. Qué linda que está con todo ese follaje de tul blanco, una gran paloma de tarjeta de fin de año. ¿Alguien vio a Martina?, otra vez el grito. Eso: ¿alguien me vio tirada en el jardín? ¿Alguien vio mi zapato mordisqueado por el perro  gigante que le ladró a los autos, uno por uno, como si fueran platos voladores? ¿Alguien me ve haciendo arcadas a punto de vomitar el lomo al champignon? Ya no es olor a piel de caballo lo que siento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Acá hay agua, si querés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un chico. Tiene una remera blanca y dientes más blancos todavía, que titilan como la nube fosforescente que ya tapó todo el cielo. Me muestra una botellita y veo que le falta un dedo. El meñique es un espacio vacío.  &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me vine a fumar y te vi. Hablabas sola. ¿Te ayudo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, gracias, puedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No puedo. Siento que estoy en una camilla a punto de entrar al quirófano, un reflector sobre mi cabeza y el médico con una boca sonriente que me dice tranquila, tranquila, en unos segundos ya no vas a sentir nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*****&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Postes. Un montón de postes que desfilan en hilera del otro lado de la ventanilla. Detrás de los postes está el campo y la línea perfecta que parte al sol en dos. Si pudiera colgar la vista en esa línea, en ese medio sol, en algo fijo. Como hacen los marineros que sufren mal de mar. Pero la línea está lejos y la carrera de postes no para. A mi lado, una mano trata de sintonizar algo en la radio de la que sale ruido a lluvia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te da impresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no me da.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Antes sentía que todavía tenía el dedo. Ahora ya no me pasa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es el chico blanco. El de remera blanca y dientes más blancos todavía. Con la mano izquierda se agarra fuerte del volante de cuero negro deshilachado que parece carcomido por un animal. El piso del auto está caliente. Lo digo en voz alta, el piso está caliente, mientras subo los pies al asiento y me los froto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A dónde vamos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me importa demasiado a dónde vamos en realidad. El pasto se puso naranja y los postes, más negros. La última oscuridad antes de que termine de amanecer. Ahí está la mano mutilada, un rayo de sol la ilumina, y me acuerdo. Era una serie, o una película, el chico se quería cortar el brazo, sentía que no era parte de su cuerpo, se desesperaba, no podía ni mirarlo, le parecía un animal salvaje, una víbora colgada de su hombro, una maldición. Y se lo cortó con una sierra, sin anestesia. Y se murió de placer o de dolor, no se entendía. Era un final medio poético, surrealista. Una mierda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabías que si te querés cortar una parte del cuerpo nadie te lo puede impedir, ni siquiera la ley?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz me sale finita. Soy una nena que repite lo que aprendió en la escuela, una nena que habla de germinación y de palabras esdrújulas. Remera blanca me mira. Me dice que siga, que le gustan las historias de amputados. Sólo llego a verle un costado de la cara y adivino que lo que brilla debajo de su ojo es una pequeña cicatriz. Cómo se puede tener dientes tan blancos.  Algo de él me resulta familiar. Quizás sea ese primo segundo al que no vimos nunca más. Decían que tenía problemitas. Así decían, pobrecito, está con problemitas. Y la madre nunca lo mostraba. No me acuerdo su nombre. Pero no quiero hablar de familia, de tías viejas en común, del tío solterón que guarda la plata en carteras de mujer. Siempre se habla de lo mismo. Remera blanca me pregunta qué hacía en el casamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me aburría de todas esas culonas recolectando chismes y trataba de emborracharme. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Sos de las que se hacen las rebeldes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Eso dice mi madre, le gusta repetirlo. Soy Martina. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El auto empieza a corcovear. Remera blanca aprieta el acelerador al máximo pero solo logra un gruñido seguido de un ahogo. El auto tose y remera blanca putea. La re puta madre que te re mil parió. Golpea el volante roído y me mira. Lo de su pómulo es una cicatriz. Pone su mano sin el dedo sobre mi rodilla y dice vamos, esta chatarra se queda acá.  Me llamo Gonzalo, decime Gonzo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*****&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ojotas son cinco números más grandes que mi pie pero es lo único que hay en el baúl. Estaban envueltas en una toalla húmeda y Gonzo me dice que me las ponga. No parecen ser de él, pero lo dice con total sentido de la propiedad. Camino y cada tanto me tropiezo. Eso me pone nerviosa. Quisiera verme elegante, ágil. Quisiera decir algo cómico e inteligente mientras avanzamos en silencio por este camino de tierra. Gonzo se saca la remera  y se la pone en la cabeza como un barrabrava. Tiene el cuerpo bronceado y es consciente de que lo miro, de que no puedo dejar de mirarlo. Mi vestido celeste se va tiñendo de marrón y dos aureolas de transpiración se agrandan debajo de mis axilas. Trato de taparlas con los brazos pero si lo hago me cuesta caminar. Espero que esas nubes avancen rápido y tapen el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-En media hora se va a largar a llover y esto va a ser un barrial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz suena apagada, como si hablar implicara un esfuerzo. Como si no quisiera hacerlo, pero sí. Como si no debiera. Pero sigue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Conozco la zona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Ah, yo no sé bien dónde estamos, el campo siempre es igual en cualquier parte, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, no es igual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso es todo. El chico de sonrisa blanca no parece ser el mismo de la noche anterior. O de lo que recuerdo de la noche anterior. No se esfuerza por seducirme ni por intercambiar más de dos o tres frases. Después de cuarenta minutos, su predicción se cumple con algo de retraso. Los primeros gotones se estrellan en el polvo  y casi al instante se ponen a rebotar. Nos golpean en las piernas, en los brazos, en la cabeza. Son municiones. Son piedras con forma de bolas de naftalina. Gonzo me grita que corra pero no puedo. Con estas ojotas me voy a ir de boca. Se me acerca, furioso, y sin decir nada, me da un tirón del brazo. Estoy corriendo. Las ojotas como zapatos de payaso que se doblan y yo que de repente me empiezo a reír como una desquiciada. Me río a carcajadas y Gonzo me vuelve a mirar. Aprieta los labios y hace una mueca extraña. Hasta que se ríe mostrando todos los dientes y me lleva debajo de unos árboles. Me seca la cara con su remera y me dice que estuve muy bien. Sí, muy bien. Solo faltan cinco minutos y llegamos. Esta vez tampoco pregunto a dónde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sos amigo del novio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, ya no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y por qué estabas ahí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Intentaba robar un auto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me vuelvo a reír. El último auto que alguien se robaría de esa estancia era el Duna marrón con el que nos quedamos varados.  Esta vez él se sonríe, pero sin mucho entusiasmo. La cicatriz se le arruga sobre el pómulo. Mi hermano me pegó con una raqueta de tenis. Dice y me pasa la remera por los hombros. Frota con suavidad, con devoción. Me seca el cuello, la nuca, vuelve hasta mi pecho y deja la mano ahí. Puedo escuchar su respiración agitada. Puedo olerlo. Hasta que saca el trapo con violencia, retrocede como si hubiera tocado algo prohibido, se pone la remera otra vez sobre la cabeza y me dice que camine, que lo siga. Me miro el vestido empapado, mi cuerpo pegado al satén que era celeste, los pezones duros, mis pies embarrados, mis manos vacías. Nada que diga quién soy. Nada que diga dónde estoy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;***&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre es flaco, de unos 40 años y tiene una camisa azul de manga corta con una libreta en el bolsillo. Dice pasen, pasen, con mucha seguridad. No importa que Gonzo esté en cuero y yo con un harapo mojado, el pelo pegado a la cara y ojotas de pie grande. El hombre dice pasen pasen como si nos conociera y se alegrara de vernos, pero yo no estoy segura de entrar. Podríamos seguir caminando, ya no me importa que afuera se esté reeditando el diluvio universal. Quizás haya otras casas allá adelante, un bar, un teléfono público, un taller mecánico. Gonzo me toma del brazo, como si me acariciara, y me dice que entremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mesa está preparada con el desayuno pero nadie come. Cinco pares de ojos siguen nuestros mínimos movimientos. La mujer trae una toalla y me la pone sobre los hombros. Está vestida como un ama de casa de los años cincuenta y su cara tiene una sola expresión. Como si algo le doliera pero tuviera que soportarlo estoica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Podemos empezar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo dice una nena de unos siete años con el pelo revuelto y en camisón. Y entonces todos juntos se levantan de la mesa, se toman de las manos y cierran los ojos. El hombre saca la libreta de su bolsillo, que no es una libreta. Lee: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad, porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida, por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.” Gonzo me agarra la mano y escucho que repite Alabado sea el señor a coro con el resto. Aprieto mis dedos contra los de él. No quiero que me suelte. Nadie se mueve, nadie se sienta. Hasta que la nena pregunta si hoy puede cantar ella. Y canta. Con su voz aguda vuelve a invocar a Jehová, y habla de Abraham, de Isaac y del hijo que ordena sacrificar, oh cordero de dios, canta, oh cordero de dios. Podría ser una canción pop pero hay demasiada sangre en su letra. Muchos animales muertos. Tendríamos que salir de acá. Tendríamos que salir corriendo. Pero Gonzo ya está tomando el café con leche y pidiendo que le pasen un poco de pan. La mujer me mira. Me acomodo la toalla sobre el pecho pero me sigue mirando. Me tiene lástima. Soy la pordiosera que acaban de rescatar en medio de una tormenta. Soy la Magdalena que se salvó de ser apedreada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Gonzo lo ubican en un catre en el garaje y a mí en una salita junto a la cocina. Son las once de la mañana pero la familia del Señor ha decidido que debemos dormir. Y yo me siento tan cansada. Debería pedir un teléfono pero en cambio me acomodo en el sillón que me ofrecen y me quedo ahí, casi inmóvil, con los brazos alrededor de un almohadón manchado con rouge y la cabeza contra la ventana. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lluvia no golpea el vidrio sino que cae como si alguien volteara baldes infinitos desde arriba. Una cortina que distorsiona el afuera y devuelve todo con aumento. Los árboles raquíticos, la pila de ladrillos en el jardín sin pasto, la calle de tierra, el carro de madera abandonado en la zanja, la casilla de cemento a medio hacer. Y la nena, que no está afuera sino adentro, en el reflejo del vidrio enrejado. Que se acerca, me toca el pelo seco convertido en una mata enredada y me pregunta cómo me llamo. Dice que mi nombre no le gusta, que es nombre de varón, que el de ella es más lindo. Su hermano está también parado junto a mí, vestido con un short de fútbol. Él quiere saber por qué tengo un pez colgando de la cadenita. Es un regalo, respondo, y me da la sensación de que me lo va a pedir. Pero no, da media vuelta y se va. La chiquita, que cambió el camisón por unas calzas rosas y una remera de los juegos bonaerenses, también se da vuelta. Pero antes de irse, gira la cabeza y me pregunta si ya me sacaron los demonios. Te van a llevar con las otras mujeres y te van a limpiar, no duele. Dice con tono didáctico. Y entonces sí, se va.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me levanto del sillón y salgo al pasillo. Las paredes están peladas. El único adorno es un almanaque del año anterior con una foto de tres gatitos. No hay sagrados corazones ni afiches con pasajes del Antiguo Testamento. Tampoco hay espejos, ni siquiera en el baño, que pierde agua. El goteo del inodoro se amplifica con tanto silencio. Arrastro los pies con un sonido mudo, apenas áspero, pero igual sé que me están vigilando. Los ojos gigantes me persiguen, saben mis movimientos. Llego hasta el garaje y veo a Gonzo, que ronca como si le hubieran dado una cama en el paraíso.  Cierro la puerta y me acuesto junto a él. Le paso la mano por el pelo, por la cara, y pongo mi cabeza en su pecho. En una esquina veo un estante con estéreos de auto, parlantes, cables. Gonzo está tibio, suave, huele bien a pesar de la lluvia, de la transpiración, de la humedad de este garaje. Me meto debajo de su brazo y me acerco a su oído. Le digo que nos vayamos, que salgamos de este lugar, que por qué me trajo, por qué me sacó del casamiento, qué hacía realmente ahí, que me diga algo, que me responda todo lo que no le pregunté antes, que sé que no está dormido, que lo siento en su respiración, que no se haga, que necesito salir de este lugar, que estoy aterrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sigue con los ojos cerrados pero su cuerpo ya no está blando. Siento la tensión en sus brazos, en las venas hinchadas de sus manos grandes. Lo sacudo. Lo sacudo y le grito. Y entonces sus ojos negros se abren y se clavan en los míos y en un solo movimiento tengo su cuerpo sobre mí, las muñecas atenazadas por sus manos como un Cristo y todo su peso sobre mi cadera, mi panza, su boca a centímetros, sus labios que se mueven y no sé qué dicen porque levanto la cabeza y lo beso, lo beso desesperada, quiero morderlo, quiero que su lengua se mueva frenética entre mis dientes, quiero que me saque el vestido mugriento, quiero sus manos grandes. Pero no. Gonzo se acomoda a mi lado, me abraza, me dice qué linda putita que sos, me acaricia el pelo pastoso y se queda así, como si la batalla de recién hubiese sido un sueño más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me suelto de sus brazos y corro. No sé donde están los ojos, no sé si me siguen, pero atravieso el pasillo y ya estoy en la entrada, mi mano sobre el picaporte y la puerta que no se abre porque alguien lo impide. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A dónde vas, Martina?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre de la biblia de bolsillo se pone delante de mí. Está transpirado y su frente húmeda refleja la luz de la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Llueve, ¿por qué no esperás un poco más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me parece que se quería escapar, papi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vos callate, Yamila, andá a tu cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nena se va, clavando los pies en el piso, como si con cada paso quisiera hundirlo. Y yo quiero irme con ella, lejos de este hombre que me mira como el cordero de Abraham, que ahora me agarra el brazo y me obliga a volver a la salita, y entonces yo le grito que me suelte, soltame hijo de puta, soltame hijo de re mil puta, y estiro mi otro brazo y alcanzo a sacarle la biblia del bolsillito y le digo que me suelte o se la rompo en pedazos y él se ríe, estuviste viendo demasiadas películas, nena, demasiadas películas, dice, y se vuelve a reír, y pierde fuerzas, entonces me suelto y cuando me doy vuelta para correr ahí está Gonzo, como un espectador fantasmal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Dejala ir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué te pasa? Vos la trajiste, ¿no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No nos sirve, Ramón, dejala.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y vos qué mierda sabés cuál de estas pendejas sirve y cuál no? Todas sirven.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre me vuelve a agarrar de un brazo, se pone detrás de mí y me lo retuerce. Imagino escenas de acción, movimientos de karate, patadas voladoras. Pero nada de eso sucede, nada se mueve. Excepto la mano del hombre que se ajusta más sobre mi piel. Me quema. Me duele. Y entonces siento la ráfaga de aire caliente en la nuca y el sonido de un golpe seco. Ahora la puerta está abierta, es un remolino que sacude los árboles y se mete con polvo en la casa, y la mano que ya no retiene mi brazo porque la puerta se abrió y ahora se vuelve a cerrar con violencia,  el peso de un cuerpo que resbala sobre mí y cae, la sangre que corre por su frente iluminada, y yo que lo miro a Gonzo, que se acaba de arrodillar junto a esa cabeza desmayada, y me mira sorprendido, y entonces tiro del picaporte y veo el filo de la puerta que dio contra el hueso, contra la carne, empujada por ese viento repentino, que nadie esperaba, así, como un soplo sagrado, y salgo corriendo, piso el barro y corro sin mirar. Y corro sin saber si hay alguien detrás de mí. La lluvia es una llovizna que no moja, pega. Latigazos agitados por ese viento. Podría rezar. Dios mío, dios mío. Pero corro, con el vestido enrollado en una mano y los pies que ya no distinguen el lodo de las piedras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este es el camino. Acá  dejamos el Duna que ya no está. Sigo hasta la ruta y siento el asfalto caliente, rugoso.  El pasto de la banquina me alivia. Ahora sólo puedo dar pasos lentos, arrastrados. El campo es así, todo igual, la línea perfecta del horizonte que siempre divide el mismo cuadro, todo en su lugar, nada se mueve. Sólo el sonido. Es un motor que se acerca. Debería correr, pero ya no puedo.  El hombre del camión me mira sentada a su lado y no dice nada. Soy el fantasma de una novia vestida de celeste. Soy la aparecida de los campos. Soy el alma en pena que vaga por los fogones y se roba el vino. Soy un espíritu deshilachado.  Ahora el hombre dice que va para Chascomús, que puede dejarme ahí. Y yo me recuesto contra la ventanilla. Quiero ver el desfile de postes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: 'Lucida Sans Unicode', 'Lucida Grande'; font-size: 14px; line-height: 24px;"&gt;Fernanda Nicolini nació en Morón en 1979, creció en Mar del Plata, y estudió en Buenos Aires, en donde vive después de haberse mudado 16 veces. Pasó por la Facultad de Derecho en un momento de desorientación en su vida pero desde hace diez años trabaja como periodista. Fue redactora de las revistas TXT y Noticias, del desaparecido diario Crítica de la Argentina, colaboró con Gatopardo, Rolling Stone, Ñ, entre otras, y actualmente edita Brando y Llegás a Buenos Aires. En sus momentos de ocio, que no son pocos, solía dedicarse a la poesía&amp;nbsp; (publicó las plaquetas Rubia y Once, y el libro Ruta 2) pero en el último tiempo lo intenta con la prosa. Editó junto a Mercedes Halfon la novela Te pido un taxi, y cuentos en diversas antologías. No entiende twitter, apenas usa facebook pero, cada tanto, postea con consciencia de su anacronismo en el blog autobombo.blogspot.com. Está a punto de mudarse, otra vez.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; font-size: 11px; line-height: 18px;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #333333; font-family: Arial, Verdana, sans-serif; line-height: 18px;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: x-small;"&gt;&lt;b&gt;Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura. Año 2, semana 33, agosto, 2011&amp;nbsp;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-297372048660153954?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/297372048660153954/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=297372048660153954&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/297372048660153954'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/297372048660153954'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/09/fernanda-nicolini-argentina-1979.html' title='Fernanda Nicolini (Argentina, 1979)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-262871184114278974</id><published>2011-09-22T20:42:00.003-03:00</published><updated>2011-11-10T21:00:54.074-03:00</updated><title type='text'>Maitena Burundarena.(Argentina, 1962)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;RUMBLE&lt;/i&gt;&amp;nbsp;&lt;/b&gt;(fragmento)&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-QABZDWfceIo/TrxitPjsEWI/AAAAAAAAKTE/b6MX-3LYQQo/s1600/rumble_maitena_burundarena.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="400" src="http://3.bp.blogspot.com/-QABZDWfceIo/TrxitPjsEWI/AAAAAAAAKTE/b6MX-3LYQQo/s400/rumble_maitena_burundarena.jpg" width="267" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cielo está radiante y hace calor aunque todavía no son ni las ocho de la mañana. Camino por la vereda de casa rumbo al colectivo con tantas ganas de ir al colegio como de pegarme un balazo. El sol me quema la cabeza y levanto la cara, cierro los ojos y huelo el aire. En tres meses terminan las clases y no me quedan más faltas, y para pedir cinco más necesitaría tener unas notas que no tengo ni en sueños (aunque por suerte me parece que nunca sueño con el colegio). Cuando llego a Libertador, en vez de cruzar para tomar el colectivo doblo en la esquina y sigo caminando, y a través de los pelitos dorados de mi flequillo demasiado largo veo pasar el 62 sin mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El camino hasta el Misericordia es un campo minado. En cualquier esquina pueden estar los chicos del Sarmiento buscando cómplices para hacerse la rata. De mi colegio no se ratea nadie que yo sepa, tal vez alguna alumna del secundario. Mis compañeras de séptimo grado se pelean por entrar en el cuadro de honor o salir mejor compañera. Hay una morocha con pecas, nieta de un premio Nobel y más blanca que el bicarbonato, que se jacta de tener asistencia perfecta. Es el cuarto colegio al que voy en siete años, pero no creo que llegue a encontrar otro tan aburrido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para no llamar a los hechos con la mente trato de pensar en otra cosa. Los dos alfileres de gancho que me sostienen el dobladillo de adelante del jumper están mal puestos y se me abulta un poco el ruedo. En la puerta de la casa de Bioy Casares hay una ambulancia. Subo por la plaza sombría de los ombúes de raíces gigantes y al salir de nuevo a la luz me quedo ciega justo en el momento de cruzar la calle. El tipo del auto que casi me atropella toca una bocina de cuarenta metros. Con paso rápido piso el pastito y busco la sombra del paredón de ladrillos naranjas del cementerio. El corazón me empieza a latir como si le hubiesen dado cuerda, pero fijo la vista en las veredas rotas y en el paredón escrito y en los bordes sucios de los canteros de los árboles y repito cuatro veces: en tres meses terminan las clases y no me quedan más faltas.Trato de mantener el ritmo pero mis pasos avanzan cada vez más rápido y, aunque es lo único a lo que estoy atenta desde hace seis cuadras, cuando oigo el chiflido me sobresalto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El peligro está sentado fumando en los bancos multicolores de la heladería Saverio. Lucio sonríe y Pato se para en el banco y me saluda levantando la mano. Mientras camino los cuarenta metros que nos separan sumo todos los argumentos que me justifiquen faltar al colegio, la prueba de matemáticas para la que no estudié nada o el mapa con la división política de la Argentina que no hice. Tardo cuarenta segundos en convencerme: me conviene ratearme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La heladería está cerrada porque es muy temprano. Lucio juega con el elástico negro que ata sus dos carpetas sin ganchos y me pregunta ¿vas a ir? Tiene los labios más hinchados que nunca. Digo no, me parece que ya se me hizo tarde. Pato baja del banco de un salto y me abraza como si me acabara de ganar un premio. Tiene olor a chivo. No le digo Heidi porque es muy susceptible, pero lleva el chivo bajo el brazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desato la faja verde de la cintura y la corbata con el escudo del colegio y las guardo enrolladas en los bolsillos del blazer azul. Los uniformes de los chicos ya no tienen escudo y les cuelgan los bolsillos deshilachados. Los dos tienen el pelo mucho más largo que el centímetro y medio arriba del cuello de la camisa que dicta el reglamento porque abandonaron el colegio hace un par de meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminamos unas cuadras para alejarnos un poco del barrio y conseguir algo de plata. Donde baja la gente de los colectivos, frente a la facultad que parece una catedral, es un buen lugar. Paramos sobre todo a los viejos, les decimos que nos robaron y necesitamos volver a casa. Primero dudan, pero cuando ven el uniforme se tranquilizan y nos dan unas monedas compadeciéndose de nosotros y quejándose de Perón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Antes estas cosas no pasaban; te doy la plata pero andate para el colegio, nena -me dice una señora cerrando su cartera de cocodrilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces, cuando una persona me mira el uniforme con insistencia pienso si será capaz de llamar al Instituto y describirme o de empezar a gritar socorro policía. Por las dudas a veces me pongo la vincha, que me hace una cara de boluda tremenda, aunque por la misma razón prefiero no usarla delante de los chicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los sesenta y cuatro pesos que juntamos nos sentamos en un bar y pedimos tres submarinos con seis medialunas. Una máquina de algo hace el mismo sonido que una locomotora a vapor. Tssss. Me gusta mirar cómo se va tiñendo la leche de rosa cuando se derrite la barrita de chocolate. Los tres hombres sentados en la barra leen en el diario la página de fútbol. En la mesa de al lado está sentada una chica, que parece más joven que yo, con un bombo de trillizos. Siento vergüenza cuando Lucio, que no la ve porque está de espaldas a ella, dice: una perra puede quedar embarazada de varios perros distintos al mismo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pato sonríe sin alegría y le contesta: dudo que Dios permita una cosa así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio, que justo acaba de tomar un trago de su submarino, se ríe tanto que la leche chocolatada le sale por los oídos. Se da vuelta medio bar -la chica embarazada desapareció- y yo, como una estúpida, me tiento y me río hasta las lágrimas. Pato se ofende en serio. Su familia ayuda en las villas miseria y edita una revista que es un embole, Cristianismo y sociedad, o algo por el estilo. Todo el camino de vuelta hasta la plaza, otra vez a la sombra del paredón naranja del cementerio, tratamos de amigarnos, pero es como si se hubiera roto un vidrio. Todo lo que le comentamos a Pato suena falso o chupamedias y encima él nos contesta de favor, así que dejamos de hablarle. Conversamos entre nosotros sin mirarlo siquiera, y en un momento en que se agacha para atarse los cordones, lo dejamos atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pido fuego a la señora del puesto de flores, que tiene nada más que claveles, y nos tiramos a fumar en la barranca de abajo del paredón del asilo de ancianos, donde los rayos del mediodía caen como una lámpara de un millón de vatios. Nos sacamos los blazers y los suéters porque hace mucho calor. Yo me quedo en jumper y camisa de manga corta, y ayudo a Lucio a desanudarse la corbata y arremangarse la camisa de manga larga. Estamos tirados boca abajo uno al lado del otro con las caras tan cerca que casi no nos vemos. Sin decirnos nada nos miramos fijo, con la pupila de uno clavada en la pupila del otro, veinte minutos seguidos sin pestañear y sin movernos, hasta que de repente cierro los ojos y lo beso. El beso dura tres o cuatro besos, todos encadenados sin despegar los labios ni para respirar. Lucio me abre la boca con la punta de la lengua hasta que nos chocamos los dientes y siento que algo de la parte de adentro mío está adentro de la parte de adentro de él. No me animo a abrir los ojos para no cortar el hechizo. Nos besamos un rato largo, a pleno sol, muertos de calor en los uniformes de sarga gris, con todo el pelo del flequillo pegado en la frente y a medio metro de la cagada de un perro que había comido algo inmundo. Hasta que un señor nos chista en inglés get up!, y nos incorporamos de golpe, acalorados y somnolientos, acomodándonos la ropa y el pelo como si nos acabáramos de despertar después de un viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pato aparece de repente, como salido de la fuente que se apoya contra el muro. Le pega una piña en el bíceps a Lucio y le dice me fui a misa, man.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los curas de la iglesia Del Pilar lo dejaron subirse al campanario, de donde se robó una pieza de bronce, una parte del engranaje del reloj que está roto hace años pero que si anduviera marcaría en este momento la una menos cuarto del mediodía, la hora en la que se me convierte la carroza en zapallo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llego al palier de casa siento la tensión antes de abrir la puerta, flota en la oscuridad como un olor fuerte. Ruego que no tenga nada que ver conmigo pero tiene: llamaron del colegio para avisar que si mañana no me acompaña uno de mis padres no puedo entrar a clase. Me lo avisa la mucama en voz baja cuando entro por la cocina. Parái ché vení, me dice tironéandome de un codo hasta el lavadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Papá está de viaje por un seminario sobre la educación a distancia, tema en el que seguramente debe ser una eminencia porque en casa no está nunca. Mi hermano Javo sale de la nada y me dice sonriendo: la loca te va a matar. Hace con la boca un juic y se pasa los cuatro dedos por el cuello, derechos como una cuchilla. Nada lo hace más feliz que la desgracia ajena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las cosas que mamá más odia en el mundo -y qué podio difícil, porque se queja sin parar- es tener que ir al colegio. Por suerte es casi lo único en lo que nos parecemos. Siempre dice lo mismo: yo al colegio ya fui, y no es capaz de ir a un acto escolar ni muerta. Ni aunque actuemos alguno de sus seis talentosísimos hijos. No iba ni siquiera cuando era abanderada Mercedes, mi hermana mayor, su preferida, que es una traga a la que le encanta estudiar. Mucho menos cuando es algo que tenga que ver con los chicos o conmigo. Los chicos son mis cuatro hermanos varones, con los que me llevo mucho mejor que con mi hermana, que se hace la grande porque va a la facultad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mamá le cuesta levantarse temprano, se despierta de mal humor y maltrata a todo lo que se le cruza por el camino, sea una persona o un zapato. Toma pastillas para dormir y también para levantarse, pero la mucama nueva que tenemos, que es más buena que un canario, le prepara té de tilo porque dice que eso es lo que le va a curar los nervios. Una vez le hicieron una cura de sueño que la dejó bastante tranquila, pero mamá dijo que lo que la ayudaba a mantener los ojos cerrados era lo fea que era la clínica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todas las mañanas, un minuto antes de irme al colegio entro en la oscuridad de su cuarto y voy hasta el borde de la cama a pedirle en un susurro que me firme la libreta diaria: es que anoche me olvidé de pedírtelo mami, le digo con dulzura, yo que nunca le digo mami. Le acomodo la birome entre los dedos y le guío un poco el trazo porque tiene la mano pesada, pero agarra la birome con flojera y antes de llegar al final de la firma, las letras se desenredan de la palabra y se caen en una rúbrica larga de birome azul que se pierde en la sábana. Lo que queda en el casillero de la libreta es un garabato tan alevoso que nadie en el colegio se animaría a discutirme que no es de ella, habría que estar loca para falsificar una firma y hacer eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que nos mudamos a Buenos Aires , hace dos años, mamá no se levanta casi nunca antes del mediodía, cuando la chica le lleva el desayuno y le corre la cortina con la persiana apenas levantada. El cuarto queda en penumbras, invadido por los rayos de luz que atraviesan las maderas horizontales de la cortina de enrollar, iluminando las partículas que flotan en el aire como polvo mágico. A la una, cuando llego del colegio, todavía tiene la cara como un globo y huele a jabón pero se hace la que está despierta hace horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Está recostada sobre la cama tendida recortando una receta de una revista. Tiene el velador encendido aunque está la persiana levantada, y sigue en camisón y bata pero con medias largas de nylon. Al borde de la mesa de luz en vez de sus chinelas azules están sus mocasines blancos. No está en la cama ni levantada. Se saca los anteojos y me mira, apuntándome con la tijera: ¿y ahora qué hiciste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deben haber descubierto que me hice la rata pero digo: no me quise confesar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer, cuando en la última hora una monja abrió la puerta del aula y avisó que el padre Miguel esperaba en la capilla a las chicas que quisieran ir a confesarse, yo me quedé atornillada en mi banco sin levantar la vista, lo mismo que las últimas seis veces que habían pasado con la misma invitación. No aproveché la media hora que tardás en ir a confesarte y volver para escaparme de la clase de matemáticas porque matemáticas ya no tiene arreglo, me la llevo a examen esté o no en clase. Pero a la hora de la salida, cuando estaba formada en el pasillo lista para irme a la calle, se me acercó la hermana Inés, la misma que en la intimidad de un campamento me había contado que las monjas también se depilaban las piernas, para avisarme que el padre Miguel quería hablar conmigo inmediatamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acomodé el rollito de billetes en el elástico de la media y corrí por los pasillos haciendo cuich cuich con la suela de goma de unos botines negros que heredé casi nuevos de Javo, que tiene tres años más que yo. La capilla del colegio está en la parte nueva del edificio, escondida al fondo y rodeada de silencio.Todo muy moderno, paredes blancas, manteles almidonados y en las paredes un Vía Crucis incomprensible. El confesionario es un cuartito al costado. Una mesa y dos sillas enfrentadas, en una de las cuales estaba sentado el cura con un Nuevo Testamento en las manos: adelante hija, toma asiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la ventana finita como una raja que estaba detrás del cura se recortaba un pedazo de cielo. A contraluz su cara casi no se veía, pero resaltaban sus pupilas dilatadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hace mucho que no vienes a confesarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Es que no tengo nada para decirle, padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miró como un búho y bajé la vista. A veces cuando iba a confesarme le inventaba mentiras para tardar lo más posible en volver a clase. Que espiaba a mis hermanos cuando se desnudaban o que alguno me había manoseado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿O es que hay algo que te cueste especialmente decir? Algo que quisieras contarme pero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-No, para nada, le juro que nada que ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tú misma -porque el padre Miguel hablaba de tú y no de vos-, tú misma me dijiste que uno de tus pecados más frecuentes es la mentira. Dime la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿La verdad? La verdad es que siempre le miento, padre, porque cuando pienso en los pecados de los que me tengo que arrepentir nunca encuentro ninguno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El búho pestañeó despacio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hija mía, tu pecado es la soberbia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Juro que en ese mismo instante una nube tapó la luz que entraba por la raja y quedamos a oscuras. Como acto de contrición teníamos que rezar juntos un pésame en voz alta. El padre Miguel tomó mis manos manchadas de tinta azul entre las suyas perfumadas con colonia de pino y recitó con los ojos cerrados: “Pésame dios mío me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido, pésame por el infierno que merecí y por el cielo que perdí, pero mucho más me pesa porque pecando ofendí a un Dios tan bueno y tan grande como vos. Antes querría haber muerto que haberos ofendido y me propongo firmemente no pecar más y evitar todas las situaciones próximas al pecado, amén.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras él rezaba, solo, porque yo no abrí la boca, traté de zafar mis manos de entre las suyas un par de veces pero la presión de sus dedos no me dejaba. Cuando terminó me levanté y fui directamente al baño a lavármelas, pero así y todo siguieron oliendo a pino un rato largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mamá me mira incrédula. Deja la tijera sobre la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Levantarme a las ocho de la mañana porque no te quisiste ir a confesar? Ni loca. Los llamo por teléfono. Y después cuando vuelva tu padre que vaya él, que es al que le interesa la formación religiosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tiene razón, pero encontrarlo a papá en casa es más difícil que parar un sachet de leche. Trabaja como un esclavo nubio para la Universidad de Buenos Aires. Es titular de una cátedra en la facultad pero además forma parte del Consejo Superior y también da conferencias sobre educación, va a cosas con nombres como coloquio y forma parte de organismos que nunca entendés bien a qué se dedican porque se escriben con siglas. Mamá dice que tenemos que estar orgullosos de él porque papá está haciendo cosas por la sociedad, cosas mucho más elevadas que ser un raso padre de familia. Igual cuando llega tarde a cenar lo insulta como si viniera de un burdel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Papá trabaja para escaparse de su casa como todos los padres, pero además está preocupado de verdad por el bien común y el hombre con mayúsculas, y tiene ocupaciones muchísimo más importantes que su familia. Sobre todo con la familia que tiene, mis cinco hermanos y yo que nos vivimos matando por cualquier cosa y una esposa maníaco-depresiva que está medio loca. A todas sus secretarias alguna vez les tocó atender por teléfono a mamá llorando, o gritando o pidiendo auxilio porque Mercedes la quería estrangular. Todas alguna vez tuvieron que tomar el recado de que se fuera a la puta que lo parió y de que si no venía esa noche a comer a casa no volviera nunca más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La revista sobre su regazo está abierta en una de esas recetas que después nos obliga a comer bajo amenazas: una torre de panqueques y espinacas recubierta con un baño de caramelo. Mamá da vuelta las hojas mojándose la punta del dedo con la lengua, cosa que papá considera muy vulgar, pero sin mirar nada; pasa las páginas cada vez más rápido, con una fuerza que parece que las va a arrancar. Al levantar el tono la voz se le aflauta y la piel se le pone roja como un fruto venenoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-De todas maneras estás castigada, ¿me entendés?, basta de vivir de vaga por ahí toda la tarde atorranteando, ¡te quedás en casa y no salís hasta que yo te diga! Ordená tu cuarto, leé un libro, conversá con tus hermanos pero de acá no te movés y me vas a tener que obedecer aunque no quie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se queda sin aire y tose como si se fuera a morir ahí mismo pero no atino a hacer nada, ni a acercarle el medio vaso de agua que está sobre la mesa de luz ni a palmearle la espalda. Miro impávida cómo se le llenan los ojos de lágrimas y toda la cara se le convulsiona hasta que toma aire muy profundo y para, con un jadeo y un suspiro, se suena la nariz con un pañuelo y se limpia las mejillas con el dorso de los dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me recrimina por haberla dejado morir, vuelve a la carga con el colegio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿No tenés nada que estudiar? ¡Vos nunca tenés deberes pero después traés unas notas que dan vergüenza!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cierra la revista con violencia y la revolea por el aire. Me mira con furia. Destella en sus ojos grises como una estrella formada por las puntas de muchos cuchillos. Resopla y toma aire con un temblor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Sabés lo que sos vos? Una mentirosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es cierto. Y esa misma tarde, cuando se mete en la cama a dormir la siesta tres horas después de haberse levantado, me escapo de nuevo a la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;de &lt;b&gt;&lt;i&gt;Rumble&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;(Editorial Lumen, España, 2011)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Maitena Burundarena nació en Buenos Aires (Argentina) en mayo de 1962. Es la sexta de siete hermanos. Es autodidacta. Desde hace o ocho años tiene una página semanal de humor en la revista Para Ti de Buenos Aires. En 1998 comenzó a publicar todos los días en la página de humor del diario La Nación. Desde 1999 los trabajos que publica en Para Ti aparecen (traducidos del "argentino" al español), en El País Semanal, la revista dominical del diario El País, de Madrid, donde sustituyó a Quino (creador de Mafalda). En el mismo año la página comenzó a ser publicada por la revista Paula, del diario El País, de Montevideo, Uruguay. Y desde junio del 2000, con el título de Donne a fior di nervi, aparece todos los sábados en el diario italiano La Stampa. En enero de 2001 la página de Maitena cruza la cordillera de los Andes y salta de Argentina a Chile, donde comienza a publicarla el suplemento Ya, del diario El Mercurio. Y en junio se agrega a la fiesta el diario El Nacional, de Caracas, Venezuela, a través de su revista Todo en Domingo. &lt;br /&gt;En la década del 80 Maitena publicó historietas eróticas en distintos medios de Francia, España e Italia y, en la Argentina, en la Sex Humor, Fierro, Humor y Cerdos y Peces. En sus inicios, trabajó como ilustradora gráfica para diarios y revistas de Argentina y para diversas editoriales de textos escolares. Fue, también, guionista de televisión, tuvo un quiosco 24 horas, un restaurante y un bar. A su primer libro de historietas, Flo (de Ediciones de La Flor), le siguieron los grandes éxitos, Mujeres Alteradas 1,2,3 y 4.&lt;br /&gt;Rum,ble es su&lt;span class="Apple-style-span" style="color: #222222; font-family: arial, sans-serif; font-size: x-small; line-height: 21px;"&gt;&amp;nbsp;primera novela.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-262871184114278974?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/262871184114278974/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=262871184114278974&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/262871184114278974'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/262871184114278974'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/09/maitena-burundarenaargentina-1962.html' title='Maitena Burundarena.(Argentina, 1962)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-QABZDWfceIo/TrxitPjsEWI/AAAAAAAAKTE/b6MX-3LYQQo/s72-c/rumble_maitena_burundarena.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-4851573591174369060</id><published>2011-09-22T00:09:00.002-03:00</published><updated>2011-12-01T16:44:20.318-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='argentina'/><title type='text'>Noemí Ulla (Argentina, 1940)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-WBfhHkOUzTg/TtfY6KpwdTI/AAAAAAAAKrs/_v2TwxBk91o/s1600/thjjyhrdf.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://2.bp.blogspot.com/-WBfhHkOUzTg/TtfY6KpwdTI/AAAAAAAAKrs/_v2TwxBk91o/s1600/thjjyhrdf.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;Memoria y olvido&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminaban de florecer los últimos palos borrachos de la Avenida 9 de Julio cuando Marcial Basilika me pidió que lo acompañara en sus largas caminatas para recorrer la ciudad. Hacía tiempo que me había olvidado de algunas calles, por trazarme recorridos distintos, por no necesitarlas en la dirección en que iba, por el automatismo que me obligaba a frecuentar otras. Marcial Basilika sentía avidez del aire, de los árboles, de los rincones que había olvidado en los treinta años de vivir en el extranjero. Nos habíamos hecho amigos a través de mensajes electrónicos. Él me había conocido de niña y tenía cierto apremio por renovar un pasado en que su vida había transcurrido nada plácida, sino en medio de una peligrosidad cotidiana. Marcial Basilika debió exiliarse por motivos políticos y mis padres desaparecidos habían sido sus compañeros de ruta. Aunque Marcial era en ese tiempo adolescente, mis padres ya estaban juntos y tenían a sus dos hijos, a Rodolfo, mi hermano y a mí, de manera que entre las edades de Marcial Basilika y la mía no había demasiada diferencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Lo más lejos posible –dijo–, lo más lejos posible dije cuando me fui del país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y recordó el día en que regresó por primera vez después de treinta años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Por qué tantos años? No recordaba –le pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Porque no me quedaba nadie, casi nadie para ver y me sometí, voluntariamente, a una prueba de resistencia. Además, mientras mis hijos crecían, nacían y crecían en culturas tan alejadas de mi país, preferí que el tiempo pasara, cosa que hoy ellos me reprochan, sobre todo los mayores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Qué edades tienen? –pregunté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Los mayores veintitrés y veinte, los más chicos quince, trece y siete.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Cuántos hijos! No lo recordaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Claro, siempre nos hemos escrito de manera muy simple y breve. Al estilo de los mensajes electrónicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Con quién los dejaste?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mi última mujer, ex mujer, está a cargo de los menores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quise indagar más. Habíamos dejado atrás las copas rosadas de los palos borrachos y empezaron a verse las azules de los jacarandaes. Marcial Basilika observaba todo con la precisión de un paisajista y al pasar por el tramo de Diagonal Norte que unen las calles Cerrito y Libertad, decidimos disfrutar de la tranquilidad de ese espacio haciendo un alto para tomar café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras Marcial Basilika encargaba nuestro pedido observé sus gestos, escuché sus palabras, advertí su educación. Nada había en él de apresurado. Parecía el dueño del tiempo y yo me había desacostumbrado, después de vivir un año en Londres, de esa manera que muchos creen distante del decir y sentir las cosas, siendo que sólo responde al hecho de vivir sin el apuro a que nos han habituado los norteamericanos hace ya bastante tiempo, con su cine, su televisión, y el estilo de sus avisos publicitarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcial Basilika me contó un poco de su vida en Tokio, ciudad no precisamente serena, en Roma y en Milán. Trabajaba en una empresa de diseño de autos y daba la impresión de ser alguien muy eficiente, aunque su modestia no aludiera a viajes de negocios frecuentes y a compromisos internacionales que sólo una vez mencionó. Dijo como al pasar que su madre, y para esto no dio rodeos, era una especie de bruja sin ninguna voluntad de aprobar a las que fueron sus mujeres, ni a las que podrían llegar a serlo en el futuro. Esto me causó bastante gracia, en medio de una conversación nada íntima y bajo un sol que pronto nos obligó a buscar el amparo de las coquetas sombrillas de otras mesas en la misma calle del bar. Como estuve a punto de caerme, gracias a la piedra que sobresalía del cerco de un jacarandá, tuvimos que reírnos, y pude así descargar mi sorpresa por el episodio fugaz de la alusión "a la bruja" de su madre. Después reiniciamos nuestra caminata, él descubriendo a la gente que dormía en alguna recova, en los bancos de la Plaza Lavalle, en los umbrales de las puertas del Senado de la Nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Cómo ha cambiado esta ciudad! ¡Y este país! –dijo mirando a su alrededor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿En qué?–&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sería largo de explicar, y tal vez muy parcial lo que por ahora observo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después recordó su barrio natal, Once, donde su padre había tenido una modesta industria de calzado. Zapatillas, precisó, y donde había comenzado a colaborar como empleado junto a un hermano del que se había alejado totalmente por no compartir sus ideas conservadoras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿No lo viste más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No, no quise. Si corto, es definitivo. Mi bisabuelo, que vino al país y se instaló en Once a fines del siglo XVIII, cuando comenzaban a existir allí los corrales de Miserere, se enojó con su padre, por eso vino de Alemania, y juró que nunca más lo volvería a ver. Y así lo hizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como respetuoso de la tradición familiar, pensé que había cumplido, pero no dejó de sorprenderme tal actitud. Supuse que algo más habría entre Marcial Basilika y su hermano, algo así como una delación en tiempos de la última dictadura militar, una mala voluntad y peor comportamiento lo que habría llevado a este rencoroso de más de cincuenta años y de treinta pasados fuera del país, a cortar por lo sano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me gustaría recorrer algunas calles de Flores y de Caballito. ¿Te gustaría que fuéramos juntos? ¿Un domingo por la mañana, tal vez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No tengo inconveniente. Cuando camino es por necesidad y descubrir y redescubrir la ciudad como lo estás haciendo, me da mucho gusto y curiosidad. Contá conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre detenernos a observar la arquitectura, los nuevos edificios, las calles transformadas por infinidad de negocios, la invasión de locutorios, quioscos, quiosquitos, y ¡la basura! llegamos hasta Pueyrredón y Corrientes, donde yo vivía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los días que siguieron Marcial Basilika fue recuperando nuestra manera de hablar, antes escondida tras una pronunciación indescifrable, mucho más mezcla de inglés e italiano que del español que había conocido en otro tiempo. Unas veces divertido, otras irritado, reaccionaba al ver escritos los anglicismos que nos habían invadido, "delivery" en lugar de "envíos", "sale" por "saldos", y tantos otros. También encontraba que las palabras que designaban algo en el tiempo de su juventud en el país, habían desaparecido y se las había reemplazado por otras no necesariamente inglesas. Alguna vez presencié escenas de incomodidad con gente muy joven a la que él solía responder con malevolencia o con pedantería. Una vez se deslumbró ante la vidriera donde vimos el chaleco de mujer que buscaba para su hija adolescente. Preguntó por el talle del chaleco. La vendedora, al mirar la prenda que lucía el maniquí, lo corrigió con soberbia: ¡Ah! eso se llama bolero. Con una réplica inmediata, Marcial Basilika volvió a corregirla con malignidad: Tal vez usted no sepa que esa prenda francesa se llama "cache-coeur", dijo ante la mirada bovina de la arrogante joven. En otra ocasión, tras el pedido de una novela que buscaba con ansiedad, le dijeron: Todavía no la hemos "recepcionado". Tuvo que contenerse para evitar la explosión de risa y de burla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unas veces estas cosas le causaban gracia y otras una mezcla de malestar e indignación. Le comenté que hacía años un escritor argentino había escrito un libro sobre las palabras tontas que se usan por error.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¡Pero claro! –dijo enseguida–, es un libro de Bioy Casares, el Diccionario del argentino exquisito. ¡Si lo habré leído! ¡Y releído! Me preocupaba, a medida que pasaban los años, saber cosas sobre un idioma que yo hablaba en rarísimas oportunidades. Y me topé con ese libro, afortunadamente. Es una crítica despiadada a la ramplonería, al estilo de "recepcionar" que oímos en boca del empleado los otros días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este fue el preludio de mi conocimiento de Marcial Basilika en los dos meses que se quedaría en el país. A partir de entonces, nos hicimos verdaderos amigos y en más de una ocasión, fuimos a ver algún filme o alguna obra de teatro nacional, ansioso como estaba de ponerse en mayor contacto con nuestra cultura y nuestros hábitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día Marcial Basilika apareció vestido como jamás lo habría imaginado, con total descuido, grandes anteojos oscuros que nunca llevaba y una boina con visera que le escondía prácticamente el rostro. Me preguntó si lo reconocía y le confesé que de no haber sabido que se trataba de él, lo habría tomado por un... más que forastero. Eso quería, dijo, el espejo no me engañó. Para internarse en el barrio de su origen, prefirió disimular su apariencia. Pero quién iba a reconocerlo me pregunté, sospechando que buscaba encontrar a su hermano. Más tarde me lo dijo; por supuesto que quería rastrearlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–¿Tenés un motivo especial?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Mirá, voy a ser muy franco. Volví al país también para reclamar a mi hermano algunas cosas que supe por mi madre que me correspondían. Yo llevé a mi madre a vivir conmigo. Más exactamente, le envié el pasaje para que tuviera mejor vida cuando murió mi padre. Ahora quiero arreglar cuentas con mi hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al observar mi cara de asombro y de inquietud Marcial bromeó unos segundos y no volvió sobre el tema. ¿Qué buscaba entonces por esas calles del viejo negocio de su padre? Observar, me dijo, nada más que el movimiento de un barrio que había cambiado muchísimo. Y los movimientos de su hermano, pensé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por dos semanas traté de no encontrarme con Marcial, tanta fue la impresión que me habían causado sus palabras y su extraña voluntad de disfrazarse. Tuve miedo de que intentara matar al hermano, de no poder hacer nada para evitarlo. ¿Había vuelto al país realmente para vengarse ?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcial Basilika comprendió mis reticencias. Al cabo de esas semanas yo me había fortalecido pensando que en el fondo era un loco a quien no inquietaba demasiado la vida del hermano y que tal vez había buscado impresionarme. Así las cosas, volvimos a nuestras caminatas, ahora por el barrio de Belgrano. Redescubrió con intenso placer las barrancas y nos sentamos bajo la glorieta, donde evocó los paseos de su familia los domingos de mañana. No mencionó más el rencor hacia el hermano. Sin embargo, entre los recuerdos familiares, no trató de borrarlo o disimularlo ante mí. Le pregunté si había sido feliz en su infancia y esto lo deprimió muchísimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No sé si fui feliz– comenzó a decir y a narrar episodios terribles de castigos corporales, de peleas entre sus padres, que habían llegado a extremos de violencia inimaginable para él. Entonces –prosiguió– cuando conocí a tus padres, encontré toda la comprensión y el amor que buscaba en una edad tan difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces nuestras conversaciones tomaron otro giro sin que yo lo hubiera buscado y fueron cada vez más necesarias y ¿cómo diré? ilustrativas, en el sentido de que mi familia, los tíos que habían criado a mi hermano Rodolfo y a mí, casi ignoraban a mis padres. No les perdonaban que hubieran vivido, como Marcial Basilika, en la marginalidad, que se hubieran enfrentado a la herencia del peronismo, a Isabel y a López Rega. Sin quererlo, habíamos llegado al tema de los viejos rencores, y también al de la falta de civilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Algo por lo que mis padres y vos Marcial, luchaban, supongo, entonces. Por tu concepción del mundo, por tu ideología, estarías a favor de todo lo que fuera solidario y en contra de creerte el dueño de la verdad, como se creía el siniestro López Rega, bien llamado "el brujo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día seguimos nuestra conversación poniendo sobre el tapete las contradicciones más flagrantes, reprochándonos cosas, mostrando nuestros desacuerdos. La historia del país pasó por nuestra memoria y no fue una charla tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos días más tarde Marcial Basilika me llamó para despedirse. Había equivocado el día de vuelo y no hubo tiempo para vernos. Yo debía asistir al ensayo general para el concierto de nuestra filarmónica, donde era el primer violín, y no tuvimos tiempo ni siquiera para un café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hablemos –dijo–. Hablemos aunque sea por teléfono todo lo que podamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sí, sí, hablemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me llevo sólo tu voz por esta vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–No es mucho –dije– ni poco. ¿Cuál es el balance de tu viaje?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Espléndido. Tengo mucho que agradecerte. Tu compañía, tu afecto. Y con respecto a mi hermano, todo fue mejor de lo que hubiera pensado. Disculpé sus errores, su obsecuencia cerril... a los servicios. Después de la partida de mi madre, hace como veinte años, renunció a su cargo de soplón. Hablamos mucho. Tuve que perdonarlo, o mejor, "entender su falta de entendimiento".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marcial Basilika volvería al país en tres meses con todos sus hijos. ¿A vivir? Pregunté. No, de visita. Es el último deseo de mi madre: ver su tierra, ver también a mi hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hasta siempre o hasta pronto. Te repito que fue muy grato reencontrarte –dijo–. Espero que sigan nuestros encuentros y nuestras conversaciones. Quiero volver a entender la historia de este país, que alguna vez fue mi país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Hasta siempre –dije–, aunque sigamos sin entenderlo demasiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;de &lt;b&gt;&lt;i&gt;En el agua del río,&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; Rosario, Argentina, Fundación Ross, 2007&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-4851573591174369060?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/4851573591174369060/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=4851573591174369060&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/4851573591174369060'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/4851573591174369060'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/09/noemi-ulla-argentina-1940.html' title='Noemí Ulla (Argentina, 1940)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-WBfhHkOUzTg/TtfY6KpwdTI/AAAAAAAAKrs/_v2TwxBk91o/s72-c/thjjyhrdf.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-2834740054412370145</id><published>2011-09-11T08:21:00.005-03:00</published><updated>2011-10-22T16:55:56.128-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ee.uu.'/><title type='text'>Dorothy Parker (EE.UU. , 1893 –1967)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-PlTzqASAkw4/TpS0XwmM3oI/AAAAAAAAJnQ/iNHRCt-YbqY/s1600/kerrsmilebaja2.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; cssfloat: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://2.bp.blogspot.com/-PlTzqASAkw4/TpS0XwmM3oI/AAAAAAAAJnQ/iNHRCt-YbqY/s320/kerrsmilebaja2.jpg" width="254" /&gt;&lt;/a&gt;"Hazel Morse era una mujer corpulenta, de cabello claro, del tipo que incita a algunos hombres, cuando usan la palabra "rubia", a chascar la lengua y menear la cabeza pícaramente. Se enorgullecía de sus pies pequeños y su vanidad le hacía sufrir, pues los encajaba en zapatos de punta roma y tacón alto, del número más pequeño posible. Lo más curioso en ella eran las manos, extrañas terminaciones de los brazos fofos y blancos, salpicados de manchas de color canela claro, unas manos largas y temblorosas, de grandes uñas convexas. No debería haberlas desfigurado con pequeñas joyas.&lt;/div&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;No era una mujer dada a los recuerdos. A sus treinta y cinco años, su primera juventud era una secuencia borrosa y fluctuante, una película imperfecta que mostraba las acciones de unas personas desconocidas. Su madre viuda murió tras una enfermedad muy larga, que la sumió en un letargo mental, cuando Hazel tenía veintitantos años, y poco después la joven consiguió empleo como modelo en un establecimiento mayorista de vestidos femeninos. Aún era la época de la mujer imponente, y por entonces ella tenía un color bonito, el cuerpo erguido y los pechos altos. Su trabajo no era fatigoso, conocía a muchos hombres y les decía cuánto les gustaba sus corbatas. Gustaba a los hombres, y ella daba por sentado que gustar a muchos hombres era algo deseable. La popularidad parecía valer el esfuerzo que era preciso hacer para lograrlo. Una gustaba a los hombres porque era divertida, y si les gustabas te invitaban a salir. Así pues, era divertida y tenía éxito. Era una mujer alegre y despreocupada, y a los hombres les gusta esa clase de mujer.&lt;/div&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;Ninguna otra clase de diversión, más sencilla o más complicada, le llamaba la atención. Nunca se preguntaba si no sería una ocupación mejor hacer alguna otra cosa. Sus ideas, o mejor dicho, sus aceptaciones, eran exactamente las mismas que las otras rubias imponentes de las que era amiga."&lt;/div&gt;&lt;div style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/37870055-2834740054412370145?l=peligrosaspalabras.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/feeds/2834740054412370145/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=37870055&amp;postID=2834740054412370145&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2834740054412370145'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/37870055/posts/default/2834740054412370145'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://peligrosaspalabras.blogspot.com/2011/09/dorothy-parker-eeuu-1893-1967.html' title='Dorothy Parker (EE.UU. , 1893 –1967)'/><author><name>Grupo Conestabocaenestemundo®2003 Derechos Reservados</name><uri>http://www.blogger.com/profile/04440522774163156817</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://1.bp.blogspot.com/_LvE0SxQi9AY/S_ggJRTln9I/AAAAAAAAH60/qzgM65-A9DY/S220/DEL_MOVIL_009.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-PlTzqASAkw4/TpS0XwmM3oI/AAAAAAAAJnQ/iNHRCt-YbqY/s72-c/kerrsmilebaja2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-37870055.post-8068721981040869585</id><published>2011-09-01T19:44:00.002-03:00</published><updated>2011-11-10T21:28:38.832-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='perú'/><title type='text'>ALINA GADEA VALDEZ (Lima, 1966)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-mg-sH53S_fA/Trxr2RW5VQI/AAAAAAAAKTU/-Daplo6FR2E/s1600/shyry.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;b&gt;&lt;img border="0" src="http://1.bp.blogspot.com/-mg-sH53S_fA/Trxr2RW5VQI/AAAAAAAAKTU/-Daplo6FR2E/s1600/shyry.jpg" /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;b&gt;LA CASA MUERTA &lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese tiempo me interesaban las casas que habían muerto porque, a diferencia de las personas, uno las podía revivir. Eso es lo que buscaba una mañana brumosa frente al mar de Mira flores. Una casa para resucitar. Una casa donde hubiera habido vida a raudales que se hubiese ido extinguiendo poco a poco hasta quedar reducida a telas de araña y a fantasmas. &lt;br /&gt;Un domingo de invierno en la mañana, después de haber trabajado toda la noche frente a mi tablero, me alisté para salir a caminar por el Malecón de la Reserva. Fui serpenteando por el camino sinuoso de calles olvidadas y entré por una que se abría en tres, con una quinta como estrella. Me detuve en el centro. No pasaban carros, así que observé el lugar por un buen rato sintiendo cómo me mojaba una garúa tonta. Las esquinas de las calles eran curiosamente curvas, con casas estilo Tudor. Yo sabía que habían sido construidas cien años atrás por un arquitecto inglés que luchaba contra la nostalgia de estar lejos. Como si hubiera querido reproducir algo de su niñez aquí. &lt;br /&gt;Me llamó la atención una casa enorme y antigua, de techos a dos y a cuatro aguas. Algunos más agudos y altos que otros. Una buganvilla gobernaba la punta del sombrero de bruja de uno de los tejados como un inmenso animal colorido desparramado por el techo. Entre la explosión de flores asomaban tímidamente las ventanas polvorientas de la buhardilla, entreabiertas como ojos con sueño. ¿Quién sabe qué o quién se ocultaría detrás de ellas? Miré las persianas de madera; parecían separar la casa del mundo y aislarla del tiempo. ¿Qué habría dentro de ella? Me sentí tentada de tocar la aldaba pesada. No tenía que seguir buscando. Esa casa era la que había visto en sueños, y para mi suerte tenía un letrero colgado tristemente como un collar al cuello que decía: “Se vende”. Me contuve por unos segundos antes de decidirme a tocar la puerta. Traté de mirar por una rendija y sólo vi. Hojas secas, algunas macetas vacías y unos gatos que actuaban como dueños de casa. Un olor a humedad que venía dentro se adivinaba desde la ranura. En el suelo había innumerables volantes de comidas ordinarias y rápidas, así como ofrecimientos inútiles de reparaciones en general. También vi. Una madreselva enlazada con un jazmín que subía retorciéndose por la reja de una ventana. Sentí una oleada de fragancia luchando con toda su frescura contra el olor a encierro. &lt;br /&gt;Finalmente puse la mano en la aldaba y la sostuve por largos instantes, como adelantándome a mi viaje hacia el interior de la casa. Un viejo afilador de cuchillos pasó en ese momento con su extraña rueca cuyo sonido inconfundible me hizo volver en mí. Parecía un gnomo sacado de un cuento que sonaba como el flautista de Hamelin. &lt;br /&gt;Golpeé la aldaba y no puedo negar que sentí algo parecido al miedo. Esperé sin saber por qué esa inquietud. Dejaría los planos de los edificios modernos que no me decían nada. El diseño de espacios funcionales y pequeños de techos bajos y de materiales nobles me ayudaba a comer, pero no alimentaba mi espíritu. Yo quería algo más que pan. &lt;br /&gt;Era seguro que el se acercara a esa vieja casa querría, como lo habían hacho ya muchos arquitectos con otras casas de esa zona, tumbarla y construir uno de esos edificios como los que yo diseñaba. Esto era algo distinto. Era algo así como una ilusión, un juego que iba más allá del trabajo y del dinero &lt;br /&gt;Oí pasos detrás de la puerta y finalmente la voz de un hombre joven: &lt;br /&gt;¿Quién es? &lt;br /&gt;Buenos días. Soy arquitecta y vengo por el cartel que dice “Se vende”. &lt;br /&gt;Abrió la pequeña ventana del postigo en la puerta grande. Vi su cara como salida de la nada, o del pasado, o del encierro. Del gris del cielo, tenía unos ojos cansados y algo tristes. &lt;br /&gt;Tiene que llamar por teléfono y hablar con la señora para sacar una cita. Ella sólo recibe por las tardes, es decir, algunas tardes. Voy a buscar el número. &lt;br /&gt;Luego de unos momentos me extendió por entre los fierros forjados de la pequeña ventana de madera un papel marron arrugado con el teléfono escrito en números grandes e infantiles. &lt;br /&gt;Gracias – le dije, y me retiré unos metros, sin dejar de mirar la casa, y me situé nuevamente en el centro de la estrella para observar. Me pareció ver algo o alguien en la ventana central de los altos de la casa. Me fijé bien. Debía de ser un reflejo del cristal, pero sin duda había muchos muebles en el interior que parecían un tumulto. Pensé en soldados sobrevivientes de una batalla. En personas inertes custodiando la casa y sus recuerdos. En testigos mudos de vidas anteriores, de amores, de riñas de novios, de peleas de niños con trajes de marineros, de juegos de trompos, de grandes almuerzos, de mujeres embarazadas, de llanto de recién nacidos, de risas de niñas con uniformes de falda escocesa hasta la rodilla llegando del colegio; de hombres jóvenes y maduros, de viejos y de muertos. Me pareció oír los ecos de las voces de unos chicos jugando a la ronda, pero me di cuenta de que sólo era el rumor del mar a lo lejos. &lt;br /&gt;Llamé inmediatamente al teléfono que me proporcionó el hombre y sentí el mismo sobresalto que antes de tocar la puerta. Se hizo un silencio y oí una voz como salida de un armario: &lt;br /&gt;¿Quién llama? &lt;br /&gt;Algo turbada, titubeé por unos instantes y le dije: &lt;br /&gt;Eh, eh, acabo de hablar con una persona… creo que es su empleado, me dio su teléfono. Usted no me conoce, yo llamo por el letrero de “Se vende”. &lt;br /&gt;Ah …. Usted es otra corredora de casas. &lt;br /&gt;Su voz parecía cansada de la vida. &lt;br /&gt;No señora, no precisamente. No soy corredora; soy arquitecta y estoy interesada en conversar con usted sobre su casa. &lt;br /&gt;Si, claro, usted piensa tumbar la casa así como han hecho con las casas vecinas. Piensa construir un inmenso edificio de cemento. Puede pasar a verme la próxima semana, pero no le aseguro nada. Sucede que tengo varios postores y el precio es lo que menos me preocupa. &lt;br /&gt;En realidad, señora, mi idea es distinta. Quisiera la casa, pero no sé exactamente si pueda comprarla; y aun si la comprara, de ninguna manera construiría un edificio. Tengo otra propuesta que hacerle &lt;br /&gt;En ese caso, venga esta tarde. La espero. Nada me gustaría más. A propósito, ¿con quién tengo el gusto? Usted habla con Isabel Estenós &lt;br /&gt;Encantada, señora, yo soy Mariela Ramos. ¿Le bien a las cinco? &lt;br /&gt;Sí, está muy bien para mí. Hasta luego &lt;br /&gt;Colgué y volví a mirar la casa dando la vuelta por el malecón. Observé que había sido modificada más de una vez. Alcancé a ver una ampliación que habían llevado a cabo probablemente en los años setenta, por los materiales que habían usado. Vi. también que habían cementado el jardín y que algunos árboles tenían alambres de púas enrollados alrededor de sus troncos secos, como cinturones oprimentes. Pensé en coronas de espinas. Tenían savia rojiza chorreando bajo las púas hirientes. Yacían de pie, solitarios. Árboles muriendo de pie, con los pájaros todavía en sus nidos y saltando de rama en rama. Eran de un verde grisáceo, de ramas desnudas, con hojas que más que hojas parecían pelos lacios y ralos. Me pareció ver un niño jugando, pero no había ninguno. Eran sólo juguetes viejos. Un carrito rojo de lata, un caballo de madera. &lt;br /&gt;Regresé a mi departamento paso a paso. Un frío intenso parecía haber traspasado mi piel, desconozco hasta ahora por qué. Pasé la mañana revisando la edición especial de una revista de casas antiguas. Me imaginaba el interior de la casa y por momento me venía a la mente la idea de cómo sería la señora Isabel. Su voz penetrante me había quedado resonando en los oídos. Pensé que las casas, como la gente, pueden ser nuevas o pueden venir de muy lejos y de muy atrás. Pueden contar con ninguna o con muchas experiencias. Pueden atraer o repelar. Pueden dar energía o alegría o miedo o gusto o pena. O una mezcla de todo. Pueden contagiarse de las virtudes y defectos de las personas. &lt;br /&gt;Almorcé un sándwich y me quedé dormida viendo una película absurda. Y soñé nuevamente con la casa y con la señora también. &lt;br /&gt;Una hora después estaba tocando otra vez la aldaba de fierro pesado. Alguien me abrió; no lo llegué a ver, y los goznes chirriaron con un ruido ácido. Pasé y, al cerrar, la puerta se tiró con todo su peso. Me estremeció el sonido que hizo. Caminé por la arboleda lánguida de casuarinas. Los gatos ronroneaban y se enroscaban, algunos se estiraban. La puerta redonda de ingreso a la casa estaba abierta. &lt;br /&gt;Entré y la vi. sentada en medio de la sala vacía en un sillón color rojo estilo Luís XV. Tenía una bata blanca que le llegaba hasta el suelo y un pañuelo en la cabeza. Sus ojos hundidos y ojerosos eran la huella de algo que había sido bello en otro tiempo. Su mano venosa con uñas largas pintadas de rojo sostenía la cabeza plateada de un bastón. Me hizo una especie de saludo con un gesto, mientras golpeaba el bastón contra el piso de pino. No pude evitar que mi mente vagara hasta el barco a vapor que debió transportar los troncos desde Estados Unidos hasta el puerto del Callao, y en el bosque de gigantescos pinos talados para elaborar esos largos listones cien años atrás. Se trataba de una enorme sala vacía. Le habían retirado, ignoraba yo con qué objetos, los enchapes de madera de las paredes y sus zócalos altos, dejando al descubierto alambres de antiguas conexiones en tubos ya inservibles. Como arterias a la vista. Levanté la cabeza y vi que tampoco le habían dejado las molduras de yeso del techo. La casa era como una mujer elegante desprovista de sus alhajas y de sus atuendos. ¿Por qué tanto maltrato?. Tal vez alguien con el afán de terminar de desnudarla, para después matarla con picos y palas en un dos por tres. Las paredes de adobe se demuelen con extremada facilidad. Tal vez había sido un intento fallido. Tal vez doña Isabel se había arrepentido a último momento de venderla. Tome por cierta esa suposición y caminé hasta donde ella estaba. Más tarde pensaría que doña Isabel había depredado la casa como una mujer que se inflige un castigo así misma, cortando su preciosa melena al ras del cráneo o pintándose toda la cara con lápiz de labio frente a un espejo para humillarse cruelmente. &lt;br /&gt;Me miró fijamente. Sus ojos parecían los de una paloma: distantes y con un contorno lila alrededor del iris. &lt;br /&gt;Tome asiento, como pueda. Como verá, no hay muchos muebles en esta parte de la casa. Todos los he ido haciendo llevar arriba, donde tengo mis recuerdos y paso todas las horas del día. Pero usted podrá acomodarse en el piso; es muy joven, por lo que veo. &lt;br /&gt;Sonreí para darle gusto y para darme un poco de confianza y me senté con las piernas cruzadas lo suficientemente cerca de ella como para que me oyera pero lo suficientemente lejos del alcance de su puntiagudo bastón. Algo en elle me intimidó y me subyugó al mismo tiempo. &lt;br /&gt;¿Cómo me dijo usted que se llamaba? Ah sí, Mariela. Es un gusto conocerla, Mariela. Como habrá notado, tengo dificultad para movilizarme, así que le ruego que acerque esta mesita de ruedas que está junto a la ventana. &lt;br /&gt;Me levanté y atraje hacia nosotras la mesita rodante y le serví una taza de té. La tetera humeaba sobre un azafate de plata cincelada con un pequeño mantel de encaje. &lt;br /&gt;Sírvase usted una taza. &lt;br /&gt;Así lo hice y me volví a acomodar en el suelo, mientras observé las huellas de puertas que habían sido clausuradas con cemento. ¿Qué habría detrás de ellas y por qué las habría cerrado? Con la mirada vagando aún por la sala, su voz cascada interrumpió mis conjeturas. &lt;br /&gt;Sí. Ya sé está pensando. He cerrado las puertas y también algunas de las ventanas. No me gusta la luz, al menos no la luz hiriente; prefiero la penumbra. Eso sirve también para que nadie se anime a visitarme. Salvo algunos gatos y gente como usted. Una casa tan elegante no se debe convertir en un cuchitril con montones de familias de medio pelo hacinadas dentro. Viene gente foránea a usurpar nuestro barrio. Advenedizos sociales. &lt;br /&gt;Así es, si me permite decidirle, doña Isabel. Yo la entiendo perfectamente. A mí me gustan mucho las casas antiguas. Pienso que tienen qué decir, que son testigos de la vida. Me gustan sus chimeneas grandes de piedra, sus techos altos que en vez de oprimirnos nos liberan y sus paredes anchas de adobe que guardan dentro tantas emociones. Tanta vida. &lt;br /&gt;Bah, habladurías. Va usted a decirme de una vez por todas qué es lo que pretende y sólo después de oírlo haré que Eddie le enseñe mi casa. &lt;br /&gt;Doña Isabel, sé que su casa vale mucho dinero, por su tamaño y su ubicación. Por lo general estas casas han sufrido modificaciones necesarias en su momento, pero que después de un tiempo pierden su razón de ser. Yo quisiera devolverle su diseño primigenio. Entiendo que usted preferiría no demolerla y que no tiene demasiado apuro por dinero. Comparto con usted que es una pena asistir a la destrucción de una casa tan especial como la suya y verla convertida en una serie de departamentos término medio. No tengo la suma que la casa vale, pero sí dispongo de los materiales adecuados y de mano de obra de primera para rehacer la casa. &lt;br /&gt;Sí. Todo eso suena muy bien, señora o señorita Ramos. &lt;br /&gt;Señorita por ahora, pero dígame sólo Mariela. &lt;br /&gt;Bien, Mariela, pero… ¿a cambio de qué tanta maravilla? &lt;br /&gt;Querría proponerle, en segundo termino, que por el monto de lo invertido me conceda en alquiler el primer piso de su casa para poner mi taller de arquitectura. Las sumas y los tiempos tendríamos que sentarnos a discutir una vez que yo sepa a ciencia cierta cuánto es lo que tendría que invertir &lt;br /&gt;Bien, bien, bien. Su propuesta es algo inusual, pero debo reconocer que resulta más simpática que las que suelo recibir, y además usted no me cae del todo mal. Déjeme pensarlo, mi estimada. Un asunto así tengo que considerarlo por lo menos unos días. Espere mi llamada. Eddie tomará sus datos. ¡Eddie! Acompaña a la señorita hasta la puerta. &lt;br /&gt;Hasta luego, doña Isabel. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre había salido como de la nada y me acompañó. Saqué rápidamente una tarjeta, él estiró su mano lánguida y se la entregué mientras caminábamos por la arboleda. A penas ella lo llamo apareció como una sombra, andando como si sus pies no tocaran el suelo. Cerró suavemente la puerta tras de mí. Esta vez la bisagra chirrió levemente. &lt;br /&gt;Pasé la semana entre el tablero y la computadora. Hacía un trabajo solitario, pero no era eso lo que me molestaba. Lo que no me gustaba era lo que diseñaba en sí, las distribuciones forzadas en espacios pequeños, y los materiales. Trabajaba sin mayor esfuerzo y sin soñar tampoco. Mi mente vagaba, pensaba en la mediocridad de lo que hacía y sin que yo lo quisiera mis pensamientos regresaban a la casa del malecón y a sus tejados, a sus vigas y a sus muros anchos de adobe. Así pasó poco más de un mes en que creí que ella no me llamaría y yo me resistía a insistir, pero una tarde sonó el teléfono. Era Eddie. ¿Aceptaría ella m propuesta? &lt;br /&gt;Oí su voz como ausente: &lt;br /&gt;De parte de la señora, que se acerque esta tarde por su casa &lt;br /&gt;Allí estaré. &lt;br /&gt;Y así fue. Esta vez la señora hizo que Eddie me llevara hasta los altos por una escalera oxidada de servicio. Se encontraba recostada en un chaise longue &lt;br /&gt;Pasa – me dijo y me hizo sentar a prudente distancia de ella. Tenía puesta una túnica. No alcancé a distinguir los colores por la penumbra del cuarto, pero ella y su cuarto parecían sacados de otra época y de otro mundo, un tanto teatrales. Infinidad de libros de tafilete alrededor de su cama. Observé que los muebles no correspondían a los que usualmente componen un dormitorio. Eran más propios de una sala muy ostentosa. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad pude ver el moiret celeste de su sofá y sus muebles, unos de carey con bronce, algunos de pandeoro y otros enconchados. No había mesas de noche, ni armarios. Sólo tazas sobre papeles y papeles sobre agendas y agendas sobre discos antiguos. &lt;br /&gt;¿Me observas? Es que puedo ser tu abuela, sabes. Creo que Pronto me voy a morir. No duermo bien por la noche; en realidad, no duermo. Paso la noche pensando. Las preocupaciones en general &lt;br /&gt;Algunos recuerdos que se apoderan de mí. Me siento sola. A veces me parece que las paredes me van hablar o que me van a oprimir, juntándose unas con otras. Por eso pensé en vender la casa. Pero tú has dado en el clavo. En realidad no quiero hacerlo. Venderla sería como venderme a mí misma, o como sepultarme en vida. Prefiero morir en la casa. Además, qué haría con el dinero. A mí no me falta dinero, me falta vida. Esta vez el motivo de mi desvelo fue tu ofrecimiento. Puede que sea una buena idea que remoces esta casa y conservarla. Tal vez estaría dispuesta a aceptar tu propuesta, pero con algunas condiciones. Por favor, ahora retírate. Necesito descansar. &lt;br /&gt;Me quedé aun más inquieta que durante los días anteriores. Cuáles serían asas condiciones, qué iría a proponerme. Llegué a obsesionarme a tal punto con la casa que a manera de consuelo fui al registro y busqué los planos para estudiarlos. Me dediqué a hacer dibujos de la fachada y bosquejos de algunos ambientes. Hasta que varias semanas después volvió a sonar el teléfono. Era Eddie: la señora quería volver a verme. &lt;br /&gt;Hice el mismo recorrido que la vez anterior, y al llegar al ático, mientras le hacía una especie de venia. Doña Isabel, sin siquiera saludarme, me encaró: &lt;br /&gt;Mis condiciones son así: en primer lugar, Eddie te habilitará desde hoy su cuarto independiente en el primer piso de la casa, donde podrás trabajar y vivir. No deseo que tus obreros beodos entren a robar por las noches o, peor aun, que hagan juergas con el dinero de su semana, aprovechando que estoy sola. Sé cómo es esa gentuza. Me imagino que contigo de por medio tendrán más respeto que solos con una vieja y un muchacho inútil. En segundo lugar, me importa un bledo el monto que vayas a invertir. La casa seguirá siendo mía y una vez que yo muera pasará a tu propiedad. No tengo ningún heredero y, por otro lado, me gusta la idea de que aprecies esta casa. &lt;br /&gt;Acepté. Estaba perpleja. Su ofrecimiento me pareció descabellado, pero no podía decirle que no. Era más de lo que yo quería &lt;br /&gt;Pe-pe-pero, doña Isabel, ¿está usted segura de lo que me está diciendo? &lt;br /&gt;Claro que lo estoy, tonta. Y anda de una vez antes de que me arrepienta. Hablaré con e doctor Collantes para que haga los trámites que corresponden &lt;br /&gt;Mientras bajaba a toda velocidad las escaleras corroídas por la brisa del mar iban cayéndose los trozos de fierros oxidados e imaginaba la casa viva, limpia, aireada. En su forma original, haces de luz atravesándola por las ventanas abiertas el aire puro circulando entre calidos muros de adobe. Los tabiques y las trancas abajo. Los candados afuera y la energía colándose por los ángulos de las pirámides de los techos. Las maderas y los bronces relucientes. Las macetas llenas de flores, la hierba creciendo en el jardín. La casa resucitada. No había tiempo para perder. &lt;br /&gt;Esa misma noche llegaría para quedarme en la ansiada casa del malecón y dormiría e el cuarto preparado por Eddie. No conocía sino un pequeño tramo, el que lleva al segundo piso por la escalera trasera, la que en otros tiempos usaba el servicio. Desconocía todo acerca de la casa. Tomé sólo lo indispensable para pasar la noche. Al día siguiente iría a recoger mi tablero y el resto de cosas que eran pocas, y entregaría el departamento. Llevé unos útiles se aseo y algo de ropa. Me recibió el muchacho con un manojo de llaves en la mano. &lt;br /&gt;De parte de la señora – me dijo en tono solemne &lt;br /&gt;Las tomé y los seguí. Me hizo entrar por la puerta redonda por donde pasé la primera vez. Después del salón venía el escritorio. En medio de una atmósfera densa, el aire se sentía espeso y el tiempo estancado. Serían las paredes plagadas de salitre o el piso crujiente. Pude ver que las ventanas interiores inútilmente enrejadas daban a unas especies de catacumbas llenas de desmonte. Me había instalado una cama de bronce son dosel y cubrecama de flores pequeñas en tonos lilas. Me dejó sola. Lo vi partir como flotando. Sentí que alguien se acercaba, pero no llegué a ver a nadie debía de ser un gato detrás de alguna pared. Me senté sobre la cama, dejé mi maletín a un lado y me quedé no sé cuánto tiempo en silencio, supongo que observando o tratando de adivinar por dónde comenzaría. Un sonido permanente se oía desde el fondo de algún lado, como un quejido. Sería alguna fea luz neón instalada arbitrariamente sabe dios dónde y con qué objeto. Me levanté y emprendí mi viaje por el interior de la casa. Oscurecía y, como no había focos, la casa se iba sumiendo en tinieblas. Apreté interruptores hundidos en las paredes, algunos sobresalientes y torcidos, hasta que encontré por fin uno que encendió &lt;br /&gt;La luz mortecina del sospechado tubo de neón que me alumbró débilmente hasta llegar lo que había sido la cocina, donde rebusqué encontré unas velas ya usadas y rotas. Las acomodé en unas botellas de vino vacías y seguí andando con una extraña sensación. Me tropecé con un bulto y luché un buen rato con el llavero en la puerta de fierro que separaba la cocina del patio. Estaba trabada como casi todas las demás puertas, como si escondieran secretos del otro lado. Logré salir del patio donde estaban los cuartos que debían haber sido de los mayordomos y las empleadas en otros tiempos. Había un olor a trapos húmedos guardados, una atmósfera irrespirable a hongos. Las ventanas de esa parte daban al escritorio. Estaban separadas por rejas de fierro tapiadas por detrás con ladrillos. Una espesa capa de polvo alfombrada el piso del patio donde colgaban, olvidados, algunos harapos, y dormían infinidad de cajas, cachivaches, botellas vacías, periódicos y muebles viejos. Un vericueto me condujo por otra ruta al que habría de ser mi cuarto en el escritorio. Casi no supe en que momento dormida sobre la cama hasta el día siguiente. Debía de haber amanecido, pero la luz no llegaba hasta esa parte de la casa. Me volví a quedar dormida y tuve sueños raros. Una angustia me secaba los labios la lengua. Soñaba con puertas cerradas imposibles de abrir, con ventanas de vidrios rotos y polvorientos, con gente triste a la que le hablaba y no me contestaba en la casa vacía. Me desperté asustada; una nube parecía haberse instalado sobre mi cabeza. Todavía adormecida, llené la tina de mármol con patas de león y caños de bronce. Había agua caliente y Eddie se había encargado de limpiarla muy bien. Me sentí mejor después. Me vestí y encontré al muchacho en el comedor vacío. Traía una taza de café. Nunca entendí de dónde salía cada vez que veía ni de dónde sacaba las tazas de porcelana y la tetera humeante. Desapareció antes de que le pudiera preguntar nada. Descubrí el comienzo de la escalera principal interrumpida por una pared. Una escalera a ninguna parte. ¿Qué habría del otro lado? ¿Por qué estaría cerrada? Los libros de la biblioteca donde yo dormía habían sido sacados, y sus estanterías, arrancadas. Sin lectores eran como niños huérfanos y sin estantes no tenían casa. Los cuadros descolgados y volteados contra la pared eran como personas castigadas. El comedor vacío con la araña de cristal torcida me hablaba de mejores épocas. &lt;br /&gt;Empezaría por el primer piso donde podría trabajar con mayor comodidad y libertad dado que Eddie permanecía arriba con la señora. Lo primero sería destrabar una por una las puertas para que pudieran entrar la luz y el aire. Pasé el dia programado cada una de las obras y saqué el letrero que decía “Se vende”. Al día siguiente muy temprano ya tenía la cuadrilla de obreros trabajando. Cada noche un extraño sopor me invadía y caía agotada, y cada noche volvían los sueños. Me despertaba por momentos muy asustada. Al despertarme pensaba en la señora y en la soledad era contagiosa. Sí a mí también me terminarían hablando las paredes. Me sorprendía la cara gris de Eddie. ¿Estaría así porque permanecía todo el tiempo al interior de una casa sin luz? ¿Me pondría yo también así?. Afortunadamente esos temores desaparecían al empezar a trabajar. Pero volvían ineludiblemente al caer la tarde. Pensaba en que las casas son como las personas, que hay que conocerlas poco a poco y entenderlas. En este caso había que conocer cada rincón de su intrincado laberinto y cada uno de sus ruidos. Algunas noches oía risas, pero no podía determinar de dónde venían. ¿Sería Eddie? Empujaban y jalaban algo. Los golpes. ¿Serian del bastón de doña Isabel contra el suelo? Por momentos parecía que alguien rebuscaba algo, alguien que a veces reía y otras lloraba en las noches. &lt;br /&gt;Comencé a subir al ático a visitar a la señora. Mientras más lo hacía más angustiada me sentía, más me perturbada su presencia, pero, extrañamente, más me empeñaba en ir. &lt;br /&gt;A medida que pasaban los días la atmósfera de la casa se iba aclarando y haciendo menos densa. Abrí vanos donde habían sido clausuradas las puertas. Entraban ráfagas de aire puro; la casa parecía respirar. Raspé el antiguo piso de pino oregón y comenzaron a aparecer los matices caramelo y cognac de sus hermosas vetas. Derrumbé los muros improvisados; taladré, tarrajeé, frotaché, enlucí, enyesé, lijé, pinté sin descanso. Entubé los cables, volví a instalar los enchapes de madera, los zócalos y las molduras, levanté el cemento del jardín soterrado y planté de nuevo el grass. Podé los árboles y planté flores por todos lados. De un momento a otro aparecían mariposas blancas. &lt;br /&gt;Faltaban todavía muchos espacios por trabajar; entre ellos, y en particular, el ático de doña Isabel y toda la zona que ella, sus muebles y Eddie ocupaban. Los ruidos venían de allí &lt;br /&gt;Hasta que llegó el día en que tenía que traerme abajo la pared que interrumpía de manera siniestra la escalera. Al primer combazo oí un grito y luego sentí un alboroto. Subí. Era la señora. &lt;br /&gt;Comprendí que ella luchaba por aislarse del mundo cerrando el paso, clausurando entradas. Esa vez me apuntó con el bastón desafiante, así que salí inmediatamente del ático. Luchaba por separarme del presente y de la realidad en su bruma particular, en la penumbra obligada de su cuarto. Me causo pena y a la vez miedo. Sin embargo, había algo que me seguía fascinando de ella. Dejé de ir varios días después de ese incidente. Pero todo el tiempo pensaba en ella hasta que no pude resistir y volví a la semana siguiente y seguí yendo todos los días. &lt;br /&gt;Cuando estaba de humor recitaba versos de Shakespeare. Me maravillaban su prodigiosa memoria y su perfecta dicción, pero también me horrorizaban algunos, como los de Lady. Macbeth que a ella le encantaban. Escucha, joven amiga, y aprende: “La vida no es sino una breve llama, una sombra que camina, un pobre actor que no volverá a ser oído, es un cuanto contado por un idiota, lleno de sonido y de furia que no significa nada” – y se regodeaba en su perfecto ingles- : “It’ s a tail told by an idiot full of sound and fury signifiying nothing”. &lt;br /&gt;Muchas veces lloraba mientras recitaba y terminaba muy alterada, por lo que me ordenaba que me fuera. Yo me retiraba discretamente y sus palabras quedaban resonando en mis oídos &lt;br /&gt;Algunas veces lloraba mientras recitaba y terminaba muy alterada, por lo que me ordenaba que me fuera. Yo me retiraba discretamente y sus palabras quedaban resonando en mis oídos &lt;br /&gt;Algunas veces se mostraba extremadamente cariñosa y se empeñaba en pedirme que eligiera una de sus joyas para regalarme. &lt;br /&gt;Dime querida cuál de estas joyas quisieras para dártela &lt;br /&gt;Ninguna, doña Isabel; por favor, no se preocupe. &lt;br /&gt;¡Qué desaire! ¡Qué malagradecida eres! No entiendes lo mucho que significan para mí. ¿No sabes acaso que las joyas son como el alma de una mujer? &lt;br /&gt;Alguna vez estuve tentada de tomar una, pero me resistía. &lt;br /&gt;Entre otras razones, pensaba que al hacerlo ella terminaría molesta y exaltada. Además, no tenía mayor interés en tenerlas. Por eso no le hacía caso, me despedía de ella y volvía al dia siguiente. &lt;br /&gt;- Eddie, sé útil y trae los dulces que le gustan a la señorita Mariela. Date prisa, ¿o crees que ella tiene todo el día para esperarte? &lt;br /&gt;Era hermoso escuchar los relatos de su niñez contados con tanto humor. Otras veces a duras penas hablaba. Yo la contemplaba y más de una vez las lágrimas le corrieron manchándole la cara de maquillaje &lt;br /&gt;Una tarde me mandó llamar con Eddie, quien lucía muy asustado, y no hacía sino repetirme: “La, la….señora doña Isabel la llama. Suba por favor”. &lt;br /&gt;Había una súplica en su cara de tramboyo despavorido. Cuando entré en el ático la encontré de pie, colgándose de las gruesas cortinas que lo oscurecían. &lt;br /&gt;- A ti te estaba buscando, por qué te demoraste tanto en subir, qué malvada eres. Se han robado mis joyas – se lamentó a gritos-. Deben de ser tus obreros, así que tú harás que aparezcan, ¡hoy mismo! &lt;br /&gt;Tenía un tono cada vez más imperioso. &lt;br /&gt;Me preocupó su estado pero sospeché que ninguno de mis obreros ni el mismo Eddie habían tomado las joyas que ella tenía escondidas. Pensé que trataba de llamar mi atención y así lo confirmé unos días después de que me ausenté. Cuando volví a visitarla, por fortuna estaba totalmente serena y parecía haber olvidado el desagradable incidente. Eddie estaba más tranquilo y supe por él que la señora había perdido la idea del robo. &lt;br /&gt;- Mariela – me dijo con voz trémula esa tarde-, si tú te fueras, estoy segura de que moriría. Tú eres la única compañía que me queda. Me siento muy triste cuando no te veo. Me gusta estar contigo porque me haces acordar a mí misma cuando era joven. Siempre adoré esta casa, igual que tú. En realidad, lo único que quiero es que estés todo el tiempo conmigo. No quiero la compañía de nadie más. &lt;br /&gt;Sus comentarios me incomodaban muchísimo y hasta me indignaban; quizá me sentía manipulada entre su exigencia y su suavidad extremas. Luchaba conmigo misma para no reaccionar de manera ruda contra ella, contra la lástima y la irritación que me causaba al mismo tiempo. Sin embargo, tampoco podía prestarle demasiada atención, porque si lo hacía sabía que ella se irritaría más y se comportaría como una niña caprichosa, engreída y tirana. &lt;br /&gt;-Hasta que al fin llegaste. ¿No te da vergüenza haberte demorado tanto en venir a visitarme? Cualquiera de estos días me muero y nadie se entera. Si no fuera por Eddie…él es el único que se preocupa por mí. &lt;br /&gt;Pero doña Isabel, usted sabe que estoy trabajando, estoy cerca; además, nunca dejo de venir a visitarla, y lo hago con mucho gusto. &lt;br /&gt;Y esos diálogos se repetían constantemente mientras Eddie entraba y salía con el azafate cincelado, las servilletas bordadas y las tazas de Limoges. &lt;br /&gt;Emprendí los trabajos del segundo piso por la escalera trasera. Así pude continuar sin que ella viera a los obreros y evité que le dijera una impertinencia o que ellos se burlaran de alguna de sus extravagancias. &lt;br /&gt;Piqué los falsos techos y dejé al descubierto las esplendorosas vigas de madera que poco a poco recobraron su color caramelo. Las ventanas de las buhardillas dejaron su aspecto de ojos soñolientos y volvieron a mirar el mar después de muchos años. &lt;br /&gt;Era evidente que doña Isabel no dormía bien; lucía cansada &lt;br /&gt;-Dime qué es lo que están haciendo esos obreros a la casa. No quiero ni pensarlo. Deben de estar arruinando los cristales biselados de las puertas. No quiero ni enterarme de que hayan roto la araña del comedor o desportillado las chapas de porcelana francesa. &lt;br /&gt;Hablaba como si tratara de una persona a la que la estuvieran ultrajando. &lt;br /&gt;- Baje y véalo usted misma; le va a gustar mucho cómo está quedando. &lt;br /&gt;Yo a mi vez le hablaba como si estuvieran peinando y acicalando a una bella mujer para ir a un baile. &lt;br /&gt;Y tratando de cambiar el tema le pedía que me recitara algún verso y le seguía el amén en medio de la penumbra, las telarañas y el moho. Y por momentos notaba que lograba desviar su atención hacia temas que la tranquilizaban. Pero me daba cuenta de que nunca dejaría que los obreros entraran a trabajar en su dormitorio. &lt;br /&gt;Mientras tanto la casa iba cobrando vida, recuperando su antiguo espíritu y forma. Su perfume de maravilla, mezcla de madera, madreselva y mar. La luz entraba hasta mi tablero por una inmensa ventana clara. &lt;br /&gt;Una noche sentí ruidos aun más fuertes que otras veces. Como de costumbre, comenzaron cuando ya me había acostado. Decidí subir y escabullirme hasta su cuarto para ver de qué se trataba. Todo estaba oscuro. El tropel de muebles en la sala. El piso apolillado de madera crujiente. Me asomé y vi. por la puerta entreabierta un desorden mayor que el de costumbre y a Eddie en extraña actitud como un espectador impávido ente un espectáculo sobrecogedor. La señora Isabel abría y cerraba cajones con él por testigo, de los que extraía joyas que se ponía y se quitaba, vestida de los años cincuenta, con la falda de tafetán de vuelo grande y duro. Tenía un maquillaje de ojos mal delineados y un moño alto con horquilla despeinado. S
